Impresión honda hizo en la señorita de Reluz la vista de aquellas
pinturas, semblantes amigos que veía después de larga ausencia, y que
le recordaban horas felices. Fueron para ella, en ocasión semejante,
como personas vivas, y no necesitaba forzar su imaginación para verlas
animadas, moviendo los labios y fijando en ella miradas cariñosas.
Mandó a Saturna que colgase los lienzos en la habitación para recrearse
contemplándolos, y se transportaba a los tiempos del estudio y de las
tardes deliciosas en compañía de Horacio. Púsose muy triste, comparando
su presente con el pasado, y al fin rogó a la criada que guardase
aquellos objetos hasta que pudiese acostumbrarse a mirarlos sin tanta
emoción; mas no manifestó sorpresa por la facilidad con que las
pinturas habían pasado del estudio a la casa, ni curiosidad de saber
qué pensaba de ello el suspicaz D. Lope. No quiso la sirviente meterse
en explicaciones, que no se le pedían, y poco después, sobre las doce,
mientras daba de almorzar al amo una mísera tortilla de patatas y un
trozo de carne con representación y honores de chuleta, se aventuró a
decirle cuatro verdades, valida de la confianza que le diera su largo
servicio en la casa.
--Señor, sepa que el amigo quiere ver a la señorita, y es natural...
Ea, no sea malo, y hágase cargo de las circunstancias. Son jóvenes, y
usted está ya más para padre o para abuelo que para otra cosa. ¿No dice
que tiene el corazón grande?
--Saturna --replicó D. Lope, golpeando en la mesa con el mango del
cuchillo--, lo tengo más grande que la copa de un pino, más grande que
esta casa, y más grande que el Depósito de Aguas, que ahí enfrente
está.
--Pues entonces..., pelillos a la mar. Ya no es usted joven, gracias
a Dios; digo..., por desgracia. No sea el perro del hortelano, que
ni come ni deja comer. Si quiere que Dios le perdone todas sus
barrabasadas y picardías, tanto engaño de mujeres y burla de maridos,
hágase cargo de que los jóvenes son jóvenes, y de que el mundo, y la
vida, y las cositas buenas son para los que empiezan a vivir, no para
los que acaban... Con que tenga un... ¿cómo se dice? un rasgo, don
_Lepe_, digo, D. Lope..., y...
En vez de incomodarse, al infeliz caballero le dio por tomarlo a buenas.
--¿Conque un rasgo...? Vamos a ver: ¿y de dónde sacas tú que soy yo tan
viejo? ¿Crees que no sirvo ya para nada? Ya quisieran muchas, tú misma,
con tus cincuenta...
--¡Cincuenta! Quite usted _jierro_, señor.
--Pongamos treinta... y cinco.
--Y dos. Ni uno más. ¡Vaya!
--Pues quédese en lo que quieras. Pues digo que tú misma, si yo
estuviese de humor y te... No, no te ruborices... ¡Si pensarás que
eres un esperpento...! No; arreglándote un poquito, resultarías muy
aceptable. Tienes unos ojos, que ya los quisieran más de cuatro.
--Señor... vamos... ¿Pero qué... también a mí me quiere camelar? --dijo
la doméstica familiarizándose tanto, que no vaciló en dejar a un lado
de la mesa la fuente vacía de la carne, y sentarse frente a su amo, los
brazos en jarras.
--No... no estoy ya para diabluras. No temas nada de mí. Me he cortado
la coleta, y ya se acabaron las bromas y las cositas malas. Quiero
tanto a la niña, que desde luego convierto en amor de padre el otro
amor, ya sabes... y soy capaz, por hacerla dichosa, de todos los
rasgos, como tú dices, que... En fin, ¿qué hay?... ¿Ese mequetrefe...?
--Por Dios, no le llame así. No sea soberbio. Es muy guapo.
--¿Qué sabes tú lo que son hombres guapos?
--Quítese allá. Toda mujer sabe de eso. ¡Vaya! Y sin comparar, que
es cosa fea, digo que don Horacio es un buen mozo... mejorando lo
presente. Que usted fue el acabose, por sabido se calla; pero eso pasó.
Mírese al espejo, y verá que ya se le fue la hermosura. No tiene más
remedio que reconocer que el pintorcito...
--No le he visto nunca... Pero no necesito verle para sostener, como
sostengo, que ya no hay hombres guapos, airosos, atrevidos, que sepan
enamorar. Esa raza se extinguió. Pero en fin, demos de barato que el
pintamonas sea un guapo... relativo.
