Su confesor, hasta que le retiraron las licencias, había sido D. Miguel.
Se confesaban mutuamente, como acontece entre los clérigos. Con él fue
con quien comunicó primero sus dudas. El viejo cabecilla quedó más
sorprendido que escandalizado de ellas. Le parecían cosa tan
insustancial que no merecía la pena de fijar mucho tiempo la atención.
Los dogmas eran para él como las leyes físicas de la gravedad, la
impenetrabilidad, etc. Se contaba con ellos sin pensar en su existencia.
Todo el drama conmovedor de la pasión y muerte de Jesús lo miraba el
párroco de Peñascosa en el fondo como una especie de romanticismo que
sirve de acompañamiento obligado a la verdadera religión. Ésta consistía
en la misa, los responsos, el rezo del día, el rosario, la abstinencia
de carne en los días de vigilia, y sobre todo en los derechos
parroquiales, que tal vez juzgaba simultáneos con el acto de la
Creación. No se paraba, pues, en analizar y desvanecer las dudas de su
excusador. «Anda adelante.--No hagas caso.--¡Pataratadas!--Déjate
estar.--¡Otra te pego!--¿Cómo no había de resucitar al tercero día,
majadero? ¿No ves que lo dice San Juan y San Mateo y San Marcos?» Éstos
eran los consuelos que ordinariamente le prodigaba.
Nuestro sacerdote unas veces se entristecía con ellos, pero otras se
confortaba pensando que no debía de estar tan condenado y maldito cuando
D. Miguel tomaba sus terribles dudas con tanta calma. Cuando a éste le
retiraron las licencias no tuvo más remedio que buscar otro confesor.
Convencido de la hostilidad con que le miraban D. Narciso, D. Melchor y
D. Joaquín, no quiso desahogar con ninguno de ellos su conciencia,
aunque bien sabía que en el tribunal de la penitencia nada tienen que
hacer las simpatías o las antipatías. Fue a dar con un joven capellán,
más joven aún que él, recién llegado del seminario. Era hijo de un
carpintero de la villa, tan tímido y encogido que apenas sabía saludar,
feliz de verse elevado sobre su antigua condición, tributando un respeto
sin límites a todas las grandezas del cielo y a todas las pequeñeces de
la tierra. Éste quedó vivamente impresionado con la confesión del P.
Gil, y desde luego trató de convencerle de que todo aquello venía del
demonio y que no había otro remedio más que ponerle la cruz y darse
buenas disciplinas, rezar y ayunar mucho. Por espíritu de humildad y
obediencia, el excusador hizo lo que su confesor le mandaba,
secretamente persuadido, sin embargo, de que no adelantaría nada. Ya
antes había intentado estos medios, sin resultado. Las dudas seguían
atormentándole; se le ofrecían cada vez más crueles, más imponentes. El
tímido capellán pasaba un rato muy amargo cada vez que le confesaba;
temblaba y se azoraba como si le sucediese una desgracia: tanto padecía
y tales temores le asaltaban, no se sabe de qué, que poco a poco fue
excusándose de oírle en confesión y concluyó por negarse en absoluto.
Entonces se le ocurrió ir a ver a D. Restituto, párroco de una de las
aldeas inmediatas a Peñascosa, hombre que pasaba entre sus compañeros
por avisado, prudente y aficionado a los libros. Decíase que tenía una
gran biblioteca y que en su juventud había hecho en Lancia ejercicios
brillantísimos a una de las prebendas de la catedral, y que no se la
dieron porque el obispo la tenía reservada para un sobrino. Don
Restituto, herido por la injusticia se había retirado a aquel curato
rural, y nunca más quiso salir de él para intentar nueva contienda. Si
continuó dedicado al estudio de la teología o pagó en ella el desaire
que había recibido, no se sabe con certeza. Gustábale, sí, cuando alguna
fiesta o funeral le reunía con sus compañeros, mostrar erudición y
excederles en ingenio y sutileza para defender cualquier proposición;
pero los curas de las parroquias inmediatas todos eran _moralistas_,
esto es, ninguno había estudiado la carrera lata de teología más que él.
Pocas gracias que los arrollase en las disputas de sobremesa. Por lo
demás, D. Restituto llevaba tanta labranza y estaba tan interesado en
ella, que no debía de tener mucho tiempo, ni humor tampoco, para
profundizar en la Dogmática ni en la Patrología.
Nuestro acongojado presbítero salió una tarde, después de comer, y
encaminó sus pasos hacia la aldea donde moraba el teólogo. Le conocía
bastante, pero no le trataba con intimidad. Estaba apartada la aldea
como media legua. El camino era vario y pintoresco: callejas estrechas
con altos setos de zarzal, trozos de bosque, vereditas entre maizales y
senderos al través de los prados. A la entrada de una garganta, sobre
una vega de maíz y teniendo detrás algunas praderas deliciosas, estaba
asentado el principal caserío de la parroquia. La iglesia y la casa
rectoral estaban un buen trecho más allá, en una angostura sombría y
húmeda. Todo dormía en el silencio más completo cuando el joven
sacerdote llegó. Las gallinas picoteaban en la calle delante de la casa;
un gato rabón se lavaba la cara sentado sobre la paredilla de la huerta,
y un mastín desorejado dormía de bruces sobre la tabla del hórreo vecino
de la casa. Este mastín fue el encargado de romper la paz de aquel
paraje, alzándose iracundo contra el advenedizo, ladrando con un grito
ronco, apagado, testimonio de su decrepitud. El P. Gil detuvo el paso, y
comenzó a decir en tono dulce y persuasivo:
--¡Toma, toma! ¡Quis, quis!
¡Que si quieres! El mastín, viendo al recién llegado achicarse, se
creció horriblemente. ¡Guau, guau! gritó, buscando el registro más feroz
y amenazador que pudo hallar en su pecho. Al mismo tiempo clavaba una
mirada de exterminio en el presbítero y avanzaba, aunque con cierta
cautela, hacia él. Éste, aterrado por aquellos ladridos salvajes, dio
tres o cuatro pasos atrás y extendió el brazo con el paraguas, que traía
para quitarse el sol, hacia adelante. «¡Paraguas! El recurso de los
cobardes,» debió pensar el mastín. Y se encrespó de tal modo ante aquel
ultraje, que no lo hubiera pasado bien el clérigo a no salir a la puerta
una vieja chillando:
--¡Cuco! ¡Cuco! ¡Aquí, Cuco! ¡Fuera, Cuco! ¡Maldito perro! ¡Aquí!...
¡Aquí! ¡Ven aquí!
El perro vaciló un instante, dejó de ladrar y mostró bastante claramente
la resolución de volverse otra vez a dormir como si no hubiera pasado
nada; pero la vieja no se dio por satisfecha; exigía un acto de
sumisión.
--¡Aquí, Cuco! ¡Aquí, ahora mismo!
El Cuco bajó la cabeza humildemente y emprendió hacia ella una marcha
lenta, penosísima, como si el camino estuviera erizado de peligros.
--¡Aquí! ¡Venga usted aquí!
«Me trata de usted, ¡malísimo!» se dijo el perro, a quien no hacían
efecto las pompas y vanidades. Y avanzó con mayores precauciones aún,
asegurando bien la pezuña a cada paso que daba, meneando el rabo de un
modo vertiginoso.
--¡Aquí! ¡Aquí!--seguía gritando la vieja.
Por fin, a una velocidad máxima de seis pasos por minuto, llegó el Cuco
a su destino. La vieja le cogió por la parte de oreja que le quedaba y
dio tres o cuatro tirones con fuerza. El perro lanzó un aullido de
dolor. Luego le cogió por la otra, y otros tantos tirones. Mayor y más
triste aullido aún. Cumplidos sus deberes con la justicia de la tierra,
el mastín se retrajo de nuevo hacia la tabla del hórreo, no sin lanzar
por lo bajo algunas imprecaciones y blasfemias. Esta escena se repetía
unas cuantas veces al día, siempre que alguna persona sospechosa, como
ahora, llegaba con propósitos hostiles a la rectoral. El Cuco deploraba
en su fuero interno que no le hubieran rapado mejor las orejas.
--Buenas tardes, D. Gil--dijo la vieja, cambiando súbito la expresión
colérica por otra sonriente, melosísima, dando muestras de que le
conocía.
El P. Gil, a quien no sucedía otro tanto, respondió muy cortésmente y
preguntó por D. Restituto.
--El señor cura debe de estar hacia el establo. Pase usted, D. Gil. Iré
a llamarlo.
--No hay necesidad: yo mismo iré a buscarlo. ¿El establo está aquí?...
--Sí, señor; aquí detrás de la casa.
Dio la vuelta a toda ella el sacerdote, subió algunos pasos por una
calleja sucia, y se encontró con una misérrima fábrica hecha de piedras
del río sin labrar apenas, con una puerta desvencijada. Estaba cerrada,
y a nadie vio por allí delante. Iba a dejar aquel sitio y volverse a la
casa, cuando detrás del establo oyó ruido de voces. Fuese hacia allá, y
halló, en efecto, a don Restituto, sorprendiéndose no poco del traje y
la situación en que se le apareció.
El anciano cura vestía unos calzones anchos de pana, remendados, como
los que gastan los paisanos por aquella tierra; traía en los pies
almadreñas con escarpines de paño burdo, chaqueta lustrosa por el uso,
y camisa de lienzo hilado por el ama, sin alzacuello ni cosa que lo
valga. Era el traje de un labrador, sin quitar ni poner nada. Pero lo
que hacía verdaderamente peregrino y estrafalario el atavío es que en la
cabeza traía un bonete viejo y grasiento.
El P. Gil quedó asombrado de aquella figura, y más asombrado, cuando
advirtió la ocupación a que el párroco se entregaba. Estaba, con una
rodilla hincada en tierra, desollando un becerro. Le ayudaba en la
operación el criado. Tenían al animal extendido entre los dos, la mayor
parte de él en carne viva ya. Volvió la cabeza D. Restituto al sentir
pasos, y hallándose con su joven compañero, se puso en pie y vino hacia
él con las manos ensangrentadas empuñando un enorme cuchillo.
