XIII

Gracias a la actitud resuelta de Obdulia, el asunto no fue llevado a los

tribunales. Desde el primer momento se confesó autora y única

responsable de la fuga: el excusador ninguna culpa había tenido en ella;

sólo había cedido a acompañarla después de incesantes ruegos y

valiéndose del ardid de los malos tratos en su casa. D. Peregrín

Casanova, queriendo sin duda demostrar que no guardaba rencor alguno a

Osuna por la escena de la iluminación, seguía opinando que debía

instruirse expediente gubernativo. Hacía ya mucho tiempo que estaban

reconciliados. En Peñascosa los particulares se injurian públicamente,

se llaman canallas, miserables, etc., etc., y a los ocho días se les

vuelve a ver juntos tomando café. Pero esto no es privativo de

Peñascosa. Lo mismo sucede en Sarrió y en Nieva. De otro modo, ¿cómo

sería posible la vida en estas villas insignes?

Contra el parecer de D. Peregrín se hallaban todas las personas sensatas

de la población. Unos por afectos al excusador, otros por timoratos,

otros porque no veían motivo para armar un escándalo, casi todos

aconsejaron a Osuna que se estuviese quedo. Sin embargo, los enemigos

que el excusador tenía, mejor diremos, los envidiosos, se encresparon

terriblemente. No quisieron asentir a la versión de la doncella.

Opinaban que era una patraña forjada por ella para salvarle; y si no lo

creían, por lo menos así lo manifestaban bajando la voz y sonriendo

maliciosamente. Se les cubrió de sarcasmos, lo mismo al sacerdote que a

su hija de confesión, y se hicieron correr por la villa mil chuscadas

más o menos ingeniosas a propósito de su viaje. Fácil es de adivinar que

quien más trabajó en esta propaganda, aunque de un modo solapado, fue el

P. Narciso. No le bastaba al capellán de Sarrió haber humillado a su

émulo arrancándole el cargo de coadjutor, que en justicia le pertenecía.

Quería a toda costa concluir con él, pulverizarle, que no se oyese más

su nombre en boca de las beatas de Peñascosa.

Pareciole la ocasión de perlas para ello. Por eso se dirigió

espontáneamente a Osuna, preguntándole si no pensaba acudir a los

tribunales. Cuando supo que esto no podía ser porque Obdulia asumía toda

la responsabilidad y declaraba haber engañado a su confesor, experimentó

profundo pesar. Tanto era su anhelo de exterminar al P. Gil, que aunque

hacía ya muchísimo tiempo que sus relaciones con aquélla eran tirantes,

y aun puede decirse de abierta hostilidad, se aventuró a tantearla. Tres

o cuatro días después de haber regresado a Peñascosa la vio una mañana

en la iglesia. Le mandó recado por un monaguillo que deseaba hablar con

ella y la esperaba en la sacristía. Fue allá la joven, aunque de

malísima gana. El coadjutor se hizo de miel; la trató con extremado

cariño; manejó con brío el incensario, sabiendo hasta qué punto era vivo

y delicado su amor propio. Cuando creyó tenerla blanda, le hizo presente

con grandes perífrasis que él, como párroco coadjutor, tenía el deber de

velar por la honra de todas sus feligresas; que la de ella andaba en

boca de la gente hacía unos días, y que esto le pesaba en el alma por el

particular cariño que la profesaba. Le pesaba tanto más, cuanto estaba

seguro de que no había dado motivo alguno para ello. Conocía su carácter

generoso, su espíritu noble; por eso estaba convencido de que en esta

ocasión, como en tantas otras, se sacrificaba por los demás. Ahora

bien, este sacrificio no era admisible; podía considerarse como un

pecado. La honra no nos pertenece; es un depósito que Dios nos confía y

que tenemos la obligación de defender. Por otra parte, la deshonra no

era solamente para ella, sino también para su anciano padre. El pobre se

veía a causa de este sacrificio motejado y murmurado en la villa. Aún

más: aunque se diera por bueno tal rasgo de generosidad, tanto ella como

él, que eran miembros de la Iglesia, tenían el deber de denunciar a la

autoridad eclesiástica a cualquier sacerdote que se extralimitase en el

ejercicio de su ministerio, para que recibiese el condigno y fraternal

castigo que los cánones previenen. Esto redundaba en bien de la fe.

