--No; déjelo usted... Acaso no quiera venir... Ya conoce usted su
carácter.
--¡Pues hombre, no es plato de gusto estarse ahí sudando café con
leche!--repuso con aspereza, alzando al mismo tiempo los hombros.
La iglesia es de las más espaciosas que pueden verse en una villa.
Verdad que Peñascosa, con tener de siete a ocho mil almas, no cuenta con
más templo que éste. Quizá por ser demasiado espaciosa, el sacristán y
sus ayudantes no quieren encargarse de limpiarla a menudo. Su aspecto es
lóbrego y sucio. De las paredes, que no se enjalbegaron hace ya muchos
años, penden cadenas, cuadros sombríos y borrosos, una muchedumbre de
piernas, brazos, cabezas de cera amarilla y otra mayor aún de barquitos
y lanchas que la fe de los marineros o de sus familias han llevado allí
en recuerdo de algún peligro milagrosamente evitado. Mas para la función
que se celebraba habíanla adornado cuanto les fue posible. Guirnaldas de
flores circundaban los altares principales cubiertos de paños blancos
planchados de fresco. Se habían colgado algunos cortinones en los
lienzos de pared cercanos al altar mayor y tapizado una parte del suelo
con la alfombra, sucia ya y desgarrada por varios sitios, que salía a
relucir hacía cuarenta años, en los días solemnes. D.ª Eloisa, la
madrina del nuevo presbítero, y las damas que la habían secundado en la
noble empresa de darle carrera, habían añadido algunos pormenores
delicados al adorno tosco y rutinario del sacristán. Grandes macetas de
flores colocadas en artísticos floreros sacados de las mejores casas de
la villa, algunas cortinas de damasco formando pabellón sobre los
altares, candelabros, arañas. Donde, como es natural, había recaído
particularmente su atención y esmero era en el arreo del joven
sacerdote. Alba finísima de batista bordada con primor, estola, casulla
del más rico tisú de oro que pudo hallarse en la capital, cáliz, de oro
también, con algunas piedras preciosas. Las bondadosas señoras no habían
escatimado el dinero para dar remate o coronar la obra de caridad que
hacía algunos años acometieran.
Todo el mundo lo recordaba en la villa; unos por haberlo presenciado,
otros por haberlo oído contar frecuentemente. Hacía poco más de veinte
años había en Peñascosa un pescador de altura llamado Mariano Lastra, a
quien todos sus compañeros apreciaban por sus sentimientos honrados y
carácter apacible. Este pescador pereció con otros ocho tripulantes de
la lancha en que iba, a consecuencia de una galerna de poca importancia.
Sólo aquella embarcación había zozobrado. Mariano se había casado hacía
dos años y dejaba un niño de pocos meses. La viuda era una joven buena y
honrada, pero de escasa disposición para el trabajo, y que sobre esto
gozaba de poca salud. Viose gravemente apurada para poder subsistir. El
niño le estorbaba mucho en cualquier trabajo. Dedicose a asistir por las
casas desempeñando los oficios más bajos y penosos, traer agua o fregar
suelos, llevar recados; lo único que era capaz de hacer, pues no tenía
oficio alguno. Pero llegó un momento al parecer en que las fuerzas la
abandonaron; su salud, cada día más vacilante, la iba dejando inútil
para el trabajo. Fue despedida de algunas casas. Otras por caridad la
siguieron empleando, aunque con menos frecuencia. Comenzó a pasar hambre
y su hijo también.
Un día fue despedida también de la única casa en que ya asistía.
--Basilisa--le dijo la señora--Usted no puede ya traer agua y fregar
suelos. Se está usted matando y no consigue cumplir como es debido.
Necesito buscar otra asistenta... Bien quisiera seguir manteniéndola...
pero no soy rica, como usted sabe... tenemos muchos gastos...
--Sí señora, sí, ya lo comprendo--respondió la infeliz con sonrisa
humilde y forzada.--Demasiado ha hecho por mí.
Salió de aquella casa, su último refugio, con el corazón apretado y las
piernas vacilantes. Llegó a la zahurda que habitaba en los arrabales. Su
hijo dormía en la cuna el sueño dulce y sereno de los ángeles. La
infeliz cayó de rodillas y sollozó largo rato. Levantó la cabeza al fin,
y dijo sordamente contemplando al niño:
--¡No, no irás al hospicio!
Varias comadres, y hasta alguna señora también, se lo habían aconsejado.
Pero la idea de abandonar al hijo de sus entrañas en manos de mujeres
sórdidas y empleados brutales la había horrorizado siempre. Luchó
bravamente cuanto pudo, privándose ella bastantes veces del necesario
sustento para alimentar al niño, que ya contaba cerca de tres años.
Había llegado, sin embargo, el fin del combate y resultaba vencida. Le
quedaba el recurso de pedir limosna, pero además del espanto que le
causaba, comprendía muy bien que sus días estaban contados. Y
muriéndose ella, ¿qué iba a ser de aquella criatura?
Meditó un buen espacio con los ojos secos y clavados en el niño,
repitiendo de vez en cuando la misma frase:
--¡No, no irás al hospicio!
De pronto se alzó animada por una voluntad fatal, besó a su hijo
apasionadamente hasta que logró despertarlo, envolviolo en una manta y
cogiéndolo en brazos salió de la casa.
