El primero y más grande de los Tolomeos se propuso levantar,

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

José Enrique Rodó fue un esritor y poeta uruguayo que vivió entre los

años 1871 y 1917. Entre sus parábolas se encuentra Hylas, incluida

en este proyecto. Esta transcripción intenta evocar la memoria de los

buscadores de Hylas que existieron, existen y existirán, con seguridad,

en el futuro, y en particular la de José "el Pepe" Mujica, que fue

presidente de la Republica Oriental del Uruguay entre los años 2010 y

2015.

En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con

_guiones bajos_ y las palabras en versalitas en MAYÚSCULAS.

La cubierta del libro fue agregada por el transcriptor y ha sido puesta

en el dominio público.

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano, cuando la

presente edición de esta obra fue publicada, eran diferentes a las

existentes cuando se realizó la transcripción. El criterio utilizado

para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas

de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector

interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la

Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas

acentuadas a las regla establecida por la RAE, que indica que las

letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar

tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si

se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se

trata únicamente de la mayúscula inicial.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final,

ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.

* * * * *

JOSÉ ENRIQUE RODÓ

PARÁBOLAS

(DE ARIEL, MOTIVOS DE PROTEO, EL MIRADOR

DE PRÓSPERO, NUEVOS MOTIVOS DE PROTEO

Y EL CAMINO DE PAROS)

LECTURA SELECTA

MÉXICO MCMXX

1º de enero de 1920.--TIP. MURGUIA. Av. 16 de Septiembre, 54

[Ilustración]

ÍNDICE

Pág.

DE «ARIEL»

El Rey hospitalario 5

DE «MOTIVOS DE PROTEO»

Mirando jugar a un niño 11

La respuesta de Leuconoe 15

El Faro de Alejandría 25

El meditador y el esclavo 29

El barco que parte 33

Ayax 37

El monje Teótimo 41

Los seis peregrinos 47

Hylas 63

La despedida de Gorgias 67

Lucrecia y el mago 77

La pampa de granito 83

DE «EL MIRADOR DE PRÓSPERO»

Sueño de Nochebuena 89

DE «NUEVOS MOTIVOS DE PROTEO»

El león y la lágrima 93

DE «EL CAMINO DE PAROS»

La estatua de Cesárea 99

EL REY HOSPITALARIO

Era un rey patriarcal, en el Oriente indeterminado e ingenuo donde

gusta hacer nido la alegre bandada de los cuentos. Vivía ese reino la

candorosa infancia de las tiendas de Ismael y los palacios de Pilos.

La tradición le llamó después, en la memoria de los hombres, el rey

hospitalario. Inmensa era la piedad del rey. A desvanecerse en ella

tendía, como por su propio peso, toda desventura. A su hospitalidad

acudían lo mismo por blanco pan el miserable que el alma desolada por

el bálsamo de la palabra que acaricia. Su corazón reflejaba, como

sensible placa sonora, el ritmo de los otros. Su palacio era la casa

del pueblo. Todo era libertad y animación dentro de este augusto

recinto, cuya entrada nunca hubo guardas que vedasen. En los abiertos

pórticos formaban corro los pastores cuando consagraban a rústicos

conciertos sus ocios; platicaban al caer la tarde los ancianos, y

frescos grupos de mujeres disponían, sobre trenzados juncos, las

flores y racimos de que se componía únicamente el diezmo real.

Mercaderes de Ofir, buhoneros de Damasco, cruzaban a toda hora las

puertas anchurosas, y ostentaban en competencia, ante las miradas del

rey, las telas, las joyas, los perfumes. Junto a su trono reposaban

los abrumados peregrinos. Los pájaros se citaban al mediodía para

recoger las migajas de su mesa; y con el alba, los niños llegaban en

bandas bulliciosas al pie del lecho donde dormía el rey de la barba de

plata y le anunciaban la presencia del sol.--Lo mismo a los seres sin

ventura que a las cosas sin alma alcanzaban su liberalidad infinita.

La Naturaleza sentía también la atracción de su llamado generoso;

vientos, aves, plantas, parecían buscar--como en el mito de Orfeo y en

la leyenda de San Francisco de Asís,--la amistad humana en aquel oasis

de hospitalidad. Del germen caído al acaso, brotaban y florecían, en

las junturas de los pavimentos y de los muros, los alhelíes de las

ruinas, sin que una mano cruel los arrancase ni los hollara un pie

maligno. Por las francas ventanas se tendían al interior de las cámaras

del rey las enredaderas osadas y curiosas. Los fatigados vientos

abandonaban largamente sobre el alcázar real su carga de aromas y

armonías. Empinándose desde el vecino mar, como si quisieran ceñirle

en un abrazo, le salpicaban las olas con su espuma. Y una libertad

paradisial, una inmensa reciprocidad de confianzas, mantenían por

dondequiera la animación de una fiesta inextinguible.

Pero dentro, muy dentro; aislada del alcázar ruidoso por cubiertos

canales, oculta a la mirada vulgar--como la “perdida iglesia” de

Uhland en lo esquivo del bosque--al cabo de ignorados senderos, una

misteriosa sala se extendía, en la que a nadie era lícito poner la

planta, sino al mismo rey, cuya hospitalidad se trocaba en sus umbrales

en la apariencia de escéptico egoísmo. Espesos muros la rodeaban. Ni

un eco del bullicio exterior, ni una nota escapada al concierto de

la Naturaleza, ni una palabra desprendida de labios de los hombres,

lograba traspasar el espesor de los sillares de pórfido y conmover una

onda del aire en la prohibida estancia. Religioso silencio velaba en

ella la castidad del aire dormido. La luz, que tamizaban esmaltadas

vidrieras, llegaba lánguida, medido el paso por una inalterable

igualdad, y se diluía, como copo de nieve que invade un nido tibio,

en la calma de un ambiente celeste.--Nunca reinó tan honda paz; ni en

oceánica gruta, ni en soledad nemorosa.--Alguna vez, cuando la noche

era diáfana y tranquila--abriéndose a modo de dos valvas de nácar la

artesonada techumbre, dejaba cernerse en su lugar la magnificencia de

las sombras serenas. En el ambiente flotaba como una onda indisipable

la casta esencia del nenúfar, el perfume sugeridor del adormecimiento

penseroso y de la contemplación del propio ser. Graves cariátides

custodiaban las puertas de marfil en la actitud del silenciario.

