XV

El tribunal de los hombres le condenó a catorce años, ocho meses y un

día de reclusión.

El oficial de sala de la Audiencia que fue a leerle la sentencia a la

cárcel se creyó en el deber de prodigarle consuelos. El caso no era

desesperado. El Tribunal Supremo podía aún casar la sentencia. Si esto

no sucediese, él era todavía joven y volvería seguramente del presidio,

sobre todo teniendo en cuenta las rebajas de tiempo que el gobierno

otorga de vez en cuando, etc., etc.

--Gracias, gracias, señor--dijo el presbítero, cuya fisonomía expresaba

una calma profunda, una serenidad íntima que llamaba la atención.--Usted

me cree muy desgraciado, ¿verdad?

--Mucho... Me inspira usted una gran compasión--respondió con cara

compungida el curial.

--¿De modo que no se cambiaría usted por mí en este momento?

El empleado hizo una mueca de susto.

--Por desgracia... Ya comprenderá usted... ¡El caso es terrible!...

El P. Gil permaneció un instante mirándole fijamente con una dulzura no

exenta de lástima, y dijo al fin, poniéndole una mano sobre el hombro:

--Pues haría usted mal, señor, haría usted mal. Podía usted muy bien dar

su libertad, su honor, su posición y su familia por hallarse como yo...

y todavía saldría usted enormemente ganancioso.

El curial le miró con estupor. Por sus ojos pasó después un relámpago de

inquietud, temiendo hallarse frente a un loco, y se apresuró a

despedirse y salir.

Quedó solo el sacerdote. La celda en que se hallaba era lóbrega y sucia.

Un catre de hierro, una mesilla de pino, una cómoda tosca y algunas

sillas de paja componían todo el mobiliario. Por la única ventana

enrejada que la esclarecía, abierta a bastante altura, entraba en aquel

momento un haz de rayos de sol. El P. Gil, después de permanecer un

momento inmóvil en actitud reflexiva, fue a colocarse debajo de

aquellos rayos. Su cabeza rubia, iluminada repentinamente, brilló con

reflejos de oro, su tez blanca adquirió una trasparencia singular. Su

cuerpo fino, delgado, vestido con negra sotana, parecía una columna de

ébano destinada a sostener aquella cabeza.

Dejose anegar por la onda tibia, bebiendo lentamente su dulzura,

palpitando bajo su caricia como un pájaro prisionero. Alzó los ojos a la

ventana. Por entre las rejas percibió el azul del firmamento,

trasparente, infinito, convidando a volar por él.

El cielo reía. Pero más alegremente que el cielo reía su alma, inundada

de gozo embriagador. En el fondo de su ser también brillaba el infinito

azul. Desde que la Gracia le había visitado vivía en perpetua fiesta.

Sus ojos, iluminados bruscamente, contemplaban el Universo en su

naturaleza ideal. Todos los velos tendidos por la razón habían caído al

suelo: el gran secreto de la existencia se le revelaba directamente con

admirable claridad y pureza.