Era la hora del oscurecer. Desde lo alto de la Gusanera, donde Basilisa
vivía, veíanse llegar al muelle ya las lanchas pescadoras. Una
muchedumbre las aguardaba. Por la plaza, y por la calle larga que va
desde ésta a la iglesia a orillas del mar, discurría también bastante
gente. Basilisa tomó por la carretera de Rodillero, que ciñe la orilla
opuesta da la pequeña ensenada frente por frente de Peñascosa, y marchó
apresuradamente, casi a la carrera.
--¿Por qué corres, mamá? ¿Dónde vamos?--preguntó el niño acariciándole
con sus manecitas la cara.
--Vamos al cielo, vida mía--respondió la desdichada con los ojos
nublados por las lágrimas.
--¿Vamos con papá?
No pudo responder; se le hizo un nudo en la garganta.
--¿Vamos con papá?--insistió el chiquito.
Detúvose un instante para tomar aliento.
--Sí, vamos a verle, rico mío--dijo al cabo.--¿No quieres ir al cielo
con él?
--No; yo contigo.
Y al mismo tiempo la apretó el cuello con sus tiernos brazos y la cubrió
el rostro de besos.
--¿Por qué lloras, mamá?--preguntó sorprendido al sentir en los labios
el amargor de las lágrimas.--¿No tenes nada? Toma mi corneta...
Y le ofreció una de plomo que le había costado a Basilisa dos cuartos.
Para Gil, que no comprendía la existencia sin estar enredando con algo,
la mayor desgracia que podía pesar sobre un ser humano era el tener las
manos vacías.
La madre le apretó contra el pecho, descargó sobre sus rosadas mejillas
una granizada de besos y continuó la carrera. Al llegar a cierto paraje
en que la carretera se separa de la orilla del mar para internarse,
dejola y tomó una veredita que conducía a éste. Llegó a las peñas altas
y sombrías que lo circundan por aquel paraje. Puso a su hijo en el suelo
y arrodillándose después, rezó entre sollozos comprimidos una oración
que, por no ir dirigida en forma, no debió de escuchar el Altísimo.
Era ya casi noche cerrada. El mar estaba inmóvil, sombrío, esperando
impasible que las lágrimas de aquella infeliz mujer viniesen como tantas
otras a aumentar el caudal amargo de sus aguas. Del lado de allá de la
ensenada se veía la silueta del muelle y de tres o cuatro pataches que
ordinariamente yacen anclados cerca de él. El grupo de las lanchas
pescadoras, un poco apartado, se movía y resonaba aún con los gritos de
las mujeres ocupadas en abrir el vientre a los pescados, mientras los
maridos descansaban ya gravemente en alguna taberna de la villa.
Basilisa atendió un instante a aquellos ruidos tan conocidos. Ella
también esperaba a su esposo en otro tiempo, le acariciaba con la mirada
al llegar, tomaba de sus manos el capote de agua, la caja de los
aparejos y el cesto de las provisiones y los llevaba con alegría a casa.
Mariano llegaba poco después y se sentaba al amor de la lumbre, haciendo
bailar entre sus manazas al tierno niño que contaba pocos meses.
La viuda estuvo largo rato contemplando fijamente el grupo de la ribera,
que parecía ya una masa informe y movible. Su hijo, sentado sobre el
césped, jugaba atascando de tierra la corneta. De pronto vino hacia él,
le levantó entre sus brazos flacos y corrió hacia el borde del
precipicio.
--¡Mamá! ¿Dónde vamos?--gritó el niño.
La respuesta, si se la dio, debió de ser desde el cielo. Saltó con
ímpetu al fondo del abismo. Al caer sobre las piedras de la orilla se
deshizo la cabeza: quedó muerta en el acto: el niño salvó
milagrosamente. El vientre de donde había salido le sirvió ahora de
resorte para no despedazarse.
Un marinero viejo, que andaba a la sazón por entre aquellas peñas a la
pesca de pulpos, oyó el ruido y prestó los primeros socorros al niño.
Corrió a dar la noticia: pronto se inundó el paraje de gente. El caso
produjo honda impresión. Las mujeres lloraban y se pasaban al tierno
infante de mano en mano prodigándole mil cuidados y caricias. Muchas se
ofrecían a adoptarlo y hubo disputa sobre quién había de llevárselo.
Enteradas las señoras de la villa y conmovidas, quisieron asimismo
recoger al huérfano. Las mujeres de los pescadores renunciaron entonces
a ello en interés de aquél. Quedó, pues, en poder de D.ª Eloisa, la
señora de D. Martín de las Casas, secundada por otras seis u ocho damas
que de ningún modo quisieron renunciar a la participación de tan
caritativa obra.
