Después de desahogar su ira la hija de Osuna, siguió por la calle del
Cuadrante abajo, riendo todavía nerviosamente algún tiempo. Pero aquella
risita se apagó al cabo. Sintió un desasosiego extraño, cierto
abatimiento que hizo flaquear sus piernas. Detúvose un instante: le
acometieron deseos de volverse y espiar de nuevo a la pareja que dejaba
allá en el Campo de los Desmayos. El temor de ser notada la contuvo.
Aunque vagamente, se daba también cuenta de lo singular y censurable de
su conducta. ¿Por qué había hecho aquello? ¿Quién era ella para espiar
los pasos de su confesor, ni menos reprenderle? Su despecho era tan
vivo, sin embargo, que no le permitía arrepentirse. Tenía la boca seca;
le ardían las mejillas. Siguió caminando apresuradamente, y se dirigió
al muelle. Estaba ya solitario. La brisa del mar le refrescó un poco. Se
sintió, no obstante, tan agitada que no quiso volver a casa: necesitaba
charlar, distraerse. Iría a casa de D.ª Eloisa y cenaría allí como otras
veces.
Justamente iban a ponerse a la mesa los esposos cuando llegó ella. Les
acompañaba el P. Norberto, lo cual significaba que había callos.
--¡Qué sofocada vienes, hija!--exclamó doña Eloisa.
--¿No sabe usted?... Vengo sola desde casa de D.ª Trinidad... Vengo a
cenar con ustedes... Pero háganme el favor de mandar un recado a papá.
Se esforzaba en aparecer serena y risueña.
--Conque solita, ¿eh? Solita a las ocho de la noche--dijo D. Martín en
tono de broma.
--¡Ay, si supieran ustedes qué agitada venía!... Anda tan poca gente por
la calle. En un momento en que me vi sola, eché a correr hasta que hallé
a unas mujeres.
--¿Qué? ¿Tenía usted miedo que la tomasen por una de esas palomas que
aquí el P. Norberto caza con lazo?--tornó a decir D. Martín con ático
humorismo de cuartel.
La joven se ruborizó hasta las orejas. Doña Eloisa dirigió una mirada
severa a su marido.
--Vamos, no empieces a barbarizar, Martín.
--¡Señor, yo no hablo más que de la posibilidad de una
equivocación!--replicó el inválido riendo.--Y si no, que me diga el P.
Norberto si hay mucha diferencia en la figura entre una señorita y esas
amiguitas suyas.
--No son amigas mías, D. Martín--replicó riendo benévolamente el buen
sacerdote;--son ovejas descarriadas...
--Pero usted no les tira piedras para que vuelvan al redil, sino
besos...
--¡Oh! ¡oh! ¡D. Martín!
El bueno de D. Norberto, capellán y organista de la parroquia, demasiado
modesto para aspirar a sacar triunfante la virtud y la fe entre las
clases elevadas, se dedicaba con entusiasmo hacía ya tiempo a arrancar
del vicio a esas pobres mujeres que caen en él la mayor parte de las
veces por miseria. Se introducía en las asquerosas moradas que ocupaban,
las catequizaba haciendo esfuerzos titánicos de oratoria que le ponían
rojo como un tomate y le obligaban a toser y escupir de un modo
imponente. Y cuando el arte de Bossuet no producía efecto, apelaba al
dinero. Era un soborno piadoso en el que había gastado el corto caudal
que heredara de sus padres y que se llevaba también la mayor parte de su
paga. Había logrado el arrepentimiento de varias pecadoras, a las
cuales solía llevar a cierto asilo o convento establecido para ellas en
Valladolid, sufragando él, por supuesto, los gastos de viaje,
instalación, etc. Pero a cambio de estos triunfos experimentó el buen
capellán horribles desengaños. Muchas veces las bellas pecadoras se
mostraban arrepentidas, le sacaban todos los cuartos que podían y
concluían riéndose de él y contando el chasco por la villa. Pero no
desmayaba en su obra. Estaba a prueba de risas y fracasos. Algunas que
comenzaron engañándole, habían terminado arrepintiéndose sinceramente.
El sueño de D. Norberto era fundar en Peñascosa un convento de
arrepentidas. Para lograrlo sería capaz de andar pidiendo limosna por
toda la provincia, de trabajar él mismo como bracero en el edificio,
hasta de renunciar a comer callos por el resto de su vida.
En la villa todos conocían esta su manía. La mayor parte se mofaba de
ella. No había quien no se creyese con derecho para darle acerca del
particular su bromita más o menos pesada, según la educación del
individuo. Mas, por mucho que lo fuesen, jamás se le vio enfadarse ni
dar siquiera señales de impaciencia. Reía bondadosamente o se alejaba
tapándose los oídos. Nadie dudaba tampoco, aunque algunos lo
aparentasen, de su recta intención y del completo desinterés con que
trabajaba en este asunto. Las mismas mujerzuelas, que le engañaban, no
osaban calumniarle, y si alguna lo había hecho, pronto fue
categóricamente desmentida por sus compañeras.
--¡Martín, te pido por Dios que no desbarres!--exclamó llena de angustia
D.ª Eloisa.
--Mujer, hablo de besos místicos.
--Sí, D.ª Eloisa--se apresuró a decir D. Norberto,--su esposo quiere
referirse a los medios suaves que necesito emplear para convencer a esas
desgraciadas.
D. Martín, comprendiendo que había ido demasiado lejos, asintió, no sin
dirigir un guiño expresivo al capellán.
