Pero la infeliz combatiente descubre el acecho de otra alma y se

esconde, replegada en sí misma, con el supremo recato de los más

íntimos pesares. Y el cura, al fin, ignora qué propósitos triunfan

en la conciencia de _Mariflor_, mientras ella se despide con el aire

pasmado, llevándose la carta.

* * * * *

Desfallecen las luces del crepúsculo, y la noche se levanta en el

llano; le parece a Florinda que el silencio cae como una gran oscuridad

sobre la aldea.

Unos niños juegan al «columbón» en la explanada, pero se columpian sin

hablar ni hacer ruido, y con el propio secreto cunde la cancioncilla de

la fuente, gota a gota.

El pobre hogar que la enamorada encuentra, está sombrío y silencioso,

lo mismo que Valdecruces. Ella lo pisa con atroz angustia, mas a poco

de acostumbrarse al taciturno ambiente oye cómo también una lágrima

horada este silencio, manando, a hilo, como la fuente de la calle: es

la voz humilde con que Marinela suspira. Al segundo reclamo de esta

gota de pena, siente _Mariflor_ un formidable sacudimiento en todas las

fibras de su alma, y corre hacia el plañido suave.

—¡Estás sola!—compadece, dando a sus palabras una profunda entonación

de caridad y desagravio.

—¡Ah, eres tú!—responde la enferma con todo el brío de su acento

débil.

Y en el abrazo con que se unen en la sombra las dos primas, hay la

dulce solemnidad de una reconciliación.

—¿Dónde está la abuela? ¿Y los niños?—dice la recién llegada, como si

volviese de un viaje, sin ánimos para preguntar por las esclavas de la

mies.

—La abuela... por ahí. Los rapaces contentos porque mañana les darán

vacaciones.

—Y tú, ¿no estás mejor?

—Al contrario... Pero agora dicen que la hechicera hace igual de

ensalmadora, y que puede curarme.

—¿La tía Gertrudis?

—¡Velaí! Si ella me hizo el daño, que me lo quite.

—Antes tú no creías esas patrañas—protesta Florinda.

Luego se estremece al recordar que ella también las ha creído:

¿cuándo?... Una vertiginosa sucesión de imágenes la conturba.

—¿Cuándo?—repite—. ¿En otra vida? ¿En sueños?...

No; aquella misma tarde, bajo la realidad siniestra de la desgracia.

Medrosa de hundirse en los suplicios del amoroso padecer, quiere

Florinda esclavizarse a otras emociones que la subyugan el corazón.

Enciende el candil y busca en el rostro de la enferma y en la estancia

miserable el tangible drama familiar. Necesita poner las manos en el

palpitante dolor, en la carne lacerada y febril; necesita escuchar

llantos y gritos, sentir repugnancias y miedos, hasta ahogar las

secretas desesperaciones en una borrachera de amarguras.

Y lo consigue en parte. Marinela, muy blanca, muy tenue, sin poder

soportar la impresión de la luz, echa sobre las pupilas el lívido

velo de los párpados y sonríe enseñando unos dientes iguales, un poco

amarillentos; su cara infantil se transfigura bajo la corona violenta

de los cabellos esparcidos y vedijosos, y un conjunto indefinible

de alegría y de quebranto presta a las dulces facciones singular

expresión. El lecho, desaseado y hundido, parece un roto bajel, donde

la mozuela sentenciada boga con lentitud hacia la siniestra orilla.

En los rincones del dormitorio emergen sombras y miasmas, y cuando

Florinda alza el candil para juntar en una sola visión todas las

tristezas presentes, alumbra una imagen de Cristo, moribundo en la cruz.

—Si no es la bruja, ¿quién nos persigue?—balbuce Marinela, recogiendo

el reproche de su prima. Y ésta, sugestionada por el pálido Crucifijo

que se le aparece como emblema del más sublime dolor, pregunta a su

vez.

—¿Siempre estuvo aquí esta efigie?

—Siempre.

—Ahora la veo...

Bajo el corpiño de la muchacha cruje un papel, quizá empujado por el

tumbo fuerte del corazón que aviva sus emociones. Ella posa la luz en

el suelo y despliega impaciente la carta de su padre. De hinojos, para

mejor alumbrar su lectura, confirma en los renglones amados cuanto

dijera don Miguel; pero añade a lo ya sabido algunos descubrimientos

que la envuelven en su fatal pesadilla de la boda con Antonio.

