--¡Lucio! Oye una anécdota de mi niñez. Cuando yo era niño, mi madre

se complacía tanto en mi bondad, en mi hermosura, y sobre todo en el

amor con que yo pagaba su amor, que no podía pensar sin honda pena

en que mi niñez y toda aquella dicha pasaran. Mil y mil veces la oía

repetir: “¡Cuánto diera yo por que nunca dejases de ser niño!...”.

Se anticipaba a llorar la pérdida de mi dulce felicidad, de mi bondad

candorosa, de aquella belleza como de flor o de pájaro, de aquel amor

único, merced al cual sólo ella existía en la tierra para mí. No se

resignaba a la idea de la obra ineluctable del Tiempo, bárbaro numen

que pondría la mano sobre tanto frágil y divino bien, y desharía la

forma delicada y graciosa, y amargaría el sabor de la vida, y traería

la culpa allí donde estaba la inocencia sin mácula. Menos aún se avenía

con la imagen de una mujer futura, pero cierta, que acaso había de

darme penas del alma en pago de amor. Y tornaba al pertinaz deseo:

“¡Cuánto daría porque nunca, nunca dejases de ser niño!...”. Cierta

ocasión oyóla una mujer de Tesalia, que pretendía entender de ensalmos

y hechizos, y le indicó un medio de lograr anhelo tan irrealizable

dentro de los comunes términos de la Naturaleza. Diciendo cierta

fórmula mágica, había de poner sobre mi corazón, todos los días, el

corazón de una paloma, tibio y mal desangrado aún, que sería esponja

con que se borraría cada huella del tiempo; y en mi frente pondría la

flor del íride silvestre, oprimiéndola hasta que soltase del todo su

humedad, con lo que se mantendría mi pensamiento limpio y puro. Dueña

del precioso secreto, volvió mi madre con determinación de ponerlo al

punto por obra. Y aquella noche tuvo un sueño. Soñó que procedía tal

como le había sido prescripto; que transcurrían muchos años; que mi

niñez permanecía en un ser; y que favorecida ella misma con el don de

alcanzar una ancianidad extrema, se extasiaba en la contemplación de mi

ventura inalterable, de mi belleza intacta, de mi pureza impoluta...

Luego, en su sueño, llegó un día en que ya no halló, para traer a

casa, ni una flor de íride, ni un corazón de paloma. Y al despertarse

y acudir a mí, la mañana siguiente, vió en lugar mío, un hombre viejo

ya, adusto y abatido; todo en él revelaba una ansia insaciable; nada

había de noble ni grande en su apariencia, y en su mirada vibraban

relámpagos de desesperación y de odio. “¡Mujer malvada!--le oyó clamar,

dirigiéndose a ella con airado gesto--, me has robado la vida, por

egoísmo feroz, dándome en cambio una felicidad indigna, que es la

máscara con que disfrazas a tus propios ojos tu crimen espantable...

Has convertido en vil juguete mi alma. Me has sacrificado a un necio

antojo. Me has privado de la acción, que ennoblece; del pensamiento,

que ilumina; del amor, que fecunda... ¡Vuélveme lo que me has quitado!

Mas ya no es hora de que me lo vuelvas, porque este mismo es el día en

que la ley natural prefijó el término de mi vida, que tú has disipado

en una miserable ficción, y ahora voy a morir, sin tiempo más que para

abominarte y maldecirte”. Aquí terminó el sueño de mi madre. Ella,

desde que lo tuvo, dejó de deplorar la fugacidad de mi niñez. Si yo

aceptara el juramento que propones, ¡oh Lucio! olvidaría la moral de mi

parábola, que va contra el absolutismo del dogma revelado de una vez

para siempre; contra la fe que no admite vuelo ulterior al horizonte

que desde el primer instante nos muestra. Mi filosofía no es religión

que tome al hombre en el albor de la niñez, y con la fe que le infunde,

aspire a adueñarse de su vida, eternizando en él la condición de la

infancia, como mi madre antes de ser desengañada por su sueño. Yo os

fuí maestro de amor: yo he procurado daros el amor de la verdad; no la

verdad, que es infinita. Seguid buscándola y renovándola vosotros, como

el pescador que tiende uno y otro día su red, sin mira de agotar al mar

su tesoro. Mi filosofía ha sido madre para vuestra conciencia, madre

para vuestra razón. Ella no cierra el círculo de vuestro pensamiento.

