De Tristana a Horacio:
«¡Qué entusiasmadito y qué tonto está el _señó Juan_! ¡Y cómo con
las glorias de ese terruño se le van las memorias de este páramo en
que yo vivo! Hasta te olvidas de nuestro vocabulario, y ya no soy la
_Frasquita de Rímini_. Bueno, bueno. Bien quisiera entusiasmarme con
tu _rustiquidad_ (ya sabes que yo invento palabras), _que del oro
y del cetro pone olvido_. Hago lo que me mandas, y te obedezco...
hasta donde pueda. _Bello país debe ser..._ ¡Yo de villana criando
gallinitas, poniéndome cada día más gorda, hecha un animal, y con un
dije que llaman _maridillo_ colgado de la punta de la nariz! ¡Qué
guapota estaré, y tú qué salado, con tus tomates tempranos y tus
naranjas tardías, saliendo a coger langostinos, y pintando burros con
zaragüelles, o personas racionales con albarda..., digo, al revés. Oigo
desde aquí las palomitas, y entiendo sus arrullos. Pregúntales por qué
tengo yo esta ambición loca que no me deja vivir; por qué aspiro a
lo imposible, y aspiraré siempre, hasta que el imposible mismo se me
plante enfrente y me diga: «¿Pero no me ve usted, so...?» Pregúntales
por qué sueño despierta con mi propio ser transportado a otro mundo,
en el cual me veo libre y honrada, queriéndote más que a las señoritas
de mis ojos, y... Basta, basta, _per pietá_. Estoy borracha hoy. Me he
bebido tus cartas de los días anteriores, y las encuentro horriblemente
cargadas de _amílico_. ¡Mixtificador!
»Noticia fresca. D. Lope, el gran D. Lope, _ante quien muda se postró
la tierra_, anda malucho. El reuma se está encargando de vengar al sin
número de maridillos que burló, y a las vírgenes honestas o esposas
frágiles que inmoló en el ara nefanda de su liviandad. ¡Vaya una
figurilla...! Pues esto no quita que yo le tenga lástima al pobre
D. Juan caído, porque fuera de su poquísima vergüenza en el ramo de
mujeres, es bueno y caballeroso. Ahora que renquea y no sirve para
nada, ha dado en la flor de entenderme, de estimar en algo este afán
mío de aprender una profesión. ¡Pobre D. _Lepe_! Antes se reía de mí;
ahora me aplaude, y se arranca los pelos que le quedan, rabioso por no
haber comprendido antes lo razonable de mi anhelo.
»Pues verás: haciendo un gran sacrificio, me ha puesto profesor de
inglés, digo, profesora, aunque más bien la creerías del género
masculino o del neutro, una señora alta, huesuda, andariega, con
feísima cara de rosas y leche, y un sombrero que parece una jaula de
pájaros. Llámase doña Malvina, y estuvo en la capilla evangélica,
ejerciendo de _sacerdota protestanta_, hasta que le cortaron los
víveres, y se dedicó a dar lecciones... Pues espérate ahora y sabrás
lo más gordo: dice mi maestra que tengo unas disposiciones terribles,
y se pasma de ver que apenas me ha enseñado las cosas, ya yo me las
sé. Asegura que en seis meses sabré tanto inglés como _Chaskaperas_,
o el propio _Lord Mascaole_. Y al paso que me enseña inglés, me hace
recordar el franchute, y luego le meteremos el diente al alemán. _Give
me a kiss_, pedazo de bruto. Parece mentira que seas tan _iznorante_,
que no entiendas esto.
»Bonito es el inglés, casi tan bonito como tú, que eres una fresca
rosa de mayo..., si las rosas de mayo fueran negras como mis zapatos.
Pues digo que estoy metida en unos afanes espantosos. Estudio a todas
horas, y devoro los temas. Perdona mi inmodestia; pero no puedo
contenerme: soy un prodigio. Me admiro de encontrarme que sé las cosas,
cuando intento saberlas. Y a propósito, _señó Juan_ naranjero y con
zaragüelles, sácame de esta duda: «_¿Has comprado la pluma de acero del
hijo de la jardinera de tu vecino?_» Tonto, no; lo que has comprado es
_la palmatoria de marfil de la suegra del..._ sultán de Marruecos.
