«La distinción entre las llamadas naturaleza orgánica e inorgánica es
completamente arbitraria. La fuerza vital, como vulgarmente se la
concibe, es una quimera. La materia en que reside la vida nada tiene de
especial. No existe en los cuerpos orgánicos ningún elemento fundamental
que no se encuentre ya en la naturaleza inorgánica: la sola cosa
especial es el movimiento de esta materia. La vida no es más que un modo
particular más complicado de la mecánica: una porción de la materia
total pasa de tiempo en tiempo de su curso habitual a otras
combinaciones químicas y orgánicas; después que ha permanecido en ellas
un cierto período vuelve al movimiento general.»
El P. Gil leía con profunda emoción estas y otras análogas
proposiciones en un libro que había sacado de la biblioteca de D.
Álvaro. Después que hizo un auto de fe con los libros históricos de
éste, referentes a los orígenes del cristianismo, estuvo mucho tiempo
sin tomar siquiera en las manos ningún otro de su biblioteca. Continuaba
visitando al mayorazgo de vez en cuando, pero huía de toda conversación
metafísica. La salud de D. Álvaro empeoraba a ojos vistas desde la
llegada y súbita partida de su esposa. Su tristeza, su estado miserable
le inspiraban cada día más compasión. El horror que antes sentía hacia
él había desaparecido. Por encima de las diferencias religiosas y
filosóficas, de la oposición de inteligencia y carácter asomaba
briosamente el amor a la humanidad que latía en el corazón profundamente
cristiano del joven sacerdote. D. Álvaro era un hermano que padecía.
Ante esta consideración, todas las demás ceden en las almas donde ha
soplado el espíritu del sublime Nazareno. Pero D. Álvaro tampoco era el
malvado diabólico, que se había representado en los primeros días que le
conoció. A ratos lo parecía. Un demonio hablaba y reía por su boca en
ocasiones, maldiciendo de Dios y de los hombres. En otras, sin embargo,
mostrábase dulce, afectuoso, compasivo, y hablaba con tal inocencia que
parecía estar oyendo a un niño. Aunque se defendiese contra ella, el P.
Gil no podía menos de sentir cada día más afición a este desgraciado.
Una mañana departían los dos en el gabinete de la torre que servía de
despacho y biblioteca. D. Álvaro había pasado toda la noche tosiendo.
Estaba fatigado, molido. Al cabo de un rato cerró los ojos y se quedó
traspuesto en la butaca. El P. Gil ni creyó bueno el despertarle para
despedirse, ni se atrevió a marcharse sin hacerlo. En esta
incertidumbre, se puso a hojear algunos libros que andaban esparcidos
sobre la mesa. Tropezaron sus ojos con uno de geografía, y leyó
distraídamente algunos párrafos. Al cabo la lectura logró interesarle.
El autor describía pintorescamente algunas comarcas desconocidas y
ciertos fenómenos de la mar muy curiosos. La instrucción del P. Gil en
las ciencias naturales era limitadísima. En el seminario de Lancia
ocupaban éstas un lugar muy secundario: apenas si se les exigía a los
alumnos algunas nociones insignificantes de física, química e historia
natural. Además, siempre les había profesado cierto desprecio inculcado
por el rector su maestro; el desprecio que los ascetas sienten hacia
todo lo que se relaciona con la materia. Así que tales descripciones le
cogían de nuevas. El libro era célebre en el mundo científico; había
oído hablar de él; pero nunca cayera en sus manos hasta entonces.
Titulábase _Cosmos_; su autor, Alejandro Humboldt. Cuando D. Álvaro
abrió los ojos al fin y le vio enfrascado en la lectura, le preguntó
sonriendo:
--¿Le interesa a usted ese libro, padre?
--Muchísimo.
--Pues lléveselo usted... Llévese usted el primer tomo, que ése es el
segundo.
Y levantándose y sacándolo de uno de los armarios, se lo presentó al
sacerdote. Este vaciló en tomarlo.
--¿Está condenado por la Iglesia?
--No lo creo--replicó sonriendo el hidalgo.--Es un libro puramente
expositivo, sin intención alguna polémica.
En esta confianza se llevó a su casa el tomo primero y se puso con afán
a leerlo. Comenzaba con una descripción elocuentísima del mundo sideral,
del panorama de las grandezas celestes. El autor desenvolvía con pluma
vigorosa el mecanismo inmenso de los cuerpos que giran en el espacio.