La verdad que os haya dado con ella no os cuesta esfuerzo, comparación,

elección: sometimiento libre y responsable del juicio, como os

costará la que por vosotros mismos adquiráis, desde el punto en que

comencéis realmente a vivir. Así, el amor de la madre no le ganamos

con los méritos propios: él es gracia que nos hace la Naturaleza.

Pero luego otro amor sobreviene, según el orden natural de la vida; y

el amor de la novia, éste sí, hemos de conquistarlo nosotros. Buscad

nuevo amor, nueva verdad. No se os importe si ella os conduce a ser

infieles con algo que hayáis oído de mis labios. Quedad fieles a mí,

amad mi recuerdo en cuanto sea una evocación de mí mismo, viva y real,

emanación de mi persona, perfume de mi alma en el afecto que os tuve;

pero mi doctrina no la améis sino mientras no se haya inventado para la

verdad fanal más diáfano. Las ideas llegan a ser cárcel también, como

la letra. Ellas vuelan sobre las leyes y las fórmulas; pero hay algo

que vuela aún más que las ideas, y es el espíritu de vida que sopla en

dirección a la Verdad...

Luego, tras breve pausa, añadió:

--Tú, Leucipo, el más empapado en el espíritu de mi enseñanza: ¿qué

piensas tú de todo esto? Y ya que la hora se aproxima, porque la luz se

va y el ruido del mundo se adormece: ¿por quién será nuestra postrera

libación? ¿por quién este destello de ámbar que queda en el fondo de

las copas?...

--Será, pues,--dijo Leucipo--, por quien, desde el primer sol que no

has de ver, nos dé la verdad, la luz, el camino; por quien desvanezca

las dudas que dejas en la sombra; por quien ponga el pie delante de

tu última huella, y la frente aun más en lo claro y espacioso que tú;

por tus discípulos, si alcanzamos a tanto, o alguno de nosotros, o

un ajeno mentor que nos seduzca con libro, plática o ejemplo. Y si

mostrarnos el error que hayas mezclado a la verdad, si hacer sonar en

falso una palabra tuya, si ver donde no viste, hemos de entender que

sea vencerte: Maestro, ¡por quien te venza, con honor, en nosotros!

--¡Por ése!--dijo Gorgias; y mantenida en alto la copa, sintiendo ya

al verdugo que venía, mientras una claridad augusta amanecía en su

semblante, repitió--: ¡Por quien me venza con honor en vosotros!

* * * * *

Desventurado el maestro a quien repugne anunciar, como el Bautista,

al que vendrá después de él, y no diga: _“Él debe crecer; yo ser

disminuido”_. Funda dogmas inmutables aquél que viene a poner yugo

y marca de fuego, de las que allí donde una vez se estampan, se

sustituyen por siempre al aspecto de naturaleza; no los funda quien es

enviado a traer vida, luz y nueva alma.

La palabra de Cristo, así como anunció la preeminencia del sentido

interno y del espíritu sobre la letra, la devoción y la costumbre,

dejó también, aun refiriéndose a lo que es espíritu y substancia, el

reconocimiento de su propia relatividad, de su propia limitación, no

menos cierta (como, en lo material, la del mar y la montaña), por su

grandeza sublime; el reconocimiento de la lontananza de verdad que

quedaba fuera de su doctrina declarada y concreta, aunque no toda

quedase fuera de su alcance potencial o virtual, de las posibilidades

de su desenvolvimiento, de su capacidad de adaptación y sugestión.

Éste es el significado imperecedero de aquellas hondas palabras de la

Escritura, que Montano levantó por lábaro de su herejía: “Aún tendría

otras cosas que enseñaros, mas no podríais llevarlas”. Vale decir: “No

está toda la verdad en lo que os digo, sino sólo la suma de verdad que

podéis comportar”.

