Reconciliación suprema

-I-

Después de las portentosas aventuras que acabamos de referir y del

trágico fin que tuvieron, bien podemos asegurar que no murió Morsamor.

No nos consta de qué suerte pudo salvarse. En nuestra historia hay aquí

una tenebrosa laguna. Saltemos por cima de ella y volvamos al convento

en que el Padre Ambrosio seguía viviendo y ejerciendo sus artes mágicas.

Por su virtud, aunque se ignore de qué manera, nadie en el convento

había notado la ausencia de Fray Miguel y del hermano Tiburcio.

Acaso el Padre Ambrosio había evocado y atraído a dos espíritus, que

habían tomado la apariencia del fraile y del lego. Acaso, sin evocar

espíritu alguno, aquel gran mago había creado dos fantasmas que

reemplazasen en el claustro a los dos ausentes. Ello es que nadie los

echó de menos. Por lo demás, según imaginaban los otros frailes, Fray

Miguel vivía siempre retraído, encerrado en su celda y casi de continuo

postrado en cama.

Lo que es ahora, bien podemos asegurar también nosotros que Morsamor o

Fray Miguel, de vuelta ya de sus excursiones, yacía en cama, en muy

mísero estado. Sin duda su segunda mocedad se había consumido toda en el

cumplimiento de las grandes empresas a que su voluntad y la ciencia del

Padre Ambrosio la consagraron. Fray Miguel se hallaba casi ciego, más

viejo, más acabado, más baldado por los dolores que antes de remozarse y

de encontrarse apto para la fuga. Se diría que aquel impetuoso

renacimiento de vitalidad, que aquella fuerza nueva que de la

profundidad de su ser había surgido, se había derramado como torrente,

se había volcado como ingente catarata, y se había gastado toda con

rapidez en inauditas acciones, sin dejar resto alguno, sino llevándose y

arrastrando en su curso parte de la vida que él conservaba aun antes del

cambio prodigioso.

Pasaron algunos días en esta situación. Fray Miguel estaba cada vez más

enfermo y débil. Y sin embargo, lejos de ofuscarse o de anublarse, su

inteligencia se sentía bañada en luz serena y clara y Fray Miguel creía

o más bien estaba seguro de que iban disipándose las nieblas o

rasgándose los velos que le encubrían la verdad, y de que empezaba a ver

las cosas todas sin alucinación alguna que se las desfigurase y

trastrocase. Era, no obstante, tan sigiloso y tan reservado que nadie,

ni el mismo Padre Ambrosio, descubría los cambios que iban realizándose

en el fondo de aquel alma, aunque el Padre Ambrosio visitaba a menudo a

Fray Miguel y era perspicaz zahorí de los pensamientos ajenos.

Llegó por fin un momento en que Fray Miguel se encontró menos agobiado

de sus males, con la mente despejada, con las piernas y los brazos más

firmes para accionar y moverse y con la voz entera para poder expresar

sin fatiga ni esfuerzo cuanto sentía y pensaba.

Desvelado, en las altas horas de la noche, se levantó de su mezquino

lecho, se vistió precipitadamente el sayal, encendió con eslabón, yesca

y pajuela, una lamparilla de hierro, salió de su celda, atravesó los

claustros desiertos y sombríos, se dirigió a la puerta de la celda del

Padre Ambrosio, y llamó golpeando en ella.

Había cierto reposo enérgico en el espíritu de Fray Miguel; mas, aunque

parezca contradictorio, coexistía con este reposo la impaciente

decisión, que no daba espera, de hablar al Padre Ambrosio, de

interrogarle sobre no pocas dudas y de pedirle cuenta y explicaciones

que las resolviesen.

El Padre Ambrosio se oyó llamar, reconoció la voz de Fray Miguel, no

pudo resistirse al imperio con que este exigía que le oyese, se vistió

el hábito y le abrió la puerta refunfuñando.

