Justo es decir que la serie borrascosa de turcas de amor cogidas
por el espiritual artista en aquella temporada le desviaron de
su noble profesión. Pintaba poco, y siempre sin modelo; empezó a
sentir los remordimientos del trabajador, esa pena que causan los
trozos sin concluir pidiendo hechura y encaje; mas entre el arte y
el amor prefería este, por ser cosa nueva en él, que despertaba las
emociones más dulces de su alma; un mundo recién descubierto, florido,
exuberante, riquísimo, del cual había que tomar posesión, afianzando
sólidamente en él la planta de geógrafo y de conquistador. El arte ya
podía esperar; ya volvería cuando las locas ansias se calmasen; y se
calmarían, tomando el amor un carácter pacífico, más de colonización
reposada que de furibunda conquista. Creía sinceramente el bueno
de Horacio que aquel era el amor de toda su vida, que ninguna otra
mujer podría agradarle ya, ni sustituir en su corazón a la exaltada
y donosa Tristana; y se complacía en suponer que el tiempo iría
templando en ella la fiebre de ideación, pues para esposa o querida
perpetua tal flujo de pensar temerario le parecía excesivo. Esperaba
que su constante cariño y la acción del tiempo rebajarían un poco la
talla imaginativa y razonante de su ídolo, haciéndola más mujer, más
doméstica, más corriente y útil.
Esto pensaba; mas no lo decía. Una noche que juntos charlaban, mirando
la puesta de sol y saboreando la dulcísima melancolía de una tarde
brumosa, se asustó Díaz de oírla expresarse en estos términos:
--Es muy particular lo que me pasa: aprendo fácilmente las cosas
difíciles; me apropio las ideas y las reglas de un arte..., hasta de
una ciencia si me apuras; pero no puedo enterarme de las menudencias
prácticas de la vida. Siempre que compro algo, me engañan; no sé
apreciar el valor de las cosas; no tengo ninguna idea de gobierno, ni
de orden, y si Saturna no se entendiera con todo en mi casa, aquello
sería una leonera. Es indudable que cada cual sirve para una cosa; yo
podré servir para muchas, pero para esa está visto que no valgo. Me
parezco a los hombres en que ignoro lo que cuesta una arroba de patatas
y un quintal de carbón. Me lo ha dicho Saturna mil veces, y por un oído
me entra y por otro me sale. ¿Habré nacido para gran señora? Puede que
sí. Comoquiera que sea, me conviene aplicarme, aprender todo eso, y
sin perjuicio de poseer un arte, he de saber criar gallinas y remendar
la ropa. En casa trabajo mucho, pero sin iniciativa. Soy pincha de
Saturna, la ayudo, barro, limpio y fregoteo, eso sí; pero ¡desdichada
casa si yo mandara en ella! Necesito aprenderlo, ¿verdad? El maldito
don Lope ni aun eso se ha cuidado de enseñarme. Nunca he sido para él
más que una circasiana comprada para su recreo, y se ha contentado con
verme bonita, limpia y amable.
Respondiole el pintor que no se apurara por adquirir el saber
doméstico, pues fácilmente se lo enseñaría la práctica.
--Eres una niña --agregó-- con muchísimo talento y grandes
disposiciones. Te falta solo el pormenor, el conocimiento menudo que
dan la independencia y la necesidad.
--Un recelo tengo --dijo Tristana, echándole al cuello los brazos--:
que dejes de quererme por no saber yo lo que se puede comprar con
un duro..., porque temas que te convierta la casa en una escuela de
danzantes. La verdad es que si pinto como tú, o descubro otra profesión
en que pueda lucir y trabajar con fe, ¿cómo nos vamos a arreglar, hijo
de mi vida? Es cosa que espanta.
Expresó su confusión de una manera tan graciosa, que Horacio no pudo
menos de soltar la risa.
--No te apures, hija. Ya veremos. Me pondré yo las faldas. ¡Qué remedio
hay!
--No, no --dijo Tristana, alzando un dedito y marcando con él las
expresiones de un modo muy salado--. Si encuentro mi manera de vivir,
viviré sola. ¡Viva la independencia...!, sin perjuicio de amarte y
de ser siempre tuya. Yo me entiendo: tengo acá mis ideítas. Nada
de matrimonio, para no andar a la greña por aquello de quién tiene
las faldas y quién no. Creo que has de quererme menos si me haces
tu esclava; creo que te querré poco si te meto en un puño. Libertad
honrada es mi tema..., o si quieres, mi dogma. Ya sé que es difícil,
muy difícil, porque la _sociedaz_, como dice Saturna... No acabo de
entenderlo... Pero yo me lanzo al ensayo... ¿Que fracaso? Bueno. Y si
no fracaso, hijito, si me salgo con la mía, ¿qué dirás tú? ¡Ay!, has
de verme en mi casita, sola, queriéndote mucho, eso sí, y trabajando,
trabajando en mi arte para ganarme el pan; tú en la tuya, juntos a
ratos, separados muchas horas, porque... ya ves, eso de estar siempre
juntos, siempre juntos, noche y día, es así, un poco...
