¡Guarden ceremonia, señores!
La voz del hujier, imperativa, estridente, no lograba calmar la risa y
los murmullos de los concurrentes. Porque aunque el presidente de la
sala había resuelto que el juicio se celebrase a puertas cerradas,
atento a la índole delicada del delito y a las personas que habían
intervenido en él, fueron tantos los abogados que reclamaron su derecho
a presenciarlo y tantos los permisos concedidos, que se formó pronto una
asamblea numerosa y más inquieta de lo que debía esperarse.
La sala de lo criminal de la audiencia de Lancia era una pieza
rectangular, grande, oscura, polvorienta. Allá en el fondo, debajo de un
dosel de damasco marchito, estaban sentados en sendos sillones de
terciopelo los tres magistrados que componían el tribunal. A un lado, el
acusador privado, con una mesa delante. Enfrente el defensor. El relator
en pie, frente al tribunal. Detrás el acusado en su banquillo.
El testigo que deponía en aquel instante era el cochero que había
conducido al P. Gil y su penitenta desde Peñascosa a la estación de la
Reguera. Lo presentaba la acusación. Era hombre viejo ya, con la faz
extremadamente roja, iluminada por el alcohol tanto como por la
intemperie. Vestía un chaquetón del grueso de una albarda, y hacía rodar
su gorra de pana entre los dedos con manifiesto embarazo mientras
declaraba. La voz era bronca, como conviene a todo mayoral que se estime
en algo; el estilo pintoresco, abusando un poco de los tropos.
--Pus a mí me dijo el amo: Lico, hay que dir a Peñascosa a por unos
señores. No pases de la venta de Marica, y duérmete allí. Llévate paja
pa el ganao, porque allí no la hay. (En esto el amo no habló bien,
porque en casa Marica hay paja... sólo que no se la da a los
cualisquiera, entendámonos.) Llévate al Tizón y al Sencillo: son quién
pa traerlos con la carretela.--Sigún y conforme, dije yo. El Tizón es un
perro. Como le dé la serenita por no andar, ya le puede usted alumbrar
candela, que ¡ni pa Dios!
--Déjese usted de tizones y candelas, y diga lo que sepa del
asunto--interrumpió el presidente con voz irritada.
Este presidente era un viejo terco, colérico, impertinente, que dirigía
las sesiones del juicio oral como una escuela de párvulos. Ofendía a
reos y a testigos, sin respetar mucho más a los abogados. Mostraba sus
simpatías o antipatías con una franqueza que aterraba. Sin embargo, no
era un perverso ni procedía de mala fe. Todo dependía de su temperamento
excesivamente nervioso y de la edad, que le obligaba a chochear.
--Bien tá eso, señor, y voy al caso. A la una, menuto más o menos, llegó
este señor cura (apuntando para el acusado) a montar en la mesma
cochera. Llegaríamos a casa de Marica a eso de las seis. Allí nos dejó
el señor y nos dijo que volvería al día siguiente con otra presona pa
volvernos a Lancia. Por la noche vino un chico a traerme dos maletas, y
al otro día bien temprano dio allí el señor cura con una chavalita que
venía toa tapá. Nos mandó enganchar y, mientras, la chavalita se subió a
la casa.
--¿Y no observó usted--preguntó el presidente--si el sacerdote la
acompañó arriba?
--Yo no le vi subir. Si estuvo arriba, fue poco tiempo.
--¿No notaron usted y el zagal nada de particular en la manera de
portarse y hablar entre sí el sacerdote y la joven?
--Yo no estaba en el toque de los particulares, señor, porque andaba de
aquí para allá detrás del ganao, ni el zagal tampoco... Pero un pensar
naide se lo quita a uno. Cuando vi llegar por la carretera al señor
cura, que es bien parecido de suyo, con la chavala, dije: Éstos lo mesmo
pueen venir de rezar vísperas que de tocar a maitines... Dempués
enganché, y dempués me entré en la taberna a limpiar el pasapán. No
estaba allí más que Marica.--¿Sabes, Marica, le dije, que me pesa llevar
al curita y a la chavala en la carretela?--¿Por qué te pesa?--Porque
sí... porque el hombre no está hecho tovía a estos oficios, ¿entiendes
tú?--¡Ave María, qué burro eres, Lico! ¡Quita allá! ¿No te da
vergüenza?--Mia, Marica, tú no has corrío el mundo como yo. Yo he dido
por León, por Palencia, por Salamanca y hasta por tierra de
Extremadura... Los curas son, hablando con perdón, hombres como todos
los demás, y hay casos en que la mujer no arrepara ni en curas ni en
frailes, ni en el verbo devino...
