—Yo vuelvo al anochecer. Te traeré la medicina y yemas escarchadas

sólo para ti: son de mucho alimento.

—¿Pero sabes el camino?

—Voy con las de Fidalgo.

—Entonces verás a las clarisas... ¡Dichosa tú!

—¿Sientes la vocación otra vez?

—¿Otra vez?—repite Marinela encendida como una rosa.

—Creí que ya no te acordabas del convento.

—Acordarme, sí...—murmura la enferma con tan balbuciente seguridad,

que _Mariflor_ la mira llena de asombro: ve que hace esfuerzos para

contener el llanto, se acerca a consolarla, y el incógnito dolor de

aquel pecho herido estalla en sollozante crisis.

—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¡Dime, dime tus penas!

La sin ventura no responde; gime anhelante, y Olalla sorprende a las

dos primas juntas, en un abrazo tristísimo.

—¿La despedida os hace duelo?—prorrumpe atónita. Sin esperar la

contestación, añade:

—Aquí están los palombos: diez parejas.

Y coloca sobre la cama un escriño pequeño, donde las aves cautivas se

revuelven temblorosas.

Florinda acaricia a Marinela, que procura serenarse y que poco después

se queda sola frente al balcón abierto, lanzando sus miradas, húmedas

aún, desde la agonía de Cristo a la serenidad resplandeciente de las

nubes.

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[Illustration]

XIX

EL CASTIGO DE LOS SUEÑOS

BIEN acogida _Mariflor_ por las viajeras, tuvo asiento propicio en las

anchas jamugas de la novia, mientras la madre de ésta asilaba a los

pichones en su mulo, prometiendo venderlos ella misma, más artera en

estos negocios que la niña ciudadana.

—Tú, en cambio—le dijo—, acompañas a Ascensión, faceis compras y

visitas, que ya la boda está adiada y no hay que descuidarse con los

encargos y los aconvidos...

El cielo, muy tocado de arreboles, anunciaba un día bochornoso, y las

amazonas se proponían llegar a la ciudad antes de que arreciase el

calor, para volver a Valdecruces con la fresca.

Iba la novia hablando con mucho empaque de los obsequios que había

recibido y de los que aún esperaba: mantellinas con recamos, medias de

seda, lienzos y estofas, anillos, pendientes y collares; ¡le faltaba un

reloj!

Sintió Florinda triste sobresalto allí donde llevaba oculta la alhaja

de su madre, al lado del corazón. Había resuelto vender el relojito

en Astorga para evitarse el pesar de verle en manos ajenas, y la

humillación de seguir pidiendo mezquinos favores entre gente conocida.

De pronto, considera que es preciso hacerle a la novia un regalo, un

regalo que debe extremarse como prueba de gratitud a don Miguel: y el

deseo expresado por Ascensión le parece un providente aviso contra el

propósito de hurtar la preciada joya a las ilusiones de la maestruca.

Teme que haya poca generosidad en el intento: recuerda con pesadumbre

su baúl vaciado en los cofres de la amiga a cambio de una menguada

limosna; pero aquella amiga fué antes dulce y noble con _Mariflor_, la

recibió en triunfo en el pueblo, colmándola de atenciones, cediéndola

homenajes que ella sola disfrutaba. Y ahora mismo la lleva al lado

suyo cogida por el talle con blandura, la mira y la sonríe confiada y

amable, aunque un poco embaída con su próspera suerte.

Segura de que en casa de la abuela no habrá un lindo regalo para

Ascensión, va cediendo Florinda al bondadoso impulso de ofrecerle el

relojito que oculta. Al instante se confunde, reflexionando: ¿cómo

entonces comprará lo que Marinela necesita?

Mejor le parece vender la joya, sumar el dinero con lo que valgan los

palomos, y después de adquirir los menesteres para la enferma y los

zapatos de los niños, comprar también el obsequio para la desposada.

Tendrá que separarse de sus amigas con disimulo antes de hacer la

venta. Entrará en una relojería y... ¿cómo va a decir cuando le

pregunten: ¿qué desea usted?

Un aturdimiento penosísimo le embarga: oye apenas el palique animado

de Ascensión, procura sostenerle, y teme, al hablar, que el transido

acento delate las interiores cuitas.

