Ascensión dice que no se sabe a punto fijo, porque en los libros
parroquiales sólo consta que «nació el día que se amojonó _Fumiyelamo_».
—No había yo nacido—apunta la tía Dolores, muy despierta y con cierto
orgullo.
Y el tío Rosendín, sonriendo malicioso, coloca otra adivinanza:
«¿Qué cosa yía
la que no has visto nin vi
que no tien color ni olor,
pero mucho gusto sí?»
Un aire de perplejidad inmoviliza al auditorio. El anciano detiene el
gesto de una contemporánea suya que intenta responder.
—¡Que acierten las mozas!
—¡El agua!—prorrumpe una voz juvenil.
—¡Avemaría!... ¡Tien que ser una cosa que nunca hayas visto!
Crece la incertidumbre y se suspenden las labores. Después de algunas
respuestas disparatadas, el sacristán dice triunfante:
—¡El beso!
—¡Josús!—pronuncian las zagalas, ruborosas.
Todos ríen, y el viejo, embaído, añade en seguida:
«Blanco fué mi nacimiento,
verde lluego mi niñez,
mi mocedade encarnada,
negra mi curta vejez.»
—¡La mora! ¡La mora!—repiten alegres las muchachas. Y como ya suponen
que la tía Gertrudis ha descansado, solicitan otra vez la prometida
narración.
Mientras la anciana sacude un poco su pensamiento, se oye al aire gemir
y a las ruecas zumbar: algún suspiro acaricia los copos blancos de las
hilanderas.
—Erase—principió la narradora—una noche muy triste, hace ya cuántos
siglos. Por el mar que le llaman de la muerte, cerca de La Coruña,
navegaba un lembo gobernado por el turco más temido nestas historias
de piratas. Con él iba prisionera una pobre doncellica que el capitán
robó en un castillo principal. Era hija de un señor de salva, tan
hermosa y fina como las febras del oro. Quería el turco esconder a la
moza tierra adentro, y esperaba un señal, una locecica de algunos de
sus piratas que por la riba aquende le buscaban cobil, pero en toda
la ledanía de los mares no pareció ninguna luz... Conque navegaba la
embarcación roncera, en calmería de viento, apocado el velaje y cansos
los marinos, cuando va y luce una flama en una torre que le decían la
Torre del Espejo y se encendía en las noches oscuras para las naos que
llegasen de paz. Dió un brinco el pirata cabe la moza, tomando por seña
de su gente la lumbre del fogaril. Y la infelice doncella clamó al Dios
de los cristianos, que era el suyo, pidiéndole que le sacase de aquella
amaritud...
Hace una pausa la tía Gertrudis para recordar las frases conmovedoras
de la cautiva, y aunque la misma leyenda se ha repetido muchas veces en
los «filandones», un devoto silencio la circuye ahora, y un aroma de
mar y de aventura la engrandece y ensalza entre sutiles asombros: la
evocación de ese otro llano, inmenso y libre, desconocido y atrayente,
se presenta en los labios de la anciana con imágenes desoladoras, en
que una mujer sufre cautiverio. Y las maragatas sienten batir contra
sus corazones las olas de aquel mar lejano que les lleva los padres,
los hijos y los esposos, fascinándoles con su prometedora anchura, para
engañarles al fin y cautivar la ilusión de infinitas mujeres.
También para Florinda la llanura amiga de su niñez suena ronca y
extraña en los acentos pavorosos de la tía Gertrudis. Todas las
ilusiones de la moza naufragaron en la amada ribera, y el recuerdo de
su bien perdido se le ofrece como una pálida visión de naves que huyen
y de espumas que gimen: apenas si el perfil de un marino se agita en
estas membranzas como símbolo del primer sueño de amor que la muchacha
tuvo. Por un instante se sorprende ella al caer desde la nube de sus
evocaciones al fondo del establo donde la tertulia aguarda a que se
termine el cuento. Mira absorta a su alrededor y le parece que Marinela
está muy descolorida y que Ramona oculta mal su incertidumbre.
Pero ya la anciana sigue el relato:
—...Y en esto que partían el ánima las voces de la inocente, los
mareantes de la embarcación dieron en complañirse y maldecir del
capitán...
Un estrépito medroso dejó rota la leyenda y en angustia las atenciones.
—¿Fué tronido?—balbuce una voz.
Y al mismo tiempo Marinela se dobla desmayada encima de su madre.
Recíbela Ramona con un ¡ay! tan brusco, que parece un bramido de su
corazón. Deslizando hasta el suelo el cuerpo inerte de la niña, se
arrastra, súbita y fiera, y sacude a la tía Gertrudis por los brazos en
una cruel explosión de frenesí.
