Obdulia manifestó a su confesor que estaba resuelta a dejar el mundo y
consagrarse por entero a Dios en un convento. No pudo darle noticia más
grata. Hacía ya mucho tiempo que las preferencias, la exagerada sumisión
y hasta idolatría que la joven devota se complacía en mostrarle
inquietaban al P. Gil. La última extravagancia que había cometido, y de
la cual le enteró el secretario del obispo, le puso en un estado tal de
confusión y enojo que en muchos días no quiso hablar con ella, ni menos
se avino a confesarla. El suceso había trascendido y se comentaba mucho
y se reía no poco también. Claro que quien perdía principalmente era
ella; pero de reflejo también se menoscababa la dignidad del sacerdote.
La joven estaba avergonzada. No se presentaba en público ni en casa de
sus amigas, y hasta procuraba ir a la iglesia a las horas en que no
hubiese gente. Pero estaba aún más afligida, con la actitud de su
confesor, que avergonzada. Quizá por esto, y para granjearse de nuevo su
voluntad, le fue a noticiar una tarde al confesonario la determinación
que había tomado.
No vaciló en darle su consentimiento. Una devoción tan exaltada, un
anhelo tan vivo de penitencia y sacrificio se hallarían más a su grado
entre las paredes de un convento que en medio de las impurezas de la
vida mundanal. A decir verdad, siempre le había sorprendido un poco que
su penitenta no se acordase de la vida monástica, tan conforme con sus
inclinaciones. Luego, la edad a que había llegado, traspuesta ya la
primera juventud, no hacía temer que su resolución fuese hija de un
deseo efímero, de una fugaz exaltación romántica, como suele acaecer a
las niñas de quince a veinte años. No sólo, pues, se manifestó conforme,
sino que la alentó con suaves palabras a persistir en ella y a llevarla
a cabo en el plazo más corto posible. Quedó en principio acordado entre
ambos que se buscarían los medios más adecuados para ello. El P. Gil,
aunque no se lo confesase claramente, estaba contentísimo de librarse
de aquella inquieta y enfadosa beata, que a todas horas le molestaba, y
que el día menos pensado podía comprometerle gravemente.
Se trató la cuestión de convento. El P. Gil deseaba que fuese al de
Agustinas de Lancia, pero la joven prefirió una regla más estrecha. En
un pueblecito de Castilla llamado Astudillo existía un convento de
Carmelitas Descalzas, donde estaba de superiora una prima suya. Era un
retiro dulce, remoto; no había más que diez o doce monjas: un rinconcito
del cielo, como le decía cierto capellán que lo había visitado. A ése se
empeñó en ir, y su confesor no tuvo al fin más remedio que ceder.
Quedaba la cuestión más grave; el permiso de su padre. Obdulia la
presentó desde luego como muy ardua. Osuna no tenía más hija que ella.
Era verosímil que se resistiera a perderla para siempre. Mostrábase
reacia, temerosa, para hablarle: dejó trascurrir días y días sin
intentarlo. El P. Gil la animaba representándole que nada reprobado iba
a solicitar de él. La resolución de retirarse del mundo era buena y
piadosa para la Iglesia. Para los que no creyeran en ésta, indiferente,
nada tenía de inmoral; dependía en un todo del gusto o vocación de la
persona. Si un padre consiente que un hijo se case o elija carrera
acomodada a sus aficiones, ¿por qué no ha de permitir que otro busque
su felicidad en el silencio de una celda? Sobre todo, nada tenía de
ofensivo para su autoridad el solicitarlo humildemente. Si lo negaba, se
alegarían razones; tal vez se llegase a convencerle.
Finalmente, después de muchas idas y vueltas, tentativas y sustos y
vacilaciones, las cuales rodeaba la exaltada doncella de gran aparato y
misterio, se decidió un día a acometer aquella empresa espeluznante.
¡Cielo santo, en qué estado de confusión y terror llegó aquella tarde al
confesonario! Su padre se había puesto loco, rabioso, al solo anuncio de
lo que deseaba hacer. No quiso escuchar razones; la increpó, la injurió
y la arrojó de su cuarto a empellones. Jamás consentiría en darle
permiso. Primero quisiera verla muerta, y aun la mataría por su propia
mano. El P. Gil halló exagerada y hasta irracional aquella oposición, y
manifestó propósitos de dirigirse él mismo a Osuna y hacerle comprender
que no tenía derecho a violentar de tal modo la inclinación de su hija,
sobre todo considerando que no era una niña privada de reflexión.
Obdulia se apresuró a disuadirle de este empeño. Su padre había dicho en
un arranque de enojo que consideraría como enemigo a cualquiera que le
hablase del asunto, que no le escucharía y le arrojaría de su casa.
Fue preciso resignarse por el momento, esperando tiempo más propicio.
Sin embargo, la piadosa joven manifestaba cada día mayores y más
vehementes deseos de abandonar el mundo para siempre. Esto la
reconciliaba con el P. Gil, que había comenzado a desestimarla. Varias
veces, desde el primer intento, había abordado a su padre, pero siempre
en vano y con desgracia. Osuna se oponía cada vez con más alta
violencia. Desde que supiera el propósito de su hija se mostraba con
ella despegado, la trataba con extraordinaria dureza; en todas
ocasiones, pero sobre todo a la hora de comer, hacía befa de su devoción
y se complacía en atormentarla con burlas sangrientas que le hacían
llorar. Y no sólo con palabras, sino también con obras la torturaba
despiadadamente. Afirmaba tener los brazos negros de los pellizcos que
la infligía en cuanto se tocaba la cuestión del convento. Un día mostró
a su confesor una oreja rota, de un tirón del feroz jorobado; otro,
llegó con una mejilla inflamada y renegrida por haberle tirado un
cepillo a la cara. El P. Gil estaba horrorizado y confundido. No sabía
qué hacer ni aconsejar.
Los malos tratos y la violencia de las escenas que con su padre tenía a
todas horas llegaron a tal extremo que un día declaró a su confesor
hallarse resuelta a no padecerlos más tiempo. Tenía el propósito de
entrar en el convento a despecho de todos los obstáculos que se le
presentasen. Si el P. Gil la ayudaba en su empresa, se escaparía de la
casa paterna y entraría inmediatamente en la de Dios. Quedó aquél
asustado y confuso ante tan arrebatada determinación. No se le ocultaba
que la joven tenía razones poderosas para desobedecer la autoridad de su
padre, y si se quiere para huirla. Pero el caso era muy grave. Desde
luego trató de disuadirla aconsejándole calma y resignación. Acaso con
el tiempo Osuna se convencería, le tocaría Dios en el corazón y podría
realizarse con su anuencia lo que tanto anhelaba.
