Por fortuna, la plebe amotinada de la ciudad, fanatizada por los

brahmanes y provista de armas, había vencido a los más resistentes de la

exterior guarnición, mientras que otros, codiciosos y traidores, se

habían dejado comprar por dinero suministrado por los brahmanes y por

mercaderes ricos. Parte pues, de la sublevación triunfante, se había

adelantado hasta el borde del foso en tumultuosa muchedumbre. Sus gritos

de júbilo llegaban claros a los oídos de Miguel de Zuheros, alentaban su

valor y corroboraban su confianza. Así, a pesar de la obstinada

resistencia de los que defendían la puerta, Morsamor y los suyos, no sin

sacrificar allí muchas vidas, se apoderaron de la puerta al cabo, la

abrieron y dejaron caer sobre el foso el puente levadizo. La noche en

esto había pasado ya. La obscuridad se había, disipado. La penumbra del

crepúsculo matutino se había trocado con rápida transición en claridad

luminosa, apagándose las estrellas en el éter, matizándose las nubes de

carmín y de oro y transmitiéndose por el ambiente despejado y limpio el

movimiento, los colores y las formas de los distintos seres.

Los de la guarnición interior, aturdidos y empeñados en luchar con los

que estaban dentro, sólo habían hecho cinco disparos de lombardas,

causando apenas daño en la muchedumbre, aunque sí algún miedo y mucha

ira.

Al abrirse la puerta y caer el puente levadizo, la plebe retrocedió con

espanto, temiendo que iban a salir el sultán, y su caballería y sus

elefantes, y a cargar sobre ella. Pero los dos jóvenes brahmanes, que

acompañaban a Morsamor y que eran muy decididos, pasaron desde la

fortaleza al otro lado del foso, y gritando en medio de la turba, le

quitaron el miedo y la persuadieron de que eran aliados y amigos los que

abrían el paso y los que reclamaban su apoyo para terminar aquella

grande obra. La plebe entonces, como desbordado torrente que rompe el

dique que le retiene y en violentas oleadas lo inunda todo, se precipitó

por la puerta y llenó en un instante el parque que se extendía en torno

del alcázar dentro del recinto murado.

-XXIII-

El rey, según hemos dicho ya, tuvo que replegarse y encerrarse de nuevo

en el alcázar después de su vigorosa salida. La causa principal de la

retirada había quedado oculta. El rey procuró y logró que se ocultase

para que su gente no desmayara. Un dardo enemigo había atravesado su

muslo derecho. De la honda herida manaba mucha sangre, y el rey apenas

podía tenerse en pie.

Encerrado en la ancha cámara, donde estaba el único acceso para penetrar

en el harén, y asistido sólo por su médico, por su viejo confidente y

valido el jefe de los eunucos, y por cuatro de sus más fieles e íntimos

servidores, el rey siguió dando órdenes y excitando a la resistencia.

Joven y robusto aún, era además fiero y orgulloso, aunque debilitado su

brío por la vida muelle y deleitosa que había vivido, en paz con los

extraños y en lo interior hasta entonces, sin rebeliones ni motines.

Cuando vio a las claras que sus soldados habían sido vencidos, que la

plebe triunfante había invadido la fortaleza y que ya se disponía a

romper las puertas y a entrar en el alcázar, su desesperación fue

completa y horrible.

Abdul ben Hixen se jactaba de su nobilísima estirpe. Pretendía

descender, por una ilustre serie de monarcas guerreros, del propio

Mohamud de Gazna el Grande. Altísimo era el concepto en que tenía él la

sagrada dignidad de su persona. ¿Cómo sufrir, pues, el oprobio de caer

vivo entre las manos inmundas de aquel vil populacho?

Inevitable era la muerte y convenía aceptarla con valor y recibirla

cuanto antes.

Los clamores de la turba, que oía cerca de sí, se diría que le excitaban

a tomar la tremenda resolución. No podía ya morir peleando y matando,

pero podía y debía morir en seguida antes de caer en infamante

cautiverio.

Abdul ben Hixen ya pidió con ruegos, ya ordenó con furia que le matasen

a los cuatro soldados fieles que estaban cerca de él, al médico

impasible y al jefe de los eunucos que le miraba lleno de asombro y

temblaba como un azogado.

El profundo respeto que el rey infundía no consintió que ninguno de sus

cuatro guardias cumpliese sus órdenes ni accediese a sus ruegos.

--Carecéis de valor--dijo entonces--para ser misericordiosos conmigo. Yo

supliré el valor que os falta. Así os daré ejemplo para que os mostréis

dignos de mí, para que impidáis que caigan vivas mis mujeres en poder de

esa canalla infame, para que no insulten mi cadáver y para que todo, si

es posible, sea presa de las llamas.

Sin oír ni aguardar contestación alguna, Abdul ben Hixen desenvainó con

rapidez el acicalado yatagán de doble filo que de rico talabarte le

pendía, fijó en el suelo la costosa empuñadura, cuajada de diamantes y

esmeraldas, y poniéndose en el pecho la agudísima punta, se arrojó

encima con tal ímpetu que se traspasó y destrozó las entrañas con la

ancha hoja, quedando muerto en el acto.

El astuto médico, con previsora serenidad y sin ninguna gana de acabar

también trágicamente, desapareció como por ensalmo, yéndose por el lado

opuesto al harén y escondiéndose donde pudo. Oportunísima fue la fuga.

El entusiasmo heroico y destructor de los cuatro eunucos rayó en delirio

y no tuvo límites al ver muerto y en medio de una charca de sangre a su

querido y augusto amo.

Se creyeron en la obligación de matar y de incendiar y era menester

cumplir con ella.

El jefe de los eunucos la facilitó por lo que a él tocaba. El espanto le

sobrecogió de tal suerte, que, desfigurado su rugoso y pálido rostro por

horrible mueca, torcida y muy abierta la boca como para exhalar a escape

el último aliento, desencajados los ojos y dilatadas las pupilas, se

desplomó sin vida en el suelo.

Los eunucos hacinaron telas, papeles, muebles, cuantos objetos

consideraron más combustibles, alzándolos en montón contra la pared de

la espléndida sala, cubierta de sedas del Catay y de chales y tapices de

Cachemira, y cuya artesonada techumbre era de nácar, concha, sándalo,

cedro y otras preciosas maderas que en delicados embutidos y en linda

taracea se combinaban.

Con destiladas quintas esencias, con ungüentos y aceites aromáticos, con

cuanto pudieron hallar a mano a propósito para que prendiese el fuego y

se propagase, rociaron los eunucos el montón de objetos, la tapicería de

la pared y hasta el mismo techo. Encendieron fuego en seguida, le

aplicaron a papeles y a trapos que había en la base del montón, y muy

pronto con feroz alegría vieron surgir el humo y las llamas. Luego

penetraron en el harén dispuestos a destruirlo todo y a dar muerte a las

mujeres para que no fuesen profanadas y ultrajadas por el vulgo.

Entre tanto, los guardias que custodiaban el alcázar, con el intento de

vender caras sus vidas, abrieron la ancha puerta y se lanzaron de nuevo

al combate desesperadamente. La plebe, apiñada delante de la puerta,

tuvo que lamentar no pocas víctimas de aquel primer ímpetu.

En esto, Morsamor, así como Tiburcio que, vencedor de la caballería,

estaba ya a su lado, vieron en el extremo del palacio, hacia donde

estaba el harén y en una gran ventana que acababa de abrirse, una

extraña figura que los llenó de pasmo. Nunca mujer más bella, elegante y

majestuosa, había concebido Morsamor en su fantasía de poeta, ni había

aparecido en sus más radiantes y amorosos ensueños. Brillaban sus negros

ojos, por entre las largas y sedosas pestañas, como la luz del sol que

arreboladas nubes mitigan. Era su tez como de leche y rosas. Esbelto su

talle: elevada su estatura. A pesar de las flotantes y blancas ropas que

velaban su cuerpo, se presentía y se adivinaba que era todo él

maravilloso y armónico conjunto de perfecciones casi divinas.

Aunque no cuadraba a la dignidad aristocrática de aquella mujer ni

mostrar angustia y terror en el semblante, ni pedir socorro a gritos,

Morsamor, a la vez que sintió en el alma una jamás sentida y amorosa

admiración y un irresistible impulso que hacia aquella mujer le llevaba,

sintió también o más bien comprendió, como si un genio o espíritu

invisible le hablase al oído, que aquella mujer se hallaba en el peligro

más espantoso, y que él debía a toda costa libertarla y salvarla.

Alrededor suyo, entretanto, se alzaban centenares de voces diciendo:

--¡Urbási! ¡Urbási! ¡Es ella! ¡Es ella!--la que el tirano había robado.

Sin más reflexionar, y sin ponerse con nadie de acuerdo, Morsamor espada

en mano corrió hacia la puerta del alcázar, se abrió paso por entre

cuantos allí peleaban, quedando milagrosamente ileso, y pronto subió a

saltos la grande escalera que al piso principal conducía. Sintió pasos

detrás de él, volvió la cara, vio a Tiburcio que le seguía dispuesto a

ayudarle, y con mirada expresiva se lo agradeció sin pronunciar palabra.

No era menester que la pronunciase; Tiburcio lo había adivinado todo y

se puso delante de Morsamor, como para servirle de guía.

Así llegaron a la cámara, donde yacía muerto Abdul ben Hixen. El humo

era sofocante. Las llamas habían subido ya por la pared y habían

empezado a cebarse en la techumbre que crujía y amenazaba desprenderse a

pedazos.

Tiburcio pasó impávido por la cámara. En pos de él pasó Miguel de

Zuheros.

Ambos iban con precipitación, aunque no sin cuidado, para no resbalar en

la sangre que humedecía y manchaba el pavimento, para no tropezar en

seres humanos muertos o moribundos y para no ser sorprendidos por los

vivos aún armados y furiosos que sin duda por aquellos sitios vagaban.

Con certero instinto y con tan ligeros y sordos pasos, que no levantaban

rumor, como si los que marchaban fuesen sombras, llegaron al extremo del

palacio, donde estaba la estancia en que Urbási se guarecía. Cerrada la

firme puerta, resistía aún a los reiterados y furibundos golpes que

sacudían en ella los cuatro eunucos, ansiosos de derribarla.

Algo de siniestramente sobrehumano parecía traslucirse entonces en el

gracioso rostro de Tiburcio, casi sin bozo, como de gentil adolescente.

Acalorada la imaginación de Morsamor, creyó ver que la espada que

Tiburcio llevaba en la diestra no era inerte acero, sino serpiente viva

que se hundía en el pecho de los contrarios y mordía y destrozaba los

corazones. Súbitamente, antes de que le viesen y le hiciesen cara,

Tiburcio hizo caer por tierra mortalmente heridos a dos de los cuatro

eunucos. No fue larga la lucha con los otros dos. Morsamor peleó contra

el uno, Tiburcio peleó contra el otro, y ambos perecieron también.

