El tribunal de los hombres le condenó a catorce años, ocho meses y un
día de reclusión.
El oficial de sala de la Audiencia que fue a leerle la sentencia a la
cárcel se creyó en el deber de prodigarle consuelos. El caso no era
desesperado. El Tribunal Supremo podía aún casar la sentencia. Si esto
no sucediese, él era todavía joven y volvería seguramente del presidio,
sobre todo teniendo en cuenta las rebajas de tiempo que el gobierno
otorga de vez en cuando, etc., etc.
--Gracias, gracias, señor--dijo el presbítero, cuya fisonomía expresaba
una calma profunda, una serenidad íntima que llamaba la atención.--Usted
me cree muy desgraciado, ¿verdad?
--Mucho... Me inspira usted una gran compasión--respondió con cara
compungida el curial.
--¿De modo que no se cambiaría usted por mí en este momento?
El empleado hizo una mueca de susto.
--Por desgracia... Ya comprenderá usted... ¡El caso es terrible!...
El P. Gil permaneció un instante mirándole fijamente con una dulzura no
exenta de lástima, y dijo al fin, poniéndole una mano sobre el hombro:
--Pues haría usted mal, señor, haría usted mal. Podía usted muy bien dar
su libertad, su honor, su posición y su familia por hallarse como yo...
y todavía saldría usted enormemente ganancioso.
El curial le miró con estupor. Por sus ojos pasó después un relámpago de
inquietud, temiendo hallarse frente a un loco, y se apresuró a
despedirse y salir.
Quedó solo el sacerdote. La celda en que se hallaba era lóbrega y sucia.
Un catre de hierro, una mesilla de pino, una cómoda tosca y algunas
sillas de paja componían todo el mobiliario. Por la única ventana
enrejada que la esclarecía, abierta a bastante altura, entraba en aquel
momento un haz de rayos de sol. El P. Gil, después de permanecer un
momento inmóvil en actitud reflexiva, fue a colocarse debajo de
aquellos rayos. Su cabeza rubia, iluminada repentinamente, brilló con
reflejos de oro, su tez blanca adquirió una trasparencia singular. Su
cuerpo fino, delgado, vestido con negra sotana, parecía una columna de
ébano destinada a sostener aquella cabeza.
Dejose anegar por la onda tibia, bebiendo lentamente su dulzura,
palpitando bajo su caricia como un pájaro prisionero. Alzó los ojos a la
ventana. Por entre las rejas percibió el azul del firmamento,
trasparente, infinito, convidando a volar por él.
El cielo reía. Pero más alegremente que el cielo reía su alma, inundada
de gozo embriagador. En el fondo de su ser también brillaba el infinito
azul. Desde que la Gracia le había visitado vivía en perpetua fiesta.
Sus ojos, iluminados bruscamente, contemplaban el Universo en su
naturaleza ideal. Todos los velos tendidos por la razón habían caído al
suelo: el gran secreto de la existencia se le revelaba directamente con
admirable claridad y pureza.
Detrás de esta vida aparente que nos rodea vio la vida real, la vida
infinita, y entró en ella con el corazón henchido de alegría. En esta
vida infinita todo es amor, o lo que es igual, todo es felicidad. Entrar
en ella es poner el pie en el imperio de la Eternidad. Es la vida del
espíritu. El mundo no puede cambiarla ni el tiempo destruirla, porque
es ella el principio mismo del tiempo y del mundo. Gustó la vida en
Dios; vivió más allá del tiempo en la fuente misma ideal y perenne del
mundo imaginativo que nos envuelve. Sus días ya no se deslizaban tristes
y ansiosos como una porción del tiempo. Ya no sufría el torcedor de la
voluntad; no exhalaba quejas lastimeras sobre sus pecados, sobre sus
resoluciones vencidas, porque no amaba ya sus propias obras, por buenas
que fuesen, como antes, sino únicamente lo Eterno. Porque las obras
tienen su origen en la persona, y él se había despojado de la suya; la
había negado con firmeza. En medio de una santa y dulce indiferencia
dejaba que Dios obrase dentro de su espíritu. Exento para siempre de
duda y de incertidumbre, sabía que no debía querer más que una cosa, y
que todo lo demás se le daría por añadidura. Estaba seguro de que la
fuente de amor divino que había brotado en él no se agotaría jamás, y
que este amor le guiaría eternamente. El temor de la destrucción por la
muerte ya no le turbaba. La muerte, desde que había entrado en la vida
de la eternidad, era para él incomprensible. No necesitaba bajar a la
tumba para obtener esta vida eterna. Bastábale unirse de corazón a Dios
para poseerla y para gozarla.
