Manaba tan vivo aquel pesar desde la herida tierna de un corazón,

que Olalla la sentía correr como un torrente donde se desbordasen

todas las amarguras del mundo. El deseo imperioso de consolar subió

de las entrañas de la moza, y derramó sus sentimientos más dulces y

protectores en estas elocuentes palabras:

—¿Quieres un poco de tortilla, un poco de vino que sobró a Antonio?

Como no pudiese _Mariflor_ responder, siguió diciendo:

—Lo había guardado para Marinela; pero te lo doy a ti.

—No, no; gracias—dijo al cabo la favorecida.

Porfió la maragata rubia con grande solicitud; pero _Mariflor_ la hizo

creer que había cenado ya. Juntas se hundieron en las oscuridades del

pasillo; y Olalla puso el candil en el suelo entre las puertas de dos

habitaciones contiguas.

—Yo no me desnudo, porque tengo que levantarme al amanecer—dijo,

acompañando a su prima hasta la cama de la abuela.

Enterada de que Antonio partía muy temprano, advirtió Florinda,

estremeciéndose:

—No me llamarás a esa hora...

—No, mujer; nos levantaremos dambas, mi madre y yo.

Hablaban callandito, y un momento contemplaron mudas a la anciana,

dormida con la boca abierta.

Estirándose en la semioscuridad con macabra rigidez, la figura yacente

parecía de tal modo un cadáver, que _Mariflor_ llegóse a tocarla

presurosa.

—¡Está fría!—dijo trémula.

Pero Olalla, imperturbable, repuso:

—Los viejos siempre están congelados: y diz que es dañino acuchar con

ellos los rapaces, porque les sacan la calor. Por eso la abuela duerme

sola.

Un silbido leve, fatigoso, daba noticia de la respiración de la

anciana, y, fuera, otros audaces silbos anunciaron los rigores del

temporal.

La lluvia estalló sonora sobre el «cuelmo» sedoso de la techumbre, y

toda la casa quedó mecida por el llanto y los suspiros de la noche.

—¡Dios mío, qué tristeza!—murmuró Florinda desnudándose.

Había colocado un almohadón a los pies del lecho y desdoblando la ropa

con sigilo, deslizóse en él sin tocar a la anciana. El irresistible

escrúpulo que antes galvanizó a la infeliz, asqueada y vergonzosa,

volvió a poseerla en la orilla de los colchones, empujándola a riesgo

de caer. Resistióse casi adusta cuando Olalla la quiso arropar, y hurtó

el cuello y los brazos desnudos al roce de la sábana.

—¡Si tienes tanto frío como la abuela!—protestó la prima.

—¡No importa, no importa!—balbució _Mariflor_, sin saber qué decir,

escalofriada a pesar de la densa espesura del ambiente. Luego añadió

amable:

—Y tú, ¿vas a quedarte en vela? ¿No tienes frío y sueño?

—¿Frío en el mes de julio?... ¡Válgame Dios!... Cansada sí que estoy;

agora apago la luz y voy, aspacín, a echarme junto a Marinela.

—¿Está mejor?

—No sé; dímosle agua y se durmió; pero arde y tiene temblores.

—Hay que llamar al médico.

—Madre no se atreve, por la paga.

—Pues hay que llamarle—insistió Florinda suspirando.

Revolvióse un poco la abuela, tembló la moza al borde del colchón, y

Olalla dijo:

—Duerme; ya es tarde.

Salió en puntillas, de un soplo mató la luz, y ya entraba en su alcoba

cuando la detuvo un leve reclamo de _Mariflor_.

—¡Oye!... Ese ruido, aquí cerca, que no es del viento ni de la lluvia,

¿de dónde viene?

Olalla escuchó un instante, y ahogó su risa al replicar:

—Es «él»... es Antonio que ronca; ¿tienes miedo?