Sin un leve instante de reposo, Tiburcio tocó en la puerta con el pomo

de su espada y gritó alto para que le oyese quien estaba dentro:

--¡Urbási! ¡Urbási! Abre. Ten confianza en nosotros. Venimos a salvarte.

La puerta se abrió enseguida y Urbási se mostró bajo el dintel,

serenamente hermosa, como una aparición del cielo. Desalumbrado,

extático quedó Morsamor al contemplar de cerca tanta hermosura. Luego se

repuso haciendo un esfuerzo, y con la mano izquierda, desnuda de la

manopla que en la escarcela guardaba, asió a Urbási de la diestra, y

guiado siempre por Tiburcio, buscó por donde había venido la única

salida del harén.

Al llegar al salón, donde el rey yacía muerto, Morsamor retrocedió

horrorizado.

En torno del salón no había cundido el incendio porque eran los muros de

sólida mampostería, revestida de mármoles, que sin arder se calcinaban;

pero lo interior del salón parecía un infierno: medroso torbellino de

humo y de llamas.

Inevitable era pasar por allí. Tiburcio dio el ejemplo. Se diría que a

su paso se apartaban las llamas y el humo como si le conociesen y

respetasen.

Vergüenza tuvo Morsamor de quedarse atrás, pero temía que, si Urbási

seguía andando, prendiese el fuego en su larga y flotante vestidura,

cuya fimbria tocaba y se extendía sobre el pavimento. Morsamor,

entonces, tomó a Urbási en sus brazos, recogiéndole cuidadosamente la

falda; atravesó con rapidez y valentía por el salón incendiado; y,

precedido de Tiburcio llegó sano y salvo hasta el arranque de la grande

escalera.

Hechizado y orgulloso de su dulce carga, nada le fatigaba su peso, y

Morsamor no la hubiera soltado a no exigir ella descender la escalera

por su pie.

Rápidamente la bajaron, asidos de nuevo de la mano Morsamor y Urbási.

Con cariñoso afecto estrechó Morsamor la mano de Urbási, blanca, suave y

admirablemente formada.

Al llegar al último tramo, ella estrechó también la mano de Morsamor; y

de su fresca boca, que a él pareció cáliz de perlas y rubíes, colmado

del aroma y del néctar que aspiran y beben los inmortales, salieron en

voz baja y suave estas dulces palabras:

--Me has salvado la vida. Tómala si lo deseas. Eres su dueño.

Absorto en su alegría, nada acertaba a contestar Morsamor, cuando se vio

cercado de multitud de gente, así del pueblo como de los mismos

aventureros que militaban bajo sus órdenes. Entusiasmados todos por sus

hazañas, le aclamaban por héroe, casi le adoraban como a un semidiós y

le levantaban en hombros para llevarle en triunfo.

En aquel bullicio y alborozo Urbási y Morsamor se separaron. Y él estuvo

largo rato desesperado e inquieto, en medio del aplauso popular y de la

multitud que le vitoreaba, hasta que vio por dicha que a no mucha

distancia, Urbási en compañía del viejo brahmán Narada, subía en un

palanquín e iba a salir fuera del recinto murado. Antes de salir, ella,

que tenía en él la vista fija, le miró con amor e hizo ondear en su mano

un blanco cendal, como despidiéndose. Su larga mirada fue elocuentísima

y decía con toda claridad: hasta que pronto, muy pronto volvamos a

vernos.

-XXIV-

En un extremo de la ciudad y en espacioso edificio, Morsamor con toda su

gente estaba acuartelado. No llegaban a ciento ochenta, porque más de

ciento habían perecido en la batalla. Cargados de riquísimo botín,

consolábanse los vivos de la muerte de sus compañeros de armas. Limitado

el incendio a la gran cámara, el alcázar dio extraordinarias riquezas a

los que, después de Morsamor, le entraron a saco. Los caballos y los

elefantes, de que Tiburcio y los suyos se habían apoderado, cedidos

luego o vendidos a Balarán, príncipe de los brahmanes, produjeron

cuantiosa suma de rupias.

La rebelión triunfante, había entronizado a Balarán, invistiéndole de

omnímodos poderes; concediéndole lo que en Europa llamamos la dictadura.

Era Balarán de nobilísima prosapia, de majestuosa presencia y de bello

rostro resplandeciente en juventud lozana; era celebrado por su profundo

conocimiento de los Vedas, de las Leyes de Manú, de los Puranas y demás

libros sagrados, y de todos los sistemas filosóficos-ortodoxos y

heterodoxos de la India; y era venerado además por su energía, por su fe

inquebrantable en los altos destinos de su religión y de su casta, y por

otras raras virtudes aparentes o verdaderas. Gozaba, por último, de

pingüe y casi regio patrimonio, parte del cual había consumido,

comprometiéndole todo en la conjura.

Fundamento tenía su propósito de que fuese seguido el ejemplo que

acababa de dar; de que la rebelión se propagase a otros Estados y de que

se extirpase de la India el predominio del Islam. Así quedaría su

ambición plenamente satisfecha; llevaría él con justo título el nombre

de Balarán; el mismo nombre del pasmoso hermano de Crishna. Y así

lograría él ser Brahmatma o jefe supremo de su casta, de su secta y del

imperio que en ella se fundase.

Repugnaba Morsamor ser mero y dócil instrumento del brahmán ambicioso.

Harto conocía que era delirio aspirar a más. Lo razonable, pues, era

retirarse con sus aventureros, volviendo todos a Goa victoriosos y

opulentos como nababos. Sólo un interés personalísimo retenía a Morsamor

en Benarés. La bella Urbási había cautivado su alma. Necesitaba volver a

verla, declararle su amor y pedirle el cumplimiento de lo prometido en

aquellas dulces palabras que ella pronunció, dejándolas grabadas en el

centro de su corazón: _Me has salvado la vida. Tómala si lo deseas. Eres

su dueño_.

Harto presentía Morsamor lo aventurado y peligroso de su nueva empresa.

No quiso comprometer en ella sino a los que le fuesen completamente

adictos y estuviesen resueltos a arrostrar el enojo de Balarán y a

resistir el poder que ellos habían contribuido a poner en sus manos.

Morsamor convocó, pues, a su gente, expuso su determinación de

permanecer en Benarés con algunos pocos aventureros que quisiesen

acompañarle y reconociendo que todos habían cumplido ya con el

compromiso y la obligación que contrajeron, los dejó en libertad de

volver a Goa, conducidos por buenos guías y con el espléndido botín que

habían conquistado.

Deplorando o aparentando deplorar la separación, ciento veinte

abandonaron a Miguel de Zuheros. Con él sólo quedaron sesenta valientes

de los más devotos a su persona. No hay que decir que el fiel Tiburcio

quedó también con él.

Después de esto, de noche y con misterioso recato, el anciano Narada

vino a visitar a Morsamor. Previos muy corteses saludos y sin otro

preámbulo, Narada, dijo lo siguiente:

--La verdad, sin jactancia, es que yo he fomentado y estimulado la

ambición de Balarán desde mucho tiempo ha, infundiendo en su alma mi

ardiente deseo de sacudir el yugo de los muslimes. Nada a pesar de mi

empeño hubiéramos hecho todavía, si un imprevisto suceso no hubiera

reanimado el espíritu reacio de Balarán, atizando su ambición con la ira

y los celos y prestándole actividad y arrojo. La bella Urbási, a quien

Balarán pretendía y adoraba rendido, desapareció de su magnífica

vivienda; fue víctima de misterioso rapto. No bastó la habilidad de los

raptores y no bastó el secreto con que la ejercieron, para que Balarán

dejase de presumir y aun de tener por seguro que el tirano Abdul ben

Hixen, ardiendo por Urbási en lascivos amores, era quien la había robado

y quien en su harén la guardaba cautiva. Entonces Balarán no vaciló un

instante. Forjó su plan y lo realizó con presteza de acuerdo conmigo. La

fama de tus bizarrías había llegado hasta nosotros. Consideramos útil tu

auxilio y yo fui a buscarte. Harto bien sabes lo demás por haber sido

tan principal actor en todo. Lo que tú ignoras es que Urbási se halla de

nuevo en grave peligro. Ha desdeñado al rey muslime y se le ha

resistido, pero no desdeña menos a Balarán, el cual la adora y está

resuelto a hacerla suya de grado o por fuerza.

--No será, no será mientras yo viva--interrumpió Morsamor con ímpetu

apasionado--. Yo liberté y salvé a Urbási, y Urbási será mía o pereceré

en la demanda.

--No sé cómo ponderarte--dijo Narada--la alegría y la confianza que tus

nobles palabras infunden en mi pecho. Bien puedo ya declarártelo todo

sin recelo alguno. Urbási, nobilísima doncella, huérfana de padre y

madre, es venerada por mí como una deidad y amada como el más tierno de

los padres puede amar a la mejor de sus hijas en quien se mira como en

un espejo y en quien contempla el limpio dechado de todas las

excelencias y perfecciones. Por sus venas azules corre la etérea y

purísima sangre de nuestros antiquísimos _richis_, héroes y monarcas,

celebrados en leyendas divinas y en inmortales epopeyas. La naturaleza,

pródiga con Urbási, la adornó de todos sus primores y prestó a su alma y

a su cuerpo gentileza tal que bien pudiera creerse que cuantos son los

númenes que pueblan y dirigen los tres mundos, acudieron en la hora del

nacimiento de ella otorgándole cada uno el don más precioso y la más

alta virtud de que dispone. Ilustrada luego la mente de Urbási por

superior inteligencia, ha concebido el ideal completo de la mujer. Y

Urbási con voluntad firme y constante, ha logrado realizarle en sí

misma, tanto en lo íntimo del espíritu como en la visible y terrenal

apariencia. Sabe, sin hacer le ello alarde, las ciencias reveladas y

ocultas de los brahmanes. Y sin ignorar el conjunto de las sesenta y

cuatro artes de amor y deleite, que constituyen la _padmini_ o hembra

humana de mérito supremo, es casta, inocente e inmaculada virgen, así en

el sentir y en el pensar como de hecho. No; el claro y abundante

manantial de amorosas venturas, el tesoro de hechizos, el cáliz colmado

de licor de celestial bienandanza, que con el auxilio de los dioses ella

ha creado y en sí tiene, no puede ni debe tocar a labios impuros,

apagando su sed, ni puede ser entregado para que le goce y profane a

quien no sobresalga entre el vulgo de los mortales con eminencia

desmedida.

--¿Es posible--interpuso Morsamor, con cierto despecho--que ella, en

cuyas encarecidas alabanzas te quedas corto, se complazca tanto en su

propio valer, le tome por objeto de culto y se haga incapaz de amar a

otro ser humano? Yo que la amo, yo que la adoro, ¿he de perder la

esperanza de ser correspondido?

--Urge que lo sepas todo--replicó Narada--. No hay vagar para rodeos ni

disimulos. Urbási, desde que llegó a ser núbil, se sintió atormentada

por amor sin objeto; pero no sin objeto, sino por objeto a su ver

imaginario, que columbraba su mente en la vaga penumbra de confusos

recuerdos, en las casi borradas impresiones que anteriores existencias

acaso han dejado en el alma. El ser que Urbási fingía, recordaba o

creaba, (¿por qué no confesártelo, si ella lo confiesa?) se parecía a ti

¡oh venturoso Miguel de Zuheros! Antes de que te viese, Urbási te amaba.

