Peñascosa está situada en el fondo de una pequeña ensenada del
Cantábrico. Su caserío se extiende todo él por la orilla del mar, sin
penetrar más de cien varas en lo interior. Sólo allá en el vértice de la
angostura hay una plaza medianamente espaciosa, de la cual arranca la
carretera que conduce a Nieva. La parte de la villa que se extiende a la
derecha es menos importante y extensa que la de la izquierda. Por esta
orilla corre la mejor y aun puede decirse la única calle del pueblo. Es
larga, empinada a trozos, a trozos llana, ancha en algunos parajes y en
otros estrecha, con ánditos de un lado para los transeúntes. Las casas
de la derecha tienen todas salida a la mar por medio de escaleras mejor
o peor labradas, según la importancia del edificio. Termina en el Campo
de los Desmayos, donde se alza la iglesia, sobre una punta de tierra que
avanza en el mar. Este campo toma su nombre de algunos sauces que allí
dejan caer sus ramas sobre toscos bancos de piedra, donde los honrados
vecinos se sientan a tomar el sol en invierno o a respirar la brisa en
verano. Es el paraje en que se efectúan todas las fiestas y regocijos
públicos de la villa, las iluminaciones y verbenas, fuegos de artificio,
ascensión de globos, música, danza y giraldilla: sirve además de punto
de reunión para el gremio de mareantes cuando necesitan congregarse y
tomar algún acuerdo, y de real para la feria y de campo de maniobras
para los chiquillos de la escuela. No es maravilla que así suceda, dada
la particular estructura de la población, donde fuera de la plaza, no
hay ningún otro espacio abierto y cómodo más que éste.
El muelle es un espolón de piedra que arranca de la calle mencionada
hacia su promedio y avanza poco más de cien varas por el mar. Bajase a
él por una rampa suave donde hay media docena de tabernas por lo menos y
dos cafetuchos, el de la _Marina_ y el _Imperial_. Unas y otros hierven
de gente a todas horas, pero muy especialmente a la del crepúsculo,
cuando llegan del mar las lanchas pescadoras y termina sus faenas la
tripulación de los pataches y quechemarines anclados. Éstos son los
únicos buques que llegan hasta Peñascosa. Hay, no obstante, un vapor que
surca de vez en cuando las aguas de la ensenada y osa acercarse al
muelle. Es un remolcador de Sarrió llamado _Gaviota_: sus largos
quejumbrosos silbos estremecen al vecindario de orgullo. Porque en lo
tocante a amar a su pueblo y despreciar a los demás de la tierra, nadie
ha ganado jamás a los _peñascos_, ni los romanos siquiera. No hay
peñasco que no esté plenamente convencido de que su puerto es el más
favorecido por la naturaleza en toda la costa española: si no tiene la
importancia comercial de Barcelona, Málaga o Bilbao, consiste en que
nadie se ha ocupado en proporcionársela por medio de obras adecuadas.
Hacia Sarrió, villa que quintuplica su población y que ha adquirido gran
importancia en los últimos años, sienten un odio y un desprecio
inveterados. Cuando ven los vapores cruzar por delante de la «abrigada,
tranquila y segura ensenada» de Peñascosa y meterse en el «sucio y
peligroso fondeadero» de Sarrió, todo buen peñasco siente latir su pecho
con indignación, como el que ha sido víctima de un robo mira cruzar en
coche a su estafador. Hay que oírles hablar de las cualidades del puerto
de Sarrió, sobre todo cuando les escucha un forastero. Principia a
dibujarse en sus labios una sonrisa levemente irónica y despreciativa
que poco a poco se va acentuando hasta trasformarse en sonora, homérica
carcajada cuando llegan a aquello de: «Los cangrejos están muy
satisfechos todos de la boca de Sarrió. Dicen que entran y salen sin
peligro alguno.» Si alguna vez las lanchas pescadoras de este puerto se
ven precisadas a arribar a Peñascosa a causa del temporal, ¡con qué
protección tan humillante los reciben los indígenas! Y cuando por sus
negocios van éstos a la aborrecida villa, están allá inquietos,
nerviosos: el tráfago y los ruidos del muelle les suena dolorosamente en
el corazón: llegan a su pueblo con el estómago sucio y excitados,
narrando los mil disgustos que la envidia de los sarrienses les ha
causado. Llevan cuenta exactísima de todos los siniestros ocurridos en
la barra de su rival y no se cansan jamás de compadecer a los pobres
buques extranjeros a quienes la suerte impía conduce a un puerto tan
inhospitalario.
No sólo en el calado, en el abrigo, en la seguridad del puerto, cifran
su orgullo los peñascos. Poseen además otra porción de ventajas
naturales verdaderamente inapreciables. Existe en las afueras de la
villa una fuente de agua ferruginosa que es admiración de propios y
extraños, sobre todo de propios. Los extraños consideran que si el agua
no viniese unida a tantos cuerpos heterogéneos, se bebería con más
facilidad y produciría los mismos resultados. Y verdaderamente nosotros
también nos inclinamos a pensar que su virtud saludable no se acrecienta
con que los chicos del barrio orinen en ella y a veces se desahoguen de
otro modo aún menos diplomático. Por influencia del clima, críanse en
Peñascosa los mejores cerdos del orbe, con lo cual está dicho que en
ningún país del extranjero saben lo que es comer jamón mas que en éste
afortunado pueblo. Dicho se está igualmente que, si los cerdos de
Peñascosa son los mejores del mundo, las castañas con que se crían estos
cerdos son las más gordas, las más suaves y nutritivas. El mar de
Peñascosa tampoco es igual al de otros puertos: sobre todo con el de
Sarrió no guarda parecido alguno. Hay personas que, sin saber por qué,
se van debilitando paulatinamente en este pueblo, pierden el apetito y
el humor: pues bien, hasta que van a tomar los baños de mar en Peñascosa
no se ponen buenas. Los de Sarrió no producen efecto alguno medicinal:
al contrario, todo el que se bañe allí se expone a erupciones, catarros,
reuma y otros desarreglos tristísimos. Por la parte de Oeste, o mejor
dicho Noroeste, la villa está resguardada de los vientos más vivos y
constantes. El clima es, por lo tanto, suave y benigno: las epidemias no
prosperan. Los peñascos hacen saber con orgullo que, mientras en el
último cólera murieron en Sarrió trescientas doce personas, en Peñascosa
sólo murieron sesenta y una, y de éstas por lo menos treinta bajaron a
la tumba por descuidos lamentables que las familias respectivas debieron
evitar, aunque no fuese más que por el crédito de la villa. Inútil es
hablar del pescado que se coge en este privilegiado puerto. En cien
leguas a la redonda, nadie ignora que ni la sardina, ni la merluza, ni
el congrio, ni el besugo admiten comparación con los de Sarrió. Como el
caso parece extraño habiendo tan poca distancia de un pueblo a otro, los
de Peñascosa lo explican por los mejores pastos que sus peces tienen. En
suma, nosotros no conocemos otro pueblo más agradecido al Supremo
Hacedor por las condiciones topográficas, hidrográficas y climatológicas
con que le plugo favorecerle.
