Notó el buen Garrido en su inválida cierta estupefacción después de la
entrevista. Interrogada paternalmente por el astuto viejo, Tristana le
dijo sin rebozo:
--¡Cuánto ha cambiado ese hombre, pero cuánto! Paréceme que no es el
mismo, y no ceso de representármele como antes era.
--Y qué, ¿gana o pierde en la transformación?
--Pierde... al menos hasta ahora.
--Parece buen sujeto, sí. Y te estima. Me propuso abonar los gastos de
tu enfermedad. Yo lo rechacé... Figúrate...
A Tristana se le encendió el rostro.
--No es de estos --añadió D. Lope-- que al dejar de amar a una mujer,
se despiden a la francesa. No, no; paréceme atento y delicado. Te
regala un órgano expresivo de lo mejor, y toda la música que puedas
necesitar. Esto lo acepté: no creí prudente rechazarlo. En fin, el
hombre es bueno, y te tiene lástima; comprende que tu situación social,
después de esa pérdida de la patita, exige que se te mime y se te rodee
de distracciones y cuidados; y él empieza por prestarse, como amigo
sincero y bondadoso, a darte leccioncitas de pintura.
Tristana no dijo nada, y todo el día estuvo muy triste. Al siguiente,
la entrevista con Horacio fue bastante fría. El pintor se mostró
muy amable; pero sin decir ni una palabra de amor. Introdújose D.
Lope en la habitación cuando menos se pensaba, metiendo su cucharada
en el coloquio, que versó exclusivamente sobre cosas de arte. Como
pinchara después a Horacio para que hablase de los encantos de la vida
en Villajoyosa, el pintor se explayó en aquel tema, que, contra la
creencia de D. Lope, parecía del agrado de Tristana. Con vivo interés
oía esta las descripciones de aquella vida placentera y de los puros
goces de la domesticidad en pleno campo. Sin duda, por efecto de una
metamorfosis verificada en su alma después de la mutilación de su
cuerpo, lo que antes desdeñó era ya para ella como risueña perspectiva
de un mundo nuevo.
En las visitas que se sucedieron, Horacio rehuía con suma habilidad
toda referencia a la deliciosa vida que era ya su pasión más ardiente.
Mostró también indiferencia del arte, asegurando que la gloria y los
laureles no despertaban entusiasmo en su alma. Y al decir esto, fiel
reproducción de las ideas expresadas en sus cartas de Villajoyosa,
observó que a Tristana no le causaba disgusto. Al contrario, en
ocasiones parecía ser de la misma opinión, y mirar con desdén las
empresas y victorias artísticas, con gran estupor de Horacio, en
cuya memoria subsistían indelebles los exaltados conceptos de la
correspondencia de su amante.
Por fin, la levantaron, y el estrecho gabinete en que la pobre inválida
pasaba las horas, embutida en un sillón, fue convertido en taller de
pintura. La paciencia y la solicitud con que Horacio hacía de maestro
no son para dichas. Mas sucedió una cosa muy rara, y fue que, no
solo mostraba la señorita poca afición al arte de Apeles, sino que
sus aptitudes, claramente manifestadas meses antes, se oscurecían y
eclipsaban, sin duda por falta de fe. No volvía el pintor de su asombro
recordando la facilidad con que su discípula entendía y manejaba el
color, y asombrados los dos de semejante cambio, concluían por desmayar
y aburrirse, difiriendo las lecciones o haciéndolas muy cortas. A los
tres o cuatro días de estas tentativas apenas pintaban ya; pasaban
las horas charlando; y solía suceder que también la conversación
languidecía, como entre personas que ya se han dicho todo lo que tienen
que decirse, y solo tratan de las cosas corrientes y regulares de la
vida.
El primer día que probó Tristana las muletas, fueron ocasión de risa y
chacota sus primeros ensayos en tan extraño sistema de locomoción.
