tercero de los siete que componen nuestro ser, se llama _Manas_, y es
como la raíz imperecedera de nuestro individuo. Por cima de _Manas_ no
hay más que _Budhi_ y _Atma_. _Atma_ es el más alto principio de vida,
el alma del Universo, y _Budhi_ el lazo que a _Atma_ nos une. Por bajo
de _Manas_ hay otros cuatro principios: el del amor, del odio y demás
afectos, la fuerza vital, el cuerpo etéreo, y, por último, el cuerpo
sólido, visible y tangible.
Sankarachária enseñó además a Morsamor que había dos métodos
científicos: uno, por lo común empleado en Europa, que, valiéndose de
los sentidos corporales e informándose de lo que se ve, se oye o se
palpa, investiga las leyes de todo y procura elevarse a la causa
primera; y otro, que es el indiano o teosófico, que se funda en la
introinspección y por medio de _Budhi_ logra que _Manas_ se encarame y
se enlace con _Atma_, y entonces no hay cosa que el hombre no sepa, y
apenas hay cosa que el hombre no pueda. De aquí la verdadera magia
blanca, que, según queda dicho, se llama _rajah-yoga_, aunque alguien la
designa también con el nombre de _lokothra_ o ciencia y poder nacidos de
nuestro interior desenvolvimiento, en oposición a _laukika_, magia
blanca también, pero vulgar y rastrera, que se funda en conocimientos
experimentales y exteriores y en el empleo de drogas, hierbas y otros
ingredientes.
-XXXIII-
Morsamor hablaba a menudo con Tiburcio, que andaba retraído, y le
comunicaba cuanto iba aprendiendo. Tiburcio le oía, no daba crédito a
nada y se reía de todo.
--Pero no me negarás--le decía Morsamor--que Sankarachária sabe y puede
mucho.
--Yo no te lo niego--contestó Tiburcio--. Lo que te niego, es que su
saber y su poder se funden en lo que él dice.
Y Tiburcio no pasaba nunca más adelante, ni aclaraba mejor su
pensamiento. Por sus reticencias, con todo, presumía Morsamor que
Tiburcio atribula las artes y las ciencias de los _mahatmas_ a la
intervención del diablo.
--¿Crees tú--le decía Morsamor--que el diablo interviene en esto?
Tiburcio no contestaba sí, ni no. Se reía y se callaba.
Entretanto, ni Morsamor, ni Tiburcio, ninguno de la pequeña hueste,
podía ir a la ciudad de los _mahatmas_ jóvenes o no jubilados, ni mucho
menos ver a las mujeres. Sin duda era ley inquebrantable aquel
retraimiento, mil veces más severo que el que hubo más tarde en el
Paraguay, para evitar que las ciudadanas y los ciudadanos fuesen
perturbados y contaminados por extrañas visitas.
Todos los forasteros, por consiguiente, aunque estaban muy agasajados en
el _Cenobio_ y tratados a qué quieres boca, se aburrían de muerte y
ansiaban salir de allí para gozar de plena libertad aunque tuviesen que
sufrir trabajos.
El mismo Morsamor empezaba a cansarse. Dispuso su partida, pero antes de
despedirse de Sankarachária, le hizo una última pregunta y le pidió un
favor.
--Yo estoy harto--dijo Miguel de Zuheros--de guerras y de amores. En
extremo me afligen los estragos y las muertes que preceden o suceden a
cada victoria y a cada triunfo. Aún ansío laureles, pero han de ser
incruentos y pacíficos. ¿Y qué más pacíficos laureles que los que yo
alcanzaría, si me embarcase de nuevo, y por mar, navegando siempre hacia
oriente, volviese a mi patria? Dime si esto es posible.
--Ya sabes--contestó el anciano _mahatma_--que mi ciencia es más de lo
interior que de lo exterior. Todo eso y más sabré yo cuando llegue a
enlazarme con _Atma_. Por ahora, ni lo sé, ni me importa saberlo, ni te
lo diría aunque lo supiese. Y la razón es obvia. Si te dijera que es
imposible, te quitaría la esperanza, te retraería de la empresa y te
despojaría del mérito de haberla acometido. Y si te dijera que es
posible, aún te despojaría más del mérito y de la gloria, porque con la
seguridad de alcanzar fin tan alto, ¿quién, a no ser muy cobarde no pone
los medios? No extrañes, pues, que me calle y dame gracias por mi
silencio.
En el favor que pidió Miguel de Zuheros fue más dichoso que en la
consulta. Sankarachária se le otorgó a medias. Morsamor quiso ver y
hablar al Padre Ambrosio. Y el _mahatma_, si bien se excusó de ponerle
al habla con el Padre para que el Padre no averiguase que él había
revelado sus ocultas relaciones y tratos, todavía le prometió hacer que
le viese, y en efecto, cumplió la promesa.
Para ello, exigiendo primero a Morsamor, que no había de chistar, ni
alborotar, ni moverse, viera lo que viera, le condujo a un obscurísimo
sótano y le sentó en una silla, donde había de quedar, y quedó como
clavado.
De repente brotó un punto luminoso en el seno de las tinieblas. El punto
se desenvolvió luego en multitud de rayos que trazaron un círculo lleno
de claridad. Morsamor percibió en él con asombro el camaranchón donde el
Padre Ambrosio tenía su laboratorio. El Padre estaba de pie, delante del
atril donde leía un libro de magia. La lámpara que ardía sobre el atril,
colgada del techo, parecía ser el punto o foco de luz, por cuya
dilatación el círculo se había formado. Otro fraile estaba al lado del
Padre Ambrosio con la capucha calada y volviendo a Morsamor las
espaldas. Inesperadamente cambió este fraile de postura y mostró a
Morsamor la cara. El pasmo de este rayó entonces en delirio. Creyó ver
su propio rostro como en un espejo, pero no joven y gallardo, sino
marchito, lleno de arrugas y con la barba blanca como la nieve. Su
terror casi fue más intenso cuando notó que aquel rostro, que se le
había aparecido, caía como una máscara o se disipaba como vapor muy
tenue dejando en la capucha un hueco. La capucha y todo el hábito se
diría que no encerraban ya sino aire vano: una ilusión, un espectro. El
sayal vacío continuaba erguido, no obstante, y hasta se movía y
marchaba, como si le llenase y le animase un espíritu.
Vio después Morsamor que el féretro donde le habían encerrado se hallaba
en el mismo lugar; que el Padre Ambrosio levantó la tapa, y que dentro
había un cuerpo humano tendido e inmóvil. No descubrió quién era. Un
lienzo velaba su cara. El Padre Ambrosio alzó un pico del lienzo, hasta
descubrir la boca del que allí reposaba, e introduciendo en aquella boca
el agudo extremo de un pequeño embudo, vertió por él algunas gotas del
líquido contenido en un pomo que llevaba en la mano.
La visión se disipó enseguida, como las figuras de una linterna mágica o
de un cinematógrafo.
No acertó Morsamor a explicarse bien todo aquello por ningún estilo,
pero pensó en su propio ser, se tocó y se reconoció materialmente, y
tanto en lo exterior como en lo íntimo se declaró a sí mismo que el
verdadero Morsamor era él y no otro. Encomendó a todos los diablos a
Sankarachária, a los demás _mahatmas_ y al _Cenobio_ de la jubilación
varonil, y no bien despuntó la próxima aurora se escapó de allí con
Tiburcio y los demás de su hueste.
-XXXIV-
Los diversos apuntes manuscritos de los que hemos ido extractando y
compaginando esta historia hasta ahora clarísima, presentan aquí
contradicciones que conviene resolver y obscuridades que conviene
disipar por medio de hipótesis.
¿Cómo pudo Morsamor salir del misterioso y fantástico país de los
_mahatmas_ y hallarse de nuevo en terreno de ser y realidad más
reconocidos?
Sin el poderoso auxilio de Sankarachária, jamás acaso hubiera logrado
tal cosa. Nunca Morsamor hubiera salido de allí ni hubiera vuelto al
mundo real, como volvió el doctor Fausto desde el país de las quimeras.
Allí se hubiera quedado, no durante años, como se quedó Bompland en el
Paraguay, sino para siempre: hasta la consumación de los siglos.
Morsamor, pues, y su hueste salieron, según unos, en una barca
encantada, que se hallaron junto a la orilla de un lago, y que,
arrastrada por la corriente, los lanzó en un río, por donde el lago se
desaguaba, y cuyas ondas por rapidísimo declive se abrían cauce en la
estrecha y tortuosa garganta que formaban tajados peñascos de
empinadísimos cerros. Aseguran otros que Morsamor y su hueste se fueron
por el aire, en una máquina o ingenioso artificio que les suministró
Sankarachária y que sin ser juguete de las corrientes atmosféricas como
los globos aerostáticos de ahora, se movía en la deseada y prescrita
dirección, atraído por la fuerza psíquica o magnético-espiritual de un
gran sabio, amigo de Sankarachária, que vivía en la ciudad de Lasa y era
nada menos que el Secretario de Estado o ministro principal del
Dalai-Lama. Si es lícito comparar lo falso con lo verdadero y la mala
copia o remedo con el original, este Secretario de Estado era, respecto
al Dalai-Lama, lo que fue Pedro Bembo respecto a León X.
Como quiera que sea, lo cierto es, que Morsamor y su hueste se hallaron
en Lasa como por encanto.
La lámina de oro o salvoconducto de Babur les valió de mucho. ¿Cómo no
habían de respetar en el Tibet, las encarecidas recomendaciones del
sucesor de Tamerlán y de Kubilai-Kan, príncipe que había conquistado la
China, que había reinado benéfica y gloriosamente en ella, y que por los
consejos e insinuaciones de su privado Marco Polo, había fundado el
poder temporal del Dalai-Lama como Constantino y Carlo Magno el de los
pontífices de Roma?
El aviso además, que al Secretario de Estado dio Sankarachária por los
medios mágicos de que disponía, y que dicho Secretario trasmitió a
varios adeptos de los muchos que entonces tenían los _mahatmas_ en el
Tibet y en China, facilitó el largo y peligroso tránsito de Morsamor por
todos aquellos países, inexplorados hasta entonces por los europeos.
Taciturno y afligido Morsamor, había hecho voto de no enamorar ya a
mujer alguna, de no reñir con ningún hombre y de no tomar parte en
ninguna contienda armada. Y como merced a las recomendaciones de Babur
por un lado y a las del _mahatma_ por otro, se le facilitaron todos los
medios de comodidad y de transporte, no se ha de extrañar, que Morsamor,
por sus pasos contados, con la mayor premura posible, y sin que nada
memorable le sucediera, llegase a Canton felizmente.
De lo que vio y observó en la China, bien pudiéramos poner aquí
bastante, ya que en los archivos de Sevilla, privados y públicos, se
conservan curiosísimas notas de Morsamor y de Tiburcio. Pero nosotros
juzgamos conveniente pasar por alto todo esto. Nuestros ilustres
viandantes sólo figuran como meros observadores y las noticias que dan
no difieren mucho de las consignadas en las relaciones de viajes del
Reverendo Padre Agustino Fray Juan González de Mendoza, del nunca bien
ponderado Fernán Méndez Pinto, del Padre Maestro Fray Domingo Fernández
Navarrete, de la orden de predicadores, y de otros sinólogos, españoles
y portugueses no pocos de ellos, sin excluir a don Sinibaldo de Más,
nuestro antiguo amigo.
