—Según: hay que facerlo cuando están aquí los hombres, y en pasando

el día de agosto, ya marchan. Estamos a 13 y mañana es la boda; conque

tiene que premitirse bien aina.

Tocan la arada del _Gatiñal_, y trémula _Mariflor_, pregunta de repente:

—Dime, Olalla, dime; oye: ¿tú quieres a Antonio?

—¿El primo?

—Sí: ¿le quieres... con amor?

—¡Mujer!

—¡Contesta!

—No te entiendo.

—¿Te gustaría ser su esposa?

—Con mis padres no pactaron los suyos: ¡la elegida eres tú!

—Pero, ¿serías feliz si te eligiese?

Una súbita emoción encendió a Olalla el semblante: quizá en el reino

milagroso del entusiasmo brillaron para ella los únicos resplandores de

su vida.

Pasó como una ráfaga el dominio de aquella claridad, sobre la placidez

oscura de la moza, que se detuvo, miró a Florinda con los ojos vacíos

de ilusiones, y respondió solemne:

—Todos seríamos felices si tú le quisieras elegir.

* * * * *

Se deslizó clemente la tarde, según Olalla había previsto. La mansa

«bufina» de los llanos de León pasó amable por las mieses y aligeró

los bieldos en la era, con regocijo de las trilladoras.

Ligeras nubes tremolaron en el firmamento como nuncios de una pálida

noche, y antes de sonar la hora del reposo ya se dió por seguro que la

mocedad cenaría en el campo y dormiría «a la rasa», en cumplimiento de

su fiesta bucólica, celebrada siempre con las solemnidades de un rito.

Fueron llegando algunos hombres solteros y casados que, muy benévolos,

ayudaron con galante solicitud a las últimas faenas de la tarde.

Quién se entretuvo en rematar una parva, quién manejó las tornaderas

o las maromas del _calomón_, y hasta hubo arrestados varones que se

atrevieron a conducir desde la mies a la era descomunales carros de

«seis en pico»: reinó allí la fraternidad más apacible y acarició el

ventalle de los bieldos muchas dulces sonrisas de mujer.

El descanso fué alegre: sobre el respeto y el rubor con que las

maragatas trataban a los hombres, puso la anchura de los campos un

generoso perfume de libertad, que desentumeció un poco las almas

femeninas.

La cena, copiosa y rociada con abundante vino, acabó de infundir

cordiales sentimientos entre el concurso, sin quebrantar el humilde

_vos_ con que las mujeres hablaban a sus esposos.

Pareció a los maragatos forastera la niña ciudadana de Salvadores,

miráronla con escondida curiosidad, que fué creciendo al advertir el

mutismo de la moza, triste y pasiva, precisamente cuando el raro placer

de la confianza quería dar en Valdecruces su transitoria flor.

Murmuróse que la tristeza de Florinda había nacido con la ausencia de

un señor «escribiente», prendado de la rapaza en extraño suelo. Se

atribuyó también aquella visible pesadumbre a la situación económica de

la familia, presa en apuros que nunca se pudieron suponer.

Enlazados con las de Salvadores por vínculos de sangre y lazos de

antigua vecindad, todos en aquel día de expansión hubieran sentido

impulsos compasivos hacia los arruinados parientes, cuyas adversidades

tenían que ser más duras para la forastera, crecida en regalada

juventud.

Pero mediaba Tirso Paz, asegurando que la tía Dolores levantaría su

quebrantada hacienda cuando en el próximo diciembre se celebrase

la boda de sus nietos Antonio y _Mariflor_, ya que el novio estaba

conforme con servir de sostén al derrumbado hogar; su reciente viaje

parecía confirmarlo así. Decíase que había pactado con el señor cura

las bases de un arreglo definitivo en los asuntos de la abuela, y

que Tirso entraba como acreedor en aquel previo ajuste, aplazado

para realizarse a la par de la boda. Y estos rumores, tan propicios

al bienestar de la niña, se estrellaban contra su actitud visionaria

y doliente; no cabía en la espesura de aquellos espíritus la sutil

posibilidad de que _Mariflor_ rechazase un matrimonio que tales

beneficios reportaría a ella y a los suyos.—¿Estará picada de la bruja

como la otra rapaza?—se había dicho en Valdecruces más de una vez.

Ahora, en la fiesta, los hombres miran con respeto aquel rostro mudo y

ardiente, como ninguno esquivo; el soberano dolor que irradia, infunde

admiración por su penetrante claridad, desconocida en este país de

sombríos dolores.