Respecto a las etnográficas, la mayor ventaja que hemos podido apreciar
es la hermosura y gallardía de las mujeres. Son altas, macizas, de tez
sonrosada y ojos negros; la voz es dulce, sonora y hablan con un dejo
musical muy característico: parece que recitan al piano. No presumen de
bellas y lo son. En cambio se vanaglorian de cantar mejor que las de
ningún otro pueblo de la provincia, y no es así. Cierto que, como
acabamos de indicar, hay entre ellas muchas voces gratas y extensas;
pero el oído y sobre todo el gusto no corresponden a la voz. Repicotean
de tal modo lo que cantan que no lo conoce nadie, ni el mismo autor que
lo creó. En verdad que las peñascas abusan de las _fermatas_ y
_fiorituras_ que las muchachas de Sarrió, sin tener tan buena voz,
cantan con mejor gusto y afinación. Silencio acerca de este particular,
porque si alguien lo dice en Peñascosa, le sacan los ojos.
Igualmente tienen metido las jóvenes peñascas en la cabeza (digamos en
la hermosa cabeza, que no hay mentira en ello) que poseen especialísima
aptitud para componer coplas oportunas o de circunstancias. Las componen
generalmente sobre canciones populares que sirven para bailar en las
romerías. Que se inaugura el edificio de las escuelas, copla al canto;
que llegó el diputado del distrito a tomar baños, serenata y coplas; que
D. José el Estanquero monta un servicio de _ómnibus_ a la capital,
coplita laudatoria a D. José el Estanquero. Pero donde brilla
principalmente el estro de las jóvenes artesanas es en las coplas
satíricas: no necesitamos añadir que el blanco preferente de sus sátiras
es el mezquino, peligroso y sucio puerto de Sarrió. No suelen estar bien
medidas las coplas; tampoco se ve en muchas de ellas el aguijón. ¡Qué
importa! Las peñascas las cantan con un fuego y un retintín que
desespera a las jóvenes de Sarrió y les hace enfermar de ira.
Los hombres suelen ser como en todas partes, más feos que hermosos, más
tontos que graciosos, más groseros que corteses, más vulgares que
originales. Sin embargo, hay en casi todos ellos un rescoldo de
imaginación que, si no les sirve para escribir novelas, les hace más
noveleros y curiosos que a los del resto de la provincia. Cualquier
acontecimiento insignificante adquiere proporciones grandiosas en
Peñascosa. El pueblo se conmueve hondamente cada vez que arriba cierto
bergantín-goleta trayendo tabla de pino rojo del Norte para D. Romualdo,
y acude todo a presenciar la descarga. Un prestidigitador vulgar produce
extraordinaria agitación y ocasiona largas y violentas disputas en el
casino, en los cafés, en las tertulias de las tiendas, y encauza el
gusto y la fantasía de los peñascos por distintos derroteros. Llegó en
cierta ocasión un magnetizador que dio algunas sesiones en el teatro
(llamémoslo así). Durante seis meses los peñascos no se ocuparon apenas
en otra cosa que en magnetizarse los unos a los otros. En ninguna
tertulia se entraba que no se tropezase con alguna señorita dormida
mientras un joven indígena, en actitud de espantarle las moscas, le
arrojaba puñados de fluido a la cara: todo era _mediums_ y espíritus, y
veladores giratorios: algunos honrados vecinos quisieron volverse
locos: uno de ellos salió de noche pidiendo confesión a gritos porque
había hablado con cierto pariente difunto. Después llegó un frenólogo.
Los peñascos se dedicaron otra temporada a palparse la cabeza y hacer
vaticinios sobre el destino reservado a los niños. Los cuadros
disolventes de algún saltimbanqui engendraban la afición a las linternas
mágicas, y las compañías dramáticas que por casualidad llegaban hasta
allí, verdaderas cuadrillas de facinerosos, despertaban extrañas
aptitudes para el arte escénico en muchos vecinos que hasta entonces
jamás las habían revelado. Un náufrago austriaco les infundió el amor a
la filología; dio unas cuantas lecciones de alemán y ruso a varias
personas caracterizadas de la localidad, y al cabo de dos meses se
escapó con seis mil reales de D. José el Estanquero, dos mil de D.
Remigio Flórez y algunas pesetas más de otros caballeros. No se habló de
otra cosa en un par de meses.
Hay en Peñascosa un casino suscrito a cinco periódicos de Madrid y a uno
de Lancia. _El Faro de Sarrió_, que les enviaban gratuitamente, fue
devuelto a su destino a propuesta de varios socios dignísimos cuando
este periódico propuso (¡qué asco!) la construcción de un gran puerto de
refugio en Sarrió. Existe además una sociedad de recreo, de la cual es
alma y vida D. Gaspar de Silva, un poeta de la localidad que tiene
escritas más obras dramáticas que Shakspeare. Púsole por nombre el
_Ágora_, en consonancia con sus aficiones clásicas. Es el templo del
arte. Allí se representan las piezas de D. Gaspar por los jóvenes
aficionados y se leen sus poesías líricas, en medio de las lágrimas y
los aplausos de las señoritas de la localidad, adivínanse charadas y
logogrifos, se cantan _mandolinatas_ y _stornellos_ en un italiano
estupendo y se juega de mil modos ingeniosos. Verdaderamente el Ágora de
Peñascosa recuerda, más que la asamblea griega que le ha dado nombre, la
tertulia de la reina de Navarra, aquella gozosa y poética reunión de
hermosas damas y caballeros, donde rebosaba el ingenio y de la cual
tanta gallarda invención ha salido. No llevaremos, sin embargo, nuestro
afán de similitudes hasta comparar a D. Gaspar con Margarita de Valois.