Compadeciendo el propio infortunio, en el alma opulenta de _Mariflor_

se desborda una gran ternura que sube a los pelados serrijones, corre

por llecas y cambronales, y unge de lástima los abietes ariscos, las

mustias amapolas, los matojos humildes, todo el vago confín de las

veredas blanquecinas.

¡Qué tristes son estos senderos solitarios! Arden y huyen al través

de pasturajes descoloridos y de rediles temblorosos, sin escuchar la

sonatina de una fuente ni percibir el aroma de una flor. Persíguelos

Florinda con mirada soñadora: parece que van a derramarse en la

infinitud de los horizontes para seguir corriendo a la insondable

eternidad, sin rumbo ni destino. Pero advierte que algunos,

deslizándose entre sebes y hormazos, se confunden a la par de una aldea

en los firmes renglones de una mies y mueren en los surcos, rectos y

hondos, como trazo de una ferviente plegaria dirigida hacia Dios.

Al descubrir en el erial estas conmovedoras señales de esperanza y

trabajo, la niña triste lanza su imaginación por las llanuras de la

fantasía, y alentada supone que ya está cerca el premio de su martirio.

Quizá Antonio se decide a portarse bien con la abuela; quizá aquella

misma tarde llegue a Valdecruces el esperado aviso de la felicidad: una

carta detenida por azares que nada tengan que ver con la ingratitud y

el desamor.

Harto encendido el día en resplandores, tocan en la ciudad las

maragatas: intérnase la madre por el callado laberinto de las rúas, y

no se detienen las mozas hasta la puerta del convento. Habían tomado un

camino vecinal junto a la milagrosa ermita del Ecce Homo; dieron desde

allí en el puente del Gerga, rozaron la Fuente Encalada, y por «el

reguero de las monjas» posaron en el umbral de las clarisas.

Después de un patio silencioso, encuentran dos portalones bajo las alas

del edificio, grande y pesado: se adelantan por uno de ellos, llaman al

torno con suaves golpecitos, y al cabo de prolija explicación les hacen

bir a la «Reja pequeña», un locutorio humilde con apretada celosía.

La novicia de Oviedo, amiga de Ascensión, recibe con otra monja a las

maragatas. A poco llegan unos señores preguntando por la abadesa, y

aparece la Madre Rosario, fina y dulce, sonriendo en el nimbo de su

manto virginal.

De un lado y otro de la reja se forman dos grupos susurrantes, y

_Mariflor_, un poco aislada, escucha, distraída primero, interesada al

fin, el relato con que la abadesa satisface la curiosidad de la visita.

—Sí—murmura—, a mediados del siglo trece, una clarisa del convento

de Salamanca, oriunda de Astorga, vino a fundar aquí. Poco después,

el muy alto y respetable señor don Álvaro Núñez de Trastamara, donó a

la Comunidad este edificio, que en aquella época lucía muy hermosas

proporciones y elegante arquitectura, y que hubo pertenecido con su

templo y aledaños a los ilustres caballeros de Alcántara.

Habla la Madre con sentida y reposada voz, su figura se yergue

majestuosa entre los pliegues blancos del ropaje; eleva los ojos,

suspira y prosigue:

—Reyes y próceres de otras centurias concedieron tantos favores a

esta santa Comunidad, que nuestra casa pudo llamarse _Real Convento_;

en testimonio de tal honor conservamos un escudo con castillos y

leones sobre la vivienda del capellán, y en nuestro archivo, bulas y

documentos de esclarecida memoria para la fundación.

Al otro lado del locutorio decae la charla bajo el dominio que ejerce

el suave acento de la abadesa.

—¡Qué lista debe de ser!—alude la maestruca mirándola con arrobo.

Y la novicia responde llena de orgullo:

—Viene de alto linaje: una antepasada suya fué canóniga de la Catedral

de León.

—¿De verdá? ¿Pueden ser canónigas las mujeres?

—En tierras de Castilla, sí.

La monja que presenciaba la visita quebrantó su grave silencio

argumentando con mucha erudición:

—El noble señorío de Villalobos goza, como los reyes, privilegio de

canonicato, que por falta de sucesión varonil recayó un tiempo en la

condesa doña Inés, ascendiente de nuestra Madre.

Por mandato de la cual, sin duda, abrióse de pronto una puertecilla

para que los visitantes pudiesen admirar un bello claustro de arcadas

góticas, bañado en suavísima luz.

—Es lo único que del antiguo edificio conservamos—dijo la abadesa—;

en el fondo está el jardín; todo ello pertenece a la clausura.