Cuando la flauta y el tamboril acuden a completar el holgorio, nadie

insiste cerca de _Mariflor_ para que baile, y a la orilla se queda sola

y meditabunda, sin que la danza respete a ninguna otra mujer.

Allá van todas, lentas y obedientes, muchas sin ganas de bailar,

destrozados los cuerpos en la brega del campo, escondidas las almas

sabe Dios en qué recónditos pesares. Se han reunido en la era desde

las mieses, y el tamborilero recluta a las más rezagadas, como atrajo

a los hombres, mozos y viejos: danzan en caprichosos giros llenos de

gravedad y de pudor, cada maragato con dos o más mujeres, quizá porque

la emigración y la ausencia han convertido en uso una necesidad.

Cae la noche: alta y cumplida la luna, cela entre nubes el disco

rutilante y difunde su luz con recatados matices.

En una pausa del tamboril, rasga los aires el bárbaro cantar que un

mozo entona, sin gracia ni malicia:

«Si quieres tener femias

en tus rebaños,

un marón sólo dejes

de pocos años...

Si quieres que la casa

non se te queme,

limpia el sarro a la priula

todos los meses...»

Vibra alguna zapateta, acompañada del _ru-jú-jú_ potente, el céltico

grito, perpetuado al través de las generaciones españolas, y

languidecen cada vez más las cadencias del «corro» y la «entradilla»,

hasta que el baile se extingue y la gente se dispone a dormir.

Pocos bailadores desfilan camino de sus casas, y la mayoría del

concurso busca reposo en la era, ancha y mullida como enorme lecho

nupcial.

Si en él duermen las hijas con las madres es porque la costumbre lo

establece, no porque lo necesite el buen decoro de aquella casta

juventud. A ningún marido se le ocurre vigilar a su mujer, y cada cual

se tumba por su lado, con el más impasible humor.

Ramona, que bailó tiesa y huraña hasta el último instante, es de las

primeras en hallar cómoda postura y permanecer inmóvil, quizá rendida

al sueño. Ella y Olalla no temen a la noche libre, hoy que la tradición

les mulle un dorado mantillo en el terruño.

Allí cerca reposa Florinda con los miembros lacerados y el alma

zozobrante: apenas consigue sonreir a _Rosicler_, que solícito la

ofrece una almohada de oloroso bálago. Hizo esfuerzos heroicos para

disimular su torpeza de labradora novicia, y la tortura de sus músculos

rebeldes al sufrimiento. Y ahora se aturde bajo los golpes de su

corazón, henchido de lágrimas, constreñido y apremiante, como si fuere

a romperse.

No sabe cuánto tiempo trasueña, enervada por el cansancio. Oye cerca de

sí un ronquido, y a poco dice tímida una mujer:

—¿Estades bien, señor?

Es la hija del tío Fabián, que habla a su esposo, recién llegado de la

Coruña. Él no responde, y Florinda vuelve a sumirse en su angustiosa

laxitud.

Despierta y delirante se figura reposar en el tren, enfrente de unos

ojos profundos que la penetran y sacuden hasta las entrañas.

Es tan brusca la turbación con que la joven se estremece, que bajo

su cabeza se desmorona el menudo acervo de la trilla. Perdido el

blando apoyo, álzase lastimada, y sin moverse contempla el singular

espectáculo de aquel pueblo fuerte y joven, áspero hasta en el sueño:

duerme un hijo de Tirso Paz de espaldas a su novia Maricruz; la de

Alonso, a los pies de su marido; lejos del suyo, la del tío Rosendín, y

divorciadas de igual suerte todas las parejas unidas por compromisos y

bendiciones.

No hay en el silencioso campamento, delante de Florinda, un corazón que

sufra, un afán que despierte ni una esperanza que se agite.

Las parvas enhiestan en alto como hacia las nubes, entre cuyos girones

aparece la luna desconsolada; de lejano pesebre llega el mugido de

una res en celo, y la desvelada moza bebe insaciable el dolor de la

soledad, más triste que nunca entre el sordo latido de aquellas vidas

y el aroma de aquellos frutos. Entonces siente crecer el peso de las

trenzas en los hombros; en los párpados, la lumbre de la pasión,

y en las mejillas el carmín de la salud: una fragancia de besos le

sube hasta los labios desde el corazón, ebrio de ternuras, y toda su

mocedad, exaltada por el sentimiento, vibra y arde bajo la encubridora

noche.