Entró en la celda Fray Miguel, colocó su lamparilla sobre la mesa, donde

había papeles y libros, y la misma calavera y el mismo crucifijo que la

primera vez que allí había entrado. Se sentó Fray Miguel en la silla en

que también se había sentado la primera vez, y diciendo, tengo que

hablarte, excitó por señas al Padre Ambrosio a que tomase asiento.

El diálogo que hubo entre ambos, y que Fray Miguel comenzó, requiere

capítulo aparte.

-II-

--¿Qué delirio es el tuyo?--dijo el Padre Ambrosio--. Me pasma que hayas

venido a verme. Si te he de hablar con franqueza, no creía yo posible

que pudieses salir de tu celda, débil como estás, baldado por los

dolores y velados tus ojos de densa nube que desde hace algún tiempo

apenas te deja ver distintamente las cosas, sino de un modo vago y

confuso y como al través de una neblina. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué

has venido hasta aquí, con paso vacilante e incierto, a tientas y sin

duda apoyándote en las paredes? ¿Qué es lo que de mí pretendes todavía?

Fray Miguel contestó:

--Pretendo que seas conmigo franco y leal, como yo lo he sido contigo.

Yo abrí para ti los más escondidos senos de mi alma y te mostré todos

sus arcanos. Nada te oculté ni de mis pensamientos ni de mis pasiones.

Mi espíritu, lleno de confianza en ti se te rindió por completo. Derecho

tengo a que tú también seas franco y leal conmigo. Vengo a pedirte

cuenta de tu conducta y de tus promesas. Dime toda la verdad. ¿Te has

burlado de mí? ¿Me has hecho víctima de un engaño? ¿Es cierto cuanto me

ha ocurrido o ha sido todo, como yo recelo, una endiablada

fantasmagoría? ¿Acaso las pociones mágicas que me administraste,

hundiéndome en hondo letargo, han suscitado visiones en mi cerebro,

grabándose en él con el poderoso vigor y con la clara distinción de la

realidad misma?

Interrogado el Padre Ambrosio tan de improviso y de manera que hacía

imposible toda respuesta ambigua, permaneció en silencio y como quien

duda y cavila sobre lo que le incumbe contestar y sobre la forma en que

la contestación ha de ir expresada, para que implique la justificación o

la disculpa al menos. Después de larga pausa, contestó al cabo el Padre

Ambrosio:

--Sean cuales sean los medios que he empleado, ora se consideren

realidad, ora vano prestigio, no debes tú dudar de la bondad de mis

intenciones. Yo he querido sanarte a toda costa del peor de los males.

Recuérdalo bien, de un orgullo satánico despechado que te hacía

aborrecible hasta la misma bienaventuranza del cielo. Contra enfermedad

tan horrenda, no hay remedio, por duro que sea, que pueda censurarse.

Supongamos por un momento que cuanto viste, y cuanto hiciste, desde que

por virtud de las pociones mágicas imaginaste despertar remozado, todo

carece de ser real fuera de ti. Aun así, aunque yo haya tenido fuerza

para crear en tu mente un mundo imaginario y para dártele en espectáculo

y para hacer de él amplio y pasmoso teatro en que tú fueses el principal

actor, bien puedes estar seguro de que he carecido de fuerza para

sujetar a mi propósito tu juicio y para someter tu voluntad a la mía. Yo

podré haberte ofrecido y presentado todas las ocasiones, todos los

objetos, todos los premios a que podía aspirar tu codicia, en que podía

hartarse tu sed de deleites y donde tu ambición y tu orgullo podían

quedar satisfechos; mas para lo que yo no tuve fuerzas, ni aun

teniéndolas las hubiera empleado, fue para violentar tu libre albedrío.

Sueño o no, te considero responsable de todos los actos de tu extraña

vida de descubridor y navegante. Si me cabe alguna duda es sobre el

grado mayor o menor, sobre la intensidad de tus méritos y de tus culpas.

