XIV

¡Guarden ceremonia, señores!

La voz del hujier, imperativa, estridente, no lograba calmar la risa y

los murmullos de los concurrentes. Porque aunque el presidente de la

sala había resuelto que el juicio se celebrase a puertas cerradas,

atento a la índole delicada del delito y a las personas que habían

intervenido en él, fueron tantos los abogados que reclamaron su derecho

a presenciarlo y tantos los permisos concedidos, que se formó pronto una

asamblea numerosa y más inquieta de lo que debía esperarse.

La sala de lo criminal de la audiencia de Lancia era una pieza

rectangular, grande, oscura, polvorienta. Allá en el fondo, debajo de un

dosel de damasco marchito, estaban sentados en sendos sillones de

terciopelo los tres magistrados que componían el tribunal. A un lado, el

acusador privado, con una mesa delante. Enfrente el defensor. El relator

en pie, frente al tribunal. Detrás el acusado en su banquillo.

El testigo que deponía en aquel instante era el cochero que había

conducido al P. Gil y su penitenta desde Peñascosa a la estación de la

Reguera. Lo presentaba la acusación. Era hombre viejo ya, con la faz

extremadamente roja, iluminada por el alcohol tanto como por la

intemperie. Vestía un chaquetón del grueso de una albarda, y hacía rodar

su gorra de pana entre los dedos con manifiesto embarazo mientras

declaraba. La voz era bronca, como conviene a todo mayoral que se estime

en algo; el estilo pintoresco, abusando un poco de los tropos.

--Pus a mí me dijo el amo: Lico, hay que dir a Peñascosa a por unos

señores. No pases de la venta de Marica, y duérmete allí. Llévate paja

pa el ganao, porque allí no la hay. (En esto el amo no habló bien,

porque en casa Marica hay paja... sólo que no se la da a los

cualisquiera, entendámonos.) Llévate al Tizón y al Sencillo: son quién

pa traerlos con la carretela.--Sigún y conforme, dije yo. El Tizón es un

perro. Como le dé la serenita por no andar, ya le puede usted alumbrar

candela, que ¡ni pa Dios!

--Déjese usted de tizones y candelas, y diga lo que sepa del

asunto--interrumpió el presidente con voz irritada.

Este presidente era un viejo terco, colérico, impertinente, que dirigía

las sesiones del juicio oral como una escuela de párvulos. Ofendía a

reos y a testigos, sin respetar mucho más a los abogados. Mostraba sus

simpatías o antipatías con una franqueza que aterraba. Sin embargo, no

era un perverso ni procedía de mala fe. Todo dependía de su temperamento

excesivamente nervioso y de la edad, que le obligaba a chochear.

--Bien tá eso, señor, y voy al caso. A la una, menuto más o menos, llegó

este señor cura (apuntando para el acusado) a montar en la mesma

cochera. Llegaríamos a casa de Marica a eso de las seis. Allí nos dejó

el señor y nos dijo que volvería al día siguiente con otra presona pa

volvernos a Lancia. Por la noche vino un chico a traerme dos maletas, y

al otro día bien temprano dio allí el señor cura con una chavalita que

venía toa tapá. Nos mandó enganchar y, mientras, la chavalita se subió a

la casa.

--¿Y no observó usted--preguntó el presidente--si el sacerdote la

acompañó arriba?

--Yo no le vi subir. Si estuvo arriba, fue poco tiempo.

--¿No notaron usted y el zagal nada de particular en la manera de

portarse y hablar entre sí el sacerdote y la joven?

--Yo no estaba en el toque de los particulares, señor, porque andaba de

aquí para allá detrás del ganao, ni el zagal tampoco... Pero un pensar

naide se lo quita a uno. Cuando vi llegar por la carretera al señor

cura, que es bien parecido de suyo, con la chavala, dije: Éstos lo mesmo

pueen venir de rezar vísperas que de tocar a maitines... Dempués

enganché, y dempués me entré en la taberna a limpiar el pasapán. No

estaba allí más que Marica.--¿Sabes, Marica, le dije, que me pesa llevar

al curita y a la chavala en la carretela?--¿Por qué te pesa?--Porque

sí... porque el hombre no está hecho tovía a estos oficios, ¿entiendes

tú?--¡Ave María, qué burro eres, Lico! ¡Quita allá! ¿No te da

vergüenza?--Mia, Marica, tú no has corrío el mundo como yo. Yo he dido

por León, por Palencia, por Salamanca y hasta por tierra de

Extremadura... Los curas son, hablando con perdón, hombres como todos

los demás, y hay casos en que la mujer no arrepara ni en curas ni en

frailes, ni en el verbo devino...

