JULIO.»

* * * * *

El P. Gil dejó caer los brazos, dobló la cabeza y murmuró sordamente:

--¡Qué infamia!

El mayorazgo soltó una carcajada.

--Pero ¿aún cree usted que hay infamias en el mundo? ¿De qué le sirve a

usted tanto como ha leído? Quisiera que me explicase cómo es posible

hacer porquerías dentro de una letrina. Por lo visto, todavía se

encuentra usted asistiendo a la primera representación de la comedia. Yo

estoy en la segunda, y puedo decir anticipadamente lo que ha de suceder.

--De todos modos, D. Álvaro, me duele en el alma esta indignidad que con

usted se ha cometido sin merecerla.

--¿Indignidad? ¿Llama usted indigna a la araña que ahoga a la pobre

mosca en su tela, o al milano que cae sobre el inocente polluelo y lo

arrebata por el aire? Pues la misma fuerza infame (¡ésa sí que es la

infame!), la misma fuerza que mueve a la araña y al milano es la que

habita dentro de mi mujer. La mosca, el pollo y yo merecemos la misma

suerte por haber nacido. _Porque el delito mayor--del hombre es haber

nacido_, ya lo ha dicho Calderón, que era sacerdote como usted.

El P. Gil meditó unos momentos, y dijo al cabo, como si se hablase a sí

mismo:

--No puedo acabar de persuadirme a que en nosotros no exista más que la

fuerza ciega; que esta luz que de vez en cuando brilla en el corazón de

los hombres, y que se llama unas veces justicia, otras amor y

abnegación, dependa exclusivamente de combinaciones químicas. La infamia

es infamia siempre, y despierta en nuestro espíritu un sentimiento de

repugnancia. La araña y el milano no saben que hacen el mal, pero su

esposa lo sabe.

--¿Y qué importa? Dote usted a la bestia con la conciencia de sus actos

y habrá usted formado al hombre. La conciencia no es más que una

antorcha. Los crímenes lo mismo pueden ejecutarse en las tinieblas que a

la luz. Si yo pensase, como usted, que hay un Dios creador consciente de

todos los seres, le mandaría un «besa la mano» felicitándole por haber

formado una criatura tan amable y encantadora como mi mujer y dándole

las gracias por haberla reservado para mi uso particular.

Desgraciadamente no puedo representarme a ese Dios recibiendo en bata y

zapatillas mis tarjetas de felicitación. Creo más bien que ella y yo

somos víctimas de la lógica. La vida tiene por objeto inmediato el

dolor... Saque usted la consecuencia. Mi mujer nació con uñas para

desgarrar. Yo nací con un corazón blando a propósito para ser

desgarrado. Sería una contradicción que ella no arañara y que yo no

fuese arañado.

--¡Y sin embargo, usted ha amado a esa mujer con toda su alma!

--¡Ah, sí!--exclamó el hidalgo, cerrando los ojos y pasando su mano

descarnada por la frente.--¡La he amado!... Por un momento fui

comparable a los inmortales del Olimpo. La felicidad cantó dentro de mi

alma el himno más hermoso que acompañó jamás a sus divinos juegos. El

sol se levantaba y se acostaba tan sólo para dorar mis ilusiones. El mar

estaba murmurando ahí únicamente para reflejar las imágenes de oro que

cruzaban por mi mente... Ningún hombre fue cazado por la especie con más

precauciones, con más exquisito cuidado... Todos los lazos que nos

tiende la Naturaleza para realizar su plan misterioso se pueden evitar;

hasta la misma voluntad de vivir se puede vencer; yo la he vencido,

pues que apetezco con ansia la muerte. Pero esta voluntad de perpetuarse

que se manifiesta en toda la especie, esta fuerza soberana que empuja a

un individuo hacia otro de sexo diferente, crea usted, padre, que es

insuperable... ¡Qué brazo tan bien torneado! ¡Qué espaldas de alabastro!

¡Qué modo tan fascinador de quitarse los guantes y agitar su dedo

meñique, que tenía lindísimo!

--No conozco el amor, pero sé que hay dos clases: uno el que tiene por

objeto exclusivamente el goce sensual que nos equipara a los brutos, y

otro el amor puro de dos almas que se completan, de dos corazones que se

unen para gozar y padecer al mismo tiempo, para formar uno solo hasta la

muerte. Éste es el amor que nos ennoblece, el único digno del ser humano

y que merezca tal nombre.