Te vio, y tú fuiste su salvador. En el día, Urbási te idolatra. Ella

cree que los cisnes de alas de oro, fatídicos nuncios del destino,

vinieron a pronosticar su amor por ti y tu amor por ella, como

pronosticaron a Damayanti que Nal debía ser su enamorado esposo. Y

Urbási, no menos enamorada que Damayanti, desdeñaría por ti, no sólo a

Balarán, sino a Indra, a Varuna y a los demás dioses, que desde el

Baikounta bajasen a pretenderla. Por ti se siente Urbási capaz de los

mayores sacrificios. Por seguirte lo abandonaría todo, e imitando a

Savitri fiel consorte de Satyavat, acosaría sin temor a Yama, dios de la

muerte, para sacarte de entre sus manos, como tú la sacaste a ella, y

estrecharte luego apasionadamente en sus hermosos brazos.

Al oír a Narada, el corazón de Morsamor latía y saltaba agitadísimo por

júbilo inefable. Morsamor se echó a los pies de Narada para mostrar su

gratitud besándolos. Narada le alzó, le abrazó y se despidió de él,

designando el momento en que volvería para llevarle donde Urbási estaba.

-XXV-

En una quinta, a corta distancia de la ciudad, secretamente estaba todo

dispuesto para la boda que había de ser clandestina, sin festín para los

convidados, sin baile y sin música. No por eso dejaba de estar revestido

de costosos tapices y de otros raros adornos, el salón donde se elevaba

el _pandal_, estrado o sitio consagrado a la ceremonia.

En compañía de Narada, Morsamor entró allí primero. Llevaba el viejo

brahmán vestimenta litúrgica de escarlata, sobre cuyo fondo carmesí se

destacaba la barba blanquísima y luenga. Morsamor, ataviado con esmero y

elegancia, parecía más joven y más gentil que nunca. De su cinto,

bordado de oro, pendían la espada, la daga y la primorosa escarcela;

coleto de finísimo ante, lleno de prolijas labores, cubría su pecho y

sus espaldas. Las mangas acuchilladas, así como los gregüescos eran de

blanco raso. La calza muy ceñida, de elástico punto de seda, hacía que

luciesen las bien modeladas formas de sus ágiles piernas musculosas a

par que enjutas. Muy lindo gabán colgaba airosamente de sus hombros.

Tenía la mano derecha libre y desnuda, y en la izquierda los guantes de

ámbar y la graciosa gorra de Milán con airón de blancas y rizadas

plumas, prendido a la gorra por una piocha de esmeraldas y rubíes.

Narada, al contemplar a Morsamor a la luz de las muchas lámparas que en

el estrado había, no pudo menos de decirle que competía con el divino

Hari, cuando se casó Rukmini en el magnífico palacio de Duarika.

No tardó la bella Urbási en aparecer sobre el estrado. La acompañaban

cuatro matronas casadas y la seguían sus siervas, y los pocos

convidados, amigos íntimos o parientes de su familia.

La presencia de Urbási, deslumbradora de hermosura, excitó la admiración

de todos. En el alma de Morsamor se avivó con violencia el amoroso

fuego.

El andar de Urbási más parecía de deidad que de criatura humana. Sin

oprimir su esbelto talle, le ceñía amplia zona de púrpura recamada de

perlas, sosteniendo las flotantes ropas talares de cándido lino, que

descendían en artísticos pliegues y dejaban adivinar la armoniosa

corrección del delicado cuerpo. La doble redondez del firme pecho, sin

compresión ni arrimo, se estremecía suavemente, al moverse la hermosa,

entreviéndose por la transparencia de la tela su puro color de rosa y

nieve. Recogidas con gracia en alto las abundantes crenchas de sus

negros cabellos, dejaban ver el cuello despejado y cuan bien puesta se

erguía sobre él la noble cabeza. Verde-obscuras y hondas como la mar,

eran las pupilas de sus ojos; su brillo como el del sol; y la sonrisa de

su fresca boca, como presentimiento del Paraíso.

Según el rito, la novia debía acabar de adornarse en el _pandal_, en

presencia de todos, y las cuatro matronas casadas procedieron a hacerlo.

De diamantes y perlas eran las joyas con que la adornaron. Pusieron una

diadema sobre su frente; en sus pequeñas orejas, a guisa de zarcillos,

dos gruesos solitarios asidos a sendos y sutiles aretes; junto a los

hombros y en las finas muñecas de los desnudos brazo y en las gargantas

de los pies ligeros, brazaletes y ajorcas; y varios anillos en los

afilados dedos de las manos y también en los dos dedos gruesos de ambos

pies, cuyo admirable dibujo no estragó jamás rudo calzado de cuero, y

cuya desnudez dejaba ver la nítida blancura de la piel sonrosada y el

limpio nácar de las pulidas uñas, sobre las elegantes sandalias.

En la cabeza de Urbási las cuatro matronas echaron por último un rojo y

transparente velo.

Recitando himnos con entonada melopeya, Narada invocó a los lares y a

los manes, genios protectores del hogar y espíritus de los antepasados.

Dos _purohitas_ o brahmanes que oficiaban asistiendo a Narada, pusieron

en la mano derecha de Morsamor algunos hilos de azafrán, enlazados por

larga cinta a otros hilos de azafrán que pusieron en la mano izquierda

de Urbási.

Narada asió después la diestra de Morsamor y la unió a la diestra de

Urbási. Sobre ambas manos juntas fueron todos los asistentes vertiendo

algunas gotas de agua lustral perfumada.

Morsamor enseguida dio a Urbási algunas hojas de betel picante.

Entonces se renovó la invocación, dirigiéndola Narada a los más egregios

seres divinos, a la propia Trimurti con el complemento femenino de

Sarasvati, esposa de Brahma; de Laksmi, esposa de Vishnú, y de Uma,

esposa de Siva.

En amplio canastillo de flexibles entretejidos juncos, de pie y

abrazándose se colocaron los novios; y cuantos allí asistían derramaron

sobre sus cabezas puñados de arroz que tomaban de otros canastillos

menores.

Morsamor asió luego el _táli_, largo cordón de seda y oro en cuyos

extremos resplandecían dos esmeraldas. Morsamor enredó el _táli_ a la

garganta de Urbási, dándole tres vueltas y sujetándole con triple

lazada. La novia miraba hacia el Oriente mientras que el novio así la

prendía.

Sentados ambos después en blandos cojines, comieron juntos, sobre anchas

hojas de plátano, butiro fresco extendido en leves y esponjadas tortas

de flor de harina, y miel de azahar a la postre: manjares simbólicos de

iniciación en los misterios orientales, para aprender a reprobar lo malo

y a elegir lo bueno.

En el centro del _pandal_ se levantaba el ara, donde había algunas

brasas. Los _purohitas_ echaron sobre las brasas canela, sándalo,

espliego y otras plantas y yerbas secas y fragantes. Se levantó llama y

Narada la avivó más con libaciones de _soma_ divino.

Narada entonces habló así con Agni, dios del fuego, devorador de la

ofrecida hostia, conductor alado del holocausto:

--¡Oh, tú que te ocultas en el seno de los seres todos, que sin ti no

serían, escúchame, Agni, tú que animas el universo. Concede a Urbási la

lealtad y la firmeza que Satchi consagró a su marido cuando él la

abandonó, y lleno de remordimientos, huyó a empequeñecerse y a

esconderse en el tallo hueco de una de las flores de loto que cubrían el

lago donde tú le hallaste, más allá de los montes de Himabat, en los

últimos términos de la tierra. Movido tú por las súplicas de Satchi y de

acuerdo con los dioses, corriste por la tierra, volaste con tus alas de

llamas por el aire y el éter, y hasta penetraste en el agua, tu temida

madre, para encontrar a Satacrátu en su penitente y escondido refugio!

El pecado de Satacrátu vino a recaer entonces y a diluirse en todas las

criaturas, y recobrando él sus bríos, las hizo dichosas, venció al

tirano Nahucha y volvió a reinar en los tres mundos. ¡Oh, Agni, haz que

Urbási sea para Morsamor tan regeneradora y purificante como Dara

Satacrátu fue Satchi! Oye también y sé testigo, ¡oh Agni, del solemne

juramento de amor y de fidelidad, que van a pronunciar ambos esposos!

Morsamor y Urbási, en efecto, extendidas las manos sobre el ara y cerca

del fuego prestaron el juramento debido.

Así terminó el acto religioso.

En aquella misma noche, sin demora ni reposo, a fin de sustraerse a la

celosa furia, a la venganza y al poder de Balarán, Morsamor y Urbási,

depuestas las galas y en traje de camino emprendieron un largo viaje.

-XXVI-

Muchos días, fugitivo de Balarán, caminó Morsamor con su dulce

compañera. Dejándose persuadir por Narada, había creído en el

levantamiento general de toda la India, en favor del predominio

brahmánico, y no juzgó prudente ni seguro tratar de volver a Goa, ni

dirigirse a otro lugar que no estuviese fuera de los límites de la

India.

En grandes barcas que de antemano contrató Narada, Morsamor había pasado

el Ganges, y había ido hacia el nordeste, esquivando los sitios

poblados.

Con él iban, todos a caballo, Tiburcio y los sesenta valientes devotos a

su persona. En ligero palanquín que veinte robustos negros sostenían y

llevaban turnando, iba la bella Urbási, asistida sólo por su sierva

favorita Rohini. Completaban la caravana treinta poderosas mulas,

alquiladas a dos ricos banianes en quienes Narada fiaba mucho y que se

habían comprometido a ir a donde se les mandase, cuidando y guiando las

mulas con el auxilio de cinco hábiles naires. Las mulas llevaban a lomo

el espléndido equipaje de Urbási, abundancia de víveres, cuanto se

requiere para desplegar tiendas en el campo y otros objetos útiles a la

comodidad y regalo de los ilustres viajeros y al alivio de sus fatigas.

Harto presentía Morsamor que el Brahmatma, con gran golpe de gente de

guerra, había salido a perseguirle, aunque no había podido hasta

entonces darle alcance por la mucha delantera que Morsamor y los suyos

habían tomado.

Sin tropiezo vi encuentro alguno desagradable, llegaron los que huían a

una vastísima e intrincada selva, resplandeciente de lozana pompa y

florida verdura.