Estas palabras fueron las que promovieron la algazara dicha. Ni los

hujieres con sus voces, ni el presidente con la campanilla pudieron

apaciguarla en algún tiempo. Por último, aquél logró hacerse oír.

Amenazó con hacer desalojar el local inmediatamente, y esto bastó para

restablecer el silencio. Después se revolvió contra el testigo.

--Advierto al testigo que si _ha dido_ por todos esos sitios que dice,

ahora no va por buen camino. Absténgase de frases groseras y declare

sencillamente la verdad.

Después del cochero declaró el zagal. No tuvo importancia su

declaración. Salieron luego sucesivamente algunas beatas de Peñascosa

que declararon en términos vagos que habían observado cierta intimidad

desusada entre Obdulia y su confesor, aunque nunca habían pensado mal de

ella. También depuso el P. Narciso. Fue una declaración modelo de

hipocresía y maldad. Haciendo elogios hiperbólicos de la virtud y el

talento de su compañero, supo, no obstante, clavarle el estilete hasta

la empuñadura. Sus reticencias insidiosas, el acento protector y triste

con que disculpó las faltas de los sacerdotes, y las últimas palabras

dirigidas a excitar la benevolencia del tribunal, causaron profunda

impresión en el auditorio. Parecía justificar a su compañero; pero al

través de su acento y de su mímica se leía bien claro que le condenaba.

Todas las miradas se volvieron hacia el acusado. El P. Gil estaba como

hacía tres meses, cuando ingresó en la cárcel de Peñascosa. Con el

encierro su rostro había ganado aún en blancura. En vez del cansancio y

melancolía que en los últimos tiempos reflejaba, observábase ahora un

alegre sosiego, una firmeza que tenía desconcertados a todos los

asistentes al juicio oral. Parecía que aquellos debates no iban con él,

que no estaban su honra y su libertad sobre el tapete. La opinión que

prevalecía en el concurso, y de la cual se había hecho eco ya la prensa

liberal de Lancia, era que aquel clérigo era un cínico, con poca o

ninguna vergüenza. No se necesitaba ser muy lince para ver que se había

captado la antipatía del tribunal, sobre todo del presidente, que la

había puesto ya de manifiesto en varias ocasiones. Como hacía siempre

que declaraba algún testigo, el acusado contemplaba ahora al P. Narciso

de hito en hito, con mirada firme y tranquila. El coadjutor habló con

los ojos puestos en el suelo, y todo el mundo aplaudió su modestia y la

moderación de sus palabras.

Salió luego por la puerta de los testigos don Martín de las Casas.

Después de su nombre, edad, estado, profesión, etc., el presidente le

preguntó:

--¿Ha estado usted procesado alguna vez?

D. Martín, que se hallaba bastante turbado, porque era principalmente

hombre de acción, como ya sabemos, y no de derecho, respondió vacilando:

--No recuerdo.

--¡Hombre, no recuerda usted! Pues eso no suele olvidarse.

La frase presidencial despertó gran alegría en el concurso. El inválido

rechinó los dientes. Hubiera dado el otro hombro por poder asestar una

bofetada a aquel viejo. Éste, observando su irritación, le interrumpió

varias veces mientras declaraba, dirigiéndole con zumba algunas

preguntas, que siguieron regocijando al auditorio.

El feroz cacique de Peñascosa almacenó en pocos momentos tanta cólera,

que se propuso nada menos que escupir en la cara al presidente y

desafiarle tan pronto como saliesen a la calle. Sin embargo, este varón

poderoso, digno de vivir en la edad de hierro, tropezó con él por la

tarde en el casino, y en vez de inferirle agravio, le quitó el sombrero

con mucha reverencia. Y es que no hay nada que desanime a los héroes

tanto como las cárceles celulares.