Lo que aquí nos importa saber es que Morsamor se fue enseguida desde
Cantón a Macao, pequeña colonia recién fundada por los portugueses.
En la rada de la nueva ciudad, Morsamor halló lo que deseaba y esperaba,
según lo había concertado con el piloto Lorenzo Fréitas. Su nave, hacía
dos o tres semanas que estaba allí aguardándole, lo cual no pesaba al
señor Vandenpeereboom que había traficado con los chinos y hecho muy
buenos negocios, ni pesaba tampoco a Fray Juan de Santarén, que
predicaba con gran fruto, aunque valiéndose de intérpretes, y que
bautizaba chinos a centenares, hallando sus neófitos entre la gente
pobre y trabajadora que hoy pudiéramos llamar _coolies_.
Ni el comisionista, ni el misionero, gustaron de la nueva empresa que
Morsamor quería acometer; pero Morsamor poseía grandes riquezas y con
ellas se allanan dificultades y todo se compone. A Fray Juan le
proporcionó recursos suficientes para socorrer a sus más desvalidos
catecúmenos y fundar un asilo piadoso, y al señor Vandenpeereboom, que
tenía amplios poderes de los señores Adorno y Salvago, le compró la
nave, pagándola espléndidamente, por una mitad más de su justo precio.
El piloto Lorenzo Fréitas y muchos de la tripulación, decidieron no
abandonar a Morsamor e ir con él donde quisiera llevarlos.
Bajo la inteligente dirección de dicho piloto, hábiles calafates del
país, limpiaron los fondos de la nave, que estaban harto sucios, la
carenaron bien y la pusieron como nueva.
Morsamor y el piloto la proveyeron, por último, de todo género de
vituallas y bastimentos como para una navegación muy larga.
Más de la mitad de los guerreros portugueses que hasta allí habían
acompañado a Morsamor, resolvieron quedarse en Macao; pero los otros más
decididos, así como los antiguos tripulantes, formaban muy completa
dotación para la nave a la que Morsamor quiso cambiar el nombre que
antes tenía sin duda, aunque no sabemos cuál fuese, y la confirmó con el
antiguo, clásico y mitológico nombre de _Argo_.
No pocos días se pasaron en tan importantes asuntos, y si bien Morsamor
se empleaba en ellos, lejos de mostrarse comunicativo y alegre, andaba
triste y silencioso, esquivaba el trato y la conversación de todos,
hasta del fiel Tiburcio, y para reposar de sus afanes gustaba de ir a
escondese en cierta pintoresca gruta que había entre los peñascos de un
cerro y desde la cual se oteaba el mar azul y se descubría muy extenso
horizonte.
Al escribir la historia de Morsamor, nosotros haríamos célebre esta
gruta, aunque ya no lo fuese, pero nos ahorra el trabajo de darle
celebridad la que ya tiene desde antiguo por la circunstancia de haber
imitado a Morsamor, sin saberlo, el glorioso poeta Luís de Camoens, que,
pocos años después, solía ir allí a meditar y a entregarse a los más
poéticos soliloquios. Los de Morsamor eran poéticos también, aunque
todavía más que poéticos eran filosóficos, por lo cual pondremos aquí
muy en resumen uno de estos soliloquios, a fin de que el sentir y el
pensar de Morsamor sean entendidos sin que se fatiguen y sin que
califiquen el soliloquio de _latoso_ los lectores poco inclinados a la
filosofía.
-XXXV-
--Mi segunda mocedad--decía Morsamor--ha sido peor empleada que la
primera. _¡Vanidad de vanidades!_ Todo es vanidad y singularmente
nuestros afanes, trabajos y aspiraciones. Pienso a veces que me valiera
más no haberme remozado; pero, arrastrado por esa corriente de ideas
negras, voy más lejos aún y exclamo: ¡mejor sería no haber nacido! He
buscado el amor para gozarle y he hallado vergüenza, desolación y
muerte. Doña Sol paga mi amor con su desprecio. El desprecio mío mata el
amor de donna Olimpia. Y cuando no nos despreciamos y nos amamos, la ira
y los celos dan espantosa muerte al objeto de mis amores. Mi ambición no
ha sido menos burlada que mi cariño. Salvo una ruin satisfacción de amor
propio; ¿qué ventaja he sacado, ni para mí ni para mis semejantes, de
mis triunfos guerreros?
Así discurría Morsamor con profunda tristeza. Luego, para consolarse,
imaginaba tener una misión y cumplir con ella. Se creía factor poderoso
en el engrandecimiento de su patria. Pero también de esto dudaba; y
mirando con inquietud hacia el porvenir, conceptuaba tal
engrandecimiento caduco y efímero.
Cierta idea, más clara y consistente en nuestra edad que en la suya,
aparecía después a su espíritu, para justificar su ambición; para que
sus propósitos no fuesen tenidos por vanos. Morsamor suponía que el
humano linaje iba subiendo a más altas esferas de bondad y de luz y que
él contribuía enérgicamente a la ascensión magnífica, predeterminada por
el cielo. Desconsoladoras reflexiones venían al punto a invalidar o al
menos a poner muy en duda, el valer de esto último.
--No escatimaré yo mis alabanzas, ni negaré mi admiración--pensaba
nuestro héroe--a los descubrimientos, invenciones y adelantos que los
hombres realizan. Se diría que doman la naturaleza material, que
encadenan con su inteligencia y sujetan a su voluntad las fuerzas del
universo, y que se valen de ellas para evitar fatigas y crear placeres y
goces. Laudable es, en este sentido, el fecundo renacimiento en Europa
de ciencias, artes y letras. Laudable es la activa curiosidad de
nuestros navegantes que atraviesan nunca surcados mares y penetran en
las más apartadas e incógnitas regiones. Y si no es más laudable, es mil
veces más asombroso el mágico saber de los _mahatmas_, que no puedo
negar, porque de él he sido testigo. ¿Pero en lo fundamental, hay
progreso acaso o hay mejora en Europa, en la India o en la China? Yo
sospecho lo contrario. En las antiguas edades los hombres acertaban a
veces o por estar más cerca de la revelación primitiva, o porque
alambicaban menos y no se quebraban de puro sutiles, o porque la mente
de ellos, no abrumaba aún con la pesada carga de lo observado y
experimentado, levantaba el fácil vuelo a las esferas superiores y era
capaz de una inspiración inocente y casi divina. Hoy, a fuerza de
cavilar y de sutilizar, el entendimiento se pervierte y disparata mucho.
No hay progreso, sino perversión, desde el himno compuesto hace más de
tres mil años, que venían cantando los _mahatmas_, cuando los vi volver
al _Cenobio_, hasta las doctrinas que me expuso luego Sankarachária y
que implican la negación de Dios, el concepto de que el mundo casi es
ilusión y fantasmagoría, y la mal velada afirmación de que la conciencia
nace de lo que no tiene conciencia, la voluntad del ciego prurito de los
átomos, y de sus desordenadas evoluciones el entendimiento y las leyes a
que el entendimiento sujeta así lo exterior y visible como lo más hondo
e íntimo del alma. Cuanto he oído en Benarés en boca de los brahmanes y
cuanto después me ha expuesto Sankarachária en su misterioso retiro son
la corrupción del mencionado himno del _Rig-Veda_, donde el vate de los
primeros tiempos busca a Dios, le columbra y le admira en las cosas
creadas y le reconoce y le adora. En este mismo Imperio en que ahora
estoy, he conversado con los mandarines y sólo he visto en su saber
ateísmo materialista y grosero; he conversado con lamas y bonzos y
despojando sus doctrinas de supersticiones y de símbolos, sólo he visto
en ellas la confusión de Dios y del mundo y el destino y el fin del alma
humana fluctuando entre el aniquilamiento y la apoteosis.
Así cavilaba Morsamor y creía sacar en claro de sus cavilaciones la
verdad real de su ser, del universo y de Dios que lo ha creado todo. Las
muchas contradicciones que al afirmarlo así surgían en su mente le
repugnaban mil veces meros que todas las otras contradicciones nacidas
de cualquier otra metafísica por sutil y profunda que fuese.
--Hará ya más de dos mil años--decía Morsamor--que vivió en este Imperio
el filósofo Laotse y escribió su doctrina del Tao. Allí está la verdad,
al menos en germen. Cuanto después han inventado los chinos o han
importado de la India es perversión o extravío.
De esta suerte, en la misma gruta donde más tarde meditó Camoens,
Morsamor meditaba y filosofaba, se lisonjeaba de ir por el buen camino,
y, hasta cierto punto se consideraba desengañado. Morsamor, no obstante,
no se resignaba a despojarse de toda ambición. Aún quería recobrar el
tiempo perdido, ganar gloria sobre la tierra, hacer inmortal su memoria
entre los hombres, cosechar laureles sin verter sangre, revelar arcanos
y realizar algo de inaudito o de antes no realizado por nadie. ¿Cuál
sería el término de aquel inmenso mar que ante sus ojos se extendía?
¿Podría llegar por él hasta el mundo por Colón descubierto, salvar el
valladar que le opusiera y volver a su patria navegando siempre hacia
oriente?
Los letrados chinos, a quienes había consultado, nada sabían de todo
esto. Acaso el extremo de aquel Océano oriental recelaba un obscuro
abismo, algo de inaccesible para el hombre. Más allá tal vez estaría un
infinito piélago de color y de luz, de donde al amanecer surgiría la
aurora vertiendo claridad y oro, zafiros y rubíes por el éter, y
abriendo paso al resplandeciente carro del sol, que vendría en pos de
ella. Tal vez eran sueños y delirios las opiniones de antiguos sabios
griegos sobre la esfericidad de la tierra. Tal vez era fábula cuanto
había oído contar a los letrados de la primera expedición mística al
Fusang de los discípulos de Fo en busca de un elixir que los hiciese
inmortales. Tal vez eran fábulas también otras expediciones ulteriores.
Los barcos de la flota que Kubilai-Kan envió a la conquista del Japón,
dispersos e impulsados por una tempestad, pudieron llegar acaso al
Fusang misterioso; pero de seguro que jamás volvieron de allí trayendo
nuevas de lo que habían visto. No era el Fusang el mundo de Colón, sino
un país imaginario donde la fantasía vulgar y materialista de los chinos
ponía mayor fertilidad, abundancia y riqueza que los europeos pusieron
más tarde en el Dorado. Lo único cierto era que más al oriente del Japón
poco o nada conocían los chinos. Sólo presumían la indefinida extensión
de un Océano mucho más ancho que el que separa a España de las tierras
por Colón descubiertas. ¿Qué había en el extremo de este Océano? Quién
sabe. Acaso el extremo de la tierra en que vivimos; el borde del disco;
los lazos que atan la tierra al firmamento y que la sostienen suspendida
en el éter. Morsamor veía en todo esto un misterio hasta entonces
velado; pero le impulsaban a romper el velo su misma oscuridad y la vaga
esperanza de que fuese cierto lo que habían pensado los sabios antiguos
de Grecia y lo que Colón había intentado y hasta había creído demostrar
yendo por Occidente al extremo Oriente.
Decidido, pues, Miguel de Zuheros, y habiendo infundido en los de la
nave confianza en su decisión, dejó en Macao al señor Vandenpeereboom y
a Fray Juan de Santarén, haciendo el uno negocios, y haciendo sermones
el otro, y zarpó con su nave con rumbo hacia la desconocido.