La infancia de Gil (que así se llamaba el huérfano), si no feliz,
tampoco fue desgraciada. Sus protectoras ejercieron sobre él una
vigilancia un poco impertinente a veces, otro poco humillante también,
pero cariñosa siempre y bien intencionada. Entre todas, aunque tomando
parte más principal D.ª Eloisa, le pagaron la crianza y el pupilaje en
casa de un matrimonio artesano que habitaba en la Gusanera, cerca de la
casa en que la desgraciada viuda vivía. Cuando estuvo en edad para
ello, le mandaron a la escuela. Dio señales de ser un niño pacífico,
reservado, sensible, y comenzó a aprender sus lecciones muy bien. Sus
siete u ocho mamás se encargaban de preguntar al maestro por su conducta
y aplicación siempre que le tropezaban en la calle, animándole «a que le
apretase los tornillos.» El maestro se encargaba, en efecto, de
apretárselos recordándole al mismo tiempo a cada momento, en presencia
de sus condiscípulos, su orfandad, su miseria y la imprescindible
necesidad que tenía de mostrarse humilde y agradecido con sus
bienhechoras. Esto de la humildad era cosa que no cesaban de cantarle al
oído en la villa. Cuantos le tropezaban en la calle y se dignaban
ponerle paternalmente la mano sobre la cabeza, le decían:
--¡Cuidado con ser humilde! Sé obediente y sumiso con las señoras que te
han recogido por caridad, ¿entiendes?... por caridad.
Y por último, sus condiscípulos se encargaban generosamente de
advertirle sin cesar que era un desdichado sin padres, alimentado por la
caridad y que debiera estar en el hospicio y no alternando con hijos de
zapateros distinguidos, albañiles, sastres y panaderos _fashionables_, y
otra gente no menos principal y digna de respeto.
La humildad teníala en el corazón el hijo del ahogado y la suicida, que
si no la tuviese, no sería fácil que se la inculcaran las burlas y
desprecios de sus compañeros, ni los paternales azotes del maestro y de
sus protectoras: porque éstas todas se creían con derecho a amarle, pero
a castigarle también. Era la suya una naturaleza amante y agradecida.
Comprendía que a todas sus protectoras debía respeto y cariño, y se lo
tributaba. Claro que en el fondo de su corazón sentía preferencias; esto
es irremediable. Amaba con pasión a D.ª Eloisa. Esta buena señora, que
era a quien más debía, jamás le reñía ni castigaba, ni le decía siquiera
una palabra desagradable: tratábalo con extremada dulzura, le acariciaba
como si fuese su hijo y ocultaba y disculpaba sus pequeñas travesuras.
Cuando llegó a los doce años, se reunieron en cónclave las damas y
deliberaron acerca de lo que debía hacerse con el chico. Desechose por
unanimidad la idea de dedicarle al oficio de su padre. Pensaron en otros
varios, sin lograr ponerse de acuerdo, hasta que D.ª Trinidad, la esposa
de D. Remigio Flórez, fabricante de conservas alimenticias, propuso
llevarle de criado recadista a su casa. Asintieron casi todas a esta
resolución; pero D.ª Eloisa, a quien le dolía, hizo presente a sus
amigas que el chico había mostrado aptitud para los estudios, y que
sería una obra meritoria hacer de él un sacerdote. Las damas acogieron
la idea con entusiasmo. Sólo D.ª Trinidad, señora de gran puntillo y
amiga de imponer su voluntad a todo el mundo, se opuso fuertemente y se
retiró desabrida de la reunión. Pasáronse las damas sin su concurso, y
fijando una cantidad mensual, que abonarían a escote, mandaron el chico
al seminario de Lancia, capital de la provincia donde nos hallamos.
Fue Gil un seminarista modelo; aplicado, dulce, respetuoso, afecto a las
prácticas religiosas y mostrando mucho fervor en ellas. Las damas no
tuvieron más que motivos para felicitarse de su resolución. Cuando venía
a pasar las vacaciones a Peñascosa, traía para cada una de ellas una
carta del rector manifestando su satisfacción por la conducta y los
progresos del huérfano. En los dos o tres meses que permanecía allí, les
prestaba algunos servicios, repasando las lecciones a sus hijos,
acompañándolas en sus oraciones o sirviéndoles de amanuense, etc.
Habitaba en casa de D.ª Eloisa. Cada verano se iba trasformando un poco:
el niño se convertía en hombre. Al fin dejó tres años consecutivos de
venir, para tomar las últimas órdenes. Llegó el momento de hacerse
presbítero. Cuando apareció al fin un día en Peñascosa en traje de
sacerdote, su presencia causó emoción profunda en el corazón de sus
protectoras. Todas se consideraban madres de él, y por consiguiente,
con derecho a llorar de alegría y a caer en sus brazos enternecidas. Por
cierto que estos desahogos cariñosos dieron ocasión a algunos dimes y
diretes entre ellas. Porque las que menos afectuosas y tolerantes se
habían mostrado con el niño, eran más extremosas ahora con el hombre.
Esto sacó de sus casillas a D.ª Eloisa, D.ª Teodora y D.ª Marciala, que
le trataron siempre con dulzura y hasta con mimo.
Comenzaron los preparativos para la primera misa. Fue un certamen de
primores entre ellas. Las ricas, como D.ª Eloisa y D.ª Teodora, se
encargaron de comprar el cáliz y los ornamentos más costosos: las que no
contaban con tantos bienes de fortuna, como D.ª Rita, D.ª Filomena y
otras, suplieron el dinero con la habilidad de sus manos bordando el
alba, la estola y el paño del altar, que causaban admiración. Se arregló
la iglesia, y en el adorno tomaron parte no sólo estas damas, sino otras
muchas de la población, sus amigas. Fue un acontecimiento de marca en
Peñascosa, tanto por la calidad de las personas que habían costeado la
carrera del joven presbítero, como por las terribles circunstancias que
habían dado lugar a esta protección. Se nombró madrina del oficiante a
D.ª Eloisa, por indicación de aquél. Ninguna tenía mejor derecho para
ello; pero todas se creían con tanto, y esto volvió a originar secretos
resentimientos y algunas palabrillas desagradables.