[Illustration]

[Illustration]

XVII

DOLOR DE AMOR

SOBRE el llanto profundo de aquellas horas tristes, ¡cuántas angustias

rodaron en el alma de _Mariflor_!

El novio no escribía; mudo en la ausencia, oscurecido como fuyente

sombra, perdía su señuelo, de quijote en la llanura de los «pueblos

olvidados».

Todos los días procuraba la joven sorprender al tío Fabián Alonso

cuando, caballero en el rucio, repartía al través de Valdecruces la

escasa correspondencia. A la hora del correo, deslizábase _Mariflor_

al huertecillo en prudente vigilancia. Aprendió a mover un destral, y,

con las sabias advertencias de la prima, fué puliendo los caballones y

limpiando los caminos, precisamente a las seis de la tarde, cuando el

tío Alonso pudiese aparecer sobre la linde antes de dar la vuelta por

la rúa donde la casona abría su entrada principal. Al divisarle, una

terrible emoción perturbaba a la novia, y cuantas inquietudes ocultan

sus resortes en las raíces del deseo, giraban locamente alrededor de la

valija mensajera.

En aquellos instantes de suprema ansiedad, no había palpitación alguna

en la tierra ni en los cielos que para la joven no alcanzara signos

milagrosos de un augurio; el manso zurear de las palomas, el vuelo

suave de una mariposilla, el murmullo del regato, las señales apacibles

del horizonte, eran nuncios de sonriente promesa. Y, en cambio,

producía en la enamorada cruel zozobra que las aves volasen mudas, que

durmiese el arroyo o que una vedijuela de nube rodara en la limpidez

del cielo azul; así los afanes pendientes del papel amoroso que había

de llegar, padecían indecibles martirios agravados por mil puerilidades

de la impaciencia.

Ráfagas bruscas del mismo fuerte sentimiento sacudían a _Mariflor_,

supersticiosa o creyente en contradictorio impulso. Tan pronto se

estremecían sus labios con el temblor de una plegaria, confiando a

Dios todas las inquietudes del corazón amante, como bebían sus ojos

en la fuente de imaginarias significaciones, y la nunca dormida

fantasía fraguaba sus quimeras sobre una flor, una zarza, un nublado,

convertidos en talismán. Y cada nuevo desengaño, al doler y pungir como

traiciones, prendía en la esperanza un nuevo estímulo, acendrando el

amor con el dolor.

Nada preguntaba la niña a don Miguel, y tampoco el sacerdote necesitó

preguntar a la niña. Al encontrarse, ambos se miraban a los ojos con

la costumbre de medirse los claros pensamientos; ella leía reproches

y enemistad para el amado ausente, y aquél encontraba perdones y

disculpas en respuesta a su tácita acusación.

Transcurrieron en estas ansiedades muchos más días de los que

_Mariflor_ creyera posible resistir. Anduvo como una sonámbula viviendo

en apariencia, desprendida con furioso egoísmo de cuanto no fuese

anhelar noticias de su novio. El pan y el sueño le sabían a lágrimas,

a ofensa el aire y el sol, y a intolerable esclavitud los lazos que la

unían al hogar. Huyó de Marinela, que la llamaba siempre desde el lecho

con una pregunta ardiente entre los labios, y procuró evadirse a toda

intimidad, trabajando sola, en el huerto y la «cortina», convirtiéndose

en hortelana, con indiferencia absurda, sin que la doliese el esfuerzo

ni la dañase el calor. Apenas supo de Olalla y de su madre, que,

laborando en la mies, aparecíanse en la cocina por la noche, mudas y

hambrientas, estoicas, impasibles... La abuela, incapaz como nunca,

gemía por los rincones con el corazón cansado de sufrir, y los niños

tornaban de la escuela descalzos y maltrechos, sin que Florinda lo

advirtiese.