--En efecto, eso creen todos los poetas cursis y todas las niñas

opiladas... Pero usted es una persona formal y no puede pensar semejante

disparate. Todo amor, por tierno y sublime que sea, tiene su raíz en el

instinto natural de los sexos: no es más que ese instinto

individualizado. ¿Ha visto usted alguna vez unirse un corazón de diez y

ocho años con otro de ochenta para formar uno solo? Y sin embargo, el de

ochenta puede ser tanto y más noble y bondadoso que el de diez y ocho.

Suprima usted la voluptuosidad, y ¿cuántos serían los hombres que se

unieran a una mujer y soportaran la carga de los hijos y las

innumerables molestias del matrimonio por el solo gusto de completar su

espíritu? El amor no es más que una treta de la Naturaleza, padre. Para

vencer nuestro egoísmo, que es muy grande, nos engaña con una ilusión,

haciéndonos creer que lo que deseamos es nuestra felicidad, cuando sólo

es el bien de la especie. El individuo es el esclavo inconsciente de...

Un violento golpe de tos le cortó la palabra. Pidió por señas al P. Gil

el pañuelo que tenía sobre la mesa y se lo llevó a la boca. Cuando lo

separó, estaba manchado de sangre. Una sonrisa de tristeza mortal

contrajo sus labios al contemplar aquella sangre.

--Ésta es la única amante que no engaña jamás, padre--dijo mostrando el

pañuelo al joven presbítero, que había empalidecido.--Vea usted el beso

que acaba de darme. Mañana me dará otro más prolongado; después otro y

otro, hasta que me coja entre sus brazos fríos y me estreche

eternamente.

Y lo terrible del caso era que tenía razón. La salud de D. Álvaro, que

jamás había sido completa, se arruinaba sensiblemente desde hacía una

temporada: tal vez desde la visita inopinada de su esposa. Habíase

demacrado mucho más, con estarlo siempre bastante. El color, de pálido

daba ya en terroso; los ojos habían perdido en movilidad y ganado en

brillo; las manos parecían las de un esqueleto.

Desde que supo la cobarde y traidora intriga urdida para que sus bienes

fueran a parar al fruto de los adúlteros, no levantó cabeza. Bebió el

cáliz del dolor hasta las heces. Lo bebió con la sonrisa en los labios

para no desmentir sus teorías, pero el veneno produce siempre su efecto;

le abrasó las entrañas. La tos fue en aumento, los esputos

sanguinolentos también. Pasaba las noches enteras sin poder conciliar el

sueño. Comenzaron a darle algunos ataques de disnea. Todo hacía

presagiar un próximo y funesto desenlace.

En aquellos días se operó una crisis interesante en el espíritu

atormentado del P. Gil. El materialismo pesaba como una losa sepulcral

sobre su corazón. Pero dentro de aquel sepulcro el espíritu idealista

del sacerdote se revolvía incesantemente, luchaba con ansia por salir al

aire libre y respirar una atmósfera más pura. El afán de sacudir la

lepra que le iba royendo poco a poco le impulsó a estudiar los sistemas

de metafísica dogmática antiguos y modernos. Fue una felicidad para él

que el obispo hubiese nombrado coadjutor al P. Narciso. Tenía mucho más

tiempo disponible y el espíritu más libre. Entregose de nuevo a la

lectura con ardor febril. Por delante de su vista asombrada desfilaron

todas las grandes concepciones del entendimiento humano, los esfuerzos

colosales, sublimes, llevados a cabo por el hombre para dar una

explicación satisfactoria al gran problema de la existencia. De muchos

de ellos tenía noticia, pero era vaga, incompleta y a veces falsa, como

que procedía de las citas de los libros que había manejado en el

seminario. Al estudiarlos ahora en sus fuentes se sintió poseído de una

admiración que semejaba al estupor. La grandeza, la perfección

maravillosa de algunos de estos sistemas parecía insuperable y fascinó

su alma. Por momentos, cuando acababa de examinar alguno, le parecía

haber levantado el velo de la verdad para siempre. Aquel sabio y

portentoso engranaje de todas las verdades parciales para obtener la

verdad total satisfacía la aspiración de su mente hacia la unidad.