-XXXVI-
Mientras más se piensa en ello más axioma parece la sentencia de don
Hermógenes, declarando que todo es relativo. En el viaje _Desde Toledo a
Madrid_, del maestro Tirso de Molina, apenas había caminado legua y
media y llegado a las ventas de Olías, cuando exclama la melindrosa Doña
Mayor: _nunca imaginé que era tan largo el mundo_. En cambio, el egregio
poeta Leopardi prorrumpe en amargos lamentos porque el mundo le parece
muy chico. Y es lo peor para él, que mientras más mundo se descubre más
el mundo se empequeñece. Leopardi no cabe en el mundo.
Los tripulantes de la nave de Morsamor, de la nueva _Argo_, ya que con
tal nombre había sido confirmada, se asemejaban más a Doña Mayor que al
poeta. Todos hallaban y no sin motivo, que el mundo era mayor de lo que
habían imaginado. En efecto, habían ido más allá de cuanto habían
surcado con sus quillas los más audaces navegantes, árabes, chinos,
japoneses y portugueses; más allá de lo hasta entonces explorado y hasta
soñado. Nadie había llegado jamás adonde ellos estaban, o si había
llegado nadie había vuelto. Hacía ya no pocas semanas que sólo veían
cielo y mar. El mar se les antojaba infinito como el cielo. Y no sólo
era pasmosa la extensión de su superficie, sino que también lo era su
profundidad insondable. En aquella soledad imponente, sublime terror
pesaba sobre los espíritus durante la noche; pero rayada la aurora, todo
se bañaba en luz y en vivos colores, y el sol rutilante y glorioso
doraba el aire y esmaltaba de púrpura y de líquida plata las ondas
azules.
El piloto Lorenzo Fréitas y el mismo Morsamor, que en el retiro de su
convento había estudiado y aprendido no poco de la náutica y de la
cosmografía, conocidas entonces, no habían dejado de hacer sus
observaciones y sus cálculos y sabían que habían pasado la línea
equinoccial, y que iban navegando con viento favorable y con rumbo al
sureste. Lo que no acertaban a determinar por su ignorancia del tamaño
de la tierra era si habían llegado o habían pasado ya bajo el
semicírculo imaginario que, completando el semicírculo que pasa por
Lisboa y toca en los polos del mundo, le divide en dos partes iguales.
Si esto hubiesen sabido, hubieran sabido también lo que por experiencia
trataban de inquirir: la forma y el tamaño de nuestro planeta. El
intrépido aventurero y el hábil piloto, presumían, no obstante, que
habían pasado ya el meridiano, o mejor diremos el antimeridiano de
Lisboa. En la imaginación de ambos, cuando culminaba el sol sobre sus
cabezas, aquella hermosa ciudad se mostraba envuelta en las densas
sombras de media noche, merced al imperioso giro del firmamento todo,
que daba rapidísimas vueltas e iba iluminando alternativamente nuestra
pobre morada, o merced acaso al rodar de la tierra que en Salamanca, en
Coimbra y en Sevilla habían presentido y sospechado antes de que Galileo
lo sintiese y lo asegurase. En Sevilla, Morsamor había oído hablar mucho
de todo esto a Fray Ambrosio de Utrera y a sus ilustres amigos,
cosmógrafos y pilotos examinadores de la Casa de Contratación, entre los
cuales se contaban Alonso de Chaves, Rodrigo Zamorano y el joven y
magnífico caballero Pedro Mexía. De ellos, y de su propio estudio, había
aprendido Morsamor, y algo se le alcanzaba del uso del astrolabio, del
cuadrante, de la brújula y de otros instrumentos y de la manera de
marcar el punto en que un barco se halla. Y como él y Lorenzo Fréitas
coincidían en la opinión de que cada grado de la esfera tenía por el
ecuador o por su anchura máxima quinientos estadios, cuando se creyeron
en la parte opuesta del meridiano de Lisboa, creyeron también que
distaban noventa mil estadios de dicha ciudad, y que todavía, sin contar
los rodeos que tendrían que dar, necesitaban navegar otros noventa mil
estadios para volver a la patria. Calculando por leguas, aunque es
medida menos exacta y más variable, y atribuyendo a cada grado veinte
leguas de longitud, aún tenían que andar tres mil y seiscientas leguas
para llegar a Lisboa en línea recta y sin ningún tropiezo.
Para no asustar a la gente de a bordo, Morsamor y Fréitas se guardaron
bien de comunicarles el resultado de sus cálculos.
En la nave, que había salido abundantemente provista de Macao, había
agua potable y víveres para bastante tiempo. Todos, sin embargo,
empezaban a tener miedo, aunque lo disimulaban y aunque todavía no se
había convertido en descontento. Sólo Tiburcio se mostraba impasible y
alegre, procurando con sus chistes ahuyentar del ánimo de Morsamor los
malos espíritus que le atormentaban, a pesar de su esperanza de salir
triunfante de aquel empeño.
Muy raras cavilaciones solían asaltar la mente de Morsamor, y no eran
las menos raras las que tenía al pensar en Tiburcio. Nunca se atrevía a
comunicárselo. Procuraba, además, arrojarlo de su propio pensamiento
como indigna extravagancia; pero recelaba a veces que en Tiburcio había
algo de sobrehumano o de _extrahumano_; un no sabemos qué de diabólico,
a pesar de que Tiburcio era tan fiel, tan servicial y para con él tan
bondadoso y tan divertido, que aun suponiéndole diablo, le calificaba de
_buen diablo_. Entendía Morsamor, que si Tiburcio se deleitaba en actos
pecaminosos, era con superior permiso, para sacar bálsamo del veneno y
para dirigir y levantar la maldad rastrera a fines excelentes, ordenados
por la Providencia. Y yendo más lejos aún, en esta suposición, que
desechaba al punto por herética, y de la que nunca dejaba de
retractarse, fantaseaba que, así como hay diablos en el infierno,
también debía de haberlos en el purgatorio, para cuidar de las ánimas
benditas y para atormentarlas, no por mero y cruel castigo, sino a fin
de que quedasen limpias de toda mácula y capaces ya de perdurable vida.
Claro está, que si había diablos de esta clase y si Tiburcio contaba
entre ellos, al cabo llegaría un momento en que Tiburcio cumpliría su
condena y se encontraría indultado y horro de la esclavitud de la culpa.
No poco de tan extraña opinión podía apoyarse, según Miguel de Zuheros
había oído al Padre Ambrosio, en varias sentencias de Orígenes y de San
Gregorio de Nisa. Entiéndase, a pesar de lo expuesto, que Morsamor no
perseveraba en tales errores y que abjuraba de ellos por vitandos y
nefandos.
Como quiera que fuese, esta navegación que iban haciendo ahora era tan
melancólica y tan tétrica como había sido amena y bulliciosa la que
Morsamor y Tiburcio, acompañados de donna Olimpia y Teletusa, habían
hecho desde Lisboa hasta Melinda.
-XXXVII-
Siguieron pasando días sin que nada interrumpiese la monotonía de
aquella larga navegación. La Providencia, el destino, los genios o los
númenes que gobiernan el viento y las olas, o la misma estrella de
Morsamor, según cada uno quisiera explicárselo, dispusieron las cosas de
manera que la nueva _Argo_ no halló en su camino tierra alguna donde
pararse. Aquellos mares parecían tan hondos, que habían reprimido el
empuje del fuego central impidiendo que brotasen islas montañosas sobre
su superficie. El coral y las madréporas no habían levantado arrecifes
por ninguna parte ni habían formado atolones. Así al menos lo presumían
Morsamor y los demás tripulantes cuando, cada vez que rayaba el alba,
tendían la vista hacia los cuatro puntos del horizonte y sólo percibían
el haz azulada y uniforme del vasto Océano. Tal vez habría islas y hasta
grandes e ignorados continentes al norte o al Sur de la derrota que
seguían, pero todo se ocultaba a la vista de ellos.
El terror de los tripulantes se aumentaba con la persistencia de tanta
soledad. Aunque había abundancia de víveres, arroz, harina de trigo,
aceite y galleta hasta para años, se temía que faltase el agua potable.
En la nave no dejaba de haber ya quien encontrase el agua malsana y
corrompida. El cansancio, lo poco variado y apetitoso de la
alimentación, el miedo, el mal humor y hasta el aburrimiento trajeron la
enfermedad a bordo. En pos de ella vino la muerte y empezó a sacrificar
víctimas. La resignación y la paciencia se fueron agotando. El amor, el
respeto y la confianza que Morsamor inspiraba se trocaban ya en
descontento y hasta en odio.
Tiburcio era quien permanecía más entero y confiado en medio de todo.
Hasta de la no aparición de tierra alguna deducía él faustos pronósticos
y la consideraba como signo de buen agüero:
--O no hay--decía--, o si hay no quiere el destino que descubramos
terreno donde fijar el pie para obligarnos así a que lleguemos al fin
del continente que descubrió Colón; a que le atravesemos por un estrecho
de mar o a que le rodeemos por su extremidad Sur, como ya rodeamos el
África por el Cabo de las Tormentas y a que volvamos triunfantes a la
gran ciudad de Lisboa.
A menudo arengaba Tiburcio a los marineros y a los soldados, pero los
hechos eran más elocuentes y persuasivos que las palabras. Ora vientos
contrarios y borrascas que combatían la nave, ora pesadas calmas que la
detenían en su carrera, vinieron a dar pábulo a la irritación general.
De temer era que la sublevación estallase de un momento a otro.
Tomás Cardoso, grande amigo, admirador y fiel satélite de Miguel de
Zuheros, había apaciguado los ánimos durante no poco tiempo y había
procurado mantener viva en todos la esperanza; pero Tomás Cardoso acabó
también por perderla y por cambiar su papel de apaciguador en el de
cabeza de motín.
Era Tomás Cardoso el más a propósito para este oficio. Por su gigantesca
estatura descollaba sobre los demás hombres. Ágil y fornido, los
dominaba y acaudillaba.
En su desesperación, no sabiendo a qué arbitrio recurrir, los
tripulantes decidieron volver atrás con diferente rumbo, o para ver si
hallaban alguna tierra en que remediarse, o para ver si lograban aportar
al Japón o volver a la China o a la India.
Con esta embajada fue Tomás Cardoso para imponerse a Morsamor, a quien
halló solo en la pequeña cámara del buque.
Morsamor se negó a todo, si bien más suplicante que enojado, y alegando
con suavidad y dulzura que, en el extremo a que habían llegado, era ya
más peligroso volver atrás que seguir adelante; que la misma razón había
para suponer tierras intermedias siguiendo hacia el Oriente que
dirigiéndose hacia cualquier otro punto; y que, si el mar que surcaban
no era interminable, más cerca debían de estar ya del mundo de Colón que
del puerto de que habían salido y hasta que de las costas japonesas.
Tomás Cardoso replicó a Morsamor no con razones sino con quejas. La
conversación se fue agriando y se trocó en disputa. Los dos
interlocutores estaban solos. Cardoso había echado a rodar todo respeto.