--¿Qué milagro es éste, amigo? ¡El futuro cura de Peñascosa se digna
hacernos una visita!... Mira, no te doy la mano, porque ya ves cómo la
tengo. Bien de salud, ¿verdad?... Por aquí tampoco hay novedad.
D. Restituto trataba de tú, familiarmente, a todos los clérigos más
jóvenes que él desde la primera entrevista. Cuando Gil le hubo explicado
el motivo de su viaje, mostró cierta extrañeza, pero se apresuró a
responderle:
--Bueno, bueno. Yo voy a concluir en seguida. Vete a casa, y espérame.
Pero el joven manifestó deseos de ir a la iglesia.
--¿A la iglesia?--dijo sorprendido. Entre ellos era costumbre confesarse
en casa.--Está bien. No hay inconveniente. Pide al ama la llave, y
espérame allí. No tardaré.
¡Pluguiera a Dios que hubiese tardado más! Y sobre todo, pluguiérale que
hubiera tenido tiempo a lavarse bien. Porque el teólogo despedía de sí
un vaho de matadero que derribaba. Mientras duró la confesión, y duró
bastante, el P. Gil apenas pudo pensar en otra cosa. Sentíase asfixiado
por aquel olor nauseabundo; acudíanle unas congojas y sudores que
estuvieron a punto varias veces de privarle del sentido. Don Restituto
sintió verdadera satisfacción en poder sacar a relucir su antigua
batería de proposiciones teológicas. A cada duda que su atribulado
penitente le ofrecía, contestaba victoriosamente con un texto latino.
Como el veterano descuelga con gozo sus armas a la señal de guerra, así
el viejo opositor a la lectoralía de Lancia descolgó de su memoria los
textos enmohecidos ya de Perronne y de Balmes. ¿Cómo dudar de la
inmortalidad del alma, cuando ésta es una cosa simple, y las cosas
simples no pueden descomponerse? ¿Quién se atreve a imaginar que la
Iglesia católica puede algún día perecer, cuando están ahí sangrando las
palabras de Jesucristo: «Las puertas del infierno no prevalecerán (_non
proevalebunt?_)» ¿Cómo se ha de dar más crédito a la palabra de los
hombres que a la de Dios? Pues qué, ¿la Divina Sabiduría no ha dicho:
«Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio a la
verdad?» Y este testimonio ¿no está bien claro y bien patente en las
obras visibles que exceden al poder natural, por ejemplo, en la curación
de los enfermos, en la resurrección de los muertos y en otros admirables
milagros llevados a cabo por Nuestro Señor Jesucristo y por los Santos
Apóstoles?
El P. Gil recibió la absolución, prometiendo no ser más demente ni
idiota; así juzgaba don Restituto al que dudaba de las verdades
reveladas por angélico ministerio. Poco después de besar aquella mano no
bien purgada de la sangre del becerro, y cuando se hubo levantado para
rezar ante un altar la penitencia, nuestro presbítero se sintió
indispuesto. Tuvo que salir inmediatamente de la iglesia, acometido de
violentas náuseas. En el pórtico devolvió toda la comida. Llevole a casa
el cura, y quiso curarle con una taza de salvia, remedio supremo que
empleaba contra todas las dolencias que afligen al género humano; pero
su joven compañero, que sabía a qué atenerse sobre su enfermedad, rehusó
obstinadamente toda medicación. El párroco entonces pasó a mostrarle la
huerta, en la cual tenía cifrado tanto orgullo como en la profundidad
de sus conocimientos teológicos. Estaba llena de árboles frutales y
legumbres. No se veía una flor ni un arbusto de adorno. Desde allí
pasaron a un vasto prado, donde tenía unos cuantos operarios alzando
pared. D. Restituto comenzó a darles instrucciones, aprobó algunas
cosas, reprobó otras, olvidándose por completo de su huésped. Uno de los
operarios le participó que el molino había parado porque el hijo de
Cosme había desviado el agua más arriba para secar el cauce del
riachuelo y pescar las anguilas. D. Restituto se enfureció y anunció su
propósito de demandar a Cosme y pedirle indemnización de daños y
perjuicios. De él no se burlaba nadie; estaba resuelto a hacer que se
respetase su propiedad. Desde allí se corrieron a los maizales, y el
párroco mostró a su compañero con extremado gozo el estado magnífico de
las plantas. El agua había venido muy a tiempo, pero más que al agua se
debía a la gran cantidad de abono que había echado.
--Tú dirás: ¿dónde podrá hacer D. Restituto tanto estiércol para una
tierra como ésta, de quince días de bueyes? Voy a explicártelo. Yo,
aunque tengo nueve cabezas de ganado, no podría abonar ni la mitad de la
tierra que llevo. ¡Aquí del _intelectus_! En todas las parroquias, como
tú sabes bien, hay una porción de pobretes, a los cuales no es posible
sacarles un cuarto ni por bautizos ni por matrimonios ni por nada. Pues
bien, a estas calamidades vivientes les obligo a echar de vez en cuando
delante de sus casas (vulgo pocilgas) una buena cantidad de hoja seca o
tojo. Con el agua y el paso de los transeúntes y el estiércol de las
reses que cruzan se convierte al cabo de algún tiempo en abono. Cuando
ya está bien podrido me lo traen y voy formando montón hasta que llega
el tiempo de distribuirlo por la tierra. ¿Qué tal?
Desde allí saltaron a una heredad de prado. D. Restituto, en cuanto se
vio en ella, dejó escapar una risita aguda y burlona, que hizo levantar
la cabeza a su joven compañero y mirarle con curiosidad.
--Este es el _prado del molino de abajo_... el _prado del molino de
abajo_, ya sabrás... ¿Cómo? ¿no sabes la historia de este prado? Pues ha
corrido mucho por la villa... Pertenecía a los mansos de la parroquia, y
había quedado trasconejado cuando la venta de todos ellos. Yo lo
llevaba, y nadie en la parroquia se atrevía a denunciarlo. Pero había
aquí un tabernero rico llamado Lino (que ya reventó, a Dios gracias, el
año pasado), y este Lino le tenía muchas ganas al prado. Al fin dio el
soplo en la administración, guardando la mano, porque no quería ponerse
mal conmigo, y lo sacaron a subasta. Dos días antes de hacerse, vino
por acá el muy hipócrita y me dijo: «Señor cura, voy a hacer postura al
_prado del molino de abajo_, pero si usted lo quiere me quedo en casa.»
El tunante trataba de sonsacarme la cantidad que yo pensaba ofrecer.
«No, no lo quiero; puedes rematarlo cuando gustes,» le contesté. El
hombre, viendo que yo no iba al remate, y sabiendo que ningún vecino
estaba en situación de tirarle, se las prometía muy felices. Y mandó a
Lancia a un primo hermano suyo. Pero a éste le fui a tropezar camino de
Peñascosa, y le hablé muy al caso, representándole el pecado en que
incurría rematando bienes de la Iglesia, le prometí darle en arriendo el
prado, y le puse cuarenta duros en la mano. ¿Qué había de hacer el
hombre? Fue a Lancia, lo remató y me lo traspasó a mí acto continuo...
¡Vaya una risa que se armó en el pueblo, amigo! Lino enfermó de rabia, y
en cuanto se le presentó ocasión, que fue al cabo de dos meses, viniendo
de una romería, le pegó una puñalada a su primo... ¡Pero, anda, que
buenos cuartos le costó la tal puñaladita! No lo hizo con diez mil
reales.
Como ya el sol declinaba, después de haberle enseñado un lagar, que
acababa de construir para la sidra, D. Restituto llevó de nuevo a su
penitente a casa y le convidó a chocolate. Pero el excusador no se
sentía aún bien. Además tenía prisa. Rehusó todo convite y emprendió el
camino de Peñascosa. El cura le acompañó un buen trecho.
Fuera ya de sus fincas y comprendiendo por el continente reflexivo del
excusador de Peñascosa que su ánimo seguía embargado por pensamientos
serios, D. Restituto quiso volver a la carga, aunque le pareciese
sobradamente demostrado que todas las dudas de su compañero no eran más
que bombas de jabón, las cuales deshace con un soplo cualquiera que haya
saludado siquiera la Sagrada Teología.
--Debes fijarte, querido--le decía con protección ilimitada,--que las
verdades de la fe no son contrarias a la razón, sino que están sobre
ella. Lo contrario de lo verdadero, ¿qué es? Lo falso, ¿no es cierto? ¿Y
cómo ha de tenerse por falso lo que está divinamente confirmado? Las
cosas que sabemos por revelación divina no pueden ser contrarias al
conocimiento natural, porque el conocimiento natural viene también de
Dios, puesto que Dios es el autor de nuestra naturaleza. Porque exceda a
la razón una cosa no debe reputarse contraria a ella. Así dice San
Agustín que aquello que como verdad se demuestra por los libros santos,
sea del Antiguo, sea del Nuevo Testamento, de ningún modo puede serle
contrario. El entendimiento humano no puede llegar, naturalmente, a
conocer la existencia de Dios, supuesto que nuestra inteligencia en el
modo de la presente vida comienza su conocimiento por el sentido, y por
lo tanto, las cosas que no caen bajo el sentido no pueden percibirse
sino en cuanto por los sentidos puede colegirse su conocimiento...