Ella, tan excelente cristiana, no había de permitir que se burlase la

justicia de Dios. Comprendía perfectamente que le sería doloroso

declarar contra su confesor; pero era un sacrificio mayor que el que

estaba llevando a cabo, y que Dios le agradecería seguramente. Además,

debía tener en cuenta que al denunciar a su confesor no le causaba daño

alguno; al contrario, el castigo en la Iglesia se considera como un

bien, como una justa expiación que, cuando va acompañada del

arrepentimiento, redime del pecado y nos libra de las penas del

infierno.

El pobre D. Narciso ignoraba, a pesar de haberla tratado tanto tiempo,

con quién se las había. Antes de que hubiera pronunciado palabra, ya

sabía Obdulia qué iba a decirle y en qué forma poco más o menos; le

conocía como si pasara la vida dentro de su cerebro. Aquella habilidad

frailuna hecha de lugares comunes se estrellaba contra la viva

imaginación, el ingenio sutil y la perspicacia de la joven beata.

Respondiole en el mismo tono persuasivo, untuoso, que el clérigo había

adoptado. De nada podía acusar al P. Gil, que era un santo, un ser

excepcional cuya ilustración servía de faro en la parroquia desde que

por dicha había llegado a ella, y cuya modestia, abnegación y piedad

podían servir de ejemplo y estímulo a sus compañeros. Pero aunque

hubiera motivo para acusarle, se abstendría muy bien de hacerlo,

sabiendo que el escándalo aprovecharía principalmente a los enemigos de

la religión. La falta de una mujer cuando es soltera redunda sólo en

perjuicio de ella. La de un sacerdote, en desprestigio de la clase y en

menoscabo por lo tanto de la religión católica. Otras varias

consideraciones añadió, y entre ellas más de una frase aguda de doble

intención que supo a cuerno quemado al nuevo coadjutor.

--Vaya, adiós, D. Narciso, y dispénseme si no he podido comprender bien

su caritativa intención. Soy una ruin mujer y no entiendo de teologías.

El P. Narciso quedó sonriendo como el conejo. Viendo cerrada esta vía,

entró resueltamente por otra no menos tortuosa. Lo mismo D. Joaquín el

capellán y mayordomo de la señora de Barrado que el P. Melchor, enemigos

natos del joven excusador, vomitaban veneno contra él, como es lógico.

Pero había otros cuantos clérigos en Peñascosa que se habían mostrado

siempre imparciales. A éstos procuró atraérselos pintándoles el lance

desde otro punto de vista, asegurando que tenía motivos secretos para

saberlo. El viaje había sido un verdadero rapto frustrado. La muchacha

se sacrificaba. Hacía ya tiempo que él, D. Narciso, tenía sospechas de

lo que iba a pasar. El excusador había concebido una pasión sacrílega.

La escapatoria estaba concertada desde hacía tres meses, etc., etc. Les

llenó la cabeza de viento. La posición que ocupaba como párroco, de

hecho si no de derecho, facilitó mucho esta atracción. Quedó convenido

entre la mayoría, casi la totalidad de los capellanes de la villa, que

el excusador era un chicuelo sin peso ni formalidad, que había

desprestigiado a la clase sacerdotal y que Dios sabe dónde pararía si el

prelado no tomaba cartas en el asunto.

Desde entonces no perdonaron medio todos ellos de demostrarle su

desprecio. No hay nada que plazca tanto a la naturaleza humana como

despreciar. Empezaron a saludarle fríamente, luego a volver la cabeza,

después a no contestarle. Cuando entraba en la sacristía, si había allí

otros sacerdotes, notaba que se apartaban de él y formaban grupo aparte.

Si iba a revestirse para decir misa, se encontraba la mayor parte de los

días con el armario de las vestiduras cerrado: había que esperar a que

D. Narciso llegase para pedirle la llave. Se prescindía de él en las

funciones cuando era posible: no le convidaban a los _gaudeamus_ que

celebraban. Finalmente, le vejaban de todas las formas y maneras que se

les ofrecía. Y no dejaban de ser bastantes.

El P. Gil quedó más sorprendido que enojado de aquel desprecio. Viendo

que sus compañeros prescindían de él, prescindió de ellos sin gran

pesar. Sólo hablaba con el P. Norberto y con D. Miguel. El viejo

párroco, a quien se había privado de la jefatura de hecho, mantenía, no

obstante, con tesón su derecho, inventaba mil trazas de demostrarlo al

vecindario. Entre él y D. Narciso había una enemiga profunda, feroz.

Pero éste le tenía miedo. El antiguo cabecilla de las huestes carlistas

era capaz, si se le irritaba un poco, de apalearle en la misma iglesia.