Cada cual en su género deben considerarse como seres privilegiados; mas
pertenecen a géneros diferentes.
D. Gaspar era un hombre alto, seco, con el rostro lleno de manchas
coloradas que delataban su juventud borrascosa, el pelo ralo, la barba,
que gastaba al uso de Espronceda, Larra y los literatos del treinta al
cuarenta, entrecana y erizada, las manos y los pies descomunales, tan
apretados por los callos estos últimos que el poeta andaba apoyado
siempre en una muleta y doblado fuertemente por el espinazo. A pesar de
esta circunstancia, no puede negarse que era un hombre notabilísimo, y
con razón se vanagloriaba Peñascosa de haber sido su cuna y guardarle en
su seno. No se limitó jamás, como la mayoría de los literatos, a
cultivar un género con mejor o peor fortuna. Escribió poemas épicos,
poesías líricas de todas clases, amorosas, satíricas, filosóficas,
didascálicas; fue novelista y autor dramático. Las tres cuartas partes
de sus obras permanecen manuscritas; pero bastan las impresas (a
expensas de un primo hermano que el poeta tiene en Puerto Rico) para
dejar de él imperecedera memoria. Por lo menos, los que hemos tenido la
dicha de conocerle personalmente, es seguro que no lo olvidaremos
mientras nos dure la existencia. Silva era un poeta que guardaba más
semejanza con los vates antiguos que con los modernos. Como Shakspeare,
como Molière y Lope de Rueda, él mismo representaba sus obras en la
escena, reservándose los papeles de característico, a causa de la
curvatura del espinazo. En este caso solía sacar una voz engolada y
tremante que causaba honda emoción en sus convecinos. Los títulos de
ellas tenían un sello de originalidad que recordaba bastante los del
inmortal dramaturgo inglés. Entre otros títulos extraños,
originalísimos, recordamos los siguientes: _No me vengas con belenes,
que te rompo el esternón_ (comedia en tres actos), _Entre col y col,
lechuga_ (pieza en un acto), _Y sin embargo se muere_ (drama en tres
actos), _¿Le gustan o no las rubias?_ (pieza en un acto). Aunque ha
brillado y brilla en todos los géneros literarios, nosotros pensamos que
su genio es más dramático que lírico.
No hay más sociedades reglamentadas en Peñascosa. La tertulia de la
botica, la de D. Martín de las Casas y la de los mosqueteros (esta
última al aire libre, en el Campo de los Desmayos) son agrupaciones
libres, sin ideal artístico ni político.
De esta villa insigne por su maravillosa situación geográfica y por el
talento de sus hijos, blanco de la envidia, no sólo de Sarrió, sino
también de Santander y Bilbao y todos los demás puertos de la costa
cantábrica, que en vano han pretendido humillarla; de este pueblo
generoso, patriota, idealista, fue nombrado teniente párroco el joven
presbítero protagonista de esta verídica historia. Lo fue por influencia
o mediación de D. Martín de las Casas y otros próceres. No les costó
trabajo obtener este nombramiento del obispo, porque Gil se había hecho
notar extremadamente como alumno aplicado e inteligente en el seminario
de Lancia. Al mismo tiempo sus costumbres puras y la suavidad y
mansedumbre de su carácter, acreditadas por todos los profesores, le
ponían en aptitud de desempeñar cualquier oficio en la iglesia. El
rector del seminario, varios dignatarios del clero y hasta el mismo
prelado le insinuaron la idea de quedarse en Lancia y hacer oposición a
alguna de las prebendas que pudieran vacar en la catedral. Nadie dudaba
de su pericia para conseguirla. Sin embargo, el nuevo presbítero rechazó
con humildad la proposición, alegando la insuficiencia de sus estudios,
que esperaba ampliar con el tiempo, y su excesiva juventud para
desempeñar cargo de tal importancia, caso de que se lo otorgasen. En el
fondo de su ser existía también, sin que él mismo se diera cuenta de
ello, cierta repugnancia a la vida sociable y regalona de los canónigos.
Gil era un místico. Había tenido la fortuna de tropezar, en el rector
del seminario, con un hombre de una piedad exaltada, con un orador
elocuente, apasionado, genial, un verdadero apóstol. Este hombre
extraordinario, que formaba contraste con el clero prudente y prosaico
que le rodeaba, ejerció influencia decisiva en el espíritu delicado y
soñador de nuestro héroe, consiguió arrastrarlo en su vuelo,
comunicándole el fuego que devoraba su alma de asceta. Era medianamente
instruido, pero hasta su pequeño bagaje de instrucción le pesaba. Sentía
un respeto idolátrico, que comunicó a su discípulo, hacia la Teología
por lo que había en ella de misterioso e incomprensible. En cambio
miraba con indiferencia la Filosofía y despreciaba las ciencias
naturales. Era, como todos los hombres de fe viva y corazón ardiente,
enemigo de la razón. Cuando se cree y se ama de veras se apetece el
absurdo, se despoja el alma con placer de su facultad analítica y la
deposita a los pies del objeto amado, como Santa Isabel ponía su corona
ducal a los pies de la imagen de Jesús antes de orar. Era un caso de
suicidio por ortodoxia mística. Bajo su dirección, el seminario de
Lancia fue perdiendo el ligero barniz científico que por las últimas
reformas se le había dado. Seguíanse los cursos de física, de historia
natural, de matemáticas, de filosofía, pero con tan poco aprovechamiento
que ningún profesor se atrevía a dejar suspenso a un alumno, por mucho
que disparatase en el simulacro de examen que se hacía. En cambio
concedíase importancia decisiva a las prácticas religiosas, a todos los
ejercicios de piedad. Se pasaba el día orando, meditando. El alumno más
apreciado no era el que mejor dijese y entendiese las lecciones, sino el
que supiera pasar más horas de rodillas, o ayunase con más rigor, el más
silencioso y taciturno.