Generosa con el ingrato, no pudiendo admitir la idea de su olvido,

hasta llegó la joven a creer que hubiese muerto. Imaginó accidentes,

percances y dolencias; se atormentó con las más trágicas suposiciones

y sintió como un vértigo irresistible la atracción de la muerte;

tornábase enfermizo el carmín de sus mejillas, vacilaba su paso y

brillaban sus ojos con la tibia claridad de soles adormecidos.

Una de aquellas tardes en que acechaba desde el huerto la llegada del

tío Fabián, al oir un chasquido de herraduras en las piedras, tuvo

que arrodillarse para no caer. Quedó inmóvil de hinojos, transida

de emoción, y el viejo, que solía mirarla con regalo y curiosidad,

asomándose a la sebe lo mismo que otros días, hizo un guiño a manera de

saludo, y murmuró, piadoso:

—Hasta que no ahuyentes a la bruja no recibes esquela.

Levantóse la niña zozobrante a perseguir el eco de aquel aviso y

le pareció columbrar a la tía Gertrudis inclinada sobre el bastón,

doblando la rúa a pasito menudo y cauteloso.

Sed de amor y hambre de felicidad dieron ímpetus a Florinda para

correr en pos de la vieja. Pero la calle donde creyó que había

desaparecido, solitaria y misteriosa, no le mostró rastro ninguno.

Siguió la joven caminando al azar, enardecida por el deseo de pedir a

los ojos nublados de aquella mujer y a su entorpecida voz razones del

maleficio que desde el abuelo Juan alcanzaba a la nieta inocente.

Aún ardía la tarde, espléndida y dulce. Julio, al morir, agitaba el

abanico dorado de los centenos con una brisa generosa que fingía

murmullos de oleaje.

No había llovido desde aquella noche triste en que _Mariflor_

Salvadores lloró acerbamente con las horas, y la tierra, colorada y

sequiza, muerta de sed, emanaba agrestes perfumes en todo el paroxismo

de su excitada vegetación.

Aromas y rumores brindaron su refrigerante caricia a la desolada moza,

apenas traspuso los linderos del lugar.

Sabiendo que la tía Gertrudis habitaba en el barrio vecino de la mies,

íbase _Mariflor_ con ciego impulso por las rutas del campo, decidida y

absorta como si caminase derecha hacia lo infinito.

De pronto, allí, a la orilla de un propicio sendero, encontró a

_Rosicler_.

—¿Onde vas?—clama el pastor, atónito, delante de la moza.

Ella se aturde, olvidando a qué esperanza la lleva aquel camino, y en

una repentina evocación de su desventura, dice con acento oscuro:

—A buscar a la tía Gertrudis.

—¿La renovera?

—No sabemos si lo será—responde Florinda un poco avergonzada de

sospechar lo mismo que el pastor.

—Diz que lo es; y que a tu gente le hace mal de ojo por rencillas que

tuvo con tu abuelo.

Mientras coloquia el zagal, le seducen extrañamente la cabellera

sombría y la entenebrecida mirada de la joven.

—¿Gastas poca salud?—pregunta conmovido.

—Gasto mucha—balbució la enamorada maquinalmente.

—Píntame que has adelgazao—murmura él, pesaroso—. Y añade, viendo

que la muchacha se quiere despedir:

—¿Sabes a casa de la bruja?

—No.

—¿Entonces?...

Desconcertada _Mariflor_ intenta continuar su camino, pero el rapaz la

detiene:

—Yo te enseñaré—dice—. No necesitas dar vuelta a las aradas: según

vamos al pueblo, un poquitín a la derechera, hay una rúa angosta, y

alantre alantre, onde ves una cabaña con hartos boquetes y mucho cembo

en la techumbre, acullá...

Pero Florinda está llorando.

No comprende ella por qué su sensibilidad, atrofiada y como inerte

bajo la dureza del dolor, se derrite al contacto de la solicitud

de _Rosicler_. Saborea hieles de lágrimas hace ya muchos días, sin

conseguir el alivio del llanto. Y apenas el zagal pone ingenuamente sus

devociones al servicio de la secreta pesadumbre, estalla la lluvia del

corazón en los ardientes ojos de la novia; un sentimiento fraternal

suaviza la inclemencia del oculto padecer y afloja las bárbaras

ligaduras del silencio y el disimulo en el pobre pecho atormentado.

