Gracias a la actitud resuelta de Obdulia, el asunto no fue llevado a los
tribunales. Desde el primer momento se confesó autora y única
responsable de la fuga: el excusador ninguna culpa había tenido en ella;
sólo había cedido a acompañarla después de incesantes ruegos y
valiéndose del ardid de los malos tratos en su casa. D. Peregrín
Casanova, queriendo sin duda demostrar que no guardaba rencor alguno a
Osuna por la escena de la iluminación, seguía opinando que debía
instruirse expediente gubernativo. Hacía ya mucho tiempo que estaban
reconciliados. En Peñascosa los particulares se injurian públicamente,
se llaman canallas, miserables, etc., etc., y a los ocho días se les
vuelve a ver juntos tomando café. Pero esto no es privativo de
Peñascosa. Lo mismo sucede en Sarrió y en Nieva. De otro modo, ¿cómo
sería posible la vida en estas villas insignes?
Contra el parecer de D. Peregrín se hallaban todas las personas sensatas
de la población. Unos por afectos al excusador, otros por timoratos,
otros porque no veían motivo para armar un escándalo, casi todos
aconsejaron a Osuna que se estuviese quedo. Sin embargo, los enemigos
que el excusador tenía, mejor diremos, los envidiosos, se encresparon
terriblemente. No quisieron asentir a la versión de la doncella.
Opinaban que era una patraña forjada por ella para salvarle; y si no lo
creían, por lo menos así lo manifestaban bajando la voz y sonriendo
maliciosamente. Se les cubrió de sarcasmos, lo mismo al sacerdote que a
su hija de confesión, y se hicieron correr por la villa mil chuscadas
más o menos ingeniosas a propósito de su viaje. Fácil es de adivinar que
quien más trabajó en esta propaganda, aunque de un modo solapado, fue el
P. Narciso. No le bastaba al capellán de Sarrió haber humillado a su
émulo arrancándole el cargo de coadjutor, que en justicia le pertenecía.
Quería a toda costa concluir con él, pulverizarle, que no se oyese más
su nombre en boca de las beatas de Peñascosa.
Pareciole la ocasión de perlas para ello. Por eso se dirigió
espontáneamente a Osuna, preguntándole si no pensaba acudir a los
tribunales. Cuando supo que esto no podía ser porque Obdulia asumía toda
la responsabilidad y declaraba haber engañado a su confesor, experimentó
profundo pesar. Tanto era su anhelo de exterminar al P. Gil, que aunque
hacía ya muchísimo tiempo que sus relaciones con aquélla eran tirantes,
y aun puede decirse de abierta hostilidad, se aventuró a tantearla. Tres
o cuatro días después de haber regresado a Peñascosa la vio una mañana
en la iglesia. Le mandó recado por un monaguillo que deseaba hablar con
ella y la esperaba en la sacristía. Fue allá la joven, aunque de
malísima gana. El coadjutor se hizo de miel; la trató con extremado
cariño; manejó con brío el incensario, sabiendo hasta qué punto era vivo
y delicado su amor propio. Cuando creyó tenerla blanda, le hizo presente
con grandes perífrasis que él, como párroco coadjutor, tenía el deber de
velar por la honra de todas sus feligresas; que la de ella andaba en
boca de la gente hacía unos días, y que esto le pesaba en el alma por el
particular cariño que la profesaba. Le pesaba tanto más, cuanto estaba
seguro de que no había dado motivo alguno para ello. Conocía su carácter
generoso, su espíritu noble; por eso estaba convencido de que en esta
ocasión, como en tantas otras, se sacrificaba por los demás. Ahora
bien, este sacrificio no era admisible; podía considerarse como un
pecado. La honra no nos pertenece; es un depósito que Dios nos confía y
que tenemos la obligación de defender. Por otra parte, la deshonra no
era solamente para ella, sino también para su anciano padre. El pobre se
veía a causa de este sacrificio motejado y murmurado en la villa. Aún
más: aunque se diera por bueno tal rasgo de generosidad, tanto ella como
él, que eran miembros de la Iglesia, tenían el deber de denunciar a la
autoridad eclesiástica a cualquier sacerdote que se extralimitase en el
ejercicio de su ministerio, para que recibiese el condigno y fraternal
castigo que los cánones previenen. Esto redundaba en bien de la fe.