Llamaron inmediatamente a D. Peregrín Casanova, el cual, al revés de lo

que le había sucedido a su amigo, entró majestuosamente en el salón,

resoplando y balanceándose como un vapor que atraca al muelle. En

sustancia, el ex-gobernador interino de Tarragona vino a decir que el

excusador de Peñascosa nunca había sido santo de su devoción. Los

caracteres retraídos, mansos, silenciosos, no le habían dado resultado.

A otros quizá se lo dieran, no lo discutía, pero él en su larga carrera

administrativa tuvo varios subordinados que estuvieron a punto de

comprometerle, y siempre habían sido caracteres semejantes al del

acusado. Cuando corrió por Peñascosa la especie de que Obdulia se había

fugado con el excusador, él había dicho: «Imposible; estoy seguro de que

ese hombre la ha llevado engañada. Hace mucho tiempo que le observo, y

yo no necesito tanto. Me precio de tener buena nariz.» (_¿De qué no se

preciaba D. Peregrín?_) A pesar de que existían ciertas diferencias

entre él y Osuna, las dio al olvido inmediatamente, porque nunca había

sido rencoroso, y se ofreció a acompañarle en la persecución de la

pareja. La situación en que los habían encontrado en Palencia no era

para descrita. Baste saber que él, D. Peregrín, había enrojecido de

indignación. Sin embargo, a ruego del abogado acusador la describió.

Después quiso entrar en consideraciones filosóficas sobre la magnitud

del delito y sobre la conveniencia para la sociedad de que los

tribunales castiguen con mano firme en estos casos, pero le atajó el

presidente. El tono pedantesco, la voz nasal y recia y la acción de

dómine con que emitía su declaración habían impresionado de mal modo al

auditorio, pero peor que a todos al presidente, que le miraba con ojos

torvos desde que había comenzado. Cuando ya tuvo lleno el saco de la

paciencia, que no llevaba mucha, dijo con su voz áspera de vejete

irritable:

--¿Acaso quiere usted darnos un curso de derecho penal? Déjese de

filosofías y manifieste los hechos como Dios le dé a entender... que se

lo da bien mal por cierto.

--Señor presidente, creo que estoy en mi perfecto derecho...

--Aquí no tiene usted derecho ninguno, ni perfecto ni imperfecto...

--Señor presidente, yo...

--Basta. Retírese usted.

--¡Señor presidente!...

--Que se retire usted inmediatamente, o será expulsado por los hujieres.

Rojo de confusión, trémulo y aturdido, a punto de llorar, el hombre que

rigió los destinos de la provincia de Tarragona por más de dos semanas,

salió al fin de la estancia dando traspiés.

--Señor presidente--manifestó el abogado acusador con entereza,--esa

orden debilita la prueba que propongo y me parece arbitraria...

--¡Llamo al orden al letrado!--gritó furioso el presidente, agitando la

campanilla.

--Señor presidente, yo entiendo que se vulneran los derechos de la

acusación...

--¡Llamo por segunda vez al orden al letrado!--gritó más furioso aún el

presidente, levantándose a medias del asiento y golpeando la mesa con la

campanilla.

--Pues formulo la correspondiente protesta.

--Proteste usted cuanto quiera, pero absténgase en lo sucesivo de

dirigir palabras irrespetuosas a la presidencia.

El abogado acusador era un joven flaco, de barba negra, ojos pequeños

insolentes, y muy sobre sí en todos los ademanes. Figuraba como jefe de

los republicanos federales de Lancia y dirigía el periódico que éstos

publicaban. Su odio al clero era proverbial en la población. Había

tenido varios choques por este motivo, uno de ellos con el obispo:

estuvo procesado por injurias a la religión. Como es natural, cogía por

los pelos cualquier ocasión de vejar a sus ministros. Un proceso como el

presente, en que figuraba como reo un sacerdote, le llenaba de júbilo,

lo atendía con cuidados tan tiernos como si se tratase de la honra de

una hermana.

