Desde aquella noche el P. Gil no soñó con otra cosa. La fiebre del
apostolado le encendió de tal modo que no dejó rincón vacío en su
cerebro para otro pensamiento. Dentro de él entablose una lucha sorda
entre el deseo vivo y ardiente de ennoblecer su vida con la conquista de
un enemigo encarnizado de la Iglesia, y el miedo desapoderado, loco, que
sin saber por qué le inspiraba. En sus continuos paseos por la estancia
que ocupaba en la rectoral, mientras con el breviario en la mano decía
los rezos obligatorios, a menudo se detenía ante la ventana, levantaba
la punta del visillo y dirigía una mirada tímida y ansiosa al palacio de
Montesinos. Allí estaba, adusto, impenetrable, hostil como un baluarte
fabricado por la impiedad. Los balcones eternamente cerrados. El hombre
misterioso que lo habitaba debía de odiar tanto la luz del sol como la
de la fe. El P. Gil dirigía luego la vista al cielo y daba gracias a
Dios desde el fondo del corazón por haberle tenido siempre de su mano,
por haberle hecho nacer y vivir en la región luminosa de las santas
creencias cristianas.
En vano trató de inquirir pormenores de la vida y carácter de aquella
oveja descarriada a quien ansiaba traer al redil. Los datos que le
suministraron eran contradictorios. Mientras su hermana y algunas otras
personas se lo presentaban como un perfecto caballero, un hombre de buen
fondo, extraviado por las malas compañías y la lectura de libros impíos,
otras, que también pretendían conocerle desde la infancia, lo pintaban
como un ser avieso, mal intencionado, riendo siempre de las desgracias y
las flaquezas del prójimo, insolente y agresivo de palabra, ya que de
obra no podía serlo por su natural débil y enfermizo. A este propósito
narraban algunas anécdotas de su infancia y adolescencia que acreditaban
esta opinión. Otros, en fin, le tenían por un desdichado, por un hombre
a quien los desengaños de su carrera literaria y los profundos pesares
domésticos habían llenado el corazón de hiel. Suponían que Montesinos,
aficionado a las letras, enamorado de la gloria, había ido a Madrid. En
vez de ella, sólo halló glacial indiferencia: esto, unido a la
catástrofe de su matrimonio, le había obligado a retirarse de nuevo a
Peñascosa «rabo entre piernas,» como decían pintorescamente los graves
biógrafos. Y terminaban afirmando que Montesinos desahogaba su amargura
y despecho blasfemando de palabra cuando se le presentaba la ocasión y
publicando artículos en los periódicos y revistas de los masones. El P.
Gil no sabía a qué atenerse. Inclinábase, no obstante, a esta última
opinión, que conciliaba hasta cierto punto la benévola de su hermana y
ciertos amigos con la mala fama que tenía en el pueblo. Lo que no dejaba
de sorprenderle era que mientras el clero y los tradicionalistas de
Peñascosa le detestaban cordialmente, los pocos republicanos y masones
que había en la villa no le demostraban estimación alguna. Decíase que
Montesinos se reía de ellos con más gana aún que de los católicos, y que
había huido constantemente su trato.
Todas estas noticias, que recogía de un lado y de otro disimulando, por
supuesto, su proyecto, no eran a propósito para apartarle de él. El
misterio impenetrable que envolvía el carácter de aquel hombre le
interesaba cada día más, y más le atemorizaba. Sabía cuánto importaba
atraer un alma perdida al seno de la Iglesia; pero cuando esta alma era
la de un hereje, un enemigo encarnizado de ella, el acto crecía
desmesuradamente a los ojos de Dios. Dando vueltas a la idea, concibió
varias veces el propósito de acercarse inmediatamente a él, hablarle y
convencerle con razones y con ruegos; mas pronto lo abandonaba temiendo
un fracaso. No era que le mortificase lo más mínimo en su amor propio:
estaba resuelto a padecer por Dios con alegría toda clase de martirios,
cuanto más una injuria. Lo que temía era tener que renunciar a una
empresa tan noble y gloriosa. Poco a poco llegó a convencerse de que el
mismo Dios se la encomendaba especialmente, que ésta era la tarea
principal que le había impuesto al enviarlo a Peñascosa. Y convencido de
que lo sublime del propósito no empece a que se adopten los medios más
eficaces para llevarlo a feliz remate, resolviose a comunicarlo con su
madrina doña Eloisa y a pedirle ayuda. Grande fue el gozo de la buena
señora al recibir la confidencia. Aplaudió de todas veras el proyecto,
que satisfacía los deseos más ardientes de su corazón, y prometió hacer
cuanto humanamente fuese posible por que tan hermoso sueño se realizase.
Hubo entre ambos largas pláticas, en que se buscaron y ponderaron los
medios de llevarlo a cabo; se trazaron y se rechazaron diferentes
planes; por último, quedaron convenidos en que el excusador fuese a la
morada de D. Álvaro por encargo de su hermana a pedirle una limosna
para las viudas y los huérfanos de unos pescadores que habían perecido
recientemente en la mar. Aprovechando la ocasión, podía tantearle,
hacerse amigo suyo y dar comienzo poco a poco a la obra de su
conversión. D.ª Eloisa no dudaba del éxito, fiada en el buen fondo de su
hermano y en la virtud y la ciencia de su ahijado. Cuando alguna vez le
había hablado de las prácticas religiosas, Álvaro había respondido con
alguna invectiva grosera contra los clérigos de Peñascosa; a unos los
consideraba idiotas, a otros malvados; de todos se reía a mandíbula
batiente. Pero ¿qué podía decir de este muchacho tan bueno, tan
estudioso, de costumbres tan puras y austeras?
Él no estaba tan confiado. A medida que se acercaba el día de la visita,
sentíase más agitado y medroso. Pedía con insistencia a Dios que le
diese fuerzas y valor, y preparaba sus argumentos y hasta sus frases con
una atención exagerada. Una mañana, después de haber estado en oración
largo rato, salió de la rectoral con paso firme, salvó la pequeña
distancia que le separaba del palacio de Montesinos, penetró en el
lóbrego portal y tiró del grasiento cordel de la campana. Ésta sonó a lo
lejos cascada y triste. El corazón del sacerdote se contrajo, a pesar
del ánimo que la oración le había infundido. Presentose al cabo de un
buen rato de espera un criado anciano de semblante hosco. Al ver al
excusador, sus ojos duros y penetrantes expresaron asombro.
--¿D. Álvaro está?
Tardó en contestar.
--¡Ya se ve que está!--respondió al cabo.--No sale nunca.
--¿Y se le puede ver?
--¿Por qué no?
--Pues avísele usted que el teniente cura de la parroquia desea hablar
con él por encargo de su señora hermana D.ª Eloisa.
--No hay necesidad. Venga usted conmigo--replicó bruscamente.
Y después de cerrar y trancar con cuidado la puerta, echó a andar
delante. No dejó de sorprenderle al excusador el aire de autoridad del
viejo doméstico, y lo poco en que tenía la voluntad de su amo para
recibir o no las visitas. Después de atravesar un gran patio húmedo, mal
empedrado, donde crecía por todas partes la hierba, rodeado de columnas
toscas de piedra manchadas de musgo, ascendieron por una escalera de
piedra y tosca también, con los pasos gastados por el uso. En el piso
principal salvaron un ancho corredor abierto, con el pavimento de
madera, tan deteriorado que era preciso ir con cuidado para no meter el
pie por algún agujero. Por todas partes se observaba un abandono
extraño; las paredes sucias, descascarilladas, el suelo con un dedo de
polvo, los techos agrietados: no parecía una casa habitada, sino una
antigua abadía solitaria. La gran casa solariega de los Montesinos se
pudría, se derrumbaba, sin que su dueño intentase en ella la menor
reforma, sin que lo advirtiese siquiera. En el piso segundo el criado le
condujo al través de varias salas destartaladas y lóbregas, abrió al fin
una puerta de cristales con visillos sucios, después de echar una mirada
por el interior, dijo:
--No está aquí. Habrá subido a la biblioteca.
Vuelta a desandar lo andado. Hallaron en el corredor una puertecita
estrecha, y por ella entró el criado seguido del clérigo, subiendo por
una escalera de caracol más oscura y más sucia aún que el resto de la
casa. Cuando iban hacia el medio, el P. Gil oyó en lo alto una tosecilla
seca que volvió a apretarle el corazón de temor. La biblioteca se
hallaba en una de las dos torres cuadradas que la casa tenía a los
lados. Había una pequeña antesala sin mueble alguno, con puerta de
madera sin pintar, charolada por el uso, que el viejo empujó, diciendo:
--Álvaro, aquí tienes al señor excusador, que desea hablarte.
El susto que éste llevaba en el cuerpo no le impidió sorprenderse de la
confianza extraña del criado. ¡Un señor tan rico, tan noble, tan
misterioso, tuteado por un criado!