El ausente, lleno de cariño y de inquietudes, trata a _Mariflor_ como a

una niña; quiere dejarla en libertad para elegir esposo, y oculta mal

sus temores de que no acierte a lograrlo con serena disposición. En los

consejos que la envía rebosan inconscientes las antiguas esperanzas de

los desposorios con el primo. «Es honrado y bueno, muy traficante; la

ayuda que su capital pudiera prestarnos, sería en estas circunstancias

definitiva para todos». Esto escribe el señor Martín sin conocer aún la

crítica situación de su madre.

Luego, contestando a las confidencias de la joven, desliza entre

palabras recelosas el sentimiento de una contrariedad:

«Esa gente de pluma—repite como un eco de todos los pareceres

maragatos—no me inspira confianza; suelen ser hombres andariegos,

imaginantes y lucidos, muy artificiosos y escasos de intereses; en fin,

hija mía, aconséjate mucho del señor cura y que Dios nos auxilie».

Al través de todo el pliego, un hálito de alarma y de tristeza confunde

a la lectora: el padre se duele de no mandar «posibles», de no tener

con qué realizar el viaje de Pedro ni la repatriación de Isidoro. Y la

nublada frente de la niña se dobla con desmayo sobre la carta, como si

la venciese el agobio de otra nueva responsabilidad.

Mientras Florinda leyó, fué Marinela haciéndose a la luz amortiguada

desde el suelo, y levantó los párpados poco a poco: el perfil de su

prima, trazado por la sombra con gigante dibujo, llenaba la pared y

tocaba en la techumbre.

Sonrió la enferma, alegre de encontrar la figura gentil de sus

ensueños, difundida como por milagro en todo el mezquino gabinete,

y deslizóse a orilla de la cama para verla en realidad. Pero un

sobresalto la trastorna cuando descubre la carta entre los dedos

temblones de _Mariflor_. ¿Será del forastero? ¡No parece que está en

romance!... ¡Y si fuera de «él»?...

Todas las perturbaciones y las incoherencias con que la zagala se

consume en inaudita pasión, se agolpan a los descoloridos labios para

balbucir aquella pregunta. Va a derramarse el ávido acento lo mismo que

un roto caudal de incertidumbres, y al borde sonoro de la palabra se

asustan de repente las emociones silenciosas de la niña. Tanto aprendió

a esconderlas, en el tiempo que vive encerrada con sus incógnitos

pesares, que le han crecido las sombras y los temores alrededor de los

pensamientos y ya el instintivo recato de su alma se cierra, oscuro

para siempre, en la propia timidez y confusión. Al levantar Florinda

los ojos, dócil a la penetrante consulta de otra mirada, ve Marinela

como en un espejo el desastre interior de aquella vida tan hermosa,

y le tiende los brazos en caritativo impulso de socorro. Menguada y

triste es la esperanza que ofrecen desde la navecilla del dolor unos

remos tan frágiles, mas en ellos se apoya con gratitud Florinda, y

levantándose firme, con ellos se abraza, sostenida en el naufragio de

la felicidad.

—¿Quién nos persigue?—clama otra vez Marinela entre sollozos—. Y

como su prima no responde, añade:

—La bruja es también sortílega, adivinadora, ¿entiendes?... ¡Vamos a

pedirle que nos ayude!

_Mariflor_ desciñe sus brazos en torno de la enferma, y señalando en la

pared al Cristo, murmura inspirada:

—No: ¡a Este!...

[Illustration]

[Illustration]

XVIII

LA HEROICA HUMILDAD

ARROJADAS como dos náufragos a los rigores de la suerte, Olalla y

Ramona siegan sus panes y los ajenos, hacen gavillas y manojos,

_acerandan_ y criban, mueven el trillo, el bieldo y el _calomón_.

Ningún fiero trabajo se resiste a la necesidad y al brío de estas

mujeres silenciosas y duras, imperturbables. Si Olalla desfallece un

minuto, ebria de calor y de esfuerzo, su madre la sostiene y aguza con

unas sílabas certeras, rápidas como un latigazo:

—¡Aguanta!—balbuce roncamente.

Y la moza, bajo el violento acicate de este sordo grito de guerra,

endurece sus músculos y esclaviza su voluntad como una veterana

obrera de la mies. Con tan buenas disposiciones, abundan los jornales

para entrambas, cuando la propia labor les permite aceptarlos, y el

desvalido hogar navega a remolque de las bravas remadoras.

