Ora, por último siguiendo el estilo picaresco, aquello de

Yo me iba, mi madre,

Las rosas coger,

Hallé mis amores

Dentro en el vergel.

Cualquiera pensará que, en medio de tanto deleite, Morsamor estaba

contento. Mucho distaba, no obstante, de ser así. En cierto modo puede

bien afirmarse que Morsamor se hallaba cada día más prendado de donna

Olimpia. El apasionado mirar de sus ojos glaucos le fascinaba; le

encantaban su discreta conversación y su apacible trato; y de continuo

prestaba pábulo a la encendida llama de sus afectos la presencia de

aquella mujer dechado de elegancia y de majestuosa hermosura. Entonces

se creía ligado a ella para siempre por invencible hechizo. Entonces

presumía que ella era su bien, que la amaba y que no podía vivir sin

ella.

En la mente y en el corazón humanos hay un mar tempestuoso de ideas y de

sentimientos que se combaten. Así eran el corazón y la mente de

Morsamor. Y cuando no los subyugaba ni los rendía el influjo encantador

de la aventurera italiana, acudían en tropel a atormentarlos mil amargas

cavilaciones que le herían y emponzoñaban el alma y sacaban a su rostro

el color rojo de la vergüenza. ¿Qué héroe de tan ruin condición era él

cuando tal dama llevaba consigo? Si hubiese robado a doña Sol de

Quiñones, y a despecho de la Reina y de todo el mundo, la tuviese a

bordo, el caso, aunque pecaminoso, sería digno de él; pero llevar a

donna Olimpia, que lo mismo se hubiera ido acaso con otro cualquiera,

era triunfo tan miserable, que, en vez de lisonjear su amor propio, le

lastimaba y abatía.

Hasta el indisputable mérito de donna Olimpia, su talento, su belleza y

la fuerza misteriosa que había en todo su ser para dominar y cautivar a

cuantos la veían y trataban, si bien complacían a Morsamor cuando

pensaba que era suyo aquel tesoro, le ofendían más a menudo al

considerar que su brillo atraía las miradas, la voluntad y la admiración

de las gentes, y a él le dejaba obscurecido y como eclipsado.

Algunas bromas de Tiburcio, dichas sin duda irreflexivamente y para

reír, ofendían y herían a Morsamor en lo íntimo de su conciencia y le

ponían de un humor de todos los diablos. Cuando Morsamor le abría su

corazón a Tiburcio y le confiaba parte de sus pesares, Tiburcio, con el

propósito de despojar de gravedad el asunto, le decía burlando:

--En verdad que tiene sus contras el poseer tan gentiles enamoradas y

tan famosas amigas como la mía y la tuya. Debemos, con todo,

conformarnos y hasta convertir el inconveniente en estímulo. Voy a

explicarme mejor. El marido o el amante de una mujer muy bella, sabia o

ilustre, queda mil veces peor que en la obscuridad si él es un

cualquiera. En la obscuridad nadie le recordaría ni le nombraría,

mientras que, en el caso que supongo gozaría, o mejor dicho padecería de

ridícula e indeleble fama. En todo el mundo sería conocido por su mujer

o por su amiga y no le llamarían Fulano ni Mengano, sino el de Mengana o

el de Fulana. No floja contrariedad es esta, pero bien puedes tú

sobreponerte a la contrariedad, dando razón de quién eres por virtud de

tus altos hechos, a fin de que seas célebre y ensalzado como Morsamor y

no meramente conocido y mencionado por amigo de donna Olimpia. Lo propio

digo de mi persona. Yo quiero hacer de suerte que no me conozcan sólo

por el amigo de Teletusa, sino que me celebren por mis audaces y

dichosas empresas como Tiburcio de Simahonda. No he de negarte yo,

porque quiero ser franco, que nuestro propósito es difícil de realizar.

Estas dos mujeres (permíteme lo vulgar de la expresión) que nos hemos

echado a cuestas, son de tal magnitud y valer, que nos abruman con su

peso. Y es tal el resplandor con que brillan, que ha de costarnos

muchísimo resplandecer por nuestras acciones por cima del resplandor que

despiden ellas con sólo manifestarse. No creas tú que Putifar fue un

personaje insignificante. Yo he leído en antiguas historias y sé de

buena tinta que se distinguió como hábil capitán, venciendo al Faraón

del alto Egipto, acérrimo contrario del Faraón pastor a quien él servía,

y domando en Chipre los filisteos, gente rubia y belicosa que habían

venido del Norte, que se habían apoderado de aquella isla, y que mucho

más tarde se repuso, invadió la tierra de Canaan y le dio nuevo nombre,

aunque hizo en ella grandes estragos. Hay además quien asegura que

Putifar era muy buen letrado, que poseía casi toda la ciencia de los

egipcios, y que compuso memorias sobre las inundaciones del Nilo y sobre

otros puntos no menos importantes. Pero todo esto se ha olvidado y ya

nadie le recuerda ni le nombra, sino a causa o por culpa de su mujer.

Sólo se habla de él cuando de ella se habla, llamándola, la mujer de

Putifar, por donde él es sólo mencionado como marido. Escarmentemos pues

en cabeza ajena y procuremos que nada semejante nos ocurra.

Este y otros razonamientos por el mismo estilo tenía a Morsamor sobre

ascuas. Y verdaderamente era poco honroso y nada glorioso ir a la

conquista de un nombre inmortal en compañía de damas tan desenfadadas y

alegres, cuyas conquistas era de temer que se realizasen más pronto.

Aunque Morsamor disimulaba su disgusto, que solía rayar a veces en

repugnancia, donna Olimpia, era muy avisada y no dejó de conocerle; pero

donna Olimpia era muy soberbia y no se dio por entendida ni formuló la

menor queja.

-XIII-

A bordo toda la tripulación estaba encantada de la bondadosa amenidad de

donna Olimpia y más aún del regocijo de Teletusa, de sus danzas y

cantares y hasta de sus frutas de sartén, hechas a veces con tal

abundancia que había para que todos comieran. Ya hemos visto cómo el

piloto intimó con Morsamor y formó parte de su corro, y cómo Fray Juan

se holgaba de estar en él y hasta de reír y charlar con las dos

aventureras, pues, aunque piadoso, era indulgente, muy conocedor de las

flaquezas humanas y bastante ejercitado en la virtud de la eutropelia.

Había, no obstante, un personaje que no llevaba bien aquel alboroto,

sino que estaba escandalizado de la constante huelga, si bien lo

disimulaba y sufría porque era prudentísimo.

Era este personaje el administrador o comisionista encargado de las

mercancías y de sus ventas, compras y cambios. Notable por su habilidad

mercantil y por su experiencia y largas peregrinaciones, poseía además

el talento de hablar afluentemente la lengua arábiga, lo cual le valía y

había de valerle para sus tratos y negocios con los mercaderes de

aquellas regiones.

El tal administrador, holandés o flamenco que en esto no están de

acuerdo los autores, se llamaba Gastón Vandenpeereboom, nombre y

apellido en completo desacuerdo con sus prendas personales, como si por

antífrasis los llevara. En lugar de ser Gastón tenía fama de roñoso y

por no gastar en nada, no hablaba nunca sino por necesidad o provecho, a

fin de no gastar saliva. Y su apellido, semejante al resonar del trueno

o de la artillería, también se concertaba mal con sus lacónicos y

pausados discursos, pronunciados siempre en voz baja y suave. El señor

Vandenpeereboom era además tan pequeñuelo y delgado, que parecía un

duende. Casi no se le oía ni se le veía. Cuando no estaba haciendo

cuentas estaba rezando sus devociones, por ser muy religioso y devoto.

Era harto feo de cara, pero en ella, y singularmente en la viveza

penetrante de sus ojillos, se revelaba su inteligencia y su astucia.

Nadie podía acusarle de que murmurase, pero harto se notaba, a pesar de

su disimulo, que el señor Vandenpeereboom aguantaba con repugnancia la

presencia a bordo de las dos aventureras y el jaleo continuo que allí

armaban. Como quiera que fuese, y sin más novedad ni disgusto, la nave

de Morsamor llegó al fin al puerto de Melinda.

La ciudad de este nombre era entonces populosa y estaba floreciente y

rica. Era hijo su rey del que tan cortés y lealmente recibió a Vasco de

Gama y le proporcionó piloto para llegar a Calecut con menos peligro.

Feridún se llamaba el rey nuevo, joven todavía, gallardo y muy agraciado

de rostro. Tenía un hermano menor, llamado Rustán, a quien estimaba y

quería tanto que casi compartía con él su trono. Y no debe extrañarse

que tuviesen estos príncipes nombres propios de los antiguos persas o

iranios, porque era más blancos que morenos, y pretendían descender, así

como la más ilustre nobleza del reino, de gente venida del Irán.

Asegurábase que la ciudad de Chiraz y el fértil territorio que la rodea

habían sido la cuna de los antiguos emigrantes. Y asegurábase, por

último, que estos habían abandonado la madre patria, llegando a la

remota costa de África y fundando allí una colonia, expulsados por el

tremendo conquistador Temugín, alias Gengis Khan, emperador de los

tártaros mongoles.

Causa de la expulsión o más bien de la fuga para sustraerse a una

tiránica intolerancia, había sido la refinada cultura de aquellos

persas, y el modo incompleto y libre con que se llamaban mahometanos. La

antigua religión de la luz increada vivía en sus almas sobrepuesta al

islamismo. Zoroastro valía para ellos más que Mahoma, como anterior y

superior en la serie de los profetas. Las tradiciones patrióticas

sostenían y fomentaban en la mente de ellos la fe en los dogmas del

_Avesta_ y del _Bundehesch_, libros sagrados que tal vez ya no poseían

ni conocían. La poesía maravillosa, tan floreciente en el reinado de

Mahamud de Gazna el Grande, había hecho que resurgiesen aquellas ideas y

aquellos sentimientos en los espíritus y en los corazones. Dicen las

historias que aquel rey glorioso tuvo muy regalados y agasajados en su

corte, para mayor ostentación y brillo, a más de cuatrocientos poetas:

cosa que aturde y pasma, sobre todo en el día, cuando críticos tan

juiciosos e ilustrados como Clarín apenas conceden que tengamos en

España dos y medio. Lo cierto es que entonces se escribieron en Persia

lindísimos poemas descollando sobre todos el colosal de Firdusi,

titulado _Libro de los Reyes_. En él renacen y viven idealmente las

glorias del Irán y sus seculares luchas, en defensa y para difusión de

la luz, contra los turaníes, propugnadores de las tinieblas. El rey

Mahamud gustó tanto de la obra de Firdusi que pensó en darle por ella

todo el oro que pudiese sostener y llevar como carga el más gigantesco y

poderoso de sus elefantes. No llegó el rey, por malquerencia y chismes

de sus cortesanos, a premiar tan generosamente al poeta, pero consta que

le envió a Tus, lugar de su nacimiento, donde él estaba retirado, un

regalo casi equivalente, si bien fue ya tarde, porque le llevaban a

enterrar cuando entraron en Tus los que dicho regalo traían.

No fue sólo la epopeya la que pervirtió la ortodoxia muslímica de los

habitantes de Chiraz y de toda su comarca, sino también los cuentos y

novelas que después se escribieron, los tratados de filosofía moral

harto poco severa, y más que nada, la poesía lírica, consagrada a

ensalzar el vino, los amores y toda clase de deleites. Mal podían

avenirse con el Corán las sentencias y los versos del _Gulistán_, de

Sadí y los voluptuosos madrigales de Hafiz que él titulaba _Gacelas_.