La mayoría de los colegiales, hijos de labradores y artesanos, cumplía
con estos deberes sin gran esfuerzo, viendo en ello una manera de
arribar pronto y sin dificultades al sacerdocio. El estudio les hubiera
mortificado más. Para Gil, tal género de vida representaba un trabajo
constante, una lucha consigo mismo. Su inteligencia vigorosa apetecía el
estudio, su fantasía el movimiento. Con sistemática tenacidad se puso a
contrariar las expansiones de su naturaleza, dio comienzo al lento
suicidio que primero había operado su maestro y antes todos los místicos
del mundo. Penetró en el pensamiento de aquél, participó del ideal
sombrío de su vida, de su furor de penitencias, de su desprecio de los
placeres, de los horrores y también de la ciencia del mundo. En esta
lucha con la carne hay su poesía. De otra suerte, no habría místicos.
Cuando terminó la carrera era el modelo que se ofrecía a los colegiales.
Humilde, reservado, grave y dulce a la par, rezador incansable y con la
nota de _meritissimus_ en todos los cursos.
Ya le tenemos ejerciendo el cargo de teniente párroco en Peñascosa.
Hubiera preferido marcharse a regentar una parroquia rural. El trato
mundanal le producía penosa impresión: para él Peñascosa, con su casino,
sus cafés y tertulias, era un centro de frivolidad, por no decir
corrupción. Pero Dª Eloisa y sus protectoras se habían empeñado en
tenerle en el pueblo, y el rector del seminario, su venerado maestro, le
aconsejó que no desatendiese sus ruegos: si la frivolidad de la villa
le molestaba, su tarea, en cambio, sería más meritoria y fructífera; las
almas de los campesinos no necesitan tanto prolijo cuidado. Con la
emoción y el anhelo de quien pone mano en una obra sacratísima, dio
comienzo el nuevo presbítero a sus tareas. Levantábase al amanecer y se
dirigía a la iglesia, donde entraba el primero, antes que el sacristán.
Sentábase en el confesonario y allí permanecía escuchando a los que se
acercaban al sagrado tribunal hasta las ocho, hora en que decía su misa.
Después, aún se sentaba otro rato a confesar, y se iba a casa. Hasta la
hora de comer, estudio, meditación, rezo. Después otra vez a la iglesia:
rosario, enseñanza de doctrina, arreglo y aseo del templo. Desde que él
llegó, éste comenzó a estar limpio y decoroso. Sin reprenderle, logró
con el ejemplo, echando él mismo mano al plumero y a la escoba, que el
sacristán cumpliese con su deber. Pero en lo que más se placía su alma
fervorosa era en acudir prontamente al lado de los moribundos, en
permanecer clavado junto a su lecho, exhortándoles al arrepentimiento,
sosteniendo su confianza en Dios hasta que exhalaban el último suspiro.
Esta era la parte grata de su tarea, la obra verdaderamente divina que
le dejaba el corazón anegado de dulzura y entusiasmo. ¡Arrancar un alma
de las garras del demonio! Cuando a la madrugada, después de cerrar los
ojos a un pobre feligrés, se dirigía a la iglesia transido de frío, rota
su flaca naturaleza por una noche de vigilia y trabajo, sus ojos se
posaban en aquel mar siempre colérico, en aquel cielo sombrío, y en vez
de sentir la tristeza y el dolor de la existencia, su espíritu se
dilataba por la alegría y acudían a sus ojos lágrimas de reconocimiento.
Era el gozo sublime de Jesús recorriendo a pie las abrasadas márgenes
del lago Tiberiade, anunciando el reinado del Padre; era el gozo de San
Francisco cuando tornaba a la _Porciúncula_ con algún nuevo compañero de
penitencia; era el del santo rey Fernando al apoderarse de Sevilla; era,
en suma, el gozo de todos los apóstoles.
Se había ido a vivir con el cura no por gusto, sino porque éste siempre
lo había tenido en que los tenientes (o excusadores, como allí se les
llamaba) viviesen a su lado, tal vez para tiranizarlos mejor. La
rectoral estaba situada no muy lejos de la iglesia, a la entrada misma
del Campo de los Desmayos. D. Miguel tenía por servidores una ama vieja
y un criado joven. Los goces espirituales del pobre Gil estaban bien
compensados con un sinnúmero de contrariedades y molestias que su rudo
párroco le hizo padecer en seguida. D. Miguel era tan bárbaro en la
vida privada como en la pública. Su voluntad despótica se dejaba sentir
en todos los pormenores y en todos los momentos de la existencia. Luego,
si esta voluntad fuese racional, vaya con Dios; pero la del formidable
viejo era tan caprichosa como maligna. Se gozaba en contrariar los
deseos de los que a su alrededor estaban, por mínimos que fuesen. Al ama
la tenía frita: un día le impedía dormir la siesta, otro día le mataba
un perrito al cual tomara gran cariño, otro le tiraba los tiestos que
tenía en el balcón o la obligaba a permanecer en casa en ocasión de
cualquier gran solemnidad religiosa, o le hacía pagar un desperfecto de
la vajilla, etc., etc. Al criado le tostaba en parrilla: unas veces le
mandaba en tarde de romería a cualquier aldea con un recado
insignificante, para que no se recrease; otras veces le cerraba de noche
la puerta si llegaba un minuto más tarde de lo convenido y le hacía
dormir al sereno, o bien le obligaba a quitarse las patillas, o le
vestía el ropón del monaguillo porque notaba que esto le molestaba
mucho. Al excusador le crucificaba. Había tenido muchos, y a todos los
había estudiado silenciosamente durante algunos días para conocer sus
tendencias y aficiones. Una vez enterado, se ponía con particular
cuidado a contrariárselas. Al anterior, hombre obeso y amigo de los
placeres de la mesa, le hizo pasar cada hambre que por milagro no
feneció; venía el infeliz de decir misa con ansia de tragarse el
chocolate. ¡Buen chocolate te dé Dios! El cura había mandado previamente
al ama a algún recado que durase dos horas por lo menos. ¡Qué debilidad,
qué sudores, qué congojas las del pobre capellán! Si llegaban en sus
paseos vespertinos a alguna casa donde les invitaban a merendar, el cura
rehusaba manifestando que ya lo habían hecho en casa. Él no padecía
porque era extremadamente sobrio, pero a su infeliz compañero se le
hacía la boca agua.
