pasaba... Y es que, en el instante del hechizo, a tiempo de cuajarse
en mármol la melena del león, la lágrima que dentro de ella había se
congeló y endureció con ella y quedó trocada en dardo diamantino y
agudo. La lágrima entrañada en el mármol fué como gota de un fuego
inextinguible dentro de durísimo hielo; fué como imantada flecha cuyo
norte estuviese en el petrificado pecho del león. La lágrima gravitaba
al pecho, pero venciendo a su paso resistencia tan dura, que cada día
avanzaba un espacio no mayor que uno de los corpúsculos de polvo que
hace desprenderse, del mármol en trabajo, el golpe del martillo. No
importa: bajo la quietud e impasibilidad de la piedra, en silencioso
ambiente o entre los ecos de la orgía, cuando las dichas y cuando las
penas del señor, la lágrima buscaba el pecho.
¿Cuánto tiempo pasó antes que con su lenta punzada atravesase la
melena, hendiera la cerviz sumisa, penetrase a través del espacioso
tórax y llegase a su centro, partiendo su corazón endurecido?
Nadie puede saberlo... Era alta noche. Hondísimo silencio en la
estancia. Sólo la vaga luz que alimentaba el aceite de una copa de
bronce. Bajo la púrpura, el señor, decrépito, dormía. De pronto hubo
un rumor como de levísimo choque: duro latido pareció mover, al mismo
tiempo, el pecho del león y propagarse en un sacudimiento extraño por
su cuerpo. Y cual si resucitara, todo él revistióse en un instante
de un cálido y subido tinte de oro: en el fondo de sus ojos abiertos
apuntó roja luz, y la mustia melena comenzó a enrularse como mar en
donde el viento hace ondas. Con empuje que fué al principio desperezo,
después movimiento voluntario, luego esfuerzo iracundo, el león arrancó
del zócalo los tendidos jarretes, que hicieron sangre, manchando la
blancura del mármol, y se puso de pie. Quedó un momento en estupor; la
ondulante melena encrespóse de un golpe; rasgó los aires el rugido,
como una recia tela que se rompe entre dos manos de Hércules... Y
cuando tras un salto de coloso las crispadas garras se hundieron en el
lecho macizado de pluma, quien estuviera allí sólo hubiera visto bajo
de ellas una sombra anegada en un charco de sangre miserable, y hubiera
visto después los unicornios de pórfido, las colgaduras, los tapices,
los vidrios de colores, los entablamentos de cedro, los lampadarios
y trípodes de bronce, que rodaban, en espantosa confusión, por la
estancia, y el león, rugiente, que revolvía el furor de su destrozo
entre ellos, mientras la lágrima, asomando fuera de su corazón, como
acerada punta, le teñía el pecho de sangre.
* * * * *
LA ESTATUA DE CESÁREA
¿Qué misteriosa generación es ésta del personaje épico, novelesco o
dramático? ¿Qué divina virtud obra para este acto de creación--el más
calificable de tal entre todos los actos de los hombres--que consiste
en dar al mundo una criatura imaginaria inmortal: D. Quijote o D.
Juan, Otelo o Hamlet; en arrancar de las entrañas del alma propia otra
alma, no reflejo de ella, sino autónoma y distinta; hecha de la tela
de los sueños, y con todo, dotada de espíritu más brioso, de vida más
intensa y pertinaz que los mismos héroes de la historia; individual y
una, no con la unidad artificial de la abstracción, sino con la lógica
viviente de la naturaleza; _persona_ e _idea_ a la vez; alma que,
en la sucesión de los tiempos, obsesionará como un numen al pintor,
para que interprete y fije su encarnación corpórea; al músico para
que destile su más íntima esencia; al pensador, para que alumbre y
analice sus reconditeces, alma capaz de imponerse a la imitación de
las que realmente viven en el mundo, de modo que, después de tener
vida ideal, maravillosamente tejida de palabras, adquiera real ser y
cuerpo tangible, modelando según su imagen la personalidad de hombres
de carne y hueso, y siendo como el típico ejemplar en que tienen
puesta la mirada generaciones enteras? ¿Qué portentoso secreto es éste
de la imaginación, que _crea_, que arrebata al cielo, como el titán
filántropo, la chispa con que se anima a los hombres?...