Todavía, por último, se corrompieron más las creencias y las costumbres

con un misticismo que después se puso de moda, merced a muy eminentes

escritores. Era el tal misticismo todo lo contrario de ascético. En lo

tocante a indulgencia con pasiones y goces, echaba la zancadilla al de

nuestro famoso Padre Miguel de Molinos, no siendo menester la

mortificación y la penitencia para que el alma se uniese con lo

infinito, sino más bien absolver en ella toda la hermosura, todo el

deleite y todo el bien de las cosas creadas. El libro titulado _El habla

de los pájaros_, fue precursor de esta doctrina. Y quien más la propagó

e ilustró luego fue el admirable poeta y filósofo Chelaledín Rumí, autor

del poema _Mesnewi_. Así se fundó una secta herética muy dada al

sibaritismo y una a modo de orden religiosa de derviches, inclinadísimos

a todo linaje de diversiones, músicas y danzas.

Tales sectarios fugitivos fueron los fundadores de la colonia de

Melinda, donde se habían dado tan buena maña que habían atraído millares

y millares de negros, formando un reino importante del que dichos negros

constituían la numerosa plebe.

Cuando Vasco de Gama aportó allí veinte y tres años antes, el rey

melindeño, que era muy pacífico, le recibió leal y amistosamente. El

héroe portugués, ya por sí mismo, ya por medio de su alférez Nicolás

Coello, había acrecentado tan buenas disposiciones, ponderando la

grandeza y el poderío de Portugal y de su monarca. Gama y Coello

trataron de hacer creer a los de Melinda que España era la cabeza de

Europa y Portugal la cumbre de la cabeza; que el rey portugués era el

primero de los reyes y que el mismo nombre de Dios era su nombre; que

con su innumerable caballería imponía respeto y subyugaba a las demás

naciones; que sus naves, bien artilladas, recorrían el mar a centenares;

y que las rentas y tributos, que le rendían sus vasallos y los pueblos

vencidos, eran tan abundantes, que, después de pagados todos los gastos,

dejaban cada luna un sobrante de doscientos mil cruzados lo menos.

No se sabe hasta qué punto creerían los melindeños tan enormes

exageraciones; pero, como vieron después que los portugueses enviaron al

mar de la India poderosas flotas, que eran valientes y terribles, que

conquistaron muchos puertos y ciudades, que asolaron no pocas provincias

y que iban enseñoreándose de todo, acabaron por creer lo que al

principio les habían dicho; a formar de Portugal el más elevado

concepto, y a considerar como la mejor política la conservación y el

acrecentamiento de la amistad portuguesa.

Esta era la opinión que prevalecía entre los de Melinda cuando la nave

de Morsamor entró en su puerto.

-XIV-

No bien saltaron en tierra algunas personas de a bordo, visitaron la

ciudad y hablaron con sus mercaderes y con otros de sus habitantes,

entre los cuales no faltaba ya quien chapurrease el portugués o el

italiano, corrió por todas partes la voz de que mandaba la nave recién

llegada un señor de mucho fuste y campanillas, cuyo nombre era Miguel de

Zuheros. Se difundió también que venían en la nave dos princesas de lo

más encopetado de Europa, que iban viajando para su instrucción y

recreo.

Hubo no pocos curiosos y desocupados que fueron a visitar la nave, donde

Morsamor los recibió con franca cordialidad y agasajo. Y como allí

viesen a donna Olimpia y a Teletusa, se maravillaron y embelesaron,

dándose a propalar entre sus compatricios que en la nave europea había,

no dos mujeres bonitas, sino dos _péris_ o dos huríes. Donna Olimpia fue

la que más agradó y sorprendió por su porte majestuoso, y más aún por la

nítida blancura de su tez y por el áureo fulgor de sus cabellos rubios,

prendas muy raras en aquella tierra. Así es que la consideraron y

ponderaron como si fuese criatura sobrehumana y hasta la propia

Parabanú, emperatriz de las hadas.

Cuando todos estos rumores llegaron a los oídos del rey y de su hermano,

ambos anhelaron obsequiar a Morsamor, ver a las dos hermosas princesas y

mostrar a él y a ellas el esplendor de la capital de su reino y la

fértil amenidad de los huertos y cármenes que a imitación y en

competencia de Chiraz había en su ruedo y en ambas orillas del Sabaki,

que desemboca en la mar a corta distancia.

Pronto se concertó y dispuso una fiesta y jira campestre a la que

Morsamor, Tiburcio, el piloto, Fray Juan de Santarén, las dos princesas

y el señor Vandenpeereboom fueron convidados.

En bateles del país, empavesados con vistosos gallardetes y flámulas

multicolores, y defendidos de los ardores del sol por elegantes toldos,

los convidados fueron a tierra, donde había para las damas dos soberbios

palanquines llevados por robustos negros; para Morsamor y Tiburcio,

hermosos caballos árabes ricamente enjaezados; y para el piloto, el

comisionista y el fraile, sendos pollinos tordos y lustrosos, con

primorosas albardas, de las que pendían caireles y flecos de seda y con

las cabezadas y jáquimas de seda también, alegrando los oídos el sonar

de los cascabeles de plata que había en los pretales, y alegrando la

vista los relucientes y airosos penachos que descollaban muy por cima de

las largas y puntiagudas orejas.

Debemos advertir aquí que en Oriente no es el asno, como en nuestros

países, animal plebeyo y vilipendiado, sino que, por el contrario, goza

de notable crédito y suele servir de cabalgadura a las personas graves,

constituidas en dignidad y que conviene que caminen con reposo y pausada

prosopopeya.

Con muy brillante acompañamiento el rey y su hermano llegaron a recibir

a sus huéspedes en una gran plaza que estaba cerca del muelle. Varios

ulemas, magos y astrólogos del Real Consejo privado, venían también en

burros; monteros y cazadores, de a pie y de a caballo, traían la jauría

de podencos y lebreles; doce diestros cazadores de altanería, todos a

caballo, llevaban en el antebrazo izquierdo, asidos a la lúa de becerro

con las acicaladas garras, ya poderosos neblíes, traídos a mucha costa

de las montañas de Elburz o de Mazenderán a orillas de mar Caspio, ya

ágiles alfaneques africanos, retenidos por la pihuela para que no

echasen a volar, y todos con sus capirotes de grana y con sutiles

cascabelillos de oro en las nervudas patas.

El rey se presentó en un lujoso carro, tirado por cuatro caballos

blancos y conducido por su propio hermano Rustán, que se ufanaba de ser

hábil auriga. Se parecían también en el carro un venerable escudero, que

sostenía el quitasol de raso amarillo, bordado de oro, dando sombra al

rey y siendo símbolo e insignia de su poder soberano; y dos pajecillos,

muy graciosos y compuestos, que oseaban las moscas y movían y

refrescaban el aire que circundaba a la persona regia, agitando grandes

abanicos, uno de pintadas plumas de pavo real, y otro de plumas de

avestruz blancas como la leche.

El rey y su hermano recibieron y saludaron a las damas, a Morsamor y a

los suyos con gran cortesía y finura, y después de recorrer las

principales calles de la ciudad y de mostrarles las más interesantes

curiosidades, los llevaron al campo, donde los cazadores y las bien

industriadas aves de rapiña lucieron su destreza en la cetrería, arte

cultivadísimo en Persia desde los tiempos primitivos de Jemshyd,

fundador del primer imperio.

Todos fueron luego a un parque o coto muy extenso que poseía el rey en

la margen del río, y donde había mucha caza, especialmente de ciervos.

Espantados y perseguidos por los ojeadores, los ciervos pasaron en

manadas por muy cerca de las paranzas donde el rey y los que le

acompañaban se habían puesto a aguardarlos. Así hicieron en ellos no

pequeña carnicería, lanzándoles flechas, venablos y azagayas.

El rey Feridún obsequió por último a sus convidados y a los individuos

de su servidumbre con una exquisita merienda, en la que el guiso que más

agradó fue uno de ánades silvestres en arroz blanco, condimentado con la

picante salsa llamada _curry_. Los almíbares de azahar y de rosas fueron

también muy celebrados. Y los señores principales consumieron en

abundancia el famoso vino de Chiraz a pesar de Mahoma, mientras que la

gente menuda se regaló con _arrack_, bebida fermentada de la India,

harto menos costosa.

Las dos damas fueron muy admiradas y requebradas, rayando en frenesí el

entusiasmo que excitaron, sobre todo hacia el fin de la merienda.

El rey, el príncipe, su hermano, los ulemas y los astrólogos, todos en

suma, apenas se atrevieron a dirigirles la palabra en prosa, sino que

les echaron a porfía mil piropos, ya en versos persas, ya en versos

arábigos, que los señores Vandenpeereboom y Tiburcio se encargaban de

traducir. Porque según la costumbre de aquella tierra casi hubiera sido

desacato o irreverencia hablar en prosa a señoras tan bellas y de tan

alta guisa. Por fortuna no era difícil a las personas elegantes de por

allí hablar siempre en verso, porque la menos instruida de todas ellas

sabia de memoria millares de _kasidas_ y de _gacelas_, apropósito para

todos los casos, y que podían ensartarse unas en otras, como las perlas

en un hilo, por medio de la prosa rimada.

En resolución, los viajeros se divirtieron mucho aquel día y todos

volvieron a bordo muy lisonjeados y satisfechos.

-XV-

Después de la jira campestre y contrariando los planes de Morsamor, su

nave permaneció aún en el puerto de Melinda una semana entera. La carga

y descarga de artículos de comercio y los tratos y contratos que tuvo

que hacer el señor Gastón Vandenpeereboom fueron la causa de tales

estadías.

Llegó al fin el momento de continuar el viaje. Era una hermosa tarde de

otoño, víspera de la salida. Morsamor, Tiburcio, las damas y toda la

tripulación estaban a bordo.

Una almadía, conduciendo gente muy bulliciosa y regocijada, se acercó al

costado de la nave. Uno de los de la almadía pidió permiso para que

visitasen la nave él y sus compañeros.

Componían estos una tropa o cofradía de los derviches místicos,

apellidados _mevlevies_, de que fue fundador y patriarca el ya citado

celebérrimo Chelaledín-Rumí, egregio poeta entre los orientales y

melodioso _ruiseñor de la vida contemplativa_.

Miguel de Zuheros no estaba de muy buen humor y repugnaba recibir a los

derviches; pero donna Olimpia y Teletusa, que habían oído hablar de sus

extravagantes y vertiginosos bailes y del extraño método que empleaban

para llenarse de furor divino y entrar en la vía unitiva, intercedieron

por ellos y consiguieron que subiesen sobre cubierta. Hasta veinte

serían los de aquella tropa, todos vestidos de flotantes y ligeros

paños, todos contentos y satisfechos como quien priva con la divinidad y

de los demás seres del mundo no se le importa un prisco.

Al son de una música muy rara entonaron los derviches algunas de las más

bellas canciones panteísticas de su fundador. Luego tejieron la más

arrebatada y frenética danza que puede imaginarse. Y, por último, cuatro

de los derviches, trompeteros de resuello pujante, hicieron resonar las

_kernas_ de que venían provistos. La danza se precipitó entonces con

rapidez sobrehumana. Verlos bailar causaba mareo.

Aquel espectáculo asustaba más que divertía, pero tenía tan invencible

atractivo que todas las miradas quedaban fijas en los derviches sin

poder apartarse de ellos.