Don Miguel triunfaba por el terror. El P. Narciso afectaba despreciarle,

pero siempre a sus espaldas. Delante le trataba con extremada

consideración, y sufría con paciencia las rociadas que de vez en cuando

le soltaba. Y cuando se le ocurría al coadjutor, predicando a los

feligreses en el ofertorio de la misa, decir: «Nosotros los párrocos

tenemos el deber, etc.,» D. Miguel, desde su rincón donde oía la misa,

profería en voz bastante alta para que le oyeran los que estaban a su

alrededor: «¡Párroco yo! ¡párroco yo!»

Saliendo un día juntos de la iglesia, el P. Gil, que acababa de recibir

un fuerte desaire de sus compañeros, se lo dijo, sin lamentarse, como si

le diera cualquiera noticia.

--No hagas caso de ellos--le replicó el viejo caudillo, poniéndole la

mano rugosa y seca como un haz de sarmientos sobre el hombro.--Son todos

unos maricas. Viven pegados a las enaguas de las beatas, como los

gatos... Mira: yo, cuando salgo de decir misa, como ahora, y llego a

casa, nunca dejo de soltarles media docena de... Pero tú, si estás

agraviado, puedes llegar sin inconveniente a la docena.

Una carcajada brutal, semejante a un rugido, sacudió su pecho vigoroso

al pronunciar estas palabras. Sus ojos brillaron con franca, cordial

alegría. El excusador se puso rojo como una cereza y guardó silencio. No

volvió a tener más confidencias con él sobre este punto.

Su vida interior le causaba demasiados tormentos para pensar mucho

tiempo en estas futilidades. El escepticismo le minaba sordamente. El

mundo le parecía cada vez más incomprensible. La idea constante de que

todo lo que le rodeaba era una pura apariencia, cuyo verdadero sentido

permanecería eternamente ignorado para el hombre, engendraba en su alma

una melancolía profunda, que se reflejaba bien en su frente pálida y en

la sonrisa triste e indiferente que plegaba sus labios. La experiencia

toda entera--decía Kant--no es más que el conocimiento del fenómeno, no

de la cosa en sí. Ésta se oculta y se ocultará eternamente a la razón

humana. Platón también lo había dicho antes. Las cosas de este mundo,

tales como nuestros sentidos las perciben, no tienen realidad alguna.

Mientras nos encerramos exclusivamente en la percepción sensible somos

como prisioneros sentados en una caverna oscura, encadenados tan

fuertemente que no pueden volver la cabeza. No ven nada. Sólo perciben

en la pared que tienen enfrente, a la luz del fuego que arde detrás, las

sombras de las cosas que pasan entre ellos y el fuego. Tampoco ellos

mismos se ven sino como sombras proyectadas en la pared. Nuestra

ciencia, pues, se reduce y se reducirá siempre a predecir, según la

experiencia, el orden en que se suceden las sombras.

¡Triste resultado después de tantos esfuerzos! El Universo entero se le

aparecía como una sombra fugitiva que se desvanece con el sujeto que lo

contempla. Es la Maya--como dicen los Vedas,--es el velo de la ilusión

el que, cubriendo los ojos de los mortales, les hace ver un mundo del

cual no puede decirse si existe o no existe, un mundo que semeja a un

sueño, a la radiación del sol sobre la arena, donde el viajero de lejos

cree percibir un lago. Habiendo perdido la fe, no sólo en su razón, sino

también en sus sentidos, la vida de nuestro clérigo se arrastraba

silenciosa, indiferente, en medio de un hastío infinito.

Obdulia no le había visto en los quince días siguientes a su regreso. La

beata salía muy poco de casa por razones fáciles de comprender, y a la

iglesia procuraba ir a las horas en que no estuviese el excusador. Esto

último no precisamente por vergüenza, sino por el mismo sentimiento

amoroso que seguía agitando su corazón. Creía, y no le faltaba motivo,

que, supuestas las habladurías que corrían por el pueblo y la guerra de

todos los capellanes, principalmente de D. Narciso, cualquiera

aproximación a su confesor podía comprometerle. Así que se imponía este

sacrificio con la satisfacción del que padece por el ser adorado. Pero

llegó a ser un tormento superior a sus fuerzas. Su loca pasión, en vez

de calmarse, cada día se exaltaba más. No vivía más que con la imagen

del joven excusador. Hasta en sueños le veía. Y su fantasía desarreglada

le forjaba un sin fin de ilusiones. Dábase a pensar que el P. Gil

correspondía a su amor, y para creerlo sacaba de quicio todas sus

palabras y acciones. Una vez que le había apretado la mano con más

fuerza, otra que le había sonreído desde lejos, otra que se había

ruborizado al encontrarla, etc., etc. Todo lo convertía en sustancia.