»Te muerdo una oreja. Expresiones a las palomitas. _To be or nor to
be..._ _All the world a stage._»
De _señó Juan_ a _señá Restituta_:
«Cielín mío, miquina, no te hagas tan sabia. Me asustas. De mí sé
decirte que en esta _rustiquidad_ (admitida la nueva palabra) casi me
dan ganas de olvidar lo poquito que sé. ¡Viva la Naturaleza! ¡Abajo la
ciencia! ¡Quisiera acompañarte en tu aborrecimiento de la vida oscura;
_ma non posso_. Mis naranjos están cargados de azahares, para que lo
sepas, ¡rabia, rabiña!, y de frutas de oro. Da gozo verlos. Tengo unas
gallinas que cada vez que ponen huevo, preguntan al cielo, cacareando,
qué razón hay para que no vengas tú a comértelos. Son tan grandes que
parecen tener dentro un elefantito. Las palomas dicen que no quieren
nada con ingleses, ni aun con los que son émulos del gran _Sáspirr_.
Por lo demás, comprenden y practican la libertad honrada, o la honradez
libre. Se me olvidó decirte que tengo tres cabras con cada ubre como el
bombo grande de la lotería. No me compares esta leche con la que venden
en la cabrería de tu casa, con aquellos _lácteos virgíneos candores_
que tanto asco nos daban. Las cabritas te esperan, inglesilla de tres
al cuarto, para ofrecerte sus _senos turgentes_. Dime otra cosa...,
¿has comido turrón estas Navidades? Yo tengo aquí almendra y avellana
bastantes para empacharte a ti y a toda tu casta. Ven, y te enseñaré
cómo se hace lo de Jijona, lo de Alicante, y el sabrosísimo de yema,
menos dulce que tu alma gitana. ¿Te gusta a ti el cabrito asado? Dígolo
porque si probaras lo de mi tierra, te chuparías el dedo; no, el
_deíto_ ese de San Juan te lo chuparía yo. Ya ves que me acuerdo del
vocabulario. Hoy está revuelto el _botiquín_, porque el Poniente le
hace muchas cosquillas, poniéndole nervioso...
»Si no te enfadas, ni me llamas prosaico, te diré que como por siete.
Me gustan extraordinariamente las sopas de ajo tostaditas, el bacalao y
el arroz _en sus múltiples aspectos_, los pavipollos y los salmonetes
con piñones. Bebo sin tasa del riquísimo _licor de Engadi_, digo,
de Aspe, y me estoy poniendo gordo, y guapo inclusive, para que te
enamores de mí cuando me veas, y te _extasíes_ delante de mis encantos
o _appas_, como dicen los franceses, y nosotros. ¡Ay, qué _appases_ los
míos! ¿Pues y tú? Haz el favor de no encanijarte con tanto estudio.
Temo que la _señá_ Malvina te contagie de su fealdad seca y hombruna.
No te me vuelvas muy filósofa, no te encarames a las estrellas, porque
a mí me están pesando mucho las carnazas, y no puedo subir a cogerte,
como cogería un limón de mis limoneros... ¿Pero no te da envidia de mi
manera de vivir? ¿A qué esperas? Si no la _jazemos_ ahora, ¿cuándo,
_per Baco_? Vente, vente. Ya estoy arreglando tu habitación, que será
_manífica_, digno estuche de tal joya. Dime que sí, y parto, parto...
(no el de los montes) quiero decir que corro a traerte. _¡Oh, donna di
virtú!_ Aunque te vuelvas más marisabidilla que Minerva, y me hables
en griego para mayor claridad; aunque te sepas de memoria las Falsas
Decretales y la Tabla de logaritmos, te adoraré con toda la fuerza de
mi supina barbarie.»
De la señorita de Reluz:
«¡Qué pena, qué ansiedad, qué miedo! No pienso más que cosas malas. No
hago más que bendecir este fuerte constipado que me sirve de pretexto
para poder limpiarme los ojos a cada instante. El llanto me consuela.
Si me preguntas por qué lloro, no sabré responderte. ¡Ah! sí, sí, ya
sé: lloro porque no te veo, porque no sé cuándo te veré. Esta ausencia
me mata. Tengo celos del mar azul, los barquitos, las naranjas, las
palomas, y pienso que todas esas cosas tan bonitas serán Galeotos de
la infidelidad de mi _señó Juan_... Donde hay tanto bueno, ¿no ha de
haber también buenas mozas? Porque con todo mi _marisabidillismo_ (ve
apuntando las palabras que invento), yo me mato si tú me abandonas.
Eres responsable de la tragedia que puede ocurrir, y...
»Acabo de recibir tu carta. ¡Cuánto me consuela! Me he reído de veras.