La biblioteca corría parejas con el resto de la casa en lo destartalada
y sucia. Era una gran pieza cuadrada, de techo abovedado, cuyas paredes
estaban cubiertas a trechos de tosca estantería con libros. Éstos
andaban asimismo amontonados por el suelo sin orden ni curiosidad
alguna. Los había encuadernados con pasta antigua, los había también en
rústica modernísima, pero todos eran víctimas por igual del descuido de
su dueño y de la inclemencia del polvo. Dos ventanas de vidrios
emplomados, sin cortinas, esclarecían la estancia. Una estufa moderna,
cuyo tubo, sostenido por alambres, salía por un cristal roto, la
calentaba. Cerca de una mesa deteriorada, cubierta por un hule todo
salpicado de tinta, estaba sentado en un sillón antiguo de vaqueta un
hombre cuya figura y atavío correspondían perfectamente al decorado de
la estancia. Era menudo de cuerpo, gordo de cabeza, el rostro pálido,
nariz y labios finos, los ojos pequeños y de un color indefinible, el
cabello bermejo y ralo, las manos diminutas y descarnadas. Vestía una
bata usada, mugrienta, traía anudado al cuello un pañuelo de seda, y se
cubría las piernas y los pies con una manta de viaje tan rapada y
grasienta como la bata.
Al abrirse la puerta levantó la cabeza, y sus ojos verdosos con puntos
amarillos, como los de los gatos, se clavaron en el sacerdote con una
curiosidad que llegó a ser insolente por el acto de no levantarse más
que a medias del sillón ni hacer siquiera una inclinación de cabeza. El
P. Gil se había despojado del sombrero canal, y se inclinaba confuso y
molesto bajo aquella fría y escrutadora mirada. El criado se retiró y
entornó la puerta. Después de preguntarle por la salud, tardó en hallar
palabras el sacerdote.
--Estará usted enterado, señor, de la desgracia que ha ocurrido hace
algunos días en la mar. Unas cuantas familias han quedado sin más amparo
que la capa del cielo y el de las almas caritativas. Confiado en la
caridad de este pueblo, emprendí la tarea de implorarla de casa en casa.
En cumplimiento de este deber y excitado por su señora hermana, me tomo
la libertad de venir a pedirle a usted para las pobres viudas y
huérfanos una limosna por el amor de Dios.
El dueño de la casa le contempló todavía unos instantes. Luego sacó del
bolsillo una llave, abrió un cajón de la mesa, sacó unas monedas de oro
y, alargando la mano, las depositó silenciosamente en la del sacerdote.
--Dios se lo pague a usted, señor--dijo éste.
No había más remedio que retirarse. D. Álvaro no decía una palabra ni le
invitaba a sentarse. Pero el hacerlo sin tentar de algún modo su
proyecto, le dolía tanto que permaneció inmóvil, a despecho de la mirada
de despedida que aquél le estaba clavando.
--No me sorprende su generosidad--dijo.--Su señora hermana me había
hecho muchos elogios de su corazón, y veo que no estaba equivocada.
--Supongo que a nadie más que a mi hermana habrá usted oído hacer
elogios de mi corazón.
La voz del mayorazgo de Montesinos era singularmente armoniosa y dulce,
y contrastaba notablemente con lo inarmónico y triste de su figura. El
P. Gil, que era la rectitud personificada, quedó un instante suspenso.
--En efecto, a nadie he oído hacer elogios de usted más que a su
hermana--dijo al cabo, con naturalidad.
Montesinos no pareció disgustado con esta respuesta, pero sus ojos
brillaron con más curiosidad, y volvió a examinar atentamente al clérigo
de los pies a la cabeza.
--Como los elogios de mi hermana no tienen valor alguno... saque usted
la consecuencia.
Una levísima sonrisa apuntó a sus labios al pronunciar estas palabras.
--Para juzgar a los hombres no me atengo al juicio de los hombres, sino
al de Dios. ¿Quién sabe la bondad o la maldad que pueden ocultarse en el
fondo de un alma? Hasta ahora lo único positivo que sé respecto a
usted, señor, es que no he llamado en vano a su puerta, es que los
huérfanos desvalidos bendecirán su nombre y su corazón.
Los ojos del caballero se desviaron bruscamente del clérigo y expresaron
malestar.
--El dar una limosna más o menos crecida nada tiene que ver con la
bondad del corazón. Damos lo que nos sobra. ¿Está usted seguro de que si
el dinero que acabo de darle me hiciese falta se lo daría?
--No, señor: de lo que estoy seguro es de que haría usted bien en darlo
aunque le hiciese falta--respondió gravemente el sacerdote.
El aristócrata le miró aún con más interés y quedó unos instantes
pensativo. Luego alzó los hombros con indiferencia.
--¡Ps! Yo no sé hasta qué punto es eso cierto. Suponiendo que mi dinero
sirviese para que vivan esos huérfanos, no es gran favor el que les
hago. Es más; si se considera lo que indudablemente les espera en esta
vida, puede asegurarse que les causo un terrible mal... Vivir abrumados
de trabajo, de sufrimientos, de angustias, y por fin de fiesta quizá una
muerte aterradora como la de sus padres allá entre las olas
embravecidas. ¡Hermoso porvenir! Bien pueden darnos las gracias esos
pobres chicos por la felicidad que les preparamos.
--Todo hombre tiene un destino que cumplir sobre la tierra.
--Conozco perfectamente ese destino. Padecer los innumerables dolores
que la naturaleza y nuestros semejantes nos proporcionan.
--Y si los padecemos con paciencia y los encomendamos a Dios, lograr la
recompensa reservada a los buenos.
D. Álvaro hizo una mueca de desdén, y levantándose de la silla con
señales de impaciencia, tendió la mano al sacerdote.
--Señor excusador, nuestra conversación, si se prolongase, podría
convertirse en disputa. Siempre es mala educación disputar con las
personas que vienen a visitarnos, pero en este caso, tratándose de un
sacerdote, sería una verdadera ofensa.
--Diga usted cuanto se le ocurra, señor. Mi deber es pregonar la verdad
sin temor a las ofensas.
El caballero volvió a mirarle esta vez con una benevolencia compasiva, y
acercándose a él y poniéndole una mano sobre el hombro, le preguntó
sonriendo:
--Vamos a ver, señor cura, si usted fuera Dios, ¿haría un mundo tan
perverso como éste?
--Esa pregunta más parece una burla...--respondió con señales de
tristeza y disgusto el clérigo.
--¡Lo ve usted cómo se ofende!... Lo que yo pretendo preguntarle es si,
teniendo usted en su mano fabricar un mundo bueno, poblado de seres
felices, eternamente felices, crearía usted por capricho otro lleno de
dolores, de tristezas, de amarguras, daría usted vida a unos pobres
seres, malos y buenos, por el gusto de recompensar a los buenos y
castigar a los malos.
--Dios no ha creado el mundo malo, sino bueno. Fue el primer hombre
quien se acarreó todos los dolores con su desobediencia.
--¡Ah, sí! El mito de la manzana. Yo no le creo a usted capaz, señor
excusador, de un capricho tan ridículo. ¿A qué conducía el reservar esa
manzana, sobre todo conociendo el carácter caprichoso de Eva y la
debilidad de Adán por ella? Pero dando por supuesto que esos dos
merecieran castigo, ¿qué tenemos que ver nosotros con su delito? Si una
persona le agraviase, ¿sería usted capaz de vengarse en sus hijos y sus
nietos? No lo creo. Principiaría usted por perdonar al ofensor, y si no
le perdonaba, al menos se guardaría de causar ningún daño a sus hijos.
Vea usted, por lo tanto, cómo me veo en la precisión de considerarle a
usted mejor persona que Dios.
Una ola de sangre subió al rostro del presbítero. El estupor, la
indignación, le trabaron la lengua.
--Eso es mofarse indignamente de las cosas más santas--articuló al
fin.--Me sorprende que habiendo usted recibido una educación cristiana
haya llegado a tal extremo de impiedad.
Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro macilento del hidalgo.
--Efectivamente, he recibido una educación cristiana... al menos según
se ha entendido hasta ahora el cristianismo. Mire usted, señor
excusador, yo he tenido un padre que era como Dios. Por la más leve
falta, hija de mi inexperiencia, de mi temperamento, de mi edad, me
imponía un castigo bárbaro, cruel. Si me dormía durante el rosario,
azotes; si cometía tres equivocaciones en la lección, azotes; si me caía
un borrón en la plana escrita, azotes; si corría por la casa, azotes; si
manchaba el vestido, azotes. ¡Siempre azotes!... Y no se tomaba siquiera
la molestia de dármelos por su mano: encargaba de la ejecución a Ramiro,
ese criado que le ha conducido a usted hasta aquí, el cual,
cristianamente, me los propinaba hasta hacerme sangre. Pero todavía mi
padre era mucho mejor que Dios en este punto; porque los azotes de
Ramiro duraban un rato, mientras que los que los diablos nos han de dar
durarán eternamente, según aseguran ustedes...
