D. Joaquín negó descaradamente.

Unos tras otros fueron llegando Consejero, Cándida, D.ª Filomena, el P.

Melchor, Marcelina y, en suma, casi todos los tertulianos habituales.

Formáronse pronto los grupos de siempre, se disgregaron los elementos de

aquella sociedad, operándose en ella el fenómeno químico de las

afinidades electivas. Mas esta operación no se efectuaba sin las

violentas conmociones y sacudidas que se observan en el seno de la

naturaleza, sin las acciones y reacciones a que da origen toda

fermentación. Aquella noche Cándida, la huesuda señorita que ya

conocemos, en vez de ir a besar la mano al P. Melchor y sentarse a su

lado y cuchichear toda la velada, fue a hacer lo mismo con el P.

Norberto. ¿Por qué esta deserción? En la tertulia nadie lo sabía más que

los interesados y D.ª Rita. El P. Melchor había tenido la imprevisión de

decir en una casa que los roquetes que le hacía la citada joven eran

escasos de manga, y que le costaba trabajo con ellos doblar el brazo. En

cambio, había elogiado calurosamente un alzacuello que le había regalado

D.ª Marciala. El caso era grave, como cualquiera comprenderá, y debía

producir este triste resultado. D.ª Marciala, viendo al padre Narciso

cada vez más inclinado a admitir y agradecer la fervorosa admiración de

D.ª Filomena, mostraba su sentimiento y despecho, acercándose a D.

Melchor y hablándole con afectado cariño. D.ª Filomena, después de

algunos años de adoración resignada, silenciosa, había llegado, cuando

ya no lo esperaba, a la meta de sus aspiraciones. Tanta atención, tanto

cariño habían logrado al fin cautivar el espíritu del elocuente capellán

de Sarrió, quien daba claras muestras a la viuda de su afecto. Después

de haberlo intentado en vano muchas veces, aquélla había recabado de él

que fuese preceptor de su hijo, y que tomase el cargo con afición. Su

temperamento dominante y fogoso se manifestó en seguida. El pobre niño

tuvo que experimentar no sólo un trabajo excesivo, superior a su edad,

sino una serie de castigos crueles, malévolos, refinados. Y D.ª

Filomena, que era la dulzura personificada, que jamás había levantado la

mano sobre su hijo, consentía impasible que aquel hombre lo azotase

despiadadamente. Acallaba su conciencia diciéndose que era para su bien.

Marcelina, que había soñado con suplantar a D.ª Serafina en el corazón

de D. Joaquín (y en realidad había cierto fundamento para este sueño,

pues el joven presbítero no cesaba de distinguirla entre todas), andaba

ya bastante desengañada. Adquirió el convencimiento de que aquél la

tomaba como instrumento para hacer padecer un poco a su ama y tenerla

más atenta y sumisa. Tal convicción la empujó de nuevo hacia D. Narciso,

a quien hacía tiempo había abandonado; pero éste, que nunca le había

profesado gran afición, como a Obdulia, la rechazó sin miramientos. Si

embargo, la ex-joven seguía luchando bravamente con D.ª Filomena. Hacía

pocos días había regalado al capellán una colcha de crochet que era una

verdadera maravilla de trabajo pacienzudo y habilidoso. Por cierto que

la viuda, al verla sobre la cama del clérigo, experimentó un vivo

disgusto y lloró muchas lágrimas en secreto.

Estas agitaciones espirituales, estas luchas de sensibilidad y

abnegación entre las piadosas damas que allí asistían, eran precisamente

las que daban algún interés dramático a aquel mundo sereno, inocente. No

eran ciertamente las competencias groseras que se establecen en las

sociedades profanas, donde las intrigas afectan un carácter violento,

donde las relaciones del varón y la hembra tienen su fundamento siempre

en la explosión de los sentidos, llevan el sello abominable de la

animalidad. Aquí todo se efectuaba de un modo suave, inocente,

espiritual: los pequeños sacudimientos de que hemos hecho mención

semejaban el leve rizado de un lago trasparente y hermoso. Era aquella

tertulia como una antesala del cielo, donde las relaciones de los

ángeles, de los santos y las santas alcanzan el supremo grado de la

pureza inmortal.

