D. Narciso dejó escapar una risita maligna y dijo con acento irónico:

--¡Mire usted cuántas cosas sabe de teología moral la señorita! Habrá

que declararla doctora de la Iglesia, como a Santa Teresa.

--¡Caramba, tampoco está mal eso! ¡jo! ¡jo! ¡Conque doctora de la

Iglesia! ¡jo! ¡jo!... ¡Pero qué perverso es este D. Narciso! ¡Jo! ¡jo!

¡jo!... ¡Es mucho D. Narciso!

--No se ría usted tan fuerte, D. Melchor, que puede saltarle la

dentadura--dijo la joven, por cuyos ojos pasó un relámpago de cólera.

El P. Melchor cesó de reír repentinamente. Este clérigo, de edad de

treinta y cinco a cuarenta años, alto, de facciones regulares, ojos

grandes y negros sin expresión, y figura triste y descuadernada,

presumía, según pública voz, de guapo, lo mismo que de inteligente,

maligno, ilustrado, etc., etc. La frase de Obdulia le hizo un efecto

terrible, porque imaginaba que lo de la dentadura postiza nadie lo sabía

más que Dios y el dentista de Lancia que se la había puesto. Murmuró

algunas frases incoherentes, pero Obdulia continuó sin hacer caso de él:

--Yo de teología sólo sé que los sacerdotes están obligados a tener

oración, y que el alabarse de no rezar es más propio de impíos que de

ministros del Señor.

Lo dijo con calma y naturalidad que hicieron más incisivo y profundo el

arañazo.

--¿Y dónde ha aprendido usted tanto, señorita?--preguntó D. Narciso,

desconcertado ya.

--Pues lo he aprendido en el catecismo explicado y en los sermones del

magistral de Lancia... a quien dicen por ahí que usted imita... pero

nada más que en los gestos, ¿sabe usted?

D. Narciso se sintió herido en lo más vivo de su ser, porque

efectivamente hacía todo lo posible por parecerse al magistral, notable

orador sagrado. Quedó algunos instantes silencioso y se disponía a

contestar, cuando vino a interrumpir el tiroteo la entrada de una nueva

señorita llamada Cándida, alta, delgada, enjuta y apretada, de la

familia de los bacalaos. Fortuna tuvo D. Narciso, pues en la disputa

llevaba la de perder. Obdulia poseía una imaginación vivísima, y antes

de haberse dado a la mística gozaba fama de alegre y chistosa entre sus

amigas.

D.ª Eloisa aprovechó la oportunidad para cambiar la conversación, que se

había hecho peligrosa. Detrás de Cándida entró D.ª Teodora. Venía ésta

acompañada de D. Juan Casanova. Este recto y majestuoso caballero tenía

la costumbre desde tiempo inmemorial de hacer la tertulia por las noches

a D.ª Teodora. Cuando ésta venía a la de su amiga D.ª Eloisa, lo cual

sucedía una o dos veces por semana, la acompañaba juntamente con el

criado. D. Peregrín, después que llegó de su excursión burocrática por

Cataluña, también adquirió el hábito de pasar un rato todas las noches

en casa de D.ª Teodora.

No es posible resolver cuándo y cómo nació en la mente del antiguo

oficial del gobierno civil de Tarragona la idea de suplantar a su

hermano en el corazón de la fresca señorita; pero es cosa averiguada que

nació, y que se desarrolló con extraordinaria fuerza en poco tiempo.

Comenzó a tributarla mil atenciones, a recrearla con el sabroso

repertorio de sus recuerdos de empleado, a hacer gala en su presencia de

un ingenio sutil, de una facilidad pasmosa para los retruécanos. Procuró

asimismo demostrar su incontestable superioridad intelectual sobre su

hermano, llevando la contraria a cuanto decía, sonriendo

despreciativamente cuando hablaba, vejándole, en fin, de mil modos. D.ª

Teodora, sin embargo, resistió tenazmente esta suplantación. Aunque

debía de estar bien convencida de la superioridad de D. Peregrín, como

hombre de mundo y erudito, no por eso dejó de seguir prodigando a don

Juan las mismas señales de afecto. Al contrario, los desprecios de su

hermano no sirvieron más que para que se lo manifestase más vivo que

antes. Esto llenó de amargura el corazón de don Peregrín. Fue el motivo

más poderoso de rencor entre los muchos que tenía contra su hermano,

después de la estatura.

