XV

Bonito, realmente bonito a no poder más era el presente, y Horacio

se extasiaba en él, como si transportado se viera a un rincón de la

eterna gloria. Mas era hombre de carácter grave, educado en la soledad

meditabunda, y por costumbre medía y pesaba todas las cosas, previendo

el desarrollo posible de los sucesos. No era de estos que fácilmente

se embriagan con las alegrías, sin ver el reverso de ellas. Su claro

entendimiento le permitía analizarse con observación segura, examinando

bien su ser inmutable al través de los delirios o tempestades que en

él se iban sucediendo. Lo primero que encontró en aquel análisis fue

la seducción irresistible que la damita japonesa sobre él ejercía,

fenómeno que en él era como una dulce enfermedad, de que no quería en

ningún modo curarse. Consideraba imposible vivir sin sus gracias, sin

sus monerías inenarrables, sin las mil formas fascinadoras que la

divinidad tomaba en ella al humanizarse. Encantábale su modestia cuando

humilde se mostraba, y su orgullo cuando se embravecía. Sus entusiasmos

locos y sus desalientos o tristezas le enamoraban del mismo modo.

Jovial, era deliciosa la niña; enojada, también. Reunía un sin fin de

dotes y cualidades, graves las unas, frívolas y mundanas las otras; a

veces su inteligencia juzgaba de todo con claro sentido, a veces con

desvarío seductor. Sabía ser dulce y amarga, blanda y fresca como el

agua, ardiente como el fuego, vaga y rumorosa como el aire. Inventaba

travesuras donosas, vistiéndose con los trajes de los modelos, e

improvisando monólogos, o comedias en que ella sola hacía dos o tres

personajes; pronunciaba discursos saladísimos; remedaba a su viejo D.

Lope; y en suma, tales talentos y donaires iba sacando, que el buen

Díaz, enamorado como un salvaje, pensaba que su amiguita compendiaba y

resumía todos los dones concedidos a la naturaleza mortal.

Pues en el ramo, si así puede llamarse, de la ternura, era la señorita

de Reluz igualmente prodigiosa. Sabía expresar su cariño en términos

siempre nuevos; ser dulce sin empalagar, candorosa sin insulsez,

atrevidilla sin asomos de corrupción, con la sinceridad siempre por

delante, como la primera y más visible de sus infinitas gracias. Y

Horacio, viendo además en ella algo que sintomatizaba el precioso

mérito de la constancia, creía que la pasión duraría en ambos tanto

como la vida, y aún más; porque, como creyente sincero, no daba por

extinguidos sus ideales en la oscuridad del morir.

El arte era el que salía perdiendo con estas pasiones eternas y estos

crecientes ardores. Por las mañanas se entretenía pintando flores o

animales muertos. Llevábanle el almuerzo del merendero del Riojano,

y comía con voracidad, abandonando los restos en cualquier mesilla

del estudio. Este ofrecía un desorden encantador, y la portera, que

intentaba arreglarlo todas las mañanas, aumentaba la confusión y el

desarreglo. Sobre el ancho diván veíanse libros revueltos, una manta

morellana; en el suelo las cajas de color, tiestos, perdices muertas;

sobre las corvas sillas tablas a medio pintar; más libros, carpetas

de estampas; en el cuartito anexo, destinado a lavatorio y a guardar

trastos, más tablitas, el jarro del agua con ramas de arbustos puestas

a refrescar, una bata de Tristana colgada de la percha, y lindos

trajes esparcidos por do quiera; un alquicel árabe, un ropón japonés,

antifaces, quirotecas, chupas y casacas bordadas, pelucas, babuchas de

odalisca y delantales de campesina romana. Máscaras griegas de cartón

y telas de casullas decoraban las paredes, entre retratos y fotografías

mil de caballos, barcos, perros y toros.

