con la felicidad de los viajeros sus galas; diríase que de cada cosa
del camino nacía una bendición para ellos. Sintiéndola, recogiéndola en
su corazón, se regocijaban y hacían sonar todo el tesoro de su sueño
en joviales coloquios, cuando de improviso distrajeron su interés
unos lastimeros ayes que venían de unas breñas cercanas. Dirigiéronse
allí, y viendo tendido entre las zarzas a un pastor que se desangraba,
herido acaso por los lobos, se aproximaron a valerle. Sólo uno de
los seis, Agenor, laconio enjuto y pálido, de grandes ojos absortos,
había permanecido indiferente, desde el primer momento, a los ayes,
atribuyéndolos a uno de los mil rumores del viento, y extraño a todo
lo que no fuese la idea sublime a cuya ejecución se encaminaban;
en la impaciencia de ver convertirse en realidad las imágenes
deslumbradoras de su sueño, se había negado a desviarse y a esperar que
se satisficiera la curiosidad de sus amigos. Agenor siguió adelante,
adelante, como en el ciego ímpetu de una fascinación.
Ellos, en tanto, después de haber lavado y vendado con jirones de sus
propias ropas las heridas del rústico, le condujeron a su choza, que
descollaba a cierta distancia, sobre una ladera donde se columbraban
restos dispersos del hato. Allí, prolongando sus cuidados, les
sorprendió la noche. Cuando, abriendo la aurora, llegó el momento de
partir, he aquí que Nearco, otro de los seis compañeros, permaneció
apartado y melancólico, con el aire de quien no se resuelve a hacer
una confidencia dolorosa. Instáronle los demás a confesar lo que
sentía.--Sabéis--dijo Nearco--que, desde que este episodio nos obligó
a alterar por compasión el rumbo que llevábamos, me entró en el alma
la duda de la inoportunidad de nuestra empresa, y oí una voz interior
que me decía: “Si hay tanto y tan desamparado dolor, tanto abandono
y tanta impiedad cerca de nosotros donde emplear el fuego de caridad
que nos inflama, ¿por qué buscar objeto para él en climas extraños y
remotos?”. Me dormí con este pensamiento en el alma; y soñé; y así como
el apóstol vió en sueños la imagen del macedón que le llamaba, lo que
él interpretó como un ruego de que fuera a redimir a los suyos, a mí
se me apareció la imagen de este pastor, que intentando yo continuar
el viaje, me cerraba el camino, y lo aparté para avanzar; y entonces,
en los enebros y las zarzas a cuyo lado le encontramos, sentí que se
enredaban mis ropas y me detenían...
Dicho lo cual, Nearco en quien, un sueño disipó el encanto de otro,
abrazó a sus amigos, que ya daban cara al sol para continuar su ruta, y
volvióse en dirección a la ciudad.
El grupo siguió con entusiasmo intacto, adelante. De los cuatro que
le componían ahora, Idomeneo parecía ser el que, por su superioridad,
llenaba la ausencia del maestro. Él había sido el primero en percibir
y atender los ayes del herido. Era de Atenas; era suave, inteligente,
benévolo. En su fisonomía se reflejaba algo de la inquietud con que se
significaría la curiosidad espiritual de un estudiante, y algo de la
ternura con que se expresaría el omnímodo amor de un panteísta. Pero el
sello de expresión más hondo lo imprimía el dulce estupor con que aún
lo embargaba la inmensidad de la fe nueva que había conquistado su alma.
Cuando en los bordes de algún soto vecino asomaba una lozana flor
silvestre, Idomeneo, desviándose, se acercaba a admirar su forma, su
color, o a aspirar su perfume. Cuando el viento traía, de cercanas
cabañas de pastores, un son de zampoña o caramillo, o bien si una
cigarra levantaba su canto, Idomeneo se detenía un instante a escuchar.