Averiguó, en fin, de una vez para siempre, que el hombre no puede
salvarse del dolor y de la muerte por la razón, sino por la Fe, esto es,
por un conocimiento distinto y superior del que aquélla puede darnos.
Desde que este conocimiento iluminó su espíritu, alcanzó la felicidad
absoluta. Sin inquietud por lo porvenir, sin sentimiento por lo pasado,
no apeteciendo nada, no rechazando nada tampoco, su vida se deslizaba
tiempo hacía como un sueño feliz, como una dulce embriaguez. Dejó caer
el plomo de los deseos y las tristezas que le ligaban a la tierra.
Desprendido de toda ilusión y de todo esfuerzo, sin temores de
aniquilamiento ni esperanzas egoístas de resurrección, por la virtud de
la Fe y del amor supo reproducir en su alma el verdadero reinando de
Dios.
Sólo breves instantes permaneció así inmóvil, recibiendo el beso cálido
del astro del día. No tardó en representársele que aquél era un goce de
los sentidos, y haciendo un gesto de desdén, fue a sentarse en el ángulo
más oscuro de la estancia. Sólo renunciando a los placeres, sólo
buscando el sufrimiento y señoreando sus sentidos había llegado a aquel
estado de beatitud, de sublime indiferencia.
--¿Para qué necesito los rayos de ese sol--se dijo,--si el fuego que
arde dentro de mi alma me calienta y me conforta mejor? ¿Qué vale esa
luz efímera, comparada con esta otra que no se oscurecerá jamás? Vivir
en la vida de los sentidos es ser un esclavo del tiempo y la necesidad.
Todo lo que no pertenezca al ser interior y libre que dentro de mí he
conseguido hallar me es extraño e indiferente. ¡Oh, no! No temblaré ya
como un esclavo. Tengo la conciencia de mi libertad. No necesito morir
para recobrarla. Este sentimiento de mi libertad me llena de gozo, soy
un emancipado y llevo impreso en el alma el sello de mi Dios. Nada de lo
que sucede, nada de lo que sucederá puede alterar la paz de mi corazón.
El pulso de mi vida interior batirá con la misma fuerza hasta que suene
la hora de dejar este mundo. He comido de la carne y he bebido de la
sangre del Redentor, y según sus promesas, yo habito en Él y Él habita
en mí. Soy un hijo de la Eternidad. He recogido la herencia de mi Padre,
y nadie, ¡nadie me la podrá arrancar!...
El cerrojo de la puerta sonó con estrépito. Apareció el llavero, un
hombre grueso, con la faz colorada, los ojos llenos de carne, el traje
sucio y grasiento, y alrededor del abultado abdomen un cinturón ancho de
cuero guarnecido de llaves. Sin dar los buenos días ni hacer una mínima
señal de cortesía, volvió el rostro hacia el pasillo, diciendo:
--Pasen ustedes, señores, pasen ustedes.
Detrás de él aparecieron dos caballeros con levita y sombrero de copa.
El uno alto, rubio, con larga barba que le llegaba hasta la mitad del
pecho, fisonomía abierta y simpática; joven aún. El otro más bajo y más
delgado, de color enfermizo, barba rala y gafas. El primero era un
médico distinguido de la población. El segundo, un jurista muy
aficionado a los estudios penales y que había publicado ya varias
monografías referentes a ellos.
