«¡Qué pedazo de ángel! --decía D. Lope, dejando atrás, con menos calma
que a la subida, el sin fin de peldaños de la escalera del estudio--.
Y parece honrado y decente. No le veo muy aferrado a la infantil manía
del matrimonio, ni me ha dicho nada de bello ideal, ni aquello de
_amarla hasta la muerte_, con patita o sin patita... Nada; que esto
es cosa concluida... Creí encontrar un romántico, con cara de haber
bebido el vinagre de las pasiones contrariadas, y me encuentro un
mocetón de color sano y espíritu sereno, un hombre sesudo, que al fin
y a la postre verá las cosas como las veo yo. Ni se le conoce que esté
enamoradísimo, como debió de estarlo antes, allá qué sé yo cuándo. Más
bien parece confuso, sin saber qué actitud tomar cuando la vea, ni
cómo presentársele... En fin, ¿qué saldrá de esto...? Para mí, es cosa
terminada... terminada... sí señor... cosa muerta, caída, enterrada...
como la pierna.»
El estupendo notición de la próxima visita de Horacio, inquietó a
Tristana, que aparentando creer cuanto se le decía, abrigaba en su
interior cierta desconfianza de la realidad de aquel suceso, pues
su labor mental de los días que precedieron a la operación habíala
familiarizado con la idea de suponer ausente al bello ideal; y la
hermosura misma de este, y sus raras perfecciones, se representaban en
la mente de la niña como ajadas y desvanecidas por obra y gracia de la
aproximación. Al propio tiempo, el deseo puramente humano y egoísta de
ver al ser querido, de oírle, luchaba en su alma con aquel desenfrenado
idealismo, en virtud del cual, más bien que a buscar la aproximación,
tendía, sin darse cuenta de ello, a evitarla. La distancia venía a
ser como una voluptuosidad de aquel amor sutil, que pugnaba por
desprenderse de toda influencia de los sentidos.
En tal estado de ánimo, llegó el momento de la entrevista. Fingió
D. Lope que se ausentaba, sin hacer la menor alusión al caso; pero
se quedó en su cuarto, dispuesto a salir si algún accidente hacía
necesaria su presencia. Arreglose Tristana la cabeza, recordando sus
mejores tiempos, y como se había repuesto algo en los últimos días,
resultaba muy bien. No obstante, descontenta y afligida, apartó de sí
el espejo, pues el idealismo no excluía la presunción. Cuando sintió
que entraba Horario, que Saturna le introducía en la sala, palideció, y
a punto estuvo de perder el conocimiento. La poca sangre de sus venas
afluyó al corazón; apenas podía respirar, y una curiosidad más poderosa
que todo sentimiento la embargaba. «Ahora --se decía-- veré cómo es, me
enteraré de su rostro, que se me ha perdido desde hace tiempo, que se
me ha borrado, obligándome a inventar otro para mi uso particular.»
Por fin, Horacio entró... Sorpresa de Tristana, que en el primer
momento, casi le vio como a un extraño. Fuese derecho a ella con los
brazos abiertos y la acarició tiernamente. Ni uno ni otro pudieron
hablar hasta pasado un breve rato... Y a Tristana le sorprendió el
metal de voz de su antiguo amante, cual si nunca lo hubiera oído. Y
después... ¡qué cara, qué tez, qué color como de bronce, bruñido por el
sol!
--¡Cuánto has padecido, pobrecita! --dijo Horacio, cuando la emoción
le permitió expresarse con claridad--. ¡Y yo sin poder estar al lado
tuyo! Habría sido un gran consuelo para mí, acompañar a mi _Paquilla de
Rímini_ en aquel trance, sostener su espíritu..., pero ya sabes; mi tía
tan malita! Por poco no lo cuenta la pobre.
--Sí..., hiciste bien en no venir... ¿Para qué? --repuso Tristana
recobrando al instante su serenidad--. Cuadro tan lastimoso te
habría desgarrado el corazón. En fin, ya pasó; estoy mejor, y me voy
acostumbrando a la idea de no tener más que una patita.
--¿Qué importa, vida mía? --dijo el pintor, por decir algo.
--Allá veremos. Aún no he probado a andar con muletas. El primer día he
de pasar mal rato; pero al fin me acostumbraré. ¿Qué remedio tengo...?
--Todo es cuestión de costumbre. Claro que al principio estarás menos
airosa... Es decir, tú siempre serás airosa...
--No... cállate. Ese grado de adulación no debe consentirse entre
nosotros. Un poco de galantería, de caridad más bien, pase...
--Lo que más vale en ti, la gracia, el espíritu, la inteligencia, no
ha sufrido ni puede sufrir menoscabo. Ni el encanto de tu rostro, ni
las proporciones admirables de tu busto... tampoco.
