SONETO INTERCALADO.

Soñado he lo que no fué soñado,

La triste muerte de Leandro y Hero,

Amor y muerte fué con ellos Nero,

Que amor se vuelve muerte al desdichado.

De su torre por él se ha arrojado

En ver que se ahogó su caballero,

Pasando el mar d’amor tan verdadero,

Sus vidas con sus muertes han casado.

Tal soy, como Leandro, más que muerto

Por olas d’este mal de mi enemiga,

Vos no sois Hero, sino Nero mia.

Aquél pasando el mar gozó de puerto

Los dias que vivió con su fatiga,

Yo por mejor Leandro ser querria.

Dixo don Francisco: Mejor se hallaria ahora una Nero á cada paso que

media Hero en medio mundo.

Dixo la señora doña Leonor Gualvez: Por no haber ya ningun Leandro no

se halla Hero alguna.

Respondió Joan Fernandez: Esta casta de enamorados yo la he conservado

hasta agora, que no ha mucho que estaba yo hecho un Leandro medio

muerto de amores al pié de una torre, y no faltó una Hero que pensando

que yo estaba muerto se quiso echar, si yo no echára de presto un

sospiro que la detuvo, que no se echó de la torre abajo por mí, y dixo:

A no sospirar mi Leandro, yo me desesperaba como Hero.

Dixo don Luis Milan:

Nunca fuera caballero

De damas tan bien querido,

Como fué Joan Leandro

De una Hero que no ha sido.

Y no porque no se hallen Heros y Leandros, mas no se hallará Leandro en

tal Joan, que sus amores flojos van;

Pues que no osaria nadar

Por aquel brazo de mar,

Que á nado le pasaba

Leandro cuando nadaba,

Una legua por la mar,

Para á su Hero llegar.

Dixo la Reina:

Perdido se ha l’amor

En Valencia,

Aunque no en una excelencia.

Respondió el Duque:

Ni ménos perdido le han

Un alteza y un milan.

Replicó la Reina:

Para hacer que no me enojen

Sus amores,

Sácame mis burladores.

Dixo la señora doña Margarita de Peralta:

Ya no se hallarán Leandros

Amadores,

Sino landres en amores.

Respondióle Joan Fernandez:

Pues yo sé una Hero sin falta,

Qu’es una linda Peralta,

Que el galan que la sirviese,

Leandro por ella volviese.

Dixo la señora doña Beatriz de Osorio:

Si un Leandro verdadero

Fuesen hoy dia á buscar,

Para nunca sospirar,

En don Diego Maltequiero

Este amor podrán hallar.

Respondióle don Diego Ladron:

Si una verdadera Hero

Buscan para burladora,

Osorio es esta señora,

Que se nombra doña Nero.

Dixo la señora doña Marina de Tobar:

Si un Leandro amor se hallase,

L’amor resucitaria;

Y si mucho se buscase,

En don Francisco se hallaria.

Respondióle don Francisco:

Señora doña Marina,

Si en ella un Hero viese,

Y Leandro me volviese,

No me ahogue su Marina.

Dixo don Luis Milan: Hero en latin quiere decir yo seré, si una Leonor

Galan d’esto se quiere servir, la serviré.

Respondió la señora doña Leonor:

Si Leandro quereis ser,

¿Cómo puede faltar Hero

Á un amor muy verdadero?

Dixo el Duque: Ya veis cuán infamada está Valencia, que no hay amor

en ella; y esto no viene sino por un gran descuido que se tiene, que

no quieren ser buenos oficiales los caballeros en su oficio, que es

saber á maestro en todo lo que no debe ignorar un caballero, que para

ganar buen nombre críanos naturaleza, y quiere que se ayude el hombre;

y exercitándose en las virtudes, el cielo da la gracia para alcanzarlas

y la paga para remunerarlas, porque no hay bien sin amigo ni mal sin

castigo: y así como la verdadera justicia remunera lo bueno y castiga

lo malo, los príncipes para ser buenos deben galardonar á los buenos

y castigar á los malos, que el galardon hace los hombres mejores y el

castigo que no sean peores. Mucha culpa tienen los padres si sus hijos

se pierden á culpa dellos, pues hay algunos que tienen más cuidado de

hacer un buen caballo que un hombre bueno; y por esto dixo un cortesano

portugues, á quien fué demandado qué le parescia de una ciudad muy

nombrada que habia visto: Heu e visto muytos homos boos para cavalos

e muytos cavalos boos para homes; queriendo decir lo más malo que una

república podia tener y lo mejor que poseer debria, que son hombres,

como hacia un filósofo viendo su ciudad de Aténas muy perdida por falta

de hombres, que iba de dia con una lanterna encendida poniéndola á la

cara de cuantos topaba, y decíanle qué buscaba, y él respondió: Busco

hombres y no los hallo. Y por esto don Luis Milan dixo que el caballero

bien aderezado sólo de cuerpo, y no de alma, le podrian decir don Pedro

Mula ó don Juan Caballo; y tornando á nuestro propósito, para que el

amor se cobrase en Valencia, sería menester hacer leyes para algunas

damas, que no se descuidasen de hacer lo que deben, y á los caballeros

que supiesen cómo las han de servir, y sería de parescer que mañana,

despues de haber comido, acudiesen aquí las damas que venir querrán,

para que se hiciesen á voluntad de todos estas leyes, que no reina

amor ni rey sin tener ley. Paresció bien á todos, y quedaron con este

concierto.

El otro dia no vieron el hora cómo acudir y acudieron muchos caballeros

y damas á esta sala-córte, que se tuvo en la sala mayor del Real, donde

el Duque y la Reina se pusieron sobre un teatro de quince gradas en

alto, y los caballeros en un cadalso y las damas en otro, y el Duque

proponiendo, dixo: Señores, Valencia está muy infamada por todo el

mundo, de muy desamorada, que ningun amor hay en ella; para que se

cobre el amor y la fama della, fuy de parescer que, á voluntad de

todos los que aquí están, se hagan leyes para que las damas sean

bien servidas, y los caballeros que lo habrán menester sepan en qué

las han de servir, y diga cada uno de qué está agraviado del otro, y

concertados todos haráse ley sobre ello.

Comenzó don Rodrigo de Borja, y dixo: Yo estoy agraviado d’esto que

hacen las damas, no dan crédito en amores que caballero tenga amor,

y hanse vuelto burladoras, y el galan más burlador, que perdido el

crédito se pierde el amor.