[Illustration]

[Illustration]

XXI

SIERVA TE DOY...

ROTO ya el pálido celaje, apenas brillaron las estrellas de la mañana

salió el tamborilero a tocar el _Mambrú_ al través de las dormidas

rúas, anunciando alegremente el día de la boda.

Por deferencias y respetos a don Miguel, se convino, aunque el novio

era viudo, en prescindir de la clásica cencerrada y celebrar los

desposorios con el solemne ceremonial que la costumbre ha convertido en

ley. Y desde muy temprano, algunos vecinos madrugadores atravesaban el

pueblo, en traje de fiesta, para formar la comitiva, bien armados los

hombres de escopetas y trabucos.

Máximo, el novio, había llegado la víspera, procedente de Gijón; traía

orondo equipaje, con las últimas «donas» para la desposada, dulces y

licores para los próximos banquetes.

Luego de confesar y examinarse de doctrina, separáronse los prometidos;

ella se encerró en su casa y él fuése a la de su allegado Fermín

Crespo, trajinante en Pontevedra, jefe de familia en Valdecruces.

Un hijo de este mercader y un nieto del tío Cristóbal—ambos solteros,

por ser la condición indispensable—fueron designados en calidad de

íntimos del contrayente, para «mozos del caldo», especie de gentiles

escuderos al servicio del novio. Facunda Paz y Olalla Salvadores eran

damas de la novia, también «mozas del caldo», de cuyo pomposo remoquete

pudo _Mariflor_ evadirse, no sin algunas porfías.

Cuando los nuevos redobles del tamboril anunciaron la hora del

almuerzo, llegó a casa de don Miguel un bizarro gentío, la flor y nata

de Valdecruces y no pocos vecinos comarcanos. Para todos había lonchas

de jamón, pavo, perdices, truchas y vino añejo, amén de otros manjares

y escogidos postres.

Duró hasta las once de la mañana este primer festín, a cuya

terminación, la madrina—una maragata de rumbo—prendió en la cabeza de

la novia fuerte manto de severo color, caído hasta los pies sobre el

lujoso vestido del país.

Comenzaron a tocar las campanas, y los hombres siguieron a Máximo,

que siempre envuelto en una capa enorme, aparentó ir en busca de la

bendición paternal. Simulada esta ceremonia, ya que el mozo no tenía

padre, volvieron sobre sus pasos entre salvas nutridas, y a la puerta

de don Miguel anunciaron con acento muy grave:

—Venimos a cumplir una palabra empeñada.

—Cúmplase norabuena—repuso la madre de Ascensión.

Y en el umbral, puesta la moza de hinojos, recibió las maternales

bendiciones.

El séquito varonil partió delante; detrás avanzaron las mujeres,

silenciosas, con intachable compostura; los «mozos del caldo»,

dispuestos a correr hasta nueve arrobas de pólvora, dirigían las recias

descargas de los trabucos.

Para lucirse mejor en el paseo, anduvieron todos a lo largo de la calle

y dieron vuelta por una donde tenía la parroquia otro portal. Allí

esperaba revestido el sacerdote, que permanecía en el templo desde que

muy temprano administró a los novios la comunión. Estaba don Miguel

pálido y triste; no quiso asistir al almuerzo, y suplicó le dispensaran

también de la comida, pretextando no hallarse muy bien de salud.

Comenzó el acto religioso en la cancela, apretados los contrayentes

por la curiosidad del público no invitado, que tomaba posiciones

horas hacía. Como el atrio era pequeño, muchos testigos se quedaron

fuera, y la calle, resplandeciente de colores y de sol, ofrecía en

toda su esplendidez una gallarda nota regional; finos paños, sedosos

terciopelos, brocateles y tisús, habían salido del fondo de los cofres

y esponjaban al aire su belleza, mucho tiempo cautiva.

Entre la mocedad estaba _Mariflor_, trasojada y nerviosa, deshaciéndose

en amargura bajo el rumboso atavío. Iba apoyando a Marinela, poco firme

en su primera salida de convaleciente.

Mientras sudaban los novios con el despiadado abrigo de la capa y el

manto, las mozas, al son de castañuelas y panderos, rompieron a cantar:

«Ya te sacaron la Cruz

de plata, para casarte;

delante del sacerdote

ya tu palabra entregaste.

Las arras y los anillos

que llevas, niña, en la mano,

son las cadenitas de oro

que te están aprisionando...»