Obdulia no quiso escucharle. Había padecido ya demasiado. Dios no podía
querer que obedeciese a un padre tirano y cruel que desobedecía él mismo
las leyes divinas poniendo trabas a la salvación de una hija. Con muchas
lágrimas y extremosos ademanes le rogó que la socorriese en aquel
trance, que la condujese al convento de Astudillo. El sacerdote se negó
rotundamente a ello. Volvió a aconsejarle calma y que buscase siempre
por los medios suaves de la obediencia y la humildad ganar el
consentimiento de su padre. Pero Obdulia, conducida a la desesperación
por el creciente rigor de éste, le dijo al fin de un modo terminante que
si en el plazo de ocho días no se decidía a acompañarla al convento, se
escaparía de la casa y se iría sola.
Gran turbación arrojaron estas palabras en el espíritu del joven
excusador. Ayudar tan directamente a cometer una desobediencia le
causaba repugnancia. Pero consentir que un padre abusase de tan bárbara
manera de su autoridad para violentar la inclinación de su hija y
contrariar la voluntad misma de Dios, que la llamaba hacia sí, tampoco
le parecía bien. Por algunos días lucharon dentro de él estas opuestas
tendencias. Obdulia le veía preocupado, irresoluto. Con astucia le iba
atrayendo a la determinación que ella deseaba, haciéndole entender, cada
vez con más fuerza, que si se negaba a acompañarla se marcharía sola.
Esto le parecía al excusador el colmo del escándalo. Además, se
expondría a mil accidentes lamentables, y acaso a su perdición completa.
Consentirlo, era echar sobre la conciencia una terrible responsabilidad.
Pensó prevenir a su padre; pero la joven, que le adivinó el pensamiento,
le declaró con firmeza que sería inútil y aun nocivo para todos este
paso. En cuanto tuviese un momento libre para escaparse, lo haría aunque
fuese a medianoche.
El P. Gil tuvo la debilidad de ceder. Con la viva imaginación que la
caracterizaba, la hija de Osuna se puso a idear los medios de llevar a
cabo su propósito. Era condición de su temperamento el no hacer nada por
medios naturales y sencillos. Para que saliese a gusto suyo, todo había
de ser laberíntico, extraño, violento. El plan era el siguiente: el P.
Gil se iría una mañana a Lancia, alquilaría un coche y volvería con él
por la noche. Lo dejaría en las cercanías de la villa y vendría a dormir
a su casa. Por la mañanita, antes de amanecer, saldría ella con pretexto
de ir a misa, tomaría por la carretera de Lancia y se reunirían en el
lugar designado de antemano: se meterían en el coche e irían a tomar el
tren de Castilla a una estación más allá de Lancia, para despistar a su
padre, si por acaso pretendía perseguirla.
No le pareció bien al excusador este proyecto: le causaba instintiva y
profunda repugnancia. Hizo algunas observaciones, pero todas se las
desbarató prontamente la joven con su facundia y aguzado ingenio. Le
hizo ver que cualquier otro ofrecería más graves inconvenientes; fue
paliando con arte los que en éste pudieran chocar más a su confesor; le
aturdió con tanta palabrería. El carácter débil y bondadoso del padre
Gil no supo resistir a aquellos ataques, y convino al fin en poner en
práctica lo que su penitenta había imaginado.
Un lunes del mes de Abril salió nuestro excusador en la diligencia de
Lancia, con pretexto de ir a consultar sus achaques con un médico amigo.
Obdulia se personó poco después en su casa. Habían enterado a D.ª Josefa
de todo. Al ama le parecía tan mal como al excusador aquel plan, y en
su interior llamaba «enredadora y liosa» a la beata; pero era tanto el
gusto que sentía por verse desembarazada de ella, que calló y pasó por
todo. Existía siempre entre ambas una rivalidad fácil de explicar.
Obdulia, con ocasión o sin ella, visitaba a su confesor, vigilaba su
bienestar doméstico, unas veces arreglándole la ropa, otras enviándole
algún plato de su gusto, etc. Esto indignaba de un modo indecible a D.ª
Josefa. La odiaba a par de muerte. Decía de ella perrerías en todas
partes, y por causarle daño, estuvo a punto de comprometer varias veces
a su amo. No es extraño, pues, que conociendo todo lo ridículo y
peligroso de la escapatoria, la favoreciese, alentando al P. Gil,
disipando sus escrúpulos. No veía en ella más que un medio de librarse
para siempre de aquella insufrible verruga que le había salido.
Lo primero que hizo la joven fue pedir al ama una maleta para colocar en
ella la ropa que su confesor había de necesitar en el viaje. Doña Josefa
trajo del desván un saquito de noche.
--Esto es muy pequeño, señora. Aquí no cabe nada.
--¿Cómo pequeño?...--preguntó el ama, estupefacta.--Aquí cabe ropa para
una porción de días. ¿Cuánto tiempo ha de estar por allá el señor
excusador?
--Poco, poco--se apresuró a decir con manifiesta turbación, poniéndose
colorada.--Pero ya ve usted, en los viajes nunca se sabe lo que puede
ocurrir... A lo mejor falta la diligencia o las caballerías... Una
enfermedad... ¡Quién sabe!...
--¡Válgala Dios, señorita, no se ponga a pensar esas cosas!... Iré por
otra. Por falta de maleta no se quede.
Entre ambas acomodaron en ella algunas mudas de ropa blanca, zapatillas,
peines, el breviario, etc., etc. Ya que hubieron terminado la tarea, no
larga ni difícil por cierto, Obdulia se sentó en el sillón del clérigo,
declarando que estaba cansadísima, que aquella noche apenas había
dormido con la zozobra que produce siempre una resolución tan decisiva,
y que le vendría bien echar un sueño. D.ª Josefa la dejó reposar
tranquilamente y se fue a sus quehaceres.
Cuando la sintió trajinar allá abajo, por la cocina, levantose y se puso
a examinar con placentera mirada cuantos objetos había en la estancia.
Todos los tocó con sus manos. Particularmente aquellos de uso más
inmediato y personal para su confesor, como los peines, las plumas de
escribir, la fosforera, etc., fueron objeto para ella de una atención
viva, ansiosa: les daba vueltas entre sus dedos con emoción, mientras
una sonrisa tierna y sumisa vagaba por sus labios. Un alzacuello usado
yacía sobre una silla. Se detuvo delante de él, lo alzó y lo contempló
unos momentos con interés; luego, echando una mirada tímida a la puerta,
lo llevó a los labios dos o tres veces y lo dejó donde estaba.
Permaneció algunos minutos inmóvil, de pie en medio de la habitación,
con los ojos en el vacío, enajenada por intensa meditación. Sus ojos
tornaron al cabo a brillar sonrientes, y una ola de leve carmín se
esparció por sus mejillas. Dio algunos pasos con pie vacilante y se paró
al fin a la puerta de la alcoba. Con una mirada intensa abrazó cuanto en
ella había. El lecho del sacerdote era pequeñito, de madera blanca;
blanca también la colcha que lo cubría; las almohadas y las sábanas
finas, pero sin encajes. Parecía la cama de una colegiala. Obdulia la
contempló largo rato, como si no hubiera visto jamás cosa más
sorprendente. En su rostro se notaban los signos de una emoción
respetuosa, la que se siente al penetrar en el camarín donde se guardan
las reliquias en las catedrales.