--La niña le quiere... No se enfade... la verdad por delante... La
juventud es juventud.
--Bueno... pues le quiere... Lo que yo te aseguro es que ese muchacho
no hará su felicidad.
--Dice que no le importa la pata coja.
--Saturna, ¡que mal conoces la naturaleza humana! Ese hombre no hará
feliz a la niña, repito. ¡Si sabré yo de estas cosas! Y añado más: la
niña no espera su felicidad de semejante tipo...
--¡Señor...!
--Para entender estas cosas, Saturna, es menester... entenderlas.
Eres muy dura de mollera, y no ves sino lo que tienes delante de tus
narices. Tristana es mujer de mucho entendimiento, ahí donde la ves, de
una imaginación ardiente... Está enamorada...
--Eso ya lo sé.
--No lo sabes. Enamorada de un hombre que no existe, porque no puede
existir, porque si existiera, Saturna, sería Dios, y Dios no se
entretiene en venir al mundo para diversión de las muchachas. Ea, basta
de palique; tráeme el café.
Corrió Saturna a la cocina, y al volver con el café, permitiose
comentar las últimas ideas expresadas por D. Lope.
--Señor, lo que yo digo es que se quieren, sea por lo fino, sea por lo
basto, y que el D. Horacio desea verse con la señorita... Viene con
buen fin.
--Pues que venga. Se irá con mal principio.
--¡Ay, qué tirano!
--No es eso... Si no me opongo a que se vean --dijo el caballero
encendiendo un cigarro--. Pero antes conviene que yo mismo hable con
ese sujeto. Ya ves si soy bueno. ¿Y este rasgo...? Hablar con él, sí, y
decirle... ya, ya sabré yo...
--¿Apostamos a que le espanta?
--No; le traeré, traerele yo mismo. Saturna, esto se llama un rasgo.
Encárgate de avisarle que me espere en su estudio una de estas
tardes... mañana. Estoy decidido. (_Paseándose inquieto por el
comedor._) Si Tristana quiere verle, no la privaré de ese gusto. Cuanto
antojo tenga la niña, se lo satisfará su amante padre. Le traje los
pinceles, le traje el armonium, y no basta. Hacen falta más juguetes.
Pues venga el hombre, la ilusión, la... Saturna, di ahora que no soy
un héroe, un santo. Con este solo arranque, lavo todas mis culpas, y
merezco que Dios me tenga por suyo. Conque...
--Le avisaré... Pero no salga con alguna patochada. ¡Vaya, que si le da
por asustar a ese pobre chico...!
--Se asustará solo de verme. Saturna, soy quien soy... Otra cosa: con
maña vas preparando a la niña... Le dices que yo haré la vista gorda,
que saldré exprofeso una tarde para que él entre, y puedan hablarse,
como una media hora nada más... No conviene más tiempo. Mi dignidad no
lo permite. Pero yo estaré en casa, y... Mira, se abrirá una rendijita
en la puerta para que tú y yo podamos ver cómo se reciben el uno al
otro, y oír lo que charlen.
--¡Señor...!
--¿Tú qué sabes...? Haz lo que te mando.
--Pues haga usted lo que le aconsejo. No hay tiempo que perder. D.
Horacio tiene mucha prisa...
--¿Prisa?... Esa palabra quiere decir juventud. Bueno, pues esta
misma tarde subiré al estudio. Avísale... anda... y después, cuando
acompañes a la señorita, te dejas caer... ¿entiendes? le dices que
yo ni consiento ni me opongo... o más bien, que tolero y me hago el
desentendido. Ni le dejes comprender que voy al estudio, pues este acto
de inconsecuencia, que desmiente mi carácter, quizás me rebajaría a sus
propios ojos... aunque no... tal vez no... En fin, prepárala, para que
no se afecte cuando vea en su presencia al... bello ideal.
--No se burle.
--Si no me burlo. Bello ideal quiere decir...
--Su tipo... el tipo de una, supongamos...
--Tú sí que eres tipo (_soltando la risa_). En fin, no se hable más.
La preparas, y yo voy a encararme con el galán joven.
A la hora convenida, previo el aviso dado por Saturna, dirigiose
D. Lope al estudio, y al subir, no sin cansancio, la interminable
escalera, se decía entre toses broncas y ahogados suspiros: «¡Pero,
Dios mío, qué cosas tan raras estoy haciendo de algún tiempo a esta
parte! A veces me dan ganas de preguntarme: ¿Y es usted aquel D.
Lope...? Nunca creí que llegara el caso de no parecerse uno a sí
mismo... En fin, procuraré no infundir mucho miedo a ese inocente.»