A cada movimiento de las cantadoras, un vaivén de arrequives y

flocaduras, un relumbrón de filigranas y corales se ufanaron en la luz.

Encima de la torre, sin temor al bullicioso concurso, las cigüeñas

adiestraban a los hijuelos en sus primeras aventuras por el aire;

giraba el macho en torno de las crías, con una presa en el pico,

instigándolas a seguirle, y la madre volaba también alrededor de ellas,

más abajo, para sostenerlas en sus alas si cayesen.

Penetró la boda en el templo. Y cuando en él buscaban Marinela y

Florinda un banco donde sentarse, les hizo lugar una vieja con mucha

solicitud. Era la tía Gertrudis, encogida y humilde. Su voz, al rezar,

parecía un gemido; su pobre catadura inspiraba compasión.

Sobre el grupo que formaban las niñas y la vieja cayeron como un rayo

los ojos de Ramona, pero no se atrevían las muchachas a moverse;

celebrábase ya el Santo Sacrificio, y ellas fijaron su atención en el

altar, reverentes y devotas.

El «Resucitado» le pareció a Florinda más muerto que nunca, con su

lívido rostro lleno de sangre y la punzadora diadema sobre las sienes:

tenía en una mano la Cruz, y en la otra, que señalaba triunfante al

cielo, le habían colocado un ramuco de flores contrahechas. Quiso

la joven rezarle con calor y confianza, como otras veces; pero un

pesimismo envolvía sus pensamientos en espesas nubes, y las mustias

rosas de trapo, alzadas por el Señor con gesto desfallecido, le

causaron infinitas ganas de llorar...

La flauta y el tamboril acompañaron el canto de la misa, y la

elevación fué señalada con formidables estampidos de pólvora.

Iniciadas las últimas oraciones, deslizáronse al portal las «mozas del

caldo»—señaladas con mandiles verdes—seguidas por las demás solteras

para ofrecer nuevos cantares a los novios:

«Sal, casada, de la Iglesia,

que te estamos aguardando

pa darte la norabuena,

que sea por muchos años.

Estímala, caballero,

bien la puedes estimar:

otro la pidió primero,

no se la quisieron dar.

Estímala, caballero,

como una tacita de oro,

que ya tienes mujer buena

para que te sirva en todo...»

Los cónyuges aparecieron en la lonja parroquial, sudorosos,

acongojados, y allí mismo se apartó Máximo de su esposa para irse con

los hombres a _correr el bollo_.

A pesar de lo cual, las muchachas, siguiendo al femenino cortejo de

Ascensión, cantaron optimistas, con mucho repique de castañuelas:

«Por esta calle a la larga

lleva el galán a su dama;

por esta calle arenosa,

lleva el galán a su esposa.

Voló la paloma

por cima la oliva;

vivan muchos años

padrino y madrina.

Voló la paloma

por cima la fuente;

vivan muchos años

todos los presentes.

Ponei, madre, mesa,

manteles de hilo,

que viene tu hija

con el so marido...»

Encontró la joven en el umbral de su puerta dos sitiales

enguirnaldados, y, por si nadie supiese el destino de ellos, advirtió

muy oportuna la copla:

Sentaivos, madrina,

en silla florida;

sentaivos, casada,

en silla enramada.

Sentáronse, en efecto, las dos mujeres, siempre cargada Ascensión

con el duro manto, que después de aquel día sólo en caso de enviudar

debiera ceñirse para los funerales del consorte. Las mozas, colocadas

en dos filas, cantaron _el ramo_, un armadijo de muchos corolines

con ajaracas y dulces. Fué largo y triste el homenaje, salpicado de

consejos y alusiones, y le recibió la moza muy recoleta y compungida,

sin levantar los ojos del suelo ni sonreir al final de la canción:

«Guapa es la novia cual naide,

guapo el novio cual denguno;

tengan hijos a docenas

y a centenares los mulos.»

Mientras tanto, los jóvenes corrían en la era «el bollo» del padrino,

un pan de seis libras en forma de pelele, con monedas de plata dentro

de la cabeza.

Defendíanle los de la boda, al frente los «mozos del caldo», contra

todos los corredores que se presentaban: reglas de tradición daban

derecho a conseguirle. Cuando el vencedor hubo recogido las monedas del

premio, distribuyóse el descabellado monigote entre los concurrentes,

como fórmula que convertía a Máximo en vecino de Valdecruces: el

alcalde pedáneo lo hizo constar así en un acta.

Todavía cantaron las mozas al llegar los del «bollo» a casa de don

Miguel:

«Bien vengades, bien vengades,

bien venidos, que seyades...»

Habían colocado delante de Ascensión un profundo cesto de pan cortado

en pedacitos, que ella repartía a cuantas personas se acercaban a

decirle:

—¡Dios te haga bien casada!

Llegóse también la tía Gertrudis, y la moza, vacilando un momento,

dióle su parte con mucha delicadeza, sin tocar la mano extendida en

fino saludo.

Algunas voces protestaron:

—¡Fuera la bruja!

—No azomar a la pobre—dijo una compasiva mujer—; la infelice

perecería de hambre si no fuera por las limosnas del señor cura.

—Tien mucho rejo; no muere tan aina—rezongó Ramona—. Y a su lado

advirtió una zagala:

—Creer en agorerías es pecado mortal...

Cuando el pan de la boda estuvo repartido, sirvióse una gran comida: a

la clásica bizcochada de vino rancio siguió la interminable lista de

viandas fuertes que en un mismo plato compartieron los novios. Por fin,

a media tarde viéronse éstos libres de su parda vestidura matrimonial,

que les fué perdonada a los postres del banquete, para que bailasen

juntos hasta rendirse.

Ya la madrina _había ofrecido_. Con su moneda de oro sobre una rica

bandeja, pasó delante de los invitados diciendo:

—Para la rueca y el uso.

Todos daban: hasta las de Salvadores pusieron sus pesetillas en «la

ofrenda» general.

Luego pidió el padrino:

—Para los primeros zapatos del infante.

Y también hubo dones.

Es incumbencia de los «mozos del caldo» llevarle a la novia su ajuar

hasta el nuevo domicilio; pero como la recién casada iba a vivir

lindando con su madre, fué para los muchachos cosa de un periquete el

cumplir esta galante obligación.

Desplegóse luego la danza en toda su brillantez por la ancha rúa,

extendida hasta la iglesia desde la casa parroquial. La fuerte luz del

sol y la majeza de los trajes daban al espectáculo matices de alegría y

de rumbo, que faltaban al baile de la era. Aunque el recogimiento de

las mujeres tenía siempre un cariz de austeridad, parecían ahora menos

cansadas y más felices. Los hombres, de punta en blanco, rozagantes y

orondos, sin reir ni perder su grave actitud, rebosaban satisfacción:

en la portezuela de sus chalecos las rosas tendían magníficos realces

entre el plegado camisolín y la clásica almilla. Cenojiles, cintos y

lazos, daban al viento la ferviente leyenda del amor, encerrada a veces

en el cantarcillo popular:

«Ahí tienes mi corazón

cerrado con esa llave:

ábrele y verás que en él

sólo tu persona cabe...»

Empezó la danza por el «baile corrido», girando las parejas con un

lento vaivén, lánguido y señoril, que terminó en compases de jota.

Siguió el llamado «dulzaina»: las mujeres, de dos en fondo, dieron una

vuelta en círculo; delante las doncellas, detrás las casadas, siempre

abstraídas y mudas; iban los hombres en la misma forma, por el lado

exterior del corro femenino, hasta que, a una señal del tamboril,

buscaron parejas, escogiéndolas por orden riguroso, dos para cada uno,

desde las primeras danzantes. Vino después la «entradilla», en la

cual salen bailando los hombres y luego acuden ellas a buscar mozo:

es el baile de los rubores y las zapatetas; las muchachas procuran

elegir a los parientes más próximos, hermanos si es posible. El corro

característico de las bodas le componen las mujeres sin bailar, de

una en una, tocando las castañuelas: abre marcha la madrina, sigue la

novia y van las solteras en último término detrás de las «mozas del

caldo». Esta rueda no se interrumpe cuando intervienen los bailadores

desde la orilla para danzar con dos mujeres, bordando las figuras en

jeroglíficos y detalles de clásico sabor y mucha honestidad.

En el fondo de la rúa castellana, bajo los resplandores crudos de aquel

cielo de añil, adquiría la artística diversión caracteres de rito,

fabuloso perfume de romance, al que prestaba marco insigne la torre

parroquial con el sagrado nido de la cigüeña. Mas, de pronto, en un

breve descanso del tamboril, iban los hombres _a echar un neto_ sobre

los manteles de la boda, siempre extendidos; y mientras esperaban

jadeantes las mujeres, el encanto de la danza se deshacía y el aroma

del culto viejo convertíase en vulgar olor a vino de Rueda, con agrio

tufo a carne trasudada.