Tenía muy poca fe en la elocuencia de sus razonamientos y sobrada fe en
la energía de sus puños. En mal hora quiso intimidar a Morsamor, quiso
abusar de su fuerza y le echó mano al cuello con violento ultraje. Firme
y poderosa era la mano de Cardoso. Si hubiera asido bien a Morsamor, le
hubiera derribado y hasta aplastado; pero Morsamor, antes de que Cardoso
le agarrase bien, se desprendió y se deslizó de entre sus garras,
retrocediendo de un brinco hasta la pared de la cámara. Morsamor
desenvainó entonces la daga que llevaba en el cinto, y,
exclamando,--¡defiéndete, miserable!--, se arrojó sobre Cardoso, que
desnudó también su puñal y le aguardó sereno.
El ímpetu y la destreza de Morsamor eran incontrastables. Con el brazo
izquierdo paró el golpe que Cardoso le asestaba, y con acierto pasmoso
hundió su daga en el pecho del rebelde hasta la empuñadura. Atravesado
el corazón, Cardoso cayó con estruendo en el suelo sin poder decir ¡Dios
me valga! Al ruido abrieron la puerta y entraron en la cámara varios
parciales de Cardoso. Allí hubieran vengado su muerte con la de
Morsamor, si no hubiera acudido Tiburcio en su socorro con no pocos que
permanecían fieles. La lucha fue entonces horrible en toda la nave, y
Morsamor, que tanto deseaba laureles incruentos, antes de los laureles
tuvo la sangre. Mucha se vertió, aunque la rebelión fue vencida. Con la
muerte sofocaron y castigaron Morsamor y Tiburcio aquella rebeldía.
Quince cuerpos muertos de sus más valientes compañeros fueron arrojados
al mar y pasto de los peces.
La autoridad de Miguel de Zuheros se restableció y fortaleció en cuantos
quedaron con vida. Y aterrados unos por el castigo y entusiasmados otros
por el valor y la serenidad que Morsamor y Tiburcio habían mostrado,
resolvieron seguirlos sin más dudar ni vacilar, aunque los llevasen al
mismo infierno.
Honda tristeza abrumó el ánimo de Morsamor después de su triunfo. A par
que se complacía en él, se afligía de haberle pagado tan caro.
En la melancólica hora del crepúsculo vespertino su preocupación fue más
intensa y revistieron más negros colores los fantasmas de su imaginación
atribulada. Parecía que estos fantasmas, saliendo de lo profundo de su
mente, tomaban cuerpos vaporosos y se proyectaban y se hacían visibles
en el aire. De esta suerte, con ceño adusto y vertiendo sangre de su
honda herida, el espectro de Tomás Cardoso se mostraba a los ojos de
Morsamor siguiendo la nave. En el rumor, que al quebrarse en sus
costados hacían las olas, Morsamor creía oír por momentos sollozos,
maldiciones y gritos de venganza, y tal vez se figuraba que surgían de
la mar las cabezas de los compañeros muertos, que venían nadando y
pugnando por detener la nave o por hacerla virar hacia el Oeste.
Creció la obscuridad. La noche se venía encima. Miguel de Zuheros tuvo
entonces una visión extraña de tal consistencia, que le pareció realidad
y no delirio de la mente. Podría ser espejismo, algo cuya causa él no se
explicaba, pero algo que estaba fuera de él: que era real y no
imaginado. A no mucha distancia de su nave, vio Morsamor otra nave que
navegaba a toda vela con próspero viento y en dirección contraria. Sin
duda no era falsa la visión, porque Tiburcio y los marinos afirmaban que
la habían visto, aunque pronto se había perdido en la sombra. El piloto
Lorenzo Fréitas afirmaba más aún porque su vista era perspicaz como la
del águila. El piloto afirmaba que también había visto la nave, que en
el tope de su palo mayor ondeaba la bandera de Castilla y que en su proa
se figuraba haber leído este nombre simbólico: _Victoria_.
-XXXVIII-
Aquella noche caviló mucho Morsamor sobre la aparición, real o
fantástica, de la nave _Victoria_, y habló del caso con Fréitas y
Tiburcio. Tiburcio sostenía que todo había sido ilusión óptica, fenómeno
parecido al de la _fata morgana_. Y por el contrario, Fréitas concedía
completa realidad a la visión y hasta llegaba a triplicarla, sosteniendo
que en pos de la nave _Victoria_, aunque a mayor distancia y esfumadas
en la vaga penumbra, había visto pasar otras dos naves. Más que a la
opinión de su doncel, se inclinaba Morsamor a la del piloto. Sobre ella
alzaba un cúmulo de suposiciones. Recordaba que, hacía ya tres o cuatro
años, dos portugueses, uno de los cuales se llamaba Ruy Falero, habían
ido a ofrecerse al soberano de España para ir a la India, navegando
hacia Occidente, salvando el mundo de Colón y surcando juego el ancho
mar descubierto por Balboa. ¿Llevaría la nave _Victoria_ por capitán al
mencionado Ruy Falero?
Tiburcio respondía a esto que él también recordaba lo que decía
Morsamor, pero que recordaba asimismo que Ruy Falero había perdido el
juicio y, que habían tenido que encerrarle en una casa de locos. Fréitas
dijo entonces:
--Será cierta la locura de Ruy Falero, mas yo os aseguro que el camarada
que iba con él, y a quien conozco y trato desde hace años, tiene tan
bien sentado el juicio que es muy difícil que le pierda, y es tan tenaz
en sus propósitos y tan brioso y capaz de realizarlos, que no me
pasmaría yo de que lo consiguiera. Acaso la nave que hemos visto no
lleva en vano el nombre de _Victoria_. Acaso va mandándola el otro
portugués de cuyo nombre no os acordáis.
--¿Y cómo se llama ese otro portugués?--preguntó Miguel de Zuheros.
--Ese otro portugués--contestó Fréitas--se llama Fernando de Magallanes.
Rarísimo personaje era Morsamor. Tal vez los que lean esta historia
calificarán de inverosímil su carácter, pero a menudo parece inverosímil
lo más verdadero. Morsamor carecía de vanidad y era todo orgullo. La
envidia y los celos no entraban en su alma. Hasta la misma emulación
tenía en ella poca cabida. Y su orgullo era tan expansivo, que Morsamor,
con tal de que él alcanzase y mereciese el triunfo, no se apesadumbraba,
sino que se alegraba de que alguien pudiera alcanzarle al mismo tiempo
que él, asegurándole así para la gente de su nación o de su casta.
--Si en la nave que hemos visto o imaginado ver va Fernando de
Magallanes, yo--dijo Morsamor--me alegro con toda mi alma. Él o yo, o
ambos, volveremos a la patria, después de haber recorrido toda la
redondez de la tierra. Segura es ya nuestra gloria, y no será menor
aunque sea compartida. Él y yo mereceremos que se diga de nosotros que,
al dar cima a nuestra empresa, ambos levantamos un arco triunfal y
abrimos una nueva era en la historia del humano linaje; agrandamos por
experiencia el concepto de las cosas creadas, y empezamos a revelar los
arcanos del universo visible. Poco me importa que no sea sólo del camino
que llevo y de la nave en que voy, sitio también de la nave en que él va
y del camino que él lleva de quien digan los contemporáneos
entusiasmados: «Fue el camino que esta nao hizo el mayor y más nueva
cosa que desde que Dios creó el primer hombre y compuso el mundo hasta
nuestro tiempo se ha visto, y no se ha oído ni escrito cosa más de notar
en todas las navegaciones después de aquella del Patriarca Noé; ni
aquella nao o arca en que él se salvó del universal diluvio navegó tanto
como esta».
Al rayar el alba de la noche en que Morsamor había pensado y hablado
así, como si Dios quisiese darle premio, aparecieron en lontananza,
destacándose sobre el fondo de púrpura y nácar del cielo oriental
iluminado ya por el día, elevadas montañas que parecían dilatarse de
Norte a Sur en extensión grandísima. La nueva _Argo_ estaba ya cerca del
continente que buscaba y todos sus tripulantes doblaron las rodillas y
dieron gracias al cielo.
Harto sabía Morsamor, desde antes de que abandonase su convento, las
tentativas infructuosas y desgraciadas que, para hallar paso por mar del
Atlántico al Pacífico, se habían hecho hasta entonces. Recordaba sobre
todo, por ser más reciente, el viaje de Juan Díaz de Solís, piloto de la
Casa de Contratación de Sevilla, el cual había navegado por los mares
del hemisferio austral hasta más allá de los 35 grados de latitud, sin
hallar término al nuevo continente ni estrecho alguno por donde se
pudiese salir navegando al mar del Sur descubierto por Balboa. Juan Díaz
de Solís había llegado hasta una inmensa bahía por donde desembocaba en
el mar un río muy caudaloso. Luchando allí con ciertos belicosos y
fieros salvajes, llamados charrúas, Solís había perdido la vida. El
barco que él mandaba quedó abandonado en aquellas distantes e incógnitas
playas, pero otros barcos que le habían acompañado en su expedición
volvieron a Sevilla y dieron cuenta de todo. Morsamor sabía, pues, que
no hallaría paso al Atlántico sino más al Sur de los 35 grados. Por eso
había navegado con rumbo al Sudeste y cuando se aproximó a la costa
occidental del Nuevo Mundo, se hallaba a los 36 grados de latitud
austral. No sin recelo y con extraordinaria cautela para evitar
encuentros y combates con gentes desconocidas y bárbaras, Morsamor y los
suyos saltaron en tierra en busca de agua potable. Fertilísimo era el
agreste e inculto suelo que pisaron. Majestuosas montañas se levantaban
no lejos de la costa, y desde los manantiales que brotaban en lo alto,
por entre las rocas, descendían por la agria pendiente arroyos de agua
cristalina y hasta caudalosos ríos de rápido curso. Selvas de lozana y
frondosa vegetación, que en algunos puntos las hacía impenetrables, se
extendían por donde quiera y venían avanzando hasta la orilla del mar.
Nuestros viajeros reprimían su curiosidad y no querían explorar nada,
anhelando sólo hallar el paso que buscaban. Se contentaron, pues, con
tomar agua potable y llevarla en odres y en pipas al buque y con cazar
multitud de palomas y de ánades silvestres y algunos a modo de ciervos
que en grandes manadas vagaban por la espesura de aquellos bosques.
El país era espléndido. Abetos y pinos de airosas y extrañas formas,
nunca vistas por los europeos, descollaban sobre la pomposa verdura de
helechos arborescentes, mirtos, laureles y otros árboles hermosos,
desconocidos y sin nombre hasta aquel día. Pero Morsamor buscaba con
ansia el estrecho o el fin del continente y nada de aquello le seducía
ni le convidaba a detenerse.
El viento le fue propicio y avanzó con rapidez hacia el Sur. Aunque
había llegado el verano de aquellas regiones, el frío empezó a sentirse.
La costa parecía que no acababa nunca. Lo que iba acabando era la
paciencia de Morsamor y de sus compañeros.
El estrecho deseado apareció por fin, consolándolos y entusiasmándolos.
La nave _Argo_ entró por él con valentía. Por intrincado laberinto de
densos bosques, de tajados riscos y de altos cerros cubiertos de nieve
iba prolongándose el canal en mil tortuosos rodeos. Ya menguaba su
anchura como comprimida por los abruptos cantiles que se alzaban en una
y otra margen alpestre, ya dilatándose el estrecho formaba ingente lago,
en cuya faz, que apenas rizaba la brisa, se reflejaban la luz del cielo,
ora nubes obscuras, ora el sol refulgente, y los escarpados cerros que
parecían circundar el agua formando anfiteatro. La nieve de sus picos,
como obeliscos y pirámides de bruñida plata, se duplicaba por el
reflejo, y a par que resplandecía en lo sumo del aire se veía en el
temeroso fondo del agua, donde, duplicándose también el cielo, hacía que
imaginase Morsamor que la nueva _Argo_ estaba suspendida entre dos
abismos.