Cándida fue a besar la mano del P. Melchor, de quien era hija de

confesión, y le consoló, con el respeto, la sumisión y el cariño con que

empezó a hablarle, del fracaso que acababa de experimentar.

Apenas se acomodaron todos de nuevo, D. Peregrín, que hasta entonces se

había mantenido dentro de una locuacidad ordinaria, estimulado por la

presencia de D.ª Teodora, quiso dar gallarda muestra de sus maravillosas

aptitudes para amenizar cualquier tertulia. Cogió por los pelos la

ocasión que le dio D. Narciso, al censurar lo mal empedradas que estaban

las calles de Peñascosa, para decir con su voz gangosa y penetrante en

una pausa:

--Siendo yo gobernador de Tarragona...

--¡Ya pareció Tarragona!--dijo sordamente Consejero, mientras colocaba

las cartas.

Los que estaban cerca oyeron la exclamación y rieron. A los oídos de D.

Peregrín llegó el rumor, se detuvo un instante y dirigió una mirada

cobarde a Consejero. Después prosiguió con decisión su anécdota. Los

quince días que había desempeñado el gobierno de Tarragona, por ausencia

del gobernador y enfermedad del secretario, eran la edad de oro de la

existencia de don Peregrín, el período dulce y poético cuyo recuerdo

hacía vibrar siempre su corazón. ¡Cuántos sucesos en aquellos quince

días! ¡Cuántas imágenes brillantes de gloria y poder surgían en su mente

al pensar en ellos! Los más insignificantes pormenores de tan hermoso

sueño teníalos presentes cual si acabaran de efectuarse. Podría decir

cuántas veces había llovido en aquellos quince días, qué había comido y

bebido, de qué color eran los pantalones que gastaba. Durante algún

tiempo, cuando hablaba de esta época, solía decir:--«Haciendo yo de

gobernador en Tarragona...» Más adelante sustituyó la frase con esta

otra:--«Siendo yo gobernador de Tarragona...»

Y cuando era gobernador de Tarragona sucedió que la prensa local se

quejó del abandono de las calles, achacándolo, como todo lo demás que

andaba mal, a la administración conservadora. Entonces él, encargado de

velar por el gobierno y el partido, había llamado al alcalde a su

despacho y le había dicho: «Amigo mío...» Aquí una tirada de

observaciones que D. Peregrín, cada vez que la repetía, iba haciendo más

enérgica, hasta convertirla en severísima filípica. El alcalde le

respondía esto y lo otro (la respuesta del alcalde iba siendo cada vez

más débil e insignificante). Entonces él, sin descomponerse poco ni

mucho, con la mayor calma, como quien no dice nada, le replicaba:

«Querido alcalde, tiene usted dos caminos para elegir: o la suspensión,

o el arreglo inmediato de las calles.»

--Al día siguiente, bien temprano, estaban trabajando dos cuadrillas de

obreros en las calles--terminó diciendo D. Peregrín con una fría sonrisa

maliciosa. La conclusión y la sonrisa eran lo único que no se iba

modificando lentamente en la interesante anécdota.

O porque ya la hubieran oído muchas veces o por no tener el espíritu

bien dispuesto para esta clase de confidencias administrativas, es lo

cierto que muy pocos eran los tertulios que atendían. Hablaban los unos

con los otros en parejas o en grupos de tres y de cuatro. Cándida

cuchicheaba con el P. Melchor, D.ª Eloisa con su ahijado el P. Gil y con

Obdulia, D. Joaquín con Marcelina, y el P. Narciso con D.ª Filomena. Se

puede asegurar que los únicos que escuchaban realmente al ex-gobernador

interino de Tarragona eran su hermano y D.ª Teodora, esto es, los que ya

conocían los pormenores de su gestión administrativa tan bien como él.