Estas palabras fueron las que promovieron la algazara dicha. Ni los
hujieres con sus voces, ni el presidente con la campanilla pudieron
apaciguarla en algún tiempo. Por último, aquél logró hacerse oír.
Amenazó con hacer desalojar el local inmediatamente, y esto bastó para
restablecer el silencio. Después se revolvió contra el testigo.
--Advierto al testigo que si _ha dido_ por todos esos sitios que dice,
ahora no va por buen camino. Absténgase de frases groseras y declare
sencillamente la verdad.
Después del cochero declaró el zagal. No tuvo importancia su
declaración. Salieron luego sucesivamente algunas beatas de Peñascosa
que declararon en términos vagos que habían observado cierta intimidad
desusada entre Obdulia y su confesor, aunque nunca habían pensado mal de
ella. También depuso el P. Narciso. Fue una declaración modelo de
hipocresía y maldad. Haciendo elogios hiperbólicos de la virtud y el
talento de su compañero, supo, no obstante, clavarle el estilete hasta
la empuñadura. Sus reticencias insidiosas, el acento protector y triste
con que disculpó las faltas de los sacerdotes, y las últimas palabras
dirigidas a excitar la benevolencia del tribunal, causaron profunda
impresión en el auditorio. Parecía justificar a su compañero; pero al
través de su acento y de su mímica se leía bien claro que le condenaba.
Todas las miradas se volvieron hacia el acusado. El P. Gil estaba como
hacía tres meses, cuando ingresó en la cárcel de Peñascosa. Con el
encierro su rostro había ganado aún en blancura. En vez del cansancio y
melancolía que en los últimos tiempos reflejaba, observábase ahora un
alegre sosiego, una firmeza que tenía desconcertados a todos los
asistentes al juicio oral. Parecía que aquellos debates no iban con él,
que no estaban su honra y su libertad sobre el tapete. La opinión que
prevalecía en el concurso, y de la cual se había hecho eco ya la prensa
liberal de Lancia, era que aquel clérigo era un cínico, con poca o
ninguna vergüenza. No se necesitaba ser muy lince para ver que se había
captado la antipatía del tribunal, sobre todo del presidente, que la
había puesto ya de manifiesto en varias ocasiones. Como hacía siempre
que declaraba algún testigo, el acusado contemplaba ahora al P. Narciso
de hito en hito, con mirada firme y tranquila. El coadjutor habló con
los ojos puestos en el suelo, y todo el mundo aplaudió su modestia y la
moderación de sus palabras.
Salió luego por la puerta de los testigos don Martín de las Casas.
Después de su nombre, edad, estado, profesión, etc., el presidente le
preguntó:
--¿Ha estado usted procesado alguna vez?
D. Martín, que se hallaba bastante turbado, porque era principalmente
hombre de acción, como ya sabemos, y no de derecho, respondió vacilando:
--No recuerdo.
--¡Hombre, no recuerda usted! Pues eso no suele olvidarse.
La frase presidencial despertó gran alegría en el concurso. El inválido
rechinó los dientes. Hubiera dado el otro hombro por poder asestar una
bofetada a aquel viejo. Éste, observando su irritación, le interrumpió
varias veces mientras declaraba, dirigiéndole con zumba algunas
preguntas, que siguieron regocijando al auditorio.
El feroz cacique de Peñascosa almacenó en pocos momentos tanta cólera,
que se propuso nada menos que escupir en la cara al presidente y
desafiarle tan pronto como saliesen a la calle. Sin embargo, este varón
poderoso, digno de vivir en la edad de hierro, tropezó con él por la
tarde en el casino, y en vez de inferirle agravio, le quitó el sombrero
con mucha reverencia. Y es que no hay nada que desanime a los héroes
tanto como las cárceles celulares.