Así, contra la quietud estéril del dogma, contra la soberbia de la

sabiduría amortajada en una fórmula eterna, la palabra de Cristo salvó

el interés y la libertad del pensamiento de los hombres por venir;

salvó la inviolabilidad del misterio reservado para campo del esfuerzo

nuestro, en las porfías de la contradicción, en los anhelos de la duda,

sin los cuales la actividad del pensamiento, sal del vivir humano,

fuera, si lo decimos también con palabras evangélicas, “como la sal que

se tornara desabrida”.

_Aún tendría otras cosas que enseñaros, mas ahora no podríais

llevarlas_, significa, lo mismo en lo que es aplicable a la conciencia

de la humanidad que en lo que se refiere a la del individuo: no hay

término final en el descubrimiento de lo verdadero, no hay revelación

una, cerrada y absoluta; sino cadena de revelaciones, revelación por

boca del Tiempo, dilatación constante y progresiva del alma, según sus

merecimientos y sus bríos, en el seno de la infinita verdad.

LUCRECIA Y EL MAGO

Artemio, corregidor de la Augostólida de Egipto, en tiempo que elegirás

dentro del crepúsculo de Roma, era neófito cristiano. A la sombra de su

severa ancianidad vivía, en condición de pupila, Lucrecia, cuyo padre,

muerto cuando ella estaba en la niñez, había sido conmilitón y amigo de

Artemio. No defraudaba esta Lucrecia el esplendor de tal nombre. Antes

se le adelantaba por la calidad de una virtud tan cándida, igual y

primorosa, que tenía visos y reflejos de beatitud. Un día llegó a casa

de Artemio un religioso de algún culto oriental: bramino, astrólogo, o

quizás mago caldeo, de los que por el mundo romano vagaban añadiendo

a su primitivo saber, retazos de la helénica cultura y profesando

artes de adivinación y encantamiento. El corregidor le recibió de buen

grado; la religiosidad de estos cristianos de Oriente solía darse la

mano con la afición a cosas de hechicería. Oyendo decir al mago que,

entre las capacidades de su ciencia, estaba la de poner de manifiesto

lo que las almas encerraban en su centro y raíz más apartados de la

sospecha común, Artemio hizo comparecer a Lucrecia, movido del deseo

de saber qué prodigiosa forma tomaba, en lo radical y más denso de

su espíritu, la esencia de su raro candor. El mago declaró que sólo

precisaba una copa que ella colmase de agua por su propia mano, y que

bajo la diafanidad del agua vería pintarse, como en limpio espejo,

el alma de Lucrecia. “Veamos--dijo Artemio--qué estrella de inocente

fulgor, qué cristalino manantial, qué manso cordero ocupa el fondo de

esta alma...”. Fué traída la copa, que Lucrecia llenó de agua hasta

los bordes, y hecho esto, el mago concentró en la copa la mirada,

y la doncella y su tutor anhelaron oir lo que decía. “En primer

término--empezó--, veo, como en todas las almas que he calado con esta

segunda vista de mis ojos, una sima o abismo comparable a los que

estrechan el paso del viajero en los caminos de las montañas ásperas.