Atronador era el sonido de las _kernas_, trompetas enormes de más de dos

metros de longitud, en figura de serpientes y enroscadas en giro

tortuoso.

--Nadie me quitará de la cabeza--dijo Tiburcio a donna Olimpia, que

estaba a su lado--que si bien la música, como todas las demás artes, ha

adelantado mucho en estos últimos tiempos, todavía hay en ella secretos

misteriosos, descubiertos en las edades primitivas y conservados

ocultamente en los santuarios y en los colegios sacerdotales. Al oír

estas trompetas se entrevé y se adivina la relación, conocida en lo

antiguo y desconocida hoy, entre la música y la arquitectura. Al oír

estas trompetas no parece del todo ponderación, encarecimiento o

milagro, lo que se cuenta de Anfión erigiendo al son de la música las

murallas de Tebas, y lo que se cuenta de Josué derribando las murallas

de Jericó a trompetazos. Tal vez la música del porvenir llegue en

Europa, dentro de cuatro siglos o antes a tener eficacia parecida, mas

por ahora distamos mucho de ello.

Donna Olimpia estaba tan absorta oyendo el trompeteo y contemplando la

danza, que no contestó palabra alguna.

La observación de Tiburcio era, sin embargo, muy atinada aunque

incompleta.

Sin duda aquella música profunda y sabiamente bárbara no estaba sólo en

relación con la arquitectura, no era sólo una fuerza motriz material,

sino que era asimismo un pasmoso vehículo de la fuerza psíquica,

trasmitiendo con el aliento vital por el retorcido tubo de bronce el

deseo imperioso del espíritu. Esto que recientemente han inventado los

hombres y han apellidado magnetismo animal no es más que un leve e

imperfecto atisbo y un ensayo rudo y embrionario, digámoslo así, del

empleo de la fuerza psíquica, que en los venideros tiempos ha de

conocerse mejor y ejercitarse con gran fruto.

Como quiera que ello sea, lo cierto es que aquellos trompeteros o

sonadores de _kerna_ podían ya, por virtud de la ciencia oculta

custodiada en Oriente, emplear la fuerza del alma y producir el letargo

magnético en quien se les antojaba.

No nos maravillemos pues, de que Morsamor, que también veía la danza y

escuchaba el trompeteo, viniese a caer en hondísimo letargo. No hubo

modo de despertarle, y permaneció traspuesto cerca de veinticuatro

horas.

Cuando Morsamor volvió a su acuerdo, la nave estaba en alta mar, lejos

de Melinda, y navegando con viento favorable hacia las distantes playas

de Malabar.

Cuán extraordinaria sorpresa y cuán tremenda cólera no serían las de

Morsamor no bien supo que donna Olimpia y Teletusa, así como sus

escuderos Asmodeo y Belcebú, habían desaparecido, sin que se hallasen en

la nave por más que los habían buscado.

Sin duda, en la tremolina y rebullicio que se armó cuando Miguel de

Zuheros cayó en su hondo letargo, las dos damas y los dos escuderos

hubieron de escabullirse yéndose con los derviches.

Las órdenes de levar anclas y darse a la vela al amanecer habían sido

tan terminantes que, a pesar de lo ocurrido, el piloto no quiso

desobedecerlas. El letargo de Morsamor podía por otra parte terminar en

muerte, y lo más seguro era salir para la India, por no considerarse

nadie a bordo con poder bastante para desembarcar y tomar venganza de

aquel desaguisado, en la suposición de que los derviches o algunas otras

personas tuviesen la culpa de todo.

Interrogado por Morsamor, Tiburcio le dijo:

--De tu letargo, no sé qué pensar. Yo creo que le produjeron las

trompetas mágicas, pero tal vez la intención de los derviches no fue en

tu daño. Y por lo tocante a donna Olimpia y a Teletusa nada tenemos que

reclamar. No ha habido rapto. Ni la violencia ni la astucia han sido

parte en su fuga. Ellas nos han abandonado en el pleno uso y ejercicio

del libre albedrío. De nadie, pues, ni de ellas mismas, podemos

quejarnos. Lee esta carta que me dejó escrita Teletusa antes de partir.

Morsamor tomó la carta y leyó lo que sigue:

«Mi adorado Tiburcio: La fatalidad lo quiere y lo dispone y es menester

someterse a ella. En las entretelas de mi corazón llevo yo pintada tu

imagen con preciosos y vivos colores que nunca han de desteñirse. Estoy

convencida de que no volveré a hallar jamás hombre tan guapo como tú y

que me pete tanto, aunque, como el Infante don Pedro de Portugal,

recorra yo en su busca las siete partidas del mundo. Y, sin embargo,

tengo que abandonarte. Donna Olimpia lo quiere. Seguirla es para mí

deber ineludible. Si ella abandona a Morsamor es porque conoce que, si

bien Morsamor la quiere, Morsamor tiene vergüenza de llevarla en su

compañía. Harto ha notado ella que cuando Morsamor no está bajo el

hechizo de su mirada y recobra la calma y el juicio que le roba la

embriaguez del deleite amoroso, ella, si no es objeto de repugnancia

para Morsamor, es considerada por él como un estorbo y como un

escándalo. No queremos estorbar ni escandalizar y por eso nos quedamos

en Melinda. Hemos celebrado un contrato con el Rey Feridún y con el

príncipe Rustán, los cuales, bajo palabra de honor, corroborada por

solemnes juramentos, nos dejan en completa libertad de largarnos donde

se nos antoje, si dentro de seis meses nos hartamos de ser el adorno y

el esplendor de su corte. Donna Olimpia ha querido que nuestra

separación sea súbita y por sorpresa para ahorrarnos a todos el trance

desgarrador de la despedida. Ella desea que Morsamor alcance grandes

victorias, triunfos y laureles en la India; entiende que para esto

perjudicaría a Morsamor si le siguiese y por eso le deja. Si él por un

lado, ella también separadamente por otro, puede vencer y triunfar sola.

El continuar juntos, dice ella, sería causa de debilidad y a todos nos

dañaría. Ella sola tiene también colosales proyectos. Quiere visitar la

Meca, el reino del Preste Juan, el Egipto, la Tierra Santa y qué sé yo

cuántas otras regiones. Por Dios no tengáis pesadumbre de que nos

separemos de vosotros. La pesadumbre de Morsamor sólo podría nacer, si

la tuviese, de su vanidad ofendida. En el fondo de su alma debe

alegrarse y de fijo se alegrará de verse libre de nosotras. Lo que es tú

bien sé yo que me quieres un poquito y que sentirás algo mi ausencia. No

me olvides. Guarda de mí tan dulce recuerdo como el que yo de ti guardo.

¿Quién sabe? Ya nos volveremos a encontrar algún día. Entre tanto, quede

yo en tu memoria tan gentil y enamorada, como tú en la mía quedas, y ten

por cierto que nunca dejará de amarte tu _Teletusa_».

Leída esta carta, Tiburcio entregó a Morsamor otra que donna Olimpia

había dejado escrita para él. Era esta carta tan elocuente y tan sentida

que no me atrevo a recomponerla aquí, pues no teniéndola a mano tal como

se escribió la falsearía yo y la echaría a perder, recomponiéndola y

ofreciéndola a mis lectores. Baste, pues, que sepan que donna Olimpia se

despedía de Morsamor con inmensa ternura, y tratando de justificar la

separación por ineludible.

Morsamor sintió muy mortificado su amor propio, pero en el fondo de su

alma tuvo que dar la razón a donna Olimpia, y no halló motivo para

quejarse de ella ni de nadie. Sospechó, con todo que el mediador que

había habido entre Feridún y Rustán y las dos aventureras no podía haber

sido otro que el Sr. Gastón Vandenpeereboom, pero disimiló su enojo por

vergüenza y no quiso vengarse, al menos por lo pronto.

-XVI-

El piloto Lorenzo Fréitas dirigió la nave con habilidad pasmosa,

aprovechando la monzón favorable del sud-oeste, y, con mayor rapidez que

la ordinaria, cruzó el Mar de la India hasta hallarse ya, según sus

cálculos, a cuatro o cinco días de distancia del puerto de Goa. Allí

estaba sin duda el virrey Don Duarte de Meneses, a quien Morsamor quería

presentarse, poniéndose a sus órdenes, aunque hubiera preferido que esto

fuera llevándole algún presente y después de haber dado cima a empresas

de importancia y de lucimiento.

Para tratar sobre este punto, Morsamor llamó a consejo una mañana al

piloto Fréitas, al administrador Vandenpeereboom y hasta a Fray Juan de

Santarén y al amigo Tiburcio, con cuyos pareceres quería asesorarse.

Por noticias que en Sofala y en Melinda le habían llegado, Morsamor

sabía que los negocios de Portugal en la India andaban harto revueltos.

Y aunque presentaban mayor peligro que de ordinario, podían también dar

ocasión a grandes triunfos si la destreza y el brio eran secundados por

la fortuna. Tiempo hacía ya que el soldán del Cairo no construía

auxiliado para ello por los venecianos a toda costa en Berenice, puerto

del Mar Rojo, naves con que salir a combatir a los portugueses en el

Golfo de Omán y en lo más ancho del Eritreo, pero habían corrido rumores

de que el régulo de Ormuz se había rebelado, sacudiendo la pleitesía y

negando el tributo que antes pagaba. Asegurábase además, que el gran

turco, a quien arrebataban los portugueses en la India el fructuoso

comercio que hubiera acrecentado y hecho incontrastable su poder, había

alentado, por medio de emisarios secretos, y tal vez con promesas de

auxilio, a varios rajaes o príncipes soberanos indostaníes, mahometanos

unos y gentiles otros, para que contra Portugal se ligasen y armasen.

Alma de esta liga era un marino audaz y experto, llamado Aga Mahamud, el

cual tenía gran crédito y alto nombre, y había llegado a reunir bajo su

mando una poderosa flota de más de cincuenta ligeras y bien artilladas

fustas, sin contar varias galeras, almadías, _zambucos_ y otros pequeños

bajeles, cuyos tripulantes, aunque de diversas razas, lenguas y

creencias, eran todos gente desalmada y fiera, avezada a la mar, sufrida

en los trabajos y despreciadora de los peligros.

No lejos de Diu, florecía entonces, en el fondo de un estero y a orillas

de un río caudaloso, la ciudad de Chaul, emporio del comercio que, para

sustraerse al poder marítimo de Portugal, hacían entonces con la India,

por tierra, Persia y Arabia. Chaul era singularmente famosa como mercado

de caballos, y allí iban a surtirse los grandes señores y príncipes

indianos para remontar su caballería.

Los portugueses habían obtenido del príncipe de Chaul el permiso de

erigir una gran fortaleza no lejos de la ciudad y al borde del estero,

adquiriendo así la llave y el dominio de emporio tan importante.

La fortaleza había empezado a construirse, pero Aga Mahamud había

acudido a estorbarlo con sus fustas, y se decía que se habían dado ya

algunos combates en que no siempre los portugueses salieron bien

librados.

Peligroso era ir allí con una nave sola exponiéndose a un encuentro con

fuerzas superiores enemigas, pero Morsamor, deseoso de señalarse por

actos heroicos, propuso a sus compañeros de navegación y de armas

dirigir el rumbo hacia Chaul y acudir en auxilio de la flota portuguesa

que defendía allí la construcción del castillo y que tal vez en aquellos

momentos estaba sitiada y vigorosamente combatida. Posible era sucumbir

allí con gloria, pero si por dicha se vencía, Morsamor gozaba en

imaginar la brillantez y la pompa de su entrada en Goa ya victorioso y

llevando de presente a Don Duarte treinta o cuarenta caballos árabes y

persas rápidos en la carrera, de pura sangre y de hermosísima estampa.

