Entre las muchas perplejidades de su imaginación, sólo un deseo

definido apreciaba la enferma: el de tener a Florinda al lado suyo y

sentir el contacto de aquella juventud delicada y hermosa, en la cual

parecían posibles todos los prodigios de las ilusiones. Escuchando

la voz de su prima, viendo su cara, sentía Marinela aclararse sus

nebulosos ensueños, como si un rayo de sol les diese forma y rumbo:

para la inocente ambiciosa, Florinda era la humana realidad de todos

los presentimientos inefables; algo así como un trasunto glorioso de

cuantas quimeras y rebeliones se fraguaban en aquel corazón de niña,

desbocado y herido.

—¡No te vayas!—suplicó ella mimosa.

—¡Si me voy a estar contigo toda la tarde!—prometía _Mariflor_

clemente.

—¿Ya «te despediste?»—insinuó entonces Marinela, vibrante de

curiosidad.

—Sí.

—¿Volverá pronto?

—Eso dijo.

—¿Te escribirá mucho?

—Versos y cartas—confesó la novia.

Sentía que sólo el corazón de la zagala era allí adicto a sus amores, y

por primera vez hablaba con ella en cómplice secreto.

—¡Romances!—murmuró la niña con la voz repentinamente ilusionada.

Y cerrando los ojos, en un espasmo de sentimental deleite, añadió:

—Dime aquellos de la farandulera, que los aprendimos de memoria.

Comenzó Florinda a repetir los versos con argentino son, como si el

cristal de su alma resonase al través del recitado. Y escuchaba la

paciente niña empapando su espíritu en las olas del afanoso cantar, con

tan fuerte embriaguez, que le pareció sentir en la carne el escalofrío

de violentas espumas.

—Basta, basta—gimió—¡me duele!

—¿Cuál?

—El romance... el pensamiento...

—Duerme un poco; no te conviene hablar tanto—aconsejó _Mariflor_,

alarmada por la apariencia del delirio.

Pero la niña preguntó de pronto con mucha serenidad:

—Y tú, ¿dónde vas a dormir esta noche?

—¡Ah, no sé!

—¿Con la abuela?

Turbóse la moza: una repugnancia invencible la hizo exclamar:

—¡No!

—Entonces, ¿con quién?... No hay más camas.

—Aunque sea en el escaño de la _Chosca_.

—¡Mujer! ¡Si aquel rincón hiede! Da tastín a una cosa picante, así

como cuando el queso rancea.

Alcanzada por un asco irresistible, _Mariflor_ se puso de pie con

instinto de fuga. ¿Dónde iba a dormir aquella noche?

—Al raso: en el huerto, en el corral—pensó heroica y rebelde.

Y Marinela, sin enterarse del tremendo sobresalto, murmuraba conmovida:

—¡Oye!

—¿Qué?

—¿Ya «se marchó»?

La alusión, tácita y dulce, vibró con estremecimiento de saeta.

—Sí; ya irá por el camino—dijo Florinda amargamente.

Sus palabras rodaron con un eco profundo, como si dilatasen los

horizontes del viajero en infinita peregrinación.

—¡Quién fuese paloma!—exclamó la enferma con ardiente arrebato.

Una imagen de alas libres, de lontananzas azules, de espacios alegres,

de amor y de luz, robó a la novia el pensamiento, en sacudida brusca de

la imaginación. Sentía de pronto la pesadez implacable de la atmósfera,

con tales náuseas y repulsiones, que un indómito impulso de todo su ser

le obligó a decir:

—Me voy... vuelvo en seguida.

Y salió escapada del dormitorio, sin tino y sin aliento.

Buscando aire y claridad, llegó al _estradín_ y se quedó suspensa

delante de las tres mujeres de la casa, que parecían esperar una

visita, sentadas muy ceremoniosamente alrededor del aposento, sin

acordarse, al parecer, de sus cotidianos trajines.