Aquella racha de aromas y rumores que antes penetró el alma de la

moza como apacible compañía, fué, sin duda, el anuncio de esta brisa

sentimental que en el abandonado espíritu levantan las solícitas frases

del pastor.

Sintiendo el apoyo de una fuerza consistente y viva, reacciona

_Mariflor_ y responde a su amigo:

—Ya no voy adonde dices: me vuelvo a casa.

—Y, ¿por qué lloras?

—Porque sí.

Esta irrebatible lógica desconcierta un poco al zagal, que luego se

rehace y afirma:

—Ya lo sé: porque se marchó el forastero sin que os echáramos el

rastro... No quiso el señor cura.

La moza no contesta, distraída en el consuelo de llorar, y, siguiéndola

por los estrechos viales de la mies, el pastor se preocupa meditando en

los motivos del lloro. Porque él oye decir que la niña está solicitada

para Antonio Salvadores, y no es probable que con un pretendiente de

tanta robustidad, hacienda y poderío, ella suspire por un extranjero

«ceganitas y esgamiao».

—¡No puede ser!—corrobora en voz alta.

Y, súbito, un razonamiento luminoso le da la clave del enigma:

—Lloras—dice muy cierto—por las malas nuevas que tuvo de allende el

señor cura.

—¿Las tuvo?

—Mi hermano escribió. En la esquela pone que el tío Isidoro adolece

del arca y está «en los últimos»; que su padre quiere llevarse a Pedro,

y que...

—Pero, ¿a quién se lo escribe?

—Eso a nosotros, con el sobre a don Miguel, y otra carta semejante

recibió el mismo día, lo cual que dijo: Esta es de Martín. Las tenía en

somo de la mesa cuando llegué a buscar la de mi hermano.

Sobresaltada y anhelosa, despierta _Mariflor_ desde el infausto sueño

de sus amores a las imponentes realidades de la vida. Sus lágrimas

se borran al calor de los remordimientos y el rudo latigazo de la

conciencia imprime velocidad al paso y al raciocinio de la joven.

—¡Mi padre!—murmura enajenada.

Y aquel nombre, dulce y solemne, le suena extraño y nuevo, muy remoto.

Asustado el zagal, teme haber sido inoportuno, y divaga en

murmuraciones confusas:

—Yo conté que lo sabías... Quizabes no sea cierto... Podemos ir yo y

tigo a preguntar...

—Gracias, _Rosicler_: será mejor que vaya sola.

Es tan visible y lastimoso el esfuerzo con que la niña se dispone a

correr en busca de sus nuevas desgracias, que el pastorcillo siéntese

inclinado a compartirle. Pero no sabe cómo sostener la media cruz de

aquel dolor, y para demostrar siquiera que él también sufre, afligido

murmura:

—Yo marcharé con Pedro, sabe Dios hasta cuándo.

—¡Pobre zagal!—lamenta Florinda, volviendo con dulzura la mirada a

los cándidos ojos que la siguen.

A _Rosicler_ se le enciende el semblante, lanza un fuerte suspiro al

aire claro y esconde en el corazón unos cuantos secretos.

¡Tal suspiran las mieses, cargadas de misteriosas inquietudes!

* * * * *

Don Miguel estaba en Astorga y fué preciso aguardarle, ya que llegaría

de un momento a otro.

—Anda muy ocupado con el casamiento—dijo Ascensión a su amiga,

recibiéndola cariñosamente.

La idea de que el cura estuviese negociando un préstamo para la dote,

colmó la pesadumbre de la muchacha. Era la primera vez que se ponía

en contacto con la gente del pueblo desde la llegada del primo y la

partida del novio, y una dolorosa cortedad hacía difíciles sus palabras

y sus averiguaciones.