Así pasaron las horas. El escaso público que no tomaba parte activa en

la fiesta iba cansándose, pero nadie osaba decirlo: seguía corriendo la

pólvora, y los espectadores seguían fijando los ojos en el baile con

atávica devoción.

Habíase apartado don Miguel en su aposento con la disculpa de un leve

malestar, aunque no quiso perdonarse de tomar café con el padrino y

dirigir desde los balcones alguna curiosa mirada hacia la fiesta. Vió

a _Mariflor_ y su prima del brazo, ambas con el semblante fatigado y

mustio, recostadas en el atrio de la parroquia. Las hubiese invitado

a subir, mas, huyendo la tristeza inconsolable de los garzos ojos,

limitóse a mandar que las ofrecieran sillas.

Esta previsión colocó a las jóvenes en el punto más visible entre la

concurrencia, bajo el dintel de la casa ornamentado con ramaje de

chopos y negrillos, difícilmente logrado y ya moribundo.

La preferencia del lugar causó a las favorecidas alguna inquietud,

porque, de soslayo, iban las curiosidades a perseguir con mayor ahinco

el apartamiento de las dos zagalas bellas y tristes.

—¿No acabará esto pronto?—dijo molesta _Mariflor_.

—¡Quiá, mujer!; veráste tú: agora bailan hasta la noche, luego cenan

mucho, y todavía cuando están acostados los novios, van los «mozos del

caldo» a llevarles gallina en pepitoria.

—Ya, ya; ¡linda costumbre!...

—¡Y comen della!...

—Pero tú y yo nos marcharemos en cuanto caiga la tarde, porque te va a

hacer daño el relente.

—No podremos dormir: la mocedad aturde a los vecinos con los

trabucazos, y en cada puerta llama pidiendo aves para la tornaboda.

—Sí; ya sé que si no se las dan las cogen.

—Son derechos del novio... Mañana será la misa tempranico, y los

parientes de los desposados llevan la ofrenda al señor cura.

—Eso no lo sabía.

—Un cuartillo de grano o poco más: después se repite la fiesta de hoy.

—¿Tan solemne?

—Con menos ceremonias: sólo que una moza del caldo baila, llevando

consigo la _pica_, que luego se reparte, un pastel pintado de rojo...

Calló Marinela, negligente y cansada, suspiró Florinda y comenzó la

tarde a palidecer. Ya iban ellas a retirarse: esperaban una ocasión

para despedirse, cuando el tío Fabián se detuvo allí, extendiendo una

carta:

—Es para el señor cura—dijo—. ¿Quién la recoge?

_Mariflor_, de un vistazo, conoció la letra: era de su padre. Y repuso:

—Yo la subiré; don Miguel debe de estar arriba.

El viejo, entregándosela, musitó:

—Mejor te daba una para ti, paloma.

Desapareció la joven sin responder, y había dominado apenas su

emoción cuando llamó a la puerta del sacerdote, no poco sorprendido

de la visita. Dentro de la carta venía, como de costumbre, otra para

_Mariflor_; sin sentarse, leyeron impacientes cada uno la suya. Después

se miraron, y fué la muchacha la primera en hablar:

—Dice que me case con Antonio...

Sonaron las palabras con una amargura indescriptible.

—Será un consejo.

—Es una súplica: mi padre se hunde y me pide auxilio.

Tendió la carta, señalando con un dedo temblón los suplicantes

renglones «... hija mía; sálvanos a todos, y yo aseguro que en

recompensa a tu sacrificio Dios te hará feliz».

Con profunda lástima levantó el cura los ojos hacia la moza.

—Lea usted lo que escribe antes—murmuró ella.

—Sí; me lo figuro: tu primo le propone reforzar aquel negocio con el

capital necesario y bajo la condición de vuestra boda.

—¿Se lo cuenta a usted?

—Como a ti.

—¡Nada, que ese hombre me quiere comprar!

—No te agravie su procedimiento: con él te da una prueba inaudita de

estimación.

—¡Pero yo no me puedo vender!

—Díselo a tu padre honradamente.

—¡Dios de mi alma!

—Piensa que no estás obligada al sacrificio,

—¿Sacrificio?... Mi condescendencia no sería virtud, ya que Rogelio me

abandona.

La Esfinge Maragata: Novela · 第 19 / 21 段