Como contrapeso moral y físico de la enormísima exaltación de las
tardes, Horacio, al retirarse de noche a su casa, se derrumbaba en
el seno tenebroso de una melancolía sin ideas, o con ideas vagas,
toda languidez y zozobra indefinibles. ¿Qué tenía? No le era fácil
contestarse. Desde los tiempos de su lento martirio en poder del
abuelo, solía padecer fuertes ataques periódicos de _spleen_, que se
le renovaban en todas las circunstancias anormales de su vida. Y no
era que en aquellas horas de recogimiento se hastiara de Tristana, o
tuviese dejos amargos de las dulzuras del día, no; la visión de ella
le acosaba; el recuerdo fresquísimo de sus donaires ponía en continuo
estremecimiento su naturaleza, y antes que buscar un término a tan
abrasadoras emociones, deseaba repetirlas, temeroso de que algún
día pudieran faltarle. Al propio tiempo que consideraba su destino
inseparable del de aquella singular mujer, un terror sordo le rebullía
en el fondo del alma, y por más que procuraba, haciendo trabajar
furiosamente a la imaginación, figurarse el porvenir al lado de
Tristana, no podía conseguirlo. Las aspiraciones de su ídolo a cosas
grandes causábanle asombro; pero al querer seguirla por los caminos que
ella con tenacidad graciosa señalaba, la hechicera figura se le perdía
en un término nebuloso.
No causaron inquietud a doña Trinidad (que así se llamaba la señora
con quien Horacio vivía) las murrias de su sobrino, hasta que pasado
algún tiempo advirtió en él un aplanamiento sospechoso. Entrábale como
un sopor, conservando los ojos abiertos, y no había medio de sacarle
del cuerpo una palabra. Veíasele inmóvil en un sillón del comedor, sin
prestar la menor atención a la tertulia de dos o tres personas que
amenizaban las tristes noches de doña Trini. Era esta de dulcísimo
carácter, achacosa, aunque no muy vieja, y derrumbada por los pesares
que habían gravitado sobre ella, pues no tuvo tranquilidad hasta que
se quedó sin padre y sin marido. Bendecía la soledad, y debía mucha
gratitud a la muerte.
De su vida de afanes quedole una debilidad nerviosa, relajación de
los músculos de los párpados. No abría los ojos sino a medias, y esto
con dificultad en ciertos días, o cuando reinaban determinados aires,
llegando a veces al sensible extremo de tener que levantarse el párpado
con los dedos si quería ver bien a una persona. Por añadidura, estaba
muy delicadita del pecho, y en cuanto entraba el invierno se ponía
fatal, ahogada de tos, con horribles frialdades en pies y manos, y todo
se le volvía imaginar defensas contra el frío, en la casa como en su
persona. Adoraba a su sobrino, y por nada del mundo se separaría de él.
Una noche, después de comer, y antes de que llegaran los tertulios,
doña Trini se sentó, hecha un ovillo, frente a la butaca en que Horacio
fumaba, y le dijo:
--Si no fuera por ti, yo no aguantaría las crudezas de este frío
maldito que me está matando. ¡Y pensar que con irme a tu casa de
Villajoyosa resucitaría! ¿Pero cómo me voy y te dejo aquí solo?
Imposible, imposible.
Replicole el sobrino que bien podía irse y dejarle, pues nadie se lo
comería.
--¡Quién sabe, quién sabe si te comerán...! Tú andas también
delicadillo. No me voy; no me separo de ti por nada de este mundo.
Desde aquella noche empezó una lucha tenaz entre los deseos de
emigración de la señora y la pasividad sedentaria del señorito.
Anhelaba doña Trini largarse; él también quería que se fuera, porque
el clima de Madrid la minaba rápidamente. Habría tenido gusto en
acompañarla; pero ¿cómo, ¡Santo Dios!, si no veía forma humana de
romper su amorosa cadena, ni siquiera de aflojarla?
--Iré a llevarla a usted --dijo a su tía, buscando una transacción--, y
me volveré en seguida.
--No, no.
--Iré después a buscarla a usted, a la entrada de primavera.