Hay no pocos extremos hasta donde no llega mi ciencia, si bien presumo

que no es tan sereno y firme el juicio en quien duerme como en quien

vela, y que tu voluntad, sin ser violentada por mí, pudo ceder más

fácilmente que en la vigilia a los incentivos que en sueños se le

presentaron. De todos modos, aunque tu gloria hubiese sido soñada, tú

has sabido mostrarte capaz de esa gloria, y aunque hayan sido soñados

tus delitos, también eres responsable de ellos, aunque no en tanto

grado. En sueños tiene la voluntad menos brío para resistir a la

tentación que la provoca. Si no resiste y cede, entonces es menor su

delito; pero esa mayor flaqueza de la voluntad, que atenúa su falta si

incurre en pecado, tal vez da superior valer a toda acción buena que en

sueños se realiza, porque si la voluntad, poco briosa, basta a

realizarla soñando, mayor será su virtud cuando al despertar recobre

todo su poder y le emplee en darle cima. La diferencia entre el éxito

dichoso, ya en la realidad ya en el sueño, es que en la realidad depende

en gran parte de lo que llama el vulgo caprichos de la fortuna, o sea de

lo que los juiciosos y piadosos califican de inescrutables designios de

Dios, a fin de que se cumpla el plan maravilloso de la historia y de que

camine la humanidad hacia su término con dirección invariable y segura.

Todos nos agitamos y todos contribuimos a que se cumpla dicho plan,

quedando, no obstante, nuestra libertad en salvo, merced al soberano

concierto prescrito desde la eternidad por la Providencia.

--Tu discurso--dijo Fray Miguel--se quiebra de puro sutil. En mi sentir

son alambicados y obscuros tus conceptos. Presumo, pues, o que no

entiendes o que entiendes lo contrario de lo que dices para mi consuelo,

y para atenuar la crueldad de la burla que me hiciste. Es falsedad, es

sofisma lo que sostienes. Si no debo condenarme porque mis crímenes han

sido soñados, tampoco debo glorificarme si también han sido soñadas mis

proezas. Convengo en que el mal éxito o el buen éxito final es obra de

la fortuna o hablando cristianamente, de Dios mismo; pero la acción,

independientemente del éxito, no vale sino en la vigilia para quien la

ejecuta. En sueños, el avaro es generoso, y tal vez quien despierto no

se desprende de un maravedí, para socorrer a un pordiosero, es capaz

soñando de prodigar todas las riquezas de los Cresos y de los Fúcares.

El cobarde puede soñar que es valiente. Hasta por lo mismo que despierto

le humilla y le atormenta su incurable cobardía, en sueños se consuela

creando y atribuyéndose el denuedo de que carece. En suma, yo infiero,

de lo que me dices, estas desconsoladoras y amargas verdades; que te has

burlado de mí; que mi segunda juventud, mis hazañas y mi gloria fueron

soñadas; que mis delitos también lo fueron; y que siéndolo, quedan en

duda las energías de mi ser y no merezco ahora, ni más ni menos que

antes, alabanza o vituperio, galardón o castigo.

--Muy extremada manera es la de tu discurso y a mi ver es falsa, pero no

quiero que discutamos, porque así no lograríamos convencernos. Baste

para mi intento de convencerte de la aptitud y del poder que hay en ti,

tanto para lo bueno como para lo malo, la ilimitada confianza que en mí

pusiste y la constancia y el valor con que te sujetaste a mis conjuros,

arrostraste pruebas tremendas y no retrocediste, lleno de terror, ante

mis mágicas operaciones. Quien fue capaz de todo esto es capaz también

de todas las hazañas y digno de las victorias y de los triunfos. Sólo de

la fortuna, sólo de las circunstancias exteriores, y no de la virtud del

alma, depende que en realidad se logren o que sólo se logren en sueños.