La tarde estaba fría y apacible. La campiña se extendía debajo del cielo
trasparente, reflejando con tonos verdes, claros, amarillentos, los
rayos del sol que se ocultaba. El mar era una mancha azul allá a lo
lejos. Los dos clérigos habían atravesado ya el caserío principal, donde
las mujeres, sentadas a la puerta de casa, les daban las buenas tardes y
los niños acudían a besarles la mano. Estaban en la región abierta,
ligeramente ondulada, que caracteriza la costa en aquel país. El P. Gil,
silencioso, caminaba con la cabeza baja, levantándola de vez en cuando
para enderezar su mirada vaga, perdida, hacia lo lejos, a las tierras
rojas y a las rocas peladas que festonaban la orilla del mar. El sol
moría despidiendo su última llamarada, que enrojecía una parte del
horizonte. Y de allí venía una leve brisa helada que coloreaba los dedos
y la punta de la nariz, vigorizando los músculos y produciendo
cosquilleo en los ojos. La campiña se preparaba a dormir, exhalaba un
suspiro de bienestar, mezcla confusa de voces y mugidos, rechinar de
carros, tañido de esquilas y rumor de olas, fundido todo y armonizado
en la amplitud de la llanura ilimitada. El P. Gil se esforzaba en
atender a los argumentos que su anciano compañero iba vertiendo con voz
profunda y solemne. Eran los mismos que había estado oyendo durante
siete años en las cátedras del seminario de Lancia.
Al dejar la senda y penetrar en una callejuela estrecha vieron llegar un
hato de ganado avanzando lentamente. D. Restituto atajó su discurso
teológico y se llevó la mano a los ojos a guisa de pantalla.
--Son mis vacas--dijo sordamente.
Y antes que llegasen se puso a gritar al criado que las conducía:
--¿Qué tiene la _Parda_, que cojea?
--Debió meterse una espina.
--Pues en cuanto llegue al corral la registras bien y se la sacas,
¿entiendes?... Es la mejor vaca que tengo--añadió por lo bajo,
dirigiéndose a su compañero.
Y como ya estuviera entre ellas, el cura se acercó solícito, paternal, a
la Parda y comenzó a acariciarle el testuz, bajando al mismo tiempo la
cabeza, para mirarle las patas.
--¡To, Parda!... ¡to! ¡to!... Espina debe de ser, porque en las patas no
veo nada. Después que se la saques la lavas bien con un poco de vino y
romero... Di a Teresa que te lo prepare... Nacida y criada en casa,
¿sabes tú?--prosiguió volviéndose al excusador con la fisonomía
enternecida.--Me daba D. Jovino, tu feligrés, sesenta duros por ella...
¡Como si me diera ochenta! Esta alhaja no sale de casa. ¡Qué anchura de
pechos, eh? ¡Qué cuarto trasero! (Y se lo acariciaba blandamente con la
palma de la mano.) No da mucha leche, pero toda es manteca... Esta otra
también nació en casa... ¡Quieta, Guinda, quieta!... Es más torpe que la
otra... Una novilla todavía... No hace quince días que ha parido por
primera vez... Ésta se deshace en leche... ¡Repara, repara que ubre! ¡No
puede andar con ella!... Cada chorro suelta como el dedo... Mira,
mira... ¡Quieta, Guinda!...
Y bajándose tiró de una de las tetas al animal e hizo salir dos o tres
chorros de leche que humedecieron el suelo. Al mismo tiempo volvió su
faz, congestionada por la posición tanto como por el gozo, hacia el
joven coadjutor. Éste sonrió por complacencia, pero separó al instante
la vista, no pudiendo reprimir bien la repugnancia que sentía.
Se puso de nuevo el hato en marcha y ellos también. D. Restituto cogió
otra vez el hilo de su discurso.
--Ya sé que hay quien dice que por la razón no puede demostrarse que
Dios es, y que esto sólo puede obtenerse por la fe y la revelación...
Error crasísimo. La falsedad de esta opinión se manifiesta por el arte
de la demostración, que deduce por los efectos las causas, y por el
orden mismo de las ciencias, porque si no hay ninguna sustancia
cognoscible fuera de lo sensible, no habrá tampoco ninguna ciencia
supranatural, como se dice _in quarto Metaphysicorum_. Hay que
distinguir lo que es conocido _per se simpliciter_, y lo que es conocido
_quoad nos_. _Simpliciter_ que Dios es por sí, es conocido...
D. Restituto tenía una memoria felicísima. Al cabo de tantos años
recordaba perfectamente su Dogmática, y la recitaba vertida al
castellano con el mismo énfasis que si la hubiera inventado. También la
recordaba el P. Gil, porque la tenía más reciente, pero escuchaba con
atención, por humildad, esforzándose en admirar la fortaleza de aquellos
argumentos, en considerarlos irrefutables. El anciano teólogo se detenía
a menudo, balbucía olvidando alguna demostración, pero súbito tomaba
vuelo y se lanzaba vigoroso sobre las premisas, haciéndoles sudar
inmediatamente las conclusiones apetecidas.
--...Todo lo que se mueve se mueve por algo. O lo que mueve es movido o
no. Si no se mueve, tenemos lo que buscamos, un móvil inmóvil, y a esto
llamamos Dios. Si se mueve, es por algo que le mueve, y entonces, o hay
que seguir así hasta el infinito, o tenemos que llegar a algún móvil
inmóvil; pero en el orden del movimiento no puede haber proceso
infinito... ergo hay que suponer un primer móvil inmóvil. Probemos ahora
que todo movimiento se determina por algo. Si algo se mueve a sí mismo,
es necesario que tenga en sí el principio de su movimiento...
Caminaban por una senda estrecha abierta entre los maizales. El teólogo
iba delante y el P. Gil detrás. Súbito aquél paró en firme el paso y la
lengua. Al doblar un recodo se encontró de frente con el hijo de Cosme,
que traía colgado a la espalda un cesto mediado de anguilas. Verlo el
teólogo y arrojarse sobre él sin conmiseración fue todo uno.
--¡Granuja! ¡Grandísimo perro! ¿Conque eres tú el que me quitas el agua
del molino? ¡Te voy a desollar vivo! ¿Es tu padre quien te enseña esas
picardías? ¿Es el maestro quien te las enseña? ¡Desvergonzado, cínico!
Le tenía asido fuertemente por entrambas orejas, y a cada interrogación
le daba una fuerte sacudida. El chico, comprendiendo bien que aquellos
interrogantes tenían un fin puramente retórico y no debían ser
contestados, limitábase a lanzar gritos de dolor inarticulados.
--¡Ven acá, pilluelo! ¡Quiero llevarte delante de tu padre! ¡A ver si me
dices ahora que yo te tengo mala voluntad! ¡Has de parar en un presidio!
¡Ven aquí, ven!
Y como no era factible llevarle cogido de las dos orejas, el anciano
teólogo se avino, aunque con profundo dolor, a soltar una, comunicando
instantáneamente a la otra su parte de presión para que no se
desperdiciase nada. En esta forma, con el rostro encendido y los ojos
llameando de cólera, dio la vuelta hacia el pueblo sin despedirse de su
compañero, llevando medio en suspensión al chico, que lanzaba quejidos
lastimeros.
El P. Gil le contempló estupefacto hasta que le perdió de vista.
Permaneció todavía unos momentos inmóvil, abstraído. Y emprendió de
nuevo su camino que se acercaba cada vez más a la orilla del mar, para
bajar por una rampa suave a Peñascosa. La luz desaparecía por momentos.
El frío aumentaba. El océano en calma había perdido su bello color azul,
cambiándolo por otro gris con reflejos acerados. De vez en cuando un
soplo de viento helado hacía correr por la tersa superficie de las aguas
un estremecimiento que las rizaba leve y momentáneamente, como si al mar
se le pusiera carne de gallina. Y este estremecimiento se comunicaba al
joven presbítero y llegaba hasta el fondo de su ser. Lo que sentía en su
alma no era ni dolor, ni agitación, ni congoja; era tan sólo frío, un
frío mortal que le roía los huesos. Nunca se había visto tan solo y
desvalido. Sus ojos iban obstinadamente fijos en el suelo. No se
atrevía a levantarlos e interrogar la inmensidad como otras veces.
Estaba seguro de su respuesta y la temía.
Cuando llegó a las primeras casas del arrabal de la Gusanera había
cerrado ya la noche. Al pasar por delante de una de las más pobres y
sucias llamó su atención el estrépito de golpes y gritos que de adentro
partía. Detuvo el paso asustado y procuró averiguar qué era aquello. Por
las pequeñas ventanas iluminadas no se veía más que agitarse
violentamente algunas sombras. A sus oídos llegaban, entre el confuso
vocerío, algunas blasfemias que le estremecían. De pronto se abre con
violencia la puerta y sale precipitadamente una masa negra, disparada
por unas manos que cierran de nuevo al instante. El P. Gil reconoció en
aquella masa negra a un clérigo. Se aproximó solícito y vio que era el
P. Norberto, con manteos y sin sombrero.
--¡D. Norberto! ¿Qué es eso? ¿Qué le pasa?
--Hola, querido. Nada, nada... no es nada--respondió sin aturdimiento.
--Sí le pasa algo... ¿Qué le han hecho a usted en esa casa?
--Nada, nada... Vámonos que se reúne gente.
--¿Se va usted a ir sin sombrero?
--Es verdad... Voy a pedirlo... Aguarda un poco.
Pero en aquel instante salió de una de las ventanas de la casa y voló
por el aire el sombrero, cayendo enmedio de la carretera, esto es, cerca
de los clérigos. Al mismo tiempo una voz ruda dijo, acompañándolo de
varias interjecciones:
--Toma la teja, ladrón. Si vuelves por aquí, te vas sin las orejas.
El P. Norberto se apresuró a recogerla del suelo y echó a andar.
--Pero explíqueme usted...--le dijo el coadjutor juntándose a él y
haciendo esfuerzos por seguirle el paso.
--Ya te lo explicaré... Ahí más abajo.
Cuando hubieron salido de la Gusanera, salvado la plaza y entrado en la
calle del Cuadrante, D. Norberto acortó un poco el paso. El excusador
aprovechó la ocasión para insistir en sus preguntas.
--Vamos a ver, ¿qué le ha pasado a usted?
--Pues mira, en esa casa vive una muchacha, una niña que apenas tiene
quince años, a quien su madre ha prostituido, entregándola a ese chalán
que llaman Pepe el Manchego.
--¿Y usted ha ido allí a ver si la sacaba de sus garras?
--La había visto ya otras dos veces, y no parecía mal dispuesta; pero no
sé quién dio soplo a ese hombre, y hoy se presentó de repente y armó un
alboroto.