Además, aquellos sistemas le devolvían a Dios. No se lo devolvían como

él lo quería, personal, providente, atento a las oraciones de los

hombres, pero al fin lo alzaban sobre el Universo material como su

principio y su razón. Ya no andábamos perdidos como tristes náufragos en

el océano turbulento de las fuerzas físicas; ya teníamos algo a donde

levantar los ojos y el corazón. El malo volvía a ser malo, y el bueno,

bueno. Y como hombre de espíritu lúcido no se fijó en la contradicción

superficial de los sistemas, que tanto impresiona y desencanta al

vulgo. Fue más allá y vio claramente que, por debajo de esta aparente

lucha, los sistemas de la filosofía moderna idealista se besaban

fraternalmente. Todos estaban empapados en el mismo idealismo panteista.

Penetrando aún más, advirtió que la filosofía alemana se daba la mano

con la griega al través del desierto de la Edad Media.

Por desgracia, el último filósofo que leyó fue a Kant, debiendo ser el

primero. Al recorrer las primeras páginas de la _Crítica de la razón

pura_, sintió la impresión extraña del que va a contemplar un paisaje y

le faltan los pies.

Estaba avezado a no pensar en el suelo, y hete aquí que de repente se

hunde. Para conocer las cosas es preciso averiguar antes si podemos

conocerlas. Y el resultado que iba deduciendo de la lectura es que de

las cosas no podemos conocer más que la apariencia. Nuestros

conocimientos no son, en último término, más que percepciones; las

percepciones, impresiones, modificaciones de nuestro propio ser. Todo

es, pues, una pura representación. El instinto le obligó a buscar con

anhelo tierra firme; pero cuanto más se esforzaba en levantar los pies,

más se hundía, a imagen de los incautos que penetran en un terreno

pantanoso. Alzábase repentinamente y quería apoyarse en esas nociones

firmísimas que jamás han faltado al entendimiento humano, en las

nociones de Tiempo y Espacio. El filósofo de Koenisberg le demostraba

poco a poco, con lógica inflexible, que el Espacio y el Tiempo no son

seres reales, ni tampoco propiedades de estos seres, sino tan sólo

formas de la percepción que tocan a las cualidades de nuestro espíritu y

no a la realidad externa. Buscaba después con ansia apoyo en el enlace

constante de la causa con el efecto. Kant le hacía ver que este enlace

no es más que el encadenamiento no interrumpido de los _cambios_

sucediéndose en el tiempo, que cada _efecto_ es un cambio y cada causa

también. Por lo tanto, que es tan absurdo pensar en una causa primera de

las cosas como en el sitio en que termina el espacio o el instante en

que el tiempo ha comenzado.

El pánico se apoderó de su alma como nunca. El positivismo materialista

le dejaba algo: la materia era una realidad; sus relaciones también.

Además, nunca se había entregado a él, por más que agitara en su mente

dudas violentísimas. Pero ahora quedaba solo, sumido en completa

oscuridad, lo mismo acerca del universo que nos envuelve, como de su

propia existencia y destino. Luchó, pues, con las ansias del que va a

morir, con la desesperación del náufrago que disputa a otro el socorro

de una tabla. Discutió las proposiciones del libro una por una. Era el

combate de un niño con un atleta. Cada una de aquellas proposiciones

había sido meditada en todos sus aspectos largamente por el pensador más

profundo de su siglo y también por el más prudente. ¿Qué fuerza habían

de hacer sus débiles manos contra baluartes fabricados con tanto esmero?

Su espíritu sobrexcitado imaginaba un argumento; lo apuntaba en la

margen del libro; lo juzgaba inexpugnable. A la página siguiente se

encontraba con que el filósofo ya lo había tenido en cuenta y lo

deshacía de un soplo.

¡Lucha triste y cruel! Lanzaba, en el frenesí de su cólera y pavor, una

granizada de golpes al pecho del viejo atleta. Éste permanecía inmóvil

como una roca. Luego, con burlona calma, dejaba caer su mano de hierro

sobre la frente del sacerdote y le hacía rodar por el suelo. Alzábase

vivamente y acometía de nuevo con mayor ardimiento, y otra vez volvía a

caer aturdido por el golpe. Se aproximaba al término del libro. Sentía

ya sus fuerzas agotadas. Quiso, no obstante, tentar un último esfuerzo

contra aquella lógica abrumadora y desembarazarse de los lazos que le

aprisionaban. Todo fue inútil. El hércules alemán le sujetó entre sus

brazos poderosos, le sacudió unas cuantas veces, cual si fuese de paja,

y por último lo arrojó con violencia al suelo.