Habló Morsamor con tanto fuego que logró penetrar y encender con él los

corazones de su pequeño auditorio. El mismo Fray Juan de Santarén hubo

de entusiasmarse y dijo que, dejando por lo pronto los medios de

persuasión, hasta que aprendiese él con facilidad alguna de las lenguas

que por allí se hablaban, empuñaría un arcabuz y transmitiría así sus

creencias a los infieles por medio de terribles lenguas de fuego.

Había recelado Morsamor hallar oposición en el señor Vandenpeereboom,

pero se llevó agradable chasco. El señor Vandenpeereboom siempre con la

fría suavidad y con la lentitud de sus palabras, dijo de esta suerte,

cuando le llegó el turno de hablar:

--En los peligros grandes el temor es casi siempre mayor que el peligro.

Mucho aventuramos, pero, ¿quién sabe? Acaso salgamos bien de la empresa,

y harto se comprende el provecho y la gloria que de ello nos

resultarían. Si somos vencidos, si las fustas de Aga Mahamud echan a

pique nuestra nave ¿qué le hemos de hacer? Morir tenemos, como dicen los

cartujos, y lo mismo es hoy que mañana. Yo aquí, como apoderado

comercial de los señores Adorno y Salvago, sólo debo mirar por sus

intereses. Y para disipar escrúpulos diré que aunque esta nave se hunda

en la mar con toda la riqueza que contiene, si se hunde con gloria y con

la conveniente y debida resonancia, los señores Adorno y Salvago saldrán

ganando y no perdiendo. Esto lo calculamos muy bien antes de zarpar de

Lisboa y por eso se dio el mando militar de la nave a tan atrevido

sujeto como el señor Miguel de Zuheros que está presente. Si a nosotros

nos hacen trizas y si descendemos al fondo del mar a que los peces nos

devoren, los señores Adorno y Salvago se afligirán o supondrán que se

afligen, pero ya tienen echadas sus cuentas y hechos sus cálculos y

sabrán poner alto precio a nuestro heroísmo, impetrando de Su Alteza

Fidelísima honores, mercedes y privilegios muy provechosos. Con que haga

el señor Miguel de Zuheros lo que mejor le convenga, y atrévase a todo,

que por nosotros no ha de quedar.

En vista de tan unánime concordancia de pareceres, Morsamor dispuso que

se navegase hacia Chaul, y así lo hizo Fréitas, con todo el cauteloso

esmero que convenía para esquivar el encuentro de superiores fuerzas

contrarias y para acudir en la más oportuna sazón a dar a los amigos

inesperado socorro.

-XVII-

Al amanecer de un día del mes de Septiembre, la nave de Morsamor se

hallaba a la vista de Chaul, muy cerca de la costa. Densísima niebla

quitaba su transparencia al aire y extendida sobre la superficie del

mar, ofuscaba la vista.

Morsamor y los suyos creyeron oír frecuentes estampidos como de disparos

de bombardas, y hasta imaginaron columbrar el resplandor siniestro que a

los estampidos precedía. Sin temor, no obstante, aunque sí con

extraordinarias precauciones, se fueron acercando hacia donde sonaban

los disparos. No soplaba el viento muy en su favor, pero el piloto

Fréitas y sus ágiles marineros le dominaban y aprovechaban con diestras

maniobras.

A pesar de la niebla, descubrieron de repente un esquife que se recataba

de ellos y procuraba huir. Echaron entonces al agua el de la nave, en el

que izaron la bandera portuguesa, y a todo remo dieron caza y alcanzaron

al que huía. Los que le tripulaban, no bien distinguieron la bandera de

Portugal, trocaron su recelo en alegría y se pusieron al habla con los

de la nave. Pronto el que mandaba el esquife fugitivo subió a bordo de

la nave y llegó a la presencia de Morsamor. Interrogado por él el del

esquife fugitivo habló de este modo:

--Yo, que me llamo Antonio Vaz, y los que vienen conmigo, formábamos

parte de la tripulación de la galera que mandaba Diego Fernández y que

había ido a ponerse a la entrada del estero para impedir que las fustas

de Aga Mahamud penetrasen en él y fuesen a combatir la fortaleza, ya

desde el agua, disparando bombardas, arcabuces y flechas, ya

desembarcando gente a fin de tomarla por asalto, con el auxilio de los

hombres de armas que Hamet, gran enemigo de los portugueses y dominador

hoy en Chaul, ha enviado contra nosotros. Atacada nuestra galera por

cinco fustas de Aga Mahamud había perdido mucha gente. Apenas quedaba

esperanza de salvación. La chusma de forzados, moros y gentiles, que

estaba al remo empezó a rebelarse, gritando en su lengua a los de las

fustas que se acercasen sin temor, que ya poca resistencia hallarían y

que ellos procurarían ayudarlos y salvarse. Entendió el capitán Diego

Fernández las palabras y el traidor propósito de los forzados y cayendo

sobre ellos, porque el cómitre había muerto atravesado por una flecha,

mató con su espada a cinco de los más rebeldes y furiosos. Por desgracia

una gruesa bala de bombarda vino a chocar contra el hierro del ancla que

estaba allí cerca suspendida, y saltando de rebote, dio tan tremendo

golpe en la armadura de acero de Diego Fernández que se la hizo pedazos,

hundiéndole en el pecho algunos de sus punzantes y afilados picos. Diego

Fernández perdió la vida en el acto. A reemplazarle en el mando acudió

oportunamente don Jorge de Meneses. Con él habían venido de refresco

cerca de cuarenta soldados que estaban antes en otro navío. Para que no

desmayasen y se acobardasen a la vista del capitán muerto, don Jorge nos

mandó que le envolviésemos en la manta de un forzado y que le

escondiésemos en el fondo del buque. Así lo hicimos al punto. La

fortaleza entre tanto nos pareció asaltada por la gente de la ciudad que

Hamet había enviado contra ella. Quiso entonces don Jorge dar a la

fortaleza algún auxilio, me consideró más capaz que nadie para tan

arriesgada empresa, recibí sus órdenes y lancé al agua el esquife en que

me habéis visto venir. Dos fustes y algunos pequeños bateles de Aga

Mahamud me cerraron el paso y me impidieron saltar en tierra. No pude

tampoco volver a la galera, porque se interpusieron persiguiéndome. De

ellos venía huyendo cuando me habéis encontrado.

Oída esta relación de Antonio Vaz, Morsamor le animó y le tomó por guía

para que le llevase hacia donde estaban las dos fustas y los pequeños

bateles que le habían perseguido.

Con gran rapidez, en silencio, arriada la bandera, y hasta cierto punto

oculta por la neblina, la nave de Morsamor cayó de repente sobre las dos

fustas, que se habían apartado del grueso de la flota persiguiendo al

pequeño esquife, y echó a pique una de ellas con certeros tiros de su

artillería, que dirigía Tiburcio con tino verdaderamente diabólico.

Pasmados los de la otra fusta y aterrorizados del imprevisto ataque, no

acertaron a huir ni a poner resistencia. La nave se acercó a la fusta y

la gente de Morsamor la entró al abordaje, pasando a cuchillo a cuantos

había en ella. Tiburcio tomó entonces el mando de la fusta apresada.

Morsamor y Tiburcio se apresuraron luego a llegar donde combatían la

galera de don Jorge y el grueso de la flota portuguesa contra las fustas

de Aga Mahamud, en las cuales hizo Morsamor tremendo estrago con la

artillería y arcabucería de su nave, cooperando eficazmente a la

victoria una audaz estratagema de Tiburcio, porque desordenó las fustas

de Aga Mahamud penetrando en sus filas como si su fusta fuese aún una de

ellas y no hubiese pasado a poder del enemigo.

En suma, las fustas de Aga Mahamud tuvieren que retirarse todas con

grandísima pérdida y quebranto, y don Jorge, a hora de medio día hizo

resonar las trompetas y clarines en señal de victoria, si bien no se

resolvió a perseguir la armada de los infieles.

La situación en que estaba la fortaleza le atraía antes que todo. Era

menester libertarla de los sitiadores que Hamet había mandado contra

ella. Y como ya no había que hacer cara a las fustas de Aga Mahamud, los

más aptos y valerosos de los hombres que tripulaban la flota portuguesa

desembarcaron no lejos del castillo, que sólo defendían sesenta hombres,

los cuales, de acuerdo con los desembarcados, a quienes desde las

almenas y saetías vieron llegar, hicieron a tiempo una salida muy

vigorosa, cayendo sobre los sitiadores a quienes los desembarcados

atacaron por el flanco y por la espalda. Al frente de una tropa de más

de cuarenta, entre los que se distinguían Tiburcio dando cuchilladas y

Fray Juan de Santarén animando a los combatientes con oraciones

fervorosas, Morsamor hizo atroz carnicería en los musulmanes y gentiles

de Chaul, que pronto abandonaron el campo y huyeron despavoridos

refugiándose en la ciudad.

Para aterrar a Hamet y a los que en la ciudad le obedecían, don Jorge de

Meneses les envió un presente horrible: cincuenta cabezas de los que

habían muerto atacando la fortaleza y rechazados por él. Amilanado Hamet

y temiendo el incendio y saco de la ciudad y muertes innumerables si era

entrada por asalto, pidió la paz, capituló, y dejó entrar a los

portugueses que de la ciudad se enseñorearon.

Morsamor, cuyo inesperado auxilio había sido parte tan principal en la

victoria, gozó del triunfo a par de don Jorge, siendo vitoreado y

ensalzado por los de la hueste.

El contento de los vencedores llegó a su colmo cuando pudieron

apoderarse, como tributo, de parte de las riquezas allí reunidas y

repartírselas entre todos. Morsamor, persistiendo en su propósito, no

dejó de tomar veinte hermosos caballos ricamente enjaezados, para

llevárselos de presente a don Duarte, cuando se presentase ante él en

Goa, como pensaba hacerlo, con la noticia de aquel triunfo.

-XVIII-

Pronto llegó al puerto de Goa la nave de Morsamor: este y Tiburcio, muy

orondos y satisfechos de la gloria militar que habían adquirido; el

piloto Fréitas no menos pagado del aumento de su crédito como hábil

navegante, y contento el señor Vandenpeereboom de las compras y ventas

que iba haciendo y que pensaba hacer, aprovechándose de los triunfos y

sin perder las buenas ocasiones.

Don Duarte de Meneses recibió con grande aprecio al aventurero

castellano que tan bien le había servido y aceptó gustoso el rico

obsequio de los veinte hermosos caballos.

Por aquellos días todo era júbilo en Goa, porque de Ormuz llegaron

también muy buenas nuevas. Amedrentado el rey rebelde, había entrado en

tratos con los portugueses para entregarles la plaza, pero su visir, que

era un _rumí_, o griego renegado, se puso de acuerdo con la princesa

hija del monarca que había reinado allí en tiempo del grande

Albuquerque. El _rumí_ la tomó por mujer o por amiga y movido por la

ambición y excitado por la princesa, asesinó al rey y se apoderó en

lugar suyo de aquellos Estados. Los portugueses entonces lucharon contra

el usurpador, lograron vencerle y entraron en Ormuz a saco, apoderándose

de un botín espléndido.