_Mariflor_ secunda estos afanes con la más ardiente solicitud; su

dolor, reconcentrado y prisionero, yace sin rebeldías, cargado de

cadenas en el fondo del alma juvenil.

Pero en la valentía con que la muchacha se yergue sobre su desventura,

de frente a la existencia, late el humano propósito de vencer

al Destino a fuerza de abnegación. Encauzado el tumulto de sus

desolaciones, manso ya el torbellino de sus pensamientos, Florinda ha

fijado los ojos en Dios con suprema esperanza; pretende conseguir del

Cristo moribundo, en memoria de su excelso martirio, una revocación de

la sentencia que la confina en Valdecruces, sin amor y sin pan, bajo

el cruel dilema de una boda repugnante o de una miseria definitiva y

horrible.

Aún confía en el hombre amado, aún le defiende contra las acusaciones

de la realidad. El frío silencio que la persigue con presunciones de

abandono se lo explica como un castigo de la tardanza y resistencia con

que acude a los brazos abiertos de la Cruz.

Exigente consigo misma, ansiosa de purificarse en el tamiz de todas

las virtudes para merecer la divina compasión, se acusa de no haber

compadecido bastante, de no haber rechazado aversiones y repugnancias

con diligente voluntad; quiere ahora poner sus sacrificios a la

altura de sus anhelos, y se debate en tremendas luchas, porque todos

los dolores le parecen poco finos y apurados para subir por ellos

a la soñada cumbre, y con tales sutilezas se desarrolla su nativa

sensibilidad, que ya teme asomarse al huerto por no interrumpir el

canto de los pájaros y levanta las zarzas del camino para no herirlas

con el pie.

Al influjo de tan extremada compasión, un poco enfermiza y delirante,

adquiere la casona de la abuela un cariz de blandura, humano y dulce.

La enamorada realiza prodigios de orden y habilidad en torno suyo;

están los niños más aseados y alegres; el menaje más enderezado y

compuesto, y hasta la abuelita menos torpe y abrumada. Sobre todo,

Marinela es quien más plenamente recibe los favores de esta ternura que

invade el hogar como suave regolfo de una marejada asoladora.

Para traer al médico, luego de saldar la antigua cuenta, Florinda

registró su baúl de ciudadana, y, al cabo de muy tristes y secretas

negociaciones, obtuvo de la sobrina del cura el dinero preciso en

cambio de algunas chucherías que sedujeron a la muchacha.

La propia _Mariflor_ fué a Piedralbina con las siete pesetas, y a la

tarde siguiente el médico llamó con mucha solemnidad en casa de la tía

Dolores, después de atar a la vilorta del huertecillo las bridas de un

jaco semejante al de Fabián Alonso.

Joven, endeble y taciturno, el facultativo parecía tan necesitado de

asistencia como poco amigo de prestarla. Comenzó por renegar de la

lobreguez de la alcoba adonde le condujo _Mariflor_, y acabó por decir

que examinaría a la paciente cuando para ello dispusiera de aire y de

luz.

—La casa es grande—vociferó enojado—; ¿no encuentran ustedes más que

un escondrijo oscuro para esta criatura?

La abuela se santiguó llena de asombro. ¡Andanda con el mediquín nuevo;

oscura la alcoba, después de haber comprado una vela de las finas para

cuando él llegase!

Sintió _Mariflor_ mucha vergüenza por lo mismo que le pareció evidente

la justicia con que se censuraban las condiciones del aposento, y

prometió sustituirle al punto por el mejor del edificio.

Un poco amansado el médico, pulsó a la niña, le miró los ojos y la

lengua, preguntó antecedentes de los progenitores, y, después que la

anciana, con el auxilio de _Mariflor_, hizo un dificultoso relato de

muertes prematuras, recomendó a la enferma sanos alimentos, un tónico

de la botica y baños progresivos de sol.

Despidióse maravillado de la inteligencia y el interés conque Florinda

le escuchaba, dando señales de comprenderle, y cuando volvió, al cabo

de dos días, halló en mitad de la sala el lecho de Marinela, aireado y

a plena luz.

No costó poco trabajo subirle allí; tuvieron por loca a quien lo

proponía, y sólo a fuerza de obstinadas solicitudes logróse al cabo la

piadosa intención.

—¿Un catre en la sala?... ¡Válgame Dios; ya no me queda más que

ver!—había respondido la abuela a las primeras indicaciones de

Florinda, las cuales produjeron igual asombro en las otras mujeres.