Eres injusto al afirmar que me he burlado de ti. No; yo no me he

burlado; yo quise confortarte, puse los medios para conseguirlo, y lo

hubiera conseguido si no fueses tú tan descontentadizo y caviloso. Antes

de que mi magia se emplease en ti, tú no habías sido héroe y además

dudabas de que pudieses serlo. Ahora, aunque puedes dudar de que en

realidad lo hayas sido, no puedes dudar del poder que para serlo había

en tu alma.

A estas últimas palabras del Padre Ambrosio, no replicó Fray Miguel para

contradecirlas ni mucho menos para manifestar que había quedado

convencido y satisfecho. Su única contestación fue un sonido

inarticulado que exhaló su pecho y que brotó de sus labios, de tan

indefinible condición que podía dudarse de si era suspiro o refunfuño,

bendición o maldición, muestra de gratitud o de queja.

Hubo una larga pausa. Los ojos casi sin vista de Fray Miguel se fijaron

intensamente en el Padre Ambrosio, como si fuese el alma sin el

intermedio del material aparato quien por ellos mirase y viese. A pesar

de su poder mágico, y a pesar de su ánimo brioso, bajó los ojos el padre

no pudiendo resistir la intensidad y el fuego de aquella mirada. El

Padre, con todo, estaba sereno y tranquilo. No le remordía la

conciencia. Su conducta con Fray Miguel había procedido de la intención

más sana.

Sin duda Fray Miguel pensó lo mismo, después de la larga pausa y de la

mirada escrutadora.

No quiso, sin embargo, hablar más. Se levantó de la silla, tomó su

lámpara, pronunció un Dios te guarde, inclinando la cabeza, y se volvió

a su celda sin más explicaciones, preguntas ni discursos.

-III-

Pasaron aún más de cinco semanas después del coloquio nocturno de que

acabamos de dar cuenta. El esfuerzo violento y el consumo de vitalidad,

hechos por Fray Miguel, para ir hasta la celda del Padre Ambrosio y para

hablar con él lo que había hablado, produjeron terrible reacción,

hundiendo a Fray Miguel en el mayor abatimiento físico. Se diría que

hasta para hablar, hasta para pronunciar algunas palabras, le faltaban

ya bríos. Fray Miguel estaba postrado en cama y callado como muerto.

Sólo acudían a visitarle en su celda el Padre Ambrosio, cuya reputación

de excelente médico era grandísima e indiscutible, y el hermano Tiburcio

que, ayudante del Padre, cuidaba de Fray Miguel, y le suministraba

alimentos y medicinas.

En medio, no obstante, de aquella enfermiza inacción de su ser material

y de aquel desmadejamiento y quebrante de su organismo, el pensamiento

de Fray Miguel lucía con más viveza dentro de su cerebro, y como si le

hubieran nacido pujantes alas, se remontaba a luminosas esferas y veía o

creía ver con mayor claridad y serenidad que nunca, lo pasado, lo

presente y lo futuro, fijando la mirada de águila en el radiante foco,

donde lo real y lo ideal se compenetran, se confunden y son una cosa

misma.

En la mente de Fray Miguel se realizó así saludable mudanza. En virtud

de ella, depuso todo enojo contra el Padre Ambrosio. Lo que tal vez

consideraba antes como burla, le pareció lección provechosa, rica en

beatíficos resultados.

Harto bien conocía Fray Miguel la postración de su cuerpo y la

proximidad de su muerte; pero, al mismo tiempo, conocía con reposado

júbilo que nunca había estado su espíritu más sano, más perspicaz, ni

más sereno que entonces.

En tal disposición, quiso Fray Miguel comunicar a alguien que le

comprendiese los pensamientos y las ideas que en aquellos momentos

supremos había en su alma. Y movido por este anhelo, con voz sumisa y

débil, no en una vez sola, sino en varias veces, en diferentes visitas

que el Padre Ambrosio le hizo, le fue manifestando en breves discursos

su pensar y su sentir más íntimos.

