No tuvo la vejez de D. Lope toda la tristeza y soledad que él se
merecía, como término de una vida disipada y viciosa, porque sus
parientes le salvaron de la espantosa miseria que le amenazaba. Sin
el auxilio de sus primas, las señoras de Garrido Godoy, que en Jaén
residían, y sin el generoso desprendimiento de su sobrino carnal el
arcediano de Baeza, D. Primitivo de Acuña, el galán en decadencia
hubiera tenido que pedir limosna o entregar sus nobles huesos a San
Bernardino. Pero aunque las tales señoras, solteronas, histéricas
y anticuadas, muy metidas en la iglesia y de timoratas costumbres,
veían en su egregio pariente un monstruo, más bien un diablo que
andaba suelto por el mundo, la fuerza de la sangre pudo más que la
mala opinión que de él tenían, y de un modo discreto le ampararon
en su pobreza. En cuanto al buen arcediano, en un viaje que hizo a
Madrid trató de obtener de su tío ciertas concesiones del orden moral:
conferenciaron; oyole D. Lope con indignación, partió el clérigo muy
descorazonado, y no se habló más del asunto. Pasado algún tiempo,
cuando se cumplieron cinco años de la enfermedad de Tristana, el
clérigo volvió a la carga en esta forma, ayudado de argumentos en cuya
fuerza persuasiva confiaba.
--Tío, se ha pasado usted la vida ofendiendo a Dios, y lo más infame,
lo más ignominioso es ese amancebamiento criminal...
--Pero hijo, si ya... no...
--No importa; se irán ella y usted al infierno, y de nada les valdrán
sus buenas intenciones de hoy.
Total, que el buen arcediano quería casarles. ¡Inverosimilitud,
sarcasmo horrible de la vida, tratándose de un hombre de ideas
radicales y disolventes, como D. Lope!
--Aunque estoy lelo --dijo este empinándose con trabajo sobre las
puntas de los pies--, aunque estoy hecho un mocoso y un bebé... no
tanto, Primitivo, no me hagas tan imbécil.
Expuso el buen sacerdote sus planes sencillamente. No pedía, sino que
secuestraba. Véase cómo.
--Las tías --dijo--, que son muy cristianas y temerosas de Dios, le
ofrecen a usted, si entra por el aro y acata los mandamientos de la
ley divina..., ofrecen, repito, cederle en escritura pública las dos
dehesas de Arjonilla, con lo cual no solo podrá vivir holgadamente los
días que el Señor le conceda, sino también dejar a su viuda...
--¡A mi viuda!
--Sí; porque las tías, con mucha razón, exigen que usted se case.
Don Lope soltó la risa. Pero no se reía de la extravagante proposición,
¡ay!, sino de sí mismo... Trato hecho. ¿Cómo rechazar la propuesta, si
aceptándola aseguraba la existencia de Tristana cuando él faltase?
Trato hecho... ¡Quién lo diría! D. Lope, que en aquellos tiempos había
aprendido a hacer la señal de la cruz sobre su frente y boca, no
cesaba de persignarse. En suma; que se casaron... y cuando salieron
de la iglesia, todavía no estaba D. Lope seguro de haber abjurado y
maldecido su queridísima doctrina del celibato. Contra lo que él creía,
la señorita no tuvo nada que oponer al absurdo proyecto. Lo aceptó
con indiferencia, había llegado a mirar todo lo terrestre con sumo
desdén... Casi no se dio cuenta de que la casaron, de que unas breves
fórmulas hiciéronla legítima esposa de Garrido, encasillándola en un
hueco honroso de la sociedad. No sentía el acto, lo aceptaba, como un
hecho impuesto por el mundo exterior, como el empadronamiento, como la
contribución, como las reglas de policía.
Y el señor de Garrido, al mejorar de fortuna, tomó una casa mayor en
el mismo paseo del Obelisco, la cual tenía un patio con honores de
huerta. Revivió el anciano galán con el nuevo estado; parecía menos
chocho, menos lelo, y sin saber cómo ni cuándo, próximo al acabamiento
de su vida, sintió que le nacían inclinaciones que nunca tuvo, manías y
querencias de pacífico burgués. Desconocía completamente aquel ardiente
afán que le entró por plantar un arbolito, no parando hasta lograr su
deseo, hasta ver que el plantón arraigaba y se cubría de frescas hojas.
Y el tiempo que la señora pasaba en la iglesia rezando, él, un tanto
desilusionado ya de su afición religiosa, empleábalo en cuidar las
seis gallinas y el arrogante gallo que en el patinillo tenía. ¡Qué
deliciosos instantes! ¡Qué grata emoción... ver si ponían huevo, si
este era grande, y, por fin, preparar la echadura para sacar pollitos,
que al fin salieron, ¡ay!, graciosos, atrevidos y con ánimos para vivir
mucho! Don Lope no cabía en sí de contento, y Tristana participaba de
su alborozo. Por aquellos días, entrole a la cojita una nueva afición:
el arte culinario en su rama importante de repostería. Una maestra muy
hábil enseñole dos o tres tipos de pasteles, y los hacía tan bien, tan
bien, que don Lope, después de catarlos, se chupaba los dedos, y no
cesaba de alabar a Dios. ¿Eran felices uno y otro...? Tal vez.