Luego el viaje a Palencia era objeto para ella de un minucioso y febril

examen. Su alegría en el coche cuando almorzaban, y ella le limpiaba el

pescado de espinas; la escena de la barca, en que le vio melancólico, a

punto de llorar al escucharla; la turbación que se apoderó de él en el

tren cuando le invitó a descalzarla; finalmente, aquel beso de amor en

los labios que le impresionó hasta hacerle perder el sentido, le

parecían a la luz de los recuerdos otros tantos signos indudables del

sentimiento que embargaba el pecho de su confesor. El pobrecillo era un

santo, y su amor luchaba con el deber. Esta lucha que creía adivinar le

hacía doblemente interesante a sus ojos, y exaltaba aún más, si posible

era, su desapoderada pasión.

Al cabo nació en su mente la idea de verle otra vez. La idea se

convirtió al momento en propósito, y la inundó de alegría. La entrevista

debía ser secreta, que nadie en Peñascosa tuviese noticia de ella. Esto

satisfacía su deseo de no comprometerle, y al mismo tiempo la condición

de su temperamento, inclinado siempre al misterio. Determinó que fuese

de noche: sorprender al excusador en su cuarto, gozar unos momentos de

afectuosa expansión y marcharse al instante. Señaló, por fin, el día.

Durante todo él estuvo nerviosa, agitada dulcemente, como la colegiala

que espera ver a su amante escalar de noche las rejas del balcón. Cuando

llegó la hora, dijo a su padre que le dolía la cabeza, para retirarse

temprano. Así que le oyó salir de casa, se echó con mano trémula un

mantón sobre los hombros, y acompañada de su doncella, que era su

encubridora perpetua, encaminose a casa del excusador. Las piernas le

flaqueaban de placer, el corazón le latía fuertemente.

Lo raro del caso es que no se le pasaba por la imaginación que aquel

amor era sacrílego. No sentía remordimientos. Su cerebro desequilibrado

trastornaba todas las leyes divinas y sociales, las fundía de nuevo a su

capricho. Para ella, el amor del joven presbítero era un puro idealismo

conforme con el espíritu cristiano: hallaba en las historias de los

santos varios casos semejantes. Cuando soñaba con huir en su compañía al

fondo de un retiro dulce y ameno, siempre era bajo el supuesto de seguir

confesándose con él y subir al cielo juntos. Si la carne hablaba dentro

de su ser, o no la escuchaba, o fingía no escucharla, engañándose a sí

propia.

Al llegar a la mansión del sacerdote, ordenó a su doncella que la

aguardase en el portal: no tardaría en bajar. Llamó toda temblorosa.

Salió Dª Josefa a abrir. Como desde su famoso viaje no la había visto,

se arrojó en sus brazos, la abrazó y la besó con afectada efusión. El

ama se mostró muy poco contenta: la recibió con frialdad glacial; hasta

se le conocía que luchaba consigo misma para no soltarle una rociada de

desvergüenzas y darle con la puerta en las narices. Sólo le contuvo la

idea de que su amo se había reconciliado con la beata, lo cual deploraba

en el fondo del alma, juzgándolo feo y peligroso.

Obdulia fingió no advertir la frialdad de la buena señora.

--¿Está en casa?--preguntó con el mismo semblante risueño.

--Está... Voy a avisarle.

--No hay necesidad. Me ha mandado venir a estas horas y me estará

aguardando.

Seguidamente tomó la escalera y se dirigió al cuarto del P. Gil. Dª

Josefa la miró subir con aversión y desconfianza. Preguntar si estaba en

casa y luego decir que la aguardaba era una contradicción manifiesta.

Por esto y por la curiosidad natural la siguió a los pocos momentos.

Bailándole de gozo el corazón, Obdulia se acercó a la puerta del

gabinete y miró por el agujero de la cerradura. El P. Gil estaba sentado

a su mesa de escribir, leyendo a la luz de un quinqué. Una sonrisa de

afecto y entusiasmo contrajo los labios de la joven devota. Abrió de

golpe la puerta para darle una grata sorpresa y exclamó con alegría:

--¡Padre, aquí me tiene usted!