La sonrisa que vagaba por sus labios se apagó. Guardó silencio un rato:
quedó profundamente ensimismado. Sus ojos, fijos en el suelo, se
dilataron con expresión de terror. Por delante de ellos pasó en rauda y
lúgubre visión toda su infancia. Su padre, alto, seco, con su gran nariz
encorvada y cortante como el pico de un águila. Jamás le había visto
sonreír. La mitad de la vida la pasaba en la iglesia, donde se dejaba
caer de rodillas con un fuerte golpe que le hacía estremecer (a veces
imaginaba que tenía las rodillas de hierro o piedra). Sólo le hablaba
para reprenderle o exigirle el cumplimiento de alguna tarea. No tenía
más amigos que dos o tres clérigos, con los cuales le oía abominar del
liberalismo y la impiedad moderna. Se veía a él, pobre niño, enteco y
enfermizo, pasando dos y tres horas arrodillado en la iglesia, sin
gustar jamás el placer de correr al aire libre como los hijos de los
miserables pescadores, sin tener un compañero con quien comunicar sus
inocentes pensamientos. Un día igual a otro. El cielo siempre plomizo.
La mar bramando tristemente en las peñas. El viento aleteando con
violencia sobre los cristales. Y la casa silenciosa, lóbrega, sucia,
resonando de vez en cuando con los paseos lentos, acompasados, de su
padre. Veíase más tarde en Lancia estudiando la segunda enseñanza,
hospedándose en casa de un clérigo del mismo temperamento y costumbres
que su padre. Sus compañeros le despreciaban a causa de su debilidad,
de su falta de destreza; los profesores le miraban con recelo por su
carácter reservado y triste. Y por las vacaciones vuelta al lúgubre y
aborrecible palacio, al austero régimen, a los eternos rezos. A pesar de
sus ardientes deseos de seguir una carrera no lo consiguió. Su padre
consideraba indigno del mayorazgo de la casa de Montesinos el escribir
un pedimento o trazar una carretera: a los abogados los llamaba
curiales, a los ingenieros canteros, a los profesores maestrillos. La
milicia le agradaba, pero sus ideas tradicionalistas le impedían mandar
a su hijo a servir a un gobierno liberal. No pudiendo servir a su rey
con las armas, la vida de un noble debía ser levantarse temprano para
oír misa, echar un vistazo a su hacienda, platicar un rato con el
mayordomo, jugar al tresillo con los curas, dar luego con ellos un
paseo, rezar el rosario, confesarse a menudo y dar constantemente
ejemplo a los plebeyos de virtud y religiosidad, sin rozarse jamás con
ellos. Pero a pesar del gran respeto que mostraba a los sacerdotes y de
besarles la mano en público, Álvaro recordaba un pormenor que siempre le
había llamado mucho la atención: a la hora de comer los criados servían
antes al amo y a su hijo que al capellán de la casa. El orgullo
nobiliario latía aún más vivo en el corazón de su padre que el
sentimiento religioso; pero sabía aliarlos tan bien en el fondo de su
conciencia, que había llegado a creer que la religiosidad era una
cualidad privativa de los aristócratas, y que por ella se distinguían
mejor que por ninguna otra del vulgo despreciable.
Veíase en Peñascosa haciendo la vida de hidalgo desocupado, sometido
como un niño de diez años a la autoridad despótica de su padre. Su
espíritu imaginativo, soñador, no podía soportar aquella inacción.
Comenzó a leer a hurtadillas novelas que le proporcionaba una señora que
tenía estanquillo en la calle del Cuadrante. Subió después a la
biblioteca, donde un clérigo, hermano de su abuelo, que pasó por sabio
en vida, había dejado gran copia de libros, y comenzó a devorarlos. Leyó
a Platón, a Descartes, a Santo Tomás, a Fenelón, etc.
Se hizo sabio. Pero al entrar la luz de la ciencia en su espíritu,
también se deslizó la duda. ¡Qué tormentos tan crueles le causó! En su
vida, triste, monótona, sólo la religión, el pensamiento de Dios, la
promesa de la inmortalidad, de otro mundo más justo y más hermoso
endulzaba un poco el amargor de las horas. Y he aquí que repentinamente
desconfiaba de esta dulce promesa, dudaba de las verdades todas de la
religión, hasta de la existencia de Dios. En un principio anduvo
receloso, sombrío, temiendo que su padre le descubriera en los ojos sus
abominables pensamientos. Después, atormentado cruelmente, abrumado por
ellos, ansioso de hallar remedio a su mal, de una mano que le sostuviese
antes de caer en el abismo de perdición, tuvo el valor un día de
arrojarse a los pies de su padre y confesárselos. El viejo aristócrata
quedó aterrado, y para remediar la locura de su hijo (así la calificó)
no halló otro remedio que aconsejarle la penitencia, los ayunos, las
mortificaciones de todo género. Para él estas dudas no provenían más que
de rebeliones de la carne, a la cual había que combatir con la humildad
y las disciplinas.
Saltó pronto la barrera de la duda y cayó en el campo de la
incredulidad. Desde entonces, ni un momento de vacilación; más y más
convencido cada día de que este mundo no valía nada, y que fuera de este
mundo no había que esperar otra cosa. Murió su padre y se confesó con
remordimiento que no lo sentía. Respiró con ansia y delicia el aire de
la libertad. Hubo un momento en que la vida le pareció menos horrible;
el mundo tuvo para él una dulce sonrisa. Fue cuando, el bolsillo bien
repleto, se marchó a Madrid. Primero la ciencia le ofreció un consuelo y
un entretenimiento. Se puso al corriente con avidez de las últimas ideas
en filosofía, en historia, en ciencias naturales; alternó, discutió con
los hombres más eminentes de España. Y tuvo la satisfacción de observar
que allá en sus soledades de Peñascosa, meditando sobre los libros
antiguos, había llegado a los mismos resultados que los filósofos
modernos. Después vino el amor: un sueño dulce y embriagador, una música
penetrante y divina que le suspendió algún tiempo sobre la miseria de la
tierra, que le reconcilió con la vida y despertó en su corazón la
esperanza infinita, la ilusión de la dicha inmortal. La caída de aquel
mundo luminoso, encantado, risueño, fue bien cruel; una de las páginas
más negras que registra la historia de los hombres, ¡donde las hay tan
negras!...
--Por lo demás--dijo saliendo de su éxtasis doloroso y pasando la mano
de esqueleto por la frente,--yo he tomado bastante tiempo en serio esas
cosas que usted cree. Me ha costado mucho dolor, muchas horas de
insomnio, muchas lágrimas separarme de ellas. Déjeme usted que a cambio
de tantas lágrimas me ría ahora un poco.
--De modo--dijo el sacerdote con mal reprimida agitación--que, olvidando
por entero las creencias que usted mamó, la santa religión de sus
padres, se declara usted enemigo de Dios...
--Sí, señor, enemigo de Dios y de los hombres... Es decir, de Dios
desgraciadamente no puedo serlo, porque no existe. Si existiera, a
juzgar por sus obras, sería un Dios bien perverso. No pudiendo serlo de
Dios, lo soy de los hombres, no para hacerles daño, sino para huir de
ellos como se huye de las bestias feroces. Desde que nací me han hecho
experimentar muchos dolores. Sin embargo, nunca intenté vengarme de
ellos, porque sé muy bien que son malvados porque así los ha creado la
Naturaleza o el Destino; hacen daño como lo hacen las fieras, por el
egoísmo que ruge dentro de todo ser animado. El mundo está organizado
para devorarse los seres, unos a otros. Lo que pasa entre los peces pasa
entre los hombres; sólo que nosotros no abrimos la boca y nos tragamos
la víctima de golpe, lo cual, después de todo, es una ventaja para ella,
sino que la vamos devorando a pequeños mordiscos, arrancándole la carne
hasta dejarla en esqueleto... ¿No me ve usted a mí?--añadió con sonrisa
feroz apuntando a su rostro.--El pez que me ha comido lo entendía. No me
ha dejado más que los huesos.
El P. Gil, cada vez más aterrado, se atrevió a preguntar:
--¿Y usted piensa que no hay sobre la tierra ningún hombre honrado,
ninguna mujer virtuosa?
--Sí los hay, pero son productos excepcionales de la Naturaleza; mejor
dicho, son aberraciones de un organismo creado para el mal. Los hombres
buenos sufren las consecuencias de toda aberración; no pueden
subsistir. Todos los animales nacen con defensa para la lucha en el
combate de la vida, unos tienen dientes, otros tienen garras, otros
tienen cuernos, otros tienen alas para huir: el hombre bueno es el único
animal que carece de medios de defensa. No siendo apto para luchar, está
fatalmente destinado a perecer. Es la pobre mosca que se enreda en la
inmensa tela de araña labrada por los bribones que componen la inmensa
mayoría del género humano. El consuelo único que el hombre bueno puede
tener es que sus verdugos tampoco son felices. La vida es un gran fraude
para todos, para los buenos y para los malos. Dentro del universo se
oculta una fuerza astuta, perversa, que nos impulsa, que nos dirige
hacia un fin desconocido para nosotros, en el cual nada tenemos que ver.