Ya se me pararon los _esplines_; ya no lloro; ya soy feliz, tan feliz
que no _sabo_ expresarlo. Pero no me engatusas, no, con tus limoneros
y tus acequias de _undosa corriente_. Yo libre y honrada, te acepto
así, aldeanote y criador de pollos. Tú como eres, yo como _ero_. Eso de
que dos que se aman han de volverse iguales, y han de pensar lo mismo,
no me cabe a mí en la cabeza. ¡El uno para el otro! ¡Dos en uno! ¡Qué
bobadas inventa el egoísmo! ¿A qué esa confusión de los caracteres?
Sea cada cual como Dios le ha hecho, y siendo distintos, se amarán
más. Déjame suelta, no me amarres, no borres mi... ¿lo digo? Estas
palabras tan sabias se me atragantan; pero en fin, la soltaré... mi
_doisingracia_.
»A propósito. Mi maestra dice que pronto sabré más que ella. La
pronunciación es el caballo de batalla; pero ya me soltaré, no te
apures, que esta lengüecita mía hace todo lo que quiero. Y ahora,
allá van los golpes de incensario que me echo a mí misma. ¡Qué
modesta es la nena! Pues señor, sabrás que domino la Gramática, que
me bebo el Diccionario, que mi memoria es prodigiosa, lo mismo que
mi entendimiento (no, si no lo digo yo; lo dice _la señá_ Malvina.)
Esta no se anda en bromas, y sostiene que conmigo hay que empezar por
el fin. De manos a boca nos hemos _ponido_ a leer a _Don Guillermo_,
al inmenso poeta, _el que más ha creado después de Dios_, como dijo
Séneca..., no, no, Alejandro Dumas. Doña Malvina se sabe de memoria
el Glosario, y conoce al dedillo el texto de todos los dramas y
comedias. Me dio a escoger, y elegí el _Macbeth_, porque aquella
señora de Macbeth me ha sido siempre muy simpática. Es mi amiga...
En fin, que le metimos el diente a la tragedia. Las brujitas me han
_dicido_ que seré reina... y yo me lo creo. Pero en fin, ello es que
estamos traduciendo. ¡Ay, hijo, aquella exclamación de _la señá_
Macbeth, cuando grita al cielo con toda su alma _unsex me here_,
me hace estremecer, y despierta no sé qué terribles emociones en
lo más profundo de mi naturaleza! Como no perteneces a las _clases
ilustradas_, no entenderás lo que aquello quiere decir, ni yo te lo
explico, porque sería como echar margaritas a... No, eres mi cielo, mi
infierno, mi polo _maznético_, y hacia ti marca siempre tu brújula, tu
chacha querida, tu... _Lady Restitute_.»
Jueves 14.
«¡Ay! no te había dicho nada. El gran D. Lope, _terror de
las familias_, está conmigo como un merengue. El reuma sigue
mortificándole, pero siempre tiene para mí palabras de cariño y
dulzura. Ahora le da por llamarme su hija, por recrear su espíritu
(así lo dice) llamándose mi papá, y por figurarse que lo es. _E se
non piangi, ¿de che pianger suoli?_ Se arrepiente de no haberme
comprendido, de no haber cultivado mi inteligencia. Maldice su
abandono... Pero aún es tiempo; aún podremos ganar el terreno perdido.
Porque yo tenga una profesión que me permita ser honradamente libre,
venderá él la camisa, si necesario fuese. Ha empezado por traerme un
carro de libros, pues en casa jamás los hubo. Son de la biblioteca de
su amigo el marqués de Cícero. Excuso decirte que he caído sobre ellos
como lobo hambriento, y a este quiero, a este no quiero, heme dado
unos atracones que ya, ya... ¡Dios mío, cuánto _sabo_! En ocho días
he tragado más páginas que lentejas dan por mil duros. Si vieras mi
cerebrito por dentro, te asustarías. Allí andan las ideas a bofetada
limpia unas con otras... Me sobran muchas, y no sé con _cuálas_
quedarme... Y lo mismo le hinco el diente a un tomo de historia que a
un tratado de filosofía. ¿A que no sabes tú lo que son las mónadas del
señor de Leibnitz? Tonto, ¿crees que digo _monadas_? Para monadas las
tuyas, dirás, y con razón. Pues si tropiezo con un libro de medicina,
no creas que le hago _fu_. Yo con todo apenco. Quiero saber, saber,
saber. Por cierto que... No, no te lo digo. Otro día será. Es muy
tarde: he velado por escribirte; la _pálida antorcha_ se extingue, bien
mío. Oigo el canto del gallo, _nuncio_ del nuevo día, y ya el plácido
beleño por mis venas se derrama... Vamos, palurdo, confiesa que te ha
hecho gracia lo del beleño... En fin, que estoy rendida, y me voy al
almo lecho... sí, señor, no me vuelvo atrás: almo, almo.»