Las aventuras

-I-

En el año 1521 era Lisboa la más espléndida, animada, pintoresca y

original ciudad de Europa. Fundada sobre varias colinas, se extendía ya

por la margen derecha del Tajo, siguiendo su curso hacia el mar. Los

palacios y jardines de dicha margen hacían delicioso el camino que iba y

va hasta el sitio donde el rey D. Manuel el Dichoso había erigido

graciosa y elegante torre, en conmemoración de que allí se embarcó Vasco

de Gama para ir por vez primera a la India, y no lejos el magnífico

templo y claustro de Belén, obra de singular y bellísima arquitectura.

Frente del más populoso centro de la ciudad, en la opuesta orilla del

río, se alzaba la villa de Almada, sobre enriscado promontorio. Y desde

allí, mirando en dirección contraria a la que trae el agua, esta se

extiende y la orilla se aleja, formando una extensa y grandiosa bahía,

capaz de contener entonces todos los barcos de guerra y de comercio que

surcaban los mares.

Aquella bahía estaba concurridísima. En ella había naves inglesas y

francesas, de Holanda y de las ciudades anseáticas, de Aragón y de

Castilla, de Génova y de Venecia y de otras Repúblicas y principados de

Italia. Todas acudían allí para traer telas, alhajas, primores y otros

objetos de arte producto de la industria europea, conque satisfacer el

amor al fausto de los portugueses, y para llevar, en cambio clavo y

pimienta, perfumes de Arabia, canela de Ceilán, sedas y porcelanas del

Catay, marfil de Guinea, alfombras de Persia, chales y albornoces de

Cachemira, perlas, diamantes y rubíes de las montañas y de los golfos de

la India, bambúes y cañas y tejidos de algodón y de nipa de Bengala,

monos, papagayos y otras aves de vistosas plumas, y mil exóticas

curiosidades del extremo Oriente.

La muchedumbre de hombres y mujeres que hervía en los muelles y paseos,

calles y plazas de Lisboa, tenía extraño y pasmoso aspecto por la

variedad de sus rostros, de sus trajes y de los idiomas que iban

hablando. Por donde quiera se notaban movimiento y bullicio, pero más

que en ninguna parte en la Calle Nueva y Plaza del Rocío, donde estaban

las tiendas de los más ricos mercaderes, y a lo largo de la orilla, casi

hasta Belén, donde a la par de las quintas y de los parques había

grandes almacenes o depósitos para las mercancías que se embarcaban o

desembarcaban. Millares de esclavos negros, empleados en las faenas del

puerto y en otros trabajos, discurrían solícitos por donde quiera.

Marineros, soldados y hombres y mujeres del pueblo, paseaban o formaban

grupos para charlar y reír, tratar de amores o promover pendencias.

Entonadas hidalgas, ya caminasen a pie ya a las ancas de una mula que

montaba y dirigía respetable escudero, ya en soberbios y dorados

palanquines, solían llevar lucido séquito de dueñas, lacayos y pajes

para mayor autoridad y decoro. Los magnates y señores ricos se mostraban

cabalgando en hermosos caballos con ricos jaeces y con numerosa comitiva

de criados y familiares de sus casas. Y el Señor Rey, que gustaba como

nadie de la pompa y del aparato, salía con frecuencia en público

formando con su lujoso y raro acompañamiento una procesión admirable. No

semejaba el monarca portugués, príncipe de Europa, sino déspota

oriental, soberano de cuentos de hadas o de _Las mil y una noches_,

merced al brillo y al lujo que le circundaban. Le precedían a veces

elefantes y rinocerontes, domadores que llevaban serpientes y tigres

domesticados, y el rey iba a caballo, en medio de los más brillantes

señores de la corte, sus favoritos y validos, todos con muy elegantes y

vistosas ropas y con airosas y blancas plumas en los birretes. Don

Manuel, que era regocijado y festivo, también se hacía acompañar a

menudo de juglares y bufones, que le divertían con sus chistes y burlas,

y casi nunca prescindía de los músicos, que iban tocando sonoros

instrumentos, anunciando así que el rey venía y alegrando los sitios por

donde transitaba.

Todo era animación y movimiento, todo alborozado y estruendoso júbilo en

Lisboa, en la hermosa mañana del día del Corpus de aquel año de 1521, en

que el rey Don Manuel cumplía los cincuenta y dos de su edad, celebrando

con gran pompa su natalicio.

Terminada además la soberbia fábrica del templo de Belén, el monarca

lusitano le abría y le mostraba por vez primera a su pueblo haciendo

cantar en él un solemne _Te Deum_.

Su alteza, acompañado de su tercera mujer, la reina Doña Leonor, hermana

del César Carlos V, con más ricas y pomposas galas que nunca y

circundado de brillante y vistosa comitiva, había acudido a la iglesia

para presenciar la ceremonia religiosa y darle mayor lustre.

Aunque el templo es espacioso, sólo se había permitido entrar en él a

los convidados; porque si hubiera tenido franca entrada la muchedumbre,

no pocos se hubieran maltratado allí dentro, a causa de los miles y

miles de personas que habían venido a la fiesta, no sólo de Lisboa, sino

de otras ciudades y villas de Portugal y aun de reinos extraños.

La muchedumbre, pues, se agitaba y bullía fuera del templo,

extendiéndose a un lado y a otro hasta la misma orilla del Tajo como

enorme mosaico de cabezas humanas.

La mayor parte de la gente estaba a pie, si bien a trechos descollaban

no pocas personas montadas en caballos y en mulas o levantadas en sillas

de manos por esclavos o sirvientes.

A la puerta del santuario, en el atrio y también a la puerta del

convento, guardaban los caballos de los reyes y de su séquito,

custodiados por pajes y lacayos y por buen golpe de lanceros de la

guardia del Rey.

A pesar de los mil murmullos y gritos de tan gran número de gentes, que

reían, chillaban, hablaban o disputaban, el majestuoso sonido del órgano

y el canto sagrado de los frailes, repercutiendo en las altas bóvedas

del templo, salía a veces de él y se difundía en ráfagas sonoras sobre

los asistentes que se hallaban más cerca.

Apenas estaría mediada aquella fiesta, que parecía absorber enteramente

la atención del pueblo, cuando sobrevino algo que distrajo dicha

atención, excitando la curiosidad general.

Por el camino de Lisboa, y abriéndose paso por entre el apiñado gentío,

aparecieron en sendos y magníficos caballos, ricamente enjaezados, dos

muy lozanos caballeros, bizarramente vestidos de gala.

Parecía uno de ellos hombre de veinticinco años de edad, de barba y ojos

negros, airoso talle, anchas espaldas, robustos hombros y rostro

hermosísimo. En todo él había además algo de noble, raro y peregrino,

como procedente de tierras extrañas, y en el gesto y en los ademanes un

no sé qué de soberbio e imperativo que infundía involuntariamente

respeto.

Era el otro jinete mozo barbilampiño. Su blanco y sonrosado rostro, sus

ojos azules y los rubios cabellos que coronaban su cabeza, cubierta de

un lindo birrete de velludo blanco, por bajo del cual caían dichos

cabellos en rizadas ondas de oro, casi hubieran dado al gentil

extranjero la apariencia de una disfrazada andante damisela, si no

hubieran mostrado que era muy hombre, la energía insolente de su mirar,

su briosa apostura y el desahogo y la destreza conque manejaba y

dominaba su fogoso caballo, que retenido por él hacía piernas, se

encabritaba impaciente y tascaba el freno, cubriéndole de espuma.

Entre la plebe, las personas curiosas se preguntaban unas a otras

quiénes eran aquellos dos galanes. Y como no faltó allí quien ya los

hubiera visto, en la gran posada de la Calle Nueva, donde ellos habían

venido a parar y donde habían declarado su condición y sus nombres,

pronto pasaron estos de boca en boca, y por donde quiera se oía decir:

--Esos son dos ricos y elegantes aventureros de Castilla; el más granado

se llama Miguel de Zuheros, por sobrenombre Morsamor; y el jovencito,

que es su doncel, se llama Tiburcio de Simahonda.

-II-

La función de iglesia llegó pronto a su término. Los soldados de la

guardia empezaron a abrir calle, a fin de que la regia comitiva pudiese

pasar holgadamente por entre la muchedumbre que a un lado y a otro se

apiñaba, procurando cada cual ponerse delante para ver y acaso para ser

visto del Rey, de la Reina o de los señores y damas de la corte y

alcanzar de alguno de ellos un saludo o una amable sonrisa.

Miguel de Zuheros y Tiburcio no se hallaban por dicha muy lejos de la

calle que se iba abriendo, y como estaban a caballo bien podían verlo

todo por cima de las cabezas de los que estaban a pie. Así es que no se

molestaron ni se movieron para buscar mejor sitio, como si se

avergonzasen de mostrar curiosidad plebeya.

No salió el Rey por la puerta del templo, sino por la del atrio cercado

de magnífico claustro, donde habían montado a caballo él y cuantos le

acompañaban.

Cuando la lucida cabalgata apareció ante el gran público, la admiración

general dio muestras de sí en murmullos, exclamaciones y vítores.

Aquello era verdaderamente espléndido: un derroche de sedas, randas,

plumas, oro y pedrería. Los caballos, magníficos; vistosos, los arreos.

Los rayos del sol refulgente herían el bruñido acero de las armas, las

joyas, los metales preciosos y los áureos bordados, deslumbrando todo la

vista con fúlgidos destellos. El Rey llevaba aquel día el _bonete_ y el

estoque de honor, que le había regalado el Padre Santo y que sólo sacaba

en las más solemnes ocasiones. La Reina Doña Leonor, muy bizarra y

lujosamente vestida y tocada, cabalgaba a la derecha del Rey. Les

seguían y lo circundaban las principales damas de la corte y muchos

egregios personajes del reino, ilustres por su nacimiento o por armas y

letras.

El hermano Tiburcio, convertido en escudero o doncel, era un prodigio

para enterarse de todo a escape. No sabemos, si sólo por naturaleza o

por virtud de la magia que había estudiado, gozaba de pasmosa aptitud

para averiguarlo todo; para reconocer a los sujetos notables, aunque

nunca los hubiese visto; y para narrar la historia de cada uno hasta en

sus más insignificantes pormenores. Además de esta habilidad, poseía

otra más rara aún, que en lo sucesivo valió de mucho a su señor, Miguel

de Zuheros. Tiburcio de Simahonda era, en aquella edad, aunque en grado

más eminente, lo que ha sido en la nuestra el célebre Cardenal

Mezzofanti. Ya fuese empleando un método ingenioso y secreto o caminando

por ignorados atajos, ya fuese por preciosa capacidad nativa, ello es

que Tiburcio a los dos o tres días de oír hablar cualquier idioma, se

penetraba de su organismo, se enseñoreaba de sus formas y leyes

gramaticales, atesoraba en su feliz memoria cuanto había de esencial y

de radical en su léxico, y se soltaba a hablarle correcta y lindamente y

con muy buena pronunciación, como si no hubiera hecho otra cosa en toda

su vida.

Al notar Miguel de Zuheros lo mucho que sabía su doncel, en apariencia

con tan poca edad que apenas le apuntaba el bozo, se daba a sospechar si

sería más viejo que él y si estaría como él remozado o si de cualquiera

otra suerte habría vivido largas y sospechosas vidas anteriores. Miguel

de Zuheros, sin embargo, no persistía en cavilar sobre estas cosas

cuando notaba la sencillez y la naturalidad con que Tiburcio, sin hacer

gala de su ciencia, la mostraba si era menester, y afirmaba haberla

adquirido por medios y caminos, no raros y reprobados, si no lícitos y

vulgares.

En aquella ocasión Tiburcio dio pruebas de lo bien que se enteraba de

todo, señalando a su señor los más conspicuos caballeros y las más

garridas damas, que en aquella procesión se parecían, y diciendo sus

nombres, sus cualidades y su historia.

Nadie llamó tanto la atención de Miguel de Zuheros, como una dama muy

hermosa y muy joven que iba cerca de la Reina.

--Esa es--dijo Tiburcio--la señora doña Sol de Quiñones, íntima amiga y

favorita de la Reina, y nieta de aquel famoso y enamorado D. Suero que

sostuvo el Paso honroso en el puente de Órbigo. Ya ves que es muy bella.

Su beldad, no obstante, queda eclipsada por su discreción, por su

talento, por sus virtudes y por la ingenua candidez de su carácter.

Cuantos la tratan se prendan de ella y se hacen lenguas en su elogio.

Al contemplar tanta pompa y hermosura, Miguel de Zuheros sentía viva

impaciencia de darse a conocer y de ser presentado en la corte. Pensando

en cómo lo conseguiría de la manera para él más favorable, vio pasar la

comitiva toda.

Aún salía mucha más gente del templo, y nuestros dos aventureros

permanecieron parados para verla salir.

Ya de los últimos, apareció un pequeño grupo que montó a caballo a la

puerta del templo y que pasó muy cerca de Miguel de Zuheros, excitando

su curiosidad. Tiburcio la satisfizo diciéndole:

--Esos dos galanes, que van como cautivos al lado de las damas, son

Pedro Carvallo y Ramón de Acevedo, valientes soldados de fortuna ambos,

que han vuelto de la India con más oro que pesan. La graciosa morenita,

que ríe a carcajadas y se zarandea y se mueve come si estuviera hecha de

rabillos de lagartijas, es la muy ponderada ninfa gaditana, conocida ya

en gran parte del mundo, con el extraño apodo que su compañera le ha

dado. La llaman Teletusa la Culebrosa, en conmemoración de la Teletusa

antigua y clásica, a quien celebra Marcial en uno de sus epigramas por

lo bien que bailaba, repiqueteaba las castañuelas y hacía otros

primores. La principal figura del grupo, y por serlo la he dejado para

lo último, es nada menos que donna Olimpia de Belfiore, una de las más

artísticas, hermosas, sabias y elocuentes mujeres, que ha producido

Italia en nuestros días, en que renacen, más allí que en otras regiones,

la antigua cultura greco-romana y las ciencias y artes de amor, de paz y

de guerra. Atraída donna Olimpia por la trascendente fama del esplendor

y de la riqueza de esta capital, ha venido a ella, hará dos semanas, en

compañía de su amiga y en cierto modo discípula, la de Cádiz, a quien ha

dado el nombre que ya te he dicho de Teletusa. Porque es de saber, que

la tal donna Olimpia, lejos de ser una hembra adocenada, tiene

portentoso ingenio y despunta por su mucha doctrina. En Italia la

celebran de _mirabilmente colta_. Sabe latín como Nebrija; sabe también

algo de griego; ha leído los poetas e historiadores antiguos y clásicos

y los de su patria, y entiende tanto de cuanto hay que entender, que

pasa por un Pico de la Mirándola o por un Fernando de Córdoba, con

faldas.

