joven alternaba con la de don Miguel. Según aquella voz, el viajero
no había encontrado en casa de la abuela más que a la tía Ramona, y
sin tomar descanso alguno acudía impaciente a la cita con el párroco.
El cual, atacado también de la impaciencia, no anduvo con rodeos
para llegar al fondo de la conversación; y la primera novedad que el
maragato supo, fué que su prima ya no tenía dote.
—Entonces retiro mi palabra de casamiento—dijo la voz firme, no sin
barruntos de contrariedad.
Volvióse el poeta con indignación hacia los cristales: los visillos de
tul dejaban entrever la salita mucho más alumbrada que la alcoba, y el
enamorado pudo distinguir al hombre que fué hasta aquel instante su
rival.
—Tu abuela está en ruina como sus hijos—decía don Miguel, disimulando
con palabras corteses la cólera de su acento—; tiene toda la hacienda
empeñada y padece una vida miserable; tus primas andan al campo como
las más infelices del país, y tú eres rico, y es menester que no las
abandones, por caridad y por obligación.
La temblorosa llamada de Florinda atajó en los labios de su primo un
reproche violento.
—¿Obligación?—iba a clamar—. ¿Y para decirme esta me fuerzan a venir?
Entraron las jóvenes con silenciosa acogida. Olalla, en actitud muy
recoleta, bajaba los ojos jugando con el floquecillo de su elegante
pañuelo; _Mariflor_ paseó por la sala un relámpago febril de sus
pupilas oscuras, y viendo solos al maragato y al sacerdote, recobró un
poco de serenidad.
—Esta será la hija de mi tío Martín—masculló Antonio después de
saludar embarazosamente.
—Esta es—dijo el cura.
—Por muchos años...
Y se quedó el mozo sin saber cómo atormentar a su sombrero entre las
manos gordinflonas.
Habíase parado _Mariflor_ junto a su primo, espiándole en muda
pesquisa, llena de esperanza y de inquietud.
Era ancho, fuerte, carilucio; tenía cortos los brazos, cándidos los
ojos, tímido el porte. Vestía rumboso traje, compuesto de pespunteada
camisa, chaleco rojo con flores y botonadura de plata, bragas de rosel,
sayo de haldetas, atacado por sedoso cordón, botines de paño con ligas
de «viva mi dueño», y churrigueresco cinto donde esplendía otro
galante mote de amorosa finura; bajo las polainas, unos enormes zapatos
de oreja tomaban firme posesión del suelo.
Para abreviar los enojosos preliminares de la conferencia, don Miguel,
ceñudo, molesto, se apresuró a decir a la muchacha:
—Antonio ya conoce vuestra situación. Y la tuya, particularmente, le
inclina, por lo visto, a no insistir en sus pretensiones de casamiento.
Al singular descanso que estas palabras ofrecieron a la moza, mezclóse,
al punto, una viva impresión de repugnancia. ¿Qué iba a pedir al
mezquino corazón de aquel hombre? ¿Cómo sería posible conmoverle, ni
con qué dignidad intentarlo en aquel instante?
El estupor y la vergüenza no la hicieron bajar los ojos: se los clavó a
su primo honda y calladamente, hasta hacerle sudar y retroceder: nadie
le había mirado así.
Viéndole tan confuso y torpe, sacrificó ella un fácil desquite,
diciendo, con toda la dulzura de su voz y toda la generosidad de su
espíritu:
—No te hemos llamado para tratar de bodas, sino para pedirte que
remedies a la abuela hasta que mi padre logre remediarla. Hace tres
meses que vine aquí sin sospechar lo que ocurría, y trato con don
Miguel, nuestro protector, de salvar la hacienda, que se está perdiendo
por ignorancia y timidez... No se atrevió la pobre vieja a confiarse a
ti, que eres rico y dadivoso...
Subrayó Florinda este prudente discurso con una leve sonrisa irónica,
dulce mohín con el cual perdonaba desde luego el áspero desdén de su
pariente.
—¿No respondes?—añadió con asombro ante el silencio del maragato.
Y como aún callase, sudoroso, deshilando las borlas del sombrero,
avanzó la niña y le puso las dos manos en los hombros suavemente, con
familiar llaneza.
—¡Vamos, primo! Tú eres un hombre educado, un caballero, y no puedes
consentir que la abuela, por faltarle un apoyo, se quede en mitad de la
calle, tan viejecilla, tan triste... ¿No la has visto? Se ha vuelto un
poco chocha con los años y las lágrimas y los dolores... Si tú no la
proteges, se quedará sin tierras y sin yuntas, sin huerto y sin casa.