En los testeros, esculpidas imágenes hablaban de idealidad, de

ensimismamiento, de reposo.--Y el viejo rey aseguraba que, aun cuando a

nadie fuera dado acompañarle hasta allí, su hospitalidad seguía siendo

en el misterioso seguro tan generosa y grande como siempre, sólo que

los que él congregaba dentro de sus muros discretos eran convidados

impalpables y huéspedes sutiles. En él soñaba, en él se libertaba de la

realidad, el rey legendario; en él sus miradas se volvían a lo interior

y se bruñían en la meditación de sus pensamientos como las guijas

lavadas por la espuma; en él se desplegaban sobre su noble frente las

blancas alas de Psiquis... Y luego, cuando la muerte vino a recordarle

que él no había sido sino un huésped más en su palacio, la impenetrable

estancia quedó clausurada y muda para siempre; para siempre abismada en

su reposo infinito; nadie la profanó jamás, porque nadie hubiera osado

poner la planta irreverente allí donde el viejo rey quiso estar solo

con sus sueños y aislado en la última Thule de su alma.

Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino interior. Abierto con

una saludable liberalidad, como la casa del monarca, confiado a todas

las corrientes del mundo, exista en él, al mismo tiempo, la celda

escondida y misteriosa que desconozcan los huéspedes profanos y que

a nadie más que a la razón serena pertenezca. Sólo cuando penetréis

dentro del inviolable seguro, podréis llamaros, en realidad, hombres

libres. No lo son quienes, enajenando incesantemente el dominio de

sí a favor de la desordenada pasión o el interés utilitario, olvidan

que, según el sabio precepto de Montaigne, nuestro espíritu puede ser

objeto de préstamo pero no de cesión.--Pensar, soñar, admirar: he

ahí los nombres de los sutiles visitantes de mi celda. Los antiguos

los clasificaban dentro de su noble inteligencia del ocio, que ellos

tenían por el más elevado empleo de una existencia verdaderamente

racional, identificándolo con la libertad del pensamiento emancipado

de todo innoble yugo. El ocio noble era la inversión del tiempo que

oponían, como expresión de la vida superior, a la actividad económica.

Vinculado exclusivamente a esa alta y aristocrática idea del reposo su

concepción de la dignidad de la vida, el espíritu clásico encuentra su

corrección y su complemento en nuestra moderna creencia en la dignidad

del trabajo útil; y entrambas atenciones del alma pueden componer, en

la existencia individual, un ritmo, sobre cuyo mantenimiento necesario

nunca será inoportuno insistir...

MIRANDO JUGAR A UN NIÑO

...A menudo se oculta un sentido

sublime en un juego de niño.

(SCHILLER: _Thecla. Voz de un

espíritu_).

Jugaba el niño en el jardín de la casa con una copa de cristal que, en

el límpido ambiente de la tarde, un rayo de sol tornasolaba como un

prisma. Manteniéndola, no muy firme, en una mano, traía en la otra un

junco con el que golpeaba acompasadamente en la copa. Después de cada

toque, inclinando la graciosa cabeza, quedaba atento, mientras las

ondas sonoras, como nacidas de vibrante trino de pájaro, se desprendían

del herido cristal y agonizaban suavemente en los aires. Prolongó

así su improvisada música hasta que, en un arranque de volubilidad,

cambió el motivo de su juego: se inclinó a tierra, recogió en el hueco

de ambas manos la arena limpia del sendero y la fué vertiendo en la

copa hasta llenarla. Terminada esta obra, alisó, por primor, la arena

desigual de los bordes. No pasó mucho tiempo sin que quisiera volver a

arrancar al cristal su fresca resonancia; pero el cristal, enmudecido,

como si hubiera emigrado un alma de su diáfano seno, no respondía más

que con un ruido de seca percusión al golpe del junco. El artista

tuvo un gesto de enojo para el fracaso de su lira. Hubo de verter una

lágrima, mas la dejó en suspenso. Miró, como indeciso, a su alrededor;

sus ojos húmedos se detuvieron en una flor muy blanca y pomposa, que

a la orilla de un cantero cercano, meciéndose en la rama que más se

adelantaba, parecía rehuir la compañía de las hojas, en espera de una

mano atrevida. El niño se dirigió, sonriendo, a la flor; pugnó por

alcanzar hasta ella; y aprisionándola, con la complicidad del viento

que hizo abatirse por un instante la rama, cuando la hubo hecho suya

la colocó graciosamente en la copa de cristal, vuelta en ufano búcaro,

asegurando el tallo endeble merced a la misma arena que había sofocado

el alma musical de la copa. Orgulloso de su desquite, levantó, cuan

alto pudo, la flor entronizada, y la paseó, como en triunfo, por entre

la muchedumbre de las flores.

* * * * *

¡Sabia, candorosa filosofía!--pensé--. Del fracaso cruel no recibe

desaliento que dure, ni se obstina en volver al goce que perdió,

sino que las mismas condiciones que determinaron el fracaso, toma la

ocasión de nuevo juego, de nueva idealidad, de nueva belleza... ¿No

hay aquí un polo de sabiduría para la acción? ¡Ah, si en el transcurso

de la vida todos imitáramos al niño! ¡Si ante los límites que pone

sucesivamente la fatalidad a nuestros propósitos, nuestras esperanzas y

nuestros sueños, hiciéramos todos como él!... El ejemplo del niño dice

que no debemos empeñarnos en arrancar sonidos de la copa con que nos

embelesamos un día, si la naturaleza de las cosas quiere que enmudezca.

Y dice luego que es necesario buscar, en derredor de donde entonces

estemos, una reparadora flor, una flor que poner sobre la arena por

quien el cristal se tornó mudo... No rompamos torpemente la copa contra

las piedras del camino sólo porque haya dejado de sonar. Tal vez la

flor reparadora existe. Tal vez está allí cerca. Esto declara la

parábola del niño, y toda filosofía viril, _viril_ por el espíritu que

la anima, confirmará su enseñanza fecunda.