De la extraña claridad sin tonalidades, trascendía exquisito perfume

de rosas y jazmines, cándido aliento del misterioso vergel; aromas y

resplandores invadieron el locutorio con deleite; y penetrada Florinda

por la singular impresión, dícese codiciosa:

—¡Qué bien estaría aquí la pobre Marinela!

Aún responde la Madre Rosario a preguntas de los caballeros:

—Trastamaras y Osorios—encarece—han sido nuestros más cabales

protectores; al primero debe la Comunidad, entre inmensas mercedes,

el reguero que desde hace siglos viene desde Fuente Encalada a calmar

nuestra sed; todos los días pedimos a Dios por el ánima del insigne

castellano.

Como si la blandura de la evocación hubiese tenido mágico poder, un

hilo de agua rompió a cantar en el misterio del jardín. Le acordó la

Madre con su cristalino acento para responder a los señores visitantes:

—Nuestra regla es de mucha pobreza y humildad; comemos de vigilia todo

el año y usamos ropa interior de lana muy gorda, tejida en San Justo...

Cerróse lentamente el postigo recién abierto, y extinguidos la luz, el

aroma y el rumor que desde el claustro seducían como ilusiones de otro

mundo, vibraron las últimas palabras de la abadesa en la austeridad

penitente del locutorio.

Un instante después las dos niñas maragatas recobraron su mulo en el

umbral del convento y buscaron las calles céntricas de Astorga, que,

amodorrada al sol, yacía soñolienta y muda.

Iba _Mariflor_ leyendo los rótulos de las tiendas sin hallar aquel

que temía y deseaba. Cuando hicieron alto en un almacén de tejidos de

la rúa Antigua, Ascensión, sentada cómodamente, titubeando infinitas

veces antes de elegir, parecía dispuesta a no levantarse nunca. Con

el pretexto de ir a la botica, logró la de Salvadores dejarla allí,

perpleja entre nubes de holandas. Y sola ya en la calle, tomó un rumbo

al azar, encomendándose a Dios.

Antes de salir de Valdecruces había puesto Florinda en marcha el

relojito para romper la inmovilidad de aquella manecilla implacable,

siempre evocadora; le sentía latir junto a su corazón y le dolía en el

pecho acerbamente aquel tenue latido.

Anduvo apresurada, dobló una esquina y luego otra, registrando carteles

comerciales, hasta que en una vidriera vió algunos relojes de acero

entre dijes y gargantillas. Al otro lado del cristal, en menguado

tenducho, un hombre de triste catadura la recibió sorprendido:

—¿Qué desea usted, joven?

Un gato negro levantó perezoso la cabeza y un enjambre de moscas zumbó

en torno a la pregunta.

—Deseo—balbució la muchacha turbadísima—vender este reloj.

Tras un prolijo examen de la joya, el comerciante dijo receloso:

—¿Cuánto pide por él?

—Sesenta pesetas.

—Si quiere quince...

—¡Ah, no!—protestó indignada la infeliz. Y casi arrebatando su tesoro

de las manos extrañas, lanzóse de nuevo a la aventura por las calles.

Guardaba el relojito entre los dedos convulsamente apretados, y

parecíale sentir en la sangre trasfundido el pulso de metal, como si

otra vida se derramara en la suya. Todo el ímpetu de los recuerdos

latía doloroso en las potentes venas de la moza, bajo aquel doble

ritmo; ternuras maternales, goces de la niñez y florecidas esperanzas

del amor, cegaron con visiones de imposible felicidad los dulces ojos

de la viajera.

Como llevaba el paso indeciso y extasiado el semblante, los escasos

transeuntes la miraban curiosos. Ella seguía vagando sin rumbo,

repitiendo con mecánica obstinación los nombres de las calles: la

_Redecilla_, la _Culebra_, _Santa Marta_, _Plaza del Seminario_,

_Puerta Obispo_... allí se detuvo sin saber por qué, y quedóse mirando

fijamente al escudo de una casa antigua y señorial. Era el blasón

aparatoso; en campo de gules esplendía un castillo flanqueado por

torres de sable; dos águilas de oro sujetaban una cartela, que decía:

_Soy morena, pero hermosa._

Varias veces leyó la muchacha el mote, con aquella porfía maquinal

interpuesta como una nube entre sus actos y sus pensamientos.