Lo que estaba pasando por el alma de la hija de Osuna confirma bien la

idea que acabamos de formular. Después de experimentar aquel trastorno

gástrico, hijo de la excitación en que se hallaba, cayó en profundo

desfallecimiento físico y moral. Sentía la impresión de si hubieran

cometido con ella una gran perfidia, y aunque su pensamiento le decía

vagamente lo absurdo de tal sensación, no podía minorar su intensidad,

ni menos desecharla. Odiaba al P. Gil, le odiaba con toda su alma. Daría

algo por vengarse. ¿De qué? No se lo decía; pero allá en el fondo del

alma estaba persuadida de que tenía razón para ello. Formó resolución

inquebrantable de no confesar más con él. ¡Con él! ¡Un sacerdote que

entra de noche en los portales a cuchichear con mujeres hermosas y

elegantes! ¡Puf! Sería vergüenza el hacerlo. Obdulia estaba bien segura

de que la mujer que hablaba con su confesor era linda. Esta seguridad la

torturaba. Por supuesto que, si tenía el atrevimiento de venir a

hablarle, le daría un desaire de los gordos, le volvería la espalda. Y

confesaría otra vez con D. Narciso. Y diría a sus amigas en qué

situación le había visto con una señora desconocida y elegante. Porque

no cabía duda de que vestía con elegancia, bien lo había reparado. Aquel

abrigo largo no estaba hecho en Peñascosa. ¿Quién sería? Alguna de

Lancia, seguro, que vendría a hacerle una visita. Y ¿por qué se viene de

lejos a visitar a un sacerdote no siendo su madre, o su hermana o su

deuda? ¿No sabe esa señora que la fama de los sacerdotes es muy delicada

y cualquier cosa la quiebra? El cerebro de la joven no cesaba de dar

vueltas y más vueltas a estas ideas y a otras análogas, mientras su

cuerpo permanecía inmóvil, abatido, clavando los ojos obstinadamente en

las manos de D.ª Marciala, que no dejaba un momento su calceta. Sentíase

enferma, deseaba irse; pero una vaga esperanza, que no podía definir, la

retenía a su pesar.

Mientras tanto el P. Norberto estaba sorprendido y confuso por las

inusitadas atenciones de que era objeto por parte de Cándida. El pobre

no estaba acostumbrado a que se las prodigasen. El bello sexo de

Peñascosa le profesaba cierto desdén compasivo. Teníasele por un

sacerdote virtuoso, pero de muy cortos alcances. Sus mismos compañeros,

cuando hablaban de él, lo hacían sin dejar de los labios una sonrisa

medio protectora, medio burlona. Para las damas, la virtud del P.

Norberto no tenía poesía, carecía de ese encanto especial que en otros

sacerdotes la hace contagiosa, era una virtud pedestre, que no se

traducía en conceptos delicados y sublimes como en el P. Narciso, el P.

Gil y otros. Así que rara era la joven que se confesaba con él, ni menos

la que apeteciese su conversación o tuviese gusto en envolverle entre

nubes de incienso, como hacía Cándida en aquel momento. Su misma

inclinación a rescatar las mujerzuelas perdidas, por más que se

respetase, no le hacía simpático a las señoritas. Verdad que él se

pasaba admirablemente sin esta simpatía y no le quitaba de engordar cada

día más y pasar la vida riendo. Las lisonjas que le estaba vertiendo al

oído con voz insinuante su nueva hija de confesión, en vez de agradarle,

le turbaban, le molestaban visiblemente. Fue una de las pocas veces en

que pudo vérsele serio. Hacía rechinar la silla, cambiando de postura a

cada instante, y restallaba los nudillos de las manos de un modo

formidable, tosía, se ponía colorado, y de vez en cuando dejaba escapar

de la garganta un leve bufido con que su modestia alarmada protestaba.

