VII

Después de desahogar su ira la hija de Osuna, siguió por la calle del

Cuadrante abajo, riendo todavía nerviosamente algún tiempo. Pero aquella

risita se apagó al cabo. Sintió un desasosiego extraño, cierto

abatimiento que hizo flaquear sus piernas. Detúvose un instante: le

acometieron deseos de volverse y espiar de nuevo a la pareja que dejaba

allá en el Campo de los Desmayos. El temor de ser notada la contuvo.

Aunque vagamente, se daba también cuenta de lo singular y censurable de

su conducta. ¿Por qué había hecho aquello? ¿Quién era ella para espiar

los pasos de su confesor, ni menos reprenderle? Su despecho era tan

vivo, sin embargo, que no le permitía arrepentirse. Tenía la boca seca;

le ardían las mejillas. Siguió caminando apresuradamente, y se dirigió

al muelle. Estaba ya solitario. La brisa del mar le refrescó un poco. Se

sintió, no obstante, tan agitada que no quiso volver a casa: necesitaba

charlar, distraerse. Iría a casa de D.ª Eloisa y cenaría allí como otras

veces.

Justamente iban a ponerse a la mesa los esposos cuando llegó ella. Les

acompañaba el P. Norberto, lo cual significaba que había callos.

--¡Qué sofocada vienes, hija!--exclamó doña Eloisa.

--¿No sabe usted?... Vengo sola desde casa de D.ª Trinidad... Vengo a

cenar con ustedes... Pero háganme el favor de mandar un recado a papá.

Se esforzaba en aparecer serena y risueña.

--Conque solita, ¿eh? Solita a las ocho de la noche--dijo D. Martín en

tono de broma.

--¡Ay, si supieran ustedes qué agitada venía!... Anda tan poca gente por

la calle. En un momento en que me vi sola, eché a correr hasta que hallé

a unas mujeres.

--¿Qué? ¿Tenía usted miedo que la tomasen por una de esas palomas que

aquí el P. Norberto caza con lazo?--tornó a decir D. Martín con ático

humorismo de cuartel.

La joven se ruborizó hasta las orejas. Doña Eloisa dirigió una mirada

severa a su marido.

--Vamos, no empieces a barbarizar, Martín.

--¡Señor, yo no hablo más que de la posibilidad de una

equivocación!--replicó el inválido riendo.--Y si no, que me diga el P.

Norberto si hay mucha diferencia en la figura entre una señorita y esas

amiguitas suyas.

--No son amigas mías, D. Martín--replicó riendo benévolamente el buen

sacerdote;--son ovejas descarriadas...

--Pero usted no les tira piedras para que vuelvan al redil, sino

besos...

--¡Oh! ¡oh! ¡D. Martín!

El bueno de D. Norberto, capellán y organista de la parroquia, demasiado

modesto para aspirar a sacar triunfante la virtud y la fe entre las

clases elevadas, se dedicaba con entusiasmo hacía ya tiempo a arrancar

del vicio a esas pobres mujeres que caen en él la mayor parte de las

veces por miseria. Se introducía en las asquerosas moradas que ocupaban,

las catequizaba haciendo esfuerzos titánicos de oratoria que le ponían

rojo como un tomate y le obligaban a toser y escupir de un modo

imponente. Y cuando el arte de Bossuet no producía efecto, apelaba al

dinero. Era un soborno piadoso en el que había gastado el corto caudal

que heredara de sus padres y que se llevaba también la mayor parte de su

paga. Había logrado el arrepentimiento de varias pecadoras, a las

cuales solía llevar a cierto asilo o convento establecido para ellas en

Valladolid, sufragando él, por supuesto, los gastos de viaje,

instalación, etc. Pero a cambio de estos triunfos experimentó el buen

capellán horribles desengaños. Muchas veces las bellas pecadoras se

mostraban arrepentidas, le sacaban todos los cuartos que podían y

concluían riéndose de él y contando el chasco por la villa. Pero no

desmayaba en su obra. Estaba a prueba de risas y fracasos. Algunas que

comenzaron engañándole, habían terminado arrepintiéndose sinceramente.

El sueño de D. Norberto era fundar en Peñascosa un convento de

arrepentidas. Para lograrlo sería capaz de andar pidiendo limosna por

toda la provincia, de trabajar él mismo como bracero en el edificio,

hasta de renunciar a comer callos por el resto de su vida.

En la villa todos conocían esta su manía. La mayor parte se mofaba de

ella. No había quien no se creyese con derecho para darle acerca del

particular su bromita más o menos pesada, según la educación del

individuo. Mas, por mucho que lo fuesen, jamás se le vio enfadarse ni

dar siquiera señales de impaciencia. Reía bondadosamente o se alejaba

tapándose los oídos. Nadie dudaba tampoco, aunque algunos lo

aparentasen, de su recta intención y del completo desinterés con que

trabajaba en este asunto. Las mismas mujerzuelas, que le engañaban, no

osaban calumniarle, y si alguna lo había hecho, pronto fue

categóricamente desmentida por sus compañeras.

--¡Martín, te pido por Dios que no desbarres!--exclamó llena de angustia

D.ª Eloisa.

--Mujer, hablo de besos místicos.

--Sí, D.ª Eloisa--se apresuró a decir D. Norberto,--su esposo quiere

referirse a los medios suaves que necesito emplear para convencer a esas

desgraciadas.

D. Martín, comprendiendo que había ido demasiado lejos, asintió, no sin

dirigir un guiño expresivo al capellán.