Ella, tan excelente cristiana, no había de permitir que se burlase la
justicia de Dios. Comprendía perfectamente que le sería doloroso
declarar contra su confesor; pero era un sacrificio mayor que el que
estaba llevando a cabo, y que Dios le agradecería seguramente. Además,
debía tener en cuenta que al denunciar a su confesor no le causaba daño
alguno; al contrario, el castigo en la Iglesia se considera como un
bien, como una justa expiación que, cuando va acompañada del
arrepentimiento, redime del pecado y nos libra de las penas del
infierno.
El pobre D. Narciso ignoraba, a pesar de haberla tratado tanto tiempo,
con quién se las había. Antes de que hubiera pronunciado palabra, ya
sabía Obdulia qué iba a decirle y en qué forma poco más o menos; le
conocía como si pasara la vida dentro de su cerebro. Aquella habilidad
frailuna hecha de lugares comunes se estrellaba contra la viva
imaginación, el ingenio sutil y la perspicacia de la joven beata.
Respondiole en el mismo tono persuasivo, untuoso, que el clérigo había
adoptado. De nada podía acusar al P. Gil, que era un santo, un ser
excepcional cuya ilustración servía de faro en la parroquia desde que
por dicha había llegado a ella, y cuya modestia, abnegación y piedad
podían servir de ejemplo y estímulo a sus compañeros. Pero aunque
hubiera motivo para acusarle, se abstendría muy bien de hacerlo,
sabiendo que el escándalo aprovecharía principalmente a los enemigos de
la religión. La falta de una mujer cuando es soltera redunda sólo en
perjuicio de ella. La de un sacerdote, en desprestigio de la clase y en
menoscabo por lo tanto de la religión católica. Otras varias
consideraciones añadió, y entre ellas más de una frase aguda de doble
intención que supo a cuerno quemado al nuevo coadjutor.
--Vaya, adiós, D. Narciso, y dispénseme si no he podido comprender bien
su caritativa intención. Soy una ruin mujer y no entiendo de teologías.
El P. Narciso quedó sonriendo como el conejo. Viendo cerrada esta vía,
entró resueltamente por otra no menos tortuosa. Lo mismo D. Joaquín el
capellán y mayordomo de la señora de Barrado que el P. Melchor, enemigos
natos del joven excusador, vomitaban veneno contra él, como es lógico.
Pero había otros cuantos clérigos en Peñascosa que se habían mostrado
siempre imparciales. A éstos procuró atraérselos pintándoles el lance
desde otro punto de vista, asegurando que tenía motivos secretos para
saberlo. El viaje había sido un verdadero rapto frustrado. La muchacha
se sacrificaba. Hacía ya tiempo que él, D. Narciso, tenía sospechas de
lo que iba a pasar. El excusador había concebido una pasión sacrílega.
La escapatoria estaba concertada desde hacía tres meses, etc., etc. Les
llenó la cabeza de viento. La posición que ocupaba como párroco, de
hecho si no de derecho, facilitó mucho esta atracción. Quedó convenido
entre la mayoría, casi la totalidad de los capellanes de la villa, que
el excusador era un chicuelo sin peso ni formalidad, que había
desprestigiado a la clase sacerdotal y que Dios sabe dónde pararía si el
prelado no tomaba cartas en el asunto.
Desde entonces no perdonaron medio todos ellos de demostrarle su
desprecio. No hay nada que plazca tanto a la naturaleza humana como
despreciar. Empezaron a saludarle fríamente, luego a volver la cabeza,
después a no contestarle. Cuando entraba en la sacristía, si había allí
otros sacerdotes, notaba que se apartaban de él y formaban grupo aparte.
Si iba a revestirse para decir misa, se encontraba la mayor parte de los
días con el armario de las vestiduras cerrado: había que esperar a que
D. Narciso llegase para pedirle la llave. Se prescindía de él en las
funciones cuando era posible: no le convidaban a los _gaudeamus_ que
celebraban. Finalmente, le vejaban de todas las formas y maneras que se
les ofrecía. Y no dejaban de ser bastantes.
El P. Gil quedó más sorprendido que enojado de aquel desprecio. Viendo
que sus compañeros prescindían de él, prescindió de ellos sin gran
pesar. Sólo hablaba con el P. Norberto y con D. Miguel. El viejo
párroco, a quien se había privado de la jefatura de hecho, mantenía, no
obstante, con tesón su derecho, inventaba mil trazas de demostrarlo al
vecindario. Entre él y D. Narciso había una enemiga profunda, feroz.
Pero éste le tenía miedo. El antiguo cabecilla de las huestes carlistas
era capaz, si se le irritaba un poco, de apalearle en la misma iglesia.