Ante su vista asombrada pasaron mundos tras mundos, sistemas tras
sistemas en la sucesión sin fin de los universos estrellados, globos
inmensos volando en rápido torbellino sobre sí mismos, lanzados a toda
velocidad en los desiertos del vacío. ¡Qué velocidad, eterno Dios! Una
bala de cañón es una tortuga en comparación con ellos. Estos globos,
millares y millones de veces más grandes que nuestra tierra, caminan
centenares de miles de leguas por día. Bajo la acción irresistible de
fuerzas colosales, misteriosas, son arrebatados por el espacio con la
rapidez del relámpago. Y todos ellos son mundos donde palpita la vida
con eterna y maravillosa fecundidad: en la combinación misma de sus
movimientos hallan la renovación de su juventud y belleza: son otros
tantos soles que esparcen y trasmiten como el nuestro a otras tierras
que los acompañan su luz y su vida. En ellos también se alzan las
montañas hermosas coronadas de nieve, también suspira el viento en los
bosques y se retratan sus paisajes en los lagos silenciosos; también se
despliega en su superficie la inmensidad de los océanos, agitados,
turbulentos unas veces, otras serenos, iluminados por los resplandores
de la luz crepuscular; también se sufre, también se goza, también se
lucha, también se ama... Y todas estas moradas del espacio navegan al
través del océano celeste sin temor a los escollos, a los choques o a
las tempestades, sostenidos y guiados por una fuerza invisible que jamás
se equivoca. Más allá de esos millares de astros, que percibimos a
simple vista, hay cien millones que percibimos con el telescopio; más
allá de esos cien millones hay otros millones de millones más, que
recorren la inmensidad con celeridades aterradoras. Eso que nos aparece
como un poco de polvo blanco, como leve imperceptible vapor, es una
nebulosa: millones de soles tan grandes y mayores que el nuestro la
forman, escoltados por una legión de planetas y satélites que respiran y
beben su aliento. Y esta nebulosa no es más que una provincia del éter.
Más allá hay otras, y otras, hasta el infinito.
Ante esos movimientos inconcebibles que arrastran por los desiertos
infinitos a millares y millares de soles; ante esa colosal catarata, esa
lluvia de estrellas que rueda sin cesar por los abismos del espacio;
ante esas órbitas inconmensurables; ante esas distancias y velocidades
donde la imaginación se pierde, descritas con la firmeza de un sabio y
el fuego de un poeta por el barón de Humboldt, el joven presbítero se
sintió acometido de un vértigo. Sujetose las sienes con las manos y
estuvo largo rato con los ojos cerrados. Al abrirlos, percibió las
mejillas húmedas. Algunas lágrimas se habían deslizado entre sus
pestañas.
Una melancolía profunda invadió su alma. ¿Por qué? ¿Todas aquellas
maravillas no pregonaban la grandeza del Creador? Sin duda; mas a pesar
de esto, el desconsuelo le ahogaba, como el hombre que repentinamente se
ve perdido enmedio del océano. Estaba acostumbrado a medir su
insignificancia en el orden moral, su maldad y perversión comparadas con
la bondad infinita de Dios. Pero nunca había visto de modo tan evidente
lo ínfimo y microscópico de su naturaleza. La tierra que habitamos le
pareció un pobre globo ridículo navegando por el espacio sin ser notado
ni sentido de nadie. Las guerras, las grandes catástrofes y
trasformaciones históricas que en ella se efectúan, cosas tan
despreciables y risibles como las luchas de los seres que habitan una
gota de agua. Y lo que era peor, Jesucristo, cuya figura, aun en sus
momentos de duda, se le aparecía elevada siempre y majestuosa, se
presentaba ahora a su imaginación como un grano de polvo; la historia de
la Redención, tan insignificante como la caída de una hoja.
Quiso penetrar más en el estudio de la Naturaleza. Después del _Cosmos_
leyó otra porción de libros de astronomía, de física, de geología. Poco
a poco se acostumbró a ver en los fenómenos naturales el resultado de la
actividad de las fuerzas inherentes a la materia. El mundo pudo haberse
formado, sin la intervención de una Inteligencia, por la sola acción de
las leyes naturales. La antigua idea de un Arquitecto inteligente, de un
inspirador personal de los instintos se fue debilitando en su espíritu.
Y cuando menos lo imaginaba comenzó a dudar de la existencia de un Dios
personal separado del Universo. El acto de la creación lo encontraba
inconcebible, absurdo. En todas partes veía la acción de una fuerza
constante que opera según leyes fatales, no la de un Dios que puede
obrar por capricho, cuya voluntad es capaz de contrarrestar estas leyes.
