RESPUESTA DE JOAN FRNANDEZ.

Cantó l’alba la perdiz,

Más le valiera dormir,

Pues danzastes con Betriz

Para darnos que reir.

Gilot lo supo despues

Que con su Betriz danzastes,

Pues de su casa llevastes

Á la vuestra el mal frances,

Que á don Francisco pegastes.

Don Francisco los departió y dixo:

Tené al Rey, no más burlar,

Que ya dais mucha ocasion,

Como á don Diego Ladron

Quando os quiso espabilar.

No paseis más adelante,

Y de mal frances no hablemos;

Enviémoslo á Alicante,

Que lo embarquen á Levante,

Que los tres harto tenemos.

Dixo el Duque: Yo quiero poner en medio, para departir como maestro de

esgrima, la vara, y es del palo del canónigo Ester.

Dixo el Canónigo: Señor, un dia me diréu lo canonge boix, puix me habeu

fet de palo.

Dixo el Duque: Canónigo, por mi vida, no haya más, pues no sois para

ménos; y diga la señora doña Castellana Belvis la razon que en la caza

le dixe que la dexase para agora.

Respondió la señora doña Castellana: Vuestra Excelencia manda que diga

lo que no querrian oir los malos maridos. Yo dixe, quando don Pedro,

mi señor, me presentó el ciervo con los cantores, que para conoscer si

estuvieron enamorados de véras los amadores, ántes de casar, que siendo

casados, siempre han de venir delante sus mujeres, como á servidores,

para ser buenos maridos, con mucho deseo á beber de la fuente del deseo

de su mujer; porque en perderse los deseos, reinan los menosprecios. Y

por esto las menospreciadas son las mal casadas.

Y hombres menospreciadores

Siempre saben á traidores,

Y desleales,

Abren puerta para males.

Vengan pues con el deseo que viene el ciervo herido al agua, y creerá

la mujer que su marido no se dice don Olvido, como en este cuento

oirán. Una señora amiga mia, siendo mal casada, siempre nombraba á

su marido don Olvido, y él le puso nombre á ella doña Olvidada.

Hiciéronles esta cancion:

Si quereis saber quién son

Don Olvido y doña Olvidada,

Mal marido y mal casada.

El Duque se rió de buena gana y dixo: Señora doña Castellana, atapado

nos ha las bocas, aunque no para reir, que no hay más que decir.

Caballeros, sirvamos á nuestras mujeres como amigos, y ellas servirnos

han como á mujeres.

Dixo Joan Fernandez: Señor, vuestra Excelencia da unos consejos que

saben á conejos casolanos, que son mal sanos; gran trabajo es hacer

el siervo para ser señor, por esto rehusó de casar un sabio que en

este cuento diré. El Petrarca, siendo canónigo de Padua, dispensaba

el Papa que casase con madona Laura, por quien él mostró estar tan

enamorado della, como en sus Triunfos y sus sonetos se ve, y consentia

que viviese con sus rentas eclesiásticas si se casaba, porque no

escandalizase con amor temporal á su hábito eclesiástico; y él, no

queriendo casar, respondió al Papa: No quiero trocar los placeres del

amiga por los enojos de la mujer.

Dixo doña Hierónima, mujer de Joan Fernandez: Senyores, quin preycador

de bulles falses es mont marit; non prengau ninguna, que totes les que

ell preyca porten al infern.

Respondióle su marido: Mujer, engañada vais, que poco há me aparesció

una mujer que murió de amores de su marido, y díxome que era salvada

por haber tomado una bulla que yo preyco, y es, que ninguna mujer se

puede salvar si no muere de amores de su marido.

Dixo doña Hierónima, su mujer:

De tal marit com vos,

¿Qui pot morir de amors?

Que jaus diuen Joan farcer,

Puix farçes feu de la muller.

La Reina rió mucho y dixo: Doña Hierónima, siempre querria que

hablásedes en valenciano, que en vuestra boca es gracioso; las dos

podemos cantar:

Mal me quieren mis comadres,

Porque les digo las verdades.

Y diga, Gilot, ¿quién son las comadres?

Dixo Gilot: Senyora, puix vostra altesa ho mana, yo diré qui son les

comares ab est cuento. En lo carrer de la Nau dos dones eren grans

amigues per ser enemigues de sos marits, baralléuenlos cada dia, y

ells deyen: Vosastres no sou dones, sino homens; y elles responien:

Homens som, puix vosastres sou dones no fentnos parir, y posárenlos

nom, les comares. Nou dich perque sa Excellencia y Joan Ferrandiz ó

siem en cara que may han fet parir á ses mullers.

Dixo Joan Fernandez: Gilot, ¿tú no sabes que á su Excelencia y á mí

nos han parido dos mujeres? Que este mal de ser estériles no está en

nosotros, sino en las rabiosas,

Que por maravilla paren

Las que rabias conciben,

Pues que matan y no viven,

segun dice la regla de medicina.