--¡Jesús! ¡Está usted herido!--exclamó el padre Gil, viendo correr
algunas gotas de sangre por las mejillas de su compañero. Al mismo
tiempo le levantó un poco el sombrero y vio que tenía un fuerte golpe en
la frente, de donde partía la sangre.
--¡Pero esto es una indignidad! Vamos a dar parte en seguida al juez...
--No pienses en eso, querido... Esto no vale nada... El parte lo echaría
todo a perder; se daría un escándalo, y la chica, viéndose perdida, se
iría de este pueblo con el chalán. Quedándose aquí, tengo esperanzas que
con un poco de maña lograré quitársela a ese diablo y reducir a la misma
madre... Esto no es nada--añadió limpiándose la sangre con el
pañuelo.--Lo que me duele algo más es este hombro...
--Pero ¿le ha dado a usted más golpes?
--Me ha sacudido un poco la badana--respondió riendo candorosamente.--Es
cuestión de árnica y reposo... Yo creo que no me viene mal. Estaba
demasiado apoltronado... Desde hace algún tiempo todos los días me
convidan a callos... Voy engordando demasiado, ¿no te parece?
Despidiose el P. Gil a la puerta de su casa y siguió caminando con pie
más ligero hacia la suya. Parecía como si le hubiesen aliviado de la
carga que le abrumaba. Sintió suavizarse la honda melancolía que le
había oprimido todo el camino, y corrió por su ser una dulce
inexplicable vibración de bienestar.
Después de interrogar a la naturaleza muda, después de consultar a la
teología decrépita, el soplo de Jesús había pasado al fin por su alma y
la había refrescado.
X
Dos meses después, el P. Gil descansaba sentado en su pobre sillón de
gutapercha. El trabajo de todos aquellos días, sobre todo del último, le
había rendido. Era un trabajo puramente material, donde su espíritu,
atribulado por nefandos y horribles pensamientos, se complacía; buscaba
un calmante para la agitación interior que le atormentaba. Tratábase de
festejar la colocación de la primera piedra del nuevo templo con una
gran función religiosa y profana. La erección de este templo había sido
desde largos años el sueño dorado de los piadosos vecinos de Peñascosa.
Siempre había tropezado con obstáculos insuperables. El dinero por una
parte, por otra la corta voluntad del párroco, que oponía sorda
resistencia al proyecto, le habían hecho fracasar constantemente. Pero
al encargarse Gil de la parroquia tomó este asunto con calor; convocó a
los vecinos más ricos de la villa y abrió una suscrición, que dio buen
resultado; logró que el ayuntamiento otorgase una crecida subvención;
fue a Lancia e interesó al prelado y a varios próceres, que le
prometieron su concurso. En fin, después de muchas vueltas y sudores, la
nueva iglesia era un hecho. La primera piedra debía de colocarse el día
24 de Enero, con asistencia del prelado, el gobernador, varias
dignidades del cabildo catedral de Lancia y muchas personas notables de
la provincia. Estábamos a 23. El peso de los preparativos había caído
sobre los hombros del P. Gil, quien, ayudado de las personas de buena
voluntad que se prestaron a ello, organizó no sólo la fiesta religiosa,
sino también alguna parte de la profana, la iluminación, los fuegos y la
ceremonia de la primera piedra.
En aquellos últimos días no había tenido tiempo a pensar. Había sido
menos desgraciado. Pero sus fuerzas estaban agotadas con tanta menuda y
enfadosa ocupación, y gozaba con voluptuosidad de un corto momento de
reposo, en espera del trajín del día siguiente. Caíansele ya blandamente
los párpados, cuando se abrió la puerta con violencia, haciéndole dar
un brinco en la butaca. Aturdido por la sorpresa, con los ojos
desmesuradamente abiertos, vio a Obdulia que penetraba como un huracán y
se dirigía a él con la fisonomía alterada, mostrando en ella agitación y
cólera.
--¿Sabe usted lo que pasa, padre?--le preguntó sin saludarle.
El coadjutor no respondió, interrogando sólo con la vista.
--Pues acabo de saber que le han birlado a usted el cargo de
coadjutor... Se lo han dado a D. Narciso.
--¿Nada más?--preguntó sorprendido aún el presbítero.
--¿Y le parece a usted poco?--exclamó con ímpetu.--Después de lo que
usted ha trabajado en este pueblo, después de haberlo puesto todo en
orden, después de haber logrado que se edificara la iglesia... Porque a
usted exclusivamente se debe... todo el mundo lo sabe... ¡Quitarle lo
que le pertenece y darle la plaza a un D. Narciso!... ¡Es una infamia!
¡es un asco!... ¡Qué bien han manejado la intriga esos envidiosos! ¡Ya
me parecía a mí que tanto viaje a Lancia algo significaba!... Por
supuesto que yo bien sé quién le ha ayudado... ¡ya lo creo que lo sé!
D.ª Filomena es prima hermana del gobernador de Madrid, y por ahí viene
la cosa... ¿Y qué diremos del señor obispo que, sabiendo los servicios
que usted ha prestado a la religión en este pueblo, se presta a servir
de juguete a una vieja verde? ¡Qué indignidad! ¿No le dije bien a tiempo
que no se durmiera en las pajas?... ¡Ah, qué infamia tan grande! ¡Qué
infamia! ¡Qué reteinfamia!
Hablaba atropellándose, con las mejillas encendidas, vibrando por los
ojos rayos de ira, agitando las manos temblorosas, moviendo todo su
esbelto cuerpo como si estuviera sujeto a una fuerte corriente
eléctrica. El P. Gil la contemplaba estupefacto. Por fin, aprovechando
un instante de vacilación, antes que de nuevo tomara vuelo y lanzara
otra sarta de denuestos, la atajó diciendo:
--Agradezco a usted mucho, hija mía, el interés que me manifiesta en
esta que usted cree injusticia que se me hace, y que no lo es. Yo no he
deseado nunca ese cargo ni he hecho nada por merecerlo. La persona a
quien se encomienda, si es cierto lo que usted me dice, me parece
dignísima y me lleva, entre otras muchas ventajas, la de la antigüedad.
Pero sobre todo, aunque en efecto se cometiera conmigo una injusticia,
¿a qué viene esa alteración? ¿A qué vienen esos insultos a personas
respetables por cuya cabeza no habrá pasado la idea de hacerme daño
alguno?
Obdulia se puso fuertemente colorada y dijo balbuciendo:
--Porque usted es un santo... sí... porque usted es un santo.
--¡Qué santo!--exclamo el clérigo alzando la mano con impaciencia.
--Sí; porque usted es un santo y mira todas estas cosas desde la altura
en que se encuentra... Pero es una injusticia, padre; ¡es una
villanía!--añadió volviendo a exaltarse.--Usted es demasiado bueno para
vivir entre esta gente... y le sacrifican como un cordero... ¡Si fuera
yo!... ¿Cree usted que no me apena verle a usted humillado, verle
pisoteado por esos peleles que no sirven para limpiarle los zapatos?...
¿No es triste que otro recoja el premio de sus afanes?... A usted no le
importará nada, padre, pero yo no podré, sin que me arda toda la sangre
del cuerpo, verle a usted de excusador, de simple ayudante de ese... de
ese farfantón.
Se dejó caer en una silla y comenzó a sollozar; pero levantándose
súbito, prosiguió, dando patadas de rabia en el suelo, agitando frente a
la puerta los puños cerrados, con una voz concentrada y áspera que daba
miedo:
--¡Pillos! ¡Infames! ¡Herejes! ¿Creéis que os ha de salir bien la
cuenta? Pues no os saldrá, porque hay un Dios en el cielo... y porque
estoy yo además sobre la tierra, que os he de dar todavía alguna
guerra... ¡Vaya si os la daré!... ¡Ya veréis de lo que es capaz una
pobre mujer!... No os reiréis, no... Ya veréis cómo me arreglo para
echar una gotita de hiel en vuestro plato de crema, para que no os
relamáis, ¡puercos!...
Concluyó por sentirse mal. Fue necesario que el P. Gil llamase a D.ª
Josefa y le mandase traer una taza de tila con gotas de azahar.
A las nueve de la noche aún no habían concluido de adornar la iglesia
las señoritas y los obreros que las secundaban. La velada se prolongó
sabrosamente para todas aquellas almas piadosas que servían a su Amo
Divino en tales pequeños menesteres con una espontánea alegría
precursora de la que habrán de sentir en el cielo cuando, trasformadas
en ángeles, rodeen cantando el trono del Altísimo. Aquí una cortina que
tape la suciedad de la pared, allí una araña, más allá un jarrón con
flores, todo discutido larga y calurosamente antes de ser colocado en su
sitio. Las que más se distinguían en la obra de ornamentación eran D.ª
Marciala y Marcelina, la primera por su actividad frenética, la segunda
por su gusto y habilidad. Presidía los trabajos el P. Gil, como
coadjutor interino, pero la mayor parte de las damas atendían ya más a
las indicaciones del P. Narciso. La noticia de su triunfo había volado
por todo Peñascosa, y las señoras, con su inclinación nativa a todo lo
que brilla y alcanza éxito lisonjero en el mundo, comenzaban a sentir de
nuevo cierta ternura por él. En los grupos que se formaban por los
rincones del templo cuchicheábase dirigiéndole miradas furtivas,
acogíanse todas sus palabras con mirada benévola y sumisa, se le colmaba
de atenciones. Mientras tanto, D.ª Filomena, procurando ocultarse detrás
de todas, gozaba en lo profundo de su corazón de aquel fausto suceso,
que a ella sola se debía, acariciaba a su director con una mirada húmeda
y suave donde se pintaba la ternura, el secreto y la sumisión. Obdulia
se había retirado temprano, no pudiendo soportar tanta asquerosa
adulación y el abandono de su amado confesor. Además Marcelina le había
dirigido una pulla, y aunque había contestado con otra más sangrienta,
que en esto nunca se había quedado atrás, tenía miedo a enfermar de ira.