La frondosidad era tan densa por algunos puntos, que era menester

abrirse paso rompiendo y destrozando con la segur los enormes bejucos y

demás plantas enredaderas que, formando festones y guirnaldas, pendían y

se entrelazaban de unos árboles en otros. Las alimañas esquivas y

feroces huían a la aproximación de la hueste, pero no faltaban seres

animados, más mansos y menos recelosos del hombre, que apenas se

apartaban al sentirle llegar, y hasta que se adelantaban y mostraban

como si acudiesen a darle la bienvenida. A veces, con alegre desentono,

graznaban los pavos reales, desplegando la brillante rueda de sus

pintadas plumas. Zumbaban las abejas que en los huecos de añosos árboles

labraban sus panales. Las libélulas y las mariposas de los más nítidos

colores y variados matices poblaban y esmaltaban el ambiente. La

abundancia de hojas en lo más alto de las plantas formaba verde toldo,

por el cual se filtraba tamizada y tenue la lumbre solar, mitigando sus

ardores y formando caprichosos cambiantes de refulgente claridad y de

sombra apacible. El _kokila_ y otras aves cantoras entonaban sus trinos

y gorjeos. Un vientecillo suave que apenas movía los más tiernos tallos

y renuevos, esparcía con sus alas el grato aroma de las flores,

trasladaba a larga distancia las aladas semillas y llevaba de unos

cálices a otros el polen fecundante. Arroyuelos de agua cristalina

corrían serpenteando y murmurando por el somero cauce que naturalmente

habían abierto, y en cuyas márgenes crecían violetas, rosas silvestres y

mil hierbas de olor. No bien empezaba a anochecer discurrían por el aire

en multitud sin cuento las luciérnagas, como brillantes joyas con que

bordaba allí su manto la primavera.

Tan amenos eran aquellos lugares que, embelesados Morsamor y los suyos,

olvidaban casi el peligro que corrían.

Continuaban, no obstante, su peregrinación, aunque a la aventura y sin

saber a punto fijo en dónde podrían refugiarse para escapar o para

defenderse de sus perseguidores.

La selva parecía interminable y desierta. Los fugitivos no hallaron en

ella criatura humana.

Al cabo llegaron a un ancho espacio, casi despejado de árboles, y en

cuyo centro se alzaba un grande edificio de extraña arquitectura,

palacio, fortaleza o tal vez abandonado asilo de anacoretas penitentes.

Los peregrinos le visitaron y reconocieron, hallando que en él no vivía

nadie.

Morsamor resolvió parar allí, reposar y hacerse fuerte, si por acaso le

descubrían y sorprendían sus enemigos en aquel misterioso retiro.

Sólo Tiburcio de Simahonda, con cuatro soldados que le escoltasen, todos

en buenos y ligeros caballos, debía seguir adelante, como explorador,

para ver si hallaba no muy largo y seguro camino por donde todos

pudiesen ir a la corte del gran monarca de los mongoles, Babur, si este

había apaciguado ya sus dominios, si se hallaba en alguna ciudad menos

distante que la remota Samarcanda, y si concedía su favor y la esperanza

de una recepción amistosa.

La gente de Morsamor estaba cansadísima. Y Urbási, rendida por la fatiga

y emociones violentas, necesitaba para reponerse tranquilidad y reposo.

En el desierto edificio había muchas estancias separadas y capaces, pero

muy pocos y antiguos muebles, rotos o desvencijados. Por dicha, las

mulas traían de repuesto cuanto era conveniente para hacer agradable

aquella vivienda.

En el patio del edificio manaba agua abundante y clara de una hermosa

fuente. Y cerca de ella había en amplio sótano una alberca para bañarse.

En el edificio no había provisiones de boca, pero la caravana distaba

mucho de haber consumido las que sacó de Benarés, y en la selva además

abundaban los cocoteros, los plátanos, los mangos, las palmeras, los

naranjos, los limoneros y otros árboles cargados de fruta. Y todos

aquellos contornos convidaban con fácil y riquísimo éxito a la caza y a

la pesca.

Alabando, pues, al cielo, que por lo pronto tan buen refugio le ofrecía,

Morsamor se instaló con su gente en el abandonado edificio que se alzaba

en el centro de la intrincada y vastísima selva.

-XXVII-

El edificio estaba casi al pie de muy altos montes. La ingente

cordillera del Himalaya se erguía cerca de él, extendiéndose a un lado y

a otro. Las cumbres, que se alzaban en el aire a millares de codos,

estaban cubiertas de hielo perpetuo y de cándida nieve, que heridos por

los rayos del sol, vertían destellos radiantes y hacían más bella la

templada y apacible llanura en que se hallaba el palacio, bañándolo

todo, a la hora del crepúsculo, en mágicos reflejos.

Morsamor había enviado esculcas y puesto atalayas, que debían renovarse

con frecuencia y vigilar de continuo para avisar la llegada de cualquier

enemigo y evitar una sorpresa. El terreno quebrado y áspero y los

intrincados y revueltos desfiladeros estaban tan próximos, que era

fácil, previo aviso de que llegaban fuerzas muy superiores, escapar a

toda persecución, refugiándose en las entrañas de la serranía.

Confiado en esto, Morsamor hacía en el palacio larga parada, aguardando

la vuelta de Tiburcio.

Era alta noche. Morsamor reposaba al lado de Urbási en la repuesta

alcoba. La tenue luz de una lámpara, que ardía en vaso de diáfana

porcelana, iluminaba suavemente el hermoso rostro y las gallardas y

juveniles formas de la mujer dormida.

Morsamor se despertó y se puso a contemplarla extasiado. No acertando a

reprimir su admiración amorosa, se acercó con lentitud y cuidado, para

que ella no despertase e imprimió dos tiernos besos sobre los párpados y

largas pestañas de sus cerrados ojos. Aunque el toque de los labios de

Morsamor fue delicadísimo, sacudida Urbási como por una conmoción

eléctrica, volvió en su acuerdo, abrió los ojos, llenos de dulzura, miró

a su amante esposo y le estrechó afectuosamente en sus desnudos y

blancos brazos. La felicidad y la vehemencia del amor de ambos, no hubo

palabra articulada con que pudiera expresarse en aquel punto.

Después, sostenida en el brazo derecho de Morsamor y reclinada en su

hombro, tras no breve pausa de silencio y reposo, Urbási con lánguida y

entrecortada voz, dijo a Morsamor casi al oído:

--No; este amor invencible, fuerte, gigante, inmenso, no ha podido nacer

en mí, ni ha nacido de súbito. Antes de conocerte yo te presentía y te

amaba. Al verte por vez primera, recordé tu rostro y columbré su

semejanza en la nebulosa lejanía de tiempos pasados. Reminiscencias

confusas de una vida anterior se despertaron en mi alma. En tierras muy

remotas, nacida yo en humilde, en casi vil condición, te había amado y

había sido tuya. ¡Tú te avergonzabas de mí, cruel! Tú me abandonaste.

Morir fue mi sino, pero no quise morir desesperada. Entregué mi alma a

Smara, dios del amor, y él me hizo en pago la promesa de poseerte de

nuevo: de hacerme renacer, rica, noble y venerada para que no te

avergonzases de mí y mil veces más hermosa para que me amases mil veces

más que hasta entonces me habías amado. Dime, Morsamor, ¿no es cierto

que Smara ha cumplido su promesa?

Al oír Morsamor las palabras de Urbási, retrajo a su memoria la imagen

de Beatricica y pensó tenerla allí presente y que ella le encadenaba

entre sus brazos y le besaba y le acariciaba. Como si hiriesen otra vez

sus oídos, percibió las palabras de la vieja gitana que le dijo en

Sevilla la buenaventura. Los cabellos de Morsamor se erizaron de

espanto. A pesar del contacto íntimo y delicioso de su prenda querida, a

pesar del tibio y grato mador de aquella piel, cuya tersura, suavidad y

fragancia envidiarían los pétalos de la magnolia y de la flor del loto,

Morsamor sintió el frío de la calentura y se santiguó maquinalmente.

Entonces recordó con horror que era católico cristiano, aunque apóstata

y réprobo.

En aquel momento sonaron fuera de la alcoba voces, precipitados pasos,

ruido de armas y rechinar de puertas.

Aquella sensación, que avisaba a Miguel de Zuheros un peligro presente y

real, disipó de su espíritu las sombrías imaginaciones, que sin duda una

muy natural coincidencia había creado. Natural era que Urbási, bajo el

influjo de las creencias religiosas, propias de su nación y de su casta,

se diese a entender que había transmigrado su alma, que en otras vidas

había amado a Morsamor, y que más tarde había renacido para volver a

amarle.

Miguel de Zuheros desechó, pues, aquellos vanos pensamientos, se serenó,

recobró su brío indomable, se arrojó del lecho y se revistió a escape

las armas.

Tomás Cardoso, teniendo de la pequeña hueste por ausencia de Tiburcio,

acudió a llamarle desde la puerta de la alcoba. Armado ya Morsamor,

salió a juntarse con Tomás Cardoso.

Numerosa hueste enemiga había sorprendido y muerto a los descuidados y

dormidos atalayas, había invadido la selva y había cercado por todas

partes el edificio.

A la luz del alba naciente, miró Morsamor por las ventanas en varias

direcciones, y por donde quiera vio guerreros indios capitaneados sin

duda por Balarán, el Brahmatma. No había medio de huir. Era inevitable

combatir hasta la muerte o hasta lograr milagrosa victoria.

Los sitiadores dieron sin tardanza un furioso asalto por la fachada de

la quinta, pugnando por derribar la puerta. Morsamor y los suyos se

defendían con valor y con tino, causando en los sitiadores grande

estrago y haciendo repetidas veces que retrocedieran, poseídos de

terror.

La puerta resistía aún al embate del enemigo; pero, en la previsión de

que pronto la derribase, Morsamor no vacilaba en defender sin reparo la

entrada abierta.

A este fin, iba ya a descender al piso bajo del edificio, cuando oyó, en

el piso principal, angustiosos gritos y clamores. El enemigo había

entrado por una pequeña puerta, a espaldas del palacio, le había

invadido, y llenaba ya el piso en que Morsamor se hallaba. Entonces

acudió Morsamor a la defensa de Urbási, pero ya fue tarde. El mismo

Balarán, rodeado de sus más audaces satélites, había llegado donde ella

estaba, la había asido de un brazo e intentaba apartarla de aquel sitio

para acabar luego con Morsamor y los suyos sin que ella padeciese ni

peligrase.

No como débil mujer, sino como fiera leona, se resistió Urbási al

propósito de Balarán, lanzando contra él enérgicas palabras de odio y

desprecio.

En aquel punto apareció Morsamor donde Urbási pugnaba por que Balarán no

se la llevase consigo.

--¡Sálvame, Morsamor!--dijo al verle--. ¡Amor mío, libértame de este

aborrecido tirano!

El corazón del Brahmatma ardió en celosa ira, al ver a su rival y al oír

las amorosas palabras con que Urbási le llamaba.

En su ciego arrebato, desnudó Balarán la daga que llevaba en el cinto y

se la hundió a Urbási en el seno, causándole instantánea muerte.

Atónitos, estupefactos quedaron los de uno y otro bando, al ver caer a

Urbási desplomada en el suelo.

Con ímpetu irresistible se lanzó Morsamor contra Balarán, yendo a su

lado Tomás Cardoso y otros ocho valientes, que arrollaban o derribaban

cuanto obstáculo se les oponía. Así llegó Morsamor hasta donde se alzaba

Balarán con la sangrienta daga en la diestra y tomó rápida venganza,

atravesándole el cuerpo con su espada.

