IV

Desde aquella noche el P. Gil no soñó con otra cosa. La fiebre del

apostolado le encendió de tal modo que no dejó rincón vacío en su

cerebro para otro pensamiento. Dentro de él entablose una lucha sorda

entre el deseo vivo y ardiente de ennoblecer su vida con la conquista de

un enemigo encarnizado de la Iglesia, y el miedo desapoderado, loco, que

sin saber por qué le inspiraba. En sus continuos paseos por la estancia

que ocupaba en la rectoral, mientras con el breviario en la mano decía

los rezos obligatorios, a menudo se detenía ante la ventana, levantaba

la punta del visillo y dirigía una mirada tímida y ansiosa al palacio de

Montesinos. Allí estaba, adusto, impenetrable, hostil como un baluarte

fabricado por la impiedad. Los balcones eternamente cerrados. El hombre

misterioso que lo habitaba debía de odiar tanto la luz del sol como la

de la fe. El P. Gil dirigía luego la vista al cielo y daba gracias a

Dios desde el fondo del corazón por haberle tenido siempre de su mano,

por haberle hecho nacer y vivir en la región luminosa de las santas

creencias cristianas.

En vano trató de inquirir pormenores de la vida y carácter de aquella

oveja descarriada a quien ansiaba traer al redil. Los datos que le

suministraron eran contradictorios. Mientras su hermana y algunas otras

personas se lo presentaban como un perfecto caballero, un hombre de buen

fondo, extraviado por las malas compañías y la lectura de libros impíos,

otras, que también pretendían conocerle desde la infancia, lo pintaban

como un ser avieso, mal intencionado, riendo siempre de las desgracias y

las flaquezas del prójimo, insolente y agresivo de palabra, ya que de

obra no podía serlo por su natural débil y enfermizo. A este propósito

narraban algunas anécdotas de su infancia y adolescencia que acreditaban

esta opinión. Otros, en fin, le tenían por un desdichado, por un hombre

a quien los desengaños de su carrera literaria y los profundos pesares

domésticos habían llenado el corazón de hiel. Suponían que Montesinos,

aficionado a las letras, enamorado de la gloria, había ido a Madrid. En

vez de ella, sólo halló glacial indiferencia: esto, unido a la

catástrofe de su matrimonio, le había obligado a retirarse de nuevo a

Peñascosa «rabo entre piernas,» como decían pintorescamente los graves

biógrafos. Y terminaban afirmando que Montesinos desahogaba su amargura

y despecho blasfemando de palabra cuando se le presentaba la ocasión y

publicando artículos en los periódicos y revistas de los masones. El P.

Gil no sabía a qué atenerse. Inclinábase, no obstante, a esta última

opinión, que conciliaba hasta cierto punto la benévola de su hermana y

ciertos amigos con la mala fama que tenía en el pueblo. Lo que no dejaba

de sorprenderle era que mientras el clero y los tradicionalistas de

Peñascosa le detestaban cordialmente, los pocos republicanos y masones

que había en la villa no le demostraban estimación alguna. Decíase que

Montesinos se reía de ellos con más gana aún que de los católicos, y que

había huido constantemente su trato.

Todas estas noticias, que recogía de un lado y de otro disimulando, por

supuesto, su proyecto, no eran a propósito para apartarle de él. El

misterio impenetrable que envolvía el carácter de aquel hombre le

interesaba cada día más, y más le atemorizaba. Sabía cuánto importaba

atraer un alma perdida al seno de la Iglesia; pero cuando esta alma era

la de un hereje, un enemigo encarnizado de ella, el acto crecía

desmesuradamente a los ojos de Dios. Dando vueltas a la idea, concibió

varias veces el propósito de acercarse inmediatamente a él, hablarle y

convencerle con razones y con ruegos; mas pronto lo abandonaba temiendo

un fracaso. No era que le mortificase lo más mínimo en su amor propio:

estaba resuelto a padecer por Dios con alegría toda clase de martirios,

cuanto más una injuria. Lo que temía era tener que renunciar a una

empresa tan noble y gloriosa. Poco a poco llegó a convencerse de que el

mismo Dios se la encomendaba especialmente, que ésta era la tarea

principal que le había impuesto al enviarlo a Peñascosa. Y convencido de

que lo sublime del propósito no empece a que se adopten los medios más

eficaces para llevarlo a feliz remate, resolviose a comunicarlo con su

madrina doña Eloisa y a pedirle ayuda. Grande fue el gozo de la buena

señora al recibir la confidencia. Aplaudió de todas veras el proyecto,

que satisfacía los deseos más ardientes de su corazón, y prometió hacer

cuanto humanamente fuese posible por que tan hermoso sueño se realizase.

Hubo entre ambos largas pláticas, en que se buscaron y ponderaron los

medios de llevarlo a cabo; se trazaron y se rechazaron diferentes

planes; por último, quedaron convenidos en que el excusador fuese a la

morada de D. Álvaro por encargo de su hermana a pedirle una limosna

para las viudas y los huérfanos de unos pescadores que habían perecido

recientemente en la mar. Aprovechando la ocasión, podía tantearle,

hacerse amigo suyo y dar comienzo poco a poco a la obra de su

conversión. D.ª Eloisa no dudaba del éxito, fiada en el buen fondo de su

hermano y en la virtud y la ciencia de su ahijado. Cuando alguna vez le

había hablado de las prácticas religiosas, Álvaro había respondido con

alguna invectiva grosera contra los clérigos de Peñascosa; a unos los

consideraba idiotas, a otros malvados; de todos se reía a mandíbula

batiente. Pero ¿qué podía decir de este muchacho tan bueno, tan

estudioso, de costumbres tan puras y austeras?

Él no estaba tan confiado. A medida que se acercaba el día de la visita,

sentíase más agitado y medroso. Pedía con insistencia a Dios que le

diese fuerzas y valor, y preparaba sus argumentos y hasta sus frases con

una atención exagerada. Una mañana, después de haber estado en oración

largo rato, salió de la rectoral con paso firme, salvó la pequeña

distancia que le separaba del palacio de Montesinos, penetró en el

lóbrego portal y tiró del grasiento cordel de la campana. Ésta sonó a lo

lejos cascada y triste. El corazón del sacerdote se contrajo, a pesar

del ánimo que la oración le había infundido. Presentose al cabo de un

buen rato de espera un criado anciano de semblante hosco. Al ver al

excusador, sus ojos duros y penetrantes expresaron asombro.

--¿D. Álvaro está?

Tardó en contestar.

--¡Ya se ve que está!--respondió al cabo.--No sale nunca.

--¿Y se le puede ver?

--¿Por qué no?

--Pues avísele usted que el teniente cura de la parroquia desea hablar

con él por encargo de su señora hermana D.ª Eloisa.

--No hay necesidad. Venga usted conmigo--replicó bruscamente.

Y después de cerrar y trancar con cuidado la puerta, echó a andar

delante. No dejó de sorprenderle al excusador el aire de autoridad del

viejo doméstico, y lo poco en que tenía la voluntad de su amo para

recibir o no las visitas. Después de atravesar un gran patio húmedo, mal

empedrado, donde crecía por todas partes la hierba, rodeado de columnas

toscas de piedra manchadas de musgo, ascendieron por una escalera de

piedra y tosca también, con los pasos gastados por el uso. En el piso

principal salvaron un ancho corredor abierto, con el pavimento de

madera, tan deteriorado que era preciso ir con cuidado para no meter el

pie por algún agujero. Por todas partes se observaba un abandono

extraño; las paredes sucias, descascarilladas, el suelo con un dedo de

polvo, los techos agrietados: no parecía una casa habitada, sino una

antigua abadía solitaria. La gran casa solariega de los Montesinos se

pudría, se derrumbaba, sin que su dueño intentase en ella la menor

reforma, sin que lo advirtiese siquiera. En el piso segundo el criado le

condujo al través de varias salas destartaladas y lóbregas, abrió al fin

una puerta de cristales con visillos sucios, después de echar una mirada

por el interior, dijo:

--No está aquí. Habrá subido a la biblioteca.

Vuelta a desandar lo andado. Hallaron en el corredor una puertecita

estrecha, y por ella entró el criado seguido del clérigo, subiendo por

una escalera de caracol más oscura y más sucia aún que el resto de la

casa. Cuando iban hacia el medio, el P. Gil oyó en lo alto una tosecilla

seca que volvió a apretarle el corazón de temor. La biblioteca se

hallaba en una de las dos torres cuadradas que la casa tenía a los

lados. Había una pequeña antesala sin mueble alguno, con puerta de

madera sin pintar, charolada por el uso, que el viejo empujó, diciendo:

--Álvaro, aquí tienes al señor excusador, que desea hablarte.

El susto que éste llevaba en el cuerpo no le impidió sorprenderse de la

confianza extraña del criado. ¡Un señor tan rico, tan noble, tan

misterioso, tuteado por un criado!

