Cantó l’alba la perdiz,
Más le valiera dormir,
Pues danzastes con Betriz
Para darnos que reir.
Gilot lo supo despues
Que con su Betriz danzastes,
Pues de su casa llevastes
Á la vuestra el mal frances,
Que á don Francisco pegastes.
Don Francisco los departió y dixo:
Tené al Rey, no más burlar,
Que ya dais mucha ocasion,
Como á don Diego Ladron
Quando os quiso espabilar.
No paseis más adelante,
Y de mal frances no hablemos;
Enviémoslo á Alicante,
Que lo embarquen á Levante,
Que los tres harto tenemos.
Dixo el Duque: Yo quiero poner en medio, para departir como maestro de
esgrima, la vara, y es del palo del canónigo Ester.
Dixo el Canónigo: Señor, un dia me diréu lo canonge boix, puix me habeu
fet de palo.
Dixo el Duque: Canónigo, por mi vida, no haya más, pues no sois para
ménos; y diga la señora doña Castellana Belvis la razon que en la caza
le dixe que la dexase para agora.
Respondió la señora doña Castellana: Vuestra Excelencia manda que diga
lo que no querrian oir los malos maridos. Yo dixe, quando don Pedro,
mi señor, me presentó el ciervo con los cantores, que para conoscer si
estuvieron enamorados de véras los amadores, ántes de casar, que siendo
casados, siempre han de venir delante sus mujeres, como á servidores,
para ser buenos maridos, con mucho deseo á beber de la fuente del deseo
de su mujer; porque en perderse los deseos, reinan los menosprecios. Y
por esto las menospreciadas son las mal casadas.
Y hombres menospreciadores
Siempre saben á traidores,
Y desleales,
Abren puerta para males.
Vengan pues con el deseo que viene el ciervo herido al agua, y creerá
la mujer que su marido no se dice don Olvido, como en este cuento
oirán. Una señora amiga mia, siendo mal casada, siempre nombraba á
su marido don Olvido, y él le puso nombre á ella doña Olvidada.
Hiciéronles esta cancion:
Si quereis saber quién son
Don Olvido y doña Olvidada,
Mal marido y mal casada.
El Duque se rió de buena gana y dixo: Señora doña Castellana, atapado
nos ha las bocas, aunque no para reir, que no hay más que decir.
Caballeros, sirvamos á nuestras mujeres como amigos, y ellas servirnos
han como á mujeres.
Dixo Joan Fernandez: Señor, vuestra Excelencia da unos consejos que
saben á conejos casolanos, que son mal sanos; gran trabajo es hacer
el siervo para ser señor, por esto rehusó de casar un sabio que en
este cuento diré. El Petrarca, siendo canónigo de Padua, dispensaba
el Papa que casase con madona Laura, por quien él mostró estar tan
enamorado della, como en sus Triunfos y sus sonetos se ve, y consentia
que viviese con sus rentas eclesiásticas si se casaba, porque no
escandalizase con amor temporal á su hábito eclesiástico; y él, no
queriendo casar, respondió al Papa: No quiero trocar los placeres del
amiga por los enojos de la mujer.
Dixo doña Hierónima, mujer de Joan Fernandez: Senyores, quin preycador
de bulles falses es mont marit; non prengau ninguna, que totes les que
ell preyca porten al infern.
Respondióle su marido: Mujer, engañada vais, que poco há me aparesció
una mujer que murió de amores de su marido, y díxome que era salvada
por haber tomado una bulla que yo preyco, y es, que ninguna mujer se
puede salvar si no muere de amores de su marido.
Dixo doña Hierónima, su mujer:
De tal marit com vos,
¿Qui pot morir de amors?
Que jaus diuen Joan farcer,
Puix farçes feu de la muller.
La Reina rió mucho y dixo: Doña Hierónima, siempre querria que
hablásedes en valenciano, que en vuestra boca es gracioso; las dos
podemos cantar:
Mal me quieren mis comadres,
Porque les digo las verdades.
Y diga, Gilot, ¿quién son las comadres?
Dixo Gilot: Senyora, puix vostra altesa ho mana, yo diré qui son les
comares ab est cuento. En lo carrer de la Nau dos dones eren grans
amigues per ser enemigues de sos marits, baralléuenlos cada dia, y
ells deyen: Vosastres no sou dones, sino homens; y elles responien:
Homens som, puix vosastres sou dones no fentnos parir, y posárenlos
nom, les comares. Nou dich perque sa Excellencia y Joan Ferrandiz ó
siem en cara que may han fet parir á ses mullers.
Dixo Joan Fernandez: Gilot, ¿tú no sabes que á su Excelencia y á mí
nos han parido dos mujeres? Que este mal de ser estériles no está en
nosotros, sino en las rabiosas,
Que por maravilla paren
Las que rabias conciben,
Pues que matan y no viven,
segun dice la regla de medicina.