* * * * *
Cómo habría sido el semblante de Jesús, de que no había imagen
conocida, desvelaba a un eremita del Sceto en tiempos de los primeros
ermitaños. Unos imaginaban al Redentor en cuerpo hermoso, transparente,
forma de su espíritu. Otros, por el contrario, le atribuían, con la
fealdad del cuerpo, la intención de alentar el menosprecio de los
hombres, por cuanto cae bajo del sentir material. De tradición sabía el
eremita que en Cesárea, ciudad del Antilíbano, cerca de donde el Jordán
toma sus fuentes, uno de los enfermos a quienes volvió el Maestro,
con la salud del cuerpo, la del alma, había consagrado a perpetuar
su imagen una estatua de mármol. Era aquélla de que luego habló en
su “Historia Eclesiástica” el obispo Eusebio. Hondo impulso de amor
sublimaba la curiosidad del eremita, y fué en él vocación irresistible
y ardiente de piedad determinarse a ir en peregrinación hasta la
estatua de Cesárea. Duras fatigas padeció, sin que decayera su ánimo,
desde su salida del desierto. Llegó a Cesárea, preguntó, y le mostraron
los trozados muros que quedaban de una casa en abandono, y junto a esos
muros, plantas silvestres que tejían brava y extendida maraña. Aquí en
la esquividad de la maleza, debía encontrar la imagen de su Dios, si es
que ella duraba todavía: poco había preocupado a Cesárea la imagen de
un dios más.
Nunca con tal pavor penetra un niño en la nocturna sombra del bosque,
cual se internó el eremita entre las plantas; sólo que este pavor
tenía dulzuras de deliquio. Se halló de pronto ante un pedestal de
piedra. Alzó los ojos... La estatua estaba allí, pero ya no guardaba
vestigios de su fisonomía. Donde el cincel había esculpido los rasgos
del semblante, quedaba apenas una superficie rasa, como la cara de los
Hermes arcaicos, obscura y vil profanación del tiempo. El cansancio,
que había cedido a la esperanza, se apoderó, con la decepción, del
eremita, que cayó sumergido en hondo sueño, junto al ruinoso pedestal.
Inmenso anhelo se exhaló, durante el sueño de su alma, y difundiéndose
por el ámbito del mundo, convocó a las partículas de piedra que habían
sido de la estatua, para que, juntándose de nuevo, recompusieran
la máscara divina. Ellas vinieron, alzadas del polvo de la tierra,
surgidas del fondo de las aguas, suspensas en las ondas del aire... En
breve nube, comparable a la que forma el aliento del caballo después
de la carrera, se acumulaban ante el eremita y flotaban con vago y
desmayado ritmo. Luego, las partecillas fueron más y parecieron la nube
de tierra que levanta del camino el carro que pasa. Pero nada nacía de
ellas que prometiese la imagen por la que su evocador había deseado
reunirlas. Él, sin embargo, las consideraba con emoción profunda,
sólo porque alguna vez habían compuesto la imagen adorable. Fuego de
amor derretía la substancia de su corazón; todo era amor, mientras
contemplaba el eremita; inmenso amor que se desbordaba de sus ojos.
Tembló una lágrima en ellos. Y entonces, al través de la lágrima,
la mirada, que era rayo de amor, fué como fuego que hace llama, y
a su contacto la nube de leves partecillas se estremeció, como si
toda se incendiase de amor. Su agitación incierta cobró brío; acorde
impulso distribuyó, cual si los moviera un soplo sabio, los átomos
de piedra; formaron éstos líneas y contornos; y como el mundo de la
nébula, surgió, del seno de la nube, la imagen. Amor era la norma
que, en la estatua, había concertado a aquellos átomos de piedra, en
la expresión del semblante de que componían simulacro; este semblante
en la realidad, como en la estatua, había sido pura forma sensible del
amor. Y penetrados ahora de la misma alma por la mirada de amor que los
sujetaba a su hechizo, el orden renació entre ellos, y, con el orden,
la divina apariencia. Dulce premio de la contemplación conmovida,
la veneró el soñador, en éxtasis que no duró más que un instante.