Dixo doña Hierónima, su mujer: Senyora, ¿qui li par á vostra altesa de

mont marit? ¿Quin metge y buller que es? ab bulles falses que preica,

diu que posa dones en parais, y ab regles fingides de medisina nos

infama que som rabioses, y per ço no parim. No sería mal acusarlo,

que l’atre dia tragueren á la scala un buller falsari y un metge no

doctorat.

Dixo la Reina: Doña Hierónima, por adúltero meresceria más ser sacado á

la vergüenza, pues tiene tan poca que nos dice cara á cara que les han

parido dos mujeres.

Dixo el Duque: ¿Vuestra alteza sabe lo que me ha dicho al oido Joan

Fernandez? díxome: Mire qué primor diré, que diciendo una gran mentira

que nos han parido dos mujeres, diré una gran verdad; que dos mujeres,

que son nuestras madres, nos han parido.

Dixo la Reina: Eso teneis los hombres engañadores, que de las verdades

haceis mentiras y de las mentiras verdades. Mudemos de nuevas, que en

casos hay que es bien mudar para desenojar. Dixo don Miguel Fernandez:

Si como dixo vuesa alteza mudemos de nuevas, dixera mudemos de

costumbres, las mujeres no serian tan rabiosas, y los maridos serian

más caseros, y mi mujer y yo terniamos mejor vida, porque siempre le

digo: Mujer, mudemos de nuevas; y ella me responde: Marido, mudavos de

costumbres; yo le respondo: Mujer, vos de condicion.

Y la señora doña Ana, su mujer, le dixo: Dexad vos la que habeis tomado

de vuestro hermano Joan Fernandez, yo dexaré la que tengo de la señora

doña Hierónima, su mujer, pues las dos más tenemos los maridos mozeros

que dameros por tener gustos bajos, que no son sino de cortesanos de

rameras cortesanas, bien mereceis el nombre que os han puesto las

damas, que en veros dicen: Hé aquí los viejos mozos, y dicen bien, pues

sois viejos para vuestras mujeres, y mozos para las mozas de vuestra

casa, que siempre andais á caza dellas, que peor es que de moxcas.

Tomó la mano don Berenguer, y dixo: Señora mujer, pues á decir

condiciones de casados va, yo diré la vuestra y la mia, y su alteza

séanos juez cuál de las dos es mejor; yo le digo á doña Leonor, mi

mujer, cantando por casa:

Tus ojos, Leonor,

Mis enemigos son;

y ella me responde con este otro cantar:

Quitad el caballero

Los ojos de mí,

No mireis ansí.

Dixo la señora doña Leonor á la Reina: Pues vuestra alteza es nuestro

juez, dígame si tengo razon de mirar de mal ojo á marido que viene

fuera casa tomado de mala vista, que todo el año tenemos los dos mal

de ojos, él de perderme de vista, yo de buscalle con la mia, que

sombra está de asombrado de bajos amores, pues siguiéndole me huye, y

huyéndole me sigue como sombra; que ya le pueden decir lo que dicen las

damas á don Francisco Fenollet, que vuestra alteza lo debria saber de

don Luis Milan por un cuento donoso que dél me contó.

Dixo la Reina que lo contase.

Don Luis Milan respondió: Que no convenia decir cuento tan bajo delante

su alteza.

Dixo don Francisco: Si lo decis, yo diré otro de vos, mucho peor.

Yo le respondí: Porque vea su alteza quál corrió lança más baja de vos

ó yo, quiero decille; sepa vuestra alteza que el cuento es éste: Yo

visité á don Francisco, que estaba mal de unos amores bajos, que yo se

lo conoscí por este villancico que me dixo:

Herediano es el mi amor,

Herediano es

Quien me le hizo aragonés.

Y contóme que tenía amores con una hermosa cortesana aragonesa, que

se decia Herediana; y pensando estar sólo en esta baja que danzaba,

supo que un mercader ginoves, nombrado micer Maltevollo, tenía amores

con ella, y don Francisco quísola dejar y no pudo de muy herediano.

Quedó don Francisco con este concierto que Herediana no diese más de

un hora al dia á Maltevollo, y si más se detenia y no se queria ir de

casa, salia don Francisco amortajado con una mortaja de tela negra

diciendo: Guarda la sombra, guarda la sombra; y Herediana decia: Ios,

ios, Maltevollo, que ya viene la sombra de mi padre del otro mundo,

que me quiere matar porque sea buena; y no queriendo irse Maltevollo,

por comer una buena cena que se habia hecho traer, salió otra vez la

sombra diciendo: Vate, Maltevollo; y él decia: Prima vollo manjar. Y él

que no, y el otro que sí, y abrazáronse los dos y rodaron la escalera

abaxo. Maltevollo huyó con la cabeza quebrada, y don Francisco cerró

la puerta y comióse la cena de Maltevollo; y quedó desta caida cojo de

reputacion, y por esto le dicen las damas don Francisco Sombra, que

sombra es quien de baxos amores se asombra.