Levantose el P. Gil al verlos. Ellos le saludaron cortésmente, aunque
sin darle la mano.
--Bueno; ahí les dejo a ustedes con el _pater_--dijo el llavero con
grosería.--Avisen ustedes cuando quieran salir.
Y se fue.
El abogado dio un paso hacia el penado, y le dijo con amable sonrisa:
--Desearíamos, si usted no tiene inconveniente en ello, hacerle algunas
preguntas...
--Son ustedes muy dueños--respondió el sacerdote, clavando en él una
mirada límpida que consiguió turbarle.
El médico se adelantó también, y sacando la petaca le ofreció un cigarro
puro, preguntándole al mismo tiempo:
--¿Qué tal? ¿Le tratan a usted bien por aquí?
--Muchas gracias, no fumo... Sí, señor, me tratan bien. Hay más caridad
en la cárcel de lo que ordinariamente se dice.
Entablose una conversación animada. Procuraron, lo mismo el médico que
el jurista, hacerla cada vez más íntima y familiar, enterándose con
interés de los pormenores de su vida cotidiana. Pasaron después
insensiblemente a interrogarle acerca de su infancia, de las primeras
impresiones de su vida, de su educación, y se detuvieron particularmente
en la adolescencia. ¿Cuál era su vida en el seminario? ¿Cuál su régimen
de alimentación? ¿Era aficionado a la soledad? ¿Qué enfermedades había
padecido? Enteráronse también de algunas particularidades referentes a
su familia. El suicidio de su madre les llamó sobre todo la atención, y
se entretuvieron largo rato a preguntarle lo que sabía acerca de la que
le había dado el ser. Por último, después de una hora de conversación,
durante la cual le miraban con la insistencia pertinaz de quien va a
comprar un animal, el médico le preguntó:
--¿Nos permitirá usted ahora que tomemos algunos datos acerca de su
cráneo y otras medidas?...
El P. Gil, un poco sorprendido, consintió inmediatamente. El médico sacó
del bolsillo de atrás de la levita un craniómetro y una cinta.
Tomole la medida del cráneo en redondo, después la de la caja ósea que
protege el encéfalo, la del ángulo facial, la del largo de la cara;
midió la proyección facial y la parietal, los arcos zigomáticos y la
mandíbula...
Al llegar aquí, el médico y el jurista cambiaron una rápida mirada
significativa.
--¿Nos hace usted el favor de abrir los brazos?
El P. Gil se puso en cruz, mientras una mirada dulce y melancólica
plegaba sus labios. Midieron el largo de los brazos. Después el de las
manos. En este punto, médico y jurista tornaron a cambiar otra mirada de
inteligencia.
Finalmente, luego que se hubieron enterado de todo lo que quisieron,
despidiéronse de él muy cortésmente, dándole muchas veces las gracias
por su amabilidad y procurando animarle con buenas razones.
Al día siguiente aparecía en _El Porvenir de Lancia_, firmado por el
abogado criminalista, un artículo con el título de _Una visita al P.
Gil_. Hacíase en él relación exacta de la entrevista, describíase con
minuciosidad la persona del sacerdote penado, y terminaba con una serie
de profundas consideraciones científicas acerca de los caracteres
anatómicos, patológicos y fisiológicos que el delincuente presentaba.
«Entre los datos antropométricos--decía en uno de sus párrafos--comunes
a todos los criminales, sólo hemos podido observar cierto predominio
ligero de la proyección parietal comparada con la frontal y bastante
desarrollo de los arcos cigomáticos y de la mandíbula. En cambio, el P.
Gil ofrece en su figura absolutamente todos los rasgos que la escuela
criminal positiva asigna como peculiares a los _estupradores_ y
_libertinos_; es a saber: el pabellón de la oreja saliente e inserto a
manera de asa, la mirada brillante, la fisonomía delicada (a excepción
de la mandíbula), el cabello liso, el cutis mórbido, las manos muy
largas y algo de afeminado en el conjunto.»