La biblioteca corría parejas con el resto de la casa en lo destartalada

y sucia. Era una gran pieza cuadrada, de techo abovedado, cuyas paredes

estaban cubiertas a trechos de tosca estantería con libros. Éstos

andaban asimismo amontonados por el suelo sin orden ni curiosidad

alguna. Los había encuadernados con pasta antigua, los había también en

rústica modernísima, pero todos eran víctimas por igual del descuido de

su dueño y de la inclemencia del polvo. Dos ventanas de vidrios

emplomados, sin cortinas, esclarecían la estancia. Una estufa moderna,

cuyo tubo, sostenido por alambres, salía por un cristal roto, la

calentaba. Cerca de una mesa deteriorada, cubierta por un hule todo

salpicado de tinta, estaba sentado en un sillón antiguo de vaqueta un

hombre cuya figura y atavío correspondían perfectamente al decorado de

la estancia. Era menudo de cuerpo, gordo de cabeza, el rostro pálido,

nariz y labios finos, los ojos pequeños y de un color indefinible, el

cabello bermejo y ralo, las manos diminutas y descarnadas. Vestía una

bata usada, mugrienta, traía anudado al cuello un pañuelo de seda, y se

cubría las piernas y los pies con una manta de viaje tan rapada y

grasienta como la bata.

Al abrirse la puerta levantó la cabeza, y sus ojos verdosos con puntos

amarillos, como los de los gatos, se clavaron en el sacerdote con una

curiosidad que llegó a ser insolente por el acto de no levantarse más

que a medias del sillón ni hacer siquiera una inclinación de cabeza. El

P. Gil se había despojado del sombrero canal, y se inclinaba confuso y

molesto bajo aquella fría y escrutadora mirada. El criado se retiró y

entornó la puerta. Después de preguntarle por la salud, tardó en hallar

palabras el sacerdote.

--Estará usted enterado, señor, de la desgracia que ha ocurrido hace

algunos días en la mar. Unas cuantas familias han quedado sin más amparo

que la capa del cielo y el de las almas caritativas. Confiado en la

caridad de este pueblo, emprendí la tarea de implorarla de casa en casa.

En cumplimiento de este deber y excitado por su señora hermana, me tomo

la libertad de venir a pedirle a usted para las pobres viudas y

huérfanos una limosna por el amor de Dios.

El dueño de la casa le contempló todavía unos instantes. Luego sacó del

bolsillo una llave, abrió un cajón de la mesa, sacó unas monedas de oro

y, alargando la mano, las depositó silenciosamente en la del sacerdote.

--Dios se lo pague a usted, señor--dijo éste.

No había más remedio que retirarse. D. Álvaro no decía una palabra ni le

invitaba a sentarse. Pero el hacerlo sin tentar de algún modo su

proyecto, le dolía tanto que permaneció inmóvil, a despecho de la mirada

de despedida que aquél le estaba clavando.

--No me sorprende su generosidad--dijo.--Su señora hermana me había

hecho muchos elogios de su corazón, y veo que no estaba equivocada.

--Supongo que a nadie más que a mi hermana habrá usted oído hacer

elogios de mi corazón.

La voz del mayorazgo de Montesinos era singularmente armoniosa y dulce,

y contrastaba notablemente con lo inarmónico y triste de su figura. El

P. Gil, que era la rectitud personificada, quedó un instante suspenso.

--En efecto, a nadie he oído hacer elogios de usted más que a su

hermana--dijo al cabo, con naturalidad.

Montesinos no pareció disgustado con esta respuesta, pero sus ojos

brillaron con más curiosidad, y volvió a examinar atentamente al clérigo

de los pies a la cabeza.

--Como los elogios de mi hermana no tienen valor alguno... saque usted

la consecuencia.

Una levísima sonrisa apuntó a sus labios al pronunciar estas palabras.

--Para juzgar a los hombres no me atengo al juicio de los hombres, sino

al de Dios. ¿Quién sabe la bondad o la maldad que pueden ocultarse en el

fondo de un alma? Hasta ahora lo único positivo que sé respecto a

usted, señor, es que no he llamado en vano a su puerta, es que los

huérfanos desvalidos bendecirán su nombre y su corazón.

Los ojos del caballero se desviaron bruscamente del clérigo y expresaron

malestar.

--El dar una limosna más o menos crecida nada tiene que ver con la

bondad del corazón. Damos lo que nos sobra. ¿Está usted seguro de que si

el dinero que acabo de darle me hiciese falta se lo daría?

--No, señor: de lo que estoy seguro es de que haría usted bien en darlo

aunque le hiciese falta--respondió gravemente el sacerdote.

El aristócrata le miró aún con más interés y quedó unos instantes

pensativo. Luego alzó los hombros con indiferencia.

--¡Ps! Yo no sé hasta qué punto es eso cierto. Suponiendo que mi dinero

sirviese para que vivan esos huérfanos, no es gran favor el que les

hago. Es más; si se considera lo que indudablemente les espera en esta

vida, puede asegurarse que les causo un terrible mal... Vivir abrumados

de trabajo, de sufrimientos, de angustias, y por fin de fiesta quizá una

muerte aterradora como la de sus padres allá entre las olas

embravecidas. ¡Hermoso porvenir! Bien pueden darnos las gracias esos

pobres chicos por la felicidad que les preparamos.

--Todo hombre tiene un destino que cumplir sobre la tierra.

--Conozco perfectamente ese destino. Padecer los innumerables dolores

que la naturaleza y nuestros semejantes nos proporcionan.

--Y si los padecemos con paciencia y los encomendamos a Dios, lograr la

recompensa reservada a los buenos.

D. Álvaro hizo una mueca de desdén, y levantándose de la silla con

señales de impaciencia, tendió la mano al sacerdote.

--Señor excusador, nuestra conversación, si se prolongase, podría

convertirse en disputa. Siempre es mala educación disputar con las

personas que vienen a visitarnos, pero en este caso, tratándose de un

sacerdote, sería una verdadera ofensa.

--Diga usted cuanto se le ocurra, señor. Mi deber es pregonar la verdad

sin temor a las ofensas.

El caballero volvió a mirarle esta vez con una benevolencia compasiva, y

acercándose a él y poniéndole una mano sobre el hombro, le preguntó

sonriendo:

--Vamos a ver, señor cura, si usted fuera Dios, ¿haría un mundo tan

perverso como éste?

--Esa pregunta más parece una burla...--respondió con señales de

tristeza y disgusto el clérigo.

--¡Lo ve usted cómo se ofende!... Lo que yo pretendo preguntarle es si,

teniendo usted en su mano fabricar un mundo bueno, poblado de seres

felices, eternamente felices, crearía usted por capricho otro lleno de

dolores, de tristezas, de amarguras, daría usted vida a unos pobres

seres, malos y buenos, por el gusto de recompensar a los buenos y

castigar a los malos.

--Dios no ha creado el mundo malo, sino bueno. Fue el primer hombre

quien se acarreó todos los dolores con su desobediencia.

--¡Ah, sí! El mito de la manzana. Yo no le creo a usted capaz, señor

excusador, de un capricho tan ridículo. ¿A qué conducía el reservar esa

manzana, sobre todo conociendo el carácter caprichoso de Eva y la

debilidad de Adán por ella? Pero dando por supuesto que esos dos

merecieran castigo, ¿qué tenemos que ver nosotros con su delito? Si una

persona le agraviase, ¿sería usted capaz de vengarse en sus hijos y sus

nietos? No lo creo. Principiaría usted por perdonar al ofensor, y si no

le perdonaba, al menos se guardaría de causar ningún daño a sus hijos.

Vea usted, por lo tanto, cómo me veo en la precisión de considerarle a

usted mejor persona que Dios.

Una ola de sangre subió al rostro del presbítero. El estupor, la

indignación, le trabaron la lengua.

--Eso es mofarse indignamente de las cosas más santas--articuló al

fin.--Me sorprende que habiendo usted recibido una educación cristiana

haya llegado a tal extremo de impiedad.

Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro macilento del hidalgo.

--Efectivamente, he recibido una educación cristiana... al menos según

se ha entendido hasta ahora el cristianismo. Mire usted, señor

excusador, yo he tenido un padre que era como Dios. Por la más leve

falta, hija de mi inexperiencia, de mi temperamento, de mi edad, me

imponía un castigo bárbaro, cruel. Si me dormía durante el rosario,

azotes; si cometía tres equivocaciones en la lección, azotes; si me caía

un borrón en la plana escrita, azotes; si corría por la casa, azotes; si

manchaba el vestido, azotes. ¡Siempre azotes!... Y no se tomaba siquiera

la molestia de dármelos por su mano: encargaba de la ejecución a Ramiro,

ese criado que le ha conducido a usted hasta aquí, el cual,

cristianamente, me los propinaba hasta hacerme sangre. Pero todavía mi

padre era mucho mejor que Dios en este punto; porque los azotes de

Ramiro duraban un rato, mientras que los que los diablos nos han de dar

durarán eternamente, según aseguran ustedes...