Los que navegan hoy cómodamente por aquel estrecho, a bordo de un barco
de vapor, no pueden ver la sublimidad de la escena ni pueden sentir el
pasmo aterrador de los que por vez primera le cruzaron. No van, como
Morsamor iba entonces, en frágil barco y a merced del viento, que se
oponía a su marcha, si era contrario, o si amainaba, casi le dejaba
inmóvil a pesar de las más hábiles maniobras.
Hoy es corto el tránsito por aquel estrecho. Entonces parecía que duraba
un siglo. Y la naturaleza circunstante, esquiva hasta entonces al hombre
civilizado, que nunca fijó en ella sus miradas dominadoras, se alzaba
soberbia en contra de él, procurando atajarle y sobreexcitando su ánimo
con la amenaza de mil peligros, ya verdaderos, ya exagerados por la
fantasía.
Espesa niebla envolvía a veces la nave, y a causa de la niebla, así como
durante la noche, era menester ir con lentitud y precaución, para no
tropezar en un escollo o encallar en un bajío. A veces se encapotaba el
cielo, deslumbraban los relámpagos y resonaba el trueno repercutido por
los peñascos y multiplicado por los ecos. La tempestad acababa
desatándose en torrentes de lluvia o en abundantes copos de nieve. Luego
se serenaba el aire y el sol resplandecía. Tal vez el iris se dilataba
sobre el estrecho en arco majestuoso, cuyos estribos eran los cerros de
una y otra margen.
A veces asaltaba a los atrevidos navegantes el recelo de no acertar a
salir de aquel laberinto y de tener que morir allí. Los peligros, que en
cierto modo habían sido silenciosos e invisibles en el grande Océano, se
mostraban allí más a la vista y turbaban los espíritus y molestaban y
herían los oídos con acentos y voces. Ya aparecían en los peñascos
voraces lobos marinos, ya se veían revolando y cerniéndose a grande
altura águilas o buitres de mayor tamaño y pujanza que los de Europa, ya
seguían o cercaban la nave bandadas de enormes _albatros_, hostigados
por el hambre y buscando alimento. Lorenzo Fréitas y algunos otros
marinos que, a falta de catalejo, tenían muy perspicaz la vista,
aseguraban haber columbrado en la costa de la izquierda vagar hombres
salvajes y feroces de descomunal corpulencia. No vacilaban en conjeturar
que el menor de dichos hombres era de tan colosal estatura, que de fijo
el más alto de cuantos iban en la nave no le llegaría con la cabeza
debajo del brazo. Para acrecentar más el susto, no bien declinaba la
tarde salían de sus ocultas madrigueras feos murciélagos, que tenían en
el hocico como un hierro de lanza y que se suponía que eran vampiros y
vagaban en torno de la nave y hasta se posaban en los mástiles y en las
velas. En medio de las tinieblas nocturnas solía oírse el lúgubre
silbido de las lechuzas y de los búhos.
Como no hay mala ventura que no tenga término, la nave _Argo_ logró casi
vencer los obstáculos todos y se encontró al final del estrecho y muy
próxima a lanzarse en la amplitud del Atlántico. Larga y profunda calma
tuvo, sin embargo, parada la nave e impaciente su tripulación durante
muchas horas. Pero, no hay mal que por bien no venga. Sin esta forzosa
detención no hubiera ocurrido el extraño caso de que se dará cuenta en
el siguiente capítulo.
-XXXIX-
Cuán pasmosa no sería la sorpresa de Morsamor, de Tiburcio y de sus
compañeros, cuando, al llegar la noche del día desde cuya mañana estaban
detenidos, oyeron lastimeros gritos que se alzaban por el costado
izquierdo de la nave y que decían en lengua castellana: ¡Socorrednos:
tened compasión de nosotros! ¡Recibidnos a bordo!
Dirigieron entonces las miradas hacia el punto de donde venían las voces
y vieron cerca de la orilla a dos hombres vestidos a la europea, si bien
con trajes desordenados y rotos. Echaron al agua la chalupa, fueron en
busca de aquellos dos hombres, los trajeron y se los presentaron al
capitán que, maravillado y compasivo, contemplaba los desencajados
rostros, la palidez enfermiza y el aspecto abatido y miserable de sus
huéspedes imprevistos.
--¿Quiénes sois, desventurados?--les preguntó Morsamor.
Uno de ellos, al parecer el más joven y el menos fatigado y enfermo,
tomó la palabra y dijo:
--Yo, señor, soy Juan de Cartagena y salí de Castilla mandando uno de
los cinco bajeles que trajo el portugués Fernando de Magallanes para
lograr su propósito de ir más allá de este continente, de llegar a la
India, caminando siempre hacia el Oeste. La insufrible soberbia del
portugués y los malos modos y la aspereza con que me trataba me movieron
a rebelarme contra él cuando aún estábamos en el Golfo de Guinea.
Magallanes me venció y me tuvo preso. Fue tanta su crueldad que
permanecí en el cepo, durante muchas semanas, hasta que llegamos cerca
de estos lugares. Hartos mis compañeros de sufrir al portugués, a quien
ya tenían por loco, y recelando que los llevaba a perdición segura, se
sublevaron contra él en una bahía que no dista mucho de aquí. Tres
fueron los bajeles sublevados. Las principales cabezas de la sublevación
fueron Luis de Mendoza y Gaspar de Quesada. Ellos me pusieron en
libertad, y yo combatí en favor de ellos. Sólo dos bajeles quedaron
sujetos al portugués. De los otros tres disponíamos nosotros.
Magallanes, no obstante, pudo vencernos. Entró al abordaje en nuestros
navíos y Luis de Mendoza murió cosido a puñaladas. Horribles fueron los
castigos que Magallanes impuso. A Gaspar de Quesada, por mano de su
propio criado, que sirvió de verdugo, hizo que le cortaran la cabeza. Y
descuartizados los miembros de Quesada y de Mendoza, fueron suspendidos
de los mástiles para espantoso escarmiento de todos. No sé por qué
Magallanes me perdonó la vida y tuvo compasión de mí, si compasión puede
llamarse. El feroz capitán, al ir a entrar en el Estrecho, me dejó
abandonado sobre la costa inhospitalaria. Él siguió su viaje con sólo
tres bajeles, porque de los cinco uno naufragó y otro, el _San Antonio_,
logró escapar, y yo espero en Dios que a estas horas se hallará de
vuelta en Sevilla, donde dará cuenta de la ferocidad y de la locura de
que hemos sido víctimas.
Al oír Morsamor aquel relato, reflexionó melancólicamente que los
laureles incruentos que él había imaginado acaso eran imposibles en
aquella edad en que él vivía. Pensó que sin duda era menester regarlos
con sangre: que el temple de voluntad de quien los cultivase había de
ser como el del acero y las entrañas como las del tigre. Así se absolvió
de su pecado, si le hubo, en la muerte de Tomás Cardoso. Así se calificó
hasta de benigno. No por eso en absolución fue acompañada de alegría,
sino que sintió pesar más negro en el fondo del alma al imaginar cuán
difícil era, sin culpa, sin estrago y muerte, conquistar por la acción
la suspirada gloria.
Sustrayéndose luego a las tristes reflexiones de su harto exagerado
pesimismo, Morsamor preguntó a Juan de Cartagena:
--¿Y quién es este que Magallanes dejó abandonado en tu compañía?
--Este--respondió Juan de Cartagena--fue quien más nos solevantó y
alborotó con sus discursos. Es un fraile cordobés, llamado Fray Blas de
Villabermeja.
Morsamor fijó entonces su atención en el fraile, le reconoció, fue hacia
él y le echó los brazos al cuello.
--¡Querido Paisano!--le dijo--. Cuánto me alegro de poder servirte y
valerte en esta ocasión. Tú eres de un lugar que apenas dista un cuarto
de legua de mi patria, Zuheros.
Morsamor y también Tiburcio reconocieron en el fraile abandonado a un
antiguo colega del mismo convento en que ellos habían vivido, pero el
fraile no reconocía a ninguno de los dos por más que maravillado los
contemplaba. Se lo impedían el mágico remozamiento del uno y la gallarda
e insolente apostura del otro, tan distinta de la humildad claustral que
había afectado cuando era novicio. Pero sin que le importase mucho
reconocerlos o no, Fray Blas de Villabermeja se dejó querer y agasajar y
dio gracias al cielo que de su abominable destierro le libertaba.
Después de tan raro encuentro, la historia de la navegación de la nueva
_Argo_ nada notable ofrece ni refiere durante más de cuarenta días. Sólo
se sabe que Morsamor fue tan venturoso, que navegó con velocidad
increíble. Al fin vino a hallarse a corta distancia, casi a la vista de
Sagres, como si la Providencia dispusiese que en el punto que había
hecho famoso el Infante don Enrique, iniciador de los grandes
descubrimientos, terminase su viaje el hombre que iba a cerrar el ciclo
y a dar comienzo a nueva Era.
-XL-
No todas las dificultades se habían allanado. Nadie hasta el fin puede
cantar victoria. A veces el más hábil auriga, al ir a alcanzar la palma
salvando la meta, suele tocar en ella y dar lastimoso y mortífero
vuelco.
De repente vieron Morsamor y los de su nave un gravísimo peligro que
venía sobre ellos, de que ya no podían esquivarse con la fuga y que era
menester arrostrar con heroica y casi sobrehumana valentía.
Una enorme galera se aproximaba dándoles caza. En su proa y en su popa
tenía sendas bombardas, y tres falconetes en cada costado. Estrecho era
el barco de babor a estribor, y la longitud de su eslora hacía que
hendiese rápidamente las olas a impulso de los treinta remos que llevaba
en cada banda.
Lorenzo Fréitas no dudó ni un instante de que aquella nave era de
corsarios argelinos.
--Salvarse huyendo--decía--sería un milagro que no debemos esperar de la
bondad divina. Nuestra artillería vale poco o nada, y, si la empleamos,
sólo conseguiremos provocar y enojar al cosario, que con la suya nos
echará pronto a pique, sobreponiéndose su cólera a la codicia que le
mueve a apoderarse de la presa. Rica debe de imaginársela. Nuestro barco
no tiene aspecto guerrero, sino trazas de lo que es: de nave mercante
que vuelve de la India. En su imaginación verá ya el corsario los ricos
tesoros de que pronto va a hacerse dueño. Podemos pelear y defendernos,
pero sin esperanza. Señor Miguel de Zuheros, creo de mi deber deciros mi
opinión con franqueza.
--Yo la acepto y la estimo--respondió Morsamor--. Y con la misma
franqueza voy a exponer mi parecer, aunque ya en forma de órdenes
imperativas e ineludibles, porque no hay tiempo para discusiones ni
discursos. Espero que todos cumpliréis con vuestro deber, me obedeceréis
ciegamente y haréis con puntualidad y exactitud lo que yo prescriba.