Bajo el dintel macizo de la portalada aparecieron unas damiselas con

sombreros de moda, abanicos y quitasoles. Mirándolas Florinda recordó,

como un tiempo muy distante, sus años de burguesa ciudadana con arreos

pueriles y melindrosas costumbres.

Las señoritas, al perder la frescura del portal, comenzaron a darse

aire con mucho ahinco. Entonces _Mariflor_ cayó en la cuenta de que el

bochorno la mortificaba, pero continuó detenida, releyendo con absurda

tenacidad:

_Soy morena, pero hermosa._

De pronto la llamaron:

—¡Eh, rapaza, _Mariflor_! ¿qué haces ahí?

La hermana de don Miguel esperaba atónita, contemplando a la niña.

Ella, al volverse, quedó un momento confusa, y al cabo acertó a decir:

—Pues buscaba una botica y me he perdido... Ascensión está en un

almacén de la rúa Antigua comprando telas...

Conforme y calmosa, preguntó la maragata:

—¿Gustábate el escudo?

—Sí.

—Era de un corregidor perpetuo de toda la provincia, consejero del rey

y mayorazgo tan haberoso, que al morirse dejó mil misas añales por su

ánima.

—¡Ah!...

—Y escucha: ya que te encontré aquí, sube tú a llevar a doña Serafina

estos dos pichones de parte de mi hermano.

—¿Cómo?...

Explicó la mujer que doña Serafina, una astorgana linajuda, era esposa

del actual dueño de la casa, ambos excelentes amigos de don Miguel,

quien les debía grandes favores.

—Solemos ofrecerles alguna fineza—dijo—y agora pensé guardar para

ellos, a cuenta mía, tus más llocidos palombos... dejé el mulo en la

posada y aquí los traigo... pero me da mucha cortedad subir.

Ocultó Florinda su joya y, tomando del escriño las aves, entró en el

portal diciéndose:

—Estos señores deben ser los que le han facilitado al cura la dote de

Ascensión.

Quedó sorprendida al encontrarse en un claustro, antiguo y apacible

como el del convento, alrededor de un jardín. Siguiéndole, halló la

escalera principal, y al cabo de la misma una puerta franca donde llamó.

Poco después, por la ancha galería tendida sobre el claustro, se

adelantó una dama hermosa y morena, a tono con el mote de su escudo.

Bajo los negros rizos de la frente resplandecían con singular fulgor

los bellísimos ojos de aquella señora.

—¿Preguntabas por mí?—dijo con acento afable y triste.

Segura de que hablaba con doña Serafina, _Mariflor_ le entregó los

pichones de parte de don Miguel Fidalgo.

Las azoradas avecillas lanzaron el columbino temblor de sus ojuelos de

una a otra mujer, y ambas sintieron, con inefable ternura, palpitar

entre sus manos aquellas vidas cándidas y medrosas.

Bañado en suave luz cenital yacía el corredor en muda calma, y una rosa

que se asomaba en él desde el jardín, parecía doblegarse al peso de una

idea.

También Florinda se inclinó de repente para decir con súbita

inspiración:

—¿Quisiera usted, por casualidad, comprarme este relojito?

Y mostróle, tan afanosa y conmovida, que la dama dijo al punto:

—¡Será un recuerdo!

—De mi madre...

—¿Cómo te llamas?

—_Mariflor_ Salvadores.

—¡Ah, eres tú!—pronunció la señora, avizorando con sabia dulzura el

encendido rostro de la joven—. Aguarda—añadió, desapareciendo en la

galería.

Volvió al instante, y sobre el reloj que alargaba la moza, puso un

billete de cincuenta pesetas, murmurando:

—Guarda tu recuerdo, y éste para ti, en nombre de una niña que se

muere.

—¿Hija de usted?

Respondieron unos ojos llenos de lágrimas, y los labios mudos de la

madre rozaron en silenciosa despedida la frente de _Mariflor_.

Duró la escena breves minutos, alucinantes y peregrinos.

Al verse en la escalera otra vez, el escudo, el mote y la dama hubiesen

girado en la imaginación de Florinda igual que fantásticas visiones, si

el generoso billete no la ofreciera una sensación de realidad. Quiso

contemplar en él un augurio feliz y despertar a los presentimientos

venturosos, mas se detuvo, escuchando unas voces crueles y tranquilas,

fatales como el destino.

Bajaba un criado detrás de la joven y subía una doncella, que

recatadamente le preguntó:

—¿Conoces a ésa?