Dixo doña Hierónima, su mujer: Senyora, ¿qui li par á vostra altesa de
mont marit? ¿Quin metge y buller que es? ab bulles falses que preica,
diu que posa dones en parais, y ab regles fingides de medisina nos
infama que som rabioses, y per ço no parim. No sería mal acusarlo,
que l’atre dia tragueren á la scala un buller falsari y un metge no
doctorat.
Dixo la Reina: Doña Hierónima, por adúltero meresceria más ser sacado á
la vergüenza, pues tiene tan poca que nos dice cara á cara que les han
parido dos mujeres.
Dixo el Duque: ¿Vuestra alteza sabe lo que me ha dicho al oido Joan
Fernandez? díxome: Mire qué primor diré, que diciendo una gran mentira
que nos han parido dos mujeres, diré una gran verdad; que dos mujeres,
que son nuestras madres, nos han parido.
Dixo la Reina: Eso teneis los hombres engañadores, que de las verdades
haceis mentiras y de las mentiras verdades. Mudemos de nuevas, que en
casos hay que es bien mudar para desenojar. Dixo don Miguel Fernandez:
Si como dixo vuesa alteza mudemos de nuevas, dixera mudemos de
costumbres, las mujeres no serian tan rabiosas, y los maridos serian
más caseros, y mi mujer y yo terniamos mejor vida, porque siempre le
digo: Mujer, mudemos de nuevas; y ella me responde: Marido, mudavos de
costumbres; yo le respondo: Mujer, vos de condicion.
Y la señora doña Ana, su mujer, le dixo: Dexad vos la que habeis tomado
de vuestro hermano Joan Fernandez, yo dexaré la que tengo de la señora
doña Hierónima, su mujer, pues las dos más tenemos los maridos mozeros
que dameros por tener gustos bajos, que no son sino de cortesanos de
rameras cortesanas, bien mereceis el nombre que os han puesto las
damas, que en veros dicen: Hé aquí los viejos mozos, y dicen bien, pues
sois viejos para vuestras mujeres, y mozos para las mozas de vuestra
casa, que siempre andais á caza dellas, que peor es que de moxcas.
Tomó la mano don Berenguer, y dixo: Señora mujer, pues á decir
condiciones de casados va, yo diré la vuestra y la mia, y su alteza
séanos juez cuál de las dos es mejor; yo le digo á doña Leonor, mi
mujer, cantando por casa:
Tus ojos, Leonor,
Mis enemigos son;
y ella me responde con este otro cantar:
Quitad el caballero
Los ojos de mí,
No mireis ansí.
Dixo la señora doña Leonor á la Reina: Pues vuestra alteza es nuestro
juez, dígame si tengo razon de mirar de mal ojo á marido que viene
fuera casa tomado de mala vista, que todo el año tenemos los dos mal
de ojos, él de perderme de vista, yo de buscalle con la mia, que
sombra está de asombrado de bajos amores, pues siguiéndole me huye, y
huyéndole me sigue como sombra; que ya le pueden decir lo que dicen las
damas á don Francisco Fenollet, que vuestra alteza lo debria saber de
don Luis Milan por un cuento donoso que dél me contó.
Dixo la Reina que lo contase.
Don Luis Milan respondió: Que no convenia decir cuento tan bajo delante
su alteza.
Dixo don Francisco: Si lo decis, yo diré otro de vos, mucho peor.
Yo le respondí: Porque vea su alteza quál corrió lança más baja de vos
ó yo, quiero decille; sepa vuestra alteza que el cuento es éste: Yo
visité á don Francisco, que estaba mal de unos amores bajos, que yo se
lo conoscí por este villancico que me dixo:
Herediano es el mi amor,
Herediano es
Quien me le hizo aragonés.
Y contóme que tenía amores con una hermosa cortesana aragonesa, que
se decia Herediana; y pensando estar sólo en esta baja que danzaba,
supo que un mercader ginoves, nombrado micer Maltevollo, tenía amores
con ella, y don Francisco quísola dejar y no pudo de muy herediano.
Quedó don Francisco con este concierto que Herediana no diese más de
un hora al dia á Maltevollo, y si más se detenia y no se queria ir de
casa, salia don Francisco amortajado con una mortaja de tela negra
diciendo: Guarda la sombra, guarda la sombra; y Herediana decia: Ios,
ios, Maltevollo, que ya viene la sombra de mi padre del otro mundo,
que me quiere matar porque sea buena; y no queriendo irse Maltevollo,
por comer una buena cena que se habia hecho traer, salió otra vez la
sombra diciendo: Vate, Maltevollo; y él decia: Prima vollo manjar. Y él
que no, y el otro que sí, y abrazáronse los dos y rodaron la escalera
abaxo. Maltevollo huyó con la cabeza quebrada, y don Francisco cerró
la puerta y comióse la cena de Maltevollo; y quedó desta caida cojo de
reputacion, y por esto le dicen las damas don Francisco Sombra, que
sombra es quien de baxos amores se asombra.