No todo era bienandanza, sin embargo, para los futuros querubes de la
corte celestial. Don Miguel, el terrible párroco, turbaba de mil modos,
a cual más grosero, la paz de su corazón, ora echando una cortina al
suelo bajo pretexto de que le tapaba alguna imagen, bien trasladando los
jarrones de flores adonde se le antojaba, o deteniendo a los recadistas
y empleándolos en otros menesteres, etc., etc. Ninguna censura o mandato
episcopal podía debilitar la energía del feroz cabecilla ni hacerle
doblar la cerviz. Él era el cura propio de Peñascosa y ninguna potestad
de la tierra, ni la del mismo Pontífice, podía privarle de este
carácter. Que le pusieran coadjutor. Bueno, él se reía del coadjutor, y
si se torcía un poco, le alumbraba un par de coscorrones para que
anduviera derecho. Felizmente para todos, el P. Gil era la mansedumbre
personificada, y le dejaba pasar con cuanto quería, con tal que no
tocase directamente a la cura de almas, y esto último no era, como ya
sabemos, la especialidad de D. Miguel. Pero las damas protestaban
sordamente contra su tiranía y esperaban con anhelo que D. Narciso
empuñara con más brío las riendas de la parroquia.
--¡Holgazanazas! ¡Pendonas! Mejor estabais en vuestras casas espumando
el puchero o recosiendo calcetas... ¡Lástima de vara de fresno! Si yo
fuera marido o padre vuestro, ya os diría lo que era candonguear a todas
horas por la iglesia...
Estos y otros requiebros semejantes eran los que el cura murmuraba por
los rincones de la iglesia en tono bastante alto para que pudieran
oírle. Y claro está, todas aquellas rosas místicas, oyéndolas, se
estremecían en sus cálices y se plegaban tímidamente. Susurrábanse al
oído amargas quejas, mas no osaban producirlas en voz alta. D. Miguel
era muy capaz de echarlas de la iglesia a coces. No teniendo ocasión de
hacerlo, el párroco aliviaba su corazón administrando un par de ellas en
el trasero a cualquier monaguillo que tropezaba en su camino.
Mientras esto sucedía en la iglesia, una muchedumbre inmensa se agolpaba
a las puertas del _Ágora_, donde su digno presidente, D. Gaspar de
Silva, estaba ensayando a dos docenas de jóvenes artesanas un himno de
su invención (música del director de la banda municipal) para cantar
durante el banquete del teatro. Y las voces argentinas del coro salían a
intervalos por las ventanas de la casa, despertando en la multitud un
entusiasmo sin límites, que estallaba en aplausos y en hurras. De tal
manera que al cabo de algún tiempo varios dignísimos vecinos, de oficio
pescadores, pidieron a gritos que se presentase D. Gaspar a la ventana
para tributarle los honores merecidos. El gran poeta no tuvo más remedio
que ceder a esta exigencia de la multitud, que le recibió con palmoteo
atronador y fuertes vivas. La silueta angulosa del vate se destacó en el
hueco de la ventana, y pudo verse claramente que se llevó repetidas
veces la mano al sitio del corazón, con lo cual el entusiasmo de la
muchedumbre se convirtió en verdadero delirio.
Un viento de regocijo, de pura y fervorosa alegría soplaba por el
vecindario de la noble villa. Habían deseado siempre un templo más
digno y más capaz, pero no se daban cuenta cabal de la importancia que
esto tenía. Sólo cuando supieron positivamente que iba a alzarse uno en
la plaza, de mayores dimensiones que todos los de Sarrió, sintieron
removidas hasta las últimas fibras de su patriotismo. No hubo grande ni
pequeño que no repitiese con frenesí: «Cuarenta y cinco cincuenta de
largo, treinta veinticinco de ancho. La iglesia mayor de Sarrió no tiene
más que cuarenta por veintiocho cincuenta.» Estaban reservadas aún al
corazón de los beneméritos peñascos otra porción de alegrías inefables.
El pavimento del nuevo templo no sería de baldosa común, como el de
Sarrió, sino de azulejos; los altares vendrían tallados de Italia, los
cristales de Londres; el altar mayor sería todo de mármol. Cada uno de
estos pormenores, repetidos de boca en boca, les hacía derramar lágrimas
de ternura.
En la plaza y sitio que había de ocupar el nuevo templo se había
levantado un cadalso para las autoridades, los próceres del pueblo y las
damas. Desde este cadalso, el obispo colocaría la primera piedra, que ya
pendía de unos cordones de seda, perfectamente preparada. En el teatro
no cesaba el martilleo para colocar la mesa del banquete, guirnaldas y
trofeos. Sobre cada uno de los pesebres, llamados palcos, colocaron dos
banderas nacionales cruzadas; una guirnalda de laurel las iba enlazando
todas graciosamente. Fue idea de D. Peregrín Casanova, que también había
presidido un banquete en el teatro de Tarragona en los quince días que
gobernó aquella provincia. Por último, en el Campo de los Desmayos
estaban ya tendidos los alambres para la iluminación, si bien no pendían
de ellos aún los faroles. Esto se dejaba para lo último, por miedo a la
lluvia.
No había cuidado. El día 24 amaneció sereno. Unas cuantas nubecillas
impertinentes, que se amontonaban del lado de tierra, fueron barridas
muy pronto por la brisa del Nordeste, con gran regocijo y aplauso de
todas las personas sensatas de la población. El mar se rizaba
blandamente sonriendo a la privilegiada villa, y el sol asomaba
majestuosamente su disco por detrás de las olas, dispuesto a dar gusto
siquiera una vez en su vida a los honrados peñascos. Porque desde tiempo
inmemorial se sabía que apenas se preparaba una fiesta en Peñascosa, el
sol tomaba las de Villadiego y dejaba que las nubes diesen buena cuenta
de ella. Cuatro docenas de cohetes de dinamita, capaces de estremecer a
los muertos en sus tumbas, anunciaron su salida. La murga municipal
saludó al astro del día tocando por las calles la famosa _polka de los
paraguas_. Después se situó en el Campo de los Desmayos, rodeada de un
enjambre de chiquillos, y ejecutó algunas piezas de ópera. El mar,
batiendo suavemente en las peñas, le servía de contrabajo. Hasta que a
eso de las nueve se fue hacia la plaza tocando un paso doble, y desde
allí salió por la carretera de Lancia a esperar al prelado, al
gobernador y a las personas que los acompañaban.
No tardaron en llegar en seis coches que con el estrépito de sus ruedas
estremecieron de júbilo la villa. Una nube de cohetes estalló en el
aire. Los viajeros fueron acogidos en la plaza con inmensa gritería.
Todo peñasco en uso de sus extremidades abdominales salió del domicilio
en aquella sazón, para regocijar la vista con el espectáculo de la bella
comitiva. El obispo era un hombre alto, gordo, con el pelo blanco y la
faz redonda, de luna llena, adornada de gafas. El gobernador un
hombrecillo enteco, pálido, de ojos hundidos. Vestía de gran uniforme y
cruzaba su pecho la banda de Isabel la Católica. Igualmente las personas
que los acompañaban lucían cruces, uniformes y condecoraciones. Detrás
de ellos marchaba el piquete de carabineros. Al ver desfilar aquel
lúcido y esplendoroso cortejo, la fantasía, siempre propensa a la
exaltación, de los patriotas peñascos, se arrebató de un modo
inexplicable. El orgullo de haber nacido en aquel pueblo privilegiado
les embriagó como nunca. Por un instante creyeron estar en la capital
de un gran imperio, que los ojos de todo el mundo civilizado estaban
fijos en Peñascosa. Irresistible debía de ser esta embriaguez cuando a
persona tan grave y calificada como D. Juan Casanova se le subió a la
cabeza hasta hacerle caminar delante de la comitiva con el sombrero en
la mano, gesticulando y hablando solo como un loco. «¡Cuándo habíamos de
pensar--exclamaba agitando el sombrero!--¡Cuándo habíamos de pensar que
se reunieran en nuestra villa tantas notabilidades, tantas personas
eminentes del clero, de la administración y de la milicia! ¡Alegraos,
vecinos de Peñascosa! ¡Alegraos! Para nosotros comienza la era de la
justicia. Esta pobre villa, tan postergada ¡ya sabéis por quien!... esta
pobre villa, tan postergada, levanta al fin la cabeza y dirá al mundo
entero lo que vale... eso es... lo que vale. Si hemos sido esclavos
hasta ahora de otro pueblo que no vale lo que el nuestro, ya hemos roto
nuestras cadenas. ¡Salid a los balcones, bellas peñascas! ¡Salid a los
balcones y arrojad flores sobre nuestros ilustres huéspedes! ¡Salid!
¡Salid!»
D. Juan Casanova había ganado mucho en emoción, en calor, durante esta
tirada. La voz salía temblorosa, ronca. Pero la imparcialidad nos obliga
a confesar que había perdido algo de su majestad característica. Por lo
menos aquellos movimientos descompasados de hombros y cabeza eran
inexcusables en un hombre tan elevado física y moralmente. Los chicos
que iban a la par le miraban con asombro, y las bellas peñascas,
evocadas por él, si no arrojaban flores, sonreían desde los balcones al
verle tan descompuesto, mostrando unas hileras de dientes como nunca
veréis en Sarrió, yo os lo juro.
Después de tomar un refrigerio en las Consistoriales y descansar un
poco, la comitiva se restituyó a la plaza, donde se efectuó con una
solemnidad capaz de hacer derramar lágrimas al ateo más empedernido el
acto de colocar la primera piedra de la nueva casa de Dios. Uno de los
que más bullían y mangoneaban por allí era D. José María el boticario,
el antiguo suscritor de _El Motín_ y corifeo de los masones, dando claro
testimonio de que para Dios no hay imposibles, y que nadie puede decir
que está por completo dejado de su mano. Después el gobernador dirigió
desde el tablado la palabra al pueblo, y aunque su discurso no llegó a
más de tres o cuatro metros de distancia, el pueblo comprendió en
seguida con admirable instinto que rebosaba de elocuencia y se
entusiasmó de un modo frenético. Centenares de boinas de todos colores
surcaron el aire en prueba del efecto mágico que entre ellas había
producido la oración de la primera autoridad civil de la provincia. Los
cohetes y la murga municipal secundaron esta gloriosa manifestación de
las boinas. Una muchedumbre inmensa de blusas azules y pantalones
rayados se agitó conmovida, embargada por los más nobles sentimientos
religiosos y humanitarios.