El preste volviose hacia el pueblo y cantó con voz débil y temblorosa:
--_Dominus vobiscum._
Todas las voces de la tribuna, rotas y cascadas, le respondieron
acompañadas del estampido del órgano:
--_Et cum spiritu tuooooo._
--¡Qué blanco está!--dijo una joven artesana a la compañera que tenía al
lado.
--Parece una imagen.
Cantó D. Narciso con voz atiplada, bajando y subiendo el tono y
escuchándose con placer, la epístola.
--¡Hija, cómo lo repicotea el capellán!--volvió a decir la artesana.
--Ya ves, tiene ahí a la hija del jorobado. Querrá lucirse.
Era especie muy acreditada en la villa que D. Narciso y la niña de Osuna
sentían una mutua inclinación, aunque sólo los espíritus heterodoxos y
maleantes se atrevían a decirlo en alta voz. D. Narciso era, en verdad,
mucho más dado a vivir entre el sexo débil que entre el fuerte. Así que
llegó de Sarrió haría unos tres años, poco más o menos, fue el ídolo de
las damas de Peñascosa por su elegante porte, que hacía contraste con el
desaliño de la mayor parte de los sacerdotes de la villa, por su
conversación alegre, por sus bromitas y, sobre todo, por su afición a
estar siempre entre _ellas_. Distaba mucho de ser hermoso ni gallardo:
era hombre de unos treinta y cinco años, seco, moreno, los pies grandes
y juanetudos y la dentadura muy fea; pero había logrado pasar plaza en
seguida de chistoso. Jamás hablaba en serio a sus devotas amigas.
Bromita va, bromita viene, un requiebro a ésta, una chufleta a la otra,
sin acortarse nunca por estar en medio de un corro numeroso. Al
contrario, D. Narciso se placía extremadamente en ello, gozaba campando
solo en el gallinero. Dirigía la conciencia de la mayoría de ellas y se
autorizaba el reprenderlas fuera del confesonario, a veces ásperamente.
Casi todas recibían sus correcciones con sumisión, hasta con placer, y
si alguna se rebelaba momentáneamente, era para demandar perdón
enseguida. Con esto, don Narciso era el comensal obligado en todas las
fiestas y _gaudeamus_ de la sociedad elegante de Peñascosa: comía
vorazmente, y de ello hacía alarde, bebía al mismo tenor, y cuando
llegaban los postres, nunca dejaba de brindar con alguna coplita que
resultaba casi siempre sucia. Porque D. Narciso, que a causa de su
ministerio no podía autorizarse bromas referentes a las relaciones de
sexo a sexo, se creía con derecho a soltar las más asquerosas acerca de
otras miserias del cuerpo humano. Y las damas ¡caso extraño! las reían
y celebraban cual si fuesen ingeniosidades y agudezas portentosas. Dos
años después de llegado a la villa había tenido un fracaso. Bajando la
escalera de cierta casa que frecuentaba mucho, se rompió una pierna. Se
dijo que el marido de la señora, cuya era la casa, le había ayudado a
caer, por no estar de acuerdo enteramente con la hora y la ocasión de
sus visitas; pero al instante las buenas almas de Peñascosa se
apresuraron a sofocar este rumor sacrílego. Y en prueba de la
indignación con que rechazaron el supuesto, las damas más principales de
la villa se constituyeron en enfermeras al lado de su cama, no dejándole
un instante solo, relevándose noche y día cada pocas horas, como si
hiciesen la guardia al Santísimo. D. Narciso merecía estas atenciones
del bello sexo. Nadie con más ahínco y fervoroso celo se ocupó jamás de
la salvación de la hermosa mitad del género humano. No sólo dirigía con
particular esmero la conciencia de las que mejor lo representaban en
Peñascosa, apacentaba sus ovejitas con amor, sin dejar por eso de
arrojar alguna piedra a la que se extraviaba, como pastor diligente que
era, sino que a fuerza de muchos desvelos había logrado fundar una
cofradía, establecida ya en otros puntos de España y el extranjero, la
cofradía de las _Hijas de María_. En esta cofradía no entraban más que
las jóvenes solteras. Tal privilegio excitaba un vago despecho mezclado
de apetito en las casadas. Creíanse humilladas con aquella exclusión. D.
Narciso aprovechaba esta sombra de rivalidad para tenerlas más sujetas.
--¡Oh, señoras, no deben ustedes envidiar el privilegio! Ustedes tienen
marido a quien contemplar y servir.
Lo decía en un tonillo irónico que demostraba la hostilidad secreta que
el capellán sentía hacia todos los maridos. Las damas, en quienes los
encantos de aquéllos no ejercían ya fascinación alguna, sonreían forzada
y maliciosamente como diciendo: «¡Ya, ya!» Se murmuraba que había varias
enamoradas de él. D.ª Marciala, la esposa del boticario de la plaza,
había ido a Sarrió a llevarle calcetas estando el presbítero pasando una
temporada con su familia. D.ª Filomena, viuda de un teniente de navío,
hacía a su hijo único ir a ayudarle a misa todos los días. Sin embargo,
habíase notado cierta preferencia en él por Obdulia, la hija de Osuna,
administrador de Montesinos.