A este punto de su perorata llegaba Tiburcio, cuando donna Olimpia y los

que le acompañaban pasaron casi tocando con Miguel de Zuheros, el cual

pudo ver bien y de frente a la dama. Estrella de amor le pereció y de

primera magnitud y deslumbrante brillo. Sus cabellos relucían como oro

candente, suponiéndose que se los adobaba y doraba con cierta loción

cosmética de muy pocos conocida, y usada también por la famosa Lucrecia

Borgia, Duquesa de Ferrara. Tanto hubo de ser así que no faltó en aquel

tiempo quien asegurase, que el precioso rizo que tenía Pietro Bembo en

el principio de su ejemplar de Lucrecio, donde está la invocación a

Venus, rizo que se conserva aún en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, no

era de la Duquesa de Ferrara, sino de la tal donna Olimpia. Sea de esto

lo que se quiera, lo que nos importa añadir aquí es que el aspecto,

ademán y entono de donna Olimpia estaban llenos de reposada majestad. De

sus años no sabemos qué decir. Como las deidades mitológicas, como los

seres inmortales, su edad era problemática; era casi un misterio. Se

diría, no obstante, que aquel astro culminaba entonces en el meridiano

de su belleza y de su gloria. Sobre la hacanea torda en que iba y

sentada sobre blandos cojines en elegantísimo sillón o jamugas, semejaba

una emperatriz en su trono.

Al encararse con Miguel de Zuheros, mirándole de frente, le hizo bajar

los ojos deslumbrado por la viveza de aquel mirar y por la fuerza

magnética de aquellos ojos verdes o glaucos como los de Minerva, Medea y

Circe, y que podrían compararse a dos esmeraldas ardiendo en llamas.

Donna Olimpia era alta y bien formada, pero, más que esbelta, amplia y

exuberante sin perder la gracia y el hechizo, como las ninfas y diosas

que pintaba Tiziano Vecelli.

Cuando pasaron los del grupo, Tiburcio prosiguió su arenga diciendo:

--Esta donna Olimpia es un prodigio singular. Se ignora la edad que

tiene. Quizá sea como la hechicera Arleta, que se disfrazaba de moza y

enamoraba y seducía a todos los hombres. Su hermosura, sustancial o

aparente, no se puede negar. Tiziano, no hace mucho tiempo, se complació

en retratarla en un cuadro delicioso. Ella está figurando a Venus, con

la ligereza de ropas que tal figuración requiere, pero en su soberbia

cabeza lleva el morrión penachudo, y a sus pies tiene por tierra la

truculenta espada de Marte. Por dichas prendas, que le ha entregado el

Dios de la guerra que está allí contemplándola en éxtasis, le entrega

ella un travieso amorcito, que tiene cogido por las alas y que ha sacado

de una jaula, donde quedan aún presos otros varios hermanos suyos.

Paréceme, señor Miguel, que no os disgustaría que os regalase o vendiese

donna Olimpia alguno de los mencionados hermanos.

Interpelado así bruscamente, contestó Miguel de Zuheros:

--Déjate de eso ahora. En asuntos más graves debemos ocuparnos y más

gloriosas empresas nos conviene acometer. Dime, sin embargo, pues no te

niego que soy curioso, algo más que sepas de donna Olimpia.

--Poco más puedo contarte. Si hemos de creer lo que ella refiere, no ha

habido, en lo que va de siglo, mujer más victoriosa. A sus pies han

estado príncipes y duques, guerreros invictos, acaudalados mercaderes y

laureados poetas como Ludovico Ariosto, Fracastoro, el Aretino,

Sannazaro y muchos más cuyos nombres no acuden a mi memoria. En cierta

farsa o representación alegórica, en el palacio de Alejandro VI, hizo

una vez la figura de la Justicia, con la balanza en su fiel, pesando

méritos y repartiendo premios según a cada uno le tocaba. Se cuenta, por

último, que donna Olimpia, allá en su primera mocedad, se lució una vez

en la academia platónica de Florencia, pronunciando un sublime discurso

sobre el amor, que oyó Marcilio Ficino, ya viejo, y quedó embelesado de

oírle.

--Vamos, vamos, no me cuentes más de esa mujer. Basta con lo que has

dicho para comprender que es la más desvergonzada de las aventureras.

Terminada aquella conversación, Miguel de Zuheros y su doncel soltaron

las riendas a sus caballos, y a buen trote, y buscando rodeos para no

tropezar con la muchedumbre que atajaba el paso, se dirigieron a la

Plaza del Rocío, para ver de nuevo la procesión o pompa regia, que debía

pasar por allí. En seguida, según estaba anunciado, la procesión subiría

a iglesia del Carmen, edificada sobre un cerro, que domina dicha plaza,

y donde se ven y persisten aún sus ruinas, después del terremoto

horrible que la destruyó en 1755.

En la iglesia del Carmen se venera una imagen de la Virgen de los

Dolores, de quien era el Rey muy devoto y a quien iba a presentar rica

ofrenda y a dar fervorosas gracias por los recientes triunfos que las

armas portuguesas habían alcanzado en Ceilán y en otras islas más

remotas.

-III-

La procesión iba con tanta pausa, que Miguel de Zuheros y Tiburcio no

tuvieron que apresurarse para llegar a la Plaza del Rocío antes de que

la procesión llegara.

Poca gente había aún en dicha plaza, en uno de cuyos ángulos se pararon

nuestros aventureros. Todo en torno estaba sosegado. El escaso público

hablaba en voz baja y hacía poco ruido, pero de súbito todo cambió de

aspecto, levantándose allí cerca furioso tumulto. La gente se agolpaba a

donde el tumulto había empezado: unas personas para tomar parte en él y

por curiosidad otras. Un anciano de venerable aspecto, de blanca y

luenga barba, vestido de negro a la italiana, y acompañado sólo de otro

de menos edad, que parecía ser su familiar o secretario, estaba rodeado

de hombres y mujeres del pueblo, de esclavos negros y de muchachuelos

vagabundos, que en ademán hostil le insultaban y amenazaban a gritos,

llamándole marrano, enemigo de Cristo y perro judío.

Sin provocar más la furia del populacho, y sin tratar tampoco de huir,

el anciano miraba con serenidad y calma a los que le ofendían,

manifestando en sus miradas, no indignación, sino dulce y resignada

tristeza.

Aquel grave modo de sufrir la injuria, así como el valor pasivo de que

el anciano daba pruebas, contuvieron por algunos momentos la furia del

populacho. Los gritos no obstante de perro judío y de marrano, que los

más desaliñados y maleantes no se cansaban de repetir, sobreexcitaron

las malas pasiones. Todavía quedaba alrededor del denostado, un claro o

vacío no pequeño; pero el círculo se iba estrechando, y era de temer,

era casi seguro, que pronto las ofensas de palabra iban a convertirse en

rudas ofensas de hecho. Ya algunos pilletes y mujercillas habían

disparado contra el anciano desperdicios de berzas y frutas, y alguien

también había escupido sobre él, aunque sin tocarle.

Un mulato, el más insolente de la chusma, avanzó hacia el anciano con la

mano levantada como para darle en el rostro. El anciano permaneció

impasible e inmóvil, apoyado en la larga bengala que le servía de

báculo; pero su secretario o familiar, más joven y robusto, perdió

paciencia, se interpuso, hizo cara al mulato y le sacudió tan fuerte

puñetazo, que lo derribó por tierra.

La ira popular rompió entonces todo freno. Hombres, mujeres y chiquillos

cayeron sobre los dos, al parecer forasteros y judíos, y sin duda los

hubieran despedazado, si no acuden muy a tiempo Miguel de Zuheros y

Tiburcio, abriéndose paso por entre la alborotada y amontonada

muchedumbre y sacudiendo golpes sobre ella, con las espadas desnudas,

aunque procurando que fuese de plano, para no causar heridas ni muertes.

Sorprendida y asustada la turba por aquella súbita e imprevista

intervención, retrocedió no poco, dejando despejado un largo trecho en

torno de los forasteros inermes, delante de los cuales se pusieron

prontos a defenderlos los otros dos forasteros a caballo.

El populacho, no obstante, pasado su primer asombro, arremetió contra

Miguel de Zuheros y Tiburcio, yendo algunos de los que acometían armados

de garrotes y de puñales.

Sangrienta hubiera sido aquella pendencia, y tal vez de éxito fatal para

nuestros dos héroes, si de repente no hubieran recibido el socorro de un

gallardo mozo, más joven en apariencia que Tiburcio, a caballo también,

elegante y ricamente vestido, y con el escudo de las armas reales

bordado en la sobreveste, manifestando así que era mozo fidalgo o menino

de la cámara del Rey.

Su nombre corrió entonces de boca en boca entre la plebe. Era el

simpático Damián de Goes, que privaba mucho con el soberano.

Por lo pronto tuvo esto a raya a la multitud, pero no faltó quien la

irritase, y empezó entre los tres caballeros por una parte, y siete u

ocho fidalgos que estaban a pie y vinieron a auxiliarlos, y por otra

parte la desarrapada muchedumbre, una muy reñida escaramuza, que hubiera

terminado en tragedia, si por dicha no hubiesen amortiguado la cólera de

todos, parándolos atónitos y respetuosos el resonar de los clarines y el

estruendo jubiloso de las aclamaciones que anunciaban la entrada en la

plaza del Rey y de su comitiva.

Aunque la lucha cesó, no cesó tan a tiempo que el Rey no se enterase de

ella. Y mandados por él, se adelantaron algunos soldados de su guardia,

rompieron por medio de la apiñada multitud y llegaron al centro mismo

donde se hallaban los que dieron ocasión al alboroto.

Damián de Goes, haciéndose seguir de Miguel de Zuheros, de Tiburcio y de

los dos forasteros desconocidos, llegó donde estaba el Rey y le refirió

todo el suceso.

Dirigiéndose el Rey al anciano desconocido, le preguntó:

--¿Y tú quién eres y de dónde sales, viniendo a perturbar la alegría y

la paz de Lisboa en ocasión tan solemne?

Con serenidad y desenfado respetuoso y en correcta y elegante lengua

portuguesa, el anciano contestó al Rey:

--Yo señor, he nacido en Lisboa. Aquí he pasado los mejores años de mi

vida. Las _saudades_ de mi ciudad natal y (¿por qué he de negárselo a

Vuestra Alteza?) negocios importantes de mi casa me han hecho volver a

Portugal, que abandoné muy niño, cuando ya estoy viejo, aunque más

abrumado por los pesares que por los años. Pensaba yo permanecer en

Portugal muy poco tiempo, y no recelaba que nadie me reconociese,

descubriendo y divulgando mi nombre, mi religión y mi casta, tan

aborrecida hoy en España toda. Por desgracia no ha sido así. Interesados

enemigos míos me han reconocido, han hecho correr la voz entre el vulgo

de que soy israelita y han causado el atropello de que yo hubiera sido

víctima, si estos nobles caballeros no me socorren.

--¿Y cuáles son tu condición y tu nombre?--preguntó el Rey.

Temeroso de que no le diesen crédito, vaciló en declararlos el anciano.

García de Resende, que acompañaba al Rey y no estaba muy lejos, se

acercó entonces y dijo:

--Bien puede Vuestra Alteza estar satisfecho de que este anciano haya

quedado libre de toda injuria. No sólo es portugués, sino uno de

aquellos portugueses que dan más gloria a Portugal en esta nuestra edad

para Portugal tan gloriosa.

Y dirigiéndose luego al anciano y alargándole la diestra para estrechar

amistosamente la suya, añadió el ínclito trovador:

--¿Te has olvidado acaso de mí y del amistoso lazo con que nos unimos en

Roma y de las largas pláticas que allí teníamos, cuando estuve yo como

Secretario de la pomposa Embajada de Tristán de Acuña?

--¿Cómo había yo de olvidarme de García de Resende?--respondió el

interrogado--. Yo no podía olvidar a uno de mis mejores amigos, cuyo

Cancionero además, regalado por él, hace mi delicia y me vale,

leyéndole, para conservar y perfeccionar en mi alma la lengua

portuguesa, que fue la primera que hablé.

--Pero a todo esto--exclamó el Rey con impaciencia y encarándose con el

anciano--tú no acabas de decirme quién eres.

--Perdona mi tardanza, señor.

Y añadió luego, echándose a los pies del Rey:

--Yo soy el hijo de un leal criado de tu heroico antecesor Alfonso V el

Africano. Yo soy Judas Abravanel, más conocido hoy en el mundo con el

nombre de León Hebreo.

Apenas Judas Abravanel hubo pronunciado estas palabras, muchos de la

comitiva, y particularmente las damas, le cercaron para contemplarle y

aplaudirle. Sus discretísimos _Diálogos de amor_ eran muy admirados en

la corte. La Reina, la Infanta doña Beatriz y otras muy sabias señoras

se deleitaban leyendo en italiano aquellas tan sublimes filosofías.

Todas, pues, se dieron el parabién de que León Hebreo no hubiera sido

gravemente ofendido.

El Rey, no sin meditar para mejor ocasión algo en desagravio y obsequio

de León Hebreo, hizo que, por lo pronto, dos de su guardia de a pie le

acompañasen y le escoltasen hasta su posada.

Aunque Damián de Goes había dicho al Rey los nombres de los dos

aventureros castellanos que habían tomado la defensa del ilustre

filósofo israelita, el Rey, por distracción fingida o verdadera, y acaso

por estar depriesa, no les dirigió la palabra y aparentó no fijar la

atención en ellos. Conocedor de las más notables alcurnias y casas de la

nobleza castellana, los apellidos de Zuheros y de Simahonda sonaron mal

y sordamente en sus oídos.

Harto contrariado se sintió de esto Morsamor. No valía la pena de

remozarse y de aparecer otra vez en el mundo como resucitando o

resurgiendo a nueva vida para que le desdeñasen y le hiciesen tan

poquísimo caso como en la vida antigua. Un reniego, apenas articulado,

brotó de sus labios. Morsamor, no obstante, se repuso y disimuló su

enojo, pero Tiburcio no dejó de notarlo y le dijo en voz baja:

--No pierdas paciencia, y ya verás cómo pronto te es propicia la

fortuna.

En efecto, o por benevolencia, o porque los dos aventureros le eran

simpáticos, o para mitigar el desdén o descuido del Rey, Damián de Goes

estuvo afabilísimo con ellos y los movió a seguirle a la iglesia del

Carmen, en pos de la comitiva del Rey.

Contrariado y triste se mostraba Damián de Goes, que era muy humano y

benigno, de la feroz conducta que había tenido la plebe lisbonense con

Judas Abravanel. Esto retrajo a su memoria la horrible matanza de judíos

que pocos años antes, siendo él todavía muchacho, había hecho la plebe

de Lisboa, fanatizada y enfurecida por algunos frailes y secundada por

marineros de diversos países de cuantos barcos estaban anclados en el

Tajo. Tres días duraron el saqueo y la matanza. Más de quinientos judíos

murieron quemados, y degollados cerca de dos mil. El hedor de la carne

chamuscada, de los cadáveres insepultos y de la sangre corrompida

infectaba el aire. El Rey Don Manuel el Dichoso se hallaba entonces en

Évora. Cuando volvió a su capital castigó, severamente justo, tan cruel

infamia, haciendo ahorcar a varios de los amotinados y a dos o tres de

los frailes instigadores. Los judíos portugueses, y no pocos de los

expulsados de Castilla que en Portugal se habían refugiado, con mayor

recelo del rencor de la plebe que confianza en el escarmiento que pudo

causar el castigo, no osaban desde entonces aparecer en público en días

de fiesta y solemnidad religiosa. Lamentable imprudencia había sido la

de León Hebreo.