Para este fin misterioso necesita de nosotros y nos obliga a
reproducirnos. No le importa que seamos desgraciados. El individuo para
ella es nada, la especie lo es todo. Obra como el dueño de una
ganadería, que antes de matar un buen caballo que ya no sirve, le obliga
a dejar una cría. Preocupada únicamente con la perpetuidad para que no
le falten jamás instrumentos, nos engaña con el señuelo del placer, de
la ambición o del orgullo. Usted mismo, que no obra por ninguno de estos
móviles, es igualmente un instrumento de la especie. Al preocuparse con
la suerte de esos pobres huérfanos, al buscar con afán los medios de
que vivan, obedece usted inconscientemente las órdenes de esa fuerza
malvada. Cuando no le basta el atractivo del placer para la conservación
de la vida, apela al sentimiento de compasión que ha puesto dentro de
nosotros.
El P. Gil, que escuchaba petrificado tal sarta de impiedades, sintió un
estremecimiento de horror al oír aquella interpretación monstruosa del
sentimiento de la caridad. A este estremecimiento sucedió una viva
irritación. Necesitó un gran esfuerzo de voluntad para no romper en
insultos contra el blasfemo.
--Todo eso está muy bien--dijo dominándose y sonriendo
forzadamente;--pero usted me dispensará que le haga una pregunta. En ese
pesimismo tan desconsolador que usted profesa, en la idea deplorable que
usted ha formado del mundo y de los hombres, en ese mismo ateísmo brutal
(¡perdón por la frase!) que tanto gusto tiene en exhibir, ¿está usted
seguro de que todo depende de la razón fría y serena? ¿No habrán
influido nada sus tristezas individuales, los acontecimientos
desgraciados de su vida?
Los ojos felinos del hidalgo brillaron iracundos; le había herido en lo
vivo.
--¡Ah, la eterna cantilena!--exclamó impetuosamente.--Cuando no se puede
atacar una teoría, se escudriñan los móviles del que la sustenta. ¿Qué
pretende usted probar con eso? Supongamos que el mundo es un paraíso,
que todos los hombres, menos yo, son felices, y que mi pesimismo depende
en un todo de mis desgracias. ¿Dejaré por eso de afirmar el mal que me
ha tocado en suerte? ¿No tendré derecho yo, criatura desdichada, a
calificar a Dios (caso de que lo hubiera) de perverso, puesto que
pudiendo haberme hecho feliz como a los demás me hizo desgraciado? Todo
el que padece sobre la tierra puede preguntar a Dios como Job: ¿Cuándo
la existencia te pidió la nada?... Por lo demás--añadió adoptando un
tono despreciativo, insultante,--desde que usted ha entrado por esa
puerta supe a lo que venía. No quiero discutir con usted, porque me
aburriré. Estoy persuadido de que la religión en que usted cree no es
más que un conjunto de hipótesis inocentes como las de todas las demás
religiones inventadas por la miseria y la cobardía de los hombres, que
no pueden resignarse a morir buenamente como los demás seres animados,
como nos lo enseña irrefutablemente la experiencia, que no pueden
convencerse de que han nacido para el dolor. Y esto no lo creo por
capricho, sino después de haber estudiado y meditado el asunto
largamente, después de haber seguido paso a paso con cuidado la historia
de las religiones más importantes. Si hubiera de elegir alguna entre
ellas, no sería ciertamente el cristianismo, que es una de las más
tristes e insensatas. Me sucede lo que a Goethe: la cruz me crispa los
nervios. Ni Santo Tomás, ni San Agustín, ni Fenelón, ni Pascal me han
convencido. Por consiguiente, ninguno de ustedes me convencerá. Usted no
tiene más respetabilidad para mí que la que le preste su carácter y sus
obras. De su ciencia y de la de todos sus colegas, obispos y arzobispos
me río a carcajadas.
Sus ojos brillaban con fiereza, mirándole de arriba abajo; pero estos
ojos se dulcificaron repentinamente al ver temblar una lágrima en los
del P. Gil.
--Dispénseme usted, señor excusador--se apresuró a decir, acercándose a
él,--si le he ofendido. Tengo mal carácter... me irrito con facilidad...
--Adiós, señor, adiós--respondió el P. Gil, estrechando la mano que
Montesinos le tendía.--A mí no me ha ofendido... Es a Dios a quien...
--Entonces estoy contento, porque eso no importa nada...--replicó
sonriendo.--Hasta la vista. Ya sabe que tiene aquí un amigo y una casa a
su disposición.
V
Salió de aquella casa maldita en un estado de confusión y tristeza
indescriptibles. No quiso ir a la de D.ª Eloisa, que le esperaba
impacientemente. Cuando más tarde la vio, manifestole su fracaso en
cortas y secas palabras.
Durante algunos días hizo esfuerzos para alejar de su pensamiento
aquella desagradable entrevista y hasta la imagen del blasfemo.
Abrumado, abatido por un recibimiento tan brutal, no imaginaba que
hubiese medio alguno de combatir aquel diablo rabioso henchido de ira y
de impiedad. Pero sus palabras resonaban noche y día en sus oídos, le
perseguían, le dolían como crueles latigazos. Conocía algunos
razonamientos de los herejes; aquellos que los libros de teología
traían, y que el autor, con la autoridad de los Santos Padres, refutaba
siempre victoriosamente. Sabía de la existencia de los racionalistas,
pero sus noticias eran deficientes y vagas. Jamás había visto expresado
de un modo tan cínico el ateísmo. No pensaba que hubiese quien estuviera
verdaderamente convencido de que Dios no existía.
Disipada, no obstante, al cabo de algún tiempo la impresión, no pudo
menos de pensar que se había amilanado pronto. Demasiado sabía que la
oveja no se le había de entregar de buenas a primeras, que iba a
encontrarse con un hombre avisado, erudito, a quien no se atraería con
cuatro lugares comunes. Entonces, ¿por qué abatirse repentinamente? ¿Por
qué darse por vencido sin luchar? El P. Gil se confesó, con su habitual
y sincera modestia, que no estaba preparado para este combate. Debajo de
las frases irónicas y cínicas del mayorazgo de Montesinos adivinaba un
estudio largo de la materia, un sistema meditado y completo. Para
combatir este sistema y los razonamientos que la impiedad puede alegar
era menester conocerlos de antemano, discutirlos y ponderarlos
previamente en la cabeza, para luego, al aparecer en la boca del
incrédulo, destruirlos, hacerlos polvo. Por eso no se atrevía a intentar
de nuevo aquella apetecida conversión.
Pero cuanto más difícil se le hacía, cuantos más obstáculos encontraba
en el camino, más vivos eran sus deseos de lograrla. En las vidas de los
santos había visto que jamás se daban por vencidos en su lucha con el
pecado. Por enorme, por imposible que la empresa fuera, una y otra vez
la acometían con creciente ardor, fiados únicamente en la ayuda de Dios.
Debía hacer otro tanto. Si le faltaban fuerzas, Dios se las prestaría.
Trabajar sin descanso hasta conseguir la vuelta del hijo pródigo, hasta
destruir este foco de impiedad que podía contagiar los corazones sanos
de Peñascosa, hasta remover aquella piedra de escándalo.
Quedó decidido en su pensamiento que volvería de nuevo a la carga. Pero
esta vez iría mejor apercibido; conocería perfectamente todos los
argumentos de los herejes y llevaría preparada la réplica. Comunicó con
su maestro el rector del seminario de Lancia el proyecto de la
conversión y le rogó que pidiese al prelado un permiso para leer libros
prohibidos. Tardó poco en mandárselo el rector, pero en la carta que lo
acompañaba no aparecía muy entusiasmado con la empresa de su discípulo.
El ascético sacerdote gozaba más con perfeccionar las almas creyentes y
buenas, que en atraer las que definitivamente se hallaban en las garras
del pecado.
Lo primero que se le ocurrió leer al P. Gil fue cierta _Vida de Jesús_,
muy popular a la sazón entre los impíos y de la cual se hablaba siempre
con desprecio mezclado de terror en el seminario. La leyó con profundo
dolor y tristeza. Nuestro Señor Jesucristo era considerado por el hereje
que la escribiera como hombre. Le prodigaba mil irrisorias alabanzas, le
manifestaba exagerada admiración, pero era para demostrar mejor su
condición exclusivamente humana y deslizar el veneno de la impiedad con
más fruto. El libro estaba atestado de patrañas. «El cristianismo,
decía, es un fenómeno histórico, y como tal debe ser estudiado
históricamente.» Esto era evidentemente absurdo, porque el cristianismo
significa la redención del género humano por el Hijo de Dios; es la
revelación de la verdad divina. El autor pedía que se examinasen los
relatos de los Evangelios mediante los mismos principios con que se
juzga cualquiera otra tradición, que no se impusieran de antemano a la
crítica los resultados y se la dejase libre de hipótesis preconcebidas.