--Cállate --dijo Tristana con gravedad--. Soy una belleza sentada... ya
para siempre sentada, una mujer de medio cuerpo, un busto y nada más.
--¿Y te parece poco? Un busto; ¡pero qué hermoso! Luego, tu
inteligencia sin par hará siempre de ti una mujer encantadora...
Horacio rebuscaba en su mente todas las flores que pueden echarse a una
mujer que no tiene más que una pierna. No le fue difícil encontrarlas,
y una vez arrojadas sobre la infeliz inválida, ya no tenía más que
añadir. Con un poquito de violencia, que casi casi no pudo apreciar él
mismo, añadió lo siguiente:
--Y yo te quiero, y te querré siempre lo mismo.
--Eso ya lo sé --replicó ella, afirmándolo por lo mismo que empezaba a
dudarlo.
Continuó la conversación en los términos más afectuosos, sin llegar al
tono y actitudes de la verdadera confianza. En los primeros momentos,
sintió Tristana una desilusión brusca. Aquel hombre no era el mismo
que, borrado de su memoria por la distancia, había ella reconstruido
laboriosamente con su facultad creadora y plasmante. Parecíale tosca y
ordinaria la figura, la cara sin expresión inteligente, y en cuanto
a las ideas... ¡Ah, las ideas le resultaban de lo más vulgar...! De
los labios del _señó Juan_ no salieron más que las conmiseraciones que
se dan a todo enfermo, revestidas de una forma de tierna amistad. Y
en todo lo que dijo referente a la constancia de su amor, veíase el
artificio trabajosamente edificado por la compasión.
Entretanto, D. Lope iba y venía sin sosiego por el interior de la casa,
calzado de silenciosas zapatillas, para que no se le sintieran los
pasos, y se aproximaba a la puerta, por si ocurría algo que reclamase
su intervención. Como su dignidad repugnaba el espionaje, no aplicó el
oído a la puerta. Más que por encargo del amo, por inspiración propia
y ganas de fisgoneo, Saturna puso su oreja en el resquicio que abierto
dejó para el caso, y algo pudo pescar de lo que los amantes decían.
Llamándola al pasillo, D. Lope la interrogó con vivo interés:
--Dime, ¿han hablado algo de matrimonio?
--Nada he oído que signifique cosa de casarse --dijo Saturna--. Amor,
sí, quererse siempre, y qué sé yo... pero...
--De sagrado vínculo, ni una palabra. Lo que digo, cosa concluida. Y no
podía suceder de otro modo. ¿Cómo sostener su promesa ante una mujer
que ha de andar con muletas...? La Naturaleza se impone. Es lo que yo
digo... Mucho palique, mucha frase de relumbrón, y ninguna substancia.
Al llegar al terreno de los hechos, desaparece toda la hojarasca y
nada queda... En fin, Saturna, esto va bien y como yo deseo. Veremos
por dónde sale ahora la niña. Sigue, sigue escuchando, a ver si salta
alguna frase de compromiso formal para el porvenir.
Volvió la diligente criada a su punto de acecho; pero nada sacó en
limpio, porque hablaban muy bajo. Por fin, Horacio propuso a su amada
terminar la visita.
--Por mi gusto --le dijo--, no me separaría de ti hasta mañana...,
ni mañana tampoco... Pero debo considerar que D. Lope, concediéndome
verte, procede con una generosidad y una alteza de miras que le honra
mucho, y que me obliga a no incurrir en abuso. ¿Te parece que me retire
ya? Como tú quieras. Y confío que no siendo muy largas las visitas, tu
viejo me permitirá repetirlas todos los días.
Opinó la inválida en conformidad con su amigo, y este se retiró
después de besarla cariñosamente y de reiterarle aquellos afectos que,
aunque no fríos, iban tomando un carácter fraternal. Tristana le vio
partir muy tranquila, y al despedirse fijó para la siguiente tarde la
primera lección de pintura, lo que fue muy del agrado del artista,
quien, al salir de la estancia, sorprendió a D. Lope en el pasillo y
se fue derecho a él, saludándole con profundo respeto. Metiéronse en
el cuarto del galán caduco, y allí charlaron de cosas que a este le
parecieron de singular alcance.
Por de pronto, ni una palabra soltó el pintor que a proyectos de
matrimonio transcendiera. Manifestó un interés vivísimo por Tristana,
lástima profunda de su estado, y amor por ella en un grado discreto,
discreción interpretada por D. Lope como delicadeza, o más bien
repugnancia de un rompimiento brusco, que habría sido inhumano en la
triste situación de la señorita de Reluz. Por fin, Horacio no tuvo
inconveniente en dar al interés que su amiga le inspiraba un carácter
señaladamente positivista. Como sabía por Saturna las dificultades de
cierto género que agobiaban a D. Lope, se arrancó a proponer a este lo
que en su altanera dignidad no podía el caballero admitir.