La gente de Morsamor le defendía a un lado y a otro, rechazando a los

indios. Morsamor pudo entonces asir de la barba al muerto Brahmatma y

arrastrarle hasta la ventana principal del edificio. La abrió, sin temer

el diluvio de flechas que le dispararon; alzó a Balarán en sus brazos

para que los de su bando le vieran, y en seguida, con titánica fuerza,

arrojo por el aire el cuerpo inerte, que dio tremendo golpe en el

despejado o en el claro abierto por la gente de guerra al apartarse

horrorizada.

En los primeros instantes que a la venganza de Morsamor se siguieron,

parecía que Morsamor iba a triunfar por raro prodigio de su feroz

valentía.

Los que habían entrado en el edificio con Balarán huyeron al verle

muerto. Volvió a cerrarse la puerta por donde habían entrado. La

posición de Morsamor y de los suyos parecía inexpugnable, merced a su

desesperada resistencia y a la consternación de unos contrarios sin

caudillo.

Pronto, no obstante, se rehicieron estos, fiados en su muchedumbre y

aguijoneados por la vergüenza y por el deseo de que la muerte de Balarán

no quedase impune.

No era como el alcázar de Benarés el edificio en que Morsamor se

refugiaba. Apenas se había empleado la piedra para construirle, sino la

madera, tan abundante en la selva que en torno se extendía. Allí era

fácil de conseguir el incendio, y el incendio era el medio más seguro de

vencer sin sacrificar muchas vidas.

Gran número de sitiadores, con actividad diligente, solícita, casi

frenética, allegó y trajo leña y hojas secas, y, formando con ellas

enormes montones y altos rimeros, las arrimó a las puertas y a las

paredes. Los sitiadores más decididos prendieron fuego por varios

puntos, y, favorable el viento a su intención, estimuló el fuego

soplando. Rojas llamas se levantaron lamiendo y escalando los muros.

Negra y espesa humareda envolvió el edificio como en velo enlutado de

fúnebres crespones.

Nada había advertido Morsamor. Satisfecha en Balarán su venganza, daba

rienda suelta a su pena, abrazado al cuerpo inerte de Urbási,

cubriéndole de besos y de lágrimas y anhelando hacerle revivir con su

aliento.

Tomás Cardoso y los demás aventureros tuvieron que apartarle de allí,

bajándole casi en volandas hasta la puerta principal del edificio. Era

menester salir fuera, abrirse paso o morir hiriendo y matando, si no

querían todos perecer ahogados por el humo o devorados por las llamas.

Morsamor se repuso de su doloroso desfallecimiento, hizo abrir la

puerta, que ya empezaba a arder, y con heroica furia se abalanzó contra

los sitiadores.

-XXVIII-

Aunque Morsamor parecía invulnerable y aunque los cincuenta hombres que

permanecían vivos bajo su mando eran diestros y prodigiosamente

valerosos, todos sin duda iban a perecer allí peleando contra un

ejército. No peleaban por la victoria. No peleaban por la salvación en

la fuga. Peleaban sólo para vender caras sus vidas. Caras las vendían,

en efecto, pero Morsamor notaba con angustia compasiva que sus fieles y

devotos amigos iban cayendo también.

De súbito el ronco clangor de retorcidas y bárbaras trompetas estremeció

el ambiente. Mil y mil gritos salieron de las bocas de los indios,

medrosos y aterrados. Morsamor y los suyos vieron con sorpresa que sus

contrarios, en confuso desorden, huían a la desbandada, tiraban las

armas para correr con mayor ligereza y buscaban refugio y escondite en

lo más intrincado del bosque, ya que no en las entrañas de la tierra.

¿Qué poder misterioso acudía en auxilio de Morsamor? No tardaron en

aparecer los imprevistos auxiliares. Venían en ligeros caballos. Eran

guerreros, de fea y terrible catadura, armados de largas lanzas, de

agudas flechas y de flexibles arcos. En sus rostros, casi imberbes,

aunque varoniles y fieros, resplandecía, sobre el amarillo obscuro de la

tez curtida, la exultación alegre del triunfo. Sus pómulos eran

salientes, gruesos sus labios y la nariz aplastada, oblicuos y pequeños

sus ojos, y negras las ralas cerdas del largo bigote, y negros los

cabellos que pendían lacios sin ondas ni rizos. Cubrían sus cabezas

gorras de hirsutas pieles, envolviendo capacetes de cobre, y sostenidas

por barbuquejos de lana cuyas extremidades flotaban sobre el pecho.

Extraordinaria fue la sorpresa de Morsamor cuando vio en medio de esta

tropa, que parecía fantástica legión de demonios, a su doncel sutil

Tiburcio, que venía como guiándola y capitaneándola, más gallardo y

gentil que nunca.

Fugados o muertos los indios, Tiburcio llegó donde estaba Morsamor y le

estrechó en sus brazos. Algunos de los al parecer más importantes

soldados de su extraña tropa desmontaron de los caballos, lanzaron

aullidos, en señal de alabanza, admiración y júbilo, alzaron a Morsamor

en hombros, y se apartaron del palacio que el voraz incendio ya

consumía. Hicieron luego que Morsamor y los suyos montasen todos a

caballo, y con profundo acatamiento y pompa triunfal se pusieron en

marcha.

Tiburcio cabalgaba al lado de Morsamor y se lo explicó todo.

Aquellos hombres eran los mongoles. Babur, su monarca, apaciguados ya

sus vastos dominios, había caído como el rayo sobre la India. Acababa de

reconquistar a Lahor y se había apoderado luego de Delhí y de Benarés,

la ciudad santa, donde le habían dicho que Balarán se había declarado

Brahmatma. No encontró allí a Balarán y salió en su busca, a fin de

vencerle y de vencer su ejército. Internado Balarán en la selva, Babur

hubiera tardado en encontrarle o no le hubiera encontrado, si Tiburcio,

acertando a presentarse ante él, no se hubiera ofrecido a servirle y no

le hubiera servido de guía.

Muerto Balarán, y sabiendo ya Babur por sus esculcas las apenas creíbles

hazañas de Miguel de Zuheros, iba, según anunciaba Tiburcio, a recibirle

con palmas y laureles.

Cualquiera otro héroe, no atormentado del dolor más acerbo, hubiera

tenido por altamente dichoso el éxito de aquella jornada y se hubiera

enorgullecido de las distinciones honrosas de que colmó Babur a Miguel

de Zuheros cuando este llegó a su presencia.

Babur quiso tomarle a su servicio, pero Morsamor se excusó cortésmente,

alegando su honda melancolía y afirmando que su destino le llamaba por

muy distinta senda y que él no podía menos de acudir a su misteriosa

vocación y de cumplir las órdenes del destino.

Tiburcio de Simahonda, Tomás Cardoso y cuarenta aventureros portugueses,

que sobrevivieron a la batalla, acompañaron a Morsamor, y cargados de

presentes y riquezas se separaron de Babur y de sus mongoles.

Babur dio a Miguel de Zuheros una áurea lámina, como la que Kubilai-Kan

había dado a Marco Polo, para que le sirviese de salvoconducto o

pasaporte por donde quiera que fuese. En el oro de la lámina estaban

grabadas, en caracteres mongólicos, las más encarecidas recomendaciones,

autorizado todo ello por la firma de Babur y por su regia marca.

Como curioso accidente, que no debe omitirse aquí, haremos constar que

la tropa de Morsamor partió reforzada por seis mongoles que se

resolvieron a seguirle, movidos de afecto a España y de vivo deseo de

ver aquella tierra distante. No parecerá el caso inverosímil si decimos

que dos de los mongoles se apellidaban Pérez, dos Fernández y Jiménez

otros dos. Aunque confusa y enmarañadamente, los seis presumían de

buenos cristianos, y todos eran tataranietos de tres elegantes y lindos

escuderos de Castilla, que habían acompañado a Ruy González de Clavijo

cuando visitó a Tamerlán como Embajador de Enrique III. Tres señoronas

de la corte de Samarcanda, tan encopetadas como antojadizas, se habían

prendado de los escuderos susodichos, se habían casado con ellos,

reteniéndolos en el centro del Asia, y de tales enlaces procedían los

Pérez, los Fernández y los Jiménez, de cuyo patriótico atavismo aquí

damos cuenta.

-XXIX-

Transida el alma de dolor por el trágico fin de Urbási y por la

mortífera lucha que había sostenido, Morsamor huyó de la India, como

para librarse de los malos espíritus que le acosaban y le atormentaban.

Como Orestes, perseguido por las Furias, caminaba Morsamor sin saber

casi hacia dónde caminaba. Confiado en él y en su ventura, le seguía su

valiente tropa. Tiburcio solía cabalgar junto a él y procuraba

consolarle y entretenerle con pláticas amenas y con juiciosas

reflexiones.

--El mal y el bien--dijo una vez--, la próspera o la adversa fortuna

carecen a menudo de ser real y dependen de nuestro modo de entender las

cosas. De aquí que yo pueda afirmar razonablemente que tú no debes

quejarte de tu suerte, sino tenerla por próspera. El problema más

difícil que hay que resolver, la suerte te le dio resuelto desde el

principio. En la más penosa e ingrata tarea en que los hombres tienen

que emplearse no te has empleado tú, pudiendo elevarte así sin estorbo

hasta una posición donde tanto la felicidad como la infelicidad tienen

superior magnitud a las del vulgo de los mortales.

--Cada día me convenzo más--interrumpió Morsamor--del fundamento y de la

justicia, con que te llamo doncel sutil. Tales son en este momento tus

sutilezas, que no las entiendo.

--Pues préstame atención y óyeme--replicó Tiburcio--y ya verás, cuán

bien me entiendes y cuán claro me explico. Por la generosidad primero y

por la alquimia del Padre Ambrosio, y más tarde por lo mucho que hemos

garbeado en guerras, saqueos y batallas, no somos pobres, sino ricos. A

lomo de unas cuantas mulas traes contigo un tesoro de despojos; oculta

en bolsa de cuero, bajo el sayo y pegada a tu carne, llevas gran

cantidad de piedras preciosas, de tal valor algunas que podrías,

vendiéndolas, adquirir con su precio la mitad de Castilla, o restaurar

en todo su esplendor a Medina del Campo, que el ejército fiel a nuestro

monarca Carlos de Gante, robó y asoló casi en los mismos días en que nos

escapamos nosotros del convento en busca de aventuras. Te hallas, pues,

y te has hallado desde que te escapaste en posición muy ventajosa. La

mayoría de los hombres consumen la vida en ganarse la vida, y, como se

la ganan perdiéndola y gastándola, no les queda vida de sobra ni para

amar, ni para deleitarse, ni para trazar heroicos planes y realizarlos

luego, ni para otros mil asuntos que debemos calificar de lujo y de

poesía. La gente humilde y trabajadora, los ganapanes y

destripaterrones, que sudan y se afanan para procurarse el sustento, son

como las orugas y como los míseros gusanos, que se arrastran con

lentitud, que se esconden entre el follaje, y que no pueden ejercer otra

función sino la de nutrirse, mientras que tú y otros como tú, siempre

bien nutridos y exentos de tan ruin cuidado y de menester tan vil, sois

como las mariposas, que desplegáis a la luz del sol los nítidos colores

de vuestras alas, que voláis entre las flores, que libáis el néctar de

sus cálices y que gozáis de amor y de gloria.