Soldados y marineros juraron obedecer a su capitán. Morsamor entonces
dispuso las cosas con arreglo al plan que había concebido y dividió en
tres partes sus fuerzas: la marinería al mando del piloto; al mando de
Tiburcio lo mejor de la hueste, contándose en ella Juan de Cartagena y
Fray Blas de Villabermeja, a quienes excitó para que se luciesen,
pagando así la franca hospitalidad con que los había acogido. Él guardó
bajo su inmediato gobierno a veinticuatro de sus más leales, astutos y
valientes aventureros, en cuyo número figuraban los mestizos
mongoles-castellanos.
En seguida dio Morsamor sus instrucciones a los jefes y ordenó que
ocupase su puesto cada uno. La nueva _Argo_ siguió huyendo, pero con
muestras de desesperación y de miedo, sin desplegar más velas, como si
pareciese resignada ya a entregarse al enemigo.
El corsario, impaciente, lanzó, no obstante, tres disparos de falconete
para que la nueva _Argo_ se rindiera. Una de las balas tocó en el casco
del buque y abrió en él ancho agujero, aunque por fortuna muy sobre la
línea de flotación, cerca de la popa. Sólo con mar muy alborotado y con
arfar muy violento podría la nave hacer agua. Nada contestó Morsamor a
aquel daño y a aquel ultraje. Su nave, inerme, dejó que se le aproxímase
la galera, que la prendiese con enormes garfios, y que los corsarios,
armados de hachas, se lanzasen al abordaje, o más bien, confiados en su
poder incontrastable, a tomar posesión de la nave sin recelar
resistencia alguna.
Así fue en un principio. Morsamor y los veinticuatro capitaneados por él
cejaron como amedrentados, aunque sin desordenarse ni separarse. Los
corsarios, con su capitán al frente, llenaban ya la cubierta. El grupo
de Morsamor se arrinconó hacia la popa; hacia la proa, Fréitas y sus
marineros. En el barco no parecía haber más tripulantes. El aspecto de
ambos grupos inspiraba compasión y fomentaba la confianza y el descuido
de los corsarios. Sin duda Morsamor y Fréitas querían rendirse anhelando
sólo las menos duras condiciones. No intentaban hacer uso de las armas,
aunque las tenían en las manos. A fin de que las entregasen, los
corsarios se dividieron, dirigiéndose a un grupo y a otro.
En la pequeña cámara de Morsamor, que estaba sobre cubierta, no parecía
posible que hubiese capacidad bastante para que en ella se ocultasen
muchos hombres armados. En ella, no obstante, estaban hacinados y
apretados Tiburcio y su tropa.
De súbito abrieron la puerta de la cámara y salieron con inaudita
rapidez. Todos corrieron hacia el lado opuesto al en que estaban
Morsamor y Fréitas y hacia el punto en que la nueva _Argo_ estaba asida
al barco corsario. Con prodigiosa agilidad y con tal prontitud que no
dieron tiempo para que se apercibiesen y cerrasen paso, saltaron todos
en la galera. Y entonces, más listos y expeditos aún, dieron muerte a
los cómitres, quitaron grillos y cadenas y pusieron en libertad a los
galeotes, que eran más de sesenta cristianos cautivos. Estos hallaron
sin dificultad armas de que apoderarse.
Tarde semi-comprendió el capitán corsario la estratagema que le habían
urdido, mas no desmayó por eso. Antes bien, arremetió impetuoso contra
el grupo de Morsamor, mientras que otro buen golpe de su gente caía
sobre Fréitas y sus marineros, los cuales tuvieron por desgracia que
luchar proporcionalmente contra mayor número de contrarios. Fréitas fue
uno de los primeros que perdieron la vida, abierta su cabeza de un
hachazo. Otros ocho de su tropa sucumbieron también, al principio casi
de la pelea.
Morsamor, entre tanto, parecía invulnerable, pero también sus enemigos
eran más que los hombres de que él disponía. Acorralados Morsamor y los
suyos se mantenían a la defensiva.
Todo esto, no obstante, fue obra de pocos minutos. Tiburcio supo darse
prisa. En la galera corsaria dejó a Juan de Cartagena y a Fray Blas con
diez hombres más de su fuerza y con veinte galeotes, ya libres y
armados, y se precipitó en la nueva _Argo_ con todos los demás que le
seguían y que eran más de sesenta. Ansiosos de combatir se sentían
todos, y particularmente los ya libres forzados, a quienes aguijoneaba
el rencor e impulsaba el deseo de curar con la sangre de los corsarios
las llagas y los verdugones que la penca del cómitre había hecho en sus
espaldas desnudas.
Atacados los corsarios por todas partes, no pudieron resistir. Aunque
vendieron caras sus vidas, perecieron los más valientes y el capitán
argelino, rindiéndose a discreción los otros, que fueron aherrojados y
convertidos en nueva chusma.
Morsamor pasó en triunfo a la conquistada galera. Resonar de clarines,
vivas, altos aplausos y el estampido de algunos disparos de los
falconetes solemnizaron la victoria. Con lamentos y hasta con lágrimas
se deploró la muerte de Fréitas y de las otras víctimas.
Para escarmiento ejemplar y para dar testimonio del brillante éxito de
aquella lucha, Morsamor mandó colgar el cadáver del capitán argelino en
el mástil de la galera, sobre el cual dispuso que se izase la bandera de
Castilla.
Rodeado de Tiburcio, Cartagena, Fray Blas y otros, se hallaba Morsamor
presenciando aquella maniobra y recibiendo plácemes, cuando a deshora
apareció una rubia y majestuosa dama, vestida de luto, y se arrojó en
los brazos de Morsamor y cubrió su rostro de besos, exclamando
entusiasmada:
_--¡O givia ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!_
-XLI-
Más sorprendido que complacido vio Morsamor la aparición de donna
Olimpia de Belfiore, pues no era otra la dama enlutada que le saludó con
tanto entusiasmo y cariño.
Hermosa como siempre estaba donna Olimpia. El tiempo no imprimía la
destructora huella en su rostro, en el cual se notaba mayor majestad que
antes y honda tristeza.
Donna Olimpia no había aparecido sola. Teletusa, tan regocijada como de
costumbre, apareció con ella. Y aparecieron igualmente entre los
libertados galeotes, siendo de los que mejor pagaron la libertad
combatiendo a los corsarios, los dos fieles y robustos escuderos a
quienes llamaban Asmodeo y Belcebú, más por broma que con suficiente
motivo.
Para satisfacer la curiosidad natural de Morsamor y de Tiburcio, donna
Olimpia, en presencia de Teletusa y del doncel, no tardó en contar a
grandes rasgos sus aventuras. Y como donna Olimpia era tan latina y tan
abastada de erudición clásica, empezó diciendo como el Eneas de
Virgilio:
_¡In fandum, Morsamor, jubes renovare dolorem!_
Traía ella consignados en precioso manuscrito todos los peregrinos
sucesos de que había sido testigo, agente o paciente. Con ellos,
imitando a César, se proponía dar al público sus comentarios. Es
indudable que si los hubiese publicado y si no se hubiesen perdido,
serían casi tan interesantes como los del Dictador romano. Si nosotros
los poseyésemos o pudiésemos reconstruirlos, compondríamos con ellos una
historia no menos extensa que la presente, pero aquí deben entrar como
episodio, y el episodio no debe extenderse más que el principal asunto.
Para no faltar a esta regla de los preceptistas y cumplir con el _semper
ad aventum festina_ de Horacio, nos abstendremos de referir las cosas
con la pausa con que las refirió donna Olimpia, y las referiremos tan en
resumen, que más parezcan el plan o el índice de la historia que la
historia misma.
Con la presencia en Melinda de nuestras dos damas, la corte estaba
brillantísima: las fiestas y diversiones se sucedían sin tregua:
cacerías, banquetes, cabalgatas, simulacros de batallas, o algo a modo
de bárbaros torneos, todo se sucedía con grande lujo y no menores
gastos. El pueblo, negro y tacaño, se hartó de tanta magnificencia y
halló que le costaba muy cara. Donna Olimpia tuvo indicios de que se
conspiraba contra ella y contra el rey. Para aquel generoso príncipe
temió un mal percance y para ella fin no menos trágico que el de la
famosa Raquel, judía de Toledo, o que el de doña Inés de Castro, tan
celebrada más tarde por los poetas épicos y dramáticos portugueses.
Donna Olimpia sabía eclipsarse y evadirse a tiempo. En esta ocasión no
le faltó su habilidad. Con raro disimulo ganó el corazón y hechizó al
capitán de una nave lusitana que tocó en Melinda de paso para Massauá a
donde iba a reunirse con la flota, que había llevado a don Rodrigo de
Lima y que debía volver a la India con dicho señor y con toda su pomposa
Embajada, después que hubiesen visitado al Preste Juan, o sea al monarca
de Abisinia o por otro nombre de la alta Etiopía.
No tenemos espacio para describir aquí aquel país desconocido hasta
entonces de los europeos ni para relatar los peligros y trabajos que
pasaron y los triunfos que obtuvieron nuestras dos atrevidas viajeras.
La Etiopía alta era y es a modo de inmensa fortaleza natural, de nava
dilatadísima, que se levanta, sostenida por abruptos cerros, muy sobre
el nivel de las otras circunstantes tierras africanas. Allí
encastillado, resistiendo a la creciente inundación del Islamismo,
vivía, desde muy antiguo, un pueblo cristiano, y había un reino un tanto
decaído ya, pero en otro tiempo muy poderoso que se extendía por Arabia
y por otras regiones.
Hacía ya más de treinta años que Pedro de Covillán había sido enviado a
aquel reino por el príncipe perfecto don Juan II. Aquel varón simpático
y astuto se había ganado la voluntad de los etíopes y singularmente la
de la sapientísima reina Elena, quien le tuvo por consejero y muy por su
privado. Pedro de Covillán se había hecho abisinio, Grande del reino y
Gobernador o más bien príncipe feudatario de fértiles y dilatadas
comarcas. Él influyó para que viniese a Lisboa y viviese en la corte de
don Manuel el ilustre señor Mateo, Embajador del rey David y de la reina
Elena.
En respuesta a dicha Embajada, había ido a visitar al Preste Juan el ya
mencionado don Rodrigo de Lima con gran pompa y séquito. En el séquito
descollaba el Reverendo Padre Fray Francisco Álvarez, elocuente y
verídico historiador de la Embajada misma, a cuya narración nos
remitimos, y alma además de las negociaciones diplomáticas, porque el
tal don Rodrigo era _muito parvo_, si hemos de dar crédito a las
hablillas y murmuraciones de sus subordinados. Todo esto, no obstante,
importa tan poco a nuestra historia, que debiéramos pasarlo en silencio.
Bástenos decir que donna Olimpia se ingenió de tal suerte y se dio tan
buena maña, que se hizo amiga de Pedro de Covillán, de don Rodrigo, y de
todo el personal de la Embajada. Por este medio fue presentada en la
corte que iba siempre vagando de un lugar a otro y habitaba bajo
hermosas tiendas en campamento vastísimo capaz de contener y que
contenía más de veinte mil personas, desde el Abuna o Patriarca, la
clerecía, las princesas de la sangre y los altos dignatarios, hasta los
soldados y sirvientes.
En fin, y para no cansar a los lectores, consignaremos sin más preámbulo
que el Preste Juan o soberano de aquella tierra que se llamaba entonces
David, se enamoró perdidamente de donna Olimpia, y acabó por casarse con
ella.