Pensando casi en alta voz, y según iban subiendo a la iglesia del

Carmen, el futuro historiador del Rey Don Manuel, más excitado por el

amor de la humanidad que por el amor de la patria, deploraba y condenaba

la ferocidad de sus compatriotas contemporáneos así contra los judíos en

Portugal como allá en la India contra las diversas gentes, musulmanas y

gentiles, que iban venciendo y sujetando.

Nuestro Tiburcio, que iba al lado de Damián de Goes, procuró consolarle

diciendo de esta manera:

--No os apesadumbréis tanto, mi buen señor, por lo tremendos y feroces

que suelen mostrarse en el día los hombres de esta península, engreídos

por sus triunfos y por su predominio en la tierra. Al cabo, no sin

piadoso designio, entiendo yo que ha dispuesto la Providencia que sean

las naciones de Aragón, Portugal y Castilla las que prevalezcan y

descuellen en esta edad, todavía algo bárbara y de costumbres poco

suaves. El sentimiento y la creencia de la fraternidad y de la igualdad

humanas están más hondamente arraigados y grabados en el corazón y en la

mente de los pueblos del Mediodía de Europa que en el corazón y en la

mente de los pueblos del Norte. No hay castellano, ni portugués, que se

juzgue de una raza superior; que deje de tener por hermanos suyos a los

demás hombres; pero a veces la codicia rompe este lazo fraternal, y por

robar se mata, y a veces una caridad mal entendida mueve al creyente

celoso a infligir duras penas temporales con el intento y buen propósito

de sacar del poder del diablo y de libertar de las penas eternas a los

que están dados al diablo y son sus esclavos. Confieso que lo dicho

tiene inconvenientes enormes, pero aún sería incomparablemente peor si

fuese un pueblo más soberbio quien hoy predominara. Dentro de dos o tres

siglos, cuando el corazón humano se ablande mucho con la cultura, acaso

sean los pueblos del Norte los que predominen sin los horrores y

estragos que hoy causaría su predominio. En el engreimiento del triunfo,

tendrían por evidente que eran una raza superior y nos exterminarían a

todos sus prójimos no creyéndonos tales. Dentro de dos o tres siglos,

según ya he dicho, la culta filantropía no consentirá tan horrible caso.

Lo más que podrá ocurrir, será que con su desdén orgulloso abatan y

hundan en la abyección a los pueblos de que se enseñoreen, y que tal

vez, predicándoles y enseñándoles doctrinas religiosas contrarias a la

fe católica, sin el esplendor artístico y sin la pompa de sus ritos y

con un concepto tremendo y duro de la justicia divina, no templada por

la misericordia, entristezcan y desesperen a sus catecúmenos y los hagan

morir de aburrimiento. Así presumirán ellos que, sin crueldad, van

despejando de razas inferiores la superficie de nuestro planeta para que

se extienda por toda ella, crezca y se multiplique la raza superior a

que pertenecen.

La extraña teoría de Tiburcio no convenció a Damián de Goes, pero le

hizo reír; y si no la halló verdadera, la halló chistosa.

Morsamor, distraído y taciturno, no prestó atención a lo que Tiburcio

decía.

Así llegaron a la puerta de la iglesia del Carmen, y, encomendando sus

caballos a sendos palafreneros de la Casa Real, que los tuvieron de la

brida, entraron en la iglesia, donde se hallaban ya el Rey y todo su

séquito.

-IV-

Poco tiempo permaneció Morsamor en la iglesia. Pronto salió de ella

acompañado de Tiburcio que le seguía como su sombra.

--Yo no podía estar allí--dijo Morsamor--. Aquel ambiente me sofocaba.

Me consideré reo del sacrilegio más espantoso. Fraile perjuro a sus

votos imaginé que me arrojaban del santuario aquellos mismos tres

ángeles poderosos que armados de azotes y montados en fantásticos

corceles, arrojaron del templo de Jerusalén, para que no le profanase,

al impío Heliodoro, ministro del rey de Siria.

--Mucho exageras tu pecado y el castigo que merece--contestó Tiburcio--.

Te atormentas en demasía. Es muy excepcional tu situación. Tú debes ser

también excepcionalmente juzgado. Tu vida de ahora es vida nueva por

completo. Tu remozamiento casi es resurrección. Desecha remordimientos

vanos. No te tengas por la misma persona que hizo sus votos en el

convento de Sevilla. Cree más bien que eres el hijo de aquel fraile, que

te engendró antes de entrar en la regla, y hasta que eres el nieto de

aquel otro aventurero Morsamor que andaba por el mundo en el reinado de

Enrique IV de Castilla.

Morsamor replicó:

--Quiero suponer que tienes razón en lo que dices. Me serenaré; me

aquietaré creyéndome otro del que era. Algo hay, no obstante, que me

amarga y emponzoña esta nueva vida y me persuade de que soy el mismo: el

desdén, el menosprecio con que todos me miran. Con rapidez ha pasado por

mi alma, pero dejando en ella doloroso rastro como si fuese metal

derretido, un abominable pensamiento. Si yo me hubiese lanzado de súbito

sobre ese rey presuntuoso que me desdeñaba, y le hubiese dado violenta

muerte, de súbito también hubiera salido yo de la insignificante

obscuridad en que me veo y las diez mil voces de la Fama hubieran

llevado mi nombre por el mundo todo.

--Menester es--interpuso Tiburcio--que deseches esa ridícula y constante

preocupación de que no te hacen caso. El tenerla ha sido hasta hoy causa

principal de que no te le hagan. Tal preocupación proviene de sobra de

vanidad y de falta de orgullo. Quien anhela que le hagan caso es quien

no está seguro de su propio valer. Ora duda de él y quiere que los

extraños confirmen y acrediten que le tiene; ora en el fondo de su

atribulada conciencia se ve ruin, necio y para poco, y aspira sin

embargo, a imponerse, engañando al mundo. Al orgulloso, al que hace alta

estimación de sí propio, poco o nada le preocupa la estimación de los

demás. Si no le estiman es porque no le comprenden. Y si le estiman,

todo el caso que hagan de él no aumentará en un escrúpulo, en un átomo,

la importancia que él se atribuye. En lo antiguo, entre los gentiles,

era muy frecuente esa preocupación que tú tienes ahora. Sin duda por el

afán de lucirse y de inmortalizarse, así como Eróstrato incendió el

templo de Diana en Efeso, hubo muchos que, sintiéndose ruines, amaron la

celebridad más que la vida, y no por amor a la libertad y a la patria,

sino por amor de la vanagloria, dieron muerte a sendos reyes o tiranos.

El gran satírico de Roma lo consigna en sus versos: _Pocos son los

tiranos y los reyes que descienden al infierno con muerte sosegada y

pacífica y sin violencia ni sangre_. La religión de Cristo ha mitigado

este furor de celebridad. Acaso llegue un día en que las creencias sean

menos firmes, y entonces movidos los miserables por la sed de nombradía,

volverán a intentar o a perpetrar crímenes que los levanten sobre los

demás hombres, aunque sea en el patíbulo. Tiene de bueno la humildad

cristiana, que es de todo punto contraria a la vanidad aviniéndose con

el orgullo recto y sano. Después de exclamar, con el muy elocuente

Obispo de Hipona: _¡Gran cosa es el hombre hecho a imagen y semejanza de

Dios!_, ¿quién ha de preocuparse de que en esta baja tierra le hagan o

no le hagan caso? Si ha de consistir nuestra aspiración en _ser

perfectos como nuestro Padre que está en el cielo_, ¿qué añaden a la

suma de lo perfectible las vulgares alabanzas y los honores mundanos? El

buen imitador de Cristo se muestra sin duda muy humilde, pero es con

relación al Dios que ama y adora. Postrado ante su Dios es despreciable

pecador, es vil gusano, pero esa misma humillación le encumbra luego. El

humilde Francisco de Asís sube al cielo, y, si hemos de dar fe a la

revelación que tuvieron sus hijos espirituales, fue a sentarse en el

esplendoroso y elevadísimo trono que dejó allí vacante Lucifer después

de su rebeldía. Y no dilato más mi razonamiento. Básteme concluir

aconsejándote que no hagas el menor caso de que te hagan o de que no te

hagan caso. La estimación se la da uno mismo sin necesidad de que se la

dé nadie. Otras son las mil cosas materiales e inmateriales que están

fuera de nosotros y que fuera de nosotros es menester buscar y hallar.

Como ejemplo de las inmateriales pongo el amor. Ya encontrarás tú quien

te ame. Como ejemplo de las materiales, casi como cifra y compendio de

todas ellas, pongo el dinero, y ese le tenemos en abundancia, gracias a

la espléndida munificencia del Padre Ambrosio. Alégrate pues, y ten

pecho ancho. Ya el Padre Ambrosio, en su previsora sabiduría, habrá

dispuesto los sucesos de tal manera que pronto te atiendan, no como fin,

pues basta que te atiendas tú, sino como medio de realizar otros fines.

Aquí llegaba Tiburcio en su singular perorata, cuando salió de la

iglesia un viejo venerable, ricamente vestido, como muy principal

hidalgo que era. Y parándose delante de Morsamor y mirándole de hito en

hito con jubilosa sorpresa, le dijo:

--Sois, señor, el vivo retrato, no sé si de vuestro padre o de vuestro

abuelo, a quien conocí y traté hará ya medio siglo, pero cuya imagen

está grabada en mi memoria con rasgos indelebles. Le debí primero

franca, leal y cariñosa amistad y después, la vida. Yo me llamo Duarte y

soy hijo del heroico Pedro de Mendaña, quien después de la batalla de

Toro se mantuvo tanto tiempo en el castillo de Castronuño, contra todo

el poder de Castilla. Un valeroso aventurero de aquella nación, cuyo

nombre era como el vuestro Miguel de Zuheros, y cuyo sobrenombre de

guerra era también Morsamor, fue en aquel castillo mi constante

compañero de armas. Audaces correrías hicimos a menudo en el país

enemigo. Talamos sus panes, saqueamos alquerías y granjas y volvimos no

pocas veces a nuestra fortaleza cargados de botín riquísimo. En una de

estas excursiones, que no olvidaré nunca, nos cercó gran golpe de

villanos armados y de gente guerrera a caballo. Allí me derribaron del

mío, asaz mal herido, y allí hubiera muerto yo, si Morsamor no me

defiende con extraordinario brío. Él pudo rechazar por algunos instantes

a los que nos cercaban, ponerme con increíble ligereza a las ancas de su

corcel, y huir conmigo a todo escape entre un diluvio de flechas y de

balas. Así pudimos refugiarnos en el castillo de Castronuño. Poco tiempo

después desalojó mi padre el castillo en virtud de muy honrada y

ventajosa capitulación. Siete mil florines cobró mi padre del castellano

por el favor que le hizo de abandonar la fortaleza y de volverse a su

patria. Entonces nos separamos de Morsamor que se quedó en Castilla.

Como yo le debo tanto, jamás he podido olvidarle, aunque no volví a

verle ni a saber de él después. Ya en aquella época era él, sin duda, de

mayor edad que tú ahora. Precoces arrugas surcaban su rostro, y en sus

cabellos y en su barba, negros como la endrina, blanqueaban bastantes

hilos de plata. Morsamor era más joven, pero aparentaba tener más de

cuarenta años. Tú resplandeces ahora en juventud lozana. Acaso no hayas

cumplido aún los veinticinco. Entiendo, pues, que no eres el hijo, sino

el nieto de mi salvador y amigo de tu mismo nombre. Permíteme que

reanude contigo los lazos de aquella amistad, que te pague la deuda de

mi gratitud y que estrechamente te abrace.

Morsamor se dejó abrazar y abrazó también con efusión a Duarte de

Mendaña, recordando el beneficio que le hizo, aunque aceptando que el

bienhechor no había sido él, sino su abuelo.

--Así es mejor--dijo Tiburcio riendo y por lo bajo--. Así te triplicas y

de ti mismo te forjas antepasados. Así te asemejas a cierto mercader que

el Padre Ambrosio conoció en Roma, de quien contaba que se hizo retratar

en escultura y en pintura, con trajes de todas las edades, hasta de

aquella en que florecieron los Scipiones y los Favios. Con tan buena

maña se formó larga serie de progenitores ilustres.

Como quiera que ello fuese, el reconocimiento que Duarte de Mendaña hizo

de Morsamor, le sirvió de mucho, allanó dificultades, disipó recelos e

hizo que el Rey le hablase y le recibiese en su corte.

-V-

Recibidos ya en la corte Morsamor y su doncel Tiburcio, lograron pronto

ser estimados y queridos.

Las fiestas de todo género se sucedían entonces sin un momento de

descanso. El Rey quería celebrar el concertado enlace de su hija la

Infanta doña Beatriz con el Duque de Saboya, y anhelaba deslumbrar a los

embajadores de aquel potentado, que iba a ser su yerno, con el lujo, la

magnificencia y el esplendor de la capital de sus dominios. El tiempo

volaba sin sentir en medio de tantos deleites. Hubo brillantes saraos,

festines, cacerías y giras campestres variadas y amenas.

Tiburcio, que era muy alegre y decidor, divertía y regocijaba a las

damas y tenía con ellas mucho partido. No alcanzaba tanto favor con los

hombres. Tal vez le envidiaban muchos. Tal vez se dolían otros de la

insolente suerte con que les ganaba el dinero cuando jugaban a los

dados.

De todos modos, aunque era muy lucido el papel que Tiburcio hacía,

Morsamor se adelantaba en lucimiento y obtenía aplausos mayores.

Muy celebrado fue Tiburcio por la serenidad y la destreza con que en una

montería a caballo, hirió con su rejón un enorme y espumante jabalí,

dejándole muerto. Pero Morsamor aún fue más aplaudido, porque, en

cerrado coso, a caballo, y armado también de frágil bastón en cuya

extremidad había acicalado hierro, lidió y mató bravos toros entre las

entusiastas aclamaciones de caballeros y de damas.

Sin duda entonces hubo de prendarse de Morsamor doña Sol de Quiñones. Lo

cierto es que él se prendó de ella, hizo gala de que la servía y vistió

sus colores.

Cuando se dispuso que hubiese también algo a modo de justas, donde los

caballeros luciesen su habilidad en varios ejercicios a la jineta,

corriendo sortijas y tirando bohordos, Morsamor quiso tomar parte en las

justas y lucir en ellas una empresa significativa de los sentimientos

amorosos que doña Sol le había inspirado.