Todo se lo debe a Tirso Paz, por un puñado del dinero que a ti te sobra.
—¡Diablo de chiquilla!—musitó el cura.
Olalla rompió a llorar con grandes hipos, y en la alcoba parecía que
alguien se revolviese.
Pero Antonio, inmóvil, petrificado bajo los finos dedos de _Mariflor_,
no resollaba. Nunca tuvo cerca de la suya una cara tan hermosa;
jamás una voz parecida sonó tan suave y angelical en aquel oído de
comerciante; ni el mozo suponía que en el mundo existiesen criaturas
con tanta labia, tanto atractivo y tamaño corazón.
—¿No respondes?—insistió ella, intentando zarandearle con blando
movimiento.
No consiguió moverle; creyó inútil su generosa hazaña, y los lindos
brazos, afanosos, cayeron sobre el delantal en desfallecida actitud.
Como si sólo entonces fuese el muchacho dueño de su albedrío, levantó
sus claras pupilas con arrobamiento hacia los ojos que le acechaban.
Los halló impenetrables, sumergidos en solemnes tinieblas, y volvió a
bajar los suyos con invencible respeto. En tanto, _Mariflor_ leyó en la
repentina mirada tal propósito, que retrocedió convulsa hasta apoyarse
en un escabel.
—Pues, hablaremos del asunto aquí el párroco y yo—dijo de repente
Antonio con cierto brío.
Olalla cesó de llorar y Florinda no supo qué decir; sentía congelada
su elocuencia, y no se hubiese atrevido a tender de nuevo los brazos,
persuasiva y deprecante.
Nadie se había sentado. Don Miguel, perplejo, irresoluto, liaba un
cigarrillo para Antonio, paseando entre la mesa y el balcón, sin
atreverse a hablar por miedo a arrepentirse. Iba cayendo en la cuenta
de que lo hubiera echado todo a perder si Florinda no le acude con el
dominio de su voluntad y el «ángel» de su persona. Mas ¿no iban ya
demasiado lejos las influencias de la muchacha?
El cura lo temía, viéndola tan ansiosa y escuchando las amigables
razones del primo.
Se desgarraron doce campanadas en un viejo reloj mural y casi al mismo
tiempo vibró en el aire el agudo tañido de la esquila, volteada en la
parroquia.
Don Miguel comenzó a rezar «las oraciones»; un murmullo piadoso zumbó
en el aposento; parecía que unas alas invisibles agitasen brisas de paz
sobre las inclinadas frentes. Cuando se alzaron ungidas por la señal
de la cruz, los ojos benignos del sacerdote se posaron en _Mariflor_
con misericordia. Ella inició una desconcertada sonrisa que pudo ser de
aliento o de quebranto, y don Miguel se resolvió a decir:
—Bueno, pues Antonio y yo trataremos con calma de vuestros intereses.
—¡Eso!—aseveró con energía el aludido.
—Vosotras—añadió el cura—avisaréis en casa que el viajero come hoy
aquí.
Unas fugaces excusas del invitado, una leve porfía de Olalla para que
les acompañase, y las mozas partieron con la promesa de que Antonio
iría más tarde a visitar a la abuelita.
Por el camino, la maragata rubia dice muy alegre:
—De ese lado abesedo sopla mucho el aire; va a llover.
Y la fresca brisa del Norte que les azota el rostro, le parece a
_Mariflor_ que corre triste, con amargura de lágrimas. Se detiene la
moza a escuchar aquel sordo gemido, inquietante para ella como un
augurio, y Olalla se admira.
—¿Qué oyes?...—pregunta—. Es el pregón del quincallero.
Entre los silbos del aire tormentoso, una voz repite con errabunda
melancolía:
—¡Tienda..., tienda!...
* * * * *
Supo Antonio Salvadores que don Miguel tenía en casa un amigo
forastero, el cual aquella misma tarde regresaba a Madrid. Y, de
acuerdo con el cura, consintió el maragato en aplazar toda gestión para
después de la anunciada partida.
El huésped hizo las presentaciones entre sus comensales con mucha
delicadeza; pero la hora de comer transcurrió silenciosa, bajo la
respectiva preocupación de cada uno, acentuada en Antonio por su gran
cortedad y su recelo al trato con gente de pluma, novelistas a caza de
tipos y de observaciones que, a lo mejor, sacan en los papeles a los
pacíficos ciudadanos.
