-I-
En el primer tercio del siglo XVI, y en un convento de frailes
franciscanos, situado no lejos de la ciudad de Sevilla, casi en la
margen del Guadalquivir y en soledad amena, vivía un buen religioso
profeso, llamado Fray Miguel de Zuheros, probablemente porque era
natural de la enriscada y pequeña villa de dicho nombre.
No era el Padre alto ni bajo, ni delgado ni grueso. Y como no se
distinguía tampoco por extremado ascetismo, ni por elocuencia en el
púlpito, ni por saber mucho de teología y de cánones, ni por ninguna
otra cosa, pasaba sin ser notado entre los treinta y cinco o treinta y
seis frailes que había en el convento.
Hacía más de cuarenta años que había profesado. Y su vida iba
deslizándose allí tranquila y silenciosa, sin la menor señal ni indicio
de que pudiese dejar rastro de sí en el trillado camino que la llevaba a
su término: a una muerte obscura y no llorada ni lamentada de nadie,
porque Fray Miguel, aunque no era antipático, no era simpático tampoco,
se daba poquísima maña para ganar voluntades y amigos, y, al parecer, ni
en el convento ni fuera del convento los tenía.
En vista de lo expuesto, nadie puede extrañar que hayan caído en el
olvido más profundo el nombre y la vida de Fray Miguel.
Ya verá el curioso lector, si tiene paciencia para leer sin cansarse
esta historia, las causas que me mueven a sacar del olvido a tan
insignificante personaje.
Son estas causas de dos clases: unas, particularísimas, que se sabrán
cuando esta historia termine; y otras tan generales, que bien pueden
declararse desde el principio y que voy a declarar aquí.
Todo ser humano, considerado exterior y someramente, es indigno de
memoria, si no ha logrado por virtud de sus hechos o de sus palabras,
habladas o escritas, influir poderosamente en los sucesos de su época,
haciendo ruido en el mundo. Los que ni por la acción ni por el
pensamiento, revestido de una forma sensible, logran señalarse, pasan
como sombras sin dejar rastro ni huella en el sendero de la vida y van a
hundirse en olvidada sepultura, sin que nadie deplore su muerte y sin
que nadie, al cabo de pocos años, y a veces al cabo de pocos días, se
acuerde de que vivieron.
Y, sin embargo, cuando por cualquier medio o estilo acertamos a penetrar
en las profundidades del corazón y en los más apartados y obscuros
aposentos del cerebro del personaje al parecer más insignificante, todo
suele cambiar de aspecto en la idea que formamos de él, ya que
descubrimos allí multitud de pensamientos maravillosos y de soberanas
aspiraciones, y un mar tempestuoso de apasionados sentimientos, que ora
sean buenos, ora sean malos, si llegan a ser grandes, dan valer e
importancia a la persona que los concibe e inspiran hacia ella un
interés acaso mayor del que nos han inspirado los más famosos varones al
saber sus altas hazañas o al leer sus inmortales escritos.
Fray Miguel, al empezar este relato y al presentarle yo a mis lectores,
no era escritor, ni predicador, ni por nada se distinguía. Cualquiera
otro fraile de su mismo convento era más notable que él.
Antes de entrar en la vida religiosa tampoco había conseguido señalarse.
Tenía ya setenta y cinco años cumplidos, y, para todos sus semejantes,
no pasaba de ser una de las innumerables unidades que forman la gran
suma del linaje humano.
En el convento se sabía poco y a nadie le importaba saber de la vida
pasada de Fray Miguel antes de que fuera fraile.
Como otros muchos hombres, en aquel largo período de anarquía,
discordias y guerras civiles, que precedió al reinado de los Reyes
Católicos, había buscado por diversos caminos la notoriedad, el poder y
la fortuna, y no había logrado hallarlos.
Fray Miguel había sido soldado y poeta, que eran las dos profesiones,
por las cuales, no siendo clérigo o fraile, podía un hombre del estado
llano en aquella edad encumbrarse o darse a conocer al menos.
Fray Miguel había trabajado en balde. No decidiremos aquí si fue la
capacidad o si fue la ventura lo que le faltó en su empresa. Su ambición
y sus propósitos no debieron de ser pequeños si los calculamos por la
significación del nombre que él como trovador y aventurero de armas
tomar había adoptado.
Fray Miguel se había llamado Morsamor en el siglo.
Sus versos fueron tan malos o fueron tan infelices que no entraron en
ningún Cancionero, aunque en muchos Cancioneros abundan los detestables,
tontos o fríos. Sus hazañas, si las hizo, no le dieron riqueza, ni
valimiento, ni poder, y no hubo cronista que hablase de ellas en sus
narraciones, ni épico callejero que escribiese un mal romance para
referirlas y ensalzarlas. Dice el refrán que el lobo, harto de carne, se
mete fraile. Morsamor no fue como el lobo. Morsamor no cogió la carne:
apenas columbró la sombra. La desilusión, la esperanza perdida, le trajo
a la vida monástica.
En ambos reinos, unidos ya bajo el centro de Isabel y Fernando, había
cambiado todo y era menester que Morsamor también cambiase. La paz y el
orden con enérgica severidad habían venido a sobreponerse a la confusión
y al alboroto que estimulaban tanto la ambición y la codicia. Los falsos
antiguos ideales de la Edad Media habían caído por tierra como ídolos
quebradizos, desbaratados y rotos bajo los certeros golpes del cetro de
hierro de los nuevos soberanos. Morsamor no acertaba a descubrir nuevos
ideales: nuevos objetos, término y meta de la ambición humana. A sus
ojos sólo quedaba en pie el venerando e indestructible ideal religioso,
que se alzaba como elevadísima y solitaria torre en medio de un campo
arrasado y lleno de ruinas. Lo único que quedaba como refugio, consuelo
y fin de la vida de Morsamor era la religión. Hízose, pues, religioso
por no saber qué hacerse. Y ya se comprende que esta manera de hacerse
religioso de poco o de nada podía valerle así en la tierra como en el
cielo.
Harto se comprenderá también, se explicará y se justificará por lo
dicho, el pobre papel que Fray Miguel de Zuheros hacía entre los demás
frailes.
Sólo Dios sabía lo que guardaba él en el centro del alma. En lo exterior
la figura inconsistente de Fray Miguel, sin color, sin energía y sin
carácter propio, se esfumaba en el espacio e iba lenta y desabridamente
a desaparecer en el tiempo.
-II-
De vez en cuando, creciendo en importancia y en frecuencia e
interrumpiendo la monotonía de la vida claustral, llegaban al convento
noticias vagas y confusas que revelaban una pasmosa renovación en la
vida social de la recién formada nación española. Los ideales, por susto
de cuya ausencia se había refugiado Fray Miguel en el claustro, brotaron
entonces en el suelo fecundo de España, le cubrieron todo y vinieron a
llamar con estrépito en su celda al desengañado solitario. Mientras que
Fray Miguel vivía vida contemplativa y obscura, una vida fecunda en
acciones maravillosas se había desenvuelto en toda nuestra Península,
salvando sus límites y confines, y derramándose con irresistible
expansión por el mundo todo. Los reyes unidos de Aragón y Castilla
habían vencido a los portugueses en Toro, vengando la afrenta de
Aljubarrota; habían conquistado el hermoso reino de Granada; habían
expulsado de Italia a los franceses, enseñoreándose de Nápoles y de
Sicilia. Un aventurero genovés había ofrecido llegar a Cipango y al
Catay, atravesando con sus naves el nunca surcado y tenebroso mar de
Sargaso, y el aventurero había descubierto extensas y hasta entonces
incógnitas regiones, donde había ido a plantar la cruz del Redentor y el
pendón de Castilla, dejando entrever y haciendo augurar que la tierra en
que vivimos es mayor de lo que se pensaba y que todo lo oculto y
misterioso que hasta entonces había habido en ella, iba a revelarse y a
manifestarse a nuestros ojos y a ser dominado por castellanos y
aragoneses.
En competencia con ellos y movidos por idéntico impulso, los portugueses
habían persistido en su casi secular empeño de navegar hasta el extremo
Sur de África, de ir más allá navegando, y de llegar a la India y de
apoderarse allí del comercio, y de la riqueza de que hasta entonces
habían gozado árabes, persas, venecianos y genoveses.
Iba Fray Miguel enterándose vaga y confusamente de todas estas
novedades. Como era poco comunicativo no decía a nadie la impresión que
le hacían; pero la impresión era profunda, acrecentando su profundidad y
su fuerza, la reconcentración y el sigilo con que en el centro de su
alma lo escondía todo.
Cualquier ser humano, como no sea depravadísimo, tiene el amor de la
patria, del pueblo, de la tierra en que ha nacido y de la gente a que
pertenece. Este sentimiento es tan natural y tan general que no he de
hacer yo el elogio de Fray Miguel porque le tuviese. Me limito a afirmar
que le tenía. Los triunfos de su nación, el verla trocada de sociedad
desquiciada y anárquica en Potencia temida, influyente y gloriosa,
lisonjeaban el orgullo de Fray Miguel y le tenía muy satisfecho y
orondo. Por nada del mundo hubiera anhelado él que lo que era no fuese;
que de todas las glorias, grandezas y triunfos su nación, resultasen
falsedad y sueño vano de la fantasía. Su corazón se alegraba de que
fuesen reales; pero al mismo tiempo, por extraña aunque frecuente
contradicción de nuestro espíritu, había en el suyo vergüenza y
abatimiento de no haber contribuido a la elevación nacional de que se
admiraba y se enorgullecía. Ni con sus humildes rezos, ya en el templo
solitario, ya en su mezquina celda, había contribuido Fray Miguel a
ninguna de las altas empresas que se habían llevado a cabo. Su corazón
falto de fe y de esperanza y su mente inclinada y torcida a no prever
sino lo peor, no habían podido pedir ni habían pedido al cielo lo
inasequible, lo absurdo, lo que no habían concebido ni en sueños,
comprendiéndolo sólo al verlo en realidad efectiva. España, pobre,
desgarrada por discordias civiles, sin dominio y sin influjo en lo
exterior, se había transformado de repente en la primera nación del
mundo, y Fray Miguel, que en sus verdes mocedades había aspirado a
llenarle de su ama, como trovador y como guerrero, tenía entonces que
confesarse asimismo, en amargo vejamen, que ni como devoto fraile, con
oraciones y súplicas, había contribuido a tan maravillosa transformación
y a tan no prevista ni imaginada grandeza.
Los nombres gloriosos de navegantes intrépidos, de dichosos e invictos
capitanes, de habilísimos políticos, de negociadores que sabían ganar
ajenas voluntades e imponer la propia, y de administradores juiciosos y
atinados que encontraban recursos sin esquilmar a la nación, todo esto,
a par que halagaba el alma de Fray Miguel en lo que tenía de alma
española y en lo que era como parte del alma superior y colectiva de su
pueblo y de su casta, lastimaba, hería y destrozaba su alma individual,
colmándola de amargo abatimiento y de ponzoñosa envidia.
