De la misma al mismo:
«Monigote, ¿en qué consiste que cuanto más sé, y sé ya mucho, más te
idolatro?... Ahora que estoy malita y triste, pienso más en ti...
Curiosón, todo lo quieres saber. Lo que tengo no es nada, nada; pero me
molesta. No hablemos de eso... Hay en mi cabeza un barullo tal, que no
sé si esto es cabeza o el manicomio donde están encerrados los grillos
que han perdido la razón grillesca... ¡Un aturdimiento, un pensar y
pensar siempre cosas mil, millones más bien, de cosas bonitas y feas,
grandes y chicas! Lo más raro de cuanto me pasa es que se me ha borrado
tu imagen: no veo claro tu lindo rostro; lo veo así como envuelto en
una niebla, y no puedo precisar las facciones, ni hacerme cargo de
la expresión, de la mirada. ¡Qué rabia!... A veces me parece que la
neblina se despeja... abro mucho los ojitos de la imaginación, y me
digo: «Ahora, ahora le voy a ver.» Pero resulta que veo menos, que te
oscureces más, que te borras completamente, y abur mi _señó Juan_. Te
me vuelves espíritu puro, un ser intangible, un... no sé cómo decirlo.
Cuando considero la pobreza de palabras, me dan ganas de inventar
muchas, a fin de que todo pueda decirse. ¿Serás tú _mi-mito_?
»Pienso que todo eso que me dices de que estás hecho un ganso es por
burlarte de mí. No, niño, eres un gran artista, y tienes en la mollera
la divina luz; tú darás que hacer a la fama, y asombrarás al mundo
con tu genio maravilloso. Quiero que se diga que Velázquez y Rafael
eran unos pintapuertas comparados contigo. Lo tienen que decir. Tú me
engañas: echándotelas de patán y de huevero y de _naranjista_, trabajas
en silencio, y me preparas la gran sorpresa. ¡No son malos huevos los
que tú empollas! Estás preparando con estudios parciales el gran cuadro
que era tu ilusión y la mía, el _Embarque de los moriscos expulsados_,
para el cual apuntaste ya algunas figuras. Hazlo, por Dios, trabaja en
eso. ¡Asunto histórico, profundamente humano y patético! No vaciles,
y déjate de gallinas y vulgaridades estúpidas. ¡El arte! ¡La gloria,
_señó Juanico_! Es la única rival de quien no tengo celos. Súbete a los
cuernos de la luna, pues bien puedes hacerlo. Si hay otros que regarán
las hortalizas mejor que tú, ¿por qué no intentas lo que nadie como
tú hará? ¿No debe cada cual estar en lo suyo? Pues lo tuyo es eso, el
divino arte, en que tan poco te falta para ser maestro. He dicho.»
Lunes.
«¿Te lo digo? No, no te lo digo. Te vas a asustar, creyendo que es
más de lo que es. No, permíteme que no te diga nada. Ya estoy viendo
los morros que me pones por este sistema mío de apuntar y no hacer
fuego, diciendo las cosas con misterio y callándolas sin dejar de
decirlas. Pues entérate, aguza el oído y escucha. ¡Ay, ay, ay! ¿No
oyes cómo se queja tu _Beatricita_? ¿Crees que se queja de amor, que
se arrulla como tus palomas? No, quéjase de dolor físico. ¿Pensarás
que estoy tísica pasada, como la _Dama de las camelias_? No, hijo mío.
Es que D. Lope me ha pegado su reuma. Hombre, no te asustes; D. Lope
no puede pegarme nada, porque... ya sabes... No hay caso. Pero se dan
contagios intencionales. Quiero decir que mi tirano se ha vengado de
mis desdenes, comunicándome por arte gitanesco o de mal de ojo la
endiablada enfermedad que padece. Hace dos días, al levantarme de la
cama, sentí un dolor tan agudo, pero tan agudo, hijo... No quiero
decirte dónde: ya sabes que una señorita, inglesa por añadidura, _miss
Restitute_, no puede nombrar decorosamente, delante de un hombre, otras
partes del cuerpo que la cara y las manos. Pero, en fin, grandísimo
poca vergüenza, yo tengo confianza contigo, y quiero decírtelo claro:
me duele una pierna. ¡Ay, ay, ay! ¿Sabes dónde? Junto a la rodilla, do
existe aquel lunar... ¡Vamos, que si esto no es confianza...! ¿No te
parece cruel lo que hace Dios conmigo? ¡Que a ese perdulario le cargue
de achaques en su vejez, como castigo de una juventud de crímenes
contra la moral, muy santo y muy bueno; pero que a mí, jovenzuela que
empiezo a pecar, que apenas..., y esto con circunstancias atenuantes,
que a mí me aflija, a las primeras de cambio, con tan fiero castigo...!