Miraba el comerciante de reojo al poeta, sin perder el apetito ni
acertar a decir una palabra. Y el poeta sorprendía con poco disimulo
la ordinariez de aquellos dedos glotones y de aquella boca bezuda,
reluciente de grasa, con tendencia a sonreir y a tragar en golosa
premeditación.
—¡Un hombre semejante despreciaba a Florinda!
Esta idea, produciendo sublevaciones bizarras en el ánimo de Terán,
ponía, sin embargo, a sus ojos una sombra de humillación sobre las
excelencias de su novia.
Mansamente, contra todos los impulsos de la voluntad, un cierto
desencanto se adentraba, furtivo, en el pecho del vate, y galopaba,
rebelde, por tierras de la fantasía, a la vanguardia de los
sentimientos más nobles. Al desaparecer las dificultades en torno de
aquel cariño, en las ambiciones de Terán enfriábase el astro del deseo:
¡humano tributo a la vasta inquietud de la imaginación, que en los
poetas suele tener un dominio incurable!
Como si una racha de viento borrase de repente en las nubes la colosal
figura de un águila, dejándola convertida en mariposa, así la imagen
de _Mariflor_ venía a quedar en la mente de Rogelio al nivel de
otra zagala, sin ventura y sin novio; el brutal desdén del maragato
desvanecía las fantásticas nubes.
Acababa el poeta de despedirse de la niña, asaltado por la turbia
impresión de todas aquellas novedades.
Mostróse cautivo y devoto como siempre, y renovó sus promesas y
afirmaciones con las mismas palabras de otros días; pero en la alta
emoción de aquel instante, solamente los labios de la moza guardaron a
los profundos sentimientos una santa fidelidad.
—Ahora sí que volverás pronto—dijo la muchacha, tratando de
sonreir—. Ya soy libre como el aire. Mi primo no me quiere porque no
tengo dote, y ya no depende de mi boda el bienestar de la familia; ¿te
lo ha contado don Miguel?
Ocultaba, modesta, la intención de aquella singular mirada sorprendida
en Antonio. Y sintió el caballero enrojecer su frente al acordarse de
la grosería con que fué rechazada su novia.
—Algo me ha dicho—balbució, añadiendo en la acerbidad de su encono—.
Tú no debías dirigir la palabra a ese hombre; eres demasiado humilde.
—¡Si él ayuda a la abuela!...
—Aunque la ayude.
Dulcificó al punto sus frases y su acento mientras callaba la niña con
todo el dolor reconcentrado en los ojos.
Rogelio tenía prisa; le aguardaban para comer y debía salir muy
temprano de Valdecruces a tomar en Astorga el tren de las cinco.
Buscaría el camino más corto por la carretera, huyendo del erial.
También a _Mariflor_ la esperaban en la cocina delante de la olla,
entre coloquios y comentarios.
—Te escribiré muchas cartas—prometió el poeta, cada vez más compasivo.
—¿Y versos?...
—¡Muchos!
Sonrió él con deleite, alucinado por la repentina ambición de entonar
canciones pastoriles a la bella musa de los zarzales, allí amorosa en
medio del escaramujo y de las urces.
Los últimos adioses se cruzaron fervientes; una emoción de arte
prevalecía sobre todos los peligros de la inconstancia. Florinda
acompañó a su novio a lo largo de la rúa con una mirada de ingenua
adoración.
En la explanada de la fuente el recuerdo de Marinela Salvadores detuvo
al caminante. El candor del agua y los matices verdes y azulinos del
suave manantial, le trajeron con ternura a la memoria la imagen de
la niña, sus ojos zarcos y volubles y aquel saludo lírico que tanto
la asustó a la llegada del forastero; ¿qué había sido de ella? Lo
preguntaría antes de marchar, arrepentido de haber olvidado en absoluto
a la triste zagala que una tarde le dejó sobre el pecho la limosna de
su llanto misterioso.
Todas las impresiones de aquellos quince días extraños, remansaban de
pronto seductoras en la conciencia del artista, como recordación de un
sueño peregrino que le obligase a sonreir.
Junto a la parroquia levantó los ojos a la torre, y el lecho vetusto
de la cigüeña le dejó extático una vez más. Ya crotoraban audazmente
los hijuelos bajo las alas regias de la madre, mientras el macho,
solícito como nunca, limpiaba de reptiles la mies y nutría la prole en
incesantes revuelos alrededor del nido.