—¡Conjúrala, conjúrala agora mismo—dice tuteándola con
menosprecio—bruja de Lucifer!
—¿Yo?... ¿Yo?...
—¡Tú, tú, sortera!
—Yo non sé conjurar. ¡Soy cristiana y nunca tuve poder con el diañe!
La voz senil plañía con menos asombro que amargura; aparecía en todos
los semblantes la congoja del pánico, y sólo Florinda se acordaba de
aflojar el corpiño a Marinela.
—¡Traed vinagre para los pulsos!—pidió vivamente.
Olalla, levantándose indecisa, declaró:
—¡Tengo miedo d’ir sola!
Después de algunas vacilaciones y consultas, encendió un cabo de vela
en el candil y dirigióse con Maricruz hacia el postigo medianero de la
cocina. Pero, sin alcanzarle, se volvió espantada:
—¡Sonan pasos!
—Es el viento y la truena—dijo Maricruz más valiente.
Y apremiaba Florinda:
—¡Pronto, pronto!
Ramona, que no había soltado a la tía Gertrudis, trocó de improviso en
súplicas sus delirantes voces:
—¡Por Dios me la conjure!... ¡Por Nuestra Señora la Blanca!... Daréle
a usted cuanto me pida; mire que va a morir. ¡Aguante, por la Virgen!
La vieja parecía no escucharla, murmurando llorosa:
—¡Al cabo los años que non fice mal nenguno, me temen los vecinos como
los rapaces al papón!...
Unos brazos nerviosos la levantaron de repente, y de un salto la posó
Ramona junto a la enferma, ya reclinada en el regazo de Florinda:
—¡Dele remedio!... ¡Aplíquele talismán!—gimió de hinojos la madre,
con las manos en cruz.
—¡Si non gasto sorterías, mujer!
Alguien aconsejaba:
—¡Dígale mas que sea una oración!
—¿Tién fístola?
—No lo sabemos...
La tía Gertrudis acercó sus cansadas pupilas al semblante de Marinela,
húmedo y descolorido como si estuviese lavado por los últimos sudores:
había sido inútil la aplicación del vinagre en las sienes y en los
pulsos.
Suspiró compasiva la anciana y recogióse un momento en solemne actitud
mientras aguardaban todos con ansiedad. De pronto comenzó a decir:
—«En el nombre del Padre, e del Hijo e del Espíritu Santo: tres
ángeles iban por un camino; encontraron con Nuestro Señor Jesucristo.
¿Dónde vais acá los tres ángeles? Acá vamos al monte Olivete y yerbas e
yungüentos catar para nuestras cuitas e plagas sanar: los tres ángeles
allá iredes; por aquí vendredes; pleito homenaje me faredes, que por
estas palabras precio non llevaredes esceto aceite de olivas e lana
sebosa de ovejas vivas... Conjúrote, plaga o llaga, que no endurezcas
ni libidinezcas por agua ni por viento ni por otro mal tiempo, que
ansí hizo la lanzada que dió Longinos a Nuestro Señor Jesucristo, ni
endureció ni beneció...»
Abrió los ojos Marinela, tan asombrados y tristes como si girasen ya
tocados por la muerte. Una impresión de maravilla inmovilizó a la
tertulia, y Ramona, febril fluctuando entre el odio y la gratitud,
preguntó a la vieja con ensordecido acento:
—¿Está ya liberada?
—¿De quién?
—Del diablo.
—Non tornes con embaucos, criatura, que paeces una orate: yo dije la
oración porque está bendita y es buena pa sanar si Dios la acoge. Agora
hay que levar aspacín a la rapaza, aconchegarla bien caliente y darle
un buen fervido. ¿Oyísteis?...
Bajo las dulces manos de Florinda iba Marinela recobrando el calor y el
pensamiento...
Aún permanece en mitad de la sala el lecho de la niña. Le comparte
la enfermera, abandonando, por difíciles de cumplir, las órdenes del
médico.
Ya _Mariflor_ no tiene bríos para cuidar a su prima en lucha con la
miseria y la ignorancia a todas horas; pero allí está vigilante junto a
ella, luego de haber tranquilizado a la familia.
Cuando ya la tempestad hubo cesado, abrió los postigos del balcón
para asistirse con la claridad de la noche: la luna, baja y fría,
reverberante sobre la nieve, iluminaba a Valdecruces con fantástica luz.
—¡Agua!—pedía ansiosa Marinela, y después con las manos en la
garganta, se dolía:
—¡Tengo un ñudo aquí!
Nerviosa y balbuciente hablaba del convento: sentía correr el agua del
jardín por los claustros, y le mareaba el olor penetrante de las flores.