Por último, solicitado vivamente por la dulce perspectiva del tresillo,

aprovechó una pausa de la doncella para levantarse y decir torciendo un

poco las caderas a guisa de saludo:

--Con permiso de usted, señorita.

En cuanto salió de aquella situación angustiosa, su faz sanguínea se

dilató y volvió a aparecer en ella la sonrisa de benevolencia universal

que le servía de principal ornamento. Su llegada al grupo donde estaban

Consejero, D. Martín, Osuna y otro caballero militar de Lancia fue

acogida con alegría.

--Te presento--dijo D. Martín a su amigo forastero, bajando la voz y

echando una mirada recelosa alrededor para cerciorarse de que no le oía

su mujer,--al padre Norberto, un cura que te podrá informar de todos

los _chamizos_ de la población, si deseas conocer alguno.

--¡Oh, oh! ¡D. Martín, por Dios!

--¡Atrévase usted a decir que no los conoce!

--Hombre, sí... de algunos sé... Por desgracia, necesito entrar en ellos

alguna vez...

--Este señor se dedica a las jóvenes extraviadas--continuó D. Martín,

dirigiéndose a su compañero, que sonreía lleno de asombro.

--¡Jesús! Considere, D. Martín, que este señor no me conoce...

--Pues para que le conozca a usted hablo.

D.ª Eloisa, de lejos, echaba miradas de terror a su marido, observando

la confusión de D. Norberto y la risa de los otros.

--Bueno--prosiguió el señor de las Casas, haciéndose prudente y

conciliador,--yo no diré, D. Norberto, que usted vaya con mala idea a

esas casas de perdición; pero lo que sostendré siempre es que les está

usted prestando un gran servicio: está usted haciendo su agosto.

--¿Cómo, cómo?--preguntó asustado el clérigo.

--Pues muy sencillo; ayudando a que se eleve el precio de la mercancía.

Recuerde el ejemplo de Carmen la zapatillera...

Ésta era una muchacha a quien el P. Norberto había conseguido sacar de

una casa de prostitución y llevar a un convento. Al cabo de algún

tiempo se salió y volvió a la mala vida. Tornó D. Norberto a persuadirla

al arrepentimiento, y otra vez ella se vino del asilo y se entregó al

vicio.

--¿Y qué tiene que ver?...

--Voy a explicárselo, padre, voy a explicárselo... Atiendan ustedes...

Cuando usted catequizó a Carmen, no me negará que la mercancía estaba

bastante depreciada ya...

--¡Yo no sé! ¡Qué cosas tiene usted, D. Martín!--exclamó el clérigo

azorado.

--Me consta, padre, me consta. Pues bien, después que estuvo un año por

allá y engordó un poco en el convento y volvió rodeada de cierta aureola

de honradez, el precio se elevó notablemente. Vuelve usted a llevársela

cuando ya estaba un poco estropeadilla y la demanda había mermado hasta

un punto que hacía temer por la bucólica, y ahora que viene otra vez

gordita y santificada, se cotiza de nuevo como en sus mejores tiempos.

--¡Jesús! ¡Jesús! ¡Vaya todo por Dios!--exclamó el clérigo tapándose los

oídos, pero sin enfadarse.--No sea usted tan malo, D. Martín.

D.ª Eloisa, que bien advertía lo que estaba pasando, se levantó al fin

de la silla y vino hacia ellos, preguntando con mal humor:

--¿No juegan hoy al tresillo?

--Vamos allá, vamos allá--respondió su marido, sofocando la risa que le

fluía del cuerpo, como a los demás.

Sentáronse Consejero, D. Norberto y él a la mesa, y no tardaron en

abstraerse de todos los ruidos mundanales bajo la influencia fascinadora

de la espada, la mala y el basto. Poco después Consejero rechinaba los

dientes y se tiraba cruelmente del bigote, encontrándose dos veces

seguidas con el tres de bastos, su enemigo personal. Hacía ya muchos

años que se tenían declarada una guerra a muerte. Cada vez que le venía

a las manos, Consejero se crispaba, juraba sordamente como un carretero.