LA RESPUESTA DE LEUCONOE

Soñé una vez que volviendo el gran Trajano de una de sus gloriosas

conquistas, pasó por no sé cuál de las ciudades de la Etruria, donde

fué agasajado con tanta espontaneidad como magnificencia. Cierto

patricio preparó en honor suyo el más pomposo y delicado homenaje que

hubiera podido imaginar. Escogió en las familias ciudadanas las más

lindas doncellas, y las instruyó de modo que, con adecuados trajes y

atributos, formasen una alegórica representación del mundo conocido,

donde cada una personificara a determinada tierra, ya romana, ya

bárbara, y en su nombre reverenciase al César y le hiciera ofrecimiento

de sus dones. Púsose en ensayo este propósito; todo marchaba a

maravilla; pero sea que distribuidos los papeles, quedase sin ninguno

una aspirante a quien no fuera posible desdeñar, sea que lo exigiese

el arreglo y proporción en la manera como debían tejerse las danzas y

figuras, ello es que hubo necesidad de aumentar en uno el número de

las personas. Se había contado ya con todos los países del mundo, y

se dudaba cómo salvar esta dificultad, cuando el patricio, que era

dado a los libros, se dirigió a un estante, de donde tomó un ejemplar

de las tragedias de Séneca, y buscando en la “Medea” el pasaje donde

están unos versos que hoy son famosos, por el soplo profético que los

inspira, habló de la presunción que hacía el poeta de la existencia

de una tierra ignorada, que futuras gentes hallarían, yendo sobre el

misterioso océano, más allá (añadió el patricio) de donde situó a la

sumergida Atlántida, Platón. Este soñado país propuso que fuera el que

completase el cuadro, ya que faltaba otro. Poco apetecible destino

parecía ser el de representar a una tierra de que nada podía afirmarse,

ni aun su propia existencia, mientras que todas las demás daban ocasión

para lucir pintorescos y significativos atributos, y para que se las

loase, o se las diferenciase cuando menos, en elocuentes recitados.

Pero hubo quien, renunciando al papel que ya tenía atribuido, reclamó

el humilde oficio para sí. Era la más joven de todas y la llamaban

Leuconoe. No se halló el modo de caracterizar, con apropiadas galas, su

parte, y se acordó que no llevara más que un traje blanco y aéreo, como

una página donde no se ha sabido qué poner... Llegado el día, realizóse

la fiesta, y noblemente personificadas las tierras desfilaron ante

el señor del mundo, después de concertarse en variadas danzas de

artificio, y cada una de ellas le dedicó sus ofrendas.

Presentóse, primero que ninguna, Roma, en forma casi varonil; éste era

el modo de hermosura de la que llevaba sus colores; el andar, de diosa;

el imperio en el modo de mirar; la majestad en cada actitud y cada

movimiento. Ofreció el orbe por tributo; y la siguió, como madre que

viene después de la hija, por ser ésta soberana, Grecia, coronada de

mirto. Lo que dijo de sí, sólo podría abreviarse en lápida de mármol.

Italia vino luego. Habló de la gracia esculpida, en suaves declives,

sobre un suelo que dora el sol, al son armónico del aire. Celebró su

feracidad; aludió al trigo de Campania, al óleo de Venafro, al vino de

Falerno. La rubia Galia, depuesto el primitivo furor, mostró, colmadas

de pacíficos frutos, las corrientes del Saona y el Ródano. Iberia

presentó sus rebaños, sus trotones, sus minas. Ceñida de bárbaros

arreos, se adelantó Germania, e hizo el elogio de las pieles espesas,

el ámbar transparente, y los gigantes de ojos azules cazados para el

circo en la espesura de la Carbonaria y de la Hircinia. Bretaña dijo

que en sus Casitérides había el metal de que toman su firmeza los

bronces. La Iliria, famosa por sus abundantes cosechas; la Tracia,

que cría caballos raudos como el viento; la Macedonia, cuyos montes

son arcas de ricos minerales, rindieron sus tesoros; y se acercó

tras ellas la postrera Thule, que ofreció juntos fuego y nieve, con

la fianza de Pythéas. Llegó el turno de las tierras asiáticas; y en

cuerpo de faunesca hermosura, la Siria habló de los laureles de Dafne

y los placeres de Antioquía. El Asia Menor reunió en doble tributo

los esplendores del Oriente con las gracias de Jonia, tendiendo entre

ambas ofrendas la flauta frigia, como cruz de balanza. Se ufanó

Babilonia con el resplandor de sus recuerdos. La Persia, madre de los

frutos de Europa, brindó semillas de generosa condición. Grande estuvo

la India cuando pintó montañas y ríos colosales, cuando invocó las

piedras fúlgidas, el algodón, el marfil, la pluma de los papagayos, las

perlas; cuando nombró cien plantas preciosas: el ébano, que ensalzó

Virgilio; el amono y el malabatro, braseros de raros perfumes; el

árbol milagroso cuyo fruto hace vivir doscientos años... La Palestina

ofreció olivos y viñedos. Fenicia se glorió de su púrpura. La región

sabea, de su oro. Mesopotamia hizo mención de los bosques espesísimos

donde Alejandro cortó las tablas de sus naves. El país de Sérica cifró

su orgullo en una tela primorosa; y Taprobana, que remece el doble

monzón, en la fragante canela. Vinieron luego los pueblos de la Libia.

Presidiéndolos llegó el Egipto multisecular; habló de sus pirámides,

de sus esfinges y colosos; del despertar mejor de su grandeza, en una

ciudad donde una torre iluminada señala el puerto a los marinos. La

Cirenaica dijo el encanto de su serenidad, que hizo que fuese el lecho

a donde iban a morir los epicúreos. Cartago, a quien realzara Augusto

de las ruinas, se anunció llamada a esplendor nuevo. La Numidia expuso

que daba mármoles para los palacios; fieras para las theriomaquias y

las pompas. La Etiopía afirmó que en ella estaban el país del cinamomo,

el de la mirra, los enanos de un pigmo y los macrobios de mil años.

Las Fortunadas, fijando el término de lo conocido, recordaron que en

su seno esperaba a las almas de los justos la mansión de la eterna

felicidad.

Por último, con suma gracia y divino candor, llegó Leuconoe. En nada

aparentaba formar parte de la viviente y simbólica armonía. No llevaba

sino un traje blanco y aéreo, como una página donde no se ha sabido qué

poner... En aquel instante, nadie la envidiaba, por más que luciese su

hermosura. El César preguntó la razón de su presencia, y se extrañó,

cuando lo supo, viéndola tan mal destinada y tan hermosa.

--Leuconoe--dijo, con una benévola ironía--: no te ha tocado un gran

papel. Tu poca suerte quiso que la realidad concluyera en manos de las

otras, y he aquí que has debido contentarte con la ficción del poeta...