Respondió la señora doña Ángela de Aragon y del Milan, condesa de

Almenara, y dixo: Señor don Rodrigo, si las damas lo son, no han de

sufrir á los caballeros que digan á la que sirven requiebros sin

sospirar, que es indicio de burlar, ni ménos se requiebren sino con sus

damas; que l’amor que es chocarrero, no sospira y es parlero.

Sobre esto hizo el Duque esta primera ley:

Lo que está en ley sea ley

Que sospire el servidor,

Y si no es sospirador,

Tenga con su dama ley.

Y será la que y’os digo

Que requiebro nunca diga,

Sino sólo á su amiga,

Sino, denle al enemigo.

Dixo don Diego Ladron: yo estoy muy agraviado de la mala condicion que

las damas tienen, que siempre nos muestran zuño, que nublos de piedra

son zuños de mala condicion, y temiendo de pedradas huimos de nuboladas.

Respondió la señora doña Mencía Manrique: Señor don Diego, merescen ser

apedreados y ver zuños muy nublados los que tienen tan poco miramiento,

que sin saber la condicion de su dama la sirva el caballero, pues es

cierto, quien contra condicion irá, piensa servir y enojará.

El Duque rió mucho de los zuños nublados, y hizo esta segunda ley:

Deben saber la condicion

De cualquier servida dama,

Para bien servir quien l’ama,

Pues está mucho en razon.

Que contentacion no da

Sin la condicion seguir,

Que pensando bien servir,

Deservir parescerá.

Dixo don Berenguer Aguilar: Yo tengo un agravio de las damas, que son

mucho descuidadas, que nunca responden á lo dicho sino, ¿qu’es eso que

me habeis dicho? que nunca bien responderá quien nunca está en lo que

está.

Respondió la señora doña Castellana Belvis: Señor don Berenguer, si lo

que me han dicho es verdad, vuestra merced más tira á engordar que á

festejar; y si es ansí, los descuidados con descuidos son pagados.

El Duque hizo sobre este caso esta tercera ley:

No deben ser descuidados

Que muestran desamorados,

Que descuido es accidente

Que muestra quien poco siente.

El que falta en aguardar

Falta muestra en el amar,

Qu’el amor muy más se muestra

En las obras que á la muestra.

Dixo Joan Fernandez: yo tengo un muy grande agravio que las damas nos

hacen, y es la deslealtad que tienen, que poco há se estaban alabando

en una vesita, deciendo: Pues tenemos el palomando sobre los amadores,

hagamos que sientan el palo porque no tengan el mando.

Respondió la señora doña Hierónima su mujer: Tostemps feu lo Margarit,

per vesites aguartant encenser que va encensant, fum de noyes vos han

dit.

Dixo el Duque: Nunca mejor apodo se dixo, encensero de humo de nuevas.

Señor don Luis Margarit, avisadamente dió ocasion la señora doña

Hierónima que hablase, que mucho se pierde en callar un buen hablar; y

escuchen, que á todos comprende esta cuarta ley.

Nadi sea desleal

En obrar, mirar, ni hablar,

Que traicion es en amar;

Vamos todos al igual.

Y para muy justa ser

Tengan libertad si quieren,

A quien ley no le tuvieren

Que no la haya de tener.

Dixo don Luis Margarit: Señora doña Hierónima, pues me hizo encensero,

yo quiero encensar para humo quitar entre damas y caballeros; Cupido

me aparesció esta noche pasada y díxome: Tú has de proponer mañana en

la sala-córte un agravio que se hace muy grande en los amores, que da

ocasion de mucho mal y es éste; que los enamorados nunca deben reñir

con sus competidores, por no dar que hablar á miradores echando juicios

temerarios sobre las honras de las amadas y amadores, que la causa del

reñir ha de ser para alabar y no infamar. Mas no deben negarse las

cortesías á la italiana; háblanse sin tener gana por quitar mal decir

y mal pensar, y la estrecha amistad no la deben detener, que es muy

malo de comer, en la mesa, que es traicion ó gran simpleza. Que la dama

no sea fia, de simple ó falsa compañía; y es de tener por mucho mal

parecer.

Respondió la señora doña Hierónima: Ab molta raó he donat occasió que

vossa merce parlas. No se puede decir más donde responder es ménos.

Al Duque le paresció muy bien, haciendo sobre esto esta quinta ley:

No paresce bien que sirve

Reñir con el competidor,

Qu’es locura ó poco amor

El que sirve si desirve.

Y da mucho que hablar

De lo que no es bien decir,

Y si debe de reñir,

Sea para más honrar.

Dixo don Francisco Fenollet: Un grande agravio quiero proponer por

parte de la Vénus, madre de Cupido, qu’esta noche me vino en sueños y

díxome: Mañana en la sala-córte has de proclamar que no se consienta

mentir mal, sino bien, en los amores; yo le dixe que me dixera cuál

era mal ó bien mentir. Respondióme: Aquel es mentir bestial, qu’es

causador de mucho mal, y el que mal no puede hacer es mentir para

placer. Entendido que hube que hay buenas mentiras, yo desculpé á

Joan Fernandez de sus cuentos, pues no son yerros, aunque lo son por

ser de baja nascion, que de bajos podrian ser contrabajos de música

desentonada, pues que todos son risada para bocas de reir, que se rien

sin sentir, como papagayos son risueños sin intencion.

Dixo la señora doña Violante Mascó: Si supiese quién sana de mucho reir

querria desto sanar, para no dar que hablar si rio de no sentir, qu’es

peor que mal pensar.

Dixo el Duque: Tan bien me ha parecido lo que ha dicho la señora doña

Violante como todos lo verán en esta sexta ley:

Cuando no s’ha de burlar

Nadi sea fementido,

Que no debe ser creido

Quien no puede acreditar.

Y lo que burlar se puede,

Sea para dar placer,

Mentir con tan gran saber,

Que por verdadero quede.