Consultado sobre el caso a Tiburcio, que de todo entendía, Tiburcio hubo

de decirle que no le parecía mal su propósito, con tal de que la empresa

no fuese sobrado jactanciosa, ni tampoco muy clara ni muy obscura, sino

dotada de la discreción conveniente y con lema, mote o divisa de notable

concisión y más bien en latín que en idioma moderno.

Tiburcio añadió luego:

--Esto de las empresas es usanza muy agradable y muy seguida en el día.

No hay príncipe, ni monarca, ni valiente y enamorado caballero que no

guste ahora de salir luciendo alguna empresa, ya en su sobreveste, ya en

su bandera o estandarte, ya en la cimera de su yelmo. Algunas de estas

empresas han sido y son muy celebradas por el tino y primor con que

expresan el pensamiento, la intención o el valer de quien las usa. De

aquí que varones muy doctos no han desdeñado inventarlas, sino que lo

han tenido a mucha gloria. De Antonio de Nebrija, egregio maestro en

Castilla de letras humanas, se cuenta que inventó la empresa del Rey D.

Fernando el Católico, la cual era el nudo gordiano, desbaratado y roto

por la mano y espada de Alejandro, con un letrero que decía: _Tanto

monta_, o sea que es lo mismo romper que desatar. Y más tarde el Sr.

Luis Marliani, Obispo de Tuy y médico y matemático insigne, inventó

empresa todavía mejor, para el César Carlos V, reemplazando el eslabón

de Carlos el Atrevido, Duque de Borgoña. Y fue y es la tal empresa la

representación de las columnas de Hércules, con esta letra: _Plus

ultra_; breves, elocuentes y sublimes palabras, que evocan en la mente

de quien las lee la inmensidad del Océano, las islas y los continentes

incógnitos, el nuevo mundo en suma, descubierto y dominado por la

tenacidad, la osadía y la ventura de los hijos de Iberia. Empresas

políticas son estas; pero también los galanes enamorados han solido

inventar en ocasiones muy graciosas y gentiles empresas. Veamos si a ti

se te ha ocurrido alguna que merezca elogio y que convenga a tus fines.

Morsamor contestó:

--En verdad, se me ha ocurrido una empresa, que me parece bien. Si peca

por algo, es por ser sobrado clara. Pongo yo un campo dividido en

quiñones o suertes, pero que nadie puede cultivar ni gozar porque le

rodea una salamandra que en torno del campo se enrosca. Y en el centro

hay un sol de oro cuyos rayos enamoran a la salamandra a par que la

queman. Y de la boca de la salamandra sale una cinta que va hacia el sol

y lleva este escrito: _En ti vivo, muero y ardo_.

Tiburcio no pudo menos de hallar la empresa sutil e ingeniosa; pero como

era muy franco y decía su parecer sin rodeos y aconsejaba con toda

libertad, habló a Morsamor de esta suerte:

--De perlas encuentro yo todo eso. He de permitirme, no obstante, hacer

algunas observaciones, y aun de atreverme a aconsejarte y amonestarte,

pues aunque novicio y más joven que tú, soy como el apoderado y

representante del sapientísimo Padre Ambrosio, en cuyo nombre hablo.

Declaro, pues, en su nombre, que estos enamoramientos son un tanto

cuanto pueriles y pueden ser perjudiciales. ¿Has venido acaso a nueva

vida por la virtud pasmosa de la ciencia para volver a las andadas e

incurrir (perdóname que así las califique) en las mismas locuras y

sandeces de tu vida anterior? Tú te has remozado para acometer grandes

empresas que honren y glorifiquen a ti y a todo el linaje humano y no

para enamorarte como un bobo de una damisela entonada y cogotuda que

acabará por apartarse de sí con melindroso desprecio cuando se satisfaga

y harte su amor propio de recibir adoraciones. Si yo creyese como

Pitágoras que las almas transmigran y que van sucesivamente informando

distintos cuerpos, lo que recelo que pasa en ti, me inclinaría a

entender que de nada vale la tal transmigración para el adelanto de las

almas. Aunque tuviésemos siete vidas como los gatos, haríamos en la

séptima simplezas no menores que en la primera y daríamos idénticos

tropiezos y caídas. Nada censuraría yo si se limitasen estos amoríos a

ser un galante y fugaz pasatiempo, pero los hallo muy mal si son serios.

El inaudito esfuerzo que el Padre Ambrosio hizo para remozarte, no debe

tener tan mezquino resultado.

--Tu amonestación--contestó Miguel de Zuheros--es infundada y hasta

perversa. Blasfemas calificando de sandio y de mezquino al amor, germen

fecundo de virtudes y de grandes acciones. Acuérdate de la divina fábula

de Esopo. Amor bajó del Olimpo para consolar al linaje humano. En el

banquete de los dioses faltó la antigua alegría porque Amor estaba

ausente. Amor volvió entonces al cielo y rara vez y muy de pasada acude

al mundo, donde sus menores hermanos, hijos de las ninfas, toman su

apariencia y le imitan hiriendo las almas vulgares. Pero el verdadero y

celeste Amor hiere las almas escogidas, e hiriéndolas, las habilita y

dispone para llevar a cabo las más altas hazañas. De este celeste Amor

imagino y pretendo yo estar herido. ¿En qué contraría, en qué desluce o

esteriliza semejante enamoramiento el propósito que pudo tener el Padre

Ambrosio al remozarme?

--Mucho podría yo argumentar en contra--replicó Tiburcio--. Para impulso

de grandes hazañas, preferiría yo en ti el amor de la gloria, el de la

patria, el de todo el humano linaje, el de Dios mismo y no el de una

mujer cualquiera. Tal amor tiene no poco de idolatría. Tú te le finges

espiritual y alambicado, mas yo sospecho que no lo es. Yo le creo nacido

del consorcio de tu vanidad mundana con cierto prurito que proviene sin

duda de que al Padre Ambrosio se le fue la mano cuando compuso la poción

preparatoria que te propinó antes de remozarte, vertiendo en ella en

demasía cierto ingrediente: el zumo de las mandrágoras con que Lía

apartaba a Jacob de Raquel y le atraía a su regazo.

--Inverosímil parece--interpuso Morsamor--que tú, siendo tan mozo, dudes

de lo verdaderamente poético o más bien lo niegues, entregándote a

cavilaciones diabólicas.

--¿Quién sabe?--dijo Tiburcio--. Posible es que tenga yo algo de diablo,

pero, aun así, yo sería siempre un diablo muy puesto en razón y muy

juicioso.

Sin enojo oyó Morsamor las amonestaciones de Tiburcio, pero no atendió a

sus consejos y siguió pretendiendo y rindiendo culto a doña Sol de

Quiñones.

En las justas figuró con brillantez y lució la empresa que él mismo nos

ha descrito.

Hubo en palacio otra magnífica fiesta. El egregio poeta Gil Vicente

había compuesto un auto alegórico y mitológico para celebrar la boda de

la Infanta y desearle toda ventura en su viaje a los Estados de su

esposo. El auto se representó en palacio con gran lujo y primor en los

adornos y vestimentas de cuantos farsantes figuraron en él.

Nada menos que la Divina Providencia toma las convenientes medidas y lo

apercibe todo para que la navegación de la recién desposada sea

próspera, decorosa y grata. A este fin llama a Júpiter y le encomienda

el asunto. Júpiter entonces convoca y reúne a las divinidades de los

mares y de los vientos y con ellas arregla y ordena tan benignamente las

cosas que la Infanta puede llegar al puerto de Villafranca, sana, salva

y complacida, como llegó en efecto.

El lindo y candoroso auto de Gil Vicente se titula _Cortes de Júpiter_,

y fue muy aplaudido por el noble auditorio. Pero, en medio de los

aplausos, no faltaron cortesanos y damas que en voz baja hablasen de un

sujeto cuya ausencia no extrañaban aunque hacían sobre ella comentarios,

tal vez piadosos, tal vez malignos.

Era este sujeto el trovador Bernardín Riveiro, estimado como nuevo

Macías. Nadie ignoraba su audacia, su fervoroso amor a doña Beatriz. Y

no pocos creían que ella había correspondido a aquel amor con afecto tan

puro como vehemente. Por cierta se daba la desesperación de Bernardín

Riveiro al ver que iba a ausentarse el alto objeto de su adoración y de

su culto. ¿Dónde habría ido Bernardín Riveiro a ocultar su dolor o más

bien a darle en la soledad rienda suelta? Esto se preguntaban los

caballeros y las damas, si bien se lo preguntaban como profundo misterio

que todos sin embargo sabían. De lo que tal vez se dudaba era de si

compartía doña Beatriz la pena del trovador, de si engreída con la pompa

nupcial y con su triunfo, no se cuidaba de aquella pena o de si la

convertía en su corazón en melancolía suave, en algo a modo de ensueño

dulce, triste y vago que la brillante realidad iba desvaneciendo como se

desvanece la pálida luz de las estrellas ante el alegre esplendor de la

rosada aurora.

Como quiera que fuese, la Infanta doña Beatriz, acompañada de los

embajadores, de su esposo y de gran comitiva de damas y de señores

ilustres de la primera nobleza de Portugal, partió al fin de Lisboa para

Villafranca de Niza. El Rey, su padre, y la señora Reina fueron

embarcados hasta el convento de Belén para despedirla. Y de allí zarpó

la magnífica armada de dieciocho bajeles, tan poderosos y bien

artillados que, como dice Gil Vicente en su auto, no podían menos de

hacer temblar al turco.

A poco de la partida de la Infanta doña Beatriz, la corte se fue a

Cintra, deliciosa residencia de verano.

Morsamor, como gran forastero, siguió a la corte, acompañado de su

doncel Tiburcio.

Aún no hermoseaban a Cintra los espléndidos bosques de camelias que le

prestan hoy tan singular atractivo. En la más elevada cumbre de sus

montes no resplandecía aún restaurado el castillo que llaman de la Peña,

donde el maravilloso ingenio artístico del Rey D. Fernando, consorte de

doña María de la Gloria, ha mostrado su inspiración y lucido su

inventiva, labrando la piedra con mil primorosos caprichos y dando ser a

un extraño monumento arquitectónico que más que de hombres parece

vivienda de silfos y de hadas.

Cintra, no obstante, era entonces tan encantadora como en el día.

Aquellos cerros, que estriban en el Atlántico y forman el promontorio

más occidental de Europa, parecían tener, en edad de tanto predominio y

triunfo de los portugueses, un simbólico significado; eran el trono de

flores y de perenne verdura, donde había venido a sentarse el Genio de

Portugal para derramar luz sobre el Mar Tenebroso, abrir nunca hollados

caminos y extender su conocimiento y su dominación por los más apartados

países y entre los más diversos pueblos.

Flora y Pales han prodigado sus tesoros en aquellos sitios. Arroyos de

agua cristalina fecundan por donde quiera el suelo y dan grata frescura

al ambiente, embalsamado por la esencia olorosa de una vegetación

exuberante. Árboles lozanos y gigantescos crecen hasta en los más

elevados picos, arraigan hasta en las hendiduras de las peñas y forman

enramadas y verde bóveda sobre los mil senderos y veredas que cruzan los

valles y que serpentean por la falda de los cerros, dibujándose como

bordado de oro sobre el florido manto y sobre la mullida alfombra de

hierba fresca que por todas partes se extiende.

Además del regio alcázar, ya había entonces en Cintra no pocos palacios

y quintas de particulares ricos y no faltaban hospederías donde los

extranjeros pudieran albergarse.

-VI-

Doña Sol y algunas otras damas de palacio habían acompañado a la Reina a

Cintra. Natural era que hubiesen acudido allí también los galanes que a

estas damas servían.

Algo me incumbe decir aquí de que me pesa por dos razones. Es la

primera, que lo que yo diga como historiador verídico redunda quizá en

menoscabo, aunque ligero, de la alta opinión que de doña Sol debe

tenerse. Y es la segunda que no acierto a decirlo, sin grandes rodeos y

perífrasis, a no valerme de términos o vocablos disonantes por su

anacronismo.

Nadie ignora en el día lo que significa _coquetear_. Otro verbo novísimo

se va introduciendo ya en nuestro idioma, verbo que no sé bien si

expresa la misma acción del coqueteo o si tiene un leve diferente matiz,

que se opone a la completa sinonimia. _Flirtear_ es el verbo novísimo.

Permítaseme, pues, que, desechando mis escrúpulos morales y

lingüísticos, me atreva a declarar aquí que doña Sol era muy inclinada a

coquetear o a _flirtear_ y que con Morsamor había coqueteado o

_flirteado_ mucho.

El anhelo de ser servidas y adoradas es tan poderoso en las mujeres, aun

en las más recatadas y honestas, que las mueve a atropellar muchos

respetos y a ponerse en ocasión de graves dificultades y compromisos.

Sin duda no fue amor lo que Miguel de Zuheros inspiró a aquella dama:

fue sólo sobrada y muy poética estimación de su gallarda apostura,

elegancia, bizarría y ameno trato. Pero, al distinguir a Morsamor con

inocentes favores, al atraerle con blandas sonrisas y con apenas

perceptibles, fugaces y dulces miradas, y al mostrarse con él más

conversable y benigna que con los otros hombres, doña Sol hizo que él se

engriese y se juzgase correspondido. Doña Sol entonces hubo de asustarse

de su poca prudencia, y deseosa sin duda de cortar las alas a los

atrevidos pensamientos que ella misma había hecho nacer en el alma de

Morsamor, apeló a un recurso, empleado con harta frecuencia, aunque por

demás peligroso. Para que Miguel de Zuheros reconociese que no era amor

lo que por él sentía, sino gratitud a sus rendimientos y obsequios y

cierta vaga e indecisa predilección doña Sol atrajo y cautivó, aunque

con menos marcados favores, con menos blandas sonrisas y con miradas

menos dulces y más fugaces, a otro caballero de los que en la corte

asistían.

El remedio fue peor que la enfermedad. El nuevo galán semi-favorecido

fue Pedro Carvallo, hidalgo poco sufrido y en extremo orgulloso por las

riquezas y por la fama de valiente soldado que de la India había traído.

Pedro Carvallo era además infatigable emprendedor en conquistas amorosas

de todo linaje. Con igual ahínco acometía la más fácil como la más

difícil empresa, y ya le hemos visto aparecer en esta historia

acompañando a la célebre aventurera italiana Donna Olimpia de Belfiore.

Con gusto entró Pedro Carvallo en más arduo y noble empeño. Y sobre el

contento y la satisfacción de amor propio que por enamorar a tan bella e

ilustre dama se prometía, hubo de prometerse también desbancar y

humillar a aquel castellano intruso, a quien sin saber porqué, puede ser

que por envidia, había cobrado odio desde que le vio por vez primera.