—Es una pobre maragata de Valdecruces: la señorita le ha dado limosna.

Y Florinda, con el corazón derribado, abatió la frente una vez más,

humilde al castigo de los sueños...

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XX

DULCINEA LABRADORA

YA crece agosto, rubio en los centenos, azul en las nubes, cándido en

el aire: el sol abrasa, el viento perfuma; están dormidas las fuentes,

despiertas las dalladoras y animado Valdecruces como nunca lo suele

estar.

Es que han venido los hombres; cruzan reposadamente las anchurosas

calzadas y las callejas hostiles, en paseos y visitas de anual

conmemoración, y cuando el día languidece, se asoman un poco a los

abrasados caminos de la mies.

En estas rondas pausadas, algo serias, suelen ir juntos los paisanos

recién venidos; hablan a un mismo tono sereno y amigable, no discuten

ni se alteran jamás, como si para ellos no tuviese problemas la vida ni

dobleces el corazón.

Por encima de los carrillos colorados y de las bocas sonrientes, al

confortable calor de las sosegadas digestiones, los buenos maragatos

miran a Valdecruces con seráfica beatitud. Olvidaron su dolorosa

infancia de pastores o motiles, de escolares con la ruín troja al

hombro, siempre camino de Piedralbina, entre soles o nieves, acosados

por la miseria del hogar. Y aceptan hoy, como tributo merecido, que el

pueblo se vista de gala para hospedarles, que las esposas y las hijas

les respeten como siervas, y que los niños les huyan con saludable

miedo, como a la suprema representación de la Autoridad y del Poder.

Durante la magnífica semana de la fiesta Sacramental, sólo en la fecha

culminante del día 15, el clásico «día de Agosto», se suspenden en

Valdecruces las labores del campo.

No importa que en cada corral las plumas de las aves anuncien

holocaustos festivos; las mujeres se multiplican para servir

regaladamente a los hombres en sus casas y para segar y recoger en las

mieses los centenos maduros.

Como si el aguijón del servilismo se les hundiera en la carne más

brioso que nunca, fuerzan las maragatas el impulso mecánico de sus

energías, exaltan la pasiva corriente de sus humillaciones, y en un

absoluto renunciamiento a toda beligerancia social, se quedan al margen

de la vida, fuertes, ignorantes, insólitas, ofreciendo a «los amos»,

con el más primitivo de los gestos serviciales, la visión placentera

de los hijos criados y felices, de la mesa servida y colmada, del

campo fecundo y alegre: las apariencias de estas horas decorativas

y relumbrantes llenan a los maridos de orgullo entre los forasteros

invitados.

De Astorga, de León y de otras ciudades más lejanas acuden siempre

algunos curiosos a las típicas fiestas de Maragatería, y son alojados

con singular esplendidez en las casas más pudientes de cada población.

Las comilonas se suceden entonces con frecuencia y abundancia

increíbles; las cocinas pierden su medrosa oscuridad, iluminadas

por «ramayos» crepitantes, y detonan y esplenden como volcanes;

sacrifícanse allí vacas enteras, aves a montones, lechoncillos y

corderos; los manteles no se levantan, no reposan los jarros de vino ni

se disipa el humo de los cigarros.

Al través del continuo festín, atraviesa la maragata como una sombra

providencial; a todo atiende: sirve, corre, huye asustadiza, recatando

bajo las alas del pañuelo su invencible rubor. Aún suele quedarle

tiempo aquella tarde para _amorenar_ en la mies o echar a remojo las

_garañuelas_ en el regato campesino. Y no dejará de asistir a la

verbena ataviada con su vestido más lujoso, grave, muda y bailadora, en

actitud de ejercer una profesional obligación...

Este agosto en Valdecruces se suma a los festejos oficiales, los que se

celebrarán en la boda de Ascensión Fidalgo, y la pobre aldea, acosada

por el calor de la llanura y arrostrando con brazos femeninos los rudos

trajines de la recolección, se aturde sorprendida por el sacudimiento

del placer...

Las de Salvadores no esperan convidados ni preparan festines; callan y

sufren, trabajando con furiosa actividad que arrebata a _Mariflor_ y la

empuja una tarde a la mies.