—¿Sabes tú lo que ha escrito mi padre?—atrevióse a decir.

—No sabemos nada.

Esta prontitud de la respuesta hizo a Florinda comprender que Ascensión

tenía orden de no decirle lo que supiese acerca de aquel punto. Pero

sin duda no le estaba prohibido exacerbar los pesares de la amiga con

crueles alusiones; y, más curiosa que malévola, por saber muchas cosas

que ignoraba, fué diciendo con femenil astucia:

—¿Tienes buenas noticias de la Corte?

Inmutada, la triste novia movió negativamente la cabeza.

—¿Y de Valladolid?

—Tampoco.

—Facunda Paz ha dicho que te casas para las Navidades.

—No es cierto—pudo protestar Florinda con delgada voz.

—¡Ah! yo creí... ¡Como el primo os lo pone todo tan llano!... La

verdad es—continúa la muchacha al cabo de un inútil silencio—que

habéis tenido mala suerte: la tía Dolores pierde los caudales cuando ya

no puede trabajar; Marinela adolece, para morir cuando caiga la hoja,

y los chicos están abandonados, mientras Olalla y su madre andan de

obreras, si a mano viene.

—¿De obreras... para los demás?—gime tembloroso, a punto de romperse,

el hilo de la remisa voz.

—Sí; mañana van para nosotras.

—Y, ¿a qué trabajo?

—A la siega.

—Pero, ¿no vienen hombres de Galicia?

—Algunos vienen a segar otros centenales de más labor; aquí lo

suelen hacer las segadoras: «éstas» se ofrecieron, y ¡como son buenas

servicialas!...

Le parece a la novia del poeta que fluctúa un ligero desdén en las

palabras de Ascensión, como si ya fuese irremediable el hundimiento

de la familia Salvadores y esta ruina arrastrase consigo todas las

deferencias que gozó en Valdecruces la niña ciudadana. La jerarquía del

corazón y la superioridad de la inteligencia, pugnan por levantarse

rebeldes sobre el desvalimiento fortúito, mas un pálido sonrojo tiñe la

frente de la orgullosa, y sus labios permanecen inmóviles: se siente

abandonada, pobre como jamás lo estuvo, lejos como nunca de todas las

cumbres que un día creyera poseer. El hondo fragor de sus arrogancias

enmudece esclavo de la fatalidad, cunde silencioso y baldío, derramando

los deseos en las tinieblas.

Y Ascensión, creciéndose con infantil empaque, según advierte el

profundo descorazonamiento de la niña, adopta un tonillo desusado para

enumerar «las donas» que recibe del novio, presume y alardea entre

manteos, jubones y delantales, esparcidos con hartura por la estancia.

Cuando llega, a poco, don Miguel y hace que Florinda suba a su

despacho, no puede la muchacha ocultar su aflicción a los ojos del

sacerdote; llora a raudales, derribada en el primer escañuelo que

tropieza, sorda a las preguntas con que el apóstol persigue la

desaforada cuita.

—De ese modo no se puede vivir, _Mariflor_—prorrumpe don Miguel con

blanda severidad.

Y la moza, difícilmente, responde:

—Es que necesito morirme.

Paseando en torno del parpadeante velón, aguarda el cura que se aquiete

la tremenda crisis de aquel pesar. Y cuando ya parece que a Florinda se

le agotan las lágrimas y sólo quedan en su pecho suspiros, indóciles

como rezago de borrasca furiosa, el confesor acerca un escabel a la

doliente, y ella misma procura abrir el alma a las investigaciones que

la solicitan.

Fuertes son los quebrantos que la zagala llora, no lo niega don Miguel;

pero no es de criaturas cristianas el abandonarse al infortunio en

estéril desesperación, olvidando la suma bondad de _Aquel que tiene

cuenta con los pajaricos y provee a las hormigas, y pinta las flores, y

desciende hasta los más viles gusanos_.