Piadosamente recogió el Padre Ambrosio y puso por escrito aquellas

confidencias, que ahora trasladamos aquí y que son como siguen:

--Veo con claridad, Padre Ambrosio, que la hora de mi muerte se

aproxima. La veo sin desearla y también sin temerla. Rara vez la duda ha

entrado en mi espíritu, y menos aún ha entrado en él una negativa

convicción. Pero, aunque yo estuviese convencido de que la muerte era

completa, de que para mí no había nada después, ni pena, ni gloria de

que yo tuviese conciencia, ni siquiera una inconsciente prolongación de

mi ser en el recuerdo de los demás hombres, la muerte no me aterraría ni

me afligiría. No es que yo esté resignado. Es algo de más noble y de

menos pasivo. Es que, dando yo aún inmenso precio a mi vida, la daría,

la vertería toda en el seno de la naturaleza, en una efusión de amor

hacia ella y hacia el ser inmenso que lo ha creado todo y que todo lo

llena. Pero no, yo no dudo de mi inmortalidad individual y consciente.

Yo creo en ella y ahora, cuando mis ojos, débiles y enfermos, apenas

perciben la luz material, de la que huyen medrosos, luz clarísima,

procedente de foco increado, penetra e inunda mi mente, ilustrándola y

enseñándole la verdad. Yo fui, días ha, a tu celda con el intento de

interrogarte y de disipar dudas sobre mi última vida pasada. Ahora me

arrepiento y nada te pregunto porque nada quiero saber. Me es igual, me

es indiferente que hayan sido realidad mi razonamiento, mis

peregrinaciones y mis ulteriores crímenes y hazañas, o que todo haya

sido prestigios, embustes o creaciones fantásticas formadas y sugeridas

por tus elixires y linimentos y por el pasmoso poder de tus mágicas

artes. En estos últimos días, desde que volví vi convento o desde que

creí que había vuelto al convento, desde que me hallé más viejo y

abatido que antes, casi ciego, baldado y postrado en el lecho, he

cavilado y meditado mucho y siento que se ha mejorado y casi se ha

transformado mi alma. Tal vez sin los últimos sucesos de mi vida, ora

sean imaginarios, ora sean reales, no hubiera sobrevenido en mi ser esta

transformación, esta conversión, que califico de dichosa. A ti te la

debo y por ello te doy las gracias. El pensamiento, cuando no se expresa

y se determina por medio de la palabra, cuando persiste hundido en las

profundidades de nuestro ser, sin comunicarse y declararse a otro ser

inteligente, es confuso caos, de cuya verdad o de cuya mentira, de cuya

bondad o de cuya insignificancia, no estamos seguros. La plena

conciencia no aparece sino con la palabra emitida y comunicada. Por eso

es con Dios coeterno su Verbo. Ni el amor inefable y divino hubiera

brotado nunca en la mente suprema, si de la contemplación del propio

Verbo desde la eternidad no hubiera nacido. Débil trasunto, pobre

semejanza de tan altos misterios hay sin duda en el fondo del alma

humana. Dios, con su palabra, engendró el amor y creó el Universo. Yo,

con mi palabra, si acierto a expresar con ella lo que agita mi mente de

un modo confuso, engendraré también mi amor y daré consistencia a la

todavía vaga creación en que este amor mío ha de satisfacerse y

aquietarse, cumpliéndose así mi destino. Tales son los motivos que me

impulsan hoy a dirigirme a ti y a hacerte una confesión sincera y

amplia, procurando poner orden y concierto en mis ideas y expresarlas

luego y presentarlas a tu inteligencia, creando yo así mi luz, mi amor y

mi universo hasta donde alcancen mis limitadas y débiles facultades

humanas.