--No hay manera --decía con buena sombra-- de imprimir al paso de
muletas un aire elegante. No, por mucho que yo discurra, no inventaré
un bonito andar con estos palitroques. Siempre seré como las mujeres
lisiadas que piden limosna a la puerta de las iglesias. No me importa.
¡Qué remedio tengo más que conformarme!
Propúsole Horacio enviarle un carrito de mano para que paseara, y
no acogió mal la niña este ofrecimiento, que se hizo efectivo dos
días después, aunque no se utilizó sino a los tres o cuatro meses de
regalado el vehículo. Lo más triste de todo cuanto allí ocurría era que
Horacio dejó de ser asiduo en sus visitas. La retirada fue tan lenta y
gradual, que apenas se notaba. Empezó por faltar un día, excusándose
con ocupaciones imprescindibles; a la siguiente semana hizo novillos
dos veces, luego tres, cinco..., y por fin, ya no se contaron los días
que faltaba, sino los que iba. No parecía Tristana muy contrariada de
estas faltillas; recibíale siempre afectuosa, y le veía partir sin
aparente disgusto. Jamás le preguntaba el motivo de sus ausencias, ni
menos le reñía por ellas. Otra circunstancia digna de notarse era que
jamás hablaban de lo pasado: uno y otro parecían acordes en dar por
fenecida y rematada definitivamente aquella novela, que sin duda les
resultaba inverosímil y falsa, produciendo efecto semejante al que nos
causan en la edad madura los libros de entretenimiento que nos han
entusiasmado y enloquecido en la juventud.
Del marasmo espiritual en que se encontraba, salió Tristana casi
bruscamente, como por arte mágico, con las primeras lecciones de
música y de órgano. Fue como una resurrección súbita, con alientos de
vida, de entusiasmo y pasión que confirmaban en su verdadero carácter
a la señorita de Reluz, y que despertaron en ella, con el ardor de
aquel nuevo estudio, maravillosas aptitudes. Era el profesor un
hombre chiquitín, afable, de una paciencia fenomenal, tan práctico en
la enseñanza y tan hábil en la transmisión de su método, que habría
convertido en organista a un sordomudo. Bajo su inteligente dirección,
venció Tristana las primeras dificultades en brevísimo tiempo, con
gran sorpresa y alborozo de cuantos aquel milagro veían. D. Lope
estaba verdaderamente lelo de admiración, y cuando Tristana pulsaba
las teclas, sacando de ellas acordes dulcísimos, el pobre señor se
ponía chocho, como un abuelo que ya no vive más que para mimar a su
descendencia menuda y volverse todo babas ante ella. A las lecciones
de mecanismo, digitación y lectura, añadió pronto el profesor algunas
nociones de armonía, y fue una maravilla ver a la joven asimilarse
estos árduos conocimientos. Diríase que le eran familiares las reglas
antes que se las revelaran; adelantábase a la propia enseñanza, y
lo que aprendía quedaba profundamente grabado en su espíritu. El
minúsculo profesor, hombre muy cristiano, que se pasaba la vida de
coro en coro y de capilla en capilla, tocando en misas solemnes,
funerales y novenas, veía en su discípula un ejemplo del favor de Dios,
una predestinación artística y religiosa.
--Es un genio esta niña --afirmaba admirándola con efusión
contemplativa--, y a ratos paréceme una santa.
--¡Santa Cecilia! --exclamaba D. Lope con entusiasmo que le ponía
ronco--, ¡qué hija, qué mujer, qué divinidad!