Admiro tu dulce conformidad, y me complace tu homenaje, puesto que eres

hermosa. Pero ¿qué bien me dirás de la región que representas, si has

de evitar el engañarme?... ¿Qué me ofreces de allí? ¿Qué puedes afirmar

que haya en tu tierra de quimera?

--¡Espacio!--dijo con encantadora sencillez, Leuconoe.

Todos sonreían.

--Espacio...--repitió el César--. ¡Es verdad! Sea desapacible o

risueña, estéril o fecunda, espacio habrá en la tierra incógnita, si

existe; y aun cuando ella no exista, y allí donde la finge el poeta

sólo esté el mar, o acaso el vacío pavoroso, ¿quién duda que en el

mar o en el vacío habrá espacio?... Leuconoe--prosiguió con mayor

animación--: tu respuesta tiene un alto sentido. Tiene, si se la

considera, más de uno. Ella dice la misteriosa superioridad de lo

soñado sobre lo cierto y tangible, porque está en la humana condición

que no haya bien mejor que la esperanza, ni cosa real que se aventaje a

la dulce incertidumbre del sueño. Pero, además, encierra tu respuesta

una hermosa consigna para nuestra voluntad, un brioso estímulo a

nuestro denuedo. No hay límite en donde acabe para el fuerte el

incentivo de la acción. Donde hay espacio, hay cabida para nuestra

gloria. Donde hay espacio, hay posibilidad de que Roma triunfe y se

dilate.

Dijo el César; arrancó de su pecho una gruesa esmeralda que allí estaba

de broche, y era de las que el Egipto produce mayores y más puras; y

prendiéndola al seno de la niña, la dejó, como un fulgor de esperanza,

sobre la estola, toda blanca, mientras terminaba diciendo:

--¡Sea el premio para la región desconocida; sea el premio para

Leuconoe!

* * * * *

Espacio, espacio, es lo que te queda, después que la esperanza con

color y figura, y el ideal concreto, y la fuerza o aptitud de calidad

conocida, te abandonaron en mitad del camino. Espacio: mas no ése,

donde el viento y el pájaro se mueven más arriba que tú y con alas

mejores; sino dentro de ti, en la inmensidad de tu alma, que es el

espacio propio para las alas que tú tienes. Allí queda infinita

extensión por conquistar mientras dura la vida: extensión siempre

capaz de ser conquistada, siempre merecedora de ser conquistada...

Imaginar que no hay en ti más que lo que ahora percibes con la

trémula luz de tu conciencia, equivale a pensar que el océano acaba

allí donde la redondez de la esfera lo sustrae al alcance de tus

ojos. Incomparablemente más vasto es el océano que la visión de los

ojos; incomparablemente más hondo nuestro ser que la intuición de

la conciencia. Lo que de él está en la superficie y a la luz, es

comúnmente, no ya una escasa parte, sino la parte más vulgar y más

mísera. Dame acertar con la ocasión y yo sacaré de ti fuerzas que

te maravillen y agiganten. Tu languidez de ánimo, tu desesperanza y

sentimiento como de vacío interior, no son distintos de los de miles de

almas electas, en las vísperas de la transfiguración que las sublimó a

la excelsa virtud, o a la invención genial, o al heroísmo. Si veinte

horas antes de consagrarse héroe el héroe, apóstol el apóstol, inventor

el inventor, o de tender resuelta y eficazmente a hacerlo, hubiérales

anunciado un zahorí de corazones su destino inminente, ¡cuántas veces

no se hubieran encogido de hombros o sonreído con amarga incredulidad!

Dame la ocasión y yo te haré grande; no porque infunda en ti lo que no

hay en ti, sino porque haré brotar y manifestarse lo que tu alma tiene

oculto. De afuera pueden auxiliarte cateadores y picos; pero en ti

sólo está la mina. La ocasión es como el artista pintor de quien dijo

originalmente uno que lo era: no crea el pintor su cuadro, sino que se

limita a descorrer los velos que impedían verlo mientras la tela estaba

en blanco. Hallar y traer al haz del alma esa ignorada riqueza: tal es

tu obra y la de cada uno. Derramar luz dentro de sí por la observación

interior y la experiencia: tal es el medio de abrir camino a la ocasión

dichosa, que vendrá traída por el movimiento de la realidad. Empeño

difícil éste de conocerse--¿quién lo duda?--y expuesto a mil engaños.

Pero ¿no vale todos los tesoros de la voluntad el término que quien

lo acomete se propone? ¿Hay cosa que te interese más que descubrir lo

que está en ti y en ninguna parte sino en ti: tierra que para ti sólo

fué creada; América cuyo único descubridor posible eres tú mismo, sin

que puedas temer, en tu designio gigante, ni émulos que te disputen la

gloria, ni conquistadores que te usurpen el provecho?

EL FARO DE ALEJANDRÍA

El primero y más grande de los Tolomeos se propuso levantar, en la

isla que tiene a su frente Alejandría, alta y soberbia torre, sobre la

que una hoguera siempre viva fuese señal que orientara al navegante

y simbolizase la luz que irradiaba de la ilustre ciudad. Sóstrato,

artista capaz de un golpe olímpico, fué el llamado para trocar en

piedra aquella idea. Escogió blanco mármol; trazó en su mente el modelo

simple, severo y majestuoso. Sobre la roca más alta de la isla echó

las bases de la fábrica, y el mármol fué lanzado al cielo mientras

el corazón de Sóstrato subía de entusiasmo tras él. Columbraba allá

arriba, en el vértice que idealmente anticipaba, la gloria. Cada

piedra, un anhelo; cada forma rematada, un deliquio. Cuando el vértice

estuvo, el artista, contemplando en éxtasis su obra, pensó que había

nacido para hacerla. Lo que con genial atrevimiento había creado,

era el Faro de Alejandría, que la antigüedad contó entre las siete

maravillas del mundo. Tolomeo, después de admirar la obra del artista,

observó que faltaba al monumento un último toque, y consistía en que su

nombre de rey fuera esculpido, como sello que apropiase el honor de la

idea, en encumbrada y bien visible lápida. Entonces Sóstrato, forzado a

obedecer, pero celoso en su amor por el prodigio de su genio, ideó el

modo de que en la posteridad, que concede la gloria, fuera su nombre y

no el del rey el que leyesen las generaciones sobre el mármol eterno.