La idea era aterradora. El P. Gil hacía esfuerzos desesperados por
arrojarla de su cerebro, aunque inútilmente. Cayó de nuevo en aquel
estado angustioso de duda en que le dejaran los libros de exegesis
bíblica, mucho más angustioso y miserable porque se veía lanzado en
pleno materialismo, lejos de la idea de Dios y de la inmortalidad.
Luchaba bravamente procurando representarse a todas horas las verdades
sublimes de la religión, la idea de un Dios padre de las almas,
arquitecto y director del Universo, a quien ofenden nuestros pecados, a
quien ablandan nuestras súplicas y nuestras lágrimas; se agarraba con
toda su alma a estas firmes doctrinas; estaba un día entero unido con
fervoroso anhelo a ellas; pero cuando más descuidado se hallaba, un
pensamiento impío, fatal, caía en su cerebro y lo volvía todo del revés.
La idea del Dios personal separado del Universo le parecía un absurdo,
porque Dios no sería entonces infinito, pues que estaba limitado por el
mundo; la creencia de que nuestras oraciones pueden alterar el curso de
las leyes naturales, un cuento de viejas para engañar a los niños; la
religión, en conjunto, una serie de mitos, más o menos ingeniosos y
bellos, creados por la fantasía viva, pero infantil aún de los hombres.
Cuando esto le pasaba, el P. Gil se mesaba los cabellos y se mordía las
manos; metía la frente por la almohada, a ver si lograba paralizar su
pensamiento. Se horrorizaba de sí mismo.
Después del lamentable suceso que privó a D. Miguel de licencias para
confesar y decir misa, quedó él al frente de la parroquia. Y aunque poco
después se rehabilitó al párroco, el obispo no quiso que apacentase otra
vez las ovejas de Peñascosa. No le privó del curato (que esto no podía
hacerlo), pero le puso un coadjutor para desempeñarlo. Se encomendó este
cargo interinamente al P. Gil, en espera del nombramiento definitivo.
Todo el peso y la responsabilidad de la cura de almas de Peñascosa vino
a recaer, pues, sobre nuestro presbítero en los momentos en que más
necesitaba él que curasen la suya, lacerada por la duda. El trabajo de
velar por los intereses de la religión, de mantener viva en aquel pueblo
la antorcha de la fe, que era para él antes un manantial de puros goces,
se le hizo molestísimo, odioso; se convirtió en un tormento. ¿Con qué
derecho subía a la cátedra del Espíritu Santo a exponer la divina
palabra, o escuchaba en el confesonario los pecados del creyente, o
elevaba en el altar la sagrada Hostia, él, que dudaba si las palabras
del Evangelio fueron o no pronunciadas por Jesús, si la confesión
auricular era ley divina o una institución creada en interés de la
hierocracia, si el sacramento de la Eucaristía encerraba una verdad
sublime o era una reminiscencia de los símbolos y misterios de las
religiones del Oriente?
Muchas tardes, agobiado por sus pensamientos, salía de casa y recorría a
paso largo las orillas solitarias de la mar. La brisa le refrescaba las
sienes, la vista del océano calmaba la fiebre de su cerebro. Sentábase
en un peñasco batido por las olas, y permanecía horas enteras con los
ojos extáticos clavados en el horizonte. La belleza imponente de aquel
espectáculo no lograba cautivarle. Ni el clamor de las olas, ni su
cambiante manto de ópalo y plata y zafiro, ni los hermosos celajes
abrasados por los rayos del sol moribundo serenaban jamás por completo
su frente. La misma arruga dolorosa la cruzaba siempre, la misma fatal
interrogación se leía constantemente en ella. ¿En esta agitación eterna
de las aguas hay algo más que una fuerza ciega empujando los átomos unos
contra otros? ¿La luz hermosa que reverbera en el horizonte es algo más
que una vibración de la materia? Ese pájaro que hiende los aires y se
precipita en el agua para atrapar un desdichado pez y devorarlo, ¿qué
misterio guarda dentro de su organismo? ¿Yo mismo soy otra cosa más que
una expresión individual de la fuerza que anima a todos los seres del
Universo?
Pero cuando estos pensamientos, horribles siempre, le apretaban como las
cuerdas de un potro, se le hacían irresistibles, era cuando le acometían
al tiempo de ejercer alguna función de su sagrado ministerio. Si al
celebrar el santo sacrificio de la misa o dar la absolución a un
penitente cruzaba por su espíritu una de estas ideas negras, sentía la
misma impresión que si le atenazasen el cerebro con un hierro candente,
le asaltaba una congoja que le dejaba paralizado. Pensaba morirse. Lo
deseaba ardientemente por librarse de aquel suplicio.