Dixo don Luis Vique: Esta mañana, cuando amanescia, entre durmiendo

y velando, sentí una voz de mujer que mostraba ir en pena como la

que sintió Julio César, estando para pasar el rio Rubicon, cuando se

determinó hacer guerra contra los romanos sus enemigos, que por lo que

le dixo esta vision, vino en conocimiento ser la ciudad de Roma, que

le contó las grandes fatigas que sintió por las crueles guerras y mala

voluntad que entre sus ciudadanos habia; por donde yo tambien he venido

á conoscer quién es ésta que me aparesció. Y es la ciudad de Valencia,

diciendo que yo hiciese una figura que la representase delante vuestra

excelencia para que la desagraviase de los agravios que está agraviada;

y dejóme en un papel escrito todo lo que por parte suya se habia de

suplicar. Ya la veo entrar, desagráviela vuestra excelencia para que

torne á ser Valencia. Hecha la entrada y acato debido al Duque, dixo:

Excelentísimo señor, yo estoy agraviada de las damas que están hechas

tan á su placer, que todos los servicios que les hacen sus servidores

los toman á burlas; que no es de burlar lo que no se debe olvidar;

y aunque todo se les debe, debrian quedar deudoras para mostrarse

agradecidas y no desconocidas. Yo me veo muy mal pagada dellas, que

siendo mis hijas me hacen obras de enemigas; pues con los menosprecios

que hacen se retiran los que las sirven de servirlas, que bien dice

este dicho: Por do se piensa ganar se pierde el desengañar. Piensan

ganar mucho con despreciar algunos que no son para servirlas ni para

ser sus criados, y ellos quedan sin oirlas ni verlas de maltratados.

Que no es bien dar ocasion perderse la reputacion, pues la dellas y

dellos se pierde en perderse la crianza, que cada uno dellos podria

decir al otro, viendo la vuestra se pierde la mia. Suplico á vuestra

excelencia, pues ha hecho leyes para los caballeros, se haga para las

damas; y todos haciendo lo que deben yo seré Valencia, que agora no soy

sino Desvalencia.

Luego salió con un agravio don Joan de Cardona y dixo: Señor, yo estoy

maravillado de las damas, que por haber la primera dellas sojuzgado

al primer hombre, quieren tener el mando sobre nosotros, que nunca

mejor cosa se dixo, que decille palomando, haciendo al hombre palo,

y á la mujer mando. Y no lo digo por los casados que no están desto

agraviados, sino de los por casar, que mejor paresceria no fuesen

maltratados los que no pueden llegar con quien aman á ser casados, que

si no son para maridos en más deben ser tenidos, en servir sin esperar

galardon por bien amar; y por esta razon las damas se debrian dejar

servir de todos los caballeros, porque no se pierda lo que tanto se

gana.

Respondió la señora doña Margarita de Peralta, y dixo: Mucho se ha

maravillado el señor don Juan de Cardona, y ha quedado una flor de

maravillas, que huele bien lo que ha dicho y parece mal, pues no se

usa; temiendo estoy que se han de secar sus flores á la salida del sol

de mi razon, que ya sale y digo: Que del palomando que ha dicho, lo

mejor d’este nombre es que el hombre sea palo para sostener el cuerpo

de los trabajos que tiene el deseo del amor, y la mujer ha de ser el

mando para moderar su mal desear de los apetitos desmesurados que

vuestro Cupido tiene; y si á vuestra excelencia le parece que yo he

ganado este palomando, qu’es tener nosotras el mando para que no se

desmanden los malos deseos de los que nos sirven, póngalo en la ley que

se ha de hacer.

Dixo el Duque: En razon está todo cuanto ha dicho la señora doña

Margarita de Peralta, que su nombre dice: _Per alta piace_, como dirá

esta séptima ley:

Por alta place la dama

Que bien mandando manda,

Pues que no se desmanda,

Mande la buena fama.

Quiero decir, señores,

Que el mando esté en mujeres,

Por moderar placeres

Que gastan los amores.

Don Joan de Cardona salió con otro agravio, y dixo: Los caballeros

estamos muy agraviados de las damas que no se quieren tener á ley,

mostrando la poca que tienen en dejarse servir de muchos caballeros; y

si dicen que nadi puede forzar á no ser bien quisto es muy gran verdad,

mas puédense mostrar con demostraciones las intinciones, que en la cara

pueden ver lo que siente de pesar ó de placer. Responderán las damas

que si no se puede atajar de ser amadas, ménos se podrá excusar si

l’amor les hace fuerza para amar, y páguenme de procurador por haber

respondido lo que nunca respondieran; porque jamas han otorgado, que

mujeres han amado.

Dixo la señora doña Beatriz de Osorio:

No hay don Joan más avisado

Que sólo en él paresce bueno,

Si habla el suyo y l’ajeno.

Una cosa me paresce decir que se ha olvidado, que aquello que no toca,

suélelo callar la boca, y es que si la dama muestra estar descontenta

del que la sirve, sea desculpada quien no consiente ser amada.

Dixo el Duque: Muy poco trabajo hay de hacer leyes entre los muy bien

hablados, que hablando hablan leyes avisados. Y pues ya está platicada

diréla más abreviada, esta muy importante octava ley:

Las damas que con ley van,

Nunca deben consentir

Que las haya de servir

Sino sólo su galan.

Si no se puede atajar,

Muestre con demostracion

Que no está en su corazon

Lo que no puede excusar.

El almirante de Aragon salió con luto por la muerte de don Berenguer

Mercader, que murió d’amores por una crueldad que las damas usan, y

dixo: Grande agravio nos hacen las damas, que siendo gasta hombres,

no quieren dalles adobo, que á ser guantes los adobarian No sé qué

sufrimiento basta, que una dama de nuestra tierra la haya puesto sobre

los ojos al muerto qu’he nombrado, porque le vino cuerdo para servirla,

y ella le volvió insensible de mucho sentir lo que le despreció. Razon

sería que al servidor, que le trastornan el seso, diesen adobo con

ámbar de bien tratar, y almizque le compasion y que dixesen: Cuerdo es

bien amador que pierde el seso de amor, y si no pudiera hablar, diga

yo le haga callar y diga, si locuras dice, no me enoja lo que dice,

y si dice necedades, conténtense de haber traido al hombre fuera de

sentido.

Respondió la señora doña Marina de Tovar: Muy bien ha pintado el

señor Almirante á su placer y á nuestro pesar, si él fuera dama

peor le sabria sufrir locuras y necedades en amores que ganarle sus

competidores; yo quiero ser de su parte, pues es el todo de la razon,

que en ley está, quien hizo el loco que lo sufra, como dice este

cantar: Quien gasta debe adobar.