De cal y arena compuso para la lápida de mármol una falsa superficie,

y sobre ella extendió la inscripción que recordaba a Tolomeo; pero

debajo, en la entraña dura y luciente de la piedra, grabó su propio

nombre. La inscripción, que durante la vida del mecenas fué engaño de

su orgullo, marcó luego las huellas del tiempo destructor; hasta que un

día, con los despojos del mortero, voló, hecho polvo vano el nombre del

príncipe. Rota y aventada la máscara de cal, se descubrió, en lugar del

nombre del príncipe, el de Sóstrato, en gruesos caracteres, abiertos

con aquel encarnizamiento que el deseo pone en la realización de lo

prohibido. Y la inscripción vindicadora duró cuanto el mismo monumento;

firme como la justicia y la verdad; bruñida por la luz de los cielos en

su campo eminente; no más sensible que a la mirada de los hombres, al

viento y a la lluvia.

* * * * *

Un arranque de sinceridad y libertad que te lleve al fondo de tu alma,

fuera del yugo de la imitación y la costumbre, fuera de la sugestión

persistente que te impone modos de pensar, de sentir, de querer, que

son como el ritmo isócrono del paso del rebaño, puede hacer en ti lo

que la obra justiciera del tiempo verificó en la inscripción de la

torre de Alejandría. Deshecho en polvo leve, caerá de la superficie de

tu alma cuanto es allí vanidad, adherencia, remedo; y entonces, acaso

por primera vez, conocerás la verdad de ti mismo. Despertarás como de

un largo sueño de sonámbulo. Tu hastío y agotamiento son quizá, cual

los de muchos otros, cosa de la personalidad ficticia con que te vistes

para salir al teatro del mundo: es ella la que se ha vuelto en ti

incapaz de estímulo y reacción. Pero por bajo de ella reposan, frescas

y límpidas, las fuentes de tu personalidad verdadera, la que es toda

de ti; apta para brotar en vida, en alegría, en amor, si apartas la

endurecida broza que detiene y paraliza su ímpetu. Allí está lo _tuyo_

y allí y no en el esquilmado campo que ahora alumbra el resplandor de

tu conciencia. ¿Por qué llamas _tuyo_ lo que siente y hace el espectro

que hasta este instante usó de tu mente para pensar, de tu lengua

para articular palabras, de tus miembros para agitarse en el mundo,

cuyo autómata es, cuyo dócil instrumento es, sin movimiento que no sea

reflejo, sin palabra que no sea eco sumiso? ¡Ése no eres _tú_! ¡Ése que

roba tu nombre no eres _tú_! ¡Ése no es sino una vana sombra que te

esclaviza y te engaña, como aquélla otra que, mientras duermes, usurpa

el sitio de tu personalidad e interviene en desatinadas ficciones, bajo

la bóveda de tu frente!

EL MEDITADOR Y EL ESCLAVO

Pasó que, huésped en una casa de campo de Megara, un prófugo de Atenas,

acusado de haber pretendido llevarse bajo el manto, para reliquia de

Sócrates, la copa en que bebían los reos la cicuta, se retiraba a

meditar, al caer las tardes, a lo esquivo de extendidos jardines, donde

sombra y silencio consagraban un ambiente propicio a la abstracción. Su

gesto extático algo parecía asir en su alma: dócil a la enseñanza del

maestro, ejercitaba en sí el desterrado la atención del conocimiento

propio.

Cerca de donde él meditaba, sobre un fondo de sauces melancólicos, un

esclavo, un vencido de Atenas misma o de Corinto, en cuyo semblante

el envilecimiento de la servidumbre no había alcanzado a desvanecer

del todo un noble sello de naturaleza, se ocupaba en sacar agua de

un pozo para verterla en una acequia vecina. Llegó ocasión en que se

encontraron las miradas del huésped y el esclavo. Soplaba el viento

de la Libia, producidor de fiebres y congojas. Abrasado por su

aliento, el esclavo, después de mirar cautelosamente en derredor,

interrumpió su tarea, dejó caer los brazos extenuados, y abandonando

sobre el brocal de piedra, como sobre su cruz, el cuerpo flaco y

desnudo:--“Compadéceme, dijo al pensador, compadéceme si eres capaz

de lágrimas, y sabe, para compadecerme bien, que ya apenas queda en

mi memoria rastro de haber vivido despierto, sino es en este mortal

y lento castigo. ¡Ve cómo el surco de la cadena que suspendo, abre

las carnes de mis manos; ve cómo mis espaldas se encorvan! Pero lo

que más exacerba mi martirio es que, cediendo a una fascinación que

nace del tedio y el cansancio, no soy dueño de apartar la mirada

de esta imagen de mí que me pone delante el reflejo del agua cada

vez que encaramo sobre el brocal el cubo del pozo. Vivo mirándola,

mirándola, más petrificado, en realidad, que aquella estatua cabizbaja

de Hipnos, porque ella sólo a ciertas horas de sol tiene los ojos

fijos en su propia sombra. De tal manera conocí mi semblante casi

infantil, y veo hoy esta máscara de angustia, y veré cómo el tiempo

ahonda en la máscara las huellas de su paso, y cómo se acercan y la

tocan las sombras de la muerte... Sólo tú, hombre extraño, has logrado

desviar algunas veces la atención de mis ojos con tu actitud y tu

ensimismamiento de esfinge. ¿Sueñas despierto? ¿Maduras algo heroico?

¿Hablas a la callada con algún dios que te posee?... ¡Oh, cómo envidio

tu concentración y tu quietud! Dulce cosa debe de ser la ociosidad

que tiene espacio para el vagar del pensamiento!”--“No son éstos los

tiempos de los coloquios con los dioses, ni de las heroicas empresas,

(dijo el meditador); y en cuanto a los sueños deleitosos, son pájaros

que no hacen nido en cumbres calvas... Mi objeto es ver dentro de

mí... Quiero formar cabal idea y juicio de éste que soy yo, de éste

por quien merezco castigo o recompensa...; y en tal obra me esfuerzo

y peno más que tú. Por cada imagen tuya que levantas de lo hondo del

pozo, yo levanto también de las profundidades de mi alma una imagen

nueva de mí mismo; una imagen contradictoria con la que la precedió, y

que tiene por rasgo dominante un acto, una intención, un sentimiento,

que cada día de mi vida presenta, como cifra de su historia, al traerle

al espejo de la conciencia bruñida por la soledad; sin que aparezca

nunca el fondo estable y seguro bajo la ondulación de estas imágenes

que se suceden. He aquí que parece concretarse una de ellas en firmes

y precisos contornos; he aquí que un recuerdo súbito la hiere, y como

las formas de las nubes, tiembla y se disipa. Alcanzaré al extremo de

la ancianidad; no alcanzaré al principio de la ciencia que busco.