--¿Pero será cierto que se gustan?--preguntó la joven artesana, oyendo a
su compañera expresarse tan claramente.
--¡Chica, yo no sé! Lo que te puedo decir es que D. Narciso no sale de
su casa, y que muchos días desde la ventana de mi cuarto los veo correr
uno tras de otro por el jardín de Montesinos jugando al escondite...
Tanto, que se lo he dicho.
--¡Se lo has dicho!--exclamó la otra, estupefacta.
--Sí, niña... ¿no ves que confieso con él?... No había más remedio... Le
dije: «Mire, D. Narciso... no se ofenda usted... pero yo, viéndoles a
usted y a Obdulia jugar en el jardín, tengo sospechas... se me ocurren
malos pensamientos.»
--¡Ave María, qué barbaridad! ¿Y qué dijo él?
--Se puso todo sofocado... ¡Uf! Comenzó a decirme: «¡Por ustedes y otras
como ustedes pierden el crédito y la honra los sacerdotes y decae la
religión!» Me llamó saco de malicia; que parecía mentira que se me
ocurrieran semejantes atrocidades, y que por aquí y que por allá... Al
principio quería comerme; después se fue sosegando... «Tiene usted
razón, D. Narciso, le respondí; pero yo no puedo remediarlo...» Y es la
verdad, chica, no puedo remediarlo... ¡no puedo!
Después de la epístola cantó el párroco de Peñascosa el Evangelio. Tenía
una voz áspera sin inflexiones. Cantó enteramente distraído sin mirar
apenas al libro, levantando sus ojos pequeños y duros por encima de las
gafas para contemplar fijamente, mejor dicho, para pulverizar con la
mirada al hijo de la Pepaina, que disimuladamente estaba arrancando las
babas a los cirios y guardándoselas en el bolsillo. Aunque uno de los
pilletes más desvergonzados de la villa, Lorito (que por tal nombre era
conocido este joven distinguido) se sintió molesto y un tantico inquieto
bajo la mirada del clérigo. La cosa no era para menos. D. Miguel Vigil,
párroco de Peñascosa, desde el año 25 de este siglo era uno de los
hombres de peor genio de España, y no exageramos nada si decimos del
globo terráqueo. Contaba a la sazón ochenta y dos años; era alto, seco,
las facciones pronunciadas, las cejas espesas y juntas, los ojos
pequeños y penetrantes. Conservaba aún gran vigor físico, y lo que es
aún más raro, en los cabellos que le quedaban apenas se notaban las
canas. Mientras duró la primer guerra civil, abandonó el rebaño y se fue
a las provincias vascas a pelear con las armas en la mano por la causa
del Pretendiente. Volvió al cabo de algunos años. Su carácter bravío no
se había dulcificado mucho andando a tiros por los montes. Los
feligreses de Peñascosa tuvieron en él un pastor muy semejante a un
capitán de bandoleros. Nadie le levantaba el gallo en la población. Los
más arduos casos de conciencia solía resolverlos D. Miguel en un
instante con media docena de mojicones o de puntapiés bien dirigidos.
Que Marcelino, el de Cosme, tenía en cinta a la hija de Laureana la
tejedora y no quería casarse con ella. D. Miguel se plantaba en casa de
Cosme, cogía a Marcelino por las orejas, le daba tres bofetadas de
cuello vuelto, y a los quince días, quieras o no, los tenía casados. Que
Ramón el confitero le negaba a D. Cipriano dos mil reales que éste le
había prestado sin recibo. El cura llamaba a Ramón a su casa, se
encerraba con él en una habitación, tomaba un garrote y le obligaba a
firmar el correspondiente recibo. Por medio de estos procedimientos
teológicos D. Miguel infundía la moral evangélica entre las almas
encomendadas a su cuidado.
No eran de su agrado las novedades en el culto. Miraba con desprecio a
los clérigos que trataban de introducirlas y cuidaban del traje y el
aseo. Los toleraba porque sabía que estaban apoyados por el obispo y el
alto clero de la diócesis, pero se reía de ellos a todas horas de un
modo grosero, irritante, y solía hacerles algunas jugarretas malignas,
aguarles alguno de aquellos jolgorios místicos en que ponían más empeño.
Tratábase, por ejemplo, de celebrar una comunión general de niñas con
acompañamiento de orquesta. El día que estaba señalado, D. Miguel
enviaba a la iglesia una cuadrilla de carpinteros que se ponían a
arreglar la tribuna con horrendos martillazos, que impedían escuchar las
concertadas voces e instrumentos de la música. Otras veces obligaba a
las penitentes asiduas de D. Narciso a examinarse de doctrina cristiana;
o bien las prohibía cantar en la iglesia después de un mes de ensayos,
o retiraba de los altares los paños que ellas habían bordado y
aplanchado, o las arrojaba de alguna capilla donde habían sentado sus
reales, etc., etc. Estos actos de despotismo habíanle granjeado la
animadversión de los clérigos afrancesados y del sexo femenino. A D.
