Tan voluble y extremosa era en sus impresiones la señorita de Reluz,
que fácilmente pasaba del júbilo desenfrenado y epiléptico a una
desesperación lúgubre. He aquí la muestra:
«_Caro bene, mio diletto_, ¿es verdad que me quieres tanto y que en
tanto me estimas? Pues a mí me da por dudar que sea verdad tanta
belleza. Dime: ¿existes tú o no eres más que un fantasma vano, obra
de la fiebre, de esta ilusión de lo hermoso y de lo grande que me
trastorna? Hazme el favor de echar para acá una carta _fuera de
abono_ o un telegrama que diga: _Existo. Firmado, señó Juan_... Soy
tan feliz, que a veces paréceme que vivo suspendida en el aire, que
mis pies no tocan la tierra, que huelo la eternidad y respiro el
airecillo que sopla más allá del sol. No duermo. ¡Ni qué falta me hace
dormir!... Más quiero pasarme toda la noche pensando que te gusto y
contando los minutos que faltan para ver tu jeta preciosa. No son
tan felices como yo los justos que están en éxtasis a la _verita_ de
la Santísima Trinidad; no lo son, no pueden serlo... Solo un recelo
chiquito y fastidioso, como el grano de tierra que en un ojo se nos
mete y nos hace sufrir tanto, me estorba para la felicidad absoluta.
Y es la sospecha de que todavía no me quieres bastante, que no has
llegado al supremo límite del querer, ¿qué digo límite, si no lo hay?,
al principio del último cielo, pues yo no puedo hartarme de pedir
más, más, siempre más; y no quiero, no quiero sino cosas infinitas,
entérate..., todo infinito, infinitísimo, o nada... ¿Cuántos abrazos
crees que te voy a dar cuando llegues? Ve contando. Pues tantos como
segundos tarde una hormiga en dar la vuelta al globo terráqueo. No;
más, mucho más. Tantos como segundos tarde la hormiga en partir en dos,
con sus patas, la esferita terrestre, dándole vueltas siempre por una
misma línea... Conque saca esa cuenta, tonto.»
Y otro día:
«No sé lo que me pasa, no vivo en mí, no puedo vivir de ansiedad, de
temor. Desde ayer no hago más que imaginar desgracias, suponer cosas
tristes: o que tú te mueres, y viene a contármelo D. Lope con cara de
regocijo, o que me muero yo y me meten en aquella caja horrible, y
me echan tierra encima. No, no; no quiero morirme, no me da la gana.
No deseo saber lo de allá, no me interesa. Que me resuciten, que me
vuelvan mi vidita querida. Me espanta mi propia calavera. Que me
devuelvan mi carne fresca y bonita, con todos los besos que tú me has
dado en ella. No quiero ser solo huesos fríos y después polvo. No, esto
es un engaño. Ni me gusta que mi espíritu ande pidiendo hospitalidad
de estrella en estrella, ni que San Pedro, calvo y con cara de malas
pulgas, me dé con la puerta en los hocicos... Pues aunque supiera que
había de entrar allí, no me hablen de muerte; venga mi vidita mortal
y la tierra en que padecí y gocé, en que está mi pícaro _señó Juan_.
No quiero yo alas ni alones, ni andar entre ángeles sosos que tocan
el arpa. Déjenme a mí de arpas y acordeones, y de fulgores celestes.
Venga vida mortal, y salud y amor, y todo lo que deseo.
»El problema de mi vida me anonada más cuanto más pienso en él.
Quiero ser algo en el mundo, cultivar un arte, vivir de mí misma.
El desaliento me abruma. ¿Será verdad, Dios mío, que pretendo un
imposible? Quiero tener una profesión, y no sirvo para nada, ni sé nada
de cosa alguna. Esto es horrendo.
»Aspiro a no depender de nadie, ni del hombre que adoro. No quiero ser
su manceba, tipo innoble, la hembra que mantienen algunos individuos
para que les divierta, como un perro de caza; ni tampoco que el hombre
de mis ilusiones se me convierta en marido. No veo la felicidad en el
matrimonio. Quiero, para expresarlo a mi manera, estar casada conmigo
misma, y ser mi propia cabeza de familia. No sabré amar por obligación;
solo en la libertad comprendo mi fe constante y mi adhesión sin
límites. Protesto, me da la gana de protestar contra los hombres, que
se han cogido todo el mundo por suyo, y no nos han dejado a nosotras
más que las veredas estrechitas por donde ellos no saben andar...
«Estoy cargante, ¿verdad? No hagas caso de mí. ¡Qué locuras!, no sé lo
que pienso, ni lo que escribo; mi cabeza es un nidal de disparates.
¡Pobre de mí! Compadéceme; hazme burla... Manda que me pongan la camisa
de fuerza, y que me encierren en una jaula. Hoy no puedo escribirte
ninguna broma, no está la masa para rosquillas. No sé más que llorar,
y este papel te lleva un _botiquín_ de lágrimas. Dime tú, ¿por qué he
nacido?, ¿por qué no me quedé allá, en el regazo de la señora nada, tan
hermosa, tan tranquila, tan dormilona, tan...?, no sé acabar.»