Durante muchos años, desde que se retiró Fray Miguel al claustro hasta
mucho después, el completo menosprecio del mundo, o sea del linaje
humano en general y de su pueblo en particular, había estado en perfecta
consonancia con el menosprecio de sí mismo que Fray Miguel sentía, de
donde resultaba una tranquilidad fúnebre. Fray Miguel había estado,
durante muchos años, fúnebremente tranquilo; pero el reciente alto
concepto que de su patria había formado y la consideración del valer, de
las hazañas y de la gloria de los hombres que habían encumbrado su
patria, se contraponían ahora al menosprecio de sí mismo que no podía
menos de seguir sintiendo, y esto levantaba en su alma una tempestad de
celos y hacía retoñar y reverdecer en ella la antigua ambición de su
mocedad, volviendo a ser ambicioso con más de setenta y cinco años
cumplidos. Su corazón latía con violencia lleno de extrañas aspiraciones
bajo el humilde sayal franciscano. Su corazón se agitaba en la vejez
acaso con más poderosas energías que en la juventud. En su juventud
había habido siempre algo de vano en todos sus propósitos ambiciosos:
había puesto la mira en fines confusos o efímeros y poco elevados: en
distinguirse en un torneo o en alguna otra empresa caballeresca
atrayendo la atención y conquistando el afecto de alguna dama hermosa,
encumbrada y noble. Ahora los fines que se proponían, que buscaban y que
alcanzaban los hombres de acción, eran más consistentes, eran más altos
y no por eso menos positivos y sustanciales. El mundo, ignorado antes,
había venido a revelarse con una grandeza real hasta entonces no
percibida y por toda ella iban a extenderse y a triunfar la religión de
Cristo y la civilización de Europa, llevadas par los hijos de Iberia
hasta las regiones más remotas, ya entre gentes bárbaras y selváticas
que separadas del resto del humano linaje no habían seguido su marcha
progresiva y hasta habían olvidado la nobleza de su origen común, ya
entre los pueblos de Oriente donde persistían y florecían aún la poesía
y el saber y el arte de las edades divinas, cuando entendían los hombres
que estaban en comunicación y trato con los dioses y con los genios; por
todas partes, entre todas las lenguas, tribus y gentes, así entre
aquellas, que olvidadas de las primitivas aspiraciones y revelaciones,
se habían hundido en una vida casi selvática, como entre aquellas que,
combinando y fecundando esas aspiraciones y revelaciones primitivas con
los ensueños de una exuberante fantasía, habían creado una portentosa
cultura, en cuya ponderación y admiración permanecían inmóviles.
Si nos figuramos a todo el humano linaje como inmensa hueste que marcha
a la conquista de una tierra de promisión, los pueblos selváticos y
rudos que hacia el Occidente se habían descubierto, eran como parte de
la hueste que se había extraviado en el camino y que no sólo había
desistido de la empresa sino que la habían olvidado. Por el contrario,
los pueblos que los portugueses habían vuelto a visitar en el Oriente,
abriéndose camino por los mares, se diría que, embelesados en el regalo
y deleite de encantados jardines y orgullosos de su primitivo saber y
del rico florecimiento de la antigua cultura, permanecían aún parados e
inertes. Misión providencial de los hijos de Iberia era sin duda sacar a
los unos de la abyecta postración en que habían caído y despertar a los
otros del sueño secular, del profundísimo letargo en que estaban.
Esta parte de la misión parecía especialmente confiada a los
portugueses. Habían, como el gentil caballero del antiguo cuento de
hadas, venciendo mil obstáculos y dificultades, penetrado en los
deliciosos jardines y luego en el encantado palacio donde, desde hacía
muchos siglos, la hermosísima princesa estaba dormida.
El modo que los portugueses emplearon para despertarla del sueño, no fue
a la verdad tan dulce y tan delicado como el del cuento; pero la
realidad tiene sus impurezas y aquellos tiempos eran más rudos que los
de ahora. Valga esto para disculpa de los portugueses.
Como quiera que ello sea, ya las noticias de nuestros triunfos en
Italia, ya las vagas y confusas narraciones de los descubrimientos que
hacia el Occidente hacían los castellanos de grandes y fértiles islas y
de un dilatado continente, habitado todo por tribus salvajes y decaídas
que no habían llegado o que habían retrocedido hasta el extremo de no
tener animales domésticos, de no ser pastores, de vivir en un estado de
humanidad más rudimentario que el de los pueblos errantes de Asia y de
África, ya las expediciones, victorias y conquistas de Portugal en la
India, que renovaban o eclipsaban las glorias fabulosas del Dios
Ditirambo y las hazañas y empresas reales del Macedón Alejandro y que
obscurecían las leyendas de los siglos medios, todo entusiasmaba y
solevantaba a Fray Miguel de Zuheros; pero lo que más le seducía, lo que
ejercía fascinador influjo en su ánimo y le atraía poderosamente, era el
éxito de los portugueses en la India.
Acostumbrado Fray Miguel a disimular sus emociones, a no confiarse a
nadie y a no desahogar confesándolo lo que tenía en su pecho, no
mostraba en lo exterior ni para cuantos le rodeaban alteración ni
cambio.
Como además fijaba poco la atención y todos le tenían por persona menos
notable de lo que era, nadie advertía el cambio imperceptible y lento
que en él se había realizado. Fray Miguel estaba más retraído y
silencioso que nunca. De sus labios no brotaban sino las indispensables
palabras que la necesidad o la cortesía nos obligan a pronunciar en la
vida diaria, y no sonaba su voz en más largos discursos que los de las
devotas oraciones que rezaba en el coro.
-III-
En contraposición a la insignificancia y obscuridad de Fray Miguel,
había en el mismo convento otro fraile cuya fama y alta reputación de
sabio se extendían por toda la Península y aun trascendían a Italia y a
otras naciones. Se llamaba este fraile el Padre Ambrosio de Utrera. No
había disciplina ni facultad en que no se le proclamase maestro. Era
gran humanista, diestro y sutil en las controversias, teólogo y
jurisconsulto, y muy versado en el estudio de los seres que componen el
mundo visible. Se suponía que de magia natural, astrología y alquimia
sabía cuanto podía saberse en su tiempo, y que él además, a fuerza de
estudios, meditaciones y experiencias, había descubierto grandes
misterios y secretas propiedades y leyes de las cosas creadas, de lo
cual revelaba algo a sus contemporáneos y ocultaba mucho, por considerar
que el humano linaje no alcanzaba aún la madurez y la capacidad,
convenientes para que pudiera confiársele sin profanación o sin
gravísimo peligro la llave de aquellos temerosos arcanos, de los que sin
embargo, se valía él para aliviar muchos males, corregir muchos vicios y
mejorar la condición y la suerte de sus semejantes, los demás hombres.
El Padre Ambrosio había ido por orden superior y en misión secreta a
Roma.
No importa a nuestra historia, ni sabríamos declarar aquí, aunque
importase, cuál había sido el objeto de la misión del Padre Ambrosio.
Baste saber que estuvo siete años en Roma, bajo el pontificado de León
X, y que volvió a su convento de Sevilla el año de 1521 en que va a
empezar la historia que aquí referimos.
A pesar de su grande autoridad como hombre de ciencia y a pesar de la
austeridad de sus costumbres, el Padre Ambrosio era benigno y afable con
todos los hombres y más aún con los desatendidos y desdeñados.
De aquí que Fray Miguel de Zuheros, si de alguien había recibido
muestras de cariñosa simpatía, había sido del Padre Ambrosio, y si algo
los interiores tormentos de su espíritu había revelado a alguna persona,
esta persona había sido el mencionado Padre.
Durante su ausencia, pues, Fray Miguel había vivido más aislado y mudo
que nunca.
Con frecuencia, en las horas de recreo y solaz que en el convento había,
cuando ni los Padres ni los novicios estudiaban, meditaban o rezaban, en
el extremo de la huerta donde había árboles de sombra y asientos de
piedra, el Padre Ambrosio se sentaba rodeado de muchas personas que
componían un atento auditorio, y con fácil palabra les relataba lo que
llamaríamos hoy sus impresiones de viaje.
Describía el Padre elocuentemente las magnificencias de la Ciudad
Eterna: sus palacios, sus templos y sus majestuosas ruinas.
El Padre Ambrosio no consideraba sin embargo a Roma como
ciudad-relicario, museo de antigüedades, residuo maravilloso pero inerte
de poderío y grandeza jamás igualados antes ni después en la historia.
Roma para él había sido siempre, y entonces era más que nunca, porque
volvía deslumbrado y hechizado por el esplendor, la elegancia y el lujo
de la corte de León X, Roma era para él en realidad la Ciudad Eterna, la
reina de las ciudades, la capital del mundo. El pensamiento
profundamente católico y español del Padre Ambrosio, si no auguraba, si
no se atrevía a profetizar una monarquía universal, la creía posible y
hasta probable y creía ver en el giro de los sucesos y en el
desenvolvimiento que iban tomando las cosas humanas, que todo se
encaminaba la formación de tan gloriosa monarquía, si monarquía podía
llamarse, y no debía darse otro nombre a lo que imaginaba el Padre. Él
imaginaba que el sucesor de San Pedro, vicario de Cristo y cabeza
visible de la iglesia, había de ser y era menester que fuese el Soberano
que dominase sobre toda la tierra y gobernase y dirigiese al humano
linaje como único pastor a una sola grey. Pero el Padre Santo era
principal ministro de un Dios de paz; en vez de cetro y espada tenía
cayado. No eran sus armas visibles ni capaces de herir el cuerpo sino
los espíritus: sus armas eran la bendición y el anatema. Determinando
mejor su concepto, el Padre Ambrosio miraba todos los territorios, donde
se había plantado la Cruz redentora, como redil amplio, gobernado por el
sucesor del príncipe de los apóstoles, pero gobernado por la persuasión
y por la dulzura y realizando la paz perpetua. Antes sin embargo de
llegar a término tan deseado, era menester el empleo de la fuerza
material para traer a Cristo las cosas todas, para impeler a entrar en
el aprisco a las ovejas descarriadas, y para combatir, matar o domar a
los leones bravos y a los hambrientos lobos que amenazaban el rebaño y
que no le dejaban vivir y pacer tranquilo. El Padre Santo, pues, a pesar
de su inmenso poder espiritual, necesitaba aún, y así estaba prescrito y
decretado en el plan divino de la historia, un poderoso y enérgico brazo
secular que le ayudase en su empresa, que le valiese para la
pacificación de la tierra toda y para lograr que Roma, al cabo,
transfigurada y purificada, en nada se pareciese a la antigua Babilonia,
sino a la Jerusalem refulgente, que el Águila de Patmos vio descender
del cielo, ricamente ataviada con admirables joyas y con la vestidura
nupcial y con las regias galas de la esposa de Cristo. Para el Padre
Ambrosio, en suma, el Padre Santo, en nuestra Ley de Gracia, y en la
nueva Era, en cuyo principio creía él vivir, parecía permanente y más
dichoso Moisés, que no había de ver la tierra prometida desde lo alto
del monte Nebo y allá a lo lejos, sino que había de entrar en ella y
dominarla para bien de todo nuestro linaje. A este fin, el Moisés
permanente pedía al cielo un Josué activo y belicoso, cuya espada
desbaratase y rompiese las huestes enemigas y al son de cuyos clarines
cayesen derribados con espantoso fragor los muros de las fortalezas
infieles, cuya poderosa hacha de armas quebrase y derribase todos los
ídolos y cuyo brazo infatigable acabase por plantar la Cruz del Redentor
en todas las latitudes y en todas las alturas, haciendo que las gentes
fieras y las más remotas y bárbaras naciones, desconocidas antes,
cayesen ante ella postradas de hinojos.
Este brazo secular, este permanente Josué con que el Padre Ambrosio
soñaba, era el pueblo español y era su soberano: flamante pueblo de Dios
y nuevo e inmortal caudillo que la providencia suscitaría a fin de que
se cumpliesen sus altos designios, de todo lo cual la lozanía juvenil de
todo Portugal, Aragón y Castilla era como signo precursor, era como
primavera riquísima en flores, que alegraban el corazón y ya le daban en
esperanza segura el venturoso y sazonado fruto.
Tales eran en cifra los ensueños y las ideas con que a su vuelta de Roma
trajo el Padre Ambrosio embargado el espíritu.