Cuando una guija pintada lucía entre la arena del camino, Idomeneo, con
el afán de un niño, la recogía, y bruñéndola, la llevaba en la mano. Y
cuando allá, en la profundidad del horizonte, un ave o una nube pasaban
o se descubría el triángulo blanco de una vela sobre la línea obscura
del mar, el alma del neófito parecía tender presurosamente hacia ellos
sobre el riel de una mirada anhelante...
Ya el sol había templado la fuerza de sus rayos cuando los viajeros
vieron aparecer, en la caída de una loma, las casas dispersas de una
aldea.
Gigante encina descollaba, en lo más avanzado del lugar, sobre los
techos, que esmaltaba el oro de la tarde; y en derredor del árbol
veíase un gran grupo de gente, que formaba corro, con muestras
de atención y respeto. Preguntando a unos labradores que habían
interrumpido su trabajo para dirigirse hacia allí, supieron que era un
cantor ambulante, mendigo consagrado por la vejez y por el numen, que
todos los años recorría, en ocasión de las cosechas, aquella parte de
la isla.--¿Oigámosle?--propuso Idomeneo.
Acercándose al corro, los cuatro amigos se empinaron para ver al
cantor. Un soplo de antigüedad heroica llegó a ellos. Todo lo del
Homero legendario reaparecía en una dulce y majestuosa figura; el
continente regio, la luenga barba lilial, la frente olímpica; a la
espalda el zurrón, la lira a la cintura, el nudoso báculo en la
diestra, el can escuálido y enlodado a sus plantas. Hízose un silencio
solemne; y desatando al dios ya inquieto en su seno, el mendigo cantó;
y sobre el aliento de sus labios, mientras las manos trémulas tocaban
las cuerdas de la lira, flotaron cosas de historia y de leyenda, cosas
que estaban en todas las memorias, pero que parecían recobrar, en
versos ingenuos (tal como se serena el agua en cántaro de barro),
la frescura y el resplandor de la invención. Cantó del germinar de
los elementos en las sombras primeras; de la majestad de Zeus; de
los dioses y sus luchas sublimes; de los amores de las diosas y los
hombres. Cantó de las tradiciones heroicas. Hércules y Teseo lidiando,
en el amanecer del mundo, con monstruos y tiranos; la nave que busca el
vellocino; Tebas y su estirpe fatídica... Mostró después la cólera de
Aquiles, y a Héctor en los muros de Ilión; y luego, a Ulises errabundo,
los encantamientos de Circe, y la castidad de Penélope. Todos
escuchaban arrobados: Idomeneo, con la expresión del que contempla una
imagen que evoca en él el recuerdo de otra más bella o más querida;
Lucio, uno de sus tres compañeros, con gesto en que alternaban el
embeleso y la angustia.--Este canto divino--dijo Lucio--me ha hecho
sentir de nuevo la hermosura de los dioses que abandonamos. Conozco
que mi fe ha sido herida de muerte por el poeta...--Tu fe era
débil--contestó Idomeneo--; yo siento magnificada y victoriosa la mía;
yo guardo para mí el dulzor del canto, y como se arroja la corteza de
la almendra, desecho la vanidad de la ficción.
Pero, insistiendo Lucio en su arrepentimiento, sólo siguieron viaje
Idomeneo, Merión y Adimanto. A mitad de la jornada siguiente,
atormentados por la sed, divisaron, no lejos del camino, el mirador
de una alquería, y se dirigieron a ella. La casa estaba ceñida, en
ancho espacio, por un huerto frondoso, que vides opulentas, enlazadas,
por todas partes, a los árboles, adornaban con el oro de sus sazones.
Cuando los viajeros llegaron, vieron que se preparaba en el huerto
la vendimia. Ocupábanse unos en remover toneles y disponer para la
obra el lagar. Otros afilaban, para segar los racimos, hoces que
llenaban de desapacible música y de rojas chispas el aire. Un grupo de
mujeres tejía los cuévanos y las cestas de mimbres para recogerlos.