Ya no pudo levantarse. Cuando despertó de su aturdimiento se confesó que

estaba vencido. El mundo se le ofreció entonces claramente como su

propia representación. Todo lo que existe no existe más que por el

pensamiento. El filósofo de Koenisberg no quiso sacar esta consecuencia;

pero estaba bien clara; no había otra posible para sus terribles

premisas. Ese sol que nos alumbra, ese mar que ruge a nuestros pies,

esos mundos que pueblan el espacio son otras tantas representaciones de

nuestro pensamiento. Sólo sabemos de ellos que hay un ojo que los ve. El

centro de gravedad de la existencia recae en el sujeto y es un fenómeno

de su cerebro. Todo este universo tan rico y tan vario, todos los seres

grandes y pequeños, los astros como los insectos, tienen suspendida su

existencia de un hilo muy delgado, el hilo de la conciencia. El mundo

guarda mucha semejanza con un sueño, una quimera... Y de ese Dios

creador de las cosas, padre de los hombres, ¿qué sabemos? Jamás sabremos

nada. Desde el momento en que el mundo y el orden del mundo son puros

fenómenos determinados por nuestra inteligencia, no tiene razón de ser

una Inteligencia Suprema. Había llegado la hora de poner a Dios a la

puerta y despedirlo con todos los honores de un rey destronado

legalmente.

Pálido, anhelante, con el cuerpo rendido a la fatiga y el alma deshecha

de dolor, el P. Gil permanecía extendido en su pobre sillón. Tenía el

libro abierto sobre las rodillas, los brazos pendientes, los ojos

cerrados. Por los intersticios de sus pestañas comenzaron a rezumar

algunas lágrimas, que bajaron trémulas y silenciosas por sus mejillas.

Era la imagen triste del vencido. Poco después su cuerpo delicado se

estremeció, contrajéronse los rasgos de su fisonomía dulce y apacible, y

sacudió su pecho un sollozo. Se llevó las manos al rostro y lloró con

desconsuelo.

--¡Nada, nada!... ¡Nunca sabremos nada!

Su ama D.ª Josefa quedó estupefacta al penetrar en la estancia y

encontrarle de aquel modo. El excusador levantó la cabeza y se apresuró

a volverla en seguida para que la buena mujer no advirtiese su estado;

pero ya era tarde.

--¿Cómo?... ¿Está usted llorando, señor excusador? ¿Qué le ha pasado,

criatura? ¡Virgen de la Soledad! Si tuviera padres o hermanos, creería

que se le había muerto alguno... Apuesto a que ese narizotas de D.

Narciso le ha dado otro disgusto. ¡Desprécielo, D. Gil, desprécielo!

--¡Oh, no! ¡Cuidado con las injusticias, doña Josefa!--se apresuró a

decir el joven.--Nadie me ha causado disgusto alguno. Estas lágrimas

provienen de un malestar nervioso que siento hace días.

--¡Si ya se lo decía yo! Usted trabaja demasiado... Esos dichosos

libros, que quisiera ver quemados...

Aquí D.ª Josefa enjaretó una larga catilinaria, declarándose en

principio sectaria devota del califa Omar. El P. Gil la atajó antes de

terminar.

--¿Qué venía usted a decirme, D.ª Josefa?

--¡Ah, se me olvidaba! Su madrina manda recado de que el hermano se está

muriendo: que vaya usted en seguida y que lleve los santos óleos.

--¡Jesús!... ¡Vaya por Dios! ¡Vaya por Dios!... No pensé que fuera para

tan pronto... ¡Pobre D. Álvaro!--exclamó levantándose vivamente y

apresurándose a ponerse los manteos y el sombrero.

--¡Bah! ¡Un hereje que no ponía los pies en la iglesia! ¿Qué importa que

se muera? Cuanto primero se lo lleven los demonios, mejor.

El excusador le dirigió una mirada tímida y ansiosa. No se atrevió a

protestar de la barbarie: temía que penetrara en su alma y leyera sus

sacrílegas dudas.

Después de pasar por la iglesia y recoger los óleos, penetró en el

vetusto palacio de Montesinos. El día estaba encapotado. La lluvia caía

tristemente con una pertinacia que sólo se conoce en aquella región de

la Península. Salió a abrirle, como siempre, Ramiro. El viejo doméstico

estaba desencajado. Parecía que le habían echado en pocos días diez años

encima. Así que vio al sacerdote le cogió, con sus manos trémulas, por

las muñecas y exclamó con voz alterada:

--¡Se muere, D. Gil! ¡Se muere!