La sonrisa que vagaba por sus labios se apagó. Guardó silencio un rato:

quedó profundamente ensimismado. Sus ojos, fijos en el suelo, se

dilataron con expresión de terror. Por delante de ellos pasó en rauda y

lúgubre visión toda su infancia. Su padre, alto, seco, con su gran nariz

encorvada y cortante como el pico de un águila. Jamás le había visto

sonreír. La mitad de la vida la pasaba en la iglesia, donde se dejaba

caer de rodillas con un fuerte golpe que le hacía estremecer (a veces

imaginaba que tenía las rodillas de hierro o piedra). Sólo le hablaba

para reprenderle o exigirle el cumplimiento de alguna tarea. No tenía

más amigos que dos o tres clérigos, con los cuales le oía abominar del

liberalismo y la impiedad moderna. Se veía a él, pobre niño, enteco y

enfermizo, pasando dos y tres horas arrodillado en la iglesia, sin

gustar jamás el placer de correr al aire libre como los hijos de los

miserables pescadores, sin tener un compañero con quien comunicar sus

inocentes pensamientos. Un día igual a otro. El cielo siempre plomizo.

La mar bramando tristemente en las peñas. El viento aleteando con

violencia sobre los cristales. Y la casa silenciosa, lóbrega, sucia,

resonando de vez en cuando con los paseos lentos, acompasados, de su

padre. Veíase más tarde en Lancia estudiando la segunda enseñanza,

hospedándose en casa de un clérigo del mismo temperamento y costumbres

que su padre. Sus compañeros le despreciaban a causa de su debilidad,

de su falta de destreza; los profesores le miraban con recelo por su

carácter reservado y triste. Y por las vacaciones vuelta al lúgubre y

aborrecible palacio, al austero régimen, a los eternos rezos. A pesar de

sus ardientes deseos de seguir una carrera no lo consiguió. Su padre

consideraba indigno del mayorazgo de la casa de Montesinos el escribir

un pedimento o trazar una carretera: a los abogados los llamaba

curiales, a los ingenieros canteros, a los profesores maestrillos. La

milicia le agradaba, pero sus ideas tradicionalistas le impedían mandar

a su hijo a servir a un gobierno liberal. No pudiendo servir a su rey

con las armas, la vida de un noble debía ser levantarse temprano para

oír misa, echar un vistazo a su hacienda, platicar un rato con el

mayordomo, jugar al tresillo con los curas, dar luego con ellos un

paseo, rezar el rosario, confesarse a menudo y dar constantemente

ejemplo a los plebeyos de virtud y religiosidad, sin rozarse jamás con

ellos. Pero a pesar del gran respeto que mostraba a los sacerdotes y de

besarles la mano en público, Álvaro recordaba un pormenor que siempre le

había llamado mucho la atención: a la hora de comer los criados servían

antes al amo y a su hijo que al capellán de la casa. El orgullo

nobiliario latía aún más vivo en el corazón de su padre que el

sentimiento religioso; pero sabía aliarlos tan bien en el fondo de su

conciencia, que había llegado a creer que la religiosidad era una

cualidad privativa de los aristócratas, y que por ella se distinguían

mejor que por ninguna otra del vulgo despreciable.

Veíase en Peñascosa haciendo la vida de hidalgo desocupado, sometido

como un niño de diez años a la autoridad despótica de su padre. Su

espíritu imaginativo, soñador, no podía soportar aquella inacción.

Comenzó a leer a hurtadillas novelas que le proporcionaba una señora que

tenía estanquillo en la calle del Cuadrante. Subió después a la

biblioteca, donde un clérigo, hermano de su abuelo, que pasó por sabio

en vida, había dejado gran copia de libros, y comenzó a devorarlos. Leyó

a Platón, a Descartes, a Santo Tomás, a Fenelón, etc.

Se hizo sabio. Pero al entrar la luz de la ciencia en su espíritu,

también se deslizó la duda. ¡Qué tormentos tan crueles le causó! En su

vida, triste, monótona, sólo la religión, el pensamiento de Dios, la

promesa de la inmortalidad, de otro mundo más justo y más hermoso

endulzaba un poco el amargor de las horas. Y he aquí que repentinamente

desconfiaba de esta dulce promesa, dudaba de las verdades todas de la

religión, hasta de la existencia de Dios. En un principio anduvo

receloso, sombrío, temiendo que su padre le descubriera en los ojos sus

abominables pensamientos. Después, atormentado cruelmente, abrumado por

ellos, ansioso de hallar remedio a su mal, de una mano que le sostuviese

antes de caer en el abismo de perdición, tuvo el valor un día de

arrojarse a los pies de su padre y confesárselos. El viejo aristócrata

quedó aterrado, y para remediar la locura de su hijo (así la calificó)

no halló otro remedio que aconsejarle la penitencia, los ayunos, las

mortificaciones de todo género. Para él estas dudas no provenían más que

de rebeliones de la carne, a la cual había que combatir con la humildad

y las disciplinas.

Saltó pronto la barrera de la duda y cayó en el campo de la

incredulidad. Desde entonces, ni un momento de vacilación; más y más

convencido cada día de que este mundo no valía nada, y que fuera de este

mundo no había que esperar otra cosa. Murió su padre y se confesó con

remordimiento que no lo sentía. Respiró con ansia y delicia el aire de

la libertad. Hubo un momento en que la vida le pareció menos horrible;

el mundo tuvo para él una dulce sonrisa. Fue cuando, el bolsillo bien

repleto, se marchó a Madrid. Primero la ciencia le ofreció un consuelo y

un entretenimiento. Se puso al corriente con avidez de las últimas ideas

en filosofía, en historia, en ciencias naturales; alternó, discutió con

los hombres más eminentes de España. Y tuvo la satisfacción de observar

que allá en sus soledades de Peñascosa, meditando sobre los libros

antiguos, había llegado a los mismos resultados que los filósofos

modernos. Después vino el amor: un sueño dulce y embriagador, una música

penetrante y divina que le suspendió algún tiempo sobre la miseria de la

tierra, que le reconcilió con la vida y despertó en su corazón la

esperanza infinita, la ilusión de la dicha inmortal. La caída de aquel

mundo luminoso, encantado, risueño, fue bien cruel; una de las páginas

más negras que registra la historia de los hombres, ¡donde las hay tan

negras!...

--Por lo demás--dijo saliendo de su éxtasis doloroso y pasando la mano

de esqueleto por la frente,--yo he tomado bastante tiempo en serio esas

cosas que usted cree. Me ha costado mucho dolor, muchas horas de

insomnio, muchas lágrimas separarme de ellas. Déjeme usted que a cambio

de tantas lágrimas me ría ahora un poco.

--De modo--dijo el sacerdote con mal reprimida agitación--que, olvidando

por entero las creencias que usted mamó, la santa religión de sus

padres, se declara usted enemigo de Dios...

--Sí, señor, enemigo de Dios y de los hombres... Es decir, de Dios

desgraciadamente no puedo serlo, porque no existe. Si existiera, a

juzgar por sus obras, sería un Dios bien perverso. No pudiendo serlo de

Dios, lo soy de los hombres, no para hacerles daño, sino para huir de

ellos como se huye de las bestias feroces. Desde que nací me han hecho

experimentar muchos dolores. Sin embargo, nunca intenté vengarme de

ellos, porque sé muy bien que son malvados porque así los ha creado la

Naturaleza o el Destino; hacen daño como lo hacen las fieras, por el

egoísmo que ruge dentro de todo ser animado. El mundo está organizado

para devorarse los seres, unos a otros. Lo que pasa entre los peces pasa

entre los hombres; sólo que nosotros no abrimos la boca y nos tragamos

la víctima de golpe, lo cual, después de todo, es una ventaja para ella,

sino que la vamos devorando a pequeños mordiscos, arrancándole la carne

hasta dejarla en esqueleto... ¿No me ve usted a mí?--añadió con sonrisa

feroz apuntando a su rostro.--El pez que me ha comido lo entendía. No me

ha dejado más que los huesos.

El P. Gil, cada vez más aterrado, se atrevió a preguntar:

--¿Y usted piensa que no hay sobre la tierra ningún hombre honrado,

ninguna mujer virtuosa?

--Sí los hay, pero son productos excepcionales de la Naturaleza; mejor

dicho, son aberraciones de un organismo creado para el mal. Los hombres

buenos sufren las consecuencias de toda aberración; no pueden

subsistir. Todos los animales nacen con defensa para la lucha en el

combate de la vida, unos tienen dientes, otros tienen garras, otros

tienen cuernos, otros tienen alas para huir: el hombre bueno es el único

animal que carece de medios de defensa. No siendo apto para luchar, está

fatalmente destinado a perecer. Es la pobre mosca que se enreda en la

inmensa tela de araña labrada por los bribones que componen la inmensa

mayoría del género humano. El consuelo único que el hombre bueno puede

tener es que sus verdugos tampoco son felices. La vida es un gran fraude

para todos, para los buenos y para los malos. Dentro del universo se

oculta una fuerza astuta, perversa, que nos impulsa, que nos dirige

hacia un fin desconocido para nosotros, en el cual nada tenemos que ver.

