Se inclinó sollozante: en sus lágrimas hervía una terrible desolación.

Don Miguel protesta conmovido:

—Sí, sí; el que voluntariamente rinde su libertad se sacrifica.

—Es que no soy libre: le juro, señor cura, que padezco una tremenda

esclavitud... Ya ve usted cómo «se ha portado»; pues no importa: ¡le

quiero, le quiero; no me puedo casar con otro... es imposible!

—Tranquilízate, niña: vete en paz. Yo escribiré a tu padre cuanto

sucede.

—¡Dígale que no consiste en mí; que mil vidas diera yo por él; que me

muero de pena al negarle este favor!...

La ahogaba el llanto; procuró el sacerdote calmarla con exhortaciones

de mucha piedad. Despidióse la muchacha en cuanto pudo, y salió

diciendo:

—¡Harto le mortifico a usted: Dios le recompense!

Como la sombra había ganado ya las habitaciones, desde el rellano de la

escalera alumbró don Miguel con cerillas para que _Mariflor_ bajase.

Iba desalada; huyendo de las luces de la cocina y el «cuartico»,

deslizóse al través del portal, hasta asir el brazo de Marinela y

hundirse juntas en el sosiego oscuro de las calles.

Era tan visible la congoja de la enamorada, que su prima le dijo con

susto:

—Pero qué, ¿trajo malas razones la esquela?

—No, no.

—Vienes tribulante: bajabas a modín como escondida.

—Por no despedirme... ¡tengo tan poco humor! Mañana daremos una

disculpa...

—Madre también fué para casa... Oye: ¡qué triste es una boda!...

¿noverdá? A mí me hace duelo sin saber por qué...

_Mariflor_ sólo pudo contestar con un suspiro.

[Illustration]

[Illustration]

XXII

LOS MARTILLOS DE LAS HORAS

CORRÍA noviembre. Ya en los robles puntisecos y en las oscuras urces

palidecían las hojas para morir enfermas de la fiebre otoñal; el sol

se insinuaba amarillo y remoto, dorando apenas el matiz austero del

paisaje, y en la hidalga llanura de León caían las horas con infinita

pesadumbre...

Una tarde, muy triste, _Mariflor_ Salvadores tuvo que ir al molino,

distante dos kilómetros del pueblo.

—Por el vero de la regona—díjole Olalla—no tienes onde perderte.

Ella se disponía a lavar junto a su madre hasta la noche, y Marinela,

otra vez lastimosa, encogíase cerca de la lumbre.

Salió _Mariflor_ con su cestilla de centeno al brazo y sus profundas

penas en el alma. Anduvo el camino de la mies, raso y frío, tan solo,

que ni el vuelo de un ave le daba compañía: cigüeñas y golondrinas

emigraron así que el viento comenzó a batir los eriales y la luz

pareció vieja y pálida al través de las nubes.

Los cigoñinos, al volar valientes y seguros en pos de sus padres,

despertaron en el pecho de Florinda nostalgias de aventuras, loca

impaciencia de albures y horizontes. Las cosas fugitivas le hacían

soñar y padecer: aguas, nublados y vendavales producíanle antojos

inauditos, ansias de convertirse en átomos de aquellas peregrinas

corrientes.

Hoy todo yace inmóvil alrededor de la moza: camina el silencio en torno

suyo, y ella escucha en la «sonora soledad» caer los instantes bajo

el martillo del tiempo y fluir la vida con sordas palpitaciones que

repercuten en los pulsos y en el corazón de la infeliz.

¡La vida!... ¿Para qué la quiere? Ya su alma se ha despedido de la

felicidad. Vive _Mariflor_ con los ojos puestos en todo lo que huye, en

todo lo que vuela y muere: cuenta a veces los minutos con furioso deseo

de que pasen: los empuja con el pensamiento; quisiera precipitarlos

a millones en el silo de la eternidad. No es la suya la prisa del

que espera; es la sombría inquietud del que busca la muerte; y, sin

embargo, un violento impulso de esperanza ruge en el tormentoso río de

estas ansiedades.