Dixo el Duque: No se debe responder donde todo es aprender, y doy por

respuesta la vuestra plática, que es esta novena ley:

La dama que su hermosura

Hace al hombre enloquecer,

Quien hace el seso perder,

Súfralo como cordura.

Que de ser bien avisado,

Se pierde el seso por amar;

Adóbelo para adobar

Lo que muy bien ha gastado.

Don Miguel Fernandez dixo: Si no fuese gastar el dia llorando,

demandaria justicia d’esto. Las damas ayudan á mal morir á sus

servidores, que riendo se mueren de amores, y el hacer morir riendo

es matarnos halagando. Yo creo que les dan á comer de la hierba de

Cerdeña, que se dice matariendo, que riendo d’él se muere, quien do

no le quieren quiere; y ésta es la hierba de Cerdeña que le dan, que

por ser de mal querer, qu’es mala tierra, con la vida nos entierra.

Yo, señor, suplico por vos á vuestra excelencia, y por todos los

enamorados, que por esto ley se haga, que no den reseña y paga en

amores burlar de los servidores á cada rincon, qu’es matar á gran

traicion, como muestra este dicho: La autoridad de matar no la tiene de

burlar.

Dixo la Reina: Don Miguel, vos habeis puesto en el baile del amor

á quien más que todos baila, que es el Duque, mi señor. Yo quiero

responder por las damas, que las hecistes hechiceras con la hierba

de Cerdeña, que vos le pusistes nombre matarriendo, y la vuestra se

dice mátalascallando, que vuestra mujer lo dice, que sois desencamina

casados. No sé por qué habeis demandado lo que no habeis menester, que

negar se le puede á quien pide lo que no debe. Vos nunca sois estado

en la cama por amor, y temeisos de morir, y más será del desamor que

teneis, que todos mueren éticos d’ese mal; yo sería de parescer que no

se haga ley, para que las damas dejen de burlar de burladores, que

sería desigual en los amores.

Dixo el Duque: Santiguar me quiero para esta ley, pues no puedo sino

hacer justicia, y temo de ser justiciado de la Reina, mi señora, que ya

sin esto es matadora, cuanto más haciendo esta ley, que todas cantarán

contra mí:

Enemiga le soy, madre,

Aquel caballero yo,

Mal enemiga le só.

Yo sé que les pasará el enojo cuando se verán mejor servidas con esta

última decena ley:

No burlen más de galanes,

So pena de ser burladas,

Que seguir malas pisadas,

Se pierden los capitanes;

Y tambien las capitanas,

Que si más se burlarán,

Lo que d’esto ganarán,

Correrán carreras vanas.

Dixo el Duque: Señores, yo les quiero convidar á lo que soy convidado.

Bajemos á la huerta, que mis cantores quieren hacer la fiesta del Mayo

que hacen en Italia, y con razon meresce ser tan celebrado este mes;

sino, dígalo mastre Zapater para que sepamos lo mejor d’esta fiesta

en qué está, y lo que más le parescerá decirnos, que será un buen dejo

d’esta sala-córte que aquí se ha tuvido.

Mastre Zapater, como lo era de crianza y saber, dió el obrar por

respuesta, y dixo: El saber y poder del Criador de todo lo criado es

tal y tan grande, que fué cosa conveniente no dejarse comprender,

que de no saber perfectamente lo que su Majestad es, venimos á

saber claramente qué cosa es Dios; por donde se viene á considerar

que aquello qu’es más saber y poder que todas las criaturas, es el

Criador, á quien debemos adorar y creer. Grande engaño recibieron en

este mundo los que dieron crédito á Lucifer, como fueron los idólatras

y mahométicos que le creyeron y adoraron, pues siendo criatura, no

podia ser él creador, sino quien á él habia creado; y pues esto no

tiene contradicion, ménos la tiene para creer qu’es Dios, considerar

la gran providencia y gobierno que en todo tiene, y contemplando su

casa y oficios d’ella, se ve quién es Su Majestad, como en los criados

se conoce cuál es el señor d’ellos; pues lo conoscerémos por el sér y

dignidad y operaciones de los ángeles, que el espiritual ser d’ellos

nos dice que nadi lo supo ni pudo crear sino el Creador; y asimismo

que siendo de mayor dignidad que los hombres, ha sabido y podido hacer

que nos sirvan por custodios y medianeros, alcanzándonos gracias para

ir al cielo, que son las operaciones d’ellos.

Tambien es de considerar en los otros cuerpos celestiales, que son

el sol y la luna para alumbrar la tierra, y los signos y planetas

y estrellas, los efectos que hacen por sus influencias y las

inclinaciones que dan á en debajo su curso nasce, por ser cuerpos

superiores, y nosotros inferiores á ellos, y tanto, que si por

menosprecio tenemos osar de hablar y entrar donde algun mal espíritu

está de los que sentimos por el mundo, nos asombran y matan, sino los

que tienen mando sobre ellos, que son sacerdotes y seculares por divina

virtud; por donde se concluye que la primera causa sólo es Dios, de

quien proceden todas las segundas causas, que son las criaturas. Y por

esto, respondiendo á lo que vuestra excelencia me ha mandado, digo que

sólo al mes de Mayo dan las estrellas influencias para engendrar todos

los metales, que por mineros de la tierra se engendran, como el oro y

plata y los otros, y tambien todo género de piedras preciosas, y tienen

más virtud las hierbas en este mes que en todo el año por el rucío que

cae del cielo sobre la tierra, que es manná cogido en muchas partes

para medicinar los cuerpos humanos; y vistas las grandes excelencias y

provechos que se alcanzan en este mes de Mayo, vinieron los romanos y

muchas naciones á celebrar esta fiesta, por la que el cielo nos hace

en darnos tan grandes tesoros como nos da, y para ser católicas estas

alegrías, han de ser dando gracias á quien las da, que es nuestro Señor

Dios, de quien todas las criaturas proceden y son hechas.

En acabar mastre Zapater abajaron á la huerta del Real, donde hallaron

un aparato de la manera que oirán.

Estaba un cielo de tela, pintado tan natural que no parescia

artificial, con un sol de vidro como vidriera, que los rayos del otro

verdadero daban en él, y le hacian dar luz, no faltando estrellas

que por sutil arte resplandecieron á la noche. Debajo dél habia una

bellísima arboleda, con unos paseaderos de obra de cañas, cubiertas de

arrayan, y entre ellos unas estancias en cuadro, hechas de lo mesmo; y

en medio de este edificio estaba una plaza redonda, arbolada al entorno

de cipreses con asentaderos, donde estaba una fuente de plata, que

sobre una columna tenía la figura de Cupido, que la representaba un

mochacho muy hermoso con el arco sin cuerda, asegurando con este mote

que en una guirnalda traia: sin cuerda por no acordar. En el remate de

la columna estaba este letrero: Soy la fuente del deseo, que su deseo

alcanzará quien d’esta agua beberá.