Por dondequiera reinaba la animación comunicativa con que se anuncia
el trabajo preparado de buena voluntad; la animación que provoca el
desasosiego del estímulo en los corazones y los brazos robustos.
Satisfecha su sed, los viajeros hacían señal de despedirse, cuando el
viñador preguntóles si querían quedarse aquella tarde y ayudar a las
faenas, porque sus hombres eran pocos, y debía apresurar la vendimia, a
fin de terminarla para el día que había indicado su señor. Agregó que
hasta la otra mañana no vendrían, de los pueblos vecinos, los braceros
que necesitaba, y que el tiempo que ganaría con el auxilio de los
huéspedes sería bastante para evitar la demora y el castigo.
Ellos, que no habían permanecido insensibles a la sana tentación del
trabajo; que recordaron la parábola de los pocos obreros para la mucha
mies, y que agradecían, además, la hospitalidad que habían recibido,
accedieron, y puestos a la obra, no fueron avaros de sus fuerzas.
Adimanto contribuyó a recolectar los racimos, Merión a transportarlos,
Idomeneo a la faena del lagar. La jornada acabó con tal suma de
adelanto, que el viñador, lleno de júbilo, abandonó sus temores.
Empezó luego la fiesta con que se celebraba la vendimia, junto al
báquico altar que descollaba en lo más alto del huerto, bajo brutesca
arquitectura de ramas. Los vendimiadores fueron congregándose allí,
mientras se distribuía, con prodigalidad, vino de anteriores cosechas.
Cuando recibieron su parte, Idomeneo invitó a los suyos a beber, al
modo de los festines eucarísticos. Apartándose de los demás algún
espacio, levantaron las copas. En alto las miradas extáticas, invocaron
el nombre del Señor. Y como dos zuritas, de las que acudían a picar en
el suelo granos dispersos de la uva, cruzasen en aquel mismo instante
sobre ellos: “¡Irene y Ágape!”--dijo con gracia mística el de Atenas--,
recordando a las dos escanciadoras invisibles, mientras un rayo de sol
inflamaba en las copas levantadas al aire el oro burbujante del vino...
Poco después, siendo ya de noche, y en el deseo de estar de pie con la
aurora, los tres amigos buscaron un rincón protegido por los árboles y
se tendieron a dormir. Pero en los ojos de Merión, beocio que llevaba
en el semblante los rasgos de la sensualidad, el vino había dejado un
toque de luz cálida. Sentíase allí cerca la agitación del festejo que
congregaba a los trabajadores en derredor del ara del dios. El circular
de sarmientos encendidos pintaba de fuego las sombras de la noche. Por
todas partes parecía vagar en libertad el alma del vino. En el viento,
embriagado con las exhalaciones del lagar, venían risas, canciones y
el resonar de rústicos instrumentos, que denunciaba alegres danzas.
Merión, incorporándose, levantó su copa del suelo y se perdió con paso
sigiloso en la sombra.
Aún no se había disipado la fiesta cuando sus dos amigos saludaban
de pie la bandera de la mañana, que les mostraba la dirección de su
camino. No encontraron a Merión junto a ellos.--“¿Estás despierto,
Merión?”. Tendido en tierra, desceñido, faunesco, coronado de pámpanos,
como Dionysos joven a la sombra de las grutas de Nisa, el beocio les
respondió, cuando le hallaron, alargándoles negligentemente su copa.
Idomeneo y Adimanto partieron.
Y ¿qué era en tanto de Agenor, el que desde la primera jornada se había
adelantado en su impaciencia a los otros?... Agenor había llegado acaso
al término del viaje, o tal vez seguía adelante, adelante, como en el
ciego ímpetu de una fascinación.