No quiere la enamorada confesárselo así, y ahora mismo aprovecha la

muda complicidad de este sendero para romper las cartas de su novio.

Con brusco arrebato las arranca del jubón y las desdobla: son tres.

Rasgadas juntas, va haciéndolas añicos, sin detenerse, apresurada y

triste.

Las letras de los versos parecen rebelarse en los menudos jirones del

papel, y Florinda huye del galope de su memoria, que repite:

...soy el amor que pasa,

el niño amor que encontrarás un día

tras de las tempestades de tu alma...

A pesar suyo escucha la moza los apasionados ecos de la querella. Se

dulcifica entonces su rostro, y en un repente de inefable ternura

siembra en el páramo los pedacitos de su felicidad, como granas de

amor, algunos caen al agua, a cuya linde camina la joven.

Quédanse allí los despojos de un cariño, las simientes de una ilusión,

temblando en la apacible linfa, diciendo a los duros terrones un

enamorado «escucho»...

Cunde el regato fino y silente, corren las nubes amenazadoras, y en la

descolorida lontananza se dibujan los perfiles de la aceña; allá lejos,

una pastoría tiende la corona de su redil junto a la henchida cama del

pastor.

Recuerda la caminante su primera salida por el campo de Valdecruces y

su encuentro allí con _Rosicler_, el galán pastorcillo que ya emigró,

como las aves. Muchos días anduvo radio y pesaroso alrededor de la

moza, hasta despedirse de ella. ¿Qué la dijo?... ¡Nada! Parecía tener

los ojos cargados de secretos, pero sólo acertó a murmurar: ¡Adiós,

adiós!... Iba llorando.

—¡Pobre!—balbuce Florinda tras fuerte y hondo suspiro.

Y amargada después por el acre sabor de tantos infortunios, se enardece

y rebela con el ímpetu de su gran corazón apasionado; ansía que al

despertar el viento en los eriales pueble de frémitos la llanura, torne

lívidas las aguas del arroyo y arrastre granizos y nieves... ¡Quisiera

envolver las desolaciones de su alma en una grandiosa tempestad, en una

formidable desolación del mundo entero!...

Asomados a las teleras balitan con desconsolada blandura los corderitos

primales, y el rapazuelo guardián entretiene sus ocios evocando al

invierno en lánguida canción:

«¡Ay noche de Navidad,

ay noche serena y clara!...»

—Buenas tardes.

—Bien venida.

Los ojos del niño siguen con extraño embeleso la gentil figura de

_Mariflor_, que todavía parece forastera y trasciende a encantos

desconocidos en el país.

—¡Usa la guedeja al aire!—dícese el pastor, absorto en la esplendidez

de los cabellos que la muchacha luce.

Y ella va mirando cómo crece la regona, según se aproxima al ladrón

abierto en el canal.

El viento ha despertado: gime y vocea sobre el tríbulo de la mies y

amontona las nubes que al rodar escriben silenciosos renglones en el

agua.

Hay poca gente en la aceña, que muele despacio, con el cauce débil,

y las maragatas allí reunidas aguardan la lluvia como un beneficio.

Pertenece a varios pueblos esta fábrica, que el Duerna rige y que

sólo en invierno trabaja; las mujeres, que esperan en riguroso turno,

platican con igual lentitud que el molino funciona. De vez en cuando

una se levanta, llena la tolva de cibera, suspira y vuelve a sentarse.

A poco avisa la citola que la rueda se ha parado; hay que esperar que

represe el agua.

Cuando llega Florinda a pedir turno, algo confusa de su inexperiencia,

la reciben afablemente, la hacen sitio en un escaño, y en voz baja

mencionan la familia de la joven:

—¡Quien la vió y quien la ve! ¿Noverdá?

—Sí; ¡con la arrufadía que gastaron!

—Era gente de mucha tramontana...

—¡Como tuvieron los haberes a rodo!...

—¡Y es bellida la moza!