Después de almorzar esperó Díaz una media hora, y como su amada

no pareciera, se impacientó, y para entretenerse se puso a leer a

Leopardi. Sabía con perfección castiza el italiano, que le enseñó su

madre, y aunque en el largo espacio de la tiranía del abuelo se le

olvidaron algunos giros, la raíz de aquel conocimiento vivió siempre en

él, y en Venecia, Roma y Nápoles se adiestró de tal modo que fácilmente

pasaba por italiano en cualquier parte, aun en la misma Italia. Dante

era su única pasión literaria. Repetía, sin olvidar un solo verso,

cantos enteros del _Infierno_ y _Purgatorio_. Dicho se está que, casi

sin proponérselo, dio a su amiguita lecciones del _bel parlare_.

Con su asimilación prodigiosa, Tristana dominó en breves días la

pronunciación, y leyendo a ratos como por juego, y oyéndole leer a él,

a las dos semanas recitaba con admirable entonación de actriz consumada

el pasaje de Francesca, el de Ugolino y otros.

Pues, a lo que iba: engañaba Horacio el tiempo leyendo al melancólico

poeta de Recanati, y se detenía meditabundo ante aquel profundo

pensamiento: _e discoprendo, solo il nulla s’accresce_, cuando sintió

los pasitos que anhelaba oír; y ya no se acordó de Leopardi, ni se

cuidó de que _il nulla_ creciera o menguara _discoprendo_.

¡Gracias a Dios! Tristana entró con aquella agilidad infantil que no

cedía ni al cansancio de la interminable escalera, y se fue derecha a

él para abrazarle, cual si hubiera pasado un año sin verle.

--¡Rico, facha, cielo, pintamonas, qué largo el tiempo de ayer a hoy!

Me moría de ganas de verte... ¿Te has acordado de mí? ¿A que no has

soñado conmigo como yo contigo? Soñé que... no te lo cuento. Quiero

hacerte rabiar.

--Eres más mala que un tabardillo. Dame esos morros, dámelos o te

estrangulo ahora mismo.

--¡Sátrapa, corso, gitano! (_cayendo fatigada en el diván_.) No

me engatusas con tu _parlare honesto_... ¡Eh! _sella el labio_...

_Denantes que del sol la crencha rubia_... ¡Jesús mío, cuantísimo

disparate! No hagas caso: estoy loca; tú tienes la culpa. ¡Ay, tengo

que contarte muchas cosas, _carino_! ¡Qué hermoso es el italiano y

qué dulce, qué grato al alma es decir _mio diletto_! Quiero que me lo

enseñes bien, y seré profesora. Pero vamos a nuestro asunto. Ante todo,

respóndeme: ¿_la jazemos_?

Bien demostraba esta mezcla de lenguaje chocarrero y de palabras

italianas, con otras rarezas de estilo que irán saliendo, que se

hallaban en posesión de ese vocabulario de los amantes, compuesto de

mil formas de lenguaje sugeridas por cualquier anécdota picaresca,

por este o el otro chascarrillo, por la lectura de un pasaje grave

o de algún verso célebre. Con tales accidentes se enriquece el

diccionario familiar de los que viven en comunidad absoluta de ideas

y sentimientos. De un cuento que ella oyó a Saturna, salió aquello de

¿_la jazemos_? manera festiva de expresar sus proyectos de fuga; y de

otro cuentecillo chusco que Horacio sabía, salió el que Tristana no le

llamase nunca por su nombre, sino con el de _señó Juan_, que era un

gitano muy bruto y de muy malas pulgas. Sacando la voz más bronca que

podía, cogíale Tristana de una oreja, diciéndole:

--_Señó Juan_, ¿me quieres?

Rara vez la llamaba él por su nombre. Ya era _Beatrice_, ya

_Francesca_, o más bien la Paca de _Rímini_; a veces _Chispa_, o _señá

Restituta_. Estos motes, y los terminachos grotescos o expresiones

líricas que eran el saborete de su apasionada conversación, variaban

cada pocos días, según las anécdotas que iban saliendo.