Así permaneció sin osar mover un pie, la faz blanca, los ojos anegados
en gozo extático como si estuviese en un baño tibio y perfumado. Súbito
dio un paso atrás, corrió a la puerta del gabinete, la entreabrió, asomó
la cabeza y escuchó. Dª Josefa seguía en la cocina. La cerró nuevamente
y volvió en puntillas a la alcoba. Detúvose un instante, y avanzó
después hasta tocar en la cama. Puso sobre ella las manos. El corazón
le golpeaba en el pecho fuertemente. Dejose caer de bruces, y con mucha
delicadeza para no deshacer la ropa se subió a ella y se extendió,
apoyando la cabeza en las almohadas. Corrió por todo su cuerpo un
estremecimiento inexplicable de placer, de miedo, de vergüenza; un
estremecimiento delicioso que la dejó lánguida y desvanecida con los
ojos cerrados y el rostro pálido. Al cabo de un rato se volvió y hundió
sus mejillas en la almohada, aspirando con narices y boca el olor que
los rubios cabellos del P. Gil habían dejado en ella. Frotó repetidas
veces la cara contra el lienzo, percibiendo un cosquilleo gratísimo que
le penetraba hasta el alma. Gozaba con todo su cuerpo, como si mil bocas
la estuviesen besando a un mismo tiempo. Se dejó estar un largo rato
quieta, perdida en un sueño feliz, celeste, sacudida por leves
estremecimientos de una dulzura tan grande que le hacía daño. Sentía una
angustia deliciosa; suspiraba sin apartar el rostro de la almohada para
no romper la alegría que la inundaba. Se iba aletargando lentamente. Sus
miembros empezaban a dormir, privados de movimiento. Una niebla se
esparcía por su mente, borrando y confundiendo las imágenes. Pero su
corazón latía siempre con violencia, como si toda la vida se hubiera
refugiado en él. Cuando se levantó al cabo de una hora, tenía las
mejillas sonrosadas, los ojos brillantes: una sonrisa humilde,
vergonzosa, trasfiguraba su rostro marchito, prestándole una suavidad
cándida y virginal que jamás había tenido. Si en algún momento de su
vida estuvo hermosa, fue en aquél.
Se apresuró a arreglar la cama haciendo desaparecer toda señal de haber
descansado en ella y salió de la estancia; se despidió de Dª Josefa y
fue a su casa.
Al oscurecer llegó el P. Gil; se vio con él y convinieron en salir a la
madrugada, antes que fuese día, y montar en el coche que aquél había
dejado en las inmediaciones. Dª Josefa envió, de noche ya, las maletas
por su sobrino a cierta venta no lejana de Peñascosa.
Gran rato antes de percibirse la claridad de la aurora, llamó Obdulia
discretamente a la puerta de la casa de su confesor. Salió Dª Josefa a
abrirle. El P. Gil estaba ya listo. Tomaron apresuradamente chocolate, y
después de haber besado a Dª Josefa con efusión, la presunta monja salvó
la puerta y se deslizó rápidamente por la calle abajo. Diez minutos
después salió el P. Gil. La noche estaba oscura y húmeda. Había llovido
bastante. La calle, llena de charcos; la carretera, de lodo. Fuera ya de
los arrabales, Obdulia esperó a su confesor y juntos se dirigieron a la
venta donde paraba el coche. Mientras llegaron allá no cruzaron ninguna
palabra. El P. Gil caminaba silencioso, taciturno, revelando bien a las
claras un mal humor que no era frecuente en él. Tardó un rato el cochero
en enganchar. Mientras duró la operación, la futura monja se metió en la
venta. El P. Gil permaneció fuera, presenciándola. Uno y otro fueron
objeto de gran curiosidad para la ventera, para sus hijos, para el
mayoral y el mozo del coche. Apenas les quitaban ojo. El joven
presbítero observó que cambiaban entre ellos algunas miradas expresivas
y burlonas que le avergonzaron. Vio repentinamente la falsedad de su
situación, la enorme tontería que había hecho. Otro hombre de más
carácter hubiera retrocedido en aquel instante. Tuvo amagos de hacerlo,
vaciló si le diría a la joven que le era imposible acompañarla; al fin
no se atrevió, y cuando el cochero advirtió que todo estaba listo y
Obdulia le dijo con su viveza característica: «Vamos, padre; pronto...
¡arriba!» subió al carruaje con la resignación de un cordero.
Empezaba a amanecer. Clareaba el horizonte y soplaba un viento húmedo y
caliente, propio de primavera y de tiempo achubascado. El carruaje
rodaba por la carretera, haciendo saltar nubes de lodo. Era una
carretela vieja que en otro tiempo debió de pertenecer a un particular.
Obdulia se colocó en la trasera y el P. Gil en la delantera, lo más
lejos posible. Siguió mostrándose serio y taciturno, más aún que antes.
La joven le observaba con el rabillo del ojo, y adivinando lo que pasaba
en su espíritu, permanecía silenciosa también, en un estado de
recogimiento que diera buena muestra de sus místicos pensamientos. Para
ayudar a ella, dijo al cabo de media hora de silencio:
--Padre, no hemos pedido a San José que nos proteja en nuestro viaje.
--Es cierto--respondió el clérigo, cuyos ojos claros, azules, vagaban
perdidos por el paisaje, que empezaba a desembozarse del manto oscuro de
la noche y salía fresco y hermoso y goteando todavía de su baño
prolongado.
--¿Quiere usted que le recemos cinco padrenuestros?
El sacerdote se despojó del sombrero en silencio y comenzó en voz baja a
decir el padrenuestro. Obdulia le respondió con verdadera emoción,
también en voz baja. Formaban la del uno y la del otro un murmullo
suave, discreto, que sin saber por qué llenaba de emoción el alma de la
joven. Sentíase poseída de una languidez extraña, de una felicidad
íntima, que aniquilaba o adormecía su pensamiento. El ruido sordo de las
ruedas del coche y el cascabeleo de las mulas contribuían a sumergirla
en este arrobamiento. Cuando terminaron, quedó largo rato ensimismada.
Por su gusto aquella oración no se hubiera terminado nunca.
Pero el joven presbítero se había puesto el sombrero y miraba otra vez
por la ventanilla. El paisaje se animaba bajo la claridad rosada de la
aurora. El viento había barrido los nubarrones hacia el poniente y
dejaba en la parte de levante una claraboya por donde surgía
esplendoroso el disco del sol. Aquella visión le apartó del mísero
cuidado que ocupaba su mente. Sintió un estremecimiento y cayó de nuevo
en la idea fija, terrible, que desde hacía algunos días le roía el
corazón. Volvió a sentir aquella angustia opresora que hinchaba poco a
poco su pecho y que amenazaba ahogarle. Dejó de existir Obdulia y cuanto
tenía a su alrededor. No quedó en el Universo más que su pensamiento
frente al gran problema del conocer.