Don Francisco dixo: Pues nos habeis resfriado con mi cuento, yo

escallentaré con el vuestro de risa. Bien se os acuerda que estando vos

enamorado de una criada de una dama que serviades, en pago desta baja

traicion burlaban de vos desta manera: La señora hacia con su criada

que os hiciese estar en un árbol de su huerta haciendo el mochuelo

toda la noche, porque no fuésedes descubierto, esperando que la criada

os diese entrada, y cuando hubieron muchas noches burlado de vos, una

noche que su marido de la señora era fuera Valencia, subieron ella y su

criada al terrado, y decian:

Mal canta este mochuelo,

Matémosle;

y vos deciades:

No tireis piedras,

Que yo cantaré bien.

Y ellas decian: ¿Qué, los mochuelos hablan? vos algun ladron debeis

ser; respondíades vos: No soy sino mochuelo de amores; y ellas á tirar

piedras y vos hacer el mochuelo, hasta que os derribaron del árbol

abajo, y fuístesos apedreado como el gallo de Carnestoliendas.

Que peor es que mochuelo

Quien sirve la señora,

Y pára en ser mozero.

El chiste que hicistes sobre esto quiero decir, pues tan bueno es para

contar como para hacer reir, y es éste:

Quéjome de una dama

D’ella á ella.

Que no puedo estar sin vella

Y no la veo.

Vengo yo d’este deseo

Á llorar.

Miedo tengo de cegar,

Mejor sería.

Pues no veo á quien querria,

Que sois vos.

Alabado sea Dios,

Que os crió,

Para que cegase yo,

Que ya lo’stoy.

Pues no veo por do voy

Á las gentes.

Diciendo van entre dientes,

Hélo, hélo.

Vuelto se nos ha mochuelo,

Que tal sería.

Cierto no ve de dia

Y va mirando.

Vémosle estropezando

En sus amigos.

Señales son y testigos

De su muerte.

Dícenme: muy mala suerte

Habeis tenido.

Yo les digo: no ha sido

Sino buena;

Que no ver no me da pena,

Pues no veo

Á la que más ver deseo,

Que’s mi dama.

Dícenme si me defama,

Yo les digo:

Las obras son el testigo

Del amor.

¿Veisme ciego amador

Y burlais?

Plega á Dios que os veais

Como yo.

Mas no de quien me cegó.

Dixo la señora doña Violante Mascó:

Dios lo guarde á mi marido

De mochuelo,

Que no lo está de ser mozero.

Respondió don Luis Margarit, su marido:

Guardado estoy de mozero,

Pero no de ser mochuelo.

Dixo la señora doña Mencía: No temo yo de mi marido que se me haga

mochuelo ni mozero desvergonzado viéndose tan bien casado; que cantando

va por casa:

Soy mozo y vergonzoso,

Soy mozo.

Respondió don Luis Vique, su marido:

Quien de vos se vió mochuelo,

¿Cómo puede ser mozero?

Dixo doña Castellana Belvis:

Como gavilan en mano,

Tan leal fué mi mochuelo.

Que jamas le vi mozero.

Dixo don Pedro Mascó, su marido: Señora mujer, quien no asegura no

prende.

La señora doña Ana Mercader dixo:

Claro se deja entender,

Que no fiemos de maridos

Que aseguran por prender.

Respondió don Miguel Fernandez, su marido:

No me entiendo yo en esto,

Que jamas os fuí travieso.

Dixo Joan Fernandez: Nunca son creidos los que tienen sus mujeres por

maridos.

Respondió la señora doña Hierónima, su mujer: ¿Cómo os va de calor? que

de frio no digo nada.

Dixo don Diego Ladron: Señora doña Hierónima, habiendo salido el señor

Joan Fernandez y vuesa merced una primavera de amor, ni él puede tener

frio ni vuestra merced calor.

Dixo la señora doña María, su mujer: Piénsase el ladron que todos son

de su condicion.

Dixo la señora doña Isabel Ferrer:

Señora hermana,

No correis carrera vana,

Que ladron tengo yo el mio,

Que mi prima no le fio.

Respondió don Baltasar Mercader, su marido: Si mal es de quien no deben

confiar, peor es de quien se debe no fiar.

Dixo don Berenguer Aguilar: nunca pudo engordar mi mujer de no fiar.

Respondió la señora doña Leonor:

Mi señor don Berenguer,

De engordar mucho el marido

Enflaquece la mujer.

El Duque y la Reina se holgaron mucho destas cortesanías destos

caballeros y damas, y dixo: Bien sería que don Luis Milan pusiese por

obra el Cortesano que le mandaron las damas que hiciese; yo respondí:

Si vuestra Excellencia me avisa diciendo las partes que ha de tener el

Cortesano,

Yo sabré hacer lo que no sabria,

Que del Rey se ha de tomar cortesanía.

Dixo el Duque: Yo diré mi parescer y esos caballeros digan el suyo:

Que en las cosas de gran sér,

El Rey con los caballeros

Tiene muy buen parescer.

Libro intitulado El cortesano. Libro de motes de damas y caballeros · 第 36 / 130 题