Acto continuo se trasladaron todos a la antigua iglesia parroquial para
cantar el _Te Deum_ en acción de gracias. El templo, adornado como ya
sabemos por lo más selecto de la sociedad femenina de Peñascosa, estaba
deslumbrante de lentejuelas, arañas y cirios. El día anterior había
llegado una exigua orquesta de Lancia, compuesta de dos violines, una
viola, un violoncello y un contrabajo, y con ella tres o cuatro cantores
de la catedral. Los músicos se situaron en el coro, el obispo y el clero
en el presbiterio. Don Miguel, el tozudo párroco, no quiso revestirse
con los sagrados ornamentos, bajo pretexto de sus achaques, y se fue al
coro con la orquesta. El prelado dijo una breve y sentida plática desde
el púlpito. Tenía una hermosa voz de barítono que hizo vibrar las
cuerdas más delicadas del corazón de todas las rosas místicas de la
villa. El brillo del pectoral de diamantes y de los cristales de sus
gafas daba mayor realce y un poder mágico a su palabra sonora, dulce,
persuasiva.
Cantose después el _Te Deum_. Los tiples y los bajos de la catedral de
Lancia hicieron prodigiosos gorgoritos, que dejaron asombrados a los
buenos peñascos. La diminuta orquesta les secundó perfectamente; Pero he
aquí que a D. Miguel se le antoja mirar con malos ojos al pobre
contrabajo, tan sólo porque no pasaba el arco sobre las cuerda más que
de vez en cuando. El párroco estaba de rodillas y tenía delante y vuelto
de espaldas al músico. Mirábale de hito en hito y cada vez con mayor
excitación. El músico cumplía con su deber rozando las cuerdas
parsimoniosamente, produciendo un sonido sordo y antipático. A D. Miguel
le parecía aquello el colmo de la estupidez y la holgazanería. Venir de
Lancia con un buen sueldo y el viaje gratis para hacer unas cuantas
veces _ron_, _ron_ con aquel trasto, era cosa verdaderamente irritante.
La ola de la indignación fue subiendo en su pecho. Mil pensamientos de
exterminio se le amontonaron en el cerebro mientras su mirada torva y
siniestra permanecía clavada en las espaldas del infeliz contrabajo,
bien ajeno por cierto de los sentimientos sanguinarios que en aquel
momento inspiraba su inofensiva persona. Al fin, habiendo dejado escapar
un acorde más áspero y estridente que los otros, el viejo párroco no
pudo aguantar más, y levantándose vivamente, se fue hacia él y le encajó
una patada en los riñones que le hizo caer de bruces. Allá fueron el
músico y su violón rodando con estrépito. Al ruido levantaron la cabeza
todos los fieles. Satisfecha su justicia, D. Miguel se volvió al sitio
que ocupaba antes. Cuando el desdichado músico vino a preguntarle por
qué había hecho aquello, respondió que él no quería gorrones en la
iglesia y que hiciese el favor de marcharse con su armatoste más lejos,
porque no daba palabra de contenerse.
Concluido el _Te Deum_, volvieron, como es lógico, a restallar en el
aire otras cuantas docenas de cohetes de dinamita. Los simpáticos hijos
de la Pepaina, Chola y Lorito, estuvieron a punto de perecer, víctimas
de su arrojo, al apoderarse de uno que aún no había chasqueado. D.
Miguel, cuando supo que se habían quemado la cara y las manos,
manifestó, de acuerdo con todos los Santos Padres, que creía en la
intervención directa de la Providencia en las cosas humanas.
Poco después dio comienzo el banquete en el teatro. Exceptuando el
obispo y sus familiares, todos los huéspedes de Lancia asistieron a él.
Eran más de cien los comensales, que ocupaban tres mesas paralelas,
situadas en el recinto de las butacas. En el escenario se colocó el coro
de muchachas ensayadas en el _Ágora_ por D. Gaspar de Silva y el
director de la murga municipal. Los palcos estaban ocupados por cuanto
de elegante, aristocrático y exquisito guardaba Peñascosa en su seno.
Apenas sirvieron la sopa, se dejó oír el himno de D. Gaspar. Comenzaba
por una especie de recitado de notas lúgubres, prolongadas, ejecutado
por un tenorete, ebanista de oficio. Decía, si no recordamos mal:
«Peñascosa, triste ayer,
Hoy venturosa,
Sacude la apatía en que vivió,
Y se lanza al progreso entusiasmaaaada
Y se laaaanza al progreso con ardor.»
Después de esta tirada, sombría como un lamento, que el tenor cantó con
todo el énfasis de que es susceptible un ebanista en casos semejantes,
las doncellas arremetieron vigorosamente con el alegro.
«El pueblo animoso
Y lleno de esperanza
A gozaaaaar se lanza
Con mágico ardor.»
Este himno de corte clásico, y que bien puede compararse, sin
desmerecer, con los más inspirados de los sacerdotes salios, en el caso
de que conociésemos alguno, despertó inmediatamente en los comensales y
en el público mil ideas de progreso indefinido y perfectibilidad. Por un
momento todos aquellos espíritus elevados vivieron dos siglos más
adelante y vieron con los ojos del alma una Peñascosa ideal cuajada de
fábricas y cervecerías. ¡Poder maravilloso de la poesía! Se aplaudió
furiosamente con las manos y con las cucharillas. Y aunque algún
personaje de espíritu ligero y afeminado manifestó por lo bajo que lo
que él aplaudía eran los ojos negros y los dientes blancos de las
peñascas, tenemos la certeza de que la mayoría supo apreciar
perfectamente la intención pura y el clasicismo del himno del vate de
Peñascosa. La prueba de ello es que cuando se escuchó en una de las
pesebreras la voz de: «¡Que salga el autor!», en todas las demás se
pusieron a gritar lo mismo, y los convidados expresaron con la boca
llena idéntico deseo. D. Gaspar salió al fin al escenario y avanzó,
doblado como un arco, hasta el borde del tablado. Después, haciendo un
esfuerzo sobre sus callos, se volvió prontamente y fue a recoger del
foro al autor de la música, un hombrecillo regordete, que se presentó
con los pelos tiesos como un aparecido. El público rompió a aplaudir
calurosamente al verlos cogidos de la mano. D. Gaspar apuntaba para el
director de la murga como diciendo: «A éste se debe todo.» El director
de la murga apuntaba para D. Gaspar, manifestando por mímica: «El
triunfo es de este señor.» Por último, en la imposibilidad de expresar
de un modo más plástico la profunda admiración que el uno sentía por el
otro y la perfecta compenetración de sus espíritus entusiastas, se
abrazaron en medio del escenario y permanecieron unidos bastante tiempo.
No sabemos qué influencia misteriosa, mágica puede ejercer sobre un
concurso el acto de abrazarse dos individuos del mismo sexo; pero
siempre que lo hemos visto declaramos que produjo el mismo efecto
sorprendente. El público se levanta electrizado, grita, aplaude, saca el
pañuelo, gesticula con violencia y hasta hay señoras que derraman
lágrimas. ¿Por qué? No nos lo preguntéis. Creemos que la ciencia no se
encuentra todavía en estado de dar una explicación satisfactoria a este
enigma. Aquello fue un vértigo, un delirio; más de diez minutos duró el
estrépito, mientras Euterpe y Talía permanecieron estrechamente
abrazadas. Cuando empezó a sosegarse el tumulto se oyó uno voz que dijo:
«¡Que se besen!» Al parecer, quien lanzó este grito fue un periodista de
Lancia. Si se trataba de una broma, la verdad es que tenía bien poca
gracia. Burlarse en aquel acto solemne donde se festejaba la
regeneración moral y material de Peñascosa, era una insolencia, y como
decía muy bien D. Juan Casanova, «no daba buena idea de la cultura de la
prensa de Lancia.» No se besaron, pues, aunque D. Gaspar mostró ciertas
tendencias a hacerlo, aproximando demasiadamente sus narices color
violeta al rostro del aparecido; pero éste lo retiró, dando pruebas de
prudencia, pues se hablaba en términos muy graves por Peñascosa de las
narices de D. Gaspar.
Terminado el himno, comenzó de nuevo y se repitió indefinidamente hasta
los postres. El gobernador volvió a dirigir la palabra al público. A
unos gobernadores les da por destituir ayuntamientos, a otros por
llevarse los colchones que les pone la Diputación provincial. A éste le
daba por la elocuencia. Le contestó D. Peregrín Casanova, y tuvo ocasión
de llamarle «mi distinguido compañero» y aludir a los altos deberes que
impone el gobierno de una provincia, «que él había tratado de cumplir en
otro tiempo en la medida de sus débiles fuerzas.» Habló también D. José
María el boticario, abogando por el fomento de la religión como
«elemento de progreso» (le quedaban ciertas frasecillas del tiempo en
que era librepensador) y como «freno para los apetitos bastardos.» Habló
don José el estanquero; habló D. Remigio Flórez, el fabricante de
conservas alimenticias; habló el director de _El Porvenir de Lancia_
(que hacía pocos días se había batido a sable con D. Rosendo Belinchón,
director de _El Faro de Sarrió_). Y habló otra vez el gobernador. Un
redactor de _El Joven Sarriense_ trató de pronunciar algunas palabras,
pero le interrumpieron con algunos murmullos desde los palcos, y se
sentó muy desabrido. Por último, D. Gaspar de Silva avanzó por el
escenario con un papel en la mano. «¡Silencio! ¡Chis, chis!... ¡Que se
callen!--¡Silencio! ¡Fuera!--¡Chis, chis!» En medio de un silencio
religioso, el famoso vate de Peñascosa comenzó a leer con voz dramática
una _Oda a la Religión_. Los temas sagrados no eran su especialidad.
