Poco después, hinojada en el sendero, Marinela recogía los pedacitos de

pan y el hondo cacharro con un resto de «moje», y doliéndole a Ramona

la delgadez endeble de la inclinada cintura y el trasojado semblante de

la niña, preguntó de pronto:

—¿Por qué has venido tú con esta calor, tan aina de comer?

—«Ella»—aludió con humildad la joven—iba a fregar el belezo y a

echar las llavazas al cocho... También cebó las gallinas y las palomas,

rachó leña y llevó los «curros» al agua.

—Abondo es eso...—comentó la madre con invencible desdén.

A tal punto, lanzó otro ronquido el tío Cristóbal, revolvióse con

sacudidas largas y crujientes, y en un esfuerzo, como si quisiera

levantarse, clavó en tierra las uñas de ambas manos.

Las mozas habían palidecido.

—Péme que está enfermo—dijo Olalla—; hincóse al lado suyo y trató de

alzarle la cabeza; pero la sintió agarrotada y rebelde.

Acudió entonces Ramona, hundió sus recios brazos por debajo del cuerpo

rígido, y de un brusco tirón dió vuelta al hombre: aparecía con el

rostro casi negro, mojado de una espuma sangrienta, los párpados caídos

y la respiración difícil.

Quedaron aterradas las mujeres.

—¡Coitado, agoniza!—clamó la tía Dolores llena de medrosa piedad, en

tanto que la nuera pedía con demudado semblante:

—¡Agua, agua!

Inclinó Marinela el cántaro tendido.

—Aún tiene dello...—Daba diente con diente mientras rociaba su madre

la congestionada faz.

Abrió el moribundo los ojos, torcidos hacia la moza con una mirada

vacilante y sombría, como aquella que buscó a la novia del forastero

antes de decir:

—¡Ah, no eres tú!

Torció también la boca, en la mueca de su habitual sonrisa

impertinente, y quedó tieso, inmóvil, con el respiro apenas

perceptible. La tía Dolores le daba pausadamente aire con el delantal;

las muchachas, doloridas y mudas, le hacían sombra con el cuerpo:

seguía Ramona mojándole los pulsos y las sienes, y caía el silencio con

el sol, como un manto de luz sobre el extraño grupo.

—Encomendémosle—murmuró Olalla arrodillándose.

—Señor mío Jesucristo—fué diciendo la voz oscura y triste de la

madre, y las otras mujeres repitieron angustiadas la oración hasta el

final.

No había dado el tío Cristóbal señales de entender el tremendo aviso,

cuando giraron sus pupilas desorbitadas y ciegas, y un estertor hiposo

le silbó dentro del pecho: con el postrer visaje y la última sacudida,

la inerte cabeza saltó desde las manos de Ramona rebotando en el

polvo, y las uñas del moribundo volvieron a clavarse feroces en el

erial.

—¿Murió?—dijo despavorida Olalla.

Marinela dió un grito y cerró muy apretados los ojos.

—Sí, sí; hay que llamar gente,—respondía la madre trazando sobre el

difunto la señal de la cruz—. Y viendo a la zagala tan miedosa, añadió

resoluta:

—Vai con la cesta y, al tanto, das razón de lo que ocurre.

—¿A quién?

—A la familia; ellos avisarán a la Justicia.

Obedeció la joven con terror y sigilo: sus pies medrosos apenas tocaban

el sendero; su grácil figura desaparecía entre los altos panes. Pero

quizás un leve roce de su brazo, o tal vez un soplo de perezosa brisa,

movió las hojas verdes con rumores suavísimos de «escucho».

—¡Madre, madre!—gimió la muchacha con espanto. Volvióse atrás

corriendo, y quedó parada al borde de la mies, sin atreverse a salir al

raso donde el muerto dormía. Allí encontró a la abuela, acurrucada en

la linde con cierta indecisión, tentada a la fuga, y detenida por el

trabajo y la caridad.

—¿Que yé, rapaza?—preguntó con susto.

—Tengo miedo... me siguen... escuché una voz...

—¡Te haltan jijas hasta para fuir!—lamentó más distante el acento

brusco de Ramona.

Y Marinela, inducida por su mismo pavor, asomóse al rebujal desde el

seto vivo de los tallos.

Vió que Olalla había desaparecido y que su madre, sentada al sol,

impasible y estoica, velaba al muerto. Parecióle el cadáver más rígido

y huraño, con la boca abierta, y la piel del sequizo color de los

abrojos; quedó allí fascinada un minuto, y, de repente, echó a correr

entre la verde masa, por el hilo sutil de los senderos; movía con

los codos el follaje, y el rumor de las hojas sacudidas le causaba

indecible inquietud: todas las crueles fluctuaciones del pánico

vibraban en los tirantes nervios de la doncella, empujando su loca fuga

al través del centenal.

Cuando llegó desalada al pueblo, no supo cómo hablar en casa del tío

Cristóbal. Entró en la ruin vivienda, que de pobres menesterosos

parecía, y halló a Facunda cosiendo en el clásico _cuartico_, la

pieza que ciertos días solemnes sirve de comedor a los maragatos,

forzosamente colocada entre la cocina y el corral; la misma que en casa

de la tía Dolores han llamado _estradín_ por excepción.

Ante la absorta mirada de su amiga, Marinela, confusa y torpe, acabó

por decir:

—Que tu abuelo se ha morido junto a la mies de Urdiales.

—¿Mi abuelo?... ¿Sábeslo tú?...

Facunda, con más asombro que dolor, se había puesto de pie.

—Vengo de allá; le vide.

—Pero, ¿qué le dió?

—La muerte repentina.

—¡Virgen la Blanca!... ¿Y qué hacía allí?

—Mirando cómo abrían el calce: andamos al riego en nuestra hanegada de

la Urz.

—¿Asurcana de la nuestra Gobia?

—¡Velaí!

Con la costura en la mano, la moza volvió a sentarse enfrente de

Marinela, doblada sobre un escañuelo en actitud de abrumadora fatiga.

—Pues yo le estaba esperando para comer.

—¿Y no comiste?

—Nada.

Quedaron mudas, mirándose a los ojos con sorpresa, al compás del reloj

que se mecía en su caja de roble, señoreando el _cuartico_.

Facunda levantó del solado un marchito ramillete de tomillana, y

espantó con lentitud el enjambre zumbador de moscas, desatado en el

aposento.

—Y al biendichoso—dijo después—, ¿se le saltaría el corazón?...

—¿El corazón?... Píntame que el mal le dolía en los ojos y en la boca:

echaba espuma entre los labios y tenía el mirar lusco.

—Salió de casa en ayunas, con una copa de aguardiente.

—Pues cuenta que derecho fué a la mies. Allí dió en preguntar con

quién se casaba mi prima.

—¡Andanda!

—Estaría algo chocho... ¡tantos años!

—Y la boda ¿es con ese extranjero?

Pasó un fulgor oscuro por las turquesadas pupilas de Marinela.

—No sé—balbució, para añadir a poco:

—Pero, digo yo que sí.

—Es galán y bien apersonado—musitó en éxtasis Facunda...—¿Tienes

hambre?—preguntó de repente, viendo a su amiga, blanca lo mismo que la

cal, en demudación terrible.

—No—dijo la otra con la cabeza.

—Pues ¿qué tienes entonces?... ¡Estás priadica!

La interrogada sacudió los párpados violentamente para ahuyentar la

nube de su lloro, y pudo con esfuerzo tristísimo decir:

—Me pasmó el difunto, ¿sabes?

—¡Ah, ya!... Quedaríase muy feo; ¡sin las armas de Dios!

—Mi madre le rezó el señor mío.

—¿Están al riego entodavía?

—Hasta la noche. La barbechera cae más alta que el regato, y es

menester cavar mucho.

—¿Quién os ayuda?

—¡Nadie!

Al evocar el desamparo de su pobreza con la triste palabra negativa,

por la mente de la joven pasó el reflejo seductor de los caudales del

tío Cristóbal.

—¡Vais a heredar a rodo!—murmuró fascinada, sin envidia ni rencores.

Alumbráronse los ojos descoloridos de Facunda y una sonrisa beata se

le cuajó en los labios. Todos los matices de la emoción, suscitada por

aquel anuncio, resplandecieron en esta frase elocuente:

—Voy a comer...

Alzóse de nuevo, con ademanes pesados: era gruesa, fuerte, baja; tenía

mejillas carnosas, tez bronceada por el sol, mirada pasiva, y una

insignificante belleza juvenil en el conjunto de la figura.

Revolvía Marinela su curiosidad alrededor, resumiendo maquinalmente

el inventario del _cuartico_. Y, de pronto, la hizo estremecer una

anguarina del tío Cristóbal, colgada en el apolillado capero, rígida y

sin aire, como una mortaja.

—Tienes que avisar a la Justicia—le advirtió a la heredera con

solemne tono.

—¡Ah! ¿Sí?—clamó Facunda, abriendo mucho la boca.

—¡Natural!

—¿Quién lo dijo?

—Mi madre.

—¿Pero es obligación?... Cuando murió la abuela no llamaron al juez.

—Porque estuvo en la cama... Cuando el tío Agustín se atolló en la

nieve y amaneció cadáver, vino el Ayuntamiento.

—Y ¿a quién mando a Piedralbina?—murmuró atribulada la moza, como si

tuviese que realizar una hazaña insuperable.

—Manda a _Rosicler_.

—Tiene el aprisco a la mayor lejura, en los alcores del Urcebo...

—Pues a tu hermano...

—Anda a la escuela...

Quedáronse de nuevo silenciosas, sumidas en la preocupación terrible de

aquella grave dificultad.

Marinela se había puesto de pie, sin apartar mucho los ojos de la

anguarina parda.

—¿No habrá un motil que te haga el mandado?—murmuró despacito, como

si alguien durmiese.

Y Facunda, en el mismo tono de misterio, resolvía:

—Iré yo después de comer y de avisar en casa de mi madre.

—¡Eso!

Felices con el hallazgo de aquella inesperada solución, se miraron en

triunfo, sonrientes, como si hubiesen escapado de un enorme peligro.

Tras largo y duro rechinamiento de resortes, dió el reloj una lenta

campanada, y Marinela, despidiéndose muy lacónica, salió de puntillas,

apresurada y vacilante.

—Al paso que vas—dijo la dueña de la casa con luminosa

inspiración—podías contarle a don Miguel...

—¡No puedo, no!—atajó la infeliz, temblando locamente.

—¿Por qué, criatura?

—¡No puedo, no!—y agarrada al cestillo, volvió a correr la mozuela

triste, dejando a su vecina con la boca abierta. Pero al doblar la

calle y cruzar la plaza, en el mismo brocal de la memorable fuente la

detuvieron una sombra, una voz y un saludo. Era el propio forastero de

quien la moza huía: llegaba sonreidor y alegre; extendió los brazos

para contener la delirante carrera de la joven, y con audaz halago le

rezó al oído, como un eco de su primera entrevista:

—¡Salve, maragata!

Un grito y un sollozo contestaron a la oración devota del poeta...

Tuvo él que sujetar el talle de la moza, fatalmente inclinado hacia el

pilón donde el agua decía la eterna incertidumbre de las cosas humanas.

—¿Me tienes miedo?—preguntó conmovido, hablando a Marinela de tú,

como a una niña.

Todo el nublado de las contenidas lágrimas estalló entonces.

—Pero, ¡siempre lloras!—exclamó Terán con angustia—. ¿Qué tienes?...

¿Por qué sufres?

Ella se dejó sostener un instante, enloquecida por el desbordado

ensueño de su alma, y al punto quiso huir.

—¿Temes que te haga daño?... ¿Estás enferma?—seguía el joven

diciendo, con blandura y cariño, sin dejarla escapar.

—¡No puedo, no!—repitió aún Marinela con gemido impotente, como si ya

no supiese decir otra cosa.

Y a Rogelio Terán le pareció que la desconsolada frase había causado un

estremecimiento profundo en el transparente corazón del agua.

—¿Qué tienes, dime?—insistió el poeta.

Alzóse el lindo rostro con tal expresión de súplica y mansedumbre, que

el caballero aflojó los brazos y dejó partir a la zagala.

Ya entonces la triste no pretendió correr. Fuése con pie desfallecido,

deshecha en lágrimas y sollozos, dándoles libertad con repentina y

bárbara crudeza, con alarde infantil.

Sorprendido y emocionado la vió Terán hundirse en la ardiente calle.

No había él ido a Valdecruces para hacer llorar a las mujeres, y su

experiencia, un poco mundana, le advertía de misteriosas culpas en

el llanto de aquella joven. _Mariflor_ le había dicho que su prima

gozaba poca salud, que padecía de tristezas y lloros, y que desde la

noche de la farsa se había puesto mucho más inapetente y melancólica,

más trasoñada y sensible. Por dos veces la encontraron escribiendo el

romance de la _Musa_ entre lágrimas y suspiros. Y Olalla, su compañera

de lecho, contó que la niña por la noche no pegaba los ojos, y que si

acaso al amanecer se adormecía era para soñar con voz alucinante los

versos de la farandulera.

También supo el forastero por don Miguel, con otros muchos pormenores,

que la zagala tenía vocación de monja. Pero, con su penetrante vista de

buen lector de almas, el poeta adivinó aquella tarde un nuevo aspecto

en la enfermedad complicada de la niña.

Dióse a estudiar el conflicto con inquietud y lástima, ruano y

meditabundo, al través del pueblo inmóvil, sin advertir que se había

borrado en el rojizo suelo la sombra exigua de las paredes, y que ardía

la luz, como un volcán, vertida a plomo en las silentes calzadas.

[Illustration]

[Illustration]

XIV

ALMA Y TIERRA

DESDE aquel medio día luminoso en que Rogelio Terán llegó a

Maragatería, soñador y aventurero, a semejanza de Don Quijote, habían

transcurrido dos semanas apenas, tiempo harto breve para curiosear la

tierra y el alma de este país incógnito y huraño, tosca reliquia de las

viejas edades, remanso pobre y oscuro de los siglos de hierro.

Deslizábanse los amores de _Mariflor_ y el poeta como idilio sereno

y apacible en la vida un poco fatigada del mozo, mientras se le iba

mostrando la dulce novia aún más gentil que en el primer encuentro

inolvidable, más esbelta y pensativa, luciendo más su innato señorío

sobre el fondo gris de Valdecruces.

Cuantas impresiones recibió aquí el artista en sus andanzas tuvieron

una fuerte originalidad. Con grande asombro y compasión aprendía la

dura existencia de este pueblo de mujeres, bravo y taciturno, que

ni el tiempo ni el olvido lograron borrar de las crueldades de la

estepa al través de las centurias: hábitos y costumbres, semblantes

y caracteres, mostráronse al novelista esquivos y asequibles a la

vez, como si el rostro de la aldea, tan cándido y tan rudo, guardara

hondos misterios bajo las tenaces arrugas de los siglos... Calzadas

escabrosas, rúas cenicientas, míseras cabañas, casucas de adobes,

techumbres de bálago, trajes, palabras y tipos, descubiertos al primer

vistazo en toda su interesante rusticidad, callaban la certeza de su

origen y escondían su historia en la penumbra de caminos ignotos:

un marco de nieblas y de sombras envolvió a Valdecruces delante del

forastero, a la luz espléndida del sol.

En la romántica incertidumbre de sus observaciones veía el poeta surgir

a cada instante el vivo enigma de unos ojos claros, de una boca muda,

de un talle macizo y un lento ademán; la humilde y robusta silueta de

una mujer, de una esfinge tímida, silenciosa, persistente: ¡la esfinge

maragata, el recio arquetipo de la madre antigua, la estampa de ese

pueblo singular petrificado en la llanura como un islote inconmovible

sobre los oleajes de la historia!

Esta imagen perenne, más diminuta y simple, más asustadiza y torpe,

repetíase pródigamente en los niños: la cara redonda, elevado el

frontal, cóncavo el perfil, los ojos pardos, verdes o azules, con una

vaga tendencia oblicua, daban a todos un aire primitivo de candor y

timidez, un viso triste de pesadumbre y esclavitud. El sesgo leve

de la mirada era nota de cobardía y sumisión más que de recelo o

disimulo; y los gestos pausados, los calmosos debates de la palabra y

el pensamiento para resolver la más sencilla de las dudas, delataban un

cultivo intelectual muy rudimentario, un secular abandono de aquellas

mustias imaginaciones.

Ningún rasgo masculino altivecía el semblante fusco de la aldea; los

pocos viejos que allí se refugiaban habían perdido la energía viril

lustrando por ajenos países, y en el esfuerzo bravío que sacudía a las

mujeres sobre el páramo, no asomaba ese alarde varonil de que algunas

hembras suelen revestirse al trabajar como los hombres: todo el ímpetu

fuerte de estos brazos, cultivadores del erial, derivaba del materno

amor, fuente inagotable de renunciaciones y heroísmos, divino poder que

allí se manifestaba callado, fatal y oscuro en las almas femeninas.

A tales conclusiones fué conducido el forastero al través de sus

íntimas charlas con el cura.

—¿Qué hay—preguntaba Rogelio cada vez más curioso—en estos corazones

tan recatados y sufridos?

—Hay madres solamente—respondía, melancólico, don Miguel.

—¿Y el amor sexual, esa lozanísima planta de la juventud que florece

en todos los países del mundo?

—Estas mujeres sólo conocen la obligación de la esposa que debe

concebir.

—Pero el sentimiento, la exaltación del espíritu hacia el hombre que

eligen, ¿tampoco lo conocen?

—No eligen: se les da un marido, y ellas le acatan mientras puede

sostener a la familia.

—Habrá excepciones.

—Ninguna.

—¿En toda la región?

—En toda... si algún elemento extraño no se mezcla en la vida

maragata...; que no suele mezclarse.

Bajo el tono apacible de la respuesta creyó Terán percibir una embozada

reconvención. Hallábanse ambos amigos a solas en el despacho del

sacerdote, estimulando su plática con el humo de los cigarros, mientras

el tío Cristóbal agonizaba en la mies.

Parecía que de intento el cura no quisiera aludir directamente a los

discutidos amores del poeta y _Mariflor_. Y en esta actitud sentía el

mozo latir una sorda hostilidad.

—¿Yo «sería» en Valdecruces ese «elemento extraño» que tú

dices?—preguntó de repente.

—¡Quién sabe!—respondióle con tristeza don Miguel.

—¿Estorbo?

—¡En mi casa nunca! Pero...—dijo el párroco suavemente—contra

ti se vuelve la realidad; yo dudo que estés destinado a cumplir en

Maragatería una misión redentora, como tú supones.

—¿Ni siquiera la de salvar a una sola mujer?... ¿no tendrá ella

bastante con mi corazón y con mi vida?

—Tu vida no depende de ti... Tu corazón... ¡quizá tampoco!

—¡Hombre!

—Acuérdate...

—Si, ya me acuerdo—interrumpió desconcertado el poeta—; pero esa

lúgubre memoria no ha de apartarme para siempre de la felicidad.

—La felicidad no es de este mundo...

—Si argumentas así, a lo asceta...

—¡A lo maragato!—sonrió acerbamente don Miguel.

—¿Y juzgas que Florinda ha nacido para sacrificarse?

—Florinda ha nacido para obrar el bien...

—Como todo fiel cristiano.

—Pero con especial misión de bienhechora... Oye, Rogelio—añadió el

cura, mirando de frente a su amigo y hablando recio, como quien tomase

de pronto una determinación—. Tus intenciones son muy hermosas.

Viniste a Valdecruces generosamente equivocado detrás de una mujer: si

la quieres «salvar», como tú dices, no interrumpas sus pasos hacia la

más segura y definitiva de las salvaciones.

—Estorbo: es indudable.

—Para que ella siga su trazado camino, sí.

—¿Por qué no me hablaste con esta franqueza desde el primer día?

—Porque vuestro idilio me perturbó un poco... porque no juzgué tan

firme la perseverancia de _Mariflor_.

—¿Y ahora?

—Veo más claro: sacudo la romántica influencia de vuestras

confesiones; miro la realidad de las cosas... No tenemos derecho, ni tú

por egoísmo, ni yo por sensiblería, a impedir la obra de compasión que

ella se propone realizar... Creo, en fin, que debes retirarte en tanto

_Mariflor_ pacta con su primo.

—Pero, ¿ha sonado la hora?

—Está al caer. A instancias mías, Antonio adelanta su viaje: llegará

esta semana, cuando menos se piense.

—Y mi marcha en este caso, ¿no parecerá una cobardía?... Te equivocas

si piensas que me retiene aquí el egoísmo, cuando me asalta la más viva

piedad.

—¿De una sola y linda mujer?

—¡Ojalá pudiera yo redimir a otras!

—¿Y si pudiera Antonio?

El pretendiente, amoscado, casi ofendido, respondió con ironía:

—Consintiendo el esposo que la esposa le hable de usted, le sirva y le

acate como a un dios, y reviente en el páramo mientras él se regodea en

la ciudad, ¿así quieres que yo suponga grandes hazañas de un maragato

para su familia?... Aquí tiene «tu protegido» a su gente pudriéndose de

miseria, y no la socorre...

—El móvil del amor puede inducirle...

—¡Qué amor ni qué ocho cuartos, hombre! Vosotros hacéis las bodas con

un poco de rutina y otro poco de interés...—Detúvose temiendo ofender

a su huésped, templando la vehemencia de la voz para añadir:—Eso me

has dicho tú...

—Y es la verdad—repuso don Miguel sin alterarse—. Pero quizá en

otros pueblos más adelantados y felices no se hacen las bodas de más

digna manera: ingredientes distintos, colores más brillantes, disimulo

y finura para dorar la píldora... Al fin y al cabo, matrimonios sin

amor.

—No siempre.

—Muy a menudo.

—Siquiera esos matrimonios no llevarán consigo la injusticia irritante

de causar una víctima sola.

—Muchas veces, sí: ¡la mujer!

Alzóse Terán de la silla, nervioso, confundido con el recuerdo de su

madre, que de pronto le pesaba como una losa. También el sacerdote dejó

su escabel; tiró la punta del cigarro y comenzó a decir con la voz

persuasiva y amable:

—Mira, Rogelio, amigo mío: el amor, ese sentimiento exaltado,

ambicioso, inmortal que nos sacude y nos enciende, esa divina escala

que nos conduce a Dios desde la tierra, sólo por singular prodigio

tiene un peldaño donde puedan abrazarse para ascender unidas dos

criaturas...

—Bien; y ese peldaño...

—No se consigue por la curiosidad romántica ni por la compasión que

sientes hacia Florinda Salvadores. De no poder subir con ella en

triunfo por la divina escala, déjala en Valdecruces, que labre aquí

consuelos...

—¿Y martirios?

—El hacer bien mitiga el propio dolor, le cura, le recompensa. Quien

más ama, con más brío se inmola...

—Es decir: ¿que me desahucias definitivamente?

—No; te aconsejo. Escucha. Ni de este amor que yo digo, ni de ese

otro que tú decías antes—impulsos, deseos y simpatías más o menos

sutiles—, suelen darse aquí las flores; ya te lo he confesado. Pero de

la llama sagrada, del divino soplo, tenemos un trasunto inconsciente

en el amor fortísimo de las madres. Florinda no quedaría huérfana de

todo goce; de este amor puede ella disfrutar con más cordura que otras

mujeres, con más sazón y gracia.

—¡También con más tristeza!

—Si se resigna y se conforma, no. Toda la felicidad del mundo

consiste, a mi parecer, en eso: en conformarse.

Una pausa y un suspiro detuvieron el discurso de don Miguel mientras el

artista murmuraba:

—¡No has dicho poco!

Blanda y persuasivamente siguió explicando el cura:

—En estos matrimonios que, como tú dices bien, ayuntan la costumbre y

la conveniencia, hay, sin embargo, un fondo de respeto y de fidelidad

muy ejemplares. Es cierto que la mujer come en la cocina, sirve

al marido a la mesa, le dice de vos, le teme y le desconoce; que

trabaja en la mies como una sierva y le ve partir sin despecho ni

disgusto. Pero en esto que ella hace y él consiente, no hay deliberada

humillación por una parte ni despotismo por la otra: hay en ambas

actitudes una llaneza antigua, una ruda conformidad. Aquí el alma es

primitiva y simple; las costumbres se han estancado con la vida; ello

es fruto del aislamiento, de la necesidad, de la pobreza: estamos aún

en los tiempos medioevales.

—Pero los maragatos emigran todos; ¿cómo no toman ejemplo de los

países más cultos?

—No les impulsa fuera de aquí la ambición tanto como la miseria. Los

que en sus luchas lograron vencer a la ignorancia, han sabido entrar

de lleno en la civilización y honrar a su país. Tenemos en América

letrados, industriales, fundadores de pueblos que han hecho prevalecer

su traje regional y sus familiares virtudes al través de influencias

muy extrañas... Tú sabes que los afortunados son muy pocos. Y la

mayoría de nuestros emigrantes sigue padeciendo la estrechez de la

inteligencia en precaria vida, trabajando en vulgarísimos trajines.

Ellos se consideran una casta aparte en el mundo, y tan apegados están

a sus leyes morales, que no adoptan de las ajenas cosa alguna, ni buena

ni mala. Son padres excelentes, ciudadanos trabajadores, económicos,

fieles y pacíficos. Si no saben sonreir a su esposa ni compadecerla,

tampoco saben engañarla ni pervertirla: no la tratan ni bien ni mal,

porque apenas la tratan. La toman para crear una familia, la sostienen

con arreglo a su posición; y la reciedumbre de estas naturalezas

inalterables descarga ciegamente todo el peso de su brusquedad sobre la

pasiva condición de la mujer; pero sin ensañamiento ni perfidia, con el

fatal poderío del más fuerte.

—¿Lo encuentras justo?

—Lo encuentro humano.

—¿Y lo disculpas?

—No: lo compadezco. Toda fuente de ternura cegada me produce sed y

tristeza.

Brillaron húmedos los ojos del sacerdote, al evocar tal vez una

doliente memoria, y Rogelio preguntó, mirándole con suma curiosidad:

—¿Tu discurso me quiere convencer de que _Mariflor_ necesite uno de

esos maridos... de la Edad Media? Porque todavía no me lo has probado.

—Nada pretendo probarte; quiero que conozcas toda la posible situación

de Florinda casada con ese hombre que, en el peor de los casos para

ella, no la impediría vivir con desahogo y socorrer a la familia;

quiero que pienses cómo puede ocurrir que la muchacha gane el corazón

de su primo para remediar las desventuras de la abuela.

—¿Mediante la boda?

La Esfinge Maragata: Novela · 第 12 / 21 段