Miguel le daba un ardite por tal animadversión. El goce de su vida no
era ser querido o admirado, sino hacer en todo tiempo y ocasión su
voluntad. Además, podría tener todos los defectos que quisieran sus
enemigos, pero nadie le conoció jamás sombra de inclinación hacia el
sexo débil. Despreciaba a las mujeres positivamente: creía que ninguna
era capaz de decir ni hacer cosa con sentido común. En su carácter viril
parecía haber encarnado el espíritu romano, que negaba a la mujer
facultad para regirse nunca por sí misma.
Ni se crea que D. Miguel se mostraba tampoco obediente con sus
superiores. Al obispo le costaba un trabajo inmenso entenderse con él.
Si le mandaba una orden, el cura la archivaba sin darla cumplimiento; si
giraba una visita, metíase en cama fingiéndose enfermo para no
recibirle. Había concluido por no hacerle caso y dejarle pasar con la
suya. No confesaba en Peñascosa sino a media docena de veteranos de la
guerra civil. Los demás feligreses se repartían entre los capellanes
adscritos a la parroquia: las cuatro quintas partes de las damas
confiaban el fardo de sus flaquezas al irresistible D. Narciso. D.
Miguel no sentía el menor desabrimiento por esta preferencia. Y sin
embargo, el corto número de sus penitentes aseguraba que era un confesor
prudente, discreto y delicado en sus preguntas.
Terminó la lectura del Evangelio y pudo darse la satisfacción de
contemplar un rato con persistencia los movimientos de Lorito. ¿Por qué
estaba este pillo tan distraído mirando a la tribuna arrobado en la
audición de las melodías del órgano, cuando no hacía dos segundos que le
había visto meterse en el bolsillo media libra de cera por lo menos? Por
el alma del párroco cruzaron pensamientos de muerte y exterminio. Tuvo
fuerzas, no obstante, para contenerse. La misa continuó. El presbítero
novel elevó la sagrada Hostia con manos temblorosas, en medio de un
murmullo de fervor y adoración. El órgano, soltando en _trémolo_ sus
registros más gangosos, contribuyó poderosamente a hacer más solemne y
conmovedora la bajada del Hijo de Dios a las manos del hombre. Gil
sintió estremecerse su cuerpo bajo la impresión. Una alegría inefable
subió del fondo de su pecho y le apretó suavemente la garganta. Aquel
favor inmenso, infinito, que su Dios le hacía, y que con tanto anhelo
había esperado, removió hasta las últimas fibras de su corazón. Sus
ojos quedaron velados por las lágrimas, y al hincar la rodilla en
tierra, antes de elevar el cáliz de la pasión, estuvo algunos segundos
sin poder alzarse y a punto de caer desmayado.
De muy distintas impresiones participaba el jorobado Osuna,
administrador de Montesinos, en aquel momento. Ya sabemos que se había
situado lo más cerca posible de D.ª Teodora. Era también un hombre
místico a su manera; pero en vez de buscar la unión con la Divinidad en
abstracto, se placía en realizarla de un modo concreto, por mediación de
las mujeres gordas y frescas. Las mujeres gordas habían constituido su
pasión dominante desde los felices días de la adolescencia. Dios sólo
sabe el peso de las que Osuna amó desde este tiempo hasta los sesenta y
cuatro años que ahora tiene. En Peñascosa el número era limitado; por
eso de vez en cuando hacía excursiones a la capital para recoger del
cieno de la prostitución alguna desdichada que traía y guardaba, durante
quince días o un mes, en alguna cámara oscura del cuarto bajo de su
casa. Teníala allí como una fiera enjaulada, encargándose él mismo de
llevarla el alimento y proveer a todas sus necesidades corporales. Al
cabo de este tiempo la soltaba, y vuelta a comenzar con otra. Toda la
villa conocía estas flaquezas de su temperamento. Contábanse de él en
las tertulias de hombres muchísimas anécdotas, graciosas unas y sucias
otras, que hacían reír a los pacíficos habitantes en las largas,
lluviosas noches de invierno. No se violentaba para ocultar los excesos
de su viciosa naturaleza. La mayor parte de estas anécdotas él mismo las
había referido: gozaba hablando de sus obscenidades. Los vecinos le
despreciaban y le temían al mismo tiempo. Se le tenía por un ser
extraño, misterioso, mal intencionado. Ocupaba un puesto desde el cual
podía hacer daño a mucha gente. Era administrador de Montesinos, el
propietario más rico de Peñascosa, y habitaba una de las alas del
inmenso palacio o caserón que éste poseía. Estaba viudo de tres mujeres,
con una hija que ya conocemos de nombre. Era excesivamente pequeño, con
una gran corcova a la espalda, color macilento, mejillas pendientes y
flácidas, ojos sin brillo y asustados siempre. Percibíase un leve
temblor en sus manos, como sucede con frecuencia a los hombres gastados
por la sensualidad.