-IV-

Fray Miguel se fatigaba tanto al hablar, que, en breve, tenía que

suspender su discurso y dejarle para otro día. Prescindiendo nosotros de

tales interrupciones, aunque en cierto modo marcándolas e indicándolas,

pondremos aquí los diversos fragmentos, unos en pos de otros, en el

orden en que Fray Miguel los pronunció y en el que el Padre Ambrosio los

conservó por escrito.

--Convencido estoy de que has querido darme una lección de moral,

parecida en su traza a la que dio don Illán de Toledo, famoso mágico, a

cierto ambicioso Deán de Santiago. Tú, con todo, no has querido

demostrar que yo soy ingrato. Tú estabas seguro de mi gratitud. Más alta

era la moraleja que de mi historia, semejante a la que refirió al Conde

Lucanor su consejero Patronio, has querido tú sacar ahora. Yo soy buen

discípulo, aspiro a ayudarte en tu trabajo, y voy a sacar de él

deducciones tan trascendentales que ya coincidan con las que tú

esperabas sacar, ya vayan más lejos o suban más alto todavía.

--Alégrate y enorgullécete. Has querido curarme de mi ambición

desesperada. Duro ha sido el remedio. Como quien con hierro candente

quema un cáncer, tú has curado el que roía mis entrañas. No sólo te

perdono, sino que te agradezco la cauterización dolorosa. Mi sed de

poder y de gloria se aquietó y sació con satisfacciones soñadas. Hoy, al

reconocer que fueron sueño, reconozco también la vanidad de tales

satisfacciones, aun cuando sean reales. El sabio lo ha dicho: _que ni la

carrera es de los ligeros, ni la guerra de los fuertes, ni el pan de los

sabios, ni las riquezas de los doctos, ni la gracia de los artífices;

sino el tiempo y la casualidad en todo_. De mis victorias y de mis

triunfos no debo, pues, jactarme. Si al tiempo y a la casualidad se

deben, para contentamiento de mi orgullo, lo mismo valen e importan, ora

hayan sido realidad, ora sueño.

--Tales son las consideraciones que me mueven a desechar primero el

engreimiento personal y más tarde el engreimiento de nación y de casta.

Por cima de todo está Dios, y con él y en él la fe y la esperanza de que

no hay mal que no sea aparente o caduco y que no se ordene a fin dichoso

y grande. Así, en mi interior meditación vine yo a resignarme y a buscar

y hallar dulce quietud y algo a modo de bienaventuranza en mi plena

conformidad con los designios divinos. Me desnudé del estrecho egoísmo y

arrojé lejos de mí el amor propio sin anhelar ya gozarle complacido y

sin el temor ya de sufrirle lastimado.