El tres de bastos, malintencionado y socarrón como ningún otro naipe,

gozaba al parecer con verle irritado, y se colaba bonitamente siempre

que podía en el montoncillo que le repartían. No sólo en la tertulia,

sino en toda la villa era conocida esta antipatía. Algunos, con ciertas

precauciones por supuesto, porque D. Romualdo se disparaba fácilmente,

le embromaban con ella. En cierta ocasión, pescando con caña detrás de

la iglesia, sacó en el anzuelo un naipe que resultó ser el tres de

bastos. No le cupo duda de que lo habían tirado allí con intención, pero

no dijo palabra para que no se rieran.

Mientras tanto Osuna había ido a frotarse un poco contra D.ª Eloisa.

Entre todas las damas que asistían a aquella tertulia no había más que

dos gordas, D.ª Teodora y D.ª Eloisa. Estaba también en buenas carnes

D.ª Rita, pero era blanda, amarilla. Las demás «escocia pura,» como él

llamaba a las flacas, aludiendo al bacalao. Así que no tenía fin el

desprecio que nuestro jorobado profesaba a aquella sociedad degenerada y

exhausta de tejido adiposo. Sólo iba por allí a buscar a su hija, o

cuando materialmente no sabía dónde refugiarse. D.ª Eloisa miraba con

benevolencia (como lo miraba todo la buena señora) aquella pasión que el

monstruo parecía sentir hacia ella. Cuando se le acercaba demasiado,

separábase dulcemente, sin extinguirse por eso su sonrisa bondadosa. En

cambio D.ª Teodora le tenía un gran miedo, verdadero terror. Lo mismo

era aproximarse Osuna, que ya estaba la casta jamona sofocada, inquieta,

un color se le iba y otro se le venía. Pero era tal la vergüenza que

sentía, que no hubiera declarado a su mismo padre las insinuaciones del

sucio contrahecho. ¡Qué diferencia entre este indecente y el sereno,

majestuoso y romántico D. Juan Casanova! Ni con D. Peregrín podía

comparársele, con ser éste, en concepto de la madura doncella, un sujeto

mucho más voluptuoso y terrestre.

D. Peregrín había llegado, según costumbre, de los últimos. Y si la

tertulia no advirtió en la mayor estridencia de sus bufidos nasales, en

su parpadear infinitamente más solemne y en la grave manera de poner

una pierna sobre otra y echarse hacia atrás que algo importante,

importantísimo, tenía que comunicar, fue que no quiso advertirlo.

Aguardó pacientemente, como todos los hombres seguros del éxito, a que

hubiese una pausa, y cuando llegó, profirió con su voz gangosa,

penetrante, encarándose con el ama de la casa:

--¿A que no sabe usted a quién acabo de ver entrar en casa de su

hermano, en compañía del excusador?

A Obdulia le dio un salto tan recio el corazón, que pensó caer al suelo.

Los demás, incluso D.ª Eloisa, alzaron la cabeza con curiosidad.

--¿Quién era?

--Su cuñada Joaquina--gritó más que dijo el ex-gobernador interino de

Tarragona, como si anunciara el juicio final.

Profundo estupor en toda la tertulia.

--¡Mi cuñada!--exclamó.

--Su misma cuñada--confirmó D. Peregrín con trompeteo horrísono.

--¡No puede ser!--dijo D.ª Eloisa.

--¡No puede ser!--exclamó su marido, suspendiendo el juego.

--¡No puede ser!--repitió D.ª Serafina Barrado.

El ex-gobernador de Tarragona dejó escapar por la nariz algunos

resoplidos fragorosos, como una locomotora que desaloja el vapor

sobrante, y repuso:

--¿Creen ustedes, señores, que no tengo ojos en la cara?

Esta pregunta trascendental, acompañada del adecuado fruncimiento de

cejas, produjo bastante impresión entre los interruptores.

--Bien pudo usted haberse equivocado--dijo el inválido.

--¡Es tan fácil!--exclamó D.ª Eloisa.

--La he visto como les veo a ustedes ahora, a tres pasos de distancia.