-IV-
En su trato y relaciones, así con la gente seglar y profana como con la
mayoría de sus hermanos los religiosos, el Padre Ambrosio de Utrera, si
bien mostraba, sin vanidosa ostentación y cuando convenía, la ciencia
teológica que con sus estudios había adquirido y que atesoraba su
inteligencia, todavía guardaba, en lo más hondo y arcano de su mente,
cierta filosofía oculta que la prudencia, y tal vez compromisos y
deberes de secta, le prescribían no revelar por completo a nadie. Algo
sólo podía comunicar a los adeptos e iniciados, según los grados de la
iniciación que tuviesen y según las pruebas que hubiesen hecho.
Con dificultad hallaba y reconocía el Padre Ambrosio en las personas con
quien trataba las prendas y requisitos necesarios para la iniciación.
En el convento sólo había tres frailes con los cuales el Padre Ambrosio
se entendía, uniéndolos a él por virtud de misterioso lazo y haciéndolos
participantes con profundo sigilo de sus doctrinas esotéricas, no del
todo ni por igual, sino a cada uno según la aptitud y el vigor de
entendimiento y de voluntad que en él reconocía.
No se presuma, con todo, que el Padre Ambrosio imaginase que su saber
oculto se oponía en lo más mínimo a las ortodoxas afirmaciones en que
por fe creía y que forman la base de la religión de que era ministro y
sacerdote.
Sencillo y mero narrador de esta historia, no afirmaré ni negaré yo, que
hubiese o no hubiese error en el pensamiento del Padre Ambrosio. Sólo
diré lo que él pensaba, dejando que la responsabilidad sea suya. Verdad
incontrovertible era para él cuanto está contenido en las sagradas
escrituras, interpretadas recta y autorizadamente por los santos Padres,
por los concilios y por la cabeza visible de la Iglesia; pero, con
independencia de esta verdad, contra la cual nada podía prevalecer, veía
el Padre Ambrosio una amplia extensión, un inmenso y casi ilimitado
campo, por donde la inteligencia, la voluntad ansiosa de descubrir
misterios y hasta la fantasía creadora que forjando hipótesis tal vez
los explica y los aclara, podían volar libremente, sin ofender a Dios,
antes bien, ensalzándole y glorificándole hasta donde es capaz de ello
la pobre criatura humana.
Para el Padre Ambrosio la revelación era de varios modos y no acababa
nunca. Con frecuencia salían de su boca estas palabras que San Juan, en
su evangelio, pone en los labios de Cristo: _Aún tengo que deciros
muchas cosas; mas no las podéis llevar ahora_. Muchas cosas quedaban aún
por revelar. De algunas de ellas suponía el Padre Ambrosio que él tenía
conocimiento, pero este conocimiento era incomunicable, al menos para la
generalidad de los hombres, porque _ahora_, entonces, en el momento en
que el Padre Ambrosio hablaba y pensaba, _no las podían llevar_, esto
es, no podían comprenderlas.
Así fundaba el Padre Ambrosio su _ocultismo_ en un texto sagrado.
Y no por eso desconocía los peligros a que se hallaba expuesto,
penetrando con su espíritu por medio de hondas e inexploradas tinieblas
en busca de nuevas verdades.
Hasta por prudencia, hasta por caridad repugnaba que le siguieran en tan
peligroso camino los que no tuviesen valor probado y la serenidad y la
elevación de juicio convenientes para no extraviarse, y en vez de hallar
nueva luz caer en transcendentales errores como en profundísima sima.
En la mente del Padre Ambrosio había además otro motivo que justificaba
la no transmisión de mucha parte de su ciencia. La palabra alada no
podía llevarla materialmente y atravesando el aire desde un cerebro
humano a otro cerebro humano. No había frase, ni giro, ni idioma capaz
de expresar y de formular de modo sensible lo que el Padre suponía haber
aprendido o descubierto allá en las raíces y abismos de su mente cuando
tan hondo penetraba. A resurgir de allí su espíritu se figuraba que
volvía, no ya bañado, sino impregnado de luz vivísima, que sólo podía
pasar inmediatamente a otras almas y no mediatamente por los sentidos
corporales y groseros. Quien anhelase poseer aquella ciencia y el poder
que ejerce sobre la naturaleza quien la posee, no podía adquirirla por
la enseñanza oral o escrita de hombre alguno, sino descendiendo en su
busca hasta los abismos donde quien la traía consigo la había alcanzado.
En suma, el Padre Ambrosio podía enseñar, y enseñaba, toda aquella parte
más vulgar de su magia, que se fundaba en el conocimiento experimental
del organismo de los seres animados, de hierbas y de metales, de
linimentos y pociones; pero la potencia mágica de su alma, la fuerza que
había tomado el espíritu en la propia raíz de su ser y con la que
avasallaba las substancias materiales y dominaba la naturaleza, esto no
podía transmitirse. Ni por difusión ni por intensidad cabía en esto
adelanto o mejora en la serie de los siglos. Hermes sabía y podía más
que el Padre Ambrosio. En su ciencia intransmisible no había habido ni
podía haber habido progreso. El progreso, la difusión por enseñanza era
dable para los menos iniciados en no pequeño conjunto de noticias, de
secretos raros y de atinada averiguación de propiedades de los seres.
De los tres adeptos que el Padre Ambrosio tenía, el más adelantado era
el hermano Tiburcio, humilde lego, aunque señaladísimo y estimadísimo en
el convento por su ferviente piedad religiosa.
Esta piedad había hecho que en un principio mirase el hermano Tiburcio
con repugnancia y hasta con horror al Padre Ambrosio por la fama que con
vaguedad le acusaba de hechicero; mas vencida al cabo la repugnancia, la
doctrina del Padre Ambrosio penetró con ímpetu en el espíritu del
hermano Tiburcio, arrollando toda contradicción y produciendo allí
vivísima fe y devoto entusiasmo.
El mayor recelo del hermano Tiburcio se había disipado. Había pensado él
que la doctrina ortodoxa debía circundar y encerrar el espíritu como
fuerte muro flanqueado de eminentes torres; y temía que al salir de él
el espíritu orgulloso le derribase o al menos le quebrantase, apagando
los faros luminosos que en las torres resplandecían, y que el espíritu
entonces, perdido, sin guía y sin luz en las tinieblas, jamás volvería a
encontrar su santo refugio.
A esta objeción, había contestado el Padre Ambrosio valiéndose de un
símil semejante. Así había dominado el temor del hermano Tiburcio.
--Mi fe religiosa--le había dicho el Padre Ambrosio--es sin duda como
fortaleza inexpugnable, mas no para que yo me quede encerrado en ella
cobarde y ocioso, sino para que me valga como apoyo, y como centro de
mis más atrevidas excursiones y de mis conquistas más gloriosas por las
inmensas e ignoradas regiones, donde el pensamiento humano ha de erigir
un día su trono y ha de fundar su imperio. Sin duda con la fe y con el
amor ayudado de los dones sobrenaturales de la gracia, el alma puede
llegar hasta Dios mismo y unirse en cierto modo con él; pero mi ciencia
profana, sin contradecir la obra sobrenatural de las divinas virtudes,
tiene distinto objeto, que agrada también a Dios, aunque en muy inferior
grado. Yo no soy, ni merezco ser, un santo; pero ¿por qué no he de ser
un sabio, un conocedor de aquella magia, que sin ofender al cielo, sin
buscar el auxilio de genios o de ángeles réprobos y valiéndose sólo de
medios naturales, acierta a producir prodigios pasmosos? En esta ciencia
te iniciaré yo, porque te creo capaz de estudiarla y de alcanzarla. Y
bien puedes estar seguro de que esta mi ciencia profana no se opone ni a
la santidad ni a la pureza de la fe, ni a la perfección ascética y
mística a que puedas elevarte.
En suma, tantas y tales razones alegó el Padre Ambrosio, que el hermano
Tiburcio hubo de quedar convencido, convirtiéndose en su más apasionado
discípulo y en su más constante satélite.
De los otros dos iniciados que tenía el Padre Ambrosio, no se fiaba
tanto, aunque también les comunicaba algunos de sus menos hondos
secretos.
Para los demás frailes y para el resto del humano linaje no iniciado, el
Padre Ambrosio jamás hablaba de su ciencia oculta, pero discurría con
fácil elocuencia sobre todo cuanto del saber paladino o no oculto se
alcanzaba en su época, y trataba de viajes, de planes políticos y de
cuanto presumía que había de suceder en el mundo o que convenía que
sucediese.
Tales eran en cifra los ensueños y las ideas con que, a su vuelta de
Roma, trajo el Padre Ambrosio embargado el espíritu.
-V-
El Padre Ambrosio era inagotable en las descripciones y pinturas de
cuanto había visto en Roma y de los grandes sucesos que allí había
presenciado o que había allí comprendido mejor por encontrarse él en el
centro del mundo.
Cada día, en el extremo de la huerta, bajo los álamos frondosos, hacía
el Padre Ambrosio un largo discurso que frailes y novicios escuchaban en
religioso silencio. No siempre comprendía la mayoría del auditorio todo
cuanto el padre describía o contaba; pero, hasta lo menos comprendido
tenía un no sé qué de peregrino y poético que deleitaba y cautivaba la
atención.
Los discursos del Padre Ambrosio eran como una serie de lecciones en las
cuales instruía a sus oyentes y les mostraba el estado del mundo, en la
edad aquella, y contemplado todo desde el foco mismo de la civilización
cristiana. A veces pintaba el Padre el florecimiento de las artes, y
encomiaba las obras pasmosas de Leonardo de Vinci, de Rafael y de Miguel
Ángel, que venían a eclipsar las obras del arte antiguo, o a competir al
menos con las que resurgían y se extraían del seno de la tierra, en
donde habían estado sepultadas durante largos siglos de obscuridad y de
barbarie. Pugnaba el arte nuevo por imitar el antiguo, pero la misma no
vencida dificultad de la imitación daba ser a un arte distinto.
Algo semejante ocurría en ciencias y en letras humanas. Comentando,
explicando e interpretando los antiguos filósofos, como Platón y
Aristóteles, se formaba una nueva filosofía, se abrían esplendidos y
dilatados horizontes, y se descubrían caminos y términos con los que
Aristóteles y Platón jamás habían soñado. Como si la tierra de Italia
estuviese fecundada por un espíritu nuevo, hasta los prófugos de la
antigua Bizancio, que habían traído como penates la ciencia y las letras
de los antiguos, las transformaban, al transmitirlas y enseñarlas a los
italianos, en algo lleno de novedad, de vida y de sugestión poderosa.
Esos mismos prófugos, que sin dejar huella, mudos e inactivos, hubieran
acabado en el viejo imperio de Bizancio por disiparse como sombras y por
hundirse en el olvido, arrojados de su patria y en el nuevo suelo que
les daba hospitalidad, habían cobrado inesperada energía, y, difundiendo
su saber, cumplían alta misión civilizadora y dejaban en pos de ellos un
imperecedero y luminoso rastro. En la magnífica puerta de la edad
moderna, arco triunfal que daba entrada a una nueva Era, esos hombres,
escapados de las ruinas de un destrozado imperio y como exhumados y
vueltos a la vida, figuraban y resplandecían ahora entre los fundadores
de nueva y mayor civilización, entre los hierofantes de la ciencia del
porvenir. Bessarión, Láscaris, Teodoro Gaza, Juan Argirópulos,
Chrisóloras, Jemistio Pleton y no pocos otros fueron los iniciadores y
maestros del saber antiguo y como los paraninfos que procuraron y
concertaron las fecundas bodas del poderoso genio del renacimiento y de
la musa helénica.