La cual vió con gusto presentarse a Maricruz, que al regreso de

Piedralbina entraba a pedir un poco de agua y a buscar compañía, si la

hubiese, para volver a Valdecruces.

—Pues en la sotabasa—le dijeron—tienes colmado un cantarico; y aquí

está la de Salvadores.

Bebió Maricruz, sonrió a su vecina y sentóse a esperarla.

—¿Qué hora será?—pregunta una mujer.

Otra responde:

—Sin la ruta del sol no es fácil conocerlo.

Y a la recién llegada le parece que habrán dado las tres.

—¡Corre mucho frío!—le dicen.

—Abondo, y cercea.

—Pos la nieve es segura.

—Sí; hogaño la tenemos antes de Navidá.

—Ya de madrugada hubo pinganillos en los alares.

—Pronto crece el Duerna y tenemos que abrir el fortacán para moler.

Una moza de Piedralbina anuncia sonriente que las fiestas de año nuevo

van a estar muy preciosas. Y se discute la propiedad con que ese día

los pastores se disfrazan de mujeres para hacer gala de resistencia y

caracterizarse bien de valerosos. Así vestidos se denominan _xiepas_;

bailan en zancos sobre la nieve, cantan y piden aguinaldos en extrañas

procesiones nocturnas, que iluminan con «mechones» y adornan con

tirsos, como los gentiles en las orgías de Baco...

Poco después, logrado por _Mariflor_ su cestillo de harina, salen de la

aceña las zagalas de Valdecruces.

—Aguantai—les dijeron—, que no os alcance la nieve.

Y ya los primeros copos se cuajaban en el aire.

Quiso Maricruz entretener el camino en amistosa conversación y

mostrarse gentil con la niña ciudadana. Dijo que venía de pagar la

«avenencia» del médico, y preguntó si era verdad que las de Salvadores

esperaban al tío Isidoro.

—Paez que trae un amago de cáncere—compadeció.

—No sé—dice vagamente Florinda, observando con admiración a su

compañera—. Es una moza rubia y dulce; siempre que habla sonríe; tiene

seguro el paso, tranquilo el acento, apacibles los ojos, y la boda

apalabrada con un hijo de Tirso Paz.

El agua de la presa ondula al viento, con profundos sones; el pastor se

ha cobijado, y las nubes, cargadas de cellisca, borran las líneas del

paisaje.

—¡Buena noche se nuncia para el vuestro filandón!—prorrumpe sonriendo

Maricruz.

—No irá gente, si nieva.

—Más de gana, mujer, que habéis un establo bien mullido y anchuroso.

¿Dais entrada a la tía Gertrudis?

—Si va...

—Porque endecha unas historias de guerreros y marinos, que da gusto

oyirlas. Ella anduvo en su mocedad por las playas y conoció a maragatos

de mucho enseño, aquistadores que allende fincaron ciudades y ganaron a

pote.

—Pero, ¿los hubo?

—Ya lo creo, rapaza.

—Me lo dicen; lo he leído...

—¿Y lo dudas?

—A veces, sí.

—No conoces bien a estos paisanos; cuando te hagas estadiza entre

nosotros, ¡ya verás!

—Veo mucha pobreza; las mujeres aquí abandonadas a sus fatigas, los

hombres ausentes, duros.

—¿Duros?... No te entiendo... Valdecruces es una aldea ruín; pero

Maragatería es muy grande y tiene pueblos ricos y casas a la moda. Por

ahí fuera, los maragatos que hicieron fortuna y recibieron estudios,

son agora señorones de mucha fama.

—Ya, ya...

Es tan incrédulo el mohín de Florinda, que Maricruz, despierto su

estímulo regional, prosigue con algún calor:

—Hay libros que ponen muchas cosas valientes de los maragatos; la

maestra de Piedralbina se los hace leyer a todas las rapazas.

—Yo no digo mal de estos hombres, que de aquí es mi padre.

—Y tus agüelos,

—¡Claro! Digo de las costumbres, de la rudeza del país. ¡Es tan

triste!... Y en los hombres parece que se nota más.