La abuela había resucitado un poco, listos los ojuelos y solícita la

postura, mientras Ramona doblaba el cuerpo en la silla, vencido por

la costumbre de escarbar los azarbes y los surcos, y lucía Olalla

su pañolito de Toledo, frisado y reluciente, margen de un rostro

impasible.

No sabía _Mariflor_ cómo esquivarse a la censura de aquel extraño

grupo, silencioso como un tribunal, y azorada murmuró:

—Marinela necesita que la visite el médico.

—Aún se le debe el centeno de la iguala—dijo Ramona, acentuando la

sombría dureza de su rostro.

—No importa; hay que llamarle—se atrevió a replicar Florinda.

Y Olalla, encendida por el carmín del remordimiento, se puso de pie,

balbuciendo:

—¿Recayó?

—Tiene calentura.

—Habrá que darle agua serenada.

—Y un fervido esta noche—añadió la madre.

—Voy a verla—decidió Olalla saliendo del _estradín_, con su paso

corto y solemne, para volver el punto más de prisa, exclamando:—¡No

está en la cama!

—¿Cómo que no?

—Ven, ven; no está.

Las dos mozas corrieron juntas, y detrás gritaron las dos madres.

—¡Sortilegio, sortilegio!—rugía Ramona, en tanto que la abuela, sin

comprender el motivo de tales alarmas, iba lamentándose:

—¡Ay... ay!...

Todas palparon en la oscuridad el vacío lecho, y Ramona se hundió en él

de bruces, relatando conjuros y exorcismos con demente superstición. A

su lado, la tía Dolores seguía gimiendo:

—¡Ay... ay!...

Las muchachas buscaban a Marinela por diferentes escondites: no podía

haber corrido mucho en poco tiempo, débil y medio desnuda.

Todavía, en el asombro de la nueva inquietud, le sonaba a Florinda

con encanto la suspirada frase: ¡quién fuese paloma!, y los pasos

de la joven siguieron maquinalmente el invisible hilo de aquella

fascinación. Desde la penumbra de la escalera ganó la novia, con

gesto iluminado, la cumbre alegre del palomar, y entre el rebullir de

los pichones y el plumaje esponjoso de los nidos, halló a la pobre

Marinela, tiritando y encogida, de hinojos en el suelo.

—¿Qué haces, criatura?—gritó, corriendo a levantarla.

Pero ella puso un dedo en los labios con sigiloso ademán.

—¡Chist!... ¿No oyes muchas alas que baten?... ¡Escucha!...

—Sí; es que llega el bando—respondió Florinda, asomándose a recibir a

las viajeras, enajenada también por indecibles anhelos.

—¿De dónde viene?

—Pues de la llanura, del camino...

Alado azoramiento de temblores y arrullos invadió el palomar.

Quizá tocó a las aves un leve espanto en las alas cuando el viento

revolcó los húmedos sollozos en la estepa, aquella tarde triste; quizá

en los picos y en las plumas traían las palomas un mensaje embustero

y perjuro. Si el tempestuoso retornar de las mensajeras encerraba un

fatal designio, Florinda le recibió encima de los labios, sorbiéndole

hasta el corazón en el aire frío de las alas revoladoras, mirando al

nublado cielo con los ojos llenos de lágrimas, y Marinela le esperó

de rodillas, aterrada la frente, sumisa la cerviz, como una humilde

criatura sentenciada al último suplicio.

[Illustration]

XVI

LA TRAGEDIA

SOFOCADO y mohíno salió Antonio Salvadores de la segunda conferencia

con don Miguel, luego de afirmar que sólo casándose con Florinda

remediaría los apuros de su gente.

Había soltado la contradictoria declaración de sus intenciones con la

prisa de quien se descarga de un grave peso. Aceleradamente, lleno de

timidez y de bochorno, se adelantó a decir:

—Me casaré con «ella» y arreglaremos esas trampas sin demasiados

perjuicios...