Poco después de llegar a Goa la nueva de la victoria de Chaul, llegó

también la nueva de esta victoria.

Goa resplandecía entonces en su mayor auge como centro y capital del

imperio lusitano en Oriente; imperio que se extendía desde Sofala a

Malaca, por todas las costas del Océano Índico y del Golfo de Bengala, y

dilatándose además por muchas islas del mar del Sur, como Ceilán,

Sumatra, Java y las Molucas, donde el rey de Portugal había levantado

fortalezas e imponía tributos.

A Goa acudían agentes o enviados de muchos soberanos a negociar alianzas

y a mendigar el favor y el auxilio del virrey. Los rajaes de Cambaya y

de Narsinga, el samori, los príncipes y sultanes de Aracan, de Bengala y

del Pegu, y hasta el propio shah de Persia, anhelaban la amistad de los

portugueses, les enviaban presentes o les rendían parias.

Los portugueses, sin embargo, no penetraban por punto alguno en lo

interior de las tierras y sólo de la mar eran señores. Carecían de

fuerzas suficientes para hacer incursiones y conquistas en lo interior

de aquellos dilatados países, que seguían para ellos, no sólo

independentes, sino casi desconocidos. Los príncipes y señores

orientales, cuando la victoria encumbraba a los portugueses, se

postraban ante ellos y se les sometían medrosos; pero la sumisión era

insegura y falsa. De aquí que el imperio portugués en la India fuese más

brillante que sólido. Era como árbol frondoso, rico en flores y frutos,

cuyas raíces no penetraban hondo en la tierra y que el ímpetu de los

vientos podía sacar fácilmente de cuajo. Era como la estatua simbólica,

que Nabucodonosor vio en sueños, con la cabeza de oro y los pies de

barro y que una piedrecilla, que de improviso rodó de la montaña,

desmenuzó y redujo a polvo.

Morsamor aplicaba a veces al imperio portugués la visión de este sueño y

algo de la interpretación que el profeta Daniel le había dado.

Los portugueses, con terrible heroísmo, habían hecho y seguían haciendo

_más de lo que prometía fuerza humana_. Espléndidas páginas habían de

dar aún para su historia virreyes tan ilustres como don Juan de Castro y

don Luis de Ataide; pero la piedrecilla había de sobrevenir derribando

por último el coloso y engrandeciéndose luego como ingente montaña que

sobre firme y arraigado cimiento se erguiría sobre la tierra y la

dominaría.

Morsamor se desalentaba al pensar así, no veía plan ni concierto en

todas aquellas bizarrías, ni acertaba a traslucir que pudieran tener fin

dichoso. Sólo veía horrores, estragos y muertes, y volvía a arrepentirse

de haberse remozado y de haber huido del convento. Imputaba luego aquel

arrepentimiento suyo a cansancio y a flaqueza de ánimo. Y entonces

renacía en él el ansia de señalarse y de probar su valor, volviendo a

lanzarse en las más peligrosas aventuras.

Las buenas ocasiones no habían de faltarle. La primera que se le ofreció

fue la de ir a la grande y hermosa isla, donde se crían la canela y el

clavo y abundan las perlas en el mar que la ciñe. Los antiguos griegos y

romanos la llamaron Trapobana, Lanca los indios, los árabes Serendib, y

por último se llamó Ceilán. En sus Costas habían fundado los portugueses

varios fuertes y factorías, desde donde procuraban dominar toda la isla.

Reinaba en ella, sobre la raza indómita y guerrera de los singaleses, un

rey tan valiente como astuto llamado Rayasinga. Lejos del alcance del

poder portugués estaba la capital y residencia de este rey a donde sólo

podía llegarse salvando enriscadas montañas a través de peligrosos

desfiladeros.

Imaginaban los portugueses que aquel reino había sido cristiano en lo

antiguo, gracias a las predicaciones del apóstol Santo Tomás que hasta

él había llegado, pero imaginaban también que el cristianismo de los

singaleses se había pervertido y maleado con el transcurso del tiempo,

turbando la pureza de su doctrina mil absurdas supersticiones. La verdad

era que lo que creían los portugueses cristianismo viciado era la

religión fundada por Sidarta, príncipe de las sakias de Kapilabastu, y

predicada en Ceilán algunos siglos antes de Cristo. La moral de esta

religión no podía ser más santa ni más hermosa, pero su metafísica era

errónea y desconsoladora. En el amor y en la compasión por el infeliz

linaje humano, sin distinción de castas ni de jerarquías, estribaba

aquella moral, pero no tenía un Dios misericordioso. Su Dios, si tal

podía llamarse, era el ser único, infinito e indeterminado en quien todo

cuanto es y en quien todo cuanto puede ser se contiene. El término de la

aspiración, la suprema bienaventuranza de religión tan extraña era

romper el límite que nos separa del todo, y perdiendo tal vez la

conciencia individual, hundirnos en la inmensidad de la sustancia única,

acabada ya la serie de transmigraciones del alma y gozando de inefable

reposo. A tales dogmas, sin embargo, el amor y la compasión prestaban

como ya hemos dicho, una moral muy pura.

Entre la teoría y la práctica hay a menudo gran contradicción y no era

pequeña la del caso de que hablamos. El piadoso rey Rayasinga, con la

aprobación acaso o con la indulgencia al menos del gran sacerdote

Sumangala, había destronado a un hermano suyo, que andaba forajido, y

había envenenado a otro de sus hermanos, reinando así en lugar de los

dos y dando unidad a su reino. Para darle también completa independencia

y gloria combatía con frecuencia a los portugueses. Estos combates,

sangrientos y obstinados, eran estériles siempre. Ni Rayasinga lograba

apoderarse de ningún fuerte de los portugueses, ni estos, salvando las

montañas y atravesando los desfiladeros, llegaban a asediar la capital

de Rayasinga.

Poniéndose a las órdenes de Juan Silveira, que mandaba en Cananor,

Miguel de Zuheros fue a Ceilán a combatir y a escarmentar al mencionado

rey; en varios encuentros que tuvo con sus huestes alcanzó siempre la

victoria y contribuyó no poco a que cansados de luchar por una y otra

parte, se sentasen paces de nuevo.

Morsamor pasó luego a Sumatra y tomó parte en otra expedición guerrera

contra el monarca de Pacen, que los portugueses consideraban intruso y a

quien destronaron dando su trono y reino a un sobrino suyo que había

ganado el favor y auxilio de los portugueses declarándose vasallo del

rey don Manuel.

Alentado con esta conquista del reino de Pacen, en la que tuvo no

pequeña parte, Morsamor se puso a las órdenes de Jorge Brito y fue con

él a una expedición contra el rey de Achin, cuyos súbditos, inquietos y

belicosos, infestaban con sus piraterías aquellos mares.

En balde reclamó Jorge Brito del rey Achin la entrega de mercancías, de

armas y hasta de portugueses cautivos, de que se había apoderado por

sorpresa o aprovechándose del naufragio de dos buques de Portugal en

aquellas costas. Esto dio motivo o pretexto a Jorge Brito para romper

las hostilidades, empeñándose imprudentemente en empresa muy peligrosa.

En dos fustas y con menos de trescientos hombres de desembarco navegó

contra la corriente del río hacia la capital de los achineses. Casi a la

mitad del camino tenían estos una fortaleza, donde había bastantes

arcabuceros y algunas bombardas, cuyos disparos impidieron a las fustas

seguir adelante y mataron a cuatro de los hombres que las tripulaban.

Ansioso Jorge Brito de tomar venganza desembarcó con sus trescientos

soldados, entre los cuales había no pocos ilustres y valerosos

caballeros de la corte del rey don Manuel. Morsamor estaba entre ellos.

Muy reñidos y sangrientos fueron el ataque y la defensa del fuerte de

los achineses, los cuales hicieron vigorosas salidas. En una de ellas

estuvieron a punto de desordenar y derrotar por completo la hueste

lusitana, merced a una inesperada estratagema de que se valieron,

lanzando contra los portugueses una manada de búfalos que tenían

acorralados.

Los portugueses, no obstante, iban ya triunfando de todo. Los sitiados,

casi en fuga, se retiraban al fuerte, y ya Jorge Brito y Morsamor tenían

la esperanza de tomarle por asalto cuando el propio rey de Achin llegó

en defensa del fuerte con más de dos mil infantes, con algunos caballos

y con seis elefantes poderosos adiestrados para la lucha, defendidos por

muy firmes corazas y dirigidos por cornacas hábiles y denodados. Los

portugueses estaban todos a pie. Casi envueltos por tan superiores

fuerzas enemigas, retrocedieron con espanto hacia la orilla del río.

Sólo reembarcándose podían lograr ya salvar las vidas, mas para

reembarcarse era menester, no sólo hacer cara al enemigo, sino tenerle a

cierta distancia durante algún tiempo.

Los valientes caballeros que de esto se encargaron hicieron prodigios

apenas creíbles. En aquel trance murieron más de cincuenta portugueses,

no pocos de ilustre familia y entre ellos el mismo Jorge Brito capitán

de la hueste, y los cinco músicos que siempre llevaban consigo, Porque

gustaba en extremo de que le exaltasen y animasen en el combate cantando

y tocando instrumentos sonoros.

La muerte que amedrantó más a los portugueses fue la de Gaspar

Fernández. El elefante más gigantesco le cogió con la trompa, le tiró

por el aire, y no bien cayó al suelo, le acabó de matar estrujándole el

pecho y rompiéndole el cráneo con sus gruesas patas delanteras.

Morsamor quiso vengar a aquel compañero de armas, que tal vez era el que

más estimaba y quería. Acometió por un lado al elefante y logró derribar

a su cornac hiriéndole de una estocada. El elefante se revolvió contra

Morsamor y le asió también con la trompa. La espada se le cayó a

Morsamor de la diestra; pero, con la rapidez del rayo, y sin dar tiempo

a que el elefante le lanzase o le ahogase apretando, le agarró con la

mano izquierda de una oreja, y desenvainando con la otra mano el

acicalado puñal, que llevaba al cinto, le hundió hasta el puño en la

cerviz de aquella fiera, con tino tan eficaz que en el acto perdió la

vida, cayendo con estruendo por tierra su espantosa mole. Morsamor cayó

también, pero cauto y ligero, no cayó debajo sino encima de su víctima.

Aunque Morsamor se levantó con rapidez, allí hubiera muerto, circundado

de muchos enemigos, si los de la hueste portuguesa, maravillados y

reanimados al ver su hazaña, no hubieran acudido en su auxilio. Aquella

hazaña de Morsamor contuvo el ímpetu de las gentes del rey de Achin y

prestó bríos y dio tiempo a los portugueses para que se reembarcasen, si

bien con lamentable pérdida, no completamente derrotados.

-XIX-

De vuelta Morsamor a Goa para reposar sobre sus laureles, se complació

en ver cundir su fama y crecer el número de sus admiradores, convertidos

muchos de ellos en parciales devotos. La emulación y la envidia hacían

que también sus enemigos se aumentasen. Y a todo contribuía en gran

manera Tiburcio de Simahonda que, menos retraído y mucho más expansivo

que Morsamor, se mostraba por donde quiera y trataba toda clase de

gente. Tiburcio, como en Lisboa, sabía ganar amigos en la India, pero su

buena fortuna con las mujeres y en el juego le creaba muchos envidiosos.