Porque D.ª Serafina Barrado, aunque estaba inmóvil y atenta con los ojos

puestos en el orador, ofrecía tal vaguedad en la mirada, que bien se

echaba de ver que se hallaba muy lejos de lo que decía. Lo que esta

señora escuchaba, con imperceptibles estremecimientos de dolor y rabia,

era el rumor de la plática de su capellán con Marcelina. Hacía ya

bastante tiempo que D. Joaquín distinguía mucho a esta señorita, su

penitenta. Estas distinciones llegaban al alma a D.ª Serafina, que por

lo visto aspiraba al monopolio de ellas. Teniendo en cuenta que el

capellán, fuera del acto de ser engendrado y nacer, era en un todo

hechura suya, parecía que tenía derecho a ello. Mas él no lo creía así,

o sentía placer en agitarla con desvíos y seriedades injustificadas. No

se pasaba un día sin que la buena señora experimentase algún desaire

por parte de su protegido. Acaso ella tomase como tal lo que no era;

pero el clérigo, conociendo el afecto susceptible y celoso que le

profesaba, debiera mostrar más cuidado en evitárselos. Ahora se notaba

bien claramente que sus apartes y cuchicheos eran intencionados: acaso

tuvieran por fin castigarla por la defensa indirecta que había hecho del

P. Gil, a quien D. Joaquín odiaba a par de muerte.

D.ª Marciala, más franca o más colérica, apenas quitaba los ojos de D.

Narciso y D.ª Filomena, unos ojos escrutadores, inquietos, por donde

pasaban de vez en cuando relámpagos de ira. En los centros de

murmuración de la villa decíase que D.ª Marciala estaba enamorada del P.

Narciso. Aunque esto no sea creíble, por tratarse de una señora que toda

la vida se había manifestado muy circunspecta y religiosa, no hay duda

que sus familiaridades con el clérigo podían dar lugar a torcidas

interpretaciones entre la gente propensa a pensar mal del prójimo. Había

casado ya tarde, cuando contaba más de treinta años, con D. José María,

el boticario de la plaza. Éste, que había sido toda su vida un

republicano rabioso, que apenas frecuentaba la iglesia, y que reunía en

su trastienda por las noches un grupo de demócratas (masones los

llamaban las beatas del pueblo), por el influjo de su piadosa mujer

había ido cambiando poco a poco de opinión. Principió por alejarse de

la política y dejar la suscrición a _El Motín_; después fue eliminando

de su tertulia a los sujetos más exaltados y peligrosos; luego se le vio

alternando cortésmente con varios sacerdotes. Finalmente, como llegase

una misión de jesuitas a la villa, D.ª Marciala consiguió llevarle a

confesar con uno. Desde entonces se realizó un cambio completo y radical

en la vida de D. José María. El feroz republicano, suscritor de _El

Motín_, se trasformó en un cofrade de San Vicente de Paul, hermano del

Sagrado Corazón. Alumbraba en las procesiones, hacía la guardia al

Santísimo con escapulario al cuello, etc., etc. Y no sólo practicaba

todos los actos religiosos de un fervoroso creyente, sino que dio en

acompañarse de clérigos y en recibirlos en su trastienda, en vez de los

impíos que antes iban; de tal suerte, que su botica vino a ser al cabo

de algún tiempo el centro de reunión de los tradicionalistas de

Peñascosa. Tal fue la obra benemérita llevada a cabo con singular

fortaleza y habilidad por D.ª Marciala. En ella le ayudó muchísimo con

sus consejos el P. Narciso. Acaso por esta razón su alma quedó tan

ligada y agradecida a su director, que por no saber contenerse, daba

pávulo y estimulaba a las malas lenguas de Peñascosa.

Fue, como ya sabemos, una de las que contribuyeron a la educación y a

la carrera del P. Gil; pero en la deserción que se operó en el rebaño de

D. Narciso a la llegada de aquél, permaneció fiel a su pastor. Quizá

ayudase a mantenerla firme la huida de Obdulia, de quien ella tenía,

según fama, unos celos rabiosos, y por lo visto no le faltaba razón.