El sacerdote levantó los ojos sorprendido. La sonrisa de la beata se

heló repentinamente en su rostro. En vez del gozo que esperaba, vio

cruzar por ellos un relámpago de ira al cual sucedió instantáneamente

una expresión de absoluta indiferencia, la misma expresión de cansancio

y hastío que hacía tiempo reflejaba su semblante. Alzose con lentitud de

la silla, sin contestar a la exclamación de su penitenta, y avanzó hasta

ella en silencio. La beata, clavándole una angustiosa mirada de terror,

retrocedió un paso. El sacerdote llegó a cogerla por un brazo, y suave,

pero firmemente, la llevó en silencio hasta la puerta, la puso fuera del

gabinete y cerró de nuevo.

Obdulia tropezó con un bulto. Era Dª Josefa, que le soltó una carcajada

en la cara.

--¡Parece que no la reciben a usted bajo palio, señorita!

No contestó. Pálida, con el corazón fuertemente contraído y en un estado

de desfallecimiento que le hacía tambalearse, bajó la escalera sin darse

cuenta. Dª Josefa, cortando el flujo de la risa, la persiguió hasta la

puerta de la calle gritándole con acento iracundo, esforzándose en

bajar la voz para que no le oyera su amo:

--Bien empleado le está, holgazana, gallarina... ¡Vergüenza había de

darle!... ¡Engañar a mi pobre señor y llevarle como un dominguillo de la

ceca a la meca!... ¡Mire usted la monjita!... ¿Es ésa su religión? ¿Es

ésa su delicadeza?... Si quiere hombres, vaya a casa de María Ramona con

mil pares de demonios y no pretenda a los sacerdotes... ¡Fuera de

aquí!... Métase en su casa y tenga honradez y tenga vergüenza, y no ande

como una perra salida a todas horas por esas calles... Si fuera a

llevarme del genio, le levantaba las sayas ahora mismo y le daba en el

tras con la zapatilla hasta que me cansara... ¡Pícara! ¡Mala cabra!

Salió a la calle aturdida, quebrantada. Tuvo que arrimarse a la pared de

la casa para no caer. Los horrores y monstruosidades que le había

vomitado el ama del excusador seguían sonándole como martillazos en los

oídos. Hubo un instante en que creyó perder el sentido; pero del fondo

de su ser salió un grito rabioso, un grito de venganza que le mandó

tenerse firme. Y cumplió la orden, haciendo un gran esfuerzo sobre sí

misma. Descansó unos momentos contra la pared, pasose la mano por la

frente y se encaminó con paso rápido hacia su casa, seguida de la

doncella, que no había podido obtener respuesta a ninguna de sus

preguntas.

Aunque se sentía muy mal, se empeñó en esperar a su padre. Cuando llegó

éste a las once, le siguió hasta su cuarto y, después de cerrar la

puerta, le dijo de repente:

--Papá, no te he dicho la verdad... Cuando me hallasteis con el

excusador acababa de arrojarse sobre mí, estando en la cama. Me resistí,

luchamos, y al fin quedé desmayada en sus brazos.

El jorobado dio un grito de rabia.

--¡Ah puerco! ¡Bien lo presumía yo!

Y se puso a dar vueltas como un tigre por la estancia, vomitando

injurias y blasfemias. Al cabo de un rato se detuvo delante de su hija,

y le preguntó, más con la vista que con las palabras, algo.

La joven bajó la cabeza ruborizada e hizo un signo negativo.

--Bien... De todos modos, has perdido la honra en la población. Es

menester que ese infame no se ría de ti... ¿Estamos?

--En eso estoy--repuso ella con firmeza,--y para eso te lo he confesado.

Osuna le clavó una mirada de sorpresa y curiosidad.

--Vamos--dijo al cabo con sonrisa sarcástica,--ha habido rompimiento.

--Poco importa que haya uno u otro--respondió con acento desabrido.--Lo

que me interesa en este momento es que no pague yo sola la culpa que es

de los dos... de él principalmente.

Asintió el jorobado con toda su alma, porque aún más que la desgracia de

su hija, le preocupaba el vengarse del excusador. Y comenzaron a

cuchichear largamente sobre los medios de llevarlo a cabo. Habían dado

ya las cuatro de la madrugada cuando Obdulia salió del cuarto de su

padre.

Se metió en la cama con fiebre. No pudo conciliar el sueño. La escena en

que acababa de hacer un papel tan triste se le presentaba a la

imaginación cada vez con más relieve. Por más esfuerzos que hacía, no le

era posible borrarla ni por un momento siquiera. Su amor propio gemía

como si le estuvieran atenaceando.