Venía yo de hablar con el sacristán para la cuestión del aniversario de

mi señor padre, cuando al embocar la calle del Cuadrante veo al P. Gil

con una señora que me pareció forastera. Quise saber quién era, y me

detuve un poco cerca del farol, ocultándome detrás del quicio de una

puerta. Era Joaquinita, sin duda alguna. Esperé un poco y los seguí con

la vista hasta que entraron en casa de Montesinos.

--Pero ¿usted la conoce bien?--preguntó el P. Narciso.

--Lo mismo que a usted.

--Peregrín, debes tener presente que no le has hecho más que una visita

en Madrid, y por la noche, según me has dicho--apuntó tímidamente D.

Juan.

El ex-gobernador arrojó a su hermano una mirada de indecible desprecio.

--Juan, no metas la pata.

--Peregrín, no sé por qué...

--¡Juan!...

--¡Peregrín!...

--¡Que no la metas! ¡Que no la metas! A esa señora la he visto después

de visitarla otra porción de veces en la calle, y la he saludado. Por lo

tanto, me veo en la triste necesidad de manifestarte que lo que acabas

de decir es una impertinencia. Cuando he asegurado que conocía a esa

señora, es porque la conocía. Yo no hablo nunca a humo de pajas. Si

fuera un hombre ligero y sin fundamento, no hubiera podido ocupar las

posiciones que he ocupado. Sírvate de gobierno.

--Ahora que me acuerdo--dijo Cándida,--hoy he visto apearse de la

diligencia a una señora rubia con un traje muy elegante.

D. Peregrín alzó los hombros con un gesto de profundo desdén, como si

quisiera decir: «¿A qué viene usted en mi apoyo para contrarrestar los

absurdos de este necio?»

Aquel dato y aquel gesto concluyeron de aniquilar a D. Juan, cuyo rostro

expresó el abatimiento. Pero D.ª Teodora, con sus grandes ojos serenos,

le clavó una mirada tan afectuosa que las facciones del caballero,

contraídas por la pesadumbre, se fueron dilatando gradualmente, y una

plácida sonrisa melancólica concluyó por esfumarse en sus labios. La

frente de D. Peregrín, en cambio, quedó surcada instantáneamente por una

porción de arrugas. La innegable superioridad que tenía sobre su

hermano, ¿de qué le servía? Cuanto mejor la demostraba delante de la

fresca jamona, tanto más se inclinaba ésta a favor de él. Razón tenía el

juez de primera instancia de Tarragona cuando le decía que la mujer era

un tejido de contradicciones.

Obdulia sintió que una alegría intensa, infinita, le entraba a chorros

dentro del alma. Su cuerpo, enervado, incapaz de movimiento, adquirió

súbito la ligereza de un pájaro. Quería salir prontamente de aquella

estancia y surcar los aires y cantar su gozo. Cualquiera podría observar

el cambio operado en ella. Al mutismo obstinado en que yacía sucedió una

locuacidad extrema, una charla animada, insustancial, entreverada de

carcajadas extrañas en que se placía, desahogando la emoción que la

embargaba, estirando sus nervios encogidos. Ni sabía bien lo que estaba

diciendo, ni D.ª Filomena, con quien platicaba, se enteraba tampoco,

atenta a contemplar la faz inteligente del P. Narciso y gozar del brillo

de sus humoradas. Al poco rato sintió la garganta seca y calor inusitado

en las mejillas. El caballero de Lancia, que allí estaba, hizo la

observación, que se apresuró a comunicar a Osuna, de que su hija tenía

los ojos muy negros y brillantes, y que le sentaban muy bien las rosetas

encarnadas que el calor le había sacado en el rostro.

La noticia había producido sensación en todos. Pocos eran los que

conocían allí a la esposa de Montesinos, aunque nadie ignoraba los

incidentes del drama conyugal que había retraído al mayorazgo a

Peñascosa. Pero lo que en los extraños era pura curiosidad, en la buena

de doña Eloisa se ofreció, como es lógico, con la apariencia de viva y

honda emoción. Quiso desde luego salir a saber lo que pasaba en casa de

su hermano, quiso después que fuese su marido, quiso enviar un criado. A

todo se opuso D. Martín que, viendo las cosas con más frialdad,

comprendía que cualquier paso de éstos en aquel instante era inoportuno.