Y allá, en lo hondo, en lo hondo...”. Interrumpióse vacilando, un

momento.--“¿Lo digo?”, preguntó después. Y como Artemio inclinase la

cabeza:--“Pues lo que veo--continuó--en las profundidades de ese abismo

es una alegre, briosa y resplandeciente cortesana. Está acostada bajo

alto pabellón de los de Tiro, y duerme. Viste toda de púrpura, con el

desceñimiento y transparencia que, más que la propia desnudez, sirven

de dardo a la provocación. Un fuego de voluptuosidad se desborda de sus

ojos, velados por el sueño, y enciende en las comisuras de los labios

como dos llamas, entre las que se abre la más divina e infernal sonrisa

que he visto. La cabeza reposa sobre uno de los brazos desnudos. El

otro sube en abandono, todo entrelazado de ajorcas que figuran víboras

ondeantes, y entre el pulgar y el índice alza una peladilla de arroyo,

sangrienta de color, que es de los signos de Afrodita. Esto es lo que

esta alma tiene en lo virtual, en lo expectante, en lo que es sin ser

aún; en fin, Artemio, en la sombra de que quisiste saber por artes

mías...”--“¡Vil impostor!--gimió en esto Lucrecia, llenos de lágrimas

los ojos--. ¿Tu ciencia es ésa? ¿tu habilidad es infamia? Traigan una

brasa de fuego con que probar si pasa por mis labios palabra que no

sea de verdad, y óiganme decir si anida en mí intención o sentimiento

que guarde relación con la imagen que pretende haber visto dentro de

mi espíritu!”--“Calla, pobre Lucrecia--, argüyó el mago--; ¿acaso es

menester que tú lo sepas? Tú dices verdad y yo también”.--“¿Justo será

entonces--dijo Artemio--menospreciar las promesas que nos cautivan y

preparar nuestro ánimo a la decepción?”--“No pienso como tú--replicó

el mago--; ¿quién te asegura que la cortesana despierte?”--“Digo

por si despierta”--añadió Artemio--. “Señor--repuso el mago--, yo

te concedo que eso pase; pero yo vi también en el fondo del alma de

esta hetaira dormida que está en el fondo del alma de Lucrecia, y

vi otro abismo, y en el seno del abismo una luz, y como envuelta y

suspendida en la luz una criatura suavísima, por la que el ampo de

la nieve se holgara en trocarse, según es de blanca. Junto a esta

dea, mujer sin sexo, puro espíritu, juzgarías sombra el resplandor

de la virtud de Lucrecia, y como la cortesana en tu pupila, ella, en

la cortesana, duerme...”. “--Infiero de ahí--dijo el corregidor--que

aun con el despertar de la cortesana, ¿podrían resucitar sahumadas

nuestras esperanzas en Lucrecia? Demos gracias a Dios, ya que en el

extravío de su virtud hallamos el camino de su santidad”.--“Sí--volvió

a decir el mago--; pero no olvides que, como en las otras, hay en el

alma de esa forma angélica un abismo al cual puedo yo asomarme”.--“Y

¿quién--preguntó Artemio--es la durmiente de ese abismo?”--“Te lo

diría--opuso el mago--si fuera bien mostrar a los ojos de Lucrecia una

pintura de abominación. Piensa en la escena de la Pasifae corintia de

Lucio; piensa en mujer tal que para con ella la primera cortesana

sea, en grado de virtud, lo que para con la primera cortesana

es Lucrecia”.--“¡Me abismas--prorrumpió Artemio--en un mar de

confusiones! ¿Qué extraña criatura es ésta que la amistad confió en mis

manos?”...--“Cesa en tu asombro--dijo, finalmente, el mago, acudiendo

a reanimar a Lucrecia, que permanecía sumida en doloroso estupor--:

ella no es ser extraordinario, ni las que has visto por mis ojos son

cosas que tengan nada de sobrenatural o peregrino. Con cien malvados,

que durmieron siempre en lo escondido de su ser, subió a la gloria cada

bienaventurado, y con cien justos, que no despertaron nunca, en lo

hondo de sí mismo, bajó a su condenación cada réprobo. Artemio, nunca

estimules la seguridad en el justo, la desconfianza en el caído: todos

tienen huéspedes, que no se les parecen en lo oculto del alma. Veces

hay en que el bien consiste en procurar que despierte alguno de esos

huéspedes; pero las hay también (y esto te importa) en que turbar su

sueño fuera temeridad o riesgo inútil. El sueño vive en un ambiente

silencioso; la inocencia es el silencio del alma: ¡haya silencio en el

corazón de Lucrecia!...”.

LA PAMPA DE GRANITO

Era una inmensa pampa de granito; su color, gris; en su llaneza,

ni una arruga; triste y desierta; triste y fría; bajo un cielo de

indiferencia, bajo un cielo de plomo. Y sobre la pampa estaba un viejo

gigantesco; enjuto, lívido, sin barbas; estaba un gigantesco viejo

de pie, erguido como un árbol desnudo. Y eran fríos los ojos de este

hombre, como aquella pampa y aquel cielo; y su nariz, tajante y dura

como una segur; y sus músculos, recios como el mismo suelo de granito;

y sus labios no abultaban más que el filo de una espada. Y junto al

viejo había tres niños ateridos, flacos, miserables: tres pobres niños

que temblaban, junto al viejo indiferente e imperioso, como el genio de

aquella pampa de granito. El viejo tenía en la palma de una mano una

simiente menuda. En su otra mano, el índice extendido parecía oprimir

en el vacío del aire como en cosa de bronce. Y he aquí que tomó por

el flojo pescuezo a uno de los niños, y le mostró en la palma de la

mano la simiente, y con voz comparable al silbo helado de una ráfaga,

le dijo: “Abre un hueco para esta simiente”; y luego soltó el cuerpo

trémulo del niño, que cayó, sonando como un saco mediado de guijarros,

sobre la pampa de granito.