No esperaba el cura tan a quemarropa la presentida capitulación.

Sonrió, avisado, y quiso paliar con diplomacia su respuesta para

no herir de frente el masculino orgullo, muy empinado y hosco en

Maragatería.

—¡Hombre!—dijo—vamos por partes: la moza oyó que tú la rechazabas;

¿cómo vas a exigir ahora que te quiera?... estará quejosa, ofendida...

—¿Ella?—dudó Antonio, como extrañando que una mujer pudiese tomar la

seria determinación de ofenderse. Luego, en aquella duda presuntuosa,

abrió su camino oscuro otra sospecha. ¿Y si _Mariflor_ no fuese una

mujer como las demás?... Porque parecía distinta...

—Usted le dirá que me equivoqué—propuso el mozo—; que no supe

expresarme; que usted me entendió mal y yo no me atreví a desmentirle;

cualquiera disculpa que a mí no se me ocurre.

Tanta cortesía y previsión eran indicios de firme voluntad

conquistadora. Y don Miguel, perplejo, confiando a la Providencia

el desenlace de aquel conflicto, se limitó a insistir, como medida

de precaución contra un brusco desengaño, en que Florinda era muy

sensible, delicada de pensamientos, dueña y señora de su voluntad por

expreso designio de su padre.

—Pues usted se entenderá con ella: le dice...

—No; eso tú.

—¿Yo?

—Naturalmente.

—Usted no me conoce; yo no sirvo para hablar de estas cosas con

rapazas; además, aquí no se usa.

—Pero tu prima es mujer de ciudad, inteligente y razonable, y tú ya

eres un hombre educado a la moderna.

—Yo soy el mismo de antaño, don Miguel; y me pongo zarabeto y torpe en

tratándose de finuras: quiero casarme con _Mariflor_; ayúdeme usted y

me daré a buenas en lo de la abuelica.

Clavado con tenacidad en su deseo, encendido el rostro y la actitud

inquieta, el pretendiente no dió un paso más por el camino adonde se le

quería conducir.

Y ya mediaba la tarde cuando el cura llevó a su convidado a casa de la

tía Dolores, prometiendo explorar el ánimo de _Mariflor_ y evitarle al

mozo en lo posible, las negociaciones directas con la prima.

Entraron, pues, los visitantes por la puertona principal, se asomaron

al _estradín_ desde el pasillo, y, no hallando quien los recibiera,

deslizáronse hasta la cocina. Quizá sus mismos pasos, recios sobre las

baldosas, y un repique sonoro del bastón de don Miguel, les impidiese

oir hacia la alcoba de Marinela voces apagadas y sollozos furtivos.

La moza, sorprendida en el palomar, acababa de aparecer, dócil como

un corderuelo, de la mano de _Mariflor_, y era recibida con espanto

como un ánima del otro mundo. Revolvíase la madre en el dormitorio,

asegurando «que la renovera le había traspuesto de suso a la rapaza

con intención luciferal». A estos aberrados plañidos hacían coro,

augurales, las otras dos mujeres; y en vano Florinda procuraba explicar

que, sin duda, la enferma, necesitando aire en los ardores de la

calentura, había escalado inconsciente el abierto refugio de las

palomas.

Sin negar ni asentir, acaso contagiada por la superstición de los

hechizos, Marinela gemía, hundiéndose en la cama otra vez y dejando que

su madre la cubriese con un rojo alhamar.

—Es preciso que sudes—ordenaba Ramona—para que desarrimes la friura

del pecho.

Y el terrible cobertor fué rodeado con saña al cuerpecillo febril.

—¡Tengo sede!—lamentaba la niña sollozando.

—¡Ni una gota de agua, ni una sola!—sentenció la madre severa.

Y la voz de don Miguel resonó entonces impaciente:

—¡Ah, de casa!... ¿Dónde estáis?