Aquélla, que le observaba atentamente, no se atrevió en mucho tiempo a
turbar su éxtasis. Pensaba que lo que le ponía taciturno era lo que le
había leído antes en los ojos, el pesar de haberse colocado en una falsa
situación. Sin embargo, concluyó por hablar y adoptó el tono jocoso.
Quería distraerle a todo trance.
--Padre, está usted muy pensativo. Usted tiene hambre.
El sacerdote hizo un esfuerzo para sonreír.
--No tal.
--Sí, la tiene; no me lo niegue usted. ¡Y el hambre nos hace pensar unas
cosas tan tristes!... Verá usted cómo yo le quito en un momentito esa
cara de vinagre y se la pongo de jerez amontillado... Aquí lo traigo en
este frasco...
Al mismo tiempo abrió un saquito de piel que traía en la mano y comenzó
a sacar vitualla y dos o tres frascos con vino y leche.
--Yo necesito verle a usted con cara de pascua, padre--prosiguió
mientras desenvolvía los papeles blancos en que traía envueltas las
rajas de carne, de pescado, los pastelitos, etc.--En cuanto le veo a
usted esa arruguita ahí... ahí--y le tocó con su dedo en la frente: el
sacerdote la retiró con viveza,--ya me tiene usted más triste que la
noche... ¿Por qué será?... ¿Por qué no será?... Usted, que sabe tanto,
me lo dirá.
Las últimas palabras las dijo canturreando y afectando distracción.
--¡Ea! Voy a poner la mesa... Tenga usted quietecitas las piernas, que
necesito de ellas en este momento.
Juntó las suyas con las del clérigo, extendió una servilleta por encima
y fue colocando los víveres. Los frascos con el vino los puso en el
suelo.
--Me parece que no habrá necesidad de que saque los tenedores,
¿verdad?... Seamos humildes. Comamos con los dedos.
--¿Es humildad, o es que le sabe mejor así?--preguntó sonriendo el P.
Gil.
Obdulia soltó la carcajada.
--Es usted mi confesor y no puedo decirle mentira. Me gusta así mucho
más... Es de las pocas cosas sucias que me gustan.
--Eso último tampoco es humildad--dijo el confesor sin dejar de sonreír.
--Vaya, vaya, no se me ponga regañón y coma con garbo... si es que
sabe... que estoy viendo que no... Pero ¡criatura! ¿Qué hace usted ahí
echando bocados a ese trozo de mero sin quitarle las espinas?... ¿No ve
usted que se le puede clavar una en la garganta?... Deme usted acá--y se
la arrebató al mismo tiempo de las manos.--Verá usted cómo yo se las
quito sin dejar una... Digo... si es que usted no tiene asco a mis
dedos...
El P. Gil se apresuró a hacer signos negativos.
--Salen ahora mismo de los guantes... Además--exclamó riendo,--usted me
tiene mucho cariño y lo come más a gusto pasando por mis manos... ¡Qué
tonta soy! ¿Verdad, padre?--añadió bajando la voz.
--Tonta, no. Un tanto ligera, sí--repuso el sacerdote, acompañando estas
palabras con una sonrisa para desvirtuar su aspereza.
La joven se puso encarnada. La conversación se hizo más seria.
Cerca de las nueve divisaron las torres de Lancia y la gran cortina
negra de montañas que cierra su horizonte. El cielo estaba despejado. El
viento soplaba tibio del Sur. La mañana ofrecía esa dulzura exquisita
que se observa en algunos días de primavera.
El P. Gil advirtió al cochero que pasase cerca de la capital sin entrar
y se dirigiese a la primera estación del ferrocarril, distante una legua
de ella. Había resuelto tomar el tren allí para mayor recato. La
estación, se llamaba la Reguera. Cuando llegaron eran las once. Debían
esperar dos horas y media, porque el tren no pasaba por allí hasta la
una y cuarenta.
La Reguera estaba situada al extremo de un pintoresco y risueño valle.
Desde la estación, asentada en un alto terraplén, se divisaba todo
perfectamente. Circundábalo un cinturón de colinas suaves vestidas de
árboles y praderas y después de éste otro de altas y escuetas montañas,
cuyos tonos rojizos formaban hermoso contraste con el verde del primero.
En el llano había un mosaico caprichoso de prados con lindes de
avellanos, tierras de maíz y arboledas. Por el medio atravesaba
majestuoso un río ancho, cristalino, que, herido por el sol, parecía una
gran faja brillante de plata. Así que despidieron el coche, Obdulia
propuso a su confesor el bajar a este llano y aguardar allí la llegada
del tren. Aceptó gustoso, por librarse de las miradas de la gente de la
estación. Bajaron por un sendero estrecho y empinado y entraron en un
bosque de castaños que se prolongaba hasta la orilla del río. El
sacerdote advirtió que estaba muy húmedo, pero la joven marchaba delante
dando gritos de alegría, metiéndose hasta la rodilla en la yerba,
batiendo las palmas como una niña a quien perdonasen la escuela. Las
grandes copas de los castaños aún no estaban vestidas del follaje que
ostentan en el verano. Los rayos del sol, pasando al través de sus ramas
descarnadas, bebían el agua fresca que formaba charcos entre el césped.
Obdulia no paró hasta llegar al talud guijarroso que servía de margen al
río. Allí se detuvo y volvió la vista atrás y contempló con semblante
risueño a su confesor, que venía tomando precauciones, apoyando con
cuidado el pie en los sitios más secos. Tenía el rostro encendido por la
carrera, los cabellos revueltos y sus grandes ojos negros brillaban con
expresión de vivo placer.
--¡Ande usted, cobarde! ¿Tiene miedo a morirse por los pies?
--Y si pilla usted un catarro, ¿cómo podrá resistir la vida dura del año
de noviciado?--repuso el clérigo aproximándose.
Por los ojos de la joven pasó una nube sombría y quedó repentinamente
seria. Luego, haciendo un esfuerzo para animarse, dijo:
--¿A que no se atreve usted a desenganchar esa lancha para que demos un
paseito por el río?
--¡Ya lo creo que no!
--Pues yo sí... Ahora va usted a ver.
Una gran barca vieja y deteriorada, que servía para trasportar a los
paisanos de una orilla a otra en los días de mercado, yacía amarrada por
una cadena a la orilla, debajo de unos juncales que la sombreaban.
--¡Ay, qué lástima!--exclamó la joven devota cogiendo entre sus manos la
cadena.--¡Tiene candado!
--Me alegro. Eso evita que usted hiciera una locura.
--Pues yo no renuncio a flotar un poco. Me meto dentro. Soy de puerto de
mar y el agua es mi elemento.