Don Miguel triunfaba por el terror. El P. Narciso afectaba despreciarle,
pero siempre a sus espaldas. Delante le trataba con extremada
consideración, y sufría con paciencia las rociadas que de vez en cuando
le soltaba. Y cuando se le ocurría al coadjutor, predicando a los
feligreses en el ofertorio de la misa, decir: «Nosotros los párrocos
tenemos el deber, etc.,» D. Miguel, desde su rincón donde oía la misa,
profería en voz bastante alta para que le oyeran los que estaban a su
alrededor: «¡Párroco yo! ¡párroco yo!»
Saliendo un día juntos de la iglesia, el P. Gil, que acababa de recibir
un fuerte desaire de sus compañeros, se lo dijo, sin lamentarse, como si
le diera cualquiera noticia.
--No hagas caso de ellos--le replicó el viejo caudillo, poniéndole la
mano rugosa y seca como un haz de sarmientos sobre el hombro.--Son todos
unos maricas. Viven pegados a las enaguas de las beatas, como los
gatos... Mira: yo, cuando salgo de decir misa, como ahora, y llego a
casa, nunca dejo de soltarles media docena de... Pero tú, si estás
agraviado, puedes llegar sin inconveniente a la docena.
Una carcajada brutal, semejante a un rugido, sacudió su pecho vigoroso
al pronunciar estas palabras. Sus ojos brillaron con franca, cordial
alegría. El excusador se puso rojo como una cereza y guardó silencio. No
volvió a tener más confidencias con él sobre este punto.
Su vida interior le causaba demasiados tormentos para pensar mucho
tiempo en estas futilidades. El escepticismo le minaba sordamente. El
mundo le parecía cada vez más incomprensible. La idea constante de que
todo lo que le rodeaba era una pura apariencia, cuyo verdadero sentido
permanecería eternamente ignorado para el hombre, engendraba en su alma
una melancolía profunda, que se reflejaba bien en su frente pálida y en
la sonrisa triste e indiferente que plegaba sus labios. La experiencia
toda entera--decía Kant--no es más que el conocimiento del fenómeno, no
de la cosa en sí. Ésta se oculta y se ocultará eternamente a la razón
humana. Platón también lo había dicho antes. Las cosas de este mundo,
tales como nuestros sentidos las perciben, no tienen realidad alguna.
Mientras nos encerramos exclusivamente en la percepción sensible somos
como prisioneros sentados en una caverna oscura, encadenados tan
fuertemente que no pueden volver la cabeza. No ven nada. Sólo perciben
en la pared que tienen enfrente, a la luz del fuego que arde detrás, las
sombras de las cosas que pasan entre ellos y el fuego. Tampoco ellos
mismos se ven sino como sombras proyectadas en la pared. Nuestra
ciencia, pues, se reduce y se reducirá siempre a predecir, según la
experiencia, el orden en que se suceden las sombras.
¡Triste resultado después de tantos esfuerzos! El Universo entero se le
aparecía como una sombra fugitiva que se desvanece con el sujeto que lo
contempla. Es la Maya--como dicen los Vedas,--es el velo de la ilusión
el que, cubriendo los ojos de los mortales, les hace ver un mundo del
cual no puede decirse si existe o no existe, un mundo que semeja a un
sueño, a la radiación del sol sobre la arena, donde el viajero de lejos
cree percibir un lago. Habiendo perdido la fe, no sólo en su razón, sino
también en sus sentidos, la vida de nuestro clérigo se arrastraba
silenciosa, indiferente, en medio de un hastío infinito.
Obdulia no le había visto en los quince días siguientes a su regreso. La
beata salía muy poco de casa por razones fáciles de comprender, y a la
iglesia procuraba ir a las horas en que no estuviese el excusador. Esto
último no precisamente por vergüenza, sino por el mismo sentimiento
amoroso que seguía agitando su corazón. Creía, y no le faltaba motivo,
que, supuestas las habladurías que corrían por el pueblo y la guerra de
todos los capellanes, principalmente de D. Narciso, cualquiera
aproximación a su confesor podía comprometerle. Así que se imponía este
sacrificio con la satisfacción del que padece por el ser adorado. Pero
llegó a ser un tormento superior a sus fuerzas. Su loca pasión, en vez
de calmarse, cada día se exaltaba más. No vivía más que con la imagen
del joven excusador. Hasta en sueños le veía. Y su fantasía desarreglada
le forjaba un sin fin de ilusiones. Dábase a pensar que el P. Gil
correspondía a su amor, y para creerlo sacaba de quicio todas sus
palabras y acciones. Una vez que le había apretado la mano con más
fuerza, otra que le había sonreído desde lejos, otra que se había
ruborizado al encontrarla, etc., etc. Todo lo convertía en sustancia.