Había preferido siempre poner la lira al servicio de la libertad y de
las ideas democráticas. Su mejor composición era un soneto al _pacto
sinalagmático bilateral_. Comprendiendo, sin embargo, con profunda
intuición, el sublime destino que el cielo le había designado, cantaba,
como los vates y semidioses de la antigüedad, todo lo que se ofrecía a
su vista, la paz y la guerra, la democracia y los señoríos, la religión
y el libre pensamiento. Esta oda, que empezaba: «¡Oh dulce religión
inmaculada!» era inspiradísima y fue recibida con vivas muestras de
aprobación. El banquete terminó de noche cerrada.
A las seis, el sacristán y algunos empleados del municipio comenzaron a
iluminar los farolillos a la veneciana del Campo de los Desmayos, de tal
modo que a las ocho estaban casi todos encendidos. La velada se presentó
muy alegre. En uno de los ángulos del Campo bailaban los aldeanos al son
de la gaita y el tambor; en otro hacían lo propio las artesanas al
compás de la banda municipal. La gente discurría por el espacio libre
cada vez con menos desahogo, pues la calle del Cuadrante no cesaba de
vomitar blusas azules y pañuelos de percal sobre el citado Campo. Lo más
exquisito de la sociedad peñasquense se refugió en el pórtico de la
iglesia, estableciendo la consabida división de castas. Organizose un
paseo inmediatamente donde los forasteros de Lancia pudieran apreciar de
un solo golpe de vista todo lo grande y majestuoso que encerraba
Peñascosa en su seno. Allí estaba la tertulia en masa de D.ª Eloisa, y
además, otra parte de la nobleza de la villa, con la cual no hemos
podido poner al lector en relación. Después de haber disfrutado por
largo rato del placer de verse, como los inmortales en el Olimpo,
aislados y encima del resto de los seres de la creación, aquella
sociedad hizo irrupción en el Campo de los Desmayos, para contemplar los
fuegos artificiales de los renombrados pirotécnicos palentinos. Entró
sin descomponerse, con un desdén y una gravedad calculados para henchir
de respeto el corazón de las castas inferiores.
Deslizándose como un mono por los parajes oscuros, buscando la
proximidad de las mujeres obesas, y cuando no, la de las que estaban en
regulares carnes, andaba nuestro amigo Osuna, el administrador de la
casa Montesinos. A la hora en que le sorprendemos no se había ganado
más que una bofetada; caso extraño, porque en estas noches de jolgorio
solía encontrarse con media docena, por lo menos. Algo desengañado bajo
este aspecto, no tanto por las bofetadas como por lo que las precedía,
movíase impaciente echando miradas carniceras en torno suyo, sin hallar
un sitio lo bastante ameno y deleitoso para fijar sus pasos. Aquella
noche se habían dado cita todas las flacas de Peñascosa. Mas hete aquí
que cuando empieza a arder la primera rueda de pólvora, columbra no muy
lejos a la fresca D.ª Teodora, al sueño constante de su existencia, más
radiante y más lozana que nunca, con sus cabellos blancos y sus mejillas
rosadas de cutis terso y brillante. Verla y emprender la marcha hacia
ella fue todo uno. Pero esta marcha en tales circunstancias era más
difícil de lo que cualquiera puede imaginarse. La gente se apiñaba a ver
los fuegos y permanecía inmóvil, formando una espesa muralla. Nuestro
jorobado la atravesó con arte diabólico, retorciéndose como una
lagartija para pasar por los agujeros más estrechos. Después de un buen
rato logró colocarse detrás de la simpática jamona. Estaba escoltada por
los dos hermanos Casanova, que la habían acompañado en unión de la
doncella. Continuaban disputándose su corazón, con empeño rabioso por
parte de D. Peregrín, con noble y severa tranquilidad por la de D.
Juan. En este certamen de amor la virtuosa y madura señorita padecía
mucho, por creerse culpable de las reyertas que a lo mejor estallaban
entre los dos hermanos. Procuraba conservar la neutralidad, pero se
echaba de ver que D. Peregrín llevaba la peor parte. Explicábale éste,
con el tono de suficiencia que le caracterizaba, algunos pormenores
interesantes de la industria pirotécnica y citaba algunos fuegos que
había visto, en su época de covachuelista, verdaderamente asombrosos. El
pobre D. Juan, que no había salido jamás del estrecho recinto de
Peñascosa y que no podía citar nada, callaba como siempre. Pero la
pulquérrima jamona le dirigía de vez en cuando una mirada suave y una
sonrisa más suave aún, que podían indemnizarle de su vida sedentaria.
Cuando D.ª Teodora volvió la cabeza para ver quién la apretaba tanto y
se encontró con Osuna, cambió de color. Aquel maldito jorobado no la
dejaba jamás en paz. En la tertulia, en el paseo, en el teatro, en la
iglesia, en todas partes donde tuviera ocasión de aproximarse, era
sabido que se veía necesitada a sufrir el contacto asqueroso de sus
piernas y a veces de sus manos también. Osuna conocía bien el terreno
que pisaba. La bella y pudorosa jamona se hubiera caído antes muerta de
vergüenza que confesar a alguno los atentados de que era objeto. Pero
si no los confesaba, cualquiera podría cerciorarse de ellos, observando
el estado de agitación en que se hallaba. En esta ocasión el jorobado
anduvo audaz en demasía. D.ª Teodora comenzó a dar muestras tales de
inquietud que para cualquiera serían visibles. D. Juan no las vio, sin
embargo. Era un varón puro y magnánimo, incapaz de sospechar las grandes
suciedades que puede haber sobre la tierra. Pero D. Peregrín, como
hombre de mundo, concluyó por advertir algo de lo que pasaba. Espió a
Osuna con el rabillo del ojo, y cuando penetró en su espíritu
gubernamental el convencimiento de la trasgresión que se estaba
cometiendo, comenzó a roncar y silbar por la nariz como un vapor en
peligro, lanzando al mismo tiempo centelleantes miradas de indignación
al audaz jorobado. Éste prescindió en absoluto de aquellos silbidos
temerosos, y no vio siquiera la expresión fatídica de los ojos del
ex-gobernador interino de Tarragona. ¿Qué había de suceder? La caldera
del remolcador, no teniendo más desahogo que el de la nariz, estalló con
horrible estruendo.
--¡Oiga usted, grosero, sucio, cínico, desorejado!--rugió D. Peregrín
cogiendo por el cuello al contrahecho y sacudiéndole con rabia.--Si
usted continúa en modo alguno molestando a esta señora, con esta mano
(alzando la derecha) le doy una bofetada en esta mejilla, y con la otra
(alzando la izquierda) le doy otra bofetada en la opuesta. Acto continuo
le vuelvo a usted, y con estas botas gordas que usted ve aquí le doy a
usted dos puntapiés en el trasero.
El físico de D. Peregrín no era a propósito para infundir terror pánico
en el corazón de sus enemigos. Sin embargo, su continente severo y
administrativo como pocos y el torrente de voz grandioso con que la
naturaleza le dotara suplían bastante bien la deficiencia de otros
órganos. Además, Osuna era un ser más débil y más ruin que él. Por esto
y por el tumulto que se armó en seguida, en vez de hacerle frente, se
escurrió entre la muchedumbre y desapareció en un momento. D.ª Teodora,
al verse objeto de la curiosidad pública, se desmayó. D. Juan y la
doncella la sostuvieron. D. Peregrín siguió increpando a su enemigo
ausente. La muchedumbre rió, gritó, se agitó tumultuosamente. Al fin
todo quedó en paz, y la pudibunda jamona tornó a su domicilio, donde la
dejaremos esparciendo un torrente de lágrimas.
Obdulia, agitada todo el día por un vivo dolor y por un deseo rabioso de
reparar la injusticia que se había cometido con su amado director
espiritual, no salió de casa ni de la cama. Estaba realmente enferma.
Tenía fiebre, la fiebre que produce en los temperamentos como el de ella
un pensamiento único que se va exacerbando por grados. Al llegar la
noche se levantó y se vistió apresuradamente. Sus grandes ojeras
azuladas se marcaban ahora de un modo chocante. Una arruga profunda,
signo de resolución inquebrantable, le surcaba la frente. Llamó a la
doncella y le manifestó que quería salir a ver los fuegos. Todo lo que
ésta hizo por disuadirla, representándole el grave daño que podía
ocasionarle el frío y la humedad de la noche, fue inútil. Cogió la
mantilla, se la echó encima de la cabeza con mano convulsa, obligó a la
doméstica a ponerse la suya y se lanzaron a la calle. El Campo de los
Desmayos hervía ya de gente. Les costó mucho trabajo avanzar hasta
colocarse en el medio. Obdulia quería a todo trance acercarse a la casa
del párroco, donde se alojaba el prelado. Había visto brillar las gafas
de éste y ocultarse en seguida en una de las ventanas. Debajo, a la
puerta misma de la rectoral, un grupo numeroso de muchachas bailaba la
giraldilla, cantando a grito pelado coplas de circunstancias
improvisadas en el momento. Aludían en ellas a la nueva iglesia,
piropeaban al obispo, al gobernador, a los próceres de Peñascosa, sin
que faltase tampoco, por supuesto, la consabida puntadita a Sarrió.
La imaginación de la hija de Osuna trabajaba sin descanso, aumentando la
calentura que la consumía. Mas por encima de los mil pensamientos y
fantasmas que daban vueltas en ella, asomaba una idea fija, tenaz, que
la impulsaba inconscientemente a abrirse paso con los codos por la
muchedumbre, seguida de la doncella, que no comprendía el afán de su
señorita. Cuando estuvieron próximas a la rectoral, la joven se detuvo
unos minutos. Observó con el rabillo del ojo a su doncella, y cuando la
vio más absorta en la contemplación de los fuegos que se estaban
quemando, maniobró hábilmente y se alejó de ella ocultándose entre la
gente. Una vez sola, se detuvo otra vez. Después de dirigir infinitas
miradas de ansiedad y temor a la casa del párroco, después de resolverse
más de veinte veces y de arrepentirse otras tantas, al fin se deslizó
como una sombra por detrás de las muchachas que bailaban y del círculo
de espectadores que tenían en torno, y se introdujo en el portal de la
casa. Dentro de él había unos cuantos criados que charlaban contemplando
desde allí lo que podían. Tenían la puerta abierta, y Obdulia, sin
decirles palabra, se introdujo por ella y subió unas cuantas escaleras.