En cuanto se levantó llamó a su padre, y se fueron ambos, como habían

convenido, a ver al P. Narciso. Fue idea de ella. Comprendió que la

persona que en Peñascosa podía ayudarles más en la empresa era el

coadjutor, y a él se dirigió. Éste se mostró sorprendido de su

resolución, y aun quiso, hipócritamente, disuadirles; pero el gozo le

rebosaba de tal modo por los poros, que una palabra un poco agria de

Obdulia bastó para ponerle suave como un guante.

Osuna apuntó la idea de acudir al obispo. Don Narciso se opuso

terminantemente a ello. El delito era común, y a los tribunales

ordinarios debía acudir. Cuando éstos hubieran cumplido con su

ministerio, entonces era el caso de pedir a la Iglesia el castigo del

culpable. El taimado clérigo sabía muy bien que los tribunales

eclesiásticos procuran encubrir los delitos de los sacerdotes para

evitar el escándalo, cuyas consecuencias son peores. Se hace como que no

se cree en ellos, para no verse en la precisión de imponer una pena que

excite la atención demasiado. Determinaron, pues, acudir en queja al

juez de primera instancia. Al día siguiente fue Obdulia a Lancia a

consultar el caso con uno de los abogados más notables. Le encargó la

dirección del negocio, dejó nombrado procurador e hizo con el mayor

sigilo todas las gestiones conducentes a su propósito, sin olvidar el

procurarse algunas cartas de los personajes más influyentes de la

provincia para el juez de Peñascosa.

Mientras estas nubes temerosas se amontonaban sobre su cabeza, el

inocente excusador paseaba desde casa a la iglesia y desde la iglesia a

casa, su frente pálida, su figura melancólica y resignada. Los ojos,

ordinariamente fijos en el suelo, sólo dirigían de vez en cuando miradas

tímidas a la gente, como si temiera que por ellos descubrieran el cáncer

que roía su corazón. No leía más que libros de entretenimiento; no

meditaba. Fatigado de tropezar con el mismo muro infranqueable, huía

con terror de lanzar su pensamiento por las esferas de la metafísica.

Llegó un momento, sin embargo, en que lo hizo sin darse cuenta de ello.

Era una noche plácida de Mayo. Hacía poco más de un mes del famoso viaje

a Palencia. Había leído un rato cierta historia de Grecia de la

biblioteca de Montesinos, que a su muerte se había deshecho. Sentía

calor y cansancio. Apagó el quinqué, abrió las puertas del corredor y

trasladó a él la butaca, sentándose a respirar el aire del mar. Por

algunos minutos fijó la vista con atención en la bóveda celeste cuajada

de estrellas, y se esforzó en reconocer algunas constelaciones. Después

contempló, con el asombro que siempre produce, la vía láctea, que

aquella noche se señalaba admirablemente. Aquella faja blanca donde se

veían los astros como polvo finísimo le causaba siempre un estupor

profundo. Cada grano de ese polvo es un cuerpo millares de veces mayor

que la Tierra, el cual hace girar a su alrededor otros planetas que

nosotros no podemos percibir.

--Y sin embargo--se dijo al cabo de un momento, saliendo de su estupor

con un suspiro,--todas esas grandezas ya no me espantan, porque no

tienen realidad. La existencia de esos astros está pendiente del hilo de

mi razón. Yo llevo en mí la forma eterna de esos objetos, como de todos

los demás. No son otra cosa a mis ojos que un espejo donde se refleja

mi ser interior. Por medio del mecanismo de mi cerebro, de mi facultad

de conocer, se representa la comedia fantástica que se llama mundo

externo. Ese tiempo infinito al través del cual existe la materia

revistiendo formas infinitas; ese espacio infinito también que llenáis,

esferas luminosas, no existen más que en mi representación; son las

formas que yo llevo aparejadas en mi cerebro para que _seáis_, o lo que

es igual, para que estéis representadas en mí...

Pero ¿qué es lo que hay detrás de ese fenómeno, única cosa que puedo

percibir? ¿Cuál es el ser íntimo y verdadero del Universo? Esos mundos

infinitos, ¿son por ventura algo fuera de mi representación? Sí. El

idealismo absoluto es un absurdo, porque yo soy objeto de representación

para los demás, y sin embargo, tengo la absoluta certeza de que existo

fuera de esa representación. Eso mismo pasará a los otros hombres. ¿Qué

soy yo mismo separado de esta forma corporal en que me veo, fuera del

tiempo y el espacio que llevo en el cerebro? ¿Cuál es mi propia esencia

y la esencia del Universo?...