--“Padre--sollozó él--¿cómo le podré abrir si todo este suelo es raso

y duro?”--“Muérdelo”, contestó con el silbo helado de la ráfaga; y

levantó uno de sus pies, y lo puso sobre el pescuezo lánguido del niño;

y los dientes del triste sonaban rozando la corteza de la roca, como

el cuchillo en la piedra de afilar; y así pasó mucho tiempo, mucho

tiempo; tanto que el niño tenía abierta en la roca una cavidad no menor

que el cóncavo de un cráneo; pero roía, roía siempre, con un gemido de

estertor; roía el pobre niño bajo la planta del viejo indiferente e

inmutable, como la pampa de granito.

Cuando el hueco llegó a ser lo hondo que se precisaba, el viejo

levantó la planta opresora; y quien hubiera estado allí hubiese visto

entonces una cosa aún más triste, y es que el niño, sin haber dejado

de serlo, tenía la cabeza blanca de canas; y apartóle el viejo con

el pie, levantó al segundo niño, que había mirado temblando todo

aquello.--“Junta tierra para la simiente”--le dijo.--“Padre--preguntóle

el cuitado--¿en dónde hay tierra?”--“La hay en el viento; recógela”,

repuso; y con el pulgar y el índice abrió las mandíbulas miserables

del niño; y le tuvo así contra la dirección del viento que soplaba, y

en la lengua y en las fauces jadeantes se reunía el flotante polvo del

viento, que luego el niño vomitaba, como limo precario; y pasó mucho

tiempo, mucho tiempo, y ni impaciencia, ni anhelo, ni piedad, mostraba

el viejo indiferente e inmutable sobre la pampa de granito.

Cuando la cavidad de piedra fué colmada, el viejo echó en ella

la simiente, y arrojó al niño de sí, como se arroja una cáscara

sin jugo, y no vió que el dolor había pintado la infantil cabeza

de blanco; y luego levantó al último de los pequeños, y le dijo,

señalándole la simiente enterrada:--“Has de regar esa simiente”; y

como él le preguntase, todo trémulo de angustia:--“Padre, ¿en dónde

hay agua?”--“Llora; la hay en tus ojos”, contestó; y le torció las

manos débiles, y en los ojos del niño rompió entonces abundosa vena de

llanto, y el polvo sediento la bebía; y este llanto duró mucho tiempo,

mucho tiempo, porque para exprimir los lagrimales cansados estaba el

viejo indiferente e inmutable, de pie sobre la pampa de granito.

Las lágrimas corrían en un arroyo quejumbroso tocando el círculo de

tierra; y la simiente asomó sobre el haz de la tierra como un punto; y

luego echó fuera el tallo incipiente, las primeras hojuelas; y mientras

el niño lloraba, el árbol nuevo criaba ramas y hojas, y en todo esto

pasó mucho tiempo, mucho tiempo, hasta que el árbol tuvo tronco

robusto, y copa anchurosa, y follaje, y flores que aromaron el aire, y

descolló en la soledad; descolló el árbol, aún más alto que el viejo

indiferente e inmutable, sobre la pampa de granito.

El viento hacía sonar las hojas del árbol, y las aves del cielo

vinieron a anidar en su copa, y sus flores se cuajaron en frutos; y el

viejo soltó entonces al niño, que dejó de llorar, toda blanca la cabeza

de canas; y los tres niños tendieron las manos ávidas a la fruta del

árbol; pero el flaco gigante los tomó, como cachorros, del pescuezo,

y arrancó una semilla, y fué a situarse con ellos en cercano punto de

la roca, y levantando uno de sus pies juntó los dientes del primer

niño con el suelo; juntó de nuevo con el suelo los dientes del niño,

que sonaron bajo la planta del viejo indiferente e inmutable, erguido,

inmenso, silencioso, sobre la pampa de granito.