A poco andar, Adimanto e Idomeneo vieron abrirse ante su paso una
hermosísima llanura, por donde el camino serpeaba con deliciosa
volubilidad, como atraído a un tiempo por mil cosas. Blancas aldeas,
rubias y onduladas mieses; tupidos bosques, a cuyos pies se deslizaba
la corriente sosegada de un río, y en lo remoto, el mar azul y
profundo. Caminaban absortos en la contemplación, cuando, percibiendo
de cerca un aroma de manzanas silvestres, traspusieron, no sin
esfuerzo, el natural vallado que orillaba el camino; y el soto más
ameno, la más risueña espesura rústica que pueda imaginarse, apareció
ante sus ojos y los envolvió en la fragancia de su aliento. Bajo la
bóveda que extendían los árboles más altos tejía la vida una gloriosa
urdimbre, entre la cual formaba caprichosos cambiantes con la sombra,
la luz que descendía tenuemente velada. De aquí y de allá partían,
buscando el corazón de la espesura, senderos estrechos y tortuosos, y
no tardaban en oponerse a su paso las vigilantes zarzas y las hiedras
cuajadas de corimbos. Los frutos todavía sujetos a la rama veíanse en
tan gran copia como los que, ya desprendidos, yacían en el suelo y le
alfombraban de tintes más obscuros que los que desparramaban los otros
por el aire. A pesar del otoño, no escaseaban, junto a esta riqueza,
galas más tempranas que el fruto. Y todo estaba virgen, radiante, como
húmedo aún de la humedad del soplo creador. Fresco aposento de quién
sabe qué divinidad esquiva, no había señales de haber tocado en aquel
retiro planta humana. A medida que se internaban en lo espeso del
soto, Idomeneo sentía cómo iba estrechándole el alma, dulcemente, el
abrazo de la Naturaleza, y se abandonaba sin recelos a él. Admiraba,
con la admiración que pone húmedos los ojos, todo cuanto le rodeaba;
parecía beber con delicia en el ambiente; perdíase de intento allí
donde formaban más hondo laberinto las frondas; tenía dulces palabras
para las flores que le embalsamaban el camino; se detenía a grabar el
signo de la cruz en la corteza de los árboles, como en el corazón de
catecúmenos; recordaba, de los libros sagrados, el Paraíso y la tierra
que mana leche y miel; los cedros del Líbano y las rosas de Jericó, y
el fondo de imágenes campestres del Evangelio. Como en la copa donde
se mezclan dos vinos para mitigar los humos del más fuerte, en él el
entusiasmo, la embriaguez de la vida, cosa de su raza, que, sin él
quererlo, subía de las raíces de su ser, se dulcificaba con el sabor
de la fe nueva, con el recuerdo del Dios que también había sabido
detenerse ante la gracia de un ave, de una colina o de una flor...
Idomeneo bautizaba toda aquella hermosura al difundirse en ella por
obra del amor, que identifica el alma y las cosas.
Pasóse el tiempo en aquel vagar infantil y les sorprendió en la soledad
del monte el crepúsculo. Sus sombras graves parecieron una reconvención
a Adimanto. Cuando, a la mañana siguiente, Idomeneo recordó que sólo
faltaba una jornada para terminar el viaje, y se echó al hombro el
zurrón con renovado júbilo, Adimanto confesó tristemente que no se
atrevía a ponerse en presencia del maestro... Pensaba que los recibiría
con severidad por su tardanza, si es que ya no había partido a la
llegada de Agenor; y a pesar de las instancias de su compañero, se
despidió y marchó cabizbajo a desandar su camino.
Idomeneo, solo ya, siguió adelante. No tardó en divisar, sobre la playa
graciosamente enarcada, las casas blancas y risueñas de una ciudad
marina, y las palmeras que la engalanaban agitándose con señas como de
llamamiento, que le parecieron dirigidas a él. Inquirió, por los que
hallaba a la puerta de alguna finca rústica o ejerciendo las labores
del campo, si había pasado en aquella dirección Agenor, y conoció
que sí cuando le describieron la prisa, como de quien huye; el gesto
extático, que les habían admirado días antes en un extraño pasajero;
su palidez, el cansancio inconsciente, o desdeñado, que revelaba, y la
indiferencia con que proseguía, en medio a la curiosidad de los que se
detenían a observarle.--¡Parecía un sonámbulo!--decían.