En tanto que estas ráfagas tempestuosas cruzaban el largo espacio
entre la villa mediterránea y Madrid, en el espíritu de Horacio se
iniciaba una crisis, obra de la inexorable ley de adaptación, que hubo
de encontrar adecuadas condiciones locales para cumplirse. La suavidad
del clima le embelesaba, y los encantos del paisaje se abrieron paso al
fin, si así puede decirse, por entre las brumas que envolvían su alma.
El Arte se confabuló con la Naturaleza para conquistarle, y habiendo
pintado un día, después de mil tentativas infructuosas, una marina
soberbia, quedó para siempre prendado del mar azul, de las playas
luminosas y del risueño contorno de tierra. Los términos próximos y
lejanos, el pintoresco anfiteatro de la villa, los almendros, los
tipos de labradores y mareantes le inspiraban deseos vivísimos de
transportarlo todo al lienzo; entrole la fiebre del trabajo, y por fin,
el tiempo, antes tan estirado y enojoso, hízosele breve y fugaz; de tal
modo que, al mes de residir en Villajoyosa, las tardes se comían las
mañanas, y las noches se merendaban las tardes, sin que el artista se
acordara de merendar ni de comer.
Fuera de esto, empezó a sentir las querencias del propietario, esas
atracciones vagas que sujetan al suelo la planta, y el espíritu a
las pequeñeces domésticas. Suya era la hermosa casa en que vivía con
doña Trini: un mes tardó en hacerse cargo de su comodidad y de su
encantadora situación. La huerta poblada de añosos frutales, algunos de
especies rarísimas, todos en buena conservación, suya era también, y el
fresal espeso, la esparraguera y los plantíos de lozanas hortalizas;
suya la acequia que atravesaba caudalosa la huerta y terrenos
colindantes. No lejos de la casa, podía mirar asimismo con ojos de
propietario un grupo de palmeras gallardas, de bíblica hermosura, y un
olivar de austero color, con ejemplares viejos, retorcidos y verrugosos
como los de Getsemaní. Cuando no pintaba, echábase a pasear de largo,
en compañía de gentes sencillas del pueblo, y sus ojos no se cansaban
de contemplar la extensión cerúlea, el siempre admirable _botiquín_,
que a cada instante cambiaba de tono, como inmenso ser vivo, dotado de
infinita impresionabilidad. Las velas latinas que lo moteaban, blancas
a veces, a veces resplandecientes como tejuelos de oro bruñido, añadían
toques picantes a la majestad del grandioso elemento, que algunas
tardes parecía lechoso y dormilón, otras rizado y transparente,
dejando ver, en sus márgenes quietas, cristalinos bancos de esmeralda.
Lo que observaba Horacio, dicho se está que al punto era comunicado a
Tristana.
Del mismo a la misma:
«¡Ay, niña mía, no sabes cuán hermoso es esto! Pero ¿cómo has de
comprenderlo tú, si yo mismo he vivido hasta hace poco ciego a tanta
belleza y poesía? Admiro y amo este rincón del planeta, pensando que
algún día hemos de amarlo y admirarlo juntos. ¡Pero si estás conmigo
aquí, si en mí te llevo, y no dudo que tus ojos ven dentro de los
míos lo que los míos ven...! ¡Ay, _Restitutilla_, cuánto te gustaría
mi casa, _nuestra_ casa, si en ella te vieras! No me satisface, no,
tenerte aquí en espíritu. ¡En espíritu! Retóricas, hija, que llenan
los labios y dejan vacío el corazón. Ven, y verás. Resuélvete a dejar
a ese viejo absurdo, y casémonos ante este altar incomparable, o ante
cualquier otro altarito que el mundo nos designe, y que aceptaremos
para estar bien con él... ¿No sabes? Me he franqueado con mi ilustre
tía. Imposible guardar más tiempo el secreto. Pásmate, chiquilla; no
puso mala cara. Pero aunque la pusiera..., ¿y qué? Le he dicho que te
tengo ley, que no puedo vivir sin ti, y ha soltado la risa. ¡Vaya,
que tomar a broma una cosa tan seria! Pero más vale así... Dime que
te alegra lo que te cuento hoy, y que al leerme te entran ganas de
echar a correr para acá. Dime que has hecho el hatillo, y me lanzo a
buscarte. No sé lo que pensará mi tía de una resolución tan _súpita_.
Que piense lo que quiera. Dime que te gustará esta vida oscura y
deliciosa; que amarás esta paz campestre; que aquí te curarás de las
locas efervescencias que turban tu espíritu, y que anhelas ser una
feliz y robusta villana, ricachona en medio de la sencillez y la
abundancia, teniendo por maridillo al más chiflado de los artistas, al
más espiritual habitante de esta tierra de luz, fecundidad y poesía.
»_Nota bene._ Tengo un palomar que da la hora, con treinta o más pares.
Me levanto al alba, y mi primera ocupación es abrirles la puerta. Salen
mis amiguitas adoradas, y para saludar al nuevo día, dan unas cuantas
vueltas por el aire, trazando espirales graciosas; después vienen a
comer a mi mano, o en derredor de mí, hablándome con sus arrullos un
lenguaje que siento no poder transmitirte. Convendría que tú lo oyeras
y te enteraras por ti misma.»