Llamaron inmediatamente a D. Peregrín Casanova, el cual, al revés de lo
que le había sucedido a su amigo, entró majestuosamente en el salón,
resoplando y balanceándose como un vapor que atraca al muelle. En
sustancia, el ex-gobernador interino de Tarragona vino a decir que el
excusador de Peñascosa nunca había sido santo de su devoción. Los
caracteres retraídos, mansos, silenciosos, no le habían dado resultado.
A otros quizá se lo dieran, no lo discutía, pero él en su larga carrera
administrativa tuvo varios subordinados que estuvieron a punto de
comprometerle, y siempre habían sido caracteres semejantes al del
acusado. Cuando corrió por Peñascosa la especie de que Obdulia se había
fugado con el excusador, él había dicho: «Imposible; estoy seguro de que
ese hombre la ha llevado engañada. Hace mucho tiempo que le observo, y
yo no necesito tanto. Me precio de tener buena nariz.» (_¿De qué no se
preciaba D. Peregrín?_) A pesar de que existían ciertas diferencias
entre él y Osuna, las dio al olvido inmediatamente, porque nunca había
sido rencoroso, y se ofreció a acompañarle en la persecución de la
pareja. La situación en que los habían encontrado en Palencia no era
para descrita. Baste saber que él, D. Peregrín, había enrojecido de
indignación. Sin embargo, a ruego del abogado acusador la describió.
Después quiso entrar en consideraciones filosóficas sobre la magnitud
del delito y sobre la conveniencia para la sociedad de que los
tribunales castiguen con mano firme en estos casos, pero le atajó el
presidente. El tono pedantesco, la voz nasal y recia y la acción de
dómine con que emitía su declaración habían impresionado de mal modo al
auditorio, pero peor que a todos al presidente, que le miraba con ojos
torvos desde que había comenzado. Cuando ya tuvo lleno el saco de la
paciencia, que no llevaba mucha, dijo con su voz áspera de vejete
irritable:
--¿Acaso quiere usted darnos un curso de derecho penal? Déjese de
filosofías y manifieste los hechos como Dios le dé a entender... que se
lo da bien mal por cierto.
--Señor presidente, creo que estoy en mi perfecto derecho...
--Aquí no tiene usted derecho ninguno, ni perfecto ni imperfecto...
--Señor presidente, yo...
--Basta. Retírese usted.
--¡Señor presidente!...
--Que se retire usted inmediatamente, o será expulsado por los hujieres.
Rojo de confusión, trémulo y aturdido, a punto de llorar, el hombre que
rigió los destinos de la provincia de Tarragona por más de dos semanas,
salió al fin de la estancia dando traspiés.
--Señor presidente--manifestó el abogado acusador con entereza,--esa
orden debilita la prueba que propongo y me parece arbitraria...
--¡Llamo al orden al letrado!--gritó furioso el presidente, agitando la
campanilla.
--Señor presidente, yo entiendo que se vulneran los derechos de la
acusación...
--¡Llamo por segunda vez al orden al letrado!--gritó más furioso aún el
presidente, levantándose a medias del asiento y golpeando la mesa con la
campanilla.
--Pues formulo la correspondiente protesta.
--Proteste usted cuanto quiera, pero absténgase en lo sucesivo de
dirigir palabras irrespetuosas a la presidencia.
El abogado acusador era un joven flaco, de barba negra, ojos pequeños
insolentes, y muy sobre sí en todos los ademanes. Figuraba como jefe de
los republicanos federales de Lancia y dirigía el periódico que éstos
publicaban. Su odio al clero era proverbial en la población. Había
tenido varios choques por este motivo, uno de ellos con el obispo:
estuvo procesado por injurias a la religión. Como es natural, cogía por
los pelos cualquier ocasión de vejar a sus ministros. Un proceso como el
presente, en que figuraba como reo un sacerdote, le llenaba de júbilo,
lo atendía con cuidados tan tiernos como si se tratase de la honra de
una hermana.