El estudio de Gil le causó gran sorpresa. Entre los muchos tenientes que
habían desfilado por su casa no había tropezado con un místico hasta
ahora. Hubo alguno aficionado al culto y a la oración, pero sin la
ardiente piedad y el entusiasmo que éste mostraba. El cabecilla de don
Carlos le miró con una especie de curiosidad burlona, con la compasión
desdeñosa con que los viejos miran casi siempre las ilusiones y los
arrebatos de la juventud. Durante algún tiempo le dejó trabajar
libremente en la viña del Señor; la inocencia y la bondad de Gil
apagaban sus instintos malignos. Pero al fin éstos no pudieron
permanecer inactivos, y comenzó a poner obstáculos al apostolado de su
excusador. Unas veces le quitaba de predicar en determinados días, otras
le prohibía sentarse tantas horas en el confesonario o le obligaba a
decir la misa más tarde. Hubo ocasiones en que, haciéndose el distraído,
llegó a dejarle encerrado en su habitación para que no pudiera decirla a
ninguna hora.
Nuestro presbítero aceptaba resignado estos vejámenes y los encomendaba
a Dios, como todos los disgustos y alegrías que experimentaba en esta
vida. El carácter de D. Miguel le producía repugnancia y terror. Tenía
el espíritu demasiado inflamado por el amor divino para ver lo que había
de cómico e interesante en este personaje estrafalario, para
contemplarlo y estudiarlo con ojos de artista. Aquella violencia, mejor
aún, aquella ferocidad, turbaba su alma delicada; el poco apego que el
cura mostraba a los asuntos teológicos o de tejas arriba le indignaba;
pero sobre todo, la avaricia sórdida de aquel viejo, que estaba con un
pie en el sepulcro, del ministro de Aquel que dijo: «No queráis tener
oro, ni plata, ni dinero, ni en vuestros viajes llevéis alforja, dos
túnicas, ni zapatos, ni báculo,» le causaba repugnancia invencible. El
párroco de Peñascosa pasaba por hombre rico, y lo era en efecto.
Cincuenta años regentando una parroquia populosa y viviendo con
extremada economía, le habían permitido juntar un capital respetable.
Había comprado muchas tierras, pero se decía que guardaba en casa
también una gran cantidad en metálico. Y así debía de ser, atento la
vigilancia que desplegaba, sobre todo de noche. Después que terminaban
su frugal cena y rezaban un padrenuestro en acción de gracias, D. Miguel
se levantaba, y tambaleándose un poco, porque el torso era más recio en
él que las piernas, se dirigía a la cómoda, sacaba de ella un par de
pistolas enormes de chispa, y con una en cada mano se encaminaba a su
alcoba, bajo la mirada atónita de Gil. Porque aunque todos los días se
repetía la escena, nunca dejaba de producirle estupefacción dolorosa.
¡Un sacerdote con dos pistolas en las manos, en aquellas mismas manos
que al día siguiente habían de tocar el cuerpo de nuestro Redentor!
Alguna vez había visto a su maestro el rector del seminario de Lancia en
la cama. Sobre su mesa de noche había un crucifijo de bronce y unas
disciplinas ensangrentadas. Al comparar ambos sacerdotes, no sólo sentía
crecer su admiración hacia este virtuosísimo varón, pero también, a
despecho suyo, nacía en su espíritu cierto desprecio hacia su párroco.
Esto no obstante, su humildad le obligaba a rechazar este sentimiento y
a repetirse la frase común a todos los místicos: «Así y todo es mejor
que yo.» No sólo, pues, le miraba como su superior jerárquico y le
tributaba todo el respeto debido, sino que hacía esfuerzos por
representárselo mejor que él moralmente. En el confesonario se le
ofrecían casos de conciencia complicados, que no entraban en las
fórmulas de los libros que había estudiado. Viéndose apurado para
resolverlos, acudía a D. Miguel en demanda de luces; le exponía
tímidamente el caso pidiéndole consejo. El antiguo cabecilla le
escuchaba con visible impaciencia y, frunciendo el torvo entrecejo,
solía contestarle ásperamente:
--Anda adelante y no te detengas en pataratadas.
¡Pataratadas! El cura de Peñascosa calificaba así los extravíos de una
conciencia, los dolores del remordimiento. El teniente se estremecía y
hacía lo posible por ahuyentar los pensamientos que en aquel momento
acudían en tropel a su cerebro. Concluyó por no pedirle consejo alguno,
y obró cuerdamente. La teología moral de don Miguel era sin duda más
deficiente que la táctica militar.
Después de recoger el último suspiro de los moribundos, el gozo mayor
del novel presbítero consistía en sentarse en el confesonario y
esclarecer la conciencia de sus penitentes y conducirlos por el camino
de la perfección. Pero este gozo fue decayendo al observar la pequeñez,
la insignificancia de los sujetos que a su tribunal se acercaban. Casi
todos eran mujeres: por milagro llegaba un hombre a confesarse. Estas
mujeres, siempre las mismas y con los mismos pecados, concluyeron por
aburrirle. Al principio, observando la docilidad con que escuchaban sus
consejos, la ardiente piedad que mostraban y afición a los sacramentos,
imaginó que le sería fácil hacerlas cada día mejores, levantarlas hasta
la santidad o poco menos. Pronto se convenció de que era más difícil
cambiar la vida de aquellas beatas que la de un pecador empedernido. Le
causó gran desaliento: comenzó a fastidiarse de aquellas nonadas, de
aquellas confidencias domésticas insulsas y necias con que las devotas
sazonan sus confesiones. Y no podía menos de admirar a su compañero el
P. Narciso, que se pasaba las horas muertas confesándolas con la misma
afición que el primer día. No sólo las confesaba, sino que, por uno u
otro motivo, siempre estaba entre ellas: unas veces eran las Flores de
Mayo, otras la novena de las Hijas de María, otras la congregación de
San Vicente de Paul, etc. El P. Narciso era, como ya sabemos, el
director espiritual y el ídolo del sexo femenino de Peñascosa.
Sin embargo, desde la llegada del P. Gil al pueblo, el rebaño había
experimentado algunas bajas. Varias beatas abandonaron su sotana
protectora para colocarse bajo la férula del nuevo excusador. Éste no
tenía la verbosidad y la gracia del P. Narciso, ni se placía en gastar
bromitas saladas con sus penitentas; pero en cambio poseía una figura
delicada como la de un querubín, una sonrisa dulce y melancólica y
modales tan suaves y distinguidos, que compensaban bien las cualidades
del otro. Algunas señoras así lo entendieron al menos, y se produjo la
desbandada que acabamos de indicar. Mas lo raro, lo estupendo del caso
fue que la oveja predilecta del capellán de Sarrió, aquella Obdulia de
quien murmuraban las jóvenes artesanas el día de misa nueva, abandonó
también a su pastor, con quien triscaba espiritualmente, al decir de
aquéllas, en el jardín de Montesinos, y vino humildemente a postrarse a
los pies del joven presbítero.
Dos meses después de tomar éste posesión de su oficio, se hallaba una
tarde en el confesonario, rezando por su brevario de bolsillo. En la
capillita donde acostumbraba a sentarse no había nadie. Dos mujerucas a
quienes había confesado se habían ido ya. De pronto una figura elevada y
esbelta tapó a medias la puerta, por donde entraba alguna claridad, no
mucha. El P. Gil levantó los ojos y reconoció a la hija de Osuna. La
conocía mucho de vista, aunque jamás había hablado con ella. No ignoraba
que era penitenta muy asidua del P. Narciso, y aun habían llegado a sus
oídos ciertos rumores que rechazó, por supuesto, con indignación. Sin
embargo, aquella joven tan aficionada a la iglesia, tan suelta y
andariega, no le era simpática. Obdulia tenía la tez pálida,
extremadamente pálida, donde brillaban unos ojos negros grandes y
hermosos como pocos. Sus cabellos eran negros también y abundantes, su
talle delgadísimo. Todo en su persona indicaba un temperamento
enfermizo. No podía llamársela con justicia hermosa, pero sí interesante
y distinguida. Avanzó lentamente por la capilla. El joven clérigo creyó
que vendría a hacerle alguna pregunta referente a la comunión general
del día siguiente. Pero en vez de eso, Obdulia se inclinó hacia él
tímidamente y le preguntó con voz temblorosa, donde se advertía extraña
emoción:
--¿Me puede usted confesar?
Quedó sorprendido y descontento. Tardó un instante en responder; al fin
dijo gravemente con manifiesta sequedad:
--Para eso estoy aquí, para confesar a todo el que lo desee.
La faz pálida de la joven se coloreó fuertemente, sus labios temblaron
como para dar las gracias; pero no dejaron escapar ningún sonido.
Arrodillose sobre la tarima contigua al confesonario, oró breves
instantes y acercó al fin su rostro demacrado a la ventanilla enrejada.
El P. Gil estaba inquieto, muy poco satisfecho de aquella preferencia.
No que el confesar a una joven mas o menos agraciada le importase nada.
Era el suyo un temperamento puro, sosegado. La lucha con la carne no le
había costado nunca grandes fatigas. Las mujeres eran para él seres
débiles, más necesitadas, por tanto, de protección y consejo: si había
que vivir siempre prevenido contra ellas, era porque los Santos Padres
así lo habían establecido, teniendo presente sin duda su frivolidad y su
naturaleza pecaminosa. El combate formidable que había necesitado
sostener no era contra la sensualidad, sino contra su espíritu analítico
lleno de curiosidad, enamorado de la ciencia. Su maestro venerado, el
rector del seminario, al verle entregado con ardor al estudio de las
matemáticas, de la física, de la filosofía, le había dado la voz de
alerta. ¿Por qué estudiar tanto? ¿A qué conducía, en último resultado,
la ciencia? Lo necesario para salvarse se podía aprender bien en un día,
en una hora, en un minuto. Lo importante no es saber, sino orar y
trabajar. El hombre virtuoso es el más sabio, porque conoce el camino
para llegar a Dios y lo sigue. Estas verdades se impusieron pronto a su
espíritu y le previnieron contra su curiosidad científica y le
impulsaron a sofocarla. Alentado por los consejos y por el ejemplo de su
maestro, había matado la sed de conocimientos con el refresco de la
oración y la penitencia. Logró, como él, amar lo inexplicable, lo
absurdo, porque esto satisface mejor los anhelos de un alma enamorada.
Pero aunque la mujer no había sido para él jamás un peligro, guardaba en
el fondo de su ser hacia ella ese rencoroso desprecio que caracteriza a
todos los místicos, no por la influencia que sobre ellos puede ejercer,
sino por la funesta que despliega sobre otras pobres almas. En esta
ocasión los dichos que sobre aquella joven corrían, su fama de
caprichosa, estrambótica, despertaban en él cierto sentimiento de
hostilidad que se tradujo en una reprensión tan dulce en la forma como
severa en el fondo cuando la joven le dijo que no había tenido motivo
para variar de confesor.
--No he hallado nada en él de malo... Solamente que pienso que no acaba
de entenderme--concluyó por manifestar, viéndose apretada.
--Todo ministro del Señor--repuso ásperamente el P. Gil--entiende lo que
es pecado, y esto basta.
Pero la confesión que siguió, larga, sincera, fervorosa, regada más de
una vez por las lágrimas, hizo cambiar la disposición del clérigo.
Comprendió que no se las había con un alma vulgar, con una mujerzuela
frívola, sino con una cristiana de corazón entusiasta como el suyo,
tocada del amor divino y ansiosa de perfección. Había sin duda bastante
incoherencia en sus frases, relataba pormenores ridículos y hasta necios
e indignos en ocasiones, pero en otras se mostraba grande y fuerte,
pisoteando sus pasiones y lanzando su vuelo hacia la luz y la verdad.
Hubo momentos en que su novel confesor pensaba estar escrutando el alma
de una santa; hasta tal punto semejaban los ímpetus, los anhelos
místicos de aquella joven a lo que tenía leído en la vida de Santa
Teresa, Santa Catalina de Sena y otras gloriosas madres de la Iglesia.
El relato de las penitencias con que se mortificaba le impresionó
vivamente y le hizo formar de ella un concepto elevado.
Sin darse cuenta de ello, Obdulia vino a hacer en aquella tarde una
confesión general. Al comunicar al nuevo confesor las flaquezas de su
temperamento, los movimientos pecaminosos de su alma, su vida entera le
acudió a la memoria: ¡una vida bien triste por cierto! Era hija de la
primera esposa que su padre había tenido: no había conocido a su madre.
Su padre había casado otras dos veces, pero no habían durado mucho sus
madrastras. Decíase en el pueblo que el lúbrico jorobado mataba a sus
mujeres a cosquillas. Esta especie monstruosa, que halagaba la
imaginación del vulgo, se la metían por el oído a Obdulia sus compañeras
de colegio para hacerle rabiar. ¡Oh, cuánto había sufrido escuchándolas
y observando el desprecio mezclado de terror que su padre inspiraba!