Y un raudal de lágrimas corrió por sus mejillas surcadas de arrugas.

--¿Está tan grave?

--¡Se muere! ¡Se muere!... ¡Ha sido ella, sí, ella!... Pero yo la

mato... ¿sabe usted? la mato... Después que me maten a mí... que me

echen al mar... Quiero vengar a mi señorito... ¡Yo mato la zorra, yo!

El anciano, sin saber de dónde la sacaba, apretaba al mismo tiempo con

tal fuerza las muñecas del presbítero que a éste le costó trabajo

reprimir un grito de dolor.

--¡Calma, Ramiro, calma! Lo que ahora nos toca es atender al enfermo y

ver si podemos aliviarle.

--Suba usted conmigo, señor excusador. No hay esperanza... El médico lo

ha dicho... ¡Pobre señorito de mi alma!... ¡La mato, la mato!

En el gran patio, toscamente empedrado, la lluvia producía ruido

lúgubre. Subieron la escalera deteriorada y sucia del principal. Ramiro

iba llorando y murmurando amenazas. Ascendieron después al segundo. El

viejo empujó la puerta del cuarto de su amo, y el sacerdote se detuvo,

impresionado por el espectáculo que se ofreció a su vista. D. Álvaro

Montesinos yacía en la cama, más bien reclinado que extendido, con una

pila de almohadas detrás de la espalda; yacía presa de un síncope o

ataque de disnea, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, sacudido

de vez en cuando su mísero tórax por un hipo aciago. No había a su lado

más que D.ª Eloisa y una criada. Aquélla le daba con un abanico aire,

que el enfermo instintivamente trataba de recoger. Ofrecía ya en su

fisonomía todos los signos de la muerte.

D.ª Eloisa, al sentir el ruido de la puerta, volvió su rostro bañado de

lágrimas, e hizo seña al sacerdote para que se aproximase.

--Hace un cuarto de hora que está en el ataque--dijo con voz de

falsete.--Puede quedarse en él... ¿Quiere usted ponerle la Santa Unción?

Ni las ideas del enfermo, ni el caos que reinaba en aquel momento en su

cabeza le estimulaban a hacerlo. Sin embargo, el P. Gil abrió como un

autómata la caja de los óleos y se dispuso a imponer el último

sacramento a su desdichado amigo. Hubo que alzar un poco la ropa para

ungirle los pies. D.ª Eloisa y la criada se volvieron; marcharon hacia

un rincón de la estancia y sollozaron fuertemente. La lluvia batía en

aquel momento los cristales emplomados del balcón con triste repiqueteo.

Las cortinas sucias ya, de muselina antigua, cernían tenue claridad en

la alcoba. El P. Gil, con mano trémula, iba cumpliendo su piadoso

oficio, mientras el último vástago de la casa Montesinos yacía sin

conocimiento, con la terrible palidez de la muerte impresa en sus

facciones. Cuando estaban a punto de terminar, serenose un tanto el

pecho del enfermo. Poco después abrió los ojos y paseó una mirada de

sorpresa y aun de espanto por la estancia. Tornó a cerrarlos. Al cabo de

un momento los abrió, miró fijamente al P. Gil, dirigió después la vista

a los óleos que tenía en la mano, y sus labios amoratados quisieron

plegarse con una sonrisa.

--¡Al fin me han untado ustedes!--dijo con voz apenas perceptible.--Han

hecho bien... Pero esta máquina ya no anda, por mucho aceite que ustedes

la echen...

El P. Gil dirigió una mirada expresiva a doña Eloisa. Ésta exclamó con

angustia:

--¡Acuérdate de Dios, hermano mío!

--Me acuerdo mucho, querida... Le estoy muy agradecido.

El P. Gil quiso evitar una escena repugnante. Hizo seña a D.ª Eloisa y a

la criada de que se retirasen, como si fuese a confesarle. Las mujeres

se apresuraron a cumplir la orden, ávidas, sobre todo la hermana, de

que el moribundo se reconciliase con Dios.