No lo sé. No lo sabré jamás. Los esfuerzos de la filosofía se han

estrellado contra este misterio impenetrable. Nadie ha descifrado hasta

ahora el gran enigma de la existencia. Algunos seres privilegiados han

intentado descorrer el velo y nos han ofrecido, cada cual según su

fantasía, sistemas risueños o lúgubres, austeros o frívolos, de lo que

constituye el fondo de la vida. Pero estos sistemas no tienen ningún

valor científico; no son más que hipótesis. El paso de la representación

al _ser_ es un salto mortal en que han perecido los filósofos más

sagaces y los genios más sublimes de la humanidad. Kant, el coloso, que

ha batido las cataratas de mi inteligencia, atribuye al imperativo de la

conciencia moral un valor absoluto fuera del tiempo y el espacio.

Partiendo de él, cree penetrar con planta segura en los misterios de la

esencia infinita. ¡Ilusión! Este imperativo es un fantasma. Los

filósofos materialistas han metido en él el escalpelo de su crítica y se

ha visto que está hueco. Schopenhauer, el sutil pensador que hoy

arrastra a la juventud, fuera del mundo fenomenal coloca la Voluntad,

que es en su opinión la cosa en sí. ¿Por qué? Con la misma razón que él

la llama _voluntad_, la han llamado los escolásticos _ens realissimum_,

y sus predecesores en Alemania _absoluto_. Por mucho que se esfuerce en

ocultarla, su teoría está fundada como las demás en una pura hipótesis,

y las hipótesis no tienen valor en la ciencia; sólo se sostienen en la

fe...

Al formularse esta palabra en su cerebro, el corazón le dio un vuelco

sin saber por qué. Sintió vagamente que había chocado con algo donde

asirse y quedó sumido nuevamente en profunda meditación.

--No hay que dudarlo. Lo que la ciencia puede darme son las relaciones

de las cosas bajo el imperio del tiempo y el espacio. Jamás me dirá su

esencia. Para que sepa algo de ella, menester es que se trasforme mi

facultad de conocer... ¿Y por qué no he de dejar que se trasforme? ¿Por

qué no he de prescindir por un momento de mi razón y no he de prestar

asenso a los presentimientos de mi alma, a la voz interior que me

explica de un modo claro la esencia divina del Universo? La razón no me

dice por qué es hermosa la puesta del sol en el mar. ¡Y sin embargo es

hermosa! La razón no me dice por qué San Juan de Dios es sublime

abrazándose a los leprosos. ¡Y sin embargo es sublime!...

¡Ah, sí! Por encima de este vulgar conocimiento que me esclaviza a la

materia hay otro que me emancipa. Los ojos del cuerpo no penetran en la

intimidad profunda de los seres; pero la fe no necesita de ojos: la

pintan vendada. No sólo poseo una razón que me explica la apariencia de

las cosas: existe también en mi espíritu una revelación constante que

las ilumina por dentro... ¿Por qué he de prescindir de esta revelación?

¿Por qué he de cerrar los oídos a los suspiros de mi alma? Esta

revelación es el tesoro más precioso con que he sido dotado. Quiero

gozar de él; quiero recobrar la libertad y responder al llamamiento de

lo que hay en mí de divino. Esta revelación me dice que soy un

extranjero en este mundo, sometido a la necesidad, y que puedo romper

los lazos que me unen a él. Me manda sacudir el yugo del tiempo y

distinguir lo que hay en mi ser de temporal y lo que hay de eterno... Si

llevo en mi cerebro las formas eternas de los objetos, es que soy

superior y tengo una existencia independiente de ellas. Esta existencia

es lo único que hay en mí de real; lo demás es pura apariencia, y como

ha nacido debe morir... Quiero vivir esta vida inmortal y libre; quiero

conocer directamente la verdad eterna que se oculta detrás de este

Universo. «La hora vendrá--dice Jesús--en que los muertos oirán la voz

del Hijo de Dios, y aquellos que la oirán vivirán.» La hora ha llegado

para mí... ¡Oh sí, Dios eterno, al través del tiempo y el espacio y de

todas las formas efímeras de la existencia te veo inmutable, infinito,

única fuente de verdad y de vida, única luz en las tinieblas que

envuelven nuestra vida temporal; te veo, te reconozco y te adoro!...