--Algo de verdad hay en lo que afirmas--dijo Morsamor--. No carezco de

riquezas. Además de las que llevo conmigo, tengo confiadas no pocas al

fiel y cauto Gastón Vandenpeereboom. Puedo con desahogo aventurarme en

las más altas empresas. Y sin embargo, me considero tan infeliz que

preferiría volver a ser un pobre fraile, despreciado, viejo y enfermizo,

o ser un ruin y hambriento pordiosero.

Ingeniosamente impugnó Tiburcio estas razones, manifestando que el

pordiosero y el fraile, sobre ser desvalidos y menesterosos, lo cual no

es chica pena, pueden padecer además tormentos insufribles.

--¿Has olvidado, acaso--concluyó Tiburcio--, cuánto te atormentabas en

el claustro? No me parecías allí virtuoso penitente, ministro del

Altísimo, sino energúmeno o criatura poseída de un enjambre de demonios.

Así cuidaba Tiburcio de consolar a Morsamor, no probando que era

dichoso, sino tratando de probar que otros habían sido más desdichados.

Poco a poco, y aunque algo a la ventura, con el propósito de llegar al

grande imperio del Catay, nuestros viajeros se internaron por tortuosas

y revueltas cañadas, que a cada instante se tornaban más ásperas y

solitarias. Por donde quiera breñas, matorrales y riscos, y con

frecuencia despeñaderos medrosos, en cuyo borde resbaladizo se

desenvolvía la apenas trazada senda que iba hollando.

El horror y la esquividad del paisaje crecían a cada paso. Hasta los más

audaces se asustaban y anhelaban volver atrás. La terca persistencia de

Morsamor y el respeto que Morsamor infundía los forzaba a seguir

adelante. Con prudente cautela, y como por milagro, lograban que no

tropezasen los caballos y las mulas en aquellos vericuetos y que no

cayesen rodando en hondo precipicio con el jinete o con la carga que

llevaban. Más propios de cabras monteses que de hombres eran aquellos

sitios. Podría asegurarse que jamás se había estampado en ellos la

planta humana. Era terreno desconocido, por donde, si lograban

atravesarle, llegarían sin duda a no menos desconocida e inexplorada

comarca.

La vereda daba innumerables rodeos. A veces iba en muy pendiente cuesta

abajo, pero más a menudo se elevaba en cuesta no menos pendiente. Los

cerros, a un lado y a otro, parecían ir creciendo. En sus enhiestos

picos relucía el hielo perpetuo. La amontonada nieve bajaba hasta no muy

lejos del camino, si era camino el desfiladero, cada vez más angosto,

por donde marchaban.

Lo terrible de aquella peregrinación estaba por cima de todo

encarecimiento cuando la noche envolvía en sus tinieblas a los viajeros.

Una noche, por último, fue indescriptible la angustia de todos. A pesar

de la densa y casi impenetrable obscuridad, sintieron que se hallaban en

una grande altura; que los cerros, por medio de los cuales habían

caminado, quedaban atrás; que a un lado y a otro se les abría despejado,

extenso horizonte; y que, delante de ellos, o descendía la senda, con

inclinación que la hacía intransitable para hombres y para bestias de

carga, o se convertía en despeñadero o abismo. Allí se pararon

aguardando ansiosos el día y acurrucados bajo algunas tiendas de campaña

que un viento frío e impetuoso amenazaba derribar y que los amedrentaba

con siniestros silbidos.

Larga como un siglo se les antojó aquella noche, pero el alba perezosa

vino al cabo a disipar las sombras, a dorar las nubes, a teñir el cielo

de azul y de púrpura y a impregnar el aire en claridad luminosa.

Extraordinarias fueron la sorpresa y la alegría de los peregrinos cuando

vieron extenderse a sus pies, desde la elevación en que se hallaban, la

más amena, fértil y bien cultivada llanura que imaginarse puede. La vega

deleitosa estaba regada por dos ríos y por muchos arroyos y acequias de

agua cristalina. Se veían huertos, sembrados, y muy elegantes jardines.

Bien cuidadas sendas iban de un lugar a otro, entre dos hileras de

árboles copudos y umbríos. Los frutales más preciosos se ostentaban en

las huertas. Se distinguían bien los muros, palacios, templos y

monumentos de una muy hermosa ciudad; y más cerca, casi al pie de la

sierra, un edificio amplísimo, a modo de suntuoso monasterio, tal por su

esplendor y grandeza, que nada en la mente de los viajeros se le

igualaba en España ni en Portugal, ni en la propia Samarcanda, aunque

ellos magnificasen con el afectuoso recuerdo la esplendidez de lo que

cada cual había visto y admirado en su patria.

La cuestión ahora era bajar hasta la vega desde la enriscada cumbre o

viso en que estaban. Harto se afanaron por conseguirlo, pero lo

consiguieron al fin dando muchas vueltas y describiendo muchas eses,

para no despeñarse por los tajos de aquella agria ladera.

Ya casi en lo llano, se hallaron en un verde soto, en medio de frondosos

y gigantescos árboles, y por cuyo centro se precipitaba caudaloso

arroyo, dando saltos y formando copos de rizada y cándida espuma sobre

el haz de sus agitados cristales.

Muchas aves había por allí que ya trinaban alegres, ya volaban de rama

en rama, sin el menor recelo de los hombres. Francolines de vistosas

plumas corrían en bandadas.

Tomás Cardoso, que era gran cazador, no pudo resistir a su deseo de

matar el que le pareció más grueso y más cercano. Disparó una flecha, y

el pájaro cayó herido a poca distancia.

Entonces salió de la espesura un viejo, algo encorvado por la edad, que

parecía llegar a cien años, y con airado acento censuró la cruel

conducta de Tomás Cardoso y hasta le amenazó con un castigo. Con burla y

desprecio respondió el portugués al pobre anciano y dirigió sobre él el

caballo para asustarle. Mas, ¡oh raro prodigio!, el viejezuelo alzó en

el aire el báculo en que se apoyaba y dirigió la contera hacia el

caballo que sobre él venía. El caballo dobló al punto las rodillas y

bajó la cabeza hasta el suelo, como para besarle con humildad. Aquellos

movimientos fueron tan rápidos, y fue tanto el descuido de Tomás

Cardoso, por no preverlos, que el caballo le botó de la silla y le apeó

por las orejas, excitando el caído la risa de sus compañeros a pesar del

asombro que el sobrehumano poder del viejo les había causado.

Se adelantó entonces Tiburcio, y, sirviendo de intérprete, en vulgar

dialecto indostaní, preguntó al viejo quién era él y en qué país se

hallaban ellos.

El viejo contestó al punto en un idioma de cuyos vocablos no sabían uno

siquiera ni Tiburcio, ni Morsamor, ni ninguno de los que iban

acompañándolos.

Pero esto fue lo más raro y maravilloso. Ni Tiburcio, ni Morsamor, ni el

más rudo de los allí presentes dejó de entender lo que el viejo decía,

como si a cada uno en su patria lengua le hablase.

El viejo les dijo:

--Os hago saber que yo soy ayuda de cámara, secretario o fámulo del muy

egregio señor Sankarachária. Gracias a él, y comunicados por él, poseo

varios importantes dones. Es uno de ellos el de adivinar los

pensamientos ajenos, y es otro el de sugestionar o infundir los

pensamientos propios en las ajenas mentes sin valerme del auxilio de la

palabra y del intermedio de los sentidos corporales. Os he escuchado y

os he hablado por costumbre y rutina y para no faltar al uso corriente,

pero sin hablar entiendo y me hago entender y así continuaremos nuestra

conversación. Os digo con franqueza que no comprendo cómo habéis podido

llegar hasta aquí. Mi amo me lo explicará todo, porque todo lo sabe.

Ahora conviene que os lleve a su presencia. Es cortés y benigno;

perdonará vuestra audacia y os recibirá amistosamente. Seguidme y os

serviré de guía.

Dicho esto, volvió la espalda, empezó a andar y todos le siguieron.

-XXX-

No tardaron mucho en hallarse a la vista de un edificio tan suntuoso,

grande y de tan florido estilo, que en su comparación, parecía miserable

choza, la casa más capaz y elegante de Padres Jesuitas, sin exceptuar la

que tienen en Loyola. Sobre la puerta principal había una inscripción en

gruesas letras de oro. Como ya estaban todos sugestionados por el

fámulo, aunque la inscripción estaba en sánscrito, la leyeron y

entendieron, como si estuviese en portugués o en castellano. La

inscripción decía: _Cenobio de la jubilación varonil_.

El fámulo aclaró el concepto de esta suerte:

--Los señores que aquí viven, son los señores más sabios que hay en el

mundo. Con su exquisito régimen higiénico, con su dieta herbívora, y con

su prudente y morigerada conducta, prolongan mucho la vida. Aquí no

contamos por decenas sino por docenas. El término natural y ordinario de

la existencia, es aquí de una gruesa de años o dígase de ciento cuarenta

y cuatro. Cuando alguien por accidente muere antes, decimos que se

malogra. Siete son los principios o elementos que en armonioso conjunto

constituyen el ser humano. El número siete es simbólico y posee no pocas

virtudes. Según nuestra Constitución social y política, histórica y

filosófica, interna y externa, la vida de acción acaba en cada individuo

cuando este cumple siete docenas de años. El día en que los cumple, es

el día de su jubilación y él se retira a este _Cenobio_ y pasa de la

vida activa a la vida contemplativa.

Así, el fámulo iba enterando de todo a Morsamor y a su tropa. Y gracias

a la sugestión, no sólo les daba noticias, sino que también les inspira

sanos, juiciosos y vehementes deseos. El de bañarse, fregarse y

escamondarse, fue el primero que les inspiró, y para que le lograsen,

como le lograron, los introdujo en unas maravillosas termas, donde

brochas y suaves cepillos automáticos los ungieron con aromático y

espumoso jabón y les dieron gratas y purificantes fricciones. Recibieron

luego duchas de agua perfumada, se secaron con finísimas sábanas de lino

y quedaron como nuevos de puro lustrosos. Todos parecían más guapos y

más jóvenes que antes. Al revestirse, notaron con agradable pasmo que la

ropa interior había sido lavada y planchada, (permítaseme lo familiar de

la expresión) en un periquete, y que asimismo olía muy bien, gracias a

un exquisito sahumerio. Los coletos, los gregüescos, las calzas y demás

ropilla exterior todo se había limpiado, quedando muy decente y

desapareciendo las manchas sin el empleo de la bencina ni de otras

sustancias apestosas.

El fámulo les dijo que era muy conveniente que ellos se presentasen de

un modo decoroso ante el señor Sankarachária.