El silencio de la calzada, la cobardía de la luz y el semblante
rústico del cuadro, sumergieron a Terán en artísticas divagaciones.
Y se abandonó a gustarlas con el íntimo gozo de saber que las iba a
sustituir por otras nuevas. Puso en sus pensamientos, como romántica
aureola, un incitante sabor de despedida, la dulce lástima de un
abandono que no punza, la perfidia sutil de quien siente por cada
placer desflorado vivas ansias de placeres en flor...
De toda aquella despiadada dulzura, sólo queda ahora enfrente de
Antonio Salvadores un movimiento de disgusto hacia el zafio mercader
que despertó al prócer caminante embelesado en el más lindo sueño de
su vida. Quiere el soñador compadecerse a sí mismo, como si Antonio
le hubiese causado un grave mal obligándole a partir; y no analiza la
miseria de aquel secreto goce con que parte, ni la llama oscura de
egoísmos que arde en su corazón desde que Florinda se le aparece libre.
Ni siquiera se le ocurre pensar que su viaje ya no es urgente, ni quizá
oportuno; el corazón y la lógica no dicen al novio y al caballero que
la felicidad y el amor le debían detener...
Se habla en la mesa de que llegó por la mañana, procedente de León, el
heredero del tío Cristóbal Paz. Rogelio calla y apenas come, nervioso y
susceptible, mientras el maragato devora. Don Miguel observa a su amigo
con alguna confusión, y el _Chosco_ avisa que ya está preparado el mulo
con el equipaje.
Las despedidas son breves, porque el viajero no sabe disimular su
impaciencia; y el enterrador, que oficia de espolique, toma el camino
con la cabalgadura, delante de Terán, a quien acompaña un rato el
sacerdote.
Ya en mitad de la calle, se vuelve el mozo como si algo se le olvidara.
Ascensión, que aún le despide desde la puerta, averigua complaciente:
—Qué, ¿dejó alguna cosa?
—A Marinela Salvadores, ¿qué le ocurre?... No la he visto...
—Dicen que adolece de medrosía.
—¡Pobre!
—Ya le contaré que preguntó por ella.
—Gracias.
—Condiós; buen viaje.
—¡Adiós!...
Una tirantez extraña enmudece a los dos amigos en los primeros pasos,
camino de la libertadora carretera.
No habían tenido tiempo de cambiar impresiones desde la llegada del
maragato, y don Miguel mostrábase receloso de la singular actitud del
vate. Éste rompe el silencio con alguna vacilación:
—¿Has visto qué rufián?—alude, sacudiendo la tierra con un mimbre
espoleador que agita entre los dedos.
—Ya tienes libre a la paloma—responde el cura, sin declarar que le
inspiran desconfianza las apariencias de Antonio.
Rogelio, evasivo, empeñándose en tener que estar muy enojado, adopta un
aire de víctima:
—Si, sí; pero es insufrible someterse a regateos y tapujos con un tipo
semejante.
—Tú ahora nada arriesgas con la caridad de Florinda, independiente ya
de vuestro amor y de vuestros propósitos.
—Pues, sin embargo, me duelen estas luchas tan mezquinas y pueriles en
que se apasionan corazones grandes, cuando hay fuera de aquí una vida
fuerte y ancha donde luchar y vencer.
—¿Vencer?—murmuró el cura incrédulo—. ¡Ay, amigo!, a cualquier cosa
le llamáis en el mundo éxito y logro... La pobre humanidad es en todas
partes la misma; nació propensa a la ambición y al delirio. Mas para
soñar es menester vivir, y para vivir... ¡es preciso comer! Todas las
redenciones espirituales tienen, por culpa de nuestra humana condición,
sus raíces en lo material. Yo me afano porque mis feligreses coman, a
fin de que puedan soñar con algo firme y duradero; si _Mariflor_ me
ayuda esta vez, ¡bendita sea!
Bajó el poeta la frente un poco avergonzado y taciturno, sobrecogido
por el recuerdo de aquella impetuosa caridad escondida de pronto, y
que dos semanas antes le inflamó con su divina lumbre al través de la
llanura.
—¡Bravo luchador, que puedes vivir escarbando la tierra y soñando con
el cielo!—exclamó en un arranque de involuntaria admiración.
—Cumplo mi destino—respondió sencillamente el cura.
Y ambos permanecieron mudos contemplando el paisaje, siempre raso y
pobre, extendido entre besasanas y calveros, surcado por imperceptibles
rutas hacia la pálida cinta de una carretera que iba a perderse en
el horizonte: era el mismo que Florinda entrevió una tarde de abril,
llegando a Valdecruces enamorada y triste.