Pedro Carvallo, no obstante, distó mucho de conseguir su propósito. Doña

Sol no le favoreció sino hasta el punto de hacer notar que su afecto

hacia Morsamor no era exclusivo, y siguió otorgando a Morsamor favores

más marcados y preferencia más clara.

Así acrecentó y emponzoñó doña Sol en el alma de Pedro Carvallo el enojo

que Morsamor le Inspiraba. Y como Pedro Carvallo era poco circunspecto y

muy jactancioso y no sabía refrenar la lengua, habló en varios sitios y

con no pocas personas, contra el aventurero castellano y hasta llegó a

decir que le provocaría, le retaría y le daría muerte.

Nadie, por fortuna, llevó a los oídos de Morsamor tales fieros y

jactancias. Pero la Reina, con la propia condición de mujer, y más aún

de la que vive retraída y desocupada, se complacía en saber todas las

intrigas y sucesos, sobrando siempre damas de la servidumbre que se

empleasen a porfía en averiguarlos y en contárselos luego.

Pronto, pues, supo la Reina la rivalidad de Pedro Carvallo y de

Morsamor, así como las coqueterías de doña Sol que la habían causado. La

Reina no tardó entonces en reprender severamente a su dama favorita.

Doña Sol se arrepintió, lloró y prometió enmendarse. Hizo examen de

conciencia y creyó sacar en limpio del examen que no amaba aunque

agradecía; que la habían deleitado y lisonjeado el acatamiento y las

finuras amorosas de ambos galanes, pero que no estaba prendada de

ninguno de ellos y que sin pena quería y podía despedir al uno y al

otro.

Entre tanto, en Cintra no era como en Lisboa. En Cintra no había en

palacio grandes fiestas, sino íntimas reuniones.

Morsamor y Pedro Carvallo no eran de los íntimos, no iban a palacio y en

balde procuraban acercarse y hablar a doña Sol, a quien sólo veían rara

vez y desde lejos.

No por eso desistían ellos de sus pretensiones. Muy pertinaces y tercos

eran los dos. La Reina acabó por enfadarse de encontrarlos siempre a su

paso cuando salía del alcázar e iba a cualquiera parte. El temor de que

sobreviniese un conflicto aumentaba su enfado.

La Reina volvió entonces a reprender a doña Sol y esta alegó que ya no

tenía culpa. Y al cabo para mostrar mejor que no la tenía y para lograr

que acabasen aquellos obstinados galanteos, concertó con la Reina el

medio que le pareció más prudente.

Doña Sol no podía escribir decorosamente a ninguno de los dos galanes ni

para despedirlos siquiera. El encargado de todo, por la Reina misma, fue

el anciano Duarte de Mendaña, que tenía empleo en palacio y que había

sido el que introdujo a Morsamor en la corte, según ya referimos.

Duarte de Mendaña se apresuró a cumplir con su comisión. Visitó primero

a Pedro Carvallo, le enteró del enfado de la Reina y en nombre de su

Alteza y con pleno y libre consentimiento de doña Sol, le intimó que

desistiese de sus pretensiones y persecuciones.

Duarte de Mendaña, más severamente aún y con no menor recato, habló con

Morsamor, le robó de parte de doña Sol toda esperanza de ser amado de

ella y le exigió que no siguiese pretendiéndola.

Grandes fueron el pesar y la rabia de Morsamor luego que recibió tan mal

recado.

Con descompuestos ademanes, el entrecejo fruncido y crispados los puños,

acudió Morsamor a su confidente Tiburcio para desahogarse hablando del

caso.

-VII-

Con entrecortadas y rápidas frases refirió Morsamor a Tiburcio su

conversación con Duarte de Mendaña.

Luego añadió Morsamor:

--Ya ves cuán cruel ha sido mi desengaño. Casi me arrepiento de haber

querido volver a ser joven. Viejo y retirado del mundo, ni yo me

enamoraba de nadie ni nadie me desdeñaba. ¿Qué puedo yo ser en esta

nueva vida sino el arrendajo miserable, la mal trazada copia del pobre

Bernardín Riveiro?

--Cálmate, Miguel, y no imagines que debes ser copia de original tan

menguado y atribulado. Yo topé con él varias veces y me dio lástima y

grima el verle. Ya iba cruzando por entre las breñas e internándose en

lo más esquivo, ya emulando con las cabras monteses, saltaba por esos

vericuetos. Dos o tres veces pasó cerca de mí y me causó horror. Rota y

manchada la vestidura y enmarañado el cabello, más parece fiera que

hombre. Seguro estoy de que en las venideras edades no han de creer y

han de negar los críticos juiciosos estos ridículos desatinos; pero yo

los he visto y no puedo negarlos. Bernardín Riveiro, por otro lado,

tiene algún fundamento para hacer lo que hace. La Infanta había

correspondido a su pasión; le había querido y había dejado de quererle,

pues se casó con otro. Tú distas mucho de hallarte en el mismo caso. Ni

doña Sol es Infanta, ni doña Sol te ha querido nunca, ni inspirado tú

por doña Sol has de escribir églogas, canciones, romances e historias en

prosa que te inmortalicen. Dado que le imitases, sólo imitarías a

Bernardín Riveiro en lo tonto. Serías la víctima candorosa de ciertas

invenciones poéticas, falsas o exageradas, que deleitan mucho en el día,

como, por ejemplo, la famosa _Questión de Amor_. Indigno de ti y más que

ridículo sería que te empeñases en traer a la vida real los ensueños de

la fantasía y en convertir las flores retóricas en hechos. Bien está que

se diga:

El primer día que os vi

tan mortal fue mi ferida

que en veros quedé sin vida

y el vivir se vio sin mí.

Y todavía me parece mejor, más alambicado y más agudo, aquello otro que

con tintas variantes suele repetirse:

Morir a vivir prefiero;

y de tu beldad cautivo,

o no vivo porque vivo

o muero porque no muero.

No creas que no me deleitan estas y otras coplas parecidas. Son muy

ingeniosas. Pero del dicho al hecho, hay gran trecho. Y el Padre

Ambrosio tendría una desazón enorme si viese frustrado el buen éxito de

su ciencia pasmosa y que no había valido el remozarte sino para que tú

hicieses sin razón la parodia de Beltenebros en la Peña pobre. Si es

verdad lo que se refiere de D. Enrique de Villena, yo me complazco en

esperar que no salga jamás de la redoma a vivir segunda vida para

incurrir en las mismas necedades que hizo en la primera. Escarmienta tú

en el caso del monje Teófilo, cuya historia nos refirió el poeta Berceo,

y escarmienta en otros casos de algunos sujetos que ya se remozaron con

el auxilio del demonio y no disparates como ellos disparataron.

Considera que tú tendrías menos disculpa, porque no te has dado al

demonio como se dieron ellos y porque esta juventud nueva, que te ha

caído encima como llovida del cielo, no se debe a Satanás, sino a

ciencia y arte muy sanas. Indispensable es, por consiguiente, que tú te

conserves sano también, que mires por tu gloria, que aproveches la

ocasión que de alcanzarla se te ofrece y que no hagas muchas tonterías.

Lícito te será, a mi ver, hacer algunas, por distracción y como de

pasada, pero tu mira principal debe ponerse muy alto.

--Tan conforme estoy contigo en lo esencial--dijo Morsamor--que tu

sermón es inútil porque predicas a un convertido. Antes que todo y sobre

todo yo quiero gloria y harto sabes tú cuan dispuesto y apercibido estoy

a buscarla. Concertado lo tengo todo con los ricos mercaderes genoveses

Gabriel Adorno y Gaspar Salvago. La gruesa nave que ellos han fletado y

con real privilegio han cargado de mercancías nos aguarda ya en Cascaes,

pronta a zarpar para la India. Las direcciones náutica y mercantil están

encomendadas por dichos mercaderes a un hábil piloto y a un

administrador inteligente, pero yo he de ser el verdadero capitán de la

nave y el que gobierne y ordene en ella cuanto importe a la defensa de

las riquezas que conduce y cuanto sea menester para castigar y arrollar

a los enemigos de la fe de Cristo, mahometanos o idólatras, que se

atraviesen en nuestro camino. Iremos con la expedición que manda a

Oriente el Rey D. Manuel y estaremos a las órdenes de su almirante y de

su virrey, pero gozaremos de cierta independencia que yo sabré hacer

mayor cuando conviniere. Acaso mañana mismo nos podremos ya dar a la

vela. ¿Qué inconveniente hubiera habido en que yo, en vez de salir

desdeñado, saliese alentado por el favor de una dama, señora de mis

pensamientos, por sus promesas de ser mía cuando yo volviese triunfante

y por el anhelo de acometer y dar cima a grandes hazañas para poner a

sus pies mis laureles y mis trofeos?

--Bello era tu plan--replicó Tiburcio--pero de falsa y vana belleza. Un

gran propósito se empequeñece cuando se subordina a fin pequeño. Por la

patria a que perteneces, por la raza de hombres, cuya religión, cultura

y lenguaje sostienes y defiendes, por amor de todo el humano linaje, por

el afán de lograr altos fines a que puedes creerte como fadado y

predestinado, comprendo que no haya empresa a que no te aventures;

comprendo que todas ellas sean sublimes por la elevación del término que

tú les busques. Pero, si todo se hace por lisonjear la vanidad de una

dama, todo será también vanidad y lisonja, y nada serio habrá en ello ni

digno de varón discreto y prudente. Extraños fueron a los sandios

enamoramientos que tú fantaseas los héroes sanos de cuerpo y de alma que

hubo en las antiguas edades. Y si por acaso caía alguno de ellos en

sandez por el estilo era para su vencimiento y vergonzosa desventura.

Sírvante de lección la vida y los amores de Marco Antonio y Cleopatra,

que habrás leído o habrás oído referir a personas doctas.

--Juiciosa es la doctrina que expones--interpuso Miguel de Zuheros--. No

atino contradecirla ni a disputar contigo. El corazón, no obstante,

puede más que la cabeza. Y no bastan todas tus reflexiones, que hago

mías, para que deje yo de lamentar la pérdida de la ilusión que me había

forjado: que el recuerdo de doña Sol fuese como la estrella que me

guiase en mis peregrinaciones, y que mi amor y mi esperanza de ser amado

me prestasen aliento para dar cima a las proezas más altas. Te confieso

que la pérdida de esta ilusión me tiene harto triste, aunque me esfuerzo

para no estarlo.

--Bueno será--dijo Tiburcio--que sacudas de ti esa melancolía. El

abatimiento y la tristeza enervan a los hombres y los incapacitan para

todo. Menester es que tu ánimo se regocije. No se riegan con lágrimas

los laureles. La alegría es quien mejor cuida de ellos y hace que

florezcan lozanos.

-VIII-

De acuerdo con lo ya expuesto, el previsor y hábil Tiburcio lo preparó

todo de la manera más conveniente, para que la partida de Morsamor no

fuese con lágrimas humillantes y amargas, como nacidas de desdenes, sino

con alegría, y hasta con cierto estrépito y alborozo según a un héroe y

futuro conquistador correspondía y cuadraba.

Tiburcio era un hurón para descubrir y acosar su presa, por muy borrado

que el rastro quedase en la pista y por muy oculta que fuese la

madriguera.

No acertaremos a explicar con qué arte diabólico Tiburcio había

averiguado que al anochecer del día anterior dos gentiles damas,

conocidas suyas, habían llegado a Cintra muy recatadamente, y habían ido

a instalarse en una hermosa casa de campo que allí poseían los señores

Adorno y Salvago.

La casa estaba lejos de la población, en lugar retirado y esquivo, más

allá de la sombría quinta que fue más tarde de D. Juan de Castro, y en

amenísimo valle, camino de Colares.

Los genoveses, viudo el uno y solterón el otro, aunque eran ambos de

edad provecta, enemigos del escándalo y muy inclinados a la devoción,

gustaban de echar de vez en cuando una cana al aire, sin perder su grave

circunspección y con la debida cautela. En aquellos días, estaban

afanadísimos con los preparativos y el embarque de víveres y de otros

bastimentos que por contrata debían hacer y que hacían para la salida de

la flota.

No bien esta se diese a la vela, se proponían ellos reposar de sus

fatigas y recrearse y holgarse en su retiro campestre, con un idilio

delicioso y bien concertado. A este fin, enviaron por delante, para que

lo tuviesen todo dispuesto y los aguardasen nada menos que a donna

Olimpia de Belfiore y a su compañera Teletusa. Ambas, se comprometieron

con gusto y fueron a esta excursión.

Donna Olimpia era muy singular mujer por todos estilos. Se preciaba de

bien nacida, de leal en sus tratos, de fiel a sus compromisos y de tener

una conciencia tan escrupulosa y estrecha, cuanto su profesión

consentía.

Jactábase donna Olimpia de la nobleza de su cuna, procuraba hacer creer

que era su familia del patriciado de Venecia y que figuraba en el _Libro

de oro_, y aun llegaba a afirmar en ocasiones que en el Tribunal de los

Díez se había sentado un tío suyo.

Años atrás, donna Olimpia había figurado con brillo en los saraos de la

bella Imperia, Aspacia del siglo de León X, como la cortesana de Mileto

lo había sido del de Pericles. Donna Olimpia, satélite ya de un astro

tan refulgente, acaso hubiera llegado a igualarse con dicho astro, si su

desatentada afición a correr mundo y ver tierras extrañas no lo hubiese

estorbado. Era tal afición, que Pedro Aretino, autor de la preciosa

historia de _La p... errante_, pensó con insistencia en tomar a donna

Olimpia por modelo, para dotar su historia de una segunda parte más

variada y peregrina. Acaso impidió que dicho propósito se realizase la

repentina muerte de Pedro Aretino, el cual, según aseguran, aunque donna

Olimpia, que era muy su amiga, lo negaba como calumniosa patraña, murió

de risa, al oír contar los embustes, embelecos y travesuras de una

hermana suya, famosa por sus devaneos.

Como quiera que fuese, donna Olimpia, según hemos dicho, tenía la

conciencia muy estrecha y jamás faltaba a sus compromisos, a no ser

sorprendida por irrupciones y agresiones inesperadas y violentas.

Había, sin embargo, quien la acusase de que una vieja, llamada la señora

Claudia, que iba siempre en su compañía como aya o como dueña, solía

preparar dichas irrupciones y agresiones. A lo que parece, la señora

Claudia había caído en aquellos días del favor de su ama, suplantándola

Teletusa que se había apoderado de su voluntad por completo.

Empleado Morsamor en sus rendimientos y obsequios a doña Sol, no había

vuelto a ver y apenas había recordado a donna Olimpia, desde que la vio

salir de Belén el día del Rey: pero donna Olimpia, aunque distraída y

empleada también a su manera, nunca había dejado de recordar a Morsamor

desde entonces, porque le hizo impresión viva y profunda y porque daba

por cierto que en toda nuestra península no había ni podía haber galán

más apuesto y hermoso, ni más gallardo y gentil hombre.

Tiburcio que, libre de amores platónicos, privaba tiempo hacía con

Teletusa, sabía por ella el buen concepto que donna Olimpia tenía de su

amigo y la inclinación que hacia él le llevaba.

