--¿Por qué me retiras tu mano?... ¿No te tiendo yo la mía, y soy el
ofendido?... ¿No has venido a reconciliarte conmigo?...
--Sí, sí, Álvaro--murmuró ella.--A eso he venido... Me has asustado...
--Perdóname, Joaquina... ¡Si supieses qué alegría me causa el oír tu
voz! Pensé que nunca ya, ¡nunca ya! la volvería a oír. ¿Quieres ser mi
esposa?--añadió bajando la voz, inclinándose para acercar la boca al
rostro de la dama.--Déjame un sitio a tu lado, hermosa... Déjame ser
una noche feliz...
--No, Álvaro, ahora no--volvió a murmurar la esposa infiel.--Mañana...
Déjame, estoy muy cansada... Déjame hasta mañana...
--No te molestaré. Me estrecharé cuanto pueda y dormirás tranquila...
--No, ahora no puede ser... Mañana.
--¿Por qué no? ¿No quieres ser mi mujercita? ¿No quieres que seamos
felices otra vez, como en aquellos primeros meses de nuestro matrimonio?
--Sí, lo quiero... Pero ahora estoy muy nerviosa... Deseo quedarme
sola... Mañana será otro día, y te prometo ser tuya... Ahí tienes mi
mano... Vete a dormir, Álvaro... Hasta mañana.
Montesinos buscó en la oscuridad aquella pequeña y hermosa mano, que tan
bien conocía, y la apretó contra sus labios perdidamente, la devoró a
besos. Joaquina la abandonó en su poder, esperando que al cabo se
marcharía. Soltola, en efecto, pero fue para echarle los brazos al
cuello y apretarla contra su pecho, loco, perdido de amor, aplastando
sus labios con besos brutales, frenéticos. La dama forcejeó rabiosamente
para desasirse, y lo logró, haciendo tambalearse a su marido de un
empellón.
--¡Te he dicho que no quiero, que no quiero!--le gritó con voz
colérica.--Si vuelves a tocarme, me marcho desnuda como estoy por esas
calles... ¡Vete! ¡Vete!
D. Álvaro quedó clavado al suelo por el estupor. No eran sus palabras
las que le dejaban frío, horrorizado; era aquella voz aguda como la hoja
de un puñal, que le llegaba hasta lo más hondo del pecho.
--¡Vete! ¡Vete!--repitió ella alzando aún más el grito.
En aquel momento ni un pensamiento cruzaba, por el cerebro del
mayorazgo: todas sus facultades quedaron aniquiladas, rotas por la
sorpresa y el horror del golpe. No sentía más que una viva impresión de
anhelo, como si se hubiese caído de algún sitio muy elevado y estuviese
aún por el aire. El mundo desapareció en medio de aquella oscuridad;
nada existía en las tinieblas que le envolvían, ni siquiera su
pensamiento. Sólo quedaba una voz estridente, fatal y un gran dolor, un
dolor eterno.
--¡Vete! ¡Vete!
Tropezando con los muebles, brincando como si escapase de una
catástrofe, salió de aquella estancia. Se encontró en la escalera
agarrado fuertemente al pasamanos para no caer. Allí se detuvo y quiso
coordinar sus ideas. ¿Por qué corría? ¿Qué había pasado? No se daba
razón de aquella huida repentina. Trató de volverse y penetrar de nuevo
en la estancia de su esposa y entrar en explicaciones; pero las piernas
se negaron a obedecerle. Un horror instintivo, como si hubiese delante
un pozo negro y hondo, le detuvo. Avanzó, cogiéndose con ambas manos a
la barandilla, y llegó hasta su cuarto. El huracán, penetrando por la
ventana abierta, se había enseñoreado de él; los papeles volaban, los
muebles a que se iba agarrando estaban mojados. Sus manos tropezaron con
el sillón del escritorio, y se sentó sin intentar siquiera buscar los
fósforos ni cerrar la ventana. Así permaneció inmóvil, con los ojos
desmesuradamente abiertos en la oscuridad, sin sentir el frío que le
penetraba hasta los huesos ni el agua de los chubascos que le bañaba a
intervalos la cabeza, no pudiendo determinar si el rumor que le
ensordecía y le mareaba era realmente el de las olas o sonaba tan sólo
en su cerebro.
Así le sorprendió la claridad del día, un día triste y sucio, como casi
todos los del invierno en Peñascosa. Alzose al fin como un sonámbulo,
entró en la alcoba y se dejó caer pesadamente en la cama. Ramiro no pudo
despertarle a las nueve para tomar el desayuno. Era un sueño invencible,
de aniquilamiento, semejante a la muerte. Dormía en una inmovilidad
absoluta, con los ojos entreabiertos y el rostro densamente pálido.
Cuando a las tres de la tarde salió de aquel profundo letargo, supo, sin
asombro alguno, que su esposa se había marchado en la diligencia de
Lancia.