Después de agotar la valerosa enfermera todos sus convincentes

argumentos, comenzó Olalla a mostrarse indecisa.

—¡Si es necesario!...—insinuó.

Ramona, siempre con su aire de bestia parda, alzó los hombros en

indefinible actitud. Y Marinela confortó su cuerpo con el sol y las

brisas, mientras la tía Dolores se hacía cruces.

Para conseguir los sanos alimentos y traer el tónico de Astorga,

volvieron la necesidad por un lado y por otro la codicia, a establecer

secretas relaciones entre el baúl de _Mariflor_ y los armarios de la

maestruca.

De rodillas, inclinada con desconsuelo sobre los despojos de sus

tiempos felices, buscó la pobre muchas veces algo que cambiar por

dinero. Y poco a poco, la ropa blanca, el rosario de coral, el bolsillo

de piel, las cintas y los adornos señoriles, fueron con mucha cautela a

pulir el equipo de la novia. Como todo ello eran frivolidades de valor

escaso, Florinda dejaba tímidamente que la generosidad de Ascensión

pusiera el precio. Y Ascensión, poco escrupulosa, influída por el

espíritu mercantil de la raza, fué abusando cada vez más de aquellos

apuros y llegó a poseer casi entero el humilde tesoro de su amiga. Ya

no le quedaba a ésta más recurso que el reloj de su madre; era de oro,

de una sola tapa, lindo y pequeño.

Postrada ante el cofre exhausto, contemplaba la niña su joya con

terrible perplejidad. Hubiera querido no sentir hacia ella un apego

entrañable, no estremecerse con profunda emoción mirando la saetilla,

parada en las tres, como recuerdo de una trágica hora.

Varias veces, aquel mismo día, salió el estuche rojo de su escondite,

llevado y traído por una mano trémula: _Mariflor_ quería ofrecérselo

a la novia y sonreir valiente al realizar el nuevo sacrificio. Pero

ante sus ojos, turbios de llanto, la vira del reloj temblaba como dedo

convulso que señalase con infinita pena una dulce memoria próxima a

extinguirse.

En vano la joven apelaba a sus firmes propósitos de someterse bajo el

purgativo dolor con ánimo eficaz; en la sedosa red de sus pestañas

tejía el humano sentimiento una niebla entre el alma y la Cruz...

* * * * *

Marinela ha mejorado un poco. Tempranito, antes que abrase el día, baña

su débil pecho en los rayos milagrosos del sol. La pócima confortante

y las comidas, apetitosas algunas veces, la van fortaleciendo; se

levanta, sale al colgadizo cuando la tarde se dulcifica, y percibe sin

cesar el tónico de las brisas puras.

El médico ha ordenado que duerma sola, con el balcón abierto; pero

ella, lo mismo que su hermana, temen a la noche libre como a emboscado

enemigo, y Florinda tiende su colchón al lado de la enferma para

infundirle ánimos; ambas reposan a pleno aire, al amparo de la luna,

con estupefacción de cuantos vecinos conocen este nuevo sistema de

curar.

De él se duele Ramona cada vez con más ostensible disgusto; ha querido

oponerle resistencia, pero las súplicas de Florinda obran milagros hace

algún tiempo en aquella singular mujer. Cuando se le acerca la joven

a solicitar su permiso para alguna cosa, reprime un movimiento duro,

esconde la torva decisión de su mirada, y suele decir:—Bueno—alzando

los hombros con su acostumbrada indiferencia—. Sin duda, evoca el

aviso de don Miguel: «Florinda no tiene madre; ¡acuérdate!

Desde que la muchacha se ocupa con humilde abnegación del hogar y de

los niños, y especialmente de Marinela, diríase que acentúa Ramona

aquella pasiva tolerancia con que recibe cuanto de Florinda procede.

No pregunta de dónde saca ella dineros y entusiasmos para mimar a su

prima; supone vagamente que el párroco la ayuda por compasión, y finge,

como Olalla, no comprenderlo, algo confundidas ambas entre flojos

estímulos de vanidad y gratitud...

Hoy _Mariflor_ arrostra muy azorada el pálido mirar de la madre; es

menester adquirir un nuevo frasco de medicina, que vale cinco pesetas.

Lo dice así de pronto, seguido, para no amedrentarse demasiado.

—¡Cinco!—balbuce Ramona.

Su ronca voz, sin inflexiones, rueda sombría.