La conversación se animó extremadamente, hasta el punto de que los

tresillistas suspendieron el juego y tomaron parte en ella. Los

comentarios que se hicieron, infinitos. Se forjaron mil hipótesis sobre

el caso. Unos opinaban que la esposa, arrepentida, venía a pedir perdón

a su marido, otros que hacía el viaje tan sólo para reclamar de él

alimentos, otros que su intento era entablar la demanda para formalizar

el divorcio, otros que el marido la había llamado, no pudiendo desterrar

de su corazón el amor que la profesaba (la mayoría del elemento

femenino se inclinaba a esta suposición), otros que el P. Gil, _motu

proprio_, había escrito a D.ª Joaquinita y había preparado la escena, a

fin de que D. Álvaro la perdonase, otros que había persuadido a éste a

que la llamase a Peñascosa. Ni faltaba tampoco quien supusiera que D.

Álvaro y su esposa hacía tiempo que mantenían correspondencia, y que era

ella quien resistía venir a visitarle hasta la hora presente.

--De todos modos, lo que no ofrece duda es que el P. Gil tiene una

intervención muy principal en el asunto, y a él le pertenece la gloria

de la reconciliación--dijo gravemente D. Narciso.

--Si la hay--repuso Consejero.

--La habrá--replicó el capellán.--La habrá, y aquí D. Martín tendrá

quizá el gusto pronto de ver un sobrinito que le distraerá con sus

travesuras y sus gracias.

D. Martín, a quien su alma de héroe no le quitaba de tener muchísimas

ganas a la herencia del cuñado, cuya salud era endeble, arrugó las

narices y murmuró groseramente:

--Me tiene sin cuidado.

--No lo creo; no puedo creerlo, D. Martín. A usted no puede menos de

alegrarle que la noble casa de Montesinos no se extinga, que haya quien

lleve honrosamente este apellido... Luego ha de parecer bien aquella

casa tan grande con unos cuantos chicos que la alegren con sus risas y

sus gritos. La obra del padre Gil es de las más meritorias que ha

llevado a cabo, y eso que las ha hecho muy buenas.

Obdulia le clavó una mirada colérica; pero templándose súbito, repuso

con sonrisa inocente:

--Usted no tiene nada que envidiarle, don Narciso. ¿Quién no recuerda en

la villa los muchos matrimonios que por su mediación están hoy bien

avenidos? Sin ir más lejos, todo el mundo sabe que D. Feliciano quería

muy poco a D.ª Nieves... y ya ve usted, hoy están como dos pichones.

Este D. Feliciano era el marido que, según se decía en secreto, había

roto una pierna al P. Narciso arrojándole por las escaleras.

Los circunstantes se miraron con inquietud. Hubo un silencio embarazoso.

Consejero soltó la carcajada, y exclamó, poniendo una carta sobre la

mesa, como si se refiriese al juego:

--¡Anda, vuelva usted por otra!

Todos comprendieron que se dirigía al padre Narciso, y esto aumentó la

inquietud. El clérigo se puso colorado y murmuró:

--Gracias, gracias. Todos tenemos obligación...

--Usted va más allá de la obligación, padre... Muchas veces lo que usted

hace es pura devoción--replicó la hija de Osuna con encantadora

sencillez.

--¡Arrea!--volvió a exclamar Consejero, con la vista fija en las cartas.

--¿Qué es eso, D. Romualdo?--preguntó riendo D. Norberto.--¿Le ha tocado

el tres de bastos?

--Sí, señor; pero me consuela que hay palos para todos.

--Pues yo no tengo ninguno--replicó el cándido presbítero.

--¡Otro los recibirá!