D.ª Teodora había cambiado de sitio ya varias veces: corriose hacia
adelante, se fue después hacia un lado; todo inútilmente. Donde quiera
que iba, sentía los pies de Osuna entre las enaguas. Y al sentirlos, una
ola de rubor encendía sus frescas mejillas, se estremecía como una
zagala de catorce años. En ninguna mujer se conservó nunca más delicado
y vidrioso el pudor virginal. Algunas conversaciones, hoy corrientes, la
ofendían: no se podía aludir en su presencia ni directa ni
indirectamente a ciertos asuntos escabrosos. No decía nada, porque era
la prudencia personificada y de tímido natural; pero se la veía
ruborizada, inquieta, con ganas de retirarse. Tan limpia y tan pulcra
era de cuerpo como de alma. Le gustaba vestir con elegancia y cuidaba
con refinamientos, no usados en Peñascosa, de su persona. Los que la
conocieron de niña, decían que no había sido bonita, sino pasable, y que
ahora, con sus cabellos blancos, sus carnes frescas y mejillas
sonrosadas, estaba más guapa que nunca, ¿Por qué se había quedado
soltera D.ª Teodora, poseyendo una figura agradable y un regular caudal?
Se decía que sostuvo amores muy finos y románticos con un teniente de
Arapiles que pereció en la acción de Ramales. La víspera de la batalla
se había despedido de ella, por medio de una carta escrita sobre un
tambor: el corazón le decía que al día siguiente «una bala traidora
cortaría el hilo de su existencia, pero que moriría con el nombre de
Teodora en los labios.» Ésta conservaba la carta como preciosa reliquia
y guardaba asimismo fiel su corazón a la memoria del valeroso y
romántico teniente. Sin embargo, hacía muchos años que tenía un galán
asiduo. D. Juan Casanova, aquel hidalgo de rostro aguileño y majestuoso
de que hemos hablado, iba a su casa indefectiblemente todas las noches,
de ocho a once. Esto bastaba para que en la villa se creyese, no que era
su amante, que nadie dudaba de la castidad de D.ª Teodora, sino su
enamorado platónico, y que más tarde o más temprano concluiría por
casarse con ella. Tal fausto acontecimiento se estuvo esperando veinte
años en Peñascosa. A la hora presente ya se dudaba bastante de que se
realizase. Los futuros se iban haciendo demasiado viejos, sobre todo D.
Juan, a quien costaba esfuerzos sobrehumanos subir a la casa, por el
maldito reuma de las rodillas. Cada día que pasaba eran, pues, menos
aptos para el cumplimiento de los sagrados fines del matrimonio. Además,
últimamente, cierto suceso de que más adelante haremos mención turbó un
poco las tranquilas y afectuosas relaciones del avellanado hidalgo y de
la fresca jamona.
Cuando el diácono cantó el _Ite, misa est_, aquella dio un suspiro de
consuelo y se dispuso a levantarse y huir de los indecorosos pies que la
perseguían. Pero era negocio más arduo de lo que se imaginaba. La
iglesia estaba tan atestada de fieles que nadie podía revolverse. Todos
pretendían besar las manos del nuevo sacerdote, o al menos presenciar la
curiosa y tierna ceremonia. Bajó éste una escalera del altar y quedó
inmóvil y de pie frente a la muchedumbre, derramando por ella una mirada
vaga y sonriente. Hubo un fuerte murmullo que casi se convirtió en
gritería, cuando D. Narciso empujó suavemente a la madrina para que
tributase la primera su homenaje al oficiante. D.ª Eloisa hincó las
rodillas delante de su ahijado y le besó las manos con visible emoción.
Cuando se levantó, corrían algunas lágrimas por sus mejillas. Después
tomó un frasco de agua perfumada, dio otro a D.ª Rita, y colocadas ambas
a derecha e izquierda del presbítero, comenzaron a rociar a los que se
acercaban a besarle las manos. Uno a uno, empujándose con prisa, fueron
la mayor parte de los fieles rindiéndole este homenaje. Los hombres le
besaban en la palma, las mujeres en el dorso, según estaba prevenido.
Éstas se mostraban conmovidas, gozosas, riendo cuando D.ª Rita o D.ª
Eloisa les arrojaban al rostro algunas gotas de colonia: después se
retiraban para dejar paso a las otras; y de lejos seguían contemplando
con afectuoso interés la faz pálida y delicada del sacerdote. Sonaba en
la iglesia rumor alegre. El roce de las enaguas, el cuchicheo y las
risas contenidas de las damas, producían un zumbido de colmena. El
tañido de las campanas que el sacristán y algunos chicuelos repicaban
alto en la torre, entraba vivo y gozoso por las ventanas. También
penetraban algunos rayos de sol que se desparramaban por los altares,
haciendo llamear sus dorados metales. Pero si en el camino tropezaban
con alguna linda cabeza blonda, de las que tanto abundan entre las
artesanas de Peñascosa, no tenían inconveniente alguno en detenerse a
darla un beso de admiración.
Gil estaba fuertemente conmovido; el corazón le saltaba dentro del
pecho. Sentía impulsos de romper en sollozos: procuraba, no obstante,
con esfuerzo reprimirse, y esto le causaba malestar. Aquellas muestras
de veneración, aunque representaban una ceremonia usual, le
avergonzaban. Al ver arrodillados a sus pies a todos los próceres y
damas de la villa, que tanto respeto le habían infundido siempre,
experimentaba confusión y desasosiego. Sus labios estaban contraídos por
una sonrisa que revelaba más inquietud que placer. D.ª Eloisa y D.ª Rita
consumieron varios frascos de esencia, haciendo copiosas aspersiones,
sobre todo a sus amigas, a quienes bañaban el rostro en medio de una
algazara, que no por ser reprimida, era menos sabrosa. Poco a poco la
religiosa solemnidad se iba trasformando en una fiesta de carácter
íntimo y familiar. Las amigas de la madrina y de las damas protectoras
del joven presbítero se habían ido quedando detrás, formando en torno
suyo un grupo pintoresco, mientras el resto de la gente desfilaba por
las dos puertas de la iglesia. Un rayo de sol vino a dar sobre el
preste: las ricas vestiduras de tisú de oro despidieron vivos destellos;
su hermosa cabeza rubia semejaba la de un querubín. Las damas le
contemplaban extasiadas.