Despertó. La mutilada estatua mostraba su faz, llana e informe; pero el
eremita no miró ya para ella, porque en lo hondo de su alma, allí donde
lo que el recuerdo estampa es indeleble, llevaba--más patente que como
quedó en el cendal de la Verónica--la imagen, milagro de su amor.
* * * * *
Éste es el proceso en la invención del artista; ésta la “misteriosa
generación” de lo bello, de que habló el Sócrates platónico: una
belleza entrevista, que enciende amor, deseo de tenerla, anhelo de
fijarla; una, congregación de infinitas partes, menudas y dispersas,
que el magnetismo del amor atrae, y la perseverancia del amor
apura; y por fin, un inspirado acto de amor, que estrecha en abrazo
ardorosísimo esos mil distintos elementos, y del acuerdo y animación
que entre ellos pone, saca la apetecida imagen, limpia y luciente, rica
de color y de vida.
Allá, en lo hondo del alma de cada uno, duermen las tendidas aguas de
la memoria. Sólo un rayo de luz cae sobre esas aguas sombrías; sólo en
mínima parte aparecen a la claridad de la conciencia; pero su capacidad
es insondable, e indefinida su aptitud de revelar lo que más íntimo
guardan. Cuanto ha pasado una vez por los sentidos, cuanto ha brotado
de operación interior, cuanto ha tenido ser en la mente, deja por bajo
de ella un rastro de su paso, capaz de revivir otra vez, y convertirse
en representación actual y luminosa. No ya lo que la conciencia alumbró
claramente cuando su presentación primera; no ya lo que labró hondo
surco en la atención o la sensibilidad; sino aun lo vislumbrado, lo
apenas advertido, lo semi-ignorado, lo visto al pasar, lo que en un
punto mismo es y se disipa, desciende a aquel abismo de la memoria
latente, y yace en esa profundidad jamás colmada. De esta manera,
líneas, colores, sonidos, armonías, palabras, ideas, emociones, duermen
en el inmenso depósito, comparable al caos donde está en potencia una
creación y guardan su turno para resurgir, ya como recuerdo concreto,
ya como imagen no referida a lo pasado, si logran el favor de un
pensamiento que tienda hasta ellos el hilo de una asociación eficaz, y
los levante al círculo de lo consciente. Cuanto más vario y copioso sea
ese íntimo museo en el alma del artista, cuanto más se le acrezca por
la experiencia, y se le haga accesible y dócil a las artes evocadoras
de la asociación, tanto más fácil será la inventiva del artista, y más
fecunda.