--Aunque hace ya mucho tiempo que no hemos hablado de asuntos

religiosos--dijo el padre Gil, sentándose al pie de la cama e inclinando

su cabeza hacia el mayorazgo,--presumo que sus ideas no habrán cambiado

desde la última vez que hemos discutido. Sin embargo, en estos momentos

en que su vida corre algún peligro, ¿no siente usted la necesidad de una

fe que le alumbre en las tinieblas en que puede ser envuelto, de alguna

esperanza que le consuele en este amargo trance?

--Ninguna... He llegado felizmente al desenlace de la horrible

comedia... Todos los hombres juegan en ella un papel bien poco airoso...

El mío ha sido tristísimo...

--Verdad, D. Álvaro... Es usted uno de los hombres más desgraciados que

he conocido. Por lo mismo creo que, o no hay justicia en el cielo, o

recibirá en él la recompensa de sus dolores si se arrepiente en este

instante de sus pecados... y también de sus ideas anticristianas.

Estas últimas palabras las pronunció el padre Gil en voz más baja, como

si sintiera vergüenza.

--Ni en el cielo ni en la tierra... hay esa justicia ridícula que usted

supone... Pero hay otra más grande... y se va a cumplir ahora.

--Y tantos dolores como usted ha experimentado, ¿serán infructuosos?

¿No se cree usted con derecho a una compensación?

--No... Soy profundamente culpable por el hecho de haber nacido.

--Eso es horrible, D. Álvaro, y además absurdo. Los dolores de este

mundo nos hacen creer que éste es un pasaje de tránsito y prueba, que

después de esta vida, triste y amarga, hay otra eterna donde nuestra

alma inmortal gozará al fin la felicidad más pura. Usted, que ha

padecido más que los otros, gozará de mayor premio.

--¡Oh, no!... ¡No quiero premios!... ¡No quiero vida futura!... Quiero

reposar... ¡reposar eternamente!... ¡Qué dulce... es esta palabra,

padre!... ¡No sentir ya nunca más los latigazos de la naturaleza ni las

puñaladas de los hombres!... ¡No sentir este cuerpo miserable que tanto

me ha hecho padecer! ¡No sentir los dientes de esa infame royéndome el

corazón lentamente!... Escuche usted, padre... Si usted me tiene

siquiera un poco de lástima... no intente quitarme esta última

ilusión... Si sabe usted que hay cielo, cállelo... No turbe usted, por

cuanto más haya querido en el mundo, esta paz bendita en que voy a

entrar...

El P. Gil, sacudido por un estremecimiento de tristeza y compasión,

comenzó a llorar.

--Gracias... gracias por esas lágrimas--dijo el enfermo sonriendo.--Al

mismo tiempo dejó caer su mano, trasparente como la porcelana, sobre la

del sacerdote y la apretó suavemente.

Hubo un largo y triste silencio. El P. Gil, con la mirada extática,

clavada en el balcón, meditaba. El moribundo, con los ojos cerrados,

parecía prepararse a conciliar el sueño dulce que anhelaba. La estancia

se oscurecía por momentos fuertemente y en otros se esclarecía,

revelando la espesura de las nubes que interceptaban la luz del sol.

--Pero ¿no siente usted horror a la nada, al aniquilamiento

absoluto?--exclamó al fin el P. Gil con cierta violencia, como si

argumentase contra su propio pensamiento.

El mayorazgo abrió los ojos sorprendido.

--¿Cómo?... ¿Si no tengo miedo a la nada?... ¡Oh, no! A lo que tengo

miedo es a la vida... Todos se casan con ella al nacer, y a todos les

sale p... Unos lo dicen como yo... Otros lo callan por vergüenza, como

hacen la mayor parte de los maridos.

--¿Y si Dios le condenase después de esta vida a eternos tormentos por

haber blasfemado tanto?

El moribundo sonrió con trabajo.

--Eso lo han inventado ustedes los clérigos... para turbar la paz de

esta hora... de esta hora dichosa... Pero yo la he comprado demasiado

cara para desprenderme de ella...

Hubo otro largo silencio. El enfermo volvió a cerrar los ojos. Aparte de

cierta extraña agitación en los dedos, su actitud tranquila confirmaba

el sentido de sus palabras. Parecía estar gozando con voluptuosidad de

la insensibilidad que poco a poco penetraba en su ser, de los preludios

de la nada.