No le era fácil a Horacio disimular su emoción oyendo a Tristana
modular en el órgano acordes de carácter litúrgico, en estilo fugado,
escalonando los miembros melódicos con pasmosa habilidad; y trabajillo
le costaba al artista ocultar sus lágrimas, avergonzándose de
verterlas. Cuando la señorita, inflamada por religiosa inspiración,
se engolfaba en su música, convirtiendo el grave instrumento en
lenguaje de su alma, a nadie veía, ni se cuidaba de su reducido y
fervoroso público. El sentimiento, así como el estilo para expresarlo,
absorbíanla por entero; su rostro se transfiguraba, adquiriendo
celestial belleza, su alma se desprendía de todo lo terreno para
mecerse en el seno vaporoso de una idealidad dulcísima. Un día,
el bueno del organista llegó al colmo de la admiración, oyéndola
improvisar con gallardo atrevimiento, y se pasmó de la soltura con
que modulaba, enlazando los tonos, y añadiendo a sus conocimientos
de armonía otros que nadie supo de dónde los había sacado, obra
de un misterioso poder de adivinación, solo concedido a las almas
privilegiadas, para quienes el arte no tiene ningún secreto. Desde
aquel día, el maestro asistió a las lecciones con interés superior al
que la pura enseñanza puede infundir, y puso sus cinco sentidos en
la discípula, educándola como a un hijo único y adorado. El anciano
músico y el anciano galán se extasiaban junto a la inválida, y mientras
el uno le mostraba con paternal amor los arcanos del arte, el otro
dejaba traslucir su acendrada ternura con suspiros y alguna expresión
fervorosa. Concluida la lección, Tristana daba un paseíto por la
estancia, con muletas, y a D. Lope y al otro viejo se les figuraba,
contemplándola, que la propia Santa Cecilia no podía moverse ni andar
de otra manera.
Por este tiempo, es decir, cuando los adelantos de la joven se marcaron
de un modo tan notable, Horacio volvió a menudear sus visitas, y de
pronto estas escasearon notoriamente. Al llegar el verano, transcurrían
hasta dos semanas sin que el pintor aportara por allí, y cuando iba,
Tristana, por agradarle y entretenerle, le obsequiaba con una sesión
de música; sentábase el artista en lo más oscuro de la estancia para
seguir con abstracción profunda la hermosa salmodia, como en éxtasis,
mirando vagamente a un punto indeterminado del espacio, mientras su
alma divagaba suelta por las regiones en que el ensueño y la realidad
se confunden. Y de tal modo absorbió a Tristana el arte con tanto
anhelo cultivado, que no pensaba ni podía pensar en otra cosa. Cada
día ansiaba más y mejor música. La perfección embargaba su espíritu,
teniéndolo como fascinado. Ignorante de cuanto en el mundo ocurría, su
aislamiento era completo, absoluto. Día hubo en que fue Horacio y se
retiró, sin que ella se enterara de que había estado allí.
Una tarde, sin que nadie lo hubiese previsto, despidiose el pintor para
Villajoyosa, pues según dijo, su tía, que allá continuaba residiendo,
se hallaba en peligro de muerte. Así era la verdad, y a los tres días
de llegar el sobrino, doña Trini cerró las pesadas compuertas de sus
ojos para no volverlas a abrir más. Poco después, a la entrada de
otoño, cayó Díaz enfermo, aunque no de gravedad. Cruzáronse cartas
amistosas entre él y Tristana, y el mismo D. Lope, las cuales en todo
el año siguiente continuaron yendo y viniendo cada dos, cada tres
semanas, por el mismo camino por donde antes corrían las incendiarias
cartas de _señó Juan_ y de _Paquita de Rímini_. Tristana escribía
las suyas deprisa y corriendo, sin poner en ellas más que frases de
cortés amistad. Por una de esas inspiraciones que llevan al ánimo
un conocimiento profundo y certero de las cosas, la inválida creía
firmemente, como se cree en la luz del sol, que no vería más a Horacio.
Y así era, así fue... Una mañana de noviembre entró D. Lope con cara
grave en el cuarto de la joven, y sin expresar alegría ni pena, como
quien dice la cosa más natural del mundo, le soltó la noticia con este
frío laconismo:
--¿No sabes?... Nuestro D. Horacio se casa.