Para este fin misterioso necesita de nosotros y nos obliga a

reproducirnos. No le importa que seamos desgraciados. El individuo para

ella es nada, la especie lo es todo. Obra como el dueño de una

ganadería, que antes de matar un buen caballo que ya no sirve, le obliga

a dejar una cría. Preocupada únicamente con la perpetuidad para que no

le falten jamás instrumentos, nos engaña con el señuelo del placer, de

la ambición o del orgullo. Usted mismo, que no obra por ninguno de estos

móviles, es igualmente un instrumento de la especie. Al preocuparse con

la suerte de esos pobres huérfanos, al buscar con afán los medios de

que vivan, obedece usted inconscientemente las órdenes de esa fuerza

malvada. Cuando no le basta el atractivo del placer para la conservación

de la vida, apela al sentimiento de compasión que ha puesto dentro de

nosotros.

El P. Gil, que escuchaba petrificado tal sarta de impiedades, sintió un

estremecimiento de horror al oír aquella interpretación monstruosa del

sentimiento de la caridad. A este estremecimiento sucedió una viva

irritación. Necesitó un gran esfuerzo de voluntad para no romper en

insultos contra el blasfemo.

--Todo eso está muy bien--dijo dominándose y sonriendo

forzadamente;--pero usted me dispensará que le haga una pregunta. En ese

pesimismo tan desconsolador que usted profesa, en la idea deplorable que

usted ha formado del mundo y de los hombres, en ese mismo ateísmo brutal

(¡perdón por la frase!) que tanto gusto tiene en exhibir, ¿está usted

seguro de que todo depende de la razón fría y serena? ¿No habrán

influido nada sus tristezas individuales, los acontecimientos

desgraciados de su vida?

Los ojos felinos del hidalgo brillaron iracundos; le había herido en lo

vivo.

--¡Ah, la eterna cantilena!--exclamó impetuosamente.--Cuando no se puede

atacar una teoría, se escudriñan los móviles del que la sustenta. ¿Qué

pretende usted probar con eso? Supongamos que el mundo es un paraíso,

que todos los hombres, menos yo, son felices, y que mi pesimismo depende

en un todo de mis desgracias. ¿Dejaré por eso de afirmar el mal que me

ha tocado en suerte? ¿No tendré derecho yo, criatura desdichada, a

calificar a Dios (caso de que lo hubiera) de perverso, puesto que

pudiendo haberme hecho feliz como a los demás me hizo desgraciado? Todo

el que padece sobre la tierra puede preguntar a Dios como Job: ¿Cuándo

la existencia te pidió la nada?... Por lo demás--añadió adoptando un

tono despreciativo, insultante,--desde que usted ha entrado por esa

puerta supe a lo que venía. No quiero discutir con usted, porque me

aburriré. Estoy persuadido de que la religión en que usted cree no es

más que un conjunto de hipótesis inocentes como las de todas las demás

religiones inventadas por la miseria y la cobardía de los hombres, que

no pueden resignarse a morir buenamente como los demás seres animados,

como nos lo enseña irrefutablemente la experiencia, que no pueden

convencerse de que han nacido para el dolor. Y esto no lo creo por

capricho, sino después de haber estudiado y meditado el asunto

largamente, después de haber seguido paso a paso con cuidado la historia

de las religiones más importantes. Si hubiera de elegir alguna entre

ellas, no sería ciertamente el cristianismo, que es una de las más

tristes e insensatas. Me sucede lo que a Goethe: la cruz me crispa los

nervios. Ni Santo Tomás, ni San Agustín, ni Fenelón, ni Pascal me han

convencido. Por consiguiente, ninguno de ustedes me convencerá. Usted no

tiene más respetabilidad para mí que la que le preste su carácter y sus

obras. De su ciencia y de la de todos sus colegas, obispos y arzobispos

me río a carcajadas.

Sus ojos brillaban con fiereza, mirándole de arriba abajo; pero estos

ojos se dulcificaron repentinamente al ver temblar una lágrima en los

del P. Gil.

--Dispénseme usted, señor excusador--se apresuró a decir, acercándose a

él,--si le he ofendido. Tengo mal carácter... me irrito con facilidad...

--Adiós, señor, adiós--respondió el P. Gil, estrechando la mano que

Montesinos le tendía.--A mí no me ha ofendido... Es a Dios a quien...

--Entonces estoy contento, porque eso no importa nada...--replicó

sonriendo.--Hasta la vista. Ya sabe que tiene aquí un amigo y una casa a

su disposición.

V

Salió de aquella casa maldita en un estado de confusión y tristeza

indescriptibles. No quiso ir a la de D.ª Eloisa, que le esperaba

impacientemente. Cuando más tarde la vio, manifestole su fracaso en

cortas y secas palabras.

Durante algunos días hizo esfuerzos para alejar de su pensamiento

aquella desagradable entrevista y hasta la imagen del blasfemo.

Abrumado, abatido por un recibimiento tan brutal, no imaginaba que

hubiese medio alguno de combatir aquel diablo rabioso henchido de ira y

de impiedad. Pero sus palabras resonaban noche y día en sus oídos, le

perseguían, le dolían como crueles latigazos. Conocía algunos

razonamientos de los herejes; aquellos que los libros de teología

traían, y que el autor, con la autoridad de los Santos Padres, refutaba

siempre victoriosamente. Sabía de la existencia de los racionalistas,

pero sus noticias eran deficientes y vagas. Jamás había visto expresado

de un modo tan cínico el ateísmo. No pensaba que hubiese quien estuviera

verdaderamente convencido de que Dios no existía.

Disipada, no obstante, al cabo de algún tiempo la impresión, no pudo

menos de pensar que se había amilanado pronto. Demasiado sabía que la

oveja no se le había de entregar de buenas a primeras, que iba a

encontrarse con un hombre avisado, erudito, a quien no se atraería con

cuatro lugares comunes. Entonces, ¿por qué abatirse repentinamente? ¿Por

qué darse por vencido sin luchar? El P. Gil se confesó, con su habitual

y sincera modestia, que no estaba preparado para este combate. Debajo de

las frases irónicas y cínicas del mayorazgo de Montesinos adivinaba un

estudio largo de la materia, un sistema meditado y completo. Para

combatir este sistema y los razonamientos que la impiedad puede alegar

era menester conocerlos de antemano, discutirlos y ponderarlos

previamente en la cabeza, para luego, al aparecer en la boca del

incrédulo, destruirlos, hacerlos polvo. Por eso no se atrevía a intentar

de nuevo aquella apetecida conversión.

Pero cuanto más difícil se le hacía, cuantos más obstáculos encontraba

en el camino, más vivos eran sus deseos de lograrla. En las vidas de los

santos había visto que jamás se daban por vencidos en su lucha con el

pecado. Por enorme, por imposible que la empresa fuera, una y otra vez

la acometían con creciente ardor, fiados únicamente en la ayuda de Dios.

Debía hacer otro tanto. Si le faltaban fuerzas, Dios se las prestaría.

Trabajar sin descanso hasta conseguir la vuelta del hijo pródigo, hasta

destruir este foco de impiedad que podía contagiar los corazones sanos

de Peñascosa, hasta remover aquella piedra de escándalo.

Quedó decidido en su pensamiento que volvería de nuevo a la carga. Pero

esta vez iría mejor apercibido; conocería perfectamente todos los

argumentos de los herejes y llevaría preparada la réplica. Comunicó con

su maestro el rector del seminario de Lancia el proyecto de la

conversión y le rogó que pidiese al prelado un permiso para leer libros

prohibidos. Tardó poco en mandárselo el rector, pero en la carta que lo

acompañaba no aparecía muy entusiasmado con la empresa de su discípulo.

El ascético sacerdote gozaba más con perfeccionar las almas creyentes y

buenas, que en atraer las que definitivamente se hallaban en las garras

del pecado.

Lo primero que se le ocurrió leer al P. Gil fue cierta _Vida de Jesús_,

muy popular a la sazón entre los impíos y de la cual se hablaba siempre

con desprecio mezclado de terror en el seminario. La leyó con profundo

dolor y tristeza. Nuestro Señor Jesucristo era considerado por el hereje

que la escribiera como hombre. Le prodigaba mil irrisorias alabanzas, le

manifestaba exagerada admiración, pero era para demostrar mejor su

condición exclusivamente humana y deslizar el veneno de la impiedad con

más fruto. El libro estaba atestado de patrañas. «El cristianismo,

decía, es un fenómeno histórico, y como tal debe ser estudiado

históricamente.» Esto era evidentemente absurdo, porque el cristianismo

significa la redención del género humano por el Hijo de Dios; es la

revelación de la verdad divina. El autor pedía que se examinasen los

relatos de los Evangelios mediante los mismos principios con que se

juzga cualquiera otra tradición, que no se impusieran de antemano a la

crítica los resultados y se la dejase libre de hipótesis preconcebidas.