Detrás de esta vida aparente que nos rodea vio la vida real, la vida

infinita, y entró en ella con el corazón henchido de alegría. En esta

vida infinita todo es amor, o lo que es igual, todo es felicidad. Entrar

en ella es poner el pie en el imperio de la Eternidad. Es la vida del

espíritu. El mundo no puede cambiarla ni el tiempo destruirla, porque

es ella el principio mismo del tiempo y del mundo. Gustó la vida en

Dios; vivió más allá del tiempo en la fuente misma ideal y perenne del

mundo imaginativo que nos envuelve. Sus días ya no se deslizaban tristes

y ansiosos como una porción del tiempo. Ya no sufría el torcedor de la

voluntad; no exhalaba quejas lastimeras sobre sus pecados, sobre sus

resoluciones vencidas, porque no amaba ya sus propias obras, por buenas

que fuesen, como antes, sino únicamente lo Eterno. Porque las obras

tienen su origen en la persona, y él se había despojado de la suya; la

había negado con firmeza. En medio de una santa y dulce indiferencia

dejaba que Dios obrase dentro de su espíritu. Exento para siempre de

duda y de incertidumbre, sabía que no debía querer más que una cosa, y

que todo lo demás se le daría por añadidura. Estaba seguro de que la

fuente de amor divino que había brotado en él no se agotaría jamás, y

que este amor le guiaría eternamente. El temor de la destrucción por la

muerte ya no le turbaba. La muerte, desde que había entrado en la vida

de la eternidad, era para él incomprensible. No necesitaba bajar a la

tumba para obtener esta vida eterna. Bastábale unirse de corazón a Dios

para poseerla y para gozarla.

Averiguó, en fin, de una vez para siempre, que el hombre no puede

salvarse del dolor y de la muerte por la razón, sino por la Fe, esto es,

por un conocimiento distinto y superior del que aquélla puede darnos.

Desde que este conocimiento iluminó su espíritu, alcanzó la felicidad

absoluta. Sin inquietud por lo porvenir, sin sentimiento por lo pasado,

no apeteciendo nada, no rechazando nada tampoco, su vida se deslizaba

tiempo hacía como un sueño feliz, como una dulce embriaguez. Dejó caer

el plomo de los deseos y las tristezas que le ligaban a la tierra.

Desprendido de toda ilusión y de todo esfuerzo, sin temores de

aniquilamiento ni esperanzas egoístas de resurrección, por la virtud de

la Fe y del amor supo reproducir en su alma el verdadero reinando de

Dios.

Sólo breves instantes permaneció así inmóvil, recibiendo el beso cálido

del astro del día. No tardó en representársele que aquél era un goce de

los sentidos, y haciendo un gesto de desdén, fue a sentarse en el ángulo

más oscuro de la estancia. Sólo renunciando a los placeres, sólo

buscando el sufrimiento y señoreando sus sentidos había llegado a aquel

estado de beatitud, de sublime indiferencia.

--¿Para qué necesito los rayos de ese sol--se dijo,--si el fuego que

arde dentro de mi alma me calienta y me conforta mejor? ¿Qué vale esa

luz efímera, comparada con esta otra que no se oscurecerá jamás? Vivir

en la vida de los sentidos es ser un esclavo del tiempo y la necesidad.

Todo lo que no pertenezca al ser interior y libre que dentro de mí he

conseguido hallar me es extraño e indiferente. ¡Oh, no! No temblaré ya

como un esclavo. Tengo la conciencia de mi libertad. No necesito morir

para recobrarla. Este sentimiento de mi libertad me llena de gozo, soy

un emancipado y llevo impreso en el alma el sello de mi Dios. Nada de lo

que sucede, nada de lo que sucederá puede alterar la paz de mi corazón.

El pulso de mi vida interior batirá con la misma fuerza hasta que suene

la hora de dejar este mundo. He comido de la carne y he bebido de la

sangre del Redentor, y según sus promesas, yo habito en Él y Él habita

en mí. Soy un hijo de la Eternidad. He recogido la herencia de mi Padre,

y nadie, ¡nadie me la podrá arrancar!...

El cerrojo de la puerta sonó con estrépito. Apareció el llavero, un

hombre grueso, con la faz colorada, los ojos llenos de carne, el traje

sucio y grasiento, y alrededor del abultado abdomen un cinturón ancho de

cuero guarnecido de llaves. Sin dar los buenos días ni hacer una mínima

señal de cortesía, volvió el rostro hacia el pasillo, diciendo:

--Pasen ustedes, señores, pasen ustedes.

Detrás de él aparecieron dos caballeros con levita y sombrero de copa.

El uno alto, rubio, con larga barba que le llegaba hasta la mitad del

pecho, fisonomía abierta y simpática; joven aún. El otro más bajo y más

delgado, de color enfermizo, barba rala y gafas. El primero era un

médico distinguido de la población. El segundo, un jurista muy

aficionado a los estudios penales y que había publicado ya varias

monografías referentes a ellos.