Luego el viaje a Palencia era objeto para ella de un minucioso y febril
examen. Su alegría en el coche cuando almorzaban, y ella le limpiaba el
pescado de espinas; la escena de la barca, en que le vio melancólico, a
punto de llorar al escucharla; la turbación que se apoderó de él en el
tren cuando le invitó a descalzarla; finalmente, aquel beso de amor en
los labios que le impresionó hasta hacerle perder el sentido, le
parecían a la luz de los recuerdos otros tantos signos indudables del
sentimiento que embargaba el pecho de su confesor. El pobrecillo era un
santo, y su amor luchaba con el deber. Esta lucha que creía adivinar le
hacía doblemente interesante a sus ojos, y exaltaba aún más, si posible
era, su desapoderada pasión.
Al cabo nació en su mente la idea de verle otra vez. La idea se
convirtió al momento en propósito, y la inundó de alegría. La entrevista
debía ser secreta, que nadie en Peñascosa tuviese noticia de ella. Esto
satisfacía su deseo de no comprometerle, y al mismo tiempo la condición
de su temperamento, inclinado siempre al misterio. Determinó que fuese
de noche: sorprender al excusador en su cuarto, gozar unos momentos de
afectuosa expansión y marcharse al instante. Señaló, por fin, el día.
Durante todo él estuvo nerviosa, agitada dulcemente, como la colegiala
que espera ver a su amante escalar de noche las rejas del balcón. Cuando
llegó la hora, dijo a su padre que le dolía la cabeza, para retirarse
temprano. Así que le oyó salir de casa, se echó con mano trémula un
mantón sobre los hombros, y acompañada de su doncella, que era su
encubridora perpetua, encaminose a casa del excusador. Las piernas le
flaqueaban de placer, el corazón le latía fuertemente.
Lo raro del caso es que no se le pasaba por la imaginación que aquel
amor era sacrílego. No sentía remordimientos. Su cerebro desequilibrado
trastornaba todas las leyes divinas y sociales, las fundía de nuevo a su
capricho. Para ella, el amor del joven presbítero era un puro idealismo
conforme con el espíritu cristiano: hallaba en las historias de los
santos varios casos semejantes. Cuando soñaba con huir en su compañía al
fondo de un retiro dulce y ameno, siempre era bajo el supuesto de seguir
confesándose con él y subir al cielo juntos. Si la carne hablaba dentro
de su ser, o no la escuchaba, o fingía no escucharla, engañándose a sí
propia.
Al llegar a la mansión del sacerdote, ordenó a su doncella que la
aguardase en el portal: no tardaría en bajar. Llamó toda temblorosa.
Salió Dª Josefa a abrir. Como desde su famoso viaje no la había visto,
se arrojó en sus brazos, la abrazó y la besó con afectada efusión. El
ama se mostró muy poco contenta: la recibió con frialdad glacial; hasta
se le conocía que luchaba consigo misma para no soltarle una rociada de
desvergüenzas y darle con la puerta en las narices. Sólo le contuvo la
idea de que su amo se había reconciliado con la beata, lo cual deploraba
en el fondo del alma, juzgándolo feo y peligroso.
Obdulia fingió no advertir la frialdad de la buena señora.
--¿Está en casa?--preguntó con el mismo semblante risueño.
--Está... Voy a avisarle.
--No hay necesidad. Me ha mandado venir a estas horas y me estará
aguardando.
Seguidamente tomó la escalera y se dirigió al cuarto del P. Gil. Dª
Josefa la miró subir con aversión y desconfianza. Preguntar si estaba en
casa y luego decir que la aguardaba era una contradicción manifiesta.
Por esto y por la curiosidad natural la siguió a los pocos momentos.
Bailándole de gozo el corazón, Obdulia se acercó a la puerta del
gabinete y miró por el agujero de la cerradura. El P. Gil estaba sentado
a su mesa de escribir, leyendo a la luz de un quinqué. Una sonrisa de
afecto y entusiasmo contrajo los labios de la joven devota. Abrió de
golpe la puerta para darle una grata sorpresa y exclamó con alegría:
--¡Padre, aquí me tiene usted!