Sentáronse a la mesa. Obdulia hacía esfuerzos atroces por comer, pero su

estómago se negaba a recibir alimento alguno. Seguía en un estado de

agitación bien visible. D. Martín la embromó acerca de su falta de

apetito. ¿Estaría por ventura enamorada? A pesar de su inclinación a la

iglesia, él apostaba a que había de concluir apasionándose

violentamente. De una sola ojeada conocía él los temperamentos

destinados al amor. Había ciertas señales: la ojera, que ella tenía muy

pronunciada, los ojitos un poco entornados, los labios secos... y otras,

y otras. El jefe de inválidos volvió a deslizarse. D.ª Eloisa estaba en

brasas, y otra vez le llamó al orden con voz angustiosa. Sucedía esto

muy a menudo. D. Martín gozaba lo indecible colóreando las mejillas de

las damas con sus frases atrevidas. Le parecía que era el adecuado

complemento de aquella otra tendencia que sentía a enrojecer las de los

caballeros con sus proverbiales bofetadas. Ambas inclinaciones acusaban

su temperamento heroico y daban testimonio innegable de su procedencia

del arma de caballería. Obdulia solía responderle con oportunidad y con

gracia, dejándole no pocas veces amoscado; pero la preocupación que

ahora la embargaba le impidió tomar nota de sus palabras y darles su

merecido. Antes de terminar la cena sintiose indispuesta y tuvo que

salir a otra habitación y arrojó cuanto había comido.

A los postres llegó D.ª Serafina Barrado con su capellán y mayordomo.

Ambos venían encarnados, risueños y extraordinariamente locuaces. Los

ojos les brillaban con fuego alegre y malicioso, que llamó la atención

de sus amigos.

--Ahí va un cigarro, D. Martín--dijo el joven presbítero, ofreciéndole

uno de acreditada vitola, igual al que él estaba chupando

voluptuosamente.

--¡Buen tabaco!--exclamó el amo de la casa dándole vueltas entre los

dedos.--¡Qué latigazos se pega usted, amigo!

--Regulares, regulares--respondió el clérigo con sonrisa de

satisfacción, dirigiendo al mismo tiempo una mirada expresiva a su

antigua ama, que le pagó con otra brillante y cariñosa.

--¿Dónde los compra usted?

--No los compro: me los regalan.

Otro cambio de miraditas risueñas y apasionadas.

--¡Ah! Entonces le salen a usted por una friolera. ¿Se puede saber quién

es el señor tan generoso...

--No es señor; es señora.

Otra miradita.

--¡Ah, pícaro! Ya sabía yo que gozaba usted de gran favor entre las

damas.

Por la fisonomía alegrísima de D.ª Serafina corrió una nube que la

oscureció momentáneamente.

--Es regalo de D.ª Serafina, con motivo de ser hoy mi cumpleaños--se

apresuró a decir el presbítero.

--¡Ya me parecía a mí que venían ustedes hoy demasiado contentos!... Con

tan fausto motivo hubo juerga, ¿verdad?

--¿Cómo juerga?--preguntó D. Joaquín con cierta inquietud, temiendo la

franqueza militar de su amigo.

--Sí, una comidita íntima con algunos platos extraordinarios y un par de

botellas de _burdeos_.

--No fue _burdeos_--replicó D. Joaquín riendo,--Fue borgoña.

--Mejor que mejor.

--¡Ya lo creo!--exclamó D.ª Serafina, comiéndose con los ojos a su

capellán.

Y volvió a comenzar entre ellos el tiroteo de miraditas y guiños,

prodigándose mil atenciones tiernas que denotaban un estado de felicidad

perfecta.

La llegada de D.ª Rita no turbó poco ni mucho su éxtasis delicioso. Esta

señora, pequeña y regordeta, con grandes ojos negros sin expresión y

dientes grandes también, sanos y amarillos, entraba siempre con un cesto

donde guardaba la labor. Sacábala con lentitud, trabajaba media hora en

silencio escuchando atentamente todo lo que se decía, y al cabo recogía

de nuevo los bártulos y se iba a hacer lo mismo a otra parte. De este

modo recorría en la noche tres o cuatro casas. Era su manía la de saber;

saberlo todo, hasta lo más trivial e insignificante. Se la toleraba bien

en todas partes, porque a pesar de su desmedida febril curiosidad nunca

hubo disgusto alguno por su causa. Gozaba con saber tan solamente: era

un placer desinteresado, intenso, como el de los hombres de ciencia que

no miran el resultado que sus conocimientos les puede dar. Como el avaro

amontona en su caja monedas de oro sin pensar en utilizarlas jamás, así

D.ª Rita atesoraba en su cerebro cuantas noticias privadas podía recoger

en sus peregrinaciones por la villa, sin molestar a nadie con ellas.

Pocos se guardaban, pues, de hablar secretos en su presencia; pero si

alguno lo hacía y llegaba a notarlo, le acometían tales ansias y

congojas por conocer lo que le ocultaban, que no dormía, ni descansaba

un momento; andaba pálida, ojerosa, se hacía grosera, intratable. Una

vez que descubría el ansiado secreto, aunque fuese la cosa más baladí,

recobraba la calma y serenidad, volvía a su ser dulce, pacífico,

inofensivo. Algunos sujetos maleantes, como don Martín, el P. Narciso,

D. Joaquín y otros, solían embromarla fingiendo algún misterio entre

ellos, la atormentaban, le hacían perder el juicio de pura curiosidad.

Pero cuando entró el P. Narciso, D. Joaquín se puso más grave, ocultando

a su compañero aquella dicha inefable, que le retozaba dentro del alma,

evitando encontrarse con los ojos alegres, chispeantes de su antigua

ama. Aquél sintió en seguida en la nariz el tufillo aromático del

cigarro, dirigió una mirada escrutadora a su colega, otra a D.ª Serafina

y se puso al tanto.

--Hubo _gaudeamus_, ¿verdad?--preguntó por lo bajo.

La Fe · 第 13 / 23 题