Después de D. Peregrín, fue llamada el ama de la casa de huéspedes de
Palencia. Venía presentada por la defensa. Declaró que había observado
relaciones extrañas entre el sacerdote y la joven, pero que en nada
podían comprometer a aquél. Cuando llegaron, pidieron caballos para
marchar al día siguiente por la mañana a Astudillo. Le dijo la criada
que ya no se marchaban, porque la señorita estaba algo constipada y no
se había levantado. Pasó a verla y la encontró pálida, pero no
constipada. Le preguntó si había estado a verla su compañero de viaje el
sacerdote, y se apresuró a responderle que no, de un modo tan vivo que
le llamó la atención. Después supo que había enviado un recado al
sacerdote diciéndole que almorzase solo y que pasase luego por su
habitación. Estuvo poco tiempo en ella. Le vio salir corriendo, agitado
y tembloroso y echarse a la calle. Estuvo por allá toda la tarde, y vino
muy de noche ya. Mientras tanto, la señorita había tenido dos ataques;
ella la había asistido, porque no quiso que se llamase al médico. El
sacerdote se encerró en su habitación. La señorita me mandó llamarle,
pero no quiso acudir hasta que le fui a decir que estaba con un ataque.
Después fue cuando la señorita me mandó que le hiciese un poco de tila,
y mientras yo estaba en la cocina subió su padre con los amigos. Cuando
llegué la encontré tendida en el suelo en paños menores. El papá trataba
de llevarla a la cama y yo le ayudé.
--Dice usted--manifestó el acusador--que cuando le vio salir del
gabinete de la joven ofrecía señales evidentes de turbación. ¿No habrá
usted observado, por casualidad, si presentaba igualmente signos de
desarreglo en las ropas?
Hubo un murmullo en el auditorio.
--No, señor; no noté nada.
Otras varias preguntas le hizo con la misma intención que ésta. Luego
fue repreguntada por la defensa.
Salió inmediatamente, también presentada por ésta, D.ª Josefa, el ama
del excusador. Se decía que esta señora tenía pruebas de la inocencia de
su amo, que iba a relatar cosas muy curiosas. Se esperaba su declaración
con ansiedad. Cuando le hubo tomado juramento y después de las preguntas
de reglamento, el presidente le dijo con el tonillo agrio que le era
característico:
--Ahora va usted a decir lo que sepa, pero mucho cuidado con los
embrollos, porque la tengo a usted sobre ojo...
El abogado defensor, que era un hombre corpulento con largas patillas
blancas, protestó contra esta advertencia. Preguntada por el presidente,
D.ª Josefa declaró que Obdulia hacía tiempo que perseguía a su amo y le
molestaba proponiéndole la escapatoria al convento. Que el excusador
había tratado en vano de disuadirla; sus esfuerzos habían sido vanos.
Estaba tan resuelta a marcharse, que se hubiera ido sola si él se negaba
a acompañarla. En vista de eso, su amo, aunque de malísima gana, había
cedido. La testigo misma se lo había aconsejado para que se librase de
una beata tan insufrible.
--¿Y no es cierto--preguntó el defensor--que un mes, poco más o menos,
después del regreso de Palencia, la querellante se presentó una noche en
casa de mi defendido, y que fue arrojada por él de allí?
--Sí, señor.
--Explique cómo ha sido.
D.ª Josefa relató exactamente la escena ya conocida, sin omitir los
insultos que dirigió a la joven.
--Como esta versión--dijo el defensor--no concuerda con lo manifestado
por la querellante en el sumario, de no haber hablado con mi defendido
desde su regreso de Palencia, pido un careo entre ambas.
--Señor presidente--manifestó el abogado de Obdulia,--la acusación se
adhiere a esta petición de la defensa, pero solicita que este careo se
efectúe después que la querellante haya declarado.
Así lo dispuso la presidencia. El acusador repreguntó a D.ª Josefa:
--¿Es cierto que la testigo miraba con malos ojos a mi defendida, por
suponer que la sustraía una parte del cariño o la estimación de su
amo?...
--¡No conteste usted a esa pregunta!--se apresuró a decir el presidente.
--Está bien--expresó el defensor.--¿No es igualmente exacto que la
testigo detestaba a todas las hijas de confesión del procesado,
estableciendo con ellas una suerte de rivalidad?
--No conteste usted tampoco. Esa pregunta es tan impertinente como la
otra.
--Renuncio a seguir repreguntando--dijo el abogado con una sonrisa
maliciosa, que indicaba bien claramente que ya creía haber conseguido su
objeto.