Los llevó enseguida a un bonito y capaz refectorio, donde almorzaron

sutiles extractos, que paladeaban y saboreaban con raro deleite y que

eran tan nutritivos y tan poco groseros, que bastaba para alimentar y

satisfacer a un jayán, lo que cabe en una jícara de chocolate.

A todo esto, Morsamor y los suyos notaban con extrañeza que no aparecía

nadie y que el _Cenobio_ estaba como desierto. Adivinó el fámulo lo que

pensaban y aclaró el caso de este modo:

--No quiero que andéis maravillados y suspensos al ver esta mansión

desierta. En ella no hay en este momento sino otros pocos fámulos como

yo, retirados sin duda, cada uno en su celda. Los señores han salido

todos. No volverán hasta tres horas después de mediodía, porque hoy

tienen _Recordatorio galante_.

Impaciente Morsamor por averiguar lo que aquello significaba,

interrumpió al viejo preguntándole:

--¿Y qué _recordatorio_ es ese?

--El _Recordatorio galante_--contestó el viejo--consiste en la costumbre

que tienen los señores de ir una vez por semana al cercano _Cenobio de

la jubilación femenina_, donde las señoras ancianas, dulces compañeras

de su mocedad, los reciben de visita, los agasajan con un delicado

banquete, recuerdan con ellos los juveniles gozos y hasta cantan y

bailan y huelgan y se entretienen, si bien con la majestad, el entono y

el sereno juicio que importan en la edad madura.

Paseando por los alrededores del _Cenobio_ y admirando los vergeles que

le circundaban, estuvieron Morsamor y su gente hasta que pasaron las

horas del _Recordatorio_ y volvieron al _Cenobio_ los señores ancianos.

Cosa de encanto les pareció el verlos venir. Con pausa solemne venían en

dos hileras, como dos centenares de venerables viejos, vestidos de

largas, flotantes y cándidas vestiduras. Todavía eran más cándidos y

relucientes sus cabellos levemente rizados y sus luengas y bien peinadas

barbas. Al andar, se apoyaban algunos en dorados báculos. Otros traían y

tocaban arpas, violines y salterios. Guirnaldas de verdura y de flores

ceñían las sienes de todos aquellos ancianos.

El fámulo, que para verlos pasar se había echado a un lado con los

forasteros, dijo a estos cuando llegó frente de donde estaban el viejo

tal vez de mayor estatura y de más gravedad y belleza de rostro.

--Ese es mi amo, el señor Sankarachária. Trae, como veis, una guirnalda

de hiedra y de violetas, con que le ha coronado hoy su esposa, para

simbolizar el púdico, modesto y apretado lazo con que siempre la tuvo

ceñida y prendida.

Al son de los instrumentos músicos, venían todos cantando, con deliciosa

melodía, un himno del _Rig-Veda_, del que Morsamor comprendió

milagrosamente y conservó en la memoria, no sabemos si con entera

fidelidad, las siguientes estrofas:

«Áureo germen de luz apareciste al principio. Soberano del mundo

llenaste la tierra y el cielo. ¿Eres tú el Dios a quien debemos

ofrecer holocausto?».

«Tú das la vida y la fuerza. Los otros dioses anhelan que los

bendigas. La inmortalidad y la muerte son tu sombra. ¿Eres tú el

Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

«Las montañas cubiertas de nieve y las agitadas olas del mar

anuncian tu poderío. Tus brazos abarcan la extensión de los cielos.

¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

«Tú iluminas el éter. Tú afirmas la tierra y difundes la claridad

por entre las nubes. Cielo y tierra te miran temblando a ti que los

criaste. De tu radiante cabeza nace la aurora. Sobre las aguas que

engendraron la luz primera y que se precipitan en el abismo,

tiendes tú la serena mirada. Sobre todos los númenes te elevas cual

Dios único. ¡Oh custodia y faro de la verdad! ¿Eres tú el Dios a

quien debemos ofrecer holocausto?».

-XXXI-

Como los sabios ancianos venían algo fatigados de la inocente huelga que

habían tenido, el fámulo dejó que reposasen y durmiesen la siesta un par

de horas, y luego llevó a Morsamor y a los suyos a la presencia del

señor Sankarachária, quien los recibió con distinguida afabilidad y

extremada finura.

Ya sabía Morsamor por el fámulo que el señor Sankarachária era el

escritor más notable que había entonces en el _Cenobio_ y en toda

aquella República. Los libros que había compuesto y que componía, eran

epítomes o brevísimos compendios, en estilo llano, para poner al alcance

del vulgo los más útiles conocimientos. Por el método, orden y nitidez

de la exposición, ensalzaba el fámulo, entre dichos libros, los que se

titulan _Tattva Bodha, Conocimiento de la existencia; Atma Bodha,

Conocimiento de yo (Dios)_; y _Viveka Chudamani, El Paladión de la

sabiduría_.

--Aunque estos libros--añadía el fámulo--son sólo rudimentos y

preparativos para iniciación más alta, nadie consiente por acá que se

comuniquen a los europeos, cuya inteligencia carece de la sólida madurez

que para comprenderlos se requiere. Sólo dentro de tres siglos y pico,

podrán ser y serán traducidos, leídos y semi-comprendidos en Europa por

algunas pocas almas excepcionalmente superiores.

Ya conjeturará el lector de la singular historia que vamos escribiendo,

el mar de confusiones en que un espíritu tan escéptico y tan crítico,

como el de Morsamor, hubo de engolfarse y hasta de anegarse al ver y al

oír tan estupendas cosas.

--¿Qué diantres de personajes serán estos viejos?--se preguntaba él

cavilando--. ¿Serán en realidad profundamente sabios, estarán de buena

fe, llenos de vanidad y de soberbia por la comodidad y el regalo con que

viven, gracias a sus envidiables inventos o habrá en ellos algo de

embaucadores y de farsantes?

Así discurría Miguel de Zuheros, pero se callaba y ni al doncel sutil

confiaba su discurso. De todos modos, Miguel de Zuheros sentía muy

picada su curiosidad y anhelaba investigar y averiguar más de lo que ya

sabía por el fámulo. Y como el señor Sankarachária era muy conversable y

muy fino, procuró charlar con él, lo consiguió fácilmente y le interrogó

sobre diversos puntos. De las contestaciones que obtuvo el sabio viejo,

hemos podido recoger aquella parte que por ser menos profunda está más a

nuestro alcance y vamos a ver si acertamos a transcribirla clara y

fielmente.

--El _ocultismo_--dijo Morsamor--no acaba de justificarse a mis ojos.

¿Por qué escondéis avara y egoístamente vuestra ciencia, si vuestra

ciencia es buena y puede hacer a los hombres, mejores y más dichosos?

--No transmitimos nuestra ciencia--respondió el sabio viejo--porque lo

esencial de ella es intransmisible. Cada ser humano la crea en sí y para

sí, sumergiéndose en el abismo de su propia alma, con intuición sólo

eficaz cuando el alma está ya purificada y educada, exenta de egoísmo,

libre de pasiones, apetitos y concupiscencias vulgares y apta para

entrar en el santuario íntimo de la conciencia suprema, donde todo es

uno, el conocer, el que conoce y lo conocido. Para adquirir esta

indispensable previa aptitud, jamás basta una sola vida. Sólo puede

conseguirse después de muchas _reincarnaciones_.

--¿Sabes tú--preguntó Morsamor--por cuántas has pasado ya?

--Mi _clarividencia_, en este punto, no es completa todavía--replicó el

anciano--; pero entreveo y percibo en la penumbra confusa de mis

recuerdos _ultranatales_ que he muerto y renacido ya treinta veces en

esta mansión terrenal. Y todavía sé poco y todavía para seguir

estudiando tendré que morir y que renacer dos o tres veces más antes de

alcanzar el _nirvana_.

--¿Y qué es el _nirvana_?--dijo Morsamor.

Declárartelo bien--contestó el viejo--implicaría dos cosas tan difíciles

que rayan en lo imposible. Es la primera que si lo supiese yo, yo

estaría ya en el _nirvana_ y sería omnicio o digase conocedor de cuanto

ha sido, es y será; del sujeto, del objeto y de la síntesis en que se

enlazan e identifican, siendo todo y uno y disipándose las aparentes

ilusiones que distinguen, individualizan y separan. Y es la segunda que,

aun poseyendo yo tan alta bienaventuranza, no hallaría para transmitirte

su concepto medio alguno de expresión en lenguaje humano, ni tampoco en

la sugestión directa y pura. Por ahora, reprime tu curiosidad y

aguántate sin saber lo que es el _nirvana_. Acaso, dentro de algunos

siglos, cuando subas a vida más alta, trasluzcas o columbres lo que es.

Morsamor se resignó porque no había otro remedio; mas para consolarse

hizo preguntas menos trascendentes.

--Aunque lo más substancial y elevado de vuestra ciencia sea

intrasmisible, todavía no me explico y deploro que viváis tan aislados

en este esquivo rincón del mundo, sin influir en las andanzas del humano

linaje, y sin enseñar a alguien que no sea de los vuestros, ya que no lo

más elemental de vuestra ciencia, el método o camino que a ella conduce.

--Tu suposición es infundada--dijo el anciano--. Nosotros distamos mucho

de vivir aislados. Desde hace miles de años estamos en comunicación y

tenemos trato con no pocos espíritus selectos, aun de los que han vivido

y viven más lejos de aquí. Nosotros les hemos comunicado generosamente

algo de lo que sabemos y podemos comunicar. Sobre todo, hemos sido

dadivosos, espléndidos, con aquellos que han logrado penetrar hasta aquí

y hacernos una visita. Uno de los primeros que vino a vernos desde

Europa fue Pitágoras de Samos, y a nosotros se nos debe no pequeña parte

de su sistema filosófico. A despecho de nuestra prudencia y de nuestra

ancianidad, he de confesarte que pecamos por un exceso de galantería, y

siempre que aparece en nuestra tierra alguna dama extranjera de

distinción y aficionada a saber, la recibimos con finísimas atenciones y

hacemos cuanto está a nuestro alcance para ilustrarla. Valgan como

ejemplo la famosa Sibila Eritrea y más aun la linda hija de un honrado

_lucumon_ etrusco que vino acompañándola. Ella cautivó de tal suerte con

su gentil presencia y con su mucha discreción a nuestros antepasados,

que consiguió la dotasen de pasmosa sabiduría. Cuando volvió a Italia

con su señor padre, se prendó de cierto reyezuelo de un pequeño Estado,

tuvo con él frecuentes coloquios y le dio tan sanos consejos y le

inspiró tan admirables leyes, que su ciudad, única en la historia, se

enseñoreó de lo mejor del mundo y fundó hasta hoy el más persistente de

los imperios. Ya comprenderás que hablo de Egeria, la ninfa inspiradora

de Numa. Otros peregrinos se han presentado por aquí, que se han

aprovechado muy mal de nuestras generosas lecciones, moviéndonos a

arrepentirnos de habérselas dado. No se han servido de ellas con el

desinterés y la abnegación indispensables para que den buen fruto, sino

con malvado egoísmo, para engañar al prójimo y seducirle. Cuando esto

ocurre, la magia blanca o _rajah yoga_ que nosotros aprendemos y

transmitimos, se malea y se tuerce, y convertida en _hatha yoga_ o magia

negra, suele hacer mil estragos como si fuese obra de los númenes

infernales. Entre estos peregrinos que nos han dado chasco, te citaré a

Simón el Mago, a Apolonio de Tiana, a Máximo de Efeso, consejero de

Juliano el Apóstata, y por último, al encantador Merlín, a quien

consideran en Europa como hijo del diablo, lo cual no hay para qué decir

que es absurda mentira.