Pero ya estaban en la cocina, aceleradas y serviciales, las de

Salvadores, dejando sola con la enferma a _Mariflor_, aplastada bajo

el aire estantío del dormitorio. No permaneció allí mucho tiempo. La

llamaron al compás de unas voces solapadas, y acudió medrosa, con la

incertidumbre en el corazón.

Iban cayendo en la cocina las precoces tinieblas de aquella tarde gris,

y Antonio había buscado el rincón más oscuro para aposentar su lozana

persona; junto a él quedaron medio escondidas las tres mujeres; de

modo que al entrar la joven, sólo vió al cura, de pie bajo la escasa

claridad del ahumado ventanuco.

A una indicación del sacerdote le siguió Florinda, pasmada, hacia el

_estradín_, y, traspuesto apenas el umbral, los dos hablaron quedamente

un instante, mientras en el fondo de la cocina se delataban algunos

acentos confabulados y cautelosos.

Por el sombrío rastro de tales rumores fuese _Mariflor_ derecha hasta

su primo, le puso como por la mañana las suaves manos en los hombros, y

le dijo enérgica y triste:

—Yo no te pedía nada para mí, y aunque me dieras todo el oro del

mundo, no te puedo querer ni ahora ni nunca.

Tronaron sordamente unas frases violentas, en voz opaca de mujer, y un

brusco regate hurtó bajo los dedos de la niña el coleto de Antonio.

Libre ella de su grave secreto, volvió a guarecerse junto al sacerdote

que, habiéndola seguido desde el _estradín_, recibía otra vez el

fugitivo resplandor de los cristales, en el centro de la cocina.

—¿Entonces?...—interrogó Olalla con increíble desparpajo.

—Antonio dirá—pronunció cohibido el cura.

Y cuando parecía imposible que el mozo respondiera, atarugado por

timideces y rencores, subrayó con bastantes ánimos:

—Digo «que nada»; ya lo sabe usted.

Hipos y quejas estallaron encima de tan ruda afirmación, y allí, en

la cómplice oscuridad, fué pronunciado con odio y amenazas el nombre

«del forastero». Cuanto maldecía Ramona, áspera y cruel, repetíalo

maquinalmente la tía Dolores, mientras Olalla, más prudente y justa, se

atenía a ponderar el común infortunio con ayes quejumbrosos:

—¡Ay los mis hermanos!... ¡Ay mi abuelica!...

Desde lejos, Marinela, ardiendo en fiebres del cuerpo y del alma,

estremecida por aquellos extraños gritos, se atrevía también a plañir:

—¡Tengo sede!

—¡Qué escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!—clamó atónito don

Miguel—. ¡Silencio!—ordenó al punto con una voz estentórea, y el

cuento de su bastón repicó furiosamente en el solado.

Establecida en apariencia la tranquilidad, dejóse oir el resoplido

de una respiración muy agitada, un trajín de carne ansiosa, como si

jadeando en las tinieblas Antonio se hubiese puesto de pie.

De pie estaba; había entendido que aquel señor «de pluma», displicente

y finuco, invitado por don Miguel, con mucho golpe de espejuelos y de

romances y poca guita en el bolsillo, le birlaba la novia. ¡Y vive Dios

que no sería así, tan fácilmente!

Por los fueros de Maragatería, por la honra de su casta, lo juró

Antonio Salvadores.

Con el estallido de un beso sobre la carnosa cruz del índice y el

pulgar, dió el maragato fe de su altivo juramento, y, arrogante, audaz

como nunca, preguntó:

—¿Cuánto hace falta para que no lloréis?

El estupor que estas palabras produjeron, enmudeció al auditorio, hasta

que Florinda, incrédula, quizá un poco mortificadora, dijo sordamente:

—Para que no lloren, hace falta mucho dinero.

—¿Cuánto?

Desde el fondo de la oscuridad, la insistencia de aquella pregunta

parecía algo fantástica. Y la joven, vacilando, como si en sueños

hablase con un duende o respondiera a un conjuro, enumeró:

—A don Miguel hay que darle cuatro mil pesetas en seguida.