Faltaba la gran emoción de aquel juicio, el acontecimiento que desde que
se comenzara hacía unos días se esperaba por todos con verdadero anhelo;
faltaba, en suma, la declaración de la querellante, que estaba la última
en la lista. Cuando el presidente dio la orden de hacerla pasar, hubo un
prolongado rumor en el auditorio, al cual siguió silencio sepulcral.
Todos los ojos estaban vueltos hacia la puerta con expresión de intensa
curiosidad.
Pareció, al fin, la hija de Osuna. Vestía con modestia y elegancia al
mismo tiempo. Su figura esbelta y distinguida y la hermosura ajada, pero
interesante, de su rostro causaron favorable impresión en los
circunstantes. Al pasar para ocupar su sitio, no se dignó arrojar una
mirada a su antiguo confesor. Estaba más pálida que de ordinario, más
ojerosa; pero en su mirada podía observarse una vehemencia y un brillo
inusitados.
El presidente le hizo las preguntas de la ley, en tono respetuoso y
hasta galante. Respondió con notable claridad y precisión.
--¿Es cierto--le preguntó el presidente--que ha sido usted objeto de una
agresión maliciosa y escandalosa por parte del procesado?
--Sí, señor.
--Relate usted lo ocurrido en la forma que usted crea más oportuna, sin
separarse de la verdad.
--Muy poco tiempo después de llegar el padre Gil a Peñascosa y
desempeñar el cargo de excusador, empecé a confesarme con él. Le
encontré prudente, advertido y extraordinariamente piadoso. El respeto
que yo tenía a su talento y la admiración a sus virtudes eran tan
grandes que algunos maliciosos de la población pudieron muy bien
figurarse que existía una inclinación en mí hacia su persona. Yo no
puedo negar que le profesaba estimación y cariño. Durante el tiempo que
fue mi confesor, jamás noté en él más que una estimación espiritual a
veces, no siempre, porque ordinariamente se manifestaba severo y poco
comunicativo. Sólo en los últimos tiempos empecé a observar que se
detenía más tiempo que antes en las confesiones (_risas y murmullos en
el auditorio_); que procuraba prolongarlas entrando en conversaciones
que nada tenían que ver con ellas. No hice aprecio de esto, ni tampoco
de que alguna vez al despedirnos me retenía la mano entre las suyas
largo rato. (_Más risas. El presidente agita la campanilla._) Lo
atribuía a la confianza que había logrado inspirarle, porque tenía, al
menos en la apariencia, un carácter tímido y retraído. Hace ya lo menos
un año que le manifesté deseos de entrar en un convento, pero se opuso
tenazmente a ello. De vez en cuando volvía a la carga rogándole que me
ayudase a llevarlo a cabo. Siempre encontré la misma resistencia. Hasta
que repentinamente, pasados algunos meses, me dijo un día que encontraba
mi proyecto muy bueno y muy santo, y que estaba dispuesto a prestarme
los medios para realizarlo. Lo primero que se me ocurrió, como es
natural, fue solicitar el permiso de mi padre. El P. Gil se opuso a
ello. Me dijo que por entonces no era conveniente; más adelante ya
veríamos. Empezamos a tratar la cuestión de convento. Yo quería entrar
en las Agustinas de Lancia, pero él me dijo que conocía un convento de
Carmelitas en Astudillo que era el que me convenía. Era un convento que
no tenía más que diez o doce monjas, muy tranquilo, muy apartado, un
verdadero rinconcito del cielo, como él decía. (_Risas._) Preparamos la
expedición. Se ofreció a acompañarme. Yo no cesaba de instarle para que
mi padre tuviese noticia del proyecto. No se oponía abiertamente a ello,
pero lo iba dilatando. Por fin, cuando llegó el momento de realizarlo,
me dijo que creía más prudente no darle parte. El pobre iba a tener un
disgusto muy grande. Acaso viendo la posibilidad de desbaratarlo se
opondría, mientras que sabiéndolo cuando ya estuviese hecho, no tendría
más remedio que resignarse. En fin, me alegó una porción de razones que
concluyeron por convencerme...
Aquí hizo una pausa la querellante; se llevó la mano a la frente, como
si le doliese traer a la memoria lo que iba a decir. Un gesto digno de
una actriz de primer orden.
--Salimos un martes al amanecer. Lo había preparado todo perfectamente.