David era ya casado, pero esto no era óbice, porque allí el rey podía y
solía tener dos mujeres legítimas: una se llamaba _cuan-baaltihat_ o
reina de la mano derecha, y la otra, _gerâ--baaltihat_ o reina de la
mano zurda. Esta última dignidad fue la que obtuvo donna Olimpia, mas no
por eso fue menos considerada, y según la etiqueta de la corte, severa y
minuciosa por todo extremo, donna Olimpia fue tratada, respetada y
atendida como esposa del _Negus Nagat_, o Rey de reyes y Soberano Señor
de Aksum, de Homer, de Raydan, de Habaset, de Sabá, de Silhi, de Tiyam,
de Kas, de Bega y de otros Estados, de la mayor parte de los cuales, ya
_in partibus infidelium_, sólo quedaba el título.
Algo influyó donna Olimpia en la renaciente cultura de los abisinios, y
de ello con razón se jactaba. Censuró y condenó las muy frecuentes
borracheras de onfacomeli, bebida de que se abusaba mucho en Abisinia, y
de cuya composición, tal como la explica el diccionario de la Real
Academia Española, tantos donaires y chistes acertó a decir nuestro
amigo don Manuel Silvela. Con más eficaz energía se opuso aún a que los
súbditos de su esposo comiesen carne cruda, y sobre todo, a que los
refinados y sibaríticos la comiesen invirtiendo los trámites, o sea (no
lo creeríamos si no nos lo contasen autores de grave autoridad y
respeto), cortando la carne del buey vivo para que, sazonada con sal y
pimienta, entrase en la boca conservando aún el calor vital inimitable y
delicioso.
Nuestra heroína logró modificar también el desorden abominable con que
solían terminar los banquetes, cuando se abusaba del onfacomeli y del
buey vivo. El desenfreno era tal, que el pudor de donna Olimpia hubo de
sublevarse, transmitiendo tan honrada sublevación a su esposo. Como en
aquel país hay muchísimas hienas, que tan cobardes como carniceras
devoran las bestias de carga y tienen miedo del hombre, aunque rodean e
invaden a veces el campamento regio, cada personaje de la corte y el
mismo rey van siempre armados de un látigo para osear y castigar las
hienas con que tropiezan a su paso. De este látigo se valió, pues, el
rey David, incitado por donna Olimpia, para infundir recato y compostura
a sus cortesanos y hasta a las princesas de la real familia en una de
aquellas orgías endemoniadas.
Un poco atenuó también donna Olimpia lo sobrado servil de algunas
etiquetas o ceremonias de aquel ambulante palacio, impidiendo que en lo
sucesivo se pusiesen todos de rodillas, besasen la tierra y
prorrumpiesen en jaculatorias o breves y fervorosas oraciones, no sólo
cuando aparecía el _Negus_, sino cuando cualquier rumor, como suspiro,
tos o estornudo, indicaba su cercanía.
Con tales mejoras, con tan buenos consejos y con el ameno trato de donna
Olimpia, el rey estaba cada día más prendado de ella. El nacimiento de
un Principito puso el colmo a la ventura de amantes esposos. Pero el rey
enfermó y creyó a pies juntillas que era llegada su última hora.
No había que vacilar ni que retardarse. Muerto el rey, le sucedería al
punto su primogénito, hijo de la reina de la mano derecha, príncipe muy
apegado a los antiguos usos y muy receloso además. De seguro que no bien
empuñase el cetro, encerraría a donna Olimpia y a su vástago en cierto
castillo, levantado a este propósito encima de muy alta y escarpada
roca, a donde sólo podía subirse por estrecha escalera abierta en los
duros peñascos y muy bien defendida y custodiada. En aquel retiro, a fin
de evitar contiendas civiles, eran encerrados cuantos podían tener algún
derecho a la sucesión de la corona, arrancándoles a menudo los ojos con
sabia cautela.
Era menester evitar tan ruda catástrofe. El _Negus_ tenía que enviar un
Embajador al bajá que, derribado ya el poder anárquico de los mamelucos,
gobernaba en el Cairo. El Abuna, al mismo tiempo, tenía que enviar un
mensajero y parte del diezmo al Patriarca de Alejandría, de quien era
sufragáneo. Se aprovechó, pues, aquella excelente ocasión, y con la
lucida y bien custodiada caravana, se largó de Abisinia donna Olimpia,
en compañía del Principito, de Teletusa y de sus dos fieles escuderos
que nunca la abandonaron.
En su tránsito por Egipto, vio y admiró donna Olimpia la esfinge, las
pirámides y multitud de otros monumentos del tiempo de los Faraones.
Llegada sana y salva a Alejandría, se embarcó con su gente en un barco
mercante de Venecia, que navegaba con diploma o patente del gran turco
Solimán, a quien para obtener tales diplomas pagaba un considerable
tributo anual la Señoría.
A la vista ya de la costa occidental de Italia ocurrió la enorme
desventura de que el barco veneciano fuese apresado por el corsario o
más bien por el feroz y desalmado pirata cuya merecida y trágica muerte
hemos ya narrado. El diploma del gran Sultán de los osmanlíes, aunque
fue exhibido, estaba escrito en vítela con letras de púrpura y oro y era
una maravilla caligráfica, no sirvió absolutamente de nada. El pícaro
corsario supuso que era falso a fin de no darle cumplimiento y se llevó
a remolque el barco veneciano, transbordando a su galera y hasta a su
camarote a donna Olimpia y a Teletusa.
-XLII-
Terrible situación era esta para una reina, aunque fuese de Abisinia y
de la mano zurda.
Según los anales etiópicos, allá en tiempo del Rey Salomón, hubo en
Etiopía una señora llamada Makeda que no fue otra sino la misma reina de
Sabá, la cual visitó al monarca de Israel, examinó y tomó el pulso a su
sabiduría poniéndole mil acertijos y enigmas, y le enamoró además, hasta
el punto de volver ella a su país muy ilustrada y en estado interesante.
El augusto niño que nació de resultas, se llamó Menilek o Menelik y fue
antiquísimo y reverendísimo tronco de la dinastía a la sazón reinante,
en cuya comparación eran frescas, plebeyas de ayer y de mañana todas las
dinastías de Europa.
Ansiosa estaba donna Olimpia de rivalizar con la señora Makeda y aun de
obscurecer la gloria de otra reina de Etiopía llamada Candace que se
hizo cristiana y difundió la verdadera religión entre sus súbditos,
inducida a ello por su virtuoso valido, aquel eunuco a quien convirtió
el diácono Felipe, explicándole un texto obscuro de Isaías.
Donna Olimpia proyectaba criar y educar a su Principito con el mayor
esmero por monjes benedictinos, ya que todavía ni San Ignacio de Loyola,
ni San José de Calasanz habían fundado escuelas; y luego que estuviese
bien educado y crecido, enviarle a conquistar la Abisinia y a sacarla de
la barbarie en que había caído.
El corsario argelino había venido en mal hora a contrariar tan altos
proyectos.
Durante dos o tres días, sin embargo, renació la esperanza de donna
Olimpia.
El Mediterráneo se hallaba a la sazón surcado de continuo por muchas
galeras de los Caballeros de San Juan de Jerusalem, los cuales vagaban
sin hogar de un punto a otro. Acababan de perder la isla de Rodas que
era su dominio. Solimán, poderoso monarca de los osmanlíes, había
dirigido todas sus fuerzas contra aquella isla, la cual, después de
largo asedio y de una defensa pasmosamente heroica en que perecieron más
de cien mil turcos, tuvo necesidad de rendirse. Honrosa fue la
capitulación que firmó el Gran Maestre Felipe de Villiers de Lisle Adan,
quien salió con armas y banderas desplegadas y con cinco mil personas
que le siguieron. La noble emulación entre los Caballeros de las ocho
lenguas, su espíritu militar y su ardiente fe religiosa, dieron aspecto
de triunfo a aquella pérdida, hermoseándola con palmas y laureles.
Los expulsados Caballeros de Rodas vagaban por el Mediterráneo en sus
galeras, ansiosos de tomar en los corsarios algún desquite.
Dos galeras de los Caballeros de Rodas avistaron la galera del corsario
y la persiguieron con ahínco; pero la galera del corsario era ligerísima
y despiadados sus cómitres. El rebenque, cayendo sobre las espaldas de
los forzados, acrecentó su fuerza locomotora, y el corsario logró
escapar de la persecución, aunque sin arribar a Argel, sino llegando en
su fuga hasta cerca de las costas de Málaga. Desde este puerto,
divisaron el bajel corsario barcos de guerra de Castilla que salieron a
darle caza. Acosado el corsario por todas partes, pasó el Estrecho de
Gibraltar para ponerse en cobro.
En aquellos días de angustia, el corsario, como era natural, estaba muy
rabioso y se sentía capaz de toda suerte de atrocidades.
Infortunadamente, el Principito estaba muy empalagoso con los dolores y
molestias de la dentición. De noche, sobre todo, tomaba estruendosas
perras, berreaba mucho y no dejaba que ni donna Olimpia, ni Teletusa, ni
el corsario, pegasen los ojos. El corsario, durante tres noches, lo
aguantó todo por galantería; pero en la noche cuarta, se puso tan
nervioso y tan frenético que apenas nos atrevemos a decir lo que hizo,
tanto es el horror que nos causa. Imitando, o mejor diremos,
prefigurando al héroe de una novela de Gabriel d'Anunnzio, aunque sin
premeditación ni alevosía, sin sutilezas psicológicas y sin celos
retrospectivos, sino en el arrebato y en la excitación del insomnio,
agarró al Principito y lo arrojó al mar por la ventana del camarote.
Desgarradores fueron los gritos que en aquella ocasión lanzó donna
Olimpia, al considerar que se ahogaban sus más bellas esperanzas. Donna
Olimpia tuvo, sin embargo, que callarse, porque el corsario, brutal e
iracundo, la amenazó con arrojarla también al mar si no se callaba.
De lo que ocurrió al día siguiente ya hemos dado cuenta. Ya sabemos cómo
el corsario pagó de una vez todos sus delitos.
Cuando Morsamor supo los lastimeros ocasos que acabamos de referir, se
compadeció de donna Olimpia y procuró consolarla; pero el cuidado de su
nave le preocupaba más todavía. Y como iba ya acercándose a la costa,
Fréitas había muerto y no era muy de fiar el contramaestre, Morsamor
velaba y sólo por breve rato entraba a reposar en la cámara.
-XLIII-
Antes de amanecer, se levantó Morsamor y fue sobre cubierta.
Fresco vientecillo de Poniente empujaba la nave hacia la costa. Era de
esperar que, al rayar el alba llegase la nave a la desembocadura del
Tajo y penetrando y subiendo por el río, se presentase frente a Lisboa.
En pos de la nave de Morsamor iba el barco del vencido corsario
argelino, brillante trofeo de la recién alcanzada victoria.
Tiburcio de Simahonda había tomado en él el mando. La bandera de
Castilla, izada en el mastelero de gavia, continuaba allí en señal de
posesión, a pesar de la noche. De las entenas pendían, cual horrible
adorno y para ejemplar escarmiento, los cadáveres del capitán argelino y
de ocho satélites suyos, cada uno de ellos colgando por el pescuezo con
un lazo escurridizo.