Aspiró a sustituir a ésta en la gracia del elocuente y donoso sacerdote,

y casi lo tenía conseguido. Desgraciadamente, se interpuso en su camino

D.ª Filomena, la viuda que ya conocemos, quien con más modestia y

reserva admiraba a su director espiritual y le prodigaba en silencio y

en la sombra mil atenciones delicadas, que concluyeron por hacer mella

en su corazón. No significa esto que dejase de considerar y atender como

debía a D.ª Marciala; pero se observaba en él de algún tiempo a aquella

parte más inclinación hacia D.ª Filomena, aunque nunca por supuesto tan

señalada como la que había sentido por Obdulia.

En la tertulia de D.ª Eloisa se agitaban mil dulces sentimientos, a los

cuales, como la sombra a la luz, acompañan siempre otros amargos. Varias

jóvenes solteras, a quienes el tiempo y los desengaños habían hecho más

reflexivas, algunas señoras casadas en las cuales sus maridos no habían

podido extinguir la sed de lo infinito, y tal que otra viuda necesitada

de consuelos, se reunían todas las noches en torno de media docena de

presbíteros, formando un grupo interesante y conmovedor. Aquel pequeño

mundo, ajeno enteramente a las luchas de la política, de la ciencia y de

los intereses materiales, representaba un oasis deleitoso enmedio de la

corrupción general de las costumbres. La perfecta sumisión de aquellas

almas femeninas a sus directores, la benevolencia y la ternura con que

éstos se esforzaban en conducirlas por el sendero de la virtud,

prestaban a la tertulia un carácter suave, inocente y piadoso que no se

hallará seguramente en las exclusivamente seglares. Existía una dichosa

compenetración de lo espiritual en lo temporal; era una imagen

aproximada de lo que debe ser el reinado de Dios sobre la tierra.

El rebaño místico se repartía, como era natural. Cada clérigo tenía sus

hijas de confesión, que le obedecían y le admiraban. Y ellos,

aprovechando, como expertos y hábiles pastores, el carácter y condición

de cada oveja, solían estimularlas por medio de acertados manejos, ora

halagando su amor propio, ora mortificándolo unas veces con celos, otras

con saludable frialdad, otras con alguna lisonja adecuada. Ni faltaban

tampoco en aquella exquisita sociedad algunos honestos recreos. No era

todo hacer calceta ni colchas de crochet: también se rendía culto a la

música. El P. Norberto era organista de la iglesia, y aunque conocía

poca música profana, algunos _nocturnos_ tocaba, y cuando no,

acompañaba al P. Narciso, que entre sus múltiples habilidades tenía la

de tocar en la flauta dos o tres pavanas y la sinfonía de _Juana de

Arco_. También Marcelina sabía cantar _La Stella confidente_ y la

_Plegaria a la Virgen_. D. Melchor sabía hacer algunos juegos de manos;

D. Peregrín Casanova sazonaba la tertulia con salerosos cuentos; Cándida

recitaba admirablemente al piano varias fábulas morales; por último, el

P. Joaquín tocaba, rascando los dientes con las uñas, cualquier pieza

musical, y remedaba el grito del gallo con tal perfección que cualquiera

le confundía con este bípedo.

Aquella noche no hubo música. Los ánimos estaban un poco abstraídos.

Reinaba cierta inquietud en la tertulia, motivada por la presencia del

P. Gil, a quien ninguno de sus colegas, si se exceptúa el P. Norberto,

mostraba simpatía. La conversación fue rodando de uno en otro asunto,

todos de poca monta. En un momento de silencio, D. Juan Casanova, que

tenía la cabeza inclinada hacia un lado, sin duda por el excesivo peso

del cerebro, la descargó algún tanto, diciendo con su acostumbrada

solemnidad:

--Eloisa, hoy he hallado a su hermano Álvaro en el paseo de la Atalaya.

Llevaba un pantalón de cuadros.

D.ª Eloisa suspiró, como siempre que se tocaba el punto de su hermano.

--Estos días ha estado un poco enfermo. Me lo ha dicho el

criado--manifestó dirigiendo una mirada tímida a la mesa donde jugaba su

marido.