—¿Qué más?

—Tres mil se le debían al tío Cristóbal...

—Al médico le debemos la iguala.

—Y al boticario treinta riales—apuntaron desde la sombra.

—¿Qué más?—aguijaba Antonio con tales bríos, que _Mariflor_,

corriendo un loco albur, añadió retadora:

—Mil duros para reponer los ganados y las fincas... Otros mil para que

Marinela profese en Santa Clara...

Crujió un escaño bajo el desplome del cuerpo, cuya voz pronunciaba

desoladamente:

—¡Pues lo doy!

—¿Todo?—acució Ramona delirante de codicia.

—Todo... si me caso con «ella»; sois testigos.

—Eso es imposible... ¡imposible!...

La indómita repulsa quedó ahogada entre insurgentes voces.

—¡Podré recibir a Isidoro!—balbució la abuela con extraordinaria

lucidez.

Y Ramona, en súbito arranque de ternura, dulcificó sus labios al

proferir:

—¡Mis fiyuelos!...

Pero el maragato oyó rodar la palabra «imposible» hacia donde la luz

resplandecía, y hazañoso al abrigo de las tinieblas, advirtió con

rotundo acento que apagó el de las mujeres:

—Yo no mendigo novia: pongo condiciones a la protección que se me

pide; si no convienen, ¡salud!, y que no se me diga una palabra más del

tributo de esta casa.

—¡Dios mío. Dios mío!—plañía _Mariflor_ con espanto en aquella

negrura, cada vez más espesa, donde las enemigas voces del Destino

ponían cerco a una felicidad inocente.

De pronto, aquel muro de sombras que disparaba frases como dardos

al corazón de la joven, se removió siniestro, y pedazos vivos de la

implacable fortaleza avanzaron hacia Florinda en forma de tres mujeres

suplicantes y desesperadas.

Quiso entonces la infeliz asirse al noble apoyo de don Miguel; pero los

hábitos sacerdotales recogían la creciente oscuridad con tan severa

traza, que también tuvo miedo de esta inmóvil persona muda y negra.

Y en semejante asedio y abandono, huyó la moza, perseguida por su

propio grito atormentado. Ganó el corral, cruzando el _estradín_, y

en plena rúa, corrió ciegamente, bajo la indecisa luz del prematuro

anochecer.

* * * * *

Al ocurrir la desalada fuga, quedó en suspenso el vocerío de las

mujeres, y en la prisa por buscar una solución al urgente problema de

la boda, se le ocurrió a Olalla encender el candil. Aunque no alumbró

mucho espacio la crepitante mecha, a su amarilla claridad surgió

abocetada, impaciente en un rincón, la figura de Antonio.

Se limpiaba el maragato con un pañuelo de colores el sudor copioso de

la frente, y aparecía fatigadísimo, como si allí rindiera en aquel

instante la más dura jornada de su vida.

—«Ese» no se la lleva a ufo—rezongaba—; cuando yo me planto, no le

hay más terne en todo el reino de León.

Y bravatero, jactancioso, revolvíase entre el escaño y el llar, y hacía

con el pobre moquero raudos molinetes, en la actitud belicosa del

antiguo fidalgo que empuñase una espada leonesa de dos filos.

Pero aquella caricatura de perdonavidas, singular en el carácter

apacible de Antonio Salvadores, no mereció la atención de las mujeres

tanto como la quietud del párroco, silencioso y como entumecido en

medio de la estancia.

—¡Padre!... ¡Don Miguel!... ¡Señor cura...!—clamaron tres voces,

a la rebatiña de palabras insinuantes y cariñosas para sacudir al

ensimismado protector.

—¡Es verdad!—murmuró él, recordando, como si su espíritu volviese

de un viaje—. Yo tenía que deciros alguna cosa en esta ocasión...