--_La jaremos_ cuando tú dispongas, querida Restituta --replicó Díaz--.

¡Si no deseo otra cosa...! ¿Crees tú que puede un hombre estar _de amor

extático_ tanto tiempo?... Vámonos: _para ti la jaca torda, la que,

cual dices tú, los campos borda_...

--Al extranjero, al extranjero (_palmoteando_). Yo quiero que tú y yo

seamos extranjeros en alguna parte, y que salgamos del bracete sin que

nadie nos conozca.

--Sí, mi vida. ¡_Quién te verá a ti_...!

--Entre los _franceses_ (_cantando_) y entre los _ingleses_... Pues

te diré. Ya no puedo resistir más a mi _tirano de Siracusa_. ¿Sabes?

Saturna no le llama sino D. _Lepe_, y así le llamaré yo también. Ha

tomado una actitud patética. Apenas me habla, de lo que me alegro

mucho. Se hace el interesante, esperando que yo me enternezca.

Anoche, verás, estuvo muy amable conmigo, y me contó algunas de sus

aventuras. Piensa sin duda el muy pillo que con tales ejemplos se

engrandece a mis ojos; pero se equivoca. No puedo verle. Hay días en

que me toca mirarle con lástima; días en que me toca aborrecerle, y

anoche le aborrecí, porque en la relación de sus trapisondas, que son

tremendas, tremendísimas, veía yo un plan depravado para encenderme

la imaginación. Es lo más zorro que hay en el mundo. A mí me dieron

ganitas de decirle que no me interesa más aventura que la de mi _señó

Juan_ de mi alma, a quien adoro con todas mis _potencias irracionales_,

como decía el otro.

--Pues te digo la verdad: me gustaría oírle contar a D. Lope sus

historias galantes.

--Como bonitas, cree que lo son. ¡Lo de la marquesa del Cabañal es de

lo más chusco...! El marido mismo, más celoso que Otelo, le llevaba...

Pero si me parece que te lo he contado. ¿Pues y cuando robó del

convento de San Pablo en Toledo a la monjita...? El mismo año mató

en duelo al general que se decía esposo de la mujer más virtuosa de

España, y la tal se escapó con D. Lope a Barcelona. Allí tuvo este

siete aventuras en un mes, todas muy novelescas. Debía de ser atrevido

el hombre, muy bien plantado, y muy bravo para todo.

--Restituta, no te entusiasmes con tu Tenorio arrumbado.

--Yo no me entusiasmo más que con este pintamonas. ¡Qué mal gusto

tengo! Miren esos ojos... ¡ay qué feos y qué sin gracia! ¿Pues y esa

boca? da asco mirarla; y ese aire tan desgarbado... uf, no sé cómo te

miro. No; si ya me repugnas, quítate de ahí.

--¡Y tú qué horrible!... con esos dientazos de jabalí, y esa nariz de

remolacha, y ese cuerpo de botijo. ¡Ay, tus dedos son tenazas!

--Tenazas, sí, tenazas de _jierro_, para arrancarte tira a tira toda tu

piel de burro. ¿Por qué eres así? _¡Gran Dio, morir si giovine!_

--Mona, más mona que los Santos Padres, y más hechicera que el Concilio

de Trento y que D. Alfonso el Sabio..., oye una cosa que se me ocurre.

¿Si ahora se abriera esta puerta y apareciera tu D. Lope...?

--¡Ay!, tú no conoces a _D. Lepe_. _D. Lepe_ no viene aquí, ni por nada

del mundo hace él el celoso de comedia. Creería que su caballerosidad

se llenaba de oprobio. Fuera de la seducción de mujeres más o menos

virtuosas, es todo dignidad.

--¿Y si entrara yo una noche en tu casa, y él me sorprendiera allí?