Esto era otro absurdo, porque ¿cómo hemos de aplicar a la fe, a la
palabra de Dios, los mismos principios que a los hechos y a las palabras
de los hombres? De este modo iba respondiendo uno por uno a los
argumentos del autor racionalista, y deshaciéndolos.
Preocupado con esta discusión interior y ganoso de exteriorizarla, como
acaece con todo lo que llena y embaraza nuestro espíritu, se aventuró a
hacer otra visita al mayorazgo de Montesinos. Esta vez le recibió muy
bien, con exquisita amabilidad, como si le remordiese la conciencia de
su grosería pasada. Hablaron de cosas indiferentes. Montesinos tuvo
ocasión de manifestarle que tenía muy buenas noticias de su carácter,
que conocía las virtudes que le adornaban. El P. Gil se ruborizó con
estos elogios y respondió, sonriendo tristemente, que lo que quisiera en
aquel momento era tener mucho talento y mucha ciencia para convencerle
de la verdad de la revelación. «¿De cuál revelación?--le había
preguntado el hidalgo sonriendo también con benevolencia.--¿Cómo de cuál
revelación?--Sí, ¿de cuál? porque hay varias: los cristianos, los
buddhistas, los mahometanos, los judíos, todos creen su religión
revelada por Dios.--Hablo de la única verdadera, de la revelación de
Nuestro Señor Jesucristo.--¿Y en qué se funda usted para creer que ésa
es verdadera y las otras falsas?--En que las otras están llenas de cosas
monstruosas, irracionales--respondió imperiosamente el clérigo,--en que
sólo la religión del Crucificado llena todas las aspiraciones de nuestro
sentimiento y nuestra razón.--¡Tenga usted cuidado, señor
excusador!--exclamó el mayorazgo soltando una alegre carcajada--que
está usted haciendo depender la verdad revelada del aserto de la razón,
que está usted proclamando la supremacía de ésta, lo cual es una
proposición herética.--¿Cómo? ¿cómo?--preguntó aturdido el sacerdote.»
Pero Montesinos cambió la conversación bruscamente. No se atrevió a
insistir.
Le costó gran trabajo tragar aquella píldora. Estuvo una porción de días
sin poder pensar apenas en otra cosa. La idea de que sin darse cuenta de
ello pudiera incurrir en algún error condenado por la Iglesia le
inquietaba vivamente. Indudablemente el leer libros heréticos, el pensar
demasiado en los fundamentos de la religión era parecido a jugar con
fuego. Mejor haría en dejar los dados quedos y a Montesinos que se lo
llevase el diablo. Contra esta resolución clamaban todos los santos que
vivieron en el mundo y los mandamientos divinos que ordenan amar al
prójimo como a uno mismo. Por otra parte, presentía que su agitación
interior no iba a cesar. Las ideas de la _Vida de Jesús_ y las que había
oído a Montesinos bullían confusamente en su cerebro, y no se calmarían
repentinamente por un esfuerzo de la voluntad. ¿Por qué no había de
ahondar en el examen de los orígenes de la religión cristiana? ¿Por qué
no había de conocer hasta en sus últimos pormenores los datos de la
discusión, a fin de confundir, de pulverizar a cualquier racionalista
que se le presentase, por sabio que fuera? En esto no había peligro
alguno. La poca ciencia aleja de Dios: la mucha acerca.
Dedicose con ardor, con frenesí se puede decir, al estudio. Montesinos,
con quien empezó a intimar, puso a su disposición la biblioteca. Leyó
sin tregua, con atención profunda, los escritos más sobresalientes
acerca de las investigaciones críticas sobre el cristianismo primitivo,
sobre los libros del Nuevo Testamento y la historia de los dogmas. Bebió
a grandes tragos el veneno de la herejía sin percibir su sabor, con la
esperanza de que al agotar el vaso quedaría perfectamente tranquilo,
seguro para siempre de la insensatez y maldad que encerraba todo lo que
se opusiera a la Iglesia de Cristo. Mas ¡ay! no sucedió así. Al cabo de
algunos meses la duda levantó su cabeza hedionda en su espíritu
atribulado. Estuvo muchos días sin confesárselo, procurando engañarse a
sí mismo, desviando los ojos para no verla. Llegó un momento, sin
embargo, en que ya no fue posible. La infame se había ido enroscando
cautelosamente a su alma, se había apoderado insensiblemente de toda
ella. ¡Qué estupor! ¡Qué horrible desconsuelo!
La Biblia es la palabra de Dios. Lo que Dios sugiere es la infalible
verdad. En la Biblia no pueden existir narraciones falsas o
contradictorias. Esto se repetía el sacerdote a cada instante, hasta en
voz alta cuando se hallaba solo.
Si la Escritura no fuese de origen divino, ¿cómo se explica que Isaías
pudiese profetizar que Jesús nacería de una virgen y que había de ser en
Belén? ¿Cómo pudo el mismo Isaías, siglo y medio antes de Ciro, señalar
a éste como libertador de los judíos? ¿Cómo pudo Daniel, bajo el imperio
de Nabucodonosor, profetizar el nacimiento de Alejandro Magno y muchas
particularidades de su historia?
¿A quién dirigía con violencia el P. Gil estas contundentes preguntas
hallándose solo? A un heresiarca invisible que le replicaba silbando
como una serpiente: «Los diferentes libros de la Biblia son obra de los
hombres, como todos los demás que se atribuyen origen divino, el Corán,
los Vedas, etc. Son compilaciones de escritos de diversos géneros y
épocas. Los libros atribuidos a Moisés y a Samuel son compilaciones muy
posteriores, en las cuales se han introducido fragmentos de diferentes
épocas. Lo mismo pasa con los libros del Nuevo Testamento. Isaías no ha
pensado con su hijo de virgen para nada en Jesús. El último tercio de
las profecías de Isaías procede de un contemporáneo de Ciro y todo el
libro de Daniel de un contemporáneo de Antioco, por lo cual muy bien
pudieron profetizar lo que ya había sucedido.»
El P. Gil se tapaba los ojos, se mesaba los cabellos, horrorizado de
aquella disputa sacrílega. ¡Él, un ministro del Altísimo, buscando
reparos y contradicciones a las palabras del Espíritu Santo! Merecía que
la tierra se abriese repentinamente y se lo tragara. Aquellos libros
infames que le había prestado el hereje Montesinos tenían la culpa.
Arrebatado de santa indignación contra ellos, sin reparar en que no le
pertenecían, los cogió todos un día, hizo un montón con ellos en el
patio, y le dio fuego. D. Miguel, que estaba muy lejos de sospechar lo
que pasaba por el alma de su teniente, aplaudía desde el balcón con
fuertes risotadas el auto de fe.
Quedó más tranquilo desde que no tuvo en la habitación aquellos
perversos enemigos de su salvación. Dejó por completo la lectura y
entregose de nuevo a los deberes del confesonario, que tenía algo
abandonados. Y procediendo con sus dudas de crítica histórica como los
santos antiguos procedían con las tentaciones de la carne, comenzó a
mortificarse despiadadamente. Él, que hasta entonces se había mostrado
débil y cobarde en esta vía de perfección, siguiola ahora con arrojo,
ansioso de pagar con los dolores del cuerpo la rebelión escandalosa del
espíritu. Mucho le confortó y ayudó en este trance el ejemplo de la
piadosa hija de Osuna. Cada día descubría en el alma pura de su
penitenta nuevos tesoros de bondad y perfección cristianas. Creía estar
en presencia de una de aquellas elegidas del Señor, consagradas por la
Iglesia y adoradas por los fieles de toda la cristiandad: Santa Teresa,
Santa Isabel, Santa Catalina, Santa Eulalia, la beata Margarita de
Alacoque. Las mismas particularidades que había leído en la historia de
estas santas, observábalas ahora en su hija de confesión; la misma sed
de penitencia, iguales escrúpulos y temores, la misma humildad, los
mismos favores divinos.
Porque Obdulia, llena de vergüenza, como si se acusara de un pecado
grave, temblando de emoción, le había confesado que de vez en cuando
experimentaba desmayos hallándose en oración, caía al suelo
repentinamente, y en los breves momentos en que permanecía sin sentido,
veía unas veces a Jesús entre nubes rodeado de ángeles, escuchaba una
música divina, embriagadora; otras veces notaba que un ángel grande,
fuerte, hermoso, con dos alas inmensas y trasparentes, se acercaba a
ella y le ponía con dulzura la mano en la cabeza, diciéndole:
«Persevera;» otras, las más, percibía solamente una gran claridad, que
la bañaba toda de placer, sin ver a nadie; pero se sentía acompañada
como si todos los santos y santas del cielo vagasen invisibles a su
alrededor. Al principio, como confesor prudente, mostró no dar
importancia a aquellas visiones: podría muy bien estar equivocada; el
diablo finge muchas veces tales escenas para engañar a las almas
incautas, deslizando en ellas el veneno de la vanidad y la soberbia.
Obdulia persistía, sin embargo: los síncopes eran cada vez más
frecuentes y prolongados, las visiones más intensas; aseguraba con mal
reprimido fuego que veía a Jesús, que veía al ángel. El P. Gil dudaba
siempre, o fingía dudar, haciendo un gesto desdeñoso cada vez que la
joven relataba con labios temblorosos aquellos favores del cielo. Sólo
había un signo seguro para reconocer si venían directamente de Dios;
cuando el alma se perfecciona con ellos a tal punto que un levísimo
pecado venial le causa tanto dolor y tantas lágrimas como el más nefando
y mortal. Ahora bien, en ella todavía existían las rebeliones de la
carne, todavía apuntaba el amor propio. No podía juzgar divinos aquellos
deslumbramientos. Obdulia experimentaba un gran desconsuelo ante esta
actitud severa y reservada.
Pero poco a poco el sello que el sacerdote pedía para reconocer el
origen celestial de sus visiones fue apareciendo. El espíritu de la
joven se acendró de todas las impurezas. Su devoción a las prácticas
religiosas, sobre todo al sagrado pan eucarístico, era cada día mayor.
Se deshacía, se derretía en amor divino, rompiendo muchas veces en
exclamaciones de entusiasmo, en frases incoherentes, como si estuviera
loca. Y con esto, su humildad y sumisión tan perfectas, que bastaba una
mirada de su confesor para confundirla, para hacerle temblar y pedir
perdón por los actos más inocentes. A la postre no tuvo más remedio
aquél que inclinarse ante la voluntad de Dios y confesar su presencia.
Lo hizo con gran placer. Después de sus sacrílegas dudas, estaba ansioso
de ver los testimonios de la omnipotencia y de la bondad infinitas;
quería anegarse en el océano de lo inexplicable, de lo sobrenatural,
para escapar a la crítica minuciosa y perversa que todo lo marchita.
Considerose feliz, libre de ella, teniendo a su lado tan claro ejemplo
del poder milagroso de Dios. Creyó que así le advertía para que no
volviese a caer en la tentación, que le enviaba un faro para esclarecer
las tinieblas de su espíritu. Recordaba siempre lo que le había pasado
al P. Gracián, a quien Santa Teresa tanto ayudó en el camino de la
virtud con el ejemplo de su conciencia inmaculada. Y en el fondo de su
corazón nació un gran respeto a par que una inmensa gratitud hacia
aquella piadosa mujer, que le libertaba de las garras del demonio.
Escuchó con atención el prolijo relato de sus visiones, y armado de
santa emulación emprendió de nuevo con más ardor, si no con más fe, el
camino de las mortificaciones, que había abandonado mientras gimió en la
servidumbre de la duda.
Obdulia, que durante los últimos meses le había visto con pena
distraído, sintió gran alegría al hallarle de nuevo atento, solícito,
escuchándole horas enteras desahogar las menudas preocupaciones de su
espíritu sin impacientarse. Era un retorno feliz a la dulce confianza, a
las pláticas místicas, a las familiaridades de antes. Y como suele
acontecer en casos semejantes, se apretó más el lazo entre ellos; esto
es, la confianza y el afecto fueron mayores. Al cabo de poco tiempo
consultaba con su penitenta, no sólo los asuntos piadosos, sino también
los domésticos; era su consejera espiritual y temporal. La joven devota
penetraba todos sus pensamientos, a veces antes de formularse con
precisión en su cerebro.
--Padre, hoy está usted de mal humor; es porque no ha podido decir misa
en el altar de la Concepción como otras veces.--Tiene usted ojeras; bien
se ve que se ha pasado toda la noche rezando.--Ya sé por qué dijo la
misa el domingo más tarde: esperaba que llegase doña Eloisa.--Ese
alzacuello le aprieta a usted mucho. Está usted incómodo. ¿Quiere que yo
se lo arregle?...
Sus vidas se iban compenetrando insensiblemente. No sólo tenían un rato
de plática casi todos los días en el confesonario, sino que por la tarde
se veían en la iglesia, al rosario, y por la noche también a menudo en
casa de D.ª Eloisa. Además, de vez en cuando, para algún motivo piadoso,
como una novena, una reunión de la cofradía, etc., la joven iba a la
rectoral a consultarle, aunque le costase siempre un esfuerzo, porque
tenía gran miedo a D. Miguel. Se le había metido en la cabeza que éste
la miraba de mal ojo, que la despreciaba. Y acaso no le faltase razón
para suponerlo.
Esta confianza llegó a pecar de excesiva en algunas ocasiones. Al menos
así lo pensó el P. Gil. Obdulia se autorizaba de vez en cuando algunas
familiaridades que le chocaban, y en ocasiones llegaron a turbar
momentáneamente la limpidez de su conciencia. Un día le habló de sus
apuros económicos. El padre le daba poco dinero para los gastos de la
casa, y como tenía el vicio de la caridad, de dar limosnas a troche y
moche, había contraído deudas, que la mortificaban; sobre todo había una
tendera a quien debía veinte duros, que la molestaba a todas horas y le
amenazaba con decírselo a su papá. ¿No podría él facilitarle por poco
tiempo esta cantidad? El clérigo tampoco los tenía, pero se los pidió a
su madrina y se los entregó ruborizado. Ella los aceptó sin vergüenza
alguna, como la cosa más natural. Otro día le llevó a la iglesia el
paquete de cartas del novio que había tenido para que las leyese. Más
adelante le pidió el escapulario que traía al cuello, y tanto le instó y
tales pretextos adujo, que concluyó por obtenerlo. Al día siguiente le
confesó, sonriendo, que no había sido para ponérselo a una amiga que
acababa de morir, sino para traerlo ella sobre el pecho. Estas cosas
herían e inquietaban vagamente al joven sacerdote. Las bromitas que la
beata se permitía de palabra también rebasaban algunas veces los límites
convenientes. Un día le dijo repentinamente:
--¿Sabe usted lo que estoy pensando, padre? Que el ángel que viene
muchas veces a ponerme la mano sobre la cabeza tiene los ojos muy
parecidos a los de usted.
Y soltó la carcajada al decirlo. El clérigo rió también ruborizándose.
Luego quedó serio y de mal humor.
Un suceso extraño, que escandalizó a la villa, vino de un modo indirecto
a estrechar aún más su relación y a inquietar al P. Gil. Cierta noche se
despertó despavorido con el ruido de una detonación dentro de casa.
Levantose de un salto y acudió corriendo a la habitación de D. Miguel,
donde se figuró que había sonado. Al llegar a ella quedó petrificado de
terror ante la escena que apareció a su vista. Un hombre se revolcaba
en medio de la habitación en un charco de sangre, mientras D. Miguel, de
pie sobre la cama, agitaba triunfante una pistola gritando con sonrisa
feroz:--¡Ya cayó uno! ¡Ya cayó uno!--La mortecina luz de una bujía
tirada en el suelo alumbraba aquella fatídica escena.
El caso había sido que, hallándose el párroco en la cama, un hombre
había penetrado en su dormitorio, le había despertado y le intimó para
que le entregase el dinero. D. Miguel sin inmutarse echó mano al
chaleco, sacó la llave y la arrojó al medio de la habitación. Luego,
mientras el ladrón la recogía, sacó una de las pistolas que tenía debajo
del colchón y le descerrajó un tiro dejándole tendido. La bala le había
penetrado por los riñones. El excusador, dominando su espanto, se
apresuró a prestarle los auxilios espirituales. Sólo tardó tres horas en
expirar.
El suceso se comentó mucho y de muy diverso modo en el pueblo. Algunos
aprobaban la conducta del cura. Estaba en su derecho defendiéndose de un
facineroso que Dios sabe lo que haría con él después de robarle. Otros,
los más, la censuraban con acritud. Un sacerdote no puede obrar como los
demás en tal caso. Es un ministro de Jesucristo y debe proceder siempre
con caridad aunque sea en legítima defensa. El P. Gil estaba
profundamente indignado, aunque guardaba silencio. Un sacerdote, antes
que ensangrentar sus manos, no sólo debía dejarse robar, sino matar.
Nuestro Señor así lo había enseñado cuando San Pedro cortó la oreja al
soldado que venía a prenderle. Obdulia traslució bien los sentimientos
que le agitaban y le aconsejó que dejase la rectoral y se estableciese
en otra casa.
--Usted ya no puede vivir ahí después de lo que ha pasado, padre. El
susto que ha llevado ha sido muy fuerte, y todos los días tiene que
renovarse la impresión viendo el sitio.
No era esto precisamente lo que quería decir, sino que un hombre
verdaderamente cristiano y virtuoso debía de padecer mucho viviendo al
lado de quien acababa de dar muerte violenta a un semejante. Pero si no
lo decía con las palabras, se dejaba adivinar en la gravedad y tristeza
de su continente. El P. Gil no ansiaba otra cosa hacía mucho tiempo. La
compañía del párroco le era molesta, como ya sabemos. Ahora, después del
_asesinato_ (así lo calificaba su conciencia), se le había hecho
insoportable. D. Miguel había incurrido en la censura de la Iglesia, se
le retiraron las licencias para confesar y decir misa: mientras llegase
la rehabilitación pasaría una temporada. Aprovechando aquellos momentos
de flaqueza del terrible cura, con la ayuda de su madrina alquiló una
casita no muy lejos de la iglesia y se trasladó a ella. Una antigua
criada de D.ª Eloisa vino a servirle y a ser su ama de gobierno.
Libre ya del temor al párroco, Obdulia empezó a frecuentar la nueva casa
del excusador y a ejercer en ella una alta vigilancia. Enterábase de la
ropa blanca, del estado de las sotanas, de los alimentos que más placían
al padre, de las particularidades de su cama. Algunas veces venía a
ayudar al planchado o llevaba para aplanchar en su casa aquellas cosas
más delicadas, como las albas y los roquetes, recosía las medias que se
habían roto, quitaba las manchas de las sotanas, etc. Éstas eran las
tareas ordinarias. Pero también se ocupaba en alguna obra más fina, en
bordarle un amito, o unos corporales o cualquier otra prenda de las
vestiduras sacerdotales. D.ª Josefa, el ama de llaves, no aceptaba de
buena gana este protectorado; pero como aún no había echado raíces
hondas en la casa y observaba la estrecha amistad que aquella señorita
llevaba con su amo, no se atrevía a protestar. Contentábase con murmurar
de ella cuando iba a visitar a su antigua señora y llamarla entrometida
y tonta. Más adelante fue tascando el freno de peor voluntad aún y
concluyó por desbocarse, como ya tendremos ocasión de ver. Tampoco el P.
Gil estaba tranquilo ni satisfecho en la atmósfera de atenciones
delicadas, de afecto y veneración en que la joven le tenía envuelto.
Por más que la profesaba viva admiración y tenía en cuenta sus
consejos, sentía un vago malestar cada vez que la veía ocupándose del
cuidado material de su persona. Le parecía a él que esto era rebajar el
carácter de aquella amistad espiritual, formada y sostenida para mejorar
sus almas, para ayudarse en el camino de la perfección. No tenía noticia
alguna de que Santa Teresa repasase las medias de San Juan de la Cruz.
Además, no se comprendía muy bien el desprecio de la carne, que tan bien
practicaba ella, con las comodidades de que pretendía rodearle. ¿Por qué
había de ser tan severa para ella y tan blanda para él? ¿Por ventura, le
suponía tan débil y cobarde que no podía vivir sin tales cuidados?
El P. Gil meditaba esto, apoyado en la baranda de un corredor enrejado
que su habitación tenía sobre el mar. El sol declinaba entre celajes
carmesíes, envolviendo en una onda de luz tibia y rojiza el pueblo y la
rada. El lienzo de rocas que la cierra allá enfrente alzaba su masa
enorme sobre las aguas, proyectando ya una vasta región de sombra. Y
entre aquel negror los ojos del presbítero percibían el fulgor de las
olas, mostrando y apagando a cortos intervalos su blancura. El muelle
estaba desierto: aún no era llegada la hora de la vuelta de las lanchas.
Los pataches y quechemarines cabeceaban dulcemente, aburridos de su
inacción. Una gaviota volaba en círculos concéntricos rozando con sus
alas la superficie del agua. El suave lejano rumor de las olas henchía
el ambiente dormido de un murmullo sordo. La pequeña ensenada sólo vivía
del juego movible de la luz que la bañaba de una claridad sangrienta que
se iba retirando lentamente detrás de las peñas.
Tan absorto estaba, que D.ª Josefa necesitó llamarle tres veces desde la
puerta para conseguir que se volviese.
--¿Qué hay?
--Una señora está abajo preguntando por usted. Dice que necesita
hablarle en seguida.
--¿Una señora?--replicó el P. Gil abriendo mucho los ojos.--Será la
señorita Obdulia.
--No, señor, no es ésa--replicó el ama haciendo con los labios un gesto
de desdén.--La señora que aguarda abajo es mucho más guapa y elegante.
--¿No la conoce usted?--preguntó algo acortado por la intención que
advertía en las palabras de D.ª Josefa.
--No, señor, es forastera.
--Pues hágale usted subir.
Tardó pocos segundos en aparecer una linda joven como de veinticuatro
años, rubia, de rostro blanquísimo y facciones delicadas, vestida con
elegancia peregrina. En su vida había visto el P. Gil, ni aun en Lancia,
una dama tan distinguida. Su traje era sencillo, de viaje, pero tan
original el corte y con tal lujo y esmero en los pormenores, que se
echaba de ver inmediatamente la elevada calidad de la persona. Despedía
de ella un perfume suave que vino a herir su nariz así que puso el pie
en el cuarto. Mirola con sorpresa, que se convirtió en estupefacción al
ver que la dama avanzó con resolución hasta él, y sin decir palabra se
dejó caer de rodillas a sus pies sollozando.
--¡Señora... por Dios... levántese usted!--dijo aturdido.
La dama no se movió.
--Señora, levántese usted--repitió de nuevo cogiéndola suavemente por un
brazo.
La forastera se levantó en silencio y se dejó caer en una silla, alzó el
velito del sombrero que le tapaba los ojos y se los enjugó con el
pañuelo. El P. Gil, en pie frente a ella, aguardaba a que se explicase.
Y como no daba señales de hacerlo, antes se tapaba el rostro cada vez
más, aventurose a decir:
--Señora, desearía saber en qué puedo servirla...
Todavía tardó unos instantes en responder. Al cabo dijo, sin apartar el
pañuelo de los ojos:
--Soy la esposa de D. Álvaro Montesinos.
El excusador dio un paso atrás involuntariamente.
¿Cómo? ¿aquella dama era la mujerzuela despreciable que había hecho la
desgracia de D. Álvaro, de quien su madrina D.ª Eloisa hablaba siempre
con horror? Por ésta conocía la triste historia del aquel matrimonio. El
heredero de la casa de Montesinos se había enamorado como un loco de una
joven de buena familia, pero sin dinero; una de esas chicas que suelen
verse en Madrid en todos los teatros y en todos los saraos a la caza de
un marido rico. Aun con serlo Montesinos, Joaquinita Domínguez (que así
se llamaba) le dio cordelejo una temporada, esperando tal vez que
llegase otro con la misma hacienda y mejor figura; porque la del
mayorazgo de Peñascosa era, cierto, de lo más raquítico y desgraciado
que pudiera verse. Mas como no llegaba, resolviose un día a enamorarse
perdidamente de él y se lo demostró de un modo que no daba lugar a
dudas. «Todo el Madrid elegante» recordará a una linda rubia abonada al
turno primero par del teatro Real, que se pasaba la noche charlando con
un caballero flacucho y pálido sentado en la fila de atrás; que en el
teatro de la Comedia y en el de Apolo no le quitaba los gemelos de
encima desde su platea; que lo llevaba de remolque en el paseo del
Retiro, y hasta por las mañanas, cuando iba de tiendas, se la veía con
él, escoltados por la mamá. Enteramente convencido de su amor, el
hidalgo la pidió en matrimonio, y la obtuvo no sin algún trabajo, pues
a la mamá costole muchas lágrimas entregarle aquella joya, que era la
alegría de la casa. En los primeros cuatro meses gastó D. Álvaro la
renta de todo el año. Joaquinita quiso coche y palco en los teatros, y
dio reuniones y saraos. Pero estaba tan hermosa y su marido la
encontraba tan alegre, que con el amor frenético que la profesaba no le
hubiera rehusado ni la sangre del corazón si un día se la pidiera
después de un beso de amor largo, oprimido, espasmódico, como los que le
daba cuando tenía que pedirle una _rivière_ de brillantes o una
_sociable_ de doble suspensión.
A los seis meses justos se le antojó a la joven esposa viajar por
Europa, un viaje largo que había de durar un año o más; visitar toda
Francia, Italia, subir luego a Inglaterra, pasar a Alemania y correrse
hasta San Petersburgo. El enamorado Montesinos no puso obstáculos a este
deseo, aunque debiera ponerlos. Necesitábase un capital respetable para
realizarlo, atento a las comodidades y boato con que Joaquinita
pretendía viajar. Pidió a préstamo sobre algunas de sus fincas 30.000
duros y salieron de Madrid. En Hendaya vieron en la fonda del
ferrocarril tomando chocolate a Federico Torres, un sietemesino
madrileño hijo de un ministro del Tribunal de Cuentas. A Joaquinita
siempre le había sido muy antipático, sin saber por qué.
--¿Adonde irá este títere?--preguntó por lo bajo, después de
corresponder fríamente a su saludo.
Montesinos alzó los hombros con indiferencia.
--¡Qué pelea le tienes a este chico! Yo le encuentro fino y agradable.
--¡Qué horror!--exclamó ella riendo.
En Pau volvieron a verle en la estación, y ya no le vieron más. En
Marsella pensaba el matrimonio detenerse cuatro o cinco días; pero al
tercero, viniendo D. Álvaro de la estación de arreglar el asunto del
sleeping-car para el día siguiente, con gran sorpresa no encontró a su
esposa en casa. La sorpresa convirtiose en horrible estupor al observar
el desorden de la habitación. El gran baúl mundo de su mujer había
desaparecido. Había diferentes prendas de ropa por el suelo. Los criados
le dijeron que la señora había hecho trasportar el baúl después de irse
él para facturarlo en doble pequeña, según decía. Luego había salido y
no había vuelto. Montesinos, aturdido, horrorizado de la idea que le
cruzaba por el cerebro, abrió con mano convulsa el secreto del cofre
donde guardaban el dinero. Ni un céntimo había allí ya. Comprendiendo de
una vez toda su desgracia, cayó al suelo como herido por un rayo. Estuvo
algunos días entre la vida y la muerte. Cuando recobró el conocimiento,
hizo telegrafiar a su cuñado D. Martín, el cual se presentó
inmediatamente y le condujo a Peñascosa. No tardó en saberse que
Joaquinita se había escapado con Federico Torres, y que viajaban
alegremente por Europa con el dinero del hidalgo.
Ésta era la mujer que tenía delante el P. Gil. Después de aquel primer
movimiento de repulsión, se rehizo y dijo:
--Serénese usted un poco, señora, y dígame en qué puedo favorecerla.
--Acabo de llegar de Madrid--articuló con trabajo la dama,--y me he
dirigido a casa de mi marido, con quien hace tiempo estoy reñida...
Deseaba reconciliarme con él... que concluyese esta separación tan fea y
tan escandalosa... Un criado viejo que tiene... ¡un bruto!... no me
permitió verle... me cogió por el brazo... me arrojó de casa a
empellones... ¡sí, a empellones!
Aquí la dama volvió a estallar en sollozos, y se tapó de nuevo el rostro
con el pañuelo.
El clérigo esperó a que continuase; pero viendo que no lo hacía, tomó de
nuevo la palabra.
--Siento mucho ese percance, señora... Pero no creo que haya motivo para
tal desconsuelo. Las ofensas que se perdonan no se sienten. Perdone
usted a ese pobre criado que ha obrado sin saber lo que hacía, y dígame
qué es lo que puedo hacer en su obsequio.
Secose los ojos la esposa infiel. Volvieron a humedecérsele y volvió a
secarlos.
--Según me han dicho ahí en la posada, usted es la única persona que
visita a mi marido... Yo le suplico, por lo más sagrado, ya que es usted
su amigo, que intervenga para que termine nuestra separación. Lo deseo
hace mucho tiempo con ansia... Confieso que no he sido buena para él...
--Sí, sí; lo sé todo--interrumpió el clérigo con impaciencia.
La dama se puso fuertemente colorada.
--Confieso que le he ofendido gravemente... Fue un momento de
obcecación... una tentación del demonio... Pero yo siempre le he
querido... y le quiero... No tengo inconveniente en humillarme, en
pedirle perdón de rodillas... Ya ve usted, padre, si no le quisiera no
me humillaría... ¡Me horroriza la idea de no obtener su perdón, de morir
lejos de él sola, maldita! ¡Ah, qué porvenir tan espantoso!... Si mucho
he pecado, crea usted que mucho he padecido en estos últimos tiempos...
--Señora, ya puede usted comprender si yo tendría satisfacción en unir
un matrimonio disuelto... lo mismo el de usted que cualquier otro. Mi
misión es predicar la concordia entre los hombres y morir por ella si es
preciso. Aun sin pedírmelo tengo el deber, por mi cargo, de procurar en
esta parroquia la reconciliación de los matrimonios desavenidos... Pero
este caso es delicado. Aparte de la ofensa gravísima que usted ha
inferido a su esposo, del escándalo que la acompañó, de los que la
siguieron, todo lo cual dificulta extraordinariamente la reconciliación,
aparte de eso, repito, hay otra dificultad mayor. Y es que su marido de
usted está fuera de la Iglesia católica. No tengo sobre él otra
influencia que la que puede dar una amistad superficial. Ninguno de los
razonamientos a los cuales pudiera yo apelar como sacerdote tiene fuerza
sobre su ánimo. Al contrario, dadas sus ideas, es posible que sirviesen
para embravecerle más, o cuando menos de mofa...
--Sí, sí--interrumpió la dama con voz chillona, malévola,--mi marido ha
sido siempre un impío, un ateo escandaloso.
--Señora, de poco sirve creer si se obra como si no se creyera--replicó
severamente el excusador, a quien había herido el tono agresivo de la
dama, tan contrario a la humildad de antes.
Tornó a ponerse colorada y bajó los ojos afectando de nuevo una gran
contrición. El P. Gil prosiguió:
--De todos modos, como cristiano y como sacerdote, estoy dispuesto a
hacer todo lo que puedan mis fuerzas por conseguir lo que usted desea.
Dudo mucho del éxito de mi intervención... Sé también que me expongo a
ser arrojado como usted de la casa, pero no me importa. Cumpliré mi
deber, y si no conseguimos nada, me quedará al menos la satisfacción de
haberlo cumplido...
Quedose pensativo unos instantes, mientras la dama mantenía sobre él una
mirada intensa y ansiosa. Luego, como si hablase consigo mismo más que
con ella, prosiguió:
--El dirigirme ahora a casa de D. Álvaro ofrece inconvenientes. La gente
del pueblo es curiosa... Vendrían las hablillas... después el
escándalo... Opino que deberíamos aguardar un rato a que concluyera de
oscurecer, o mejor aún, que yo fuese por delante a tantear el asunto...
--¡No! ¡no!--exclamó la dama.--No le prevenga usted. Se negaría a
recibirme. Es necesario cogerle de improviso; aprovechar el primer
movimiento de su corazón, que es generoso. Luego, cuando reflexiona, se
hace malo, burlón...
--Como usted quiera. Entonces, aguardaremos.
Pero en el instante de pronunciar esta palabra se hizo cargo de lo
inconveniente de permanecer tanto tiempo a solas con una mujer, y dijo
un poco turbado:
--Usted me permitirá que mientras tanto la deje sola unos momentos...
Soy con usted en seguida.
En vez de ser con ella, mandó a su ama para que la acompañase. Sólo
cuando la luz se hubo extinguido por completo subió de nuevo con el
sombrero en la mano, preparado a salir. La esposa de D. Álvaro, así que
le vio en esta traza, se levantó de la silla.
Había cerrado ya la noche. La gente de mar se había retirado a sus casas
o a las tabernas. Por la larga, sinuosa calle del Cuadrante circulaban
pocos transeúntes. El excusador y la esposa de Montesinos caminaron un
rato en silencio en dirección al Campo de los Desmayos. Al aproximarse a
él ambos se sentían agitados, temerosos. Tanto para calmarse un poco
como para prevenirse, se detuvieron un instante, y metiéndose en el
hueco de una puerta, cuchichearon con animación. El P. Gil insistía en
su idea de entrar primero en la casa y explorar el ánimo de D. Álvaro:
tenía miedo a un escándalo. La dama se oponía con calor, convencida
hasta la evidencia de que su marido se negaría en absoluto a recibirla,
y tomaría precauciones para que no pisase el suelo de su casa. Cuando
más embebidos se hallaban en la discusión, del hueco de otra puerta
cercana salió una sombra estrecha, elevada, y se aproximó a ellos
rápidamente.
--Buenas noches, padre, buenas noches.
Era la hija de Osuna. Había en la inflexión de su voz al pronunciar
estas palabras cierta ironía, mezclada de cólera, que sorprendieron a la
vez a la dama y al sacerdote. Éste levantó la cabeza y respondió
fríamente:
--Buenas noches, hija.
--¿Va usted a hacer oración, o viene usted?--preguntó con el mismo
retintín y sonriendo.
--Ni voy ni vengo de hacer oración, hija mía. En este momento me ocupo
de asuntos de mi ministerio--replicó en tono severo el P. Gil.
Pero este tono, en vez de sosegar a la joven o amedrentarla, la encrespó
al parecer.
--Usted siempre haciendo algo por Dios, padre, ¡ji! ¡ji! lo mismo en la
iglesia, que a la cabecera de los moribundos... que en los huecos de las
puertas, ¡ji! ¡ji!... Si usted se muere antes que yo, ya tiene usted un
testigo de alguno de sus milagros para que le canonicen... Vaya, no
quiero estorbar el milagro. Hasta la vista. ¡Ji! ¡Ji!
Y cuando hubo dado dos o tres pasos, sin volverse dijo:
--¡Y que aproveche!
La esposa de Montesinos levantó la cabeza y clavó en el P. Gil una
mirada de estupor y curiosidad.
--¿Qué es eso?
El sacerdote, rojo de vergüenza y de indignación, alzó los hombros en
señal de ignorancia y echó a andar hacia el caserón de Montesinos.