Pues, ya lo estáis viendo: la muchacha «no puede querer» a su primo;

el primo «no quiere» favoreceros a vosotros, y yo, ni puedo ni quiero

sobornar los sentimientos de una doncella para hacer caridades a costa

de perfidias.

Hablaba despacio, tranquilo; su indignación se abatía sin duda en el

propósito de no intervenir más en aquel triste asunto. Y sus palabras,

escapándose en parte a la penetración de los oyentes, parecían el

resumen de un breve examen de conciencia.

Don Miguel Fidalgo, místico y piadoso, alma encendida en lumbres de

terrenales sacrificios, se había encariñado con la esperanza de que

_Mariflor_ realizase el acto sublime de tomar, por amor a su familia,

una cruz en los hombros. Sabía el cura muchos secretos de divinas

compensaciones; confiaba poco en la constancia de Rogelio Terán, y

temiendo por la frágil dicha que manejaba el poeta, imaginó poder

asegurarla haciéndola fecunda aprovechando, por decirlo así, el seguro

dolor de una existencia en beneficio de otras pobres vidas y en

simientes de goces inmortales.

A la luz de tan altos fines, los espejismos de don Miguel pudieron

ser hermosos; pero ahora, de cerca, tocando las salvajes pasiones y

hondas repugnancias que la heroína debiera resistir, un vértigo de

materiales angustias celaron al soñador los excelsos fulgores del

imaginado sacrificio: teorías consoladoras, confianzas secretas y

afanes recónditos, eran torres de viento para el bárbaro empuje de

la miserable escena presenciada. La brusca realidad de aquel contacto

produjo en el apóstol una sensación de pavorosa caída desde las nubes

a la tierra. Convencido de haber soñado a demasiada altura de las

fuerzas humanas, despertábase pesaroso, lleno de compasiones y de

remordimientos, como si el oculto albergue que dió a las esperanzas de

la boda fuese una culpa en la tragedia que sobrevenía. Y compungido por

el tumulto de tales pesadumbres, oyó como decía Olalla:

—El mal caso de no querer «a éste», es por «el otro».

—¡Por el amigo de usté!—renegó la madre, hostil.

Le dolía al cura este recuerdo como el mayor delito de su influencia

sobre la vida de _Mariflor_ en Valdecruces; parecíale imposible haberse

dejado llevar por un sentimiento romántico hasta el punto de compartir

un día con la inexperta moza ilusiones confiadas a un caballero

errante, mariposa de todos los vergeles, giróvago enamorado, de tan

noble intención como firmeza insegura. Despierta la desconfianza que

lejos del amigo pudo adormecerse, crecía en el ánimo del sacerdote

recordando la singular precipitación con que Terán partía, después de

resistirse para conceder una tregua a su enamorada solicitud. En el

preciso momento de quedar la novia libre de morales ligaduras, con que

ella misma por compasión se ataba a una promesa, alejábase el novio

impaciente, reservado, incomprensible... ¡Acaso ya corría en el tren

seducido por todas las atracciones de la vida, sin que en la ambiciosa

cumbre de sus pensamientos la idea del deber tuviese nada más que unos

lejanos resplandores!

Esta consideración penosa indujo al cura a conmiserar dolorosamente las

humanas flaquezas y a dejar correr una benigna lástima sobre aquellos

toscos espíritus asfixiados por el brutal peso de todas las ignorancias

y de todas las necesidades. Procuró mover los corazones bajo la

espesura de las inteligencias, solicitando mucho cariño y compasión

para Florinda, y quiso de nuevo suponer que la rebelde actitud de

la muchacha con Antonio obedecía a un justo desquite más que a las

rivalidades aludidas por Olalla.

El maragato, muy en desacuerdo con sus recientes fachendas, apresuróse

ahora, optimista y conciliador, a recoger la tranquilizadora especie; y

sin abdicar de su nativo orgullo, pronunció benévolo:

—Sí, la rapaza me tiene malquerencia por «aquello» que usté le dijo de

mí...