En otros días pintaba el Padre Ambrosio el esplendor y la magnificencia
de la corte de León X, a quien rendían tributo todas las naciones y
prestaban respetuoso homenaje los más altos príncipes y poderosos
monarcas. Dábale esto ocasión para ensalzar al pueblo y a los soberanos
de España, que pasmosamente cumplían su misión de dilatar por el mundo
el imperio de la fe cristiana. Entusiasmado con esto el Padre Ambrosio,
pintó a los frailes la pompa triunfal con que Tristán de Acuña entró en
Roma. Tal vez desde los tiempos en que volvió el andaluz Trajano de
conquistar la Dacia, moviendo por última vez al dios Término para que
ensanchase el imperio de Roma, Roma no había presenciado espectáculo más
grandioso. Esta vez los nuevos romanos, los fuertes hijos de Lusitania,
habían llevado al dios Término más allá de donde le llevaron o soñaron
en llevarle Osiris, el hijo de Semele, y Alejandro de Macedonia. Le
habían llevado más allá del Indo y del Ganges. El tremendo conquistador
Alfonso de Alburquerque había recorrido victorioso los mares de Oriente
desde Aden hasta Borneo; había conquistado y destruido reinos, había
hecho tributarias o entrado a saco populosas y ricas ciudades desde
Ormuz, emporio de Persia, India y Arabia, hasta Malaca, en el extremo
sur de Siam. Para capital de los nuevos dominios portugueses había
tomado dos veces por asalto a Goa, en el vecino reino de Villapor,
realizando increíbles hazañas y cometiendo inauditas crueldades. Había
visitado a Ceilán, tierra encantada de las piedras preciosas, delicia
del mundo, patria de la canela y de las perlas. El apóstol Santiago,
montado en su caballo blanco, se aparecía en las más sangrientas
batallas de Alburquerque e iba matando moros. Cristo mismo, para dar
testimonio de la misión divina que a Alburquerque había confiado, le
mostró en el cielo una gran cruz luminosa, hacia el lado de Arabia,
convidándole y excitándole a conquistar a Aden, a ir luego a la Meca a
incendiar y destruir el templo de la Caaba, y a dirigirse por último a
Jerusalem para libertar el Santo Sepulcro. La muerte sorprendió a
Albuquerque en medio de estos últimos colosales proyectos; pero antes de
morir había realizado tan grandes cosas, que el rey D. Manuel, su
augusto y dichoso amo, se complació en darlas a conocer al Papa de un
modo digno y solemne, y para ello le envió como embajador a Tristán de
Acuña, quien había precedido a Albuquerque en el mando de la India y
bajo cuyas órdenes al principio Albuquerque había militado.
De esta gloriosa embajada portuguesa, que el Padre Ambrosio presenció
durante su permanencia en Roma, hizo el Padre a los frailes un
entusiasta relato.
-VI-
La fama, decía el Padre Ambrosio, había anunciado por toda Italia la
novedad singular de la Embajada portuguesa. Gran multitud de forasteros
de todas las repúblicas y principados de Italia acudieron a Roma.
Calles, plazas, balcones y azoteas estaban llenas de gente que se
apiñaba y empujaba para coger buen sitio y ver pasar la procesión desde
la puerta del pueblo hasta el punto en que León X debía recibirla. Era a
fines de Marzo: una hermosa mañana de la naciente primavera. Rompían la
marcha varios heraldos a caballo con los estandartes de Portugal.
Seguían luego, a caballo también, los trompeteros y los músicos tocando
clarines y chirimías. Trescientos palafreneros, vestidos de seda,
llevaban de la rienda otras tantas briosas y bellísimas alfanas,
ricamente enjaezadas con gualdrapas y paramentos de brocado y caireles
de oro. Iba en pos vistosa turba de pajes y de escuderos. Luego todos
los portugueses, eclesiásticos y seculares, que entonces residían en
Roma. Luego los parientes del Embajador, todos en caballos que
ostentaban ricos jaeces. Eran los jinetes más de sesenta hidalgos, que
lucían sedas y encajes, collares y cadenas de oro y de piedras
preciosas, y en los sombreros, cubiertos de perlas, airosas y blancas
plumas. Para mayor decoro y ostentación de la Embajada, marchaban
enseguida muchos empleados y gentiles hombres asistentes al solio
pontificio, y la guardia de honor de Su Santidad, compuesta de arqueros
suizos y de lanceros griegos y albaneses. Capitaneaba la segunda parte
de la procesión el caballerizo mayor del rey, Nicolás de Faría, quien
montaba un magnífico caballo con arreos cubiertos de oro y tachonados de
perlas.
Inmediatamente marchaban dos elefantes, en cuyas torres iban los
presentes que el rey don Manuel enviaba al Papa. Con fantásticos y
vistosos trajes, _naires_ de la India, montados en el cuello de aquellos
gigantescos cuadrúpedos, los iban dirigiendo. Después aparecía lo más
espantoso de aquella pompa. Montado en un soberbio alazán de Persia iba
un domador de Ormuz, que llevaba a las ancas, en el mismo caballo y casi
abrazado con él, un tigre domesticado. En carros, y encerrados en
jaulas, iban después leopardos y otras alimañas feroces que el rey don
Manuel regalaba al Papa, además de las joyas, de la canela, de la
pimienta, del clavo, de las armas y de los tejidos y bordados del
Oriente. La Embajada venía en pos de todo esto formando un conjunto
deslumbrador. Marchaba primero el ilustre poeta García de Resende,
recopilador del Cancionero que lleva su nombre, y Secretario de la
Embajada, y le seguían los reyes de armas de Portugal con sus lucientes
cotas y los maceros del Papa, que precedían al Embajador Tristán de
Acuña. Este, por la riqueza de su traje, por su gentil y noble presencia
y por la pujanza y hermosura del corcel en que cabalgaba, dejaba
eclipsados a todos los caballeros y personajes que iban en torno de él
formando comitiva; al Gobernador de Roma, al duque de Bari, a los
Obispos y a los Arzobispos y a los Embajadores de Alemania, Francia,
Castilla, Inglaterra, Polonia, Venecia, Milán y otros Estados.
Al ir desfilando esta procesión, la multitud entusiasta lanzaba sonoros
vivas y altos gritos de admiración y de aplauso, mientras que
estremecían el aire el estruendo de las salvas de artillería y el
repique de campanas de todas las iglesias de Roma.
El Padre Santo aguardó la Embajada y la vio venir desde el balcón
principal de la Mole Adriana o Castillo de Santángelo, donde se parecía
cercado de cardenales, príncipes y altos dignatarios. Los elefantes,
cuando estuvieron a la vista del Papa, metieron las trompas en unas
calderetas de oro, que para el caso iban preparadas y llenas de
exquisita agua de olor, y lanzaron luego el líquido que en las trompas
habían absorbido, perfumando a la muchedumbre.
Al referir todo esto, el Padre Ambrosio encumbraba el concepto que de
Portugal debía tenerse; pero, en su mente, era más alto aún el concepto
que Aragón y Castilla le merecían. El Papa Alejandro VI había repartido
y dividido el mundo entre las dos monarquías de la Península. Por lo
pronto, Portugal brillaba más, pero la empresa de Aragón y Castilla era
más sublime, gloriosa y difícil, y por lo mismo tardaba más en
realizarse. Ambos pueblos iban buscando la cuna de las primeras
civilizaciones; los orientales alcázares del Sol, donde le recibía en su
tálamo la Aurora; el imperio en que se cría la seda, y la tierra fértil
de las especias y de los aromas. Los portugueses habían llegado ya,
caminando hacia Oriente. Los castellanos, caminando hacia el Occidente,
ansiosos de circunnavegar el planeta, habían hallado un imprevisto
obstáculo, un valladar inmenso, un continente extensísimo que se
dilataba millares de leguas, casi desde un polo a otro, y que les
cerraba el camino de Cipango, del Catay y de la India. El mundo
resultaba mucho mayor de lo que se habían imaginado. En la realidad, o
más bien en el concepto de los hombres, era ya más que doble. Colón,
creyendo hallar la India y la China, había hallado un nuevo mundo. A los
castellanos incumbía civilizarle, erigir en él la cruz de Cristo,
edificar en él templos y palacios y fundar en él ciudades y repúblicas.
La tarea era más ardua, aunque al principio menos lucida. Todo ello, no
obstante, no se oponía, y ya el Padre Ambrosio lo pronosticaba, a que,
salvado el valladar del enorme continente nuevo, surcasen las quillas
castellanas más largos y desconocidos mares, diesen la vuelta al mundo y
encontrasen, caminando siempre hacia el ocaso, a los portugueses en el
extremo Oriente victorioso.
Agitado por inspiración profética, el Padre Ambrosio predecía ya como
muy cercano, como muy próximo a realizarse este glorioso acontecimiento,
el mayor y el más trascendente de la historia humana después de la
tempestuosa proclamación de la Ley antigua en la cumbre del Sinaí, y
después del tremendo drama del Calvario que redimió a los hombres, y que
con sangre divina lavó sus pecados y confirmó la Ley nueva.
-VII-
Con mayor atención que nadie, y con avidez reconcentrada y silenciosa,
oía Fray Miguel todos los discursos del Padre Ambrosio, y su alma ardía
cada vez más en el fuego de dos violentas pasiones. Una de ellas, el
orgullo de nación y de casta, plenamente satisfecho, ensanchaba su
corazón y tal vez le hacía latir, brioso y alegre, como allá en los años
de su juventud primera. La otra pasión era de envidia, de creciente
abatimiento, de rabia y de menosprecio de sí mismo, al considerar su
obscura insignificancia, y sus ocios viles y abyectos, durante mis de
cuarenta años, en los cuales se había renovado el mundo, se había
revelado y más que duplicado a los ojos de las asombradas naciones
europeas, y España había surgido entre ellas y se había levantado por
cima de ellas, triunfante, cubierta de laureles, abriendo ancha entrada
y largo camino a un porvenir de mayores glorias y conquistas. Este
segundo sentimiento predominaba en el alma de Fray Miguel y le ponía más
tétrico y silencioso. Ninguno de los frailes, sus compañeros, notaba ni
por indicios el tormento infernal que desgarraba el corazón del
ambicioso Fray Miguel, y que para un observador perspicaz y que sintiese
por él algún afecto, se vislumbraba en su pálido y demacrado rostro, en
las muecas nerviosas y como de réprobo que involuntariamente hacía de
vez en cuando, y en el brillo calenturiento de sus hundidos negros ojos,
a los cuales, así como a la despejada y blanca frente, daba casi siempre
sombra la capucha.
El Padre Ambrosio fue el único que entrevió el tempestuoso estado del
ánimo de Fray Miguel y la ambición y la envidia que le devoraban y que
el propio Padre Ambrosio, al principio irreflexiva e involuntariamente,
había con sus discursos solevantado y exacerbado.
El Padre Ambrosio tuvo compasión de Fray Miguel: pensó en consolarle y
hasta en curarle y anheló en esta obra de misericordia desplegar todos
los poderes que su ciencia oculta le había dado y acudir a los
misteriosos recursos de la magia, de la alquimia y de otras artes
adquiridas por él a fuerza de estudios y de largas vigilias.
El Padre Ambrosio jamás había ejercido ni querido ejercer cargo en el
convento. Hubiera podido ser guardián, pero era sencillamente un fraile
como otro cualquiera. Su extraordinaria reputación inspiraba, no
obstante, el respeto más profundo. Y más que el Padre guardián por su
dignidad y oficio, se hacía él respetar, obedecer y temer por las
singulares prendas de su carácter, por su inteligencia, por su saber y
por los poderes sobrenaturales que se le atribuían.
Movido a compasión como ya hemos dicho, y excitado también por la
curiosidad y el empeño de penetrar en el fondo obscuro de un corazón
humano cuya profundidad vislumbraba, el Padre Ambrosio, después de uno
de los discursos que solía pronunciar bajo los álamos, citó a Fray
Miguel para que fuese a hablar con él en su celda.
--Tengo--le dijo--no pocas cosas que confiarle y muchas más que
preguntarle a las que quiero que en puridad me responda, sin reserva ni
disimulo.
Fray Miguel acudió a la cita a altas horas de la noche, entre completas
y maitines.