El sacerdote levantó los ojos sorprendido. La sonrisa de la beata se
heló repentinamente en su rostro. En vez del gozo que esperaba, vio
cruzar por ellos un relámpago de ira al cual sucedió instantáneamente
una expresión de absoluta indiferencia, la misma expresión de cansancio
y hastío que hacía tiempo reflejaba su semblante. Alzose con lentitud de
la silla, sin contestar a la exclamación de su penitenta, y avanzó hasta
ella en silencio. La beata, clavándole una angustiosa mirada de terror,
retrocedió un paso. El sacerdote llegó a cogerla por un brazo, y suave,
pero firmemente, la llevó en silencio hasta la puerta, la puso fuera del
gabinete y cerró de nuevo.
Obdulia tropezó con un bulto. Era Dª Josefa, que le soltó una carcajada
en la cara.
--¡Parece que no la reciben a usted bajo palio, señorita!
No contestó. Pálida, con el corazón fuertemente contraído y en un estado
de desfallecimiento que le hacía tambalearse, bajó la escalera sin darse
cuenta. Dª Josefa, cortando el flujo de la risa, la persiguió hasta la
puerta de la calle gritándole con acento iracundo, esforzándose en
bajar la voz para que no le oyera su amo:
--Bien empleado le está, holgazana, gallarina... ¡Vergüenza había de
darle!... ¡Engañar a mi pobre señor y llevarle como un dominguillo de la
ceca a la meca!... ¡Mire usted la monjita!... ¿Es ésa su religión? ¿Es
ésa su delicadeza?... Si quiere hombres, vaya a casa de María Ramona con
mil pares de demonios y no pretenda a los sacerdotes... ¡Fuera de
aquí!... Métase en su casa y tenga honradez y tenga vergüenza, y no ande
como una perra salida a todas horas por esas calles... Si fuera a
llevarme del genio, le levantaba las sayas ahora mismo y le daba en el
tras con la zapatilla hasta que me cansara... ¡Pícara! ¡Mala cabra!
Salió a la calle aturdida, quebrantada. Tuvo que arrimarse a la pared de
la casa para no caer. Los horrores y monstruosidades que le había
vomitado el ama del excusador seguían sonándole como martillazos en los
oídos. Hubo un instante en que creyó perder el sentido; pero del fondo
de su ser salió un grito rabioso, un grito de venganza que le mandó
tenerse firme. Y cumplió la orden, haciendo un gran esfuerzo sobre sí
misma. Descansó unos momentos contra la pared, pasose la mano por la
frente y se encaminó con paso rápido hacia su casa, seguida de la
doncella, que no había podido obtener respuesta a ninguna de sus
preguntas.
Aunque se sentía muy mal, se empeñó en esperar a su padre. Cuando llegó
éste a las once, le siguió hasta su cuarto y, después de cerrar la
puerta, le dijo de repente:
--Papá, no te he dicho la verdad... Cuando me hallasteis con el
excusador acababa de arrojarse sobre mí, estando en la cama. Me resistí,
luchamos, y al fin quedé desmayada en sus brazos.
El jorobado dio un grito de rabia.
--¡Ah puerco! ¡Bien lo presumía yo!
Y se puso a dar vueltas como un tigre por la estancia, vomitando
injurias y blasfemias. Al cabo de un rato se detuvo delante de su hija,
y le preguntó, más con la vista que con las palabras, algo.
La joven bajó la cabeza ruborizada e hizo un signo negativo.
--Bien... De todos modos, has perdido la honra en la población. Es
menester que ese infame no se ría de ti... ¿Estamos?
--En eso estoy--repuso ella con firmeza,--y para eso te lo he confesado.
Osuna le clavó una mirada de sorpresa y curiosidad.
--Vamos--dijo al cabo con sonrisa sarcástica,--ha habido rompimiento.
--Poco importa que haya uno u otro--respondió con acento desabrido.--Lo
que me interesa en este momento es que no pague yo sola la culpa que es
de los dos... de él principalmente.
Asintió el jorobado con toda su alma, porque aún más que la desgracia de
su hija, le preocupaba el vengarse del excusador. Y comenzaron a
cuchichear largamente sobre los medios de llevarlo a cabo. Habían dado
ya las cuatro de la madrugada cuando Obdulia salió del cuarto de su
padre.
Se metió en la cama con fiebre. No pudo conciliar el sueño. La escena en
que acababa de hacer un papel tan triste se le presentaba a la
imaginación cada vez con más relieve. Por más esfuerzos que hacía, no le
era posible borrarla ni por un momento siquiera. Su amor propio gemía
como si le estuvieran atenaceando.