Menester era de toda la prudencia y tino de Morsamor, para evitar riñas

entre dichos envidiosos y los del bando que sin pretenderlo él querían

seguirle y cuyo aparente adalid era Tiburcio. Los más desalmados

aventureros y los menos favorecidos de la suerte, acudían a Tiburcio,

esperando por su medio ganarse la voluntad de Morsamor y embelesados por

lo pronto por el alegre carácter, burlas y chistes de aquel doncel

atrevido.

Francisco Pereira Pestana, gobernador de Goa, recelaba de continuo que

la rivalidad entre la gente que acaudillaba Tiburcio y los que le

envidiaban y odiaban originase desórdenes sangrientos. El más vivo deseo

del gobernador se cifraba en que Miguel de Zuheros y Tiburcio

abandonasen la ciudad llevando consigo a los más turbulentos aventureros

y acometiendo alguna arriesgada empresa de la que tal vez sería lo mejor

que nunca volviesen.

Aunque movido Morsamor de sentimientos contrarios, coincidía con el

gobernador en hallar difícil y enojosa su posición en Goa, ansiando

salir de allí en busca de aventuras, con toda independencia de Portugal

y campando por su respeto.

En tal situación de ánimo y después de aconsejar a Tiburcio que fuese

circunspecto y sufrido a fin de vivir en paz, Morsamor le manifestó el

ansia que tenía de salir de Goa y de buscar honra y provecho por nuevos

y no trillados caminos.

Poco tiempo después de esta confidencia de Morsamor, Tiburcio, que al

principio se había callado, hubo de hacerle el siguiente razonamiento:

--He meditado sobre lo que te trae caviloso y que días pasados me

confiaste. He hecho más: he gustado de tu propósito y he empezado a

abrir el camino para que se logre. Para nosotros siempre será aquí el

peligro mayor que la gloria. Debemos, pues, salir de aquí. Fuera de aquí

el peligro podrá ser grandísimo, pero la gloria estará en proporción y

será también grande. Para que me entiendas bien, te diré el concepto que

formo yo de la tierra en que ahora estamos y de la gente que la habita.

Mi trato con ella y mi facilidad para entender su idioma, hacen que yo

lo comprenda todo con más claridad y exactitud que los portugueses.

Lleno de curiosidad Morsamor, prestó grande atención a Tiburcio que

continuó diciendo:

--Hay en la India muchas y muy diversas naciones, castas, lenguas y

tribus, pero desde hace más de tres mil años, existe en la India una

casta predominante, que se enseñoreó de todo y que supo conservar el

imperio por fuerza, por astucia y por sabiduría. Mucho antes de que

floreciesen Atenas y Roma, mucho antes de que Salomón e Hirán enviasen

sus flotas a Ofir y de que los fenicios fundasen a Cádiz, bajó del

montañoso centro del Asia a las fértiles llanuras que riegan el Indo y

el Ganges, un pueblo nobilísimo e inteligente, valientes guerreros los

más y algunos de ellos inspirados y divinos poetas, que los guiaban y

entusiasmaban. Este pueblo de superior condición redujo a su obediencia

y mandado a los otros pueblos que en la India vivían. Y de allí en

adelante, los guerreros del pueblo conquistador fueron los reyes y los

nobles de la India, y sus poetas o _richis_, convertidos en sacerdotes,

sabios y filósofos, no sólo prevalecieron sobre las naciones

conquistadas, sino también sobre los reyes y los nobles que las habían

sometido. La primitiva y sencilla religión que los _richis_ habían

formulado en sus himnos vino a convertirse en complicadísimo sistema y

en sutil teología, cuyos intérpretes y depositarios fueron los

descendientes de los _richis_ a quienes en el día llamamos brahmanes.

Estos han conservado su poder, sobreponiéndose durante siglos a

interiores rebeldías y a conquistas e invasiones extrañas. Amenazado se

halla hoy este poder por los portugueses, pero sólo en el litoral. Los

sectarios de Mahoma son quienes tierra adentro le combaten. ¿Por qué no

hemos de ir nosotros tierra adentro a promover la rebelión de los

brahmanes y a darles auxilio contra los muslimes?

--¿Qué ganaría yo con eso, interpuso Morsamor, o para mí, o para la

nación a que pertenezco, o para la religión que sigo, aunque pecador y

fraile escapado de su convento?

--Ganarías mucho--replicó Tiburcio--. En primer lugar, combatirías el

islamismo y quebrantarías por aquí el imperio de turcos y de moros, que

han sido hasta ahora los mayores enemigos de nuestra católica España. Y

en segundo lugar, sólo Dios sabe hasta qué extremo de ventura, hasta qué

dichoso y espantable éxito pudieras llegar con tu audacia. Si

consiguieses dar aliento y ayuda a los brahmanes, vencer con ellos el

Islam y restablecer en toda su amplitud el influjo y el imperio de casta

tan inteligente, no lo dudes, los brahmanes, agradecidos, te

reconocerían por nuevo y resplandeciente _avatar_ y harían que por tan

alto carácter, todos los indios te reverenciasen y temiesen. Así acaso

podrías tú más tarde, con habilidad y prudencia, convertir a la religión

cristiana a los que fuesen súbditos tuyos y crear el reino del Preste

Juan, que tal vez no existió nunca sino en la fantasía de los europeos,

o renovarle con mayor esplendor y gloria, dado que existiese en el

centro del Asia antes de que Temugin le destruyera, como sienten algunos

autores. Setenta y dos reyes rendían homenaje, feudo, obediencia y

tributo al antiguo Preste Juan, real o soñado. ¿Por qué habías tú de ser

menos y no tener a tu servicio otros setenta y dos reyes?

--Todo eso estaría muy bien--dijo Morsamor--. Aunque parezca fantástico

e inasequible, yo me siento capaz de todo. Pero, ¿dónde están los

brahmanes que quieran sublevarse y sacudir el yugo del Islam?

--A eso voy--contestó Tiburcio--. Lo dicho hasta aquí es mero preámbulo

antes de entrar en materia. Me han hecho proposiciones para ti y vengo a

comunicártelas. Así como en España, cuando se hundió el Califato de

Córdoba, surgió de sus ruinas multitud de Estadillos, donde alzaron sus

trenes no pocos régulos, aquí también se han formado reinos musulmanes

diversos, que se sostienen aún, a pesar de las sucesivas y pasajeras

invasiones de los mongoles y a pesar de la malquerencia de los sectarios

de Brahma que no han sabido sacudir el yugo extraño. Ahora al cabo

tienen el propósito de sacudirle. En la ciudad santa de la India, foco

ardiente y luminoso de su religión y centro de su antiquísima cultura,

abrigan tan gran propósito. Conspiran para lograrle los brahmanes más

ilustres y algunos _chatrias_ de generoso carácter y de regia extirpe.

No cuentan bastante con el pueblo, ni confían en él considerándole

enervado por siglos de esclavitud y porque además el pueblo no

combatiría para ser libre, sino para sacudir un yugo y someterse a otro

yugo. Los brahmanes esperan con todo que el pueblo combata en favor de

ellos, impulsado por el fanatismo religioso que procuran infundirle. Mas

al principio y para dar el primer golpe, necesitan de un núcleo, aunque

pequeño muy firme, de varones esforzados, de héroes verdaderos, capaces

de exponer la vida en los lances más terribles y de realizar prodigios

de sobrehumana osadía. El núcleo de que hablo sólo puedes formarle tú o

por mejor decir, le tienes ya formado con más de doscientos aventureros

que hay en Goa dispuestos a seguirte a donde quiera que los guíes. La

fama a llevado todo esto hasta la gran ciudad de Benarés. El jefe

supremo de los brahmanes, el sublime y venerando Balarán, alma de la

conjuración, sabe lo que vales y solicita misteriosa y recatadamente tu

auxilio. Para alcanzarle ha venido a Goa en tu busca el sabio brahmán

Narada, confidente de Balarán, que ha hablado ya conmigo y que pide

audiencia para hablarte. Narada, que sabe muchísimas cosas, sabe también

las lenguas latina e italiana y podrá entenderse perfectamente contigo.

¿Quieres oírle y tratar con él de tan importante negocio?

Exaltada la ambición de Morsamor con lo que Tiburcio acababa de

revelarle, se prestó a recibir y a oír a Narada y le aguardó con

impaciencia.

Guiado por Tiburcio e introducido en la estancia de Morsamor, no tardó

en aparecer ante sus ojos el sabio Narada bajo el desarrapado traje de

fakir o penitente vagabundo, a través de cuyo desaliño y de cuyos

miserables harapos, resplandecían la majestad del noble e inteligente

anciano, la despejada tersura de su frente y la limpia nitidez de su

blanca y luenga barba.

Lo que dijo Narada a Morsamor merece capítulo aparte.

-XX-

--El brillo de tu gloria--dijo Narada--ha llegado hasta nuestra santa

ciudad y ha penetrado en nuestros corazones cual rayo de esperanza. Yo

vengo a buscarte para que la esperanza se logre. No; tú no eres para

nosotros un ser humano inferior y de distinta raza. Sin duda eres puro y

legítimo descendiente de egregios hermanos nuestros que, en edad remota,

emigraron hasta las últimas regiones de Occidente desde la verde falda

del Paropamiso. Tu pensamiento y tu creencia coinciden en el fondo con

lo que nosotros pensamos y creemos: son radicalmente iguales: flores de

la misma planta, frutos del mismo árbol. Ideas análogas nacidas en

espíritus de idéntica condición y alta nobleza. No es nuestro Dios como

el de los muslimes, déspota caprichoso y cruel, gobernando a los

hombres, allá en su distante y cerrado cielo, como sultán que se esconde

a los ojos de la vil muchedumbre de sus esclavos, y desde su encumbrado

alcázar con vara de hierro los domina. Nuestro Dios está con nosotros y

en nosotros. Presente por dondequiera, lo llena y lo penetra todo y más

que todo nuestras almas. El alma enamorada que le busca, le halla y le

goza en esta vida mortal. Para nosotros el hombre es divino, porque

nuestro Dios es humano. No pocas veces ha tomado nuestro Dios ser y

forma de hombre en el seno dichoso de una mujer escogida. Nuestros

héroes son _avatares_ o encarnaciones de Vishnú. Crishna es el más

glorioso de ellos y al que más devotamente adoramos. Libertador y

redentor de las almas, las atrae, las enamora y con su hermosura las

cautiva. Bello pastor apacienta su rebaño en la fértil orilla de un río

de aguas limpias y claras y al melodioso son de su flauta danzan en

torno suyo las _gopies_, las _apsaras_ y hasta Sarasvati y las otras

diosas inmortales, humanadas y convertidas por él en lindas zagalas. Tal

es Crishna en la tierra, como genio de paz y de amor, pero el acento

blando de su flauta se trueca en el medroso resonar del clarín guerrero

cuando su paciencia se agota, se despierta en su corazón la ira y se

resuelve a librarnos del tirano Cansia. Terror de muerte invade y hiela

entonces el ánimo de sus enemigos. Así es Crishna en la tierra, como

hombre y viviendo vida mortal. En su ilimitada y superior existencia,

dominador Crishna de los tres mundos, dirige al son de su música el

eterno giro de las esferas celestes que en arrebatada consonancia

producen el perpetuo cambio de luz y tinieblas, en día y en noche, de

alternadas estaciones durante el año, y en ingentes períodos de siglos

desde el renacer del universo hasta su caída, extinción y reposo en el

seno de Brahma. Crishna nos protege, Crishna nos anuncia venturoso

éxito, nos declara que la ocasión es propicia, y nos manda que acudamos

a ti e impetremos tu auxilio para sacudir el yugo de los muslimes. Dos

años ha, Babur, emperador de los mongoles, se apoderó de Lahor desde

donde amenazaba conquistar con rapidez toda la India; pero Babur ha

tenido que abandonar a Lahor para vencer a los rebeldes que pugnan por

desbaratar todo su imperio. Bactra, Kiva, Bokara, y hasta su misma

capital Samarcanda se han levantado contra él. Sus enemigos se conjuran

en su daño por todas las fronteras de sus extensos dominios: los chinos

por el Oriente y por el Occidente los turcos, poderosísimos en el día y

contra los cuales luchan con corta eficacia las naciones europeas,

enflaquecidas por constantes rivalidades y empeñadas hoy en largas

guerras religiosas y políticas. Así el turco, aliviado del temor que

esas naciones debieran inspirarle, puede hacer cara a Babur y a sus

mongoles. Contra ellos se levantan los persas y los pueblos guerreros

del Cáucaso, las gentes de Georgia, de Circasia y de Armenia, y más al

Norte, otro pueblo belicoso recién salido de la barbarie, que vive en

las regiones boreales, límites entre Asia y Europa, y que después de

vencer y de humillar la Horda de oro penetra en Asia anhelando

predominios y conquistas. La ocasión como he dicho es hoy más propicia

que nunca. Para no perderla anhelamos tu auxilio. ¿Nos le concedes?