--Entonces, puede que, como medida preventiva, te partiera en dos

pedazos, o convirtiera tu cráneo en hucha para guardar todas las

balitas de su revólver. Con tanta caballerosidad, sabe ser muy bruto

cuando le tocan el punto delicado. Por eso más vale que no vayas. Yo no

sé cómo ha sabido esto; pero ello es que lo sabe. De todo se entera el

maldito, con su sagacidad de perro viejo y su experiencia de maestro en

picardías. Ayer me dijo con retintín: «¿Conque pintorcitos tenemos?» Yo

no le contesté. Ya no le hago caso. El mejor día entra en casa, y el

pájaro voló... _Ahi Pisa, vituperio delle genti._ ¿A dónde nos vamos,

hijo de mi alma? ¿A do me conducirás? (_cantando_.) _La ci darem la

mano_... Sé que no hay congruencia en nada de lo que digo. Las ideas

se me atropellan aquí, disputándose cuál sale primero, como cuando se

agolpa el gentío a la puerta de una iglesia, y se estrujan y se...

Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es música. A veces se me

ocurren ideas tristes; por ejemplo, que seré muy desgraciada, que todos

mis sueños de felicidad se convertirán en humo. Por eso me aferro más

a la idea de conquistar mi independencia, y de arreglármelas con mi

ingenio como pueda. Si es verdad que tengo algún pesquis, ¿por qué no

he de utilizarlo dignamente, como otras explotan la belleza o la gracia?

--Tu deseo no puede ser más noble --díjole Horacio meditabundo--. Pero

no te afanes, no te aferres tanto a esa aspiración, que podría resultar

impracticable. Entrégate a mí sin reserva. ¡Ser mi compañera de toda la

vida; ayudarme y sostenerme con tu cariño...!, ¿te parece que hay un

oficio mejor, ni arte más hermoso? Hacer feliz a un hombre, que te hará

feliz, ¿qué más?

--¡Qué más! (_Mirando al suelo._) _Diverse lingue, orribile favelle...

parole di dolore, accenti d’ira_... Ya, ya; la congruencia es la que

no parece... _Señó Juan_, ¿me quieres mucho? Bueno; has dicho: «¿qué

más?» Nada, nada. Me conformo con que no haya más. Te advierto que soy

una calamidad como mujer casera. No doy pie con bola, y te ocasionaré

mil desazones. Y fuera de casa, en todo menester de compras o negocios

menudos de mujer, también soy de oro. ¡Con decirte que no conozco

ninguna calle, ni sé andar sola sin perderme! El otro día no supe ir de

la Puerta del Sol a la calle de Peligros, y recalé allá por la plaza

de la Cebada. No tengo el menor sentido topográfico. El mismo día, al

comprar unas horquillas en el Bazar, di un duro, y no me cuidé de

recoger la vuelta. Cuando me acordé, ya estaba en el tranvía..., por

cierto que me equivoqué y me metí en el del Barrio. De todo esto y de

algo más que observo en mí, deduzco... ¿En qué piensas? ¿Verdad que

nunca querrás a nadie más que a tu _Paquita de Rímini_...? Pues sigo

diciéndote... No, no te lo digo.

--Dime lo que pensabas (_incomodándose_). He de quitarte esa pícara

costumbre de decir las cosas a medias...

--Pégame, hombre, pega..., rómpeme una costilla. ¡Tienes un

geniazo...!, _ni del dorado techo... se admira, fabricado... del sabio

moro, en jaspes sustentado._ Tampoco esto tiene congruencia.

--Maldita. ¿Qué ha de tener?

--Pues _direte, Inés, la cosa_... Oye. (_Abrazándole._) Lo que he

pensado de mí, estudiándome mucho, porque yo me estudio, ¿sabes?,

es que sirvo, que podré servir para las cosas grandes; pero que

decididamente no sirvo para las pequeñas.

Lo que Horacio le contestó, perdiose en la oleada de ternezas que vino

después, llenando de vagos rumores la plácida soledad del estudio.

Tristana · 第 17 / 32 题