En cuanto se levantó llamó a su padre, y se fueron ambos, como habían
convenido, a ver al P. Narciso. Fue idea de ella. Comprendió que la
persona que en Peñascosa podía ayudarles más en la empresa era el
coadjutor, y a él se dirigió. Éste se mostró sorprendido de su
resolución, y aun quiso, hipócritamente, disuadirles; pero el gozo le
rebosaba de tal modo por los poros, que una palabra un poco agria de
Obdulia bastó para ponerle suave como un guante.
Osuna apuntó la idea de acudir al obispo. Don Narciso se opuso
terminantemente a ello. El delito era común, y a los tribunales
ordinarios debía acudir. Cuando éstos hubieran cumplido con su
ministerio, entonces era el caso de pedir a la Iglesia el castigo del
culpable. El taimado clérigo sabía muy bien que los tribunales
eclesiásticos procuran encubrir los delitos de los sacerdotes para
evitar el escándalo, cuyas consecuencias son peores. Se hace como que no
se cree en ellos, para no verse en la precisión de imponer una pena que
excite la atención demasiado. Determinaron, pues, acudir en queja al
juez de primera instancia. Al día siguiente fue Obdulia a Lancia a
consultar el caso con uno de los abogados más notables. Le encargó la
dirección del negocio, dejó nombrado procurador e hizo con el mayor
sigilo todas las gestiones conducentes a su propósito, sin olvidar el
procurarse algunas cartas de los personajes más influyentes de la
provincia para el juez de Peñascosa.
Mientras estas nubes temerosas se amontonaban sobre su cabeza, el
inocente excusador paseaba desde casa a la iglesia y desde la iglesia a
casa, su frente pálida, su figura melancólica y resignada. Los ojos,
ordinariamente fijos en el suelo, sólo dirigían de vez en cuando miradas
tímidas a la gente, como si temiera que por ellos descubrieran el cáncer
que roía su corazón. No leía más que libros de entretenimiento; no
meditaba. Fatigado de tropezar con el mismo muro infranqueable, huía
con terror de lanzar su pensamiento por las esferas de la metafísica.
Llegó un momento, sin embargo, en que lo hizo sin darse cuenta de ello.
Era una noche plácida de Mayo. Hacía poco más de un mes del famoso viaje
a Palencia. Había leído un rato cierta historia de Grecia de la
biblioteca de Montesinos, que a su muerte se había deshecho. Sentía
calor y cansancio. Apagó el quinqué, abrió las puertas del corredor y
trasladó a él la butaca, sentándose a respirar el aire del mar. Por
algunos minutos fijó la vista con atención en la bóveda celeste cuajada
de estrellas, y se esforzó en reconocer algunas constelaciones. Después
contempló, con el asombro que siempre produce, la vía láctea, que
aquella noche se señalaba admirablemente. Aquella faja blanca donde se
veían los astros como polvo finísimo le causaba siempre un estupor
profundo. Cada grano de ese polvo es un cuerpo millares de veces mayor
que la Tierra, el cual hace girar a su alrededor otros planetas que
nosotros no podemos percibir.
--Y sin embargo--se dijo al cabo de un momento, saliendo de su estupor
con un suspiro,--todas esas grandezas ya no me espantan, porque no
tienen realidad. La existencia de esos astros está pendiente del hilo de
mi razón. Yo llevo en mí la forma eterna de esos objetos, como de todos
los demás. No son otra cosa a mis ojos que un espejo donde se refleja
mi ser interior. Por medio del mecanismo de mi cerebro, de mi facultad
de conocer, se representa la comedia fantástica que se llama mundo
externo. Ese tiempo infinito al través del cual existe la materia
revistiendo formas infinitas; ese espacio infinito también que llenáis,
esferas luminosas, no existen más que en mi representación; son las
formas que yo llevo aparejadas en mi cerebro para que _seáis_, o lo que
es igual, para que estéis representadas en mí...
Pero ¿qué es lo que hay detrás de ese fenómeno, única cosa que puedo
percibir? ¿Cuál es el ser íntimo y verdadero del Universo? Esos mundos
infinitos, ¿son por ventura algo fuera de mi representación? Sí. El
idealismo absoluto es un absurdo, porque yo soy objeto de representación
para los demás, y sin embargo, tengo la absoluta certeza de que existo
fuera de esa representación. Eso mismo pasará a los otros hombres. ¿Qué
soy yo mismo separado de esta forma corporal en que me veo, fuera del
tiempo y el espacio que llevo en el cerebro? ¿Cuál es mi propia esencia
y la esencia del Universo?...