El párroco y D. Narciso, asistentes de la misa, se habían retirado para
despojarse de sus ornamentos. No tardó el primero en volver provisto de
sotana y bonete, debajo del cual se agitaban algunos pensamientos
siniestros. La conducta de Lorito en lo concerniente a las babas de los
cirios le había puesto pensativo y sombrío. Hacía ya algún tiempo que
este joven personaje disfrutaba el privilegio de desazonarle. En una
ocasión supo que se había encaramado sobre el tejado de la iglesia para
apoderarse de algunos nidos de gorrión; en otra sospechó que le había
robado las uvas que tenía la parra del corredor de la rectoral. Y aunque
ya había procurado tranquilizar su espíritu por medio de algunos
adecuados puntapiés, todavía lo sentía agitado y triste cada vez que el
hijo de la Pepaina se ofrecía a su vista.
Sin preocuparse poco ni mucho de la conmovedora ceremonia que se estaba
realizando en el presbiterio, D. Miguel recorrió la iglesia a paso
lento, escudriñando todos los rincones. Las personas que aún quedaban en
el templo le abrían paso con más miedo que respeto. Penetró en todas
las capillas y examinó minuciosamente el estado de los cirios que ardían
en los altares. Alguna huella debió de reconocer en ellos del paso del
vándalo, porque su rostro se fue encapotando cada vez más. Ya no fue un
reconocimiento, sino una verdadera caza la que emprendió al través de
todas las capillas. En la última de la izquierda, donde está la pila
bautismal, olfateó al fin la pieza. Marchó con precaución, y asomando su
enérgica nariz aguileña, pudo al fin columbrar la roma y barnizada de
mocos del granuja, que en compañía de uno de sus más fieles discípulos
se ocupaba en hacer crecer la inmensa bola de cera que había extraído de
las velas. El párroco sintió el nervioso temblor de los gatos a la vista
del ratón: se preparó como ellos rozando el suelo con los pies, y ¡zas!
de un par de brincos cayó sobre los bárbaros. Pero Lorito no era un
vándalo vulgar de los que se dejan atrapar como un ratoncillo inocente.
Sin ver a D. Miguel sintió su hálito poderoso, y bajándose
repentinamente al tiempo que aquél llegó a echarle la zarpa, consiguió
que fallara el golpe y fuera a dar de bruces en el altar. Antes que el
párroco pudiera revolverse, ya había emprendido la carrera hacia la
puerta. Fue en vano. D. Miguel se apoderó rápidamente del Cristo de
bronce que había sobre el altar, y se lo arrojó con tal ímpetu y certera
puntería que le alcanzó en la cabeza y le hizo venir al suelo soltando
chorros de sangre.
Al grito del chico y al ruido que produjo su caída acudió la gente; le
levantaron y le prestaron los primeros socorros, estancándole la sangre
con telas de araña y poniéndole un pañuelo a guisa de venda. Mientras se
llevaron a cabo estas operaciones, no dejó de murmurarse, aunque en voz
baja, de la brutalidad del cura. Éste, perfectamente satisfecho de su
obra, se retiró majestuosamente a la sacristía, no sin que tuviera
ocasión antes de administrar dos patadas en el trasero al cómplice, que
andaba por allí trémulo y abatido con la desgracia de su maestro.
Pero es el caso que el glorioso progenitor de éste, Pepe el de la
Pepaina, como le llamaban en la población, para distinguirle de los
otros muchos Pepes que había, pescador de oficio y un bruto muy
pacífico, que hablaría sobre tres docenas de palabras por semana, al
contemplar a su hijo en aquel estado, comenzó a vociferar en el atrio de
la iglesia como un energúmeno. La síntesis de su discurso era que él no
sentía respeto alguno hacia el estado eclesiástico, y que padecían una
equivocación lamentable los que se atrevieran a suponer que él, Pepe
Raya, dejaría de dar al cura, en cuanto pusiese el pie fuera de la
iglesia, una de babor y otra de estribor, y acaso también una buena
patada en la popa que se la metiera bajo el agua.
D. Miguel, que desde adentro había creído percibir alguno de los
extremos de este discurso, se empeñó en salir al atrio por ver su
demostración; pero se lo impidieron D. Narciso y el sacristán.
Lleváronle a la sacristía, y allí le tuvieron entretenido hasta que
desapareció el peligro.
Al salir la gente del templo, el sol nadaba en el espacio azul,
bañándolo de luz y de alegría. Repicaban las campanas con frenesí
creciente. Estallaban multitud de cohetes, que impregnaban el aire con
el humo de la pólvora. Y las olas estallaban también suavemente en los
peñascos que casi rodean por completo la iglesia de la villa. En aquel
concierto gozoso de una naturaleza que sonríe pocas veces, sólo se oía
la nota áspera de bajo profundo que entonaba el marido de la Pepaina.