Don Francisco dixo: Pues nos habeis resfriado con mi cuento, yo
escallentaré con el vuestro de risa. Bien se os acuerda que estando vos
enamorado de una criada de una dama que serviades, en pago desta baja
traicion burlaban de vos desta manera: La señora hacia con su criada
que os hiciese estar en un árbol de su huerta haciendo el mochuelo
toda la noche, porque no fuésedes descubierto, esperando que la criada
os diese entrada, y cuando hubieron muchas noches burlado de vos, una
noche que su marido de la señora era fuera Valencia, subieron ella y su
criada al terrado, y decian:
Mal canta este mochuelo,
Matémosle;
y vos deciades:
No tireis piedras,
Que yo cantaré bien.
Y ellas decian: ¿Qué, los mochuelos hablan? vos algun ladron debeis
ser; respondíades vos: No soy sino mochuelo de amores; y ellas á tirar
piedras y vos hacer el mochuelo, hasta que os derribaron del árbol
abajo, y fuístesos apedreado como el gallo de Carnestoliendas.
Que peor es que mochuelo
Quien sirve la señora,
Y pára en ser mozero.
El chiste que hicistes sobre esto quiero decir, pues tan bueno es para
contar como para hacer reir, y es éste:
Quéjome de una dama
D’ella á ella.
Que no puedo estar sin vella
Y no la veo.
Vengo yo d’este deseo
Á llorar.
Miedo tengo de cegar,
Mejor sería.
Pues no veo á quien querria,
Que sois vos.
Alabado sea Dios,
Que os crió,
Para que cegase yo,
Que ya lo’stoy.
Pues no veo por do voy
Á las gentes.
Diciendo van entre dientes,
Hélo, hélo.
Vuelto se nos ha mochuelo,
Que tal sería.
Cierto no ve de dia
Y va mirando.
Vémosle estropezando
En sus amigos.
Señales son y testigos
De su muerte.
Dícenme: muy mala suerte
Habeis tenido.
Yo les digo: no ha sido
Sino buena;
Que no ver no me da pena,
Pues no veo
Á la que más ver deseo,
Que’s mi dama.
Dícenme si me defama,
Yo les digo:
Las obras son el testigo
Del amor.
¿Veisme ciego amador
Y burlais?
Plega á Dios que os veais
Como yo.
Mas no de quien me cegó.
Dixo la señora doña Violante Mascó:
Dios lo guarde á mi marido
De mochuelo,
Que no lo está de ser mozero.
Respondió don Luis Margarit, su marido:
Guardado estoy de mozero,
Pero no de ser mochuelo.
Dixo la señora doña Mencía: No temo yo de mi marido que se me haga
mochuelo ni mozero desvergonzado viéndose tan bien casado; que cantando
va por casa:
Soy mozo y vergonzoso,
Soy mozo.
Respondió don Luis Vique, su marido:
Quien de vos se vió mochuelo,
¿Cómo puede ser mozero?
Dixo doña Castellana Belvis:
Como gavilan en mano,
Tan leal fué mi mochuelo.
Que jamas le vi mozero.
Dixo don Pedro Mascó, su marido: Señora mujer, quien no asegura no
prende.
La señora doña Ana Mercader dixo:
Claro se deja entender,
Que no fiemos de maridos
Que aseguran por prender.
Respondió don Miguel Fernandez, su marido:
No me entiendo yo en esto,
Que jamas os fuí travieso.
Dixo Joan Fernandez: Nunca son creidos los que tienen sus mujeres por
maridos.
Respondió la señora doña Hierónima, su mujer: ¿Cómo os va de calor? que
de frio no digo nada.
Dixo don Diego Ladron: Señora doña Hierónima, habiendo salido el señor
Joan Fernandez y vuesa merced una primavera de amor, ni él puede tener
frio ni vuestra merced calor.
Dixo la señora doña María, su mujer: Piénsase el ladron que todos son
de su condicion.
Dixo la señora doña Isabel Ferrer:
Señora hermana,
No correis carrera vana,
Que ladron tengo yo el mio,
Que mi prima no le fio.
Respondió don Baltasar Mercader, su marido: Si mal es de quien no deben
confiar, peor es de quien se debe no fiar.
Dixo don Berenguer Aguilar: nunca pudo engordar mi mujer de no fiar.
Respondió la señora doña Leonor:
Mi señor don Berenguer,
De engordar mucho el marido
Enflaquece la mujer.
El Duque y la Reina se holgaron mucho destas cortesanías destos
caballeros y damas, y dixo: Bien sería que don Luis Milan pusiese por
obra el Cortesano que le mandaron las damas que hiciese; yo respondí:
Si vuestra Excellencia me avisa diciendo las partes que ha de tener el
Cortesano,
Yo sabré hacer lo que no sabria,
Que del Rey se ha de tomar cortesanía.
Dixo el Duque: Yo diré mi parescer y esos caballeros digan el suyo:
Que en las cosas de gran sér,
El Rey con los caballeros
Tiene muy buen parescer.