No lo sé. No lo sabré jamás. Los esfuerzos de la filosofía se han
estrellado contra este misterio impenetrable. Nadie ha descifrado hasta
ahora el gran enigma de la existencia. Algunos seres privilegiados han
intentado descorrer el velo y nos han ofrecido, cada cual según su
fantasía, sistemas risueños o lúgubres, austeros o frívolos, de lo que
constituye el fondo de la vida. Pero estos sistemas no tienen ningún
valor científico; no son más que hipótesis. El paso de la representación
al _ser_ es un salto mortal en que han perecido los filósofos más
sagaces y los genios más sublimes de la humanidad. Kant, el coloso, que
ha batido las cataratas de mi inteligencia, atribuye al imperativo de la
conciencia moral un valor absoluto fuera del tiempo y el espacio.
Partiendo de él, cree penetrar con planta segura en los misterios de la
esencia infinita. ¡Ilusión! Este imperativo es un fantasma. Los
filósofos materialistas han metido en él el escalpelo de su crítica y se
ha visto que está hueco. Schopenhauer, el sutil pensador que hoy
arrastra a la juventud, fuera del mundo fenomenal coloca la Voluntad,
que es en su opinión la cosa en sí. ¿Por qué? Con la misma razón que él
la llama _voluntad_, la han llamado los escolásticos _ens realissimum_,
y sus predecesores en Alemania _absoluto_. Por mucho que se esfuerce en
ocultarla, su teoría está fundada como las demás en una pura hipótesis,
y las hipótesis no tienen valor en la ciencia; sólo se sostienen en la
fe...
Al formularse esta palabra en su cerebro, el corazón le dio un vuelco
sin saber por qué. Sintió vagamente que había chocado con algo donde
asirse y quedó sumido nuevamente en profunda meditación.
--No hay que dudarlo. Lo que la ciencia puede darme son las relaciones
de las cosas bajo el imperio del tiempo y el espacio. Jamás me dirá su
esencia. Para que sepa algo de ella, menester es que se trasforme mi
facultad de conocer... ¿Y por qué no he de dejar que se trasforme? ¿Por
qué no he de prescindir por un momento de mi razón y no he de prestar
asenso a los presentimientos de mi alma, a la voz interior que me
explica de un modo claro la esencia divina del Universo? La razón no me
dice por qué es hermosa la puesta del sol en el mar. ¡Y sin embargo es
hermosa! La razón no me dice por qué San Juan de Dios es sublime
abrazándose a los leprosos. ¡Y sin embargo es sublime!...
¡Ah, sí! Por encima de este vulgar conocimiento que me esclaviza a la
materia hay otro que me emancipa. Los ojos del cuerpo no penetran en la
intimidad profunda de los seres; pero la fe no necesita de ojos: la
pintan vendada. No sólo poseo una razón que me explica la apariencia de
las cosas: existe también en mi espíritu una revelación constante que
las ilumina por dentro... ¿Por qué he de prescindir de esta revelación?
¿Por qué he de cerrar los oídos a los suspiros de mi alma? Esta
revelación es el tesoro más precioso con que he sido dotado. Quiero
gozar de él; quiero recobrar la libertad y responder al llamamiento de
lo que hay en mí de divino. Esta revelación me dice que soy un
extranjero en este mundo, sometido a la necesidad, y que puedo romper
los lazos que me unen a él. Me manda sacudir el yugo del tiempo y
distinguir lo que hay en mi ser de temporal y lo que hay de eterno... Si
llevo en mi cerebro las formas eternas de los objetos, es que soy
superior y tengo una existencia independiente de ellas. Esta existencia
es lo único que hay en mí de real; lo demás es pura apariencia, y como
ha nacido debe morir... Quiero vivir esta vida inmortal y libre; quiero
conocer directamente la verdad eterna que se oculta detrás de este
Universo. «La hora vendrá--dice Jesús--en que los muertos oirán la voz
del Hijo de Dios, y aquellos que la oirán vivirán.» La hora ha llegado
para mí... ¡Oh sí, Dios eterno, al través del tiempo y el espacio y de
todas las formas efímeras de la existencia te veo inmutable, infinito,
única fuente de verdad y de vida, única luz en las tinieblas que
envuelven nuestra vida temporal; te veo, te reconozco y te adoro!...