Tenia en la mano izquierda un ramo de flores, y en la mano derecha un

guion real con una plancha de oro por bandera, con estos versos en

ella, que muestran, moralizando á Cupido, quién es:

El muy grande niño de muchos señor,

Desnudo con alas y nunca cansadas,

Con arco y saetas de plomo y doradas,

en yerra le llama el gran dios d’amor.

¿Sabeis quién es este de tanto valor?

Cupido se dice, y es nuestro deseo

Que cuando codicia d’amor lo más feo,

Pierde lo bueno y es todo dolor.

Entónces desnudo, muy desvergonzado,

Razon le contempla, y muchos le pintan,

Sin ver, pues no ve qu’es mal deseado

Volar con dos alas de vicio malvado,

Y voluntad mala que el bueno despintan.

El arco su fuerza primero nos tira,

Saeta dorada que toma de grado,

Las otras de plomo despues que ha tomado,

Penando las siente quien ama en su ira.

Los que se probaban en esta aventura habian de beber del agua, y al

que no se queria dar secábase la fuente, y ántes de gustar della habian

de publicar lo que deseaban. Estando en este deleite sintieron que

venian los del Mayo con gran música de todo género de instrumentos, que

tañeron en esta fiesta, y subieron á las ventanas para ver la entrada

dellos. Venía delante de todos un Confaloner, con un caballo blanco

cubierto de una red de oro guarnecida de muchas flores, y el vestido de

lo mismo con un estandarte de seda verde, broslado todo de flores, y

una guirnalda en la cabeza, de lo mesmo, sobre una cabellera, y él era

rubio y dispuesto, hermoso y desbarbado. Venian en torno dél, vestidos

en figura de ninfas, los cantores de su excelencia cantando:

Bien venga el magio

El Confaloner selvagio.

Con este triunfo entraron en la huerta del Real, y en ser delante el

Duque y la Reina, el Confaloner selvagio dixo: Yo soy el Mayo, hijo de

naturaleza humana, representador del placer con flores y frutos, para

recreacion de las criaturas, que debilitadas salen de la frialdad del

invierno, enemigo de la vida humana, y renovador de la virtud, pues

conmigo renueva lo que el invierno envejece. Proveedor de la salud,

con hierbas de maravillosas virtudes, conservador del contento, porque

el deleite no se pierda; traia este mote en la guirnalda de su cabeza:

Quien es Mayo pasa el año.

Habló luégo una de las que le acompañaban, que venía vestida de una

ropa montesina, toda broslada de montes con un mote que decia: Por

montes se debe andar, por no abaxar, y dixo: Yo soy la ninfa de los

montes, que habito en el monte Olimpo, que está en la Grecia, de quien

muchas naciones contaron el tiempo, porque los griegos hacian unos

juegos en él de cuatro en cuatro años, que principiaron el año cccc. y

vj. despues de la destruccion de Troya. Y los romanos de cien en cien

años hacian sacrificios en él, que por ser más alto que las nubes y los

vientos, siempre hallaban la ceniza de los cienaños pasados como las

dejaban.

Habló un otra que venía vestida con una ropa toda broslada de ondas

de aguas del mar, y el mote decia: los que mejor triunfaron mis aguas

ensangrentaron, y dixo: Yo soy la ninfa de las aguas, que lo más habito

en la profundidad della, entre las gentes que habitan en lo interior

del medio de la tierra, que son nombradas gente de agua, que estando lo

más dentro della no los mata.

Habló un otra que venía vestida de una ropa toda broslada de muy lindas

arboledas, y el mote decia: por mis florestas no matan calorosas

fiestas. Y dixo: Yo soy la ninfa de las florestas que lo más habito por

Flándes y Alemania, donde las gentes dejan las poblaciones y viven en

las florestas, que son muy arboladas, para que la furia del sol, cuando

está en Leon, no pueda entrar en ellas.

Cada una d’estas ninfas traian muchas vestidas como ellas venian, que

fué cosa de ver, y oirles tañer la diversidad de instrumentos que

tañeron.

Levantóse Joan Fernandez diciendo: Yo quiero ser el primero que me

probaré en esta aventura, y dixo: Yo tengo deseo de alcanzar que mi

mujer en los dias caniculares no tenga celos de mí, que peor es que

cigarra, que en todo el dia no calla, y temo que no reviente; y en

allegarse á beber el agua se le secó, y él echó un

Reniego de mí

Porque me casé,

Que si no me casára

No me encativára

Por una Beneita

Que nunca lo fué.

Su mujer se llegó á probarse, y dixo: Yo tinch un desig, que bon profit

me faza, que estigues en la caza, tostems mon marit y nom cazas en

casa, que mi posa brasa. Quiso beber del agua y no salió; y su marido

le dixo: ¿qué haré yo, que el agua huye de vos?

Don Diego Ladron llegó á beber del agua, y dixo: Yo tengo un deseo, que

las damas perdiesen los deseos, que peores son que de preñadas, que no

les podeis negar lo que piden, porque no muevan, y no dejan de mover,

que no están firmes en querer. La fuente se le secó, y él dixo: Las

damas le habrán hecho del ojo que no saliese, que cuando sus ojos tiran

por la mira del enojo, tan blanco el ojo.

Llegó á probarse la señora doña María de Robles su mujer, y dixo:

Yo tengo un deseo, que mi señor don Diego tuviese deseos de preñada

de bien parir, que si no pareciese mal no le faltarian comadres y

compadres para batizar, y sé que le pornian por nombre don Diego Git y

Calla, que no hallo qué es saber galan y hacerse mal querer.

Respondió su marido: Si me hago mal querer es por sanar una celosa,

que sois vos: que mucho se debe hacer para conservar á la mujer.

Dixo ella: Verdad es, mas nadi debe ser bueno con mal ajeno.

Al Duque les paresció tan bien está plática, que dixo á la Reina:

Señora, probarme quiero en esta aventura, pues hace tanbien hablar, que

Julio César fué en Asia por aprender retórica de Apolonio, astrólogo.