Éste era para ella cariñoso e indulgente. La pobre no comprendía la
razón de tal desprecio, a no ser por la joroba que la naturaleza le
había dado. Parecíale, como es natural, enorme injusticia. ¿Tenía él por
ventura la culpa de no haber nacido derecho como los demás? Todavía
recordaba con lágrimas la noche en que algunos jóvenes ebrios le ataron
con una faja y le zambulleron en el mar repetidas veces entre bromas y
risotadas. ¡Pobre padre! ¡En qué estado de cólera y miseria llegó a
casa! Lo que no supo la niña fue que estos jóvenes le habían sorprendido
en un portal oscuro en situación poco decorosa. Se asombraba
dolorosamente cada vez que notaba el miedo que inspiraba a sus amigas; y
cuando alguna de éstas, más benévola que las otras, la mostraba
compasión, irritábase fuertemente sosteniendo con calor que su padre era
muy bueno y que la quería entrañablemente. Su naturaleza había sido
siempre pobre y enfermiza: varias veces se temió por su vida. Padeció
desde la infancia fuertes hemorragias por la nariz, que la dejaban
desangrada, aniquilada. Estuvo dos años, desde los doce hasta los
catorce, paralítica de ambas piernas. Su padre la había llevado a varios
establecimientos balnearios sin resultado: hasta que un día, sin saber
cómo ni por qué, echó a andar repentinamente. Otros muchos desórdenes
experimentó su organismo, sobre todo en el período de la adolescencia;
pero el más señalado, o por lo menos el que más llamó la atención de la
gente y el que salía a relucir siempre que se hablaba de ella en la
villa, fue una aberración del apetito que la impulsaba a comer la cal de
las paredes. En vano se hicieron esfuerzos por su padre y maestras para
arrancarle este vicio; en vano se la castigaba, se la recluía, se le
ataban las manos. Al menor descuido, ya estaba descascarillando la pared
y haciendo en ella agujeros profundos.
Ésta y otras aberraciones desaparecieron al hacerse mujer. Tuvo un
período, desde los diez y seis hasta los veinte años, en que su salud se
fortaleció notablemente, en que se hizo una joven gallarda y bien
parecida. Pronto se secó aquella flor, no obstante. Su salud quebrantose
de nuevo, y aunque no se repitieron los extraños desórdenes pasados,
comenzó a decaer visiblemente, a sentir frecuentes indisposiciones. Los
amigos y su mismo padre atribuían estas dolencias a sus largas oraciones
y penitencias. Le había acometido una afición desmedida a las prácticas
piadosas, a frecuentar los sacramentos y a permanecer horas y horas en
la iglesia. A pesar de las advertencias de todos y de los ruegos de su
padre, nunca quiso refrenar su piedad; antes iba cada día en aumento. La
influencia de D. Narciso quizá tuviera buena parte en ello.
Había llegado Obdulia a los veintiocho años sin que hubiera tenido más
que unos amores, cuando contaba diez y siete. Fue novia de un mancebo de
Lancia que pasaba en Peñascosa largas temporadas en casa de unos amigos.
Llegaron estos amores a formalizarse. Se habló de boda, se hizo ropa la
novia, se fijó la época. De repente llega el padre del muchacho de la
isla de Cuba, y una noche lo empaqueta en la diligencia y se lo lleva,
no se sabe adónde. Después de este aborto de matrimonio, nada. El
carácter de Obdulia, ordinariamente alegre, se hizo desde entonces
melancólico y reservado. Sin duda el amor divino fue para ella un
consuelo en este fracaso del amor humano. Su carácter experimentó al
mismo tiempo una exaltación extraña. Antes, cualquier censura la echaba
a risa y no le impresionaba; ahora, la observación más delicada la
conmovía fuertemente, le hacía derramar copiosas lágrimas. Su amor
propio se había hecho tan nervioso, tan excitable, que el más ligero
choque con él sentíalo como una profunda puñalada. Su conciencia la
acusaba continuamente de orgullo. Sostenía contra sí misma una lucha
cruel, y no lograba calmar aquella singular irritabilidad.
El P. Gil sondeó aquel día y los sucesivos (porque Obdulia se confesaba
a menudo) con profunda emoción un espíritu verdaderamente piadoso, al
cual su lucha consigo mismo hacía aún más interesante. Era una de esas
almas que sólo había visto descritas en los libros místicos. Su inefable
dulzura, la sumisión con que recibía los consejos y advertencias, le
sedujo y le inquietó al mismo tiempo: le inquietó porque desconfiaba
mucho de si mismo, temía no acertar a comprender los anhelos ardientes,
las reconditeces sublimes de un ser superior a todos los que hasta
entonces había conocido. Comenzó a prestar intensa atención a las
extrañas confidencias de la joven, a sus escrúpulos, a sus alegrías y
terrores, a sus visiones, porque las tenía de vez en cuando. Y ya no le
sorprendió que los demás confesores no la hubiesen comprendido.
Recordaba lo que le sucediera a Santa Teresa, y se propuso con el
ejemplo no despreciar por ridículas ciertas menudencias, señales de una
conciencia siempre alerta, ni considerar como deslumbramientos y
trampantojos los que muy bien podrían ser favores reales del Cielo.
Lo que más le impresionó en la piedad de su nueva penitenta fue el afán
de mortificarse. Trataba a su cuerpo sin compasión, un cuerpo delicado
como el tallo de una flor. Varias veces durante la noche levantábase a
orar; al amanecer, en los días más húmedos y fríos del año, salía de
casa para ir a la iglesia, donde pasaba algunas horas de rodillas;
ayunaba con un rigor que no había visto ni en su ascético maestro del
seminario, abstinencias prolongadas, terribles, que parecían imposibles
de resistir; gastaba cilicios en las piernas y los brazos, y se
disciplinaba los viernes y en las vísperas de las fiestas señaladas.
Este desapego de la carne, este odio de la bestia nunca lo había sentido
el joven sacerdote. En vano se lo había querido inculcar su director
espiritual, en vano había trabajado toda su vida por adquirirlo. Todo
fue inútil. Las penitencias corporales le dolían, le aterraban de tal
modo que apenas comenzadas tenía que suspenderlas. Maltrataba a su
espíritu con gran valor, sofocaba en él toda aspiración, todo deseo que
le pareciese pecaminoso, lo humillaba siempre que quería; pero temía al
dolor físico como la más sensible damisela: de ello se acusaba al
confesor y se dolía en sus largas y fervorosas oraciones. Por eso las
ásperas penitencias de la joven le causaron una admiración ilimitada.