—Los que no aprenden finuras serán como dices tú; pero más cabales

para el trabajo y la honradez no los encuentras; si dan una palabra la

cumplen, sostienen su familia al tanto de lo que ganan, y el que engañe

a la mujer se deshonra para inseculá... ¡Nunca acontece!

_Mariflor_ lanza un débil suspiro, y su amiga, creyéndola conforme con

el ardoroso discurso que acaba de pronunciar, se engríe y continúa:

—Tamién hay maragatos que trovan en la política y escriben en los

papeles. Háilos militares de mucha ufaneza, clérigos de mucha santidá...

—Ya lo sé.

—En cuanto los acrianzan fuera de aquí sirven para todo como el

primero: y aun los pastores más esfarrapaos tienen barrunta para

medrar, si a mano viene.

Ahora Florinda sonríe a pesar suyo.

—Sí, mujer; acuérdate de aquel rapaz de Iruela que aballadaba ganados

al pie del Teleno. Comiéronle los lobos una res y el pobretico,

temiendo al amo, alejóse por la Sanabria alante. Conque llegó perdido

a Extremadura y por causa de una revolución le echaron para Portugal;

entodavía de allí le desterraron a Ingalaterra, y sin saber la fabla

ni conocer a nadie, entró de sirviente en una relojería: aprendió el

oficio y ya no hubo en todo el orbe otro relojero más famado.

—Sí, ese era Losada: conozco la historia. Cuando vino a su tierra

después de mucho tiempo, dejó un reloj muy grande en Madrid, regalado

para un edificio de la Puerta del Sol.

—¿Véslo?... Pues otros pastores de Santa Catalina, parientes de mi

abuela, bajaban con las merinas a Badajoz todos los años, a invernar en

los jarales de un duque al cual nombran del Alba. Ello fué que labrando

la tierra baldía junto al chozo, halláronla fecunda, y cada invierno,

cuando iban ende con los ganados trashumantes, labraban otro poquitín,

hasta que el señor duque les dió permiso para fincar entre sus aradas

dos pueblos, los Antrines, el de arriba y el de embajo... ¿Sabíaslo?

—Eso no.

Sonríe triunfante Maricruz y pisa con firme orgullo en el yerto camino.

Florinda, para corresponder a la locuacidad de su compañera, murmura:

—Tú pareces muy feliz... ¿Cuándo te casas?

—Neste invierno: aún no está adiada la boda—responde con rubor—. Y

tú para las Navidades ¿eh? Llevas un mozo de mucha hombría... ¡Pa que

veas que hay gente de prez nestas planuras de León!

Achacando a modestia el silencio de Florinda, no insiste la moza en

este punto, y da otro giro a la plática.

—¡Cómo sona la nube!

—¡Sí!

Ambas jóvenes se detienen un instante a escuchar la furente carrera

de los vientos y a medir con tranquila expectación la preñada negrura

del nublado. Una y otra, por distintas causas, permanecen serenas: ni

a Maricruz le asusta el temporal, por conocerle mucho, ni le halla

_Mariflor_ bastante recio para aturdirse en él. Va pensando que su

alma está más sombría que los cielos, y buscan sus ojos con ansiedad

una huella de la semilla de amor arrojada en la llanura poco antes.

Pero ya las ráfagas tempestuosas verberaron con ímpetu en el suelo, y

al borde del estremecido arroyo no parece rastro ninguno de la siembra

sentimental.

Y cuando, alucinada, se inclina _Mariflor_ para coger, como una

reliquia, algo blanco y menudo que rueda por allí, levanta un copo de

nieve donde creyó recuperar el adorado fragmento de una carta: en la

ardorosa mano se deshace al punto la vedija glacial...

—¿Qué te sucede?—pregunta Maricruz, viendo palidecer a su amiga—.

¿Tienes miedo?

—No.

El ronco arrullo y el trastornado semblante con que responde, preocupan

a Maricruz. Una impresión extraña y dolorosa turba su silvestre

espíritu. Se enlaza con blandura al brazo de su compañera y dice,

conmovida, sin saber por qué:

—¿Sigue Marinela mejor?