—¿Quieres una?—murmuró—. Son para la Virgen... pero te daré esta
purpurina... ¿Oyes los cánticos?... Caen en acordanza... Atiende:
Yo soy una mujer, nací pequeña
y por dote me dieron
la dulcísima carga dolorosa
de un corazón inmenso...
¡Esa es la voz de la madre Rosario!... Tengo miedo a la luna... ¡mira
qué cara pone!... Vamos a laudar a Dios también nosotras; canta conmigo.
Y con tonos de diferentes canciones compuso una muy extraña, cuyo
estribillo se empeñaba en repetir:
Yo soy una mujer, nací pequeña...
El acento exaltado de la cantora resonó tristísimo en la estancia, y
_Mariflor_, saturándose de recuerdos y pesadumbres, logró persuadirla
de que no era religioso aquel cantar:
—Acuérdate que le trajo la farandulera.
—¡Ah, sí, sí...; una que tenía el corazón roto como yo!... Ven...
¡escucha!
Y ciñéndole a su prima los brazos al cuello, Marinela suspiró:
—¿Tienes escondido algún romance?
—No, mujer, ninguno.
—Pues oye mi secreto...
Yo tengo un corazón...
Esto no te lo digo a ti; se lo digo a Dios, ¡a Ése!
Volvióse la niña hacia la Cruz, alzada en el muro con la doliente
imagen del Señor, y quiso rezar; pero su entendimiento, obsesionado,
sólo conseguía dar forma a las endechas de la figuranta; y como
una ráfaga de lucidez alumbrase la disparatada oración, Marinela,
acusándose de herejía, acabó por llorar rostro a la Cruz.
Blanco de aquella lucha, la sagrada efigie atrajo también las miradas
de Florinda, que las estuvo meciendo desde el dolor humano hasta el
dolor divino, con fuertes emociones de piedad. Cerrando los ojos para
mirarse la alterada conciencia, imaginó que volvía a henchírsele
de lágrimas el pecho como en los días en que su desgracia era toda
compasión y ternura: creyó juntar su llanto con el de la enferma y
le pareció que sentía levantarse en su alma el infinito poder del
sacrificio, libre ya de egoístas propósitos, santo y puro, a humilde
semejanza del que probó Jesús agonizante.
Pero cuando un gemido la hizo recordar, halló sus párpados enjutos y
rebeldes sus pensamientos: ¡sin duda había soñado!...
Marinela, otra vez delirante, musitó:
—¡Mira qué volada echó aquella estrellica!... ¿a ver si aflama el
cielo?... Agora la planura es un mar de nieve...
Tuvo después miedo al gato que maullaba, y estremecióse con los toques
del reloj. Al amanecer, un perro lastimoso la hizo gritar de espanto,
un perro que gañía desesperadamente.
También se alarmó Florinda con los aullidos lúgubres, pero sin
manifestarlo; puso mucha persuasión en sus palabras tranquilizadoras,
consiguiendo al fin que se durmiese la niña.
Entonces el frío y el cansancio la inmovilizaron, envuelta en un
chal junto a los cristales: otra vez cerró los ojos abismándose en
desconsoladas meditaciones. Ya estaba allí el cano invierno con su
amenaza de pesadumbres: los lobos a la puerta, el hogar miserable,
dolientes un padre y una hija, cerrados los caminos, yertas las
esperanzas.
Poco a poco fué rodando la cabeza de _Mariflor_ hasta quedar vencida
sobre el pecho y apoyada en los vidrios. Oía la moza llorar, llorar
mucho a la abuela, a las primas y a los rapaces: una voz, triste y
oscura, clamaba también, entre condolida y furiosa. _Mariflor_ quiso
levantarse para saber el motivo de los llantos aquellos; pero la
detuvo un aire de tempestad que soplaba desde sombría nube. ¿Volvían
los huracanes de la nevasca?... ¡Ah, no!; este viento y esta sombra
eran pliegues alborotados en el manteo de un cura. Don Miguel llegaba
agitadísimo:—¿Oyes llorar?—preguntó—. ¿Quieres tú ser el paño de
todas esas lágrimas?... ¿Di?... ¿quieres?—. Iba la moza a responder y,
como antes Marinela en su delirio, sólo acertó a balbucir el romance de
la comedianta:
En este corazón, todo llanuras
y bosques y desiertos,
ha nacido un amor...
Por suerte, la desatinada respuesta quedó ahogada en unos gañidos
resonantes que despertaron a Florinda.
—¡Otra vez el perro!—murmuró anhelosa. Y aún dominada por la
pesadilla reciente, llevóse las manos al rostro que sentía húmedo:
¿habría llorado?...