--Conforme hubiera estado desde entonces mi voluntad, con la voluntad

del Altísimo, si un obstáculo, que me pareció insuperable, no se hubiera

opuesto. Con este obstáculo he tenido que trabar tremenda lucha. Yo pude

libertarme de la ambición y de la codicia, pude desdeñar y desdeñé

gloria, poder y riqueza. El amor de la mujer quedó, no obstante, firme

en contra mía, atajando el camino por donde ansiaba yo acercarme a la

reconciliación suprema. Disípense en buena hora como niebla o como humo

todas las proezas de que me sentí capaz y que realicé o soñé. Lo que yo

no consentía era que el amor de la mujer también se disipase. Hasta los

crímenes, hasta las horribles tragedias que este amor produjo, no me

resignaba yo a que se convirtiese en sueños, convirtiendo en sueños el

amor mismo. Urbási, la bella Urbási, se me aparecía, como recuerdo vivo

le algo real, no como sombra fantástica, y me mostraba su admirable y

hermosa figura y el blanco pecho desnudo, donde yo veía, en el lado del

corazón, profunda herida brotando hirviente y roja sangre que ansiaba yo

restañar y represar con mis labios. Pena infernal me causaba esta

aparición trágica, pero me causaba a la vez tan inefable y sublime

deleite, que mi alma toda se enfurecía de que fuese aquello ilusorio y

vano y pugnaba aún por mantenerlo, al menos por recuerdo, como real y

consistente. No; la causa de nuestro amor a la mujer no reside sólo en

nuestro miserable cuerpo. Aunque el cuerpo decaiga, envejezca y enferme,

el alma, inmortal, sigue amándola. El alma inmortal es alma de mujer o

de hombre, y a veces imaginaba yo que esta diferencia de inmortal

duración hacía también inmortalmente duradero e invencible el amor que

una mujer me había inspirado. Y esta mujer, o si se quiere este

hermosísimo aunque terrible fantasma de mi mente, se interponía entre

ella y lo infinito en que su raíz estriba, y no me dejaba llegar hasta

él, reteniéndome cautivo y arrancando a mi espíritu las alas con que

anhelaba volar tan alto y el ímpetu vigoroso con que pensaba sumirse en

el abismo del ser y hacerse superior a todo lo creado y contingente al

penetrar en dicho abismo. No acierto a ponderar el esfuerzo pasmoso de

mi voluntad para llegar a destruir, después de haber destruido y roto

los demás ídolos, la imagen seductora de la mujer amada. Esta imagen,

que llegué a suponer indeleble, lo perturbaba y lo bastardeaba todo en

mi alma. No había concepto moral ni religioso al que ella no diese

forma, profanando mi religión y convirtiéndola en idolatría. Ella, su

imagen, ya se me mostraba representando la ciencia, ya la filosofía, ya

la caridad, ya cualquiera de las otras virtudes, ya la ninfa pulquérrima

y predilecta del cielo, esposa o amante de los dioses inmortales y madre

dichosa de los semi-dioses o héroes salvadores. Yo me explicaba a mi

modo, porque también los sentía, los encontrados sentimientos que

inspira la mujer, desde hace muchos siglos. Ora el misticismo amoroso y

caballeresco la ensalza y la purifica como algo venido del Empíreo, como

fuente inexhausta de todo noble sentir y de todo arranque generoso, y

crea la Beatriz y la Laura de los egregios poetas, ora el ascetismo

adusto la aborrece y la teme, como nido de víboras, como oficina de

embustes y de pecados, y como el más seguro anzuelo de que se vale

Satanás para perdernos. Rudo combate y grandísima pena me costó lanzar

de mi pensamiento la imagen de la mujer, que con tan contrarios aspectos

se me mostraba y que del efímero enlace o de la mentida concordia,

producida por la atracción irresistible que nos lleva hacia ella, hacía

brotar discordias sin término y dualidad irreducible, como si hubiese

dos eternos creadores y conservadores del mundo y no uno solo. En fin,

mi empeño fue tan obstinado que logré borrar la imagen de Urbási,

grabada en mi corazón como sello puesto allí por el demonio en señal de

que yo era su esclavo. Entonces brotaron de nuevo y más pujantes las

alas de mi espíritu. Y no por la ciencia, no por el presunto conocer,

sino con humildad, desprendiéndome de todo afecto pasajero, de toda

liviana inclinación a las cosas creadas, logré subir hasta el manantial

inagotable de donde todas manan y en el amor del bien soberano cifrar y

confundir todos mis otros amores, empezando por el de mí mismo. Hoy no

hay mal que bien no me parezca, ni desdicha que no me parezca ventura,

porque lo que Dios quiere no puede menos de ser lo mejor y lo más

deseable. Aunque para el cumplimiento de su inflexible justicia, y a

pesar de su infinita misericordia, tuviese yo que padecer las penas

eternas, al padecerlas yo por su amor, gozaría de tan inefable deleite,

que se me transformaría el infierno en cielo, de la misma manera que

antes, dominado yo por el egoísmo, transformaba el cielo en infierno.

Morsamor peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda · 第 14 / 14 题