Desagotarás tu pozo; no desagotaré mi alma. ¡Ésta es la ociosidad del

pensamiento!...” Llegó un rumor de pasos que se aproximaban; volvió el

esclavo a su faena, el desterrado a lo suyo; y no se oyó más que la

áspera quejumbre de la garrucha del pozo, mientras el sol de la tarde

tendía las sombras alargadas del meditador y el esclavo, juntándolas en

un ángulo cuyo vértice tocaba al pie de la estatua cabizbaja de Hipnos.

EL BARCO QUE PARTE

Mira la soledad del mar. Una línea impenetrable la cierra, tocando al

cielo por todas partes menos aquélla en que el límite es la playa.

Un barco, ufano el porte, se aleja, con palpitación ruidosa, de la

orilla. Sol declinante; brisa que dice “¡vamos!”; mansas nubes. El

barco se adelanta, dejando una huella negra en el aire, una huella

blanca en el mar. Avanza, avanza, sobre las ondas sosegadas. Llegó a

la línea donde el mar y el cielo se tocan. Bajó por ella. Ya sólo el

alto mástil aparece; ya se disipa esta última apariencia del barco.

¡Cuán misteriosa vuelve a quedar ahora la línea impenetrable! ¿Quién

no la creyera, allí donde está, término real, borde de abismo? Pero

tras ella se dilata el mar, el mar inmenso; y más hondo, más hondo,

el mar inmenso aún; y luego hay tierras que limitan, por el opuesto

extremo, otros mares; y nuevas tierras, y otras más, que pinta el sol

de los distintos climas y donde alientan variadas castas de hombres: la

estupenda extensión de las tierras pobladas y desiertas, la redondez

sublime del mundo. Dentro de esta inmensidad, hállase el puerto para

donde el barco ha partido. Quizás, llegado a él, tome después caminos

diferentes entre otros puntos de ese campo infinito, y ya no vuelva

nunca, cual si la misteriosa línea que pasó fuese de veras el vacío en

donde todo acaba...

Pero he aquí que, un día, consultando la misma línea misteriosa, ves

levantarse un jirón flotante de humo, una bandera, un mástil, un

casco de aspecto conocido... ¡Es el barco que vuelve! Vuelve, como el

caballo fiel a la dehesa. Acaso más pobre y leve que al partir; acaso

herido por la perfidia de la onda; pero acaso también, sano y colmado

de preciosas cosechas. Tal vez, como en alforjas de su potente lomo,

trae el tributo de los climas ardientes: aromas deleitables, dulces

naranjas, piedras que lucen como el sol, o pieles suaves y vistosas.

Tal vez, a trueque de las que llevaba, trae gentes de más sencillo

corazón, de voluntad más recia y brazos más robustos. ¡Gloria y ventura

al barco! Tal vez, si de más industriosa parte procede, trae los

forjados hierros que arman para el trabajo la mano de los hombres; la

tejida lana; el metal rico, en las redondas piezas que son el acicate

del mundo; tal vez trozos de mármol y de bronce, a que el arte humano

infundió el soplo de la vida, o mazos de papel donde, en huellas de

diminutos moldes, vienen pueblos de ideas. ¡Gloria, gloria y ventura,

al barco!

* * * * *

Fija tu atención, por breve espacio, un pensamiento; lo apartas de ti,

o él se desvanece por sí mismo; no lo divisas más; y un día remoto

reaparece a pleno sol de tu conciencia, transfigurado en concepción

orgánica y madura, en convencimiento capaz de desplegarse con toda

fuerza de dialéctica y todo ardimiento de pasión.

Nubla tu fe una leve duda; la ahuyentas, la disipas; y cuando menos la

recuerdas, torna de tal manera embravecida y reforzada, que todo el

edificio de tu fe se viene, en un instante y para siempre, al suelo.

Lees un libro que te hace quedar meditabundo; vuelves a confundirte

en el bullicio de las gentes y las cosas; olvidas la impresión que el

libro te causó; y andando el tiempo, llegas a averiguar que aquella

lectura, sin tú removerla voluntaria y reflexivamente, ha labrado de

tal modo dentro de ti, que toda tu vida espiritual se ha impregnado de

ella y se ha modificado según ella.

Experimentas una sensación; pasa de ti; otras comparecen que borran

su dejo y su memoria, como una ola quita de la playa las huellas de

la que la precedió; y un día que sientes que una pasión, inmensa y

avasalladora, rebosa de tu alma, induces que de aquella olvidada

sensación partió una oculta cadena de acciones interiores, que hicieron

de ella el centro obedecido y amparado por todas las fuerzas de tu

ser: como ese tenue rodrigón de un hilo, a cuyo alrededor se ordenan

dócilmente las lujuriosas pompas de la enredadera.

Todas estas cosas son el barco que parte, y desaparece, y vuelve

cargado de tributos.

A Y A X

Florecía el jacinto en los prados de Laconia y a márgenes del Tíber,

y había una especie de él cuya flor tenía estampados, sobre cada uno

de los pétalos, dos signos de color obscuro. El uno imitaba el dibujo

de una “alfa”; el otro el de una “i” griega. La imaginación antigua

se apropió de esto como de toda singularidad y capricho de las cosas.

En la égloga tercera de Virgilio, Menalcas propone, por enigma, a

Palemón, cuál es la flor que lleva escrito un nombre augusto. Alude a

que con las dos letras del jacinto da comienzo el nombre de Ayax, el

héroe homérico que envuelto por la niebla en densas sombras, pide a

los dioses luz, sólo luz, para luchar, aun cuando sea contra ellos.

En tiempos en que Roma congregaba todas las filosofías, vivió en

ella Lupercio, geómetra y filósofo. De un amor juvenil tuvo Lupercio

una hija a quien dió el nombre de Urania y educó en la afición de

la sabiduría. Imaginémonos a Hipatia en un albor de adolescencia:

candorosa alma de invernáculo sobre la cual los ojos habían reflejado

tan intensamente la luz que parte de las ideas increadas y baña la

tersa faz de los papiros, como poco y en reducido espacio la luz

real que el sol derrama sobre la palpitación de la Naturaleza. Nada

sabía del campo. Cierto día, una ráfaga que vino de lo espontáneo y

misterioso de los sentimientos, llamóla a conocer la agreste extensión.