—Está lo mismo.

—¿Aún dormís a la santimperie?

—Ya no; mi tía se opone desde que empezó el mal tiempo.

—¡Pobre pitusa!... ¡Y agora, si viene su padre tamién comalido!

—¡No sé si vendrá!...

—Ansí dicen que la tía Gertrudis os malface: ¿oístelo?

_Mariflor_ se había serenado un poco.

—Eso es mentira—protestó.

—Yo nunca lo creí: ni es bruja ni prodigiadora... Será, si acaso,

conjurante.

—Es una triste vieja como las demás.

—Y mejor: sabe fervorines, cantares y medicinas, que te pasmas. Con

tomillín de un cantero de la huerta y otro yerbato dulce, me curó a mí

antaño la ronquez.

—Dicen que está muy sola y muy necesitada.

—Sí; la malfamaron y poco se la ayuda, aunque la juventud no cree, ya,

en los hechizos: son cosas de rapaces y de viejas...

Apretó a nevar: las muchachas, muy juntas y diligentes, seguían la

margen del arroyo, fiel rumbo hacia Valdecruces en la espesa cerrazón

del horizonte. Ya estaba lejos el cauce del molino, y Maricruz, guiada

por su experiencia campesina, anunció alegre:

—Pronto llegamos.

Mas al punto refrenó el paso, prestó oído y añadió pesarosa:

—¡Ay!... ¡Se ha muerto la tía Mariana!

—Sí; tocan a difunto—dice Florinda escuchando—, ¿pero cómo sabes que

es por ella?

—Fíjate en las posas: una... dos... Si hubiera muerto un hombre serían

tres.

—¡Ah!

—También el tío _Chosco_ anda malico.

—¡Pues mira que si se muere el enterrador!

—Hereda el puesto el sacristán.

—Y esa tía Mariana, ¿era muy vieja?

—Sí, mujer: abuela de Facunda por parte de madre.

—¿Y abuela de tu novio?

—Velaí.

—Vamos a rezar por su alma.

Un devoto murmullo acarició los compungidos semblantes de las mozas,

que llegaban a Valdecruces cuando ya, en precoz anochecer, moría la

tarde, malherida de la nieve.

* * * * *

Iba _Mariflor_ tan penetrada por el soplo de la tragedia, que no

experimentó grande inquietud al oir en su casa llantos y quejidos.

Supuso llegada la hora de que la Humanidad, lo mismo que la Naturaleza,

estallase en lamentos. Y las razones de esta lógica explosiva quedaron

atravesadas por una voz lamentable que decía en la sombra del

_estradín_:

—¡Ay, cómo tardabas!... ¿No sabes que Pedro va a partir y que mi padre

viene a morirse?

Florinda no supo qué responder, y Marinela, deteniéndola aún por el

brazo, añadió con angustia:

—Madre dice que nosotras somos harto pobres para socorrer a un

enfermo, y que la abuela ya no tiene casa ni haberes para aconchegar a

su hijo; además, no quiere que mi hermano marche; llora por él clamando

que se le rebatan, que se le quitan: la abuela gime y Olalla paez muda.

—Pero, ¿quién ha escrito?

—Tu padre.

—¿A mí?

—No: a la abuela.

—¡A mí ya no me escribe!

—¡Mujer, la carta pone para ti tantas de cosas!

Dentro se habían apaciguado un poco las lamentaciones, y _Mariflor_

siguió escuchando a su prima.

—Verás: dice la esquela que unos maragatos ricos pagan estos viajes

que te cuento. Mi padre llegará para la Pascua y el rapaz tiene que

salir a primeros de mes con un paisano de Santa Coloma—. Suspiró con

ansia la niña y lamentóse—: ¡Ay, Dios, ya estoy más sediente que

nunca, con un jibro en el pecho y un acor en el alma!

—Pues hay que tener ánimos—murmuró Florinda maquinalmente.