Tal como estas noticias lo pintaban, Agenor había llegado al término
del viaje en un solo impulso de deseo desde su partida, insensible a la
fatiga de su cuerpo, insensible a los accidentes del camino, insensible
al espectáculo de la Naturaleza. No bien llegó, cayó extenuado a las
plantas del maestro, aunque, más feliz que el soldado de Maratón, no
fué sin vida. Durante tres mañanas y tres tardes, maestro y discípulo
consultaron, de lo más alto de la ciudad, como desde una atalaya,
la dirección por donde esperaban ver venir a los otros, hasta que
apareció Idomeneo, y por él supieron dolidos, mas no desalentados, la
inutilidad de esperar más. Endimión puso a Agenor a su derecha, puso a
su izquierda a Idomeneo, y entonando uno de los salmos que cantan la
felicidad del caminante, marchó con ellos hacia el mar. Nubes extrañas
fingían maravillosas rutas en el confín del horizonte. La vela de la
nave que los conduciría palpitaba sobre las aguas turbias e inquietas,
a modo de un gran corazón blanco...
Y así, junto al maestro que representaba para ellos la verdad, inmunes
de las tentaciones a que habían sucumbido los discípulos que, por
veleidosos o cobardes, no continuaron el camino, partieron: Agenor, el
entusiasmo rígido y austero, la sublime obsesión que corre arrebatada
a su término, con ignorancia o desdén de lo demás; Idomeneo, la
convicción amplia, graciosa y expansiva, dueña de sí para corresponder,
sin mengua de su fidelidad inquebrantable, al reclamo de las cosas;
el convertido de Atenas, que de paso para su vocación, supo atender a
las voces con que lo solicitaron la caridad, el arte, el trabajo, la
Naturaleza, y que de las impresiones recogidas en lo vario del mundo
formaba, alrededor del sueño grande de su alma, un cortejo de ideas...
H Y L A S
Hylas, efebo de la edad heroica, acompañaba a Hércules en la expedición
de los Argonautas. Llegadas las naves frente a las costas de la Misia,
Hylas bajó a tierra para traer a sus camaradas agua que beber: En
el corazón de un fresco bosque halló una fuente calma y límpida. Se
inclinó sobre ella, y aún no había hecho ademán de sumergir bajo el
cristal de las aguas la urna que llevaba en la mano, cuando graciosas
ninfas surgieron, rasgando el seno de la onda y le arrebataron
prisionero de amor, a su encantada vivienda. Los compañeros de Hylas
bajaron a buscarle, así que advirtieron su tardanza. Llamándole,
recorrieron la costa y fatigaron vanamente los ecos. Hylas no parecía;
las naves prosiguieron con rumbo al país del áureo vellocino. Desde
entonces fué uso en los habitantes de la comarca donde quedó el cautivo
de amor, salir a llamarle al comienzo de cada primavera, por los
bosques y prados. Cuando apuntaban las flores primerizas, cuando el
viento empezaba a ser tibio y dulce, la juventud lozana se dispersaba,
vibrante de emoción, por los contornos de Prusium. ¡Hylas! ¡Hylas!
clamaba. Ágiles pasos violaban misterios de las frondas; por las
suaves colinas trepaban grupos sonoros; la playa se orlaba de mozos y
doncellas. ¡Hylas! ¡Hylas! repetía el eco en mil partes, y la sangre
ferviente coloreaba las risueñas mejillas y los pechos palpitaban de
cansancio y de júbilo, y las curvas de tanta alegre carrera eran como
guirnaldas trenzadas sobre el campo. Con el morir del sol, acababa,
sin fruto, la pesquisa. Pero la nueva primavera convocaba otra vez a
la búsqueda del hermoso argonauta. El tiempo enflaquecía las voces
que habían sonado briosa y entonadamente; inhabilitaba los cuerpos
antes ágiles para correr los prados y los bosques, generaciones nuevas
entregaban el nombre legendario al viento primaveral: ¡Hylas! ¡Hylas!
