Esquivando al forastero, deslizóse al «cuartico» donde Ascensión cosía,

muy curiosa de la confidencia celebrada en el despacho.

—¿Qué haces?—dijo _Mariflor_ sin saber lo que preguntaba—. Se había

enjugado los ojos, y a la media luz del aposento escondía mejor las

señales de su angustia.

—Ya ves—repuso Ascensión desplegando un trozo de blanqueta con el

cual confeccionaba refajos.

—¿Son para el equipo?

—Sónlo; esta lana es de la trasquiladura de antaño. ¡Da gusto coserla

cuando se ha visto viva en los animales!

—¿La has hilado tú?

—Sí; pero antes lleva muchos trajines. Cada vellón se lava, se

esponja, se escarpena, se abre, se carda y se hila: todo lo hacemos

aquí; después lo tejen en Val de San Lorenzo.

—Y ¿cuándo es la boda?

—El día de agosto, a más tardar; durante el mes que viene se leerán

los proclamos.

—Entonces, mañana será el primero.

—No; el domingo que sigue. Pero, ¿cuándo es la tuya?... ¿lo hablasteis

arriba?—aludió Ascensión.

—Vine por asuntos de la abuela... Yo no me caso tan pronto.

Resonaban pasos y voces en el despacho de don Miguel, y los últimos

alientos de la luz desfallecían en las blancas paredes del «cuartico».

—Sentiste llegar a don Rogelio, ¿verdad?—interrogó la novia, doblando

su costura.

—Sí... Ahora me voy: es tarde.

—Te acompaño hasta la fuente.

Tomó la muchacha un cántaro en la cocina, y ambas jóvenes salieron sin

hacer ruido.

* * * * *

Ascensión Crespo y Fidalgo es una maragata sonriente y graciosa a

quien un leve roce con gentes extrañas a la suya ha dejado suave matiz

de alegría en las palabras y en los pensamientos: posee un título

de maestra elemental que no logra encumbrarla mucho ni distanciarla

moralmente de su país; pero le da cierto lustre entre los vecinos,

aparte su preponderancia como sobrina del párroco y novia de un rico

mercachifle.

Su madre, hermana mayor del cura, había querido acompañarle en

Valdecruces, no tanto por regir con cariño el hogar del sacerdote como

por tener su sombra. Criáronse un tiempo don Miguel y su hermana bajo

la protección de un tío que dió carrera al varón y legó a la hembra

unos quiñones y unos miles de reales. Viuda ella al recibir la merced,

y madre de dos niñas, casó pronto a la mayor, gracias al olorcillo de

la herencia, con un pariente muy bien establecido: fugaz matrimonio

que en el término de un año desbarató la muerte, llevándose a la recién

casada. Pero el viudo, con la querencia del lar y de la dote, vuelve

ahora en busca de su cuñadita Ascensión, y la madre, que aún llora a la

hija malograda, sonríe ante la suerte de esta otra, convencida de que

un marido con dinero es la suprema felicidad para una mujer.

Estos son, asimismo, los ideales de la joven maragata. Su rápida

excursión por la Normal de Oviedo no le descubrió muchos horizontes,

ni ensanchó sus miras, ni llegó a turbar hondamente el atávico reposo

de su inteligencia; bastante hizo la moza con suavizar su trato, con

desentumecer un poco la sonrisa y la voz: siguió escribiendo sin

ortografía y leyendo con el tonillo cantarín que aprendió en la aldea;

pero sus modales tuvieron más desenvoltura, sus palabras más camino, y

una gota de la curiosidad del mundo resbalaba, alegre, desde sus ojos

hasta sus labios sin descender nunca hasta el corazón.

Redimida de las rudas labores campesinas, con su título flamante de

maestra y su rumboso compromiso de boda, gozó la muchacha en el lugar

de todas las preferencias y admiraciones, hasta que llegó Florinda.

Sin ningún mezquino sobresalto prestóse al punto a compartir con ella

el auge de aquellos sutiles privilegios; creyó que su descollante

categoría la designaba para recibir cortésmente a la gentil forastera,

iniciarla en las nuevas costumbres y hacerla, en suma, con la mayor

solicitud, «los honores» del pueblo. Pronto esta buena disposición tuvo

por acicate la simpatía y la curiosidad. Florinda se hizo querer: el

encanto y la dulzura de su carácter se imponía con irresistible gracia,

y el ligero tinte exótico de su persona resplandeció a los ojos de la

maestra cual lejano saludo de las novedades mundanas que ella conocía.

_Mariflor_ miraba a los ojos de la gente; reía alto, lucía el florido

cabello peinado a la moda de las ciudades; tenía pensamientos pulidos,

ideas bizarras que de todo su sér emergían con libres y serenas

emociones... Ninguna zagala de Valdecruces admiró a la forastera con

tanta intuición de sus méritos como la sobrina de don Miguel.

Ahora, camino de la fuente, Florinda y Ascensión coloquian en afable

intimidad, lejos entre sí los corazones y unidas las existencias

juveniles en el fondo de un mutuo cariño.

—¿Conque te proclamas el mes que viene?

—Las dos veces que faltan, sí, porque la primera amonestación lanzóse

ya en enero, cuando nos apalabramos.

—¡Ah! ¿Es costumbre?

—¡Natural, mujer, para que se sepa que somos novios!

—¿Te escribe mucho?—insinúa Florinda, intrigada.

—Aquí no se usa.

—¿Pero ni una vez siquiera?

—Ni una sola.

—¿Tampoco ha venido a verte?

—Tampoco; vendrá la víspera del casamiento, y después de la tornaboda

se volverá a partir. Mi madre—añade, ufana, la maestruca—me da el

ajuar de la casa y la dote de cuatro mil pesetas, que administra mi tío.

Muy descolorida y agitada, comprobando la cuantía de la aterradora

suma, _Mariflor_ pregunta para disimular sus preocupaciones:

—¿Cómo sabes si quieres a tu novio sin conocerle apenas?

—Porque fué bueno para la biendichosa.

—¿Ausente y en un sólo año le pudisteis juzgar?

—Era deportoso... ¡«mandaba» mucho!

La risa de la fuente interrumpe la plática, y Ascensión averigua, antes

de despedirse de su compañera:

—Y tú, ¿cómo quieres a un forastero sin conocerle más que de un viaje,

sin saber de su casta ni de su bolsillo?

—He hablado mucho con él, con sus ojos y su corazón—balbuce Florinda,

algo confusa—; he leído sus libros y sus cartas... Además, ¿por qué

dices que le quiero?

—Lo supongo—sonríe la maestra, con pretensiones de sabiduría,

y advierte:—Es muy bien parecido y elegante, de mucha labia y

educación... pero este personal de pluma no suele tener hacienda...

¡Harías mejor boda con Antonio!

Vibró rudo el consejo sobre el rumor del agua fugitiva, en tanto que se

alejaba _Mariflor_, sonriendo a fuerza de pesadumbre.

En la profunda calma del ocaso le parece a la moza infeliz que una

vegetación de espinas surge debajo de sus pies y que un lamento corre

por la sombra. Al llegar a su casa, busca refugio en el huertecillo,

pidiéndole a Dios serenidad de ánimo, consuelo y fortaleza. Allí,

escondida entre la única fronda del vergel, siente de súbito en el

rostro el roce de unas alas de mariposa: es la hojita de un capullo que

vuela desde el rosal.

Atravesado el pecho de las más inefables compasiones, tomó Florinda

el pétalo en sus manos, y con irresistible impulso, quiso volverle a

la yema sonrosada de donde había caído. Pero quedóse inerte, presa de

inexplicable zozobra: era imposible unir la hoja muerta con el retoño

vivo... Y la zagala sentía cómo se deshojaba también, de inexorable

modo, la palpitante rosa de su corazón.

[Illustration]

XIII

SOL DE JUSTICIA

UN día y otro posaba el sol adurente sobre la llanura.

Eran tan placenteras las señales del cielo, que la sequía se convirtió

en seguro peligro para la escasa mies de Valdecruces, y bajo la férula

del tío Cristóbal celebróse con toda exactitud el turno de regar,

aprovechando el agua de los fugitivos arroyos.

Según había temido Olalla Salvadores, llegó para sus «bagos» la vez

en el riego sin que la familia tuviese con qué buscar obreras; y

al amanecer aquella mañana, Ramona y su hija mayor, silenciosas y

diligentes, salieron hacia los centenales con los aperos necesarios

para «apresar y correr el agua».

Del mermadísimo patrimonio de la tía Dolores no quedaban a la sazón

más tierras de regadío que las dos hazas de mies adonde las mujeres

se dirigían; y ya estas únicas parcelas estaban hipotecadas al

tío Cristóbal, que nada quiso dar sobre el terreno de secano, las

«hanegadas» de Abranadillo y Ñanazales, tendidas al otro lado del

pueblo, y menesterosas de continuas huelgas por su mucha ruindad.

Precisamente el viejo acaudalado de Valdecruces poseía tierras

asurcanas de las que iban a regarse, y se mostró aquel año muy

solícito para beneficiar las de sus infelices vecinas, gozándose en la

ambiciosa certeza de unir pronto los diferentes lotes en una sola finca

envidiable, señora de la mies.

No se durmió el anciano aquella mañana, y apenas calentaba el sol

cuando se aparecía entre los rústicos centenos la imponente figura

de un hombre alto y rojo, curtido y vacilante, con ancho sombrero de

cordón y borlitas, bragas de estameña, polainas de pardillo, y almilla

muy atacada sobre un chaleco de color; calzaba galochas y apoyábase en

un cayado patriarcal. En su rostro, enjuto y boquisumido, asomábanse

unos ojuelos grises, cargados de cejas blancas, turbios y persistentes,

con tenacidad interrogadora.

A este maragato, rico en relación a la pobreza del país, le respetaban

por el dinero y la autoridad, pero su avaricia inextinguible le hacía

también odioso y temido. A pesar de sus noventa y seis años, manteníase

terco y duro como un roble, y su presencia inspiraba en todas partes

cierta inquietud mezclada de repulsión.

Un solo hijo, ya viejo, le quedó al tío Cristóbal en la hora de la

viudez; pero este único descendiente, cargado de familia, hubo de

buscar el sustento en tráficos humildes fuera de Valdecruces, pues

todo lo que hizo el codicioso quintañón por la necesitada prole, fué

llevarse a una de las nietas para que le sirviese de criada. Y Facunda

Paz, la moza recogida por el abuelo, no lució nunca en el baile un

rostro complacido, ni un «rodo», mandil o sayo tan donoso como el de

sus vecinas o el de sus mismas hermanas, aunque las prendas de los

antiguos ajuares, mantelos y corpiños, rasos y cúbicas de la abuela se

apolillaban en el fondo de los cerrados cofres. Había trabajado el tío

Cristóbal en Madrid algunos lustros, mercader y agiotista en miserable

escala, establecido allá por los andurriales de la Puerta de Toledo.

Casó, ya hombre maduro, con moza acomodada de su país, y se trasladó a

la aldea sin abandonar los trapicheos mercaderiles; así fué explotando

en oscuros negocios la necesidad tirana del pobre vecindario, sin

compasión de la propia familia, como en el caso de la tía Dolores, de

quien era pariente.

No amaba este avaro la tierra como las mujeres de Maragatería, con ese

amor recio y generoso que da la sal del llanto y del sudor para abono

del surco en los terrones. Amaba el dominio y la riqueza con mezquinos

alcances, dentro de una pasión raquítica y sin alas.

Más duro de corazón y de mollera con los años, sentía la embriaguez de

las posesiones a lo grosero y sensual, sin ternuras de enamorado, sólo

con las voracidades torvas del instinto.

Su torpe codicia iba arrastrándose lo mismo que un reptil por los

barbechos, en la estrechez de la mísera tierra laborable y en el camino

silencioso y triste de las hendidas cabañucas romanas, hasta dar por

chiripa en una casa de adobes, en una recua y un rebaño.

Ahora zumba el usurero, como un cínife, en torno a la parcela de

regadío donde Olalla y Ramona abren el cauce regador.

Hipan aspadas las dos mujeres sin resuello ni alivio en la pesadumbre

del trabajo, metidas hasta la cintura en la rota, represando y

corriendo el anhelado camino para el agua.

—Dios os ayude—dice la trémula voz del tío Cristóbal desde el hoyo

profundo de sus labios.

Ramona sigue trabajando sin responder, y Olalla pronuncia tímidamente:

—Bien venido.

Un golpe de tos atraganta al viejo, y su melena goda se agita en la

inclinada cerviz, como blanco cendal batido por la tormenta sobre un

árbol caduco.

Alguna cosa impaciente querían decir aquellos labios contraídos en

espantable mueca, en tanto que los ojos, fijos y voraces, escrutaban

a las trabajadoras con ansiedad: sin duda el tío Cristóbal pretendía

enterarse de noticias urgentes antes de acabar de toser.

Mirábale de reojo la doncella, alarmada y expectante, y Ramona le

volvía la espalda con obstinado tesón, cada vez más hundida en la

rotura, buscando afanosamente el rumbo del arroyo.

El año anterior no necesitaron las de Salvadores regar sus panes,

porque había llovido en la primavera. Y ahora parecía que la antigua

vecindad del agua huyese como una desconocida a la solicitud de los

audaces brazos femeninos.

—Hogaño está más lejos—había dicho suspirante la moza, mirando cómo

la gracia apetecida resbalaba por el suave declive de la mies, en

murmullo remoto...

Ya el tío Cristóbal podía «colocar» aquella urgente pregunta que le

palpitaba en los ojos. Habíase parado al borde de los centenos, erguida

la vejez codiciosa sobre el verde tapiz de los tallos, apoyándose con

fuerza en el bastón.

Supo el viejo, la víspera, que un galán «señorito» acompañaba, como en

las ciudades, a la prometida de Antonio Salvadores, del rico a quien

él temía casado con _Mariflor_, pero a quien nunca supuso capaz de

favorecer a la familia con desinteresados fines.

De realizarse pronto la anunciada boda, pudiera suceder que al fincarse

en Valdecruces los novios, levantaran para sí el empeñado patrimonio de

la abuela. Entonces, ¡adiós casa, «bagos», yuntas y «cortina» en la

sombra perseguidos!

Mas, si por lo contrario, la zagala contrajese nupcias con aquel fino

caballero, él se la llevaría fuera del país; y, donde, con una sola

excepción, todos los vecinos necesitaban limosna, ninguna otra mano se

podía tender hacia la sitiada hacienda.

No había que pensar en que la defendiesen Isidoro ni Martín Salvadores,

que, a pesar de sus buenas aptitudes para el comercio, naufragaban

también en el maleficio lanzado por la tía Gertrudis sobre la casa del

abuelo Juan.

Desvelada con estas consideraciones, la astucia del tío Cristóbal se

dejó sorprender por la impaciencia, y quiso averiguar a todo trance lo

que de cierto hubiese en la general suposición del forastero prendado

de la niña. Ya iba a preguntar rotundamente:—¿Conque la rapaza de

Martín hace boda con uno de fuera?—cuando se presentó orillando la

mies, a buen paso y con la azada al hombro, la propia tía Dolores.

Saludáronse los dos primos con un leve murmullo estupefacto. ¿Qué hace

aquí la sombra de este carcamal?, se dijo la vieja, memorando con

pálida lucidez las celadas rastreras de su pariente.

Saltó luego a la zanja con más agilidad de la que hubiera podido

suponerse, y escudriñó de soslayo la esquiva catadura del hombre,

crecido desde allí como un gigante, negro y rojo, igual que una

tragedia, sobre la glauca alegría del centeno.

—¿A qué viene?—preguntaron con acritud dentro del cauce.

—A trabajar—respondió la anciana llena de bríos.

Hizo Ramona un gesto desdeñoso, y Olalla suspiró jadeante.

Alzábase la moza a menudo para medir con los ojos la distancia a cuyo

borde modulaba el arroyuelo su promesa; no era mucha, alcanzada con

la vista: veinte metros escasos. Mas era enorme para hendirla con el

azadón, honda hasta nivelar la altura del terreno con el declive donde

el regajal corría. Y la carne joven, nueva en aquella bárbara lid,

temblaba hecha un ovillo, sudorosa y encendida bajo el implacable sol.

En cuanto llegó la abuela a meter sus afanosos brazos en la zanja,

Ramona la dejó arañar el escondido seno de la tierra, menos duro que la

capa exterior, y subió infatigable a romper el camino en los abrojos,

sobre el campo de barbecho, mustio y ardiente.

Rígida la corteza del erial, defendíase con sordas rebeliones del

empuje bravo de la azada. Un hiposo jadeo, semejante a un bramido por

lo amargo, resoplaba en el pecho de la cavadora, y la tierra devolvía

en retumbos persistentes los desesperados golpes, escupiendo su polvo

de cadáver a la roja cara de la mujer.

Mira la joven con espanto cómo su madre rompe al fin la brecha sin

hacer una pausa ni pronunciar una frase, como poseída de un vértigo

brutal. Da y repite azadazos lo mismo que una furia, con sacudidas

violentas de todo su cuerpo: parece que le crujen los riñones y se le

saltan los ojos; parece que llora a raudales según tiene la faz mojada

de sudor.

También la anciana contempla absorta el tremendo poderío de una triste

juventud, escondida en la sangre y en la voluntad bajo las injurias de

vientos y de soles, de lágrimas y trabajos.

Pero al tío Cristóbal no se le da un ardite en aquel imponente pugilato

de la carne heroica y viva con la tierra muerta y dura.

Impaciente hasta la indignación por la intempestiva llegada de la tía

Dolores, por el silencio hostil de las tres mujeres y el eco retumbante

de la cava, se revuelve el avaricioso con la doble ansiedad de la vejez

que tiembla impotente por cada minuto perdido para sus deseos.

—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—pronuncia,

al cabo, después de toser y de escupir.

Resbaló su pregunta como tañido de campana rota sobre el cauce

entreabierto y los rastrojos: el trajín enervante quedó atravesado por

la sorpresa.

—¿Qué dice?—murmura con asombro la tía Dolores.

Olalla da principio en voz queda a una difícil explicación que confunde

a la anciana, y Ramona hiende con nuevos redobles el erial.

—¡Eh!... ¿no contestáis?—grita el viejo apremiante.

Ya la abuela va entendiendo un poco:

—Sí, sí; el señor de Villanoble que viajaba con nosotras en el tren;

el que está con el cura de güéspede y va todos los días a nuestra

casa... Ya, ya... Pero, ¿y el primo Antonio?... ¿Y la boda esperada

como una salvación por la familia?

—Ya veremos—insinúa Olalla, mientras su madre, muda y sorda,

permanece entregada al trabajo con frenesí.

—¡Diájule! ¿Os habéis vuelto simples? ¿No queréis contestar?—vocifera

exasperado el tío Cristóbal.

—No hay que impacientarle mucho—piensa la muchacha, con la serenidad

de su juicio calmoso, y responde:

—De lo que usté pregunta... no sabemos nada.

—¿Cómo que no sabéis?... Pues si no es por la moza, ¿por quién viene

ese barbilindo?

—Por don Miguel.

—¡Mentira!

Olalla se encoge de hombros con aquel movimiento brusco, peculiar

en su madre. Y el viejo, sospechando que va por difícil camino su

investigación, hace acopio de paciencia, contiene su ira en un rebufo,

y se deja caer a la sombra del centenal, con el firme propósito de

acechar allí hasta que sepa algo, hasta que aquellas «morugas» hablen o

revienten.

Entonces Ramona le lanza una mirada oblicua para seguir en actitud de

bestia, con la cabeza gacha y el resoplo bravo, embistiendo contra el

duro rebujal.

Arde el sol inclemente, con furores de canícula, en gavillas de rayos

violentos, y ya tan alto sube que la sombra de los panes se disipa en

los rastrojos, desamparando al tío Cristóbal.

Va surgiendo la rotura, roja como una herida en el pálido rostro de la

tierra, bajo la azada prepotente.

Sigue Olalla el rastro abierto por su madre, y tunde también con bríos

las glebas hostiles; pero necesita descansar a menudo, suspira y se

angustia visiblemente en el esfuerzo.

De vez en cuando vuelve Ramona la cara, un poco, para murmurar entre

dientes:

—¡Aguanta, niña!

Quiere la tía Dolores, en medio de su admiración, aborrecer a la nuera,

odiarla por fuerte y voluntariosa, por dura y audaz. Pero no cabe

ninguna violenta pasión en el pecho cansado de la anciana; sólo puede

amar pasivamente en torno suyo, con un resto del extraño y sombrío amor

que consagró a la tierra: hasta para sufrir tiene estancada la vida

en la petrificación de todos los sentimientos, y es preciso que una

novedad muy cruel la sacuda para que todavía llore o se agite.

Allí sigue el tío Cristóbal, testarudo, con su pretensión entre las

cejas y su mirada gris fija en el cauce, sin que le apure el resistero

del sol encima de las espaldas. Cansado ya de esperar un indicio que le

lleve a descubrir lo que avizora, concluye por hablar solo y pronuncia

frases alusivas al asunto, llenas de doble sentido, y reticencias,

confiando en que las mujeres, por prurito de replicar, piquen el cebo

de la conversación.

—No se debe torcer el su inclín a las mozas... Los forasteros también

son buenos maridos...

Esperaba anhelante, y como nadie respondiese, entre escupitajos y toses

tornó a decir:

—Aunque a Antonio le hacen rico, no ha de gastar sus haberes aquí;

más le gusta Santa Coloma, el pueblo de su madre... El muchacho es

cabal, no digo que no; pero el mozalbillo de los Madriles debe ser

cosa fina... y ese empleo de escribano que tiene renta ahora muchísimo

dinero...

Se hunden las azadas en los duros terrones con acentos diferentes y

continuos, brava la una, esforzadísima la otra, débil la tercera en

seniles manos; la luz cuaja la llanura en un incendio; trasvuela un

ave, y dice aún el tío Cristóbal:

—Sería una machada que despidierais al uno por el otro. Nada más que

con papel y tinta gana éste en un mes tanto como Antonio en un año

con la tienda. Y que la gente de pluma es dadivosa, de mucho rumbo y

generosidá... Buena suerte ha tenido la rapaza... ¿Es aquella que viene

por allí?

En el fino sendero de la mies aparece una joven lenta y afanosa, con

una cestilla colgada del brazo.

—Ya es medio día—dice al llegar.

Y posando su leve carga, se abanica con las dos puntas sueltas del

pañuelo. Por verla el semblante esquivo, se arrastra el anciano sobre

el calcinado polvo, y ella gira disimuladamente el busto sin dejarse

descubrir.

—¡Eh! muchacha: ¿eres tú la novia del forastero?

—¿Yo?—prorrumpe absorta Marinela, volviéndose de pronto.

—¡Ah, no eres tú!

Terco, obcecado, el tío Cristóbal delira en torno de su idea única, lo

mismo que un demente.

De roja que es la cara del anciano se ha puesto de color de violeta

y ofrécese tan turbia la mirada de los ojos grises, tan inseguro el

acento de la sumida boca, que Marinela supone borracho a su pariente.

Vanse hacia el arroyo las dos zagalas para llenar de agua nueva el

cantarillo, que ya varias veces fué a pedir refrigerio a la linfa

murmuradora.

—¡Llega tan caliente!—lamenta Olalla.

Colman la vasija, beben las dos, y vuelven a colmarla.

—¡Está como caldo!—dice la sedienta cavadora—. Después cuchichean,

mirando con recelo hacia la mancha oscura del anciano, medio tendido al

borde de la zanja.

—¿Se ha vuelto chocho o está bebido?—pregunta Marinela.

—No, mujer; quiere que le digamos con quién se casa _Mariflor_...

—¿Y le habéis dicho?:..

—¡Qué sabemos nosotras!

Era la primera vez que las dos hermanas hablaban del asunto.

Considerada como una niña la más joven, solía descubrir los secretos

familiares nada más que con los ojos, sin sorprender casi nunca una

palabra ni una confidencia, expansiones poco frecuentes allí donde

el ritmo de la vida señalaba todas las inquietudes en el silencio

taciturno de las almas.

* * * * *

Mientras comieron las trabajadoras, agazapadas en fila sobre el delgado

sendero del centenal, libres apenas de la plenitud del sol que a plomo

caía en la llanura, fué otras dos veces Marinela a llenar el cántaro al

arroyo.

Había pedido agua el tío Cristóbal, y después de dársela, vertió la

niña el líquido restante y corrió a lavar la boca de barro donde puso

el viejo la suya de color de ceniza.

Él no se mostró sentido por aquella manifiesta repugnancia, ni pareció

notar el molesto asombro que causaba a las mujeres su tenaz compañía.

Caído en soñolienta modorra, había perdido sin duda la noción del

tiempo, olvidado hasta de zumbar sus maliciosas preguntas.

Ni el hambre ni el ejemplo le avisaron la hora de comer; ni el tórrido

calor que le cocía dióle impulso de buscar el cobijo de su casa. Cuando

vió hacer a sus vecinas la señal de la cruz, le pareció que sonaba muy

lejos el familiar repique de una campanuca. Y cuando ellas, viéndole

medio dormido y atontado, le dijeron que el sol le iba a dañar, trató

de incorporarse, dió de bruces en la tierra y quedó inmóvil, con la

boca pegada al suelo.

Miráronse las mujeres con asombro, y como el viejo diese entonces un

fuerte ronquido, Ramona dispuso únicamente:

—Dejadle que duerma.

—¿Al sol?—preguntó compasiva Olalla.

Inició la madre, con algunas vacilaciones, su acostumbrado encogimiento

de hombros, y la muchacha, quitándose el mandil, lo desplegó con

solicitud sobre el ancho sombrero del maragato.

La Esfinge Maragata: Novela · 第 11 / 21 段