—Yo no sirvo para este mundo... ¡Si pudiese entrar en el convento!

En aquel instante llegaban los niños de la escuela sacudiéndose la

nieve y extendiendo las manos en la oscuridad, con rumbo a la cocina,

donde antes resonaron los lloros. Detrás de los rapaces entraron las

muchachas.

Ardía en el llar un fuego mortecino y temblaba sobre la mesa la luz

del candil. En viendo Ramona a su hijo mayor, lanzóse a él con ademán

salvaje y comenzó a gritar como si le prestaran sus aullidos todos los

animales maltratados y moribundos:

—¡Ay fiyuelo, quédome sin tigo!... ¡Te parí de mis entrañas, te

pujé en mis brazos y trabajé para ti como una sierva!... Agora que me

conoces y me quieres, te me quitan... ¡Ay, pituso, non te veré más!...

¡Los mares y los hombres te rebatan!...

Parecían mordiscos, por lo hambrientos, los besos de la madre; lloraba

toda la familia, y el zagal, asustado, apenas supo decir:

—¡Volveré pronto!

—Volverás muriente como tu padre, y yo estaré tocha y ceganitas como

tu abuela, sin nido ni cubil pa tu resguardo; lo mesmo que esa pobre:

¡mira!

Y conteniendo la explosión de su piedad en el acento ronco y firme,

Ramona empujó a su hijo hasta la anciana.

Acogióle ella entre sus brazos doblándose, en el sitial, para

recibirle, con tan acongojada pesadumbre, como si del viejo corazón

exprimido cayese en aquel instante la última gota de ternura.

También Carmen y Tomasín se refugiaron, ronceros y llorones, en

aquella caricia. Estalló un sollozo en el pecho de Olalla, y el triste

concierto de ayes y suspiros volvió a levantar sus desconsoladas notas

en la escena. Ramona, con los ojos fijos en el grupo que formaban los

rapaces y la tía Dolores, fué serenándose hasta sentir un repentino

bienestar que sin saber cómo se le subió a los labios en una dulce

palabra.

—¡Madre!—dijo.

Nadie respondía. Las muchachas creyeron que hablaba sola. Pero ella

avanzó resueltamente desde el sitio donde había quedado en pie. Su

larga sombra ganó el techo y llenó la cocina de gigantes perfiles.

—¡Madre!—iba diciendo—. En los últimos años, endurecido su áspero

carácter por el infortunio, huyó arisca de pronunciar esta suave

palabra.

—¡Madre!—repitió—; ¿no me oye?

Y puso las manos con inusitada blandura en los débiles hombros de la

vieja.

—¡Ah!... ¿Me llamaste a mí?

—¡Claro! Mire: con llorar, el solevanto que nos acude non se desface y

atribulamos a estas criaturas.

—¿Qué quieres, hija?

—Que no llore: es menester que Sidoro la halle moza.

—¿Pos no dijiste?...

—Era por decir: usté entodavía tiene salud y casa pa recoger a su hijo.

—¡Ah!... ¿Consientes?...

—¿Soy acaso una hereja?... ¿Se iba a quedar el pobre en medio de la

rúa?... Pujaremos por él como cristianas.

—Mujer, ¡Dios te lo pague!

—Sí—murmuró Ramona, abrazando otra vez a Pedro—. ¡Dios me lo pagará

cuando vuelva éste!...

Temblaba Marinela apoyándose en su prima, y las dos, lo mismo que

Olalla, se animaron con aquellas últimas frases.

—Andaí—ordenó Ramona, alcanzándolas, con un gesto impaciente—. Van a

venir las del filandón y no hay que poner las caras acontecidas. Mañana

hablaremos al señor cura.

—Denantes—pronunció Marinela aprovechando una cordialidad tan

expresiva y rara—vide a la tía Gertrudis, y me dijo...

—¿Onde la viste, rutiando por aquí?—interrumpió desabrida la madre.

—Pasaba sobrazando un atiello de coscoja: ¡casi no podía con él!

—Bueno; ¿y qué te dijo?