Un sacudimiento semejante al que produce una corriente eléctrica le hizo
ponerse en pie vivamente. El corazón le latía con tal fuerza que se
llevó las manos al pecho. Una emoción grande, intensa subía de él hasta
la garganta y se la apretaba. Sentíase inundado de una extraña alegría.
Comenzó a pasear por el corredor, presa de un desasosiego tan dulce que
le hacía daño. Le parecía que su ser trasmigraba súbito al de un ángel,
que en su espíritu se cumplía un misterio inefable y augusto. Le
acometían impulsos de reír y llorar al mismo tiempo. Se hallaba en la
situación de un desterrado a quien restituyen de repente al seno de su
patria y su familia. Necesitaba hacer esfuerzos sobre sí mismo para no
brincar, para no gritar y reír como un oxigenado.
De tal modo estaba abstraído, que no oyó el ruido de la puerta de su
gabinete al abrirse, ni tampoco los pasos de una persona que avanzaba
por él hasta llegar al mismo corredor.
--Buenas noches, señor excusador--dijo una voz conocida.
--¿Quién va?... ¡Ah!... ¿Es usted, señor juez? ¿Cómo no han encendido
una luz?
--No hace falta. La noche está hermosa. Indudablemente, este corredor es
una gran cosa.
Se dieron la mano, y el juez de primera instancia, que era hombre de
unos cuarenta años, de fisonomía abierta y simpática, se arrimó a la
barandilla del corredor y puso las manos sobre ella.
--Se extrañará usted--dijo con afectada indiferencia--de verme por aquí
a estas horas... ¡Phs!... Hay en el juzgado una denuncia... Nada...
Supongo que será nada entre dos platos. Pero como ya sabe usted que
todas estas cosas de justicia se llevan con tanta formalidad... Luego en
la audiencia no dejan pasar una rata; todo ha de ser a punta de lanza...
En fin, me veo en la necesidad de detener a usted... Supongo que será
por muy poco tiempo... una pura formalidad; pero hay que cumplirla... No
he querido mandar al alguacil ¿sabe usted? por no asustarle, porque la
cosa no merece la pena. He venido yo en persona para tranquilizarle...
No se apure usted, pues, que la detención no tiene importancia, y
véngase conmigo. De este modo y a esta hora nadie se enterará.
--¿Una denuncia?... ¿De qué me acusan?
--Al parecer es el asunto de la escapatoria de la chica de Osuna... No
se asuste usted.
--No me asusto, señor juez. Estoy dispuesto a seguirle al instante... Si
usted me permite, encenderé el quinqué para quitarme las zapatillas y
ponerme los zapatos...
--Todo lo que usted quiera, señor excusador--se apresuró a decir.--Puede
usted tomarse el tiempo que guste y mandar a la cárcel cuantos efectos
tenga por conveniente.
El sacerdote sacó un fósforo y se dispuso a encender el quinqué. El juez
quedó estupefacto. En vez del rostro pálido y descompuesto que pensaba
hallar, pudo observar la fisonomía más plácida y feliz que jamás había
visto en su vida. En la mirada que el excusador le dirigió, después de
encender, brillaba una alegría tan pura como si hubiese venido a
noticiarle que le habían hecho obispo. El juez dio un paso atrás y le
clavó los ojos con desconfianza. Pero se aseguró en seguida viendo el
perfecto sosiego con que hacía todos los preparativos. Empaquetó alguna
ropa en una maleta, se puso los zapatos, la sotana y el sombrero y dijo
sonriendo:
--Ya estoy. Los curas no tardamos mucho en arreglarnos, ¿verdad?... A Dª
Josefa no le diré nada para evitar una escena triste, ¿no le parece a
usted? Le escribiré desde la cárcel, pidiéndole la ropa.
Aprobó el juez cuanto decía, y ambos tomaron la escalera y salieron a la
calle como dos amigos. Durante el trayecto, el joven presbítero dio
señales de una verbosidad y alegría que hacía tiempo no se observaban en
él. Entraron en la cárcel, eligió el juez la habitación menos mala y,
después de dejarle instalado, se despidió con creciente sorpresa al ver
que se quedaba allí tan sereno y risueño como en su casa.
Salió vivamente impresionado de la cárcel. Mientras caminaba por la
calle del Cuadrante arriba, su imaginación daba vueltas buscando una
explicación a aquella conducta extraordinaria.
El señor juez de primera instancia estaba lejos de sospechar que, al
ingresar en la cárcel, el excusador de Peñascosa acababa de salir de los
calabozos del escepticismo.