--Porque, mire usted, amigo --le dijo en tono campechano--, yo..., y no
se ofenda de mi oficiosidad..., tengo para con Tristana ciertos deberes
que cumplir. Es huérfana. Cuantos la quieren y la estiman en lo que
vale, obligados están a mirar por ella. No me parece bien que usted
monopolice la excelsa virtud de amparar al desvalido... Si quiere usted
concederme un favor, que le agradeceré toda mi vida, permítame...
--¿Qué?... Por Dios, caballero Díaz, no me sonroje usted. ¿Cómo
consentir...?
--Tómelo usted por donde quiera.... ¿Qué quiere decirme?... ¿Que es una
indelicadeza proponer que sean de mi cuenta los gastos de la enfermedad
de Tristana? Pues hace usted mal, muy mal, en pensarlo así. Acéptelo, y
después seremos más amigos.
--¿Más amigos, caballero Díaz? ¡Más amigos después de probar yo que no
tengo vergüenza!
--¡Don Lope, por amor de Dios!
--Don Horacio..., basta.
--Y en último caso, ¿por qué no se me ha de permitir que regale a mi
amiguita un órgano expresivo de superior calidad, de lo mejor en su
género, que le añada una completa biblioteca musical para órgano,
comprendiendo estudios, piezas fáciles y de concierto, y que, por fin,
corra de mi cuenta el profesor?...
--Eso... ya... Vea usted como transijo. Se admite el regalo del
instrumento y de los papeles. Lo del profesor, no puede ser, caballero
Díaz.
--¿Por qué?
--Porque se regala un objeto como testimonio de afectos presentes o
pasados; pero no sé yo de nadie que obsequie con lecciones de música.
--Don Lope..., déjese de distingos.
--A ese paso llegaría usted a proponerme costearle la ropa y a
señalarle alimentos..., y esto, con franqueza, paréceme denigrante para
mí... a menos que usted viniera con propósitos y fines de cierto género.
Viéndole venir, Horacio quiso dar una vuelta a la conversación.
--Mis propósitos son que se instruya en un arte en que pueda lucir y
gastar ese caudal inmenso de fluido acumulado en su sistema nervioso,
los tesoros de pasión artística, de noble ambición que llenan su alma.
--Si no es más que eso, yo me basto y me sobro. No soy rico; pero poseo
lo bastante para abrir a Tristana los caminos por donde puede correr
hacia la gloria una pobre cojita. Yo..., francamente, creí que usted...
Queriendo obtener una declaración categórica, y viendo que no la
lograba por ataques oblicuos, embistiole de frente:
--Pues yo creí que usted, al venir aquí, traía el propósito de casarse
con ella.
--¡Casarme!... ¡Oh!... no --dijo Horacio, desconcertado por el
repentino golpe, pero rehaciéndose al momento--. Tristana es enemiga
irreconciliable del matrimonio. ¿No lo sabía usted?
--¿Yo?... No.
--Pues sí: lo detesta. Quizás ve más que todos nosotros; quizás su
mirada perspicua, o cierto instinto de adivinación concedido a las
mujeres superiores, ve la sociedad futura, que nosotros no vemos.
--Quizás... Estas niñas mimosas y antojadizas suelen tener vista muy
larga. En fin, caballero Díaz, quedamos en que se acepta el obsequio
del organito; pero no lo demás: se agradece, eso sí; pero no se puede
aceptar, porque lo veda el decoro.
--Y quedamos --dijo Horacio despidiéndose-- que vendré a pintar un
ratito con ella.
--Un ratito..., cuando la levantemos, porque no ha de pintar en la cama.
--Justo...; pero en tanto, ¿podré venir...?
--¡Oh!, sí, a charlar, a distraerla. Cuéntele usted cosas de aquel
hermoso país.
--¡Ah!, no, no --dijo Horacio frunciendo el ceño--. No le gusta el
campo, ni la jardinería, ni la Naturaleza, ni las aves domésticas, ni
la vida regalada y oscura, que a mí me encantan y me enamoran. Soy yo
muy terrestre, muy práctico, y ella muy soñadora, con unas alas de
extraordinaria fuerza para subirse a los espacios sin fin.
--Ya, ya... (_estrechándole las manos_). Pues venga usted cuando bien
le cuadre, caballero Díaz. Y sabe que...
Despidiole en la puerta; se metió después en su cuarto, muy gozoso,
y restregándose las manos, decía para su sayo: «Incompatibilidad de
caracteres..., incompatibilidad absoluta, diferencias irreductibles.»