--Dime cuál es vuestro plan--respondió Morsamor.

--En Benarés--replicó Narada--reina hoy el tirano musulmán Abdul ben

Hixen. Si le destronamos y si logramos enseñorearnos de aquella ciudad,

centro de la cultura y de la religión brahmánicas, no será difícil

promover la sublevación contra los demás príncipes muslimes y crear un

Estado independiente y único, en que prevalezcan e imperen los

adoradores de Vishnú y de Crishna, desde los lagos de Cachemira y las

nevadas cumbres del Himalaya hasta el Kersoneso de oro y hasta el

enriscado promontorio donde se levanta el templo de la diosa virgen

Kumari. Así tal vez podamos fortalecernos y oponer eficaz resistencia a

Babur, si por desgracia reconstituye su imperio y vuelve sobre la India

para conquistarla y asolarla como hace más de un siglo hizo su espantoso

antecesor Tamerlán o Timur.

--Tu proyecto me parece excelente--dijo Morsamor--, pero su realización

harto difícil.

Narada entró luego en pormenores a fin de exponer y de explicar los

medios con que contaba y las probabilidades de buen éxito.

El ambicioso Morsamor se dejó convencer al cabo.

Narada y otros importantes personajes que habían venido con él

disfrazados de fakires, debían servir de guía a Morsamor y a su hueste,

compuesta de 300 aguerridos y audaces aventureros. Irían estos en la

expedición, no sólo impulsados por la esperanza de botín riquísimo, sino

con grandes pagas, de que habían de cobrar por adelantado las de seis

meses. Para esto, para otros gastos de la expedición y para excitar

también la codicia y el celo de Morsamor, Narada entregó a este no corta

cantidad de rupias de oro y además, en un pequeño saco de cuero,

diamantes de Golconda y perlas rubíes de Ceilán, por cualquiera de los

cuales había en Goa joyeros que darían considerables sumas.

Tiburcio, bajo la inspección y dirección de Morsamor eligió a la gente

de leva, hizo el ajuste y enganche y con el mayor secreto lo dispuso

todo para la partida.

-XXI-

Goa era en aquella edad la Síbaris del Oriente, centro de lujo, regalo y

lascivia, donde los vencedores de Adamastor y de todos los genios del

Mar Tenebroso recibían el galardón de sus estupendas victorias. En Goa,

sin duda, hubo más tarde de inspirarse Camoens para imaginar aquella

deliciosa y encantada isla que Venus hizo surgir del fondo del Océano,

cubriéndola de amenos jardines, de fragantes selvas y de limpios y

tranquilos lagos y poblándola de hermosísimas ninfas que, heridas todas

por las ardientes flechas de un ejército de Amores, brindasen mil

deleites a los felices héroes de su poema y se rindiesen a su talante y

deseo. La riqueza y el esplendor de Goa habían atraído a su seno alegres

y lindas mujeres de diversos y distintos países: almeas de Egipto;

cortesanas de Bética, Italia y Grecia; odaliscas de Georgia, Armenia y

Persia, y bayaderas y _devadasis_ de toda la India. Sus variados y

exóticos cantares alegraban los oídos. Sus lánguidos y livianos bailes y

la mórbida esbeltez de sus formas eran encanto de los ojos y dulce lazo

en que los corazones quedaban cautivos.

En medio de tanto deleite, Morsamor se había mostrado impasible,

silencioso y tétrico. Ninguna mujer había logrado prenderle, ni aun con

las ligeras y frágiles cadenas en que donna Olimpia le había prendido.

Al contrario, Morsamor había esquivado cuantos placeres Goa brindaba, y

había mostrado singular repugnancia y disgusto hacia todas aquellas

cantoras y bailarinas, como si recobrasen fuerza sus votos y renaciese

en su espíritu la desatendida severidad del claustro. Las bayaderas de

la India, sobre todo, le inspiraban horror. No sólo para alcanzar los

triunfos que se prometía, sino también para dejar de ver a las

bayaderas, Morsamor anhelaba impaciente salir de Goa. Muy pronto se

cumplió su anhelo; pero antes, movido por sentimientos que llenaban su

espíritu, que le atormentaban y que acabaron por desbordarse, hizo a

Tiburcio, que sobre todo le interrogaba, confidencias que jamás a nadie

había hecho y que en cifra declararemos aquí.

--Un recuerdo penosísimo--dijo Morsamor--se despierta en mí al ver la

danza de las bayaderas y evoca un espectro que dormía desde hace medio

siglo en los abismos de mi memoria, espectro que aparece ante mi

conciencia, afligiéndola y atormentándola. Fue en mi primera juventud,

en la magnífica feria de Medina del Campo. Allí vi y conocí a Beatriz: a

la única mujer que de veras me ha amado.

Tiburcio quiso contradecir a Morsamor en este punto, suponiendo que le

había amado también donna Olimpia, y hasta que doña Sol había estado a

punto de amarle y tal vez le hubiera amado a insistir él con firmeza en

sus pretensiones.

Morsamor no aceptó la lisonja. Harto probaban que lo era el frío desdén

con que le despidió doña Sol y la traidora fuga de la italiana.

--Sí--prosiguió Miguel de Zuheros--, Beatriz es la única mujer que me ha

amado. No era como doña Sol ninguna ilustre y orgullosa dama, ni

siquiera, como donna Olimpia célebre daifa de alto precio; era una

humilde muchacha, nacida y criada entre gente abyecta, sin patria y sin

hogar; hija de una raza maldita y vagabunda, que no hacía muchos años se

había difundido por toda Europa y al fin penetrado en España.

Ignorábanse su origen y su procedencia. Ahora, cuando contemplo a las

bayaderas, me explico de dónde aquella raza procede. Fue de seguro un

pueblo de la India que, huyendo de los estragos que causó Timur, y

aguijoneado por el miedo, llegó hasta los confines occidentales de

Europa. A una tribu de este pueblo, a un errante aduar de gitanos,

pertenecía Beatriz. Era como flor que brota en el cieno. Era como perla

que se esconde en un muladar. Ella me amó con el fervor y la ternura que

hubiera yo querido hallar para mí en el corazón de alguna gran señora o

de alguna princesa. Y yo gocé mal de aquel amor sin llegar a

comprenderle, y le desprecié y me harté de él después de haberle gozado.

La plebeya ruindad de mi enamorada trocó mi afecto y mi gratitud en

vergüenza. Abandonada Beatriz por mí, murió a poco trágica y

misteriosamente. No falté yo a ninguna promesa, porque nada había

prometido. Fueron, no obstante, enormes mi pena y mi remordimiento. Y

más aún, cuando, poco tiempo después, tuve un raro encuentro en Sevilla.

Pasando un día entre la Catedral y el Alcázar se me acercó una vieja y

desarrapada gitana y se empeñó tan obstinadamente en decirme la

buenaventura que no supe negarme a su ruego y le entregué mi mano para

que la examinase. La vieja gitana me dijo:

--En buena hora naciste, gallardo y gentil caballero, si la ambición

satisfecha basta para hacerte dichoso. Las rayas de tu mano me revelan

que ha de favorecerte la fortuna, que has de sobrenadar como el aceite,

que has de llevarte a la gente de calle, y que has de dominar en el

mundo. Pero tu amor se trocará en ponzoña y muerte. Tus amorosas miradas

seguirán aojando y marchitando los corazones como (y aquí bajó la voz la

vieja gitana haciéndola casi imperceptible), como aojaron y marchitaron

el de la pobre Beatricica, que buen poso haya. Perdónete Dios la

desesperación que le ocasionaste y a ella perdone el mal fin que tuvo.

--¡Déjame en paz, maldita bruja!--exclamé yo entonces, retirando mi mano

de entre sus manos.

--La bruja fue Beatricica, y no yo--replicó la vieja--. En sus últimos

días se sospecha que fue al aquelarre, donde la mató el diablo, no sin

prometerle que tú volverías a amarla y a ser suyo, sin ingratitud ni

mudanza. Tú nada has prometido, pero Satanás ha prometido por ti y

cumplirá su promesa.

Dicho esto soltó la vieja una carcajada nerviosa y se alejó

precipitadamente de mi lado. Desde entonces tomé yo el extraño apodo o

sobrenombre de Morsamor.

En balde procuró Tiburcio serenar el ánimo y disipar las melancólicas

aprensiones de su amigo.

--No tienes tú la culpa--le dijo--de que el diablo tentase a Beatricica,

y de que ella se diese al diablo.

--Pero ¿crees tú--dijo Morsamor, en un arranque de escepticismo, porque

era muy escéptico para su época--, crees tú que ande tan suelto el

diablo y que Dios permita que nos tiente y seduzca?

--¡Y vaya si lo creo!--contestó el doncel sutil--. En nada se opone eso

a la bondad divina y a la persistencia del humano libre albedrío. Contra

toda instigación diabólica el cielo presta al hombre fuerza suficiente o

por naturaleza o por gracia.

--¿Qué vale ni qué importa entonces el oficio del diablo?--interpuso

Morsamor con desdeñosa sonrisa.

--Vale e importa--dijo Tiburcio--para que el diablo, aunque no tuerza la

voluntad del hombre ni destruya la responsabilidad de sus actos,

encamine estos actos hacia un fin y según un plan predeterminado, al

cual obedece el diablo muy a pesar suyo y sin el cual no consentiría

Dios que tentase a nadie. Tal, a mi ver, es la utilidad del oficio

diabólico. De donde se infiere que hasta el diablo es útil y dista mucho

de estar de sobra.

A pesar de sus melancolías, Morsamor no pudo menos de reírse de las

extravagantes opiniones de su doncel.

Algo menos preocupado por sus tristes memorias, renovadas en su espíritu

con tanto brío, Morsamor acabó por prepararlo todo, y al fin salió

recatadamente de Goa, acompañado de su tropa y sirviéndole de guía los

fingidos fakires por las más solitarias veredas.