* * * * *

Esa desolada pampa es nuestra vida, y ese inexorable espectro es

el poder de nuestra voluntad, y esos trémulos niños son nuestras

entrañas, nuestras facultades y nuestras potencias, de cuya debilidad

y desamparo la voluntad arranca la energía todopoderosa que subyuga al

mundo y rompe las sombras de lo arcano.

Un puñado de polvo, suspendido por un soplo efímero sobre el haz de la

tierra, para volver, cuando el soplo acaba, a caer y disiparse en ella;

un puñado de polvo: una débil y transitoria criatura, lleva dentro de

sí la potencia _original_, la potencia emancipada y realenga, que no

está presente ni en los encrespamientos de la mar, ni en la gravitación

de la montaña, ni en el girar de los orbes; un puñado de polvo puede

mirar a lo alto, y dirigiéndose al misterioso principio de las cosas,

decirle:--“Si existes como fuerza libre y consciente de tus obras, eres

como yo, una Voluntad: soy de tu raza, soy tu semejante; y si sólo

existes como fuerza ciega y fatal, si el universo es una patrulla de

esclavos que rondan en el espacio infinito teniendo por amo una sombra

que se ignora a sí misma, entonces yo valgo mucho más que tú; y el

nombre que te puse, devuélvemelo, porque no hay en la tierra ni en el

cielo nada más grande que yo!”.

SUEÑO DE NOCHEBUENA

En Nochebuena era el soñar despierto, girando la mariposa interior en

torno a la imagen de luz pura, que ya aparecía, infantil, en el regazo

de la Madre; ya a márgenes del lago o sobre el monte, con sus rubias

guedejas de león manso; ya trágica y sublime, entre los brazos de la

Cruz. Mi imaginación era invencionera; la fe le daba alas. Cuentos,

leyendas, ficciones de color de rosa nacían de aquel soñar. Una

recuerdo. No sabría reproducirla con su tono, con el metal de voz de la

fantasía balbuciente. Será una idea de niño dicha con acento de hombre;

será un verso de poeta que ha pasado por manos de traductor.

Era en la soledad de los campos, una noche de invierno. Nevaba. Sobre

lo alto de una loma, toda blanca y desnuda, se aparecía una forma,

blanca también, como de caminante cubierto de nieve. En derredor

de esta forma flotaba una claridad que venía, no de la luz de una

linterna, sino del nimbo de una frente. El caminante era Jesús.

Allá donde se eriza el suelo de ásperas rocas, un bulto negro se agita.

Jesús marcha hacia él; él viene, como receloso, a su encuentro. A

medida que el resplandor divino lo alumbra, se define la figura de un

lobo, en cuyo cuerpo escuálido y en cuyos ojos de siniestro brillo está

impresa el ansia del hambre. Avanzan; párase el lobo al borde de una

roca, ya a pocos palmos del Señor, que también se detiene y le mira. La

actitud dulce, indefensa, reanima el ímpetu del lobo. Tiende éste el

descarnado hocico y aviva el fuego de sus ojos famélicos; ya arranca el

cuerpo de sobre la roca... ya se abalanza a la presa... ya es suya...,

cuando Él, con una sonrisa que filtra a través de su inefable suavidad

la palabra:

--Soy yo--, le dice.