Olalla y su madre no se mostraron muy convencidas de semejantes

suposiciones, y permanecieron inquietas, atribuladas por el fracaso

definitivo de la boda; en tanto que la tía Dolores, sin alcanzar

la magnitud de la desgracia, temía un contratiempo en el negocio

matrimonial. Mirando de hito en hito a don Miguel desde el fondo gris

de las pupilas, preguntó medrosa:

—¡Eh!... ¿qué dicen? ¿Por qué la rapaza fuge?

Pero su voz se apagó entre los pasos veloces de los niños que

regresaban de Piedralbina con las trojas al hombro y las caras

interrogantes.

—_Mariflor_ corría llorando—dijeron al entrar.

—¿Por onde?

—Por la mies.

Adoraban los chiquillos a su prima, y la inquietud les daba

atrevimiento para inquirir en el rostro del cura razones de la triste

carrera que ellos no habían podido contener.

—Volverá—prometió el párroco, seguro—; volverá cariñosa para

vosotros y buena como siempre.

—Sí, volverá; ¡no tiene hiel!—exclamó Antonio con disimulada

impaciencia.

Y huyendo de la luz agonizante del candil, atajó en el pasillo al

sacerdote, que ya se despedía.

—Marcho de madrugada; ¿qué razón llevo?—preguntó solícito.

—¿De cuál?

—De la boda.

—Pues ya lo ves ¡ninguna!

—Pero... ese escribano de Madrid, ¿ha de tornar?

—Creo que no.

—¿Y luego?

Don Miguel se encogió de hombros, desazonado y aburrido en aquella

burda porfía, repitiendo mentalmente la grave palabra de _Mariflor:_

«¡Imposible, imposible!»

No parecía entender el mozo la elocuencia de los silencios ni la

expresión de los ademanes. Y aunque Olalla acudía con el candil,

aparentó el primo estar a oscuras para declarar magnánimo:

—Yo sostengo mis condiciones.

Como nadie le respondiese, añadió sobrepujante:

—Y aguardaré el sí o el no... hasta Navidá.

—¿Todavía el no?—dijo don Miguel con involuntaria sonrisa.

Marinela, que escuchaba un murmullo de voces cerca de su alcoba,

dolióse una vez más:

—¡Tengo sede!

—Dadle agua a esa criatura—recomendó el párroco al salir.

En los umbrales del portalón recordó alguna cosa, y se detuvo,

advirtiendo:

—Tened en cuenta que a mí no me debéis nada.

—¿Y las cuatro mil?...—quiso Antonio averiguar.

—Nada, nada—interrumpió el sacerdote, resuelto y apresurado.

Pero aún se volvió hacia sus feligresas, y encarándose con Ramona, le

dijo con especial tono:

—Florinda no tiene madre, ¡acuérdate!...

* * * * *

Para volver a su hogar aquella misma noche sólo puso la fugitiva por

condición, en forma de sumiso ruego, que la esperase Olalla un poco

tarde, cuando los demás se hubiesen acostado.

Y desde casa del cura, donde posó al final de su anhelante carrera, fué

acompañada por Ascensión y su madre hasta la puerta del _estradín_.

De la timidez y sobresalto con que pisó de nuevo la cocina oscura,

solamente Olalla pudo sorprender la emoción. Pero, con los ojos turbios

de sueño, la joven no vió más que una sombra de su prima avanzando

pasito en la punta de los pies.

Entonces un lamento de fracaso quebró apenas la silenciosa quietud.

—Dios no quiere hacer el prodigio; ¡no quiere!—sollozó Florinda con

tan penetrante desconsuelo, que Olalla sintió necesidad de abrir los

brazos.

—¡No llores!—respondió generosa.

Y su pecho macizo, impasible a menudo, derritióse en blanduras

maternales al echar sobre sí el gran dolor de otra mujer.

La Esfinge Maragata: Novela · 第 15 / 21 段