El Padre Ambrosio aguardaba en su celda. Sobre la mesa de nogal ardía
una lámpara que iluminaba el rostro del Padre Ambrosio. Era el Padre más
anciano que Fray Miguel. Su frente calva y su barba luenga y blanquísima
le daban muy venerable aspecto. Sobre la mesa, además de la lámpara,
había recado de escribir, un crucifijo de metal sobre una cruz de ébano,
varios libros manuscritos e impresos y una calavera.
Cuando entró Fray Miguel, el Padre Ambrosio le indicó para que se
sentase un sillón de brazos, al otro lado de la mesa y enfrente al que
él ocupaba.
Sentado Fray Miguel y en silencio, el Padre Ambrosio habló de esta
suerte:
--Hermano, mi vista, que penetra y escudriña los corazones, ha penetrado
en el tuyo y ha visto que está lleno de ambición, de codicia, de sed de
deleites, honores y poder, y de desesperación, porque en tu mocedad no
pudiste alcanzarlos, y hoy, abrumado por la vejez, no te queda ni la más
leve esperanza. Por despecho, hace ya más de cuarenta años, abandonaste
el mundo y la vida activa, creyéndote capaz de la vida contemplativa y
mística. Mas por el pensamiento eres menos capaz de elevarte que por la
acción, y ahora, al ver cuánto han conseguido por la acción los hombres
de tu edad y de tu pueblo, aunque como español te enorgulleces, te
acibaran el patriótico orgullo y te roen las entrañas la envidia de esos
hombres y la contemplación de la obscura y estéril inercia en que tú has
vivido. Si yo creyese que se aproximaba la plenitud de los tiempos y que
el linaje humano en las vías que sigue, trazado por el mismo Dios, se
hallaba cerca del término que deseo y que considero infalible, yo
condenaría esas pasiones que te agitan y te atormentan. Pero como hay
mucho que combatir y muchos obstáculos que vencer todavía, tal vez
durante siglos, yo aplaudo los poderosos estímulos que en ti hay, y
aunque renacidos tan tarde y tan fuera de sazón, no quiero sofocarlos,
sino darles pábulo y hasta satisfacción en cuanto esté a mi alcance,
valiéndome para ello de mi ciencia portentosa. Yo, al contrario que tú,
he desdeñado siempre la acción material; en vez de dominar el mundo, me
he satisfecho con contemplarle, pero al contemplarle, le he comprendido,
y comprendiéndole, me he enseñoreado de él con poder más amplio y más
hondo y seguro que el de los más poderosos soberanos. Ellos además no
dominan sino lo presente; el término de su vida ha de ser el término de
su imperio. Yo hasta cierto punto domino también en el porvenir. Mi
dominio es de dos modos: uno por el conocer; en los casos humanos hay
una parte que indefectiblemente se cumple en virtud de leyes eternas y
de plan divino. La marcha de los sucesos es como el curso de los astros:
no hay potencia humana que los desvíe de la senda que tienen trazada
desde la eternidad, en el tiempo y en el espacio, en la tierra y en el
cielo. Pero al comprender yo la ley que siguen, mi inteligencia se
enseñorea de la ley como si la impusiera, porque mi voluntad coincide en
tan elevado punto con la inteligencia y con ella se identifica. Dentro
de esta ley, dentro de la amplia senda que siguen los sucesos, se mueve
con holgura el libre albedrío del hombre, y caben determinaciones y
hechos, que nosotros podemos modificar o producir.
En esta parte secundaria puedo yo valerte. Acudiré a una comparación a
fin de que mejor lo entiendas. Figúrate que la historia de nuestro
linaje es como drama maravilloso, compuesto por un divino poeta, el cual
ni consiente ni puede consentir que se altere, ni se cambie ni una
sílaba, ni un tilde de lo que ha compuesto. El drama ha de representarse
sin modificación, sin supresión y sin añadidura: tal como lo escribió el
poeta: pero tal vez el sabio empresario, tal vez el director de escena
pueda repartir a su gusto los papeles. La sabiduría eterna, que todo lo
prevé, previó también esta repartición, pero no la dispuso. Dejó que la
libertad humana la dispusiera. Ahora bien, yo creo, o mejor dicho, yo
doy por seguro que, en virtud de mi ciencia y por los poderes que mi
ciencia me otorga, puedo conceder o dar un papel brillante a quien mejor
me parezca, aunque no ciegamente, sino después de ciertas pruebas y
examen que justifiquen mi elección y que me demuestren a las claras ser
digno de ella el elegido. Las pruebas son terribles. ¿Querrás tú, podrás
tú someterte a esas pruebas?
En el rostro de Fray Miguel, al escuchar con atención el anterior
discurso, se pintaban muy diversos sentimientos que ya se sucedían, ya
coexistían, combatiendo unos contra otros por la posesión de su alma.
Interrogado por el Padre Ambrosio, le contestó de esta manera:
--Me deleita y me pasma lo que dices, pero he de confesarte que entiendo
algo de ello de un modo confuso, que hay algo que no entiendo de ningún
modo, y que sin dudar de tu buena fe, dudo del poder de tu ciencia y
recelo que el amor propio te lleve a dilatar fantásticamente sus límites
mucho más allá de donde en realidad llega su imperio. No negaré yo que
tú has leído en mi alma como en un libro abierto y sabes cuanto en ella
hay. No admiro, sin embargo, tu penetración. Antes de que años ha te
fueses a Roma, ganaste mi confianza y lograste que te descubriera yo
entonces parte de las pasiones que me agitaban. No lo has olvidado.
Después ha sido fácil y es poco pasmoso, aunque yo nada te he dicho, que
hayas adivinado que mi mal, en vez de remediarse, ha ido en aumento. De
lo que yo dudo ahora es de que esté en tu mano dar a mi mal remedio. Ni
mi mal le tiene ni tú se le buscas ya por medio de la religión. Lo
repugna mi espíritu cada vez más pervertido y agriado. Cuando abandoné
el siglo y el mundo y vine a refugiarme en el claustro, me impulsaban y
halagaban ambiciosas esperanzas que también al fin se han desvanecido.
En la tierra no había logrado yo, o por caprichos de la adversa fortuna,
o por mengua de mi entendimiento, o de mi voluntad, elevarme entre los
demás hombres por fama, poder o riqueza, pero confiaba en que con las
energías de mi anhelo podría yo conquistar el reino de Dios y alcanzar
en él bienes superiores a todo el poder que en la tierra despliegan los
hombres, a toda la riqueza de que gozan y a toda la fama y crédito que
conceden. En el día de hoy estoy ya desesperado. Reconozco que todo fue
vana ilusión de mi orgullo. Ignoro si es culpa mía o de mis hados
adversos. Bien puede ser que mi entendimiento carezca de alas para
elevarse a ciertas alturas, que no haya impulso en él para penetrar en
el abismo de lo sobrenatural, ni que mi alma acierte a hundirse en él
valerosamente por un arranque de abnegación y por la irresistible fuerza
del amor divino. Ello es que yo, y perdóneme Dios el concepto grosero
que formo de su reino, ello es, repito, que aun suponiendo que,
acrisolado y purificado por mil tormentos, que hacen un purgatorio de mi
vida, logre entrar en el cielo, haré en él tan insignificante, vil y
desairado papel como el que en la tierra he hecho. ¿Qué seré yo al lado
de los santos gloriosos, de los heroicos mártires, de los que asombraron
al mundo con sus penitencias, de los que difundieron por cuantos son sus
climas y, regiones la hermosa doctrina del Cordero inmaculado? En el
cielo, pues, será delirio de mi imaginación perversa, pero aun cuando yo
me ponga, me pongo entre la más baja plebe. Y mi envidia, y mis celos, y
mi rabia, en intensidad y en duración, toman las colosales proporciones
de la vida eterna, y me burlan y me convierten el cielo en infierno. A
extremo tan horrible ha venido a parar mi fe religiosa, que hasta
imaginándome salvado, soy precito. Mi ser íntimo está formado de suerte,
que nunca en mi sentir, ni en otra vida mejor, como nunca no atine yo a
ganarlas en esta, podrá hallar satisfacción, paz y ventura. El desengaño
amargo, el conocimiento de mi impotencia, el recuerdo ponzoñoso de mis
derrotas, subirán conmigo a la gloria, aunque yo suba a la gloria, y me
la trocarán en espantoso infierno. Sí, Padre, el infierno está en mi
alma; en lo más profundo de ella he querido esconderle, pero no he
podido engañar a Dios; Dios lo ha visto y no me llevará a su cielo
cuando el infierno está en mí. Yo me explico la abnegación, yo me siento
capaz de todo sacrificio, yo desdeñaría honras, poder y deleites, y lo
dejaría todo, y haría vida penitente y me abrasaría entonces en amor
divino; pero necesito antes tener esas honras, alcanzar ese poder, tener
en mi mano cuantos deleites y venturas hay en la tierra, para poder
luego desdeñarlos y sacrificarlos. Pero no teniéndolos ¿qué desdeño ni
qué sacrifico? Yo me he metido fraile creyendo que no servía sino para
fraile. Luego he descubierto con horror y asco de mí mismo que ni para
fraile sirvo. Ahora quisiera yo desgarrar y tirar mis hábitos, volver al
mundo y acometer y llevar a cabo empresas tales que justificasen mi
ambición, que la justificasen a mis propios ojos y que anonadasen el
desprecio con que a mí mismo me miro y con que al mirame me mato, pero
con muerte que no tiene fin y cuya horrible eternidad está en mi
conciencia.
--Singular extravío de tu espíritu--interpuso con calma el Padre
Ambrosio--fue el que te trajo al claustro, confundiendo y tomando el
despecho por verdadera y santa vocación. Pero tú eres tan valiente como
ambicioso, si nada te asusta ni te arredra, yo podré, no remediar tu
mal, pero ponerte en situación de que tú mismo le remedies, de que
satisfagas tus ambiciosos propósitos, de que apartes de ti la duda que
puedes o de que no puedes, y de que realices los esfuerzos de tu
voluntad, haciéndolos fecundos. Mi ciencia, por ti, puede hacer un
milagro. Te advierto, no obstante, que no puede hacerle ni le hará mi
ciencia sin tu auxilio. En la producción del milagro, por tanto o por
más que mi ciencia han de entrar y han de ser parte tu fe, tu plena
confianza en mí, tu firme decisión y tu brío. He de poner a prueba tu
valor. Veremos si desfalleces.
-VIII-
El Padre Ambrosio, en pago de la confianza que a Fray Miguel infundía,
quiso mostrarse no menos confiado.
--Yo no puedo revelarte--le dijo--mi oculto saber. Se oponen a ello por
sentencia unánime los iniciados y maestros. En el estado que hoy tiene
la sociedad humana, divulgar mis secretos sería causa de una
perturbación espantosa. El gran Raimundo Lulio amenaza con la
condenación eterna a quien los divulgue. La doctrina debe permanecer
oculta y sólo transmitirse entre los iniciados por medio de misteriosos
símbolos y para el vulgo indescifrables figuras. La llave del tesoro ha
de confiarse sólo a quien sea capaz de custodiarla. La ciencia no es un
sueño vano. Todo está escrito desde hace más de sesenta siglos, pero son
pocos, muy pocos los que entienden lo escrito y lo interpretan. Hermes,
tres veces grande, con un buril de diamante hecho ascua grabó todo lo
sustancial de la ciencia en una lámina de esmeralda y dejó escondida la
lámina en la mayor de las pirámides de Egipto, en recóndito y estrecho
aposento, a donde no podía llegarse sino por un revuelto e inextricable
laberinto, o bien por la violencia de un héroe conquistador de
sobrehumanas facultades. Alejandro de Macedonia halló la lámina de
esmeraldas, pero no la comprendió. Ni Aristóteles ni ninguno de los
sabios que después ha habido, la han interpretado y comentado como se
debe. Yo me lisonjeo de entender todo su sentido, pero no quiero ni
puedo explicártele ni me entenderías aunque te le explicase. El que le
entiende, la lámina misma lo declara, tendrá toda la gloria del mundo y
de en torno suyo se apartarán las tinieblas. Yo no puedo darte la
ciencia. La ciencia que poseo es intransmisible, pero puedo y quiero
darte los bienes que de la ciencia dimanan, que yo desdeño porque soy
superior a ellos, pero que sujeto a mis órdenes. Sígueme si tienes
valor; sube conmigo a mi laboratorio y allí verás cómo se agitan los
misteriosos poderes y cómo las energías ocultas realizan
transformaciones y van más allá, y trasmutan las sustancias, y de lo
sólido y duro sacan el oro, y en lo aéreo y difuso hallan el movimiento
y la fuerza y los medios de renovar y de reconstituir la vida. Si tienes
valor, si presencias sin temblar y sin desmayarte mis tremendas
operaciones y te sometes a ellas, yo te prometo que te devolveré el
vigor de la mocedad y los medios de ponerte a prueba por segunda vez, y
sin perder tiempo ver de un modo definitivo si vales o no vales.