Dejó su encierro. Desentumida el alma por el contento de la fuga,

vió extenderse ante sí, bajo la frescura matinal, el Agro romano. La

tierra sonreía, toda llena de flores. Junto a una pared en ruina el

manso viento mecía unas de color azul, que fueron gratas a Urania. Eran

seis, dispuestas en espiga a la extremidad de esbelto bohordo, cuya

graciosa cimbra arrancaba de entre hojas comparables a unos glaucos

puñales. Urania se inclinó sobre las flores de jacinto; y más que con

la suavidad de su fragancia, se embelesó con aquellas dos letras, que

provocaron en su espíritu la ilusión de una Naturaleza sellada por

los signos de la inteligencia. Aún fué mayor su hechizo al columbrar

que, como impresión de la idea soberana, era el nombre de Ayax el que

estaba así desparramado sobre lo más limpio y primoroso de la corteza

del mundo; segura prenda--pensó--de que, por encima de los dioses,

resplandece la luz que Ayax pidió para vencerlos... Pero las flores

no tenían sino dos letras de aquel nombre, y en Urania dominaba un

concepto sobrado ideal del orden infinito para creer que, una vez el

nombre comenzado por mano de la Naturaleza, hubiera podido quedar,

como en aquellas flores, inconcluso. Ocurrió en vano a nuevos bohordos

de jacinto. Quizás, las letras que faltaban se hallarían sobre las

hojas de otras flores. Grande era lo visible del campo, y en toda su

extensión variadas flores lo esmaltaban. Buscando las letras terminales

aventuróse Urania campo adentro. Miró en las margaritas, mártires

diezmadas por las ruedas y el casco; en las rojinegras amapolas; en

los narcisos, que guardan oro entre la nieve; en los pálidos lirios,

en las violetas, amigas de la esquividad; llegó a la orilla de una

charca donde frescos nenúfares mentían imágenes del sueño de la onda

dormida. Todo en vano... Tanto se había obstinado en la búsqueda que

ya se aproximaba la noche. Contó su cuita a un boyero que recogía su

hato, y él se rió de su candor. Cansada, y triste con la decepción que

desvanecía su sueño de una Naturaleza sellada por las cifras de las

ideas, volvió el paso a la ciudad, que extendía, frente adonde se había

abismado el sol, su sombra enorme.

Este fué el día de campo de Urania. En presencia de los destinos

incompletos; de la risueña vida cortada en sus albores, del bien

que promete y no madura, ¡quién no ha experimentado alguna vez el

sentimiento con que se preguntaba Urania cómo la Naturaleza pudo no

completar en ninguna parte el nombre de Ayax, habiendo impreso las dos

primeras letras en la corola del jacinto!...

EL MONJE TEÓTIMO

LA EMANCIPACIÓN PERSONAL Y LA SOLEDAD

Para burlar la sugestión del ambiente en que se vive y reivindicar la

libertad interior, apartándose de él, hay dos modos de apartamiento:

los viajes y la soledad. En rigor, los dos son necesarios; y una vida

bien ordenada a los fines de su renovación perseverante y eficaz, sabrá

conceder lugar dentro de sí a períodos de incomunicación respecto

de la sociedad que sea habitualmente la suya, distribuyéndolos con

sabiduría entre el recurso de la soledad y el de los viajes.--La

soledad es escudo diamantino, sueño reparador, bálsamo inefable, en

ciertas situaciones de alma y por determinado espacio de tiempo. Pero

como medio único y constante de asegurar la plenitud de la personalidad

contra las opresiones y falacias del mundo, marra la soledad, porque le

faltan: un instrumento eficacísimo con que desenvolver el contenido de

nuestra conciencia: la acción, y una preciosa alianza a quien fiar lo

que no logre consumar de su obra: la simpatía. Sólo el sacudimiento de

la acción es apto para traer a la superficie del alma todo lo que en el

fondo de ésta hay pesado e inerte; y sólo el estímulo de la simpatía

alcanza a corroborar y sostener nuestra reacción espontánea hasta el

punto que se requiere para emanciparse firmemente de los vínculos de

la preocupación y la costumbre. La soledad continua ampara y fomenta

conceptos engañosos, no sólo en cuanto a la realidad exterior, de

cuya percepción nos aparta, sino también en cuanto a nosotros mismos,

sugiriéndonos quizás, sobre nuestro propio ser y nuestras fuerzas,

figuraciones que luego, al más leve tropiezo con la realidad, han

de trocarse en polvo, porque no se las valoró en las tablas de la

comparación con los demás, ni se las puso a prueba en las piedras de

toque de la tentación y de la lucha.

EL MONJE TEÓTIMO

Acaso nunca ha habido anacoreta que viviese en tan desapacible

retiro como Teótimo, monje penitente, en alturas más propias que de

penitentes, de águilas. Tras de placer y gloria, gustó lo amargo del

mundo; debió su conversión al dolor; buscó un refugio, bien alto,

sobre la vana agitación de los hombres, y le eligió donde la montaña

era más dura, donde la roca era más árida, donde la soledad era más

triste. Cumbres escuetas, de un ferruginoso color, cerraban en reducido

espacio el horizonte. El suelo era como gigantesca espalda desnuda:

ni árboles, ni aun rastreras matas en él. A largos trechos se abría

en un resalte de la roca una concavidad que semejaba negra herida, y

en una de ellas halló Teótimo su amparo. Todo era inmóvil y muerto en

la extensión visible, a no ser un torrente que precipitaba su escaso

raudal por cauce estrecho, fingiendo llantos de la roca, y las águilas

que solían cruzarse entre las cimas. En esta espantosa soledad clavó

Teótimo su alma, como el jirón de una bandera destrozada en lides del

mundo, para que el viento de Dios la limpiase de la sangre y el cieno.

Bien pronto, casi sin luchas de tentación y sin nostálgicas memorias,

la gracia vino a él, como el sueño al cuerpo vencido del cansancio.

Logró la entera sumersión del pecho en el amor de Dios; y al paso

que este amor crecía, un sentimiento intenso, lúcido, de la pequeñez

humana, se concretaba dentro de él, en este diamante de la gracia: la

más rendida y congojosa humildad. De las cien máscaras del pecado tomó

en mayor aborrecimiento a la soberbia, que por ser primera en el tiempo

que las otras, antes que máscara del pecado le pareció su semblante

natural. Y sobre la roca yerma y desolada, frente al adusto silencio de

las cumbres, Teótimo vivió sin otros pensamientos que el de la única

grandeza velada allí tras la celeste bóveda que sólo en reducida parte

veía, y el de su propia pequeñez e indignidad.