Todos admiran más aquello que les falta. Nunca se sintió más humillado
ni dudó tanto de su virtud y su salvación. Y tomándolo como una
advertencia del Cielo, se propuso intentar nuevamente este camino de
perfección, por el cual habían andado todos los que verdaderamente
quieren acercarse a Dios. Alentado por el ejemplo de la piadosa
doncella, comenzó a maltratar su carne como ella: cada una de sus
confidencias servíale de ejemplo. Quiso también ayunar rigurosamente,
quiso también levantarse al primer sueño y pasar una hora en cruz de
rodillas, quiso gastar cilicio, quiso disciplinarse. Fue un combate
terrible con su naturaleza pura y tranquila de hombre sin pasiones, que
no siente por tanto la necesidad de aquietarlas a latigazos.
Su admiración por la virtuosa doncella le impulsó no sólo a tomarla de
ejemplo, sino también de consejera. Era tan humilde e inocente de
corazón que se sentía avergonzado teniendo que dirigir y reprender a
quien en el fondo consideraba como superior. Poco a poco comenzaron las
mutuas confidencias. El nuevo clérigo, no teniendo en Peñascosa un
director espiritual acomodado a su educación mística, abrió
insensiblemente su pecho y comunicó a la joven sus alegrías, sus
triunfos y sus desmayos en la vía de salud que se había trazado. Fue una
amistad espiritual, en que no se trataba otro asunto que el del servicio
de Dios, en que se pasaban largos ratos hablando dulcemente de las cosas
del Cielo. Ni faltaban tampoco en sus coloquios algunas bromitas
inocentes que los regocijaban por breves instantes.
--Cuando usted se encuentre en el cielo--decía sonriendo el P. Gil,--muy
arrellanadita en la silla que le corresponda, ¡qué poco se acordará de
su pobre confesor, que estará padeciendo en el purgatorio!
--¡No diga eso, padre! Si usted no va derecho al cielo, ¿quién ha de ir?
--¡Oh, no!--respondía con un suspiro el sacerdote.--Usted tiene formado
de mí un concepto muy equivocado... Yo soy un indigno pecador... Gracias
infinitas daré a Dios si me lleva al purgatorio, aunque esté allí miles
de años...
Y lo decía de todo corazón el virtuoso clérigo. Creía de buena fe que,
porque no le era posible macerarse, no poseía una virtud sólida, y se
alegraba en el fondo del alma de haber tropezado con un ser que gozaba
de este privilegio. Acudíale a la memoria frecuentemente el ejemplo del
P. Gracián, a quien Santa Teresa tanto había ayudado en el camino de la
perfección con sus virtudes y consejos. Su amor platónico al ascetismo
le impulsaba a alentar en vez de reprimir prudentemente el de su
penitenta. Cada mortificación que ésta se infligía y temblando y
ruborizada venía a relatarle en el confesonario le causaba un gozo
profundo, le parecía un triunfo sobre el pecado y se forjaba la ilusión
de que a él le correspondía una parte de la victoria.
Muchas y variadas fueron las que la valerosa doncella consiguió sobre la
carne en el espacio de pocos meses. Así como los hombres corrompidos
agotan su imaginación en busca de nuevos placeres, así ella sobresalía
en la invención de variados tormentos para su delicado cuerpo. La
aprobación de su confesor, las frases de elogio que a despecho suyo se
le escapaban de los labios, indudablemente calentaban su fantasía y
aguijaban sus ímpetus. Un día se pasaba veinticuatro horas sin tomar
alimento, otro echaba ceniza en el plato que más le gustaba, otro se
ponía una camisa de lana burda a raíz de la carne, otro se disciplinaba
hasta saltar la sangre, etc.
Cierta tarde se acercó al confesonario con la faz más radiante, con un
gozo intenso pintado en sus grandes ojos negros y misteriosos. Acababa
de lograr un nuevo triunfo sobre el enemigo y ansiaba comunicarlo a su
confesor. Pero éste, en vez de entretenerse en coloquios místicos como
otras veces, y de enterarse con afectuoso interés de sus penitencias, de
sus luchas con la carne, se atuvo severamente a los pecados. Se hallaba
quizá en un momento de melancolía o de concentración del pensamiento.
Mantúvose en una actitud reservada, hablando poco, tratándola casi como
a una desconocida. Esta reserva impresionó a la joven. Hallábase ella
precisamente en uno de esos momentos de expansión, en que la alegría
espiritual rebosa del pecho. Pensaba hacer partícipe de ella a su
virtuoso confesor. Mas hete aquí que a éste le da por callar y abreviar
la confesión todo lo posible. La joven se levantó al fin triste y sin
poder reprimir un movimiento de despecho. Dio algunos pasos por la
capilla, que estaba solitaria. De repente, no pudiendo vencer el deseo
de hacer saber a su confesor la terrible penitencia que había llevado a
cabo, se acerca de nuevo al confesonario, no por la ventanilla, sino por
la puerta.
--Padre--dice con voz temblorosa, ahogada por la emoción,--se me olvidó
decir que esta noche hice una penitencia que acaso, por excesiva,
pudiera ser un pecado.
El joven presbítero levantó los ojos sin comprender bien, expresando una
muda interrogación.
--Me he quemado con una plancha.
El confesor permaneció silencioso, mirándola con ojos distraídos.
--Me he puesto la plancha ardiendo en un brazo...
El mismo silencio. El P. Gil, o estaba pensando en otra cosa, o el
estupor le había inmovilizado.
Sin duda creyó lo primero Obdulia, porque dijo con cierta viveza:
--Sí, señor, me he hecho en el brazo esta quemadura...
Y al mismo tiempo levantó la manga del vestido y puso al descubierto
una herida fea y dolorosa que tenía en el antebrazo.
El sacerdote se encendió como una amapola, y volviendo prontamente la
cabeza, repuso con aspereza mirando a las tablas del confesonario:
--Bueno, bueno... Deje usted... Me parece excesivo, en efecto...
Absténgase en adelante de hacer tales penitencias sin consultarlas antes
con su confesor.