Esto era otro absurdo, porque ¿cómo hemos de aplicar a la fe, a la

palabra de Dios, los mismos principios que a los hechos y a las palabras

de los hombres? De este modo iba respondiendo uno por uno a los

argumentos del autor racionalista, y deshaciéndolos.

Preocupado con esta discusión interior y ganoso de exteriorizarla, como

acaece con todo lo que llena y embaraza nuestro espíritu, se aventuró a

hacer otra visita al mayorazgo de Montesinos. Esta vez le recibió muy

bien, con exquisita amabilidad, como si le remordiese la conciencia de

su grosería pasada. Hablaron de cosas indiferentes. Montesinos tuvo

ocasión de manifestarle que tenía muy buenas noticias de su carácter,

que conocía las virtudes que le adornaban. El P. Gil se ruborizó con

estos elogios y respondió, sonriendo tristemente, que lo que quisiera en

aquel momento era tener mucho talento y mucha ciencia para convencerle

de la verdad de la revelación. «¿De cuál revelación?--le había

preguntado el hidalgo sonriendo también con benevolencia.--¿Cómo de cuál

revelación?--Sí, ¿de cuál? porque hay varias: los cristianos, los

buddhistas, los mahometanos, los judíos, todos creen su religión

revelada por Dios.--Hablo de la única verdadera, de la revelación de

Nuestro Señor Jesucristo.--¿Y en qué se funda usted para creer que ésa

es verdadera y las otras falsas?--En que las otras están llenas de cosas

monstruosas, irracionales--respondió imperiosamente el clérigo,--en que

sólo la religión del Crucificado llena todas las aspiraciones de nuestro

sentimiento y nuestra razón.--¡Tenga usted cuidado, señor

excusador!--exclamó el mayorazgo soltando una alegre carcajada--que

está usted haciendo depender la verdad revelada del aserto de la razón,

que está usted proclamando la supremacía de ésta, lo cual es una

proposición herética.--¿Cómo? ¿cómo?--preguntó aturdido el sacerdote.»

Pero Montesinos cambió la conversación bruscamente. No se atrevió a

insistir.

Le costó gran trabajo tragar aquella píldora. Estuvo una porción de días

sin poder pensar apenas en otra cosa. La idea de que sin darse cuenta de

ello pudiera incurrir en algún error condenado por la Iglesia le

inquietaba vivamente. Indudablemente el leer libros heréticos, el pensar

demasiado en los fundamentos de la religión era parecido a jugar con

fuego. Mejor haría en dejar los dados quedos y a Montesinos que se lo

llevase el diablo. Contra esta resolución clamaban todos los santos que

vivieron en el mundo y los mandamientos divinos que ordenan amar al

prójimo como a uno mismo. Por otra parte, presentía que su agitación

interior no iba a cesar. Las ideas de la _Vida de Jesús_ y las que había

oído a Montesinos bullían confusamente en su cerebro, y no se calmarían

repentinamente por un esfuerzo de la voluntad. ¿Por qué no había de

ahondar en el examen de los orígenes de la religión cristiana? ¿Por qué

no había de conocer hasta en sus últimos pormenores los datos de la

discusión, a fin de confundir, de pulverizar a cualquier racionalista

que se le presentase, por sabio que fuera? En esto no había peligro

alguno. La poca ciencia aleja de Dios: la mucha acerca.

Dedicose con ardor, con frenesí se puede decir, al estudio. Montesinos,

con quien empezó a intimar, puso a su disposición la biblioteca. Leyó

sin tregua, con atención profunda, los escritos más sobresalientes

acerca de las investigaciones críticas sobre el cristianismo primitivo,

sobre los libros del Nuevo Testamento y la historia de los dogmas. Bebió

a grandes tragos el veneno de la herejía sin percibir su sabor, con la

esperanza de que al agotar el vaso quedaría perfectamente tranquilo,

seguro para siempre de la insensatez y maldad que encerraba todo lo que

se opusiera a la Iglesia de Cristo. Mas ¡ay! no sucedió así. Al cabo de

algunos meses la duda levantó su cabeza hedionda en su espíritu

atribulado. Estuvo muchos días sin confesárselo, procurando engañarse a

sí mismo, desviando los ojos para no verla. Llegó un momento, sin

embargo, en que ya no fue posible. La infame se había ido enroscando

cautelosamente a su alma, se había apoderado insensiblemente de toda

ella. ¡Qué estupor! ¡Qué horrible desconsuelo!

La Biblia es la palabra de Dios. Lo que Dios sugiere es la infalible

verdad. En la Biblia no pueden existir narraciones falsas o

contradictorias. Esto se repetía el sacerdote a cada instante, hasta en

voz alta cuando se hallaba solo.

Si la Escritura no fuese de origen divino, ¿cómo se explica que Isaías

pudiese profetizar que Jesús nacería de una virgen y que había de ser en

Belén? ¿Cómo pudo el mismo Isaías, siglo y medio antes de Ciro, señalar

a éste como libertador de los judíos? ¿Cómo pudo Daniel, bajo el imperio

de Nabucodonosor, profetizar el nacimiento de Alejandro Magno y muchas

particularidades de su historia?

¿A quién dirigía con violencia el P. Gil estas contundentes preguntas

hallándose solo? A un heresiarca invisible que le replicaba silbando

como una serpiente: «Los diferentes libros de la Biblia son obra de los

hombres, como todos los demás que se atribuyen origen divino, el Corán,

los Vedas, etc. Son compilaciones de escritos de diversos géneros y

épocas. Los libros atribuidos a Moisés y a Samuel son compilaciones muy

posteriores, en las cuales se han introducido fragmentos de diferentes

épocas. Lo mismo pasa con los libros del Nuevo Testamento. Isaías no ha

pensado con su hijo de virgen para nada en Jesús. El último tercio de

las profecías de Isaías procede de un contemporáneo de Ciro y todo el

libro de Daniel de un contemporáneo de Antioco, por lo cual muy bien

pudieron profetizar lo que ya había sucedido.»

El P. Gil se tapaba los ojos, se mesaba los cabellos, horrorizado de

aquella disputa sacrílega. ¡Él, un ministro del Altísimo, buscando

reparos y contradicciones a las palabras del Espíritu Santo! Merecía que

la tierra se abriese repentinamente y se lo tragara. Aquellos libros

infames que le había prestado el hereje Montesinos tenían la culpa.

Arrebatado de santa indignación contra ellos, sin reparar en que no le

pertenecían, los cogió todos un día, hizo un montón con ellos en el

patio, y le dio fuego. D. Miguel, que estaba muy lejos de sospechar lo

que pasaba por el alma de su teniente, aplaudía desde el balcón con

fuertes risotadas el auto de fe.

Quedó más tranquilo desde que no tuvo en la habitación aquellos

perversos enemigos de su salvación. Dejó por completo la lectura y

entregose de nuevo a los deberes del confesonario, que tenía algo

abandonados. Y procediendo con sus dudas de crítica histórica como los

santos antiguos procedían con las tentaciones de la carne, comenzó a

mortificarse despiadadamente. Él, que hasta entonces se había mostrado

débil y cobarde en esta vía de perfección, siguiola ahora con arrojo,

ansioso de pagar con los dolores del cuerpo la rebelión escandalosa del

espíritu. Mucho le confortó y ayudó en este trance el ejemplo de la

piadosa hija de Osuna. Cada día descubría en el alma pura de su

penitenta nuevos tesoros de bondad y perfección cristianas. Creía estar

en presencia de una de aquellas elegidas del Señor, consagradas por la

Iglesia y adoradas por los fieles de toda la cristiandad: Santa Teresa,

Santa Isabel, Santa Catalina, Santa Eulalia, la beata Margarita de

Alacoque. Las mismas particularidades que había leído en la historia de

estas santas, observábalas ahora en su hija de confesión; la misma sed

de penitencia, iguales escrúpulos y temores, la misma humildad, los

mismos favores divinos.

Porque Obdulia, llena de vergüenza, como si se acusara de un pecado

grave, temblando de emoción, le había confesado que de vez en cuando

experimentaba desmayos hallándose en oración, caía al suelo

repentinamente, y en los breves momentos en que permanecía sin sentido,

veía unas veces a Jesús entre nubes rodeado de ángeles, escuchaba una

música divina, embriagadora; otras veces notaba que un ángel grande,

fuerte, hermoso, con dos alas inmensas y trasparentes, se acercaba a

ella y le ponía con dulzura la mano en la cabeza, diciéndole:

«Persevera;» otras, las más, percibía solamente una gran claridad, que

la bañaba toda de placer, sin ver a nadie; pero se sentía acompañada

como si todos los santos y santas del cielo vagasen invisibles a su

alrededor. Al principio, como confesor prudente, mostró no dar

importancia a aquellas visiones: podría muy bien estar equivocada; el

diablo finge muchas veces tales escenas para engañar a las almas

incautas, deslizando en ellas el veneno de la vanidad y la soberbia.