La blancura del paisaje llamó a las ensoñadas pupilas, que al punto se
nublaron de lástima: todo el bando de palomas, hambriento y alicaído,
esperaba en el carasol, y el gesto de la muchacha, al sorprenderle,
inició un arrullo largo y hondo, humilde como el de los niños cuando
piden una caridad por el amor de Dios...
* * * * *
Cerca de dos meses guardó en su bolsillo don Miguel una carta de
Rogelio Terán. Solía decirse todas las mañanas: «Hoy se la enseñaré a
_Mariflor_». Y luego sentía una piedad inmensa por aquella esperanza
muda que a veces resurgía en los labios de la moza.
Ultimamente la pobre enamorada había cambiado mucho. Aparte de aquel
fuego sombrío de sus pupilas y algunos éxtasis profundos que iban a
sorprenderla cuando menos lo esperaba, fué envolviéndola un abatimiento
implacable y empujándola al fatalismo un cansancio lleno de trágicas
inquietudes.
Y al verla hundirse en el infortunio, dudaba el sacerdote si la lectura
de aquella carta cruel sería un cable salvador tendido por el desengaño
a las últimas energías de la infeliz, o un golpe definitivo para
quebrantárselas sin remedio.
Esta duda acomete a don Miguel una vez más cuando se dirige hoy a
casa de la tía Dolores. Le acaban de decir que Marinela ha sufrido
la víspera un grave desmayo, y aunque los detalles del suceso le
escandalizan un poco, acude a consolar en lo posible las cuitas de
aquella gente.
En el portal encontró a Olalla, que le dijo:
—Voy por el médico.
—¿Tan mal sigue la enferma para que te arriesgues así?
—No está el día tempestuoso como ayer.
—Pero los caminos se han borrado.
—Acertaré por la lindera del regajal.
—Aguarda, al menos, que yo suba, y si es preciso buscaremos quien te
acompañe.
Apareció Ramona, que bajo la mirada severa del sacerdote abatía la suya
enrojeciendo.
—De modo—pronunció don Miguel—¿que es imposible curarte de la
superstición?... ¡No esperaba yo eso de ti!
Ella, sin defenderse, comenzó temblorosa a relatar las noticias de
América: el esposo tornaba moribundo y el hijo había de partir agora
mesmo.
—En l’intre—añadió sollozante—peyora la zagala... y yo dejo la
cordura no sé onde.
—¡Vaya, vaya por Dios!—compadece el párroco.
Y suben todos detrás de él, mientras Ramona va diciendo:
—Anoche la coitada non quiso junto a sí más que a la prima, y hubimos
de acostarnos. Yo acodí madruguera y las hallé a las dos adormentadas:
andamos a modín pa non las recordar.
—Pues mira tú si duermen.
Asomó la mujer en la salita y volvióse al punto con un gesto negativo.
—Pase, pase.
Don Miguel halló a Marinela con los ojos febriles clavados en la Cruz
y a Florinda con los suyos vueltos al carasol. Ambas se estremecen al
sentir pasos en la estancia y, luego de saludar al sacerdote. Marinela,
descubriendo las palomas, prorrumpe:
—Vélas, vélas ende... Las pobreticas no encuentran onde pacer: andai
por una cachapada de cebo para echárselo aquí.
Apresúranse a obedecer los niños, y Florinda, presa de extraña emoción,
se enjuga los ojos murmurando:
—El hielo de los cristales me humedeció la cara... Dormí y creo que
soñé.
—¿Algo triste?—pregunta el sacerdote, reparando en la honda inquietud
de las palabras.
—¿Triste?... Era una cosa tremenda: usted venía a preguntarme... ¡ya
no me acuerdo!—balbuce sordamente.
Y de pronto don Miguel, con la precipitación de quien realiza un acto
contra su voluntad, busca en el bolsillo una carta y se la entrega a
Florinda:
—Entérate: ya hace tiempo que la recibí.
—¿Es de su padre?—dice Ramona.
—No.
Un silencio involuntario se establece, y aunque el cura trata de hablar
mientras la muchacha desdobla trémula el papel, sólo consigue que la
tía Dolores ensarte letanías a propósito del hijo viajero:
—¡Aymé! ¡Si en un santiguo le podiese yo recibir en mis brazos...
¿Arribará para la Pascua?... ¿Nevará en los mares tamién?... Voy
dejarle mi lecho, señor, y las frazadas mejores... Cuando quiera
hojecer la primavera ya estará en siguranza la curación, ¿noverdá?...