Que todo se debe probar por saber muy bien hablar.

Tomó de la mano á la Reina, y en ser delante la fuente, dixo: Yo deseo

ser deseado de vuestra alteza y no aborrecido; y en querer beber del

agua no salió.

Rióse mucho la Reina, y dixo: Todo se le hace mal á mal pensar, yo me

quiero probar por ver cómo me irá. Tal voy al agua, como cierva herida,

y no soy creida, porque tengo por marido un descreido. Yo digo que

tengo un deseo de preñada, y es de no ser olvidada del Duque, mi señor,

que cualquier que no se quiere es muy gran olvidador; allegar quiero al

agua, ya la veo seca, pues todo se me deseca, que mucho daña si ventura

desengaña.

El Duque se rió, y dixo: Señora, cabales estamos de risas y deseos,

vuestra alteza de mal pensar perdió; que sin tocar nunca es bien

determinar.

La Reina dixo: ¿Amigo sois de tocar? Respondió, no, sino de destocar,

d’eso pues reniego yo. Señora, no me ha entendido, que de no tocar ha

sido mi destocar. A otro perro con ese hueso.

Dixo Joan Fernandez: Señora, si perra dixera por mi mujer lo

entendiera; puix sou gos, seré yo gosa, per ser vos un Barbarosa ab

cent mullers. Hágolo por haber hijos, para mostrar que en vos se toma

no engendrar, y no en mí. Mes val que estigam axí, que si fill tingues

de vos sería masa graciós.

Dixo don Luis Margarit: Departir quiero estos amores d’estos señores;

probarme quiero que de un gran deseo muero.

La señora, su mujer, dixo: Los deseos de maridos no merescen ser

cumplidos, porque son parientes de la traicion.

Respondió su marido: Vuestra merced lo verá, qu’el agua no me faltará

por mostrar que os soy leal á bien y á mal. Y digo que mi deseo, que

ninguna me mirase porque en vos no idolatrase. Que al parangon se

muestra más la perficion, y en llegarse á la fuente se le secó.

Su mujer se le rió cara á cara, y dixo: Cuán cierto está que no engaña

la ventura, vuestro deseo fué engañarme, queriendo darme á entender

desear no ser mirado por no idolatrar en mí, y todo vais falsificado,

pues huis siempre de mí; y no fuig qui á casa torna.

Dixo la señora doña Joana Pallas: Señora doña Violante, amagau lo

valenciá, que castellans van per la terra, que per burlar de nostra

llengua nos furten les peraules, y pórtenles á Castella pera fer farses

ab ella, que mones son de Valencia, parlant ab reverencia.

Dixo Joan Fernandez: D’esas monerías don Diego se ha burlado con

cuentos valencianos de castellanos, y hánselo muy bien pagado, que

burlar del burlador es de avisado.

Dixo don Francisco: Yo quiero probar en qué parará un deseo que tengo,

y es, si he de comer un higo que me hacen en una relogía; y queriendo

beber del agua se le secó.

Dixo la señora doña Francisca, su mujer: Yo conozco la higuera de ese

higo, que por esto vos sacastes en las cañas papahigo y no le paparéis;

por eso no subais á la higuera que sabeis, que dicho me ha que no deja

cogerse, que bajar es el subir que ha de perderse. Yo tambien quiero

probar un buen deseo en qué tiene de parar, y es que nunca os mirasen

otros ojos sino los mios, porque estaria al seguro que no seríades

burlado, pues los más hombres que se enamoran, son de ojos burladores,

que los miran, y por ellos no sospiran, ántes hacen sospirar. Que el

mirar de la mujer, lo más es para burlar. El agua se me ha secado, vos

ternéis, señor marido, muchos higos y burlado.

Don Pedro Mascó y la señora doña Castellana, su mujer, llegaron

á probarse, y dixo el marido: Yo deseo nunca ser olvidado de una

valenciana y castellana, que cuando más y más las miro más sospiro; y

probó á beber del agua y secóse.

Dixo la señora, su mujer: Pues me tengo de probar, deseo no desear á un

Pedro más contento de sí mesmo que de mí, que no está léjos de aquí; y

queriendo beber del agua se le secó.

Dixo el marido: Señora mujer, decidme quién es el Pedro más contento

que habeis deseado, que todo estoy demudado, mas no mudado en desamor,

que no se muda un buen amor.

Y ella respondió: Y’os lo diré, si vos me decis quién son las dos que

deseais no ser olvidado dellas.

Él se rió, y dixo: Mirad cuánto ciegan los celos, que os habeis

desconocido; pues nombránd’os yo Valenciana y Castellana, que sois vos,

os habeis hecho celosa pensando que fuesen dos; picado habeis, no lo

negueis.

Ella se rió, y dixo:

Tambien habeis vos picado

Del Pedro que os he nombrado,

Más contento de sí mesmo

Que de mí;

Pues sois vos si estais aquí.

Don Baltasar Mercader llegó á probarse en la aventura, y dixo: Yo tengo

un deseo que pocos le tienen, de morir primero que mi mujer, porque

yo me desesperaria si ella me faltase, y de otra parte no lo querria,

porque de celos yo iria al infierno si otro la gozase; alargó la mano

para beber del agua y secóse la fuente.

Y la señora doña Isabel, su mujer, dixo: Yo tambien quiero probarme

con el mismo deseo que mi señor don Baltasar tiene, y de las dos cosas

que él ha deseado, la que ménos querria quiero, y es, que su merced se

muriese primero porque nadi d’él gozase si por ventura se casase, que

por ventura habria de ser segun me suele querer; y el agua se le secó

y sospiró.

Don Luis Vich tomó de la mano á la señora doña Mencía, su mujer, y

dixo: Señora, vamos á probarnos en esa aventura, que mostrar quiero

cuanto os quiero, y es mi deseo que vuestra merced creyese de mí que

despues que la miré he cegado para cuantas he mirado, que topándolas

voy como á ciego, y perdon les pido luégo diciéndoles: Hag’os saber que

mis ojos dejo en casa mirando siempre á mi mujer.

Dixo la señora doña Mencía: Tan casados son nuestros deseos como

nosotros, pues deseo lo mismo de vuestra merced, que si deja los ojos

en casa para siempre mirarme, no quedan los mios en la posada por irse

tras él; que si en ella tengo de ver, con los ojos de mi hija ha de

ser, que no veo sino con los de Doñana. Llegaron estos dos tan casados

en su voluntad á beber del agua y no se les dió, que Cupido que la daba

la quitó porque no muriesen de placer de verse favorecer más que todos

del amor, que fuera hacer gran sinsabor.