Y diciendo y haciendo, saltó con decisión en la barca, que se inclinó de
un lado para recibirla; se fue por encima de los bancos hasta la popa, y
allí se sentó.
--¡Oh! ¡Qué bien se está aquí a la sombra! Y hay su cachito de
balanceo... Véngase, padre. En ninguna parte se puede esperar mejor...
El clérigo saltó también por encima de los bancos, y se fue a sentar no
lejos de ella. La sombra, en efecto, era grata en aquella hora del
mediodía. La corriente balanceaba suavemente la lancha y producía al
chocar un glu glu suave y cristalino que convidaba al sueño. Después de
alegrarse de su buena fortuna por hallar asiento tan agradable y de
cambiar algunas frases, ambos guardaron silencio. Obdulia inclinó su
cuerpo sobre el agua y clavó los ojos en ella con expresión melancólica.
El P. Gil dejó los suyos vagar por el horizonte, recorriendo sin verlas
las altas montañas que aislaban el valle del resto del mundo. Y como
siempre que quedaba un momento abstraído, la fatal duda volvió a flotar
en su mente. ¿Qué era todo aquello que tenía a su alrededor? Una pura
representación de su pensamiento, un producto de él, un sueño quizá...
¡Un sueño!... Mientras dormimos también vemos, también palpamos, lo
sentimos todo al igual que despiertos. ¿Por qué no ha de ser la vida un
largo sueño? La diferencia que establece Kant entre la vigilia y el
sueño le parecía deleznable. Porque el encadenamiento de las
representaciones lo mismo existe en la una que en el otro. Lo único que
rompe este encadenamiento es el acto de despertar. Pero muchas veces al
despertar confundimos los acontecimientos del sueño con los de la
realidad. ¿No indica esto bastante claramente que todo tiene el mismo
origen y fundamento? ¿Por qué razón decimos que los unos son reales y
los otros no?...
Sacole de su intensa meditación la voz de Obdulia, que desde hacía
algunos minutos le observaba.
--Vamos, padre, no piense usted más en eso, y dígame de verdad si no
está a gusto aquí.
--¿En qué no he de pensar, hija mía?--respondió el sacerdote poniéndose
levemente colorado, como si ya se lo hubiese adivinado.
--¡En eso!... No sé lo que es, pero debe de ser algo malo cuando le hace
a usted arrugar la frente y abrir unos ojazos pasmados como si viera
delante un alma del otro mundo... Vamos, piense usted un poco en mí, ya
que me he confiado a sus cuidados.
--Ya pienso. ¿No acabo de advertir a usted que no debía mojarse los
pies? Pero usted no hace caso--replicó sonriendo con benevolencia.
--¡Eso es! Se acuerda usted de mí para regañarme... ¡Se ha vuelto usted
muy regañón, padre!... En otro tiempo era usted más cobarde, más
suavecito; todo lo decía dando rodeos, de miedo de ofender a una...
¡Pero ahora! ¡Anda, anda, buenos rodeos te dé Dios!... Ya ha aprendido
bien a regañar... Por supuesto--añadió cambiando de tono y acercándose
más a él--que a mí me gusta más de esta manera. Yo quiero que mi
confesor tenga firme por las riendas, que sea severo y hasta duro
conmigo... Usted me riñe poco todavía, padre. Quisiera que usted fuese
más severo... que me castigara fuerte... y hasta me pegara, para
demostrarle bien mi sumisión.
Dijo las últimas palabras con voz temblorosa y el rostro avergonzado,
fijando en su confesor una mirada de tímida adoración. El rostro de éste
expresó turbación y disgusto. Volvió la vista al otro lado y guardó
silencio.
Al cabo de unos instantes, la joven devota, que miraba melancólicamente
al agua, dijo con ímpetu reprimido:
--Cuánto daría porque se rompiese la cadena que sujeta esta barca y la
corriente me llevase muy lejos... ¡muy lejos!... donde no viese nada de
lo que he visto hasta ahora, donde todo lo que imaginara se realizase al
instante... ¡Ah! Yo quisiera ir a parar a un valle más pequeño que éste,
pero más risueño todavía: el cielo siempre azul, la tierra llena de
flores y animales hermosos que viniesen a comer a mi mano. Y vivir allí
sola con Dios y las personas que eligiese para acompañarme. Vivir
enmedio de los campos y entender lo que dicen los árboles cuando el
viento agita sus copas y lo que murmuran las fuentes y lo que gorjean
las aves y lo que silban los insectos. Marchar siempre acompañados de
una escolta de pajaritos de Dios que nos enseñaran el camino y nos
deleitaran con su canto, embriagados por los aromas de las flores,
inundados de luz, envueltos en la caricia de una primavera eterna. Esto
es lo que soñaba cuando tenía catorce años. Y hoy, sin saber por qué,
vuelvo a soñarlo otra vez... Pero no--añadió con voz profunda al cabo de
una pausa, frunciendo fuertemente su frente pálida,--mejor sería que la
barca me llevase a alguna gruta oscura entre peñascos inaccesibles y me
volcase allí y me sepultase en sus aguas negras, para que nunca más se
volviese a saber de mí... Así concluiría de una vez de padecer...
Al pronunciar las últimas palabras se llevó las manos a la cara y
comenzó a sollozar.
El P. Gil la contempló un momento con ojos severos.
--Lo que acaba de decir es una gran impiedad, tanto más grande y
abominable, cuanto que sale de una boca que va a pronunciar muy pronto
votos sagrados.
--Perdón, padre... Son sueños nada más.
--Pida usted perdón a Dios y prepárese de un modo más respetuoso para
ser su esposa.
El P. Gil se levantó al decir esto gravemente y salió de la barca.
Obdulia le siguió con el pañuelo en los ojos.
Subieron de nuevo a la estación. En una cantina próxima tomaron caldo y
aguardaron la llegada del tren, que no se hizo esperar. No había ningún
coche vacío, pero en uno estaba solamente una persona, y a él subieron.
Partió el tren al instante. El viajero les miró distraídamente, con poca
curiosidad, figurándose tal vez que eran hermanos. Sin embargo, al cabo
de unos momentos la joven pidió a su confesor que le bajase la maleta de
la rejilla para sacar un pañuelo. El viajero percibió que se trataban de
usted, y entonces los examinó con viva atención. El padre Gil se turbó
bajo su mirada fija, inquisidora. Por fortuna, a la tercera estación se
bajó. Pero todavía, en pie sobre el andén, los seguía saetando con los
ojos hasta que el tren se puso en marcha.
Ambos guardaron silencio obstinado. El padre Gil ya no se sentía
arrastrado por la metafísica; empezaba a atormentarle una sorda
inquietud que llenaba su espíritu de temores, de vagos presentimientos.
Sentía vergüenza singular desde que el viajero que se había apeado les
observara con atención tan sostenida. Aquella muchacha le inspiraba
miedo. Un tropel de pensamientos feos, insensatos, acudió a su cerebro y
lo llenó de confusión. Tenía las mejillas encendidas y los ojos
asustados. Procuraba evitar el encuentro con los de su penitenta, que
sentía posados constantemente sobre él.
Por atracción irresistible o por casualidad llegó un momento en que se
cruzaron sus miradas. La joven dejó escapar una risita maliciosa. El
sacerdote apartó prontamente la vista y permaneció grave, como si no la
hubiera advertido. Al cabo de un rato volvieron, sin saber cómo, a
encontrarse sus ojos, y otra vez soltó a reír la devota, mirándole con
semblante alegre. El padre Gil no hizo aprecio de ello y volvió el suyo
hacia la ventanilla. Pero Obdulia exclamó:
--¿A que no sabe, padre, de qué me estoy riendo?
--Usted dirá--repuso gravemente el clérigo sin volver la cabeza.
--Pues de usted.
--¿Por qué motivo?--preguntó con naturalidad y modestia.
--Porque adivino perfectamente lo que está pensando. Usted teme que
llegue la noche, como los niños... Empieza usted a estar violento con
una mujer que todavía no es vieja, y se arrepiente ya de haber cedido a
acompañarme...
--No anda usted muy distante de la verdad--replicó el sacerdote con
firmeza.
Obdulia se turbó un poco; pero reponiéndose inmediatamente:
--Eso prueba su gran modestia, padre. Un santo como usted no debe temer
nada en ninguna situación. Yo, sin ser santa, estoy perfectamente
tranquila.
Estas palabras gustaron al P. Gil. Le respondió con benevolencia, y un
poco más sereno y confiado, volvió a entablar conversación con ella,
procurando mostrarse familiar y jocoso, tanto más cuanto que deseaba
alejar el malestar y la inquietud que se cernía sobre ellos.
Rezaron el rosario. Luego cenaron con la vitualla que traían. Mientras
duró la cena, Obdulia estuvo oportuna y alegre. El clérigo le seguía el
humor con cierta afectación para ocultar el embarazo que a su pesar le
dominaba.
Había cerrado la noche, una noche soberbia de Castilla, fría y azul,
alumbrada por los rayos de la luna, que trasformaba la llanura en un
vasto lago dormido. El tren corría a toda velocidad por el medio
rompiendo con sus silbos estridentes, con el fragor de su marcha, el
encanto de aquella claridad suave y tranquila. Los altos chopos parecían
flotar sobre ella como fantasmas envueltos en el blanco cendal de la
neblina.
Los cristales del coche se empañaron al fin. Obdulia se apartó de su
confesor y fue a arrebujarse en un rincón, tiritando de frío. Luego se
puso a hacer dibujos sobre el cristal con un dedo. Escribió su nombre:
Obdulia Osuna; después el de su confesor, Gil Lastra. Y volviéndose al
rincón, se rebujó de nuevo. El P. Gil, que había leído bien desde su
sitio los dos nombres, se acercó a la ventanilla, con pretexto de
estirar las piernas, y escribió debajo del suyo con letra clara:
_presbítero_.
Trascurrió un rato en silencio. Ambos parecían soñolientos. Obdulia dijo
al cabo:
--Con permiso de usted, voy a acostarme un poquito, padre. Tengo sueño.
Y se estiró sobre los almohadones, echándose una manta encima de las
piernas.
--¡Ay! ¡ay!--exclamó a los pocos instantes.--¡Cómo me lastiman las
botas!... ¡Claro, como las he humedecido primero y luego puse los pies
sobre el calorífero, se han contraído!... Vamos, padre--añadió sonriendo
graciosamente,--sírvame de doncella una vez siquiera... Quítemelas
usted, que yo no puedo.
Una ola de rubor subió a las mejillas del sacerdote. Tuvo un momento de
vacilación.
--Vamos, padre--insistió ella,--sea usted humilde como todos los santos.
El Papa lava los pies a los pobres: bien puede usted quitarme a mí las
botas.
El P. Gil se levantó y empezó con mano temblorosa, rojo como una
amapola, a soltar los botones del calzado a su hija de confesión. Ella
le contemplaba con sonrisa maliciosa.
--Muchas gracias, padre. Ahora hágame el favor de envolverme las piernas
en la manta... Así; perfectamente. Ahora acuéstese un poco también y no
haga ruido.
El sacerdote, que a todo esto sonreía forzadamente, se acomodó en el
rincón opuesto y quedó de repente serio, con el entrecejo violentamente
fruncido. Una viva terrible inquietud se apoderó de su espíritu. La
escapatoria le iba pareciendo una ligereza cada vez más imperdonable.
Aquella muchacha, ni tenía verdadera vocación de monja, ni llevaba
trazas de tenerla jamás. Era un temperamento frívolo, malicioso,
arrebatado, capaz de cualquier atrocidad. ¡Qué necedad la de haber
cedido a sus instancias! Se confesaba que merecía un poco lo que le
estaba pasando por su afán de desembarazarse de ella a todo trance. Pero
como ya no era tiempo de volverse atrás, lo importante era dejarla
cuanto más antes en el convento, y a eso debían tender todos sus
esfuerzos.
Obdulia parecía dormida. Sus ojos, no obstante, se entreabrían de vez en
cuando para mirarle, y dejaban escapar una llamarada burlona y
maliciosa.
A las nueve llegaron a Palencia. Se hicieron guiar a una posada modesta.
Antes de retirarse cada cual a su habitación, el P. Gil quiso prevenir
todo lo necesario para emprender el viaje a Astudillo al día siguiente.
Mandó buscar caballos, se enteró del camino que habían de seguir, del
tiempo que iban a tardar, etc. Quiso dejarlo todo listo, a pesar de que
Obdulia le indicaba que no corría tanta prisa. Puesto que se trataba de
un viaje corto, por la mañana era fácil arreglarlo todo. Pero el
excusador no podía disimular el ansia que tenía de dejar zanjado aquel
asunto.
Se levantó muy temprano, pero no se atrevió a avisar a la joven.
Entretuvo su impaciencia rezando, paseando por la habitación, yendo a
casa del alquilador de los caballos para cerciorarse de que los tenía
dispuestos. Al fin, cerca ya de las diez, se atrevió a pasar un recado
por la criada, preguntándole si estaba ya preparada a partir. La
respuesta que aquélla trajo fue que la señorita aún no se había
levantado, por hallarse un poco constipada, que en cuanto se levantase
le avisaría para ponerse en camino.
Sin saber por qué, aquella novedad produjo en el P. Gil un gran
desconsuelo; sintió profundo disgusto, presintiendo una catástrofe. Una
hora después recibió otro recado de ella aconsejándole que almorzase
solo y pasase después por su habitación, que para entonces ya estaría
vestida y preparada. Así lo hizo, cada vez más inquieto y receloso; pero
al entrar en el cuarto de la joven, encontró que estaba, en efecto,
levantada, pero de ningún modo dispuesta para partir. Vestía una bata
elegante y tenía los cabellos recogidos en una cofia blanca con lazos de
seda encarnados. Estaba bastante pálida y tenía los ojos con señales de
haber llorado.
El P. Gil se detuvo a la puerta y frunció el entrecejo.
--Entre usted, padre, y siéntese aquí en esta butaca--dijo ella desde
una sillita, mirándole con dulzura.--Ya estoy bien. He pasado una noche
muy mala.
--¿Ha tosido usted?--preguntó el excusador, sentándose.
--No... la he pasado toda llorando.
El clérigo la miró estupefacto.
--¿Cómo es eso, hija mía?
Obdulia se llevó el pañuelo a los ojos y no contestó. Al cabo de un
largo silencio dejó caer el pañuelo, se apoderó de una mano de su
confesor y la besó con efusión repetidas veces y la llenó de lágrimas,
exclamando:
--¡Soy muy desgraciada!
El P. Gil quiso retirar la mano suavemente, pero la devota se la apretó
con más fuerza.
--No... no me retire usted esta mano, padre... esta mano que tantas
veces me ha absuelto de mis pecados, y que ahora ¡ay! no podrá
absolverme ni sacarme del abismo en que he caído...
--Cálmese usted, hija--repuso el clérigo, impresionado.--¿Acaso se
arrepiente usted de su decisión?... Por eso no ha caído usted en el
abismo. Todo se puede arreglar sin escándalo. Tiene usted un año de
noviciado, en que puede salir del convento cuando lo desee...
Obdulia volvió a taparse el rostro con las manos y dijo entre sollozos:
--No es eso... Es otra cosa peor... Yo tengo un secreto, padre; un
secreto que me pesa en el corazón hace tiempo y que me ahoga...
El P. Gil quedó unos instantes suspenso, y dijo al fin:
--Si usted lo desea, iremos a la iglesia y la escucharé en confesión.
--No, no... Usted ya no puede ser mi confesor--y levantando
repentinamente la frente, pálidas las mejillas, los ojos secos y
brillantes, donde se pintaba una resolución extrema, siguió:--Sé muy
bien, padre, que mi vida entera está destinada a llorar... Sé también
que después de esta vida me espera quizá una eternidad de tormentos.
Pero la desesperación no cuenta los tormentos ni teme nada. No tiene más
que un pensamiento. Todo lo demás queda aniquilado... Yo le he engañado
a usted, padre. Yo no quiero ni puedo ser esposa de Jesucristo, porque
sería infiel a mis juramentos. Tengo dentro del alma, allá en el rincón
más oculto y sagrado, un amor al cual seré fiel toda la vida. Este amor
es mi delicia y es mi tormento. Hace dos años que vivo muriendo de una
muerte dulce, porque adoro mis propios sufrimientos... Hace dos años que
lloro en silencio, pero mis lágrimas son dulces y las bebo con placer.
Sin saberlo, padre, usted me ha estado envenenando lentamente; pero,
lejos de aborrecerle, le quiero, le adoro con toda mí alma... He
procurado arrancar de mi alma este amor que me consume, he golpeado mi
pecho, he martirizado mis carnes... Usted bien lo sabe, padre... Después
me he convencido de que era inútil, y lo he dejado florecer en mi
corazón. Cúmplase la voluntad de Dios. Sé que estoy condenada, pero yo
le quiero a usted... ¡Te quiero! ¡te quiero más que a mi salvación!...
Llévame adonde se te antoje, pero no me separes de ti... Déjame ser tu
sierva... Déjame besar el suelo que pisas...
Cayó de rodillas delante de su consejero, con el rostro entre las manos.
Al través de sus dedos flacos se notaba el vivo carmín de que estaba
cubierto.
El P. Gil se puso en pie vivamente, pálido como un muerto, con el
espanto pintado en los ojos. Sus labios temblaron para fulminar sin duda
alguna frase durísima, pero no llegó a pronunciarla. Se lanzó
rápidamente a la puerta y desapareció por ella.
Salió de casa sin darse cuenta de lo que hacía. Caminó a la ventura
largo rato por las calles en un estado de aturdimiento que le impedía
razonar sobre lo que acababa de sucederle. Saliose al campo y dio un
largo paseo. El cansancio físico produjo su acostumbrado efecto sedante
y comenzó a ver con claridad su situación. Nada ganó con ello. Lo que le
estaba pasando era gravísimo, una verdadera catástrofe. Sus
presentimientos se habían realizado. ¿Cómo volver a Peñascosa con la
muchacha? ¿Cómo dejarla allí abandonada? Todas las soluciones que
acudían a su mente le parecían igualmente comprometidas. Pensó en
telegrafiar al padre, pero no era posible explicar en un telegrama lo
ocurrido, ni aun de palabra podía hacerlo dignamente. Además, ¡quién
sabe de lo que sería capaz aquella loca si se veía acosada! Una viva
irritación se iba apoderando del alma pacífica del presbítero. Hacía ya
tiempo que no estimaba a la exaltada beata; ahora la aborrecía.
Cuando regresó a casa era ya noche. Se encerró en su cuarto sin
preguntar por su compañera, y continuó meditando con febril impaciencia
sobre el mismo tema. La solución que le pareció menos mala, después de
haber tomado y desechado muchas, fue presentarse al obispo de la
diócesis y confiarle todo el asunto y pedirle consejo y órdenes para
salir del paso.
--Señor cura, la señorita que ha venido con usted me manda decirle que
haga el favor de pasar por su habitación.
El P. Gil levantó la cabeza, y avergonzado y confuso como si tuviera que
arrepentirse de algo, respondió a la huéspeda:
--¿La señorita?... ¡Ah! Bien... Allá voy en seguida.
Pero no se movió del sitio. Aquella llamada aumentó aún más su
irritación. Estaba resuelto a no volver a verla mientras el prelado no
interviniese en un asunto que tan gravemente podía comprometerle.
Trascurrió cerca de una hora. Al cabo de ese tiempo se presentó de nuevo
la patrona, toda azorada.
--La señorita tiene un ataque y está en la cama sin conocimiento.
¡Venga, venga, señor cura!
--¡Voy, voy!--exclamó asustado, corriendo en pos de ella.
En efecto, Obdulia yacía en la cama, privada de sentido y extrañamente
pálida. Parecía muerta. El P. Gil sintió al verla en tal estado una
punzada de remordimiento en el corazón. Se apresuró a prodigarle todos
los cuidados que en el momento se le ocurrieron. Entre la patrona y él
le bañaron las sienes con agua fría, le hicieron oler algunos pomos de
los que ella traía en su saquito de mano. No tardó mucho en abrir los
ojos. Estuvo algunos momentos con la mirada seria y fija en el
sacerdote. Luego sonrió dulcemente. La huéspeda se apresuró a ofrecerse.
--¿Quiere usted que llamemos al médico, señorita?