--Tampoco.
La tenacidad de doña Trini no se fundaba solo en su horror al invierno,
que aquel año vino con espada en mano. Nada sabía concretamente de
los devaneos de Horacio; pero sospechaba que algo anormal y peligroso
ocurría en la vida del joven, y con feliz instinto estimó conveniente
llevársele de Madrid. Alzando la cabeza para mirarle bien, pues aquella
noche funcionaban muy mal los párpados, y abrir no podía más que un
tercio de ojos, le dijo:
--Pues me parece que en Villajoyosa pintarías como aquí, y aun mejor.
En todas partes hay Naturaleza y natural... Y sobre todo, tontín, allí
te librarás de tanto quebradero de cabeza, y de las angustias que estás
pasando. Te lo dice quien bien te quiere, quien sabe algo de este mundo
traicionero. No hay cosa peor que apegarse a un vicio de querer...
Despréndete de un tirón. Pon tierra por medio.
Dicho esto, doña Trini dejó caer el párpado, como tronera que se cierra
después de salir el tiro. Horacio nada contestó; pero las ideas de su
tía quedaron en su mente como semillas dispuestas a germinar. Repitió
sus sabias exhortaciones a la siguiente noche la simpática viuda, y a
los dos días ya no le pareció al pintor muy disparatada la idea de
partir, ni vio, como antes, en la separación de su amada, un suceso tan
grave como la rotura del planeta en pedazos mil. De improviso sintió
que del fondo de su naturaleza salía un prurito, una reclamación de
descanso. Su existencia toda pedía tregua, uno de esos paréntesis que
la guerra y el amor suelen solicitar con necesidad imprescindible para
poder seguir peleando y viviendo.
La primera vez que comunicó a Tristana los deseos de doña Trini,
aquella puso el grito en el Cielo. Él también se indignó; protestaron
ambos contra el importuno viaje, y... _antes morir que consentir
tiranos_.
Mas otro día, tratando de lo mismo, Tristana pareció conformarse.
Sentía lástima de la pobre viuda. ¡Era tan natural que no quisiera ir
sola...! Horacio afirmó que doña Trini no resistiría en Madrid los
rigores del invierno, ni se determinaba a separarse de su sobrino.
Mostrose la de Reluz más compasiva, y por fin... ¿Sería que también
a ella le pedían el cuerpo y el alma tregua, paréntesis, solución
de continuidad? Ni uno ni otro cedían en su amoroso anhelo; pero la
separación no les asustaba; al contrario, querían probar el desconocido
encanto de alejarse, sabiendo que era por tiempo breve; probar el sabor
de la ausencia, con sus inquietudes, el esperar y recibir cartas, el
desearse recíprocamente, y el contar lo que faltaba para tenerse de
nuevo.
En resumidas cuentas, que Horacio tomó las de Villadiego. Tierna
fue la despedida: se equivocaron, creyéndose con serenidad bastante
para soportarla, y al fin se hallaban como condenados al patíbulo.
Horacio, la verdad, no se sintió muy pesaroso por el camino; respiraba
con desahogo, como jornalero en sábado por la tarde, después de una
semana de destajo; saboreaba el descanso moral, el placer pálido de
no sentir emociones fuertes. El primer día de Villajoyosa ninguna
novedad ocurrió. Tan conforme el hombre, y muy bien hallado con su
destierro. Pero al segundo día, aquel mar tranquilo de su espíritu
empezó a moverse y picarse con leve ondulación, y luego fue el crecer,
el encresparse. A los cuatro días el hombre no podía vivir de soledad,
de tristeza, de privación. Todo le aburría: la casa, doña Trini, la
parentela. Pidió auxilio al arte, y el arte no le proporcionó más
que desaliento y rabia. El paisaje hermosísimo, el mar azul, las
pintorescas rocas, los silvestres pinos, todo le ponía cara fosca.