-XXII-

Después de largo y penoso viaje, de noche, desperdigados a fin de no

infundir sospechas y con recato esmeradísimo, fueron penetrando todos en

hipogeo enorme. Era un dilatado y obscuro laberinto, excavado en la

tierra y a trechos en durísimas rocas: admirable labor de la tenacidad,

de la paciencia y del humano esfuerzo: obra cuya antigüedad se contaba

por millares de años.

Por medio de estrechos pasadizos se comunicaban las diversas y numerosas

estancias que allí había. Unas eran cámaras sepulcrales, otras,

viviendas de las personas consagradas al culto y a la custodia de

aquellos sitios; y otras, más recónditas y de más difícil acceso,

escondido depósito y tesoro de preciosos exvotos y de amontonadas

ofrendas. Ensanchado a veces el subterráneo y elevándose su techo a

mayor altura formaba amplias salas, donde se parecía, esculpida en

piedra, la imagen simbólica de alguna de las más veneradas deidades del

panteón brahmánico. La mayor de estas salas era la del hijo de Dasarata,

la de Rama el virtuoso, fiel consorte y vengador de Sita, vencedor de

Ravana y conquistador de Lanka. Pero en medio de aquellas salas y en el

centro de aquel intrincado laberinto, se erguía el grandioso templo

erigido en honor de Crishna. En multitud de gruesos pilares, cuyas

cuadradas bases tenían por pedestal sendas tortugas, se alzaban

monstruosos elefantes, sosteniendo en sus lomos robustos el arquitrabe y

el amplio friso sobre el cual se extendía la plana y sólida techumbre.

En el friso, representados en alto relieve, tosco aunque rico de

inspiración y de carácter, se veían los principales sucesos de la vida

heroica y bienhechora del _avatar_. Notábanse allí sus amores con

innumerable caterva de diosas, ninfas, princesas y zagalas, a cada una

de las cuales se entregó y se unió todo el Dios, desdoblándose y

multiplicándose en idéntica forma y substancia y sin dejar de ser nunca

uno y el mismo, porque toda alma piadosa, encendida en amor divino,

posee a Crishna por completo, como si Crishna y ella fuesen solos o

absorbiesen en su unión cuanto es y cuanto puede ser en los tres mundos.

En el centro de aquel templo fantástico, iluminado por lámparas de

plata, resplandecía la estatua colosal del hijo de Devaki.

Morsamor, conducido por Narada, había admirado todo aquello.

La tropa de aventureros que le había seguido, prestándole omnímoda

confianza, sin saber sino confusamente los peligros que tendría que

arrostrar y los obstáculos que tendría que vencer, para el buen éxito de

la empresa, cuyo fin apenas presumía, se hallaba acuartelada en dos

amplios salones del subterráneo y aguardaba impaciente la hora oportuna

para la acción que debía empeñarse cumpliendo las órdenes de sus

adalides Morsamor y Tiburcio.

Aunque se hallaban bajo tierra, sin que disipase la obscuridad más luz

que la de algunas lámparas, harto bien medían todos el tiempo y

calculaban que era más de media noche. Ningún ruido exterior penetraba

en el oculto lugar donde todos estaban congregados, lugar en que se oían

sus animadas conversaciones, porque nadie les había exigido que callasen

ni que hablasen en voz baja, y donde resonaban, al andar y al moverse

ellos, el ludir y el chocar de las armas que no habían depuesto y que

pronto debían emplear aunque sin saber ni prever el instante mismo.

Entre tanto, en la santa ciudad de Benarés, cerca de cuyos muros se

hallaba el hipogeo, se celebraba, aquella noche, espléndida, alegre y

ruidosa velada: la fiesta más solemne del culto de Crishna. No era la

conmemoración de sus triunfos guerreros, cuando daba muerte a tiranos y

a monstruos, a endriagos y serpientes. Crishna, vencedor y libertador

ya, aparecía precedido de Kureva y de Lakshmi, númenes de la opulencia,

y de Karnala y Smara, númenes del amor. Sobre su pecho resplandecía el

conquistado Samantaka, talismán de todas las venturas. Y Crishna iba

difundiéndolas a su paso por donde quiera; y no había corazón de mujer,

mortal o diosa, que al contemplarle no ardiese en amoroso fuego. Los

Gandarvas descendían del Baikounta o paraíso de Vishnú para cantar sus

alabanzas y las Apsaras para tejer danzas en torno suyo.

Esta serenata y este baile famosos, apellidados la _rasa_, se

representaban aquella noche. En anchas plazas bailaban lindas bayaderas.

La circunstante y bulliciosa muchedumbre gozaba en mirar y aplaudía con

locura. En la alucinación del entusiasmo, tal vez imaginaba que todos

los seres inmortales acudían a ver la velada y a honrarla con su

presencia. Desde el fondo del Océano, desde el ardiente centro de la

tierra, desde las crestas nevadas del Himalaya y desde las serenas

profundidades del éter luminoso, acudían Varuna, Agni, cuantas son las

inteligencias que mueven las esferas celestes y guían a los astros en su

curso, y el propio Indra, cabalgando en el pájaro Garuda, y no ya con

rayos en la diestra, sino con aljófares y flores, que así él como las

otras divinidades derramaban a manos llenas sobre la muchedumbre devota.

En la conjuración se había guardado profundo secreto. Nada sospechaba

Abdul ben Hixen. La mayoría de su gente de armas, aunque era de

muslimes, discurría por la ciudad, sin cautela ni reparo y se divertía

en la fiesta, requebrando a las mozas y retozando también con ellas. El

sultán, no obstante, se hallaba encastillado en la fortaleza, en cuyo

centro se levantaba el regio alcázar. Allí vigilaba siempre por su

autoridad y su dominio lo más aguerrido y selecto de sus guerreros. Su

guardia se componía de más de mil veteranos fieles, diestros en el

manejo de las armas.

Dos horas antes de que amaneciese, Morsamor y Tiburcio se pusieron al

frente de los aventureros que habían traído, los sacaron de aquel a modo

de encierro en que se hallaban, y guiados por dos jóvenes brahmanes,

caminaron largo rato por un extenso pasadizo del subterráneo hasta

llegar a un punto donde había una fortísima compuerta de madera y de

hierro, horizontalmente colocada en la techumbre, hasta la cual se subía

por una escalera de piedra. Al empuje de algunos hombres forzudos se

levantó la compuerta, a pesar de la tierra y las hierbas que la cubrían

y ocultaban, y se dejó ver el cielo sin luna y sólo débilmente iluminado

por el pálido fulgor de las estrellas que a trechos entre obscuras nubes

lucían.

En hondo silencio y procurando no hacer ruido, los aventureros todos

fueron saliendo del subterráneo, encontrándose en un parque espacioso,

dentro de los muros de la misma fortaleza y contiguo al alcázar donde el

sultán habitaba.

La hueste de Morsamor buscó la mayor obscuridad, bajo las copas de

algunos corpulentos árboles, para recatarse de los que pudieran estar

vigilando y no ser vista ni sentida hasta que a una señal, que aguardaba

con impaciencia, pudiese caer sobre los enemigos descuidados.

No llevaba la hueste de Morsamor armas de fuego, poco usadas y nada

portátiles todavía. Los aventureros vestían coraza o cota de malla e

iban armados, de espada todos, y unos de flechas, y otros de picas y

venablos.

A pesar de que en la fortaleza se ignoraba el oculto camino por donde en

ella se podía penetrar y a pesar del descuido de la guarnición, la

empresa de Morsamor estuvo a punto de malograrse.

Un viejo jardinero que andaba en vela y que tenía ojos de lince, vio con

asombro que se abría el seno de la tierra y que surgía gente armada por

la abertura. Al pronto acudió a dar aviso al capitán de una parte de la

guarnición que se abrigaba en ancha sala de armas del piso bajo del

alcázar. En seguida los muslimes se apercibieron a resistir y a acometer

a los intrusos. El jardinero indicó dónde estaban, y con no menor

sorpresa y asombro los vieron los muslimes, a pesar de la obscura

frondosidad en que ellos se encubrían. Sonaron entonces los clarines y

cundió la alarma por todo el parque y el alcázar. A la entrada de este y

en algunas de sus ventanas, había mosquetes, puestos sobre firmes

horquillas y previamente cargados. Los mosqueteros encendieron las

mechas valiéndose del eslabón y el pedernal que en los esqueros

llevaban.

Abdul ben Hixen se alzó con sobresalto de su lecho, se vistió, se armó y

se dispuso al combate.

Por dicha para Morsamor, casi en el mismo punto se oyó la señal que

esperaba: era el sonido de las trompetas, avisando la sublevación de la

ciudad, donde la plebe amotinada combatía ya e iba venciendo a los

musulmanes.

La señal inspiró a Morsamor ánimo y confianza, pero era indispensable

vencer en la fortaleza para obtener el triunfo. Si el sultán vencía y

caía con su tropa sobre el pueblo, todo estaba perdido.

Las bombardas y falconetes que guarnecían la muralla, aunque puestos

sobre rudos encabalgamientos o cureñas, y nada apropósito para que la

puntería fuese certera, podían barrer la turba de amotinados que se

arrojase al asalto de la fortaleza, circundada de foso profundo.

El sultán hubiera podido también lanzar contra la ciudad la caballería

selecta de los guardias de su persona, que eran cerca de doscientos, y

ocho terribles elefantes para la pelea y dirigidos por hábiles cornacas

negros.

Esto fue lo primero que logró evitarse merced a un dichoso golpe de

mano. A las órdenes de Tiburcio, Morsamor destacó cien hombres de los

más audaces, que con astucia diabólica lograron penetrar en el apartado

edificio donde se guarecían caballos, elefantes, cornacas y guardias.

Ningún aviso había llegado hasta allí. Sin sospecha ni recelo, dormían

todos. Y si bien acudieron a las armas y procuraron defenderse, fue con

tal aturdimiento y desorden, que les valió de poco. Con escasa pérdida

de la gente que Tiburcio capitaneaba, muchos de los guardias fueron

muertos. Otros se rindieron, depusieron las armas y se dejaron encerrar.

Los caballos y los elefantes cayeron también en poder de la gente de

Morsamor y quedaron custodiados en los establos, cobertizos y anchos

corrales en que estaban. Todo esto, no obstante, no le consiguió sin

prolongada lucha. Tiburcio y su gente no pudieron, pues, acudir en

auxilio de Morsamor, empeñado en no menos ardua empresa, que las

circunstancias hicieron harto más difícil.

Aunque eran pocos los mosquetes, que podían dirigirse para dentro del

parque, por donde no se preveía ataque alguno, y aunque estaban

manejados por mosqueteros torpes, sin conocimiento práctico de aquellas

armas, todavía hicieron algunos disparos sobre los guerreros de

Morsamor, causándole cerca de treinta bajas entre muertos y heridos.

Lejos de arredrarse con esto, el denuedo de Morsamor y de los suyos

creció con la cólera y con el deseo de venganza.

En una salida que el sultán hizo del alcázar con la gente que tenía

cerca de sí, el sultán fue rechazado y tuvo que hacer cerrar rápidamente

la puerta para que los enemigos no penetrasen en pos de él dentro del

alcázar.

Aprovechó Morsamor aquella retirada y el desaliento que había infundido

en la guarnición que estaba fuera defendiendo el parque, para caer con

todos los suyos, en buen orden y con embestida furiosa, sobre la gente

que defendía la puerta de la fortaleza que daba a la ciudad y en la que

había alzado un firme y ancho puente levadizo que hacía practicable el

hondo foso.

Morsamor peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda · 第 11 / 14 题