--Hacemos todos lo que podemos; pero no cabe duda que unos pueden más

que otros. El P. Gil es un santo, es un apóstol de los primeros tiempos

de la Iglesia. Ninguno de nosotros tiene la presunción de competir con

él en celo ni en sabiduría--manifestó D. Joaquín, viniendo en socorro de

su amigo, con una risita venenosa que haría saltar una piedra.

--En sabiduría puede que tenga usted razón, D. Joaquín--replicó

vivamente Obdulia;--pero en celo, me parece que está usted en un error.

Es usted demasiado modesto... No es por adularle, pero tratándose de

celo, yo creo que es usted tan celoso como el primero, ¿verdad, doña

Serafina?

Un gruñido de todo punto extraño se escapó en aquel momento de la

garganta de Consejero, al cual siguió inmediatamente un violento golpe

de tos que le dejó sin respiración por algunos segundos. D. Joaquín

también sintió cierto picor en la garganta, que le obligó a toser

volviendo la cabeza. D.ª Serafina no contestó a la pregunta, porque se

distrajo hablando con D.ª Eloisa.

La conversación cambió de rumbo, como si tácitamente todos convinieran

en que aquél era peligroso. Poco después cesó de ser general, y

volvieron a formarse los grupitos de costumbre. D. Martín estaba

malhumorado y disputaba a cada jugada. D.ª Eloisa hablaba tranquilamente

del caso. Ninguno, por estupendo que fuese, conseguía alterar el sistema

nervioso de la buena señora. Su interlocutora D.ª Serafina seguía

dirigiendo frecuentes miraditas y sonrisas a su capellán; pero éste se

había puesto repentinamente serio, cejijunto. Una nube de tristeza pasó

también por la bella alma apasionada de la respetable viuda, y sus

miradas comenzaron a ser tímidas, inquietas, llenas de muda

reconvención.

Sonó la campanilla de la puerta. Nadie lo advirtió mas que el ama de la

casa y Obdulia, cuyo rostro se cubrió de palidez. Clavó los ojos en la

puerta con espanto, como si por ella fuese a entrar un aparecido: sus

nervios se pusieron en tensión bajo una misteriosa influencia magnética.

Un minuto después alzose la cortina y apareció la esbelta figura del P.

Gil.

Todos los ojos se volvieron hacia él con expresión de curiosidad. La

noticia de la llegada de Joaquinita los tenía sobresaltados: se anhelaba

saber lo que había pasado. Pero antes de que nadie hablase ni el

sacerdote diera paso alguno por la sala, Obdulia se levantó de la silla,

avanzó precipitadamente a su encuentro y se dejó caer de rodillas a sus

pies. Al mismo tiempo le tomó una mano y comenzó a imprimir en ella

vivos y fuertes besos, mientras bañaban sus mejillas las lágrimas y le

rompían el pecho los sollozos. El P. Gil quiso arrancarse a aquellas

demostraciones, pero no pudo. La arrepentida doncella le tenía sujeto

con las manos crispadas. Turbado hasta lo indecible, no supo decir más

que...

--Obdulia, ¡cálmese usted... ¡Cálmese usted! ¡Cálmese usted, por Dios!

¡Levántese usted!... ¡Levántese usted, por Dios!...

Su faz blanca, nacarada, estaba cubierta de vivo rubor. Un soplo de

emoción delicada y mística corrió por toda la tertulia. Algunas jóvenes

también se ruborizaron. Los clérigos se miraron unos a otros. Consejero,

después de echar una mirada socarrona de absoluta indiferencia al grupo,

convirtió de nuevo la vista a los naipes y murmuró:

--¡El Redentor y la Magdalena!

Pero Obdulia soltó al fin la mano del sacerdote y cayó al suelo, presa

de un violento ataque de nervios. Entonces todas las señoras se

precipitaron hacia ella y le prodigaron los cuidados de costumbre.

Porque escenas semejantes e idénticos ataques se producían a menudo en

aquella tertulia de vírgenes nerviosas y viudas místicas. Salieron a

relucir los pomos, los frascos de antiespasmódico. Un olor penetrante de

éter se esparció en seguida por la estancia.

La Fe · 第 14 / 23 题