Obdulia persistía, sin embargo: los síncopes eran cada vez más

frecuentes y prolongados, las visiones más intensas; aseguraba con mal

reprimido fuego que veía a Jesús, que veía al ángel. El P. Gil dudaba

siempre, o fingía dudar, haciendo un gesto desdeñoso cada vez que la

joven relataba con labios temblorosos aquellos favores del cielo. Sólo

había un signo seguro para reconocer si venían directamente de Dios;

cuando el alma se perfecciona con ellos a tal punto que un levísimo

pecado venial le causa tanto dolor y tantas lágrimas como el más nefando

y mortal. Ahora bien, en ella todavía existían las rebeliones de la

carne, todavía apuntaba el amor propio. No podía juzgar divinos aquellos

deslumbramientos. Obdulia experimentaba un gran desconsuelo ante esta

actitud severa y reservada.

Pero poco a poco el sello que el sacerdote pedía para reconocer el

origen celestial de sus visiones fue apareciendo. El espíritu de la

joven se acendró de todas las impurezas. Su devoción a las prácticas

religiosas, sobre todo al sagrado pan eucarístico, era cada día mayor.

Se deshacía, se derretía en amor divino, rompiendo muchas veces en

exclamaciones de entusiasmo, en frases incoherentes, como si estuviera

loca. Y con esto, su humildad y sumisión tan perfectas, que bastaba una

mirada de su confesor para confundirla, para hacerle temblar y pedir

perdón por los actos más inocentes. A la postre no tuvo más remedio

aquél que inclinarse ante la voluntad de Dios y confesar su presencia.

Lo hizo con gran placer. Después de sus sacrílegas dudas, estaba ansioso

de ver los testimonios de la omnipotencia y de la bondad infinitas;

quería anegarse en el océano de lo inexplicable, de lo sobrenatural,

para escapar a la crítica minuciosa y perversa que todo lo marchita.

Considerose feliz, libre de ella, teniendo a su lado tan claro ejemplo

del poder milagroso de Dios. Creyó que así le advertía para que no

volviese a caer en la tentación, que le enviaba un faro para esclarecer

las tinieblas de su espíritu. Recordaba siempre lo que le había pasado

al P. Gracián, a quien Santa Teresa tanto ayudó en el camino de la

virtud con el ejemplo de su conciencia inmaculada. Y en el fondo de su

corazón nació un gran respeto a par que una inmensa gratitud hacia

aquella piadosa mujer, que le libertaba de las garras del demonio.

Escuchó con atención el prolijo relato de sus visiones, y armado de

santa emulación emprendió de nuevo con más ardor, si no con más fe, el

camino de las mortificaciones, que había abandonado mientras gimió en la

servidumbre de la duda.

Obdulia, que durante los últimos meses le había visto con pena

distraído, sintió gran alegría al hallarle de nuevo atento, solícito,

escuchándole horas enteras desahogar las menudas preocupaciones de su

espíritu sin impacientarse. Era un retorno feliz a la dulce confianza, a

las pláticas místicas, a las familiaridades de antes. Y como suele

acontecer en casos semejantes, se apretó más el lazo entre ellos; esto

es, la confianza y el afecto fueron mayores. Al cabo de poco tiempo

consultaba con su penitenta, no sólo los asuntos piadosos, sino también

los domésticos; era su consejera espiritual y temporal. La joven devota

penetraba todos sus pensamientos, a veces antes de formularse con

precisión en su cerebro.

--Padre, hoy está usted de mal humor; es porque no ha podido decir misa

en el altar de la Concepción como otras veces.--Tiene usted ojeras; bien

se ve que se ha pasado toda la noche rezando.--Ya sé por qué dijo la

misa el domingo más tarde: esperaba que llegase doña Eloisa.--Ese

alzacuello le aprieta a usted mucho. Está usted incómodo. ¿Quiere que yo

se lo arregle?...

Sus vidas se iban compenetrando insensiblemente. No sólo tenían un rato

de plática casi todos los días en el confesonario, sino que por la tarde

se veían en la iglesia, al rosario, y por la noche también a menudo en

casa de D.ª Eloisa. Además, de vez en cuando, para algún motivo piadoso,

como una novena, una reunión de la cofradía, etc., la joven iba a la

rectoral a consultarle, aunque le costase siempre un esfuerzo, porque

tenía gran miedo a D. Miguel. Se le había metido en la cabeza que éste

la miraba de mal ojo, que la despreciaba. Y acaso no le faltase razón

para suponerlo.

Esta confianza llegó a pecar de excesiva en algunas ocasiones. Al menos

así lo pensó el P. Gil. Obdulia se autorizaba de vez en cuando algunas

familiaridades que le chocaban, y en ocasiones llegaron a turbar

momentáneamente la limpidez de su conciencia. Un día le habló de sus

apuros económicos. El padre le daba poco dinero para los gastos de la

casa, y como tenía el vicio de la caridad, de dar limosnas a troche y

moche, había contraído deudas, que la mortificaban; sobre todo había una

tendera a quien debía veinte duros, que la molestaba a todas horas y le

amenazaba con decírselo a su papá. ¿No podría él facilitarle por poco

tiempo esta cantidad? El clérigo tampoco los tenía, pero se los pidió a

su madrina y se los entregó ruborizado. Ella los aceptó sin vergüenza

alguna, como la cosa más natural. Otro día le llevó a la iglesia el

paquete de cartas del novio que había tenido para que las leyese. Más

adelante le pidió el escapulario que traía al cuello, y tanto le instó y

tales pretextos adujo, que concluyó por obtenerlo. Al día siguiente le

confesó, sonriendo, que no había sido para ponérselo a una amiga que

acababa de morir, sino para traerlo ella sobre el pecho. Estas cosas

herían e inquietaban vagamente al joven sacerdote. Las bromitas que la

beata se permitía de palabra también rebasaban algunas veces los límites

convenientes. Un día le dijo repentinamente:

--¿Sabe usted lo que estoy pensando, padre? Que el ángel que viene

muchas veces a ponerme la mano sobre la cabeza tiene los ojos muy

parecidos a los de usted.

Y soltó la carcajada al decirlo. El clérigo rió también ruborizándose.

Luego quedó serio y de mal humor.

Un suceso extraño, que escandalizó a la villa, vino de un modo indirecto

a estrechar aún más su relación y a inquietar al P. Gil. Cierta noche se

despertó despavorido con el ruido de una detonación dentro de casa.

Levantose de un salto y acudió corriendo a la habitación de D. Miguel,

donde se figuró que había sonado. Al llegar a ella quedó petrificado de

terror ante la escena que apareció a su vista. Un hombre se revolcaba

en medio de la habitación en un charco de sangre, mientras D. Miguel, de

pie sobre la cama, agitaba triunfante una pistola gritando con sonrisa

feroz:--¡Ya cayó uno! ¡Ya cayó uno!--La mortecina luz de una bujía

tirada en el suelo alumbraba aquella fatídica escena.

El caso había sido que, hallándose el párroco en la cama, un hombre

había penetrado en su dormitorio, le había despertado y le intimó para

que le entregase el dinero. D. Miguel sin inmutarse echó mano al

chaleco, sacó la llave y la arrojó al medio de la habitación. Luego,

mientras el ladrón la recogía, sacó una de las pistolas que tenía debajo

del colchón y le descerrajó un tiro dejándole tendido. La bala le había

penetrado por los riñones. El excusador, dominando su espanto, se

apresuró a prestarle los auxilios espirituales. Sólo tardó tres horas en

expirar.

El suceso se comentó mucho y de muy diverso modo en el pueblo. Algunos

aprobaban la conducta del cura. Estaba en su derecho defendiéndose de un

facineroso que Dios sabe lo que haría con él después de robarle. Otros,

los más, la censuraban con acritud. Un sacerdote no puede obrar como los

demás en tal caso. Es un ministro de Jesucristo y debe proceder siempre

con caridad aunque sea en legítima defensa. El P. Gil estaba

profundamente indignado, aunque guardaba silencio. Un sacerdote, antes

que ensangrentar sus manos, no sólo debía dejarse robar, sino matar.

Nuestro Señor así lo había enseñado cuando San Pedro cortó la oreja al

soldado que venía a prenderle. Obdulia traslució bien los sentimientos

que le agitaban y le aconsejó que dejase la rectoral y se estableciese

en otra casa.

--Usted ya no puede vivir ahí después de lo que ha pasado, padre. El

susto que ha llevado ha sido muy fuerte, y todos los días tiene que

renovarse la impresión viendo el sitio.