Había salido el sol, pálido y frío. Marinela, al borde de su cama
tendíase hacia él como si le pidiese una limosna de alegría: en
realidad, lo que deseaba era acercarse a _Mariflor_, en cuyas manos se
estremecía la carta de Rogelio.
Leía la muchacha en el foco de luz:
«Miguel, amigo mío: No el poeta ni el camarada, el penitente es quien
acude a ti. Cúlpame cuanto quieras; que me castiguen tus indignaciones,
si al fin me absuelve tu piedad. Yo te confieso contrito mi pecado de
inconstancia, mi estéril codicia de emociones, de ternuras y novedades.
Harto me duele esta triste condición: de todas mis culpas, soy, a
la par que el reo, la primera víctima... Tú bien conoces el corazón
humano y, aún mejor, conoces mi voluntad, donde toda flaqueza tiene
su asiento. Quise, fervorosamente, hacer feliz a _Mariflor_, sin
comprender que nunca, nunca lograré la felicidad, ni para mí ni para
nadie. Me engañó la fantasía; hoy reconozco la pequeñez de mi espíritu
que, enamorado de los sueños, se rinde cobardemente al afrontar
las realidades... Perdona mi error, tú, tan seguro, tan cabal, tan
heroico... Perdona también la tardanza de estos renglones que mi mano
te escribe mucho después que los dictase mi conciencia; luché antes de
escribirlos; vacilé y sufrí muchas veces con la pluma sobre el papel:
puedes creerlo. Y también que me falta valor para escribirle a «ella»:
dile que me perdone; que acaso nunca la olvide; que si fuese a buscarla
sería sin duda más culpable que apareciendo hoy a sus ojos como ingrato
y perjuro. Dile...»
—¿Viene en romance?—preguntó Marinela, impaciente por la prolongación
de la lectura.
Florinda volvió el rostro, blanco igual que un lirio. La rodeaban
los rapaces, y también Olalla se le iba aproximando; en el fondo de
la salita las dos mujeres cruzaban los brazos sobre el pecho. Ya la
enferma tenía entre las manos el cebo de las palomas. Quejóse de
«asperez» en la garganta, y tornó a preguntar:
—¿Viene en romance, di?
—No; ¡viene en prosa!
Vibró ardiente y sombría la respuesta. Aún quedaba por leer una parte
del pliego, mas, la lectora alzó los ojos, perdidos en una fugitiva
imagen, se pasó una mano por la frente, dobló la carta y, alargándosela
al cura, dijo:
—Puede usted escribirle a mi padre que me caso con Antonio.
Su voz era firme, firme también su actitud. Una ráfaga de tragedia, de
tragedia sin sollozos ni palabras, atravesó la salita y puso en todos
los pechos repentino estupor. Tras un silencio angustioso, preguntó el
sacerdote con grave solemnidad:
—Hija, ¿lo has pensado bien?
—Sí, señor—repuso ella, altivo el gesto y serena la mirada—. Y a mi
primo... usted hará la merced de darle en mi nombre el sí que estaba
esperando.
No dijo más. Volvióse hacia el carasol para abrir las vidrieras, tomó
el centeno en su delantal y todo el bando de palomas acudió a saciarse
en el regazo amigo, envolviendo la gentil figura con un manso rumor de
vuelos y de arrullos. La luz del sol, más fuerte al crecer la mañana,
rasgó las brumas y fingió una sonrisa en el duro semblante de la
estepa...
[Illustration]
[Illustration]
_ÍNDICE_
Páginas.
I. El sueño de la hermosura 5
II. _Mariflor_ 15
III. Dos caminos 25
IV. ¡Pueblos olvidados! 39
V. Valdecruces 55
VI. Realidad y fantasía 71
VII. Las siervas de la gleba 93
VIII. Las dudas de un apóstol 109
IX. ¡Salve, maragata! 121
X. El forastero 135
XI. La musa errante 149
XII. La rosa del corazón 165
XIII. Sol de justicia 183
XIV. Alma y tierra 203
XV. El mensaje de las palomas 223
XVI. La tragedia 247
XVII. Dolor de amor 261
XVIII. La heroica humildad 279
XIX. El castigo de los sueños 291
XX. Dulcinea labradora 301
XXI. Sierva te doy 313
XXII. Los martillos de las horas 325
XXIII. Paño de lágrimas 339
SE ACABÓ DE IMPRIMIR ESTA OBRA EN
MADRID, AÑO DE MCMXX, EN CASA DE
MIGUEL ALBERO. DECORACIÓN DE
ANTONIO MERLO Y ENRIQUE
VARELA DE SEIJAS
* * * * * *
NOTA DEL TRANSCRIPTOR:
—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.