--Y sin embargo--concluyó por decir el P. Gil, exhalando un suspiro y

con los ojos clavados siempre en el balcón,--¿no sería infinitamente más

dulce esta hora si fuese la entrada de una nueva vida, si por nuestra

alma bajase una legión de ángeles que la llevasen a gozar de Dios

eternamente, como creemos los cristianos?

El mayorazgo alzó un poco los ojos e hizo signos de negación con la

cabeza. Volvió a cerrarlos. Pero haciendo al cabo de algunos instantes

un esfuerzo para incorporarse, dijo con voz más firme:

--Para que la vida en otro mundo me fuese soportable... sería forzoso

que trasformasen mi ser por completo... Mi carácter por sí sólo bastaría

para aburrirme... Déjeme usted reposar en paz... Deje usted, padre, que

se destruya el error fundamental de mi existencia... Ni yo ganaría nada

con perpetuarme... ni el Universo tampoco... Ahí quedan otros millones

de seres encargados de sostener el fardo de la vida.

--¡Pero es horrible entrar en una noche sin límites, eterna!

--No tal... La vida es una pesadilla... La muerte es un sueño

tranquilo...

Cerró de nuevo los ojos. El P. Gil le apretó cariñosamente la mano,

exclamando:

--¡Quién sabe!

La mano del moribundo se estremeció levemente. El excusador no volvió a

desplegar los labios. Inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró también

los ojos, apretándolos con las yemas de los dedos, cual si tratara de

contener el torrente de pensamientos que se escapaban de su cerebro. El

viento y la lluvia habían cesado. No se oía en la estancia más que el

rumor lejano de las olas batiendo contra los peñascos.

La meditación del sacerdote fue larga y dolorosa. La hoja aguda y fría

del escepticismo penetraba en sus entrañas: una mano cruel la revolvía

sin piedad para desgarrárselas mejor. Lo que aquel hombre, enloquecido

por el dolor, decía quizá no fuese cierto. Pero ¿lo era lo que afirmaba

el cristianismo? Éste, en último resultado, también era una tentativa

para explicar la Existencia y el Universo, más hermosa, más consoladora

que las demás... pero al fin una tentativa. Ninguna seguridad podíamos

tener de ella, pues que no la tenemos de nuestra facultad de conocer las

cosas.

Cuando al cabo de un rato largo levantó la cabeza, el susto que recibió

le hizo dar un salto en la silla. D. Álvaro se estaba muriendo. Tenía la

boca abierta y recogía en silencio el aire, que ya no bastaba a mover

sus deshechos pulmones.

--¡D. Álvaro! ¡D. Álvaro!--le gritó, sacudiéndole.

No respondió. El P. Gil cogió el abanico que estaba sobre la mesa de

noche y se apresuró a darle aire. Al mismo tiempo gritó:

--¡Madrina! ¡madrina! ¡Venga usted!

D.ª Eloisa y la criada se precipitaron en la habitación. En vano

trataron de reanimar al moribundo dándole aire después de incorporarle,

abriendo el balcón, frotándole los pies con un cepillo, haciendo todo lo

que les sugería en aquel momento su imaginación. Era el último ataque de

disnea. Abría de vez en cuando la boca. Movía los dedos con ligeras

sacudidas. Pero su fisonomía se iba inmovilizando rápidamente. El hombre

trasmigraba a la estatua; el alma se convertía en piedra.

Aspiró tres o cuatro veces seguidas el aire y quedó rígido, inmóvil, con

los ojos y la boca entreabiertos.

D.ª Eloisa se abrazó a él sollozando y cubrió de besos su faz

cadavérica. La criada rompió a gritar como si la estuvieran golpeando.

El padre Gil se dejó caer de rodillas y se puso a leer en voz baja por

su breviario.

Al cabo de un rato D.ª Eloisa y la criada también se arrodillaron al pie

del lecho y oraron. Pero aquélla, viendo asomar una lágrima por entre

las pestañas de su hermano, se levantó prontamente y la recogió con el

pañuelo. Era la lágrima que vierten los que acaban de morir; lágrima de

protesta de la criatura contra el poder aciago que la ha sacado de la

nada sin pedírselo.

--¡Mire usted, padre, qué sosiego, qué quietud tan dulce respira su

fisonomía!--exclamó la buena señora, contemplando a su hermano con ojos

de dolor y ternura.--¡Bien se conoce que al fin se ha reconciliado con

Dios!

El sacerdote dejó caer el libro sobre el lecho y se tapó el rostro con

las manos.

La Fe · 第 18 / 23 题