--No, no... Esto no es nada... Hágame una tacita de tila.
--Ahora mismo.
Cuando se quedaron solos, la beata volvió a mirarle larga y fijamente.
Al cabo dijo con voz débil:
--Escuche usted, padre.
--¿Qué desea usted, hija mía?--respondió inclinando la cabeza hacia
ella.
--Acérquese usted más... No puedo esforzar la voz.
El P. Gil se inclinó todavía más. Súbito, con movimiento imprevisto, la
joven devota sacó los brazos desnudos de la cama y se los echó al
cuello, atrajo su rostro hacia el de ella con inusitada fuerza y le dio
un beso prolongado, frenético, en los labios, y después otro y otro. El
sacerdote forcejeó en vano por desasirse. Aquellos brazos le apretaban
como si fuesen de hierro, y una nube de besos ardorosos corría por todo
su rostro, sin tregua. No se oía en la estancia más que el suave rumor
que producían y el resuello de dos pechos anhelantes.
Al fin, el sacerdote, con un supremo esfuerzo, se desligó. La joven cayó
pesadamente en la cama. Aquél se sintió acometido de tal susto,
repugnancia y horror que, después de vacilar unos momentos, perdió el
sentido y se desplomó sobre el pavimento.
Viéndole caer, la joven se levantó con presteza del lecho y acudió
solícita a socorrerle. Pero al poner los pies en el suelo, su flaca
naturaleza, hondamente perturbada por lo que acababa de suceder y por
la vista de su confesor tendido en el suelo, le faltó también y cayó
presa de un síncope.
El del P. Gil era un desmayo pasajero. Tardó pocos segundos en volver en
sí. Incorporose en el suelo, y viendo a Obdulia tendida a su lado en
camisa y con una parte del cuerpo descubierta, sintió un fuerte
estremecimiento de vergüenza y se alzó como movido por un resorte. Y
pensando con horror que podía llegar el ama en aquel momento, se
apresuró a tomar a la joven entre sus brazos para trasportarla a la
cama. Cuando la tenía suspendida a media vara del suelo, sintió ruido en
la puerta. Volvió la cabeza aterrado, y un grito ahogado de vergüenza se
escapó de su garganta. A la puerta estaban Osuna, D. Martín de las Casas
y D. Peregrín Casanova.
--¡Ya cayeron los tórtolos!--gritó D. Martín con voz estentórea.
El P. Gil dejó caer de nuevo a la joven y retrocedió, mirándoles con
ojos de espanto.
--¿Qué es esto?... ¿Qué es lo que pasa? ¡Mi hija!... ¡Dios mío!--clamó
Osuna, apresurándose a reconocerla.
--Oiga usted, ¡sucio, canalla, desorejado!--profirió D. Peregrín,
dirigiéndose al excusador.--¿Qué situación es ésta para un sacerdote?
¿No se le cae la cara de vergüenza?
D. Martín de las Casas le agarró con la mano izquierda por el brazo, y
empujándole contra la pared, le vomitó con voz campanuda, blandiendo al
mismo tiempo el bastón:
--¡Granujota, indecente! ¡En buen lugar has dejado a los que te sacaron
del polvo! ¡Miserable gusano, debiera aplastarte y arrojarte después
como una piltrafa a la calle para que te coman los perros! Debiera
clavarte por las orejas a la pared y exponerte a la vergüenza pública...
Por lo menos debiera romperte las costillas con este bastón, ¡y me están
dando ganas de hacerlo!
No sería difícil, mejor dicho, sería casi seguro que el enérgico
inválido satisficiera en esta ocasión, como en tantas otras, su apetito
desordenado de contundir a sus semejantes, si no fuera porque en aquel
instante se interpuso la huéspeda.
--¿Qué va usted a hacer, caballero? ¡Maltratar a un sacerdote!... En mi
casa no se dará tal escándalo...
Repuesto un poco de la sorpresa el P. Gil, dijo con firmeza entonces:
--Señores, esta joven se ha desmayado al tiempo de venir en mi socorro
por haberme caído. La he acompañado hasta aquí, a ruego suyo, porque
desea entrar en un convento y consagrarse a Dios, a lo cual su padre se
opone sin razón ni derecho y para ello la maltrata bárbaramente...
--¡Maltratar yo a mi hija, canalla!--gritó en el colmo de la indignación
el jorobado, que había conseguido trasportar a Obdulia hasta la cama y
se disponía a echarle agua en la cara.--Miente usted y miente quien lo
diga. Yo no sabía siquiera que deseaba entrar en un convento... ni me
hubiera opuesto a ello.
El P. Gil quedó estupefacto, sin acertar a decir una palabra, porque el
acento de Osuna denotaba sinceridad.
--Yo creo que lo que procede en este caso--manifestó D. Peregrín con su
voz gangosa, administrativa,--es dar inmediatamente conocimiento del
hecho a la autoridad civil... A mí se me presentó un padre, siendo
gobernador de Tarragona...
--¡Déjenos usted de Tarragona, D. Peregrín!--interrumpió el señor de las
Casas.--Aquí lo que procede es atender a esa niña... Usted, señora, haga
lo que sepa para hacerle volver en sí. Usted, D. Peregrín, que conoce
bien la población, vaya a buscar un médico... Y tú, don Gil el
enamorado... al infierno si te parece.
--¡Decir que yo maltrato a mi hija, porque quiere hacerse monja!--seguía
exclamando por lo bajo Osuna, mientras ayudaba a la huéspeda.--¡Canalla,
más que canalla!
--Señor Osuna, dispénseme usted... Yo lo creía así--dijo el sacerdote.
--Bueno, bueno. Ya se arreglará esa cuestión en Peñascosa--profirió D.
Martín con su energía característica.--Ahora, ¡largo de aquí!... ¡largo!
El P. Gil se dirigió a la puerta, pero cuando ya iba a trasponerla, D.
Martín le gritó como si estuviese al frente de un batallón: ¡Alto!
--Amigo Osuna--dijo dirigiéndose al jorobado,--a usted le han inferido
una ofensa grave y usted no queda decentemente si no da ahora mismo una
bofetada al individuo que le ha ofendido (apuntando para el P. Gil).
Hubo silencio embarazoso. El semblante de Osuna expresó malestar y
vacilación.
--Nada, nada--siguió el feroz inválido con su voz resonante de barba de
teatro,--no es usted hombre de honor, no tiene usted pizca de vergüenza
si deja sin correctivo la ofensa.
Osuna vaciló todavía un instante, echó una mirada de misericordia al
inválido; pero viendo su rostro espantable, se resolvió al fin. Alzose
sobre la punta de los pies y descargó una sonora bofetada en la mejilla
del sacerdote.
--¡Jesús!--exclamó la huéspeda.--¡Eso es una iniquidad!
El P. Gil se puso densamente pálido: asomaron dos lágrimas a sus ojos;
pero no hizo movimiento alguno para arrojarse sobre su agresor.