—Hay que aguantar, señor, si no quiere que se le escape el
tren—advirtió el _Chosco_.
—Sí; nos despediremos—dijo Terán—. A ti también te esperan.
Y el sacerdote preguntó con un leve acento de ironía:
—¿Volverás pronto?
Aquella frase, tan acariciada en las últimas horas, sacudió la
conciencia del viajero.
—¿Qué duda cabe?... En cuanto me aviséis—aseguró cordial.
Un fuerte abrazo; promesa de noticias; votos de cariño y gratitud, y el
poeta montó en el mulo, que se alejó con paso rutinero y firme.
Varias veces volvió el joven la cabeza hacia su amigo y le halló
siempre inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho en pensativa
y extática actitud. La negrura del hábito sacerdotal emergía fuerte y
rara sobre la yerta amarillez de los añojales.
—¿Pérfido?—se preguntaba el apóstol con infinita pesadumbre—. No;
un iluso, un equivocado—respondióse, poniendo el dedo en la llaga—.
Los poetas suelen ser como los niños: volubles y crueles... Juegan con
las emociones sin miedo a destrozar un corazón, sea el propio, sea el
ajeno, por pura curiosidad, y, a veces, con el mejor propósito del
mundo... Acaso los poetas, entre todos los hombres, merecen más, por su
condición infantil, las compasivas palabras: «¡Perdónalos, Señor, que
no saben lo que hacen!»...
Bajo la sugestión de esta noble figura sacerdotal, majestuosa y triste
sobre el adusto llano, caminaba Rogelio, distraído en meditaciones de
todo punto ajenas a su amor.
—¿Y el secreto de este hombre—se decía—, ese remoto y «blanco»
secreto que yo adivino y que se me escapa tal vez para siempre?...
Y este pueblo extraño, insondable, ¿de dónde procede al fin? ¿Es de
origen oriental? ¿bereber? ¿libio ibérico? _¿nórdico?_... Sufre los
oscuros ensueños de los celtas; tiene la bravura torva de los moriscos
y la fría seriedad de los bretones... Quizá le fundaron los primeros
mudéjares; quizá...
El cobijo blanco del pastor dió una cándida nota al paisaje, y el
mental discurso quedó roto en la linde de la carretera, donde el
viajero dió el último vistazo a Valdecruces.
Todavía la silueta del sacerdote, negra y perenne, ponía un punto en la
llanura gris. El caserío se columbraba apenas, confundiendo su pálido
color con los difusos tonos de caminos y celajes.
Poco después, a los ojos perseguidores del artista, el punto negro
y la línea pálida fueron aplastándose contra la tierra hasta quedar
borrados, confundidos, hechos cenizas del erial y rastrojo miserable
del «aramio».
Un bando de palomas voló apacible encima del poeta. El cual tuvo un
instante de súbita emoción. Una corazonada le inclinó ferviente en su
cabalgadura, con el _jipi_ en la mano y en los labios un beso, que en
mensaje confió a las avecillas; algo se rompía dulce y noble en aquel
pecho varonil picado de morbosas inquietudes; algo que circulaba por
las venas del mozo como un derrame de ternura y de lástima.
La sensación fué tan vehemente, que tomó al punto proporciones de
remordimiento. Por primera vez aquel día tumultuoso para la conciencia
de Terán, preguntóse, con repugnancia de su misma pregunta, si le sería
posible haber pensado en abandonar a Florinda.
—¿Pensarlo?... ¿«Consertir» en pensarlo?—musitó sonriente—¡Jamás!
Volveré a buscarla rendido y fiel.
Y por debajo de este gentil propósito, el débil sentimiento urdía una
irremediable traición.
* * * * *
Durante la silenciosa comida de aquella mañana, tuvo _Mariflor_
singular empeño en ir y venir al dormitorio de Marinela para llevarle
pan tostado y leche, agua con azúcar, palabras y caricias llenas de
solicitud.
A cada instante la enamorada triste fingía escuchar su nombre para
levantarse y preguntar:
—¿Me llamabas?... ¿Qué quieres?
Con esta maniobra, a la cual se prestaba la preocupación de los demás,
pudo dejar entera en el plato su ración y al fin sentarse junto al
lecho de su prima que, a medio vestir, con el busto levantado sobre las
almohadas y el semblante doloroso, se consumía en extraña enfermedad.
