I
No cabía en la iglesia una persona más. Hablando con verdad, tampoco
cabían las que estaban dentro si ocupase cada cual el espacio que por
derecho natural, el que la naturaleza enseñó a todos los animales, le
correspondía. Pero en aquel momento no sólo se infringía este derecho,
pero se violaba descaradamente también la ley de impenetrabilidad de los
cuerpos. D. Peregrín Casanova, persona que hacía viso en la villa, y que
hasta entonces había guardado rigurosamente la ley en todas las
solemnidades, lo mismo profanas que religiosas, tenía ahora metidas en
los riñones las rodillas de otro bípedo racional de seis pies de alto,
lo cual le producía algunos movimientos convulsivos en el epigastrio y
un vivo desasosiego acompañado de sudor copioso. D.ª Teodora, señorita
de cincuenta años, castísima, limpísima, pulquérrima, que había huido
toda su vida cualquier contacto, fuere cual fuere, se vio obligada a
sentarse sobre los pies del jorobado Osuna, sujeto de malísimos
antecedentes, que no se estaba quieto un momento. D. Gaspar de Silva,
poeta famoso en la villa, tanto por sus versos como por sus callos,
sufrió la operación cesárea de uno de éstos que le hizo con gran
destreza el chico mayor de D.ª Trinidad. De igual modo otra porción de
vecinos respetables experimentaron molestias sin cuento en aquella
mañana memorable en que por vez primera cantaba misa un joven de la
villa.
Como siempre pasa, había bulas para difuntos. En sitio privilegiado,
entre la verja de madera y el altar, no sólo estaban la madrina y las
señoras que habían pagado la carrera al preste, sino otras a quienes no
asistía derecho alguno; y lo que es aún más digno de censura, unos
cuantos hombres. El nuevo presbítero era casi un niño por la apariencia:
los ojos azules, profundos y tristes, la tez blanca y nacarada como la
de una dama, los cabellos rubios, el cuerpo delgado y esbelto. La
emoción le tenía ahora muy pálido: esto hacía aún más interesante su
fisonomía espiritual. Asistíanle como diácono y subdiácono el párroco
de Peñascosa y D. Narciso, un capellán suelto procedente de Sarrió,
establecido hacía algunos años en la villa.
En la iglesia sonaba murmullo sordo originado por el cuchicheo de las
comadres, que se disputaban el sitio o se comunicaban sus impresiones,
por las exclamaciones y suspiros de malestar de los hombres. El calor se
iba haciendo por momentos intolerable. D. Peregrín dejaba escapar por
sus narices de trompeta unos bufidos semejantes a los de las
locomotoras, y se alzaba sobre las puntas de los pies, sin lograr
enterarse de nada. ¡Si al menos tuviera la estatura de su hermano Juan!
Pero éste, que muy bien pudiera haberse quedado atrás, estaba
perfectamente acomodado en el presbiterio entre los curas, el alcalde y
varios concejales, lo cual levantaba en su corazón una ola de envidia
que le sofocaba aún más que las rodillas del jayán que tenía detrás. Tal
era su destino. Aunque se considerase mucho más inteligente que su
hermano, y sirviera largos años a la Administración pública en varias
provincias de España, y hubiese leído la _Historia universal_ de César
Cantú y la de España de Lafuente, sin faltar un tomo, y poseyese los
mismos bienes de fortuna, con más la jubilación de 2.500 pesetas
anuales, lo cierto es que D. Juan, sin haber salido jamás de Peñascosa
ni haber leído en su vida más que el periódico a que estaba suscrito,
gozaba de mucho mayor prestigio en la villa. Esto, en concepto de D.
Peregrín, no procedía más que de la estatura. En efecto, D. Juan
Casanova era hombre alto y seco, de rostro aguileño, ojos grandes de
párpados caídos y mirar imponente, calva venerable, cortas patillas
blancas y marcha acompasada y majestuosa. Estas dotes extraordinarias,
unidas a un hablar mesurado y prudente, le habían captado el respeto y
hasta la veneración de sus convecinos. Así que fue grande el estupor de
éstos cuando a la llegada de D. Peregrín de Andalucía, donde había
estado empleado últimamente, le oyeron llamar ignorante y majadero a su
hermano en una discusión que con él tuvo en el casino a propósito de la
renta de tabacos. Vivían juntos, ambos solteros y entregados al cuidado
despótico de D.ª Mariquita, ama de llaves y dueño absoluto de sus vidas
y haciendas.
D. Juan, a fuerza de pasear su mirada severa y majestuosa por el mar de
cabezas que se extendía desde la valla hasta la puerta del templo,
tropezó con la calva reluciente del pigmeo de su hermano. Viendo la
congoja pintada en su semblante, se apresuró noblemente a hacerle señas
para que avanzase, ofreciéndole sitio en el banco que ocupaba. Pero D.
Peregrín, por ventura notando la imposibilidad de dar un paso, o
sofocado por la cólera, que se le había ido aumentando poco a poco,
respondió con una mueca de ira y desdén que sobrecogió a su infeliz
hermano y le quitó por completo las ganas de insistir.
--¿Qué es eso?--preguntó D. Martín de las Casas, que estaba sentado a su
lado.--¿No quiere venir D. Peregrín?
--Es que lo ve imposible. ¿Quién rompe esa muralla de carne?
--Pues cualquiera. Verá usted cómo voy allá y lo traigo en
seguida--replicó D. Martín, hombre de carácter enérgico y expeditivo,
disponiéndose a levantarse.