Dicho esto, el Padre Ambrosio, tomando en la mano la lámpara que ardía
sobre la mesa y sirviendo de guía, hizo entrar a Fray Miguel en la
mezquina alcoba donde tenía su cama. Allí había en el ángulo formado por
las paredes del fondo y lado derecho una estrechísima escalera de
caracol, por donde ambos frailes subieron más de treinta escalones. Al
extremo de ellos había una compuerta que el Padre Ambrosio levantó con
facilidad. Ambos se encontraron entonces en un espacioso camaranchón,
lleno de extraños objetos que provocaron la admiración y el asombro y
despertaron la curiosidad de Fray Miguel de Zuheros. En varios anaqueles
multitud de vasijas de barro, ampolletas de vidrio, redomas y pomos, que
contenían sin duda extrañas drogas; arrimados a la pared o suspendidos
de ella dos esqueletos humanos y pájaros y reptiles disecados; en
diversos poyos, en mesas, en hornillas y en anafes, retortas, embudos y
vasos de metal y de arcilla; en la gran chimenea de campana, que estaba
en la pared opuesta al sitio por donde habían entrado, ardía un poco de
leña en medio de rescoldo y ceniza. En el centro de la estancia una
lámpara de bronce, pendiente del techo por una cadena, derramaba luz más
viva, clara e intensa que la producida por la combustión de la cera y
del aceite. Casi debajo de la lámpara había un atril y en el atril un
gran libro manuscrito en pergamino. El Padre Ambrosio se acercó al libro
y dijo:
--Esta es la Alegoría de Merlín.
Luego leyó, extractando e interpretando en nuestra lengua vernácula el
contenido de las páginas por donde el libro estaba abierto:
«Él quiso beber del agua que le agradaba. Se la trajeron y bebió. Se
puso muy pálido. Sintió grandes dolores como si le arrancasen con
tenazas pedazos de su cuerpo. Invadieron su ser la pesadez y la fatiga.
Cayó por último en profundo letargo. Ha muerto, decía la gente. El
médico que le dio el agua le ha envenenado. Menester será enterrarle o
quemarle antes de que se pudra e inficione toda la tierra. Pero el sabio
médico no consintió que le enterrasen. Le puso en una caja de hierro en
forma de cruz, ungiéndole antes con raros linimentos y olorosos
bálsamos. Cercó de fuego y de llamas el féretro metálico, y pronto, muy
pronto volvió a la vida el que parecía muerto, y volvió tan lleno de
hermosura y de fuerza, que todos le amaban y los reyes y los poderosos
de cuantas naciones hay en el mundo le honraban y le temían».
El Padre Ambrosio cerró entonces el libro y continuó hablando de esta
suerte:
--Algo semejante al procedimiento alegórico del sabio puedo yo hacer
contigo. De tu confianza en mí y de tu valor depende el logro de tu
deseo. Un extracto, una quinta esencia de la piedra filosofal es
ardiente líquido que puede y debe dar, ya que no la inmortalidad,
juventud, fuerza y plena duración de vida. Si te sometes, me atrevo a
hacer en ti la peligrosa experiencia. Hay quien afirma que mi maestro
Lulio consiguió remozarse, que Alán de la Isla vivió cerca de dos
siglos, que Nicolás Flamel vivió cuatro, y que frisó en la edad de mil
años el sabio Artefio. Algo de esto entiendo yo que podré hacer contigo
si tú te prestas y si Dios me ayuda.
Fray Miguel de Zuheros permaneció en silencio por no saber qué
contestar, lleno de dudas y recelos. Era naturalmente incrédulo y
desconfiado, y su corta ventura y los muchos y tristes años que había
vivido, habían arraigado en su alma y acrecentado más cada día la
incredulidad y la desconfianza. Ora dudaba del saber del Padre Ambrosio
atribuyendo a jactancia sus ofrecimientos, ora recelaba de un modo
confuso que el Padre Ambrosio intentaba hacerle juguete de una burla
cruel para reprimir y humillar su ambición impotente e inveterada.
Notando el Padre Ambrosio que la vacilación, que el recelo causaba el
silencio de Fray Miguel, habló de nuevo y dijo:
--Te callas y vacilas y no lo extraño ni lo censuro. Para que yo haga
contigo lo que puedo hacer, se necesita que te fíes de mí por completo,
que me rindas todas las potencias de tu alma, que seas entre mis manos,
mientras duren mis operaciones mágicas, como masa inerte, sin voluntad,
sin entendimiento y sin sentido. No bastaría que yo por fuerza o por
astucia te despojase de todo. Se requiere que tú mismo te despojes y te
sometas a mi poder con abnegación sin límites. Y no quiero ni exijo yo
que esto sea de repente y como por sorpresa. Te concedo tres días para
que lo pienses y lo decidas. Al cabo de ellos, ven por aquí, a la misma
hora en que has venido esta noche, a decirme la determinación que hayas
tomado. Ahora vete a tu celda.
Respondiendo sólo con una profunda inclinación de cabeza, obedeció Fray
Miguel; bajó del camaranchón antes que el Padre Ambrosio, y
despidiéndose de él atravesó los oscuros claustros, levemente iluminados
por la luz de las estrellas y por una lamparilla que ardía ante un
crucifijo pendiente del muro, y se retiró a su celda, todo conmovido por
los mil encontrados pensamientos, deseos y temores que combatían por la
posesión de su alma.
-IX-
Desde que se retiró a su celda Fray Miguel de Zuheros, hasta que pasaron
los tres días y se cumplió el plazo señalado por el Padre Ambrosio, la
agitación del ánimo de Fray Miguel fue grandísima y apenas le dejó pocos
instantes de reposo. Su sueño fue breve y lleno de extrañas visiones. La
destemplanza de su sangre y la excitación de sus nervios ya le hacían
tiritar con intenso frío, ya sofocarse hasta sudar con el calor de la
calentura. Motivo y no pretexto tuvo para no asistir por enfermo ni al
coro ni al refectorio. Acudió, no obstante, aunque sin comer apenas y
casi sin desplegar los labios sino para murmurar sus rezos.
Fray Miguel no habló con nadie, pero habló mucho consigo mismo, en
aquella conversación interior y profunda, cuyas palabras y frases no es
menester que suenen o en la que tal vez se dice y se representa todo de
un modo más directo y más vivo, sin acudir a los signos arbitrarios de
las frases y de las palabras.
Punto menos que imposible, es reproducir aquí lo que Fray Miguel pensó y
se dijo. En todo discurso, si se enuncia por el lenguaje humano, las
imágenes, las pasiones y los pensamientos van tomando forma,
sucediéndose y mostrándose con cierto orden y gradación, unos en pos de
otros. En Fray Miguel no era así: en silencio exterior estaba él, sin
voz y sin acento que pudiesen percibir los sentidos; pero allá en los
abismos de su alma se levantaba tempestad espantosa. Recuerdos,
esperanzas, dudas y desengaños, todo acudía en tumulto y asaltaba y
atormentaba su mente. Fray Miguel por involuntario impulso hacía un raro
examen de conciencia. El bien y el mal de cuanto había hecho se le
aparecían como presente y no como desvanecido y pasado, y al mismo
tiempo hacían irrupción en su espíritu, en tropel contradictorio y
confuso, triunfos y derrotas, crímenes y virtudes, gloria y oprobio y
mil portentosos lances y sucesos, que flotaban sin encadenamiento que
los ligase, en un porvenir nebuloso.
Arduo sería penetrar en el espíritu de Fray Miguel y descubrir cuanto en
aquel momento le agitaba; pero aún es arduo el empeño de distinguir lo
que bullía en aquel caos y darlo a conocer por medio de la palabra
escrita. Haré, no obstante, un esfuerzo, a fin de que se sepa algo de lo
que entonces Fray Miguel sentía y pensaba. Lo que en su mente era
simultáneo no podrá menos de sucederse en el soliloquio, pero lo que él
interiormente se hablaba, carecía de conclusión y de principio y se
manifestaba todo a la vez.
Desesperado de lograr en el mundo la fortuna que buscaba, Fray Miguel a
los treinta y cinco años de su edad se había refugiado en el claustro.
Su última derrota había sido en la batalla de Toro, donde militó en
defensa de doña Juana, en las huestes portuguesas.
Ya en el claustro, pensó que la paz le bastaría. Se propuso no aspirar
sino a la paz, pero conoció pronto que la paz no le bastaba. Su ambición
y su codicia de riquezas, bienes, poder y deleites materiales, le
alejaron del mundo, mas no para hundirse y perecer, sino para buscar su
satisfacción más allá del mundo: en algo tan sublime y tan luminoso que
todas las excelsitudes y resplandores del mundo fuesen, en su
comparación, ruindad, misericordia y sombra. En la fertilidad y verdura
de los campos, en las umbrías solitarias, durante las horas meridianas,
cuando vierte el sol a torrentes sus rayos esplendorosos, en el augusto
silencio de la noche, en la amplitud del cielo lleno de estrellas, en el
movimiento y en la vida de los seres, en la yerbecilla que pisaban sus
pies, en la flor silvestre que deshojaban sus dedos y en el astro remoto
que sus ojos apenas distinguían, en lo más cercano y en lo más distante,
Fray Miguel buscó la clave del misterio, quiso hallar la cifra de un
nombre incomunicable, pugnó porque se le apareciese y se le revelase lo
sobrenatural y lo sobrehumano. Sin duda era el orgullo y no el amor
quien impulsaba a Fray Miguel; Fray Miguel no consiguió nada.
Entonces apartó el sentido y distrajo la atención de todo lo creado, de
cuanto se muestra en lo exterior a nuestros ojos o resuena en nuestros
oídos. Como buzo que baja en busca de coral y de perlas al fondo de los
mares, hundió su mente en la íntima contemplación de su propio ser,
buscando allí la raíz por donde estaba asido y como pendiente de lo
infinito. Tampoco así halló nada, sino obscuridad vacía y lúgubre.
Volvió el pensamiento de Fray Miguel al mundo exterior. Desechando la
idea de estar poseído, concibió la esperanza de poder estar obseso. ¿Era
él tan vil y tan indigno que no lograse ponerse en comunicación con
seres inteligentes que no formen parte del linaje humano? El universo
está lleno de tales seres. ¿Por qué eran tan groseros sus sentidos que
no los percibían? ¿No podría él evocarlos, formar pacto y alianza con
ellos y adquirir virtudes, poder y fuerzas superiores a cuanto posee la
generalidad de los mortales de su misma especie?