Y el lobo, que lo oye en el rapidísimo espacio de atravesar el

aire para caer sobre él, en el mismo rapidísimo espacio muda

maravillosamente de apariencia: se transfigura, se deshace, se

precipita en lluvia de blancas y fragantes flores. A los pies de Jesús,

entre la nieve, las flores forman como una nube mística, sobre la que

el divino cuerpo flotara. Y todo mi afán de poeta consistía, en que se

entendiese que no fué voluntad del sagrado caminante, ni intervención

de lo alto, lo que movió la transformación milagrosa, sino que fué

virtud del propio sentir del lobo espantado, loco, al reconocer a quien

iba a destrozar con sus dientes: virtud en que arrepentimiento, dolor,

vergüenza, ternura, adoración, se aunaron como en un fuego de rayo, y

derritieron las entrañas feroces, y las refundieron en aquella forma

dulcísima, todo ello, mientras declinaba la curva del salto, que tuvo

por arranque la intención de hacer daño... Agregaba mi cuento que el

Señor, mirando a las flores que a sus plantas había, hizo sonar los

dedos como quien llama a un animal doméstico. Entonces, de bajo el

manto de flores se levantó, cual si despertara, un perro grande, fuerte

y de mirada noble y dulce, de la casta de aquéllos que en las sendas

del monte San Bernardo van en socorro del viajero perdido.

Algunas veces asocio al recuerdo de mi ficción candorosa la idea de

esas súbitas conversiones de la voluntad, que, por la devoradora

virtud de una emoción instantánea, consumen y disipan para siempre la

endurecida broza de la naturaleza o la costumbre: Pablo de Tharsos

herido por el fuego del cielo, Raimundo Lulio develando el ulcerado

pecho de su Blanca, o el Duque de Gandía frente a la inanimada belleza

de la Emperatriz Isabel.

EL LEÓN Y LA LÁGRIMA

El phytónico Astiages, proscrito por tiranos cuya ruina predijo, vivía,

ciego y caduco, en la soledad de unas montañas riscosas. Le acompañaban

y valían, una hija, dulce y hermosa criatura, y un león, adicto con

fidelidad salvaje al viejo mago, desde que éste, hallándole pasado de

una saeta en el desierto, le puso el bálsamo en la herida.

De la hija del mago decía la fama una singularidad que era sobrenatural

privilegio: contaban que en lo hondo de sus ojos serenos, si se les

miraba de cerca, en la sombra de la noche, veíase, en puntual aunque

abreviado reflejo, el firmamento estrellado, y aún cierta luz, ulterior

al firmamento visible, que era lo más misterioso y sorprendente de ver.

Ciaxar, sátrapa persa, que removía en el tedio de la saciedad las

pavesas de su corazón estragado, ardió en deseos de hacer suya a

esta mujer, que en el misterio de sus ojos llevaba la gloria de la

noche. Todas las tardes, acompañada de su león, iba la doncella en

busca de agua a una fuente, que celaba el corazón bravío de un monte.

Ciaxar hizo emboscarse allí soldados suyos, y para el león, fué un

sabio nigromante con ellos, que prometió dominarle con su hechizo.

Aquella tarde el león se adelantó, como siempre, a explorar la orilla

breñosa, y no bien hubo asomado la cabeza entre las zarzas, recibió

en ella emponzoñada aspersión, que le postró al punto sumido en un

letárgico sueño. Cuando, ignorante y confiada, llegó su dulce amiga,

precipitándose los raptores a apresarla, buscó ella con espanto a su

león, se abrazó trémula al cuerpo inane de la fiera, y al reparar en

que yacía sin aliento, dejó caer sobre el león una lágrima, una sola,

que se perdió, como el diamante que cayese dentro de pérsica alcatifa,

en la espesura de la melena antes soberbia, ahora rendida y lánguida.

Ya apoderados los esclavos de la hermosura que codiciaba su señor, el

nigromante decidió llevarle por su parte otra presea. Aproximándose con

hierático gesto al león dormido, tendió hacia él las manos imponentes

mientras decía un breve conjuro, y el león, sin cambiar una línea en

forma ni actitud, trocóse al punto en león de mármol; tal, que era una

estatua de realidad y perfección pasmosas. Cortaron bajo la estatua un

trozo de tierra, que, convertida en mármol también, sirvió al león de

zócalo o peana, y con tiro de bueyes llevaron al animal petrificado al

palacio del señor.

Cuando apartó éste su atención de la cautiva, admiró al león y quiso

que se le pusiera, como símbolo, enfrente de su lecho. León que duerme,

potestad que reposa. Desde alta basa, bajo el bruñido entablamento,

quitando preeminencias a los unicornios de pórfido que recogían, a

ambos lados del lecho, las alas en espeso pabellón de púrpura, el león,

en actitud de sueño, dominó la estancia suntuosa.

Parábolas · 第 3 / 4 段