Pasaron años de esta suerte; largos años durante los cuales la

conciencia de Teótimo sólo reflejó de su alma imágenes de abatimiento y

penitencia. Si acaso alguna duda de la constancia de su piedad humilde

le amargaba, ella nacía del extremo de su misma humildad. Fué condición

que Teótimo había puesto en su voto ir, una vez que pasase determinado

tiempo de retiro, a visitar la tumba de sus padres y volver luego,

para siempre, al desierto. Cumplido el plazo, tomó el camino del más

cercano valle. La montaña perdía, en lo tendido de su falda, parte

de su aridez, y algunas matas, rezagadas de vegetación más copiosa,

interrumpían lo desnudo del suelo. Teótimo se sentó a descansar junto

a una de ellas. ¿Cuántos años hacía que no posaba los ojos en una

flor, en una rama, en nada de lo que compone el manto alegre y undoso

colgado de los hombros del mundo?... Miró a sus pies y vió una blanca

florecilla que nacía de un tallo acamado sobre el césped; trémula y

como medrosa, con el soplo del aura. Era de una gracia suave, tímida,

sin hermosura, sin aroma... Teótimo, que reparó en ella sin quererlo,

se puso a contemplarla con tranquilo deleite. Mientras notaba la

sencilla armonía de sus hojuelas blancas, el ritmo de sus movimientos,

la gracia de su debilidad, una idea súbita nació de la contemplación

de Teótimo. ¡También cuidaba el cielo de aquella tierna florecilla;

también a ella destinaba un rayo de su amor, de su complacencia en

la obra que vió buena!... Y esta idea no era en él grata, afectuosa,

dulcemente conmovida, como acaso la tuvimos nosotros. Era amarga, y

promovía dentro de su pecho como una hesitante rebelión. Sobre la roca

yerma y desolada nunca había nublado su humildad el pensamiento que

ahora le inquietaba. ¿Todo el amor de Dios no era entonces para el

alma del hombre? ¿El mundo no era el yermo sobre el cual, única flor,

flor de espinoso cardo, el alma humana se entreabría sabedora de no

merecer la luz del cielo, pero sola en gozar del beneficio de esta luz?

Vano fué que luchara por quitar los ojos del alma de este obstinado

pensamiento, porque él volvía a presentársele cual si lo empujase a

la claridad de la conciencia de Teótimo una tenaz persecución. Y tras

él sentía el eremita venir de lo hondo de su ser un rugido cada vez

más cercano... un rugido cada vez más siniestro... un rugido cuyo

son conocía, y que brotaba de unas fauces que creyó mortalmente secas

en su alma. Bastó una débil florecilla para que el monstruo oculto,

la soberbia apostada tras la ilusión de la humildad, dejase con

avasallador empuje su guarida... Bajo la alegre bondad de la mañana,

mientras tocaba en su pecho un rayo de sol, Teótimo, torvo y airado

puso el pie sobre la flor indefensa.

LOS SEIS PEREGRINOS

DOS DISTINTAS ESPECIES DE ALMAS ENTUSIASTAS

Grande es la unidad que enlaza todas las partes de nuestra existencia

bajo una idea soberana; pero más bella y fecunda, si, poniendo a

prueba la extensión de su fuerza ordenadora, se diversifica por la

flexibilidad y la amplitud. Dentro de toda comunión, de toda fe, de

toda sociedad ideal, es fácil distinguir dos especies de almas sinceras

y entusiastas. Hay el entusiasta inflexible, alma monocorde y austera;

y hay aquél cuyo entusiasmo asume las múltiples formas de la vida, y

consiente, generoso con su riqueza de amor, otros objetos de atención

y de deseo que el que preferentemente se propone. De aquella pasta

están hechos el estoico y el asceta, el puritano y el jansenista; de

ésta, los espíritus amplios, comunicativos y curiosos, sin mengua de su

fidelidad inquebrantable ni su férvida consagración. De los unos y de

los otros, es decir, de los perseverantes, de los entusiastas, de los

creyentes, y sólo de ellos es el secreto de la acción; pero la más alta

forma de la perseverancia, del entusiasmo y de la fe, es su aptitud

para extenderse y transformarse, sin desleirse ni desnaturalizarse.

LOS SEIS PEREGRINOS

Cuentan leyendas que no están escritas, que Endimión, no el que recibió

favores de Diana, sino un evangelista de quien nada sabe la historia,

recorría, después de doctrinado en Corinto por Pablo de Tharso, las

islas del Archipiélago. En una ciudad pequeña de la Eubea, su palabra

tocó el corazón de seis jóvenes paganos que formaron un grupo lleno de

adhesión hacia él, no menos que de fe pura y sencilla. Esta comunidad

naciente vivió, durante cierto tiempo, en la intimidad afectuosa con

que la vida de las iglesias primitivas imitaba los lazos fraternales.

Un día, un día del _Señor_, en la expansión cordial de la cena, maestro

y discípulos fueron heridos de un pensamiento que les pareció una

vocación: partirían a propagar la buena nueva siguiendo la ruta de

Alejandro; soldados de una mansa conquista, llegarían sobre las huellas

del conquistador, hasta donde el cielo quisiera; pero juraban que no se

detendría, falta de impulso, la divina palabra, en tanto que uno solo

de sus propagadores quedara, con vida y libertad, sobre el camino que

por ellos sería, otra vez y con más pureza, glorioso.

La fe, radiante, ofuscaba la temeridad de la intención. Aún no estaba

formulada la idea, y ya la impaciencia por la acción y la gloria hacía

aletear las voluntades. Pero como Endimión, el maestro, necesitaba

completar, ante todo, su viaje por la isla, convinieron que, pasado el

término que para ello se consideraba menester, él y sus seis discípulos

se encontrarían en un vecino puerto, desde donde atravesarían el mar

para emprender la ruta soñada.

El tiempo transcurrió para todos como en el éxtasis de una visión.

Llegaron los días de la cita. Una mañana alegre, apenas provistos de

pan y frutas los zurrones, en la dirección de la marcha un claro sol, y

dentro de sí, como la mano de Dios en el timón del alma, el entusiasmo,

los seis amigos partieron a reunirse al maestro.

Parábolas · 第 1 / 4 段