Levantose el P. Gil al verlos. Ellos le saludaron cortésmente, aunque

sin darle la mano.

--Bueno; ahí les dejo a ustedes con el _pater_--dijo el llavero con

grosería.--Avisen ustedes cuando quieran salir.

Y se fue.

El abogado dio un paso hacia el penado, y le dijo con amable sonrisa:

--Desearíamos, si usted no tiene inconveniente en ello, hacerle algunas

preguntas...

--Son ustedes muy dueños--respondió el sacerdote, clavando en él una

mirada límpida que consiguió turbarle.

El médico se adelantó también, y sacando la petaca le ofreció un cigarro

puro, preguntándole al mismo tiempo:

--¿Qué tal? ¿Le tratan a usted bien por aquí?

--Muchas gracias, no fumo... Sí, señor, me tratan bien. Hay más caridad

en la cárcel de lo que ordinariamente se dice.

Entablose una conversación animada. Procuraron, lo mismo el médico que

el jurista, hacerla cada vez más íntima y familiar, enterándose con

interés de los pormenores de su vida cotidiana. Pasaron después

insensiblemente a interrogarle acerca de su infancia, de las primeras

impresiones de su vida, de su educación, y se detuvieron particularmente

en la adolescencia. ¿Cuál era su vida en el seminario? ¿Cuál su régimen

de alimentación? ¿Era aficionado a la soledad? ¿Qué enfermedades había

padecido? Enteráronse también de algunas particularidades referentes a

su familia. El suicidio de su madre les llamó sobre todo la atención, y

se entretuvieron largo rato a preguntarle lo que sabía acerca de la que

le había dado el ser. Por último, después de una hora de conversación,

durante la cual le miraban con la insistencia pertinaz de quien va a

comprar un animal, el médico le preguntó:

--¿Nos permitirá usted ahora que tomemos algunos datos acerca de su

cráneo y otras medidas?...

El P. Gil, un poco sorprendido, consintió inmediatamente. El médico sacó

del bolsillo de atrás de la levita un craniómetro y una cinta.

Tomole la medida del cráneo en redondo, después la de la caja ósea que

protege el encéfalo, la del ángulo facial, la del largo de la cara;

midió la proyección facial y la parietal, los arcos zigomáticos y la

mandíbula...

Al llegar aquí, el médico y el jurista cambiaron una rápida mirada

significativa.

--¿Nos hace usted el favor de abrir los brazos?

El P. Gil se puso en cruz, mientras una mirada dulce y melancólica

plegaba sus labios. Midieron el largo de los brazos. Después el de las

manos. En este punto, médico y jurista tornaron a cambiar otra mirada de

inteligencia.

Finalmente, luego que se hubieron enterado de todo lo que quisieron,

despidiéronse de él muy cortésmente, dándole muchas veces las gracias

por su amabilidad y procurando animarle con buenas razones.

Al día siguiente aparecía en _El Porvenir de Lancia_, firmado por el

abogado criminalista, un artículo con el título de _Una visita al P.

Gil_. Hacíase en él relación exacta de la entrevista, describíase con

minuciosidad la persona del sacerdote penado, y terminaba con una serie

de profundas consideraciones científicas acerca de los caracteres

anatómicos, patológicos y fisiológicos que el delincuente presentaba.

«Entre los datos antropométricos--decía en uno de sus párrafos--comunes

a todos los criminales, sólo hemos podido observar cierto predominio

ligero de la proyección parietal comparada con la frontal y bastante

desarrollo de los arcos cigomáticos y de la mandíbula. En cambio, el P.

Gil ofrece en su figura absolutamente todos los rasgos que la escuela

criminal positiva asigna como peculiares a los _estupradores_ y

_libertinos_; es a saber: el pabellón de la oreja saliente e inserto a

manera de asa, la mirada brillante, la fisonomía delicada (a excepción

de la mandíbula), el cabello liso, el cutis mórbido, las manos muy

largas y algo de afeminado en el conjunto.»

La Fe · 第 22 / 23 题