--¡Ay, todavía me duele! --fueron las primeras palabras que pronunció
al volver del tenebroso abismo.
Y después, su fisonomía pálida y descompuesta revelaba como un
profundo análisis autopersonal, algo semejante a la intensísima
fuerza de observación que los aprensivos dirigen sobre sus propios
órganos, auscultando su respiración y el correr de la sangre, palpando
mentalmente sus músculos, y acechando el vibrar de sus nervios. Sin
duda la pobre niña concentraba todas las fuerzas de su mente en aquel
vacío de su extremidad inferior, para reponer el miembro perdido,
y conseguía restaurarlo tal como fue antes de la enfermedad, sano,
vigoroso y ágil. Sin gran esfuerzo imaginaba que tenía sus dos piernas,
y que andaba con ellas garbosamente, con aquel pasito ligero que la
llevaba en un periquete al estudio de Horacio.
--¿Qué tal, mi niña? --le preguntó D. Lope haciéndole caricias.
Y ella, tocando suavemente los blancos cabellos del galán caduco, le
contestó con gracia:
--Muy bien... Me siento muy descansadita. Si me dejaran, ahora mismo me
echaría a correr...; digo, a correr no... No estamos para esas bromas.
Augusto y D. Lope, cuando los otros dos médicos se habían marchado,
diéronle seguridades de completa curación, y se felicitaron del éxito
quirúrgico con un entusiasmo que no podían comunicarle. Pusiéronla
cuidadosamente en su lecho en las mejores condiciones de higiene y
comodidad, y ya no había más que hacer sino esperar los diez o quince
días críticos subsiguientes a la operación.
Durante este período, no tuvo sosiego el bueno de Garrido, porque
si bien el traumatismo se presentaba en las mejores condiciones,
el abatimiento y postración de la niña eran para causar alarma. No
parecía la misma, y denegaba su propio ser; ni una vez siquiera pensó
en escribir cartas, ni salieron a relucir aquellas aspiraciones o
antojos sublimes de su espíritu siempre inquieto y ambicioso; ni se
le ocurrieron los donaires y travesuras que gastar solía hasta en las
horas más crueles de su enfermedad. Entontecida y aplanada, su genio
superior sufría un eclipse total. Tanta pasividad y mansedumbre,
al principio agradaron a D. Lope; mas no tardó el buen señor en
condolerse de aquella mudanza de carácter. Ni un momento se separaba
de ella, dando ejemplo de paternal solicitud, con extremos cariñosos
que rayaban en mimo. Por fin, al décimo día, Miquis declaró muy
satisfecho que la cicatrización iba perfectamente, y que pronto la
cojita sería dada de alta. Coincidió con esto una resurrección súbita
del espiritualismo de la inválida, que una mañana, como descontenta de
sí misma, dijo a D. Lope:
--¡Vaya, que tantos días sin escribir! ¡Qué mal me estoy portando...!
--No te apures, hija mía --replicó con donaire el viejo galán--. Los
seres ideales y perfectos no se enfadan por dejar de recibir una carta,
y se consuelan del olvido paseándose impávidos por las regiones etéreas
donde habitan... Pero si quieres escribir, aquí tienes los trebejos.
Díctame: soy tu secretario.
--No; escribiré yo misma... O si gustas... escribe tú. Cuatro palabras.
--A ver; ya estoy pronto --dijo Garrido, pluma en mano y el papel
delante.
--«Pues como te decía --dictó Tristana--, ya no tengo más que una
piernecita. Estoy mejor. Ya no me duele..., padezco muy poco..., ya...»
--¿Qué..., no sigues?
--Mejor será que lo escriba yo. No me salen, no me salen las ideas
dictando.
--Pues toma... Escribe tú, y despáchate a tu gusto (_dándole la pluma,
y poniéndole delante la tabla con la carpeta y papel_). ¡Qué...! ¿tan
premiosa estás? Y esa inspiración y esos arranques, ¿a dónde diablos se
han ido?
--¡Qué torpe estoy! No se me ocurre nada.