D. Martín y su cuñado hacía tiempo que no se relacionaban. Por el motivo

baladí de un mueble de la casa que aquél pretendía llevar a la suya, sin

derecho alguno, rompieron de un modo violento. D. Martín (¿cómo no?)

puso la mano en la cara a su cuñado, y a más de esto le desafió. Desde

entonces, absoluta separación entre ambos. D. Álvaro vivía en su enorme

casa, enteramente solo, y D. Martín en la suya con su esposa. Ésta, de

vez en cuando, a escondidas de don Martín, iba a visitar a su hermano.

--No parece que goza de buena salud--dijo el P. Gil, a quien sin saber

por qué interesaba aquel hombre.

--¡Oh! Sumamente enfermizo y delicado. Sólo cuidándose mucho puede ir

viviendo.

Los clérigos, como siempre que se trataba de Montesinos en presencia de

su hermana, guardaban un silencio sombrío, con la cara larga y

enfoscada. Si no estuviera ella, de seguro hubieran soltado alguna frase

de indignación o algún sarcasmo contra aquel impío, que tenía

escandalizada a la villa con sus opiniones y con su conducta. A duras

penas respetaban el lazo estrecho de familia.

Hubo un silencio lúgubre, porque las damas, comprendiendo lo que pasaba

en lo interior de sus directores espirituales, no osaban hablar. D.ª

Eloisa tornó a exhalar otro suspiro y dijo con acento dolorido, como si

terminase en alta voz un monólogo:

--¡Qué lástima que le hayan pervertido en Madrid! Álvaro tiene buen

corazón... y todos dicen que es hombre de talento.

Los clérigos se sintieron molestados por aquellos elogios. Uno de ellos,

el P. Melchor, se atrevió a decir con sonrisita de suficiencia:

--Señora, permítame usted que no reconozca talento en quien no admite

las verdades de nuestra santa religión.

--A lo menos fue el primero en su cátedra y pasaba entre sus profesores

por un chico despejado.

--Y lo será, señora,--dijo el P. Gil, a quien el tonillo agresivo de su

compañero había disgustado.--Se puede tener talento y estar obcecado en

cualquier asunto. Su hermano, desgraciadamente, lo está en lo que se

refiere al más interesante para el hombre. Mas no hay razón para negarle

el talento. Los grandes heresiarcas lo han tenido; si no fuese así,

seguramente no habrían podido dar apariencia de verdad al error y

engañar tanta gente.

Aunque se sintiese herido en lo vivo por esta réplica indirecta, el P.

Melchor no osó responder, y prefirió hacerse el distraído devorando su

enojo. Por más que no la confesasen, todos los clérigos de Peñascosa

sentían la superioridad del P. Gil, que achacaban, por supuesto, a que

era el único entre ellos que había seguido la carrera lata de teología.

Ningún otro intentó tampoco llevarle la contraria por temor de hacer un

mal papel.

La conversación se encauzó por otro lado. Charlose animadamente del

proyecto de construcción de una nueva iglesia, cerca de la plaza, echado

a volar por varios vecinos y al cual se oponía con todas sus fuerzas el

cura, por temor de que se dividiera la parroquia. Los jugadores seguían

en sus alternativas de silencio y ruidosos altercados. El P. Gil quedó

mudo y pensativo, impresionado con lo que acababa de oír y decir. La

figura de Montesinos, a quien no había visto más de tres o cuatro veces

en su vida, y eso de lejos, flotaba en su imaginación despertando en él

viva curiosidad. La afirmación de doña Eloisa de que había sido siempre

el primero entre sus condiscípulos, contribuyó a hacer más grande, por

no decir más interesante a sus ojos, aquel hombre. Un deseo vago,

indefinido de acercarse y conquistarle nació en su mente. Cuando la

llegada de D. José María el boticario y de Osuna dio la señal de

disolverse la tertulia, aún rodaba este pensamiento por su cerebro en

busca de forma.

La noche seguía encapotada y triste. El cielo dejaba caer con pertinacia

una lluvia menuda y fría. En la puerta de la casa los tertulios se

dividieron: la mayor parte se quedó por las inmediaciones de la plaza,

otros siguieron por la calle del Cuadrante. Y en ella se fueron

separando todos hasta que quedaron solos el P. Gil, Osuna y su hija, los

únicos que vivían en el Campo de los Desmayos. Obdulia maniobró para que

el P. Gil la tapase con su paraguas. El jorobado marchaba detrás,

satisfecho de no pasar por la humillación de que su hija le tapase, pues

a causa de la gran diferencia de estatura así sucedía siempre.