Ello será todo lo justo que se quiera, pero no lo entiendo. Verdad
que somos unos papanatas. ¡No faltaba más sino que entendiéramos los
designios, etc...! En fin, que los decretos del Altísimo me traen muy
apenada. ¿Qué será esto? ¿No se me quitará pronto? Me desespero a
ratos, y creo que no es Dios, que no es el Altísimo, sino el _Bajísimo_
quien me ha traído este alifafe. El Demonio es mala persona y quiere
vengarse de mí por lo que le hice rabiar. Poco antes de conocerte,
mi desesperación anduvo en tratos con él; pero te conocí, y le mandé
a freír espárragos. Me salvaste de caer en sus uñas. El maldito
juró vengarse, y ya lo ves. ¡Ay, ay, ay! Tu _Restituta_, tu _Curra
de Rímini_ está cojita. No creas que es broma: no puedo andar... Me
causa terror la idea de que, si estuvieras aquí, no podría yo ir a tu
estudio. Aunque sí, iría, vaya si iría, arrastrándome. ¿Y tú me querrás
cojitranca? ¿No te burlarás de mí? ¿No perderás la ilusión? Dime que
no; dime que esta cojerilla es cosa pasajera. Vente para acá; quiero
verte, me mortifica horriblemente esto de haber perdido la memoria de
tu carátula. Me paso largos ratos de la noche figurándome cómo eres,
sin poder conseguirlo. ¿Y qué hace la niña? Reconstruirte a su manera,
crearte con violencias de la imaginación. Ven pronto, y por el camino
pídele a Dios, como yo se lo pido, que cuando llegues no cojee ya tu
_fenómena_.»
Martes.
«¡Albricias, _señó Juan_, hombre rústico y pedestre, destripaterrones,
moro de los dátiles, albricias! Ya no me duele. Hoy no cojeo. ¡Qué
alivio, qué alegrón! D. Lope celebra mi mejoría; pero se me figura a
mí que en su fuero interno (un foro de muchas esquinas) siente que
la esclava no claudique, porque la cojera es como un grillete que la
sujeta más a su malditísima persona... Tu carta me ha hecho reír mucho.
Eso de no ver en mi enfermedad más que una luxación por los brincos
que doy para escalar _de la inmortalidad el alto asiento_, tiene mucha
sal. Lo que me aflige es que persistas en ser tan rebrutísimo y en
apegarte a esas cominerías ramplonas. ¡Que la vida es corta y hay que
gozar de ella! ¡Que el arte y la gloria no valen dos ochavos! No decías
eso cuando nos conocimos, grandísimo tuno. ¡Que en vez de brincar,
debo sentarme con muchísima pachorra en las losas calentitas de la
vida doméstica! ¡Hijo, si no puedo; si cada vez soy menos doméstica!
Mientras más lecciones le da Saturna, más torpe es la niña. Si esto es
una falta grave, ten lástima de mí.
»¡Qué feliz soy! Primero: me dices tú que vendrás pronto. Segundo: ya
no cojeo. Tercero..., no, lo tercero no te lo digo. Vamos, para que no
te devanes los sesos, allá va. Anoche estuve muy desvelada, y una idea
mariposeaba en torno de mí, hasta que se me metió en la mollera, y
allí se quedó; y hecho su nido, ya me tienes con mi plaga de ideítas
que me están atormentando, y que te comunicaré incontinenti. Sabrás que
ya he resuelto el temido problema. La esfinge de mi destino desplegó
los marmóreos labios, y me dijo que para ser libre y honrada, para
gozar de independencia y vivir de mí misma, debo ser actriz. Y yo he
dicho que sí; lo apruebo, me siento actriz. Hasta ahora dudé de poseer
las facultades del arte escénico; pero ya estoy segura de poseerlas. Me
lo dicen ellas mismas gritando dentro de mí. ¡Representar los afectos,
las pasiones, fingir la vida! ¡Jesús, qué cosa más fácil! ¡Si yo sé
sentir, no solo lo que siento, sino lo que sentiría en los varios casos
de la vida que puedan ocurrir! Con esto, y buena voz, y una figura
que... vamos, no es maleja, tengo todo lo que me basta.
»Ya, ya veo lo que me dices: que me faltará presencia de ánimo para
soportar la mirada de un público, que me cortaré... Quítate, hombre,
¡qué he de turbarme yo! No tengo vergüenza, dicho sea en el mejor
sentido. Te juro que en este instante me encuentro con alientos para
representar los más difíciles dramas de pasión, las más delicadas
comedias de gracia y coquetería. ¿Qué? ¿Te burlas? ¿No me crees? Pues a
probarlo. Que me saquen a la escena, y verás quién es tu _Restituta_.