Sentáronse a la mesa. Obdulia hacía esfuerzos atroces por comer, pero su
estómago se negaba a recibir alimento alguno. Seguía en un estado de
agitación bien visible. D. Martín la embromó acerca de su falta de
apetito. ¿Estaría por ventura enamorada? A pesar de su inclinación a la
iglesia, él apostaba a que había de concluir apasionándose
violentamente. De una sola ojeada conocía él los temperamentos
destinados al amor. Había ciertas señales: la ojera, que ella tenía muy
pronunciada, los ojitos un poco entornados, los labios secos... y otras,
y otras. El jefe de inválidos volvió a deslizarse. D.ª Eloisa estaba en
brasas, y otra vez le llamó al orden con voz angustiosa. Sucedía esto
muy a menudo. D. Martín gozaba lo indecible colóreando las mejillas de
las damas con sus frases atrevidas. Le parecía que era el adecuado
complemento de aquella otra tendencia que sentía a enrojecer las de los
caballeros con sus proverbiales bofetadas. Ambas inclinaciones acusaban
su temperamento heroico y daban testimonio innegable de su procedencia
del arma de caballería. Obdulia solía responderle con oportunidad y con
gracia, dejándole no pocas veces amoscado; pero la preocupación que
ahora la embargaba le impidió tomar nota de sus palabras y darles su
merecido. Antes de terminar la cena sintiose indispuesta y tuvo que
salir a otra habitación y arrojó cuanto había comido.
A los postres llegó D.ª Serafina Barrado con su capellán y mayordomo.
Ambos venían encarnados, risueños y extraordinariamente locuaces. Los
ojos les brillaban con fuego alegre y malicioso, que llamó la atención
de sus amigos.
--Ahí va un cigarro, D. Martín--dijo el joven presbítero, ofreciéndole
uno de acreditada vitola, igual al que él estaba chupando
voluptuosamente.
--¡Buen tabaco!--exclamó el amo de la casa dándole vueltas entre los
dedos.--¡Qué latigazos se pega usted, amigo!
--Regulares, regulares--respondió el clérigo con sonrisa de
satisfacción, dirigiendo al mismo tiempo una mirada expresiva a su
antigua ama, que le pagó con otra brillante y cariñosa.
--¿Dónde los compra usted?
--No los compro: me los regalan.
Otro cambio de miraditas risueñas y apasionadas.
--¡Ah! Entonces le salen a usted por una friolera. ¿Se puede saber quién
es el señor tan generoso...
--No es señor; es señora.
Otra miradita.
--¡Ah, pícaro! Ya sabía yo que gozaba usted de gran favor entre las
damas.
Por la fisonomía alegrísima de D.ª Serafina corrió una nube que la
oscureció momentáneamente.
--Es regalo de D.ª Serafina, con motivo de ser hoy mi cumpleaños--se
apresuró a decir el presbítero.
--¡Ya me parecía a mí que venían ustedes hoy demasiado contentos!... Con
tan fausto motivo hubo juerga, ¿verdad?
--¿Cómo juerga?--preguntó D. Joaquín con cierta inquietud, temiendo la
franqueza militar de su amigo.
--Sí, una comidita íntima con algunos platos extraordinarios y un par de
botellas de _burdeos_.
--No fue _burdeos_--replicó D. Joaquín riendo,--Fue borgoña.
--Mejor que mejor.
--¡Ya lo creo!--exclamó D.ª Serafina, comiéndose con los ojos a su
capellán.
Y volvió a comenzar entre ellos el tiroteo de miraditas y guiños,
prodigándose mil atenciones tiernas que denotaban un estado de felicidad
perfecta.
La llegada de D.ª Rita no turbó poco ni mucho su éxtasis delicioso. Esta
señora, pequeña y regordeta, con grandes ojos negros sin expresión y
dientes grandes también, sanos y amarillos, entraba siempre con un cesto
donde guardaba la labor. Sacábala con lentitud, trabajaba media hora en
silencio escuchando atentamente todo lo que se decía, y al cabo recogía
de nuevo los bártulos y se iba a hacer lo mismo a otra parte. De este
modo recorría en la noche tres o cuatro casas. Era su manía la de saber;
saberlo todo, hasta lo más trivial e insignificante. Se la toleraba bien
en todas partes, porque a pesar de su desmedida febril curiosidad nunca
hubo disgusto alguno por su causa. Gozaba con saber tan solamente: era
un placer desinteresado, intenso, como el de los hombres de ciencia que
no miran el resultado que sus conocimientos les puede dar. Como el avaro
amontona en su caja monedas de oro sin pensar en utilizarlas jamás, así
D.ª Rita atesoraba en su cerebro cuantas noticias privadas podía recoger
en sus peregrinaciones por la villa, sin molestar a nadie con ellas.
Pocos se guardaban, pues, de hablar secretos en su presencia; pero si
alguno lo hacía y llegaba a notarlo, le acometían tales ansias y
congojas por conocer lo que le ocultaban, que no dormía, ni descansaba
un momento; andaba pálida, ojerosa, se hacía grosera, intratable. Una
vez que descubría el ansiado secreto, aunque fuese la cosa más baladí,
recobraba la calma y serenidad, volvía a su ser dulce, pacífico,
inofensivo. Algunos sujetos maleantes, como don Martín, el P. Narciso,
D. Joaquín y otros, solían embromarla fingiendo algún misterio entre
ellos, la atormentaban, le hacían perder el juicio de pura curiosidad.
Pero cuando entró el P. Narciso, D. Joaquín se puso más grave, ocultando
a su compañero aquella dicha inefable, que le retozaba dentro del alma,
evitando encontrarse con los ojos alegres, chispeantes de su antigua
ama. Aquél sintió en seguida en la nariz el tufillo aromático del
cigarro, dirigió una mirada escrutadora a su colega, otra a D.ª Serafina
y se puso al tanto.
--Hubo _gaudeamus_, ¿verdad?--preguntó por lo bajo.