El día anterior había ido a Lancia y trajo una carretela que dejó en las
inmediaciones de Peñascosa. Durante el camino hablamos poco. Yo iba
inquieta y triste. No entramos en Lancia, sino que seguimos a la Reguera
para tomar allí el tren. Esperamos bastante tiempo y dimos un paseo por
la orilla del río. Nada me dijo entonces que pudiera hacerme concebir
sospechas. Sólo cuando estuvimos en el tren y quedamos solos, noté que
me miraba fijamente y de un modo particular. Yo me fui al opuesto
rincón. Traté de descansar y quise quitarme los zapatos porque me
lastimaban. Entonces él se brindó a sacármelos, y sin esperar
contestación se puso a hacerlo. (_Rumores y risas. El presidente amenaza
con despejar la sala._) A mí, a la verdad, me dio aquello vergüenza y
quedé muy inquieta. Me pesaba ya muchísimo de haber ido con él. Procuré
disimular, sin embargo, porque empezaba a tener miedo. Llegamos a
Palencia y mandamos a buscar caballos para ir al día siguiente a
Astudillo. Pero al día siguiente me sentí muy mal. La emoción del viaje
me había descompuesto los nervios. Me esperaban, por desgracia, otras
más fuertes. El padre entró a verme; se sentó a la cabecera de mi cama,
y después de algunos lugares comunes, empezó a hablarme de amor como un
galán cualquiera. Me hizo una declaración. Yo estaba aterrada y
escandalizada. Me dijo que sólo había ideado aquel viaje con el objeto
de marcharse conmigo, que podríamos ir al extranjero y vivir como marido
y mujer... una serie de cosas escandalosas que me dejaron yerta. Tuve
fuerzas, sin embargo, para responderle. Lo hice con tal energía, porque
estaba como loca, que le asusté. Le amenacé con gritar si no se marchaba
inmediatamente...
Obedeció. Llegó el ama después a verme, y estuve por decirle lo que me
había pasado, pero me contuve. Sentía en el alma dar un escándalo y
perder a un sacerdote. Me pareció mejor disimular. Envié un recado al
padre para que almorzase solo y viniese después a verme. Mi objeto era
hacer que reflexionase un poco y rogarle que escribiese a papá o le
telegrafiase para que viniese a recogerme, con pretexto de que estaba
enferma y no podía entrar en el convento. Llegó después de almorzar;
pero en vez de presentarse arrepentido por lo que había hecho, comenzó
otra vez a solicitarme de un modo más feo, más asqueroso que antes.
Entonces le hablé como debía, recordándole sus deberes y la confianza
que había depositado en él. No hizo caso. Viéndome perdida, porque
trataba de pasar de las palabras a las obras, cogí un Santo Cristo de
ébano que había sobre la mesa de noche y lo puse delante de mí,
diciendo: ¡Señor, protegedme!... Entonces él, como si viera el diablo,
se marchó corriendo...
Después tuve dos ataques muy fuertes. Creí que me moría. Cuando pude
coordinar las ideas, era ya cerca de noche. El ama me dijo que había
salido de casa y no había vuelto. Encargué que le avisaran para hablarle
por última vez y resolverme o no a dar parte de lo que ocurría. No quiso
venir, temiendo sin duda mi indignación. Caí con otro ataque, y el ama
sin duda fue a buscarle, porque cuando abrí los ojos estaba él a mi
lado. Pedí al ama que me hiciese una taza de tila... En cuanto quedamos
solos, sin mediar palabra alguna se arrojó sobre mí, cubriéndome la cara
de besos, apretándome con tal fuerza que pensé morir... Aturdida y
horrorizada, lancé algunos gritos, pero él los sofocó poniéndome la mano
en la boca... Luché con desesperación, y Dios me dio fuerzas para
desprenderme de sus brazos y saltar de la cama... Pero apenas había
puesto los pies en el suelo, me encontré otra vez sujeta y con la boca
tapada... Forcejeamos un rato, pero aquella lucha no podía durar mucho
tiempo... Al fin, perdí el sentido...
Una emoción violenta corrió por la sala. Hubo un rumor prolongado. Todas
las miradas, fijas hasta entonces en la querellante, se dirigieron hacia
el acusado. El P. Gil había escuchado aquella infame declaración,
primero con sorpresa, después con una triste compasión, que los
circunstantes, impresionados por las palabras de la joven, no supieron
leer en sus ojos. Aquella actitud tranquila, aquella mirada persistente,
fija sobre su acusadora, siguió atribuyéndose a cinismo.
Era difícil que sucediese de otro modo. Obdulia había mostrado, bajo el
latigazo de la ira, un talento diabólico. Su palabra y sus ademanes, un
poco exagerados, vibraban de indignación. Su mirada no se cruzó jamás
con la del sacerdote; pero supo bien dar a este miedo el aspecto de
desprecio.
--Deseo que manifieste la querellante--preguntó el abogado
defensor--cómo es que, habiendo sucedido todo lo que acaba de declarar,
se confesó después única autora de aquella fuga y nada dijo hasta
trascurrido mucho tiempo de la violencia de que fue objeto.
--No he dicho nada por vergüenza. Creo que cualquiera mujer haría lo
mismo en mi caso. ¿Qué ganaba con revelar estas cosas tan sucias? Sólo
cuando vi mi honra por los suelos, sólo cuando llegó a mis oídos lo que
se decía en Peñascosa, me aventuré a confesarlo a mi padre. Por mandato
de éste me encuentro aquí, que de otro modo tampoco hubiera venido.
A todas las preguntas que le hicieron, tanto el presidente como los
letrados, respondió con admirable serenidad y viveza. Ni un momento le
faltó su imaginación.
El defensor del P. Gil propuso al fin el careo con D.ª Josefa. Entró
ésta de nuevo y clavó una mirada iracunda en Obdulia, la cual le pagó
con otra de afectado desprecio. A instancia de la presidencia relató de
nuevo la escena en que el P. Gil arrojó de casa a su penitenta. A las
pocas palabras ésta dio señales de agitación y se puso horriblemente
pálida.
--¡Falso, falso!--gritó sin poder contenerse.
--¿Es falso que entró usted en la habitación de mi amo diciendo:
«¡Padre, aquí me tiene usted!», y que mi amo, sin contestar palabra, se
levantó de la silla, la cogió a usted por un brazo y la puso de patitas
fuera del gabinete?
--¡Mentira!... Esa mujer está loca... Por salvar a su amo inventa una
calumnia.
--No estoy loca, no, ni calumnio a nadie... La que calumnia a un
sacerdote es usted, pícara, que tiene que dar cuenta a Dios de su
maldad...
--Repórtese la testigo--dijo el presidente.--Repórtese también la
querellante, o me veré obligado a expulsarlas de la sala.
Pero ni una ni otra hicieron caso de la amenaza. Obdulia siguió
gritando:
--¡Falso! ¡Miente usted!
--La que miente es usted, que quiere por orgullo perder a un
sacerdote... ¡a un santo!
--¡Silencio!--gritaba el presidente golpeando con la campanilla.
--¡Buen santo te dé Dios!--exclamaba la joven con sonrisa
sarcástica.--No calumnie usted a los demás por salvarle a él.
--¡Basta! Expulsad del local a estas mujeres--profirió el presidente,
dirigiéndose a los hujieres.
--¡La calumniadora eres tú!... ¡Tú, bribona! ¡Bribona!... ¿Porque te ha
despreciado le acusas, infame? ¿No temes que se abra la tierra y te
trague?...
En aquel momento un hujier la cogió por un brazo y la empujó brutalmente
hacia la puerta. Pero D.ª Josefa, hasta que llegó a ella, siguió
gritando:
--¡No hay justicia que azote a esa mala mujer, que la emplume!...
¡Bribona, que has andado siempre detrás de los curas, como una perra
salida!... ¡Meterla en un baño de agua fría para que se refresque!...
Otro hujier fue a expulsar a la otra; pero en el momento de acercarse,
Obdulia se desplomó, acometida de un síncope. Su abogado y las personas
que estaban cerca acudieron a socorrerla. Se la trasladó al despacho del
secretario. Dos médicos del concurso fueron espontáneamente a visitarla.
Terminada la prueba, y después de descansar unos minutos, el presidente
concedió la palabra al acusador privado.
Su discurso fue, como se esperaba, elocuente y sañudo. Tenía la voz
velada a causa de una bronquitis crónica: cuando quería elevarla
resultaba chillona, estridente. La palabra era fluida, aunque abundaba
en los lugares comunes del periodismo. En Lancia nadie sabía hablar con
esta tersura. Pintó al P. Gil como un ser hipócrita, rastrero,
alimentando en secreto pasiones vergonzosas, ocultándolas con cuidado
por el temor de perder su posición. Estas pasiones son frecuentes en los
clérigos, en quienes un régimen de holganza y una vida muelle y
sedentaria las excitan...
Como insistiera demasiado en esto, el presidente le llamó al orden.
Describió el delito con una crudeza pintoresca a propósito para
impresionar al tribunal. Un plan odioso trazado de antemano y llevado a
cabo con firmeza y habilidad implacables. Abuso de confianza primero,
ataque al pudor después; por último, una cobarde y sacrílega violación.
Las pruebas eran concluyentes. Con vigor y sutileza al mismo tiempo las
fue acumulando todas sobre la cabeza del presbítero para concluir con
este párrafo:
--Y por si todos estos datos irrecusables no fuesen bastante a demostrar
palmariamente la premeditación del crimen, voy a aducir otro. Se dice, y
todos están conformes en ello, que el padre Gil llevaba a su hija de
confesión a un convento de Carmelitas en Astudillo. Pues bien,
excelentísimo señor... en Astudillo no hay convento de Carmelitas.
¿Quiere más el tribunal?
El discurso fue corto y contundente. Al terminar se sintió un murmullo
aprobador, de mal agüero para el procesado.
El defensor de éste era un abogado de experiencia e inteligente, pero
que carecía en absoluto de las dotes oratorias de su contrincante. Tenía
palabra abundante, pero era monótona, pesada, más a propósito para
dilucidar algún punto oscuro en un expediente civil que para arrastrar
el espíritu del tribunal y del público. Se entretuvo con suma prolijidad
a reconstituir el sumario buscando informalidades, llamando la atención
del tribunal acerca de pormenores, algunos de ellos insignificantes.
Nada de entrar, como debiera, en el carácter de la querellante, de hacer
resaltar el trastorno crónico de su sistema nervioso, la violencia
sorprendente de sus sentimientos, lo mismo el amor que el odio, la
susceptibilidad enfermiza de su amor propio que parecía desprovisto de
piel y en carne viva siempre; nada de buscar, en fin, el origen, el
verdadero génesis de aquella acusación extraña.
Habló cerca de hora y media. Al terminar, lo mismo el tribunal que el
público, estaban visiblemente fatigados. Rectificó brevemente el
acusador privado algunos errores de hecho. Sostúvolos el defensor, según
era su condición, larga y prolijamente. De tal modo, que el fastidio
engendrado por su primer discurso se multiplicó notablemente en el
segundo.
Por último, el presidente hizo sonar la campanilla y, encarándose con el
acusado, dijo:
--En vista de las pruebas que acaban de practicarse y de los informes de
los señores letrados, ¿tiene el procesado algo que manifestar al
tribunal?
El P. Gil se levantó de su banco y paseó una mirada tan suave como vaga
por la sala. Parecía que le despertaban de un sueño. Tardó algunos
instantes en hablar. Reinó en el auditorio silencio profundo y ansioso.
A pesar de la atmósfera desfavorable que habían formado en torno suyo,
su figura delicada, poética, donde resplandecía la humildad, no podía
menos de causar impresión favorable.
--Soy inocente del crimen que se me imputa. En las manos de Dios, en
quien he dejado hace tiempo todos mis pensamientos y cuidados, dejo
ahora también mi sentencia. Cúmplase su voluntad.
Estas sencillas palabras, pronunciadas con lentitud, causaron una
conmoción eléctrica en el concurso. Por un instante se entrevió la
verdad como a la luz de un relámpago. Pero las tinieblas cayeron de
nuevo en la sala y se espesaron dentro de las más perspicuas
inteligencias. No faltó quien murmurase que los curas, por malvados que
fuesen, tenían siempre en los labios estas palabras. El presidente le
respondió con su acritud acostumbrada:
--Bueno; más adelante le juzgará Dios. Por lo pronto van a juzgarle a
usted los hombres.