No era esto precisamente lo que quería decir, sino que un hombre

verdaderamente cristiano y virtuoso debía de padecer mucho viviendo al

lado de quien acababa de dar muerte violenta a un semejante. Pero si no

lo decía con las palabras, se dejaba adivinar en la gravedad y tristeza

de su continente. El P. Gil no ansiaba otra cosa hacía mucho tiempo. La

compañía del párroco le era molesta, como ya sabemos. Ahora, después del

_asesinato_ (así lo calificaba su conciencia), se le había hecho

insoportable. D. Miguel había incurrido en la censura de la Iglesia, se

le retiraron las licencias para confesar y decir misa: mientras llegase

la rehabilitación pasaría una temporada. Aprovechando aquellos momentos

de flaqueza del terrible cura, con la ayuda de su madrina alquiló una

casita no muy lejos de la iglesia y se trasladó a ella. Una antigua

criada de D.ª Eloisa vino a servirle y a ser su ama de gobierno.

Libre ya del temor al párroco, Obdulia empezó a frecuentar la nueva casa

del excusador y a ejercer en ella una alta vigilancia. Enterábase de la

ropa blanca, del estado de las sotanas, de los alimentos que más placían

al padre, de las particularidades de su cama. Algunas veces venía a

ayudar al planchado o llevaba para aplanchar en su casa aquellas cosas

más delicadas, como las albas y los roquetes, recosía las medias que se

habían roto, quitaba las manchas de las sotanas, etc. Éstas eran las

tareas ordinarias. Pero también se ocupaba en alguna obra más fina, en

bordarle un amito, o unos corporales o cualquier otra prenda de las

vestiduras sacerdotales. D.ª Josefa, el ama de llaves, no aceptaba de

buena gana este protectorado; pero como aún no había echado raíces

hondas en la casa y observaba la estrecha amistad que aquella señorita

llevaba con su amo, no se atrevía a protestar. Contentábase con murmurar

de ella cuando iba a visitar a su antigua señora y llamarla entrometida

y tonta. Más adelante fue tascando el freno de peor voluntad aún y

concluyó por desbocarse, como ya tendremos ocasión de ver. Tampoco el P.

Gil estaba tranquilo ni satisfecho en la atmósfera de atenciones

delicadas, de afecto y veneración en que la joven le tenía envuelto.

Por más que la profesaba viva admiración y tenía en cuenta sus

consejos, sentía un vago malestar cada vez que la veía ocupándose del

cuidado material de su persona. Le parecía a él que esto era rebajar el

carácter de aquella amistad espiritual, formada y sostenida para mejorar

sus almas, para ayudarse en el camino de la perfección. No tenía noticia

alguna de que Santa Teresa repasase las medias de San Juan de la Cruz.

Además, no se comprendía muy bien el desprecio de la carne, que tan bien

practicaba ella, con las comodidades de que pretendía rodearle. ¿Por qué

había de ser tan severa para ella y tan blanda para él? ¿Por ventura, le

suponía tan débil y cobarde que no podía vivir sin tales cuidados?

El P. Gil meditaba esto, apoyado en la baranda de un corredor enrejado

que su habitación tenía sobre el mar. El sol declinaba entre celajes

carmesíes, envolviendo en una onda de luz tibia y rojiza el pueblo y la

rada. El lienzo de rocas que la cierra allá enfrente alzaba su masa

enorme sobre las aguas, proyectando ya una vasta región de sombra. Y

entre aquel negror los ojos del presbítero percibían el fulgor de las

olas, mostrando y apagando a cortos intervalos su blancura. El muelle

estaba desierto: aún no era llegada la hora de la vuelta de las lanchas.

Los pataches y quechemarines cabeceaban dulcemente, aburridos de su

inacción. Una gaviota volaba en círculos concéntricos rozando con sus

alas la superficie del agua. El suave lejano rumor de las olas henchía

el ambiente dormido de un murmullo sordo. La pequeña ensenada sólo vivía

del juego movible de la luz que la bañaba de una claridad sangrienta que

se iba retirando lentamente detrás de las peñas.

Tan absorto estaba, que D.ª Josefa necesitó llamarle tres veces desde la

puerta para conseguir que se volviese.

--¿Qué hay?

--Una señora está abajo preguntando por usted. Dice que necesita

hablarle en seguida.

--¿Una señora?--replicó el P. Gil abriendo mucho los ojos.--Será la

señorita Obdulia.

--No, señor, no es ésa--replicó el ama haciendo con los labios un gesto

de desdén.--La señora que aguarda abajo es mucho más guapa y elegante.

--¿No la conoce usted?--preguntó algo acortado por la intención que

advertía en las palabras de D.ª Josefa.

--No, señor, es forastera.

--Pues hágale usted subir.

Tardó pocos segundos en aparecer una linda joven como de veinticuatro

años, rubia, de rostro blanquísimo y facciones delicadas, vestida con

elegancia peregrina. En su vida había visto el P. Gil, ni aun en Lancia,

una dama tan distinguida. Su traje era sencillo, de viaje, pero tan

original el corte y con tal lujo y esmero en los pormenores, que se

echaba de ver inmediatamente la elevada calidad de la persona. Despedía

de ella un perfume suave que vino a herir su nariz así que puso el pie

en el cuarto. Mirola con sorpresa, que se convirtió en estupefacción al

ver que la dama avanzó con resolución hasta él, y sin decir palabra se

dejó caer de rodillas a sus pies sollozando.

--¡Señora... por Dios... levántese usted!--dijo aturdido.

La dama no se movió.

--Señora, levántese usted--repitió de nuevo cogiéndola suavemente por un

brazo.

La forastera se levantó en silencio y se dejó caer en una silla, alzó el

velito del sombrero que le tapaba los ojos y se los enjugó con el

pañuelo. El P. Gil, en pie frente a ella, aguardaba a que se explicase.

Y como no daba señales de hacerlo, antes se tapaba el rostro cada vez

más, aventurose a decir:

--Señora, desearía saber en qué puedo servirla...

Todavía tardó unos instantes en responder. Al cabo dijo, sin apartar el

pañuelo de los ojos:

--Soy la esposa de D. Álvaro Montesinos.

El excusador dio un paso atrás involuntariamente.

¿Cómo? ¿aquella dama era la mujerzuela despreciable que había hecho la

desgracia de D. Álvaro, de quien su madrina D.ª Eloisa hablaba siempre

con horror? Por ésta conocía la triste historia del aquel matrimonio. El

heredero de la casa de Montesinos se había enamorado como un loco de una

joven de buena familia, pero sin dinero; una de esas chicas que suelen

verse en Madrid en todos los teatros y en todos los saraos a la caza de

un marido rico. Aun con serlo Montesinos, Joaquinita Domínguez (que así

se llamaba) le dio cordelejo una temporada, esperando tal vez que

llegase otro con la misma hacienda y mejor figura; porque la del

mayorazgo de Peñascosa era, cierto, de lo más raquítico y desgraciado

que pudiera verse. Mas como no llegaba, resolviose un día a enamorarse

perdidamente de él y se lo demostró de un modo que no daba lugar a

dudas. «Todo el Madrid elegante» recordará a una linda rubia abonada al

turno primero par del teatro Real, que se pasaba la noche charlando con

un caballero flacucho y pálido sentado en la fila de atrás; que en el

teatro de la Comedia y en el de Apolo no le quitaba los gemelos de

encima desde su platea; que lo llevaba de remolque en el paseo del

Retiro, y hasta por las mañanas, cuando iba de tiendas, se la veía con

él, escoltados por la mamá. Enteramente convencido de su amor, el

hidalgo la pidió en matrimonio, y la obtuvo no sin algún trabajo, pues

a la mamá costole muchas lágrimas entregarle aquella joya, que era la

alegría de la casa. En los primeros cuatro meses gastó D. Álvaro la

renta de todo el año. Joaquinita quiso coche y palco en los teatros, y

dio reuniones y saraos. Pero estaba tan hermosa y su marido la

encontraba tan alegre, que con el amor frenético que la profesaba no le

hubiera rehusado ni la sangre del corazón si un día se la pidiera

después de un beso de amor largo, oprimido, espasmódico, como los que le

daba cuando tenía que pedirle una _rivière_ de brillantes o una

_sociable_ de doble suspensión.

A los seis meses justos se le antojó a la joven esposa viajar por

Europa, un viaje largo que había de durar un año o más; visitar toda

Francia, Italia, subir luego a Inglaterra, pasar a Alemania y correrse

hasta San Petersburgo. El enamorado Montesinos no puso obstáculos a este

deseo, aunque debiera ponerlos. Necesitábase un capital respetable para

realizarlo, atento a las comodidades y boato con que Joaquinita

pretendía viajar. Pidió a préstamo sobre algunas de sus fincas 30.000

duros y salieron de Madrid. En Hendaya vieron en la fonda del

ferrocarril tomando chocolate a Federico Torres, un sietemesino

madrileño hijo de un ministro del Tribunal de Cuentas. A Joaquinita

siempre le había sido muy antipático, sin saber por qué.

--¿Adonde irá este títere?--preguntó por lo bajo, después de

corresponder fríamente a su saludo.

Montesinos alzó los hombros con indiferencia.

--¡Qué pelea le tienes a este chico! Yo le encuentro fino y agradable.

--¡Qué horror!--exclamó ella riendo.