Cuando se paraba Fray Miguel en esta impía imaginación, solía caer en el
más hondo abatimiento, y tal vez exclamaba:
--Sin duda no me ha faltado ni la intención, ni el propósito, ni el
valor de darme al diablo; pero el diablo no me quiere y me desdeña. Yo
no consigo lo que consigue cualquiera vieja ignorante y estúpida. Las
puertas que defienden la mansión del milagro, ya celestial, ya infernal,
están cerradas para mí. Llamo a ellas y nadie me responde.
La reacción del orgullo venía luego a levantar su espíritu y a elevarle
al extremo contrario: al mayor grado de soberbia:
--Ningún demonio viene y me ayuda--decía--porque son inferiores a mí,
porque no pueden darme lo que me falta, porque yo valgo más que ellos.
En balde me humillo pidiéndoles que me socorran. Lo que me conviene es
buscar el camino del lugar hasta donde mi aptitud y mi predestinación
pueden conducirme, y, desde allí, llamarlos y sujetarlos a mi mandado,
no tomándolos como protectores sino como siervos sumisos.
En estas y en otras cavilaciones, que entonces se presentaban juntas en
la mente de Fray Miguel, habían pasado muchos años de su vida claustral.
Su orgullo no había consentido que fuese un santo, pero también su
orgullo se había opuesto a que ningún poder infernal viniese a dominar
su alma, ocupada y dominada toda por su orgullo mismo.
En el espíritu de Fray Miguel había además poco briosas facultades que
le habilitasen para conquistar y dominar nada por medio del pensamiento,
Era distraído, poco insistente, ambicioso de ciencia como de todo, pero
sin la paciente perseverancia que se requiere para adquirirla. Fray
Miguel, si era algo, si algo valía, era como hombre de acción, aunque su
poca fortuna o su mucha torpeza le habían extraviado en el camino,
encontrando sólo, cuando se cansó y se hartó de andar por él, el
desengaño más negro. Aborrecía la vida, pero tenía miedo de la muerte.
Así por la época de fe en que vivía como por la natural condición de su
espíritu, en la cabeza de Fray Miguel no cabía imaginar que fuera la
muerte la aniquilación del individuo, la desaparición de la persona, el
olvido de todo. Él veía en el término de su vida mortal, no sueño
eterno, sino tránsito a vida nueva. Y no le asustaba tanto el temor de
ser condenado y no salvado, cuanto el humillante recelo de ser tan
insignificante en la vida futura como en la vida presente, y de que así
en el cielo, como en el infierno, se le hiciese poquísimo caso: se le
tratase con el mismo desdén con que en este mundo sublunar sus
semejantes le habían tratado.
La monotonía y la uniformidad de la vida habían hecho que el tiempo
pareciese que pasaba con inaguantable lentitud, según iba pasando; pero,
pasado ya, transcurridos los cuarenta años de convento, Fray Miguel
volvía la vista atrás y no veía el larguísimo camino que había seguido y
la enorme distancia que del punto de partida le separaba. Como no tenía
variedad de sucesos con qué llenar, diversificar y distinguir aquella
larga serie de años, toda ella le parecía soplo, relámpago fugitivo,
desmayo y letargo que al disiparse se lo había llevado todo consigo,
esperanzas y proyectos y hasta la posibilidad de forjarlos de nuevo. La
horrible vejez había caído sobre él sin sentir. Su cabeza se había
cubierto de canas y su rostro de arrugas. Cascada y temblona estaba su
voz, sin brío sus brazos, flojas y vacilantes sus piernas. La luz hería
y lastimaba sus ojos, sin dejarle ver con distinción, claridad y deleite
las formas y los colores. Y aun esta amarga luz, que le ofendía más que
le iluminaba, estaba amenazándole con abandonarle para siempre y sumirle
en tinieblas. Y ya sabía él por sus experiencias y por sus frustrados
conatos anteriores, que por mucho que penetrase y ahondase en estas
tinieblas, no lograría romper su duro y tupido velo y bañar su espíritu
en el infinito y luminoso mar donde le habían dicho que se bañan las
almas, si se reconcentran en ellas mismas y se desprenden de lo terrenal
y caduco.
Su vida iba tocando a su fin: hasta entonces había sido lastimosa y
estéril, y, sin embargo, él daba inmenso precio a la vida. En esta baja
tierra, encerrado nuestro espíritu en este cuerpo mortal y flaco, y
asistido y servido por sus órganos durante breve tiempo, que huye para
nunca volver, Fray Miguel entendía que era menester conquistar el
respeto, la nombradía y el valor y el mérito que por toda una eternidad
hemos de poseer, siendo por ello remunerados o castigados, glorificados
o despreciados. Tan alta era la importancia que Fray Miguel daba a
nuestra existencia efímera y transitoria en este planeta. De mucho
dudaba Fray Miguel, en mucho no creía; pero, como roca, cuyo cimiento y
raíz se hunde tanto en el seno de la tierra que no hay impetuoso
torrente que la derribe y la arrastre, así su firme creencia en el valer
de la vida humana, en este mundo, para preparación y prueba y para
conquista de otra más alta vida, se conservaba firme y arraigada en su
espíritu contra todas las tempestades y contra todas las avenidas de
dudas y pasiones que habían pugnado y que pugnaban aún por arrancarla de
allí y por sepultarla en la vana región de los sueños.
Cuán enorme no sería el pesar de Fray Miguel, que tamaña importancia
atribuía a la vida, al ver que la suya iba ya a consumirse, tocaba a su
fin, sin que persistiese más en ella que la energía de atormentarse y de
desesperarse.
Si el Padre Ambrosio no se burlaba de él, si no se jactaba en vano, si
por medio de sus artes mágicas podía volverle la mocedad, Fray Miguel
estaba seguro de que sabría aprovecharla y no perderla sin fruto como
había perdido la mocedad pasada. Ahora tenía él más claro concepto del
valor de la vida y de los fines a que podía y debía aspirar en el mundo.
La ociosa y larga meditación de sus cuarenta años de vida claustral, las
estupendas novedades y sucesos cuya resonancia había llegado a
conmoverle y alborotarle en su retiro, la explicación que el Padre
Ambrosio hacía de todo y de que él se había penetrado con pasmo oyendo
sus discursos, todo le persuadía de que se mostraba ante sus ojos el
blanco a donde le importaba dirigir la mira, el digno empleo de su
resucitada actividad, la misión que le tocaba cumplir secundando el
propósito y cooperando al plan de la Providencia.
Con lógica inconsecuencia, Fray Miguel estaba lleno de dudas, y por
momentos de negaciones, cuando en lo interior de su propio ser buscaba
la verdad; pero, no bien su pensamiento salía fuera de sí y se extendía
sobre la faz de la tierra, todo era en Fray Miguel fe y esperanza en los
sublimes destinos del humano linaje y en el papel principal y brillante
que le tocaba hacer a su pueblo. La fe del Padre Ambrosio había sido
como llama voraz que había incendiado su alma haciéndola de luz y de
fuego. El entusiasmo le poseía, pero hasta entonces la envidia, nacida a
par del entusiasmo, le había desgarrado el pecho y le había devorado las
entrañas. Vivir y morir en la obscuridad y en la inercia cuando tan
grandes cosas realizaba el esfuerzo de los hombres, para Fray Miguel era
insufrible. Resolvió, pues, someterse a todas las pruebas y a todas las
operaciones mágicas de que el Padre Ambrosio había hablado a fin de
remozarse y de lanzarse de nuevo en la palestra y tomar parte en la
lucha. La agitación y el estruendo de esta lucha penetraba en el
claustro, rompían su silencio, llamaba a la puerta de su celda y le
excitaba y le convidaba a armarse y a ir al combate. Se le antojaba a
veces que resonaba en sus oídos como la trompeta del día del juicio y
que le resucitaba de entre los muertos.
El portentoso poema épico que el Padre Ambrosio fantaseaba en sus
discursos iba verificándose y desarrollándose en la consistente realidad
de la historia, y Fray Miguel no se contentaba con ser oyente o lector
del poema, sino que anhelaba ser uno de sus héroes. Y ora fuese por
severidad de juicio, ora porque Fray Miguel no quería que ningún
individuo descollase mucho sobre él, Fray Miguel ponía como héroe
principal del poema a todo su pueblo, mirándole como pueblo elegido,
como nuevo pueblo de Dios que había de vencer a todos los enemigos de su
ley, que había de arrostrar todos los peligros y que había de dar cima a
mil inauditas empresas.
Fray Miguel no veía ni se forjaba en la mente un campeón que todo lo
dirigiese y que se llevase la palma. Por bajo del pueblo estaban o
surgían todos los campeones. Alborotados los reinos de Castilla y
Valencia por las comunidades y germanías, allá en su pensar sigiloso
Fray Miguel no estimaba mucho al joven, extranjero y ausente Emperador.
Sospechaba que había de heredar algo de la extravagante locura materna y
de la ligera futilidad de su padre, y que una inquietud sin propósito
había de tejer la tela de su vida. Pero el pueblo español era grande, y
de su seno surgirían adalides que venciesen y dominasen. Ellos
derrotarían al turco, que amenazaba la cristiandad; ellos, con armas
temporales y espirituales, lograrían sofocar la herejía que estaba
naciendo en Alemania y que, barbarie mental, ansiaba derrocar el imperio
de Roma en los espíritus, como los antiguos bárbaros habían destruido el
imperio material de Roma. España, con sus héroes y con sus santos, había
de sostener y conservar la unidad divina que informa y da vigor a la
civilización europea. Y esta civilización poderosa y benéfica había de
continuar difundiéndose por todos los climas y regiones, tierras y mares
del mundo que habitamos.
Fray Miguel había ya oído hablar con horror y sabía las audacias del
fraile Martín Lutero y sus propósitos infernales; pero, en el fervoroso
espíritu de Fray Miguel, estaba ya la convicción profunda de que Dios
había suscitado en España un gigantesco contrario al sajón heresiarca
para arrebatarle sus conquistas. Entre tanto seguían extendiéndose
magnificándose las de nuestra fe y nuestras armas en los más apartados y
hasta entonces inexplorados países y entre gentes infieles y selváticas,
alucinadas por el demonio y entregadas a crueles supersticiones y a
monstruosos y nefandos ritos. A esta difusión de la luz y de la verdad,
aunque más por medio de las armas que por medio de vanos discursos, se
consideraba llamado y predestinado Fray Miguel, en cuanto el Padre
Ambrosio realizase en él el prometido milagro de remozarle.
Fray Miguel acudió, pues, a la celda del Padre Ambrosio, resuelto a
todo, y en la noche y en la hora convenidas.
-X-
El Padre Ambrosio estaba aguardándole. Saludó a Fray Miguel con una leve
inclinación de cabeza, y sin decir palabra, le indicó que le siguiese.
Ambos subieron por la escalera de caracol a la ancha cámara que ya
conocemos.
Todo estaba en ella como lo hemos descrito antes. Sólo había tres
objetos que por su novedad llamaron en seguida la atención de Fray
Miguel. En la chimenea, en vez de no haber más que rescoldo y cenizas,
ardía bastante leña que levantaba llamas, en cuyo centro, sobre unas
trébedes se veía una retorta de cobre donde empezaba a hervir un
líquido. El tubo encorvado, con que terminaba la cobertera de aquel
pequeño alambique, iba a parar a una urna de vidrio suspendida en la
pared y llena de agua clara. Dentro de la urna o refriante se veían las
roscas de la culebra de metal. La cabeza de la culebra aparecía fuera de
la urna en su parte baja.
No lejos de la chimenea estaba por el suelo un féretro abierto y vacío.
Y por último, ocupado en mullir y arreglar los almohadones, donde había
de reposar la cabeza la persona que en el féretro se encerrase, estaba
el hermano Tiburcio, predilecto y aprovechado discípulo del Padre
Ambrosio.