Después de D. Peregrín, fue llamada el ama de la casa de huéspedes de

Palencia. Venía presentada por la defensa. Declaró que había observado

relaciones extrañas entre el sacerdote y la joven, pero que en nada

podían comprometer a aquél. Cuando llegaron, pidieron caballos para

marchar al día siguiente por la mañana a Astudillo. Le dijo la criada

que ya no se marchaban, porque la señorita estaba algo constipada y no

se había levantado. Pasó a verla y la encontró pálida, pero no

constipada. Le preguntó si había estado a verla su compañero de viaje el

sacerdote, y se apresuró a responderle que no, de un modo tan vivo que

le llamó la atención. Después supo que había enviado un recado al

sacerdote diciéndole que almorzase solo y que pasase luego por su

habitación. Estuvo poco tiempo en ella. Le vio salir corriendo, agitado

y tembloroso y echarse a la calle. Estuvo por allá toda la tarde, y vino

muy de noche ya. Mientras tanto, la señorita había tenido dos ataques;

ella la había asistido, porque no quiso que se llamase al médico. El

sacerdote se encerró en su habitación. La señorita me mandó llamarle,

pero no quiso acudir hasta que le fui a decir que estaba con un ataque.

Después fue cuando la señorita me mandó que le hiciese un poco de tila,

y mientras yo estaba en la cocina subió su padre con los amigos. Cuando

llegué la encontré tendida en el suelo en paños menores. El papá trataba

de llevarla a la cama y yo le ayudé.

--Dice usted--manifestó el acusador--que cuando le vio salir del

gabinete de la joven ofrecía señales evidentes de turbación. ¿No habrá

usted observado, por casualidad, si presentaba igualmente signos de

desarreglo en las ropas?

Hubo un murmullo en el auditorio.

--No, señor; no noté nada.

Otras varias preguntas le hizo con la misma intención que ésta. Luego

fue repreguntada por la defensa.

Salió inmediatamente, también presentada por ésta, D.ª Josefa, el ama

del excusador. Se decía que esta señora tenía pruebas de la inocencia de

su amo, que iba a relatar cosas muy curiosas. Se esperaba su declaración

con ansiedad. Cuando le hubo tomado juramento y después de las preguntas

de reglamento, el presidente le dijo con el tonillo agrio que le era

característico:

--Ahora va usted a decir lo que sepa, pero mucho cuidado con los

embrollos, porque la tengo a usted sobre ojo...

El abogado defensor, que era un hombre corpulento con largas patillas

blancas, protestó contra esta advertencia. Preguntada por el presidente,

D.ª Josefa declaró que Obdulia hacía tiempo que perseguía a su amo y le

molestaba proponiéndole la escapatoria al convento. Que el excusador

había tratado en vano de disuadirla; sus esfuerzos habían sido vanos.

Estaba tan resuelta a marcharse, que se hubiera ido sola si él se negaba

a acompañarla. En vista de eso, su amo, aunque de malísima gana, había

cedido. La testigo misma se lo había aconsejado para que se librase de

una beata tan insufrible.

--¿Y no es cierto--preguntó el defensor--que un mes, poco más o menos,

después del regreso de Palencia, la querellante se presentó una noche en

casa de mi defendido, y que fue arrojada por él de allí?

--Sí, señor.

--Explique cómo ha sido.

D.ª Josefa relató exactamente la escena ya conocida, sin omitir los

insultos que dirigió a la joven.

--Como esta versión--dijo el defensor--no concuerda con lo manifestado

por la querellante en el sumario, de no haber hablado con mi defendido

desde su regreso de Palencia, pido un careo entre ambas.

--Señor presidente--manifestó el abogado de Obdulia,--la acusación se

adhiere a esta petición de la defensa, pero solicita que este careo se

efectúe después que la querellante haya declarado.

Así lo dispuso la presidencia. El acusador repreguntó a D.ª Josefa:

--¿Es cierto que la testigo miraba con malos ojos a mi defendida, por

suponer que la sustraía una parte del cariño o la estimación de su

amo?...

--¡No conteste usted a esa pregunta!--se apresuró a decir el presidente.

--Está bien--expresó el defensor.--¿No es igualmente exacto que la

testigo detestaba a todas las hijas de confesión del procesado,

estableciendo con ellas una suerte de rivalidad?

--No conteste usted tampoco. Esa pregunta es tan impertinente como la

otra.

--Renuncio a seguir repreguntando--dijo el abogado con una sonrisa

maliciosa, que indicaba bien claramente que ya creía haber conseguido su

objeto.

Faltaba la gran emoción de aquel juicio, el acontecimiento que desde que

se comenzara hacía unos días se esperaba por todos con verdadero anhelo;

faltaba, en suma, la declaración de la querellante, que estaba la última

en la lista. Cuando el presidente dio la orden de hacerla pasar, hubo un

prolongado rumor en el auditorio, al cual siguió silencio sepulcral.

Todos los ojos estaban vueltos hacia la puerta con expresión de intensa

curiosidad.

Pareció, al fin, la hija de Osuna. Vestía con modestia y elegancia al

mismo tiempo. Su figura esbelta y distinguida y la hermosura ajada, pero

interesante, de su rostro causaron favorable impresión en los

circunstantes. Al pasar para ocupar su sitio, no se dignó arrojar una

mirada a su antiguo confesor. Estaba más pálida que de ordinario, más

ojerosa; pero en su mirada podía observarse una vehemencia y un brillo

inusitados.

El presidente le hizo las preguntas de la ley, en tono respetuoso y

hasta galante. Respondió con notable claridad y precisión.

--¿Es cierto--le preguntó el presidente--que ha sido usted objeto de una

agresión maliciosa y escandalosa por parte del procesado?

--Sí, señor.

--Relate usted lo ocurrido en la forma que usted crea más oportuna, sin

separarse de la verdad.

--Muy poco tiempo después de llegar el padre Gil a Peñascosa y

desempeñar el cargo de excusador, empecé a confesarme con él. Le

encontré prudente, advertido y extraordinariamente piadoso. El respeto

que yo tenía a su talento y la admiración a sus virtudes eran tan

grandes que algunos maliciosos de la población pudieron muy bien

figurarse que existía una inclinación en mí hacia su persona. Yo no

puedo negar que le profesaba estimación y cariño. Durante el tiempo que

fue mi confesor, jamás noté en él más que una estimación espiritual a

veces, no siempre, porque ordinariamente se manifestaba severo y poco

comunicativo. Sólo en los últimos tiempos empecé a observar que se

detenía más tiempo que antes en las confesiones (_risas y murmullos en

el auditorio_); que procuraba prolongarlas entrando en conversaciones

que nada tenían que ver con ellas. No hice aprecio de esto, ni tampoco

de que alguna vez al despedirnos me retenía la mano entre las suyas

largo rato. (_Más risas. El presidente agita la campanilla._) Lo

atribuía a la confianza que había logrado inspirarle, porque tenía, al

menos en la apariencia, un carácter tímido y retraído. Hace ya lo menos

un año que le manifesté deseos de entrar en un convento, pero se opuso

tenazmente a ello. De vez en cuando volvía a la carga rogándole que me

ayudase a llevarlo a cabo. Siempre encontré la misma resistencia. Hasta

que repentinamente, pasados algunos meses, me dijo un día que encontraba

mi proyecto muy bueno y muy santo, y que estaba dispuesto a prestarme

los medios para realizarlo. Lo primero que se me ocurrió, como es

natural, fue solicitar el permiso de mi padre. El P. Gil se opuso a

ello. Me dijo que por entonces no era conveniente; más adelante ya

veríamos. Empezamos a tratar la cuestión de convento. Yo quería entrar

en las Agustinas de Lancia, pero él me dijo que conocía un convento de

Carmelitas en Astudillo que era el que me convenía. Era un convento que

no tenía más que diez o doce monjas, muy tranquilo, muy apartado, un

verdadero rinconcito del cielo, como él decía. (_Risas._) Preparamos la

expedición. Se ofreció a acompañarme. Yo no cesaba de instarle para que

mi padre tuviese noticia del proyecto. No se oponía abiertamente a ello,

pero lo iba dilatando. Por fin, cuando llegó el momento de realizarlo,

me dijo que creía más prudente no darle parte. El pobre iba a tener un

disgusto muy grande. Acaso viendo la posibilidad de desbaratarlo se

opondría, mientras que sabiéndolo cuando ya estuviese hecho, no tendría

más remedio que resignarse. En fin, me alegó una porción de razones que

concluyeron por convencerme...

Aquí hizo una pausa la querellante; se llevó la mano a la frente, como

si le doliese traer a la memoria lo que iba a decir. Un gesto digno de

una actriz de primer orden.

--Salimos un martes al amanecer. Lo había preparado todo perfectamente.

El día anterior había ido a Lancia y trajo una carretela que dejó en las

inmediaciones de Peñascosa. Durante el camino hablamos poco. Yo iba

inquieta y triste. No entramos en Lancia, sino que seguimos a la Reguera

para tomar allí el tren. Esperamos bastante tiempo y dimos un paseo por

la orilla del río. Nada me dijo entonces que pudiera hacerme concebir

sospechas. Sólo cuando estuvimos en el tren y quedamos solos, noté que

me miraba fijamente y de un modo particular. Yo me fui al opuesto

rincón. Traté de descansar y quise quitarme los zapatos porque me

lastimaban. Entonces él se brindó a sacármelos, y sin esperar

contestación se puso a hacerlo. (_Rumores y risas. El presidente amenaza

con despejar la sala._) A mí, a la verdad, me dio aquello vergüenza y

quedé muy inquieta. Me pesaba ya muchísimo de haber ido con él. Procuré

disimular, sin embargo, porque empezaba a tener miedo. Llegamos a

Palencia y mandamos a buscar caballos para ir al día siguiente a

Astudillo. Pero al día siguiente me sentí muy mal. La emoción del viaje

me había descompuesto los nervios. Me esperaban, por desgracia, otras

más fuertes. El padre entró a verme; se sentó a la cabecera de mi cama,

y después de algunos lugares comunes, empezó a hablarme de amor como un

galán cualquiera. Me hizo una declaración. Yo estaba aterrada y

escandalizada. Me dijo que sólo había ideado aquel viaje con el objeto

de marcharse conmigo, que podríamos ir al extranjero y vivir como marido

y mujer... una serie de cosas escandalosas que me dejaron yerta. Tuve

fuerzas, sin embargo, para responderle. Lo hice con tal energía, porque

estaba como loca, que le asusté. Le amenacé con gritar si no se marchaba

inmediatamente...

Obedeció. Llegó el ama después a verme, y estuve por decirle lo que me

había pasado, pero me contuve. Sentía en el alma dar un escándalo y

perder a un sacerdote. Me pareció mejor disimular. Envié un recado al

padre para que almorzase solo y viniese después a verme. Mi objeto era

hacer que reflexionase un poco y rogarle que escribiese a papá o le

telegrafiase para que viniese a recogerme, con pretexto de que estaba

enferma y no podía entrar en el convento. Llegó después de almorzar;

pero en vez de presentarse arrepentido por lo que había hecho, comenzó

otra vez a solicitarme de un modo más feo, más asqueroso que antes.

Entonces le hablé como debía, recordándole sus deberes y la confianza

que había depositado en él. No hizo caso. Viéndome perdida, porque

trataba de pasar de las palabras a las obras, cogí un Santo Cristo de

ébano que había sobre la mesa de noche y lo puse delante de mí,

diciendo: ¡Señor, protegedme!... Entonces él, como si viera el diablo,

se marchó corriendo...

Después tuve dos ataques muy fuertes. Creí que me moría. Cuando pude

coordinar las ideas, era ya cerca de noche. El ama me dijo que había

salido de casa y no había vuelto. Encargué que le avisaran para hablarle

por última vez y resolverme o no a dar parte de lo que ocurría. No quiso

venir, temiendo sin duda mi indignación. Caí con otro ataque, y el ama

sin duda fue a buscarle, porque cuando abrí los ojos estaba él a mi

lado. Pedí al ama que me hiciese una taza de tila... En cuanto quedamos

solos, sin mediar palabra alguna se arrojó sobre mí, cubriéndome la cara

de besos, apretándome con tal fuerza que pensé morir... Aturdida y

horrorizada, lancé algunos gritos, pero él los sofocó poniéndome la mano

en la boca... Luché con desesperación, y Dios me dio fuerzas para

desprenderme de sus brazos y saltar de la cama... Pero apenas había

puesto los pies en el suelo, me encontré otra vez sujeta y con la boca

tapada... Forcejeamos un rato, pero aquella lucha no podía durar mucho

tiempo... Al fin, perdí el sentido...