Nada, hombre, que ya te convencerás, ya te irás convenciendo. ¿A ti
qué te parece? Ya me figuro que no te gustará, que tendrás celos del
teatro. Eso de que un galán me abrace, eso de que a un actorcillo
cualquiera tenga yo que hacerle mimos y decirle mil ternezas, te
desagrada, ¿verdad? Ni tiene maldita gracia que veinte mil majaderos
se prenden de mí, y me lleven ramos, y se crean autorizados para
declararme la mar de pasiones volcánicas. No, no seas tonto. Yo te
quiero más que a mi vida. Pero hazme el favor de concederme que el arte
escénico es un arte noble, de los pocos que puede cultivar honradamente
una mujer. Concédemelo, bruto, y también que esa profesión me dará
independencia, y que en ella sabré y podré quererte más, siempre más,
sobre todo si te decides a ser grande hombre. Hazme el favor de serlo,
niño, y no te vea yo convertido en un terrateniente vulgar y oscuro. No
me hables a mí de dulces tinieblas. Quiero luz, más luz, siempre más
luz.»
Sábado.
«¡Ay, ay, ay! Mi gozo en un pozo. Estarás en ascuas, sin carta mía
desde el martes. ¿Pero no sabes lo que me pasa? Me muero de pena...
¡Coja otra vez, con dolores horribles! He pasado tres días crueles.
La mejoría traidora del martes me engañó. El miércoles, después de
una noche infernal, amanecí en un grito. D. Lope trajo al médico, un
tal Miquis, joven y agradable. ¡Qué vergüenza! No tuve más remedio
que enseñarle mi pierna. Vio el lunarcito, ¡ay, ay, ay!, y me dijo
no sé qué bromas para hacerme reír. Creo que su pronóstico no es muy
tranquilizador, aunque don _Lepe_ asegura lo contrario, sin duda para
animarme. Dios mío, ¿cómo voy a ser actriz con esta cojera maldita?
No puede ser, no puede ser. Estoy loca: no pienso más que horrores. Y
todo ello ¿qué es? Nada; alrededor del lunarcito, una dureza..., y si
me toco, veo las estrellas, lo mismo que si ando. Ese Miquis, que parta
un rayo, me ha mandado no sé qué ungüentos, y una venda sin fin, que
Saturna me arrolla con muchísimo cuidado... ¡Estoy bien, vive Dios!
Tienes a tu _Beatrice_ hecha una cataplasma. Debo de estar feísima,
¡y qué facha!... Te escribo en el sillón, del cual no puedo moverme.
Saturna mantiene el tintero... ¿Y cómo te veo ahora si vienes? No, no
vengas hasta que esto se me quite. Yo le pido a Dios y a la Virgen que
me curen pronto. No he sido tan mala que este castigo merezca. ¿Qué
crimen he cometido? ¿Quererte? ¡Vaya un crimen! Como tengo esta maldita
costumbre de buscar siempre el _perché delle cose_, cavilo que Dios se
ha equivocado con respecto a mí. ¡Jesús, qué blasfemia! No, ¡cuando Él
lo hace...! Sufriremos; venga paciencia, aunque francamente, esto de
no poder ser actriz me vuelve loca y me hace tirar a un lado toda la
paciencia que había podido reunir... ¿Pero y si me curo?... Porque esto
se curará, y no cojearé, o cojearé tan poquito que lo pueda disimular.
»Vamos, que si ahora no tienes lástima de mí, no sé para cuándo
la guardas. Y si ahora no me quieres más, más, más, mereces que
el _Bajísimo_ te coja por su cuenta y te saque los ojos. ¡Soy tan
desgraciada!... No sé si por la congoja que siento o efecto de la
enfermedad, ello es que todas las ideas se me han escapado, como si
se echaran a volar. Volverán, ¿no crees tú que volverán? Y me pongo a
pensar y digo: pero, Señor, todo lo que leí, todo lo que aprendí en
tantos librotes, ¿dónde está? Debe de andar revoloteando en torno de
mi cabeza, como revolotean los pajaritos alrededor del árbol antes de
acostarse, y ya entrarán, ya entrará todo otra vez. Es que estoy muy
triste, muy desalentada, y la idea de andar con muletas me abruma. No,
yo no quiero ser coja. Antes...
»Malvina, por distraerme, me propone que la emprendamos con el alemán.
La he mandado a paseo. No quiero alemán, no quiero lenguas, no quiero
más que salud, aunque sea más tonta que un cerrojo. ¿Me querrás tú
cojita? ¡No, si me curaré...! ¡Pues no faltaba más! Si no, sería una
injusticia muy grande, una barbaridad de la Providencia, del Altísimo,
del... no sé qué decir. Me vuelvo loca. Necesito llorar, pasarme todo
el día llorando...; pero estoy rabiosa, y con rabia no puedo llorar.
Tengo odio a todo el género humano, menos a ti. Quisiera que ahorcaran
a doña Malvina, que fusilaran a Saturna, que a D. Lope le azotaran
públicamente, paseándole en un burro, y después le quemaran vivo. Estoy
atroz, no sé lo que pienso, no sé lo que digo...»