Aquella tarde vio Tiburcio a Teletusa, y juntos concertaron un plan muy

alegre y una grata sorpresa para donna Olimpia.

A la hora de ánimas, Miguel y Tiburcio cenaron juntos en su posada, y ya

solos y de sobremesa, con la regocijada confianza que el haber comido y

bebido bien inspiran, Tiburcio expuso a Morsamor lo sustancial de su

plan, venció su repugnancia y logró que le aceptase para desechar

melancolías y para consolarse de los desdenes y sobreponerse a la

altivez de la noble amiga de la Reina.

Para no dar tiempo a que Morsamor lo reflexionase y se arrepintiese,

Tiburcio le condujo enseguida a la casa de campo donde las dos ninfas

vivían.

A un silbido de Tiburcio, que era la convenida señal, Teletusa, que

estaba aguardando, abrió sin ruido la puertecilla falsa del jardín, y

guiándolos por lo más umbrío de la frondosa espesura, los introdujo en

la casa, subió con ellos la escalera, atravesó corredores y salas, y

vino a parar a amplio dormitorio escasamente alumbrado por tres velas de

cera, puestas en un candelabro de plata, sobre una mesa que estaba en el

centro de la estancia. Teletusa que tenía a Morsamor de la mano, le dijo

entonces con voz dulce y sumisa:

--Quedaos aquí, señor Morsamor, que pronto vendrá quien os alegre y se

alegre de veros.

Y dicho esto, sin que hubiese vagar para contestación o pregunta,

desaparecieron Teletusa y Tiburcio con ella, dejando a Morsamor solo.

Solo ya, recapacitó Morsamor sobre lo que había hecho y casi se

arrepintió y se afligió de su viciosa ligereza. Indigno del héroe que él

anhelaba ser, hallaba aquel tan ruin comienzo de altas caballerías:

entrar con engañoso recato en casa ajena como ladrón astuto, y todo para

alcanzar los venales y fáciles favores de una cortesana.

Donna Olimpia tardaba en venir, y con la soledad y, con la impaciencia

crecía en Morsamor el disgusto de haber cedido a los propósitos de su

doncel, tan juicioso cuando hablaba en contra de las locuras sublimes,

como ligero y hasta cínico cuando se trataba de otra clase de locuras.

Contrariado Morsamor, se sentó en una silla en el rincón más obscuro de

la estancia y casi a los pies del lecho con colgadura que había en ella.

En medio de sus cavilaciones, oyó o creyó oír de súbito voces y

carcajadas que a lo lejos sonaban por el lado derecho del sitio en que

estaba él. Sin tiempo para pensar en lo que aquello sería, pero movido

de recelosa curiosidad, intentó Morsamor ir adonde sonaba el ruido a fin

de enterarse de todo. En pie estaba ya para realizar su intento, cuando

por el lado contrario, se abrió una puertecilla, penetró por ella un

bulto y Morsamor oyó una voz varonil que decía:

--¡Voto a los demonios todos del infierno! ¡Olimpia! ¡Olimpia! ¿Estás

ahí? Al fin, tropezando en la obscuridad y dándome de calabazadas contra

las paredes creo que he logrado llegar a tu cuarto. Esa maldita vieja

Claudia me dejó solo, prometiendo volver para guiarme. Tardaba en volver

y yo me cansé y he venido sin guía. Aquí estoy, Olimpia.

Con pasmosa serenidad y reposo, aunque harto previó las fatales

consecuencias que podía tener aquel encuentro, Morsamor se adelantó

hacia el personaje que había entrado y le dijo:

--Mucho lamento, señor Pedro Carvallo, pues la luz de las bujías os da

de lleno en la cara y os he reconocido, que la casualidad nos reúna aquí

donde y cuando los dos esperábamos encuentro más grato y suave.

Era Pedro Carvallo, el hombre de más violento carácter y más iracundo

que hubo en Portugal en aquellas edades. Terrible era además su encono

contra Morsamor, primero por natural antipatía, y después por su

rivalidad en amores con doña Sol, de quien Morsamor, en cierto modo

había sido harto más favorecido.

Pedro Carvallo ardió, pues, en cólera al oír y ver a Morsamor, y le

replicó de esta suerte:

--Mi encuentro contigo, no será ni quiero que sea suave, pero me será

grato. Tiempo ha, que me tienta el demonio con el prurito de matarte, y

ahora me ofrece la ocasión más propicia. ¡Defiéndete, miserable!

Y Pedro Carvallo desenvainó la espada y se puso en guardia adelantándose

hacia Morsamor.

Este, desdeñando la provocación y el insulto y procurando aún excusar un

lance que le parecía poco o nada honroso, dijo a Pedro Carvallo:

--Sosegaos, señor, y no llevemos a tan crudo extremo este negocio. Ruin

fundamento tendrían nuestro duelo y la muerte de cualquiera de nosotros

dos en esta casa extraña, y que ambos hemos asaltado. Vergonzosa sería

la victoria del que saliese vivo de aquí, y más vergonzoso el término de

quien aquí quedase muerto o herido.

--La poca vergüenza--contestó Pedro Carvallo feroz y groseramente--es la

de esas viles palabras con que tratáis de disimular vuestra cobardía.

Defendeos o mataros he como a un perro.

Pedro Carvallo se abalanzó entonces con furia contra Morsamor.

Morsamor sacó la espada, le recibió con calma y paró con inaudita

destreza todas sus cuchilladas y estocadas. Repugnaba Morsamor darle

muerte. Estaba seguro de su inmensa superioridad. Lo descompuesto y sin

arte del ataque ponía en su poder a Pedro Carvallo; pero Morsamor, por

eso mismo, consideraba más odioso dar sangriento término a la lucha con

aquel energúmeno, ciego por el rencor y la soberbia.

La lucha, no obstante, se iba prolongando demasiado. Pedro Carvallo,

aunque inhábil, era fuerte y menudeaba sus golpes con tanto brío, que

los quites de Morsamor tenían que ser también muy violentos. En uno de

estos quites, Morsamor dio de plano y con tanta fuerza en el brazo de su

contrario, que le derribó por tierra la espada.

Generosamente se contuvo Morsamor, para que el desarmado volviera a

armarse. Y ya Pedro Carvallo había recogido la espada; y sin tener en

cuenta en su furiosa locura la magnanimidad de Morsamor, se disponía de

nuevo a embestirle, cuando Morsamor se sintió de repente ceñido el

cuerpo en estrecho abrazo y cubierto el rostro de besos.

Donna Olimpia,

_In tutto il vezzo, della sua persona,_

le tenía asido y exclamaba con jubiloso entusiasmo:

--_¡O gioja ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!_

-IX-

Las tiernas y repentinas caricias de la vaga italiana, fueron

acompañadas de un diluvio de improperios y de blasfemias, que salían de

la boca de Pedro Carvallo, haciéndole coro con risotadas alegres

Teletusa y Tiburcio.

Pedro Carvallo sólo podía herir ya con la lengua. Dos robustos y

estupendos rufianes le tenían bien cogido entre sus enormes manazas

fuertes como el hierro, y Teletusa y Tiburcio, sin dejar de reír, le

ataban de pies y manos con suma destreza y valiéndose de lienzos

retorcidos a falta de cuerdas que por allí no había.

--¡Matadme o soltadme para que le mate!--gritaba Pedro Carvallo.

Y Tiburcio respondía riendo siempre:

--Tiempo te sobró para matarle cuando estabas suelto. Ahora te atamos

por caridad y para que no mueras.

Blasfemó, chilló e insultó de nuevo Pedro Carvallo. Teletusa pensó y

propuso ponerle una mordaza, pero no lo consintió donna Olimpia y con

voz imperiosa dijo:

--Llevadle al desván con los otros, echad la llave y traédmela. Que

pasen allí la noche. Ya veremos cómo sin peligro ni escándalo se les da

suelta cuando sea de día.

Aquellos dos formidables satélites, escuderos de donna Olimpia, y que

ella traía siempre consigo para imponer respeto y tener a raya a los

insolentes, sobre todo, cuando eran _spiantati_, oído el mandato de su

señora, tomaron en volandas a Pedro Carvallo y se le llevaron al desván

con delicadeza y esmero cuidadoso.

Donna Olimpia así lo recomendaba diciendo:

--Nada de malos tratamientos. No le hagáis el menor daño. Hasta podéis

desatarle las manos cuando esté en el desván y llevarle de comer y de

beber y un colchón para que duerma.

Dirigiéndose luego a Miguel de Zuheros, donna Olimpia le dijo:

--Yo os ruego, señor, que me perdonéis el grave disgusto que os ha

causado el venir a verme. No hubo en ello la menor culpa mía. Toda la

culpa fue de la vieja Claudia, mi criada. Sin encomendarse más que a su

propia codicia, y creyendo que podía disponer a su antojo de Teletusa y

de mí, cuando menos lo recelábamos, cuando ni sabíamos que estuviesen en

Cintra los señores Carvallo y Acevedo, los introdujo aquí a ambos

furtivamente. Dejó solo a Carvallo para que aguardase por un momento su

vuelta y vino con Acevedo a la estancia de Teletusa. Hallábase allí

vuestro amigo el señor Tiburcio, mancebo prudente y listo a maravilla.

Buen doncel y consejero tenéis en él. Si la imaginación humana fuese tan

viva y creadora en nuestros días como lo fue en la antigua Grecia, yo me

daría a sospechar que la diosa Minerva, así como acompañó y guió a

Telémaco en sus peregrinaciones, tomando la figura de Mentor, así os

acompaña y guía al presente bajo la figura de un garzón barbilindo,

disfraz más adecuado, en mi sentir, que el de un vejestorio barbudo.

Pero dejando a un lado alabanzas, diré en cifra y resumen, que Acevedo,

lo mismo que Carvallo, quiso llevarlo todo por la tremenda, y que

prevenidos a tiempo mis dos escuderos, que andan siempre alerta y ojo

avizor, aun antes de que Acevedo y Tiburcio desenvainasen las espadas,

se apoderaron de Acevedo, y con el auxilio de Teletusa y de vuestro

doncel, le ataron chistosamente abrazado a la vieja Claudia y

traspusieron con ellos al desván, donde se los encontrará el Sr.

Carvallo cuando allí llegue. La algazara promovida por estos sucesos que

atrajo al cuarto de Teletusa en donde ocurrían. Tal ha sido la causa de

mi tardanza en venir por aquí, donde algún indicio leve tenía yo de que

tan dulce bien me aguardaba. Por dicha, y merced a vuestra destreza,

serenidad y generosa sangre fría, todos hemos llegado a tiempo de evitar

una tragedia.

--Y ya que no la hubo--dijo Teletusa--celebrémoslo bebiendo un trago a

la salud de los amos de esta casa que no tienen mal provista la

despensa. No os propongo que cenéis, porque no tendréis gana. Tal vez

habréis cenado ya. Siempre, no obstante, habrá quedado lugar para un

bocadillo de algo picante y salado que sea despertador de la sed. Las

dos criadas de esta casa van a serviros al punto en esta misma mesa.

En efecto, salió Teletusa y a poco volvió, riendo, brincando y bailando,

con un gran plato levantado en alto en sus manos como si representase a

Herodias.

--No os asustéis--exclamó--que no os traigo la cabeza de Juan, sino la

de un jabalí, rellena de verdes alfónsigos y de lengua y lomo con mucha

sal, pimienta y otros aliños. Estas manos, que se ha de comer la tierra,

lo han condimentado todo. Estoy orgullosa de mi habilidad culinaria. Ha

sido mi tarea del día de hoy.

--Bien puedes decir como Tito--interpuso donna Olimpia--que no has

perdido tu día.

--¿Lo oyes, Tiburcio? Llámame tu Tita que es más breve y más dulce que

tu Teletusa.

Y diciendo esto, puso sobre la mesa el plato con la cabeza de jabalí.

Las dos criadas, que entraron en pos de ella, colocaron también sobre la

mesa blanco pan, anchas copas y sendos y grandes jarros.

Señalándolos Teletusa con el dedo, habló así:

--Este es vino rancio y seco de Chipre, néctar exquisito, consagrado a

Venus, cuya fue aquella isla, allá en las edades felices en que vivieron

y reinaron las diosas entre los mortales. Este otro es moscatel de

Siracusa, vino del que se embriagaba el Cíclope para consolarse de los

desdenes de Galatea, con el que Arquímedes se inspiraba para sus más

raras invenciones y del que siempre bebía Teócrito antes de componer sus

idilios. No os pasméis, señores, de mi notable erudición. No en balde

soy la discípula predilecta de donna Olimpia. De tal palo tal astilla,

como suele decirse.

Donna Olimpia y Tiburcio aplaudieron a Teletusa. Y Morsamor, algo

pensativo aún y no muy conforme con que todo aquello se aviniese bien

con su papel de héroe, empezó a rendirse y a contagiarse del regocijo

harto profano que allí reinaba. Morsamor se sintió ebrio antes de beber

el vino.

--Que mis escuderos vuelvan aquí también--dijo donna Olimpia--para que

coman y beban patriarcalmente con nosotros, que bien lo merecen después

del primor con que se han conducido.

--Y vaya si lo merecen--dijo Teletusa--. ¡Hola! Asmodeo y Belcebú,

acudid a beber y a regocijaros. Y vosotros, señores Morsamor y Tiburcio,

no os maravilléis ni asustéis de los fingidos nombres que damos a estos

dos galanes (y como ya habían entrado los señalaba), porque sus nombres

verdaderos se guardan para mayores cosas. Ambos son de noble prosapia y

aun creo que algo parientes de donna Olimpia.

--No hay duda en ello--interpuso esta--. Nuestro parentesco es evidente

aunque remoto. Soy prima quinta de Belcebú y sexta de Asmodeo.

--Pues que sea enhorabuena--dijo Morsamor, desechando escrúpulos, echado

a rodar su formalidad y tomando parte y aun haciendo el papel principal

en la orgía que hubo de seguirse.

-X-

Resbaladizo y difícil sería describir aquí lo que allí ocurrió después.

La cabeza de jabalí casi desapareció. Los dos enormes jarros quedaron

vacíos. A las risas, a los brincos y a los cantares, con que se animó la

cena, sucedió profundo silencio. Tiburcio y Teletusa se fueron por un

lado. Asmodeo y Belcebú, por otro.

Sólo la tenue luz de una lámpara velada por el vaso de alabastro en que

ardía iluminó la estancia tranquila, hasta que rayó el alba y sus

resplandores primeros penetraron por la ventana, entreabierta a causa

del calor del estío, penetrando también fresco y manso vientecillo,

impregnado de aromas de mil flores, y el gorjeo de los pájaros que

cantaban en la enramada y saludaban el día naciente. Poco más tarde, en

la gran sala de la quinta, aparecieron Morsamor y Tiburcio, donna

Olimpia y Teletusa y los dos formidables escuderos. Todos se movían y se

afanaban como en el momento que precede a un largo viaje.