—Que esta noche vendría al filandón, porque en la so cabaña no tiene

luz para hilar... Yo no me atreví a decirle que no viniera; ¡como don

Miguel manda que se la estime!...

—Pos... ¡que entre!—concedió Ramona vacilante, mirando a Pedro con

oscura inquietud—. Y agora, las cuchares y el pote: a cenar, pa que

estos críos se acuchen.

Las pálidas figuras del cuadro se movieron sin ruido, y rodó solitario

en la estancia el son de la esquila parroquial, que aún contaba las

fúnebres posas...

[Illustration]

[Illustration]

XXIII

PAÑO DE LÁGRIMAS

—¡AYMÉ!

—¿Qué le pasa, tía Gertrudis?

—Estoy cansosa, niña.

—¿Y no va a decir aquella relación?

—¿La de la locecica?

—Esa.

—En cuanto repose; todo el día anduve por ribas y cuestos atropando

carrasca antes que cerrase la nieve; y atollecí.

—En l’intre—propuso entonces Maricruz—jugaremos a los acertijos,

¿queréis?

Mozas y viejos aceptaron. Una ligera curiosidad alzó los ojos y animó

los semblantes.

Tenía lugar el clásico «filandón» en la espaciosa cuadra que antaño

albergó las «llocidas» reses de la tía Dolores: un mantillo de bálago,

a modo de tapiz, prestaba calor y blandura al renegrido suelo, y un

candil de petróleo, cebado a escote, daba, pendiente de una viga, más

tufo que luz.

Toda labor de mujer tenía allí su escuela y ejercicio: hilaban, por lo

común, las más viejas; «calcetaban» y cosían algunas, tejían otras a

ganchillo refajos y gorros infantiles. La tertulia, que se acomodaba

por turno en los establos mejores de la aldea, en el santo suelo y

entre el vaho de los animales, solía terminar cristianamente con el

rezo del rosario. Pero antes se narraban historias, se proponían

adivinanzas y hasta se dejaba correr sobre ruecas y agujas algún

airecillo picante de murmuración.

Aunque la cuadra de este pobre lar, venido tan a menos, aloja hogaño

muy pocas reses, disfruta por céntrica y espaciosa las preferencias de

Valdecruces, y esta noche la invade un buen número de tertulianas, sin

más compañía de varón que la del tío Rosendín, el viejo sacristán. Allí

parecen también sus hijas Felipa y Rosenda; las nietas del tío Fabián,

con su madre; Ascensión con la suya; Maricruz Alonso y sus hermanas,

las de Crespo, la _Chosca_ y otra porción de mujeres de distintas

edades y parecidas condiciones.

Mientras fueron llegando, hablóse del temporal, haciendo memoria del

último, que cubrió las casas con _trousas_ formidables, verdaderos

montes de nieve. Felipa dijo que a prevención tenía muchos _fuyacos_

para alimentar a las ovejas, y el tío Rosendín profetizaba que aunque

arreciase el mal tiempo, aún se podían aprovechar los piornos para

el ganado durante una quincena. Las de Salvadores preguntaron con

mucho interés por el tío _Chosco_, que, según el sacristán, «iba ya

mejorcico». Se comentó en seguida el fallecimiento de la tía Mariana,

lamentando que las de Paz no asistiesen al «filandón».—Velarán el

cadáver de su agüela—opinaron algunas mujeres—. Y otras dijeron

compasivas:—¡Biendichosa!...

Pero ya juntas las que esta noche se reúnen, piden los acertijos, y la

misma iniciadora lanza el primero:

«Enas iglesias estoy

entre ferranchos metida,

cuándo allende, cuándo aquende,

cuándo muerta, cuándo viva...»

—¡La lámpara!—dice riendo el sacristán.

—¡Usté no vale!—protesta Maricruz.

En aquel momento Florinda le pregunta con sigilo:

—¿Cómo no fuiste al velatorio?

—No acuden mozas cuando fallece una vieja—responde—. Fué mi madre.

La Esfinge Maragata: Novela · 第 20 / 21 段