Esta prometedora evocación remueve con empuje milagroso las moribundas

fibras de una esperanza. ¡Pues no había olvidado _Mariflor_ aquellas

frases tan dulces y sabidas! Con su recuerdo acuden en tropel los de

la madre muerta y las lecciones aprendidas en su regazo; y un soplo

inmenso de ternura levanta los sombríos pensamientos de la moza.

Lumbres de la excelsa piedad que alcanza a las hormigas y a las flores

y busca a los gusanos entre el polvo, despiertan con su luz todas

las piedades dormidas en el triste pecho de la enamorada. Y ya en la

torrentera de la juvenil pasión, corren con las amarguras del férvido

caudal muchas compasiones para cuantos seres tiemblan en las ramas

del fracaso y del vencimiento, como aves castigadas por la lluvia en

adversa noche: enternecida bajo la piadosa corriente de un dolor menos

áspero, _Mariflor_ escucha lo que va contando el sacerdote.

No es cierto que las noticias de América sean tan malas como ha

entendido el simple de _Rosicler_: aunque el tío Isidoro no mejora, los

temores sobre su enfermedad no son definitivos, y los médicos opinan

que la vuelta al terruño quizá operase en el enfermo una beneficiosa

reacción.

Cuanto al viaje del rapaz, su tío le juzga conveniente, porque,

inútil Isidoro para el trabajo, le hace falta a Martín en el tenducho

una persona de su confianza. ¿Que Pedro es un niño? Más niños y sin

protección alguna emigran otros infelices: es necesario avezarse a la

lucha por la vida y resistirla desde la niñez.

Tampoco es una desgracia nueva que trabajen a jornal Ramona y su

hija. ¿Qué más tiene el surco propio que el ajeno, si exige el mismo

trabajo, le riega una misma fuente y el beneficio que reporta sabe a

pan moreno de una sola mies?... ¡Un poco de orgullo sacrificado es cosa

tan pueril cuando se piensa que «nuestras propiedades» lindan con el

cementerio!...

Quiere don Miguel consolar a _Mariflor_ y se esfuerza en aducir

consideraciones de ultrahumana filosofía; pero en el fondo de sus

graves palabras, solloza con tal ímpetu la tragedia del páramo, que se

descubre, arisca, la visión de los añojales, fecundos por el terrible

esfuerzo de las mujeres, confundidos con la tierra común preñada de

despojos, florecida de cruces y de nombres.

Y el pecho de la enamorada palpita con tan humanos afanes, tan seducido

por las aficiones a la vida y los anhelos de la transitoria felicidad,

que el pobre corazón se retuerce mártir y convulso, loco de pena entre

las lindes pálidas del cementerio y de la mies.

Sin embargo, es preciso pensar continuamente en los grises caminos

que deslindan «arrotos» y sepulturas. ¿Qué dice el heredero del tío

Cristóbal? ¿Arrebata la hacienda de la familia Salvadores? ¿Se muestra

piadoso?...

Sí; pues aunque Florinda lo dude, es cierto que Tirso se ha presentado

espontáneamente a don Miguel para decirle que prorroga hasta Navidad

los préstamos otorgados a la tía Dolores.

—¡Hasta Navidad!... ¡Qué raro es eso! ¿Hablaría Antonio con él?

No contesta el párroco a esta pregunta, pero de sus frases, vagas,

colige Florinda que no ha sospechado mal. Entonces un atrevido

pensamiento la conforta: ¡si el primo fuera remediando los apuros de la

familia hasta las Navidades!

Siempre sería ésta una ventaja para todos; además, en cinco meses,

¡pueden ocurrir tantas cosas!...

En seguida salta la imaginación de la joven a la más urgente de las

deudas familiares; ¿habrá pagado Antonio las cuatro mil pesetas

al cura? Trata Florinda de averiguarlo con dolorosa timidez, y el

sacerdote la interrumpe inquieto y persuasivo:

—No me debéis nada—murmura—; ni un céntimo; ya lo sabe Antonio.