Donna Olimpia y Teletusa estaban hartas de Portugal y habían resuelto

acompañar a Morsamor y a Tiburcio al extremo Oriente. Los hijos de

Lusitania no se les habían mostrado pródigos de los tesoros que de allá

venían y así determinaron ellas ir a buscarlos. El imprevisto lance,

además, de la noche anterior podría acarrearles no pocas desazones,

sobre todo cuando las abandonaran sus dos triunfantes amigos.

Donna Olimpia había expresado su resolución del modo más terminante.

--Os seguiremos--había dicho--y os seremos fieles. Unidos,

conquistaremos el mundo. Si fuese menester, hasta nos convertiremos en

amazonas. Teletusa será Bradamente y yo la propia Pentesilea. Yo estaré

contigo, Morsamor, hasta que se harte de mí tu alma. Sólo entonces, y si

acertamos a dar con el verdadero y legítimo Preste Juan, que tantos han

buscado en balde hasta ahora, yo le rendiré, le cautivaré, me sentaré en

su trono y vendré a ser la Papisa Juana del Oriente.

Teletusa, Tiburcio y los dos jaques, holgaron mucho de oír este

razonamiento; le aplaudieron y le celebraron con risas estrepitosas.

Allá en su interior, todo aquello repugnaba no poco a Miguel de Zuheros;

pero cierto vehemente atractivo de amor vicioso luchaba con la

repugnancia y la vencía. Morsamor no quiso o no se atrevió a rechazar

los propósitos y ofrecimientos de donna Olimpia.

Dichos propósitos se cumplieron.

Apenas despuntó el día, acudieron a la puerta de la quinta dos criados

de Morsamor y Tiburcio con caballos y bagaje. Donna Olimpia y Teletusa,

auxiliadas por los dos jaques, empaquetaron y embaularon sus alhajas,

vestidos y demás prendas.

Todo esto, así como las mismas damas y sus escuderos, habían de viajar

en mulas que los genoveses tenían en la caballeriza y de las que se

dispuso como de bienes mostrencos. Y no mucho después, antes de que el

sol apareciese y dorase con sus rayos la tierra, todos se pusieron en

marcha, formando alegre caravana y caminando a paso largo hacia Cascaes.

La llave del desván quedó en poder de las sirvientas de los señores

Adorno y Salvago, para que pusiesen en franquía a la vieja Claudia y a

los señores Carvallo y Acevedo, a las tres horas de haber salido de la

quinta Morsamor y su acompañamiento.

La nave que mandaba Morsamor era grande y capaz y él podía tripularla a

su antojo. Con holgura, pues, instaló en ella a su gente. Y aquel mismo

día, antes de que el sol rayase en lo más alto del cielo,

_Yá no largo Oceano navegavam_,

_As inquietas ondas apartando_:

_Os ventos brandamente respiravam_,

_ Das naos as velas concavas inchando_.

-XI-

Donna Olimpia y Teletusa no se mareaban. Se hallaban en el mar como

nacidas: como si fuesen nereidas y no mujeres. Morsamor se sentía

también más a gusto que en tierra, lleno de esperanzas y forjando en su

mente los más audaces y ambiciosos planes. En cuanto a Tiburcio eran de

maravillar sus conocimientos náuticos, su alegre humor y su útil

actividad a bordo. Por la traza seguía pareciendo mancebo de menos de

veinte años, mas por las acciones podría suponérsele viejo y

experimentado navegante. Así se lo decía Lorenzo Fréitas, piloto de la

nave, que tenía más de sesenta años, que había navegado mucho y que

había hecho ya otros dos viajes de ida y vuelta a la India.

Pronto Lorenzo Fréitas trabó amistad íntima con Tiburcio y se ganó el

afecto y la confianza de Morsamor y de las damas aventureras.

Iba asimismo en la nave un piadoso y entusiasta misionero franciscano,

cuyo nombre era Fray Juan de Santarén. Grandísima gana llevaba este de

difundir la luz del Evangelio, de convertir idólatras y mahometanos y de

bautizarlos a centenares. No se oponía todo ello a que Fray Juan,

reservando la gravedad solemne para sus futuras predicaciones, fuese por

lo pronto jocoso y alegre como unas sonajas, inclinado a cuidarse y a

tratarse bien para sufrir más tarde las fatigas del apostolado, y harto

propenso a contar chascarrillos y a decir chirigotas, que no siempre

despuntaban por su urbanidad y delicadeza.

Como cielo y mar estaban serenos y el viento era próspero, el viaje iba

haciéndose con felicidad y prontitud.

Al subir una mañana sobre cubierta, nuestros seis principales personajes

se extasiaron admirando el azul transparente de las aguas, rizadas

apenas por el soplo de la brisa, donde se reflejaban el más claro azul

del cielo y las ligeras nubes, que parecían de nácar, purpura y oro. La

luz del sol, que se iba levantando, formaba en las ondas rieles

luminosos y se diría que penetraba por curiosidad en el seno

transparente del agua para iluminar las grutas y los alcázares

submarinos que allí se esconden.

La costa europea había quedado lejos. Sólo mar y cielo se hubiera visto,

sino apareciese ante los ojos encantados de los de la nave, no lejos de

ella y en medio del piélago azul, algo a modo de ingente y precioso

canastillo de flores y verdura, que parecía flotar sobre la superficie

del Atlántico. Mil lozanos y frondosos árboles subían hasta la cima del

cerro que en el centro de la isla se alzaba, como ramillete en forma de

piña, en cuya punta, destacándose sobre el limpio fondo del aire,

resplandecía un blanco santuario de la Virgen, dorado ya por los casi

horizontales rayos del sol naciente.

--Esa--dijo Lorenzo Fréitas a nuestros cuatro aventureros--es la isla de

Madera, descubierta por Juan Gonzalves y Tristán Vaz en tiempo del

glorioso Infante Don Enrique, instigador y fundador de nuestras grandes

empresas marítimas, hoy tan en auge.

A la vista de la isla de Madera, tomando el fresco sobre cubierta y bajo

un toldo, se desayunaron aquel día Miguel y Tiburcio, ambas damas, el

misionero Fray Juan y el viejo piloto.

No hemos de seguir nosotros punto por punto a los viajeros. Pasaremos de

largo cuando nada les ocurra de singular y memorable. Si ahora nos

detenemos aquí es por considerar que, durante aquel desayuno, todos

estuvieron expansivos y casi elocuentes y dijeron cosas muy importantes

a la narración que vamos haciendo.

Hasta el desayuno que tomaron los seis, sentados en torno de una mesa

redonda, tenía algo de exótico para los europeos de entonces, porque

bebieron en hondas tazas, mezclada con leche y azúcar, una infusión de

cierta hierba olorosa y salubre, que llamaban cha y que ya se traía a

Portugal de los remotos reinos del Catay, que están mucho más allá del

Indo y del Ganges.

--Larga y penosa--dijo Miguel de Zuheros--va a ser nuestra navegación

hasta llegar a las regiones del extremo Oriente. Enorme es el rodeo que

tenemos que dar, bajando hasta el Cabo de las Tormentas, hoy de Buena

Esperanza, que Bartolomé Díaz dobló por vez primera. Pasman el esfuerzo

constante y el secular empeño, primero del Infante Don Enrique y después

de sus sucesores y de su pueblo para conseguir el triunfo que han

conseguido.

--Con menos tiempo y trabajo--repuso donna Olimpia--me parece a mí que,

si mis compatriotas los venecianos se hubiesen puesto de acuerdo con

árabes y turcos y con el Soldan de Babilonia y con el de Egipto, tal vez

hubieran podido abrir algún ancho canal por donde sin tantos rodeos

hubieran pasado sus naves del mar Mediterráneo al mar Rojo,

encaminándose luego por allí hasta más allá de Trapobana, a Cipango y al

remoto país de los seras. El pensamiento de abrir ese canal no es cosa

nueva. Ya le tuvieron algunos Faraones, y sin duda le tuvieron también

Salomón e Hiran rey de Tiro, cuando unidos en estrecha alianza enviaban

sus flotas a Ofir, de donde volvían cargadas de riquezas. Si tal

pensamiento se hubiera realizado no hubieran perdido Venecia y toda

Italia la supremacía en la navegación y en el comercio, y el poder que

consigo trae y que hoy tienen los portugueses.

Fray Juan de Santarén tomó parte en la conversación y exclamó:

--Lo que menos importa al bien de la cristiandad y del humano linaje es

que decaigan Venecia y otros Estados de Italia a causa de los

descubrimientos y conquistas de los portugueses. Más alto es el fin que

estos han tenido y han de tener en lo futuro. No van los de mi nación a

despojar en Oriente a los venecianos: van a que la religión de Cristo

prevalezca allí sobre la de Mahoma: van a quebrantar allí el poderío de

turcos, árabes y persas; y van, por último, a despertar del hondo sueño

de muchos siglos a las dormidas naciones orientales, que aletargadas e

inertes yacen en el seno letal de la idolatría.

--Todo eso, estará muy bien--interrumpió Tiburcio, riendo como tenía de

costumbre--. Pero ¿a qué tanto rodeo? ¿A qué ir por tan extraviado

camino hasta el extremo Sur de África? ¿A qué dejar atrás misterioso e

inexplorado, este continente enorme, en cuyo centro, que nos fingimos

abrasado, acaso esté el Paraíso que perdieron nuestros primeros padres?

¿A qué, en fin, dar tan desaforada vuelta y buscar el bien tan lejos,

cuando le tenemos cercano?

El piloto Lorenzo Fréitas, aunque sospechaba que Tiburcio no hablaba con

seriedad, sino para embromarlos, se enojó y no quiso consentir que ni en

broma se tildara de poco razonable la gloriosa y secular empresa de los

portugueses, y habló así en su defensa:

--No es sólo la codicia mercantil la que nos ha llevado a la India, no

es sólo el deseo de sobreponernos a la Señoría del Adriático, ni es sólo

tampoco el afán de vencer al Islam, buscándole en la fuente misma de su

mayor riqueza y despojándole de sus ocultos tesoros, lo que movió al

Infante Don Enrique y ha movido después a sus sucesores a hacer cuanto

han hecho. Mil veces más elevadas eran y son sus miras. Noble curiosidad

nos impulsó y nos impulsa. Anhelamos desgarrar el velo en que Naturaleza

se envuelve aún y se encubre a nuestros ojos mortales. Y hemos aspirado

y aspiramos todavía a que, así como se nos reveló el misterio del Mar

Tenebroso, por la persistente violencia que sobre él ejercimos, se nos

revelen también la magnitud y estructura de la tierra, y después todo el

artificio y la máquina del Universo, con las leyes de su movimiento y

vida.

--En verdad--dijo Fray Juan de Santarén--el señor Fréitas tiene razón

que le sobra. Hay un enigma de la mayor transcendencia, no resuelto aún,

que trae sin sosiego a cuantos hombres piensan y discurren en el día.

--Años ha, siendo yo muy mozo y reinando Don Juan II--interrumpió

entonces Lorenzo Fréitas--aportó a Lisboa un genovés muy presumido y

soberbio que estaba al servicio de Castilla y se llamaba Cristóbal

Colón. A ser cierto lo que él imaginaba y afirmaba, el enigma se hubiera

explicado y dejado de serlo. Aquel hombre audaz, fiado en sentencias e

insinuaciones de antiguos sabios griegos, y singularmente de

Aristóteles, había ido en busca de la India navegando hacia Occidente, y

casi creía haberla hallado y se jactaba de ello. Había aportado a

grandes y fértiles islas, y poco más allá casi daba por seguro que

debían de estar Cipango y otros países visitados por Marco Polo. Se

jactó también Colón de haber descubierto extensa costa al parecer de un

gran continente, y supuso que aquello era el extremo oriental del Asia,

y que más al Norte estaba el Catay, y la India más al Mediodía. A punto

estuvo de costarle la vida esta jactancia, porque algunos señores de la

corte, muy poco sufridos, creyeron lo que aseguraba y recelando que así

el rey de Castilla iba antes y por camino más corto a llegar a la India,

donde todavía no habían llegado los portugueses, decidieron provocar a

Colón, y como era poco sufrido reñir con él y darle muerte, con lo cual

su descubrimiento quedaría para Portugal y no aprovecharía a los

castellanos. Por dicha, los mencionados señores expusieron su proyecto

al Rey Don Juan II, apellidado con razón el Príncipe Perfecto, el cual,

aunque vehementísimo en su cólera y de ímpetus tan vitandos que mataba a

puñaladas a quien juzgaba que le ofendía, sin excluir al hermano de su

mujer, reflexivamente era tan recto, tan temeroso de Dios y tan buen

Católico, que rechazó el plan, indignado. Colón pudo pues volver a

Castilla a lucir su descubrimiento y a que los reyes Don Fernando y Doña

Isabel le aprovechasen. Suscitó esto, no obstante, recelos y diferencias

entre los soberanos de España; pero pronto se arregló todo por virtud de

aquella línea, que tiraron idealmente desde un Polo a otro, dividiéndose

así las tierras y los mares apenas explorados y los que pudieran

explorarse en lo venidero. El Padre Santo sancionó el convenio con el

poder y la autoridad de que goza como Vicario de Cristo. Pocos años

después, enviado por el rey Don Manuel, llegó a Malabar Vasco de Gama,

Tristán de Acuña, el grande Albuquerque y otros héroes de Lusitania

dilataron nuestro dominio y nuestra gloria por el Oriente. Y los

castellanos en tanto llenos de noble emulación, hicieron nuevas

conquistas y descubrimientos en aquellas tierras occidentales a donde

Colón había llegado por vez primera y que por su magnitud merecieron

llamarse Nuevo Mundo. Según las últimas noticias que yo tengo, un

extremeño, cuyo nombre es Hernán Cortés, ha surcado el mar, ha pasado

por medio de vastos territorios y ha llegado a la capital populosa de un

bárbaro y desconocido Imperio, del que está a punto de enseñorearse.

Todavía pretenden algunos que este Imperio, donde Hernán Cortés ha

entrado a saco, está al Sur del Catay y al Norte de la India. De aquí

presumo yo que está aclarado el enigma, que hay antípodas y que es

evidente la redondez de la tierra.

--Poquito a poco, señor Fréitas--replicó Tiburcio--. Las cosas distan

mucho de ser tan claras. Yo tengo noticias más recientes que invalidan

lo que el señor Fréitas dice. Otro castellano, no menos valiente aunque

menos venturoso que Hernán Cortés, un tal Vasco Núñez de Balboa ha

cruzado ese continente por una región en que es muy estrecho; ha salvado

altas montañas y ha descubierto más allá un mar extensísimo que tiene

toda la traza de dilatarse más que el mar de Atlante. El enigma queda

por consiguiente en pie en toda su obscuridad misteriosa. Posible será

que los castellanos, navegando siempre hacia el Occidente por ese mar

recién descubierto se alejen cada vez más de la India. Y posible será

que los portugueses yendo siempre en dirección contraria a la que el sol

sigue, no aporten jamás a las regiones visitadas ya por Colón, Cortés y

Balboa.