--¿Quieres que te dicte yo? Pues oye: «¡Qué bonito eres, qué pillín te
ha hecho Dios, y qué..., qué desabridas son tantas perfecciones!... No,
no me caso contigo ni con ningún serafín terrestre ni celeste...» Pero
¡qué!, ¿te ríes? Adelante. «Pues no me caso... Que esté coja o no lo
esté, eso no te importa a ti. Tengo quien me quiera tal como soy ahora,
y con una sola patita valgo más que antes con las dos. Para que te
vayas enterando, ángel mío...» No, esto de ángel es un poquito cursi...
«Pues, para que te vayas enterando, te diré que tengo alas..., me han
salido alas. Mi papá piensa traerme todos los trebejos de pintura, y
_ainda mais_, me comprará un organito, y me pondrá profesor para que
aprenda a tocar música buena... Ya verás... Comparados conmigo, los
ángeles del cielo serán unos murguistas...»
Soltaron ambos la risa, y animado D. Lope con su éxito, siguió hiriendo
aquella cuerda, hasta que Tristana hubo de cortar bruscamente la
conversación, diciendo con toda seriedad:
--No, no; yo escribiré..., yo sola.
Dejola D. Lope un momento, y escribió la cojita su carta, breve y
sentida.
«Señor de mi alma: ya Tristana no es lo que fue. ¿Me querrás lo mismo?
El corazón me dice que sí. Yo te veo más lejos aún que antes te veía,
más hermoso, más inspirado, más generoso y bueno. ¿Podré llegar hasta
ti con la patita de palo que creo me pondrán? ¡Qué mona estaré! Adiós.
No vengas. Te adoro lejos, te ensalzo ausente. Eres mi Dios, y como
Dios, invisible. Tu propia grandeza te aparta de mis ojos... Hablo de
los de la cara..., porque con los del espíritu bien claro te veo. Hasta
otro día.»
Cerró ella misma la carta y le puso el sobre, dándola a Saturna, que,
al tomarla, hizo un mohín de burla. Por la tarde, hallándose solas un
momento, la criada se franqueó en esta forma:
--Mire, esta mañana no quise decir nada a la señorita por hallarse
presente D. _Lepe_. La carta... aquí la tengo. ¿Para qué echarla al
correo si el D. Horacio está en Madrid? Se la daré en propia mano esta
noche.
Palideció la inválida al oír esto, y después se le encendió el rostro.
No supo qué decir, ni se le ocurría nada.
--Te equivocas --dijo al fin--. Habrás visto a alguno que se le parezca.
--¡Señorita, cómo había de confundir...! ¡Qué cosas tiene! El mismo.
Hablamos más de media hora. Empeñado el hombre en que le contara todo
punto por punto. ¡Ay, si le viera la señorita! Está más negro que un
zapato. Dice que se ha pasado la vida corriendo por montes y mares,
y que aquello es muy precioso..., pero muy precioso... Pues nada; le
conté todo, y el pobrecito... como la quiere a usted tanto, me comía
con los ojos cuando yo le hablaba... Dice que se avistará con D. Lope
para cantarle clarito.
--¡Cantarle clarito!... ¿Qué?
--Él lo sabrá. Y está rabiando por ver a la señorita. Es preciso que lo
arreglemos aprovechando una salida del señor...
Tristana no dijo nada. Un momento después pidió a Saturna que le
llevase un espejo, y mirándose en él, se afligió extremadamente.
--Pues no está usted tan desfigurada..., vamos.
--No digas. Parezco la muerte... Estoy horrorosa... (_echándose a
llorar_). No me va a conocer. ¿Pero ves? ¿Qué color es este que tengo?
Parece de papel de estraza. Los ojos son horribles, de tan grandes
como se me han puesto... ¡Y qué boca, santo Dios! Saturna, llévate el
espejo, y no vuelvas a traérmelo aunque te lo pida.