La primera impresión de ambos fue algo penosa, no sabiendo qué actitud
tomar, vacilando entre la benevolencia y una dignidad que bien podría
llamarse decorativa. Hallábase dispuesto el pintor a tratar a D. Lope
según los aires que este llevase. Después de los saludos y cumplidos
de ordenanza, mostró el anciano galán una cortesía desdeñosa, mirando
al joven como a ser inferior, al cual se dispensa la honra de un trato
pasajero, impuesto por la casualidad.
--Pues sí, caballero... ya sabe usted la desgracia de la niña. ¡Qué
lástima, ¿verdad? con aquel talento, con aquella gracia...! Es ya mujer
inútil para siempre. Ya comprenderá usted mi pena. La miro como hija,
la amo entrañablemente con cariño puro y desinteresado, y ya que no he
podido conservarle la salud ni librarla de esa tristísima amputación,
quiero alegrar sus días, hacerle placentera la vida, en lo posible,
y dar a su alma todo el recreo que... En fin, su voluble espíritu
necesita juguetes. La pintura no acaba de distraerla... la música tal
vez... Su insaciable afán pide más, siempre más. Yo sabía que usted...
--De modo, Sr. D. Lope --dijo Horacio con gracejo cortés--, que a mí me
considera usted juguete.
--No, juguete precisamente no... Pero... Yo soy viejo, como usted ve,
muy práctico en cosas de la vida, en pasiones y afectos, y sé que las
inclinaciones juveniles tienen siempre un cierto airecillo de juego de
muñecas... No hay que tomarlo a mal. Cada cual ve estas cosas según su
edad. El prisma de los veinticinco o de los treinta años descompone los
objetos de un modo gracioso, y les da matices frescos y brillantes. El
cristal mío me presenta las cosas de otro modo. En una palabra: que yo
veo la inclinación de la niña con indulgencia paternal, sí, con esa
indulgencia que siempre nos merece la criatura enfermita, a quien es
forzoso dispensar los antojos y mimos, por extravagantes que sean.
--Dispénseme, señor mío --dijo Horacio con gravedad, sobreponiéndose
a la fascinación que el mirar penetrante del caballero ejercía sobre
él, encogiéndole el ánimo--, dispénseme. Yo no puedo apreciar con ese
criterio de abuelo chocho la inclinación que Tristana me tiene, y
menos la que por ella siento.
--Pues por eso no hemos de reñir --replicó Garrido, acentuando más la
urbanidad y el desdén con que le hablaba--. Yo pienso lo que he tenido
el honor de manifestarle; piense usted lo que guste. No sé si usted
rectificará su manera de apreciar estas cosas. Yo soy muy viejo, muy
curtido, y no sé rectificarme a mí propio. Lo que hay es que, dejándole
a usted pensar lo que guste, yo vengo a decirle que, pues desea usted
ver a Tristanita, y Tristanita se alegrará de verle, no me opongo a que
usted honre mi casa; al contrario, tendré una satisfacción en ello.
¿Creía tal vez que yo iba a salir por el registro del padre celoso o
del tirano doméstico? No, señor. No me gustan a mí los tapujos, y menos
en cosa tan inocente como esta visita. No, no es decoroso que ande el
novio buscándome las vueltas para entrar en casa. Usted y yo no ganamos
nada, el uno colándose sin mi permiso, el otro atrancando las puertas
como si hubiera en ello alguna malicia. Sí, Sr. D. Horacio, usted puede
ir, a la hora que yo le designe, se entiende. Y si resultase que habría
que repetir las visitas, porque así conviniera a la paz de mi enferma,
ha de prometerme usted no entrar nunca sin conocimiento mío.
--Me parece muy bien --afirmó Díaz, que poco a poco se iba dejando
conquistar por la agudeza y pericia mundana del atildado viejo--. Estoy
a sus órdenes.
Sentía Horacio la superioridad de su interlocutor, y casi... y sin
casi, se alegraba de tratarle, admirando de cerca, por primera vez, un
ejemplar curiosísimo de la fauna social más desarrollada, un carácter
que resultaba legendario, y revestido de cierto matiz poético. La
atracción se fue acentuando con las cosas donosísimas que después dijo
D. Lope pertinentes a la vida galante, a las mujeres y al matrimonio.
En resumidas cuentas, que le fue muy simpático, y se despidieron,
prometiéndole Horacio obedecer sus indicaciones, y fijando para la
tarde siguiente las _vistas_ con la pobre inválida.