—Malas artes dañaron a la rapaza—murmura—. Y muy peor será acudir

a fabulaciones de ciudades para ponerla buena. Con darle boticas y

cuchifritus, acostarla a la santimperie y tenerla a todas horas a las

clemencias del cielo, no se consigue desfacer el hechizo de la bruja.

—¡No crea usted en hechicerías!—ruega _Mariflor_ tímidamente.

Pero Ramona, exaltándose, arguye:

—¿Voy a creer que es Dios el que me comalece los rapaces y el

esposo, me rebata la hacienda y me tosiga en la sumidad de todos los

trabajos?... ¡No lo tengo merecido! Dios es justo y no puede consentir

que unos gocen de mogollón y otros pujen todas las pestilencias de la

vida.

Palidece la doncella, creyéndose alcanzada como otras veces por el

despecho de las alusiones, pero la mujerona, mirándola de frente como

no acostumbra, adulce todo lo posible el desabrimiento de su voz, y

añade:

—Tú eres una párvula sin hiel y no conoces al diablo.

Suspensa _Mariflor_ ante la benigna frase, atrévese a profundizar con

la mirada en los ojos propicios de Ramona, y le parece sentir cómo se

rompe el hielo del explorado corazón, y un arroyo de ternura rueda

escondido en él...

Están de sobremesa las cuatro mujeres de la casa, después de cenar.

Alcanzaron permiso los rapaces para correr un rato al fresco de la

noche, y ellas parecen detenidas por una involuntaria laxitud.

El cansancio y la tristeza ponen su languidez amarga sobre aquellas

actitudes de indecisión y cortedad; el humo las envuelve y el silencio

las colma de profunda melancolía.

Abre la abuela en prolongando bostezo su desdentada boca, y la voz

suave de Florinda insiste:

—Marinela sanará si seguimos cuidándola...

Ramona interrumpe sordamente:

—No sana, como la bruja no la ensalme.

—¡Pero si está mucho mejor!... ¿Verdad, Olalla?

La aludida se estremece lo mismo que si volviera de un desmayo o

despertara de un sueño. Hay que repetirle la pregunta y explicarle el

asunto de la conversación; sólo entonces dice con vaga certidumbre:

—La meiga puede sanarla.

—¡Por Dios!... La tía Gertrudis no es meiga. ¿Tú también vas a dudarlo?

Se encoge de hombros la maragata rubia, igual que suele hacerlo su

madre. Parece que las sensaciones delicadas son ya desconocidas para la

moza, como si con los músculos y la voluntad se le hubiese endurecido

el corazón, palpitando sobre la mies.

Ramona espabila el candil, junta impaciente los regojos de pan en un

pico de la mesa, y no pudiendo contener el ímpetu de las indignaciones

que la obligan a moverse, prorrumpe:

—¿Conque no es meiga la tía Gertrudis?... ¿Cómo padeces tú el aojo de

la su visita, si no en la salud en tantas de cosas?... ¿Quién trujo al

forastero trufaldín y te aquerenció con él?... ¿Quién te ofusca para no

reamar a un pretendiente de la garrideza de Antonio?... ¡Ay, rapaza;

afánate por tu prima y verás lo que consigues, si no logras trincar la

intención que nos ofende!...

No solía Ramona componer tan largos discursos; su voz, escandecida,

tiñóse de emocionante desconsuelo, cuando añadió:

Yo bien conozco el daño que Marinela padece; por eso fuyo de oyirla

balitar como un corderín, con la secura en la boca y en los ojos la

medrosía... Pedido hube su curación al Santísimo por los alzamientos

del cálice; pero Dios, con ser tan compasionado, permite que Lucifer

conjure contra el pobre manojuelo de mis entrañas...

Extinguióse la burda queja en un sollozo, y el busto de la madre se

inclinó hacia la orilla de la mesa; algunas lágrimas cayeron sobre los

mendrugos de pan.

—¡No llore!—murmuró Florinda traspasada de compasión—; ¡no llore!

Dios no deja que el Diablo dañe a los suyos, estoy segura de ello; lo

aprendí en sermones y libros: lo dice don Miguel.

Ramona movía la cabeza con incredulidad, reprimiendo el llanto.

—¿Y quién busca el dinero de las medicinas?—dijo al fin, como si

se diese a partido—. Sus ojos enigmáticos se posaban en la moza con

inquietud.

Ella se ruborizó, y muy emocionada, pensando en su relojito, repuso:

—Yo buscaré lo suficiente para algunos días; pero ya se me acaba el...

la... el medio de encontrarlo.