Ya Marinela se puede quedar sola: baja a la cocina, sale al corral y al

huerto, cose y atiende un poco a los niños. El médico la supone curada:

hace recomendaciones de higiene y alimentación, y al despedirse asegura

que se debe a la enfermera aquel triunfo. Con la salud retornan los

místicos anhelos de la niña, encaminados y crecientes hacia el convento

de Santa Clara. Y la madre sigue encogiéndose de hombros: no fía mucho

en la robustez ni en la vocación de la mozuela.

De América no escriben; el párroco evita, compasivo, los interrogadores

ojos de _Mariflor_, a los cuales no sabe qué decir, y ella apura

silenciosa las crueles desesperanzas, dejándose caer en la mansedumbre

secular de aquella vida que la va absorbiendo.

Cuando sube al grado máximo la fiebre labradora de las mujeres, ya en

torno de las fiestas, hasta la tía Dolores hace gavillas, anda Pedro

muy afanoso, de motil, y _Mariflor_ dice resueltamente a Olalla:

—Esta tarde voy a la era contigo.

—¿A trabajar?

—¡Claro!

No pareció sorprenderse mucho la maragata rubia.

—Bueno—responde saliendo del _estradín_, donde aguardan la hora del

jornal.

—Esa tocha—indicó Marinela cuando vió salir a Olalla—no está en sus

cinco desde el arribaje de Antonio.

La madre, que dormitaba en una silla, alzó el rostro para decir con

acento desabrido:

—Y tú, ¿criarás verdete por non fablar?

—Es que _Mariflor_ no debe ir a la trilla—responde la mozuela con

pesadumbre.

—¡Ella lo quiso!—exclama Ramona de mal talante.

Y remanece Olalla, advirtiendo que ha pasado la tregua del medio día.

Camino de la mies se adelanta la madre con brusca precipitación. Olalla

y su prima salen detrás cogidas del brazo.

—¿La abuela no viene?—pregunta _Mariflor_ disimulando su angustia.

—No viene: acerbará en la troje.

—Y nosotras, ¿qué hacemos?

—Pues como ya todo está segado, juntaremos gavillas en manojos, ¿sabes?

—Nada sé; tú me enseñarás.

Se crece Olalla algo jactanciosa:

—Sí, mujer; aprendes en un volido. Mira: agora vamos a la arada

del _Gatiñal_, donde ayer estuvimos engavillando madre y yo. Con las

garañuelas, que son cañas de centeno remojadicas y amorosas, atamos las

gavillas en manojos y las amorenamos en un montón.

—¿En una «morena»?

—¡Velaí! De allí se cogen para cargar los carros; y en la era se hacen

con la mies pilas muy grandes, hasta que se trille: ¿nunca lo has visto?

—Nunca. Y aunque mi padre me lo explicaba, confundo las memorias.

Una nube de pena oscurece la frase, haciéndola temblar. Olalla se anima

y prosigue:

—Es que las majas llevan muchas labores: luego de tender los manojos,

desfacerlos y echar el trillo, se dan bien de vueltas hasta que se

pone la corona a la trilla. Después hay que atroparla con el calomón,

ponerla en parva, hacerle la limpia con los bieldos y acerandarla con

los cribos.

—¿Así se recoge?

—Sí; medímoslo en cuartales de seis heminas, bien limpio de granzas

y de coscojo, y ya tenemos pan seguro. En l’intre van juntando otras

obreras la paja que sirve para cuelmo y la menuda que se llama bálago...

Recuerda _Mariflor_ estas lecciones con profundo pesar: le sonaron

un tiempo a dulcísima parábola llena de símbolos felices, y ahora le

punzan la carne y el espíritu como anuncios de miseria y esclavitud.

En el campo anchuroso halla la moza borrados los fugaces senderos de

otros días. Las hoces, al segar la mies, tendieron por el llano una

alfombra rubia y caliente que reverbera al sol.

Blando soplo de viento besa la cara de las labradoras. Olalla se

recoge, oteando los confines del paisaje con inteligente curiosidad, y

anuncia:

—Corre una bufina mansa que ayuda mucho a los bieldos en la era.

—Luego sonríe y añade:

—Hoy no acongoja tanto la calor; tienes suerte, rapaza.

Viendo que Florinda no contesta aún, dice alentadora:

—Y quizabes esta noche dormamos en la trilla toda la mocedad.

—¡Ah! ¿Sí?

—Es la costumbre.

—¿Pero no lo dejáis para la última jornada?

La Esfinge Maragata: Novela · 第 18 / 21 段