La primera carta le consoló en su soledad; no podían faltar en ella
ausencias dulcísimas, ni aquello tan sobado de _nessun maggior
dolore_..., ni los términos del vocabulario formado en las continuas
charlas de amor. Habían convenido en escribirse dos cartitas por
semana, y resultaba carta _todos los días diariamente_, según decía
Tristana. Si las de él ardían, las de ella quemaban. Véase la clase:
«He pasado un día cruel y una noche de todos los perros de la jauría
de Satanás. ¿Por qué te fuiste?... Hoy estoy más tranquila; oí misa,
recé mucho. He comprendido que no debo quejarme, que hay que poner
frenos al egoísmo. Demasiado bien me ha dado Dios, y no debo ser
exigente. Merezco que me riñas y me pegues, y aunque me quieras un
poco menos (¡no, por Dios!), cuando me aflijo por una ausencia breve y
necesaria... Me mandas que esté tranquila, y lo estoy. _Tu duca_, _tu
maestro_, _tu signore_. Sé que mi _señó Juan_ volverá pronto, que ha de
quererme siempre, y _Paquita de Rímini_ espera confiada, y se resigna
con su _soleá_.»
De él a ella:
«Hijita, ¡qué días paso! Hoy quise pintar un burro, y me salió...
algo así como un pellejo de vino con orejas. Estoy de remate; no veo
el color, no veo la línea, no veo más que a mi _Restituta_, que me
encandila los ojos con sus monerías. Día y noche me persigue la imagen
de mi monstrua serrana, con todo el pesquis del Espíritu Santo y toda
la sal del _botiquín_.»
(_Nota del colector_: Llamaban _botiquín_ al mar por aquel cuento
andaluz del médico de a bordo, que todo lo curaba con agua salada.)
«... Mi tía no está bien. No puedo abandonarla. Si tal barbaridad
hiciera, tú misma no me la perdonarías. Mi aburrimiento es una horrible
tortura que se le quedó en el tintero a nuestro amigo Alighieri.
»He vuelto a leer tu carta del jueves, la de las pajaritas, la de
los éxtasis... _inteligenti pauca_. Cuando Dios te echó al mundo,
llevose las manos a la cabeza augusta, arrepentido y pesaroso de haber
gastado en ti todo el ingenio que tenía dispuesto para fabricar cien
generaciones. Haz el favor de no decirme que tú no vales, que eres
un cero. ¡Ceritos a mí! Pues yo te digo, aunque la modestia te salga
a la cara como una aurora boreal, yo te digo, ¡oh _Restituta_!, que
todos los bienes del mundo son una _perra chica_ comparados con lo que
tú vales; y que todas las glorias humanas, soñadas por la ambición y
perseguidas por la fortuna, son un _zapato viejo_ comparadas con la
gloria de ser tu dueño... No me cambio por nadie... No, no, digo mal:
quisiera ser Bismarck para crear un imperio y hacerte a ti emperatriz.
Chiquilla, yo seré tu vasallo humilde; pisotéame, escúpeme, y manda que
me azoten.»
De ella a él:
«... Ni en broma me digas que puede mi _señó Juan_ dejar de quererme.
No conoces tú bien a tu _Panchita de Rímini_, que no se asusta de la
muerte, y se siente con valor para _suicidarse a sí misma_ con la
mayor sal del mundo. Yo me mato como quien se bebe un vaso de agua.
¡Qué gusto, qué dulcísimo estímulo de curiosidad! ¡Enterarse de todo
lo que hay por allá!, y verle la cara al _pusuntra_!... ¡Curarse
radicalmente de aquella dudita fastidiosa de _ser o no ser_, como dijo
_Chispecrís_...! En fin, que no me vuelvas a decir eso de quererme un
poquito menos, porque mira tú..., ¡si vieras qué bonita colección de
revólveres tiene mi D. _Lepe_! Y te advierto que lo sé manejar, y que
si me atufo, ¡pim!, me voy a dormir la siesta con el Espíritu Santo...»
¡Y cuando el tren traía y llevaba todo este cargamento de
sentimentalismo, no se inflamaban los ejes del coche correo, ni se
disparaba la locomotora, como corcel en cuyos ijares aplicaran espuelas
calentadas al rojo! Tantos ardores permanecían latentes en el papelito
en que estaban escritos.