Un sacudimiento semejante al que produce una corriente eléctrica le hizo

ponerse en pie vivamente. El corazón le latía con tal fuerza que se

llevó las manos al pecho. Una emoción grande, intensa subía de él hasta

la garganta y se la apretaba. Sentíase inundado de una extraña alegría.

Comenzó a pasear por el corredor, presa de un desasosiego tan dulce que

le hacía daño. Le parecía que su ser trasmigraba súbito al de un ángel,

que en su espíritu se cumplía un misterio inefable y augusto. Le

acometían impulsos de reír y llorar al mismo tiempo. Se hallaba en la

situación de un desterrado a quien restituyen de repente al seno de su

patria y su familia. Necesitaba hacer esfuerzos sobre sí mismo para no

brincar, para no gritar y reír como un oxigenado.

De tal modo estaba abstraído, que no oyó el ruido de la puerta de su

gabinete al abrirse, ni tampoco los pasos de una persona que avanzaba

por él hasta llegar al mismo corredor.

--Buenas noches, señor excusador--dijo una voz conocida.

--¿Quién va?... ¡Ah!... ¿Es usted, señor juez? ¿Cómo no han encendido

una luz?

--No hace falta. La noche está hermosa. Indudablemente, este corredor es

una gran cosa.

Se dieron la mano, y el juez de primera instancia, que era hombre de

unos cuarenta años, de fisonomía abierta y simpática, se arrimó a la

barandilla del corredor y puso las manos sobre ella.

--Se extrañará usted--dijo con afectada indiferencia--de verme por aquí

a estas horas... ¡Phs!... Hay en el juzgado una denuncia... Nada...

Supongo que será nada entre dos platos. Pero como ya sabe usted que

todas estas cosas de justicia se llevan con tanta formalidad... Luego en

la audiencia no dejan pasar una rata; todo ha de ser a punta de lanza...

En fin, me veo en la necesidad de detener a usted... Supongo que será

por muy poco tiempo... una pura formalidad; pero hay que cumplirla... No

he querido mandar al alguacil ¿sabe usted? por no asustarle, porque la

cosa no merece la pena. He venido yo en persona para tranquilizarle...

No se apure usted, pues, que la detención no tiene importancia, y

véngase conmigo. De este modo y a esta hora nadie se enterará.

--¿Una denuncia?... ¿De qué me acusan?

--Al parecer es el asunto de la escapatoria de la chica de Osuna... No

se asuste usted.

--No me asusto, señor juez. Estoy dispuesto a seguirle al instante... Si

usted me permite, encenderé el quinqué para quitarme las zapatillas y

ponerme los zapatos...

--Todo lo que usted quiera, señor excusador--se apresuró a decir.--Puede

usted tomarse el tiempo que guste y mandar a la cárcel cuantos efectos

tenga por conveniente.

El sacerdote sacó un fósforo y se dispuso a encender el quinqué. El juez

quedó estupefacto. En vez del rostro pálido y descompuesto que pensaba

hallar, pudo observar la fisonomía más plácida y feliz que jamás había

visto en su vida. En la mirada que el excusador le dirigió, después de

encender, brillaba una alegría tan pura como si hubiese venido a

noticiarle que le habían hecho obispo. El juez dio un paso atrás y le

clavó los ojos con desconfianza. Pero se aseguró en seguida viendo el

perfecto sosiego con que hacía todos los preparativos. Empaquetó alguna

ropa en una maleta, se puso los zapatos, la sotana y el sombrero y dijo

sonriendo:

--Ya estoy. Los curas no tardamos mucho en arreglarnos, ¿verdad?... A Dª

Josefa no le diré nada para evitar una escena triste, ¿no le parece a

usted? Le escribiré desde la cárcel, pidiéndole la ropa.

Aprobó el juez cuanto decía, y ambos tomaron la escalera y salieron a la

calle como dos amigos. Durante el trayecto, el joven presbítero dio

señales de una verbosidad y alegría que hacía tiempo no se observaban en

él. Entraron en la cárcel, eligió el juez la habitación menos mala y,

después de dejarle instalado, se despidió con creciente sorpresa al ver

que se quedaba allí tan sereno y risueño como en su casa.

Salió vivamente impresionado de la cárcel. Mientras caminaba por la

calle del Cuadrante arriba, su imaginación daba vueltas buscando una

explicación a aquella conducta extraordinaria.

El señor juez de primera instancia estaba lejos de sospechar que, al

ingresar en la cárcel, el excusador de Peñascosa acababa de salir de los

calabozos del escepticismo.

La Fe · 第 20 / 23 题