Un día le avisaron para llevar el Viático a un caserío próximo a la
villa. Como era preciso caminar algún tiempo a campo traviesa, fue sin
campanilla ni convocar a los fieles. Salió solo con el sacristán, la
bolsa de los corporales colgada al cuello y en ella la Sagrada Forma. El
camino ceñía a trechos la orilla de la mar. Fascinado como siempre por
la inmensidad del océano, distrajo su atención del misterio inefable que
llevaba sobre su pecho, dejó de balbucir oraciones y entregó su
pensamiento a las mismas meditaciones que noche y día le embargaban
hacía tiempo. Los rayos del sol desparramados sobre los cristales del
agua le impulsaron a considerar la acción suprema, omnipotente de este
astro sobre la vida terrestre. Él es quien la ha creado, quien la
sostiene, quien la renueva. La flor le debe su perfume, la fiera su
agilidad y su instinto sanguinario, nuestra alma sus impresiones más
dulces o terribles. El sol es el padre de todo, del amor y del odio.
Consideró después que la vida no es más que un dinamismo inmenso en cuyo
seno se trasforman las fuerzas formidables de la física y de la química.
Todos los seres de la tierra, hombres, animales, plantas, están
íntimamente ligados. La vida de todos ellos es una misma, y esta vida
universal no es otra cosa que un incesante cambio de materias. Un
movimiento universal arrastra a los átomos, como a los mundos. Mil
ondulaciones se entrecruzan en la atmósfera, mil fuerzas se combinan, el
calor y la luz, la afinidad y el magnetismo se unen en los misterios del
mundo vegetal y mineral. Todos los seres están constituidos de las
mismas moléculas, que pasan sucesiva e indiferentemente de uno a otro,
de modo que nada les pertenece en propiedad. Nuestro cuerpo se renueva
de tal modo que al cabo de cierto tiempo no poseemos ya un solo gramo
del cuerpo material que poseíamos antes. Este movimiento de renovación
se opera en cada uno de los animales, en cada una de las plantas. Los
millones de seres que habitan la superficie del globo viven en mutuo
cambio de organismos. La molécula de oxígeno que ahora respiro fue ayer
respirada por uno de estos árboles que bordan el camino. La molécula de
carbono que arde en uno de estos montoncitos de hoja seca que sirven
para abonar la tierra, quizá haya ardido ayer en los pulmones de un
héroe. Quizá en una de esas conchas de ostras que yacen adheridas a
estas peñas se esconda el fósforo que formaba las fibras más preciosas
del cerebro de Jesucristo...
Sintió dentro de su ser algo que se desgarra y cae. Había olvidado por
completo que llevaba consigo el cuerpo divino del Redentor. Le pareció
una cosa tan extraña, tan fuera de la realidad eterna que veía y
palpaba, que imaginó estar soñando. Y sin saber de qué antro oscuro de
su ser venían, le acometieron unas ganas feroces, impías, de soltar la
carcajada. ¿Qué comedia era aquélla? Un poco de harina amasada y tostada
ayer por el ama de D. Miguel se trasformó por arte mágico en la persona
de Jesucristo, un ser que desapareció de entre los vivos hace diez y
nueve siglos. ¿Esas leyes soberanas, sublimes de la Naturaleza, quedarán
violadas porque unos cuantos insectos de este microscópico planeta
reunidos en concilio lo decreten? Separó los ojos del mar y los fijó en
el sacristán, que corría delante silbando a su perro, que se escapaba
detrás de unas gallinas. ¡Qué reverencia la de aquel hombre, llevando a
su lado al Dios de los cielos, al Creador de todas las cosas! Y la
carcajada subía del pecho cada vez con más ímpetu, llegaba a la
garganta, tocaba en los labios, estaba a punto de estallar. Un extraño
temblor le hizo dar diente con diente; sintió la frente bañada por un
sudor frío; se le turbó repentinamente la vista, y cayó al suelo sin
conocimiento. Cuando lo recobró, estaba en brazos del sacristán y dos o
tres labriegos que por allí andaban. Le habían bañado la cara con agua
fría, le abrieron la sotana y le quitaron el alzacuello. Uno le echaba
el humo del cigarro a la nariz. La bolsa de los corporales con el cuerpo
del divino Redentor yacía sobre la paredilla de un prado. El P. Gil se
apresuró a recogerla, se la colgó de nuevo al cuello, y después de orar
un instante hincado de rodillas, siguió su camino sin separar los ojos
del suelo.