Caminaron unos instantes en silencio, escuchando el estruendo lejano del

mar que batía contra las peñas y el leve rumor de la lluvia sobre el

paraguas. La joven esperaba que el P. Gil sacara la conversación de su

altercado con el P. Narciso, y de intento prolongaba indefinidamente el

silencio. Viéndole taciturno y abstraído, se aventuró a decirle con voz

temblorosa:

--¿Está usted enfadado conmigo, padre?

--¿Por qué?--preguntó el clérigo con sorpresa, saliendo repentinamente

de su meditación.

--Por la disputa que he tenido con D. Narciso.

--¡Ah! Sí... en efecto, no me ha gustado la actitud rebelde en que usted

se ha colocado frente a él. Es indigno de una joven humilde y virtuosa

como usted...

Obdulia guardó silencio, sintiendo en el corazón la censura de su

director. Al cabo dijo, poniéndose colorada, lo cual nadie pudo

advertir:

--Tiene usted razón; he cometido un pecado y me arrepiento...

Después de una pausa larga, añadió humildemente:

--No puede usted figurarse cuánto me disgusta el observar la envidia de

D. Narciso.

--¿La envidia?--preguntó el sacerdote con sorpresa.--¿A quién tiene

envidia?

--A usted, padre, a usted--repuso con firmeza la joven.

--No, hija, no--dijo el P. Gil todo azorado.--Yo no puedo excitar la

envidia de nadie... Soy un pobre clérigo... un miserable pecador...

--Pues así y todo... yo me entiendo...

Repuesto de su turbación, el sacerdote dijo entonces con aspereza:

--Ruego a usted que no vuelva a decir esas cosas, ni que las piense...

Se lo prohíbo... Advierta usted que se trata de dos sacerdotes--añadió

después de una pausa, dulcificando la voz.

Obdulia no replicó. Muda y con el corazón apretado por una pena extraña,

siguió marchando al lado del clérigo. Éste dirigió la palabra a Osuna

sin volverse:

--Al llegar al Campo vamos a sentir el aire, señor Osuna.

--¿Cuándo no sopla en ese maldito Campo?--replicó el jorobado con mal

humor.

Y en efecto, al abocar a él, una ráfaga violenta les azotó el rostro y

estuvo a punto de volverles los paraguas. La sotana del clérigo, las

enaguas de la joven tremolaron: les costaba trabajo avanzar.

Por fin alcanzaron el gran portal de Montesinos. Se limpiaron el rostro

con el pañuelo y repusieron el desorden de sus vestidos. El P. Gil

volvió a dirigir una mirada curiosa y escrutadora a la oscura puerta en

cuya cima ardía siempre la lamparita de aceite.

--Adiós, señor Osuna, que usted descanse--dijo tendiendo la mano al

jorobado.

Luego tuvo un momento de indecisión: iba a tendérsela a Obdulia; pero

turbado por la mirada intensa y extática que la joven le clavaba, la

llevó al sombrero y se inclinó gravemente, diciendo:

--Buenas noches, señorita.

Alzó de nuevo el paraguas y salvó de prisa la distancia que le separaba

de la rectoral. Los ojos de Obdulia, inmóvil a la puerta mientras su

padre llamaba, le siguieron algún tiempo.

Antes de penetrar en la rectoral, el P. Gil volviose y quedó inmóvil

también algunos instantes. Pero sus ojos no buscaron la puerta de donde

aquélla acababa de desaparecer. Fueron más arriba, abrazaron de una vez

la extensa y sombría fachada de la gran casa solariega que, avezada a

los golpes del huracán, dormía grave y desdeñosa bajo la intemperie.

Contemplola larga, atentamente. Sus ojos brillaron con un fuego de gozo

místico. Era la mirada del apóstol, ávida, tierna, clemente. Tal debió

ser la expresión que reflejaron los ojos de San Pedro a la vista de

Roma.

La Fe · 第 9 / 23 题