Don Berenguer Aguilar llegó á probarse, y dixo: Yo deseo que la señora

doña Leonor, mi mujer, me tuviese por tan buen casado que no dejase

cantar por casa á su criada Marinsueña: Mal casada, no te enojes; que

cantando le va esta cancion por meternos en quistion, que en ser en

Valencia estas castellanas, son revuelve-casados y descasa-maridos.

Dixo la señora doña Leonor: Quien se da mal á entender, se va á perder.

Respondió su marido: Quien se da á mal sospechar, va á mal andar, como

hace Marinsueña, que debe ensoñar que yo soy mal marido, y serlo he,

porque ella vaya á cantar á otra casa; y queriendo beber del agua, se

le secó, y á su mujer le rogó que no se probase en ella, que enojado

estuvo d’ella.

Don Miguel Fernandez tuvo por cierto que se cumpliria un deseo que

tenía, y llegó á la fuente á probarse, y dixo: Yo tengo un deseo de ser

muy leal en amores si me guardasen lealtad, mas no se usa, que mal uso

descubre quien es confuso, bien sé que hablo contra mí, mas yo sé quién

obra contra nosotros en seguir y perseguir las damas á sus amadores,

con este diabólico uso, nombrado deslealtad, que tantos quieren cuantos

ven de servidores, y á todos hacen disfavores; y queriendo beber del

agua, se le secó, y dixo: Desculpado so si no tengo lealtad, que no

quiere esta bondad, Cupido, nuestro deseo, por seguir l’amor más feo

en los amores, que nascen de mal amor desamores.

Dixo la señora doña Ana, su mujer:

Buen pintor es mi marido,

Á su placer ha pintado,

Falsas nos ha retratado,

Guárdeos Dios de arrepentido.

Todas l’han amenazado

Que será bien combatido.

Y’os prometo de no ayudaros, que bien dicen: Quien mal busca, presto

le halla. Yo quiero tambien probarme en esta aventura, y es mi deseo

que no viese lo que veo cuando me enoja, que ver mal, males antoja; y

en llegar á beber del agua se le secó, y dixo: Ya me temia que jamas

alcanzaria dejar de ver en amores refalsados amadores. Señoras, demos

mala postre á mi marido, que esta plática ha movido.

Vinieron dos disfrazados á probarse en esta aventura, y el uno venía

armado de cuerpo con unas muy ricas armas, llenas de flores esmaltadas

sobre planchas de oro de martillo y en un chapeu que traia una red

de oro colgaba, que su rostro le atapaba, y este mote en él traia,

Miraflor de Milan.

Y el otro venía en cuerpo muy bien vestido, como á soldado, de

terciopelo carmesí, con unos ojos en blanco mirando al cielo, broslados

entre muchas alas de oro de martillo, esmaltadas, y en un sombrerete de

lo mismo traia este mote que decia: El deseo siempre vela, mira y vuela.

Y en ser delante la fuente para decir sus deseos, el uno que en su mote

representaba ser el deseo, quiso comenzar á decir lo que deseaba, y

el otro, que venía armado, le dixo razonando á modo de diálogo lo que

oiréis en este razonamiento:

_Miraflor._ Paso, paso, mi Deseo,

N’os pongais á desear

Lo que n’os puede matar

De la muerte que ya veo.

_Deseo._ ¿Y que muerte podeis ver,

Que no sea más placer

El morir por gentil dama,

Que despues de muerto ser?

Más se vive por la fama.

Ya yo sé

Lo que de Leriano fué,

Que murió por Laureola;

Mártir con tal laureola,

Que laurel d’amores fué.

_Mir._ Deseo, n’os engañeis,

N’os perdais de confiado,

Que do vos habeis entrado,

Nunca pienso que saldréis.

_Des._ ¿Y qué mal puede venir,

Que no sea más vivir

Morir bien enamorado?

Que si envida fué nombrado,

Mucho más es en morir.

Ya sé yo

Que por lo que deseó

Leandro, su linda Hero

Murió de lo que yo espero,

Que en l’amar se ahogó.

_Mir._ Deseo, dejad razones,

No paseis más adelante,

Vos pornéis á vuestro amante

Por mil bocas de leones.

_Des._ ¿Y qué afrenta le verná?

Pues que más leon será

En cualquier inconviniente,

Que el cobarde es más valiente

Cuando enamorado está.

Ya está visto,

Que por desear Calisto

A su linda Melibea,

Murió del que yo me vea,

Pues no fué d’ella malquisto.

_Mir._ Deseo porfiador,

No salgais de la barrera,

Hablemos de talanquera,

Que mata el toro d’amor.

_Des._ ¿Y qué muerte darnos puede,

Que muy más muerto no quede

El que por temor olvida?

Que amor mata y da la vida

Cuando todo lo procede.

Yo bien veo

Que Sanson y su deseo

Por su Dalida murió,

Cuando el templo derribó

Con el pueblo filistéo.

_Mir._ Deseo, creedme, pues,

Desear es gran fatiga,

Mate da cualquier amiga,

Si amor juega al ajedres.

_Des._ ¿Y qué mate nos dará?

Pues su mano matará,

Que muy más es ganador

El que pierde por amor,

Cuando bien perdido está.

Ya contemplo

Que Achíles murió en el templo

Deseando á Policena,

Que si desear da pena,

Troya queda por ejemplo.

_Mir._ Deseo, no me enojeis,

Que tambien ternéis vos parte,

Recelad de cada parte,

Que enemigos hallaréis.

_Des._ ¿Y de qué parte vernán?

Sé que no nos matarán

Si de nuestra dama vienen,

Que de muertos que nos tienen,

Poco que matar hallarán.

Bien sé que avino

Que por desear Tarquino

Á Lucrecia su romana,

Él quedó muerto en Toscana,

Que de Roma huyendo vino.

_Mir._ Deseo, ya podeis ver

Lo que nos puede seguir,

Si vos n’os dejais regir,

Yo no me podré valer.

_Des._ ¿Y qué seso bastará?

Quien tal dama mirará,

Que se pueda regir más,

Pues que tú mirado la has,

Quien la vió la deseará.