Pero deteniéndose de repente y permaneciendo un instante indecisa, tornó
a bajarlas y se dirigió al grupo de los domésticos.
--¿El secretario del señor obispo está arriba?--preguntó al más
próximo.
--¿D. Cayetano?... Sí, señora, arriba está--respondió uno de los más
lejanos.
--¿Podría hablar unas palabras con él?
--¿Por qué no?... Le avisaré... Suba usted conmigo.
Ascendieron ambos por la sucia escalera de D. Miguel, pues ni por la
llegada del prelado se había limpiado.
--Tenga usted la bondad de aguardar un momento.
Poco después se presentaba el secretario, un clérigo de media edad, feo,
desgarbado, pero de mirada inteligente y franca. La miró con gran
curiosidad y preguntó, esforzándose en mostrarse amable:
--¿Preguntaba usted por mí, señora?
--Sí, señor.
--Usted me dirá...
--Deseo hablar con el señor obispo.
Volvió a mirarla el secretario con mayor curiosidad aún, y después de un
instante de vacilación, apareciendo en su rostro un esbozo de sonrisa,
respondió:
--Usted comprenderá que la hora no es oportuna... Su Ilustrísima se va a
retirar en seguida a descansar...
--Es urgente y de mucha importancia lo que tengo que
comunicarle...--dijo precipitadamente.
Otra vez la contempló el clérigo con penetrante mirada, advirtiendo su
agitación.
--Bueno... Lo que puedo hacer en su obsequio es avisar a Su
Ilustrísima... No respondo de que la reciba a usted a estas horas...
Puede usted pasar a esta sala y aguardar un momento. No tardaré en
traerle la respuesta.
Abrió la puerta del saloncito de recibo, hizo traer un quinqué y la dejó
sola. En aquel instante la joven sintió que le abandonaban todas sus
fuerzas. El corazón comenzó a darle fuertes golpes en el pecho. La
habitación se movía suavemente como la cámara de un buque. Se vio
obligada a sujetarse con las dos manos al respaldo de una butaca para no
venir al suelo. El secretario apareció a los pocos minutos, y sin
traspasar el marco de la puerta, dijo con afectada solemnidad:
--Su Ilustrísima va a llegar en este momento.
Obdulia cerró los ojos y se agarró con más fuerza a la butaca. Cuando
los abrió tenía delante de sí la figura imponente del prelado.
La estancia se hallaba a media luz a causa de la pantalla que cubría el
quinqué. Los contornos de aquella figura se esfumaban en la sombra. Pero
los diamantes del pectoral lanzaban destellos y los cristales de las
gafas brillaban también con los débiles rayos de luz que sobre ellos
caían. Avanzó algunos pasos por la sala. Obdulia se dejó caer de
rodillas.
--¿Es para algún asunto de conciencia, hija mía?--preguntole el prelado
dulcemente, dándole al mismo tiempo su anillo a besar.
--Sí, señor--respondió la joven con voz alterada por la emoción.--Es
para un asunto de la conciencia de Su Ilustrísima.
--¿De mi conciencia?--exclamó el obispo, irguiéndose lentamente y
dejando caer sobre ella una mirada de sorpresa y curiosidad.
--La conciencia más pura, Su Ilustrísima lo sabe mejor que yo, está
sujeta a error. Cuando pensamos estar haciendo el bien hacemos el mal.
El alma de Su Ilustrísima es noble y es santa, según dicen todos los que
la conocen. Por algo Dios le ha elegido para apacentar su rebaño. Pero
los ojos de Su Ilustrísima no llegan a todas partes como los de Dios. Su
brazo se extiende en vano para bendecir. La bendición no alcanza a
todos. Entre los pastores que Su Ilustrísima tiene colocados para
ayudarle los hay que guardan con fidelidad y amor el rebaño, los hay
también que tienen la vista y el amor fijos en sí mismos...
--Levántese usted, hija mía... ¿Qué quiere decir con estas palabras?
--Lo que quiero decirle, señor--profirió la hija de Osuna con audacia,
serenándose de pronto bajo el impulso de la exaltación,--es que teníamos
en esta villa un coadjutor celoso, modelo de abnegación, de
mansedumbre, de actividad, que había logrado a fuerza de inmensos
sacrificios inspirar devoción y piedad a muchos que jamás las habían
sentido, que sin violencia ninguna había puesto en orden la parroquia y
devuelto a Dios lo que le pertenecía... Pues bien, he sabido... hemos
sabido con dolor los feligreses todos, que en vez de dejarle en el cargo
que desempeñaba interinamente, Su Ilustrísima se lo ha dado a otra
persona...
El obispo la contempló en silencio un buen espacio. La joven, bajo
aquella mirada, que pasaba por los cristales de las gafas penetrante,
indagadora, volvió a perder la serenidad.
--¿Es el coadjutor interino quien la envía a usted para dirigirme una
representación?--preguntó con extremado sosiego, recalcando cada sílaba
de un modo que resultaba epigramático.
--¡Oh! ¡No, señor!--exclamó toda turbada la joven, poniéndose roja.--El
señor coadjutor no tiene aspiración ninguna. Está tan contento con el
cargo como sin él. Nada sabe ni nada quiero que sepa... He sido yo quien
por el odio que me inspira la injusticia me atreví a dar este paso...
acaso imprudentemente...
--¡Sin acaso! ¡Sin acaso!--murmuró el prelado, sacudiendo la cabeza.
Quedósela otra vez mirando fijamente sin pestañear, absorto en intensa
contemplación. Obdulia bajó la cabeza.
--Hija mía--siguió diciendo gravemente,--la juventud tiene sus derechos.
Puede ser aturdida, imprevisora, gozar sin medida de los dones con que
Dios nos ha favorecido, vivir ofuscada sin el pensamiento del pecado...
Pero la juventud no tiene derecho a jugar con nuestra salvación eterna,
con la vida y con la muerte. La Santa Iglesia Católica tiene sus
ministros encargados de velar por la fe. Yo, aunque indigno, soy uno de
ellos y soy responsable ante Dios y ante el Sumo Pontífice de mis actos.
No he aprendido en ningún Santo Padre ni en ninguna decretal que los
prelados tuviéramos que dar cuenta de ellos a las niñas como usted...
--¡Oh, señor obispo... yo no quería!...
--Escuche usted, escuche usted con paciencia, hija mía, escuche usted de
rodillas a su prelado.
Obdulia se arrodilló de nuevo llena de confusión, roja como una amapola.
La figura corpulenta del obispo se agrandó desmesuradamente delante de
sus ojos; su blanca cabeza coronada por el morado solideo resplandecía
de majestad.
--Los cargos de la Iglesia católica no deben ser empleos codiciados: no
se buscan, se aceptan con humildad y resignación. Cuanto más alto, más
duro y espinoso es para el que quiere servir a Dios. Usted, al hablar de
injusticia, los ha considerado por lo visto como una granjería, y ha
pecado gravemente. Si no he dado el cargo de coadjutor a la persona por
quien usted se interesa, esa persona debe agradecérmelo, pues la he
librado de muchas terribles responsabilidades que dificultarían su
salvación eterna.
Obdulia, viendo el rayo marchar otra vez hacia su confesor, halló
palabras para desviarlo.
--Vuelvo a decirle, señor obispo, que el padre Gil nada sabe de este
paso... que se morirá de pena y de vergüenza si llega a conocerlo,
porque es la modestia y la humildad personificadas. La estimación y el
respeto que le profeso, como todos los vecinos de este pueblo, y mi
deseo de ver la parroquia en orden y bien servida, me impulsaron en un
momento de ligereza a acudir a Su Ilustrísima...
--Pero ¿no comprende usted, hija, que al dar este paso, extraño en una
joven sensata y piadosa, se compromete usted, y lo que es peor,
compromete usted a un sacerdote gravemente?
--¡Oh Virgen Santa! ¿Qué he hecho?--exclamó la joven tapándose la cara
con las manos.--Sí, sí, comprendo ahora que he sido una loca, que
tratando de hacer un bien he causado un terrible mal... Su Ilustrísima
me desprecia y tiene razón, porque no soy más que una pobre tonta...
Pero no es eso lo malo... Lo horrible es que de aquí en adelante estará
prevenido contra un pobre inocente... ¡Jesús de mi corazón, qué
tentación ha sido la mía!...
Y rompió a sollozar perdidamente murmurando frases ininteligibles. El
prelado se inclinó hacia ella y le habló con dulzura.
--Sosiéguese usted, hija mía. Sosiéguese usted y aprenda que un sucesor
de los Apóstoles no puede sentir prevención ni odio. Si usted ha pecado,
pida la absolución a su confesor. Serénese usted, que ningún mal ha
causado más que a sí misma... Ni el inocente ni el culpable tienen nada
que temer de mí. Que lo teman todo de Dios...
Después de pedir muchas veces perdón y derramar infinitas lágrimas,
Obdulia besó otra vez con devoción el anillo del prelado, y se levantó.
Sin alzar los ojos del suelo murmuró débilmente:
--Adiós, señor obispo. Perdone Su Ilustrísima el disgusto que le he
causado, y olvídelo.
--Que la Virgen Santísima la proteja, hija mía. Rece una salve por mí,
que bien la necesito--respondió el prelado, dejándola pasar y mirándola
con expresión de lástima hasta que traspasó la puerta.
Salió aturdida, loca de vergüenza, con las manos trémulas y las mejillas
encendidas. En cuanto llegó a casa se metió en la cama, con una fiebre
altísima.