Una emoción violenta corrió por la sala. Hubo un rumor prolongado. Todas

las miradas, fijas hasta entonces en la querellante, se dirigieron hacia

el acusado. El P. Gil había escuchado aquella infame declaración,

primero con sorpresa, después con una triste compasión, que los

circunstantes, impresionados por las palabras de la joven, no supieron

leer en sus ojos. Aquella actitud tranquila, aquella mirada persistente,

fija sobre su acusadora, siguió atribuyéndose a cinismo.

Era difícil que sucediese de otro modo. Obdulia había mostrado, bajo el

latigazo de la ira, un talento diabólico. Su palabra y sus ademanes, un

poco exagerados, vibraban de indignación. Su mirada no se cruzó jamás

con la del sacerdote; pero supo bien dar a este miedo el aspecto de

desprecio.

--Deseo que manifieste la querellante--preguntó el abogado

defensor--cómo es que, habiendo sucedido todo lo que acaba de declarar,

se confesó después única autora de aquella fuga y nada dijo hasta

trascurrido mucho tiempo de la violencia de que fue objeto.

--No he dicho nada por vergüenza. Creo que cualquiera mujer haría lo

mismo en mi caso. ¿Qué ganaba con revelar estas cosas tan sucias? Sólo

cuando vi mi honra por los suelos, sólo cuando llegó a mis oídos lo que

se decía en Peñascosa, me aventuré a confesarlo a mi padre. Por mandato

de éste me encuentro aquí, que de otro modo tampoco hubiera venido.

A todas las preguntas que le hicieron, tanto el presidente como los

letrados, respondió con admirable serenidad y viveza. Ni un momento le

faltó su imaginación.

El defensor del P. Gil propuso al fin el careo con D.ª Josefa. Entró

ésta de nuevo y clavó una mirada iracunda en Obdulia, la cual le pagó

con otra de afectado desprecio. A instancia de la presidencia relató de

nuevo la escena en que el P. Gil arrojó de casa a su penitenta. A las

pocas palabras ésta dio señales de agitación y se puso horriblemente

pálida.

--¡Falso, falso!--gritó sin poder contenerse.

--¿Es falso que entró usted en la habitación de mi amo diciendo:

«¡Padre, aquí me tiene usted!», y que mi amo, sin contestar palabra, se

levantó de la silla, la cogió a usted por un brazo y la puso de patitas

fuera del gabinete?

--¡Mentira!... Esa mujer está loca... Por salvar a su amo inventa una

calumnia.

--No estoy loca, no, ni calumnio a nadie... La que calumnia a un

sacerdote es usted, pícara, que tiene que dar cuenta a Dios de su

maldad...

--Repórtese la testigo--dijo el presidente.--Repórtese también la

querellante, o me veré obligado a expulsarlas de la sala.

Pero ni una ni otra hicieron caso de la amenaza. Obdulia siguió

gritando:

--¡Falso! ¡Miente usted!

--La que miente es usted, que quiere por orgullo perder a un

sacerdote... ¡a un santo!

--¡Silencio!--gritaba el presidente golpeando con la campanilla.

--¡Buen santo te dé Dios!--exclamaba la joven con sonrisa

sarcástica.--No calumnie usted a los demás por salvarle a él.

--¡Basta! Expulsad del local a estas mujeres--profirió el presidente,

dirigiéndose a los hujieres.

--¡La calumniadora eres tú!... ¡Tú, bribona! ¡Bribona!... ¿Porque te ha

despreciado le acusas, infame? ¿No temes que se abra la tierra y te

trague?...

En aquel momento un hujier la cogió por un brazo y la empujó brutalmente

hacia la puerta. Pero D.ª Josefa, hasta que llegó a ella, siguió

gritando:

--¡No hay justicia que azote a esa mala mujer, que la emplume!...

¡Bribona, que has andado siempre detrás de los curas, como una perra

salida!... ¡Meterla en un baño de agua fría para que se refresque!...

Otro hujier fue a expulsar a la otra; pero en el momento de acercarse,

Obdulia se desplomó, acometida de un síncope. Su abogado y las personas

que estaban cerca acudieron a socorrerla. Se la trasladó al despacho del

secretario. Dos médicos del concurso fueron espontáneamente a visitarla.

Terminada la prueba, y después de descansar unos minutos, el presidente

concedió la palabra al acusador privado.