Hasta el oscuro rincón de la paciente habían volado poco antes rumores
de extraordinaria magnitud; la llegada del primo Antonio y la partida
del forastero—como en Valdecruces llamaban al poeta—resonaron
profundamente en la alcoba.
Allí encontraba _Mariflor_ hondos y vibrantes los ecos de su angustia,
como si un secreto instinto la dijese que su pesar hallaba en aquel
aposento otro corazón donde repercutir, resignado y humilde.
Denso vaho de fiebre trascendía de la cama, y la oscuridad,
aposentándose en los rincones, sólo permitía un tenue dibujo a los
perfiles de las cosas. _Mariflor_ buscó las manos de la enferma, que
trasudaba con el aliento hediondo y el pecho agitado.
—¿Estás peor?—le dijo.
—Mucho peor.
—¿De veras?
—¿No lo ves?
La interrogación desconsoladora le sonó a Florinda como un reproche.
—No; no lo veo—repuso, inclinándose ansiosa sobre aquel gemido; sólo
descubrió la amarilla figura de una cara y la inquietante sombra de
unos ojos. Transida de piedad, exploró el recuerdo de los últimos días,
desde que Marinela llegó a casa, llorosa y medio delirante, contando
la muerte del tío Cristóbal. Como entonces entrecortaba su relación
balbuciendo convulsa:—No puedo, no puedo—así, a las instancias que le
hacían para comer y dormir, respondió muchas veces con igual pesaroso
deliquio:
—No puedo; no puedo...
La costumbre de verla padecer y dejarla soñar, abandonó a la zagala
enfebrecida y sola en el escondite de su cuarto.
Desfilaron las mujeres por allí, cada una con la prisa de sus faenas y
el agobio de sus preocupaciones, y la dijeron:
—¿Quieres algo?
—Agua—contestó siempre.
Olalla, por la noche, al acostarse con la enferma, padecía un instante
de inquietud.
—Tiés tafo nel respiro—observaba—y estás calenturosa.
Pero la rendía el sueño, y a la mañana, el trabajo, envolviéndola en su
rudo vasallaje, la empujaba fuera del hogar para suplir a la _Chosca_
en el acarreo de la leña y en el cuidado de la cuadra.
La tía Dolores descendía a la decrepitud vertiginosamente, como si
alguien la empujase desde la cumbre de la voluntad y del esfuerzo.
Y Ramona bregaba enfurecida en la mies, sachando entre las pujantes
umbelas, solicitada allí por la blandura que el riego puso en el
sembrado. Si posaba un minuto en la alcoba de su hija, era para fruncir
más el ceño y vaticinar cosas terribles a propósito del maleficio de la
tía Gertrudis.
No era milagro que desde el hoyo de su cama la enferma recibiese
a _Mariflor_ como un rayo de luz. Durante aquellos tres días de
exacerbado padecer, varias veces una voz suplicante dijo en la alcoba:
—¡Ven acá!... ¡Quédate un poco junto a mí!...
Y otra voz, apresurada, inquieta, respondía:
—Ya voy... Más tarde... Luego iré...
Florinda, en la congoja de sus pesadumbres y temores, no había tenido
tiempo de acudir al llamado quejumbroso.
Y Marinela aguardaba consumiéndose de recónditos afanes, con la
obsesión de que en su prima moraba, en espíritu enamorado, el caballero
de los ojos azules.
Cuando los de ambas muchachas se buscaron en el espejo de las pupilas,
la oscuridad no dijo más que zozobras, temblores y preguntas.
—¿Qué te duele?—quería _Mariflor_ saber.
—Nada; me atormentan el miedo y el secaño.
—¿Y a qué tienes miedo?
—A morirme... y a otras cosas.
—Pues vas a vivir, a ponerte buena y a profesar clarisa.
—No, no.
—¿Ya no quieres?
—Querer... sí—pronunció la zagala con alguna indecisión—; pero no
tengo dote.
—¡Le buscamos!
—¿Tú?
—Entre todas.
—¡Si te casaras con el primo, que es tan pudiente!
—Eso es imposible.
—Entonces... con el otro—indagó la niña arrebatada de impaciencia.
—¡Dios sabe!... O con ninguno. Pero de todas suertes, buscaremos el
dote, si eso te hace feliz.
Grande confusión produjo el pensamiento de la felicidad, impreciso y
extraño, cual una sombra nueva, bajo la penumbra que las emociones
condensaban en aquel espíritu infantil, alma fina y dócil llena de
miedo y de sed como la carne febril que la envolvía.