En Pau volvieron a verle en la estación, y ya no le vieron más. En

Marsella pensaba el matrimonio detenerse cuatro o cinco días; pero al

tercero, viniendo D. Álvaro de la estación de arreglar el asunto del

sleeping-car para el día siguiente, con gran sorpresa no encontró a su

esposa en casa. La sorpresa convirtiose en horrible estupor al observar

el desorden de la habitación. El gran baúl mundo de su mujer había

desaparecido. Había diferentes prendas de ropa por el suelo. Los criados

le dijeron que la señora había hecho trasportar el baúl después de irse

él para facturarlo en doble pequeña, según decía. Luego había salido y

no había vuelto. Montesinos, aturdido, horrorizado de la idea que le

cruzaba por el cerebro, abrió con mano convulsa el secreto del cofre

donde guardaban el dinero. Ni un céntimo había allí ya. Comprendiendo de

una vez toda su desgracia, cayó al suelo como herido por un rayo. Estuvo

algunos días entre la vida y la muerte. Cuando recobró el conocimiento,

hizo telegrafiar a su cuñado D. Martín, el cual se presentó

inmediatamente y le condujo a Peñascosa. No tardó en saberse que

Joaquinita se había escapado con Federico Torres, y que viajaban

alegremente por Europa con el dinero del hidalgo.

Ésta era la mujer que tenía delante el P. Gil. Después de aquel primer

movimiento de repulsión, se rehizo y dijo:

--Serénese usted un poco, señora, y dígame en qué puedo favorecerla.

--Acabo de llegar de Madrid--articuló con trabajo la dama,--y me he

dirigido a casa de mi marido, con quien hace tiempo estoy reñida...

Deseaba reconciliarme con él... que concluyese esta separación tan fea y

tan escandalosa... Un criado viejo que tiene... ¡un bruto!... no me

permitió verle... me cogió por el brazo... me arrojó de casa a

empellones... ¡sí, a empellones!

Aquí la dama volvió a estallar en sollozos, y se tapó de nuevo el rostro

con el pañuelo.

El clérigo esperó a que continuase; pero viendo que no lo hacía, tomó de

nuevo la palabra.

--Siento mucho ese percance, señora... Pero no creo que haya motivo para

tal desconsuelo. Las ofensas que se perdonan no se sienten. Perdone

usted a ese pobre criado que ha obrado sin saber lo que hacía, y dígame

qué es lo que puedo hacer en su obsequio.

Secose los ojos la esposa infiel. Volvieron a humedecérsele y volvió a

secarlos.

--Según me han dicho ahí en la posada, usted es la única persona que

visita a mi marido... Yo le suplico, por lo más sagrado, ya que es usted

su amigo, que intervenga para que termine nuestra separación. Lo deseo

hace mucho tiempo con ansia... Confieso que no he sido buena para él...

--Sí, sí; lo sé todo--interrumpió el clérigo con impaciencia.

La dama se puso fuertemente colorada.

--Confieso que le he ofendido gravemente... Fue un momento de

obcecación... una tentación del demonio... Pero yo siempre le he

querido... y le quiero... No tengo inconveniente en humillarme, en

pedirle perdón de rodillas... Ya ve usted, padre, si no le quisiera no

me humillaría... ¡Me horroriza la idea de no obtener su perdón, de morir

lejos de él sola, maldita! ¡Ah, qué porvenir tan espantoso!... Si mucho

he pecado, crea usted que mucho he padecido en estos últimos tiempos...

--Señora, ya puede usted comprender si yo tendría satisfacción en unir

un matrimonio disuelto... lo mismo el de usted que cualquier otro. Mi

misión es predicar la concordia entre los hombres y morir por ella si es

preciso. Aun sin pedírmelo tengo el deber, por mi cargo, de procurar en

esta parroquia la reconciliación de los matrimonios desavenidos... Pero

este caso es delicado. Aparte de la ofensa gravísima que usted ha

inferido a su esposo, del escándalo que la acompañó, de los que la

siguieron, todo lo cual dificulta extraordinariamente la reconciliación,

aparte de eso, repito, hay otra dificultad mayor. Y es que su marido de

usted está fuera de la Iglesia católica. No tengo sobre él otra

influencia que la que puede dar una amistad superficial. Ninguno de los

razonamientos a los cuales pudiera yo apelar como sacerdote tiene fuerza

sobre su ánimo. Al contrario, dadas sus ideas, es posible que sirviesen

para embravecerle más, o cuando menos de mofa...

--Sí, sí--interrumpió la dama con voz chillona, malévola,--mi marido ha

sido siempre un impío, un ateo escandaloso.

--Señora, de poco sirve creer si se obra como si no se creyera--replicó

severamente el excusador, a quien había herido el tono agresivo de la

dama, tan contrario a la humildad de antes.

Tornó a ponerse colorada y bajó los ojos afectando de nuevo una gran

contrición. El P. Gil prosiguió:

--De todos modos, como cristiano y como sacerdote, estoy dispuesto a

hacer todo lo que puedan mis fuerzas por conseguir lo que usted desea.

Dudo mucho del éxito de mi intervención... Sé también que me expongo a

ser arrojado como usted de la casa, pero no me importa. Cumpliré mi

deber, y si no conseguimos nada, me quedará al menos la satisfacción de

haberlo cumplido...

Quedose pensativo unos instantes, mientras la dama mantenía sobre él una

mirada intensa y ansiosa. Luego, como si hablase consigo mismo más que

con ella, prosiguió:

--El dirigirme ahora a casa de D. Álvaro ofrece inconvenientes. La gente

del pueblo es curiosa... Vendrían las hablillas... después el

escándalo... Opino que deberíamos aguardar un rato a que concluyera de

oscurecer, o mejor aún, que yo fuese por delante a tantear el asunto...

--¡No! ¡no!--exclamó la dama.--No le prevenga usted. Se negaría a

recibirme. Es necesario cogerle de improviso; aprovechar el primer

movimiento de su corazón, que es generoso. Luego, cuando reflexiona, se

hace malo, burlón...

--Como usted quiera. Entonces, aguardaremos.

Pero en el instante de pronunciar esta palabra se hizo cargo de lo

inconveniente de permanecer tanto tiempo a solas con una mujer, y dijo

un poco turbado:

--Usted me permitirá que mientras tanto la deje sola unos momentos...

Soy con usted en seguida.

En vez de ser con ella, mandó a su ama para que la acompañase. Sólo

cuando la luz se hubo extinguido por completo subió de nuevo con el

sombrero en la mano, preparado a salir. La esposa de D. Álvaro, así que

le vio en esta traza, se levantó de la silla.

Había cerrado ya la noche. La gente de mar se había retirado a sus casas

o a las tabernas. Por la larga, sinuosa calle del Cuadrante circulaban

pocos transeúntes. El excusador y la esposa de Montesinos caminaron un

rato en silencio en dirección al Campo de los Desmayos. Al aproximarse a

él ambos se sentían agitados, temerosos. Tanto para calmarse un poco

como para prevenirse, se detuvieron un instante, y metiéndose en el

hueco de una puerta, cuchichearon con animación. El P. Gil insistía en

su idea de entrar primero en la casa y explorar el ánimo de D. Álvaro:

tenía miedo a un escándalo. La dama se oponía con calor, convencida

hasta la evidencia de que su marido se negaría en absoluto a recibirla,

y tomaría precauciones para que no pisase el suelo de su casa. Cuando

más embebidos se hallaban en la discusión, del hueco de otra puerta

cercana salió una sombra estrecha, elevada, y se aproximó a ellos

rápidamente.

--Buenas noches, padre, buenas noches.

Era la hija de Osuna. Había en la inflexión de su voz al pronunciar

estas palabras cierta ironía, mezclada de cólera, que sorprendieron a la

vez a la dama y al sacerdote. Éste levantó la cabeza y respondió

fríamente:

--Buenas noches, hija.

--¿Va usted a hacer oración, o viene usted?--preguntó con el mismo

retintín y sonriendo.

--Ni voy ni vengo de hacer oración, hija mía. En este momento me ocupo

de asuntos de mi ministerio--replicó en tono severo el P. Gil.

Pero este tono, en vez de sosegar a la joven o amedrentarla, la encrespó

al parecer.

--Usted siempre haciendo algo por Dios, padre, ¡ji! ¡ji! lo mismo en la

iglesia, que a la cabecera de los moribundos... que en los huecos de las

puertas, ¡ji! ¡ji!... Si usted se muere antes que yo, ya tiene usted un

testigo de alguno de sus milagros para que le canonicen... Vaya, no

quiero estorbar el milagro. Hasta la vista. ¡Ji! ¡Ji!

Y cuando hubo dado dos o tres pasos, sin volverse dijo:

--¡Y que aproveche!

La esposa de Montesinos levantó la cabeza y clavó en el P. Gil una

mirada de estupor y curiosidad.

--¿Qué es eso?

El sacerdote, rojo de vergüenza y de indignación, alzó los hombros en

señal de ignorancia y echó a andar hacia el caserón de Montesinos.

La Fe · 第 10 / 23 题