Encarándose este con Fray Miguel, apenas dejó caer la compuerta por
donde había entrado, le dijo con gravedad solemne:
--Si fuera lícito valerse de palabras sagradas, aplicándolas a lo
profano, con el único propósito de hacerse entender mejor, yo me
atrevería a decirte, a fin de inspirarte denuedo y a fin de infundirte
omnímoda confianza en mí, que yo soy resurrección y vida, y que si crees
en mí, vivirás, cuando mueras.
--A todo estoy dispuesto. Mátame, si es necesario o conveniente a
nuestros fines.
--A decir verdad y desechando toda jactancia, la muerte que yo te dé ha
de ser aparente y no real. La virtud de volver a la vida a quien la
pierde no es dada aún, ni acaso sea dada nunca, a la ciencia meramente
natural y humana. Y yo, conviene que así lo entiendas, no acudo ni
quiero ni puedo acudir a medios sobrenaturales para obrar mis prodigios.
Mi magia es toda natural y lícita, aunque es de dos maneras: la que se
funda en el conocimiento de hierbas, de drogas y de otros recursos
enteramente materiales, en la cual está instruido el hermano Tiburcio,
que como ves ha venido a ayudarme, y la magia superior, incomunicable y
pura, cuyo poder estriba en el centro del espíritu, en el ápice de la
mente, en la raíz misma por donde nuestro limitado pensamiento, no sólo
toca, sino está asido a lo infinito. De esta más elevada ciencia, aunque
todavía natural y nada más que humana, el hermano Tiburcio tiene pocas
nociones. Yo sólo soy aquí quien la posee. De ella depende el éxito de
mi empresa. Y no debo ocultarte que si bien tengo yo el éxito por
seguro, reconozco modestamente que puede engañarme el amor propio. Si
así fuese, si el amor propio me engañase, yo te mataría sin querer, pero
te mataría. Ya ves a lo que me aventuro. ¿Quieres tú también
aventurarte?
--Quiero--contestó sin arrogancia y con tranquilidad Fray Miguel.
--Para el rejuvenecimiento--continuó el Padre Ambrosio--que ha de
verificarse en ti, se requiere algo parecido a la muerte, aunque no sea
muerte. ¿Te sometes a ello?
--Me someto.
--Pues bien, dentro de poco te sumiré en letargo profundísimo; el
hermano Tiburcio y yo te ungiremos las sienes y la frente con un
precioso bálsamo, te tenderemos y te encerraremos en ese féretro que
miras abierto en el suelo; y al cabo de poco, si no son falsas mis
teorías, aunque nunca corroboradas aún por la experiencia, así como la
crisálida rompe la tela que la envuelve y sale convertida en mariposa,
aparecerás tú, mozo robusto y capaz, si tienes brío en el alma, de
acometer y de dar cima a las empresas más arriesgadas y espantables. Veo
con satisfacción que estás muy animado. Ya no dudo de tus bríos
espirituales. Pero, aunque el espíritu sea fuerte, la carne flaquea, y
es menester que se fortalezca tu mísera carne. Así, antes de remozarte,
a par que sientas el deseo en el alma sentirás en tu cuerpo debilitado
ya por los años el prurito de que se remoce. Para ello has a tomar una
poción preparatoria, sabiamente compuesta de substancias eficacísimas,
con tal habilidad y tino combinadas y templadas que no se neutralizan
sus encontrados efectos, sino que se armonizan y conspiran todos al
mismo fin.
Dirigiose entonces el Padre Ambrosio, hacia un ángulo de la estancia
donde había un pequeño velador y sobre él una bandeja, un jarro y una
ancha copa de plata. Llenó luego la copa del líquido que el jarro
contenía, y llamando a Fray Miguel y dándosela para que bebiese le dijo:
--Con esto se fortalecerá tu cuerpo y se hará apto para las operaciones
ulteriores. Es un elixir exquisito, en cuya composición entran el
_nepenthes_ que dio Elena a Telémaco para disipar su melancolía; la flor
del cáñamo de la India; el _soma_ o licor divino de los antiguos
brahmanes; el hongo de Siberia que infunde furor bélico, y el zumo de
las mandrágoras, con que Lía amó y deseó con mayor vehemencia a Jacob y
se hizo de él amada y deseada.
Fray Miguel tomó la copa, y, casi de un solo trago, apuró todo el licor
que contenía.
El hermano Tiburcio que lo presenciaba y miraba todo en silencio,
aproximó un taburete e indicó por señas a Fray Miguel, que en él se
sentase. En seguida tomó en los dedos cierto linimento oloroso, que
había en un pomito de vidrio, y ungió con él lo más alto de la cabeza,
la frente y las sienes del fraile.
Mientras se verificaba la untura, el Padre Ambrosio, recitó no corta
serie de palabras y frases, al parecer de un lenguaje exótico y punto
menos que inaudito. Al extraño son de aquellas palabras, o acaso por
obra del linimento, Fray Miguel imaginó que todo brincaba y giraba en
torno suyo con rapidez vertiginosa; que los muros y el suelo se
estremecían y amenazaban derrumbarse, y que el edificio no estaba parado
y fijo sobre su cimiento, sino que iba lanzado por el espacio sin
límites.
Por dicha, cesó pronto en el cerebro de Fray Miguel, aquel a modo de
mareo. Y, terminada también la serie de conjuros ininteligibles, oyó que
el Padre Ambrosio le decía:
--No es todo alucinación mental lo que acabas de experimentar ahora. En
gran parte, es efecto de las palabras mágicas que he pronunciado. Nada
sin embargo más natural. No receles artes ni prestigios diabólicos. Las
palabras que he pronunciado ignoro yo lo que significan, pero me consta
que nada hay en ellas de pecaminoso. Se han ido conservando por
tradición oral entre varones piadosos aficionados a la magia lícita, y
son palabras del idioma primitivo que se hablaba mucho antes de Abraham,
en Ur de los caldeos, y aun antes, en el imperio que fundó Nemrod en el
centro del Asia. La clave de este idioma se perdió siglos ha, y acaso no
vuelva nunca a encontrarse. Yo he oído referir que un antiguo rey de
Nínive, llamado Asurbanipal, siete siglos antes de nuestra era, formó
una biblioteca de libros escritos en esta lengua, que era ya una lengua
muerta, como el latín hoy entre nosotros. Pero los libros reunidos por
Asurbanipal, sepultados hoy entre las ruinas y escombros de antiquísima
ciudad y regio alcázar, eran ya de una época de gran decadencia, cuando
el mencionado primitivo idioma estaba corrompidísimo, y la alta
filosofía que le había informado viciada y cuajada de supersticiones. En
cambio, las palabras que yo he dicho son del idioma primitivo y puro, y
no son signos arbitrarios, sino que tienen relación íntima y substancial
con los objetos que expresan o designan. De aquí el alboroto, la
agitación y el tumulto de todas las cosas creadas cuando tales palabras
se pronuncian. Juzgo de mi deber explicarte todo esto para que no te des
a sospechar que soy brujo, que me valgo de prestigios o que ando en
tratos con el diablo. Aunque peque yo de sobrado llano y pedestre, diré
para mayor claridad, que juego limpio.
Fray Miguel estaba tan impaciente y tan ansioso ya de rejuvenecerse, que
las explicaciones del Padre Ambrosio le parecían inútiles y le cansaban.
Por el debido respeto, sin embargo, no se atrevió a dar la menor señal
de impaciencia.
El Padre Ambrosio se complacía en perorar y prosiguió de esta suerte:
--Ten calma y espera. La destilación del maravilloso filtro, que va a
remozarte, se está verificando en ese pequeño alambique. Apenas empiece
a salir por la boca de la culebra la refinada quinta esencia, acudiré a
recogerla en la misma copa en que bebiste la poción preparatoria, y tú
la beberás sin vacilar.
--La beberé con ansia--contestó Fray Miguel--para apagar la sed de vida
y de juventud que me devora.
--Todavía me incumbe decirte--interpuso el Padre--que no quiero, cuando
te remoces, dejarte ir solo por esos mundos de Dios. Deseo que lleves en
tu compañía a alguien de toda mi confianza, que sabrá, sin duda,
conquistar la tuya y que vendrá a ser como tu criado, paje, escudero y
secretario todo en una pieza.
--¿Y quién va a ser ese acompañante que me designas?
--El hermano Tiburcio que está presente--contestó el Padre Ambrosio--.
Más gana tiene él de correr mundo que de estar metido en su celda. Con
todo, no es esta la razón que me induce a que el hermano Tiburcio te
acompañe. Los caballeros que salen en busca de aventuras llevan siempre
escuderos y tú no has de infringir esta ley o esta costumbre. En cuantas
historias conozco de hombres que para medrar o para divertirse y
holgarse se han dado al diablo, el diablo figura después constantemente
al lado de ellos como ayudante o espolique, y tú no has de ser menos
aunque distes muchísimo de haberte dado al diablo. Tendrás, pues,
escudero, aunque natural y humano. El hermano Tiburcio, si bien es un
mozuelo barbilampiño, sabe más que el diablo y te valdrá de mucho. Por
otra parte, yo he observado que tú eres sobrado serio y esta seriedad
continua a la larga a ti mismo te aburriría. Importa, pues, que la
temple y modere un sujeto algo cómico y jocoso, como lo será el
mencionado hermano. Jovial será él, si tú saturnino, y juntos recibiréis
combinado el influjo mirífico de los dos más poderosos planetas. He
pensado además que necesito tener con frecuencia noticias tuyas,
satisfacer mi curiosidad y ver cómo va saliendo esta experiencia que
ahora hago. En las venideras edades sé yo que inventarán los hombres
medios ingeniosos para ponerse en comunicación con la rapidez del rayo y
dirigirse la palabra desde un extremo a otro de la tierra. Pero tales
inventos distan mucho aún de verse realizados y de ser vulgares. Sólo
los iniciados en mi ciencia oculta se entienden ya y se hablan desde muy
lejos, sin aparato alguno físico ni mecánico, sino por el arte y la
fuerza del alma. El hermano Tiburcio, irá pues contigo también, para que
se entienda conmigo y me informe de todo. Y por último, si tú acometes
altas empresas, las llevas a cabo y vences y triunfas, no quiero yo que
todo esto se ignore, se sepa mal o se olvide, y el hermano Tiburcio, que
es un buen letrado, te acompañará para ponerlo por escrito con el mayor
esmero y legarlo a la posteridad más remota. Será para ti, válgame como
ejemplo, lo que para Don Pedro Niño, valeroso y galante Conde de Buelna,
fue Gutierre Díez de Games, su alférez.
A este punto de su algo prolija disertación llegó el Padre Ambrosio,
cuando empezó a manar por la piquera del alambique, el líquido
destilado. Sin darse un instante de vagar, tomó el Padre la copa de
plata, se acercó a la piquera, la llenó del líquido y se le dio a beber
a Fray Miguel sin decir más palabra.
En silencio también, sin susto y con ansia, Fray Miguel se llevó la copa
a los labios y bebió el licor que había en ella.
El efecto fue rápido y terrible. A Fray Miguel se le trabó la lengua y
no pudo exhalar ni queja ni suspiro. Palidez mortal cubrió su rostro. A
los pocos instantes cayó como herido del rayo. Y sin duda hubiera dado
en tierra de golpe, si el Padre Ambrosio y el hermano Tiburcio,
apercibidos ya para el caso, no le hubiesen sostenido.
Todo el cuerpo de Fray Miguel, adquirió de súbito una rigidez más que
cadavérica. No parecía ya de carne sino de madera o de barro.
El Padre Ambrosio, no obstante, tuvo a tiempo la precaución de cruzar a
Fray Miguel las manos sobre el pecho.
El hermano Tiburcio tomó por la espalda a Fray Miguel. Por los pies le
levantó el Padre Ambrosio. Ambos le llevaron al féretro y allí le
dejaron tendido.
_Juan Valera_