Vano clamor que nunca tuvo respuesta. Hylas no pareció jamás. Pero de
generación en generación se ejercitaba en el bello simulacro la fuerza
joven; la alegría del campo florecido penetraba en las almas, y cada
día de esta fiesta ideal se reanimaba con el candor que quedaba aún no
marchito, una inquietud sagrada: la esperanza de una venida milagrosa.
Mientras Grecia vivió, el gran clamor flotó una vez por año en el
viento de la primavera ¡Hylas! ¡Hylas!
* * * * *
Exista el Hylas perdido a quien buscar, en el campo de cada humano
espíritu; viva Hylas para cada uno de nosotros. Pongamos que él no haya
de parecer jamás: ¿qué importa, si el sólo afán de buscarle es ya sazón
y estímulo con que se mantiene el halago de la vida?
Un supremo objeto para los movimientos de nuestra voluntad; una
singular preferencia en el centro de nuestro corazón; una idea soberana
en la cúspide de nuestro pensamiento...; no a modo de celosas y
suspicaces potestades, sino de sueños hospitalarios y benévolos, a
cuyo lado haya lugar para otras manifestaciones de la vida que las que
ellos tienen de inmediato bajo su jurisdicción; aunque, indirecta y
delicadamente, a todas las penetren de su influjo y las usen para sus
fines.
Ya por el moroso Idomeneo supimos cómo la perseverancia en una alta
idealidad, cómo el fervor de un gran designio, puede hermanarse con
un tierno interés por las demás cosas bellas y buenas que abarca la
extensión infinita del mundo.
LA DESPEDIDA DE GORGIAS
Ésos que están sentados a una mesa donde hay flores y ánforas de vino,
y que preside un viejo hermoso y sereno como un dios; ésos que beben,
mas no dan muestra de contento; ésos que suelen levantarse a consultar
la altura del sol, y a veces se enjugan una lágrima, son los discípulos
de Gorgias. Gorgias ha enseñado, en la ciudad que fué su cuna, nueva
filosofía. La delación, la suspicacia, han hecho que ella ofenda y
alarme a los poderosos. Gorgias va a morir. Se le ha dado a escoger
el género de muerte, y él ha escogido la de Sócrates. A la hora de
entrarse el sol ha de beber la cicuta: aún tiene vida por dos más, y
él las pasa en serenidad sublime, rector de melancólica fiesta, donde
las flores acarician los ojos de los convidados, que el pensamiento
enciende con luz íntima, y un vino suave difunde el soplo para el
brindis postrero. Gorgias dijo a sus discípulos: “Mi vida es una
guirnalda a la que vamos a ajustar la última rosa”.
Esta vez, el placer de filosofar con gracia, que es propio de almas
exquisitas, se realzaba con una desusada unción. “Maestro--dijo
uno--nunca podrá haber olvido en nosotros, para ti ni para tu
doctrina”. Otro añadió:--“Antes morir que negar cosa salida de
tus labios”. Y cundiendo este sentimiento, hubo un tercero que
propuso:--“Jurémosle ser fieles a cada una de sus palabras, a cuanto
esté virtualmente contenido en cada una de sus palabras; fieles ante
los hombres y en la intimidad de nuestra conciencia; ¡siempre e
invariablemente fieles!”... Gorgias preguntó al que había hablado de
tal modo:--“¿Sabes, Lucio, lo que es jurar en vano?”--“Lo sé--repuso
el joven--; pero siento firme el fundamento de nuestra convicción, y
no dudo de que debamos consolar tu última hora con la promesa que más
dulce puede ser a tu alma”.
Entonces Gorgias comenzó a decir de esta manera: