—O sin la boda: lo que ha de suceder no lo sabemos. Y necesito también

decirte que para mí, procurador y abogado de esta pobre gente, no se

trata sólo de Florinda, sino de dos madres infortunadas, de dos hijos

emigrantes y tristes, de cinco criaturas más, cuyo porvenir parece

cifrado en el destino de esa joven...

—Pero yo sería un cobarde si desmintiera sus esperanzas de felicidad.

—¡Y dale con la felicidad! Si _Mariflor_ no te hubiera conocido, se

consideraría feliz al hallar un esposo acaudalado y fiel.

—No sólo de pan se vive... Sería muy desgraciada en la vulgaridad y el

abandono de una existencia semejante...

Parecía el sacerdote otra vez distraído en lejanas memorias, cuando

murmuró con solemne acento:

—No es vulgar si solitaria una vida donde el bien se reproduce; el

sacrificio es obra de alto linaje que recibe muy ocultas recompensas.

—Pero, ¿tú eres un maragato positivista o un místico delirante?

—Soy un pobre cura de almas que desea cumplir con su deber. La misión

mía es de paz y de amor, y en la dura tierra que labro no puedo soñar

con frutos sino a costa de dolores: me esfuerzo en adulcirlos cuando es

imposible evitarlos.

—No así con Florinda.

—Si ella acepta una cruz y yo la enseño a llevarla, ¿no habré

dulcificado su camino?

—Todos tenemos derecho a buscar un camino sin cruces.

—No hay quien lo encuentre.

—Mientras se busca y se confía...

—Se pierde el tiempo.

—Se vive con ilusiones.

—Antes que verlas perecer, es mejor encumbrarlas.

—Ya ya; siempre el mismo asunto: la otra vida. Dios nos manda también

lograr ésta.

Abismado nuevamente en remotas membranzas, exclamó el cura:

—_¡La mujer es un ser misterioso nacido para amar y para sufrir!_

—Eso, ¿lo discurres tú?—preguntó impaciente el artista.

—Son palabras de un filósofo cristiano. Yo las he visto cumplidas en

muchas ocasiones.

Posó una amarga tristeza en la rotunda afirmación. Terán, absorto,

sombrío, interrogó casi huraño:

—En fin, ¿qué me pides?

—Poca cosa: que no reveles a Florinda esta confidencia; que procures

no turbar sus planes; que esperes con prudente actitud, sin desanimar a

la muchacha ni comprometerla.

—Y ¿crees que debo partir?

Vaciló don Miguel.

—Mi casa es siempre tuya—pronunció cordialmente—, pero sería de mal

efecto que Antonio se creyera suplantado antes de negociar con su prima.

—Nadie más que tú y Olalla sabe de nuestras relaciones.

—Y todo Valdecruces. Ya te dije por qué el tío Cristóbal quería hacer

patente el inevitable rumor de este amorío; hoy supe, por mi sobrina,

que, valiéndose de _Rosicler_, otros rapaces y algunas mozas, el viejo

trata de que esta misma noche os echen «el rastro».

—¿Y eso qué es?

—Una costumbre del país: cuando las zagalas sospechan de una

negociación matrimonial, van de noche, callandito, a poner un reguero

de paja, visible y ufano, desde la vivienda del novio a la de la novia,

con ramificaciones a otras casas, indicando convites al casamiento. A

la puerta de la presunta desposada tejen una especie de colchón con

ramaje y rastrojos.

—El lecho nupcial—sonrió el artista encantado.

—Sí; un remedo a la vez insolente y candoroso, increíble en el enorme

pudor de estas mujeres.

—Pues yo no sé si aquí la castidad sin luchas ni peligros,

eternamente dormida, tendrá mucho mérito a los ojos de Dios...

—No negarás que es una virtud.

—O un signo acaso de bárbara esquivez.

—¿Quién sabe si la civilización al sensibilizarnos y pulirnos, nos

hace más o menos asequibles al mal?

—Nos hace conscientes, hombre, que es tanto como hacernos

responsables: qué, ¿tiras a retrógrado?

—Tiro a párroco de Valdecruces, por ahora.

—Bueno. ¿Y el rastro ése?

—Es un compromiso oficial de casorio si la moza no protesta. Si

rechaza al pretendiente, o los rumores del noviazgo son inciertos,

ella conduce el surco hasta una laguna, charco o regajal, durante la

siguiente noche.

—Es curioso.

—Da margen a una salida nocturna, llena de sigilo y moderación, por

supuesto. He tomado mis precauciones para evitar que os comprometan con

la broma, aunque si persiste el propósito...

—Marcharé en seguida—dijo Terán reflexionando—, Anunciaré a

_Mariflor_ la posibilidad de que una carta urgente me obligue a

partir... pero mi viaje no será una retirada, sino una tregua: sólo con

esa condición te daré gusto.

—Ni yo te pido más. Una tregua precisamente, que te dará también

espacio para posar tus impresiones y resolver con toda cordura en

negocio tan importante.

—Entonces, pasado mañana, si te parece...

—Muy bien. Dios te ayude.

Y mucho más satisfechos de lo que hubieran podido suponer durante el

curso de la conversación, bajaron los dos amigos a pedir el yantar.

* * * * *

Una hora después, sin cuidarse del sol, rondaba Rogelio la calle de

Florinda, avisado por ella de que estaría sola y podrían hablar un

rato.

No tardó en aparecer sobre la sebe mazorral, entre rubos y agavanzas,

la gentil cabeza de la moza. Presentóse con una de esas dulces sonrisas

que nacen en los ojos y crecen en los labios, y acogió con apasionada

ternura el credo fervoroso del amante. Él, con mucha suavidad,

deslizó en la plática el temor de una repentina ausencia: sus asuntos

amenazaban llamarle a Madrid de un momento a otro.

La súbita emoción que encendió el semblante de la joven, mostróla tan

triste, tan pesarosa y estrujada por la vida, allí muda y trémula entre

las zarzas del vallado, que el mozo, vivamente conmovido, le prestó mil

espontáneos juramentos de constancia y fidelidad.

—Volveré pronto—decía—, cuando tú me asegures que estás dispuesta a

venirte conmigo.

La miraba, gozoso de saberse profundamente amado, y sufriendo al verla

tan atormentada y dolorosa, visibles ya en su cara los esfuerzos de la

lucha que sostenía con el duro trabajo, apenas caído sobre los débiles

hombros. ¿Qué iba a ser de ella prolongando la amarga situación? De la

cruel servidumbre, ¿la había de redimir el oro del primo o el amor del

poeta?

Como si la joven adivinase que aquella duda cabía en el pensamiento del

amado, murmuró con furtiva esperanza:

—¡Sí; volverás pronto!

Y pudo sonreir: aún dijo alegres frases y devolvió promesas de ardorosa

pasión, cauta y firme contra el primer asalto de una sorda inquietud

que le empañó el terciopelo oscuro de las pupilas, igual que si la

pálida sonrisa de los labios ya no pudiese volver nunca hasta los ojos

donde había nacido.

Quedaron los novios en verse por la tarde en la mies. Pensaba Florinda

salir a la caída del sol, cuando el agua corriera por los liños en la

hanegada de la Urz, ya vencido el trabajo del riego que traía a la moza

desvelada.

Despidióse Terán rendidamente, y se alejó despreocupado, con una

ligereza de espíritu indefinible y extraña en aquel momento: sentíase

optimista, lleno de dulces seguridades que apenas tenían raiz en su

conciencia, mecido en vagas ilusiones no menos gratas por imprecisas y

locas. Iba envuelto quizá, en cendales de amor, en el divino manto que

cubre con infinita dulzura a quien lo recibe, y destroza las manos que

lo tejen.

Así encontró a Marinela, que huía de él y que cayó en sus brazos

derretida en lágrimas. Cuando la dejó partir transido de compasión,

perdió de repente la serena beatitud que le envolvía y hallóse

despierto a sus íntimos cuidados, pesaroso de tocar tantas tristezas,

perdido en confusiones y recelos, como si la zagala enfermiza le

hubiese contagiado con los zollozos todas sus inquietudes y ansiedades.

Horas enteras vagó irresoluto y febril al través de Valdecruces,

acosado por la opresora sensación de hallarse prisionero. Una angustia

de cárcel le martirizó en cada rúa triste y ardiente. Y el cansancio

y la sed le llevaron a la entrada silenciosa de la taberna, sobre la

cual un lienzo inmóvil y de dudoso color denotaba a estilo del país el

tráfico de vinos.

Pidió el forastero un vaso y una silla, no sin dar grandes voces, a las

que acudió un anciano. Servido con mucha parsimonia, contemplado con

asombro por una vieja que llegó tras el viejo, supo allí que el tío

Cristóbal Paz había fallecido de un sofoco en la mies.

—¿Trabajando?—preguntó con lástima.

—¡Quiá!; no, señor; mirando cómo andaban al riego unas mujeres.

—¿Las de Salvadores?

—Esas; ya fué allá don Miguel con el Santolio pero no le alcanzó arma

ninguna; ahora están esperando a la Justicia para levantarle.

Descansó el poeta unos minutos, pagó con esplendidez el vaso de agua

con vino, y buscó una salida al campo, orientándose hacia naciente. Era

casi la hora de su cita con _Mariflor_; y el trágico acontecimiento de

la tarde parecía propicio a que la presencia del galán en la mies no

inspirase desconfianzas.

Ya en el libre camino aparece un poco nublado el cielo: tenues vellones

grises circundan el ocaso donde el sol se inclina malherido por la

noche, implacable y rojo sobre la sedienta planicie.

Cuando Rogelio rinde la finísima senda de la mies y se asoma al campo

baldío donde el cauce se tiende hacia el arroyo, un espectáculo de

tremenda emoción le pasma y le sacude.

Allí, donde la rotura brava del erial toca en suave cima con el borde

del regatuelo, se yerguen Olalla y Ramona sobre los cárdenos fulgores

de la luz poniente. El ronco retumbar de sus azadas repercute áspero y

terrible, lo mismo que una cava de sepultura; avanzan y tunden las dos

mujeres, solemnes y misteriosas frente al ocaso como si le estuvieran

abriendo una sagrada fosa al astro moribundo; con mucha prisa, antes de

que le envuelva la noche en el sudario gris de la llanura.

El cadáver del tío Cristóbal duerme en la rastrojera, a medio cubrir

por un piadoso abrazo de retamas; junto a él la tía Dolores reza o

llora, y vigila en una expectación delirante; y en el otro confín del

horizonte una orla de nubes pálidas tiende su pesadumbre a la orilla

del cielo.

* * * * *

La respetada hora de la siesta había pasado magnánima aquel día sobre

las cavadoras de la mies de Urdiales.

Aprovechó Olalla el reglamentario reposo para satisfacer un repentino

impulso de su corazón. Y destacándose valiente en el abrasado rebujal,

cortó en la mustia ribera del arroyo un haz tan grande de retamas como

pudo ceñirle entre sus brazos, bien abiertos, robustos y acogedores.

Aún supo esmerarse con paciente solicitud, escogiendo en el retamal las

flores menos tristes; quería cubrir al muerto contra las moscas y el

sol, y hacerle los honores de la mies con un poco de dulzura.

Mientras hacinó la pálida genesta sobre el cadáver, las otras dos

mujeres rezaban el rosario, acurrucadas en la linde del plantío.

Contaba Ramona las avemarías por los dedos, murmurando al final de cada

decena, a guisa de responso:—_Requiescanquinpace_. Dijo después la

letanía de la Virgen, en el mismo bárbaro latín, y comenzó a hilvanar

una serie formidable de padrenuestros por las obligaciones del difunto.

Tranquila, hierática, agotó la mujer el repertorio de las oportunas

preces, con la calmosa ayuda de la vieja, cuando fué Olalla a sentarse

entre las dos, murmurando:

—¿Qué hará Tirso, el heredero, con nosotras?

—Quedarse con todo; quitarnos la casa; ese hereda las codicias con los

intereses—respondió la madre—. Su cara morena parecía más oscura, y

su acento, siempre brusco, sonaba más enrudecido.

Callaron las tres un instante, sobrecogidas bajo la dureza de aquella

afirmación.

Tirso Paz tenía fama de avaricioso; recibía el caudal paterno después

de una larga vida de privaciones, despechado contra la injusta suerte

del hijo pobre que tiene un padre rico; de seguro heredaba ansioso,

violento, impaciente de poseer, sin lástimas que para su miseria nadie

tuvo, sin treguas piadosas que su mismo padre le enseñó a negar.

Esta certidumbre tembló, fatídica, al borde de la mies, en el ardiente

silencio lleno de luz, y ahogó sus ansiedades al imperioso aviso de

Ramona que, consultando al sol, pronunció gravemente:

—Acabóse la sosiega.

Avanzó hacia el cauce con la azada al hombro; la anciana y la niña la

imitaron y, al pasar junto al muerto, las tres hicieron reverentes la

señal de la cruz. Inició Ramona otra vez la cava con un brío salvaje,

como si la tierra le fuese violentamente aborrecida, como si en cada

golpe de los tundentes brazos pusiera un ímpetu de odio.

Así avanzó la rotura al correr de las horas, entre una nube de polvo

estéril, pálida sangre de las sequizas entrañas abiertas a la sed del

centeno en furiosa persecución del regajal.

A menudo la tremenda mujer volvíase hacia la muchacha para decir

sordamente:

—¡Aguanta, niña!

Y la pobre bisoña, sin aliento, empapada en sudor, seguía los pasos

de su madre, ya lejos de la abuela, que se quedaba atrás alisando

maquinalmente los terrones movidos, sin saber lo que hacía, como un

instrumento inútil y abandonado.

Una súbita parálisis de todas sus fuerzas aplastaba a la tía Dolores

en la hendedura, triste y absorta, escarbando el polvo. Sentíase

impotente en el campo por primera vez en su vida. Sobre la infeliz,

esclavizada a la tierra por un amor recio y sombrío, caía el dolor de

la incapacidad con angustiosa certidumbre. Y cuanto más irremediable

era su desventura, más sensible se alzaba en su pecho un oscuro rencor

hacia aquella otra mujer, fuerte y joven que, arrebatándose en el

trabajo como una furia, ordenaba soberbia:

—¡Aguanta, niña!

La esposa, inflexible para recibir al esposo pobre y enfermo, podía

enorgullecerse como madre, capaz de acoger a un hijo desgraciado. Pero

la mujer vieja, la inútil labradora, ya no tenía derecho ni a ser madre.

Así pensaba turbiamente la tía Dolores, recordando, para mayor

pesadumbre, el peligroso albur de sus hipotecas en poder de Tirso Paz,

más temible que el propio tío Cristóbal. Sin mies, sin casa y sin

arrestos para el trabajo, ya no lograría recibir a Isidoro, ni valerle

ni ampararle; ¡ya se había acabado todo para ella en el mundo!

Probó la triste anciana a reanimar sus bríos, aún recientes, sobre

la bien amada tierra. Quiso sentirla con la fuerte pasión de otras

horas, y dominarla como en días mejores. Se inclinó audaz en el fondo

del cauce, con la azada entre las dos manos, como disponiéndose a

desenterrar con loca angustia sus fuerzas sepultadas y, al impulso del

imposible deseo, cayó de rodillas hasta dar con la frente en el polvo.

El chasquido agrio de los huesos no resonó tan fuerte como los golpes

de la cava, y la vieja se alzó sin escándalo, vencida y pesarosa como

nunca, a tiempo que una voz apremiaba, cada vez más distante:

—¡Aguanta, niña!

Se iba quedando la tía Dolores sola con el muerto; le miró pávida y

entontecida. Sobre él languidecía la genesta, formando un bulto largo y

amarillo a ras de los rastrojos, en el borde de la rota.

Sentóse cerca la mujer, con los recuerdos medio borrados y la seguridad

de su impotencia convertida en lágrimas y oraciones.

Algunas veces Olalla, viendo a la abuelita en tan singular actitud,

llegóse a preguntarle si le hacía daño el sol. Ella negaba con un gesto

del mortecino semblante, y la moza corría miseranda al arroyo para

humedecer aquellos labios mudos, preguntando:

—¿Por qué no busca la solombra? ¿Por qué no quiere descansar dello?

La abuela balbucía en vago deliquio:

—¡Aguanta, aguanta!

Y volvía a quedarse con el difunto, lejos de las cavadoras.

Comenzó a llegar gente por los senderos de la mies; algunos rapaces,

prófugos de la escuela, algunas ancianas compasivas, el cura, el

sacristán y el enterrador.

Don Miguel reconoció ligeramente el cadáver, habló con las testigos de

la imprevista muerte, y se volvió a marchar.

Las mujerucas, sin interrumpir el trabajo de sus vecinas, repitieron

con unción:—¡Biendichoso!

Fuése el sepulturero a preparar la fosa, con serena delectación, y tío

Rosendín, el sacristán, devolvió respetuosamente a la parroquia los

sagrados óleos que habían acompañado a don Miguel.

También los chiquillos desfilaron curiosos de ver llegar a la Justicia:

impacientes por escoltarla, y por correr en las callejas del pueblo la

trágica novedad.

—Hasta la noche no pueden venir los de Piedralbina—había dicho el

sacerdote—. Al paso lento de Facunda es imposible que les llegue el

mensaje antes de las seis.

Y toda la expectación quedó suspendida para el anunciado desfile.

Mientras tanto el cauce tocaba ya la ribera del arroyo, y Ramona mandó

a su hija hacer algunos sabios cortes en el terreno de la mies, para

cuando el agua corriese.

Arrastrándose entre los liños, la moza abrió con un destral leves

surcos en la cabecera de la «hanegada». Y alzóse pronto, ardiendo en

el calor reconcentrado de los panes, congestionada por la postura y el

esfuerzo, para correr a la cumbre de la rota, obediente a la sugestión

del terrible grito:

—¡Aguanta, niña!

Unos zarpazos más; un anhelo bravío de respiraciones; la suprema

tensión de los músculos, el último temblor desesperado de los nervios,

y las dos mujeres ven cómo el agua corre, humilde y fácil, convirtiendo

la dura zanja en blando atanor de promesas bienhechoras.

Tiembla y canta el arroyo, el sol se pone, los panes beben y las

heroínas de la cava, febriles y deshechas, reposan junto al muerto...

Cuando avanza Terán en el grave escenario, otra sombra le sigue.

Florinda registra también la rastrojera desde el borde de un sendero.

Llegan los dos al grupo singular, le miran silenciosos y escuchan cómo

la abuela dice con furtiva emoción, que parece escapada de un delirio:

—¡Ya no podré recibir a Isidoro!

Se vuelve Ramona hacia aquel acento profundo, y sorprendiendo toda la

amargura de la incapacitada madre, piensa de pronto en la propia vejez,

ve de ella un ejemplo en la sombría inutilidad de la anciana, y llora

con violentos sollozos, lívido el semblante reluciente de sudores,

temblando el cuerpo, que despide un áspero olor montuno.

Florinda y su novio retroceden espantados, sin adivinar el origen de

tan repentino desconsuelo: quizá piensan huir de aquel brusco drama

incomprensible cuando una atracción fuerte les inclina sobre el cadáver

del tío Cristóbal.

A la dormida luz del anochecer, bajo las retamas que ha movido la

curiosidad, sólo enseña el viejo sus garrosas manos, con las uñas

henchidas de la tierra arrebatada a los rastrojos en el arañazo supremo.

[Illustration]

[Illustration]

XV

EL MENSAJE DE LAS PALOMAS

HOY parte el poeta: después de medio día vendrá junto a los tapiales

del huerto para despedirse de su amada.

«Volverá pronto». Esta frase se ha repetido muchas veces en pocas

horas, entre enamoradas ponderaciones. Meditándola con invencible

angustia, _Mariflor_, convertida en lavandera, encrespa ropa junto a

Olalla en el caz vecino de su calle.

Muéstrase el cielo un poco aborrascado, y la temperatura, apacible,

tiene el sutil frescor de la humedad.

Silenciosas trabajan las dos jóvenes, mucho más hábil _Mariflor_

de lo que su impericia pudiese prometer. La tristeza le aploma el

pensamiento; mueve las delicadas manos entre espumas como una dócil

máquina insensible.

Mira Olalla las nubes pensando en la inutilidad del riego, y suspira

al acordarse de la próxima siega: tampoco habrá un jornal para los

segadores, ni un respiro para el descanso, ni una tregua en el bárbaro

trajín, superior al esfuerzo de las pobres mujeres.

Un vendedor ambulante pasa con su mulo cargado de baratijas y pregona

cansado:

—¡Tienda... tienda!

—Vende hilo, agujas, adornos y otras cosas—dice Olalla a su prima con

cierto orgullo.

—Pero, ¿vende, de veras?

—¡Natural!

—Como aquí no hay quien compre...

—¿No ha de haber? Se le cambian por las mercancías, huevos, lardo,

palomas, simientes... gana mucho.

En un silencio inalterable y sordo, repercute el eco del pregón:

—¡Tienda... tienda!

Al final de la calle, por la plazoleta de la fuente, cruza un maragato

en alta cabalgadura, con equipaje y espolique.

—¿Tirso Paz?—interroga Olalla con zozobra.

—Parece joven. Tirso, ¿no es viejo?

—Dicen que sí: yo no le conozco.

Se quedan mudas y violentas, procurando ocultarse mutuamente las

íntimas preocupaciones. Y al mediar la mañana terminan su labor.

No hay nadie en el _estradín_ por donde las dos mozas buscan los

pasillos, tornando a la casa por el corral.

Marinela, doliente, calla en su dormitorio; y cuando Florinda quiere

abrir el suyo, tropieza un fardo en el suelo y ve sobre la cama ropas

de hombre, unas bragas y una almilla, llenas de polvo.

—Ha venido tu primo, de repente, sin avisar—dice Ramona detrás de la

muchacha—, y como ésta es la habitación de los forasteros...

Florinda parece de piedra ante aquel masculino traje maragato. Y

Olalla, que también se asoma al camarín, prorrumpe azorada:

—¡Ha venido Antonio!... Era aquel viajero que vimos pasar.

Y palidece como una muerta.

—Sí; entró por la otra rúa—corrobora la madre con la voz menos agria

que de costumbre.

—¿Y dónde está? pregunta al cabo Florinda, con aire estúpido.

—En cuanto se mudó de traje marchó a casa del señor cura: dice que le

ha llamado él y que viene sobre lo de la boda.

—Pues voy allá, ahora mismo.

—¿Tú?

—¡Claro!

—Nunca vi cosa semejante: ¡una rapaza tratando con el novio del

casamiento!

—Mi primo no es mi novio; pero si lo fuera, con mucha más razón

necesitaría hablar con él inmediatamente.

Tan firme era el acento de la niña y tan rotunda su determinación, que

Ramona, obligada a transigir, quiso imponer su autoridad exigiendo:

—Olalla irá contigo.

—Que venga.

Y al volverse hacia su prima, asombróse _Mariflor_ de hallarla sin

colores, desconcertada y absorta.

—¿No vamos?—le dice.

—Pero así, sin componernos un poco...

—Si no tardas...

—De un volido acabo.

La maragata rubia desaparece seguida de su madre, mientras Florinda,

sin entrar en la habitación, aguarda impaciente, sufriendo el brusco

asalto de contradictorias emociones. ¿Qué va a conseguir de Antonio?

¿Cómo es él, y cómo la juzgará a ella? Su suerte se decide sin duda

en este día nublado y grave que pasa por Valdecruces tan sigiloso, tan

descolorido...

Le parece a _Mariflor_ que su prima tarda; se sorprende al considerar

que se está componiendo como para una fiesta, sólo porque ha llegado

Antonio. Y con un inevitable gesto de coquetería, ella se alisa también

con las manos los cabellos, se sacude el vestido y repara los pliegues

del jubón: quizá entrase al gabinete para corregir con más detalles

el tocado, si una instintiva repulsión no la dejara otra vez tan

meditabunda que no se fija en el atavío lujoso con que Olalla vuelve,

ni en su semblante, ya compuesto y servicial.

Hasta la vivienda del párroco no cruzan las dos primas una sola frase;

pero ya en la puerta de don Miguel, Olalla detiene ansiosa a Florinda,

y murmura difícilmente:

—¿Qué le vas a decir?

—Que nos salve.

—Y... ¿no le quieres?

—Para marido, no.

—¡Piénsalo bien!; si le venenas las intenciones, nos dejará en la

misma tribulanza.

—¡No puedo hacer más!

Ahora es _Mariflor_ la que palidece y tiembla con un gusto amargo en la

boca y un velo de turbaciones en las pupilas.

—¿Está arriba Antonio?—pregunta a Ascensión, que la recibe.

—Está.

—¿Y... Rogelio?

—No le he visto salir.

—Pero, ¿estaba con don Miguel?

—Estaba.

—Entonces...

—No oigo hablar más que a dos personas... Don Rogelio entra y sale a

menudo.

Cuando la valiente muchacha preguntó a la puerta del despacho:—¿Se

puede?...—un silencio de expectación dió margen al permiso, y la

visita nueva fué acogida con el mayor asombro.

Hacía poco más de un cuarto de hora que la misma Ascensión pidió allí

audiencia para Antonio Salvadores.

—Está abajo, preguntando por usted—había anunciado la muchacha a su

tío.

El sacerdote, sin titubear, contestó:

—Que suba.

En tanto que Rogelio decía apresuradamente:

—Yo me voy.

Pero con una repentina inspiración le aconsejó su amigo:

—Entra en mi alcoba.

—¿A qué?... ¿a escuchar?

—A enterarte.

—¿Como en las comedias?

—Y como en la vida.

—No; no me gusta...

—Si te asaltan escrúpulos, hay un falsete; pero quizá te interese lo

que oigas.

Y como ya resonaban en el pasillo los zapatones del forastero, don

Miguel cerró la puerta acristalada, delante del artista, y le dejó

allí, azorado, a media luz, detenido a pesar suyo por la curiosidad.

La Esfinge Maragata: Novela · 第 13 / 21 段