Calla, pues,

Que amor pasa todo arnes,

Si con esta dama mata,

Nombrada Margarimata,

Que en su nombre está quien es.

Pues nombraste la dama que has nombrado, no se puede excusar el desear

que hasta agora t’he rogado; hícelo porque mostrases la razon que tengo

yo de siempre ser de quien yo so; y así deseo lo que tú deseas, nunca

estar en libertad, que pueda tener deseos sino de servir á la señora

que serle su servidor hace ser muy gran señor. Alargó la mano, y el

agua se le dió, y Cupido le habló desta manera: Miraflor de Milan, si

yo te he dejado beber del agua desta fuente del Deseo, ha sido porque

el Cupido que yo represento me aparesció esta mañana, y me dixo que no

te negase el agua del Deseo, pues deseas en los amores para merescer

favores, y que no te niegue cuanto me pedirás, pues tan bien deseado

has. Toma esta carta que me dió para tí, y mira lo que mandas de mí.

Con lacato que se toma una carta real la tomé y le sopliqué me dixese

por qué habia negado el agua en dia que nos mostró con su invincion

que á ninguno enojaria; respondióme: Por probar de paciencia, que mucho

se contenta amor de bien sufrido amador. Agora yo la daré, que á buen

sufrir se le debe sin pedir.

Todos bebieron con gran placer desta agua que tan buen sabor tenía,

como el efecto que hacia; el Duque y la Reina quisieron saber quién

yo era, yo respondí: Mi nombre traigo por mote; dixéronme: ¿Luego vos

debeis ser aquel Miraflor de Milan que nos hizo publicar con el rey

darmas el cartel de la aventura del monte Ida, donde vos os hallasteis

muy favorecido de Cupido? quitéme el disfraz y dixe: Yo soy quien

siempre fué muy gran servidor de vuestra alteza y su excelencia. Rieron

mucho de mi arreboz tan disimulado, que buen engañar no enoja al

engañado; mandáronme que leyese la carta, yo dixe: Quien me la dió debe

saber si en público se ha de leer, dársela quiero, y él la tomó, y á

todos la carta leyó, que ansí decia:

Buen amador con quien amor recrea,

No l’amador por quien fuí ahorcado,

Deten la fiesta, que yo te he mandado,

Del monte Ida, porque yo la vea.

Mandamos esta carta que se lea

Para mostrar lo que he determinado,

Que por mi mano seas muy honrado,

Porque mejor de tus manos lo sea.

Yo llevaré mi madre en compañía,

Y ella dará jornada d’este dia.

Las damas que tenian amenazado á don Miguel Fernandez vinieron todas

juntas contra él, y dixéronle que se pusiese en punto de guerra, que

le querian dar la batalla que tenía aplazada, y fué de mujeres á

maridos, porque fueron valederos d’él, y ellas de la señora doña Ana,

su mujer, y por excusar prolijidad en esta escaramuza, serán señalados

los caballeros, cuando hablan, con una C., y las damas con una D., y

comenzó la señora doña Ana Mercader:

_Dama._ Señor don Miguel, Olvido.

_Caballero._ Señora Doña Ana, Acuerdo,

Para tener desacuerdo,

Siempre os vi contra el marido.

_D._ Dígame, señora hermana,

¿No está muy bien apodado?

Dichli pájaro pintado,

Vestit de vert y de grana.

_C._ Decid, señora mujer,

¿Qué os ha hecho don Miguel?

_D._ Perque vos sou tal com ell,

Pensi dar en lo terrer.

_C._ Señora doña Leonor,

¿Com li va de mal marit?

_D._ Mejor era servidor;

Respondre vull al envit,

Doña Juana Pallas so,

També cante exa cansó.

Don Diego mal querer,

¿Porque no entrais en batalla?

_C._ Don Diego git y calla

Me ha puesto mi mujer,

Con un mote de Milan

Os respondré muy conforme:

Non despertar el can que dorme.

_D._ Muy mejor está durmiendo

Que vellando, mal marido.

_C._ Porque no tenga sentido,

¿Quereis que no esté sintiendo,

Señora doña Isabel?

¿De qué visten los maridos?

_D._ De raposos van vestidos,

Que huelen á mala piel.

_C._ Señora mujer, ¿qué es eso,

Que raposo me decis?

_D._ Un poco dello vestis,

Que en amores sois travieso.

_C._ Señora doña Violante,

Mi mujer,

¿Amazona quereis ser?

_D._ No soy sino Bradamante

De bien querer,

Aunque vos no sois Rugier.

_C._ Señora doña Mencía,

¿A franceses os pasais?

Quien os hizo en este dia

Lo que nunca me mostrais.

_D._ Perdone, señor don Luis,

Que no puedo paz tener;

engarme quiero por ver

Si es placer cuando reñis.

_C._ Doña brava Castellana,

¿Armastes hoy la ballesta

Contra mí?

_D._ Don Pedro, mala semana

Y peor dia de fiesta,

Veisla aquí.

_C._ Bravas andan las señoras,

Que Doñana, mi mujer,

Las saca al corro.

_D._ Don Miguel, poco enamoras,

Salidnos vos á correr

Que no me corro.

_C._ Don Miguel, teneos bien,

N’os derribe de la silla

Vuestra mujer.

_D._ Joan Fernandez Desden,

Corregidor de Castilla,

Debeis ser.

_C._ Diga, señora Doñana,

¿Hale entrado por la boca

Mi mujer?

_D._ Fet habeu carrera vana,

Caball sou que mol se toca

De llauger.

El Duque se rió mucho d’este palacio, y dixo d’esta manera: Señores,

nunca fué mejor batalla, que los muertos son de risa, y los vivos

d’amores quedan cativos. Las mesas están paradas para cenar, váyanse

luégo á sentar, porque miéntras cenarémos, alabanzas oirémos de las

damas de Valencia, que serán en un _toma vivo te lo do_, que cantarán

todos mis cantores, y dirá Olivarte sólo la copla de cada dama tañendo

y cantando; y porque será tarde cuando de aquí saldrémos, yo hago

franco á don Luis Milan para agora de la aventura del monte Parnaso que

nos ofresció de contar, con que nos quede deudor della para cuando se

la demandarémos, que buena deuda, pedir se debe, y comience la música á

darnos por principio d’esta dulce cena el

Libro intitulado El cortesano. Libro de motes de damas y caballeros · 第 103 / 130 题