Densísima niebla lo envolvía todo. En la vaga penumbra del crepúsculo
sólo se percibía la forma indecisa del bajel apresado, como negro bulto
que se destacaba sobre un fondo de color de ceniza.
Ni los cercanos montes de la costa, ni las pálidas y moribundas
estrellas, ni mar ni cielo se percibían con claridad. Si algo se
vislumbraba era como a través de muy tupido velo.
Morsamor triunfante se engreía y deleitaba en la contemplación de su
gloria, sólo compartida acaso por Fernando de Magallanes. ¿Habría este
logrado o iría pronto a lograr su propósito después de pasar el Estrecho
donde encontró Morsamor el rastro y las muestras de su cruel energía?
Morsamor se lo preguntaba y no acertaba a responderse. Pero fuera cual
fuera la respuesta que diese al cabo el destino, la gloria de Morsamor,
aunque compartida, no menguaba. Él había circunnavegado el planeta,
obtenido experimental conocimiento de su magnitud y de su forma, y
cerrado el ciclo de los grandes descubrimientos y navegaciones.
Soberbio, engreído estaba Morsamor por todo ello. Y sin embargo, en vez
de ensancharse su corazón y de regocijarse, se sentía abrumado en
aquellos momentos por amarga tristeza. Un enjambre de pensamientos
desconsoladores acudían a su espíritu y le atormentaban y picaban con
ponzoñoso estímulo. Y en aquel estímulo ponzoñoso había, como en el
estro de los poetas, la eficacia de revestir de imágenes lo pensado,
prestándoles movimiento y vida y poblando y animando con ellas el
ambiente de nieblas que a Morsamor circundaba.
No, no era arco triunfal el que acababa de erigir y por donde
gloriosamente se entraba en la edad moderna. Era más bien puerta con que
él cerraba y terminaba un inmenso periodo histórico, una larga serie de
más de treinta siglos, durante los cuales los pueblos que habitan en
torno del Mar Mediterráneo habían sido guías, iniciadores, maestros y
hierofantes del humano linaje. Egipto, Fenicia, Grecia, Italia y España,
habían tenido sucesivamente el primado, el cetro y la virtud
civilizadora.
El mismo orgullo de Morsamor, el superior valer que atribuía a sus
hechos se revolvía en daño suyo y servía para deprimirle. Acabada por él
la obra que incumbía a los pueblos meridionales de nuestro continente,
la fuerza, el imperio y la inteligencia dominadora iban a pasar a otras
manos.
Al reconocer Morsamor tal como es la tierra en que vivimos, había
disipado el encanto que nos hizo señores de ella. La abandonaba su fe y
con su fe la abandonaban los genios, los dioses y los poderes e
inteligencias sobrenaturales que sucesivamente su fe había creado.
Esquilmado y seco el suelo, no se prestaba ya, aun herido de nuevo por
el corcel con alas, a que brotase de él otra Hipocrene. Circe y Calipso
huían buscando refugio y sin hallar en los mares espacio misterioso y
esquivo y afortunadas islas donde erigir espléndidos palacios, socavar
frescas grutas y plantar deleitosos jardines para recibir, agasajar y
embriagar de amor a los héroes. Venus no surgía ya del seno de las ondas
salobres, ni las Nereidas, abandonando sus alcázares submarinos, venían
a consolar a Aquiles por la muerte del amigo, ni aparecían en limpia y
hermosa desnudez ante los ojos mortales de Jasón y de sus compañeros que
iban a conquistar el Vellocino. Los oráculos callaban; cesaban los
milagros. Parados y ocultos los cíclopes, ni en Letnos ni en las
cavernas del Etna forjaban armaduras lucientes. Apolo y las musas
sentían el prurito de abandonar a Delos, el Parnaso y el Pindo, de
salvar las Montañas Rifeas y de instalarse en las regiones hiperbóreas,
mientras no las visitaba algún viajero curioso y les quitaba todo su
hechizo. En suma, era tan temeroso y destructor el desencanto que Miguel
de Zuheros imaginaba haber producido, que hasta los santos y los ángeles
se iban volando y abandonaban nuestra tierra desengañada. Pero las
cristalinas esferas se habían desbaratado y roto, no giraban ya en
arrebatada consonancia y nadie podía oír su musical armonía en los
arrobamientos del éxtasis. Soledad y fúnebre silencio reinaban en la
fría y desierta amplitud del éter sin límites. Muy lejos, muy lejos de
los hombres tenían que subir los coros celestiales para acercarse al
primer móvil y descubrir el Empíreo.
Así se atormentaba Morsamor con cavilaciones nacidas de vanidad
atrabiliaria en que muchos después de él han caído y caen. Han creído
que llevaban en una mano la férula del progreso y la antorcha de la
razón en la otra, y que iban arrollando con ellas cuantas creencias y
poesía se les paraban delante, despejando el mundo de visiones y de
fantasmas para que sólo quedase en él la realidad monda y escueta.
Y sin aquietarse Morsamor y pasando adelante en su cavilar lastimoso,
supuso, por último, que la ciencia empírica, hija del exterior sentido,
iba a arrebatarnos el imperio y a dársele a los pueblos del Norte,
patentizando el jactancioso embuste de las profecías del Padre Ambrosio.
Morsamor dio entonces forma y vida a este nuevo pensamiento, y vio en
torno suyo, discurrir entre la niebla diminutas y vaporosas
semideidades, geniecillos sutiles que apenas eran algo y casi se
convertían en flores retóricas: gnomos deformes y enanos, que trabajaban
sin cesar en el centro obscuro de la tierra y sacaban de allí para sus
naciones favoritas piedras y metales preciosos, raros documentos de los
archivos subterráneos, y primitivas selvas, alimento del fuego, motor y
artífice infatigable. En pos venían los silfos y las ondinas. Y luego
las aladas salamandras extraían del escondido seno de las cosas una
incomprensible virtud, de mayor ligereza que la luz y el fuego, rápida y
potente como el rayo, y se la prestaban a los hombres para que
iluminasen y moviesen con ella los seres inertes y obscuros y
transmitiesen con instantánea y casi ubicua rapidez el pensar y el
sentir, la palabra y el sonido.
Salió al fin Morsamor de aquel piélago de tristes meditaciones en que se
había engolfado.
El sol, que se alzaba sobre los montes, desgarró los velos de niebla que
los envolvían. Morsamor vio entonces el promontorio que estaba cerca y
hacia donde dirigía el rumbo su nave. En seguida reconoció que eran los
cerros de Cintra, cubiertos de feraz y lozana verdura. En la más alta
cima de la Peña, creyó distinguir con envidia al enamorado Bernardín
Riveiro, que todavía oteaba la extensión del Atlántico y buscaba con
lágrimas la estela de la nave que le arrebató a doña Beatriz.
Y vagando por la frondosidad umbría de aquellos valles, apareció también
a Miguel de Zuheros la virginal figura de doña Sol de Quiñones, que no
le censuraba, sino que le compadecía de que volviese a verla, olvidado
de su poético enamoramiento y acompañado y consolado por donna Olimpia.
La Ínsula Firme se había sumergido también en el Atlántico como otras
mil fábulas venerandas. En ningún mapa habría ya sitio en que ponerla.
Ni era menester porque el mágico Apolidón había derribado el Arco de los
leales amadores, enojado de que ya nadie pasara por él, como pasó Amadís
fiel a Oriana.
-XLIV-
Poco satisfecho estaba Morsamor de sí mismo en aquellos instantes.
Cuando iba a llegar al término de su peregrinación, un fúnebre
presentimiento contristaba su alma. La agitaba negra tempestad de
pasiones.
De súbito se encapotó el cielo con densas nubes. Por breve rato hubo
calma abrumadora como si algo pesado oprimiese el ambiente. Pero pronto
se desencadenó la tempestad más furiosa. El viento del Norte sobrevino
con ímpetu rabioso y sacudió y levantó las aguas del mar en gigantescas
olas. Chocaron las nubes con estruendo. Intensos relámpagos iluminaron
siniestramente el aire. Los rayos le surcaban de continuo.
El bajel apresado no tardó en apartarse de la nave de Morsamor. La
borrasca le llevó lejos de su vista.
Morsamor hizo esfuerzos inauditos para salvar su nave, harto trabajada
ya por larguísima navegación y por el choque y combate con el bajel
corsario.
Los marineros todos le ayudaron con celo y con brío en la ruda faena,
mientras que conservaban esperanzas; pero la nave, impulsada por los
vientos y por las olas, ya parecía elevarse a las nubes, ya hundirse
entre dos enormes montañas de agua, y no obedecía al timón, y se ladeaba
a veces como si fuera a volcarse, y el agua subía por cima de la
cubierta, la barría con furia y penetraba hasta el fondo.
Muchos tripulantes, en el delirio ya de la desesperación, blasfemaban o
rezaban y no acudían a la maniobra.
Casi abandonada la nave de dirección y de auxilios humanos, corrió aún
no poco tiempo con velocidad vertiginosa, a merced del huracán que la
impelía sobre la líquida faz del Océano, que ya la levantaba en sus
oleadas, ya la precipitaba en la medrosa hondura que entre dos montes de
agua a cada momento se abría.
La nave de Morsamor no pudo resistir más. Acaso bastó a destrozarla el
furor de los vientos y de las olas. Acaso fue a romperse, chocando
contra oculto bajío. Ello es que la nave, desbaratada la trabazón de sus
tablas se deshizo en pedazos.
Cada uno de los que la tripulaban luchó por la vida y procuró salvarse
como pudo.
En aquel momento de angustia, Morsamor cayó en el agua y pensó salvarse
nadando, pero pronto sintió un peso que le oprimía, que le estorbaba
nadar y que fatalmente iba a ahogarle. Despavorida donna Olimpia, pálida
por el miedo de la muerte, frenética de terror y de funesto cariño, se
había agarrado a Miguel de Zuheros, ciñéndole y estrechándole entre sus
brazos.
O la falta de brío o la sobra de piedad impidió a Morsamor apartar de sí
aquel obstáculo que se oponía a su salvación; aquella mujer por quien
iba a perderse sin que ella se salvara.
Morsamor, en vez de rechazarla, en aquellos instantes, acaso los últimos
de su vida, la cogió con ternura. Y movida ella por gratitud y por
amorosa vehemencia, unió su boca a la de Morsamor y la regaló con hondo
y prolongadísimo beso.
Extrañas fueron las impresiones de Morsamor. Se figuró que donna Olimpia
absorbía con sus labios toda la mocedad y toda la vida nueva que las
pociones mágicas del Padre Ambrosio le habían infundido. Volvió la vejez
a apoderarse de su cuerpo y empezó a sentirse casi decrépito. El frío
del agua atravesaba su carne, penetraba en sus huesos y le congelaba los
tuétanos y la sangre descolorida y pobre.
Todavía se sostuvo Morsamor en la superficie del agua a su parecer por
extraño e imprevisto socorro.
Tiburcio de Simahonda le tenía asido por la cabeza, impidiendo que se
hundiese; pero de sus hombres brotaron negras alas que velaron a
Morsamor la horrenda claridad de aquel día.
Por último, una sensación grotesca, a par que espantosa, vino a colmar
el delirio de aquella en su sentir postrera agonía. Los dos tremendos
rufianes, Asmodeo y Belcebú, le habían cogido cada uno por una pierna,
tiraban de él y le arrastraban al fondo de los mares.
Entonces Morsamor perdió el conocimiento y el sentido.