Su discurso fue, como se esperaba, elocuente y sañudo. Tenía la voz

velada a causa de una bronquitis crónica: cuando quería elevarla

resultaba chillona, estridente. La palabra era fluida, aunque abundaba

en los lugares comunes del periodismo. En Lancia nadie sabía hablar con

esta tersura. Pintó al P. Gil como un ser hipócrita, rastrero,

alimentando en secreto pasiones vergonzosas, ocultándolas con cuidado

por el temor de perder su posición. Estas pasiones son frecuentes en los

clérigos, en quienes un régimen de holganza y una vida muelle y

sedentaria las excitan...

Como insistiera demasiado en esto, el presidente le llamó al orden.

Describió el delito con una crudeza pintoresca a propósito para

impresionar al tribunal. Un plan odioso trazado de antemano y llevado a

cabo con firmeza y habilidad implacables. Abuso de confianza primero,

ataque al pudor después; por último, una cobarde y sacrílega violación.

Las pruebas eran concluyentes. Con vigor y sutileza al mismo tiempo las

fue acumulando todas sobre la cabeza del presbítero para concluir con

este párrafo:

--Y por si todos estos datos irrecusables no fuesen bastante a demostrar

palmariamente la premeditación del crimen, voy a aducir otro. Se dice, y

todos están conformes en ello, que el padre Gil llevaba a su hija de

confesión a un convento de Carmelitas en Astudillo. Pues bien,

excelentísimo señor... en Astudillo no hay convento de Carmelitas.

¿Quiere más el tribunal?

El discurso fue corto y contundente. Al terminar se sintió un murmullo

aprobador, de mal agüero para el procesado.

El defensor de éste era un abogado de experiencia e inteligente, pero

que carecía en absoluto de las dotes oratorias de su contrincante. Tenía

palabra abundante, pero era monótona, pesada, más a propósito para

dilucidar algún punto oscuro en un expediente civil que para arrastrar

el espíritu del tribunal y del público. Se entretuvo con suma prolijidad

a reconstituir el sumario buscando informalidades, llamando la atención

del tribunal acerca de pormenores, algunos de ellos insignificantes.

Nada de entrar, como debiera, en el carácter de la querellante, de hacer

resaltar el trastorno crónico de su sistema nervioso, la violencia

sorprendente de sus sentimientos, lo mismo el amor que el odio, la

susceptibilidad enfermiza de su amor propio que parecía desprovisto de

piel y en carne viva siempre; nada de buscar, en fin, el origen, el

verdadero génesis de aquella acusación extraña.

Habló cerca de hora y media. Al terminar, lo mismo el tribunal que el

público, estaban visiblemente fatigados. Rectificó brevemente el

acusador privado algunos errores de hecho. Sostúvolos el defensor, según

era su condición, larga y prolijamente. De tal modo, que el fastidio

engendrado por su primer discurso se multiplicó notablemente en el

segundo.

Por último, el presidente hizo sonar la campanilla y, encarándose con el

acusado, dijo:

--En vista de las pruebas que acaban de practicarse y de los informes de

los señores letrados, ¿tiene el procesado algo que manifestar al

tribunal?

El P. Gil se levantó de su banco y paseó una mirada tan suave como vaga

por la sala. Parecía que le despertaban de un sueño. Tardó algunos

instantes en hablar. Reinó en el auditorio silencio profundo y ansioso.

A pesar de la atmósfera desfavorable que habían formado en torno suyo,

su figura delicada, poética, donde resplandecía la humildad, no podía

menos de causar impresión favorable.

--Soy inocente del crimen que se me imputa. En las manos de Dios, en

quien he dejado hace tiempo todos mis pensamientos y cuidados, dejo

ahora también mi sentencia. Cúmplase su voluntad.

Estas sencillas palabras, pronunciadas con lentitud, causaron una

conmoción eléctrica en el concurso. Por un instante se entrevió la

verdad como a la luz de un relámpago. Pero las tinieblas cayeron de

nuevo en la sala y se espesaron dentro de las más perspicuas

inteligencias. No faltó quien murmurase que los curas, por malvados que

fuesen, tenían siempre en los labios estas palabras. El presidente le

respondió con su acritud acostumbrada:

--Bueno; más adelante le juzgará Dios. Por lo pronto van a juzgarle a

usted los hombres.

La Fe · 第 21 / 23 题