--Ya sabía yo--dijo Morsamor--que ese Balboa de que habla Tiburcio había

descubierto un gran mar al otro lado del mundo de Colón, entrando en sus

aguas con la espada desnuda en la diestra y enseñoreándose de él en

nombre del César Carlos V. Esto complica y retarda la resolución del

problema, pero no me induce a creer que la resolución sea otra de la que

yo pensaba. Para mí es evidente la forma esférica o casi esférica de la

tierra. A la extremidad de ese mar han de estar Cipango, el Catay y la

India. Lo difícil ahora ha de ser para el que navegue hacia el Occidente

hallar el término de ese valladar o hallar un canal o estrecho, por

donde se pase del mar del Atlante a ese otro mar de Balboa. El que esto

logre y tenga además valor y fortuna para surcar el nuevo mar

desconocido, aportará sin duda a la India y podrá luego dar la vuelta al

mundo en que vivimos. Y el que navegue hacia Oriente, como navegaremos

nosotros cuando salvemos el obstáculo que África nos opone, podrá volver

también a su patria por opuesto camino si encuentra modo de salvar el

valladar que el Nuevo Mundo de Colón le ofrece. Yo os confieso, señores,

que la ambición me induce a señalarme en la India en empresas guerreras,

pero como no cuento con muchos soldados para eclipsar allí las hazañas

de Alejandro de Macedonia, preferiría yo sin estrago y sin sangre

emprender y llevar a cabo un propósito que me daría gloria nueva y sin

rival entre los seres nacidos de mujer: la gloria de circunnavegar este

planeta. Así probaría yo experimentalmente que no es enorme disco,

suspendido en el éter y asido por eje de diamante a las cristalinas

esferas que giran en torno suyo sobre dicho eje con arrebatada y pasmosa

armonía. Así aduciría yo razones y pruebas a los que pretenden que

nuestra tierra no es el centro del Universo, sino astro pequeño y opaco,

que va rodando en torno del sol, como Venus, Marte, Saturno y otros

planetas.

--Atrevida es la tal suposición--dijo Fray Juan de Santarén--pero ni en

Coimbra ni en Salamanca faltan doctores que la tienen por probable y aun

por casi demostrada, respondiendo a los que tratan de invalidarla por

mal entendidas sentencias de las Sagradas Escrituras, con aquellas

célebres frases de Francisco de Villalobos, médico de la Reina Católica:

los que acuden a la religión en asuntos de ciencias naturales son como

los delincuentes que buscan en la iglesia un asilo.

--También en Italia--añadió donna Olimpia--anda desde hace años muy

válida la opinión de que no es la tierra, sino el sol quien está en el

centro; y ya, en mi primera mocedad, conocí yo y traté en Roma a cierto

doctor polaco, cuyo nombre era Nicolás Copérnico, que enseñaba dicho

sistema y andaba muy afanado componiendo un libro, que pensaba dedicar

al Papa, sobre las revoluciones de los orbes celestes. No sería impío ni

herético tal sistema cuando con semejante dedicatoria intentaba su autor

santificar el libro que le defendiese.

--Así podrá ser--dijo Tiburcio--. Nadie, sin embargo, logrará quitarme

de la cabeza un endiablado razonamiento que agua o mejor diré envenena

el gozo de esta invención. Por ella resulta degradado y hasta envilecido

este mundo en que habitamos. No es ya el centro y objeto principal de la

creación entera para cuya iluminación, regocijo y deleite salieron de la

nada el sol, la luna y todas las estrellas. Nuestro globo queda reducido

a un astro opaco, pequeñuelo y hasta deforme que gira como otros muchos

planetas más grandes y más hermosos que él, perdido en la inmensidad del

éter. ¿Qué será de nuestra preeminencia sobre las demás criaturas; qué

de la dignidad humana, si tal suposición llega a demostrarse por

completo?

Morsamor, que coincidía por lo común con las opiniones de su joven amigo

y se complacía en aceptar su parecer y su consejo, estaba en aquella

ocasión tan poseído del parecer contrario y tan lleno de la fe y de la

esperanza de contribuir a la demostración de su verdad, que encarándose

con Tiburcio, exclamó con enojo:

--Sin duda tendrías razón si por lo material aspirase el hombre al

principado y si su valer se midiese por varas o se pesase por arrobas.

Pero como el gran ser del hombre es por el espíritu, lo mismo importa

para que le conserve que tenga su vivienda corporal en el centro del

Universo o en el más ruin y esquivo lugar de las profundidades del éter.

Donde quiera que mi espíritu se halle, allí estará, allí creará el

centro de todo; y en la capacidad inmensa de su entender encerrará

cuantos seres existen y pueden existir, y comprendiendo sus leyes, será

como si se las impusiera, porque si Dios está en todas partes, más

esencialmente está en el alma humana. Y así el alma humana, si procura

estar conforme con Dios y unirse con Dios, sólo será inferior a Dios

mismo y no a los habitantes de otros mundos, dado que tales habitantes

haya. Podrán ser más corpulentos, podrán tener sentidos más variados y

perspicaces, pero la ley moral y los primeros principios absolutos, raíz

de todo saber, y el amor inextinguible de lo infinito que sólo en lo

infinito se aquieta, en nadie podrán asistir con mayor energía y virtud

creadora que en el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios.

Todos aplaudieron el discurso de Morsamor. El propio Fray Juan de

Santarén, aunque con escrúpulos de que en el calor de la improvisación

hubiese dejado escapar alguna herejía, aplaudió también a Morsamor, en

gracia del entusiasmo y de la buena fe con que había hablado.

Convinieron además en que no hay ni habrá sistema de astrólogos o de

sabios empíricos que baste a desbaratar ninguna teología ni ninguna

metafísica bien cimentada. Y decidieron, por último, que Morsamor, sin

perjuicio de mostrarse en la India, dando allí razón de quién era, debía

volver a Lisboa, caminando siempre hacia Oriente y circunnavegando el

mundo en que vivimos, cuya redondez resolvieron todos que era innegable.

-XII-

Bien se puede afirmar que el poder de los elementos, sojuzgado y

hechizado por la confianza magnánima de nuestros navegantes, se

complació en favorecerlos, haciendo fácil y rápido su viaje. Pronto,

casi siempre a la vista de la extensísima costa, llegaron al extremo sur

del continente negro. El terrible gigante Adamastor, domado ya por la

secular constancia y el valor de los portugueses, estaba sin duda de muy

buen talante en aquella ocasión, y sin tormentas ni furores dejó que

entrasen en el mar de la India la nave de Morsamor y otras cuatro naves

más, que formaban la escuadra en cuya compañía Morsamor navegaba.

La pequeña flota iba como refuerzo de otra mucho mayor y más poderosa,

que tres meses antes había salido del Tajo, conduciendo a don Duarte de

Meneses.

Este personaje, que se había señalado mucho por su valor y pericia, como

Gobernador de Tánger, en la guerra que de continuo sostenían los

portugueses contra los marroquíes, iba como Virrey de la India con más

sueldo y más amplias facultades que sus predecesores. Le llevó una

armada de quince velas, en donde fueron Francisco Pereira Pestana para

Gobernador de Goa, Juan Silveira, para ejercer el mando en Cananor, y

para el gobierno de Calecut, Juan de Lima.

Habían ido también, custodiando al nuevo Virrey, cuatro naves a las

órdenes de Martín Alfonso de Melo, el cual debía después visitar el

Imperio chino.

La escuadra de que formaba parte la nave de Morsamor, viniendo a ser

complemento de dicha grande flota, con la misma felicidad que había

pasado el Cabo, aportó más tarde a Sofala, puerto muy estimado entonces

de los portugueses por creer que era el antiguo Ofir, de donde Salomón e

Hiran llevaron a Jerusalén mucho oro. De aquí que los portugueses

buscasen allí con afán aunque poco dichoso, las antiguas minas que el

hijo de David había laboreado.

Algo se detuvo en Sofala la pequeña flota, pero no tardó en zarpar para

Goa.

La nave de Morsamor no pudo seguirla. Tenía antes que ir a Melinda, a

donde enviaban los señores Adorno y Salvago no pocos artículos de

comercio. En Melinda debían venderlos o dejarlos en depósito y tomar en

cambio mercancías de Abexin, Arabia y Egipto y aun algunas de Siria, de

las islas de la Grecia y de la misma Italia que todavía llegaban hasta

allí, importadas en Egipto por los venecianos, a pesar del golpe mortal

que a su comercio habían dado los portugueses.

Durante tan larga navegación el tiempo pasó muy agradablemente para

Morsamor y Tiburcio, merced a la precaución o a la buena suerte que

habían tenido de embarcar con ellos a donna Olimpia y a Teletusa. Podía

considerarse la primera como la personificación de la amenidad serena y

elevada, y la segunda como la del regocijo y bullicioso trastulo de los

seres humanos: de tal al menos calificaba donna Olimpia a su compañera.

Y Tiburcio añadía, en alabanza de ambas, que eran, por estilo profano,

como Marta y María, representando una de ellas la vida contemplativa y

la vida activa la otra.

Dulce y modesta era donna Olimpia. Nadie con justicia hubiera podido

censurarla de marisabidilla y bachillera; pero en su trato íntimo, y

cuando Morsamor la estimulaba a hablar, mostraba su rara discreción y su

mucha doctrina con sencillez y sin pedantería ni jactancia. Habían

traído a bordo los _Diálogos de amor_ de León Hebreo, a quien Morsamor

quedó muy aficionado desde que logró salvarle de los insultos de la

plebe.

A veces leían en dichos _Diálogos_ y luego los comentaban. Y eran tan

atinadas y profundas las ilustraciones de donna Olimpia que, si se

hubiesen conservado y reunido en un volumen, formarían hoy la Filosofía

de amor más interesante y sublime.

En otras ocasiones, Morsamor y donna Olimpia ponían por las nubes mil

invenciones y descubrimientos recientes, que en sentir de ellos hacían

de la época en que vivían la más fecunda e ilustre de todas. Y como

sobre este punto no estuviese de acuerdo Teletusa, la ninfa gaditana no

quería callarse y asentir con su silencio, sino que tomaba la palabra y

decía de esta manera:

--No he de negar yo lo muy ingeniosas que son las invenciones de nuestra

edad: el empleo de la pólvora, en arcabuces, bombardas, culebrinas y

falconetes; la brújula y la imprenta; los instrumentos del famoso

estrellero y geómetra portugués Pedro Núñez, y el hallazgo y la

observación de nuevos astros en el cielo, y en la tierra de nuevos

continentes, islas y mares. Todo esto, no obstante, se explica con

facilidad por el entendimiento humano. Si Satanás ha intervenido en

ello, ha sido de tapadillo y sin dar la cara dejando que los inventores

se jacten de haberlo logrado sin sobrenatural auxilio. En cambio, las

invenciones primitivas son las que no se pueden explicar humanamente y

las que tenemos que admirar. ¿Quién inventó el habla? ¿Quién la

escritura? Estas y otras cosas por el estilo son las que no se

comprenden ni se explican sin acudir a la enseñanza y a la revelación de

Dios mismo, de los ángeles o de los genios. Yo doy por seguro que el

primero que cultivó el trigo y luego sacó de él harina e hizo pan,

realizó algo más estupendo que cuanto hace un siglo se ha descubierto o

inventado.

Todos aplaudieron el breve discurso de Teletusa, y animada ella con el

aplauso, se atrevió a proseguir:

--La pólvora da muerte y la harina es el mejor y más usado sustento de

la vida. A la harina, pues, me atengo. Quiero que sepáis, señores, que

una prima mía muy guapa fue la buena amiga y tal vez el oíslo del famoso

cocinero Ruperto de Nola. De él aprendió a condimentar exquisitos

guisos, no pocos de los cuales tuvo luego la bondad de enseñarme. Ahora

bien, yo quiero mostraros mi habilidad y probar al mismo tiempo la

extraordinaria importancia de la harina. Voy a ser, además, como cierto

tocador de viola en extremo habilidoso que tocaba en una sola cuerda

multitud de sonatas. Yo me he apoderado de un barril de harina y de una

enorme botija llena de aceite, y valiéndome de estas sustancias voy a

daros, mientras dure nuestra navegación, una fruta de sartén, distinta

cada día.

Teletusa cumplió su promesa, y sin estropear sus manos, que las tenía

bonitas y bien cuidadas, amasó y frió de diario los más deliciosos y

diferentes manjares farináceos que imaginarse pueden. Ya eran buñuelos

de una clase, ya buñuelos de otra, ya sopaipas, ya empanadillas, ya

gajarros, ya pestiños, ya hojuelas, ya piñonate.

Aun sobre estas frutas de sartén filosofaba Teletusa con agudeza y con

gracia exclamando:

--Nadie me quitará de la cabeza, que la materia prima es única, sin que

sean menester elementos distintos para producir las mil distintas cosas

que llenan y enriquecen el universo. Cierta fuerza que hay, reside o se

pone en la materia prima, agita y ordena sus partecillas infinitamente

sutiles, y de los diversos movimientos y coordinaciones de dichas

partecillas, que los sabios llaman átomos, resulta la infinita variedad

de los seres. De fijo la diferencia de ellos está en la forma. Por la

forma es uno feo y otro bonito, uno triaca y otro veneno, uno soso y

otro salado, uno amargo y otro dulce, uno huele bien y otro hiede, ¿qué

no podrá hacer la naturaleza cuando yo flaca mujer, con harina sólo,

hago cosas tan distintas y de tan diferente sabor sin que sean

sustancialmente más que harina? Y sin embargo, ¿cuán de otro modo que el

esponjado buñuelo sabe por ejemplo, el piñonate o la _crocante_

empanadilla, que con tan grato crujidito se desmorona entre los dientes?

No se limitaba Teletusa a freír masa y a filosofar sobre la fritura. Más

alegre pasatiempo solía proporcionar casi de diario y particularmente

cuando el tiempo era muy bueno, a sus dichosos compañeros de navegación.

Todos formaban corro en torno de ella. Tiburcio tocaba la vihuela o la

flauta, y Teletusa, repiqueteando las castañuelas bailaba como una

sílfide.

Teletusa era asimismo egregia cantora, no indigna del siglo y de la

patria en que la música estaba tan floreciente, merced a Bartolomé Ramos

de Pareja, a Pedro Ciruelo, a Juan Anchieta, a Juan de la Encina y a

otros insignes compositores y maestros.

La propia Teletusa, acompañándose con la vihuela, cantaba deliciosos

villancicos y coplas. Ora cantaba

Dos ánades madre

Que van por aquí.

Ora por lo sentimental y lo tierno, coplas como esta:

Pues que jamás olvidaro

No puede mi corazón

Si me falta galardón

¡Ay que mal hice en miraros!

Morsamor peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda · 第 10 / 14 题