Cierto día, una percepción o representación dichosa suscita en el alma
dotada del sentimiento de hermosura la idea original, la primitiva
célula, vago y levísimo esbozo de un personaje imaginario. Un acto de
ilusa insensatez o vano arrojo, presenciado de paso por un pueblo; o
la fugitiva visión de algún hidalgo escuálido, que lee un libro de
caballerías junto al estante de sus armas; o bien una anécdota leída
sobre la singular monomanía de un loco; o, simplemente, un rasgo
recordado en las soledades de la cárcel, del Amadís o el Esplandián,
son la chispa por la que comienza a iluminarse, en la mente de Miguel
de Cervantes, la portentosa figuración de su héroe. Esta primera idea
enamora al alma del artista; y del amor, que es padre del deseo, nace
el de completarla y realizarla. Acicateada por el deseo de amor, la
idea se sumerge y abisma en aquel inmenso depósito de los recuerdos,
y como quien remueve el lecho de dormido estanque para traer a la
superficie lo del fondo, hace que surja de allí hirviente remolino de
imágenes. Todo lo que tiene alguna afinidad con la idea, y es propio
para enriquecerla y nutrirla, y formar cuerpo con ella, y levantar su
relieve, y reforzar su color, y determinar su espíritu, todo despierta
y obedece al poderoso conjuro. Mil recuerdos del tesoro de observación
consciente e inconsciente que en su azarosa existencia ha acopiado, mil
noticias de su ciencia del mundo acuden al pensamiento de Cervantes,
para reunirse a aquel esbozo que de su héroe concibió, y añadirle algún
toque de verdad y de vida. Estos recuerdos, estas representaciones,
son las partículas de piedra que, de los ámbitos del mundo, concurren
a reconstruir el semblante de la estatua, para el contemplador que
permanecía ante ella en mudo anhelo. Lucha acaso el alma del artista
en este momento de la concepción; lucha acaso y se angustia, en su
impaciencia de evocar todos los elementos que le interesan y hacen
falta, como ardía en ansia y pena de amor la contemplación del eremita.
No le basta buscar en lo ya acumulado, en el mundo de sus recuerdos,
sino que, mientras le inquieta aquel germen precioso que lleva en las
entrañas, tiene los ojos muy abiertos a la realidad, para cosechar
en ella nuevos rasgos de expresión y carácter, y embeberse en vivos
reflejos de hermosura, al modo como la madre antigua se rodeaba,
cercana al parto, de formas perfectas. Ni le basta tampoco recordar y
observar, sino que ha menester meditar sobre lo recordado y observado,
de suerte que la inconexa pluralidad de sus imágenes se traduzca en
síntesis armónica. Pero la meditación que dirige y ordena, el orden
que la meditación es apta para instituir en la obra de la fantasía,
no son suficientes aún. Nunca pasaría este orden de orden lógico, de
disposición artificiosamente calculada, si, magnificando el acierto
con que lo compone el raciocinio, no perseverase la inconsciente
fuerza de amor, que, como cálido y plasmante soplo, circula por entre
las relaciones y junturas que establece la mente. Y nunca arribaría
a _vivir_ el personaje imaginario, nunca su imagen se movería con la
vida personal y enérgica que emula la de los más netos caracteres que
veamos en la realidad, si el amor del artista, llegado a su más alto
punto, al éxtasis en que culmina, inspirado y victorioso, abrazando de
un rapto los elementos que ya ha puesto en acuerdo, compenetrándolos
y traspasándolos, como por el “golpe intuitivo” de que hablaban los
Plotinos y Jámblicos en la iluminación de lo divino, no suscitase
finalmente la visión una, simultánea, completa, de la criatura soñada;
la alucinación que la pone a pleno sol de la conciencia del artista, y
después de la cual, ya no es menester sino la voluntad que ejecute y la
mano que obedezca. Cuando la llama de amor, desbordando de los ojos que
esperan la suspirada forma, ha prendido en la nube fluctuante donde se
la busca, la imagen es, de definitiva manera y con vida inmortal. La
virtud plástica de la concepción depende de la eficacia de este último
acto, instantáneo e insubstituible, en el que los que le antecedieron
hallan su recompensa y su fruto.
Todo es presidido por una misma fuerza, en la actividad creadora de la
imaginación: el primer deseo que excita a la realización de lo hermoso;
la convocatoria enérgica y tenaz que allega los elementos con que ha de
componérselo; el rapto inspirado que lo vivifica, y aun la obstinación
y perseverancia de la voluntad, que consuma y deja la obra en su
punto. Todo ello es presidido por una sola fuerza: aquella misma que,
llamándose afinidad, genera las formas armoniosas de los cristales, las
estrellas y exágonos en que cuaja la nieve; y llamándose atracción,
rige la sublime concordia de los mundos; y llamándose amor de los
sentidos, reproduce la proporción y belleza de los seres vivientes; y
llamándose amor desinteresado e ideal, florece en la divina hermosura
de las cosas del arte.