III

A las ocho de la noche, después de haber cenado con D. Miguel y de

haberle visto retirarse a la cama en la dulce compañía de sus pistolas

de chispa, el P. Gil salió de la rectoral con dirección a la casa de su

protectora D.ª Eloisa Montesinos. Pocas veces iba a la tertulia que ésta

reunía por las noches. Ni tenía gusto en ello, ni el régimen severo de

la casa del cura lo consentía. Pero su protectora se había quejado del

abandono; hasta le pareció que estaba más fría con él. Temeroso de ser

tachado de ingratitud y apesadumbrado realmente, porque profesaba tierno

y respetuoso cariño a la bondadosa señora, resolviose a ir más a menudo,

haciéndolo así presente al párroco.

El agua de un fuerte chubasco le azotó el rostro al poner el pie fuera

de la puerta. Abrió el paraguas, mas a los pocos pasos, el viento que

soplaba huracanado en el Campo de los Desmayos se lo volvió. En la

imposibilidad de cerrarlo y sintiéndose empujado violentamente por el

huracán, el joven excusador se refugió en el negro, enorme portal de

Montesinos. Nunca pasaba por delante de él sin sentir cierto

estremecimiento de temor y curiosidad. En aquel sombrío palacio habitaba

un hombre misterioso de quien se contaban vagamente mil extrañas

historias, a quien se atribuían además ideas y frases escandalosas

contra la religión y sus ministros. El joven clérigo apenas le conocía.

D. Álvaro Montesinos había pasado casi toda su vida en Madrid. Hacía dos

o tres años solamente que había venido a establecerse a Peñascosa. Vivía

en un retiro casi absoluto, paseando alguna que otra rara vez por las

orillas del mar, enteramente solo. El resto de los días lo pasaba

encerrado en casa, según se decía, leyendo o escribiendo artículos

impíos. El clero de Peñascosa hablaba de él con cierto desprecio

rencoroso, del cual había llegado a participar el P. Gil, sin conocerle.

Arregló su paraguas lo mejor que pudo, y como los ímpetus del viento

hubiesen sosegado un instante, saliose del portal, no sin dirigir una

mirada de miedo y hostilidad a la gran puerta negra del fondo, en lo

alto de la cual ardía tristemente una lamparilla de aceite detrás de

una ventanilla enrejada. Salió del Campo de los Desmayos y, una vez en

la calle del Cuadrante (que así se llamaba la única grande y poblada de

Peñascosa), el viento ya no soplaba tan recio y pudo aprovecharse del

paraguas y llegar a casa de Dª Eloisa, situada en la plaza, sin mojarse

seriamente. La morada de D. Martín de las Casas era también antigua,

pero notablemente reformada, mucho más chica que la de su cuñado, con

todas las comodidades y aditamentos exigidos por las necesidades

modernas: portal de azulejos con cancela, escalera bien labrada de álamo

con pasamano charolado, las habitaciones con elegantes frisos y papeles,

todo muy aseado y pintadito.

--¡Buenos ojos le vean, padre! ¡Qué caro se vende!--exclamó Dª Eloisa,

que desde que su protegido había recibido las sagradas órdenes no le

tuteaba.

Al mismo tiempo se levantó y le besó la mano con verdadero afecto. Lo

mismo hicieron Dª Rita, Obdulia, que desde hacía poco tiempo era

tertulia asidua de la casa, Marcelina y también Dª Serafina Barrado, a

pesar de la mirada oblicua que le dirigió su capellán D. Joaquín. Dª

Marciala y Dª Filomena se hicieron las distraídas hablando con D.

Peregrín Casanova, y saludaron al fin desde su asiento con sonrisa

halagüeña.

Mientras duraron las salutaciones, D. Narciso, que estaba arrimado de

espaldas al piano, no quitó los ojos de su compañero, unos ojos donde se

leían claramente la aversión y el recelo. Sin que el P. Gil la provocara

ni aun se diera bien cuenta de ella, existía viva rivalidad entre él y

D. Narciso, a quien había arrancado más de la mitad de las hijas de

confesión. Bien sabía Dios que no había hecho nada por conseguirlo;

antes, al contrario, le pesaba mucho cada vez que una de ellas se

acercaba a su confesonario. Pero ¿qué le tocaba hacer? Nada más que

confesarlas, pues era su obligación. Insistir mucho en que no variasen

de confesor era conceder demasiada importancia a la cuestión de persona:

no estaba dentro del espíritu del sacramento. Pero el capellán de Sarrió

no se hallaba penetrado de la intención de su compañero, y si se

hallaba, no alteraba gran cosa sus sentimientos. Ateníase al resultado,

y éste era triste para él. Antes de la llegada de Gil puede decirse que

campaba él sólo entre el bello sexo de Peñascosa y señoreaba sus

conciencias. Los demás capellanes no le hacían sombra alguna. Era el

niño mimado de las beatas. Ninguno de sus chistes, de sus pasos y gestos

pasaba inadvertido: las devotas que tenían la dicha de escucharlos o

presenciarlos, se encargaban prontamente de difundirlos entre sus

amigas. A cada instante testimonios irrecusables de la viva simpatía y

veneración que despertaba en la villa: regalos de casullas, de

corporales bordados por dedos primorosos, de alzacuellos de raso, etc.,

etc.; ofrendas más positivas aún, de jamones, botellas de jerez, tartas

y chocolate. D. Narciso tenía admirablemente cubiertas sus necesidades

espirituales y temporales. Era un pastor que apacentaba felizmente sus

ovejas, conduciéndolas con dulzura por el sendero de la virtud hacia el

paraíso y trasquilándolas de vez en cuando el rico vellón para que no se

enredaran en las zarzas.

La aparición de su nuevo compañero vino a turbar aquella deliciosa

Arcadia mística. Las ovejas, acometidas súbito de agitación insana, se

pusieron a saltar y encabritarse cual si escuchasen los sones de un

caramillo encantado. Ni las pedradas ni los halagos lograron retener a

una gran parte de ellas. Quedó en cuadro su rebaño, y él, que había

tenido fuerzas para gobernar un hato tan considerable, desmayaba ahora

al verse solo, al percibir la hostilidad con que le miraban algunas de

sus antiguas y queridas ovejitas. Porque no solamente ya no llegaban a

su casa los ricos dones ultramarinos y nacionales de otros tiempos, sino

que con profundo dolor notaba que empezaba a discutírsele. Decíase entre

las damas piadosas, y esto llegaba a sus oídos, que, si era cierto que

tenía palabra más fácil que el joven excusador, la mayor parte de las

veces «no había sustancia en lo que decía,» y que éste le aventajaba

mucho en peso, en razón natural y en instrucción. Hubo ocasión en que al

lanzar uno de sus chistes más picantes, relacionado como siempre con las

materias fecales, apenas produjo risa entre las oyentes, y supo que una

de ellas, después que se fue, le había calificado de grosero y mal

educado. De las gracias corporales no había que hablar, pues bien se le

alcanzaba que nunca podría competir con la delicada y gallarda figura de

su rival. En resumen, D. Narciso se sentía minado en los cimientos y

temía a cada instante venir al suelo. No es maravilla, pues, que la

mirada y el saludo con que acogió al joven presbítero fuesen menos

afectuosos de lo que debía esperarse. No recordaba poco ni mucho la

amable recepción que San Juan Bautista, maestro querido y celebrado,

hizo al joven y divino discípulo que le había de eclipsar en seguida.

--No le riñas, mujer. ¿Sabes tú, por ventura, si le será fácil salir de

noche, con el miedo que D. Miguel tiene a los ladrones?--gritó D. Martín

de las Casas desde la mesa de tresillo donde jugaba con otros dos, un

cura y un seglar.

--No, señor; no es eso--dijo el clérigo, ruborizándose bajo las miradas

de toda la tertulia.

--¿Que no tiene D. Miguel miedo a los ladrones?--preguntó con acento

afectadamente brusco el señor de las Casas.

--Sí que lo tiene--repuso sonriendo dulcemente el joven, sentándose al

propio tiempo al lado de su madrina.--Sus razones habrá. Los ricos son

los que temen. Los pobres, como yo, están tranquilos.

--Pero ¿tendrá el señor cura tanto dinero como se dice?--preguntó D.ª

Marciala con curiosidad.

--Yo no puedo decir a usted, señora... Presumo que sí, porque atiende

mucho a su hacienda. Sus gastos son pequeños, y en vez de aumentarse los

va restringiendo cada día más. Donde entra mucho y sale poco no tiene

más remedio que hacerse montón.

--Los derechos parroquiales deben producir mucho, ¿verdad?--preguntó con

más curiosidad aún la esposa del boticario de la plaza.

--Ya comprenderá usted que en una parroquia tan extensa como ésta no han

de ser cortos.

--Pero D. Miguel perdonará muchos de ellos--replicó la señora, con una

leve inflexión cómica en la voz.

--Es posible, señora. Por mi parte, no lo he visto--repuso con perfecta

ingenuidad el excusador.

D. Narciso y D. Joaquín, el capellán de la señora de Barrado, cambiaron

una rápida mirada significativa.

Este capellán era un joven delgado, con rosetas en las mejillas, indicio

de un temperamento enfermizo, los ojos vivos e insolentes, la nariz

fina, la boca pequeña, con un pliegue hipócrita y malicioso. Había sido

un criadillo que doña Serafina metió en casa para recados y servir a la

mesa, poco después de quedar viuda. Observando su listeza y encariñada

con él, una vez trasladado su domicilio a Lancia, le dio carrera,

enviándole al seminario. En las horas que le dejaban libres las clases,

Joaquín seguía desempeñando su oficio de criado. Luego que tomó las

órdenes le hizo su administrador; hoy era sus pies y sus manos. No salía

a la calle sino en su compañía, era su director espiritual y su

consejero temporal. Espectáculo curioso en verdad la trasformación

súbita de un doméstico en señor de su propia ama. Ésta le trataba de

usted, le llamaba siempre D. Joaquín y, públicamente al menos, le

prodigaba mil muestras de respeto, obligando asimismo a los criados a

tributárselo.

D.ª Eloisa volvió a insistir, preguntando con acento cariñoso:

--Entonces, ¿cuál es la razón de su retraimiento, pícaro?

--Señora, comprendo que a D. Miguel no le gusta mucho que salga de

noche; pero la principal razón es que la mayor parte de los días estoy

rendido... ¡Como me levanto a las cuatro de la madrugada!... Otras veces

necesito rezar un poco...

--Usted trabaja demasiado, padre--dijo Marcelina, una joven soltera que,

al decir de la gente, frisaba ya en los cuarenta, fea, apergaminada, muy

habilidosa de manos y no poco también de lengua.--¡Tantas horas de

confesonario!... ¡Y luego los enfermos!...

--Sin contar las horas que pasa de rodillas en oración...--apuntó con

timidez Obdulia. Después de soltar la frase se puso colorada.

D. Narciso le clavó una mirada singular, entre irónica y agresiva, que

la joven no pudo ver, porque ponía empeño en no mirar cara a cara a su

antiguo confesor.

El P. Gil hizo un gesto de impaciencia, molestado por aquellos elogios,

y para desviar la conversación de su persona, se encaró con uno de los

que jugaban al tresillo.

--Señor Consejero, hoy le he visto desde la rectoral sacar con la caña

un pez muy gordo. Por cierto que me pareció un salmonete, y a D. Miguel

una robaliza. Hemos disputado un poco.

--Tiene mejor vista el cura que usted. Una robaliza era--dijo gravemente

el caballero interpelado, sin levantar la vista de las cartas.

Este D. Romualdo Consejero era un anciano de bigote y cortas patillas

blancas, color cetrino, la frente surcada con profundas arrugas, los

ojos grandes, severos, de párpados caídos. No sonreía jamás. Hablaba

constantemente con acento de mal humor, como hombre desengañado de todo.

--Los salmonetes no caen en el muelle, don Gil de las calzas

verdes--profirió el señor de las Casas con su habitual rudeza, por no

decir grosería. Solía llamar así, en broma, a su antiguo protegido.

--Sí caen tal, D. Martín de las Casas blancas--profirió con voz sorda

Consejero.

Los tertulianos rieron, lo cual amoscó un tanto a D. Martín, hombre,

como ya sabemos, propenso a irritarse.

--Yo lo creía así, Consejero de picardías--respondió con retintín,

mirándole a la cara fijamente, y poniendo sobre la mesa al mismo tiempo

un rey de copas.

--Pues creía usted muy mal--replicó el anciano, siempre con los ojos

sobre las cartas.--También creía usted que ese rey de copas iba a pasar

triunfante, y... vea usted, ¡lo fallo!

--Eso lo hará usted porque es un grosero y ha adquirido malas mañas allá

por Málaga. Aquí el padre Norberto de seguro no lo hubiera hecho.

--¡No, no! Yo soy incapaz...--dijo el cura, sofocado por la risa,

tosiendo hasta reventar.--No he salido de Peñascosa... Yo lo que hago es

achicarme y correr ese punto de oros de mi compañero.

Y puso sobre la mesa un cuatro.

--¡Hurra por el cura!--rugió D. Martín, echando el caballo y recogiendo

la baza.

--Amigo, yo pensé que D. Martín no tendría el caballo--suspiró D.

Norberto, dirigiéndose a Consejero con ojos de angustia.

--Lo pensó usted porque es un babieca y lo ha sido toda su vida--repuso

éste con afectada naturalidad donde se traslucía la cólera.

--¡Pero hombre de Dios!...--exclamó el clérigo, disponiéndose a dar

explicaciones.

Consejero le atajó con ademán colérico, poniendo resueltamente las

cartas boca abajo sobre la mesa.

--¡Hombre del diablo! digo yo... ¿Cómo se le ocurre a usted correr un

punto no estando cubierto?...

Armose una disputa violenta que duró breves instantes. Las de Consejero

y el P. Norberto no se prolongaban mucho tiempo, porque éste, hombre de

buena pasta, flemático, concluía por callarse alzando los hombros con

resignación y sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en señal de muda

protesta. Las que se eternizaban eran las de Consejero con D. Martín,

siendo ambos a cual más irascible y tozudo.

D. Martín de las Casas, teniente coronel retirado, que había hecho la

guerra de Cuba, donde había recibido una herida en un hombro que le

impidió continuar en el servicio, se creía en el caso, por su profesión,

de llevarlo todo por la tremenda. Desde el año 1873 en que pasó al

cuerpo de Inválidos no volvió a salir de Peñascosa. Contaba en aquella

época cuarenta y dos años. Su esposa se alegró de aquel retiro forzoso,

aunque deplorase que viniera al seno de la familia con un hombro de

algodón. Consideraba como virtud excelsa, privativa del militar, la

energía lo mismo en el campo de batalla que tomando café en el casino.

Sus disputas, sus baladronadas en este centro de recreo eran

proverbiales en Peñascosa y las bofetadas que solía repartir al final de

ellas también. Desde la llegada del tremendo teniente coronel ningún

vecino, por grave y respetable que fuese, estaba seguro. Muchos hidalgos

y ricos hacendados de la villa, que hasta entonces habían conservado

inmaculadas sus mejillas, ni soñaban con que nadie pudiese atentar a

ellas, las vieron selladas y rubricadas cuando más descuidados estaban

por los dedos del feroz inválido. Esto fue causa de un lento reflujo

entre sus amigos y conocidos, que le habían recibido cordialmente a su

vuelta del servicio. El movimiento no engendró aquí el calor sino el

frío. Poco a poco fueron dejándole aislado, juzgando su sociedad

peligrosa. Se vio necesitado a alternar con gentecilla de poco más o

menos y con clérigos, que por su sagrado carácter estaban libres de sus

manos expeditas, o así lo parecía al menos. En el casino se le veía

rodeado casi siempre de dos escribientillos de casas de comercio, un

profesor de música, un maestro de obras y otros tres o cuatro individuos

del mismo porte. Le escuchaban como un oráculo, y si alguna vez en el

calor de la improvisación les largaba un soplamocos, blasfemaban un poco

por dignidad y volvían en seguida a las buenas.

Consejero formaba excepción. Tenía peor genio que él. En el de D. Martín

había mucho de afectado y profesional: el de aquél era puro y nativo.

Pero su avanzada edad, su debilidad física y sus achaques le ponían a

cubierto de cualquier brutal agresión por parte de su amigo. Éste solía

concluir la disputa con un gesto violento de desprecio. Alguna vez llegó

a decirle:

--D. Romualdo, si usted tuviera treinta años menos, le estampaba contra

la pared.

D. Romualdo vivía sólo. Un hijo que tenía empleado en Málaga se le había

muerto hacía cuatro años. Disfrutaba una pequeña renta, suficiente a

subvenir a sus cortas necesidades, y no tenía otra ocupación que pescar

con caña, ni otro recreo que el de jugar al tresillo. La vida se partía

para Consejero entre los anzuelos y los naipes. La mañana se la pasaba

entera sentado sobre su sillita de tijera en el muelle, o en las peñas

de tras la iglesia, con un sombrero de jipijapa si hacía sol o un

paraguas si llovía. Por la tarde, tresillo en el casino hasta las cuatro

en que de nuevo tomaba la caña. Por la noche, tresillo en casa de D.

Martín con éste y el P. Norberto.

Era éste un clérigo al cual se le podrían echar cuarenta años de edad,

aunque pasaba bastante de cincuenta, grueso, rollizo, colorado,

admirable dentadura, los ojos redondos y saltones, la nariz ancha, sin

una cana en el pelo ni una arruga en el rostro. Hablaba poco y reía

mucho. Todo le hacía gracia: vivía en perpetuo espasmo de alegría y

admiración. Celebraba cualquier insulsez de los amigos como el chiste

más acerado, hasta verse obligado a sujetar el vientre sacudido por los

flujos de risa. Y los reía de buena fe, sin asomo de hipocresía ni

adulación, lo cual, como es lógico, lisonjeaba el amor propio de los que

estaban a su lado. Por tal razón quizá, el P. Norberto gozaba de

generales simpatías en la villa y no era mal quisto de sus compañeros.

Sólo se le conocían tres pasiones, los callos guisados, el tresillo y

otra de que más adelante hablaremos. Cuando en una casa, de las que

frecuentaba, había callos para la comida o la cena, ya se sabía que era

de rúbrica el convidarle. Se servía dos o tres platos colmados, se

desabrochaba, la frente le empezaba a ahumar y había que dejarle reposar

después una hora sobre la cama; si no, corría peligro de estallar como

una bomba. Consejero solía decirle que cada día comía más callos y

jugaba peor al tresillo. Y nunca soltaba la frase sin que el buen

clérigo se retorciese y sofocase de risa. Los chistes jamás se hacían

viejos para él.

Las señoras apartaron prontamente su atención de los tresillistas así

que comenzaron a disputar. Todas las noches había una porción de

reyertas como ésta.

--Y usted, D. Narciso, tampoco ha venido ni ayer ni anteayer. ¿Qué ha

sido de usted? ¿Reza también por las noches?--dijo D.ª Marciala, que

hacía calceta cerca de la mesa de tresillo; de vez en cuando alzaba las

manos hacia el quinqué de los jugadores, para tomar un punto que se le

había escapado.

--No, señora; yo no soy gran rezador. No tengo la virtud de la oración.

En cambio me abstengo de ciertos vicios, como el de murmurar de mis

superiores y compañeros--profirió el capellán con acento insolente,

mirando con afectación al techo.

La alusión iba directamente al excusador, que acababa de hablar de la

avaricia del cura. Así lo entendió él, y si no lo hubiera entendido

claramente, se lo manifestaran los ojos de los circunstantes. Ante

aquella brutal agresión se le encendió el rostro como una brasa. Las

carcajadas malignas de D. Joaquín y D. Melchor concluyeron de turbarle.

--¡Hombre, no está mal eso! ¡jo! ¡jo! ¡Me gusta eso! ¡jo! ¡jo! Está bien

eso de la abstención. ¡Mucho que sí! Tiene usted ingenio, D. Narciso.

¡Mucho ingenio! ¡jo! ¡jo! ¡jo!

El P. Melchor se reía a boca llena de un modo insolente y grosero,

mirando alternativamente al joven excusador y a D. Narciso. El capellán

de D.ª Serafina también se reía con una risita aguda, minúscula, que

aparentaba sofocar llevándose el pañuelo a las narices. Las señoras

permanecían serias y disgustadas comprendiendo la venenosa intención del

capellán de Sarrió. Sólo D.ª Marciala sonreía frente a él aplaudiéndole.

En Obdulia el dardo produjo aún impresión más dolorosa que en su

confesor. Sintiose invadida por un frío extraño acompañado de ligero

temblor; luego fuertes llamaradas de calor le subieron al rostro y con

ellas un vivo irracional deseo de lanzarse sobre D. Narciso y arañarle.

Costole trabajo inmenso dominar sus ímpetus.

--Malo es murmurar--dijo D.ª Serafina Barrado para salir del silencio

embarazoso que reinaba, disgustada como las demás por aquella

injustificada agresión;--pero muchas veces se toma por murmuración lo

que no es. Se habla de cualquier persona... por hablar de algo, sin

ánimo alguno de ofenderla. Hasta nos reímos muchas veces de sus manías,

y no dejamos por eso de estimarla, ni nos creemos superiores a ella...

Al llegar aquí sus ojos tropezaron con los de su capellán, que había

cesado de reír y le clavaba una mirada fría y aguda como un puñal de

Albacete. La pobre señora quedó acortada y sólo tuvo ánimos para

concluir con voz más baja:

--...Al menos, eso me pasa a mí...

--Y le pasa a todo el que tiene un corazón franco, señora--dijo

impetuosamente Obdulia.

--Sólo los envidiosos, los malintencionados saben dorar la píldora de

veneno y clavar el puñal cuando parece que están haciendo una caricia.

La voz de la joven salía alterada, un poco ronca.

La Fe · 第 8 / 23 题