—Pero la boda se aproxima...

—Tengo en el bolsillo las pesetas.

Como parece que la joven duda, don Miguel desdobla un fajo de billetes

que lleva guardados encima del corazón, y cuenta muy despacio la

interesante cantidad.

Aún no se aclara el entrecejo de la niña; la nube que le oscurece

persiste inquietadora, porque la hazaña de recuperar aquel dinero le

tiene que haber costado al cura un sacrificio, una humillación, quizá

un bochorno. Pero el bienhechor niega, sonríe: ¿Y si se lo hubieran

regalado?... ¡Vaya con la aprensiva!

—Usted dijo que a un pobre le era casi imposible lograr ese

préstamo—aduce _Mariflor_ acongojada.

—Yo suelo equivocarme algunas veces, y tú eres una visionaria que

estás conspirando contra tu salud a fuerza de atormentarte; basta para

afligirnos la situación de la pobre Marinela. Conque, hija mía, a

vivir... y a esperar.

—¿En quién?—prorrumpe ávida la moza.

—¿Y me lo preguntas?

—Sí; ya lo sé: ¡en Dios únicamente!...

La incertidumbre que interrogó desde los ansiosos labios se condensa

en un gesto de cansancio profundo. Atosigada por las vicisitudes del

Destino, siente Florinda muy lejana la ayuda de Dios, muy alto el

cielo, en inabordable confín, y harto duros en la tierra los desiertos

del olvido cruel. Nostalgias de una felicidad imposible crecen en el

colmado corazón, con apremios tan vivos, que todas las piedades y las

ternuras se encogen relajadas bajo la explosiva fuerza de un solo

anhelo.

Y audazmente, sin escrúpulos ni rubores, con absoluta necesidad de

asirse a un hilo de esperanza para poder vivir, pregunta la niña:

—¿No sabe usted nada, nada «de él», ni una palabra siquiera?

—¡Ni una palabra!—responde el cura con indefinible tono, lleno a la

vez de piedad y acusaciones. Advierte en seguida que su respuesta corta

como un puñal, y ve a la sentenciada palidecer y levantarse al filo de

la rotunda negativa.

Un violento espasmo sacude la fuerte juventud de _Mariflor_, crispa en

sus labios el pesar una sonrisa helada, y tiembla en sus ojos un ramo

de locura.

La convulsión de aquella pobre vida y el estrabismo del torturado

entendimiento, piden un socorro eficaz: pero, buscándole con la más

compasiva solicitud, sólo encuentra don Miguel revulsivos y cauterios

que, fundentes, contribuyen a derretir los caudales de bondad

constreñidos en el robusto corazón.

—Tu padre te escribe—anuncia, fingiendo que no siente ni descubre

aquel martirio—. Aquí está la carta.

Como la moza no tiende su mano a la misiva y continúa vacilante en los

trágicos límites de la demencia y el desaliento, añade el cura:

—Tu padre sufre y trabaja por ti; es menester que le confortes.

—¡Ah, mi padre!—exclama ella como un eco de lejanos cariños y

palabras antiguas.

—Sí; él, que sólo vive para volver a verte... Y Marinela... ¡escucha!,

Marinela se muere pronto si no la cuidas tú.

—¿Se muere?

—¡Claro; nadie la socorre!

—¡Virgen santa!...

El párroco ya sabe que el alma de Florinda se resistirá a sucumbir

ante el dolor; la ve arrastrarse hacia la derrota, fascinada por el

abismo de la pena, tornar luego sumisa a los requerimientos del deber;

apagarse, encenderse al soplo de corrientes misteriosas, como una

llama recia y combatida. Él la espera, la busca, y asiste conmovido al

ardoroso combate sentimental.

La Esfinge Maragata: Novela · 第 16 / 21 段