--¿Pero es menester--preguntó Morsamor--llegar a estos sitios para

participar de vuestra sabiduría?

--En manera alguna--dijo Sankarachária--. Los más aprovechados e

iluminados de entre nosotros, poseemos la facultad de entendernos, si

queremos, con las personas que están más distantes. Nuestro cuerpo

material y pesado es como la creación de nuestro cuerpo etéreo y

plasmante, cuya ligereza raya casi en ubicuidad. Nosotros podemos

desprender del cuerpo material y pesado dicha forma etérea, mal llamada

cuerpo, recorrer con ella inmensas distancias, filtrarnos o colarnos por

cualquier resquicio en la más severa clausura y conversar a todo nuestro

sabor con nuestros amigos y adeptos. Así nos comunicamos y entendimos,

hace ya sobre poco más o menos veintidós siglos, con el príncipe

Sidarta, entrando en el hermoso palacio de Kapilavastu, donde su padre

Sudhodan, rey de los sakias, le tenían encerrado. Con nuestras

amonestaciones y consejos fomentamos su vocación e ilustramos su

nobilísimo espíritu. Bien podemos, pues, jactarnos de haber influido en

que se fundase una religión que en el día profesan más de cuatrocientos

millones de seres humanos.

--¿Y habéis tratado y seguís tratando de la misma suerte a algunos

sabios europeos, yendo vosotros de visita donde ellos residen?

--¿Y cómo no?--contestó Sankarachária--. Yo tengo y visito así a varios

amigos de Europa. Uno de ellos, suizo de nación, médico excelente y

filósofo de raro y agudísimo ingenio, está avecindado en Basilea, y es

generalmente conocido con el nombre de Paracelso; otro, no menos

singular, se llama Cornelio Agripa, natural de Colonia, en las orillas

del Rhin; otro, que tiene más fama de brujo que los demás, y dicen que

va siempre acompañado de un diablo en figura de paje, lo cual ya

comprenderás que es una patraña, se llama el doctor Juan Fausto; y otro,

por último, con quien estoy yo en más frecuentes y cordiales relaciones,

vive ahora junto a Sevilla, en un convento en la margen del

Guadalquivir, y se llama el Reverendo Padre Fray Ambrosio de Utrera.

Suspenso y como turulato se quedó Morsamor al oír en boca de

Sankarachária el nombre de su benéfico amigo.

--Entonces--exclamó--sabrás quién soy yo. El Padre Ambrosio te lo habrá

contado todo.

--Y vaya si me lo ha contado. Yo sabía quién tú eras, he influido en que

vengas por aquí; puedo asegurar que invisiblemente te he guiado para

llegar adonde no llega nadie sin nuestra venia, y encargando a mi fámulo

el disimulo, le ordené que te aguardase en el soto, como, en efecto, lo

hizo.

-XXXII-

No fue una sola vez, sino varias, las que tuvo Morsamor diálogos por el

estilo con el sabio viejo. Así aclaró o creyó aclarar muchas dudas y

formar idea, aproximada ya que no exacta, del país a que había llegado y

de la gente que en él vivía.

Pondremos aquí, en resumen, el resultado de sus investigaciones o dígase

lo que él acertó a comprender y lo que nosotros podemos expresar sin

trabucarlo ni alterarlo.

Era aquel país el de los llamados _mahatmas_, rodeado de montañas tan

intransitables, que los profanos no podían llegar a él. Era como unas

Batuecas, no groseras y rústicas, sino cultas, elegantes y felices.

Cuatro mil años, sobre poco más o menos, hacía ya que los habitantes de

aquel país vivían apartados de la mayoría del humano linaje, formando

una República pacífica y próspera, cuyo único gobierno era el consejo de

los señores del _Cenobio_ o sea de los _mahatmas_.

Sankarachária explicaba de modo harto singular el origen de aquella

República. Lo que él contaba dista mucho de parecer verdadero; antes

bien, lo consideramos como fábula impía y absurda, pero nos parece tan

curiosa que no podemos resistir a la tentación de ponerla aquí, en

breves palabras, remitiendo a los lectores que quieran saber más sobre

ello a un libro escrito no hace mucho tiempo y cuyo título es _Dios y su

tocayo_.

Prescindamos de la mayor o menor antigüedad de la especie humana.

Dejemos a la prehistoria, ya fundada en la geología, ya valiéndose del

estudio comparativo de los idiomas y de otros primitivos documentos,

conceder muchos miles o pocos miles de años a la existencia del hombre

en nuestro planeta. Tengamos sólo por cierto, para no disputar con el

señor Sankarachária, que, antes de que apareciese la raza blanca, hubo

otras razas que progresaron y se elevaron a no pocos grados de

civilización. Así la raza negra, la amarilla y la raza de piel roja,

cuyos individuos se llamaron atlantes y se esparcieron por el mundo

cuando la Atlántida se hundió. No hablemos aquí de los proto-scitas o

hiperbóreos, colonia de los atlantes que se estableció más allá de las

Montañas Rifeas y que fue muy culta y floreciente. A nuestro propósito

basta saber que más de dos mil y cuatrocientos años antes de la era

vulgar, había dos poderosos y civilizados imperios: uno en Egipto, de

atlantes y de negros mezclados, y otro en China, no menos adelantado o

quizá más adelantado que el de los egipcios. En China reinaba en aquella

época un Emperador llamado Iao, y hacía muy poco que, por evolución y

selección, había aparecido sobre el haz de la tierra la raza blanca, que

es la más perfecta de todas.

Ciertos espíritus, muy pulidos y desbastados ya, después de pasar por

bastantes _reincarnaciones_, no se avinieron a _reincarnarse_ en chino,

ni en negro, ni en mulato. Con la fuerza plasmante que tenían en su

forma etérea se condimentaron o confeccionaron cuerpos sólidos más

perfectos, y de esta suerte creía el sabio viejo, cuyas ideas

extractamos, que apareció la raza blanca en el mundo. En una fértil y

bonita comarca del Tibet, vivió y se propagó, bajo la dependencia del ya

citado Emperador de la China, a quien sus súbditos llamaban Iao y Padre

Celeste. Este soberano empezó a temer que aquellos nuevos hombres se

instruyesen demasiado, se ensoberbeciesen y se rebelasen. Procuró, pues,

conservarlos en la ignorancia, pero ellos desobedecieron sus mandatos y

aprendieron muchas cosas buenas y malas. Iao entonces envió un ejército

contra ellos, que los expulsó del paraíso en que vivían. Y ellos,

expulsados ya, fueron poco a poco emigrando por diversas regiones y

dominando y acogotando a las razas inferiores donde quiera que llegaban.

Algo, no obstante, se pervirtieron, malearon y bastardearon con el trato

y convivencia de las tales razas, harto inferiores, como ya queda dicho.

Sólo una escasa minoría de la raza blanca se conservó pura y sin mezcla

y subió como la espuma en virtud y en saber. Para ello, en el momento de

la expulsión ordenada por Iao, tuvo la cautela de escabullirse en aquel

valle recóndito, circundado de altísimos montes y de casi impenetrables

desfiladeros. Tal fue el origen de la República de los _mahatmas_, según

ellos mismos lo entendían y declaraban.

--¿Y cuándo saldréis de vuestro retraimiento?--preguntó Morsamor a

Sankarachária.

Y Sankarachária contestó:

--Cuando la Humanidad sea capaz de comprendernos. Cuando nazca a la vida

colectiva.

--Pues qué, ¿no ha nacido aún?

--Aún dista mucho de nacer. Está en germen caótico: en incubación. No

nacerá a la vida colectiva hasta dentro de quince mil años.

--¿Y cómo no hacéis nada para que la incubación se apresure?

--Hacemos lo que se puede--dijo Sankarachária--. Ya te he citado a no

pocas personas que recibieron antiguamente nuestra inspiración y a

algunas que la reciben hoy en Europa, ávida de saber y con la curiosidad

científica muy despierta. Así los mencionados Paracelso, Cornelio

Agripa, Fausto y tu valedor, Fray Ambrosio de Utrera. Pero quien más ha

de influir en que la incubación siga preparándose sin que salga huero lo

que se incuba, ha de ser una mujer privilegiada, semi-tudesca,

semi-moscovita, que el cielo no subcitará en Europa hasta dentro de unos

tres siglos. Pronosticado está que esta mujer vendrá a visitarnos, nos

encantusará, se apoderará de muchos de nuestros secretos, los divulgará

en luminosos tratados y enseñará una ciencia que poco modestamente

apellidará teosofía. No será lo que enseñe sino los prolegómenos de

nuestra ciencia verdadera; pero, aun así, se pasmará el mundo de oírla y

de leerla y se crearán escuelas teosóficas en todas las naciones.

Ya suponemos que el pío lector habrá adivinado que Sankarachária, aunque

no la nombra, alude a la señora Blavatski.

Todavía Morsamor, no satisfecho con las primeras nociones de aquella

ciencia nueva, imitó proféticamente lo que hacen los periodistas del día

en las _interviews_ y siguió preguntando. Para abreviar, sin que nada de

lo más importante quede obscuro, prescindiremos de consignar las

preguntas y sólo pondremos aquí tres o cuatro de las más notables

contestaciones que Morsamor obtuvo. Por ellas empezará a comprender las

doctrinas teosóficas quien esto lea y a sentir el prurito de estudiarlas

a fondo en la multitud de libros que sobre el particular han escrito y

publicado recientemente la citada señora Blavatski, el coronel Olcott,

Annie Besant, Francisco Hartmann, Sinnett y otros autores, españoles

algunos de ellos. Entiéndase, con todo, que esta ciencia de la teosofía

no debe con propiedad llamarse nueva en Europa. Debe llamarse renovada.

Sus adeptos de hoy le dan ya antiquísimo origen entre nosotros o sea

fuera de la India. Hermes Trimegisto fue teósofo, y, bastantes siglos

después, cultivó y propagó la teosofía entre griegos y latinos el

ilustre Ammonio Sacas, fundador de la escuela de Alejandría.

Pero no divaguemos y vamos a las contestaciones que dio Sankarachária y

que no conviene queden en el tintero.

El caudal de experiencias y de merecimientos con que el ser humano se va

afirmando en sus diferentes vidas y haciéndose digno de más altas

_reincarnaciones_ se llama _Karma_.

Morsamor peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda · 第 12 / 14 题