Suspiró la mujer con alivio, sin mostrar desconfianza, admiración

ni curiosidades; secóse los párpados con la punta del mandil, y

comunicativa como jamás lo estuvo, dijo:

—Mañana van las de Fidalgo a Astorga, y como no tenemos cabalgaduras,

yo había pensado que Olalla fuese con ellas a vender unos palombos; la

prestarían compaña y montaje, y ocasión de mercar zapatos para que los

críos no nos avergüencen el día de la fiesta; pero nos han ofrecido a

las dos jornal.

—Yo iré—apresuróse a decir _Mariflor_, inspirada en un doble

propósito.

Admitida inmediatamente la promesa, Ramona tuvo que gritársela a su

hija:

—¿Te duermes o pasmaste?—voceó adusta.

—¡Estoy cansa!—lamentó sin bríos la infeliz.

—¡Pobre!—dijo Florinda entrañando el acento.

Y un gato flacucho y pintojo lanzó a la mesa elocuentes maullidos...

La imagen desfallecida de Olalla persiguió a _Mariflor_ toda la noche

como un punzante remordimiento; ¡ella también debía salir al campo,

jornalera y labradora sin condiciones, lo mismo que su prima!...

Aun en las blandas horas en que el sueño ata las existencias y las

somete a su apacible dominio, velaban los pesares de la joven ocultos

en las sombras del reposo, para erguirse más crueles a la luz de la

realidad, cuando la víctima despertase.

De tal modo iba ella robusteciendo sus ánimos contra el dolor, que

después de sobreponerse al cobarde anhelo de morir, se lanzaba a

padecer, delirante de heroísmo. Convertida en lavandera y hortelana, la

señorita melindrosa comía el rancho del hogar sin aparente esfuerzo,

mostraba un buen talante a todos los reveses de la pobreza, y se dolía

de no haber pagado su tributo de sudor a la mies. Pero la seguridad

de marchitarse aspada en el potro del trabajo, le causaba terror; ya

le parecía sentir en su florido cuerpo el menoscabo de la belleza, la

invisible garra del sacrificio hundiéndole en el rostro las facciones,

borrando la tersura y la sonrisa de la juventud. Hasta en la raíz

de los cabellos percibía la moza el temblor de tales amenazas: una

crispatura y un frío que acaso la hiciera encanecer.

Como dormía sin que durmiese su dolor, despertábase algunas mañanas

con el espanto de las pesadillas, creyéndose ya desjarretada y mustia,

igual que tantas infelices de Valdecruces.

Así recela hoy mismo, y una invencible zozobra la empuja hacia el

espejo. Entre las nubes del cristal resplandecen los veinte años

con tales promesas, que la medrosa no puede menos de sonreir. Se

aproxima al azogue donde irradia la imagen, busca bien en sus rasgos

la hermosura y descubre la piel fina un poco tostada por el sol, las

ojeras teñidas por la preciosa untura de las lágrimas, la boca grave

y dulce, profundo y noble el duelo de los ojos, todo el semblante

embellecido con gracias y tristezas.

En el nublado espejo de la tía Dolores tembló la luz de una mirada

agradecida, que, al volverse luego, descubrió a Marinela con los ojos

clavados en el Cristo moribundo, ya inseparable compañero de la niña

doliente.

Avergonzada _Mariflor_ por el contraste que ofrece su frívola consulta

con aquella otra, acude hacia su prima, hunde la cara entre los brazos

de ella para disimular el sonrojo, y pregunta:

—¿Rezabas?

—Eso mismo.

—¿Por quién?

—Por ti.

—¡Dios te lo pague!

La enferma alisa blandamente los cabellos de _Mariflor_, que de pronto

balbuce:

—¿Tengo canas?

—¡Josús, mujer!... ¿Canas a tu edade?... Tienes un pelo tan largo y

amoroso que da gusto cariciarlo.

—¿Sabes que voy a Astorga a vender los pichones?—dice Florinda,

incorporándose para acabar de vestirse.

—¿Tú? ¿Pues cómo?

—Anoche ya estabas durmiendo cuando lo dispusimos: tu madre y Olalla

tienen hoy jornal.

—¿Y quién me cuida?

—La abuela.

—¡Ay, no quiere que me bañe el pecho al sol; se duerme, riñe o llora!

La Esfinge Maragata: Novela · 第 17 / 21 段