--¡Qué graciosa eres y recuantísimo te quiero! No paso por estar
separado de ti parte del día. Seremos dos en uno, los hermanos
siameses; y si quieres ponerte pantalones, póntelos; si quieres hacer
el marimacho, anda con Dios... Pero ahora se me ocurre una grave
dificultad. ¿Te la digo?
--Sí, hombre, dila.
--No, no quiero. Es pronto.
--¿Cómo pronto? Dímela, o te arranco una oreja.
--Pues yo... ¿Te acuerdas de lo que hablábamos anoche?
--Chí.
--Que no te acuerdas.
--Que sí, bobillo. ¡Tengo yo una memoria...! Me dijiste que para
completar la ilusión de tu vida deseabas...
--Dilo.
--No, dilo tú.
--Deseabas tener un chiquillín.
--¡Ay!, no, no; le querría yo tanto, que me moriría de pena si me le
quitaba Dios. Porque se mueren todos (_con exaltación_). ¿No ves pasar
continuamente los carros fúnebres con las cajitas blancas? ¡Me da una
tristeza...! Ni sé para qué permite Dios que vengan al mundo si tan
pronto se los ha de llevar... No, no; niño nacido es niño muerto..., y
el nuestro se moriría también. Más vale que no lo tengamos. Di que no.
--Digo que sí. Déjalo, tonta. ¿Y por qué se ha de morir? Supón que
vive..., y aquí entra el problema. Puesto que hemos de vivir separados,
cada uno en su casa, independiente yo, libre y honrada tú, cada cual en
su hogar honradísimo y _librísimo_..., digo, libérrimo, ¿en cuál de los
hogares vivirá el angelito?
Tristana se quedó absorta, mirando las rayas del entarimado. No se
esperaba la temida proposición, y al pronto no encontró manera de
resolverla. De súbito, congestionado su pensamiento con un mundo de
ideas que en tropel lo asaltaron, echose a reír, bien segura de poseer
la verdad, y la expresó en esta forma:
--Toma, pues conmigo, conmigo..., ¿qué duda puede haber? Si es mío,
mío, ¿con quién ha de estar?
--Pero como será mío también, como será de los dos...
--Sí..., pero te diré...; tuyo, porque..., vamos, no lo quiero decir...
Tuyo, sí; pero es más mío que tuyo. Nadie puede dudar que es mío,
porque la Naturaleza de mí propia lo arranca. Lo de tuyo es indudable;
pero... no consta tanto, para el mundo, se entiende... ¡Ay!, no me
hagas hablar así, ni dar estas explicaciones.
--Al contrario, mejor es explicarlo todo. Nos encontraremos en tal
situación, que yo pueda decir: mío, mío.
--Más fuerte lo podré decir yo: mío, mío y eternamente mío.
--Y mío también.
--Convengo; pero...
--No hay pero que valga.
--No me entiendes. Claro es que tuyo... Pero me pertenece más a mí.
--No, por igual.
--Calla, hombre; por igual nunca. Bien lo comprendes: podría haber
otros casos en que... Hablo en general.
--No hablamos sino en particular.
--Pues en particular te digo que es mío, y que no lo suelto, ¡ea!
--Es que... veríamos...
--No hay veríamos que valga.
--Mío, mío.
--Tuyo, sí; pero... fíjate bien..., quiero decir que eso de tuyo no es
tan claro en la generalidad de los casos. Luego, la Naturaleza me da
más derechos que a ti... Y se llamará como yo, con mi apellidito nada
más. ¿Para qué tanto ringorrango?
--Tristana, ¿qué dices? (_incomodándose_).
--Pero qué, ¿te enojas? Hijo, si tú tienes la culpa. ¿Para qué me...?
No, por Dios, no te enfades. Me vuelvo atrás, me desdigo...
La nubecilla pasó, y pronto fue todo claridad y luz en el cielo de
aquellas dichas, ligeramente empañado. Pero Díaz quedó un poco triste.
Con sus dulces carantoñas, quiso Tristana disipar aquella fugaz
aprensión, y más mona y hechicera que nunca, le dijo:
--¡Vaya, que reñir por una cosa tan remota, por lo que quizás no
suceda! Perdóname. No puedo remediarlo. Me salen ideas, como me podrían
salir granos en la cara. ¿Yo que culpa tengo? Cuando menos se piensa,
pienso cosas que no debe una pensar... Pero no hagas caso. Otra
vez, coges un palito y me pegas. Considera esto como una enfermedad
nerviosa o cerebral, que se corrige con unturas de vara de fresno. ¡Qué
tontería, afanarnos por lo que no existe, por lo que no sabemos si
existirá, teniendo un presente tan fácil, tan bonito, para gozar de él!