Contra su deseo, que a la casa le amarraba, D. Lope salía muy a menudo,
movido de la necesidad, que en aquellas tristes circunstancias llenaba
de amargura y afanes su existencia. Los gastos enormes de la enfermedad
de la niña consumieron los míseros restos de su esquilmada fortuna,
y llegaron días, ¡ay!, en que el noble caballero tuvo que violentar
su delicadeza y desmentir su carácter, llamando a la puerta de un
amigo con pretensiones que le parecían ignominiosas. Lo que padeció el
infeliz señor no es para referido. En pocos días quedose como si le
echaran cincuenta años más encima. «¡Quién me lo había de decir...,
Dios mío..., yo..., Lope Garrido, descender a...! ¡Yo, con mi orgullo,
con mi idea puntillosa de la dignidad, rebajarme a pedir ciertos
favores...! Y llegará día en que la insolvencia me ponga en el trance
de solicitar lo que no he de poder restituir... Bien sabe Dios que solo
por sostener a esta pobre niña, y alegrar su existencia, soporto tanta
vergüenza y degradación. Me pegaría un tiro, y en paz. ¡Al otro mundo
con mi alma, al hoyo con mis cansados huesos! Muerte y no vergüenza...
Mas las circunstancias disponen lo contrario: vida sin dignidad... No
lo hubiera creído nunca. Y luego dicen que el carácter... No, no creo
en los caracteres. No hay más que hechos, accidentes. La vida de los
demás es molde de nuestra propia vida y troquel de nuestras acciones.»
En presencia de la señorita disimulaba el pobre D. _Lepe_ las horribles
amarguras que pasando estaba, y aun se permitía fingir que su situación
era de las más florecientes. No solo le llevó los avíos de pintar, dos
cajas de colores para óleo y acuarela, pinceles, caballete y demás,
sino también el organito o armonium que le había prometido, para que
se distrajese con la música los ratos que la pintura le dejaba libres.
En el piano poseía Tristana la instrucción elemental del colegio,
suficiente para farfullar polkas y valses o alguna pieza fácil. Algo
tarde era ya para adquirir la destreza que solo da un precoz y duro
trabajo; pero con un buen maestro podría vencer las dificultades, y
además el órgano no le exigía digitación muy rápida. Se ilusionó con
la música más que con la pintura, y anhelaba levantarse de la cama
para probar su aptitud. Ya se arreglaría con un solo pie para mover
los pedales. Aguardando con febril impaciencia al profesor anunciado
por D. Lope, oía en su mente las dulces armonías del instrumento,
menos sentidas y hermosas que las que sonaban en lo íntimo de su alma.
Creyose llamada a ser muy pronto una notabilidad, una concertista
de primer orden, y con tal idea se animó, y tuvo algunas horitas de
felicidad. Cuidaba Garrido de estimular su ambiciosa ilusión, y en
tanto, le hacía recordar sus ensayos de dibujo, incitándola a bosquejar
en lienzo o en tabla algún bonito asunto, copiado del natural.
--Vamos, ¿por qué no te atreves con mi retrato... o con el de Saturna?
Respondía la inválida que le convendría más adestrar la mano en alguna
copia, y D. Lope prometió traerle buenos estudios de cabeza o paisaje
para que escogiese.
El pobre señor no escatimaba sacrificio por ser grato a su pobre
cojita, y... al fin, ¡oh caprichos de la mudable suerte!, hallándose
perplejo por no saber cómo procurarse los estudios pictóricos, la
casualidad, el demonio, Saturna, resolvieron de común acuerdo la
dificultad.
--¡Pero, señor --dijo Saturna--, si tenemos ahí...! No sea bobo, déjeme
y le traigo...
Y con sus expresivos ojos y su mímica admirable completó el atrevido
pensamiento.
--Haz lo que quieras, mujer --indicó D. Lope, alzando los hombros--.
Por mí...
Media hora después entró Saturna de la calle con un rimero de tablas
y bastidores pintados, cabezas, torsos desnudos, apuntes de paisaje,
bodegones, frutas y flores, todo de mano de maestro.